Impresiones Poesías by José Campo-Arana - HTML preview

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IMPRESIONES

POESÍAS

DE

JOSÉ CAMPO-ARANA

CON UN PRÓLOGO

DE DON CÁRLOS COELLO

MADRID

LIBRERÍA DE M. MURILLO

CALLE DE ALCALÁ, NÚM. 18

1876

AL EXCMO. SEÑOR

D. FRANCISCO ROMERO Y ROBLEDO

Debo á usted lo poco que soy y atenciones que con nadapodré pagarle: por gratitud y por cariño, coloco su nombre alfrente de este tomo de poesías.

JOSÉ CAMPO-ARANA.

Madrid 29 de Diciembre de 1875.

ÍNDICE

PRÓLOGO.

INTRODUCCION.

¿DÓNDE ESTÁ?

¡SOLO!

ÁNSIA.

SÚPLICA.

DIOS.

SOMBRA EN LA LUZ .

Á CÁRLOS COELLO.

LA VUELTA.

¡REBELDÍA!

A...

EL ANOCHECER.

Á UNA LÁGRIMA.

NUBE DE VERANO.

EFECTO DE ÓPTICA.

EL ÁGUILA.

DESEO.

¿POR QUÉ?

EN EL ÁLBUM DE ELISA.

DEBILIDAD.

AYER.

Á UNA ROCA.

EL ÚLTIMO AMOR.

Á LA SEÑOR DOÑA TEODORA LAMADRID DESPUES DE ADMIRARLA EN LA

REPRESENTACION DEL DRAMA "LA LOCURA DE AMOR".

ILUSION.

REALIDAD.

RESIGNACION.

¡SE VAN!

Á LA MUERTE.

RECUERDOS.

¡YA NO!

¡IMPOSIBLE!

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 A MI BUEN AMIGO ANDRÉS RUIGOMEZ.

LA GUITARRA.

JUNTO Á LA CUNA.

EN EL ÁLBUM DE MERCEDES.

 Á MI ANTIGUO AMIGO ADOLFO MALATS.

LA CONCIENCIA. PROBLEMA.

AMOR Y RESPETO.

Á UN AMBICIOSO.

 AL PRÍNCIPE DE NUESTROS CRÍTICOS, Á MI RESPETABLE AMIGO EL SEÑOR

DON MANUEL CAÑETE.

MEDITACION.

 Á MI HIJA MARÍA.

LA PLEGARIA POR TODOS. (Traducción de Víctor Hugo.) FRAGMENTO.

 AL INSIGNE AUNQUE POCO CONOCIDO POETA DON JOSÉ ANTONIO PAZ.

ÚLTIMO ASILO.

 Á MI QUERIDÍSIMO AMIGO EL FÁCIL É INGENIOSO AUTOR CÓMICO DON

MIGUEL RAMOS CARRION.

OTOÑO.

¡MÁS!

EN EL ABANICO DE MI HIJA MARÍA.

Á MI MADRE.

 AL DISTINGUIDO CRÍTICO, MI MUY QUERIDO AMIGO DON EDUARDO DE

CORTÁZAR.

MÚSICA CELESTIAL.

 AL EXCMO. SEÑOR DON FRANCISCO BARCA.

¿ES VERDAD?

 AL ILUSTRE AUTOR DE LAS DOLORAS Y LOS PEQUEÑOS POEMAS, AL

EMINENTE POETA DON RAMÓN DE CAMPOAMOR.

¡COSSÍ FAN TUTTI!

AYER, HOY Y MAÑANA.

A MI ESPOSA.

{IX}

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PRÓLOGO.

I.

a aparicion de las poesías de Don José Campo-Arana,es una de tantas respuestas victoriosas como la realidad ofrecediariamente á los empeñados en la triste tarea de probaral público que atravesamos un período de paralizacion yesterilidad artística; privando al talento del entusiasmo y dela fé, únicos estímulos que para él dejaná nuestra desangrada patria los que más prosaica yventajosamente la explotan.

{x}No hay que negarlo; los mercaderesestán aposentados en el templo del arte, y el público sehace su primer cómplice concediendo decidida proteccioná todo lo malo y escatimándola á todo lo bueno:lo que vive cuando todo conspira á su muerte, tendrádesgracia sin duda, pero no puede decirse con fundamento que carece devitalidad.

El arte vive, y vive tan sólo de sí mismo en nuestrasociedad indiferente, aturdida, ávida siempre de sensaciones yembotada para los sentimientos. Nada puede el arte esperar de ella:ella, por el contrario, debe esperarlo todo de él. El arteregenerará á quien le abandona; el arteenseñará á pensar á quien los hechos noinspiran una reflexion; el arte enseñará á sentirá quien las desventuras que directamente no le tocan, arrancantan pocas lágrimas.

El arte alienta y crece en España como una flor fraganteentre pavorosas ruinas; y esto no

{XI}esmenester probarlo: basta con tomarse el sencillo trabajo de verlo.

Nuestros pintores, áun despues de muertos Rosales yFortuny, hacen el primer papel en los talleres de Roma, en losmercados de París y Lóndres; y si consiguen sobreponerseá las exigencias de una moda estúpida, que tiendeá empequeñecer el tamaño y el asunto de susconcepciones, los nombres de Velazquez y Murillo no serán losúnicos que pronuncie la posteridad con cariñosorespeto.

La música, desde que Gaztambide, Barbieri y Monasterioecharon sobre sí la difícil tarea de descubrir ánuestro filarmónico pueblo tesoros para él ignorados,ensancha su esfera de accion en España. Marqués colocasus inspiradas sinfonías, sin extrañeza de nadie, conaprobacion de todos, al lado de las de Mozart y Beethoven, y Arrieta yCaballero engrandecen poco á poco la zarzuela para que, en diano {xii}lejano, la noble aspiracion de laópera española se convierta en hermosa y firmerealidad.

Aunque la escultura no hubiera producido en nuestra épocaotra cosa que la estátua, tan bien concebida como ejecutada,del torero moribundo, que tanto nos hizo admirar y sentir en laúltima exposicion, y los nombres de Ponzano, Suñol, losVallmitjana y tantos otros no gozaran de reputacion europea, aquelatrevido intento, aquella estética innovacion, seríatriunfo suficiente para la gloria de la más ingrata de lasartes.

En cuanto á la literatura... La grandeza del cuadro impone yespanta, pero su hermosura atrae y hace irresistible el deseo deensanchar el ánimo con el placer de su descripcion.

En el centro, en la cumbre del lienzo, se destaca una figuraamable, sonriente, serena, que goza en vida de la estimacion y de lafama que la muerte concede á tan pocos: es un anciano

{xiii}en cuya mirada brillan juntamente eltalento y la bondad con la misma fuerza, en cuya sien los laureles sontantos como las canas venerables: es el autor de Los Amantes deTeruel y de La Ley de raza y de las Fábulas y de LosCuentos: es D. Juan Eugenio Hartzenbusch. La época literariaque le cuenta dentro de sí, que le mira como su patriarca yáun le ha contemplado recientemente lanzar destellos dulces ypuros como los de un sol de primavera en su ocaso, no puede seracusada de esterilidad; tiene que ser respetada, si no envidiada, decuantas le sigan en la sucesion de los tiempos.

Al lado de D. Juan, y rodeándole con cariño, haytántos, que nombrarlos á todos, áunteniéndolos presentes, es empresa mayor de lo que pareceá primera vista. Ved allí á D.

AntonioGarcía Gutiérrez, al ilustre veterano del teatroespañol, á quien los años parecen rejuvenecer elalma; que todavía dá, que todavía {xiv}ha de dar muchas obras á laescena que honró con el Trovador y con Juan Lorenzo (dramasuperior al público que creyó juzgarlo y secondenó á sí mismo), para gloria suya y aliento yenseñanza de la juventud, que reza sus versos como las ancianaslas oraciones de sus devocionarios. Ved más alláá Manuel Tamayo y Baus, que no contento con la reputacion quebasta á todos los hombres, ha querido conquistar dos, y tomandoel pseudónimo de Joaquín Estébanez, ha acometidoy llevado á cima con Un drama nuevo la temeraria empresa deeclipsar al autor de Virginia y La Locura de amor. Junto áél y cogidos de sus manos, como un hermano afectuoso el uno,como un maestro y un padre el otro, están Manuel Cañetey D. Aureliano Fernandez-Guerra... Manuel Cañete, el poetainspirado y elegante, el restaurador de nuestro primitivo teatro, elcrítico á quien la fuerza, la violencia del amorá lo bello encarnado en su {xv}espíritu, le obliga hasta áser cruel y despiadado con lo malo; Fernandez-Guerra, el sabioinfatigable, el sabio poeta, á quien acusan de soñadoren sus juicios los que no comprenden que, á veces, tiene queinventarse cosas que no sepa para estudiarlas, porque cuantohumanamente se puede saber está ya tan bien colocado en sucerebro como los libros en una biblioteca. Esforzad, esforzad laturbada vista y descubrireis más rostros conocidos ysimpáticos. Rosell, el docto Rosell, cuya prosa sólopuede rivalizar con sus versos; Escosura, siempre elocuente en susescritos, siempre chistoso en su conversacion, siempre benévolocon la juventud de que eternamente formará parte; Arteche, elsevero, inimitable historiador de la Guerra de la Independencia, elnarrador ameno de la vida de Un soldado español de veintesiglos; Valera, el naturalmente correcto autor de Pepita Gimenez; Campoamor, el que hasta nombre ha tenido {XVI}queinventar para su poesía, tan singular y extraña comoavasalladora del ánimo y de la atencion; Oliván, elhablista rival de Cervantes y de Moratin, el que posee en su pluma unavarita mágica que hace brotar poéticas flores sobre losproblemas económicos y sobre las leyes agrícolas;Balart, el ingenioso crítico que vuelve sobre su olvidada plumapara terror de los poetas chirles, para regocijo de los que arrancanun elogio á su censura severa y sana; Canalejas, el amenopreceptista; Selgas, el incansable rebuscador de retruécanos yparadojas, el terrible censor de las modernas costumbres; Nuñezde Arce, el viril cantor de las angustias de la patria; Silvela, elfino y cáustico Velisla; Frontaura, el ingeniosísimoretratista del pueblo; Luis Guerra, el biógrafo, el vengadordel autor insigne de La verdad sospechosa; Castro y Serrano, el quefué á Suez sin moverse de Madrid, el que escribiólas Cartas trascendentales, y {xvii} La Capitana Coock y LasEstanqueras; Alarcon, el Testigo de la guerra de África, elviajero De Madrid á Nápoles... Mil más queconvierten el grupo de los escritores que tienen ya basada ensólido cimiento su reputacion, en un inmenso océano decabezas.

A su lado, y como huyendo avergonzados de la compañíade los demás, nos muestran la espalda los tránsfugas dela literatura; los que van á buscar en la política,más que el nombre que su natural disposicion les brindaba, undescrédito probable por el pronto, y, á la larga, elanatema ó el olvido.

No es insignificante el número de los que en otro extremodel cuadro se impone al cansancio de nuestros ojos con la viveza yanimacion de sus figuras. Echegaray, el hombre de ciencia, elpolítico, aparece en primer término al frente de laalborotada multitud de los Zapata, los Herranz, los Sanchez de Castro,{xviii}Gaspar, Calvo y Revilla, Barrera,Valcárcel, Bustillo, Balaciart, etc., etc., etc., trocando elcompás por la pluma, y trasformándose de un golpe en elautor dramático más atrevido de su época.

Vedlos á todos, entusiastas soldados del arte, escalar lasásperas alturas que guian á la cumbre donde se asientael templo de la Fama, enardecidos por la fé que rebosa en susalmas, por la hermosura de la conquista, y no ménos que portodo eso, por las voces del ilustrado y benévolo Navarrete, delático Sanchez Perez, del tan discreto como bilioso Revilla, deljuicioso y noble García Cadena, del entusiasta Alfonso, delconcienzudo Cortázar.

¡Estéril el período literario que atravesamos!¿Vale la pena tan peregrina acusacion de que nos ocupemos deella un momento más?

{XIX}

II.

Hace algunos años, ofrecía la Plaza de Santa Ana unaspecto muy distinto del que ahora presenta; y, sin duda porque el queestas líneas escribe la contemplaba entónces con losaduladores ojos de la adolescencia, infinitamente más bello.Verdad es que la fachada del teatro Español no ostentaba losprimores del revoque moderno, que confunde en sabrosísimoconsorcio los edificios públicos y los platos de huevos molesadornados de clara batida, donde las Góngoras lucen lahabilidad de sus manos para delicia de los fieles golosos; verdad esque aquella tierra inculta no se habia engalanado todavía conla improvisada exuberancia de la naturaleza municipal; pero no esménos cierto que la Plaza de Santa Ana, sin sus tenduchos demadera en {xx}que los gorriones morian tan rabiosos ydesesperados como Werther, en que los grillos se ensayaban para cantarzarzuela, en que los titís y las cacatúas daban con susasquerosas miradas y con su coquetismo, abundantes pruebas de que losvicios y flaquezas son lo que más une al hombre con losanimales; sin todo eso, repito, la Plaza de Santa Ana será todolo que se quiera... menos la Plaza de Santa Ana. ¿Quién,cuando muchacho, no se ha extasiado ante aquellos destartaladoscajones? ¿Quién, por el módico precio de doscuartos, no ha comprado, al mismo tiempo que la pobre víctima,el cargo de verdugo, ejercido con tanta inocencia como resolucion? Yosé de un niño (cuyo nombre reservo para no ofender lamodestia y resucitar los remordimientos en quien ya es hoy un hombremuy barbudo y que peina canas); yo sé de un niño que, alcumplir los nueve años, repasó la lista de sus avicidios, y, ménos sanguinario

{XXI}queTenorio, sintió profundo arrepentimiento y vivo deseo deenmendar de alguna manera sus crímenes, y ya que no pudo deciraquello de

Si buena vida os quité,

buena sepultura os dí...

porque los cadáveres se habian extraviado porel garguero del gato de su casa, pidió á su padre (no alpadre del gato, al marido de su madre) dinero para comprar todos losbilletes de la próxima extraccion de lotería; medioingenioso que habia imaginado el infante para sacar el premio gordo,comprar con él todos los pájaros de la Plaza de SantaAna, y en un dia y una hora darles libertad.

¡Dulce, encantadora edad de la infancia, en que lo feo esbonito, toda ambicion posible, y hasta los remordimientos se presentancon forma cómica!

En un ángulo de la plazuela, se alzaba por el {xxii}año de 1868, y debe alzarsetodavía (el regente de la imprenta no me dá tiempo paraaveriguarlo), una casa de tres pisos y un solo balcon en cada uno,propiedad de una maestra de niñas, que tenia amiga en lacalle de Belen, y que, para cierto objeto que más adelante sedirá, cayó en gracia (el cuarto, no lamaestra,—esto de escribir de prisa tiene muchos y gravesinconvenientes) á unos cuantos jóvenes, escritores unos,que no escribian; estudiantes otros, que no estudiaban, y empleadoalguno, que empleaba el tiempo en no asistir á la oficina.Aquel cuarto, tan reducido que bien hubiera podido llamarse ochavo,constaba de un pasillo estrecho, que parecia ancho á fuerza deser corto, un gabinete donde bien podrian caber seis personas depié, pero incómodamente, y un balcon á la plazade los pájaros.

Cuando los mancebos en cuestion se dirigieron á supropietaria y le manifestaron el atrevido

{xxiii}pensamiento de alquilarlo, lailustrada y nariguda maestra de niñas estuvo indecisa largotiempo: el que ellos tardaron en reunir, escudriñando yvaciando los bolsillos de todos, la escasa cantidad á quemontaba el mes adelantado y el de fianza. Sin embargo, sus temores,que entónces ni siquiera sospecharon los inquilinos, eraninjustos y probaban que la maestra de niñas sabíamás de lo estrictamente necesario para dar buena educacioná unas cuantas señoritas.

Aquella habitacion se habiaalquilado para trabajar; para,—huyendo de lloros de niñosy cánticos de criadas en las respectivas casas de losmozalvetes, y de la inspeccion más bien intencionada querígida de la familia,—dedicarse á lo que formabatodo su encanto: emborronar cuartillas y hacer artículos que seinsertaban de balde en el Cascabel ó en el Museo Universal(y resultaban caros), componer versos indignos hasta de losperiódicos {XXIV}de modas, dramasdestinados á ser rechazados por todas las empresas, y otrashazañas por el estilo.

¡Cuán dichosa tarde, aquella en que sentados en elsuelo al rededor de una silla de Vitoria, ante una humeante ponchera,se inauguró lo que desde luego fué bautizado con elpoético nombre de El Nido, y se acordó por unanimidadla conveniencia de amueblarlo... si la próxima sesion habia delevantarse con pantalones completos. Uno llevó las sillas aldia siguiente (¡cuántas noches debió soñarel sillero con que se habia ido á Sevilla!); otro unamáquina de café; otro una coleccion de retratos dehombres célebres; otro una pipa para fumar él y llenarel cuarto de peste y de humo, asegurando que así lo calentaba,y otro una estera de verano, aprovechando la circunstancia de serinvierno,—con lo cual lograron hacerse en Diciembre la ilusionde estar en Agosto y llegar á Junio {XXV}conla estera tan rota, que con barrer un poco quedó hecho eldesestero.

La vida de los habitantes del nido era tan dulce como la de todoslos que esperan, como la de todos aquellos para quienes en el despachodel teatro de la ilusion no ha aparecido aún el fatídicoletrero de «No hay billetes.» Casi todos eranrepublicanos, y no eran más, porque no habia más queser; y el único decididamente afiliado en el partidoconservador, pensaba con seriedad en la conveniencia de escribir undrama político-filosófico-social probando que loscasamientos de Estado son una infamia intolerable, que un rey debecasarse por amor y dar su mano á una fregona de palacio, siésta, con la bondad de sus prendas y la belleza de su palmito,ha logrado inclinar el ánimo de S.M. desde las ventanas de larégia cámara hasta los respiraderos de las régiascocinas.

{xxvi}Todos los habitantes del nido erancríticos entónces (apenas habian escrito nada quevaliese algo todavía), y á haberles conocido lasempresas, les hubieran prohibido la entrada en sus teatros las nochesde estreno. Siempre recordaré (eternamente impreso lotendrá alguno de aquellos jóvenes... en la mejillaizquierda) el lance acontecido la noche que por primera vez serepresentó cierta bufonada en el coliseo de Jovellanos. Loscarteles anunciaron el desafuero contra el arte, y aquella alborotadajuventud se posesionó del centro de la galería baja,dispuesta á vengar las injurias que, no sin razon, daban deantemano por inferidas á su ídolo. El públicosensato se mostraba descontento, los alabarderos aplaudianmás furiosamente á medida que perdian la esperanza devencer en aquella jornada, y su jefe, harto ya de oir los dicteriosque contra la pieza proferia el más procaz de los habitantesdel nido, encaróse {XXVII}con él,y díjole:—«¿Cuántos años tieneusted, caballerito?»—«Quince, para servir áusted,» contestó el interrogado con un aire que desmentialo compuesto de las palabras.—«Y ¿no le gustaá usted esta obra?» tornó á preguntar eljefe de alabarderos.—«Nó, señor,»tornó á contestar aquél, y añadióacto contínuo:—«Y á usted ¿leagrada?»—«A mí me parece una obra muyaceptable,»

repuso el imprudente amigo de la empresa. Nuestrojóven le miró de alto abajo, yexclamó:—

«Pues compadre, está ustedadelantado, para la edad que tiene!» Frase que le valióun coro de carcajadas de todos los que le rodeaban, un tremendobofeton del militar-paisano, y la probabilidad de pasar la noche en laprevencion con todos sus compañeros, que salieron bizarramenteá su defensa.

Justo es decir que los que en ciertas ocasiones se mostrabanimplacables, eran cuando se estrenaba una obra de algun autor demerecido {xxviii}crédito, los que conmás placer le palmoteaban y con más entusiasmo pedian sunombre.

Las ideas revolucionarias que los dominaban en política, losavasallaban tambien en literatura; y para ellos lo másexagerado era siempre lo mejor.

De resultas de una discusion comparando el romanticismo y elclasicismo, el busto de Molière salió desterrado del nido, y aún me parece leer sobre sus paredes la quintillaescrita con carbon un dia que se recordaron las burlonas censuras deMoratin al autor de La vida es sueño.

Os indignais sin razon

Contra ese ultraje tan ruin;

¿Puede, en ninguna ocasion,

Amenguar un MORATIN

La gloria de un CALDERON?

Los caractéres de los habitantes del nido, corrianparejas, por lo distintos, con los muebles

{xxix}de la salita. Todos, y esto era loúnico en que se parecian, eran aspirantes á escritor;á excepcion de dos, cuyas obras habian sido aplaudidas por elpúblico, y que sin tener en cuenta esa circunstancia, sedignaban mirar como compañeros á los demás. Erael más viejo, y era y es bien jóven aún, uno cuyonombre es ya garantía para el público que asisteá los estrenos de sus obras, de que va á pasar una nochefeliz: tanta es la habilidad con que sabe disponer la sencilla ynatural trama de sus piezas: tanta y tan fina es la sal con que sabeaderezarlas y servirlas al público, su infatigable convidado.De mediana estatura, delgado, nervioso, su cabeza ocupaba casi unatercera parte de su cuerpo; quebrado el color, rayando en bilioso, unmechon de alborotados cabellos negros adornaba su despejada frente yentonaba la dureza de líneas de aquella nariz aguileña,de aquellas cejas desiguales que daban sombra á unos ojos en{xxx}que la impaciencia, la sutilidad y laastucia eran tres amigas que contínuamente caminaban del brazo.¿No le conoces, lector? ¿No le has visto salir áescena estas noches? Es Miguel Ramos Carrion, el autor de Un sarao yuna soirée, y de La gallina ciega, y de Esperanza, y del Cuarto desalquilado, y de Los doce retratos, y de La mamápolítica, y de una obra que se representará en breve yacabará de consolidar su reputacion.

Miguel ¡quién lo diria conociendo sus obras! eradesgraciado: ya no lo es; ya su trabajo basta para sostener las cortasnecesidades, la existencia preciosa de su madre, y el recuerdo deltiempo malo sólo puede ser para mi amigo el fondo negro, que noes triste, puesto que hace destacar la claridad del primertérmino. Miguel, luchando con innumerables contrariedades detodo género, escribia artículos, hacía versospara mil objetos distintos, traducia en tres dias una pieza {xxxi}ó una zarzuela que soliarepresentarse con ajeno nombre, y en vano pedia á los sucesosun momento de tranquilidad para hacer al fin algo más digno desus envidiables facultades. Sus compañeros del nido se lasreconocian á coro, sostenian su fé vacilante, y hoysienten tanta felicidad por su suerte como orgullo por no haberseequivocado en sus pronósticos.

No puedo dejar de hablar de Ramos sin nombrar al que, unidoconstantemente á él, lo completa como la postdataá la carta en que falta algo. Me refiero á ciertoestudiantillo de taquigrafía, asturiano de profesion, de almade niño, de corazon de hombre, nacido para tener un amigo, yá quien todos desean tener por tal. Toribio Granda idolatraá Miguel Ramos como la madre quiere á su hijo, y leadmira sinceramente y le gruñe sin cesar, y sufre másque él, que es cuanto se puede decir, la noche en que estrenanalguna obra,—obra {XXXII}que la nochedel estreno es tan de Toribio como de Miguel;—que tiene tantainfluencia sobre Ramos, que, á veces, hasta le hacetrabajar.

Al nido pertenecia tambien otro pájaro que despues hatomado vuelo por las regiones de la política, y sabe Dios hastadónde llegará. Hasta donde quiera, porque, hoy comoentónces, todos sus compañeros reconocen en élmás talento que en ninguno y ménos discrecion paraemplearlo y convertirlo en otra cosa que en un perro que muerdeá su amo. Adolfo Malats era, al formarse el nido, cuandoél no habia aún soltado el cascaron, un muchacho rubio,largo, paliducho y ojeroso.

En su mirada lánguida se veiacontínuamente prematuro cansancio: en su frente cubierta depelo no se adivinaba la inteligencia, pero allí estaba, y estoes lo principal; en sus labios desdeñosamente plegados, unasonrisa fria helaba de pena á sus amigos, que le miraban hartodel mundo sin conocerle, incrédulo {xxxiii}sin creerlo él mismo, holgazancon terrible trabajo, murmurador sin interés y perdiendolastimosamente el tiempo con la serenidad del que se las echa ácorrer con un chiquillo y le dice:—«Anda, llévameun cuarto de hora de delantera, que yo te alcanzaréántes de cinco minutos.» Adolfo Malats, la memoriamás feliz, el juicio más hábil para tropezar enuna cosa con el defecto, la imaginacion más ingeniosa delmundo, uno de los hombres que tienen más talento para encerrarun tomo en una frase, para estarse una semana contando cuentos quenadie sabe, era el año de la fundacion del nido un hombre demucho talento que no habia encontrado todavía el sentido comun.Hoy sus palabras y su conducta parecen anunciar á la vez elhallazgo. Adolfo Malats era el aficionado á todo (pero elaficionado inofensivo, el que no ejerce); nuestro consultor, el quecon un elogio, rarísimo en su boca, nos hacía felices.Hombre {XXXIV}de condicionesbuenas y malas más diversamente mezcladas, dudo que hayaexistido jamás; mejor amigo de sus amigos, corazon másnoble para gozar con la felicidad ajena, alma más libre (y secomprende bien) de envidia por nadie ni por nada, eso sí puedoafirmar rotundamente que jamás ha existido.

Tipo bien opuesto al de Adolfo, es Andrés Ruigomez, el autorde Silvestre del Todo, que no sé cuándo acabaráuna preciosa novela de costumbres que en Francia haria su reputacion ysu fortuna; que hoy, alejado de la literatura, entregado á lasnobles tareas del foro, quizá le reserva la suerte unaexistencia más desahogada y tranquila que la de suscompañeros, si bien todos éstos la miraránsiempre como propia y creerán que en su querido Andréshan mejorado de fortuna.

Andrés era el padre grave de lareunion; el padre grave por la seriedad de su cara, por lo reposado desu voz, por la entonacion {XXXV}verdaderamenteforense con que ya entónces explanaba sus originalesteorías sobre arte, sobre política, sobre religion ysobre todo. Andrés se las echaba de hombre de mundo, y apenasera hombre mundano; Andrés se las echaba de hombre libre depreocupaciones, y hasta mucho despues de aquellos venturosos dias noha logrado verse libre de la preocupacion de no tener ninguna;Andrés se las echaba de hombre formal, y él era elúnico que mientras hablaba conservaba la cara séria,resalte el mejor de sus chistes. Talento sólido y bien nutrido,sagaz observador y pintor felicísimo de costumbres,Andrés Ruigomez hubiera alcanzado en Francia, con aliento parasus primeros pasos y recompensa para sus primeros merecimientos, unareputacion no menor que la de Paul de Kock, á quien vence en laprofundidad de las ideas y no cede en la fuerza del chiste.

Tipo bien opuesto tambien al de Adolfo, era {xxxvi}el de otro personaje que no quierobosquejar, para irme directamente á la figura principal de micuadro, que tambien se crió al calorcillo del nido: el autordel presente libro, mi querido amigo Campo-Arana.

III.

Don Quijote le llamaban sus compañeros; y hoy, que ya estodo un guapo mozo, no parecerá imprudente confesar que el motele estaba como anillo al dedo. Y Campo recordaba á D.

Quijotepor algo más que por lo seco y desgarbado de su cuerpo, loavellanado del rostro y el rumbo de los bigotes: por lo exaltado de suimaginacion, pronta en hacerle recibir como realidades sussueños de cada momento, infatigable para persuadirle ácreer que está en verso nuestra existencia, contra {xxxvii}la opinion de un personaje de comediadel pobre Luis Eguílaz.

Campo se ha pasado, y se pasa, y sepasará la vida (porque es el individuo del nido ménossujeto á cambio), tomando por gigantes los molinos de viento, ypor castillo la venta tan justamente antipática á SanchoPanza.

Campo era, de todos sus compañeros, el que ménosversos hacía y el más poeta sin duda alguna. Si el queescribe estos renglones no creyera firmemente que el artista es echadoal mundo por Dios, ni más ni ménos que el ave, quesiempre encuentra las yerbecillas que han de alimentarla mejor,creeria con no ménos seguridad que Campo-Arana era un talentoperdido á quien habian faltado favorables condiciones dedesarrollo. Pero quien repare un poco en la vida de los hombresnotables que honran á la humanidad, comprende desde luego queShakespeare, con una vida más tranquila, con una instruccionmás sólida, quizás {xxxviii}hubiese escrito dramas ménosgigantescos; que Moratin, nacido en el siglo XVII, acaso no hubieratenido un talento bastante enérgico para salir de la oscuridad;que Hartzenbusch, ménos sabio y despues de arrojar en LosAmantes de Teruel todo lo que un hombre solo puede inventar, acasohubiese valido ménos, mientras la musa inquieta y viva deNarciso Serra probablemente se habria muerto de fastidio en la fria,aunque sana atmósfera de una biblioteca. Campo es poeta deimpresion; ha recibido impresiones, posee el don de expresar de unamanera siempre clara y á menudo elegante sus pensamientos:Campo es lo que puede ser. No hay que indignarse con el pez porque noande, si sabe nadar bien, ni echar en olvido la fábula deIriarte, que nos presenta al ganso haciendo de todo un poco, yhaciéndolo todo como quien era.

Campo no es un sabio; pero con que nadie {xxxix}se lo conozca en sus escritos, con queposea la principal sabiduría del hombre de letras (la de saberbien qué es lo que no sabe, para no hablar de ello), éltiene bastante y el lector de sobra.

Su primer maestro ha sido el mejor: la naturaleza vista átravés del sentimiento propio. Algo ha modificado esaespontaneidad la influencia que sobre él ha ejercido la lecturafrecuente de los poetas alemanes: influencia ménos perjudicialen Campo que en otros escritores, por ser ménos opuestaá la índole del talento de nuestro autor, á cuyoespíritu soñador y vago ha debido sucederle con las odasy baladas del inmortal autor del incomparable Wallensthein, lo queal viajante que hallándose en tierra extranjera, oye por azarpalabras del habla nativa de labios de un natural delpaís.—Poeta dramático Campo, de no vulgarescondiciones, siempre valdrá cien veces más como poetalírico: así se nos presenta en su primera obra deimportancia, {XL}el presente tomo depoesías, y así debe juzgársele. Bien ha hecho enbautizarlo con el nombre de Impresiones; difícil seríaencontrar otro que le sentára mejor. Porque la poesía deCampo es eminentemente individual, verdaderamente lírica.Así como en el drama el autor no debe aparecer nunca (mas queal final, cuando el público le aclame), el soneto, la oda, laelegía, son como la máscara por que hablaban los actoresgriegos y latinos con la voz natural, pero aumentada para que llegaseá todos los ámbitos del anchuroso coliseo. Lasimpresiones de Campo-Arana, producirán impresiones en ellector. Casi cuantas contiene el tomo están inspiradas por unsuceso real siempre, cuando ménos en la mente del poeta; con locual basta para que nazcan con la vida que sólo de la mente delpoeta han de recibir. Por eso unas podrán leerse conménos agrado que otras, pero ninguna con indiferencia: por eso{xli}tambien nos sorprenderá ladiversidad de su género, nos extrañará y hastanos disgustará la diversidad, la oposicion de juicios yopiniones que se observa en ellas. Este tomo es la vida de su autor,cuyos sucesos pasan rápidamente á nuestros ojos, comocincuenta figuras distintas se reflejan á la vez una tras otra,en los contínuos, diversos y paralelos espejos de uncafé. El autor no nos engaña; en su introduccion nos lodice bien claro: allí hace su programa, y más adelantelo cumple... El lector debe darse por satisfecho: ¿quémás podria pedir un pueblo á su gobierno ó undistrito á su diputado?

He dicho ántes, y vuelvo á afirmarme en ello, quenadie leerá con indiferencia este tomo de poesías. Todoslos que han vivido la existencia agitadísima de nuestrasociedad, donde los sentimientos se tropiezan, se chocan, se confundenen el corazon, como la gente á la salida

{xlii}de un teatro, encontraránaquí á cada paso la expresion exacta y concisa de suspropios sentimientos. Muchos dirán: «¡Québien dice el autor lo que tan bien he sentido yo!» Y¿cómo no ha de apreciar el público un libro quele parecerá escrito por él? Este es, á mi pobrejuicio, el triunfo más completo del poeta lírico.Después de publicar Becquer sus admirables Rimas, que hanhallado eco en todas las almas, y Nuñez de Arce sus robustasinspiraciones, que ya saben de memoria todas las personas de buengusto, la poesía que consiste en la pulcritud, en el aseo,por decirlo así, de los versos, ha muerto ya y estáenterrada para siempre. En literatura, la forma y el fondo son lo queen la humanidad el cuerpo y el alma; el cuerpo es la hermosura, elalma la bondad, y ésta, sólo ésta, es inmortal.Si aquél sobrevive en las obras del ingenio, es porque todo sevuelve alma en ellas, como en el hombre cuando {xliii}traspasa el umbral terrible de lainsondable eternidad.

¿Será esto querer sostener que las poesías deCampo son perfectas? Nada más léjos de mi ánimo.Acercáranse más á la perfeccion y estarian, talescomo son ellas y la índole del talento poético de suautor, más léjos de la belleza artística. Ellector encontrará en las Impresiones estilo frecuentementeincorrecto, versos flojos y desaliñados, imprudencias de asuntoy de frase, falsedad y contradiccion en los juicios; todo mezclado ycompensado con bellezas de primer órden, de esas que saltaná la vista del lector ménos perspicaz, como ciertasmujeres hermosas, de provocativa belleza, se nos entran por los ojos,atrayéndonos con sus miradas.

Campo, que posee una facilidad, á veces lamentable, paraexpresar sus pensamientos, paga á menudo una licenciapoética, que pudiera haberse excusado, con mil primores;á la manera

{XLIV}(yperdóneseme lo vulgar de la comparacion por lo que tiene deexpresiva), á la manera del niño que promete á sumadre no salir de casa en todo el domingo si le perdona media hora deescuela para ir á bañarse al rio con suscompañeros... donde de milagro no se ahoga y de seguro seresfría.

Otra ventaja hay en los versos de Campo: rara vez deja de acudir lainspiracion á su llamada.

Para nuestro amigo, es siempre lapoesía una amante esposa que se entrega con tranquila felicidadá su marido: nó la pobre mujer que fuerza un soldadotebrutal y feroz.

Campo, esto no se puede negar, canta tan á menudo lo quesiente como lo que no siente, y creo en conciencia que él mismono lo distingue: el poeta cantará siempre mejor lo que creesentir que lo que siente en realidad... ¡Ay! Siexpresáramos bien lo que á veces sentimos,¿qué poeta no sería gran poeta? La verdad {xlv}del sentimiento no logra nunca salir porentero del corazon: ha echado en él raíces: al exteriorbrotan únicamente las ramas, ¡y éstas son talesque parecen árboles! Campo escribió indudablemente lahermosa poesía que me hace la honra de dedicarme (una de lasmás defectuosamente bellas de la coleccion) un dia que habiasostenido una discusion con un clérigo carlista,enterádose del asesinato legal de Reus y leido alguntratado de filosofía alemana...

Pero aquí han terminado mis observaciones sobre su libro. Enliteratura, divido yo los críticos (¡cuántas vecesme han dividido y me dividirán ellos á mí!) endos clases. Pertenecen á la primera los que acogen sinprevencion, con benevolencia, las primeras obras de un jóven,saben y comprenden lo difícil que es ponerse, sóloponerse, en el camino de la perfeccion artística, y censuran lomalo sin acritud, ensalzan lo bueno con expansion, y hacen {xlvi}con el principiante en tandifícil carrera lo que el hábil doctor con el enfermo deque se encarga: lo animan, lo confortan, le prescriben elrégimen más propio para su restablecimiento, y le hacenconfiar en la conquista de la salud.

Pertenecen á la segunda clase, los críticos paraquienes todo es malo, para quienes nadie sabe nada, para quienes nadiedebe escribir; que vierten hiel sobre las primeras ilusiones de unalumno de las Musas, que mutilan sin piedad sus composiciones,ensañándose en ellas con tanta fé comoalevosía, como cristiano contra moro. A éstos no lesllamo yo críticos, sino verdugos de los que en tiempos detriste recordacion atenaceaban el cuerpo, sacaban los ojos y cortabanlas orejas á los delincuentes... todo con el objeto dedecidirlos á la enmienda.

Sin ciencia ni entendimiento para lo primero, me encuentro condemasiado buen corazon para {XLVII}lo segundo, ydejo el libro de mi amigo querido á los que de una clase y deotra no faltan en nuestra república literaria: á losprimeros se lo abandono con alegría y confianza; á lossegundos... por fuerza se lo entrego.

IV.

Llego aquí fatigado, jadeante, como el que ha hecho unalarga jornada, con gusto, pero con precipitacion excesiva, y conozcoque he dicho muchas impertinencias, algunas verdades, y varias cosasque podria haber reservado para mejor ocasion... Sin embargo, ya escostumbre (y costumbre mala, de dificilísimo destierro por lotanto) que al frente de toda nueva publicacion vayan unas cuantaspáginas escritas con el objeto de que nadie las lea: Campo hapuesto empeño en que el prólogo de sus versos {xlviii}lleve mi firma; yo he dejado hablarpor cuenta propia al corazon y á la fantasía: ycomprendiendo, aunque algo tarde, que mi prólogo podria carecerde interés, por lo ménos, una reflexion me consuela detodas las demás. Si el prólogo no se ha de leer,más vale que sea mio que de una persona autorizada.

CÁRLOS COELLO.

{1}

INTRODUCCION

MELANCOLÍA.

Yo padezco, lector, frecuentemente,

—sin que sepa la causa verdadera

ni si es cosa del cuerpo ó de la mente,—

una tristeza amarga, que inclemente

me domina, me rinde y desespera.

La sangre que en mis venas comprimida

caminaba en raudal impetüoso,

parece detenerse en su carrera,

y sin calor, sin fuerza, empobrecida,

{2}

se desliza con paso perezoso

como si en mí la vida se extinguiera.

La luz no hiere con su lumbre pura

mis ojos apagados

donde ántes su fulgor resplandecía,

y á través de una niebla siempre oscura

miro la alegre claridad del dia.

No hay eco que hasta mí llegue distinto,

ni idea que despierte mi entusiasmo;

no hallo placer que excite en mí el instinto,

ni dolor que me saque del marasmo.

Dios, la gloria, el amor, la patria, el arte,

ídolos de mi ardiente desvarío,

sólo me inspiran pesaroso hastío;

que parece domar mi sér inerte

la calma precursora de la muerte.

Un remedio á mi mal buscando en vano,

ya me siento al piano

{3}

y recorro con mano perezosa

las teclas de marfil de uno á otro extremo,

modulando en su marcha caprichosa

extrañas melodías

en las que siempre va del alma parte,

llenas de extravagantes fantasías,

sin hilacion, sin formas y sin arte,

brillantes una vez y otra sombrías;

canto salvaje que mi mente eleva

sin que el arte lo cubra con su manto,

que el viento nunca lleva

á donde yo lo envío;

notas de una oracion ó de un lamento

que nadie escuchar quiere,

y que van á perderse en el vacío

ignoradas y solas,

como el grito del náufrago que muere

en el rumor de las revueltas olas.

Ya el exánime cuerpo abandonando

á la extraña inaccion que le avasalla,

{4}

los tristes ojos á la luz cerrando,

sin que la voluntad le oponga valla,

dejo á mi pensamiento libre vuelo;

mas de un sueño imposible en pos se lanza,

y vaga en loco anhelo

de un recuerdo á un dolor ó á una esperanza,

de una idea á otra idea,

sin conseguir hallar lo que desea.

Ya queriendo fijar mi pensamiento,

sobre el blanco papel la mano puesta,

expresar con palabras mi ánsia intento;

y comienzo novelas y canciones,

y poemas, y dramas, y cien cosas

que no pasan jamás de tres renglones.

Fragmentos que conservo en mi cartera,

que leo con el alma estremecida,

porque en esos fragmentos está entera

la historia de mi vida.

Mas todo en vano: ni en los dulces sones

de la rica armonía,

{5}

ni en las anchas regiones

donde mi pensamiento desvaría,

llenas de luz, de amor y de belleza,

puedo encontrar alivio á mi tristeza.

Si vuelvo á Dios el ánimo contrito

y piedad de mi pena le demando

con humilde fervor y acento blando,

el aliento maldito

de la duda cobarde y acerada

á envenenar mis pensamientos viene,

y en mis labios detiene

Una oracion apenas comenzada.

Vuelvo entónces los ojos á la tierra

y de mí se apodera horrible espanto

al ver los séres que en su seno encierra.

Unos con rabia atroz, otros con llanto,

alzan al cielo punzador gemido,

y el de unos en el de otros confundido,

{6}

en concierto infernal, que crece y crece

como el mar al alzarse enfurecido,

hacen llegar sin tregua hasta mi oido

un grito de dolor que me enloquece.

Por fin, tras largas horas

de ignorado martirio, el mal se aleja

trocándose en hondísima amargura

que ya nunca me deja.

Entónces, á mi afan suelto la llave

y escribo, sin pensar adquirir gloria

ni de fama ó de títulos ansioso,

—que esa ambicion en mí fuera irrisoria.

Escribo, como llora el desgraciado,

como canta el alegre; porque el pecho

es para el hondo sentimiento estrecho

y se desborda el duelo ó la alegría,

ésta con expansiva carcajada,

aquél en una lágrima sombría.

{7}

Escribo sin buscar otra ventura,

sin anhelar más precio á mis canciones

que desahogar un poco mi amargura.

No busques pues, lector, en mí al poeta

ni al hablista galano,

ni al pensador severo:

Dios me negó favor tan soberano

y yo que fiel su voluntad venero,

á mi modesta inspiracion me allano.

Dotes tan altas, ni fingirlas puede

el mortal á quien Él no las concede.

Mas no por eso cesará mi canto,

que en el concierto inmenso,

de la tibia mañana

que la dulce y alegre primavera

con aromas y flores engalana,

del grillo entre las yerbas escondido

el ingrato chirrido,

{8}

se une al canto de amores regalado

del pardo ruiseñor enamorado,

y al zumbido monótono y constante

del insecto infeliz, el tierno arrullo

de la tórtola amante

y del arroyo el plácido murmullo;

y de unos en la de otros confundida

la voz, ésta apacible, aquélla ingrata,

forman, por atraccion desconocida,

el himno poderoso de la vida

que en los aires fermenta y se dilata.

{9}

¿DÓNDE ESTÁ?

¡Oh! sí: para vivir, yo necesito

lucha, esperanza, amor.

Los instantes de dicha y de abandono,

ciclo de la pasion;

la duda inquieta del desden fingido,

tormento abrasador,

que con lágrimas baña las pupilas

y de ira el corazon;

el tembloroso afan de la respuesta

y del primer favor;

el nervioso delirio de los celos,

que turba la razon.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

{10}

Mas ¿dónde hallar una mujer que sepa

comprender mi dolor?

¿Dónde encontrar una mujer, esclava

del mismo afan que yo?

¿Una no habrá en el mundo que me escuche,

que sienta así el amor?

¿Una no habrá en el mundo, que me quiera

mentir por compasion?

{11}

¡SOLO!

Solo... Solo... Siempre solo,

siempre solo con mis penas!

Solo mientras dura el dia,

solo en la noche serena,

solo cuando pienso en Dios,

solo al pensar en la tierra,

solo cuando canto alegre,

y solo con mi tristeza!...

Solo siempre... Mas ¿por qué,

esa soledad eterna?

Es ¡ay Dios! que el alma mia

no ha hallado su compañera,

{12}

y siento que me hace falta

la mitad de mi existencia;

es que soy un pobre loco,

ó la humanidad entera

es ménos buena que yo,

y que su maldad me aterra;

es que el mundo me rechaza,

ó que mi alma le desprecia,

porque en él, ¡ay! no ha podido

encontrar su compañera.

Es que yo adoro las lágrimas

y el mundo se rie de ellas;

es que es mi ambicion muy grande

ó que mi alma es muy pequeña:

es que siempre, combatido

por encontradas ideas,

fluctúa mi pensamiento

por que la verdad no encuentra;

es que no tengo la fé

del mártir ni del poeta;

{13}

es que todos mis dolores

son despreciables miserias

que no levantan el ánimo

y que las fuerzas enervan;

es que anhelo un imposible,

delirio de mi tristeza;

es que me falta un apoyo

á que asir mi mano trémula;

es ¡ay Dios! que el alma mia

no ha hallado su compañera.

Es que me siento vencido

en esta lucha suprema,

y no hallo un amante seno

donde apoyar mi cabeza,

y á cuyo tibio calor

resuciten mis ideas;

es que veo, á mi pesar,

cerradas todas las puertas,

y sólo me ofrece asilo

la muerte... Quizás en ella,

{14}

al otro lado del manto

que la eternidad nos vela,

mi alma que triste y doliente

su camino hace en la tierra,

podrá conseguir su anhelo:

encontrar su compañera.

{15}

ÁNSIA.

Y qué ¿de esta inquietud jamás postrada,

de esta lucha sin tregua que en mí siento,

de este loco y altivo pensamiento,

¿no habrá de quedar nada?—¡Nada!...—¿Nada...

La pobre flor en el pensil tronchada,

deja sus hojas y su aroma al viento;

la ola al besar la playa, su lamento

deja, y la linda concha nacarada.

Yo tambien dejar quiero mi memoria;

aunque agostado como débil lirio,

quiero esculpir mis huellas en la historia.

Quiero que un dia el mundo con delirio

orne mi tumba con laurel de gloria...

Laurel de gloria, ó palma de martirio.

{16}

SÚPLICA.

¡Ay Dios! ¿No quereis decirme

dónde la podré encontrar?

Largos dias há, su huella

busco con ardiente afan...

Yo quiero verla un instante...

Un instante nada más.

Yo ahogaré en mi pecho el grito

de inmensa felicidad

que al volverla á ver de nuevo

el amor me arrancará.

Yo la dejaré camino

viéndola, triste, pasar

{17}

sin pedirle una sonrisa

que calme mi ardiente afan.

Yo me esconderé en la sombra

cual medroso criminal...

No buscaré su mirada...

Su voz no me arrastrará...

La veré como un delirio

irrealizable y fugaz...

Mas... quiero verla un instante,

un instante nada más.

—Por Dios, ¿no quereis decirme

dónde la podré encontrar?

{18}

DIOS.

Lucha tenaz; mi espíritu se aterra,

y en vano busca el insoluble arcano

tras de el que en pos, el pensamiento humano,

riñe consigo mismo cruda guerra.

¡Dios! ¡Un tiempo tirano de la tierra!

¡Terrible agitador del Occeano

que sumerge azotándola inhumano

la pobre nave que en su seno encierra!

Mas nó; los elementos obedecen

sólo una ley, y ante ella, cual el suelo,

los infinitos mundos se estremecen.

Mintió quien en tu sér forjó su anhelo...

—Mas... ¿por qué mis pestañas se humedecen

al levantar los ojos hácia el cielo?

{19}

SOMBRA EN LA LUZ.

I.

A mi ruego tenaz por fin rendida,

ella, oculta en la sombra, me esperaba,

y yo, de orgullo y gozo el alma henchida,

buscándola, en la sombra caminaba.

Sólo la tibia luz de las estrellas

mis pasos alumbraba:

su pálido fulgor me parecia

aún más alegre que la luz del dia.

II.

Al dejarla, sus tintas de oro y grana

esparcia en el cielo la mañana,

{20}

y cuando el sol se alzó en el horizonte,

pensando en la victoria

que al dulce amor debia,

yo no sé qué sentia

que en medio del recuerdo de mi gloria

triste la luz del sol me parecia.

{21}

Á CÁRLOS COELLO.

NOSCE TE IPSUM.

¡Rey de la creacion, hombre! Despierta.

Sál del letargo en que sumido vives,

abre una vez á la verdad tus ojos,

si á resistir su luz tu vista acierta.

Despierta contemplando los despojos

de tu pobre grandeza,

mezquino sueño de tu sér soberbio.

Despierta con presteza,

baja del trono de oropel y harapos

que rico solio en tu locura crees.

{22}

Suelta el cetro de caña con que riges

el engañoso mundo que posees,

y sombras vanas con afan diriges.

Deja caer la máscara arrogante

con que encubres tu bajo pensamiento

de bien y de grandeza vergonzante.

Hipócrita insensato,

que de soberbia en insondable abismo,

en tu loco arrebato

te mientes la grandeza áun á tí mismo.

¡Ah! no es ciego extravío

la fuerza poderosa que arrebata

la templada razon, y se apodera

del pensamiento mio.

Nó; no es la duda ni la envidia artera,

no es la fiera afliccion de la amargura,

ni el débil grito del herido esclavo.

La envidia mata, si la duda altera,

la amargura tan sólo el llanto funde,

la cobardía besa al que la azota.

{23}

Yo vivo y pienso, y, al error atento,

del tirano el poder no me confunde

ni doblego á su antojo el pensamiento;

pues sé que ante la voz conmovedora

de la santa verdad, en su flaqueza

caerán, sobre su asiento mal seguros,

como de Jericó los anchos muros,

sus sueños, su poder y su grandeza.

Y esa verdad sus alas me ha prestado,

á su cielo de luz me ha conducido,

y ora desesperado,

ora preocupado ó divertido,

al ver el hombre desde allí he llorado,

y volviendo á mirarle, me he reido.

Envidia ó egoismo; ese es el hombre

por más que luche en disfrazar su anhelo

con un hermoso nombre.

Llama amor al deseo disoluto

á que rinden tributo,

{24}

sin la inmunda torpeza á que él se entrega,

el ave, el pez, el bruto,

la misma flor inmóvil que despliega

su cáliz á la brisa y al rocío.

Llama ambicion á la locura ciega

que tenaz le persigue hasta en sus sueños

sin que olvido ó reposo se demande,

no por ser él más grande,

sino por ver á los demás pequeños.

Llama equidad á la ruïn codicia,

llama heroismo al crímen más sangriento,

saber á la malicia,

redencion al tormento,

y á la venganza bárbara, justicia.

Ciencia al enmarañado laberinto

en que su limitada inteligencia

se pierde errante sin hallar salida;

alma á su ciego instinto,

al vil temor prudencia,

fé al fanatismo ciego,

ley al hierro homicida,

y á la inaccion estúpida, sosiego.

{25}

Caridad á la dádiva avarienta,

migaja de su mesa suntüosa,

que presta, haciendo cuenta

de recobrar crecida

de la mano potente y dadivosa

de un Dios que se ha forjado en otra vida.

Y se cree un sér grande porque siente

afectos que orgulloso diviniza,

cuando acaso los miente.

¡Amor de patria! dice, imaginando

que es privilegio la atraccion sagrada

que hace al ave viajera

amar á la enramada

donde elevó su voz por vez primera,

donde pasó el estío,

donde vuelve á anidar la primavera.

¡Razon! exclama con acento grave,

y áun blanquean al sol en la llanura

las osamentas de cien mil soldados

que asesinó su bárbara locura;

el paso de la fiera muchedumbre

áun destroza la miés de la campiña,

{26}

y cadáveres mil ensangrentados

alimentan las aves de rapiña.

¡Arte!... Tal vez tan sólo ese deseo

es en él verdadero y grande y puro...

Tal vez... Mas, ese mismo sentimiento,

¿no es acaso el altivo desvarío

de hallar de Dios el ignorado asiento,

adivinar su imágen escondida,

sorprender su existencia en un momento,

y robarle el secreto de la vida?

{27}

LA VUELTA.

—Cuando tras tanto penar

llegas, cubierto de gloria,

á gozar de la victoria

al amor de nuestro hogar,

dime: ¿Qué negro pesar

turba, hermano, tu alegría?

¿Qué negra melancolía

te entristece á nuestro lado?

—¡Ay, Julián! ¡Que me ha olvidado