Incertidumbre by Hermine Oudinot Lecomte du Noüy - HTML preview

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—Un niño abandonado, que mi padre recogió en otro tiempo y que hasabido adquirir en nuestra cristalería de Creteil, la ciencia completade su oficio, sin descuidar sus estudios escolares. Con una rarafacultad de asimilación siguió los cursos nocturnos y aprovechó todaocasión de instruirse. Habla el inglés, el alemán, y actualmente essubdirector de la fábrica. Los obreros lo quieren, lo respetan y loobedecen, porque sabe mandar con suavidad y firmeza.

—¡Pero ese hombre es un prodigio entonces!

—No se entusiasme, Alicia—dijo Diana;—un prodigio, quizá; peroseguramente un flirt imposible.

—¿Es feo?

—¡No, hasta es hermoso a su modo; no se le podrá reprochar que seaenclenque, por ejemplo! y a quien le guste las espaldas anchas y elbusto poderoso... ha de agradarle. Solamente que es un hombre serio,severo y en sociedad no es amable, se lo prevengo.

—¿Por qué dices eso?—exclamó María Teresa, dirigiéndose a su prima concierta vehemencia.—Las cualidades de Juan le dan tal valor, que no estábien imputarle como defecto lo que le reprochas. Está tan ocupado, queno tiene tiempo para tomar parte en nuestras frivolidades mundanas. Consu trabajo diario y su pensamiento absorbido por las cosas serias, nopuede realmente tener el aire de un clubman.

—La señorita María Teresa defiende admirablemente a susamigos—observó Platel;—esto provoca el deseo de aumentar el número deellos.

María Teresa tendió, sonriéndose, la mano al joven.

—Usted figura en el número, Platel; en efecto, creo ser una buenaamiga; pero en este momento soy simplemente justa. Por lo demás, ustedva a conocer a Juan; llega esta noche y pasará algunos días connosotros. Ustedes podrán apreciar por sí mismos, que es merecedor detodas las simpatías.

—Nadie lo duda, puesto que usted lo afirma—dijo Huberto Martholl, queno perdía un solo movimiento de la joven.

La conversación fue interrumpida por otros jugadores de tennis; contaronhazañas que nadie escuchó, y formaron círculo aparte. Después, cuandolos jugadores hubieron reparado sus fuerzas comiendo sandwiches,muffins, dulces, té y vino de Madera, todo el mundo se levantó.

Alicia de Blandieres se aproximó a Diana, que hablaba con Mabel d'Ornay,para decirle a ésta, en tono de confidencia:

—¡Oh! querida mía, es exquisito, su Huberto Martholl.

Mabel d'Ornay se echó a reír:

—¡Mi Huberto Martholl! ¡con qué posesivo comprometedor lo calificausted!... ¡Vaya! ¡ya está usted conquistada, mi pobre Alicia!Decididamente, trastorna la cabeza de todas las jóvenes, nuestro amigo.

Alicia tomó cómicamente la mano de la joven, y sacudiéndola con fuerza:

—¡Qué hermoso ejemplo de desinterés da usted, Mabel, no atesorandosus flirts y poniéndolos a la disposición de sus amigas!

—Pero, si Martholl no es mi flirt—gimió Mabel, mirando con inquietudhacia Max Platel.

—Entonces, mejor, si es una tierra libre para conquistar—

continuóalegremente Alicia.—Cada una de nosotras tiene derecho a tratar dellegar primero para plantar la bandera vencedora.

—¡Ah!—exclamó Diana,—¡después de esto, nadie se atreverá a afirmarque la juventud femenina no es colonizadora!

La hora de comer se acercaba. Habiendo dicho Bertrán Gardanne que iba arecibir a Juan, todo el mundo se dispersó, dándose cita para la noche enel Casino. Las dos primas fueron a vestirse. María Teresa bajó sola pocodespués; quería estar allí para recibir a Juan.

Algunos días antes, Jaime había escrito, desde Budapesth, que creía queJuan pasaba por una crisis moral, que debían atenderlo un poco, así comodebían convidarlo a pasar unos días en Pervenches.

Inmediatamente la joven rogó a su madre que invitase a Juan, y ésteaceptó la invitación porque, con el fin de sacudir su preocupaciónmoral, había resuelto visitar por segunda vez las cristalerías deAustria, proyecto que deseaba someter a la aprobación del señor Aubry.

La hora de la llegada del tren se aproximaba. María Teresa pensó queJuan se alegraría de la prueba de amistad que le daba saliendo a suencuentro. Vería, pues, su semblante leal iluminarse con la sonrisadulce y feliz que tenía siempre cuando la veía.

Después de haber cortado algunas flores en el jardín que rodeaba lacasa, se sentó ante la balaustrada de la terraza, puso el ramo a su ladoy esperó.

Estaba contenta de que Juan viniese a Pervenches, porque, aunque veíacon menos frecuencia que antes al compañero de su infancia, leconservaba mucha afección. Recuerdos de aquel tiempo, que la jovenconsideraba lejano, le venían a la memoria; pero como el ambiente en quevivía por el momento, hacía predominar en ella las impresiones mundanas,pensó de pronto en lo que su tía había dicho un día, al oír alabar lasgrandes cualidades de Juan:

—Juan Durand, es quizá un carácter, pero nunca será un hombre de mundo,a pesar del buen ejemplo de ustedes y de la instrucción que le hacendar.

Para una joven de veinte años, por sensata que sea, el joven que no esun lindo maniquí acicalado, buen bailarín y diestro jinete, pierde muchode sus méritos.

María Teresa era demasiado inteligente para no tener conciencia delningún valor del juicio de la señora Gardanne, pero a pesar suyo estabapreocupada, y esa tarde, contemplando con mirada distraída el crepúsculoque descendía lentamente hacia la tierra, la idea de la obligación enque se vería de presentar a Juan a sus amigos, la inquietaba vagamente.Suspiró con real inquietud.

—¡Con tal que no se le ocurra bailar!—pensó.

En esto su temor era vano. Juan conocía tan bien lo que le faltaba parafigurar en sociedad, que se había convertido casi en un salvaje. En unprincipio se había irritado contra sí mismo.

Aislado y solitariodespués, se desahogaba juzgando fríamente la vaciedad y frivolidad delas palabras y actos mundanos.

El ruido del carruaje que entraba en la gran avenida devolvió a Teresala noción del momento presente. Ante la escalinata, Bertrán saltó alsuelo; Juan que iba a imitarlo, se detuvo, conmovido y feliz. Acababa dever a la joven. Esta avanzaba hacia él, cordialmente, tendiéndole lasmanos.

—Gracias, por haber venido... Espero que se quedará algún tiempo connosotros. Vamos a tratar de convertirle en un perezoso; aquí no hay quepensar sino en descansar y en divertirse ¿no es verdad?

Juan no contestó en seguida. Al fin consiguió dominarse y con voz casiexenta de vestigios de emoción dijo:

—Usted es demasiado buena en añadir estas palabras de bienvenida a laamable insistencia que han tenido en invitarme el señor y la señoraAubry. En cuanto a convertirme en un perezoso, debe usted renunciar;sería hacerme un mal servicio.

Mi trabajo es mi sola razón de ser. ¿Paraqué serviría yo, si no trabajase?

Al pronunciar estas últimas palabras, Juan no pudo reprimir ciertoacento de amargura, como si se burlase de sí mismo. María Teresa notó laligera tristeza que trascendía a través del aire feliz de su amigo.

—Venga, Juan—le dijo tomándolo por la mano;—voy a conducirlo a suhabitación. He elegido la que tiene más linda vista; por la mañana,cuando abra los ojos, verá el mar; eso lo distraerá de los horizontes dela fábrica.

Se dirigieron a la escalera. Juan, contemplando a su conductora, laseguía lleno de felicidad. Al llegar al segundo piso, ella abrió unapuerta y mirando a su compañero, dijo:

—Aquí está su jaula, la he adornado con mis propias manos; deseo detodo corazón que sea usted mi prisionero por mucho tiempo.

Y como Juan, al darle las gracias, le devolviese las flores que le habíatomado para aliviarla, ella arrancó del ramo unas rosas, que le entregó,agregando:

—Tome usted para su boutonnière, y ahora apresúrese, que la campanade la comida sonará dentro de media hora.

—Guardo estas flores porque tienen para mí el mérito de venir de susmanos; pero yo no sabría llevarlas con gracia en mi boutonnière, comosus elegantes amigos; estaría ridículo.

—¿Por qué?—interrogó María Teresa simulando no comprender.—Son ideasque usted se hace; déjeme colocarle las flores...

Y Juan vio con emoción, aquellas pequeñas manos colocar hábilmente sobrela solapa de su vestido las fragantes rosas.

—¡Mire un poco—dijo sonriendo la joven.—Está usted igual a esosjóvenes tan elegantes!... Hasta luego; lo esperamos en el hall.

Media hora después la familia se encontraba reunida, y Juan recibía detodos una acogida afectuosa. La señora Aubry tomó su brazo para pasar alcomedor; el señor Aubry se colocó entre las dos jóvenes y se apoderóalegremente de un brazo de cada una de ellas, en tanto que Bertrán yMartholl, invitados ese día, seguían muy correctos.

Estos jóvenes, al lado de Juan, ofrecían un visible contraste:delgados, pálidos, delicados, parecían no haber nacido para la lucha.Las finas siluetas de hijos de familia, holgados dentro del smoking,hacían resaltar la fuerza muscular de Juan.

Sus anchas espaldas, surostro enérgico tenían cierta belleza, una belleza viril que hacíadominante su mirada luminosa, súbitamente dulcificada, hasta la másinfinita ternura, cuando se posaba sobre María Teresa.

Pero Diana tenía razón; Juan no era el joven sociable y seductor queAlicia de Blandieres hubiera querido que le fuese presentado, a lanoche, en el Casino. Alicia no habría mirado con buenos ojos a aquelcaballero poco elegante, poco versado en la ciencia de las actitudes, eignorante de la moda que rige, como soberana, los movimientos de lossaludos y de los shakehands.

Juan, al lado de Bertrán y Huberto, reclamos vivientes de sus sastres,parecía un hijo del pueblo, de ese pueblo que es carne y sangre de lanación, y se destacaba entre aquellos dos jóvenes incoloros peroselectos.

De toda su persona, tallada vigorosamente, emanaba como una promesa deprotección física o moral; su aspecto confortaba, y su fisonomíainspiraba confianza.

En la mesa, sentado entre María Teresa y la señora Aubry, producía laimpresión de la fuerza serena y tranquila, mientras escuchaba,sonriendo, las frases que revoloteaban a su alrededor.

Apenas terminadoel primer plato, el señor Aubry le dirigió la palabra.

—Y bien, amigo mío, ¿qué hay de nuevo en la fábrica? Tus últimas cartaseran un poco lacónicas. Me debes algunos detalles.

—¡Oh! papá—exclamó María Teresa,—por favor, espere usted a estar solocon Juan para hablar de sus asuntos. Además hay que dejarlo descansar aeste pobre joven; le hace falta. Aquí, hay una tregua; son lasvacaciones; no se habla de la fábrica.

Al oír a su hija, el rostro del señor Aubry se había oscurecido.

—Vamos, veo que a ti como a tu hermano este tema te fastidia, y losiento mucho. Habría sido muy feliz, lo confieso, si hubiera tenido unhijo que participase de mis gustos y que sintiese placer en cultivareste arte que yo amo tanto, porque ocupa el cuerpo y el espíritu. Unbuen cristalero es a la vez un sabio, un artista, un hombre de estudio yun hombre de acción.

Ahí tienes, hija mía, un programa, que seguramenteno realizará un cualquiera. ¿No tengo razón, Juan?

Y como Juan aprobase con una inclinación de cabeza, el señor Aubrycontinuó:

—¡Ah! Juan, felizmente, no es como Jaime; nuestros asuntos no le sonindiferentes. ¡Ah, no! siente en su alma la misma pasión que yo por elcristal. ¡Cómo nos entendemos! ¡Lo que hemos trabajado juntos alresplandor de los mismos hornos, cáspita! Y es de la raza de aquelloshombres de que en otro tiempo se creaban los caballeros industriales.

—Usted exagera, señor—respondió Juan;—cristalero, sea, perocaballero, no. ¡Esta denominación le sienta a usted mejor que a mí! Sí,yo amo a nuestra querida cristalería. Solamente que comprendo que no sediviertan mucho los que nos escuchan cuando hablamos. Caemos en lasridiculeces de esas madres que alaban sin cesar a sus hijos delante depersonas que ningún interés tienen. Además, aunque el estado decristalero sea un estado noble, no faltan otros igualmente atrayentes.Seamos justos. Si todo el mundo fuera cristalero, ¿qué sería denosotros, mi querido maestro? No debe usted lamentar nada; Jaime habríatrabajado el cristal sin convicción, en tanto que será un soberbioabogado, bajo su toga. Y podrá sernos útil si tenemos pleitos, él nosdefenderá.

—¡Oh! Jaime no estima mucho los pleitos sobre negocios.

Prefiere lascausas sensacionales.

—Yo sé lo que le conviene a Jaime—interrumpió Diana:—un hermosocrimen con un asesino difícil de defender. Lo que hace la reputación deun abogado, no es ganar siempre sus pleitos, sino abogar en causas deresonancia. Se habla más de los que dejan guillotinar a sus clientes,que de los que los salvan de la ruina. Supongo, pues, que Jaime sededicará a la clientela de la Corte de Asises.

La señora Aubry la interrumpió para dirigirse a Juan.

—Dime, hijo mío, espero que te quedarás con nosotros algunas semanas.Hace mucho tiempo que no tienes vacaciones; esta vez quieroverdaderamente que pases aquí la estación entera de baños; sé quetendrás gran placer...

—Mi mayor placer es estar con ustedes, señora, usted lo sabe bien; peroel reposo no me conviene. No sé qué hacer cuando no me entrego a misocupaciones habituales. Sin embargo, mi deseo es quedarme el mayortiempo posible; nada, por el momento, exige mi presencia en Creteil.Antes de salir de allí, he organizado todo, y para el trabajocorriente, Rousseau es un hombre en quien se puede fiar. No essolamente en previsión de una permanencia en Pervenches, por lo que hetomado estas disposiciones; tengo la intención de volver a visitar lascristalerías de Bohemia. He oído hablar de nuevos procedimientos defabricación; querría examinarlos, para someterlos a su aprobación, miquerido protector.

—Bien, amigo mío, reconozco ahí tu espíritu de iniciativa; pero por elmomento, no veo la necesidad...

—¡Oh! no, tío—exclamó a su vez Bertrán,—no vuelva a caer en sushistorias de cristalería. Un poco de paciencia, que pronto vamos adejarlos solos; entonces podrán conversar libremente y ocuparse de susnegocios. Nosotros admiramos las hermosas obras que salen de sus manos,pero es inútil enterarnos de cómo se hacen. Mi intervención es de meraprudencia: porque los conozco. Si se les deja ir, en algunos instantesllegaremos a las combinaciones químicas, y como no entendemos nada,ustedes habrán hablado sin provecho para nadie.

—Vaya—dijo Juan festivamente,—no hay nada que hacer,

¡tenemos un malpúblico!

Cuando se levantaron de la mesa, María Teresa se acercó a Juan y lepreguntó si quería acompañarla al Casino.

—Agradezco mucho su generosa oferta; pero si usted me permite, voy aquedarme con su papá. Soy un ser huraño, me gusta poco la sociedad.¿Cree usted que yo consentiría en darle la molestia de mezclar mipersona a través de sus relaciones balnearias? Tendría que presentarme asus amigas ¡qué tarea tan abominable! Y si me aburriese en un rincón,usted se creería obligada a dejar a sus amigos para venir a conversarconmigo.

Sería, pues, un verdadero estorbo para usted. Prefiero que mepermita quedarme con su padre; fumaremos un cigarro en el jardín,hablando de cosas que nos interesan.

—¿Entonces, desde su llegada hay que darle plena libertad paraabandonarnos?

María Teresa fue interrumpida por Diana:

—¡Y bien! ¿cuándo acabarán de hablar en ese rincón los dos?

¿Sabes? sonya las diez... ¿No partiremos nunca, tía?

—Las estoy esperando, hijas mías—respondió la señora Aubry.

—Juan, ayúdeme usted, entonces.

Y María Teresa dio al joven su manto blanco incrustado en guipur deIrlanda.

Después de haberlo colocado delicadamente sobre los frágiles hombros,Juan retrocedió, diciendo con admiración:

—¡Parece usted una reina, María Teresa!

Ella se sonrió, y le tendió las manos:

—Pero muy pobre reina, pues no sé hacerme obedecer.

Juan la acompañó hasta el coche, donde se hallaban ya la señora Aubry yDiana. Mientras pudo seguir con la vista la luz de los faroles, huyendoa través de los árboles, quedó allí inmóvil, como si aquella forma puray blanca le hubiera arrebatado el espíritu. Sentía ahora no haber ido.¿Por qué no había querido acompañar a María Teresa al Casino? ¿No era sumás grande felicidad verla, estar a su lado? ¡Qué necedad dejar escaparaquellos minutos preciosos en que la habría visto vivir y moverse enaquella decoración de lujo y alegría! Sin embargo, había sido prudenteno acompañarla; conocía demasiado, por haberlo experimentado ya, elsuplicio de verla en un baile. ¡Qué celos tan espantosos sufría cuandola veía, amable, sonriente, y siempre rodeada de jóvenes! En estasocasiones se había dado cuenta del estado de su corazón.

En unprincipio, desesperadamente, había tratado de luchar contra aquelsentimiento naciente que en su alma escrupulosa no se reconocía elderecho de abrigar. Si bien los años habían transcurrido, modificando susituación y dándole la esperanza de un hermoso porvenir, creía que paralos Aubry, él era siempre el niño pobre recogido por caridad. En cuantoa María Teresa ¿no era absurdo esperar el ser a sus ojos jamás otra cosaque un buen empleado,

a

quien

le

hacía

demasiado

honor

con

atenderloamablemente? Pero si Juan se esforzaba en sofocar en lo más profundo desu ser su sentimiento, a pesar suyo, deseaba ardientemente gozar elmayor tiempo posible de la presencia querida de María Teresa, y vivía enel temor continuo del casamiento de la joven. Cada vez que ella iba a unbaile o que algún joven desconocido era recibido en casa de los Aubry,Juan, angustiado, se preguntaba:

—¿Será éste quien se la llevará?

Hasta entonces, felizmente, María Teresa se había mostrado difícil,declarando que no se casaría nunca sin conocer bien, apreciar y amar aquien había de ser su marido. A pesar de estas declaraciones deprincipios, Juan no se hacía muchas ilusiones; sabía que elacontecimiento que él temía, más o menos tarde tendría que producirse,pues María Teresa, rica y linda, reunía todas las condiciones de unbrillante partido.

Al salir para Etretat, se había prometido ahogar valerosamente en sí loque sentía. Esperaba ser bastante fuerte para dominarse; pero al volvera ver a la joven, después de una ausencia de dos meses, se dio cuenta deque su mal, en vez de calmarse, llegaba al paroxismo, y que nunca podríaser para ella un simple amigo.

Estaba en este punto de sus reflexiones, cuando el señor Aubry seaproximó a él:

—Y bien, Juan, ¿en qué piensas? Te andaba buscando; la noche estámagnífica; vamos a dar una vuelta por el jardín a la claridad de lasestrellas.

—Como usted quiera, mi querido señor.

Juan encendió un cigarro, y siguió al señor Aubry.

—A la verdad, en esta hermosa propiedad se goza de una calma y de unreposo deliciosos. ¡Cómo han crecido estos árboles después de la últimavez que vine, hace tres años!

—El hecho es, mi querido amigo, que tú no tomas vacaciones confrecuencia.

—No las necesito todavía; son convenientes para usted, que trabajadesde hace mucho tiempo; por eso me esfuerzo en reemplazarlo para queusted pueda descansar un poco. ¡Lo tiene bien merecido después de habercreado una inmensa fábrica que está hoy en plena prosperidad!... Yo notengo por qué darme vacaciones; gracias a usted he entrado en un negocioque marchaba solo y que basta vigilar ahora; la tarea es fácil; bastaser un trabajador celoso.

—No seas tan modesto, amigo mío; desde luego, un trabajador inteligentees cosa rara; tú sabes cómo lo cuido; tú, además, tienes el espíritucreador, gusto e iniciativa. Nunca dudo del éxito de tu trabajo. Apropósito ¿de qué proyecto hablabas, cuando nos interrumpieron aquellascriaturas terribles? ¿Decías que querías ver las cristalerías deBohemia?

—Mi verdadero pensamiento voy a decírselo a usted; nuestra cristaleríaes única, porque de ella salen obras admirables; pero usted sabe mejorque nadie lo que nos cuestan las tentativas de arte, a causa de losnumerosos ensayos que exigen. Antes de llegar a la meta, hacemos grandesdesembolsos, que nos vemos obligados a reparar subiendo el precio de laventa. Recuerde lo que nos costó el tallado en agujas marinas. Creo quesi conjuntamente con este arte de gran lujo, establecemos unafabricación de objetos de venta más corriente, podríamos obtener grandesbeneficios, que nos ayudarían prodigiosamente a ensayar otrascombinaciones químicas, necesarias para las creaciones nuevas. En suma,hoy corremos muchos riesgos, pues la venta de un objeto de arte, no esnunca segura; hay que encontrar al aficionado, al entendido. Porejemplo, en este momento, nuestras experiencias para hacer el ópalo noshan exigido

grandes

desembolsos;

si

nos

ocurriese

cualquiercontratiempo, tendríamos un serio perjuicio. Esto me preocupa a menudo,sobre todo desde que me han impresionado las malas noticias que correnrespecto del Banco Raynaud. No he querido comunicarle esta noticia. Sehabla de ruinosas operaciones. Usted tiene mucho dinero en ese Banco;habría que tomar, quizá, algunas precauciones. Siempre he temido algunacatástrofe que pudiera repercutir contra nosotros; ¡como lo veo tanconfiado a usted!...

Desde que Juan empezó a hablar de la casa Raynaud, el señor Aubry sehabía puesto inquieto.

—¿Qué me dices? ¡Eso es inverosímil! ¿Estás cierto de tu información?Sería muy grave... ¡Bah! no puedo creer, debe ser algún falso rumor; haygente que no retrocede ante nada para hacer la guerra de competencia; esuna casa sólida la de Raynaud, ¡qué diablos!

—Cuando el furor de la especulación interviene, nunca se está seguro dela solidez de una casa bancaria. En todo caso, hay que tener prudencia,y yo no tengo tanta confianza como usted.

—Tú eres juicioso y de buen consejo, lo sé; es una excelente cosa; pero¡cáspita, no hay que exagerar! Bueno, volvamos a tu idea; no laencuentro mala. Ciertamente, de buena gana fabricaré objetos de ventacorriente, teniendo cuidado, naturalmente, de conservar las bellasformas. Decididamente, te haces más práctico que yo; tienes el espíritumás comercial, es evidente; estás en el movimiento, y, además, esconveniente que las antiguas casas sean renovadas; tú eres joven,activo, enérgico, y he pensado, con frecuencia, que podíassustituirme... ¡No protestes! Es preciso que lo sepas, hijo mío, cuentocontigo para la continuación de mi obra; cuando conocí la defección demi hijo, una gran tristeza se apoderó de mí; es terrible, sabes, pensarque una casa creada por mí mismo, que contiene toda nuestra vida, ha depasar a manos extrañas. Y, entretanto, es fatal, después de largos añosde labor, la inteligencia se entorpece, la energía se debilita.Generalmente es por falta de savia que declinan las grandes cosas. Poreso, sólo después que te he visto en la obra, dejándote en plenalibertad, he recuperado la tranquilidad.

—Mi querido maestro, usted es realmente el alma de la fábrica... ¿Quésería yo sin usted?

—Yo te he formado, sé lo que vales. Seguramente mi colaboración te esútil todavía; pero yo puedo enfermar y verme en la imposibilidad dedirigir nuestros asuntos; ahora bien, sabiendo que tú estás allí, notemo los acontecimientos; es mi recompensa de haberte hecho el hombre devaler que eres. Tú tienes todas las condiciones que se necesitan paracontinuar mi obra.

—Mi querido protector, sin usted yo no sería nada.

—Y sin ti yo me convertiría en nada. Desgraciadamente para los hombresde mi carácter, llega un momento en que es imposible producir la mismasuma de trabajo; cuando, como yo, se ha sido la palanca elevadora de unacasa, se entristece uno ante la idea de ver derrumbarse el edificioconstruido con tanto trabajo. Así, volviendo a lo que te decía durantela comida, tuve un gran pesar la primera vez que comprobé la pocaafición de Jaime a nuestra industria. ¡Ah! ¡no tiene ese fuego sagrado!¡Tener en sus manos un negocio como éste, que da, en bueno o mal año,unos treinta mil pesos de beneficio neto, y desecharlo para contentarsecon ser el hijo de su papá!... ¡En fin!

Contigo, sin embargo, la tareale habría sido fácil... Pero no, no le gusta. Tendría que levantarsetemprano, renunciar a los sports, a los five o'clock... No se hapreocupado en saber que, aparte de un millón, puesto laboriosamente enun Banco, la fábrica es toda la fortuna de mi mujer y de mis hijos. ¿Quésería de ellos si yo desapareciese?

Te lo declaro; sólo después que te he visto dirigir las cosas, es cuandohe recuperado la confianza en el porvenir. Cuento contigo, Juan. Túserás el continuador de mi obra. ¡Ah! la realización de mi sueño seríaque tú llegases a ser mi hijo a otro título... Pero, esto sólo puedodesearlo; no me corresponde intervenir. Creo que los padres no tienen elderecho de dirigir los sentimientos de sus hijos ni de fijar susdestinos en materia de sentimientos. ¡No importa! para ti, para MaríaTeresa, para mí, este suceso constituiría nuestra mayor felicidad.

Juan, paralizado por indecible emoción, estaba absorto ante aquellarevelación; luego tomó una mano del señor Aubry y la estrechó confuerza, murmurando con voz ahogada:

—¡Oh, gracias, mi querido señor! pero usted tiene razón; ni usted ni yodebemos influir...

Juan, en su profunda turbación, no pudo terminar la frase.

El señor Aubry no insistió, y hasta simuló no apercibirse de nada,inquieto por la impresión que sus palabras habían causado en el alma desu hijo adoptivo, y temeroso de haberse avanzado demasiado.

Dejó de caminar, y dijo con aire indiferente, tirando su cigarro:

—¿No encuentras que hace un poco de fresco bajo estos árboles? Voy aponerme el sobretodo para ir al Casino. ¿Quieres venir conmigo?

Juan dio una respuesta evasiva, y permaneció solo, quebrantado por laemoción, incapaz de dominar los pensamientos confusos, felices yangustiosos que hervían en su mente.

¿No era un sueño lo que acababa de oír? Lo dudaba, después que el señorAubry se había ido; pero el fuego del cigarro que brillaba aún entre elcésped, lo tranquilizó. ¿Así, pues, el señor Aubry y Jaime, no seindignaban ante la idea de que el huérfano pudiera un día convertirse enun hijo y en un hermano?

¡Cómo resonaban aún en sus oídos aquellas palabras mágicas!

¡Y él, Juan,que apenas se atrevía a soñar en lo que el señor Aubry había expresadoen alta voz, con tanta sencillez y naturalidad! ¡No era, pues, unirrealizable sueño! ¡Los sentimientos que él sofocaba con tanta pena,los alentaba en él, le daban casi el derecho de declararlos! Erademasiado. Y, loco de alegría, se repetía las palabras de esperanza...Entonces, una ráfaga de orgullo se apoderó de él. Gracias a su energíapara el trabajo, podía aspirar a aquella gran felicidad que era toda suambición: casarse con la que amaba, vivir cerca de ella, tenerla siemprea su lado. Y arrebatado por la imaginación, se veía paseando con MaríaTeresa por países que conocía bien, pero que se transformaban con lapresencia de su amada, apareciéndosele como comarcas fabulosas yencantadas.

Al fin, se substrajo a esta alucinación, y miró a su alrededor.

LaNaturaleza parecía asociarse a su felicidad; las hojas, mecidas porsuaves brisas murmuraban en la noche; vapores argentinos flotaban sobreel jardín adormecido, y, con sus rayos, la luna acariciaba las floresque, desfallecidas, exhalaban su perfume.

Fue aquel un momento deembriaguez.

Pero Juan sintió bien pronto desvanecerse su dicha. Así como el pesar,olvidado durante el sueño, vuelve a apoderarse de nosotros al despertar,así su espíritu, que se había complacido un instante en deliciosasfantasías, le mostró, de improviso, que aquello era para él, una simplequimera.

—¡Qué insensato soy!—exclamó.—¿Para qué admitir esta posibilidad,puesto que María Teresa no la aceptará nunca?

¿Acaso tengo la pretensiónde ser el hombre de mundo, que ella desea para marido? ¡Si hasta mesiento molesto entre esos inútiles elegantes que ella trata comoíntimos!... ¿No soy completamente distinto de los que a ella le gustan?¡Ah, sí! lo sé muy bien: al lado de toda esa gente yo no represento másque un contramaestre endomingado. ¡Cómo debo disgustarle, Dios mío!¡Quién me habría dicho un día que yo aspiraría ardientemente a parecermea esos hombres frívolos que la rodean!

Fue interrumpido en sus reflexiones por un ruido de voces y risas, quese acercaba. La gente volvía, por grupos, del Casino; las despedidas ylos adioses resonaban claros en la calma de la noche, mientras la alegreturba se dirigía hacia las villas diseminadas en la costa.

Juan oyó, poco después, abrir la puerta de la verja del jardín.

En suestado de espíritu, le habría sido penoso hablar, aunque sólo fueraalgunos instantes. Por huir de las despedidas y de las frases triviales,se ocultó en un bosquecillo de plantas, queriendo solamente percibir laforma blanca y ligera que estaba esperando.

María Teresa y Diana seguían a distancia al señor y la señora Aubry.

Se reían. Al pasar junto al sitio donde Juan estaba escondido, Dianadecía en son de burla:

—Te digo que has observado una conducta deplorable, lo cual es deextrañar en ti, que eres tan reservada generalmente. Has bailado tresveces con Huberto Martholl y flirteado con él toda la noche. ¡Vamos,confiesa que te gusta!

En el silencio de la noche, la voz reposada y armoniosa de María Teresa,llegó hasta Juan:

—Pues sí, lo prefiero a todos los demás, porque baila el bostonadmirablemente.

Los pasos se alejaron; las risas frescas de las jóvenes se fueronapagando, se sintió el ruido de las puertas que se cerraban, y luego,poco a poco, reinó el silencio.

Entonces, con el alma angustiada por un dolor nuevo, Juan vagó al azarpor las avenidas.

Para él, todo lo que emanaba de María Teresa era grave y razonado; demanera que, lo que acababa de decir, debía ser definitivo, estabaseguro. Ella confesaba haber tenido placer en bailar con HubertoMartholl... Los celos nacientes envenenaban las deducciones de Juan:estrechada tres veces por aquel Huberto Martholl, María Teresa loprefería a todos los demás... Para que esto sucediese ¿qué le habríadicho ese hombre? ¿Qué encanto misterioso había ejercido sobre ella?¡Ah¡ el sonido melodioso de su querida voz martillaba el alma de Juan,martirizándolo, enloqueciéndolo hasta el punto de hacerle transformarlas simples palabras: «Lo prefiero a todos los demás, porque bailaadmirablemente el boston,» en una ardiente confesión de amor.

La visión de la inmensa dicha que se cernía sobre Martholl, evocó en elespíritu de Juan la imagen de la joven en traje de novia. Erguida,esbelta, con su largo velo de tul, con la corona de azahares en loscabellos, para ella nimbo de pureza, para Juan corona de espinas... laveía así a la bien amada, deslumbrante de belleza, y, sin embargo...cuando buscaba en el rostro del querido fantasma la sonrisa del triunfo,sólo encontraba un rostro de mármol. No tenía la expresión dulce de losojos de María Teresa, sino una mirada fría, severa, que parecíareprochar a Juan la audacia de su evocación.

Y trastornado por aquella dualidad de sensaciones que simultáneamente loafligían y le daban vagas esperanzas, recorría el jardín como un loco.

En su paseo incierto llegó cerca de la casa. Un ligero ruido le hizolevantar la cabeza y lo clavó en el suelo; no se atrevía a moverse portemor de hacer crujir la arena bajo sus pies.

María Teresa, antes de desnudarse, abría la ventana de su cuarto paragozar del fresco perfumado del aire, y para contemplar el espacioestrellado.

Sus cabellos caían, desatados, sobre la seda tornasolada de su vestido;apoyó los brazos sobre la balaustrada del balcón.

Iluminada por la luzrojiza de las lámparas del cuarto, y del lado del jardín, por elresplandor pálido de los rayos de la luna, parecía un ser fantástico, deuna delicadeza y de un encanto sobrehumanos.

Juan gozó en contemplar aquella aparición, goce intenso y doloroso. Ental momento nada podía serle más cruel. Todas sus dudas se afirmaban.Sentía, con lucidez desesperante, que no eran sólo obstáculos materialeslos que lo separaban de ella; la voluntad misma del señor y la señoraAubry no los acercaría; existía entre ella y él una diferencia de raza;la misma sangre no corría por sus venas. Aquella joven elegante y fina,bañada de luz en ese momento, no podía estar destinada a ser su mujer.No obstante, sentía que jamás podría arrancarla de su pensamiento.

El pobre joven, anonadado, no tenía ya más que un solo deseo:

¡ah! ¡sial menos le fuera dado esperar que en la vida de María Teresa, el nombrede Juan descendiese algunas veces de los labios a su corazón! ¿En quépensaba en ese instante, mirando dulcemente hacia el horizonte? Ante susojos pasaba, sin duda, la imagen del que en esa noche había tenido elplacer de estrecharla.

Torturado por el sufrimiento, murmuró:

—Es locura, locura, ¡yo debería condenarme a evitarla, a no verla más!

Y ocultó la cara entre sus manos.

Cuando levantó la cabeza, las persianas estaban cerradas.

A su alrededor, ahora, todo aparecía bajo un aspecto prosaico,desesperante. La luna, velada por las nubes, no esparcía ya su claridadsobre el misterio de la noche; la masa negra de los árboles se erguíahostil, y los grupos de plantas floridas no formaban más que sombríasmanchas. El alma del jardín había volado.

V

A la mañana siguiente, cuando Juan se despertó, un criado le previno queel almuerzo tendría lugar en las cercanías, en Saint Jouin, en la ventade la bella Ernestina, y que se le rogaba que estuviera a las once en lacasa para la partida.

A Juan lo contrarió mucho este aviso; habría deseado no mezclarse en elmovimiento social durante su estancia en Etretat; pero juzgó que seríapoco cortés rehusar la invitación, y contestó que no faltaría.

Algunos momentos antes de la hora señalada, Juan, de vuelta de un paseosolitario, por la orilla del mar, leía en su cuarto. Al oír el aviso deBertrán, cerró su libro con resignación y bajó. La señora Aubry lopresentó a sus invitados. Los hombres le tendieron la mano, las jóveneslo saludaron; luego, después de un ligero examen, no se ocuparon más deél. Su aire, su manera de vestir, lo clasificaban. Era el invitado queno se cuenta. Juan adivinó la impresión que había producido, dejó pasara los jóvenes, y subió a un coche con el señor y la señora Aubry.

De todos los nombres que la señora Aubry había pronunciado alpresentarlo, uno solo retenía su memoria: el de Huberto Martholl. A estejoven que, la víspera, durante la comida, apenas había notado, porque lehabía parecido un mundano cualquiera,

¡con qué ojo investigador no loobservaba ahora!

Juan comprobó, con profundo disgusto, que Huberto Martholl seprecipitaba tras de María Teresa, y se instalaba al lado de ella en elbreak; la joven lo recibió con una sonrisa. ¡Oh! cuánto habría dado Juanpor oír las palabras que cambiaban...

De la encantadora campiña normanda, el pobre joven no vio nada; toda suatención era atraída por las voces alegres y las risas que salían delotro carruaje; además, estaba atormentado por lo que podía hablar elfeliz Martholl, inclinándose con tanta frecuencia hacia María Teresa.

Llegados a Saint Jouin, la juventud invadió el jardín a la francesa dela célebre hotelera, mientras que la gente más seria, o más hambrienta,se preocupaba del almuerzo.

Sus inquietudes se calmaron en breve a la vista de una cocinanotablemente organizada, de la que salían olores incitantes, y todo elmundo se instaló en el jardín, bajo una carpa, alrededor de una largamesa ya preparada.

Antes de tomar asiento, Juan observó que los demás jóvenes hacíanprodigios de destreza para ocupar sitio al lado de la que lesinteresaba. Resignado a su mala suerte, se colocó enfrente de MaríaTeresa, queriendo, por lo menos, verla, ya que no osaba acercársele.Huberto Martholl estaba a su lado, aquel Huberto que ella «prefiere,porque baila admirablemente el boston,»

pensaba siempre Juan, acosadopor la frase oída.

Aislándose de sus vecinos, para absorberse en sus tristes pensamientos,que le demacraban el semblante y le endurecían la mirada, seguía conojos insistentes los menores gestos de Huberto y de María Teresa. Apesar de sus esfuerzos, le dominó el despecho. Estaba seguro: aquél ibaa conquistar a la joven, a llevársela. Por vez primera, la veíaparticularmente interesada en la conversación de su vecino de mesa;parecía estar prendada de las frases de Martholl; lo escuchaba sonriendoy sin hacer caso a los demás convidados.

Huberto la colmaba de cuidados, le hablaba a media voz con aire defelicidad, y este espectáculo ponía a Juan fuera de sí; se exasperabatanto más cuanto que juzgaba irresistible a aquel joven de aspectodistinguido, correcto y elegante. El almuerzo le pareció interminable.Bajo la influencia del malestar moral que sentía, su cólera comprimidallegó al más alto grado de intensidad; comprendía cuán superflua era supresencia en aquel ambiente alegre, feliz, donde corría el riesgo de serridiculizado si los sentimientos que lo agitaban eran conocidos.

Al fin, se levantaron de la mesa, y todos se dispersaron, yendo unos alas barrancas y otros a la playa.

Juan, no sabiendo qué hacer, siguió a distancia a María Teresa; susamigas la llevaban hacia la orilla del mar.

La joven, una vez que miró para atrás, reparó en Juan; la expresióndolorosa de su semblante la impresionó, se detuvo para darle tiempo aque la alcanzase y le dijo entonces:

—Las barrancas de Saint Jouin son magníficas. ¿No es verdad, amigomío?

—¿Cree usted?... Sí, quizá son muy hermosas, pero es una decoracióninútil.

—¿Por qué? nada de lo que es hermoso es inútil...

—¿Realmente? ¡Usted es muy ambiciosa! necesita a la vez gozar con losojos y con el corazón...

—¿El corazón? ¿a propósito de qué dice usted eso? El placer de la vistame basta por el momento...

—Naturalmente...

—¿Qué significa ese excéptico: naturalmente?

—Nada, en verdad.

—Me alegro.

Pero él añadió, a pesar suyo, con tono irónico, despechado por laserenidad del lindo rostro de su amiga:

—Sería mal hecho de mi parte turbar esta alegre fiesta... ¿Qué quiereusted? estas partidas en comparsa siempre me han parecido odiosas, salvoque no disimulen...

—¿Disimulen qué?

—¡Qué sé yo! algún encuentro sentimental; el placer de codearse durantelargas horas con el que o la que se ama, el permitirse una libertad delenguaje que no se podría usar en otra parte.

—¡Perverso! se refiere usted a la señora d'Ornay y a Platel...

Y la risa musical de María Teresa estalló en un gorjeo, acabando deexasperar a Juan.

—¡Oh! no son ellos los únicos que aprovechan hábilmente «la ocasión...»Supongo que usted no se ha fastidiado en el almuerzo. El señor Martholl,ese feliz mortal tan elegante, ¿es tan admirable en su conversacióncomo en su manera de bailar el boston?

María Teresa chocada de aquel tono agresivo que revelaba un estado dealma que no se explicaba, pues Martholl no era para ella más que unamable indiferente, miró a Juan con sincera sorpresa:

—¿Qué tiene usted, mi pobre amigo? Nunca lo he visto de tan mal humor.¿Es de vernos flirtar un poco que se irrita usted así?

—¿Hay grados, entonces, en el flirt? Explíqueme usted cómo puede unocontentarse con «un poco...» Esta dosis me parece difícil de graduar,sobre todo, de no extralimitarla.

Al decir esto, señalaba con los ojos los grupos dispersos de los jóvenesque marchaban delante de ellos: Platel y Mabel d'Ornay, Diana y JamesMilk, las de Blandieres con Martholl y Bertrán, y otras parejas más,todos alegres de sentir la influencia de los fluidos de atracción.

Juan, repuso muy excitado:

—Explíqueme usted de una vez lo que es en su justo límite, ese odiosoflirt...

—¿El flirt? Es el placer de conversar con un hombre amable que gusta deuna y que discretamente lo dice.

—¿Realmente? Entonces ¿cualquiera puede disfrutar de sus encantos, desu sonrisa? ¿Y es con su consentimiento como goza de todas estas cosasque ustedes prodigan? ¿Del mismo modo le dan el derecho de manifestar loque siente?

—No creo que sea muy grave preferir la compañía de las personas que nosson simpáticas.

—Posiblemente esas personas que son simpáticas no obtienen eseresultado sino gracias al mérito de sus sastres.

—Tranquilícese usted—respondió la joven, que tomó el partido deconvertir en broma los reproches de Juan;—me ocupo muy poco de talasunto. No, yo no soy exigente respecto a la manera de vestir de losjóvenes que me placen; pero, hay dos cosas que estimo mucho: un buenbailador cuando bailo y un interlocutor amable cuando hablo. Y comousted está de mal humor hoy, suya es la culpa si le dejo.

Dicho esto, alegremente, con la dulce entonación que le era habitual,María Teresa se esquivó y corrió a reunirse con sus amigas.

Juan tuvo un violento acceso de desesperación, cuando se encontró solo.¡Ah! era siempre el hombre del pueblo, sin delicadeza alguna. Acababa dehacer algunas observaciones ridículas, ¿y con qué derecho? Decididamentenunca sería un hombre de mundo. El ejemplo mismo de su querido maestrono le había servido; porque si él, a pesar de su labor de obrero, habíapermanecido caballeresco, es porque se llamaba Aubry de Chanzelles, y denacimiento poseía esa ciencia de la delicadeza que no se adquiere jamás.

Afligido, Juan se sentó al borde de un sendero que baja casi cortadoverticalmente hacia el mar, a lo largo de la barranca.

Desde allídominaba la playa quebrada de Saint Jouin, y podía seguir, por entre lasrocas, la marcha caprichosa de las jóvenes y de sus flirts. El trajeclaro de su amiga, y el elegante sombrero gris de Martholl cautivabanprincipalmente su atención.

En cierto momento, pudo ver a María Teresa y a las jóvenes que laprecedían, detenidas ante una bajada difícil. Y como Martholl, Platel,Bertrán y James Milk, les tendieran sus brazos auxiliadores, lasprimeras siluetas finas fueron deslizándose una a una.

Entonces el corazón de Juan latió con violencia. Pero pronto susemblante se serenó; lo que él temía, no sucedió; ágilmente, MaríaTeresa saltó sin la ayuda de nadie.

Por la emoción que había sentido, Juan comprendió que no podíapermanecer testigo impasible de escenas semejantes.

Dándose cuenta quesu mal humor sería la última expresión de lo ridículo, resolvió abreviarsu permanencia y buscar un pretexto para marcharse.

El resto del día continuó lleno de tristezas para él.

Felizmente,Bertrán como buen camarada, viéndolo aislado y melancólico, vino ahacerle compañía; sin su presencia, Juan habría llorado.

Al desaparecer el sol en el mar, los excursionistas regresaron a laventa. Cuando se hubieron reunido a las personas tranquilas que habíanpreferido pasar la tarde a la sombra, bajo los manzanos de la huerta,declararon que no tenían la intención de volver tan temprano a Etretat,que querían comer en Saint Jouin, y bailar después en la vasta piezaalfombrada de césped. Esta sala, llena de muebles antiguos, es una delas curiosidades artísticas de la hostería. El proyecto fue aceptado, yel desgraciado Juan que no podía eludir este programa improvisado, tuvoque resignarse a ver exasperarse su suplicio.

María Teresa se había divertido mucho en el curso de su paseoaccidentado. Huberto no se había separado de ella un momento. Sentía unasecreta vanidad en verse preferida a sus amigas por aquel galante joven,que Diana y Alicia de Blandieres se habían disputado. Al ver eldesconcierto de las dos jóvenes, cada vez que Huberto las dejaba parareunirse con ella, una sonrisa maliciosa aparecía en sus labios.

La impresión que le hicieron las palabras de Juan se había disipadopronto. Conocía bastante la displicencia del joven; pensó que seencontraba disgustado entre tantos desconocidos, y que eso bastaba paratenerlo descontento hasta el punto de inspirarle palabras acerbas. Noera la primera vez que María Teresa advertía los celos de Juan, puesconsideraba legítimo que un antiguo compañero sintiese ojeriza hacia losque trataban de captarse su amistad. Acaso temía que ella olvidara a losque tenían derechos más antiguos. Encontraba así excusas al mal humor deJuan. Pero era su huésped, y no quiso guardarle rencor; viéndolo, pues,al entrar en el jardín, sentado sobre la hierba a los pies de la señoraAubry, se dirigió hacia él y le dijo con amabilidad:

—¿Es por pereza por lo que no ha querido usted venir a escalar connosotros los peñascos? Hemos tenido algunos pasos difíciles defranquear; usted nos habría sido muy útil: lamento también que se hayaprivado de contemplar esta playa agreste, sembrada de rocas cubiertas dehierbas y de musgos; ha sido un espectáculo grandioso, a la puesta delsol. Sin embargo, no puedo enojarme, puesto que le hacía usted compañíaa mi querida mamá, a quien todos hemos abandonado.

Juan levantó sus ojos sombríos hacia María Teresa, y su cóleradesapareció, no dejándole más que una herida secreta que sangraría muchotiempo; él lo sabía bien... La que lo miraba con cara risueña, nosospechaba la turbación que su presencia provocaba. ¡Con tal que no losupiera nunca! Juan creía que para él era cuestión de honor dejarleignorar siempre las torturas que padecía a causa de ella.

—¡Qué buena es en olvidar mis estúpidas palabras!—pensaba, y en suconfusión habría querido implorar perdón, de rodillas.

Sin embargo, nada pudo contestar; la emoción lo ahogaba, y la joven sealejó antes de que pudiera encontrar palabras para expresar sussentimientos.

—Es una suerte para mí que me hagas compañía, Juan—dijo la señoraAubry;—hasta mi hija, siempre tan razonable, demuestra hoy una grandistracción; parece que se divierte mucho.

—Tiene razón—respondió tristemente el joven,—en estar alegre yexpansiva. Es una dicha ver gozar de la vida a los que se ama. Mireusted cómo está rosada, cómo brillan sus ojos... ¡Ah!

que sea siemprefeliz, ¡qué importa lo demás!

Durante la comida, la animación fue grande. Platel, lleno deinspiración, no cesó de hablar, y las niñas de Blandieres, algosobrexcitadas por el champaña, elevaron más de lo razonable susjuveniles voces agudas, y se propusieron exasperar a sus vecinos elseñor d'Ornay y el flemático James Milk.

Huberto Martholl se había colocado al lado de María Teresa; pero Juan,esta vez, se prometió no mirar más hacia ellos. Como tenía al serviciode sus resoluciones una voluntad inquebrantable, mantuvo su promesa, y apesar del bullicio, se engolfó en una conversación técnica con el señorAubry.

Después de comer, atravesaron el jardín para ir a bailar.

Juan se esquivó. Anduvo errante por las barrancas, paseando supesadumbre a los rayos de la luna, la dulce compañera de los tristes.Pero no estaba bastante lejos para que no llegasen hasta él los aires deun vals, cubriendo por momentos la voz sorda de la marea creciente.

El ritmo de aquella turbadora música de baile se imponía a su espírituenfermo y lo aniquilaba. Las armonías que percibía, evocaban a MaríaTeresa y Huberto enlazados; entonces sintió un irresistible deseo deverlos, volvió sobre sus pasos, y pasó el resto de la noche detrás deuna de las ventanas de la sala donde bailaba.

De pie, apoyado contra los postigos entreabiertos, veía evolucionar aAlicia y Juana de Blandieres, bulliciosas y juguetonas, a la linda Mabelcon Platel, y a Diana, cuyos cabellos negros se inclinabancomplacientemente hacia James Milk. Pero Juan los miraba con atencióndistraída; para él, todos allí eran cortesanos que se agitaban en tornode la estrella, y no tenía bastantes ojos para seguir los movimientos deMaría Teresa.

Estaba deliciosa en aquella decoración de muebles antiguos, destacándosedelicadamente sobre el fondo de oro de los viejos tapices de brocadotendidos sobre el muro. Un instante, fue a sentarse en un sillón góticocuyas columnitas de madera dorada, se elevaban formando cúpula porencima de su cabeza rubia. La contempló arrobado; así era como la veíaen sus sueños. Sentada en aquel trono torneado y extraño; con su ligerovestido de linón y trémulas blondas, parecía una princesa de leyenda.

Duraba su éxtasis ante esta visión encantadora cuando la sombra deMartholl se interpuso entre ellos. Un furor loco se apoderó de Juancontra el que confiscaba, en provecho exclusivo, la blanca y preciosaimagen. Juan no veía ya más que el impecable traje de Martholl quepermanecía plantado allí, completamente inconsciente de la tormenta quelevantaba en el corazón de otro, su presencia delante del ídolo. ¿Aquelhombre estaría siempre a su lado?

Juan había temido la llegada del que ella prefería; pero nunca se habíaimaginado el desgarramiento de su alma ante el hecho consumado. Sealarmó de la tempestad que rugía dentro de él, simplemente contraaquella silueta importuna. ¿Cómo haría para asistir en lo sucesivo atoda una serie de incidentes de los cuales éste no era más que elpreludio, desde que María Teresa y Huberto no eran novios aún? No, ¿cómopermanecería impasible, mientras todo su ser gemiría de dolor? Si elseñor Aubry no hubiera pronunciado la víspera las palabras que alentaronsu locura, quizá se habría resignado. Pero haber entrevisto, como casiposible, una felicidad sobrehumana, y encontrarse luego, por la crueldaddel destino, en presencia del que, fuera de duda, iba a robarle aquellafelicidad, era demasiado duro... Lágrimas de desesperación enrojecieronsus ojos.

En el mismo instante, la joven, sonriendo, tomó el brazo que le ofrecíaMartholl, y entonces Juan se lanzó a las espesas sombras del jardín,para no ver más nada.

VI

Los días que siguieron al paseo por Saint Jouin fueron para Juan largosy penosos. Para emplear el tiempo, tomaba su bicicleta y recorría cadadía, a toda velocidad, los alrededores de Etretat. A la tarde volvía,embrutecido de fatiga, y subía a su cuarto para prolongarindefinidamente su soledad. Aguardaba así, del azar, un motivo plausiblepara salir de Etretat sin herir a la señora Aubry, que no se habríaexplicado una partida precipitada. Afortunadamente como conocían sucarácter independiente, respetaban su libertad, y nadie se preocupaba dehacerle modificar la manera de vivir que había adoptado.

María Teresa, con gran delicadeza, evitaba, durante las comidas, hablarde sus amigos y de lo que sucedía en la playa o en el Casino. Seesforzaba en no conversar más que sobre cosas susceptibles de interesara Juan. Pero Diana no procedía con el mismo tacto y abrumaba a su primacon alusiones más o menos veladas sobre los obsequios siempre excesivosde Huberto Martholl.

Estos temas de conversación eran dolorosos para Juan, y le aumentabanel deseo que tenía de huir de Pervenches.

La ocasión que buscaba se presentó en breve.

Un día, paseando, habló con entusiasmo a Bertrán, de la Alemania y de laSelva Negra.

—Parece increíble—declaraba Bertrán,—que yo no haya ido todavía porallá.

—¿Te diviertes mucho aquí?—preguntó Juan.

—Moderadamente, ¿por qué me preguntas eso?

—Porque, si tu placer es negativo, deberías pedir a tu padreautorización para acompañarme a Bohemia, adonde iré próximamente. Estoyseguro que este viaje te interesará. Para no perjudicar tus estudios,partiríamos en seguida, a fin de aprovechar el resto de las vacaciones.

—¡Pues sí, es una magnífica idea la tuya! Esta misma noche le escribiréa mi padre, rogándole que me deje ir contigo.

El señor Gardanne, que apreciaba mucho a Juan, consintió de buena ganaen dar la licencia pedida, y el viaje de los dos jóvenes fue decidido.

Si al dejar a Pervenches, Juan experimentaba algún alivio en huir de lasemociones torturadoras, llevaba en el corazón la terrible herida de loscelos, convencido de que cuando volviese a ver a María Teresa, ella nosería ya libre. Su sola esperanza estaba en encontrar en un trabajoencarnizado, el poder que necesitaba para olvidar a la joven.

En cuanto a ella, la decisión de su amigo de la infancia, la turbó unpoco. No comprendía cómo la permanencia en Etretat no le era agradable.Pero, sin indagar más allá, no vio en esto más que la aversión del jovenhacia la vida social.

El día de la partida, mientras miraba pensativa alejarse el coche queconducía a la estación a los dos jóvenes, Diana le dijo:

—Esta idea de Juan, de llevarse a mi hermano antes del fin de lasvacaciones, es estúpida. Me imagino que no vas a extrañar a ese huraño.¿No estaba Bertrán mejor aquí que en Alemania?...

¡Dios mío, Juan haestado bastante áspero en estos días!... Es incomprensible que lo hayaspodido soportar. Debería cuidarse de presentar semejante cara, yconsiderarse dichoso de que lo reciban aquí.

—¿Por qué eres siempre dura con ese pobre joven? Si no le gusta lasociedad, y si no es hipócrita para mostrar cara alegre,

¿es ésa unarazón para que lo maltrates? En cuanto a mí, le perdono todo al amigoabnegado, al que me ha soportado en mi infancia. Cuando yo era una chicadespótica y mimada, Juan me divertía con paciencia horas enteras. Estoycierta de su amistad, y estimo en mucho su consagración absoluta hacianosotros.

Nada me importa de lo que diga o haga: conozco su profundaafección y lo quiero en razón de sus nobles sentimientos. Estaba muyconmovido, hace poco, cuando se despedía... Yo sería, pues, una ingratasi mis relaciones de hoy, pudieran hacérmelo olvidar.

—Bueno, no hablemos más—concluyó Diana;—no quiero arrancar de tucorazón recuerdos tan tenaces, pero podríamos distraernos paseando, ¿quéte parece? Hoy se verifica un match interesante en el Tennis-Club,¿vamos?

María Teresa se dejó convencer; se divertía siempre en las partidas detennis que se organizaban todas las tardes en su casa, en el Club, o enlas villas vecinas.

Después de subir a su departamento para vestirse, las dos jóvenesreaparecieron en seguida, vestidas de piqué blanco, cubiertas con elindispensable canotier, y llevando bajo el brazo sus raquetas enfundadasen tela gris.

Conversando, tomaron el camino del Tennis-Club, donde sus amigos sereunían ese día. Bajo los manzanos, que rodean el circo, estaba servidoun lunch en mesitas. La señora de Blandieres, que lo había pedido, hacíalos honores, auxiliada de sus hijas.

Juana y Alicia de Blandieres, o más familiarmente, «las de Blandieres,»jóvenes muy precoces, flirtaban con la esperanza de encontrar maridospor este medio, y exigían como cualidad primordial, que fuesen ricos.

Desconcertaban un poco a los mozos del buffet dedicándose con demasiadaconciencia al servicio del lunch ofrecido ese día por su madre,excitando a comer y a beber a los jóvenes que acudían a su invitación.¿Sería para estimular las fuerzas que aquella juventud emplearía luegoen el tennis o en el flirt?

Audaces y provocadoras, estas jóvenes eran el specimen más completo delo que, para autorizar cierta libertad de conducta, se llama muyimpropiamente en Francia «la educación americana.»

Este género deeducación, inoculado en aquellas naturalezas de latinas ligeras,desprovistas por temperamento de la moderación y de la dignidad de lasjóvenes anglosajonas, producía un singular resultado.

La mayor hablaba mucho y reía sin cesar; la segunda, más dócil, imitabaa su hermana en todo. Como eran lindas y se mostraban siempre amables,los jóvenes declaraban que las adoraban; a pesar de esto, hasta entoncesninguno se había presentado como pretendiente.

Cerca de las mesas, la señora d'Ornay, coloreada por el reflejo de susombrilla, daba audiencia a Max Platel. Sabía hablar con gracia, sindejar de comer sandwiches de caviar.

—¡Qué espiritual es usted!—repetía continuamente al jovenliterato.—Nadie como usted me entretiene tanto...

—Entonces todo va bien en el mejor de los mundos—

aprobaba Platel.—Yosoy espiritual, usted es linda; ahora sucede que soy yo, entre tantosotros, el llamado a desempeñar la importante función de hacerla reír austed, yo que me deleito con la gracia amable de su sonrisa y el alegreencanto de todo su ser... Dígame, encantadora señora, ¿a quién prefiereusted, a mí o a este hermoso Martholl cuya plasticidad revoluciona a susamigas?

En ese momento, el hermoso Martholl se dedicaba a los representantes dela colonia inglesa. Con ellos se mostraba familiar, haciendo profesiónde menospreciar a sus compatriotas, y afectaba una anglomanía exagerada.Nada le parecía bueno, ni chic, si no procedía de Londres; a cadainstante, en la conversación, encontraba medio de alabarse de susrelaciones del otro lado del estrecho. Con cualquier motivo, citaba alord Chestermund, en cuyo castillo cazaba zorros en Escocia, y su mayorsatisfacción era ser tenido por inglés.

Cuando María Teresa y Diana llegaron, estallaron las exclamaciones dealegría y los saludos ruidosos. Martholl, como no jugaba jamás sino conJames Milk, que no era del match, abandonó el juego y se apresuró a ir ahacer su corte.

—¡Al fin ha venido usted!—murmuró, cuando estuvo al lado de MaríaTeresa.—Creía que no venía ya, y me aburría espantosamente.

—¿Qué?—dijo ella con sonrisa incrédula.—¿Usted se aburría tanto? ¿Yel tennis? ¿Me esperaba usted para jugar?

—No. Pero yo vengo aquí atraído por otra cosa que por el tennis, ustedlo sabe bien.

—¡Ah, goloso! ¡atraído por el lunch, entonces!

—Tampoco, querida señorita...

—Señor Martholl, si me pone usted adivinanzas no acabaremos nunca. Yohe venido aquí a tres cosas, y no hago misterio.

Primero,

para

hacerhonor,

nutriéndome

substancialmente, a la invitación de mis amigas deBlandieres.

Segundo, para conocer el resultado del match y quién ganaráel delicioso abanico pintado por mi viejo amigo el gran artista-sportmanPablo Arnault. Tercero... ¡ah, Dios mío! ¡pues no me acuerdo!...

—Está usted segura...

—Muy segura, señor fatuo. ¿Tercero?... ¡Ah, ya estoy! tercero, paradespués del té, tennis, flirt, etc., subir al magnífico automóvil de miamigo Jorge Baugrand, hendir el aire con él hasta el bosque de Loges ycontemplar desde lo alto del camino de Fécamp una soberbia puesta desol. ¡Ahí está todo!

—Usted es desesperante, señorita, y es acaso por causa de eso por loque...

—¡Cuidado! creo que a sus labios asoma una majadería.

—¿Una majadería?

—Califico así, de una manera un poco general, todo lo que me pareceinoportuno, falso...

—Le juro...

—¡Ah, un juramento! ¡Ese es juego conocido, señor Martholl!

Seamosserios: están organizando una partida, vamos, a reunimos a nuestrosamigos, salvo que usted no prefiera...

—Yo no prefiero nada al placer de seguirla a usted, de verla, deoírla...

Martholl transportó sillas de tijera y se instalaron a fin de poderconversar mirando el juego.

Era un espectáculo encantador el de aquellas jóvenes de trajes cortos yclaros, moviéndose flexibles y graciosas en aquel cuadro alegre.

Se jugó durante un buen rato; luego, como se sintiera el fresco de latarde, la señora de Blandieres propuso ir hasta la playa a admirar lapuesta de sol, famosa en Etretat. Ruidosamente, el juego del tennis fueabandonado, con gritos de triunfo, disputas, felicitaciones oimprecaciones. Las frases se entrecruzaban:

—¡Hemos ganado tres partidas!

—¡D'Ornay juega muy mal! ¡Pierdo siempre que voy con él!

Por fin, restablecida la calma, se pusieron en camino.

—¡Y bien, señorita! ha llegado la hora de la despedida...

¿Dónde estáel hermoso automóvil de su amigo?

—No proclame su triunfo; Baugrand no ha venido hoy, pero mañana...

—¡Ah, ésta es buena! mañana, es el porvenir, y el porvenir es de Dios,según dice el poeta.

María Teresa se sonrió, y reuniéndose al grupo de sus amigos, Martholly ella llegaron en el instante en que Platel declamaba a la linda Mabeld'Ornay:

—¡Qué deliciosa vida llevamos! En París no hay tiempo para ver a laspersonas que nos gustan; aquí, por lo menos, se goza de su presencia.

—¡Y sin fatigarse!

—Naturalmente. ¡Fatigarse en dos meses! Sería preciso ser muy volubleen sus sentimientos o haber sido seducido por un encanto pocojustificado. En verdad, es así como se debería vivir: trabajar muy poco,pasear con mujeres encantadoras, sin otra preocupación que la de la horadel baño, del tiempo que hará, y del cambio de expresión de los ojos quenos cautivan.

Iban así caminando, por grupos hacia el mar. En un murmullo de charlasalegres, las jóvenes revelaban su alma con la misma gracia o inocencia,que en sus vestidos se revelaban sus cuerpos.

Los jóvenes dejabanrebosar de su espíritu y de su corazón, esa adoración inconsciente, tanimpulsiva y por lo mismo tan seductora, de la juventud y de la fuerza,hacia la gracia y la belleza.

Huberto Martholl caminaba pensativo al lado de María Teresa, a quienhabía despojado de su raqueta y de su abrigo.

Al llegar a la playa quedaron deslumbrados por un fulgor dorado. El solse sumergía en las aguas como triunfador, en una decoración de púrpura yoro.

María Teresa se sentó sobre una piedra. Era su hora favorita.

Anteaquella apoteosis de luz, se sentía conmovida y se olvidaba de su ser,para absorberse en la belleza de lo infinito; su mirada se extasiabaen la contemplación de las nubes iluminadas, y en sus formas caprichosasse imaginaba ver mundos desconocidos.

En estos instantes de comunión conla Naturaleza, sentía poderosamente la belleza de las cosas creyendocomprender el sentido de la vida universal. Un alma nueva se despertabaen ella, un alma hecha para aspiraciones más elevadas que las pequeñassatisfacciones de vanidad en que se entretenía generalmente.

Huberto, sentado cerca de ella, daba deliberadamente la espalda al mar,como para demostrar cuán poco le importaba el despliegue de la pompasolar. Sin embargo, inquieto por el silencio demasiado largo de sucompañera, trató de arrancarla a su contemplación:

—¿En qué piensa usted, señorita María Teresa?

—No pienso—respondió ella sin dejar de mirar el horizonte,—

reciboemociones; me son muy dulces porque vienen de la calma y de lainmensidad. No sabría explicar mis ideas o mejor dicho, las sensacionesque se suceden en mí, mientras admiro estos efectos de luz. Sonimpresiones fugaces que se forman y se transforman tan rápidamente comolos contornos de aquellas nubes.

—Y yo pienso en usted; no me preocupo ni de la marea que sube, ni delsol que baja. Donde usted está, no veo más que su persona, y nada más:en su contemplación mis ojos se llenan de alegría y de belleza, y...

María Teresa lo interrumpió con un gesto. Como ciertas naturalezasdelicadas, tenía propensión a amar idealmente, o más bien, a amar unideal. En aquel momento trataba de identificar este ideal con la personade Huberto; pero al mismo tiempo desconfiaba de él, deseaba que no sedeclarase, ante el temor de que una brusca desilusión no la hiciese caeren la realidad.

Aspiraba con pasión a encontrar una alma simple,enérgica, y un vago presentimiento la hacía temer que no encontraría loque buscaba en lo que Huberto iba a revelarle. Dijo, pues, irónicamente,para contenerlo:

—¡Que me prefiere usted a tales esplendores!... ¿Qué podré yo hacerpara indemnizarlo de la privación de este maravilloso espectáculo? ¿Serásuficiente ofrecer a sus miradas un semblante sonriente? ¡Me temo queperdería mucho en el cambio!

—¡No se burle! Si usted supiera cuánto la admiro, comprendería por quéhe sido completamente conquistado.

—Cuidado con exagerar. Sus palabras contienen tantas promesas...

—Sus amigas pueden informarle a este respecto. Cuando estamos reunidos,ellas saben bien de quién me ocupo exclusivamente. Si usted se parecieraa ellas, ya estaría convencida de la naturaleza de mis sentimientos,¡pero es usted tan diferente!... ¡Ni siquiera puedo saber cómo recibeusted mis atenciones!

—Nunca he dicho que su amabilidad me disgustase...

—¡Si realmente no fuera un importuno, qué feliz sería!

Veamos, demeusted alguna esperanza, autoríceme, por ejemplo, a decirle cosastiernas, a seguirla a todas partes, a ocuparme de ustedconstantemente.

—¡Ah, qué programa! Es asustador para mí, que no sé jugar ni con missentimientos, ni con mis palabras. Tengo una idea demasiado elevada dela comunidad de impresiones que pueden unir a un hombre y a una mujer,para transformar nuestra joven amistad en un juego imprudente. No...no... no le permito nada todavía. Además, en este momento, casi no loescucho, tengo los ojos deslumbrados; nada profano llega al fondo de mipensamiento; la hermosura de este cielo me absorbe por completo.

—¿No puede usted hacer dos cosas a la vez? Sin embargo, si lo que puedodecirle le fuera agradable, ¿no cree usted que formase una armonía quecompletaría este maravilloso espectáculo?

—¡Qué pretensión!... ¿Quiere usted acompañar con su música de ternuralas más hermosas horas de la Naturaleza?

—No tengo más que una pretensión: la de agradarle a usted.

Quiero queun día, estando yo a su lado, no contemple más las puestas de sol.

María Teresa se levantó riendo, con risa forzada; las frases de Hubertoempezaban a molestarla; juzgó prudente interrumpirlas.

Viendo a la joven de pie, Martholl quiso tomarle la mano, pero ella laretiró bruscamente.

—¿No me permite subir con usted a la terraza?—interrogó él.

—No; no debo escucharlo más; es bastante por hoy. Quédese aquí buscandofrases nuevas; nada inspira como la caída de la tarde.

Y con una voz que la alegría y también la emoción contenida hacíantemblar un poco, añadió, subiendo a la terraza del Casino:

—¡Adiós, adiós! querido flirt.

VII

El tiempo transcurría rápidamente para la alegre banda. Todos los díasse organizaban nuevos paseos a caballo, en bicicleta, en automóvil o encoche. Por la noche se bailaba en el Casino o en alguna villa. Hubertono dejaba a María Teresa y acentuaba cada vez más su preferencia.

El mes de septiembre estaba ya muy adelantado, y nadie pensaba en partirde Etretat. Todos sentían alejarse después de aquella estación que habíacorrido tan alegremente.

Ante la inevitable perspectiva de la separación, hasta las señoritas deBlandieres se ponían melancólicas.

Una noche, en el Casino, habiéndose discutido la cuestión de la partida,Huberto se aproximó a María Teresa y le dijo con aire triste:

—No puedo habituarme a la idea de separarme de usted. Cada día me digo:¡me iré mañana! El mañana llega, y no tengo valor.

Mi madre no seexplica cómo puedo permanecer aquí tanto tiempo. Había venido por quincedías. Me escribe carta tras carta, llamándome. Yo debía haber ido abuscarla a Carlsbad y pasar en seguida a cazar en el castillo de unosantiguos amigos.

Ha partido sola de Carlsbad; ahora está instalada en lafinca de nuestros amigos, y es necesario que yo me decida a reunirme conella. Jamás he sentido tanto pesar en dejar un sitio. No vaya usted acreer que es a causa de las diversiones de la playa; es usted,exclusivamente usted quien me retiene. De estos días pasados a su ladoconservo tal impresión de encanto que no quiero salir de Etretat sin queusted me autorice a verla en París lo más pronto posible. La señora deChanzelles ¿querrá recibirme? ¿se lo preguntará usted? Diga que usted lodesea, dígamelo para que yo no me vaya desolado.

—Mi madre está en casa todos los miércoles. Puedo asegurarle que tendrágran placer en recibirle. En cuanto a mí, confieso que lamentaría quelas agradables relaciones que hemos iniciado aquí, quedaseninterrumpidas. Yo no hago amigos por tres semanas; cuando los he elegidoes para siempre.

—¡Ah! ¡qué buena es usted en haberme comprendido! ¿Me permite teneresperanza, verdad?

—Le contestaré a usted a eso en París, cuando nos volvamos a ver.

—¡Qué largo va a parecerme el tiempo!...

—¿Se queja? Entonces si le diera mi despedida hoy ¿qué diría usted?

—Tiene razón, es usted muy delicada; no tengo el derecho deacriminarla.

Y antes de que pudiera impedirlo, Huberto le tomó la mano y la llevó asus labios balbuceando en un soplo:—¡La adoro!

Aquella noche María Teresa tardó mucho en dormirse. Le parecía oír aúnla voz conmovida de Huberto y las frases que había pronunciado. ¿Era,pues, verdad? ¿La amaba, ponía en ella sus secretas esperanzas? Laasiduidad que había demostrado durante los meses transcurridos, suempeño en obtener de ella palabras alentadoras, todo revelaba elproyecto que perseguía. Se interrogó. ¿Le gustaba? ¡Ah, sí! Huberto eraelegante, distinguido, diestro en todos los sports. Sabía que habíafrecuentado mucho el gran mundo, y, además, la amaba...

Seguramente,consentiría de buena gana en llamarse la señora Martholl. Por otraparte, esta unión le aseguraba una existencia agradable. Una serie deplaceres envidiables se presentó a su imaginación: recepciones, viajes,yachting, automovilismo; todas las manifestaciones de la vida suntuosa ysportiva parecían ser las favoritas de Huberto.

¿Por qué de improviso, sin motivo, en la fantasmagoría de los placeresque le prometía aquella unión plausible, según las leyes del mundo, seirguió una imagen un poco olvidada en el espíritu de María Teresa?