Honor de Artista by Octave Feuillet - HTML preview

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porque mi sobrino, ya su capricho satisfecho, concluiría portomar aborrecimiento a la mujer que lo habría reducido a una premiosaexistencia... Verdad que hasta ahora es el heredero de mi fortuna, masen primer lugar no he muerto... y puedo vivir todavía muy bien unatreintena de años. (¡Tal era su ardiente deseo!) Y, en segundo, si Pedrose casa contra mi voluntad, no solamente tendría que dejar de contarconmigo en vida, sino lo que es más, declaro inapelablemente que lodesheredaría, sin titubear un solo minuto... ¡Por cierto que anda porahí un sobrino de mi marido que, si tal sucediera, se daría con unapiedra en los dientes!... Ahora, hija mía, que te he abierto mi corazón,como sentía necesidad de hacerlo, sólo me queda dirigirte una súplica...Ya te he dicho cuan satisfecha estoy de tus atenciones y de tuscuidados... ¿Tendré la satisfacción de saber que por tu parte concedesalguna estima a lo poco que en tu obsequio he hecho hasta ahora?

—Señora, no lo dude usted un momento.

—Pues bien, hija mía, se te ofrece la ocasión—dijo la anciana dama consolemne acento—de mostrarme tu gratitud; empéñame tu palabra deseñorita, y de señorita de noble clase, de que lo que te acabo demanifestar será para siempre un secreto a guardar entre las dos.

—Empeño a usted mi palabra.

—¡Eres un tesoro, hija mía!... dame un beso... ¿quieres decir abajo queno me aguarden para almorzar?... No me encuentro bien... Cuando me dejodominar por mi desdichada sensibilidad, me pongo mala, de seguro... Di aJuan que me suba aquí alguna cosa ligera... Lo dejo a tú elección... Yaconoces mis gustos, hija mía.

—Muy bien, señora.

Y Beatriz abandonó el gabinete..

Si algo de práctico hubo, como no puede negarse, en la larga homilía dela baronesa, será preciso excusar a la señorita de Sardonne de queverdades tales y tales advertencias no fuesen de su agrado. Lo que sobretodo le había causado disgusto profundísimo, fue la falsa bondad, lacazurra malicia, la perfecta y cruel diplomacia con que esta vieja hadade la falacia la había envuelto y torturado, a fin de arrancarle comofinal objetivo el más doloroso de los sacrificios, sacrificio mayortodavía ahora por cuanto no escapaba a la penetrante mirada de lahuérfana cómo el marqués, al mismo tiempo que no concedía a sus rivalesotra cosa que las muestras de una fría urbanidad, reservaba para ellaatenciones tan expresivas que rayaban casi en la ternura. La mismainquieta hipocresía de que la baronesa acababa de darle transparentetestimonio, decía claro a Beatriz cuánto sospechaba la vieja dama acercade las intenciones de su sobrino y cuánta rosada esperanza podía ellaabrigar en su pecho... Y, sin embargo, ahora más que nunca se encontrabaamarrada a su adverso destino, ya que no sólo había empeñado su lealpalabra a la de Montauron, sí que también teñía Beatriz en sus amantesmanos la suerte o la total ruina del hombre de sus predilecciones,porque conocía demasiado la huérfana a la baronesa para poner un soloinstante en duda que, si Pedro se casaba contra la voluntad de suorgullosa tía, no dejaría ésta por motivo alguno de poner en prácticasus fulminantes amenazas; así, pues, veíase la joven sin venturareducida a temer lo que anhelado había más en la vida, y ante el temorde verse expuesta, a prueba superior a sus fuerzas, rogaba al Cielo quesu elegido jamás llegase a amarla.

Pero ya lo era... No había sido sin reñir violentos interiores combatesque el marqués se hubiese abandonado a la pasión secreta que la señoritade Sardonne le inspirara; desde el primer día, deslumbrado por suresplandeciente hermosura, interesado por un inmerecido infortunio,púsose con prudencia en guardia contra un sentimiento cuyos peligrospreveía; pero su indispensable asiduidad hacia su tía, poniendo casidiariamente a Beatriz ante su vista, habían concluído por derrotar tansesudos propósitos. Su afición fue agrandándose al compás del tiempo, ycon el transcurrir de los días llegó lentamente a ese fatal estado enque alma, corazón y sentidos llegan a absorberse en la incontrastableatracción hacia una mujer, ella sola, ella única, ella... A fuerza deverídicos, cúmplenos confesar que el ensueño que al marqués inspiraranlos sombríos y profundos encantos de la hermosa lectriz, no tomó desdeluego la forma de un meditado matrimonio; Pierrepont se hallaba muylejos de ser un malvado, pero había vivido demasiado en el mundo yprecisamente en ese mundo

en

que

los

crímenes

de

amor

encuentran

siemprecomplacientes jueces;

además,

la

pasión

tiene

avasalladoras exigencias,y cuando la mujer entra en juego no hay nunca perfectos caballeros,presintiendo que sería de todo punto imposible obtener de la baronesa unconsentimiento trastornador de todos sus planes, un momento se agitó enel alma de Pedro la idea de la seducción, pero ese fondo de honor yrectitud que formaban su carácter íntimo acabó por hablar, imponiéndose,y el amor quedó subsistiendo tan ardiente y más puro. La ejemplarconducta de Beatriz en la situación penosa y delicada que la desventurale había aparejado, tocaron el corazón del marqués en su más noblesitio, porque esta joven probada y purificada por la adversa suerte,esta joven seria, bella, casta, realizaba el ideal que él se habíaforjado de la mujer para llenar su hogar, para ser honor y encanto de suprivado techo.

Su prolongada residencia en los Genets, aproximándolo aún más a laseñorita de Sardonne gracias a cotidianas relaciones, fue exaltando supasión de día en día, hasta ese punto en que ella puede ser rebelde ysorda a los argumentos de la razón, a los dictados del propio interés.

El de Pierrepont, en el asunto de su matrimonio, era por manera tanclara y evidente obedecer a su tía ciñéndose, a sus inspiraciones, quedesconocerlo así habría sido demencia consumada, y como a aquél no seobscurecía esta circunstancia, la lucha que venía sosteniendo entre supasión y su razón tomaba por estos días el más punzante y lúgubreaspecto. Decíale su buen sentido que, a ceder a sus íntimossentimientos, concertaba un matrimonio de amor, corría el casi seguroriesgo de perder con las buenas gracias de su tía la fundada esperanzade su rica sucesión, y, en consecuencia, podría caer en estado de muyprecaria fortuna, mensajera de duros sacrificios; no era un niño; sabíalo que cuesta el vivir; conocía de memoria cuán caras son lasdistracciones en la alta sociedad parisiense; caballos, teatros, lujo;sería necesario, pues, renunciar a todo eso, y lo que es peor aún,imponer a aquella que iba a ser su mujer privaciones idénticas.

¿Se amarían bastante en el futuro para que sus recíprocas ternurasviniesen a compensar todo lo que faltarles pudiera en presente yporvenir? Horas había en que así lo pensaba en la amante efusión de sualma, otras corrían en que la idea de sus gustos contrariados, de suporvenir sin esperanzas, de su mujer en la estrechez, lo clavabandesalentado en el umbral de sus resoluciones...

Tres días después de la entrevista que celebrara con su tía y en la cualentrevista había a medias librado a aquélla su secreto, tal vez porinadvertencia, quizás con intención, presentóse Pedro a mediodía encasa, de la vizcondesa de Aymaret. Encontró a esta señora leyendo en elterrado que se prolongaba entre la puerta de su salón, mientras que susdos hijos de blondas cabelleras jugaban a sus pies.

—¡Dios mío! ¿qué sucede?—decía la vizcondesa a Pierrepont que lasaludaba—; ¿qué hay?... ¡Qué pálido está usted!... ¿Está usted malo?

—¡Absolutamente!—replicó Pedro sonriendo—. Solamente vengo a pedir austed un favor un tanto enojoso... ¿Podría hablar a usted un momento asolas?

La vizcondesa echóle sorprendida y curiosa mirada.

—¡Entremos!—replicóle después.

—¿Puedo cerrar las puertas?—preguntó el marqués.

—¡Ciertamente!

Pierrepont cerró las ventanas sentándose a algunos pasos de lavizcondesa.

—Cuando decía a usted el otro día durante nuestra navegación quedesearía tomar mujer por elección de usted, declinó usted esaresponsabilidad, pero al mismo tiempo creí comprender que un nombreestaba a punto de caer de sus labios...

—¡Es posible!

—¡Dígamelo!

—¡Nunca!

—¿Ni aun cuando yo rogara que tuviese usted a bien ofrecer mi mano a suamiga Beatriz?

—¿De veras?—murmuró la vizcondesa.

—No me permitiría jamás, vizcondesa, la broma más leve en asunto tanserio.

Un relámpago de intensa alegría iluminó de pronto el gracioso rostro dela señora de Aymaret, y lanzando un grito de contento, tomó vivamentelas manos de Pedro, diciendo a éste:

—¡Ah! es usted un perfecto caballero.

—¿Quedamos, pues, en que se encarga usted de mi embajada?

—¡Ya lo creo!—replicó la encantadora vizcondesa saltando de gozo.

—Pero, puesto que es usted un poco confidente de la señorita deSardonne, ¿no puede usted calcular cómo acogerá la misiva?

—Debo decirle con franqueza que no conozco absolutamente sus íntimossecretos... si los tiene... Pero, en fin, según lo que yo me imagino,quedaría más que sorprendida si su demanda de usted no fuera bienacogida.

—Usted sabe muy bien que no soy rico—añadió Pedro con cierta timidez.

—Para ella lo es usted... ¡pobre Beatriz!... y además...

Aquí interrumpióse de súbito y preguntó a Pierrepont:

—¿Qué dice de esto su tía de usted?

—No dice nada, porque nada sabe.

La señora de Aymaret se incorporó bruscamente en su silla.

—Pero, querido amigo, eso es muy grave... puede usted encontrar en suoposición un obstáculo invencible.

—Puede proporcionarme la oposición de mi tía una grave contrariedad,mas suscitarme un obstáculo invencible, no, porque desde el momento quehe dado cerca de usted este paso es que estoy decidido a todo.

—Amigo mío, bien sabe usted que su matrimonio con Beatriz ha sidosiempre mi más cara ilusión... pero soy demasiado amiga de usted para nopreguntarle si ha reflexionado usted maduramente sobre las posiblesconsecuencias que para usted pueda tener su resolución.

—Todo lo he previsto, mi buena amiga... Es evidente que mi tía, queabriga sobre mí otros proyectos, se mostrará al principio muyirritada... Sin embargo, me parece que el cariño que me tiene no esgrande, en tanto que es muchísimo su apego al nombre de familia, de queyo soy el único representante...

Fundándome en esto, no desespero detraer a mi tía a la razón a fuerza de cariño y de buenos procederes...aunque no se me oculta que corro el riesgo de enajenarme su voluntad enel presente y quizás en el futuro... Faltaría a la verdad si no leconfesase a usted que me sería doloroso renunciar a las esperanzas demejor posición que por ese lado abrigo... pero aún es para mí másingrato abandonar este proyecto de casamiento con su amiga de usted, enque fundo mi dicha... Todo lo que deseo es que la señorita de Sardonneacepte mis proposiciones dignándose concederme su mano, sin que entre ensus designios ser mañana la poseedora de una fortuna que puede muy bienescapársenos... ¿Puedo contar absolutamente con usted a fin de que leindique cuál puede ser nuestro porvenir si mi tía me deshereda?

—Ciertamente puede usted.

—Usted sabe mi fortuna personal... Usted sabe que es muy modesta...pues bien, que la señorita de Sardonne no lo ignore.

—Creo que Beatriz se preocupará bastante menos que usted de esosdetalles...

Tiene

naturalmente

gustos

elegantes

y

distinguidos, porquees una gran señora... pero suelen ser las grandes señoras las que mejorsaben llevar, si el caso se presenta, una vida modesta y sencilla...Sin embargo, déjeme usted reflexionar un poco.

Apoyó el brazo sobre el velador, dejando caer en la mano su adorablecabeza, y después de meditar un momento preguntó a Pedro, cubiertas derubor las mejillas, si le causaría invencible sonrojo aceptar una noabrumadora ocupación que pudiera añadir a sus medios serios recursos.Aseguróle la vizcondesa que ella tenía amigos y parientes en importantesempresas financieras, y que no le sería difícil encontrar para él uno deesos empleos en que

se

pide

más

la

respetabilidad

que

los

conocimientosespeciales. El marqués le dio las gracias, no sin enrojecer a su vez unpoco, mostrándose cordialmente dispuesto a aprovechar sus buenosoficios.

—¿Y cuándo quiere usted que hable a Beatriz?

—Vizcondesa, lo más pronto posible, le suplico... le aseguro que hastaque conozca su respuesta estaré en angustias de muerte... Usted ve que aesta carta juego mi porvenir... es para mí un momento solemne... y, apesar de sus seguridades de usted... qué sé yo... no tengo granconfianza... ¡tengo miedo!

—¡Hola, amiguito!—arguyó la de Aymaret riendo—. ¡Bueno, voy a darleuna cita para mañana!

Acercóse a su escritorio y escribió este corto billete:

«Querida, quisiera verte un instante a solas, tengo algo que decirte.Mañana a las 10 estaré en tu casa. Mil besos.— Elisa. »

Entregó la esquela a Pierrepont, conviniendo con él en que al díasiguiente se verían en una de las avenidas de los Grenets después de laentrevista con Beatriz.

Apenas de vuelta en el castillo, entregó Pedro a la huérfana, que sepreparaba para la comida, la misiva de la señora de Aymaret; leyólaaquélla de prisa y no vio al pronto en su contenido nada deextraordinario, nada que pudiera distinguirla de esa correspondenciatrivial que casi diariamente cruzaba con su amiga. Fue sólo aquellanoche cuando Pedro le preguntó si había leído el billete que de Elisa élle trajera, que Beatriz advirtió la turbación y el desconcertadocontinente del marqués.

—¿Ha ido usted hoy a casa de la señora de Aymaret?—le preguntó laseñorita de Sardonne.

—Sí... y aun hemos tenido una conversación muy larga... y muyinteresante.

—¡Ah!—exclamó aquélla—, ¿y sobre qué?

—Acerca de usted misma.

Beatriz no respondió nada y se alejó dulcemente: se sentía en trance demuerte: había entrevisto de un golpe la verdad, y parecíale que el cielose rasgaba para fulminarla con sus rayos.

El deber más penoso que la señorita de Sardonne debía llenar en serviciode la baronesa, era leerle a ésta por la noche, y a veces hasta muytarde, en tanto la anciana dama no lograba dormirse; en seguida Beatrizse retiraba a sus habitaciones procurando a su vez conciliar el sueño,si lo conseguía la pobre enamorada: aquella noche no alcanzó ganarlo,que pasó sus mortales horas en mil veces leer y en comentar mil veces elbillete de su fiel amiga; transcurrieron para ella lentos los instantesen cien veces decirse a sí misma que el momento de la terrible prueba nose hallaba remoto y que la conminatoria arenga de la señora de Montauronno fue más que el preludio de infernales torturas.

¡Luego era verdad!... Ese hombre que, de hacía tantos años, fuera elpensamiento de su pensamiento, la vida de su vida, había contra todavislumbre de esperanza pedido al fin su mano, esa amante mano a quientardaba posarse en la de él; y ella veíase forzada a rehusársela so penade faltar a deberes sagrados de conciencia y de honor, a deberessagrados no sólo ante ella misma sino también ante su propio amado. Puesqué, ¿no se le había advertido que al desposarlo causaba su ruina? Y niaun decirle podía en qué fundaba su negativa, dándose a sí misma,proporcionando a él ese postrer consuelo; no podía, sin hacer traición asu palabra leal, sin arrastrarlo a fuer de caballero, a empeñar unaquerella de familia cuyos resultados serían funestos para su propioelegido.

En su desamparo, ni suficiente le pareció siquiera su habitual plegariapara pedirle fuerzas a Aquel que las otorga, y al romper el día saliódel castillo atravesando las húmedas praderas, en busca de la iglesia,allá, en el límite del aún dormido bosque: momentos después habríapodido vérsela en el templo rogando desolada con fervor de mártir quese apresta al supremo sacrificio.

Al volver, como siguiese la orilla del riachuelo, arrodillóse en susmárgenes, empapó en el agua el pañuelo y humedeció sus ojos abrasadospor lágrimas de fuego: dos horas más tarde la señora de Aymaret entrabaradiante de alegría en las habitaciones de la huérfana. Comenzaron porbesarse según costumbre, después de lo cual, anticipándose Beatriz a lavizcondesa, le habló en estas palabras:

—¡Es singular! Cuando anoche recibí tu billete iba yo a escribirterogándote que vinieras hoy a verme... tengo que pedirte un favor...

—¿Un favor?—repitió la señora de Aymaret sentándose a su lado.

—Sí... tú conoces personalmente al cura de San ***—y designóle una delas más aristocráticas parroquias de París.

—¿El padre D***? Seguramente, es mi confesor.

—Si no me engaño, ¿es superior de las Carmelitas de la calle d'Enfer?

—Sí.

—Te suplico que le escribas dos renglones recomendándome a suamabilidad: deseo ponerme al habla con él.

Alteróse el rostro de la vizcondesa, que interrogó a Beatriz con miradainquieta.

—Sí, pero me parece que ni pensarás siquiera...—díjole con emoción ala huérfana su seductora amiga.

—¿En entrar en el Carmelo?—repuso aquélla—. ¿Y por qué no?... Hacetiempo que lo vengo pensando... mucho tiempo...

¿Qué mejor puedo hacersino abandonar este mundo, para mí tan duro?... Perdóname, amada Elisa,si antes no te he hablado de mis proyectos... pero, en asunto tan gravecomo éste, no hay mejor consejero que uno mismo... En materias de valory de vocación, cuando se consulta a un tercero es que se carece del unoy de la otra...

—¡Pero, por Dios, hija mía!... Tu vocación no la han hecho sino eldesaliento y la desesperación... Arrastras aquí, al lado de tu falsabienhechora, una existencia odiosa, sin esperanza probable de mejora...pero, ¿y si yo te trajera no sólo esa esperanza sino la certeza de unporvenir más dulce, más digno...

un porvenir dichoso, en fin...? ¡Vamos!óyeme, escúchame... ya te he dicho que estoy encargada de una misivapara ti... ¿Quieres hacerme el favor de escucharme, repito?

—Bueno... habla, mas sea lo que sea aquello que vas a decirme, noalteraré en un punto mi resolución...

—Entonces, te encuentras decidida a causar la desdicha de un dignísimocaballero... Me refiero al marqués de Pierrepont, quien denodadamentepide tu mano.

Beatriz clavó en los ojos de su amiga una mirada fija, extraña, sombría,mezcla de sorpresa y desvarío.

—¡Dios mío!—balbució en sorda voz.

—Y bien, amada mía—prosiguió la señora de Aymaret estrechando lasmanos de la de Sardonne—; ¿no es eso mejor que el convento?

—Me hallo, como bien lo ves, totalmente turbada con lo que acabas dedecirme... pero no te engañas acerca de la causa de mi emoción...Experimento sorpresa... gratitud... Siento muchísimo responder con unanegativa a la generosa demanda del señor de Pierrepont... al honor queme dispensa... pero, como te he dicho, mis ideas van por otro camino...otros son mis sentimientos, y no pienso alterarlos.

—Había creído comprender, Beatriz, que tu decisión no era irrevocable.

—Cierto... debo reflexionar todavía.

—Entonces, ¿me autorizas para que responda al marqués que pensarás?...¿que no debe perder esperanzas?

—Si le dijeses eso le engañarías.

—¡Cómo! ¿aun cuando no entraras en el convento rehusarías su mano?¡Ah!—exclamó la vizcondesa—, ¡aquí hay gato encerrado!... ¡tú amas aotro! ¡Tú amas a otro!—repitió la señora de Aymaret sin sospechar quétorturas imponía a su amiga.

—Tal vez—murmuró Beatriz.

—¿No hay esperanzas, pues?

Beatriz respondió melancólicamente por un negativo signo de cabeza.

—¿No puedo saber quién es?

—¡Elisa, no insistas, te ruego!

—¡Bueno! ¡está bien!—replicó aquélla con vivacidad—,

¡antes eras másfranca conmigo!... ¡adiós, hija!

Y se dirigió rápidamente a la puerta.

—¿No me das un beso?...—le preguntó la pobre Beatriz.

—¡Siempre! ¡no uno, mil!—replicó tiernamente la vizcondesa saltando alcuello de su amiga.

Besáronse largo tiempo deshechas en lágrimas, y, en medio de su efusión,cambiáronse todavía algunas palabras, recomendando Beatriz a Elisa que,por razones que brevemente le explicó, nada dijese a nadie, el marquésexceptuado, acerca de su proyectada entrada en religión.

La señora de Aymaret abandonó el castillo y tomó el camino de las Loges,fraguando en su cabeza el mejor plan para atenuar en lo posible el rudogolpe que aguardaba a Pedro, resolviendo al cabo en sus adentros,insistir sobre la entrada de su amiga en el Carmelo y dejar en la sombraesos misteriosos amores cuya semi-confidencia había logrado arrancar aBeatriz. No tardó la vizcondesa en divisar al marqués, quien lentamentese paseaba en la convenida alameda, y como aquél reconociese a su vez ala de Aymaret, se aproximó en seguida, no sin que la consternadafisonomía de la joven dama hubiérale ya tácitamente revelado cuál fuesesu definitiva sentencia.

—¡Que no!—se anticipó a decir a su confidente. Esta le apretó confuerza la mano poniéndose a caminar al lado de Pedro, mientras le decíaagitada febrilmente:

—Nada de depresivo para usted... nada que pueda herir su dignidad...¡Al contrario!... Se ha sentido conmovida hasta el llanto de lo queella llama su generosidad de usted... Pero el caso es que ha tomado unagran resolución... Se va al convento...

Entra carmelita... Sí, señor,carmelita... Mi sorpresa es tan grande como la de usted... porque yosabía que era piadosa, creyente, pero no beata... Necesariamente lalleva a dar este paso esa vida miserable que arrastra al lado de suhorrible tía de usted...

dispénseme usted la palabra... Le he prometidoguardar el secreto para con todo el mundo, excepción hecha de usted...Porque su tía de usted se pondría furiosa de perderla y Beatriz no laprevendrá hasta el último momento por miedo de que le juegue una malapasada... Y ahora, amigo mío, si quiere usted tomar mi consejo...

Pero, al decir esto, se interrumpió a sí misma al notar la profundapalidez del marqués: paróse, pues, y tocándole en la espalda con supequeña enguantada mano, díjole:

—¡Realmente lo siente usted mucho, amigo mío!

—¡Siento que mi existencia se desploma!—replicó Pedro, sonriendo contristeza—. Escúcheme... crea usted que nunca olvidaré cuánto le debo...Pero, ¿está segura de que se va al convento?

—Me ha encargado ponerla en relaciones con el cura de San

***, que es,al mismo tiempo, superior del Carmelo.

—¿Está usted segura de que eso no es un pretexto? ¿Amará a otro?

—¿A quién?... eso es muy improbable.

—Pues entonces, ya es algo—añadió Pierrepont—, que su alma seencuentre libre.

—¡Sin duda alguna, amigo mío!—corroboró la de Aymaret—, y ahora, meparece que debería usted alejarse de ella un poco de tiempo.

—Es lo que pienso hacer.

—¡Sin embargo, hay un inconveniente! ¿Cómo va usted a explicar supartida a su tía en medio de este período de fiestas en su casa?

—Justamente la casualidad me proporciona una excusa, que me pareceaceptará aquélla. Ayer, sin ir más lejos, he recibido carta de un amigode Inglaterra, lord S... invitándome a ir a pasar con él dos o tressemanas en Batsford-Park. El convite tiene un carácter especial; setrata de una reunión de caza a que debe asistir un personaje de sangrereal que se ha dignado designarme entre las personas que desearía loacompañaran; me propongo, pues, partir mañana.

—¡Es lo mejor!—asintió, la señora de Aymaret.

Entretanto había llegado a la vista de las Loges; el marqués paróse unmomento, y tocando la mano a la vizcondesa, le dijo con acentoconmovido:

—No sé si tendré tiempo de ver a usted antes de mi partida...

hasta lavista, pues... ¡mil y mil veces gracias!

—¡Dios mío! ¿gracias de qué?

—De su leal amistad... hasta la vuelta...

—¡Hasta la vuelta!

Y se alejó en dirección a las Loges, mientras que Pierrepont volvía alcastillo.

So pretexto de una violenta jaqueca abstúvose aquella mañana la señoritade Sardonne de presentarse en el almuerzo, pero su ausencia no escapó ala suspicaz atención de la baronesa, como tampoco se le había ocultadola sombría preocupación de su sobrino. Conocía también ya que la señorade Aymaret tuvo aquella mañana y en hora inusitada cierta misteriosaentrevista con Beatriz; así, pues, relacionando estos tres incidentes yatando cabos, vino a caer en la cuenta de lo que pasaba, creyendocomprender que una parte de sus sospechas habíanse realizado, aunque sinpoder discernir con claridad cuál había sido el resultado; era de enteraevidencia para la señora de Montauron que su sobrino había dado un pasodecisivo cerca de Beatriz...

Pero, ¿con qué éxito?; lo ignoraba, y elaveriguarlo era indispensable, por cuanto si el anonadamiento visible desu sobrino podía significar que había sufrido una negativa, pudieraargüir también que, hallándose al cabo por obra de Beatriz de laoposición y amenazas de su tía, meditaba el marqués sobre esos textos.

De un lado la certidumbre, del otro el temor de una escena enojosa,mantuvieron un día a la señora de Montauron en terrible agitación deespíritu; así que cuando en la velada comunicóle Pedro la carta de lordS... anunciándole que bajo la reserva de su aprobación contaba partir aldía siguiente, la primera impresión de la baronesa fue la de un grandealivio, porque de cualquier lado que el asunto se mirase, esaprecipitada fuga no significaba en puridad otra cosa sino ladesesperación de un enamorado en derrota... Beatriz había sin dudaalguna cumplido su palabra, y de ese cuadrante toda tempestad resultabaconjurada. En otras circunstancias, la señora de Montauron habríasujetado a muy severo examen el vínculo obligatorio de la invitaciónbritánica, pero, si en las actuales coyunturas la súbita ausencia de susobrino desconcertaba algunos de sus planes contrariándola en ciertosrespectos, veíase en cambio libre de obsesión tan pesada, que ante esaidea otorgó su permiso con relativa buena voluntad.

Por consecuencia, al día siguiente, bien de mañana, el marqués dePierrepont tomaba el tren, acompañado de las caricias de su tía y de lasmaldiciones de aquellas señoritas.

VII

RIVALES

Cuando Pierrepont abandonó el castillo de los Genets en lascircunstancias que acabamos de describir, hacía ya más de doce días queFabrice también se hallaba de vuelta en París, súbitamente llamado poruna indisposición de su hija Marcela, indisposición que dio ciertocuidado a las Hermanas de Auteuil, en cuyo instituto educábase la niña.La baronesa había visto con muy malos ojos la partida del pintor, porcuanto así se aplazaba indefinidamente la terminación de su retrato, deque ella, a justo título, se sentía no sólo cumplidamente satisfecha,sino hasta orgullosa, porque en él se veía, cual si se mirara en suespejo, con un no sabía qué de algo más que ese pícaro espejo lerehusaba obstinadamente, habiendo tenido el artista la galantecondescendencia de otorgárselo.

Al día siguiente de su llegada a París escribió Fabrice a la baronesaque había encontrado a la niña restablecida, mas que le era forzosoprolongar la ausencia en dos o tres semanas, a fin de dar a laconvaleciente, antes de volverla a la pensión, las distracciones quereclamaba su estado. Testigo Pierrepont del vivo descontento que causabaa su tía paréntesis tal, le sugirió la idea de apresurar la vuelta delpintor a los Genets haciéndolo acompañar de la enfermita, quien con lospuros aires del campo lograría más pronto restablecimiento. Aunquegruñendo un poco, concluyó la señora de Montauron por dar elbeneplácito, y como Pedro tuviera que pasar por París para ir aembarcarse en Boulogne, fue el encargado de trasmitir la invitación aFabrice.

Cuando el marqués anunció a este amigo su viaje a Inglaterra, dondedebía permanecer varias semanas, no pudo el artista dominar su extremadasorpresa.

—Pero, ¿y tus proyectos de matrimonio?—le preguntó.

—Mis proyectos de matrimonio, querido Jacques, han ido a juntarse conlas nieves de antaño... El casamiento visto a la distancia se me habíapresentado como a otros hombres de mi edad bajo aspectos muyhalagüeños... Pero, a medida que me aproximaba, fue tomando tales formasde esfinge y de quimera, que he acabado por desalentarme... Cuando heencarado de frente los inconvenientes, me he convencido de que no puedovencerlos con mis medios... Rehuso, pues, y recobro mi libertad.

—Y tu tía, ¿qué dice?

—Mi tía... tiene paciencia... pero a ti te reclama a voz en grito, ypara anticiparse a cualquier objeción te ruega que vayas con Marcelita,que hará allí buena provisión de salud corriendo en los bosques.

Aunque demostrando su agradecimiento, manifestó Fabrice dudas y empachoen admitir las ofertas de la baronesa. Pedro insistió: se pondría a laniña una doncella, con el exclusivo objeto de que la cuidase; el médicoiría a verla diariamente... En fin, el artista, pareciendo tomar conesfuerzo una resolución ingrata, preguntó a Pedro si podía concederlemedia hora de atención para escucharlo.

—¡Media hora!... y una... cuantas quieras.

—Siéntate, entonces—le dijo Fabrice mostrándole un ancho diván queocupaba uno de los ángulos del taller. Sentóse Jacques junto al marquésy comenzó así su diálogo, con voz turbada:

—Voy a ser sin duda indiscreto... Pero, ¿debo entender que, según mehas dicho, abandonas los Genets libre de todo compromiso y aun toda ideaque se refiera a matrimonio? ¿He comprendido bien?... ¿Es así?

—Has comprendido bien... así es.

—¡Pues bien!... me sorprendes... yo hubiera jurado que amabas a laseñorita de Sardonne, y aun que pensabas casarte con ella.

—¡Singular idea!...—dijo fríamente Pierrepont—. No, te equivocas;conozco a la señorita de Sardonne desde su niñez y le tengo ciertoafecto... Eso es todo... Sabes, además, que mi fortuna es escasa y queella nada tiene... un matrimonio entre los dos sería una locura.

—Puesto que ahí están las cosas, voy a hacerte una franca confidencia.En la misma carta que se me participó que mi hija estaba indispuesta, seme decía también que ya se hallaba restablecida, y no hubiera regresadoa París si no hubiese creído que debía aprovechar la ocasión para ponera mis relaciones de amistad con Beatriz un punto final. Quería romper,si ya era tiempo, la fascinación que sobre mí ejercía, considerándola nosólo peligrosa para mi reposo, sino, lo que es más, desleal hacia ti.

—Esos escrúpulos son dignos de tu caballerosidad, maestro queridísimo,pero son infundados... y si abrigas, como me parece comprenderlo,proyectos acerca, de la señorita de Sardonne, no tienes que temer, te lorepito, ninguna rivalidad por mi parte.

—Me dispensarás que te diga, caro marqués, que tus explicaciones no mesatisfacen... La señorita de Sardonne es casi de tu familia, y nuestrasconexiones de amistad son tales que no podrían abandonarme a misproyectos acerca de aquella joven sin obtener de antemano tu aprobación.

Pierrepont se inclinó con gravedad, y prosiguió Fabrice:

—Pero antes de darlo es preciso que conozcas mis sentimientos...Fórmanlos elementos bastante heterogéneos...

unos un tanto honrosos...otros que lo son menos... Juzga con tu propio criterio... Puedo jurarteque en mis relaciones cotidianas con Beatriz, ya en el salón de tu tía,ya durante nuestras diarias lecciones de acuarela, me sentía a cada,instante más influído por la simpatía, la estimación y el respeto queaquélla me inspiraba; así como por su conducta y dignidad en soportarsus sufrimientos, porque es imposible hacer cara a la desventura con másaltiva resignación; es imposible mantener con mayor decencia ni mayordecoro una situación tan ambigua, delicada y peligrosa... Podría tambiénjurarte sin remordimientos que la idea de rescatar a aquella noblecriatura de la especie de abismo a que el infortunio la ha arrojado, hatenido en mis determinaciones parte muy principal, porque hay en esaidea atractivos infinitos...

Pero, en fin, ante todo y desde el primermomento ha sido su hermosura la que me ha conquistado. Acabas de decirmeque conoces a la señorita de Sardonne desde su infancia, y sin duda poreso, por el hastío que engendra el hábito, no te das cuenta de cuangrande es su belleza... ¡Oh! ¡es fascinadora!... Tiene el puro, serio, yun tanto trágico, encanto de Urania... y de Musa también; es su voz,armoniosa y grave; encanta oírla leer; durante nuestras sesiones parapintar el retrato de la baronesa, mil veces me ha asaltado la loca ideade traerla a mi casa para hacerla el hada de este taller en que nosencontramos... que por la magia de su presencia resplandecería cual otroparaíso... Si hubiese conocido a la señorita de Sardonne en la altaposición social en que nació, todo eso no habría pasado de un ensueñopasajero de artista... uno de esos ensueños que con tanta frecuencia nosasaltan... porque nosotros somos generalmente muy aristócratas ennuestros amores... La mitad de nuestra vida la pasamos por ministeriode la imaginación en muy altas esferas, en muy escogida compañía...Vemos con harta frecuencia a las grandes damas en medio de losesplendores de sus palacios, y entrevemos a las diosas tronando sobresus solios de nubes... Y aun es una de nuestras grandes decepciones, denuestros grandes dolores caer de pronto desde esas doradas alturasencima de las ronzas de la tierra... Ahí tienes por qué, precisamente enestas cuestiones de matrimonio, son tan graves nuestros errores y tanprofundos nuestros desencantos... ¡Ay!

¿quién lo sabe mejor que yo?...Pues bien, te decía que si hubiese encontrado a la señorita de Sardonneen todo el brillo de su nacimiento y de su fortuna, conozco demasiadolas leyes y las costumbres sociales como para que ni un momento se mehubiera ocurrido aspirar a su mano... Pero, en fin, la veía desgraciaday pobre... y al menos, si no en otro, en el camino de la riqueza meencuentro ya... Aquellas circunstancias venían a acortar la distanciaentre nosotros... Podía al menos ofrecerla una posición independiente...dar a su hermosura un marco digno de ella... y poco a poco me dejabaganar por una tentación tan poderosa, precisamente cuando me parecióobservar que tu amistad hacia la señorita de Sardonne tomaba el carácterde más serios sentimientos... Desde ese momento mi línea de conductaestaba trazada... ponerme en fuga...

—Carísimo maestro—interrumpió Pierrepont—, eres un niño grande...Todo eso me lo debiste contar... allá... en los... Genets...

así tehabrías evitado un viaje de ida y vuelta.

—Si diera rienda suelta a mi deseo—replicó el pintor—,

¿podríacontar, querido marqués, con tu simpatía y tus buenos consejos?

—Simpatía desde luego... Cuanto a consejos, son siempre muy delicadosen estas materias... Yo no quisiera verte dar un paso en falso... Antetodo es necesario saber si la señorita de Sardonne participa de tusideas.

—Las ignora absolutamente—repuso el pintor.

—¿Estás seguro? ¿En vuestras largas conversaciones durante la lecciónde pintura no se te ha escapado nunca alguna palabra que la haya puestoen sospecha?

—Nunca. Era vuestro huésped.

—Eres un caballero. En adelante, por lo que a mí se refiere, quedas encompleta libertad de hacer lo que te plazca. No debo ni puedo oponerme aque la señorita de Sardonne sea dichosa contigo si ella así lo estima.

—Pero, tú que la conoces de hace tanto tiempo, ¿crees que acogerá midemanda, si me atrevo al fin a presentársela?

—En cuanto a eso, no sé qué decirte... ¡Es un carácter tanmisterioso!... Dicen que en su tiempo tuvo idea de entrar en elconvento... Pero eso tal vez fuera a falta de cosa mejor.

—¿Y tú tía?

—Mi tía se encuentra muy bien con su lectriz... Así es que por su parteno debes aguardar muchos entusiasmos... pero no tiene ninguna autoridadlegal sobre Beatriz, quien depende en ese punto únicamente de su tutor,cierto antiguo amigo de su padre, amigo por añadidura muy indiferente...De modo que concluirá por decir amén a lo que a ella se le antoje.

Hubo un corto silencio.

—¿Crees—preguntó Jacques—que Beatriz querrá a mi hija, que se portarábien con ella?

—¿Por qué suponer lo contrario?

—¡Es verdad!... ¿De manera que tu tía me permite que lleve la niña alos Genets?

—No sólo lo permite, lo desea.

De nuevo quedaron en silencio.

—Y bien, querido maestro, ¿es cuanto deseas que yo te diga?

—Eso es todo... Te estoy sumamente agradecido... ¿Quieres darme tudirección en Inglaterra?

Pierrepont se levantó, y escribiendo dos líneas en una de sus tarjetas,la entregó a Fabrice.

—¡Ahí tienes! Batsford-Park, Moreton in Marsh, Woorcester...

¡Adiós!¡Hasta la vista!

—¿Te vas esta tarde?

—Esta tarde... sí... ¡Ea, hasta la vista!

Diéronse la mano y se separaron.

Únicamente por un esfuerzo de voluntad y altivez pudo el marqués seguirhasta el fin la narrada conversación que fue para él interminablesuplicio, y tanto, que más de una vez tuvo que hacer un llamamiento a surazón para no acusar a Fabrice de verdugo, despiadado e irónico... Envano le había afirmado el artista con palmaria sinceridad que Beatrizignoraba su pasión;

¿qué sabía el pintor? Las mujeres tienen en esosasuntos un don de doble vista sorprendente, y sobre todo con los pobresde espíritu a la manera de Jacques Fabrice; tal vez la causa verdaderade la negativa que Pierrepont había sufrido estribaba en ese amor queella vislumbraba y que se sentía inclinada a compartir desde el momentoque se le confesase.

Dada la reputación que Jacques disfrutaba, era notorio que la puerta delas grandes riquezas quedaba abierta para él, y, en ese caso, podíacontar con una pingüe renta para lo sucesivo: quizás era ése el mayoratractivo para una muchacha criada en el lujo y ahora sumida en enojosasprivaciones a que le tardaba poner fin.

En suma, aun haciendo lo posible para persuadirse de que sus temoreseran quiméricos y de que su rival encontraría a Beatriz tan inflexiblecomo se le presentara Pedro a él mismo, no podía éste defenderse contralas angustias punzantes ni las locas injusticias de los celos.

Casi se sentía inclinado a reprochar el leal comportamiento de Fabriceante cuya lealtad veíase obligado a inclinarse, cuando él se hubieracreído dichoso en poderle arrojar al rostro cualquier sangrientoultraje.

Era, pues, ¡ay!, con sentimientos vecinos al odio que se alejaba delamigo de su juventud.

Este, por su lado, guardaba de la conferencia una impresión equívoca ypenosa, porque el lenguaje cortés y la casi impasible fisonomía delmarqués no habían sido parte a disimularle la especie de embarazo y defrialdad con que aquél acogió su confidencia.

Pedro, después de haber meditado sobre ese capítulo, acabó porexplicarse tal reserva merced a una razón que parecía verosímil: sinduda hubo al principio de parte de Pierrepont, dados sus antecedentes yopiniones, disgusto y extrañeza al considerar cómo un nombre de loshumildes orígenes de Jacques se atrevía a poner sus ojos en una joven deelevada cuna, que era al mismo tiempo casi una parienta del marqués,porque ya en más de una ocasión, aun en medio de su franca amistad,había advertido Fabrice cómo tras del amable dilettantismo de Pedroasomaba en ocasiones una punta de protección aristocrática, cual si suamigo pretendiese arrogarse con respecto a él el papel de Mecenas. Elartista sonreía, como un sabio y un justo que era, absolviendo esasdebilidades radicadas en la levadura humana, pequeñeces al fin queexcusaba de buena voluntad por cuanto conocía cuan grande y noble fuese,a pesar de ellas, el alma de su amigo.

En la tarde misma de aquel memorable día de la entrevista, escribióFabrice a la señora de Montauron dándole gracias por sus atenciones, yal día siguiente llegaba a los Genets acompañado de su hija Marcelita.

VIII

MARCELA

Marcela, la hija del pintor, era por estos tiempos una linda niña decinco años, que tenía la misma frente serena y seria de su padre,cautivando, además, por el gentil donaire de su graciosa personita. Laseñora de Montauron declaró ex cáthedra que tenía aire de española.

—Y no es extraño—añadía la señora—, porque usted también, Fabrice,tiene tipo español... ¿Está usted seguro de no serlo?...

Recuerdo habervisto en San Sebastián, hace dos o tres años, un torero que tenía conusted extraordinario parecido.

—Eso es muy lisonjero para mí, señora, pero crea usted firmemente quemi único parentesco con aquel diestro, es la común descendencia de Adán.

La sociedad de invitados de los Genets se había, renovado en partedurante la ausencia del pintor, pero el personal femenino, aunque unpoco más frío por la ausencia de Pierrepont, era siempre numeroso ybrillante.

Las mujeres en general, en su necesidad de conceder tiernasdemostraciones, aprovechan presto la ocasión de otorgarlas a algo o aalguien; así, pues, Marcela no tardó en atraer sobre su monísima figuralas cariñosas efusiones de que tan pródigo es el sexo bello; únicamenteentre los habitantes del castillo, la señorita de Sardonne mostró haciala criatura lejanía e indiferencia, dirigiéndole como al paso brevespalabras, en tono brusco, distraído, casi enojado, sin que tuviera conel padre durante las reanudadas lecciones de acuarela ni una frasecariñosa para la niña: el mismo angelito sentía esa especie demenosprecio, pareciendo tener miedo a la bella desdeñosa.

Jacquesignoraba en absoluto la tremenda prueba por que acababa de pasar la deSardonne, prueba cuyas amarguras desgarraban todavía su alma con toda lacrueldad de una pesadilla. Alarmado y herido el pintor en su ternurapaternal, acusó a la huérfana de insensibilidad, de vano orgullo, desequedad de alma, preguntándose si sus mismos sentimientos serían jamáscomprendidos por aquel corazón de acero, diciéndose también que, decontinuar persiguiendo su ensueño amoroso, comprometía la dicha de suhija, ¡el adorado encanto!

En estas incertidumbres transcurrió para él la primera semana después desu vuelta a los Genets.

Cierta hermosa mañana del fin de septiembre hallábase el pintor sentadoen un banco del parque, aguardando a Beatriz, que aquel día tardaba unpoco en venir a dar su lección; Marcela corría y jugaba delante de él,y a cada instante interrumpía su juego, llegándose a besar a su padre,porque este querubín guardaba para Fabrice ternuras de mujer enamorada.Ella le hacía el nudo de la corbata, ella sacudía el polvo de su traje,ella le echaba al cuello un pañuelo de seda para preservarlo de lahúmeda brisa. Descubrió la niña, en medio de su incesante ir y venir,algunas tempranas violetas ocultas entre la yerba, y haciendo un ramitolas colocó en el vestido del artista; después sentóse, y abrazando conmimo a su padre:

—¿Te encuentras bien, papá?—le preguntaba—: yo me encuentro muybien... ¿Verdad que es bonito el campo?

Esta escena íntima tenía desde hacía algunos minutos un mudo testigo; laseñorita de Sardonne había salido del castillo llevando en la mano sucaja de colores, y sin ser advertida habíase aproximado al tierno grupo;paróse un momento, avanzó de nuevo, y con aquella voz cadenciosa y graveque estremecía al pintor hasta el fondo del alma:

—¿Se quieren ustedes mucho?—preguntó.

—Somos todo el uno para el otro—replicó Fabrice poniéndose de pie.

Clavó sobre él una mirada inquisitiva, y volviéndose a la niña:

—¿Quieres mucho a tu papá?—le dijo.

La niña, cortada por la presencia de su enemiga, respondió con unsencillo gesto poniéndose la mano sobre el corazón.

—¡Monísima!... dame un beso... ¿Quieres?

Admirada la niña, acercóse lentamente; entonces Beatriz la tomó enbrazos, la puso de pie sobre el banco y la abrazó contra su pechocubriéndola de besos.

Estas caricias apasionadas por parte de una persona tan avara deexpansiones conmovió a Fabrice hasta lo íntimo del corazón, como si esoscariños hubiesen sido concedidos a él mismo, y todos sus temores, todassus ansiedades se desvanecieron al soplo de esos besos. Adivinó todo elcalor de alma que la altiva joven disimulaba por una especie de pudorbajo sus heladas apariencias, y su pasión, un momento en derrota, loganó de nuevo por entero.

Marcela volvió al castillo y Beatriz se puso a la obra bajo la vista delmaestro.

Acababa de dibujar una especie de chalet, cubierto por una enredaderaque servía de habitaciones al jardinero. Fabrice examinó el diseño, lehizo una ligera corrección y, devolviéndoselo:

—¡Qué amable ha estado usted con mi hija!—le dijo.

—¡Admira a usted eso!

—No, seguramente... pero...

—Sí, le admira... lo he leído en sus ojos... Sé muy bien que hastaahora no había mimado a su hija de usted... Excúseme usted... soyalgunas veces tan distraída... suelo estar tan preocupada... Me decíausted, señor Fabrice, que eran ustedes todo el uno para el otro... ¿Hacemucho que esa pobre niña perdió a su madre?

—Poco más de cinco años.

—¿Se casó usted muy joven?

—Sí, muy joven.

—¿Y ese angelito no tiene más parientes que usted?

—Tiene un tío... hermano de su madre.

—Es religioso, ¿no es verdad? ¿En los Oiseaux, me parece?

—No, señorita, en la Asunción d'Auteuil.

—¡Ah! sí, conozco... allí se está muy bien... es un paraíso...

Pero,¡Dios mío! Señor Fabrice, qué mal está mi enredadera... se diría deestuco... no tiene aire... ¡Decididamente, esto no marcha!... Pierdo lafe, señor Fabrice.

—No tiene usted razón, señorita... aseguro a usted que ha hecho seriosprogresos.

—Sí, pero nunca seré pintora... no tengo talento... ¿no es verdad?

—Perdón—respondió el pintor con su habitual sinceridad un poco ruda—.Tiene usted un muy cumplido talento de aficionada.

—Sí, pero no es un talento que en rigor pudiera proporcionarme recursospara vivir.

—Podrá usted conseguirlo... pero para eso habrá que conceder más tiempoal estudio.

—¡Más tiempo!—murmuró Beatriz.

Y precisamente al decir eso dio dos golpes la campana del castillo.

—¡Me llaman!—exclamó aquélla, guardando con prisa su dibujo en lacaja—. ¡Más tiempo!... ¡Ya ve usted si es fácil!...

¡Ya ve usted cómopuedo disponer de mis horas!

—¡Su vida de usted no es por cierto dichosa!—añadió Fabrice echando ala huérfana una mirada de tierna compasión.

—Señor Fabrice—le replicó aquélla bajando la voz y con una energíaextraordinaria—,

no

importaría

nada

ser

sólo

desgraciada... Lo que esterrible es sentir cómo va una volviéndose perversa.

Y se dirigió casi corriendo hacia el castillo.

Fabrice no tardó en seguirla; una vez en sus habitaciones paseóse largotiempo de arriba abajo, torturado por supremas incertidumbres; despuésse sentó delante de una mesa, tomó una pluma y escribió la siguientecarta:

«Señorita:

»Me permito decir a usted por escrito lo queme ha faltado valor para expresarle de palabra.Mi carta será corta. Respeto a usted demasiadopara dirigirme a usted con frases de una admiracióny de una galantería triviales. El únicohomenaje que me atrevo a rendirle, es poner midestino en sus manos. No puede en adelante serdichoso o desgraciado mi porvenir sino en virtudde lo que usted se digne resolver. ¿Bastará conque le diga que no hay uno solo de sus méritos,uno solo de sus atractivos, uno solo de sus sufrimientosde que no me sienta profundamente,perdidamente penetrado?

»Estimo a usted tanto, señorita, que me parececometer una profanación al osar amarla.Pero, en fin, humildemente le ofrezco lo pocoque yo soy. ¿Quiere usted ser la madre de mihija?... ¿Nos rechaza a ella y a mí?

»De usted respetuosísimo servidor siempre yen todo caso,—

Jacques Fabrice

Como el artista, después de haber cerrado la carta reflexionase acercadel medio más pronto y seguro para hacerla llegar a su destino, viodesde la ventana de su salón, que precisamente atravesaba Beatriz enaquellos momentos el patio de honor del castillo. Este patio, muygrande, se hallaba plantado en parte de césped y de árboles. Hermososcastaños formaban en un ángulo una especie de bosquecillo provisto derústicas sillas. A ese bosquecillo solía venir Beatriz algunos mediodíasa leer a sus anchas, cuando la baronesa la dejaba respirar. El pintorllamó a su hija que ocupaba una habitación contigua a la suya.

—¡Ven acá, alma mía!—le dijo—. Mira, la señorita Beatriz está allísentada debajo de aquel árbol, junto a la capilla... Anda y entrégaleesta carta de mi parte... ¡Anda, hija mía!

Un momento más tarde Fabrice seguía angustiosamente con la vista lamarcha de la niña a través del patio. Al fin desapareció bajo la sombraespesa de los castaños. Interminables minutos transcurrieron; despuésMarcela salió del círculo de sombra y volvió hacia el castillo a cortospasos. Fabrice creyó ver que la criatura tornaba con la carta en lamano; pasóse la suya sobre la frente helada, diciendo:

—¡Dios mío!

Y esperó inmóvil. Marcela entró.

—¡Toma, papá!—le dijo.

Y le devolvió el pliego que tenía en la mano.

Era, en efecto, el sobre de su carta, pero el sobre solo, abierto ymedio desgarrado. En uno de sus ángulos estaba escrita con lápiz estaúnica palabra: «Mañana.»

Hubo una pausa.

—¿No te ha dicho nada ella?—le preguntó Jacques a la niña.

—Nada.

—¿Te ha dado un beso?

—No.

Todos los que aman, o los que amaron, se imaginarán fácilmente lasimaginaciones, la fiebre, los súbitos transportes de esperanza, losrepentinos golpes de desaliento que atenazaron el alma de JacquesFabrice en las eternas horas que le separaban del mañana. Aquella nochevio como de ordinario a Beatriz en el salón; pero no pudo sorprender nien su fría actitud ni en sus ojos impasibles de esfinge el menor signoque pudiera ayudarle a descifrar el enigma que encerraba esa palabra:«Mañana.»

¿Le escribiría ella? ¿le respondería de viva voz cuando viniese, segúncostumbre, a tomar su lección de pintura?...

Al día siguiente, mucho antes de la hora habitual, Jacques se hallaba enel sitio de la cita, ocupando el banco que había escuchado laconversación de la víspera. Beatriz llegó, respondió a su saludo con unligero movimiento de cabeza, sentóse y púsose a preparar sus colores sinpronunciar una sola palabra; después, haciéndole seña de que se sentara:

—Señor Fabrice—le dijo con voz contenida, dulce y triste—; señorFabrice, le estoy reconocida... muy reconocida... pero no debo niquiero engañarle... puedo acordarle mi mano... pero temo que mi corazóndesgarrado, marchito, ulcerado por la desgracia, no pueda devolverletodo lo que el de usted le da... Temo que los sinceros sentimientos deestimación y simpatía que experimento hacia usted, no respondan sinoimperfectamente a los que tiene a bien consagrarme... Temo también queeste paso que da, no sea para usted una desgracia.

—Señorita, nunca pude esperar encontrar en usted desde el primermomento la ternura infinita que usted me ha inspirado...

No puedoconfiar sino al tiempo, lo sé, a mis cuidados afectuosos, a mi adhesiónapasionada, a su dicha, que la amistad se torne en afecto.

—Señor Fabrice, sólo debemos contar con el presente y debo decir laverdad... Cuanto al porvenir, todo lo que puedo asegurarle es que pondréde mi parte lo posible para ser una buena y honrada esposa, una madrecariñosa de su hija.

Jacques, los ojos húmedos por la emoción, tomó la blanca mano queBeatriz le tendía e intentó llevarla a sus labios, pero ella la retirósuavemente:

—¡Cuidado!...—dijo—; si cree que debe darme las gracias, démelasusted más tarde... Se nos vigila, muy de cerca cuando estamos en estesitio... y le suplico que no traicione nuestro secreto hasta tanto quehaya puesto en antecedentes a... mi bienhechora—dijo la señorita deSardonne con una sonrisa de extraña amargura al pronunciar esta últimapalabra.

—Pero, señorita—dijo el pintor—, ¿no es a mí a quien toca hablarsobre este asunto, con la que usted llama su bienhechora?

—Seguramente, eso será conveniente y aun necesario, pero me parece quedebo prevenirla de antemano. Tengo mis razones.

—¡Dios mío! señorita, sabemos que vamos a encontrar de su lado unaactitud un poco hostil... y, en ese caso, su entrevista va a causarle unverdadero disgusto... Permítame que se lo evite... o, al menos—añadiósonriendo—, que sufra yo las primeras descargas... Respeto mucho a laseñora de Montauron, pero no le tengo miedo.

—Ni yo tampoco—afirmó Beatriz—. Si usted me ha visto sufrir conpaciencia las humillaciones de una verdadera domesticidad, cualquieraque fuesen los motivos de mi resignación, esté usted seguro de que labajeza no entraba para nada en ella... Muy mal me conoce usted, señorFabrice, si cree...

La joven se interrumpió bruscamente; acababa la campana del castillo dedar los dos golpes indicadores de que la lectriz debía volver al lado dela baronesa.

—¡Voy!—dijo levantándose, y un centelleo de fiera brotó de suspupilas.

Tendió de nuevo la mano a Fabrice, y se alejó.

El día en que la señora de Montauron impuso a Beatriz el sacrificiodefinitivo de su amor hacia Pierrepont, destruyó por el hecho el motivoúnico que tenía la huérfana para tolerar la mísera existencia quearrastraba al lado de la baronesa, y desde ese momento el disculpablesentimiento de sorda irritación que la joven nutría hacia su duraprotectora habíase cambiado, en esta alma contenida pero ardientementeapasionada, en verdadero horror. La vista misma de la baronesa habíallegado a hacérsele insoportable;

su

resolución

de

abandonarla

estabadefinitivamente tomada, y no aguardaba sino el momento de ponerla porobra; su primera idea fue, como hemos visto, llevar a cabo una especiede suicidio sepultándose en las austeridades de una de las más severasórdenes religiosas, y aun volvió, a hablar de nuevo a su amiga la señorade Aymaret sobre su próxima entrada en el Carmelo, esforzándoserealmente en cifrar en el Cielo un amor para el que ya no quedabaesperanza alguna en la tierra; pero es menos difícil hacer un sacrificioque perseverar en él. Así, pues, la pobre joven encontraba en su naturalapego al mundo, en su enérgica y floreciente salud, resistencias que lehacían muy dolorosa esa renuncia a todo... Y, sin embargo, ¿qué hacer?¿adónde ir?

La carta con la declaración de Fabrice vino a sorprenderla en medio deestas indecisiones crueles. Muy admirada, sin embargo, y aun enojada porel paso que aquél había dado, quiso no obstante dar algunas horas a lareflexión; más de una secreta repugnancia tuvo que vencer, pero, en fin,en la extremidad a que se veía reducida, ¿cómo no aceptar ese refugio,después de todo honroso, que le abría una mano afectuosa y fiel? Paraun náufrago de la existencia como lo era ella, la solución que se lepresentaba era, si no la dicha, al menos la vida, y, sobre todo, eltérmino cierto, seguro, de su pesada esclavitud.

Además, no ignoraba ella que la noticia de su matrimonio y consiguientesalida de la casa, era para la baronesa un trance horriblementedesagradable, y el solo placer de darle ese justificado mal rato venía asatisfacer la pasión más violenta que existe tal vez en la tierra; elodio de mujer contra mujer.

La señora de Montauron acababa de dormir pacíficamente su siesta en sugabinete contiguo al salón, y como digería con dificultad, su sueño erapremioso, por cuya razón despertaba siempre de terrible mal humor. Así,pues, apenas vio entrar a Beatriz:

—¡Me parece, amiguita—le dijo—, que prolongas mucho tus lecciones conel señor Fabrice!... He tenido tiempo de leer casi la mitad de midiario... me están llorando los ojos... ¡Vaya! ¡toma!

estaba en lagacetilla... pero no, prefiero el folletín... veamos qué sucede al caboa esa divertida duquesa... a quien el autor hace hablar como a unalavandera... ¡Bueno! ¡Vayamos, lee!

¡Principia!

—Perdón, señora—replicó la joven con extremada cortesía—;

¿podríadecir a usted antes cuatro palabras?

La baronesa la vio vagamente inquieta.

—¿Qué deseas?—le replicó con acritud.

—Señora, ¿me permite usted que le recuerde la conversación que tuvimosen secreto en su habitación de usted hace quince días? Usted tuvo a biendecirme que si alguna vez cualquier caballero, un hombre de corazón, mepidiese en matrimonio, no solamente no tendría que temer ningunadificultad por parte de usted, sino que hasta podía contar con su mássincero concurso...

Tales palabras, señora, son demasiado preciosas paraque yo haya podido olvidarlas... ¿Tiene usted, tal vez, señora, labondad de recordarlas?

A pesar de no ser la baronesa persona que con facilidad sedesconcertase, esta vez quedó descorazonada al oír semejante exordio, yfue casi balbuceando que respondió a Beatriz:

—Pero, ¡es posible!... Sí, pude decir algo de lo que me indicas... perocon ciertas reservas...

—Es cierto, señora, estableció usted ciertas reservas. Puso usted a subondadoso concurso dos condiciones: la primera fue que su sobrino deusted sería excluido del número de aquellos entre los cuales podía yoescoger marido... la he respetado; fue la segunda que no me decidiría enfavor de nadie sin prevenir antes a usted... es lo que ahora efectúo.

—¡Bien! escucho.

—Señora—prosiguió la señorita de Sardonne con el mismo tono decorrecta urbanidad—; la circunstancia que usted tuvo a bien prever ydesear con respecto a mí, se presenta hoy.

—¡Ah!

—Y vengo a rogarle que acoja con benevolencia la súplica que... parahonor mío, no tardará en presentarle el señor Jacques Fabrice.

—¿Te pide en matrimonio Fabrice?

—Sí, señora.

—Me parece que debiera haber empezado por dirigirse a mí...

Eso es laeducación rudimentaria.

—Así lo hubiera hecho, señora, pero ha juzgado inútil proporcionar austed esa molestia sin conocer antes mis sentimientos personales...;que, después de todo, era lo que más le importaba.

—¿Y te satisface ese casamiento?

—Sí, señora; el señor Fabrice es una honrada persona y un hombre detalento cuyo nombre me sentiré orgullosa de llevar.

—Supongo que no ignoras a quién sucedes como esposa... su primera mujerfue una lavandera.

—Perdón, señora, era florista.

—¡Es lo mismo!... ¡en bonita sociedad te vas a meter!

—Me encontraré contenta en ella si soy tratada con consideraciones.

—¿De modo que me dejas plantada, así, sin más ni más, olvidando todo loque he hecho por ti, desde el momento que te recogí como si fueses mihija?

—Esté usted segura, señora, de que no olvido un momento ninguna de lassingulares bondades que a usted debo desde el momento que tuvo a bientomarme a su servicio.

Para que nada faltase a la baronesa, tenía el don de hacerse cargorápidamente de los menores matices de lenguaje; de ahí que no le pasaranpor alto ni una sola de las impertinencias corteses ni de las vengadorasironías de que la venía haciendo blanco su lectriz. Sucedió enconsecuencia, que al oír aquella última y sangrienta réplica, la deMontauron se levantó vivamente de su asiento, y si hubiese podidodisponer de los rayos celestes, habría sido muy verosímil que laseñorita de Sardonne no hubiese podido repetir el cuento. A falta deotro expediente, verdad es que podía despedirla de su casa cubierta deignominia, y lo pensó, pero la reflexión no tardó en mostrarle los milpeligros que traería un escándalo. Las malas lenguas la acusarían deoponerse al puro egoísmo de un casamiento, por otra parte muy razonablepara la huérfana, que era al mismo tiempo su protegida; de manera que labaronesa resolvió callarse y tener paciencia; puesto que de cualquiermodo que fuese, la lectriz escapaba a sus garras, valía más, pues, porsensible que le fuese perderla, tomar su partido y darse siquiera elmérito, cubriendo las apariencias, de haber sido generosa hasta elfin...

¡Bueno! después de todo, ese estúpido matrimonio tenía su ladoconveniente, puesto que libraba a la señora de Montauron per omniasæcecula del terror de ver a su sobrino casado con esa muchacha en laruina.

En virtud de estas diversas consideraciones, la belicosa conferenciaentre la baronesa y la lectriz iba a tomar un sesgo bastanteimprevisto, aunque perfectamente femenino. La señora de Montauron, quehabía dado muy agitada varios paseos por el gabinete aspirando su pomitode sales, posó la mano sobre el hombro de Beatriz, diciéndole:

—Querida niña, supongo que no te habrá sorprendido que mi primer ímpetual saber que me dejas haya sido de mal humor...

Porque yo siento muchotu ida, aunque a ti mi contrariedad te tenga sin cuidado... ¡Vamos, hijamía, dame un beso!

La señorita de Sardonne pasó por este sacrificio, y al abrazarla, labaronesa, cuyo sistema nervioso venía estando en insoportable tensión,rompió en llanto; fue para ella un alivio.

—¿Sabes—preguntó a Beatriz a través de sus sollozos—

cuánto gana poraño?

—No le he preguntado, señora.

—Estos pintores, cuando llegan a adquirir fama, ganan lo que quieren...Serás rica, hija mía... ¡Esa es la verdad!

—¿Puedo decir al señor Fabrice que tiene usted a bien recibirlo?

—Sin duda.... a mi hora acostumbrada... pero es preciso que antes decasarse termine mi retrato... Dile que venga dentro de media hora.

Beatriz le presentó de nuevo sus mejillas y se retiró. Pronto encontró aFabrice en el parque, haciéndole un breve resumen de su entrevista conla baronesa.

—Ya ve usted cómo la cosa ha pasado sin mayores inconvenientes y que laseñora no me ha maltratado mucho.

—Es que sabía que estaba usted sólidamente apoyada porretaguardia—respondió el pintor riéndose—. Yo estoy obligado aguardarle más consideraciones, eso lo sabe ella muy bien, y temo que latempestad que no ha hecho más que asomar para usted, estalle sobre mí.

—Debe, a no dudarlo, aguardar algunas impertinencias... pero, si enalgo me estima usted, súfralas con resignación, a fin de no echar aperder las cosas, que no van saliendo del todo mal.

—Se lo prometo a usted, y aun desearía que la prueba fuese dura, puestoque por usted voy a soportarla.

—Muchas gracias... pero usted comprenderá que deseo, a ser posible,salir de esta casa sin escándalo.

Prolongóse aún un poco de tiempo la conversación entre ellos, y mientraspaseaban por la avenida central del parque, Beatriz daba al artistaalgunos antecedentes sobre la persona de su tutor, a quien se proponíaescribir en seguida y cuyo consentimiento no era dudoso; y habiendollegado en esto la hora de sesión, para el retrato de la señora, Fabricevolvió al castillo, encontrándose momentos después cara a cara conaquélla.

La señora de Montauron ocupaba ya su sitial en el centro de la sala.

—Señora baronesa—comenzó el pintor—, la señorita Beatriz me ha dichoque tenía usted a bien aprobar la unión que tengo la audacia extremadade ambicionar... Mil gracias le doy a usted por mi parte, señora, contanto mayor motivo cuanto que usted se priva en mi obsequio de unacompañía, de una intimidad de quien nadie mejor que yo conoce el precio.

—¡Dios mío! ¿Qué quiere usted, señor Fabrice? Lo que hace la dicha delos unos constituye la desgracia de los otros... ¡Esa es la vida!...Siéntese usted. Hablaremos del particular mientras usted trabaja, puestoque eso no le molesta.

Fabrice se inclinó, instaló el caballete, tomó la paleta y se puso apintar.

—Creo que necesitaremos dos sesiones todavía.

—¡En fin!—dijo la baronesa. Callóse un momento, y a poco empezó denuevo—. ¡Bueno!... volviendo a nuestro casamiento, mi querido señorFabrice, va usted a casarse con una persona de la que me veo obligada ahacer las mejores ausencias... Su conducta y comportamiento desde queestá a mi lado han sido positivamente ejemplares, como habrá podidojuzgar por usted mismo... Beatriz posee cualidades mil que yo aprecioinfinito...

y, a pesar de eso, si me hubiera usted hecho el honor deconsultarme antes de ofrecerle su mano, quizás me habría visto obligadaen conciencia a quitar a usted su idea de la cabeza.

—¿Puedo saber por qué, señora baronesa?

—¡Dios mío! porque el día que se case usted con ella esas mismascualidades, algunas por lo menos, pueden convertirse en defectos... Nosoy yo por cierto la que le reprocharé el sentirse orgullosa de sunacimiento y de poner muy alto la estima de su nombre y de su propiapersona... pero aun a mis ojos, muy indulgentes por cierto en esosparticulares, la señorita de Sardonne exagera sus méritos... Tiene, yquede esto entre nosotros, más soberbia que Lucifer... Usted mismo lo vaa experimentar si Dios no lo remedia, mucho me lo temo, mi queridoseñor... No voy hasta decir que menospreciará a su marido, que a nadiepuede inspirar tal sentimiento, ¡no, señor!...

pero una alianza como laque ella concierta, tan completamente honrosa por otra parte, está endemasiado abierta contradicción con las tradiciones, con las costumbresde su familia, y de nuestra sociedad, como para que la señorita deSardonne no deje de sufrir, más o menos, en su fuero interno... ¡Ay!querido señor, sé tan bien como usted que bajo el punto de vista de lasana razón, todo eso es perfectamente absurdo... pero permítame que lediga que conozco mejor que usted las ideas que a ese respecto reinan ennuestro medio social... Muy poco han cambiado, créame usted, esossentimientos desde la época de Luis XIV y de Saint-Simon... ¡Perdoneusted! sé lo que va usted a decirme...

¡Va usted a hablarme de larevolución!... ¡Jesús! ciertamente ha habido la revolución... pero si larevolución ha podido arrebatarnos nuestros privilegios y aun nuestrascabezas, no ha podido quitarnos los beneficios de eso que ustedesllaman, si no estoy equivocada, atavismo... es decir, en viejo francés,la excelencia de una sangre que se ha destilado y refinado en nuestrasvenas de generación en generación por espacio de quinientos oseiscientos años... Y... esa sangre se revela a pesar nuestro, miquerido maestro, cuando se la mezcla con otra... más joven... máspura... ¡Dios mío! no digo lo contrario, pero que, en fin, ni es de lamisma esencia ni del mismo color... Por consecuencia, no es el uso hoy,pese a la revolución, que una señorita de la nobleza se case con unindustrial... un sabio... un escritor... un artista, sean cualesquierasus méritos... Algunas veces, suelen verse señoras tituladas casarse conpoetas o con artistas... pero ésas son princesas extranjeras... EnFrancia la cosa no tiene casi precedentes... Y no vaya usted a creer, miquerido señor Fabrice, que en tales procederes haya nada de depresivopara aquellos que son objeto de él... a nadie en el mundo le gustan másque a nosotros los escritores, los poetas y los artistas... Hacemos deellos con el mayor gusto el ornamento de nuestras mesas, el interés y elatractivo de nuestros salones...

pero no nos casamos con ellos...¡Excúseme usted! va usted a decirme que somos menos difíciles en lo quese refiere a alianzas de nuestros hijos y que los casamos con señoritasmás o menos bien nacidas con tal que sean ricas. A eso le responderé, enprimer lugar, que no es en lo que mejor nos portamos, y, en segundo,que, según nuestras ideas, el varón ennoblece, principio, fíjese bien,que reposa sobre una acertada concepción de la naturaleza humana, porquehay en la mujer una delicadeza de instinto, una flexibilidad, unafacilidad de asimilación, una plasticidad, por decirlo así... si meexpreso mal, mi caro señor, repréndame usted sin embarazo... hay, decía,cualidades de flexibilidad que la hacen plegarse con prontitud a todaslas condiciones de la vida social... Se podrá hacer una muy pasableduquesita de la hija de un cualquiera, pero, de ese mismo cualquiera nose hará nunca nada... Usted comprenderá fácilmente, mi caro maestro, quela palabra cualquiera significa en mi boca un hombre de dinero, no unhombre de talento...

Estos tienen, por el contrario, algo de femenino ensu naturaleza, que los pone al par casi casi con las mujeres másdelicadas, más impresionables. Porque, no lo olvide, señor Fabrice, yahora más que nunca habla a usted su leal amiga, no olvide que ennuestras largas sucesiones y selecciones de familia, no es únicamente lasangre la que se refina, como le decía hace un momento... es también laeducación, el gusto, el tacto social... todos los sentidos, en fin,todas las facultades... De ahí esa superior distinción que le encanta enla señorita de Sardonne y que será para usted, por cierto, un grandeencanto y un grande peligro...

porque una complexión tan perfecta y tanexquisita, por decirlo así, se siente herida por una nada, se rebela porsólo un detalle...

Créame,

señor

Fabrice,

preste

suma

atención

a

estasnimiedades... Hay matices que parecen insignificantes, matices en loscuales usted ni siquiera se fija y que pueden parecer verdaderasmonstruosidades a la señorita de Sardonne...

Vaya un ejemplo... unabagatela... Usted me llama, a todo propósito, cuando me habla, señorabaronesa... pues bien, esté seguro que esto crispa, los nervios de sufutura esposa... porque es completamente incorrecto emplear esas dosdenominaciones...

o señora simplemente, o baronesa a secas... señora baronesa queda reservado o para el teatro o para la cocina... Ycomo ésta, mi buen señor, hay una infinidad de pequeñeces que pueden serverdaderos escollos en su hogar de ustedes y acerca de los cuales lepondría en guardia si no temiera fatigarle.

—Si usted misma no lo está, señora, podría usted continuar—

respondiócon frialdad el pintor.

Pero a pesar de esta insinuación, la señora de Montauron no prosiguió,porque aunque Fabrice había conservado su sangre fría, comprendió laseñora, considerada la palidez mortal que cubría el rostro del artista,que hubiera sido impertinente por demás avanzar aún en aquella senda, yla verdad es que más de una vez había tenido que invocar la imagen deBeatriz para no poner punto final a semejante inoportuno sermón, rayandocon un trazo de pincel el retrato de su insolente modelo. Cuando un pocomás tarde dio cuenta a la señorita de Sardonne de tan penosa entrevista,parecióle prudente no entrar en detalles y se contentó con decirlesimplemente «que no parecía sino que la baronesa

había

puesto

particularempeño

en

mostrarse

desagradable en cuanto a la forma; pero en cuanto alfondo se ha limitado a hacerme comprender que yo era indigno de usted.Hemos concluído por estar de acuerdo, porque ésa es, en suma, miopinión».

Sin embargo, la baronesa consiguió ampliamente obtener el fin que sepropusiera: había hecho como esos insectos cuya picadura imperceptible,sin ser precisamente mortal al pronto, deja en el organismo unaperturbación tan profunda como quizás incurable.

No fue en verdad, sin algún embarazo y aún con ligera angustia, queBeatriz fue al día siguiente a casa de la vizcondesa de Aymaret, a quiendeseaba comunicar de viva voz su formal compromiso con Fabrice. Pero laseñora de Aymaret no pareció ni admirada ni enojada, porque desde el díaque vio cómo Beatriz

rechazara

las

proposiciones

de

Pierrepont,

quedóconvencida, por el lenguaje un tanto equívoco y las semi-confidencias desu amiga, de que ella tenía algún oculto amor, y a fuerza de reflexionarvino a dar en la flor de que entre todos los huéspedes de los Genetsúnicamente Jacques Fabrice, gracias a su talento y a su renombre, podíajustificar la pasión de que Beatriz parecía dominada. Las sospechas dela vizcondesa adquirían aún mayor cuerpo por esa intimidad que laslecciones de pintura habían establecido entre el artista y su amiga,acabando por creer la señora de Aymaret que la joven renunciara alconvento desde el momento que se convenció de que su amor eracorrespondido por su parte, y, considerándose la señorita de Sardonnepor demás afortunada en verse relevada de entrar en mayoresexplicaciones, dejó que su amiga perseverara en tales conjeturas.

En el curso de su recíproca conversación sugirió la vizcondesa a Beatrizuna idea que ésta no titubeó en aceptar, y que le fue fácil imponer aFabrice. Como se había hecho difícil para los futuros esposos laresidencia en los Genets, dada la actitud asumida por la señora deMontauron, decidieron aquéllos que Beatriz tomaría pretexto de lasatenciones a que la obligaba su próxima instalación para irse a París enla entrante semana, conviniendo en que residiría hasta la época de suspróximas nupcias en el convento de Auteuil, donde Marcelita se hallabaen pensión; y como la baronesa estudiaba por su parte el medio de verselibre de los gastos y molestias que siempre acarrean unas bodas,prestóse del mejor grado a los deseos de su ex lectriz.

Pocos días después de los sucesos que hemos relatado, el conde deVillerieux, tutor de la huérfana, vino a buscarla a los Genets a fin deacompañarla a París, en cuya ciudad se encontraba ya Fabrice con suhija; y no necesitaremos decir que la despedida de la señora deMontauron y Beatriz no fue cosa que llamase la atención por sucordialidad.

Nada diremos por el pronto del efecto que causaron en el ánimo dePierrepont las noticias que de Francia llegaban acerca de losacontecimientos que venimos narrando. Basta saber que las trivialescartas cambiadas entre los dos amigos a propósito del ya inmediatomatrimonio, carecieron por completo de interés; la de Jacques fueroncuatro renglones a modo de simple notificación; la del marqués era, seadicho en justicia, aunque breve, amistosa. Decía Pedro a su amigo que,por mala fortuna, habíase comprometido con su amigo lord S*** para darcon él una vuelta en su yacht por el Mediterráneo; pero que, sinembargo, contaba con estar de vuelta en tiempo oportuno para asistir ala ceremonia nupcial, encargándole al propio tiempo que transmitiera susrespetuosos parabienes a la señorita de Sardonne. Casi en los mismosdías que esta carta, llegaba de Londres un rico brazalete dirigido a lahermosa desposada.

IX

GUSTAVO CALVAT

Cuatro meses han transcurrido. Nos encontramos ahora en París, bulevarMalesherbes, en casa de la madre de Mariana de La Treillade, o, mejordicho, de Mariana misma, quien tiene sus amiguitas personales a quienesrecibe con entera independencia para charlar, según vocablo de supredilecta devoción. Y, en efecto, charla en esos propios instantes amás y mejor en amor y compañía de su inolvidable institutriz miss EvaBrown, de la gentil millonaria norteamericana miss Ketty Nicholson, depetrolesco olor, según detenidas observaciones de Pierrepont, sin quefalte en el arcangélico coro aquella por siempre famosísima señorita deChalvin, que se encabritaba como un caballito resabiado, según confesiónde su misma interesante mamá, cuando en algo se le contrariaba. Estasseñoritas, que se habían hecho amigas en los Genets, vuelven aencontrarse en París con recíproco placer de todas. Todas son elegantes,todas son bonitas, todas son muy blancas, la institutriz de marrasinclusive, que, además de muy blanca, es muy sonrosada,

¡una manzanita!¡Pero aventaja a todas también ese diablillo de Mariana! ¡Mariana! depuro rostro oval, mate blancura, grandes ojos en que voltejea la ironíay pequeños dientes de roedor.

Mariana se encontraba ya en París cuando el matrimonio de Beatriz, ehistoriaba a sus adorables amiguitas aquella ceremonia. Efectuóse en laiglesia de Passy, y Beatriz había querido que fuera muy sencilla a causade su luto y de las pasadas desgracias de familia: además, hubo pocagente a causa de la estación, mediado de octubre, en que todo el mundoelegante está aún fuera de la gran ciudad. Sin embargo, Mariana habíanotado que entre los concurrentes había mucho cursi y conjeturabamagnánimemente que debían ser parientes del desposado... La señora deMontauron pretextó una violenta crisis reumática y tuvo a bien quedarseen su casa... enviando a los novios como regalo una docena de cubiertosde plata... ¡qué ruindad!... ¡y siendo tan rica!... El marqués dePierrepont tampoco estuvo en la fiesta; se limitó a enviar un telegramadesde Malta, y su ausencia había llamado la atención, puesto que era elamigo predilecto de Fabrice... pero sin duda había temido que ladesposada diera un espectáculo arrojándose a su cuello delante de laconcurrencia... ¡Era tan tonto ese Pierrepont!... Estaba tan pagado desu persona y méritos, que se creía, el muy necio, que todas las mujeresestaban locas por él...

A Marianita lo que más le chocaba en el mundoera un fatuo...

Miss

Eva

y

la

señorita

de

Chalvin

estaban

de

acuerdo...Únicamente miss Nicholson, aunque americana, tímida, ¡rara avis! , tomómansamente la defensa del marqués...

Mariana se enfadó... Era Pedro unhombre que ella no había podido soportar... Además lo aborrecía desdeque con su charla había comprometido tan terriblemente a su prima la deAymaret... verdad que a ésta no le importaba; muy al contrario, teníacomo una especie de empeño en hacer ver que era amante de él... ¡Ya seve, como es tan guapo!... ¡y tan caballero!... Y si no, aquí entrenosotras, añadía Marianita, ¿no ha hecho todo lo posible por comprometertambién a la señorita de Sardonne antes de que se casara con el señorFabrice que, por cierto, me parece un buen hombre...? ¿Y saben ustedesque ha montado bien su casa, calle Prony?... Elisa, precisamente laprima de Aymaret es quien lo ha dirigido todo... Fabrice quería hacerverdaderas locuras... me ha dicho que ella ha tenido que contenerlo...Francamente, no es rico... no tiene más que lo que gana con sutrabajo... Verdad es que vende muy caros sus cuadros... ¡Y quisiera yosaber lo que le ha llevado a la baronesa por su retrato!... ¡También escierto que yo en su lugar hubiera saldado la cuenta de lo lindo!...¡Miren ustedes con una docena de cubiertos!

—¿Y el marqués de Pierrepont está siempre en Malta?—

preguntó missNicholson.

—No, ahora creo que está, en Gythere.

—¿En Gythere?

—Sí, al menos yo lo he visto anoche en el teatro con una ella quetenía el tipo de aquel país.

—Pero, ¿es un calavera?—interrogó otra vez miss Nicholson poniéndosecolorada.

—No... está de mal humor... ¡aburrido!—respondió Mariana.

Los informes de la señorita de La Treillade sobre la boda de Fabrice,aunque tan maliciosos en la forma, eran bastante exactos en cuanto alfondo, y nos dispensan de entrar en más detalles acerca del particular.También era exacto que el marqués de Pierrepont estaba de regreso enFrancia hacía algunas semanas, pero no hizo más que pasar a uña decaballo por París, para presentarse en los Genets a su tía,impacientísima ya por su larga ausencia. Pocas fechas corrían desde quela señora de Montauron se había reinstalado en París y en su hotel de lacalle Varennes, ocupando el sobrino su antiguo elegante entresuelo delbulevar Malesherbes, mansión no lejana del palacete en que respirabaMariana de La Treillade.

La primera visita de Pedro fue para la señora de Aymaret, qué tambiénhabitaba por aquellas cercanías, parque Monceau: había prevenido deantemano a la vizcondesa, quien lo esperaba con cierta desazón, porquedurante la ausencia del marqués, ni éste le había escrito ni ella seatrevió tampoco a hacerlo, no pudiendo olvidar que ella fue quien loalentó en sus desdichados propósitos acerca de la señorita de Sardonne,que ella había sido su oficiosa mensajera para con aquella joven, queella contribuyó en

no

escasa

parte

a

la

humillación