Juanita la Larga by Juan Valera - HTML preview

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JUAN VALERA

JUANITA LA LARGA

PROLOGO DE PAULINO GARAGORRI

Capítulos:

I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII, XIV, XV, XVI, XVII, XVIII, XIX, XX, X

XI, XXII, XXIII, XXIV, XXV, XXVI, XXVII, XXVIII, XXIX, XXX, XXXI, XXXII, XXXII

I, XXXIV, XXXV, XXXVI, XXXVII, XXXVIII, XXXIX, XL, XLI, XLII, XLIII, XLIV, XL

V,

EPILOGO

1982 SALVAT EDITORES, S.A.

Impreso en: Gráficas Estella, S.A. Estella (Navarra)-1983

I.S.B.N. 84-345-8003-9 (obra completa)

I.S.B.N. 84-345-8011-X (tomo 8)

Depósito Legal: NA-40-1983

Printed in Spain

Edición Integra especialmente autorizada

para BIBLIOTECA BÁSICA SALVAT

PROLOGO

Don Juan Valera no fue solamente novelista. Escribió mucho, Algo detodo, según reza el título de uno de sus libros, y lo hizo a despecho devacilaciones y desengaños. «Varias veces me di ya por vencido, y hastapor muerto; mas, apenas dejé de ser escritor, cuando reviví como talbajo diversa forma. Primero fui poeta; luego periodista; luego crítico;luego aspiré a filósofo; luego tuve mis intenciones y conatos dedramaturgo, y al cabo traté de figurar como novelista....

Bajo estaúltima forma es como la gente me ha recibido menos mal; pero, aun así,no las tengo todas conmigo.» Hoy, Valera es un autor clásico reconocidoen toda historia de nuestra literatura, pero la frase final de la citatranscrita no es sólo fórmula de buena crianza para evitar la propiaponderación, sino confidencia íntima de un hombre que ha corrido muchopero sin asiento ni rumbo seguro. Pues, además de tantear la carrera deescritor, cultivando tan diversos géneros literarios, empeñó su tiempoen otras profesiones. En su larga vida (muere cumplidos los ochenta yuno) residió muchos años fuera de España—en Nápoles, Lisboa, Río,Dresde, Moscú, Francfort, Washington, Bruselas, Viena—, con cargosdiplomáticos que le confería o retiraba el Gobierno según estuvieseregido por amigos o enemigos políticos. Y él quiso y logró interveniractivamente en la política, como diputado en varias legislaturas, y aunllegó a Subsecretario de Estado, pero por muy poco tiempo y al favor dela Revolución de Septiembre de 1868, tan gloriosa como fugaz. Tenía,además, algo de hacienda propia, heredada, en tierras de Córdoba, con loque a veces salía de apuros y otras se veía envuelto en obligaciones.Casó ya cuarentón con una joven a la que doblaba en edad y cuyocarácter resultó poco acordado a sus gustos. «Mi casa—escribe a unamigo—es el rigor de las desdichas. No me ha valido la posición queaquí tengo (de embajador, en Lisboa), los dineros, tal vez más de loconveniente, que gasto, ni nada, para que mi mujer esté alegre ysatisfecha y no me muela.... En suma, yo estoy archifastidiado. No secase usted nunca. Razón tuvo la Iglesia católica en establecer elcelibato para los clérigos, y clérigos somos usted y yo» (Valera sedirigía a Menéndez Pelayo). Su vida fue, pues, movediza, con paréntesisy alternativas, y a los giros de la biografía personal hay que sumar losgrandes cambios que en la sociedad española le tocó presenciar ycompartir, desde el siniestro Fernando VII—

nació en 1824—a lasfrivolidades de don Alfonso XIII—muere en 1905—. Sufrió, además,algunos pesares acerbos: la muerte de su hijo primogénito y predilecto,cuando él estaba lejos y solo, en Washington; el caso de una distinguidajoven americana tan perdidamente enamorada, cuando él tenía cumplidoslos sesenta años, que se suicidó al abandonar Valera aquellas tierras.Y, sin embargo, creo difícil hallar en toda la literatura castellana unautor que pueda ofrecer tantas páginas risueñas, divertidas y penetradaspor un amor a la vida que anega las desventuras y limitacionesinevitables en una comprensión optimista que, al cabo, valora más lacomplacencia en lo realmente existente que en los defectos y ausenciasque se echan de menos.

No es que don Juan Valera fuese hombre bondadosoy contentadizo; por el contrario, sus dotes de crítico, su inteligenciapenetrante e irónica fueron superlativas, aunque embozadas, porque eltiempo que le tocó vivir lo requería. Pero siempre el panfilismo—el«amor a todo»—, como él decía, sobrenada en sus páginas. Yprincipalmente en su labor, tardía, de novelista.

Las novelas de Valera aparecen en dos etapas. En la primera, en loscinco años que median entre 1874 y 1879, se publican Pepita Jiménez, Las ilusiones del doctor Faustino, El comendador Mendoza, Pasarsede listo y Doña Luz, en una racha de excepcional intensidad; teníaValera por entonces entre cincuenta y cincuenta y cinco años, y en ladedicatoria que antepuso a El comendador Mendoza figuran lasconfidencias que cité al comienzo. De haber continuado a ese aire, donJuan Valera hubiese escrito tanto como Galdós—el más grande de losnovelistas españoles, y no sólo en cantidad—y su vida y su obra seríanotras. Mas, a pesar del esfuerzo del autor y de la benévola aceptacióndel público, las cuentas domésticas no cuadraban, se acentuaba la«escasez de metales preciosos» y, al amparo de otra oportunidad, Valeravolvió a la diplomacia.

Son los años de Lisboa, Washington, Bruselas,Viena. En Viena cumplirá los setenta años, pero al siguiente saleSagasta y entra Cánovas al Gobierno, y Valera se considero obligado adimitir del que sería su último cargo. Vuelto a Madrid, de nuevo se poneseguidamente a escribir, o a dictar al amanuense cuando pierde la vista,y continuará sin tregua hasta el fin de sus días. En esta última etapa,su primer libro será, precisamente, Juanita la Larga (1895); luego Genio y figura (1897) y Morsamor (1899), además de componer otrosvarios libros, y aun otra novela, de edición póstuma e inacabada, Elisala malagueña.

Las novelas fueron, pues, frutos tardíos en la vida de Valera yresultado de dos etapas distantes y relativamente breves. Sin embargo,su inspiración no procedía de factores azarosos ni circunstanciales. Enrigor, y salvando las excepciones que lo confirman, cabe decir que una yotra vez Valera escribió y reescribió principalmente una sola novela, labiografía de un determinado tipo de mujer, situada en un ambiente que noprocede de experiencias en tierras y con gentes extrañas, ni siquiera enMadrid, sino el de su tierra natal, la ciudad de Cabra, y el municipiopróximo de Doña Mencía; en ambos lugares es donde sus padres teníanalguna propiedad y él pasó en ellos su infancia y mocedad. Luego losvisitó poco, pero abrigó siempre el propósito de retirarse a Cabra soloy con sus libros, a escribir y leer, y ocupar así sus postrimerías. Unasestancias con ocasión de la vendimia, en torno al año 72, debieronrefrescarle emociones y sucesos vividos, y de ese renacimiento deimpresiones añejas salió precisamente la primera racha de sus novelas.Para la segunda bastaron los recuerdos. Otro elemento se reiteraigualmente en sus novelas: el amor, difícil, entre el varón bastantemaduro y la mujer todavía en agraz.

Entre las páginas más felices de Valera figuran las que título Lacordobesa, descripción y análisis precioso de la mujer de su tierra.Pues bien, el héroe de sus novelas es precisamente una serie decordobesas a las que vemos vivir en el marco andaluz y lugareño que lespresta sus gracias y sus límites. Las novelas de Valera están llenas dedetalles, sin duda observados en la realidad, y no sólo detalles deobjetos y lugares, sino de gentes y aun personas reales. Sin embargo,Valera, al explayarse en el plano teórico, solía insistir en losilimitados fueros de la fantasía y en la postura del arte por el arte.Frente al naturalismo zolesco y frente a otros realismos más castizos,estimaba que la novela no ha de recluirse en lo verosímil ni conteneruna intención moralizante. Mediante esas afirmaciones amparaba, además,a sus propias novelas, en las que presumía de libre invención y libresde tesis. Pero, aludiendo en particular a Juanita la Larga, escribía:«No sé si este libro es novela o no. Lo he escrito con poquísimo arte,combinando recuerdos de mi primera mocedad y aun de mi niñez, pasada ental o cual lugar de la provincia de Córdoba. A fin de tener libre campoen que fingir una acción, no determino el lugar en que la acción pasa einvento uno, dándole nombre supuesto; pero yo creo que los usos ycostumbres, los caracteres, las pasiones y hasta los lances de mi relatohan podido suceder, naturalmente, y tal vez han sucedido, siendo yo, encierto modo, más bien historiador fiel y veraz que novelista rico deimaginación y de inventiva. Si no fuese porque ahora está muy de modaeste género de novelas, copia exacta de la realidad y no creación delespíritu poético, yo daría poquísimo valor a mi obra. No lo tienetampoco porque trate de demostrar una tesis metafísica, psicológica,social, política o religiosa. Juanita la Larga no propende a demostrarni demuestra cosa alguna. Su mérito, si lo tuviese, ha de estar en quedivierta.» Y todavía agrega: «Mi libro puede considerarse como un espejoo reproducción fotográfica de nombres y de cosas de la provincia en queyo he nacido.» Es decir, que, al cabo, en esta obra de plena madurez,reconoce el predominio de la vena realista, pero mantiene que en ella nopretende demostrar nada oculto ni reservado.

Y, sin embargo, la aventura reiteradamente encarnada en ese determinadotipo de mujer que Valera, se complace en describir y animar constituye,a mi entender, una tesis y su viviente demostración. Contra el pesimismoy el determinismo propios del naturalismo, Valera nos mostrará un mundoen el que la libre decisión y el optimismo alcanzan el triunfo. Todassus heroínas tienen algo grave—a los ojos de la sociedad de sutiempo—que hacerse perdonar. Y lo que Valera nos muestra es, por asídecirlo, de lo que es capaz una mujer si tiene resolución y buenashechuras. Pobreza extrema y vileza de nacimiento cierran el horizontede Juanita, hija de Juana la Larga, y le prohíben, por ejemplo, vestirsede seda, mas se trata de una criatura indómita y... el lector va a verlaactuar por sí mismo en las páginas que siguen, y no debo adelantarle lassorpresas que le esperan. Pero Valera profesaba ciertamente la religióndel arte, y esa y otras tesis se hacen casi invisibles tras lasperipecias de los personajes y la prosa admirable que constituye susobrehaz y su atractivo.

Es opinión compartida—a la que, en esta oportunidad, me sumo—que Juanita la Larga es la mejor entre las novelas que escribió Valera. Lamultiplicidad de los personajes con relieve en la trama, sin mengua delprotagonismo de la heroína; las sucesivas transformaciones de lasituación, que sin interrupción reinician y amplían la historia; elrazonable reparto de bondad y malicia entre los que hacen elpapel—inevitable—de buenos y malos; la perfección que alcanzan algunosde los clisés, ya ensayados por el autor en anteriores producciones, sonalgunas de entre las razones que lo justifican, y a las que me cabealudir en las contadas líneas de este prólogo.

PAULINO GARAGORRI

I

Cierto amigo mío, diputado novel, cuyo nombre no pongo aquí porque noviene al caso, estaba entusiasmadísimo con su distrito y singularmentecon el lugar donde tenía su mayor fuerza, lugar que nosotrosdesignaremos con el nombre de Villalegre. Esta rica, aunque pequeñapoblación de Andalucía, estaba muy floreciente entonces, porque susfértiles viñedos, que aún no había destruido la filoxera, producíanexquisitos vinos, que iban a venderse a Jerez para convenirse enjerezanos.

No era Villalegre la cabeza del partido judicial, ni oficialmente lapoblación más importante del distrito electoral de nuestro amigo; perocuantos allí tenían voto estaban tan subordinados a un grande elector,que todos votaban unánimes y, según suele decirse, volcaban el puchero en favor de la persona que el gran elector designaba. Ya se comprendeque esta unanimidad daba a Villalegre, en todas las elecciones, la másextraordinaria preponderancia.

Agradecido nuestro amigo al cacique de Villalegre, que se llamaba donAndrés Rubio, le ponía por las nubes y nos le citaba como prueba yejemplo de que la fortuna no es ciega y de que concede su favor a quienes digno de él, pero con cierta limitación, o sea sin salir del círculoen que vive y muestra su valer la persona afortunada.

Sin duda, don Andrés Rubio, si hubiera vivido en Roma en los primerossiglos de la era cristiana, hubiera sido un Marco Aurelio o un Trajano;pero como vivía en Villalegre y en nuestra edad, se contentó y seaquietó con ser el cacique, o más bien el César o el emperador deVillalegre, donde ejercía mero y mixto imperio y donde le acataban todosobedeciéndole gustosos.

El diputado novel, no obstante, ensalzaba más a otro sujeto deldistrito, porque sin él no se mostraba la omnipotencia bienhechora dedon Andrés Rubio. Así como Felipe II, Luis XIV, el papa León X y casitodos los grandes soberanos han tenido un ministro favorito y constante,sin el cual tal vez no hubieran desplegado su maravillosa actitud nihubieran obtenido la hegemonía para su patria, don Andrés Rubio teníatambién su ministro que, dentro del pequeño círculo donde funcionaba,era un Bismarck o un Cavour. Se llamaba este personaje don FranciscoLópez y era secretario del Ayuntamiento, pero nadie le llamaba sino donPaco.

Aunque había cumplido ya cincuenta y tres años, estaba tan bienconservado que parecía mucho más joven. Era alto, enjuto de carnes, ágily recio, con poquísimas canas aún, atusados y negros los bigotes y labarba, muy atildado y pulcro en toda su persona y traje, y con ojoszarcos, expresivos y grandes. No le faltaba ni muela ni diente, que lostenía sanos, firmes y muy blancos e iguales.

Pasaba don Paco por hombre de amenísima y regocijada conversación,salpicada de chistes con que hacía reír sin ofender mucho ni lastimar alprójimo, y por hábil narrador de historias, porque conocía perfectamentela vida y milagros, los lances de amor y fortuna y la riqueza y lapobreza de cuantos seres humanos respiraban y vivían en Villalegre y enveinte leguas a la redonda.

Esto, en lo tocante al agrado. Para lo útil, don Paco valía más: era unverdadero factótum.

Como en el pueblo, si bien había dos licenciados ytres doctores en Derecho, eran abogados Peperris, o sea, de secano,todos acudían a don Paco, que rábula y jurisperito, sabía más de leyesque el que las inventó, y los ayudaba a componer o componía cualquierpedimento o alegato sobre negocio litigioso de algún empeño y cuantía.

El escribano era un zoquete, que había heredado la escribanía de supadre, y que sin las luces y la colaboración de don Paco apenas seatrevía a redactar ni testamento, ni contrato matrimonial, dearrendamiento o de compraventa, ni escritura de particiones. El alcaldey los concejales, rústicos labradores, por lo común, a quienes donAndrés Rubio hacía elegir o nombrar, le estaban sometidos y devotos, ycomo no entendían de reglamentos ni de disposiciones legales sobreadministración y hacienda, don Paco era quien repartía lascontribuciones y lo disponía todo. Cuidaba al mismo tiempo de lalimpieza de la villa, de la conservación de las Casas Consistoriales ydemás edificios públicos y del buen orden y abastecimiento de lacarnicería y de los mercados de granos, legumbres y frutas; y era tancampechano y dicharachero, que alcanzaba envidiable favor entre loshortelanos y verduleras, quienes solían enviar a su casa, para suregalo, según la estación, ya higos almibarados, ya tiernas lechugas, yaexquisitas ciruelas claudias o ya los melones más aromáticos y dulces.

El carnicero estaba con don Paco a partir un piñón, y de seguro que sialguna becerrita se perniquebraba y había que matarla, lo que es lossesos, la lengua y lo mejorcito del lomo no se presentaba en otra mesasino en la de don Paco, a no ser en la de su hija, de quien hablaremosdespués.

Asombrosa era la actividad de don Paco, pero distaba mucho de serestéril. Con tantos oficios florecía él y medraba que era una bendicióndel Cielo, y aunque había empezado en su mocedad por no poseer más queel día y la noche, había acabado por ser propietario de buenas fincas.Poseía dos hazas en el ruedo, de tres fanegas la una. La otra sólo teníauna fanega y cinco celemines; pero como allá en lo antiguo había estadoel cementerio en aquel sitio, la tierra era muy generosa y producía losgarbanzos más mantecosos y más gordos y tiernos que se comían en toda laprovincia, y en cuya comparación eran balines los celebrados garbanzosde Alfarnate.

Poseía también don Paco quince aranzadas de olivar, cuyosolivos no eran ningunos cantacucos, sino muy frondosos y que llevabancasi todos los años abundante cosecha de aceitunas, siendo famosas lasgordales, que él hacía aliñar muy bien, y que, según los peritos en estamateria, sobrepujaban a las más sabrosas aceitunas de Córdoba, tancelebradas ya en La gatomaquia por el Fénix de los Ingenios, Lope deVega.

Por último, poseía don Paco la casa en que vivía, donde no faltabanbodega con diez tinajas de las mejores de Lucena, un pequeño lagar y unacandiotera con más de veinte pipas entre chicas y grandes. Para llenarlas pipas y las tinajas era don Paco dueño de un hermoso majuelo, quecasi tenía seis fanegas de extensión; y aunque su producto no bastaba,solía él comprar mosto en tiempo de la vendimia, o más bien comprar uva,que pisaba en el lagar de su casa.

Era ésta de las buenas del pueblo, con corral donde había muchasgallinas, y con patio enlosado y lleno de macetas de albahaca, brusco,evónimo, miramelindos, dompedros y otras flores.

Claro está que para las faenas rústicas del lagar, del trasiego del vinoy de la confección del aceite, hombres y bestias entraban por unapuertecilla falsa que había en el corral. En suma, la casa era tal y tancómoda y señoril, que si la hubiera alquilado don Paco, en vez devivirla, no hubiese faltado quien le diese por ella cuatrocientos realesal año, limpios de polvo y paja, esto es, pagando la contribución elinquilino.

Menester es confesar que todo este florecimiento tenía una terriblecontra: la dependencia de don Andrés Rubio, dependencia de que eraimposible o por lo menos dificilísimo zafarse.

Por útiles y habilidosos que los hombres sean, y por muy aptos paratodo, no se me negará que rara vez llegan a ser de todo puntonecesarios, singularmente cuando hay por cima de ellos un hombre devoluntad enérgica y de incontrastable poderío a quien sirven y de cuyocapricho y merced están como colgados. Don Andrés Rubio había, digámosloasí, hecho a don Paco; y así como le había hecho, podía deshacerle. Nole faltarían para ello persona o personas que reemplazasen a don Paco,repartiéndose sus empleos, si una sola no era bastante a desempeñarlostodos con igual eficacia y tino.

Don Paco tenía plena conciencia de lo que debía y de lo que podíaesperar y temer aún de don Andrés; de suerte que tanto por gratitudcuanto por prudencia previsora, le servía con la mayor lealtad y celo yprocuraba complacerle siempre. Don Paco, sin embargo, no recelaba muchoperder su elevada posición y su envidiable privanza. Además de contarcon su rarísimo mérito, estaba agarrado a muy buenas aldabas.

II

Viudo hacía ya más de veinte años, tenía una hija de veintiocho, quehabía sido la más real moza de todo el lugar, y que era entonces laseñora más elegante, empingorotada y guapa que en él había, culminando yresplandeciendo por su edad, por su belleza y por su aristocráticaposición, como el sol en el meridiano. Hacía ya diez años que ella habíalogrado cautivar la voluntad del más ilustre caballero del pueblo, delmayorazgo don Alvaro Roldán, con quien se había casado y de quien habíatenido la friolera de siete robustos y florecientes vástagos entre hijose hijas.

El tal don Alvaro vivía aún con todo el aparato y la pompa que suelendesplegar los nobles lugareños. Su casa era la mejor que había enVillalegre, con una puerta principal adornada, a un lado y a otro, demagníficas columnas de piedra berroqueña, estriadas y con capitelescorintios.

Sobre la puerta estaba el escudo de armas, de piedra también,donde figuraban leones y perros, calderas, barcos y castillos y multitudde monstruos y de otros objetos simbólicos que para los versados en lautilísima ciencia del blasón daban claro testimonio de su antigüedad ysublimidad de su prosapia.

Decían las malas lenguas, y en los lugares nunca faltan, que don Alvaroestaba atrasado, que tenía hipotecadas algunas de sus mejores fincas yque debía bastante dinero; pero yo las supongo hablillas calumniosas,porque él vivía como si nada debiese. Le servían muchos criados,constantes unos y entrantes y salientes otros; y como era aficionadísimoa la caza, no le faltaban una jauría de galgos, podencos y pachones, ydos hábiles cazadores o escopetas negras, que solían acompañarle.

En la casa había jardín, y además un desmesurado corralón, donde, paramayor recreo y gala, no se encerraban sólo gallinas y pavos, sino, enapartados recintos, venados y corzos traídos vivos de Sierra Morena, ypor último, amarrado a fuerte cadena de hierro, por temor a sustravesuras y ferocidades, un enorme mono que había enviado de Marruecosun capitán de Infantería, primo del señor.

Doña Inés, que así se llamaba la hija de don Paco, venerada esposa dedon Alvaro Roldán, tenía también muchos costosos caprichos de variosgéneros. Se vestía con lujo y elegancia no comunes en los lugares;sustentaba canarios, loros y cotorras; era golosísima y delicada depaladar, y los mejores platos de carne y los almíbares más apetitosos secomían en su mesa. El chocolate, que se elaboraba en su casa dos veces alaño, gozaba de nombradía en toda la comarca.

Como don Alvaro Roldán estaba ausente más de la mitad del tiempo, yacazando conejos, perdices y liebres, ya en distantes monterías, ya enlas ferias más concurridas de los cuatro reinos andaluces, doña Inés sequedaba sola, pero tenía para distraerse varios recursos, además de lalectura de libros serios.

Su criada favorita, llamada Serafina, era una verdadera joya, lo que sellama un estuche. Sabía tocar la guitarra rasgueando y de punteo;cantaba como una calandria, tanto las melancólicas playeras como elregocijado fandango. Su memoria era rico arsenal o archivo de coplas,tiernas o picantes, en que la casta musa popular no siempre merecía elmencionado calificativo con que algunos la designaban.

No se entienda por esto que doña Inés gustase de conversaciones libres yescabrosas. Cuanto no era lícito y puro en el pensamiento y en lapalabra ofendía sus oídos de austera matrona; pero en un lugar hay quesufrir tales libertades o hay que aparentar que no se oyen. El propiodon Alvaro no era nada mirado en el hablar, ni menos aún lo eran laspersonas que le rodeaban. Valga para ejemplo cierto mozo, de unos quinceaños de edad, hijo del aperador y favorito de don Alvaro, que este teníasiempre en casa para que entretuviese a los niños. Como el aperador eraCalvo de apellido, al mozo le apellidaban Calvete. Y para que se vea lomucho que hubo de sufrir en ocasiones la pulcritud de doña Inés, he decitar un caso que de Calvete me han referido.

Antes que cumpliese dos años el primogénito de los Roldanes, logróCalvete enseñarle a pronunciar con la mayor perfección cierto vocablo detres sílabas en que hay una aspiración muy fuerte. Encantado con sutriunfo pedagógico, corrió por toda la casa gritando como un loco:

—¡Señor don Alvaro! ¡Ya lo dice claro! ¡El señorito lo dice claro!

Doña Inés se disgustó y rabió, pero don Alvaro quedó más encantado queCalvete y le dio en albricias un doblón de a cuatro duros, después queel niño dijo delante de él la palabreja y él admiró el aprovechamiento yla precocidad del discípulo y la virtud didáctica del maestro.

Amigas tenía pocas doña Inés, porque casi todas las hidalguillas ylabradoras de la población estaban muy por bajo de ella enentendimiento, ilustración, finura y riqueza.

Quien más acompañaba, por consiguiente, en su soledad a la señora doñaInés era el cacique don Andrés Rubio, embobado con el afable trato deella y cautivo de su discreción y de su hermosura. Daba esto ocasión aque los maldicientes supusiesen y dijesen mil picardías. Pero

¿quién eneste mundo está libre de una mala lengua y de un testigo falso? ¿Cómo lagente grosera de un lugar ha de comprender la amistad refinada yplatónica de dos espíritus selectos? El señor cura párroco era de lospocos que verdaderamente la comprendían, y así encontraba muy bienaquella amistad, y acaso daba gracias a Dios de que existiese, porqueredundaba en bien de los pobres y de la iglesia, a quien doña Inés ydon Andrés, puestos de acuerdo, hacían muchos presentes y limosnas.

Era el cura párroco un fraile exclaustrado de Santo Domingo, muy severoen su moral, muy religioso y muy amigo del orden, de la disciplina y delrespeto a la jerarquía social. Casi siempre en sus pláticas, en susconversaciones particulares y en los sermones, que predicaba confrecuencia porque era excelente predicador, clamaba mucho contra lafalta de religión y contra la impiedad que va cundiendo por todaspartes, con lo cual los ricos pierden la caridad y los pobres laresignación y la paciencia, y en unos y en otros germinan y fermentanlos vicios, las malas pasiones y las peores costumbres.

El padre Anselmo, que así se llamaba el cura párroco, admiraba de buenafe a la señora doña Inés como a un modelo de profunda fe religiosa y dedistinción aristocrática. Era el tipo ideal realizado de la gran señora,tal como él se la imaginaba. Ni siquiera le faltaban a doña Inésocasiones en que ejercitar las raras virtudes del prudente disimulo parano dar escándalos, de la santa conformidad con la voluntad de Dios y dela longanimidad benigna para perdonar las ofensas. Bien sabía toda lagente del lugar los malos pasos en que don Alvaro Roldán solía andarmetido. A menudo, sobre todo en las ferias, jugaba al monte y hasta alcañé; y lo que es peor, era tan desgraciado o tan torpe, que casisiempre perdía. Para consolarse apelaba a un lastimoso recurso: gustabade empinar el codo, y aunque tenía un vino regocijado y manso, siempreera grandísimo tormento para una dama tan en sus puntos tener a su ladoy como compañero a un borracho.

Por último, aquel empecatado de don Alvaro, aunque tenía tan egregia ybella esposa, se dejaba llevar a menudo de las más villanasinclinaciones, y en una o en otra de sus dos magníficas caserías alojabacon mal disimulado recato a alguna daifa, por lo común forastera, quehabía conocido y con quien había simpatizado, ya en esta feria, ya en laotra.

Como se ve, don Alvaro distaba mucho de ser un modelo de perfección. Elpadre Anselmo no ignoraba sus extravíos, contribuyendo esto a hacer másrespetable a sus ojos a la prudente y sufrida señora.

Era tal la distinción aristocrática de doña Inés, que, sin poderremediarlo, hasta en su padre encontraba cierta vulgar ordinariez que laafligía no poco; pero como doña Inés tenía muy presentes losmandamientos de la Ley de Dios y los observaba con exactitud rigurosa,nunca dejaba de honrar a su padre como debía, si bien procuraba honrarledesde lejos y no verle con frecuencia, a fin de no perder las ilusiones.

En suma, don Andrés el cacique era la única persona que por naturalezaestaba a la altura de doña Inés y era capaz de comprenderla y admirarla.Y digo por naturaleza, porque el padre Anselmo, aunque por naturalezaera entendido, estaba, además, tan ayudado y tan ilustrado con la graciade Dios, que comprendía como nadie el valor y las excelencias de doñaInés, y era muy digno de su trato familiar, teniendo con ellapiadosísimos coloquios, en los cuales se desataba contra la abominablecorrupción de nuestro siglo y contra la blasfema incredulidad queprevalece en el día y que se va apoderando de todos los espíritus.

III

Sin el menor artificio he presentado ya a mis personajes, a varios delos personajes principales que han de figurar en la presente historia;pero me quedan dos todavía, de los cuales conviene dar previamentealguna noticia.

Don Paco, según hemos dicho, era un hombre enciclopédico, de variasaptitudes y habilidades; la mano derecha del cacique y la subordinadainteligencia que hacía que en el lugar la soberana voluntad del caciquese respetase y cumpliese.

Había, sin embargo, en Villalegre otra persona, que en más pequeñaesfera y en más reducidos términos, si no competía, se acercaba mucho almérito de don Paco por la multitud de sus conocimientos y habilidades ypor lo hacendosa y lista que era.

Hablo aquí de la famosísima Juana la Larga. Imposible parece que estamujer atinase a hacer bien tantas cosas diversas. Ella trabajaba mucho,pero no se ha de negar que con fruto. Tenía casa propia, sin lagar y sinbodega, pero en lo restante casi tan buena como la de don Paco. Carecíade olivares y de viñas, pero había hecho algunos ahorrillos, que, segúnla voz pública, pasaban de doce mil reales, y que iban creciendo como laespuma, porque los tenía dados a rédito a personas muy de fiar, y aldiez por ciento al año, porque como era mujer muy temerosa de Dios, demuy estrecha conciencia y muy caritativa, no quería pasar por usurera.

En sus diferentes oficios, Juana la Larga ganaba por término medio, ysegún los cálculos más juiciosos, sobre ocho reales al día, o dígasecerca de tres mil cada año. Y esto sin contar las adehalas, propinas,regalos y obsequios que recibía a menudo. Bien es verdad que todo y másse lo merecía ella.

Nadie era más a propósito para dirigir una matanza de cerdos. Salaba losjamones con singular habilidad. El adobo con que preparaba los lomosantes de freírlos en manteca era sabroso y delicadísimo, y teñía lamanteca de un rojo dorado que hechizaba la vista, daba delicado perfumey despertaba el apetito de la persona más desganada cuando entraba porsus narices y por sus ojos. Sus longanizas, morcillas, morcones yembuchados dejaban muy atrás a lo mejor que en este género se condimentaen Extremadura. Y tenía tan hábil mano para todo que hasta cuandoderretía las mantecas sacaba los más saladitos y crujientes chicharronesque se han comido nunca. Así es que los labradores ricos y otraspersonas desahogadas y de buen gusto se disputaban a Juana la Larga paraque fuese a la casa de ellos a hacer la matanza.

En lo tocante a repostería no era nada inferior; y casi todo el año, yparticularmente en tres solemnes épocas, no sabía ella cómo acudir a lasmil partes adonde la llamaban: antes de Pascua de Navidad, a fin deconfeccionar las chucherías y delicadezas que las personas pudientes ysibaríticas suelen entonces mandar hacer para su regalo; por ejemplo,los hojaldres y las célebres empanadas con boquerones y picadillo detomate y cebolla que se toman por allí con el chocolate.

Hacía, también,como nadie, tortillas de azúcar y polvorones que se dejaban muy atrás alos tan encomiados de Morón; roscos de huevo y de vino, y mucha variedadde bizcochos y de almíbares.

Si Juana no hubiera sabido tanto de otras cosas, se hubiera podidoasegurar que era una especialidad maravillosa para las frutas de sartén;de modo que en los días que preceden a la Semana Santa no daba paz a lamano ni a la mente, acudiendo a las casas de los hermanos mayores de lascofradías para hacer las esponjosas hojuelas, los gajorros y losexquisitos pestiños, que se deshacían en la boca y con los cuales seregalaban los apóstoles, los nazarenos, el santo rey David y todos losdemás profetas y personajes gloriosos del Antiguo y del Nuevo Testamentoque figuraban en las deliciosas procesiones que por allí se estilan.

No estaba ociosa Juana ni carecía de conveniente habilidad paraemplearla en la estación de la vendimia. Sus arropes no tenían rival entoda aquella provincia, y lo mismo puede decirse de sus excelentesgachas de mosto. En otoño, por ser cuando se dan los mejores frutos, secastran las colmenas y está fresca la miel, se empleaba Juana en hacercarne de membrillo y de manzana, gran variedad de turrones y legítimo yesponjado piñonate, cuyos gruesos y dorados granos quedaban ligados conla olorosa miel bien batida.

Fuera de esto, Juana se pintaba sola para disponer cualquier pipiripao obanquete que debía o quería dar algún señor del pueblo, ya con ocasiónde boda o bautizo, ya para obsequiar al diputado, al señor gobernador oal propio obispo si venía a visitar la villa.

Y no se crea que Juana sabía sólo hacer los guisos locales, sino quetambién había importado y añadido a la cocina indígena no pocos platosforasteros de más o menos remotos países, entre las cuales platos omanjares descollaban los celebérrimos bizcochos de yema, que sólo hacíanunas monjas de Ecija, de cuyo secreto tradicional no se comprende porqué arte o maña prodigiosa ella había sabido apoderarse. Confeccionaba,por último, varios platos de origen francés, cuyos nombres enrevesadoshabían venido a modificarse poniéndose de acuerdo con la pronunciaciónespañola. Así, por ejemplo, chuletas a la balsamela, lenguados inglatines y angulas fritas con salmorejo tártaro.

No era todo esto lo más admirable. Lo más admirable era que Juana, sobreser la más sabia cocinera y repostera del lugar, era también su primeramodista.

Casi siempre tenía una o dos oficialas que cosían para ella, y ellacortaba vestidos con tanto arte y primor como Worth o la Doucet en lacapital de Francia.

Las señoras y señoritas más pudientes y aficionadas al lujo acudían,pues, a Juana para sus trajes de empeño, cuando había que lucirlos ya enuna boda, ya en una feria o ya en el baile que solía darse en lasConsistoriales el día del Santo Patrón.

Juana, por último, no era sólo sabia y operosa en las artes del deleite,sino que ejercía también, aunque no estaba examinada ni tenía título, unmenester o profesión de la más alta importancia social.

Era peritísima y agilísima para ayudar a cualquier mujer en los másduros trances de Lucina, y muchas se confiaban y se entregaban a ella,porque jamás se le había desgraciado ninguna criatura, y porque la madrecomo no fuese muy enclenque, a los seis o siete días de salir de sucuidado estaba ya en pie, y a menudo iba a misa, y si se presentaba laocasión bailaba el bolero.

Con todas estas habilidades y excelencias, Juana la Larga no podía menosde ser querida y estimada en Villalegre, consiguiendo que su severa ymás alta sociedad o high-life le hubiese perdonado un desliz otropiezo que tuvo en sus mocedades.

IV

En el momento en que va a empezar la acción de esta verdadera historia,Juana tendría unos cuarenta años muy cumplidos, si bien conservaba aúnrestos de su antigua belleza, que había sido notable cuando ella teníaveinte años; pero como entonces era muy pobre y no había descubierto nimostrado sus grandes habilidades, no encontró, a pesar de su mérito,novio que le acomodase, y tuvo que permanecer soltera.

A lo que se cuenta, cierto oficial de Caballería que vino por aquelloslugares a comprar caballos para la Remonta, y que era guapísimo y muygracioso y divertido, se enamoró de Juana y logró enamorarla. No se sabesi le dio palabra de casamiento o no se la dio; pero lo cierto es que elbueno del oficial tuvo que irse a la guerra civil, que ardía en lasProvincias Vascongadas, y allí le mató una bala carlista, que leagujereó el cráneo y se le entró en los sesos.

Juana quedó, pues, semiviuda. Póstuma o no póstuma, tuvo una niñapreciosa, a quien dieron en la pila bautismal el mismo nombre que a sumadre. El vulgo añadió después al nombre el mismo epíteto, por dondeesta niña, que será la principal heroína de nuestra historia, vino a serapellidada Juanita la Larga.

Su madre la crió con gran cariño y esmero, sin recatarse y sin disimularque ella era su hija, lo cual hubiera sido en aquel lugar, donde todo sesabía, el más inútil de los disimulos. Juana crió, pues, a sus pechos aJuanita; siempre la llamaba hija, y Juanita desde que empezó a hablar,llamaba a Juana madre a boca llena.

Esto era considerado como una gran desvergüenza entre las personasseveras del lugar, que clamaban contra el escándalo y mal ejemplo; peropoco a poco todos se fueron acostumbrando, y al cabo de algunos añosnada parecía más natural ni más justo sino que Juanita fuese hija deJuana, a la cual no faltaron tampoco defensores, ya razonables, yafervorosos, que alababan el cariño y la devoción maternal de la madre ala hija, y que cuando eran algo maldicientes no dejaban de comparar aJuana con otras que pasaban por honradísimas y que hasta tenían lainsolencia de presumir de casi santas. De ellas se murmuraba, con más omenos fundamento, que habían tenido también fruto, y no de bendición,del cual se habían desprendido o enviándole a la Inclusa o sabe Dios oel diablo de qué otra manera.

El epíteto de Larga dado a Juanita no era sólo por herencia; sino queera también por conquista.

Juanita, a los diecisiete años, había espigado tanto, que era la mozamás alta y más esbelta que había en el lugar. Algo de la sangre belicosadel oficial de Caballería se había infundido en ella, y la crianza librey hombruna que había recibido había desarrollado su agilidad y susbríos. Cuando andaba tenía un aire marcial, al par que gracioso; corríacomo un gamo; tiraba pedradas con tanto tino que mataba los gorriones, yde un brinco se plantaba sobre el lomo del mulo más resabiado o delpotro más cerril. Y no a horcajadas, porque esto no lo consentía sudecoro y su estética natural e inconsciente, sino sentada, lo cual esmás difícil; hacía trotar y galopar a la bestia, espoleándola con lostalones o azotándola con el extremo del ronzal o de la jáquima, cuandola tenía y no iba a pelo, sin brida ni rienda de ninguna clase.

Los primeros años de la mocedad de Juanita habían sido dificultosos,porque su madre no había alcanzado aún la extraordinaria reputación deque después gozaba, no tenía el bienestar y la riqueza de que ya hemoshablado.

Juanita no fue nunca a la miga, pero su madre le enseñó a coser y abordar primorosamente; y el maestro de escuela, que le tomó muchocariño, la enseñó a leer y a escribir gratis en sus ratos de ocio.

Desde que tuvo nueve años, Juanita fue de grande auxilio a su madre, quehasta mucho más tarde no se dio el lujo de tener una sirvienta.

Juanita barría y aljofifaba, fregaba los platos, enjalbegaba algunoscuartos y la fachada de la casa, que era la más limpia de la población,y hasta agarraba su cantarillo e iba por agua a la milagrosa fuente delejido, cuyo caño vertía un chorro tan grueso como el brazo de un hombrerobusto, siendo tal la abundancia del agua, que con ella se regabanmuchísimas huertas y se hacían frondosos, amenos y deleitables losalrededores de Villalegre, contribuyendo no poco a que la villamereciese este nombre.

El agua, además, era exquisita por su transparencia y pureza, comofiltrada por entre rocas de los cercanos cerros, y tenía muy grato sabory muy saludables condiciones. La gente del pueblo le atribuía, porúltimo, algunas prodigiosas cualidades, calificándola de muy vinagreta y de muy triguera. Quería significar con esto que el arriero quecompraba en Villalegre vinagre de yema, por lo común muy fuerte, llenabasólo dos tercios de la cavidad de la corambre, y la acababa de llenarpor la mañana temprano, antes de emprender su viaje, mitigando ysuavizando con el agua de la fuente la fortaleza y acritud del líquido,y ganándose así, desde luego, un treinta y tres por ciento, aunquevendiese el vinagre al mismo precio en que lo había comprado.

Era también triguera el agua de la fuente, porque sus raras cualidadesconsentían, aunque era difícil operación y que debía hacerse con gransigilo, que valiéndose de una escoba de palma enana, se rociase con ellael trigo que se iba a vender, dejándolo expuesto al sol para que sesecase. Así el trigo recibía mejor sabor, y aunque por fuera quedabaseco, guardaba por dentro algo del líquido, y se esponjaba y crecía enpeso y en volumen.

Todavía esta fuente tenía otro mérito y prestaba otro notable servicio,porque, además de un gran pilar en que iban a beber y bebían todas lasbestias de carga y de labor y los toros, vacas y bueyes, y además deotro pilar bajo, que solía ser abrevadero del ganado lanar y de cerda,llenaba con sus cristalinas ondas un espacioso albercón cercado de murosque lo ocultaban a la vista de los transeúntes, adonde iban las mujeresa lavar la ropa, remangadas las enaguas hasta los muslos y metidas en elagua hasta la rodilla, como por allí es uso, aun en el rigor delinvierno. Frondosos y gigantescos álamos negros y pinos y mimbrerascircundan la fuente y hacen aquel sitio umbrío y deleitoso. Al pie delos mejores árboles hay poyos hechos de piedra y de barro y cubiertos delosas, en los cuales suelen sentarse los caballeros y las señoras quesalen de paseo. Casi todas las tardes se arma allí tertulia y grataconversación, siendo los más constantes el escribano, el boticario,nuestro don Paco y el señor cura, quien al toque de oraciones recita el Angelus Domini, al que responden todos quitándose el sombrero ysantiguándose y persignándose.

En torno del pilar charlan las mozas que vienen por agua, cada cual consu cantarillo, y suelen hacer el papel de Rebecas con cuantos arrierosEliezeres acuden allí para que beban, si no sus camellos, sus muías ysus borricos. También al lado y dentro del albercón, y a poca distanciade él, donde hay un vallado o seto vivo de zarzamoras, granados ymadreselvas, que limita y defiende las huertas, y sobre el cual seto sepone a secar la ropa lavada, se extiende y dilata la tertuliademocrática y popular con mucha charla, risotadas, jaleos y retozos,pues no faltan nunca zagalones y hasta hombres ya maduros que acuden porallí atraídos por las muchachas, como acuden los gorriones al trigo.

V

Juana la Larga, según queda indicado, gracias a su constante actividad,buen orden y economía, en todo lo cual su hija la ayudaba coninteligencia y celo, había mejorado de posición y de fortuna. Tenía unacriada muy trabajadora, que barría y fregaba, y bajo la dirección de lasseñoras guisaba también, dejando a estas el tiempo libre para ejercersus lucrativos oficios. El oficio principal de Juanita era coser ybordar, para lo cual había desplegado aptitud superior a la de su madre.

Juanita no tenía que emplearse en más bajas ocupaciones. Sin embargo,ora fuese por candorosa coquetería, o sea por deseo de lucir lagallardía de su persona, deseo de que no se daba cuenta, ora porqueJuanita necesitase del ejercicio corporal y de mostrar y desplegar laenergía de su sana naturaleza, Juanita, aun cumplidos ya los diecisieteaños, gustaba de ir por agua a la fuente del ejido, allanándose a veces,a pesar de la desahogada posición de su madre y de ella, a ir alalbercón a lavar alguna ropa, cuando la ropa era fina y temía ella, oaparentaba temer, que manos más rudas que las suyas la estropeasen.

La verdad era que esto de ir al albercón y a la fuente, más que fatigaera recreo y solaz para Juanita, la cual divertía a las otras muchachascon sus agudos dichos y felices ocurrencias, las hacía reír a casquilloquitado y gozaba de popularidad y favor entre ellas.

Era ya Juanita una guapa moza en toda la extensión de la palabra. Lasfaenas caseras no habían estropeado sus lindas y bien torneadas manos, yni el sol ni el aire habían bronceado su tez trigueña. Su pelo negro,con reflejos azules, estaba bien cuidado y limpio. No ponía en él niaceite de almendras dulces ni blandurilla de ninguna clase, sino aguasola con alguna infusión de hierbas olorosas para lavarlo mejor. Lollevaba recogido muy alto, sobre el colodrillo, en trenza, que, atadaluego, formaba un moño en figura de dos triángulos equiláteros, que setocaban en uno de los vértices.

Como Juanita decía que «cabeza loca no quiere toca», casi siempre iba ala fuente sin pañuelo en la cabeza, luciendo así el primor y lapulcritud de su peinado y dejando ver lo bien plantada que estaba lacabeza sobre su airoso cuello, sólo sombreado por algunos ricillosmenudos que se sustraían a la cautividad en que tenía el moño los máslargos cabellos. Por delante, recogido el pelo, dejaba ver la tersafrente, recta y chiquita, y sobre las sienes tenía grandes rizossostenidos con horquillas que llaman por allí caracoles, por debajo delos cuales había una suave patillita, que no fijaba contra la cara conzaragatona o pepitas de membrillo, como hacen otras muchachas, sino quedejaba flotar libremente en vagas sortijas o más bien alcayatas dondecolgar corazones.

La misma libertad en que se había criado, y el constante ejerciciocorporal, ya en útiles faenas, ya en juegos más de muchacho que de niña,habían hecho que Juanita, aunque no tenía la santa ignorancia ni habíavivido con el recogimiento que recomiendan y procuran otras madrescelosas, no hubiese pensado todavía en cosas de amor. Era buscada,requebrada y solicitada por no pocos mozos; pero, brava y arisca, sabíadespedir huéspedes, imponer respeto y tener a raya a los más atrevidos.

Sólo se le conocía una inclinación que desde la niñez persistía en ellacon constancia; pero esta inclinación, al menos por su parte, más que deafecto amoroso tenía trazas de fraternal cariño.

Quien lo inspiraba,compartiéndolo sin duda por menos inocente estilo, era Antoñuelo, elhijo del maestro herrador y sobrino del cacique, quien tenía en el lugarmuy humilde parentela.

Antoñuelo era un mocetón gentil y robusto, muy simpático, aunque decortos alcances, y decidido para todo, y singularmente para admirar aJuanita, a quien consideraba y respetaba, sometiendo a ella toda suvoluntad como por virtud de fascinación o de hechizos.

VI

Entregado don Paco a sus constantes y diversos quehaceres, no o no habíapensado en casarse por segunda vez, sino que nunca había tenidoamoríos, o, al menos, si alguno había tenido, había sido con tanmaravilloso recato, que nadie se había enterado de ello en Villalegre,lo cual es una inverosimilitud extraordinaria, porque en aquel lugarapenas había persona, y menos aún si era de tanta importancia y visocomo don Paco, que pudiera hacer o decir cosa alguna que no se supiese.Hasta los mismos pensamientos se adivinaban allí, se divulgaban y secomentaban, como el pensador no pensase con mucho disimulo y muy paradentro. Debemos, pues, creer que don Paco no había tenido amoríos, a noser muy efímeros y livianos, y que ni siquiera, durante su larga viudez,había pensado en semejante cosa.

Tenía, sin embargo, notable aptitud y tino para conocer y admirar labelleza femenina, y hacía ya meses que, casi sin reparar en ello y muyinvoluntariamente, cuando estaba de tertulia con el escribano y elboticario y con otros señores en los poyos que había junto a la fuente,sus ojos se fijaban con amorosa delectación en Juanita la Larga, que aúnsolía venir a llenar su cántaro y a estar allí de charla con las otrasmuchachas mientras que le llegase su turno.

Indudablemente, don Paco había empezado a sentir hacia Juanita vivainclinación, que era difícil de dominar; pero se le pasó bastante tiemposin dar muestra exterior de que la sentía, anhelando acaso ocultársela así mismo por razones que él se daba.

Fundado en la propia modestia, que le hacía formar un pobre concepto desu persona, hallaba que con sus cincuenta y tres años, treinta y seismás que Juanita, no podía ya enamorar a la muchacha, la cual odesdeñaría su cariño o sólo por interés se movería a corresponderle.Pensaba luego que Juanita, aunque en aparente libertad, estaba muyvigilada por su madre, y como madre e hija vivían con cierto desahogo,no era de presumir que, si él tuviese intenciones pecaminosas, ellascediesen, sino que en todo caso cederían in facie Ecclesiae y llevandoal cura por delante.

La idea de casamiento aterrorizaba a don Paco, y no porque en absolutole repugnase estar casado, sino porque su hija, la señora doña Inés, leinspiraba un entrañable cariño, mezclado de terror, y porque ella eratan imperiosa como brava, y sin duda se pondría hecha una furia delAverno si su padre le diese madrastra, sobre todo de tan ruin posición,y si a los siete nietos que ella le había dado, y a los que calculabaque podrían venir todavía persistiendo ella en su actitud productora,quitase él la esperanza de heredar el majuelo, el olivar y la casa, y degozar en vida suya de no poco de lo que él fuese granjeando con susvarias artes. Temblaba don Paco de incurrir en el enojo de su hija, yaunque temblaba principalmente por el mismo enojo, no dejaba de recelarsus malas consecuencias.

Bien conocía él que no había en el lugar una persona, ni varias juntas,que pudieran reemplazarle con éxito en sus diferentes empleos; pero elmundo no estaba yermo ni falto de hombres de Estado rústicos, los cualespodrían buscarse y traerse de fuera del lugar para que a él lereemplazaran. Y bien conocía también que su hija era punto menos queomnipotente, porque tenía subyugadas ambas potestades, la temporal y laespiritual.

El padre Anselmo la tenía por una santa y por una doctora, y cuanto elladecía era para él, sin poderlo remediar, un legítimo corolario de losEvangelios y de las Epístolas. El padre Anselmo sería capaz deexcomulgar a quien ella le mandase. Y en lo tocante al brazo secular,era evidentísimo que doña Inés le tenía sujeto a sus caprichos y queaplastaría con todo su peso a quien ella quisiese.

Don Paco, en esta disposición de ánimo, razonablemente motivada, aunqueno hemos de negar que él era dulce, pacífico y algo débil de carácter,adelantaba en su imaginación los casos futuros, y presuponiéndose yaprendado de Juanita, declarado y aceptado, veía un tropel de males quesalían del corazón enfurecido de doña Inés como de nueva caja dePandora.

Pesaban tanto en su espíritu estas consideraciones, que, notando que suafición oculta iba creciendo, procuraba, o más bien se proponía huir dela vista de Juanita, no pasar por su calle para no verla en el portal oasomada a la ventana; y no ir a la tertulia de los poyetes, bajo losálamos, para no tener que admirarla cuando charlaba con las demászagalonas o con los mozos en la fuente del ejido, o cuando subía obajaba gallardamente, con el cántaro apoyado en la cadera, por lacuestecilla que se extiende desde la fuente hasta el lugar.

A pesar de sus prudentes propósitos de retraimiento, una fuerza, alparecer superior a su voluntad, le llevaba a veces a pasar por delantede la casa de Juanita más de lo que era necesario, a ir a la iglesiacuando él sabía que iba a ella con su madre a misa o a sus devociones, ya acudir a la tertulia de los poyetes casi todas las tardes.

Para Juanita, que se había pasado todo el día cosiendo y bordando encasa, era pretexto solaz o de paseo el ir casi al anochecer a la fuentepor agua. Su madre encontraba que en la posición algo señoril,desahogada y decorosa en que ya imaginaba hallarse, y atendido eldesenvolvimiento físico de Juanita, que había llegado a transformarse demuchachuela en una magnífica y real moza, no estaba bien y era darsepoquísimo tono el ir por agua a la fuente como la más plebeya y humildepelafustana. Pero a Juanita le divertía este ejercicio, y tenía unavoluntad indómita. A las observaciones que su madre le hacía daba oídosde mercader; acariciaba a su madre para vencer su oposición y disipar sudisgusto, y seguía yendo a la fuente a pesar de todas las observaciones.

VII

Una tarde del mes de mayo, Juanita se entretuvo en la fuente en larga yalegre conversación con otras muchachas.

Ya anochecido subía con su cántaro lleno por la cuesta, que en aquelmomento estaba sola.

La tertulia de los poyetes solía, en primavera y en verano, durar hastalas ánimas, hora en que los tertulianos se retiraban para cenar yacostarse.

Aquel día don Paco había estado haciendo esfuerzos o, como si dijéramos,gimnasia con su voluntad para no ir a la tertulia y ver a Juanita. Lalucha entre su voluntad razonable y su inclinación había duradobastante. Al fin, la voluntad sometida llevó, aunque tarde, a latertulia de los poyetes a toda la persona de don Paco.

La pícara casualidad hizo que al bajar don Paco subiese Juanita, segúnhemos dicho.

Era ya de noche. El cielo estaba despejado, pero sin luna. Lasestrellas, si resplandecían en el éter infinito, vertían muy débil luzsobre la tierra. Acrecentaban la oscuridad, en el punto en que ambos seencontraron, algunos frondosos árboles que allí había y el alto valladode zarzamoras y de otros arbustos que se extendía a un lado y a otro porcasi todo el camino.

Juanita era muy distraída e iba además pensando en sus travesuras demuchacha. Don Paco era también distraído. El mismo no sabía en quéestaba pensando. Era, además, algo corto de vista.

Lo cierto es que no repararon uno en otro al venir en opuestasdirecciones, ni oyeron el ruido de los pasos. Chocaron, pues, y sedieron un buen empellón.

—Caramba, hombre—dijo Juanita—, mire usted por dónde va y no camine aciegas; por poco me tira el cántaro.

Don Paco, que conoció a Juanita por la voz, contestó con mucha dulzura:

—¡Perdona, hija mía! ¿Te he hecho daño? Ella, que también conoció a donPaco en seguida, replicó riendo:

—¿Qué daño me ha de haber hecho usted? Pues qué, ¿soy yo acaso dealfeñique?

—No, hija. Bien sólida y firme me pareces. Si en algo eres dealfeñique, no es por lo quebradiza, sino por lo dulce.—Entonces seréturrón de Alicante: dulce, pero duro.

—Y vaya si me ha parecido duro.

—Si advirtió usted dureza, hablará sólo de su dulzura por adivinanza.

—Pues qué, ¿no podría yo probarla?

—Ya está usted viejo, don Paco, y no podría meterle el diente.

—Pues te equivocas, que yo no estoy tan viejo, y tengo los dientes tancabales y fuertes, que si se tratase de mordiscos, hasta en una piedralos daría. Pero yo no quiero emplear contigo sino más blandas y amorosasdemostraciones.

—¡Ea, quite usted allá, señor don Paco! ¿Qué demostraciones ha de hacerusted, si puede ser mi abuelo?

Y como don Paco seguía plantado delante atajándole el camino, Juanitacontinuó:

—Vamos, déjeme usted pasar. Si parece usted un espantajo. ¿Qué diría lagente si le ve y le oye hablar aquí y requebrar en la oscuridad a unamocita? Capaz será de decir que ha perdido usted la chaveta y que nosirve para secretario del Ayuntamiento y consejero de don Andrés.

Don Paco se apartó entonces y dejó pasar a Juanita; pero en vez dedirigirse hacia la fuente, se volvió, siguiéndola, hacia el lugar.

—¿Qué hace usted, señor? ¿Por qué no va a su tertulia? Todavía están enlos poyetes el señor cura, el boticario y el escribano. Váyase usted ahablar con ellos.

—Ya es tarde, pronto se volverá y desisto de ir hasta allí. Prefierovolver charlando contigo.

—¿Y de qué hemos de charlar nosotros? Yo no sé decir sino tonterías. Nohe leído los libros y papeles que usted lee, y como no le hable de losguisos que mi madre hace o de mis bordados y costuras, no sé de quéhablar a su merced.

—Hablame de lo que hablas a Antoñuelo cuando estás con él de palique.

—Yo no sé lo que es palique, ni sé si estoy o no estoy a veces depalique con Antoñuelo. Lo que sé es que yo no puedo decir a su mercedlas cosas que a él le digo.

—¿Y qué le dices?

—¡Pues no quiere usted saber poco! Ni el padre Anselmo, que es miconfesor, pregunta tanto.

—Algo de muy interesante y misterioso tendrá lo que dices a Antoñuelo,cuando ni al padre Anselmo se lo confiesas.

—No se lo confieso porque no es pecado, que si fuera pecado se loconfesaría. Y no se lo cuento tampoco, porque a él no le importa nada, ya usted debe importarle menos que a él.

A todo esto, como iban a buen paso ambos interlocutores, habían yasubido la cuesta y se hallaban en el altozano, a la entrada del lugar,donde están la iglesia parroquial y las primeras casas.

—Déjeme su merced ahora—dijo Juanita—y no venga, con perjuicio de suautoridad, acompañando a una chicuela que lleva un cántaro. ¡Pues no seenojaría poco la señora doña Inés, que tiene tantos humos, si viese a suseñor padre sirviendo de escolta, no a una princesa como ella, sino auna pobrecita trabajadora!

—¿Qué había de decir? Diría que yo te estaba encomendando algúntrabajo.

—No es ésta hora ni ocasión para eso, y, por otra parte, no es a mí,sino a mi madre, a quien los trabajos se encargan. Acuda usted a ella sialgo quiere encargar.

Y diciendo esto, apresuró el paso, hizo a don Paco un gesto imperativo,marcándole la calle por donde debía irse y ella se fue por otra queformaba ángulo recto con la que don Paco debía seguir.

VIII

Mucho caviló don Paco sobre aquel diálogo, midiendo e interpretando lapalabras de Juanita.

Le había llamado abuelo, pero con amable risa. Todos los hombres,abuelos y nietos, solemos prometérnoslas felices y casi siempre nosinclinamos a dar la más favorable interpretación a cuanto dicen lasmujeres que pretendemos.

No se podía dudar, por ser cuestión de una ciencia tan exacta como laaritmética, que él hubiera podido ser el abuelo de Juanita. Don Pacohacía este cálculo:

—Yo tengo cincuenta y tres años. De diecisiete a cincuenta y tres vantreinta y seis; a los diecinueve años bien pude yo haber tenido unahija, y esta hija bien pudo haberse casado y tener a Juanita a losdiecisiete.

Después sumaba don Paco:

—Diecinueve más diecisiete, más otros diecisiete que tiene Juanitaahora, son cincuenta y tres, que es mi edad; luego muy descansadamentepudiera ser yo el abuelo de esa pícara muchacha.

Eppur, simuove—proseguía, pues era hombre erudito hasta cierto punto, sabía unpoco de italiano porque había oído cantar muchas óperas y conocía laspalabras que se atribuyen a Galileo, así como varias otras sentenciasexpresadas en la lengua de Dante; verbigracia: Chi va piano, va sano eva lontano.

La primera sentencia, aplicada a su situación, quería significar que él,a pesar de poder ser el abuelo de Juanita, quería y podía ser otra cosamuy diferente; y la segunda sentencia, que también recordaba don Paco,quería significar que él debía ir con tiento, con pies de plomo y sinprecipitarse, porque no se ganó Zamora en una hora y porque la muchachano era muy arisca en el fondo, ni, probablemente, tan firme y dura deentrañas como, merced al encontrón que había tenido con ella, leconstaba que era de firme y dura en su juvenil superficie. Además, lasesperanzas, lejos de desvanecerse, crecían en su pecho, hallándose másinverosímil abuelo que inverosímil amante. Para corroborar estalisonjera afirmación, se contemplaba don Paco en el espejo en que solíaafeitarse, el cual, aunque era pequeño, no lo era tanto que no reflejasecasi toda su persona. El exclamaba al verla, como el pastor Coridón deVirgilio o como el Marramaquiz, de Lope:

¡Pues no soy tan feo!

Y, verdaderamente, no era feo don Paco, ni parecía viejo tampoco.

A las últimas palabras de Juanita les dio don Paco una interpretaciónlisonjera, pero acaso más comprometida de lo que él deseaba.

Al indicarle la muchacha que hablase con su madre y que le encargase laobra de costura que ella debía hacer, ¿no estaba claro que Juanita semostraba propicia a entrar en cierto género de relaciones, aunque no ahurto, sino a sabiendas y con beneplácito de la autoridad materna?

Como quiera que fuese, don Paco, sintiéndose prendado de Juanita, seallanaba a pasar por todo; pero se propuso, como hombre prudente, noaventurarse más de lo necesario y no soltar prenda por lo pronto.

A que él entrase en relaciones serias con Juanita y conducentes a la buena fin se oponían dos consideraciones: era la primera la excesiva,sospechosa e íntima familiaridad que tenía Juanita con Antoñuelo, elhijo del herrador, y era la segunda la casi seguridad del furioso enojode doña Inés cuando llegase a saber que él tenía un compromiso serio conJuanita. Doña Inés inspiraba a su padre terror pánico, y siempre tratabade huir de su enojo como de una espada desnuda.

Su decidida afición a la muchacha saltaba, no obstante, por encima delos obstáculos, como un corcel generoso salta la valla que se le hapuesto para atajar su carrera.