Honor de Artista by Octave Feuillet - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

que

Pedro

soportara,humillación que venía a hacer más punzante el efectuado enlace deBeatriz con Fabrice; por todas estas razones temió una escena dedespecho, quizás de cólera y reproches, pero, por ventura de lainteresante dama, su temor se hubo de disipar, por cuanto el marqués sepresentó ante ella un poco pálido, es verdad, pero tranquilo, cortés yaun sonriente. Después de haber respondido casi alegremente a laspreguntas sobre su viaje se dirigió a la vizcondesa:

—Querida amiga mía—le dijo—, aún voy a abusar otra vez de suamistad... Tengo que pedirle un consejo.

—No sé cómo después de lo pasado, es usted todavía tan magnánimo comopara tomarme por consejera—replicó aquélla con tristeza.

—Siempre tendré un honor en que sea usted mi confidente...

no sé quélínea de conducta debo seguir con Fabrice... No es para usted un secretola estrecha amistad que nos unía de años atrás...

Carezco de motivosfundados para romper mis relaciones con él... pero antes de ir a verloquisiera cerciorarme de si mi presencia en su casa no sería un mal ratopara él, para su mujer y para mí... En una palabra, ¿supone usted que laseñorita de Sardonne, mejor dicho, la señora Fabrice... haya puesto enantecedentes a su marido acerca de los sentimientos que su mujer meinspiró en el pasado, y de las pretensiones que a la mano de aquéllaabrigué?... Usted comprende que si es así...

—Excúseme usted si le interrumpo—exclamó la vizcondesa—

, pero puedodar a usted garantías a este respecto... Ayer mismo he visto a Beatriz,y como la conversación recayese sobre su regreso de usted, me dijoaquélla que, después de haber pensado mucho, había resuelto no hacerjamás aquella confidencia a su marido, porque consideraba que eso sería,de una parte, turbar gratuitamente su reposo, y, por la otra, faltar ala delicadeza por lo que a usted se refiere.

—Entonces, ¿cree usted que puedo presentarme en casa de ellos sininconvenientes?

—Sin duda, y aun creo que los inconvenientes estarían en no hacerloasí, porque Fabrice no se podría explicar su abstención, buscaría lacausa y caería en sospechas del cuál fuese ella, lo que para nadie seríauna ventaja. Le aconsejo, pues, que poco a poco corte usted relacionesque por fuerza no le han de ser gratas, pero sin romperlas bruscamente.

—Tiene usted razón... Iré... Es más, voy a ir en saliendo de aquí...¿cree usted que los encontraré en casa?... ¿La señora de Fabrice hafijado un día de recibo?

—Sí, los lunes... hoy es martes... pero tiene usted seguridad deencontrar siempre a Fabrice en su taller... y probablemente también a sumujer, porque me parece que aquél está haciendo su retrato.

—¡Ah! ¡eso me interesará!

Habló Pedro en seguida de bailes, de teatros, y a poco se despidió de laseñora de Aymaret. Al darle la mano le dijo ésta conmovida:

—¡Muy contenta de verle tan prudente!

—¡Señora, los viajes son un gran calmante!—contestó riendo, y partió.

Al cumplimentarlo la vizcondesa por su prudencia esperó provocar unaexpansión confidencial que mucho ansiaba, porque después de haber temidopor parte de este enamorado con tanta crueldad desahuciado violentostransportes de enojos, creyó descubrir en sus claras intuiciones demujer que, bajo aquella tranquilidad seca y fría, se ocultaba algoterriblemente alarmante, porque si esta indiferencia de Pierrepont erasincera, acusaba una ligera y casi despreciativa inconstancia que elbello sexo no admite en estos asuntos de corazón; pero con el íntimoconocimiento que del carácter del marqués poseía, temía más bien queesas apariencias glaciales encubriesen una de esas heridas tanto másterribles cuanto que no están sino cerradas en falso.

Diez minutos después Pedro entraba en casa de Fabrice; por la indicaciónde un criado subió directamente al taller del pintor con la antiguaconfianza de los pasados tiempos: llamó ligeramente, y alzando unacortina encontróse cara a cara con Beatriz, cuyos labios seentreabrieron para lanzar un grito apenas contenido merced a un duroesfuerzo; estaba sentada a pocos pasos del caballete de Fabrice, con unlibro en una mano y acariciaba con la otra la suelta cabellera deMarcela, arrodillada a sus pies. En medio de aquella grande estanciasobriamente decorada tenía lugar una de esas escenas íntimas queadmiramos en los viejos cuadros de los maestros flamencos donde lasnobles alegrías del trabajo parecen aliarse con las más dulces ideas dedicha y de paz.

Jacques prorrumpió en una exclamación de alegría, corriendo hacia Pedro,a quien la cordial acogida del pintor certificó en seguida de ladiscreción de Beatriz. Gracias a la narrada circunstancia pudo elmarqués cumplimentar con más libre espíritu a los recién casados,haciéndoles mil elogios de su instalación y excusándose de no haberpodido asistir a sus bodas, retenido en Malta por una graveindisposición de su amigo lord S***. La mano de Beatriz posada sobre lacabeza de Marcela abríase y cerrábase convulsivamente, haciendocentellear al vario movimiento las piedras de sus sortijas, y éste fueel único signo de emoción que diera la hermosa desposada. Dio ésta lasgracias a Pedro por el brazalete enviado de Londres, prenda queencontraba del mejor gusto, informándose después del sincero interés ¡lanoble criatura! de la salud de la señora de Montauron y respondiéndolesu sobrino que continuaba tan lozana como en sus mejores tiempos. Pareceocioso añadir que nadie creyó esto, ni aun el que lo afirmaba; pero,como a todos les tenía sin cuidado la baronesa, no se insistió sobre esepunto, y así, el marqués, después de prodigar sus alabanzas al esbozadoretrato, que en efecto prometía ser una obra maestra, se despidió delos recién casados.

Y se retiró llevando impreso a fuego en su imaginación el cuadro de esteinterior honrado y venturoso, que es la idea perdurable de los hastiadosvividores de su edad, hogar que él mismo había soñado con tan sinceroardor.

¡Ay! ¡qué engañosas son con frecuencia esas escenas de aparente dicha!¡Cuántas veces al penetrar en la intimidad de un salón de familia,cuántas veces al pasar delante de la verja de alguna riente quinta,bañada por el sol, rebosando de flores, alegrada por la argentina risade los niños, hemos dicho: ¡he aquí la dicha!... ¡Y cuántas veces noshemos engañado!

Tal cual la vio, oyó y admiró Fabrice por la primera vez en el blancosalón de la baronesa, con su belleza de Musa y su voz grave y melodiosa,tal está Beatriz delante de él en estos momentos... Y Beatriz es sumujer: tiene allí, además, bajo su vista, cerca del corazón, su hija ysu arte, es decir, todo cuanto ama en el mundo... y no es dichoso... Lasvenenosas insinuaciones

de

la

señora

de

Montauron

voltejean

traidoras,implacables por su cabeza. Le parece advertir en los procederes deBeatriz hacia él algo así como una especie de tristeza resignada, unacarencia de amante abandonado, cierta frialdad un tanto desdeñosa queparecen justificar las pérfidas profecías de la baronesa. Aunque aquellahermosa estatua le pertenezca, siente que no es suya, que hay en ellaalgo que se rebela, un fondo de ternura apasionada que no se entrega,que se guarda como en reserva. Y como le es imposible sospechar siquieraque en el corazón de su mujer tiene un rival, se culpa a sí mismo, y unpoco también a lo que le rodea. Experimenta una inquietud indefinible,se vigila con penosa desconfianza a sí mismo; teme que haya en sulenguaje, en sus maneras, en sus hábitos personales algunas torpezasinvoluntarias que hieran los instintos delicados, los refinados gustos,la superior cultura de su aristocrática consorte, y al mismo tiempotiembla por el vejamen que para ella puede ser el contacto con ciertasrelaciones un poco vulgares que el oficio y el compañerismo imponen alartista.

Por desgracia, las aprensiones que asaltan a Fabrice no se hallandistantes de la certeza; aunque lo haya aceptado únicamente pordesesperación, Beatriz ha entrado en casa del pintor como mujer honrada,con la más sincera resolución de sofocar todo sentimiento encontradicción con sus nuevos deberes, y decidida firmemente aidentificarse con su marido; pero aunque estime sus talentos, hay en elarte del pintor algo de manual, un no sabía qué de mercantil que chocabaa esta altiva patricia. Nota también ella y nota con dolor, casi conira, en los pequeños detalles de la vida común, ligeros solecismos debuen gusto, pecados veniales de ignorancia, faltas de menor cuantíacontra ciertos principios, que denuncian en el pobre grande hombre lasexplicables lagunas de su educación primera, y las mujeres del temple yclase de Beatriz perdonan con más facilidad un vicio, tal vez uncrimen, que una incorrección.

Conociendo Fabrice la pasión de su mujer por los ejercicios del sport,quiso que ella volviese a montar a caballo y aun él mismo se había dadoa la equitación hacía dos o tres meses, acompañando frecuentemente a sumujer en sus paseos matutinos al Bosque. Jacques era un jineteatrevido y sólido, pero montaba mal, sin escuela y sin elegancia: sumujer se sentía avergonzada, y buscaba las más de las veces un pretextocualquiera para no acompañarlo, prefiriendo privarse de su placerfavorito antes que ver sonreírse al pasar su marido, a los correctosjinetes de la avenida de las Acacias.

Había más todavía: contábanse entre los íntimos del taller de Fabrice,cual acontece en todos aquellos, algunos aficionados y compañeros dejuventud del pintor, formando más o menos en las filas del arte y de laliteratura, cuyo tono y manera disgustaban extremadamente a Beatriz yera en vano que el artista pretextase su apremiante trabajo, era en vanoque se esforzara en desalentar a estos parásitos contertulios, conespecial a aquellos que se distinguían por sus procederes y maneras debohemios. Contábase en el número de estos últimos, uno que, paradesgracia de Jacques, se creía éste en el deber de tolerar; llamábase eltal Gustavo Calvat, era hermano de la primera mujer de Fabrice y, porconsecuencia, tío de Marcelita; sus relaciones con el pintor remontabana la época, ya lejana, en que los dos fueron discípulos de idénticomaestro en el mismo taller. El punto de partida era, pues, común, peromientras Fabrice, por el no interrumpido esfuerzo y constante y austerotrabajo, llegara poco a poco al ápice de su arte, Gustavo Calvatembotaba sus aptitudes y perdía lastimosamente el tiempo en palabras,proyectos, teorías, críticas trascendentales y elucubraciones estéticasque le conquistaban la admiración del bulevar de las Batignolles...

«Tú hablas mucho y dibujas poco», le decía sobriamente Jacques.

Calvat se llevó mucho tiempo buscando qué género de pintura podríaconvenir mejor a su siglo y a su talento, creyendo varias veces haberloal fin encontrado. Durante un viaje por Italia, que hizo a costa deFabrice, se había decidido con ardor por los pintores primitivos, yvolvió no hablando sino de Duccio, Cimabue, Giotto, Tadeo Gaddi, elMassaccio y el Perugino, entonando himnos interminables a los mosaicosde San Miniato y a la simplicidad hierática de los bizantinos. «En esasfuentes frescas

y

puras

era,

según

él

decía

con

churriguerescaverbosidad, en donde debían vigorizarse las anémicas artes del sigloXIX. Él, personalmente, se hacía el apóstol y el precursor de un nuevoRenacimiento... porque él, Calvat, había penetrado por maneraindestructible, la inspiración y los procedimientos de esos inimitablespatriarcas de lo bello...

¿Y cuáles eran esos procedimientos?... Lasinceridad... el candor... la fe... El artista debía principiar porborrar de un rasgo la historia del mundo, a contar del año 1400...olvidar redondamente que ha habido un Lutero, un Voltaire, que se hatomado la Bastilla... era preciso no acordarse del 89...

etcétera,etcétera... cerrar los ojos, recogerse en sí mismo...

arrodillarse enespíritu en medio de un capítulo de viejos monjes del siglo XIV...Después abrir de nuevo los ojos y mirar al cielo piadosa, humildemente,cual un niño que reza su oración... Y

entonces... entonces... tomar lapaleta y pintar.» Y esto diciendo, trazaba en el aire con contorsionesde poseído el disparatado bosquejo de una obra maestra imaginaria. Eracurioso, en verdad, ver a Gustavo desarrollar esta teoría dando a sucara de bohemio aires de vidente, mientras hacía muecasprerrafaélicas.

Después de haber hecho una Anunciación, de estilo bizantino, y una Santa Familia, sobre fondo de oro, quedó desazonado, cobrando horror alos primitivos (había de qué). Pasó después a imitar los maestrosvenecianos... luego la escuela flamenca y holandesa que tanto seaproxima a la naturaleza... después pintó la naturaleza, misma... ¡Estefue el último crimen, porque sus obras, que nunca fueron buenas,concluyeron por ser aborrecibles!

Fabrice procuró en vano hacerle comprender que el arte de ninguna maneraconsiste en servilmente copiar a la naturaleza, la que en sí misma esinerte y muda, sino en reflejar sobre ella las ideas que sucontemplación sugiere a nuestra mente, prestándole un algo de esa almaque nosotros poseemos y de que ella carece; pero Calvat al oír tanexactos y atinados razonamientos, rompía en indignación, apostrofando asu cuñado de ser pintor de damiselas, de paisajista de corte, enviándolopor fin a esa repulsiva fosa común del ya difunto idealismo, es decir,la Academia.

Jacques, por íntima complexión bondadoso, reía a más no poder de lagárrula charla de Gustavo y de su pintura por el método de lasgesticulaciones, mas lo que no le perdonaba fácilmente era el desordende su vida, que entera se deslizaba en cafés y cervecerías, y aun más lodisgustaba el perverso espíritu de envidia, la hostilidad maldicientecon que denigraba a todo lo que valía más que él. A pesar de todo,Fabrice continuaba acogiendo amistosamente a este triste pariente y aunsacándolo de muy repetidos aprietos monetarios, y se conducía así porqueen su piedad de hombre honrado consideraba que aquél era el hermano desu primera mujer, criatura que, si enojosa en vida, reposaba ya en lahuesa, después porque Calvat tenía un mérito siempre grande a los ojosde un padre; el de amar a su hija divirtiéndola al mismo tiempo, porquecon sus tendencias y aficiones a la mímica, le representaba escenas deGuignol, imitaba el grito de diversos animales y los sonidos de variosinstrumentos: era, en suma, un farsante que, con sus mil arlequinadas,arrancaba a la niña esas infantiles carcajadas que suenan tan gratas enlos paternos oídos.

Desde el primer momento este joven avejentado, gritón, charlatán,maltrecho de traje y no limpio de persona, con nariz como pico de avecarnicera, pegajoso bigote, dudosas uñas y marcado olor a tabaco ycerveza, inspiró a Beatriz la más profunda antipatía. Cierto es que sehabía sentido conmovida ante las razones de sentimiento en que su maridofundaba su tolerancia, mas no por eso dejaba de ser para ella unacontrariedad de las más fuertes tener que sufrir a la continua el tratoy la presencia de semejante documento.

Calvat vio por su parte con muy malos ojos el matrimonio de Fabrice conesta gran dama, cuyos desdenes presentía, y que iba a ser un fiscalimplacable de sus habituales inconveniencias, y además le molestaba queahora cada vez que iba a ver a su sobrina tenía que ponerse paquete.¡Trascendental motivo de rencor! Aparte del cual inspirábale Beatriz esaaversión odiosa que sentía por todo lo que fuese superior, a él, ora enel orden físico, ya en el moral e intelectual. Por último, se sentíainquieto en el único honrado sentimiento que le restase, temiendo que lanueva esposa de su cuñado no le arrebatara la afección de Marcelita aquien, en su entender, alejaría de él poco a poco la altanera madrastra.

Por todas estas comprensibles razones, tanto Calvat aborrecía a Beatrizcuanto ésta lo despreciaba, y la mutua antipatía de estos seres, unidospor diabólico designio, no podía menos de crecer más, y más emponzoñarsecon el transcurso del tiempo.

X

CONFIDENCIAS

Debe reposar sobre algún principio científico, será tal vez un fenómenode sugestión, ese afecto constante, seguro y marcado de todos losmaridos hacia el hombre que sus mujeres aman. El pobre Fabrice no debíaescapar a esa fatalidad: desde el regreso de Pierrepont mostraba por élaún más efusiva amistad que en los mejores tiempos del pasado, lo quequizás explicaba, el deseo de ganar para Beatriz la compañía de un tanconsumado y brillante hombre de mundo cual era el marqués. Habiendomostrado éste una muy natural reserva en renovar sus visitas a la jovenpareja, el pintor le dirigió reproches y lo mortificó a este respecto deuna manera hasta enojosa; de todas las involuntarias torpezas en queincurrir pudo ante los ojos de su mujer nuestro pintor, no fue ésta laque menos dejó de chocarle, porque olvidando que Jacques ignoraba enabsoluto el recíproco secreto de ella con Pierrepont, vio en lainsistencia de su marido para atraer al marqués al domicilio conyugaluna falta de tacto, una inhabilidad peligrosa, y lo que es más, unrasgo de maldad con respecto a ella. ¡Cómo! ¡cuando ella misma agotabavoluntad y valor por expulsar para siempre de su alma el pensamiento deese hombre, que tanto había amado, era su propio marido quien se lotraía de la mano imponiéndole su presencia turbadora!

Fue ésta una nueva inculpación que formuló contra Jacques y que, comolas otras, no tenía tampoco fundamento alguno de justicia, mas cuandouna mujer tiene la desgracia de no amar a su marido, encuentra siempremotivo para atenuar a sus propios ojos la sin razón que su concienciaíntima reprueba, y al proceder así obra de buena fe, porque para su almaulcerada todos son sufrimientos, para su enfermo corazón todas sonheridas.

Era, sin embargo, tan elevado el temple de carácter de Beatriz, que niun momento pasó por su mente la idea de ceder a la tentación, abusandode la vulgar ceguera de su marido; persistió, pues, en la conducta quede antemano se había trazado al prever, más o menos tarde, la vuelta dePierrepont, y fue para ella tanto menor dificultad tenerlo a distancia,cuanto que Pedro procuraba, por su parte, altivo y desdeñoso, mantenerselejos de Beatriz, prefiriendo los reproches del marido al desprecio dela mujer.

Fabrice, sin embargo, aunque sintiendo amargamente la frialdad sombríaen que su mujer se encerrara, no desconfiaba vencerla a la larga enfuerza de generosas y delicadas atenciones.

Después de haber consentidoy mimado de todas maneras durante el invierno a su ingrato ídolo, letomó para el verano una linda quinta entre Meudon y Bellevue, cuyaquinta tenía, entre otras ventajas, la de aproximarla a su amiga laseñora de Aymaret, quien pasaba el estío de aquel año en Versalles.

Lamansión, con frecuencia habitada por pintores, era bastante sencilla,pero dominaba el radiante valle del Sena, mientras que a sus espaldasdesarrollábase el siempre grandioso panorama de París. La planta baja seabría sobre un vasto jardín que bajaba hasta el río en suave pendiente através de bosquecillos y malezas llenas de gracia en medio de suabandono un tanto agreste: próximo a la casa cierta especie decolgadizo, grande y acristalado, servía a Jacques de taller. En la partebaja del jardín una

espaciosa

avenida

rectilínea,

bordeada

de

arrayanesentrelazados, parecía por su grandioso estilo ser el resto de un parquede cualquier antiguo castillo, y un camino público, profundamenteencajonado, corría por de fuera. Esta avenida se encontraba limitada ensus dos extremidades por muros muy elevados contra uno de los cualeshabíase puesto un blanco, y en frente, al otro lado, un asiento rústico;era nuestra alameda, en fin, un lugar particularmente retirado ysolitario que hacía las delicias de la mujer del pintor. Allí pasabacierto día Beatriz sus ensueños, y era una ardiente mañana de julio, afines, cuando vio aparecer en el recodo del vecino sendero a lavizcondesa de Aymaret, que le dijo en festivo tono:

—¡Estaba segura de encontrarte en la alameda de los suspiros!

En seguida, después de haberla besado:

—Vengo a darte una noticia... bastante inesperada... La pobre baronesa,que se lisonjeaba de tener treinta años por delante...

—¡Qué!—exclamo Beatriz tornando violentamente el brazo de su amiga.

—Se murió anoche, hija mía, de un ataque de gota al corazón...Pierrepont me envía un telegrama encargándome que te lo prevenga...

La señora de Aymaret se interrumpió; Beatriz, cubierto el rostro depalidez mortal, la miraba con aterradora fijeza... débil contorsiónplegó sus labios, apoyó la espalda contra los arrayanes, pero susrodillas se doblaron y cayó desplomada.

La vizcondesa lanzó un ligero grito, titubeó un momento, mas advirtiendoque se hallaba demasiado lejos de la habitación para ser oída,arrodillóse delante de la joven desmayada e hízole respirar su frasquitode sales, prodigándole al mismo tiempo dulces palabras. Beatriz volviólentamente a la vida, y mientras se levantaba desconcertada y atónita:

—¿Qué he tenido?—murmuró en débil voz.

Un pliegue sombrío obscureció su nítida frente de diosa y la sangreagolpóse a sus mejillas.

—¡Ah! ¡ya me acuerdo!

—¿Quieres que vaya y llame a tu marido?

—No... No... además, sería inútil... Está en París... ¿Tienes ahí eltelegrama?

—Tómalo.

Beatriz lo leyó, e inclinando con desaliento la cabeza:

—¡Oh! ¡Dios mío... esto es ya lo último!—dijo en casi imperceptibletono.

Y como la señora de Aymaret la mirase con estupor:

—¿Me crees loca?—continuó...—¿No te explicas la emoción que me causala muerte de esa mujer?

—No... no te comprendo... ¡pero absolutamente!

—¡Bueno! pues vas a comprenderme; pero prométeme que lo que voy adecirte quedará para siempre entre las dos.

—Te lo prometo... pero me das miedo... ¿qué es esto?... ¿qué hay?

—Hay, mi querida Elisa, que yo amaba al marqués de Pierrepont... lo amode toda mi vida... y si rehusé su mano es porque la tía me juró que lodesheredaba si se casaba conmigo...

y hoy ha muerto... ¿entiendes?... hamuerto algunos meses después de mi matrimonio con otro... si hubieseesperado este poco de tiempo sería su mujer... ahora me encuentroseparada de él para siempre... ¡y lo amo más que nunca!

Ocultó el rostro entre sus manos y rompió a llorar.

Para la señora de Aymaret, que hasta este instante mismo continuabacreyendo que Beatriz se había casado con Fabrice por un arrebato deamor, fue esta revelación tan nueva, tan imprevista, que en el primermomento no pudo responder a su amiga sino con vagas exclamaciones deadmiración y lástima.

—¡Ah! ¿pero es posible?... ¡Pobre amiga mía!... ¡Pobre amada mía! ¿Cómono me lo habías dicho antes?

Beatriz le contó entonces brevemente lo que había pasado aún no hacía unaño entre ella y la baronesa de Montauron, el juramento que ellaempeñara, juramento que la muerte rompía ahora.

—Y aun cuando hubiese podido comunicarte mi secreto, no lo hubierahecho... te conozco. Lo habrías contado todo al marqués, éste hubieraroto con su tía y vendríamos, hoy a estar en el mismo caso... ¡Su ruinaestaría consumada, teniendo yo tal vez un día que sufrir susreproches!... ¡No, eso no!... Mi única falta ha sido haber abandonado miprimera inspiración de entrar en el convento en lugar de contraer estedesdichado matrimonio, engañando a un hombre honrado.

—Pero—arguyó la señora de Aymaret—, a ese hombre honrado, que es almismo tiempo un hombre de corazón y un hombre de talento, ¿no puedesamarlo un poco siquiera?

—Lo he procurado... pero no puedo... Juzga mi situación—

replicóBeatriz con suma viveza.

Y entonces puso a su amiga en antecedentes de sus primeros disgustosdomésticos, de sus decepciones continuas, de sus repulsiones secretas.La señora de Aymaret afectó chancear acerca de estas pequeñas miseriascomparándolas con los dolores realmente trascendentales de la vida,exponiendo con mucho acierto a Beatriz que para borrar esas ligerasfaltas de educación de que adolecía Fabrice, le bastaría con dar a éste,poco a poco, y como en broma, algunas lecciones de perfecta corrección,que, a no dudar, su marido recibiría con buena, voluntad.

El verdadero dolor para Beatriz estaba en ese perturbador amor que, apesar suyo, la siguiera a su hogar, perturbador amor que la desalentabaen todos sus propósitos emponzoñando su existencia, ilegítimo afecto deque era necesario denodadamente hacer el sacrificio.

—¡Muy fácil de decir!—replicó su amiga.

Entonces la señora de Aymaret, tomando un tono confidencial, le hizoentender que ella tuvo necesidad de hacer un análogo, hacía algunosaños, y que le constaba ser difícil, mas no imposible, llevarlo acabo...

—¡Y confesarás, amada mía, que yo hubiese tenido más excusas que tú!

—¿Y de qué medio te has valido?—interrogó Beatriz, a quien estamisteriosa revelación le interesaba—¿Has dejado de verle?

—Amada mía, eso de dejar de verse no son más que palabras cuando sevive en la misma esfera social... No... pura y simplemente he cambiadomi amor en amistad... De esta manera el corazón no lo pierde todo...

Beatriz la miró de hito en hito.

—¡Ese es Pierrepont!—le dijo con voz muy baja.

—De esto hace cuatro años—prosiguió la vizcondesa—. No recuerdo quiéndistintamente... pero se parecía algo al que has nombrado... Por otraparte, puedes estar tranquila... no me quería a mí tanto como a ti...porque a mí no se me insinuó para casarme...

Beatriz titubeó un momento, pero al cabo atrajo hacia sí tiernamente asu amiga, besándose las dos en medio de abundantes lágrimas.

—¡En fin! procuraré—afirmó Beatriz—; me ayudarás con tus consejos ytu ejemplo... pero tú eres una valerosa y prudente mujercita, y yo soyun pobre ser débil y despechado... No hay mal que por bien no venga:siquiera ahora tengo el consuelo de poder hablar contigo de todas estascosas... ¡pero por Dios ni una palabra al marqués de lo que te heconfiado!...

—¡Si cometiese semejante falta—replicó la señora de Aymaret riendo—,no sería una prudente mujercita!...

Caía la tarde y las dos amigas se despidieron.

Pero Elisa vino a ver a Beatriz con frecuencia hasta tanto que parecióésta a la vizcondesa más calmada. Sin embargo, a pesar de las tiernasexhortaciones de la señora de Aymaret, era imposible que Beatriz no sesintiese profundamente turbada por las reflexiones que forzosamentehabía de sugerirle la muerte de la señora de Montauron; era imposibleque en adelante no le pareciesen todavía más pesados sus deberes,todavía más amargas sus contrariedades.

XI

«FIN DE SIGLO»

No habiendo dejado la señora de Montauron disposiciones testamentarias,venía a ser su legítimo heredero el marqués de Pierrepont, quien poreste hecho reunía en sus manos una renta de más de cuatrocientos milfrancos.

Pasó Pedro el primer período del luto cazando en los Genets y regresó aParís hacia fin de octubre instalándose en el hotel de la calleVarennes, que perteneció a su tía, pero conservando al propio tiempo suentresuelo del bulevar Malesherbes, detalle que h