Juanita la Larga by Juan Valera - HTML preview

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En resolución, combatido don Paco por harto contrarios sentimientos,aunque se propuso no desistir de la empresa que había formado de maneramuy vaga, se propuso también proceder con la mayor cautela y ser lo másladino que pudiese, aunque en estos negocios no le sucedía como en losnegocios del Municipio, y el ser ladino no era su fuerte.

Así discurriendo, pasó don Paco revista a su ropa blanca. Vio que sólotenía media docena de camisas bastante estropeadas y con muchoszurcidos. Y como esto era muy poco para él, persona de extremado aseo,que, ¡cosa rara en un pequeño lugar!, se ponía limpia tres veces a lasemana, decidió que estaba justificadísimo el mandar que le hiciesenmedia docena de camisas nuevas, que le hacían muchísima falta, ¿Y quiénhabía de hacerlas mejor que Juanita, que era la costurera más hábil deVillalegre? ¿Y quién había de cortarlas mejor que su madre, la cual, lomismo que con el mango de la sartén en la izquierda y la paleta en ladiestra, era una mujer inspirada con las tijeras en la mano y concualquier tela extendida sobre la mesa y marcada ya artísticamente conlápiz o con jaboncillo de sastre?

Al día siguiente, decidido ya don Paco, acudió muy de mañana a casa deJuana la Larga, y le mandó hacer seis hermosas camisas de madapolán conpuños y pechera de hilo, ajustándolas a treinta reales cada una. Paraganarse la voluntad y excitar el celo de ambas Juanas, les llevó donPaco, envuelto en un pañuelo y sin que los profanos viesen lo quellevaba, un cestillo lleno de fresas, fruta muy rara en el lugar, y paramayor esplendidez sacó, además, del bolsillo del holgado chaquetón quesolía vestir a diario, nada menos que tres bollos del exquisitochocolate que solía hacer doña Inés en su casa, y del cual habíaregalado a su padre una docena de bollos de cuatro onzas cada uno.

Juana la Larga, que era muy golosa y muy aficionada a que laobsequiasen, aceptó el presente con gratitud y complacencia; pero comono era larga solamente de cuerpo, sino que lo era también de previsión,y, si vale decirlo así, de olfato mental, al punto olió y caló laintenciones que don Paco traía y sobre las cuales había ya sospechadoalgo.

IX

Reza el refrán, que honra y provecho no caben en un saco; pero Juana laLarga, sobre ser honrada, rayando su honradez en austeridad para que seborrase la mala impresión de sus deslices juveniles, era además, unamatrona llena de discreción y de juicio, y sabía que el mencionadorefrán se equivocaba a menudo. Para ella, en el caso que se le acababade presentar, en vez de no caber en un saco, el provecho no podía sersin la honra, y la honra tenía que producir naturalmente el provecho.

Si Juanita se dejaba camelar a tontas y a locas, se exponía a dar altraste con su reputación y a ser el blanco de las más ferocesmurmuraciones y a perder siempre la esperanza de hallar un buen marido.Y todo ello por unas cuantas chucherías y regalillos de mala muerte.Mientras que si Juanita acertaba a ser rígida sin disgustar y ahuyentaral pretendiente, pero sin otorgarle tampoco el menor favor deimportancia antes que el cura diese en la iglesia el pasaporte para losfavores, convirtiéndolos en actos de deber y cargas de justicia, hartoposible era que don Paco se emberrenchinase hasta tal punto que entrasepor el aro, rompiendo todo el tejido de dificultades que al aro pusiesendoña Inés y otras personas, y elevando a Juanita a ser legítimamente laseñora del personaje más importante del lugar, después de don AndrésRubio, el cacique.

Con tales pensamientos en la mente, a par que con notable destreza, ydesarrollando la cinta que estaba enrollada en una carretilla, tomóJuana a don Paco las medidas convenientes. Estuvo con él más dulce queuna arropía, y aunque le dijo que no tenía que venir a su casa paraprobarse la primera camisa, porque cuando estuviese medio hecha ohilvanada se la enviaría para la prueba, le convidó a que algunasnoches, de nueve a once, cuando no tuviese nada mejor que hacer,viniese, sí quería, un rato de tertulia a su casa, porque ni ella niJuanita gustaban de acostarse temprano, y aunque estaban casi siempresolas, velaban hasta las doce. Juanita cosía o bordaba; pero como estose hace con las manos, su lengua quedaba expedita y charlaba más que unacotorra.

—Yo—añadía Juana la Larga—no coso ni bordo de noche, porque tengo lavista perdida, y así estoy mano sobre mano o paso las cuentas de mírosario y rezo. Si alguna vez está usted de mal humor, podemos echarjuntos cuatro o cinco manos de tute, que yo sé que a usted le agrada. Amí me agrada también, pero mi mala suerte y mis cortos medios no mepermiten jugarlo más que a real cada juego. Y aun así, si se le da a unamuy mal, bien puede perder veinte o treinta reales en una noche, comoquien no quiere la cosa.

Ya se comprende que don Paco aceptó el convite y fue de tertulia a casade Juana; al principio, de cuando en cuando; al cabo de poco tiempo,todas las noches. Casi siempre jugaba al tute y perdía. Sus pérdidaspodían evaluarse, una noche con otra, en una peseta diaria. Todo, noobstante, lo daba don Paco por bien empleado.

Las camisas estuvieron pronto concluidas y don Paco quedó muysatisfecho. En la vida se había puesto otras que mejor le sentasen.

No las hubiera hecho más lindas el camisero más acreditado de París. Laslustrosas pecheras no hacían una arruga; los cuellos eran derechos, a ladiplomática, y los puños muy bonitos y para los botones que en el día seestilan, Juana le regaló, en compensación de los muchos regalos que deél recibía, un par de botones preciosos de plata sobredorada que mercóen la tienda del Murciano, tienda bien abastecida, y donde, segúndicen por allí, había de cuanto Dios crió y de cuanto puede imaginar,forjar, tejer y confeccionar la industria humana: naipes, fósforos,telas de seda, lana y algodón, especiería, quesos, garbanzos yhabichuelas, ajonjolí, matalahúva y otras semillas. Casi eran los únicosartículos que allí faltaban las carnes de vaca y de carnero y toda lapasmosa variedad de sabrosos productos que resultan de la matanza ysacrificio de los cerdos.

Ya estuviesen hablando don Paco y Juana, ya estuviesen jugando al tute,Juanita rara vez suspendía su costura o su bordado; pero, sinsuspenderlos, solía tomar parte en la conversación del modo másagradable. Nadie venía a interrumpir esta tertulia de los tres, salvoAntoñuelo, que escamaba mucho a don Paco y le llenaba de sobresalto y demal humor.

Crecía este de punto porque mientras que don Paco estaba jugando al tutey Juana le acusaba las cuarenta, Antoñuelo se sentaba muy cerca deJuanita, en el otro extremo de la sala donde ella cosía, y amboscuchicheaban con mucha animación y en voz tan baja, que don Paco nopodía pescar ni palabra de lo que decían. Con esto se ponía como sobreascuas y muy alborotado y triste, sin que para ocultarlo le valiese eldisimulo.

Entonces don Paco jugaba peor: solía tener rey y caballo del mismo paloy se le olvidaba acusar veinte, o bien, si Juana le jugaba un oro y éltenía el as o el tres, se lo guardaba y no lo echaba. Así es que lasnoches en que venía Antoñuelo a la tertulia, sobre la desazón que daba adon Paco, le hacía perder un par de pesetas y hasta tres a veces.

Viniese o no viniese Antoñuelo a la tertulia, Juana la Larga estabasiempre presente. Don Pablo no hallaba modo de hablar a solas conJuanita, ni de abandonar a la madre e imitar a Antoñuelo enredándose encuchicheos con la hija.

Alguna vez que lo intentó, hablando bajo a Juanita, esta le contestóalto, haciendo la conversación general y despojándola de todo misterio.

Bien hubiera querido don Paco, cuando Antoñuelo venía, rodear las cosasde suerte que le obligase a entretener a la madre, hablando o jugando altute con ella; pero Antoñuelo aseguraba que no sabía jugar al tute ydaba a entender que nada tenía que decir a Juana.

Con frecuencia salía don Paco tan cargado de esta tertulia, que seproponía y casi resolvía no volver a ella o, al menos, ir poco a pocoretirándose. Pero ya había tomado la maldita costumbre de ir, y todaslas noches, si lo retardaba algo, empezaban al toque de ánimas ahormiguearle y bullirle los pies, y ellos mismos, pronunciándose yrebelándose contra su voluntad, le llevaban a escape y como por encantoa casa de ambas Juanas.

X

Pronto notaron todos los vecinos, cundiendo la noticia por el resto dela población, las constantes visitas nocturnas de don Paco; pero comoAntoñuelo solía ir también, y entre don Paco y Juanita había tan grandedesproporción de edad, la gente murmuradora lo explicó todo suponiendoque Antoñuelo era novio de Juanita, y que don Paco tenía o trataba detener relaciones amorosas con la madre, la cual, a pesar de sus cuarentay cinco años y de los muchos trabajos y disgustos que había pasado enesta vida, apenas tenía canas, y estaba ágil, esbelta, y aunque depocas, de bien puestas, frescas, apretadas y al parecer jugosas carnes.

La austeridad esquiva de Juana la Larga durante muchos años, desde quetuvo su juvenil tropiezo, no pudo en esta ocasión eximirla de lamaledicencia. La gente decía que al fin se había dejado tentar y lo dabatodo por hecho. Cuando veía la gente que Antoñuelo y don Paco iban a lasnueve a la casa y permanecían allí hasta cerca de las doce, no juzgabaaquella tertulia tan inocente como era en realidad, y la calificaba deamor por partida doble.

Las bromas que sobre ello dieron a don Paco algunos de sus amigos lesoliviantaron bastante.

Así es que, excitado, si bien no tenía derecho para pedir explicaciones,con más o menos disimulados rodeos, y cuando Antoñuelo no estabapresente, se atrevió a pedirlas y a indagar por qué venía Antoñuelo contanta frecuencia y de qué trataba con Juanita en sus largos apartes ycuchicheos.

Ambas Juanas, sin alterarse en manera alguna y como la cosa más naturaly sencilla, lo explicaban todo, afirmando que Juanita y Antoñuelo eranexactamente de la misma edad, se habían criado juntos desde que estabanen pañales y podían considerarse como hermanos.

Añadían ambas que Antoñuelo era travieso y muy tronera, que daba a supadre grandes desazones, que de él podían temerse mayores males aún yque a Juanita ni remotamente le convenía para novio; pero ella noacertaba a prescindir del cariño fraternal que le tenía, ni a prohibirleque viniese a verla, ni a dejar de darle buenos consejos yamonestaciones, los cuales eran el asunto de los cuchicheos.

Don Paco aparentaba aquietarse al oír tal explicación; pero en realidadno se aquietaba; y mostrando el verdadero interés que el buen nombre deJuanita le inspiraba, insinuaba que, aunque todo fuese moral einocentísimo, convenía, a fin de evitar el qué dirán, no recibir aAntoñuelo con tanta frecuencia.

Los sermones que predicaba don Paco, más que morales conducentes aobservar el decoro de Juanita, no se puede decir que fueron predicadosen desierto. Poco a poco dejaron de menudear las visitas de Antoñuelo;sus cuchicheos con Juanita se acortaron, y al fin, cuchicheos y visitasvinieron a ser raros.

Esto dio ánimo a don Paco. Creyó notar que se prestaba dócil oído a suscariñosas reprimendas, y se atrevió a predicar también sobre otro punto.

En extremo gustaba él de ver a Juanita charlar en la fuente o subir lacuesta con el cantarillo en la cadera o con la ropa ya lavada sobre lagentil cabeza, más airosa y gallarda que una ninfa del verde bosque, ymás majestuosa que la propia princesa Nausicaa, que también lavaba laropa cuando, sin desconcharse ni echar las ínfulas por el suelo, solíanhacerlo las princesas, allá en los siglos de oro.

Don Paco, que tenía, según hemos apuntado ya, entendimiento de amor dehermosura, se quedaba extasiado contemplando el andar de la moza, que notenía el liviano, provocativo y sucio movimiento de caderas y lospasitos menudos que suelen tener las chulas, sino que era un andarsereno, a grandes pasos, noble y lleno de gracia, como sin duda debía deandar Diana Cazadora, o la misma Venus al revelarse al hijo de Anquisesen las selvas que rodeaban a Cartago.

En Villalegre se gastaban corsés, y hasta era Juana la Larga quien mejorlos hacía; pero la indómita Juanita nunca quiso meterse en semejanteapretura ni llevar aquel cilicio que para nada necesitaba ella y queentendía que hubiera desfigurado su cuerpo. Sólo llevaba, entre elligero vestido de percal y sobre la camisa y enaguas blancas un justilloo corpiño sin hierros ni ballenas, cosa que bastaba a ceñir la estrechay virginal cintura, dejando libre lo demás que, derecho y firme, no habíamenester de sostén ni apoyo.

En el espíritu de don Paco pudo, sin embargo, más que el deleite de vera Juanita en la fuente o volviendo del albercón, la idea de que, estandoya muy remotos los siglos de oro, no era posible imitar a la princesaNausicaa, sin rebajarse o avillanarse demasiado; y así, aconsejó yamonestó tantas veces y con tan discretas razones a Juanita para que nofuese a la fuente, apoyándole siempre la madre de ella, que Juanitacedió, al cabo, y dejó de ir a la fuente y al albercón, retrayéndose,además, de otros varios ejercicios y faenas que no son propios de unaseñorita.

XI

Doña Inés López de Roldán distaba mucho de ser una lugareña vulgar yadocenada. Era, por el contrario, distinguidísima; y en su tanto deméritos mirados, o sea guardando la debida proporción, pudiéramoscalificarla de una princesa de Lieveo o de una madame Récamier aldeana.Su vida no pasaba ociosa, sino empleada en obras casi siempre buenas yen fructuosos afanes. Su caridad para con los pobres era muy elogiada,ayudándola en este ejercicio el señor don Andrés Rubio. No descuidabaella por eso el gobierno de su casa, que estaba saltando de limpia, ytodo muy en orden, a pesar de los siete chiquillos que tenía, el mayorde ocho años; pero como la casa era muy grande, a los cinco mayores,entregados a una mujer ya anciana y de toda confianza, los tenía en elextremo opuesto de aquel en que estaba ella, a fin de que no turbasencon sus chillidos y gritería, ya sus solitarias meditaciones, ya suslecturas, ya sus interesantes coloquios con el padre Anselmo, con elcacique o con alguna persona de fuste que viniese a visitarla.

A las nueve de la noche en verano, y a las ocho o antes en invierno,mandaba acostar a los niños, y desde entonces, hasta las once, y a veceshasta más tarde, tenía tertulia, en la cual se discreteaba, y a la cualrara vez asistía el señor Roldán, que no presumía ni podía presumir dediscreto, y a quien las discreciones de su mujer pasmaban yenorgullecían, pero al mismo tiempo le excitaban al sueño.

En las horas que le dejaban libre los afanes y cuidados de la casa y aunde la administración de la hacienda, de la que suavemente habíadespojado a su marido por no considerarle capaz, doña Inés solíaocuparse en lecturas que adornaban y levantaban su espíritu. Rara vezperdía su tiempo en leer novelas, condenándolas por insípidas oinmorales y libidinosas. De la poesía no era muy partidaria tampoco, ysin plagiar a Platón, porque no sabía que Platón lo hubiese preceptuado,desterraba de su casa y familia a casi todos los poetas como corruptoresde las buenas costumbres y enemigos de la verdadera religión y de la pazque debe reinar en las bien concertadas repúblicas; pero en cambio,doña Inés leía Historia de España y de otros países y, sobre todo,muchos libros de devoción. El cura la admiraba tanto al oírle hablar deteología que, mentalmente, adornaba sus espaldas con la muceta y sucabeza con el bonete y la borla.

Era tan grande la actividad de doña Inés, que a pesar de tan variasocupaciones, aún le quedaba tiempo para satisfacer su anhelo deenterarse a fondo de la historia contemporánea y local, que tenía paraella más atractivos que la Historia Universal o de épocas y paísesremotos.

Para conocer bien esta historia contemporánea y local y ejercer sobrelos hechos la más severa crítica, se valía doña Inés de diferentesmedios, siendo el más importante una criada antigua, que hacía recados,que entraba y salía por todas partes y que se llamaba Crispina, émula ensu favor y privanza de Serafina, la doncella.

Gracias a Crispina, doña Inés estaba al corriente de los noviazgos quehabía en el pueblo, de las pendencias y de los amores, de las amistadesy enemistades, de lo que se gastaba en vestir en cada casa, de lo queeste debía y de lo que aquel había dado a premio, y hasta de lo quecomía o gastaba en comer cada familia. A los que comían bien, doña Inéslos censuraba por su glotonería y despilfarro, y a los que comían poco ymal, los calificaba de miserables, de hambrones y de perecientes.

No tardó, por consiguiente, doña Inés en tener noticia de las aficionesde su padre y de sus visitas o tertulias en casa de ambas Juanas.Muchísimo la molestó esta grosera bellaquería, que tan duramente laapellidaba; pero disimuló y se reportó durante muchos días, sin decirnada a su padre. Doña Inés estaba muy adelantada en sus concebidasesperanzas de octavo vástago, y en tal delicada situación se cuidabamucho y procuraba no alterarse por ningún motivo, para que las dichasesperanzas no se frustraran o se torcieran ruinmente, realizándose de unmodo prematuro, con deterioro y quebranto de su salud. Pero aunque doñaInés no dijo por lo pronto nada a don Paco, se la tenía guardada yseguía observando y averiguando por medio de Crispina, en la creencia deque era a Juana y no a Juanita a quien su padre pretendía o cortejaba.

Esta creencia mitigaba no poco el disgusto de doña Inés, porgue no podíaentrar en su cabeza que su padre intentase jamás contraer segundasnupcias con Juana la Larga. Así es que lo que censuraba en este muyásperamente era la inmoralidad y el escándalo de unas relacionesamorosas contraídas por hombre que tenía más de medio siglo y que iba aser pronto por octava vez abuelo.

La enojaba también la condición hartoplebeya del objeto de los amores de su padre, los cuales, si no dignosde aplauso, la hubieran parecido dignos de disculpa a haber sido conalguna hidalga recatada y de su posición, como había dos o tres en ellugar, que, según pensaba doña Inés, hubieran abierto a don Paco, si élhubiera llamado a la puerta de ellas pidiendo entrada. No se cansaba,pues, doña Inés de censurar las ruines inclinaciones de su padre. Ledolía asimismo que su padre gustase tanto en obsequiar a Juana la Larga,suponiendo, según las noticias que le trajo Crispina, que gastaba muchomás de lo que ganaba.

—¿Conque juega al tute con ella?

—Sí, señora—contestó Crispina—. Y ya por echarla de fino, ya porqueestá embobado y embelesado mirando a Juana con ojos de carnero a mediomorir y sin atender al juego, lo cierto es que Juana le pela, ganándolediez o doce reales cada noche. Además, los regalos de don Paco lluevensin descampar sobre aquella casa; ya envía un pavo, ya una docena demorcillas, ya fruta, ya parte del chocolate que le regala su merced,hecho por el hombre que viene expresamente desde Córdoba a hacerlo aesta casa.

Lo de que don Paco hubiese regalado también parte de su chocolate irritóferozmente a doña Inés; lo consideró una verdadera profanación y casi lehizo perder los estribos; pero al fin pensó en la situación en que seencontraba, ya fuera de cuenta, y logró reportarse. Su moderación y suscuidados no fueron inútiles.

El 29 de junio, día de San Pedro Apóstol, sintió doña Inés desde muy demañana los primeros dolores, y con gran facilidad dio a luz en aquelmismo día a un hermoso niño. La madre y el señor Roldán decidieron quedebía llamarse Pedro, en honor del Príncipe de los apóstoles en cuyo díahabía nacido y del que eran muy devotos. El señor don Andrés Rubioprometió tener al infante en sus brazos en la pila bautismal. Y como elinfante fue robustísimo y el médico asegurase que no corría peligro suvida, retardaron su bautismo hasta mediados del mes de julio, así porqueya estaría levantada la señora doña Inés y podría asistir a las fiestasque se hiciesen, como porque para entonces se realizaría la anunciadavisita del señor obispo, el cual, a más de confirmar a todos losmuchachos que no lo estuviesen, les haría la honra de bautizar al futuroPeriquito.

El obispo sería hospedado en casa de los señores de Roldán los tres ocuatro días que estuviese en Villalegre. Doña Inés, por tanto, pensandoen los preparativos y en todos los medios que había de emplear parahacer con lucimiento recepción tan honrosa, perseveró en refrenar su iracontra Juana la Larga, a quien imaginaba seductora de su padre. Ydisimulando el odio que le había tomado, no quiso dejar de valerse deella en ocasión de tanto empeño. Ya la había llamado el día delalumbramiento, porque bien sabía por experiencia que no había en elmundo conocido más hábil comadre que Juana.

Y como tampoco había por allí mujer tan dispuesta para preparar ydirigir los festines, con tiempo comprometió a Juana a fin de que desdedos días antes de la llegada del obispo se viniese a su casa, sin volvera la casa propia sino para dormir, y lo preparase y dirigiese todo.Juana prometió hacerlo así y lo cumplió muy gustosa.

XII

La víspera de la llegada del obispo, que fue el 15 de julio, vísperatambién de la Virgen del Carmen, Juana había trabajado ya mucho, sudandoel quilo para condimentar los manjares y las golosinas, y hasta paradisponer el aparato y la magnificencia que habían de desplegarse en larecepción y en el hospedaje de su señoría ilustrísima, y en el refrescoy ambigú que había de darse en aquella casa a todo lo más granado eilustre de la villa, después de terminadas las cristianas ceremonias dela confirmación y del bautismo. En ella, doña Inés iba a dar al señorobispo más trabajo que nadie, pues tenía siete chiquillos no confirmadosaún, y uno todavía moro, como apellidan en Andalucía a todo ser humanoantes de recibir el agua sacramental que le trae al gremio de laIglesia.

La noche del 15 de julio hacía muchísimo calor. A eso de las nueve, donPaco, según costumbre, se fue de tertulia a casa de Juana la Larga; peroJuana seguía trabajando aún en la de los señores de Roldán, y Juanitaestaba sola con la criada, tomando el fresco en la reja de su sala baja.

La vio don Paco, y llegó a hablarle antes de dirigirse a la puerta.Juanita, después de los saludos de costumbre, dijo a don Paco, quepretendía que le abriese:

—Mi madre no ha vuelto aún. No sé cuándo volverá. Estando yo sola nome atrevo a abrir a usted la puerta y a dejarle entrar. La gente murmuraya contra nosotros, y murmurará mil veces más si yo tal cosa hiciera.Váyase usted, pues, y perdóneme que no le reciba.

Ninguna objeción acertó a poner don Paco, convencido de lo puesta enrazón que estaba Juanita. Solamente le dijo:

—Ya que no me recibes, no te vayas de la reja y habla conmigo un rato.Aunque la gente nos vea, ¿qué podrán decir?

—Podrán decir que usted no viene a rezar el rosario conmigo; podráncreer que yo interesadamente alboroto a usted y le levanto de cascos, ypodrán censurar que pudiendo ser yo nietecita de usted, tire a ser sunovia y tal vez su amiga. Con esta suposición me sacarán todos elpellejo a túrdigas; y si llega a oídos de su hija de usted, mi señoradoña Inés López de Roldán y otras hierbas, que usted y yo estamos aquípelando la pava, será capaz de venir, aunque se halla delicada yconvaleciente, y nos pelará o nos desollará a ambos, ya que no envíe poraquí al señor cura acompañado del monaguillo, con el caldero y el hisopodel agua bendita, no para que nos case, sino para que nos rocíe yrefresque con ella, sacándonos los demonios del cuerpo.

—Vamos, Juanita, no seas mala ni digas disparates. No es tan fiero elleón como lo pintan. Y si tú gustases un poquito de mí, y miconversación te divirtiese en vez de fastidiarte, no tendrías tantomiedo de la maledicencia, ni de los furores de mi hija, ni de losexorcismos del cura.

—¿Y de dónde saca usted que yo no guste de tener con usted un rato depalique? Pocas cosas encuentro yo más divertidas que la conversación deusted, y además siempre aprendo algo y gano oyéndole hablar. Yo soyignorante, casi cerril; pero, si el amor propio no me engaña, me pareceque no soy tonta. Comprendo, pues, y aprecio el agrado y valor quetienen sus palabras.

—Entonces, ¿cómo es que no me quieres?

—Entendámonos. ¿De qué suerte de quereres se trata?

—De amor.

—Ya esa es harina de otro costal. Si el amor es como el que tiene elpadre Anselmo a su breviario, como el que tiene doña Inés a sus librosdevotos o como el que tiene usted a las leyes o a los reglamentos queestudia, mi amor es evidente y yo quiero a usted como ustedes quierenesos libros. No menos que ustedes se deleitan en leerlos, me deleito yoen oír a usted cuando habla.

—Pero, traidora Juanita, tú me lisonjeas y me matas a la vez. Yo noquiero instruirte, sino enamorarte. No aspiro a ser tu libro, sino tunovio.

—Jesús, María y José. ¿Está usted loco, don Paco? ¿En qué vendría aparar, qué fin que no fuera desastroso podría tener ese noviazgo? ¿No letiemblan a usted las carnes al figurarse la estrepitosa cencerrada quenos darían si nos casáramos? Y si el noviazgo no terminase encasamiento, ¿adónde iría yo a ocultar mi vergüenza, arrojada de estepueblo por seductora de señores ancianos?

Lo de la ancianidad, tantas veces repetido, ofendió mucho a don Paco enaquella ocasión, y muy picado, y con tono desabrido, exclamó haciendodemostración de retirarse:

—Veo que presientes graves peligros. No quiero que te expongas a ellospor mi culpa. Adiós, Juanita.

—Deténgase usted, don Paco; no se vaya usted enojado contra mí. ¿Noconoce usted muy a las claras que yo le quiero de corazón y que mi mayorplacer es verle y hablarle? Como soy franca y leal, procuro no retener austed con esperanzas vanas. Mucho me pesaría de que usted me acusase undía de que yo le engañaba. Por esto digo a usted que de amor no lequiero y me parece que no le querré nunca. Pero lo que es por amistad,debe usted contar conmigo hasta la pared de enfrente.

¿Por qué no secontenta usted con esa amistad? ¿Por qué me pide usted lo que no puedoni debo darle? No sería flojo el alboroto que se armaría en el pueblo siusted y yo fuésemos novios y sí el noviazgo se supiese.

Don Paco se atrevió a decir entonces, en mala hora y con poco acierto:

—¿Pues qué necesidad hay de que nuestro noviazgo se sepa?

—Y usted, ¿por quién me toma para insinuar ese sigilo, dado que seaposible? Sólo se oculta lo poco decente, y, por tanto, yo no he deocultar nada aunque pueda. Si me decidiese yo a ser novia de usted,sería por considerarlo bueno y honrado, y en vez de ocultarlo como feamancha, lo pregonaría y lo dejaría ver a todos con más orgullo que sienseñase una joya, jactándome de ello, en vez de andar con tapujos. Yasabe usted mi modo de pensar. Nada más tenemos que decirnos.

Ahora, lorepito, váyase usted y déjeme tranquila. Malo es siempre dar que hablar;pero dar que hablar sin motivo es malo y tonto.

Don Paco depuso el enojo, no acertó a responder a Juanita con ningunafrase concertada y se fue, despidiéndose de ella resignado y triste.

XIII

Pasaron días y vino el obispo, como se esperaba.

Su señoría ilustrísima bautizó a los niños moros, que aguardaban suvenida, como los padres del Limbo el santo advenimiento, y confirmó alos no confirmados, que se contaban a centenares, entre ellos no pocosharto talludos.

Doña Inés se lució dando hospedaje al señor obispo, y este se fue dellugar muy maravillado y gozoso de la magnificencia y primor con que allíse vivía.

Libre ya doña Inés de tanta extraordinaria faena, se consagró con mayoratención al estudio de la historia contemporánea, y al cabo, auxiliadapor los datos que le suministraba Crispina, y valiéndose de su rarasagacidad, vino a comprender que no era a la madre, sino a la hija, aquien cortejaba don Paco. Su furor fue entonces muy grande; pero por lomismo se calló y no atormentó a su padre con insinuaciones ni bromas. Elasunto no se prestaba a bromas ni a medios términos.

La ira de doña Inéshabía de estallar y manifestarse de una manera más seria cuandoestuviese completamente convencida de la locura de su padre, pues de talla calificaba.

Don Paco, entre tanto, si bien daba ya menos pretexto a la murmuración,se sentía más enamorado que nunca de Juanita. Pensaba en sus dulcesdesdenes, recapacitaba sobre ellos, hacía doloroso examen de concienciay miraba y cataba la herida de su corazón, como un enfermo contempla conamargo deleite la llaga o el cáncer que le lastima y en el que prevé lacausa de su muerte.

Toda la vida había sido don Paco el hombre más positivo y menosromántico que puede imaginarse. Aquel imprevisto sentimentalismo que sele había metido en las entrañas y se las abrasaba, le parecía tanridículo que, a par que le afectaba dolorosamente, le hacía reír cuandoestaba a solas, con risa descompuesta y que solía terminar en algo amodo de ataque de nervios.

Don Paco dejó, pues, de ir todas las noches a casa de ambas Juanas; yano veía a Juanita en la fuente y sola, porque él mismo había predicadopara que no fuese, y, sin embargo, no acertaba a sustraerse a laobsesión que Juanita le causaba de continuo, presente siempre a losperspicaces ojos de su espíritu, así en la vigilia como en el sueño.

Por dicha, no le atormentaban los celos. Juanita zapateaba, donosa oduramente, a cuantos mozos la pretendían, y lo que es Antoñuelo iba yacon menos frecuencia a casa de Juanita. Según en el lugar se sonaba,andaba él muy extraviado, frecuentando las tabernas en harto malascompañías y pasando muchas noches en francachelas y jaranas. Villalegreno era el único teatro de sus proezas, sino que, a pesar de lasamonestaciones y reprensiones de su padre, a menudo muy duras, se solíair de parranda al campo o algunos lugares cercanos, y en dos o tres díasno aparecía por su casa.

Don Paco no tenía, pues, rivales. Parecía completamente dueño del campo;pero el campo estaba tan bien atrincherado, que don Paco no lograbaentrar en él y se quedaba fuera como los otros. No desistió por eso deir por las noches a casa de ambas Juanas, aunque no de diario.

Como de costumbre, jugaba al tute con la madre; como de costumbre,hablaba con Juanita en conversación general, y Juanita hablabaigualmente y le oía muy atenta manifestándose finísima amiga suya yhasta su admiradora; pero, como de costumbre también, las miradasardientes y los mal reprimidos suspiros de don Paco pasaban sin sernotados y eran machacar en hierro frío, o hacían un efecto muy contrarioal que don Paco deseaba, poniendo a Juanita seria y de mal humor,turbando su franca alegría y refrenando sus expansiones amistosas.

De esta suerte, poco venturosa y triunfante para don Paco, se pasaronalgunos días y llegaron los últimos del mes de julio.

Hacía un calor insufrible. Durante el día los pajaritos se asaban en elaire cuando no hallaban sombra en que guarecerse. Durante la nocherefrescaba bastante. En el claro y sereno cielo resplandecían la luna ymultitud de estrellas, que, en vez de envolverlo en un manto negro, loteñían de azul con luminosos rasgos de plata y refulgentes bordados deoro.

Ambas Juanas no recibían a don Paco en la sala, sino en el patio, dondese gozaba de mucha frescura y olía a los dompedros, que daban su másrico olor por la noche, a la albahaca y a la hierba luisa, que había enno pocos arriates y macetas, y a los jazmines y a las rosas deenredadera, que en Andalucía llaman de pitiminí, y que trepan por lasrejas de las ventanas, en los cuartos del primer piso, donde dormíanJuanita y su madre.

En aquel sitio, tan encantador como modesto, era recibido don Paco.Todavía allí, a la luz de un bruñido velón de Lucena, de refulgenteazófar, se jugaba al tute en una mesilla portátil, pero no con lapersistencia que bajo techado. Otras distracciones, casi siempregastronómicas, suplían la falta del juego. Juana, que era tanindustriosa, solía hacer helado en una pequeña cantimplora que tenía;pero con más frecuencia se entretenía comiendo ora piñones, oraalmendras y garbanzos tostados, ora flores de maíz, que Juanita tenía lahabilidad de hacer saltar muy bien en la sartén, y ora altramuces y, aveces, hasta palmitos cuando los arrieros los traían de la provincia deMálaga, porque en la de Córdoba no se crían.

Estas rústicas semicenas, dignas de ser celebradas por don FranciscoGregorio de Salas en su famoso Observatorio, deleitaban más a don Pacoque hubieran podido deleitarle las antiguas cenas de Trimalción o deApicio y las modernas de la Maison Dorée o del Café Inglés en París,pareciéndole mejor aquellos groseros alimentos que la ambrosía que comenlas deidades del Olimpo, ya que Juanita, comiéndolos, les comunicabacierta celestial u olímpica naturaleza.

Dichas chucherías, apéndices dela verdadera cena que cada uno había tomado ya en su casa antes deempezar la tertulia, probaban además, cuando las dos Juanas y don Pacose las comían, sin el menor susto y sin ninguna mala resulta, quenuestros tres héroes poseían tres estómagos de los más sanos, eficaces ypotentes que hay en el mundo.

Una noche en que estaban aquellas señoras muy familiares, conversables ybenignas con don Paco, se atrevió este a ofrecer algo que pensaba enofrecer tiempo hacía, sin acabar de decidirse por temor de que noaceptasen su obsequio.

Desechado el temor, dijo al cabo:

—De hoy en ocho días, el cuatro de agosto, habrá grandes fiestas eneste pueblo. Habrá procesión, feria, velada, función de iglesia ysermón, que predicará el padre Anselmo, contando y celebrando la vida ymilagros del glorioso Santo Domingo de Guzmán, nuestro patrono y abogadoen el cielo. Tengo yo una pieza de tela de seda, flexible y rica, por elestilo de la de estos mantones que llaman de espumilla o de Manila.Carece de bordados y es de color verde oscuro.

Me la envió meses ha deregalo mi sobrino Jacinto, que está en Filipinas empleado en Hacienda.Tiempo hay todavía de hacer con esta tela un precioso vestido de mujer.¿Y quién lo llevaría con más garbo y lucimiento que Juanita, si aceptasemi presente? La tela es pintiparada para hacer el traje, y si ustedesquieren darse prisa, aún tienen tiempo de sobra.

Madre e hija dieron mil gracias a don Paco por su buena intención,mostrando repugnancia en aceptar por el qué dirán y sosteniendo quecuando viesen a Juanita con traje tan lujoso todo el lugar sealborotaría, adivinaría que la seda era regalo de don Paco y él y ellasdarían una estruendosa campanada.

Nada contestó don Paco a tan juiciosos razonamientos; pero hizo algo máselocuente y persuasivo. Tomó de una silla un paquete que había traídorecatadamente envuelto en un pañuelo, y desdoblándolo, mostró la tela ala luz del velón.

Ambas mujeres admiraron aquella hermosura; la calificaron de divina. Losojos y el alma se les iban en pos de la tela. En suma, no pudieronresistir y aceptaron el obsequio. Juana quiso mostrarse más difícil yJuanita tuvo que ceder y que aceptar antes que ella.

No bien se fue don Paco, a eso de las doce, Juanita dijo a su madre.

—Yo no he sabido resistir. La tela es encantadora. Lo que más me agradade ella es su flexibilidad, porque no tiene tiesura como otras sedas. Seceñirá muy bien al cuerpo y se podrá dar mucho vuelo a las faldas, queformarán pliegues muy graciosos. Vamos..., he caído en la tentación.¿Qué no van a murmurar y a morder las envidiosas cuando me vean tanperipuesta y tan guapa ir a la función de iglesia el día de SantoDomingo? Porque tú, mamá, irás con tu mantilla de tul bordado, y meemprestarás o me regalarás la otra que tienes de madroños, que me estácomo pintada. Varias veces la he sacado del fondo del arca y me la heprobado, mirándome al espejo. Mucho van a rabiar cuando me vean tan majalas hijas del escribano, que gastan tanta fantasía como si fueran dosmarquesas, aunque son dos esperpentos y van siempre mal pergeñadas.

—Sí, hija; pues la menor está tan escuchimizada que parece una lombrizde caño sucio, y la otra es tan pequeñuela y tan gorda como una bolita.Si llega a casarse, a tener hijos y a engordar más, perderá la forma demujer y se convertirá en cochinillo de San Antón. Pero, dejando esto aun lado, yo no las tengo todas conmigo. Despertaremos la más tremendaenvidia y nos pondrán como un regalado trapo.

—Pecho al agua y preparémonos para la lucha. ¿Qué podrán decir de mí?¿Que don Paco me viste? Pues yo voy a vestir a don Paco..., y patas.Mira: con mis ahorrillos iré mañana a la tienda del Murciano ycompraré paño de Tarrasa o del mejor que tenga. Calcula tú cuántasvaras se necesitan. El tiene gabina, castora o como se llame; pero sulevita, aunque no se la pone más que diez o doce veces al año, está yadesvergonzada de puro raída. Sin chistar, con mucho sigilo, vamos tú yyo a hacerle una levita nueva, según el último figurín de La ModaElegante e Ilustrada que recibiste de Madrid el otro día. Como tútienes las medidas de don Paco y eres muy hábil, la levita, sinprobársela ni nada, le caerá muy bien, y ya verás con qué majestad y conqué chiste la luce en la procesión, cuando marche en ella entre losdemás señores del Ayuntamiento. Así no seré yo sola, sino él también,quien estrene prenda en tan solemne día.

—Pero, muchacha, eso que dices no es apagar el fuego, sino echarle leñapara que arda más. Si han de murmurar como uno al verte con el vestidonuevo, murmurarán como dos al ver con levita nueva a don Paco.

—Pues que murmuren. Lo que yo me propongo al regalar la levita, ademásde la satisfacción que me cause el obsequiar a don Paco, es que nadie meacuse, y sobre todo, que no me acuse yo misma de tener el vestido sindar en pago algo equivalente.

Decididas así las cosas, al otro día se compró el paño. Juana cortó consegura destreza la levita y el traje de mujer, y madre e hija y dosoficialas trabajaron con tal ahínco, que el tres de agosto, víspera delsanto, levita y vestido de mujer estaban terminados.

XIV

Cuando aquella noche vino don Paco de tertulia, le dieron la sorpresa deenseñarle la levita.

El casi se enojó, y hasta se le saltaron las lágrimas de puroagradecido.

En el patio mismo se probó la levita; le hicieron dar con ella cuatro ocinco paseos, y ambas mujeres encontraron que con la levita estaba donPaco muy airoso; y eso que no se veía todo el efecto, porque no habíatraído la gabina, sino el hongo, como de costumbre, y la levita y elhongo no armonizan bien.

Animados ya los tres y de buen humor, dijo don Paco:

—No comprendo por qué gustan ustedes tanto de la soledad y están tanretraídas. La plaza esta noche estará animadísima. Todo el mundo habráacudido a la verbena y a ver los fuegos, que dicen que seránmagníficos. Empezarán en punto de las once, y como habrá muchos cohetesy dos o tres soles o ruedas, y a lo último un gran castillo, queterminará con un espantoso trueno gordo, durará la fiesta hasta despuésde medianoche. La gente quiere que el trueno gordo estalle en el momentomismo que empiece el día del santo, y espera que el santo lo oiga desdeel cielo y se alegre de que sus patrocinados le saluden y feliciten.¿Por qué no se animan ustedes y van a gozar de todo esto? Iremos juntos.Yo las acompañaré.

—Bien quisiera yo ir—contestó Juana—; pero temo que nos pongan comochupa de dómine cuando nos vean reunidos.

—Pues mira, mamá, deja que nos pongan como les de la gana; a mí me salede adentro el ir, y no quiero andar con repulgos. Vamos allá, y ardaTroya. Como estamos, vamos bien, sin nada en la cabeza; no tenemos másque echar a andar.

Sin hacer más reparos, los tres se fueron en seguida a la velada y feriaque había en la plaza, la cual, con los muchos farolillos y candilejasque la iluminaban, parecía una ascua de oro; y por el bullicio y por lamuchedumbre de gente, que casi la llenaba, era un hormiguero de sereshumanos.

En los balcones, en las ventanas y en las puertas de las casas, laspersonas de más edad y fuste estaban sentadas en sillas.

Las jóvenes se paseaban o se paraban a contemplar las tiendas demercaderes ambulantes que se extendían por la plaza y por dos o trescalles de las que en la plaza desembocan.

Las tiendas a las que se agolpaba más gente eran las de juguetes ymuñecos. Apenas había chicuelo que no fuese obsequiado por sus padres opor los amigos de sus padres con un pito, con una trompeta o con untambor. Y como casi todos desplegaban en seguida su capacidad musical enlos instrumentos que les habían mercado, el aire resonaba con marcial yalegre, aunque algo discordante armonía. Ni faltaban en las tiendas demuñecos trompas marinas, siempretiesos, sables y fusiles de madera y delatón, y especialmente Santos Domingos de diversos tamaños, todos debarro cocido y pintados de vivísimos colores. Estas imágenes eran lasque más se vendían, porque el santo inspiraba en el pueblo devociónfervorosa.

El ambiente estaba embalsamado por el aroma del aceite frito de más dequince buñolerías, donde gitanas viejas y mozas freían y despachaban decontinuo esponjados buñuelos, que unas personas se comían allí mismo conaguardiente o con chocolate y otras se los llevaban a su casa,ensartados todos en un largo, flexible y verde junco.

Ni faltaban allí tampoco puestos de exquisitas frutas; pero los que másatraían la atención de los chicuelos eran los de almecinas, ya que,además del gusto de comérselas, proporcionaban la diversión de ejercitarla puntería tirando al blanco. Cada muchacho que compraba almecinascompraba también un canuto de caña, cerbatana por donde, después dehaberse comido la poca y negra carne de la fruta, disparaba soplando elhuesecillo redondo y duro. Estos proyectiles corrían silbando por elaire como las balas en una reñida batalla, salvo que eran mucho másinocentes, pues apenas hacían daño, si por una maldita y rara casualidadno acertaban a darle a alguien en un ojo, pues entonces bien podíandejarle tuerto. Caso tan lastimoso, sin embargo, rara vez ocurre, y, porconsiguiente, la muchedumbre se paseaba tranquila en medio de aquelferoz tiroteo. Había, por último, en la feria nocturna siete u ochomesillas de turrón, y hasta tres confiterías, donde lo que con másabundancia se despachaba eran las yemas, los roscos de huevo y lasbatatas confitadas.

Se cuenta que cuando algún campesino que presume de muy rumboso quiereobsequiar a su novia o a la muchacha a quien va acompañando, se dirigeal confitero y le pide yemas o batatas.

—¿Cuántas quiere usted?—dice el confitero poniendo en uno de losplatillos del peso la pesa de cuarterón.

—Eche usted jierro—responde el galán.

El confitero pone la pesa de media libra.

—Eche usted más jierro—repite varias veces el galán, y el confiterova echando casi todas las pesas.

Pero siempre la muchacha, llena de exquisita delicadeza, y con los másmodestos remilgos, alega la dificultad que hay en trasladar a casa tantabalumba y pesadumbre de confites, y asegura que no se los podrá comer enuna o dos semanas, y que se pondrán agrios, secos o rancios. En fin,ella está tan elocuente, que el galán, aunque al principio se resistellamando a la muchacha dama de la media almendra, al cabo se dejaconvencer, pero no de repente, sino poquito a poco; y según va entrandoel convencimiento en su ánimo y ella sigue hablando, él la interrumpe atrechos diciendo al confitero:

—Quite usted jierro.

Y de esta suerte acaba por no quedar en el platillo de las pesas más quela de cuarterón, y a veces la de dos onzas.

Para que no careciere la velada de ningún atractivo, hubo en ellatambién una banda de música militar, que se había conservado desde laépoca en que hubo milicianos nacionales, gracias a los desvelos yesfuerzos de don Andrés Rubio, que había sido comandante de la milicia.Los ocho músicos de que constaba la banda vestían aún, cuando iban atocar de ceremonia, el antiguo uniforme de la extinguida institucióndefensora de nuestras libertades. Eran los músicos menestrales ojornaleros de los más listos; no tocaban mal, y siempre el Municipio lespagaba un buen estipendio: seis y hasta ocho reales a cada uno. De estemodo se libertaba Villalegre del tributo a que estaba sometida en loantiguo, haciendo venir de la ciudad vecina, siempre que había función,a los músicos, a quienes apellidaban en el lugar tragalentejas.

Don Paco paseó a sus amigas por toda la feria, dando no poco quemurmurar, según habían previsto.

Como ellas eran más finas que los jornaleros, ninguno se acercaba ahablarles, y como estaban en más humilde posición que las ricaslabradoras, propietarias e hidalgas, la aristocracia las desdeñaba. Elnacimiento ilegítimo de Juanita hacía mayor este aislamiento. Juanita notenía ya una amiga. Entre los mozos, como había desdeñado a muchos, lospobres no se le acercaban por ofendidos o tímidos, y los ricachos, quesi ella hubiera sido fácil hubieran porfiado por visitarla en su casa,temían desconcharse o rebajarse acompañándola en público. Antoñuelo erael único galán que aún se complacía en acompañar a Juanita; peroAntoñuelo andaba entonces muy extraviado y se hallaba ausente en una desus correrías por los lugares cercanos.

Las mozas que solían ir por agua a la fuente del ejido, y los arrieros,pastores y porquerizos que acudían a dar agua al ganado, considerandoque desde que Juanita dejó de ir allí se daba tono de señora, no seatrevían ya ni a saludarla.

Toda la noche, o sea hasta que los fuegos terminaron, que fue ya cercade la una, madre e hija permanecieron en la plaza, y hubieran estado sinotro acompañante que don Paco, si don Pascual, el maestro de escuela, nose hubiera unido también a ellas.

Era don Pascual un solterón de más de sesenta años, delicado de salud,flaco y pequeño de cuerpo, pero inteligente y dulce de carácter.

Desde que Juanita tuvo seis años don Pascual, prendado de su despejo yde su viveza, se había esmerado en enseñarle a leer y escribir, algo decuentas y otros conocimientos elementales.

Juanita había tenido en el maestro de escuela un admirador constante yútil, porque había sido para ella, a falta de aya, ayo gratuito ycelosísimo.

Ella, en cambio, hacía mucho honor a su maestro, pues tomando suslecciones en horas de asueto y cuando la escuela estaba desierta demuchachos, salió discípula tan aventajada, que avergonzaba a casi todoslos que a la escuela asistían.

Nadie sabía mejor que ella el Catecismo de Ripalda y el Epítome de lagramática. Nadie conocía mejor las cuatro reglas.

Había aprendido también Juanita algo de geografía y de historia; y ya,cuando apenas tenía nueve años, recitaba con mucha gracia variosantiguos romances y no pocas fábulas de Samaniego.

Tiempo hacía que don Pascual no visitaba a Juanita ni a su madre.

Primero, las frecuentes visitas de Antoñuelo le habían espantado.Después le retrajo más de ir a casa de las dos Juanas el saber que tantolas frecuentaba don Paco. Tal vez supuso el bueno del maestro queAntoñuelo y don Paco bastaban en aquella casa, y que si él iba estaríade non y sería un estorbo.

Aquella noche pasó por acaso don Pascual cerca de Juanita, y esta sedirigió a él diciéndole:

—Buenas noches, maestro. ¿Qué le hemos hecho a usted, que tan caro sevende y que nos tiene tan olvidadas?

Fueron tantas las cordiales zalamerías de la muchacha, que lapreocupación de que él pudiera ser estorbo se le borró por completo delmagín y acompañó a ambas mujeres durante toda la velada, siendo elcuarto personaje del grupo.

Ya paseaban los cuatro, ya se sentaban en los bancos de piedra que hayen la plaza. Siempre estaban o iban en medio las dos mujeres, yalternando, a un lado y otro, ambos galanes.

Ellos quisieron obsequiarlas con confites, pero ninguna de las dosconsintió tamaño despilfarro. Para que don Paco no lo tomase a desaire,dejó Juana que le comprase un buen puñado de cacahuetes y cotufas, quese echó en el bolsillo y que iba comiendo. Juanita, que gustaba mucho delas castañas, como la Amarilis de Virgilio, se avino a que don Pascualle comprase un cuarterón de pilongas, que también se iba comiendo sin elmenor melindre.

A don Pascual le bastó con una que ella le dio con fineza, porque comodon Pascual no tenía dientes, no la podía roer ni mascar y la tuvo horay media en la boca, tratando en balde de ablandarla, y recordando quesin duda por eso, así como por su baratura, se llaman las castañaspilongas caramelos de cadete. Agradablemente pasaron, pues, la velada, yfueron de los que más gozaron en ella, sin perdonar los fuegos con losque la velada terminó, y que estuvieron espléndidos.

Los galanes, ya cerca de la una, acompañaron a ambas Juanas hasta lapuerta de su casa.

Cada mochuelo a su olivo, como suele decirse. Todos en el lugar seretiraron a dormir y trataron de dormir profundamente y de prisa, a finde estar listos y bien apercibidos, desde muy temprano, para lasmagníficas fiestas que había de haber al día siguiente.

XV

Desde el amanecer empezó a solemnizarse el 4 de agosto de maneraestruendosa con repique general de campanas.

Multitud de gente, tanto de la villa como de no pocos lugares cercanos,circulaba por la vía pública, acudía a la plaza, donde seguía la feriacomo en la noche antes, o se agolpaba en la carretera por donde había deir la procesión, saliendo de la iglesia de Santo Domingo, que era laparroquia, y volviendo a entrar en ella después de haber dado gentilpaseo por las calles principales. Estas habían sido bien barridas yalfombradas luego de juncia y gayomba.

Aguardando ver pasar la procesiónse hallaban muchas personas en las puertas, ventanas y balcones,pendientes de cuyas rejas y barandas lucían vistosas colgaduras dedamasco encarnado, verde y amarillo, o de colchas de algodón estampadocon enormes floripondios y orladas de rizados y cándidos faralaes.

La población toda estaba de gala. Los hombres, bien afeitados, pues lavíspera quedaron abiertas las barberías y afeita que afeita hasta muydadas las doce. Los señores más importantes y ricos, cuantos recibían eltratamiento de don, estaban de levita y castora, hasta con frac dos otres, el escribano entre ellos. Los jornaleros, de camisa limpia y consus mejores ropas; si eran jóvenes, iban en cuerpo, pero con chivata olarga vara de membrillo, oliva o fresno; y si eran ya mayores de edad,con capa, para el conveniente decoro, por ser por allí la capa el trajede etiqueta, del que no se puede prescindir, aunque se achicharre oderrita el humano linaje, como era entonces el caso, porque el solhacía chiribitas.

Las mujeres de todas las clases sociales habían sacado sus trapitos decristianar para adornarse aquel día. Ninguna iba con la cabezadescubierta. Todas, sí no tenían mantilla, llevaban mantones de lanaligera, o bien pañuelos que denominaban allí seáticos, o sea percallustrosísimo, que imita la seda. Las damas pudientes, ya provectas,vestían trajes negros u oscuros de tafetán, de sarga malagueña o dealepín o de cúbica; y las señoritas, sus hijas, iban con trajes demuselina o de otras telas aéreas y vaporosas, pero ninguna sin mantilla,ora de tul bordado, ora de blonda catalana o manchega. Sobre la pulidezy el aseo del peinado, y como matorral a pie de enhiesta torre,relucían, junto a las peinetas de carey, las moñas de jazmines, laalbahaca y otras hierbas de olor, y las rosas y los claveles rojos,amarillos, blancos y disciplinados.

Las flores abundaban en Villalegre, gracias a la fuente del ejido, cuyasmilagrosas propiedades ya hemos elogiado, y gracias también a otroscaudalosos veneros, que brotan entre rocas al pie de la inmediatasierra, y a varias norias y a no pocos pozos de agua dulce, con loscuales se riegan huertos, macetas y arriates.

Por entre los hierros de las cancelas que había en las mejores casas seveían los floridos patios, en algunos de los cuales los naranjos y lasacacias prestaban grata sombra. Las plantas enredaderas trepaban por lasparedes y formaban tupido cortinaje en las ventanas del primer piso.

En el centro del patio, o refrescaba el ambiente un surtidor que caía enroja taza de bruñido jaspe, o se levantaba gran pirámide de tiestos,formando compacta masa de flores y verdura.

Las libélulas y las inquietas mariposas revoloteaban en torno, y lasavispas y las abejas zumbaban buscando miel.

El territorio o término de Villalegre confina con la campiña, dondetodas son tierras de pan llevar o baldíos incultos, sin huertas, niolivares, ni viñedos. Si algo verdea por aquellos campos es tal cualmelonar en las hondonadas. Todo lo demás es en aquella estación pajizo,ya sembrado, ya barbecho, ya rastrojos, los cuales arden como yesca ysuelen quemarse para fecundar el suelo.

Las plantas que se elevan máspor allí y dan mayor sombra son las pitas. Son las más leñosas yarborescentes los cardos y los girasoles. Así es que en los hogares seguisa con cierto producto animal, que no sólo da calor, sino perfume,salvando por el aire una o dos leguas de distancia, de suerte que laspoblaciones se huelen mucho antes de llegar a ellas, y aun decolumbrarse en el horizonte sus campanarios.

Los gorriones, los jilgueros, las golondrinas y otras cien especies depintados y alegres pajarillos salen a la campiña con el alba, a cogersemillas, cigarrones y otros bichos con que alimentarse; pero todosanidan en el término de Villalegre, y vuelven a él, después de susexcursiones, para guarecerse en sus cotos y umbrías, para beber en suscristalinos arroyos y acequias, y para regocijar aquel oasis con suschirridos, trinos y gorjeos.

Aquel día, que era en extremo caluroso, o no habían salido las aves amerodear o habían vuelto tempranito, y trinando y piando, mientras quearrullaban tórtolas y palomas, hacían salva y música al Santo Patrono,así en los alrededores como dentro de la misma villa.

Para mayor ornato y esplendor se habían erigido en ella seis triunfalesarcos de lozano y verde follaje.

La procesión salió en buen orden de la iglesia a las ocho en punto de lamañana. Rompían la marcha el sacristán y los monaguillos, que llevabanel estandarte, la manga de la parroquia y dos cruces de plata, a uno yotro lado de la manga. Después muchísima cera, esto es, multitud dehombres con velas encendidas caminaban en dos hileras. A trechosaparecían, conducidas en andas, hasta seis imágenes de santos, todaspolicromas, de barro o de madera. La quinta imagen era la de SantoDomingo. Su cara, severa y hermosa. Sobre su inspirada frente relucíauna estrella de plata sobredorada. Con su mano derecha echaba el santobendiciones. A sus pies había un perro, muy bien figurado, que llevabaentre los dientes una antorcha, al parecer encendida, con la cual, segúnel sueño de Santa Juana de Asas, abrasaba e ilustraba el mundo en amor yen conocimiento de Dios. Caminaban luego las dos filas de hombres convelas ardiendo, y por último venía una bella efigie de la Virgen, queestaba sobre los cuernos de la luna, la cual luna era de plata, lo mismoque la corona que llevaba la Santísima Celestial Señora.

Era su manto de raso azul celeste, todo él bordado también de plata, yque había costado un dineral. Tenía la Virgen en el brazo izquierdo,apoyado contra el corazón, a un precioso Niño Jesús con la bola delmundo, que ostentaba la cruz en lo más alto. En la mano derecha llevabala Virgen el escapulario del Carmen.

Iban delante de la Virgen, con dalmáticas e incensarios, dos diáconos,que por allí llaman jumeones.

En mitad de los jumeones descollaba el hermano mayor de la cofradía,con túnica de seda azul sobre el frac, y empuñando larga pértiga deplata. Este hermano mayor era nada menos que el marido de doña Inés yyerno de don Paco, el ilustre don Alvaro Roldán, uno de cuyosantepasados había costeado la imagen de la Virgen, así como la de SantoDomingo, obras ambas de Montañés, según se jactaban de ello losnaturales de Villalegre.

En pos de la Virgen, revestido de riquísima capa pluvial, aparecía elpadre Anselmo, y en torno de él varios capellanes, así indígenas comoforasteros, con roquetes y sobrepellices, sueltos algunos de ellos, yotros seis sosteniendo los argentinos varales del magnífico palio,debajo del cual se contoneaba con la debida prosopopeya el ya mencionadocura párroco.

Inmediatamente marchaban los individuos del Ayuntamiento, con el alcaldea la cabeza, el cual llevaba bengala con puño y borlas de oro. Elsecretario, don Paco, estaba al lado del alcalde, con su levita nueva,elegantísimo, y excitando la envidia de otros señores cuyas levitas ofraques eran viejos, fuera de moda, y algunos muy pelados, y ya que nocon remiendos y rasgones, con picaduras de polilla, zurcidos chapucerosy tal cual lamparón o mancha de pringue o aceite, no menos conspicua quelas que notó y censuró el Cid en el hábito del monje don Bermudo.

El cacique, don Andrés Rubio, brillaba en la procesión por su ausencia.

Cercado de una caterva de muchachos, se mostraba luego el hombre másforzudo del lugar, con la bandera del santo, cuya asta era larguísima.La bandera estaba hecha de retazos cuadrados de tafetán de diversos yvivísimos colores. Y era la gala que aquel jayán, cuando había para elloespacio bastante, porque el paño de la bandera tenía lo menos cuatrovaras en cuadro, revolotease la bandera girándola en torno, paralela alsuelo, de modo que, agachándose los muchachos y hasta algunos hombres ymujeres, eran por ella cobijados y benditos. Esta operación delrevoloteo y el cobijo iba siempre acompañada de un precipitado redoblede tambor, tocado por un tamborilero hasta cierto punto eclesiástico yconsagrado a aquel menester.

No cerraba la procesión ninguna tropa de veras, porque en el pueblo,desde que se había extinguido la milicia nacional, no había soldados.Sólo había dos guardias civiles. Sin embargo, en lugar de los tragalentejas; que solían venir en lo antiguo de una ciudad cercana,iban los músicos municipales casi siempre tocando y vistiendo aún eluniforme de la extinguida milicia.

No contentos con esto los del lugar y considerando y sabiendo, más omenos confusamente, que el Santo Patrono había tenido algo de guerrero,quisieron que aquella pompa fuese más militar, y tuvieron una felicísimaidea. A los soldados romanos que salen allí en las procesiones de SemanaSanta les pusieron en el pecho cruces de terciopelo carmesí y losconvirtieron de perseguidores de Cristo en perseguidores de herejes delos que los amigos del santo habían metido en costura. Los soldadosromanos estaban vestidos con mucha propiedad, porque en el pueblo habíaun santo nacido en él, el cual santo perteneció a la Legión Tebana; ycomo en compañía de una de sus canillas, hallada en las catacumbas, vinode Roma su imagen, el traje que llevaba sirvió de modelo para hacer losde los soldados romanos.

En cuanto al traje de los judíos, era tan fantástico, que podía valerpara cualquier época, si bien tenía el inconveniente de ser tan rico yprimoroso, que sólo los señoritos más acaudalados del pueblo lo podíancostear; así es que había pocos judíos, muchos menos que soldadosromanos; mas no por eso se sometían del todo, sino que de cuando encuando se enredaban a trancazos con los cruzados, armando muy graciosasescaramuzas o simulacros de pelea, con los cuales el pueblo se reía yera como el sainete o parte cómica de la procesión.

Debemos advertir que estos judíos herejes, tan elegantes en el vestir,gastaban ciertas espantosas carátulas, con enormes narices, a veces comoberenjenas amoratadas y llenas de verrugas, porque los judíos de lostiempos antiguos eran más feos que los de ahora, si bien entonces teníanla mar de dinero, cuando se vestían con tanto lujo.

La devota muchedumbre no veía pasar la procesión en reverente y mustiosilencio, sino con alborozo y algazara, prorrumpiendo en nutridos ysonoros vivas, entre los cuales se oían a veces proposicionescandorosamente heterodoxas y aun un poco blasfemas de puroentusiásticas, como, por ejemplo: «¡Viva nuestro glorioso Patriarca, quejoroba a todos los demonios!» «¡Viva nuestro Santo Patrono, que achica atodos los otros santos!»

Para colmo de la devoción y muestras de júbilo, varios mozos teníanescopetas y trabucos, y disparaban tiros sin bala ni perdigones, perocon mucha pólvora y muy apretada por el taco, a fin de que retumbase másel tronido. En suma, la procesión no dejó nada que desear. El públicoquedó muy satisfecho.

XVI

A las diez se cantó la misa mayor con órgano, que lo hay allí muy bueno,y no sucede lo que en Tocina y en otros lugares de la Andalucía baja,donde dicen que, a falta de órgano, tocan la guitarra en la iglesia. Deesto no respondemos. Puede que sea una calumnia. Lo contamos porque lohemos oído contar.

La Virgen estaba ya de nuevo ocupando su camarín en el altar mayor, cuyoretablo, todo de madera tallada y dorada, subía hasta la cumbre delábside, y era caprichoso y atrevido desate del estilo churrigueresco:complicado laberinto de retorcidos tallos, colosal hojarasca, frutas,armas, monstruos simbólicos y rosetones, por los cuales asomaban susinfantiles y aladas cabezas los ángeles y los serafines.

A la derecha, y sobre otro altar, estaba ya también en su nicho el SantoPatrono.

Ambos altares resplandecían con muchísimas velas y hachones ardiendo, yramilletes de flores y festones y guirnaldas de arrayán, laurel ylimonero los engalanaban.