Historia de una Parisiense by Octave Feuillet - HTML preview

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—¡Por Dios, señora, permitidme explicaros...! Vos sabéis que en materiade religión las gentes que menos la practican son las más exigentes ymás austeras. Con nada están satisfechas. Yo, os dicen ellas, si yocreyese, ya lo veríais... haría esto y lo otro... en fin, laperfección... Pues bien, yo soy lo mismo en materia de casamiento... Locomprendo de tal manera, que creo que nadie es capaz de comprenderlocomo yo... Esta es la razón por que no me caso.

—¿Cómo lo comprendéis? Veamos—dijo la joven en un tono de una ligeraironía.

—Os reiríais de mí, si os lo dijese.

—Creo que no. Ensayad.

—Pues bien, señora, el matrimonio es para mí el amor por excelencia...Puede ser que el amor en el matrimonio sea un sueño, pero es el mejor delos sueños, y si alguna vez se realiza, aunque sea a medias, no debehaber en el mundo nada más agradable y elevado. Es el único que merezcaverdaderamente el nombre de amor, porque es el único también al que laidea religiosa le da algo de eterno... El divorcio, de que se hablatanto este año, me desagrada por eso... Porque le quita al matrimonio elsentimiento de lo infinito... Ese sentimiento puede ser una traba paralas almas vulgares o para los mal casados. Pero imaginaos dos seres quese han elegido antes de unirse, que se conocen bien, que se estiman, enfin, que se aman, y pensad cuánto debe añadir a su felicidad lacertidumbre de su duración sin fin. Es un camino encantado el quesiguen aquellos dos seres.

Viendo con arrobamiento que se pierde en loshorizontes sin límites donde el cielo se confunde con la tierra... ¿Osfastidio, señora?

—No—dijo Juana.

—Pues bien—añadió el señor de Lerne—, no me imagino una existenciamás completa que la de esos viajeros, que son al mismo tiempo dosamigos. Su ser es doble. Todos sus sentimientos son más vivos, susalegrías mayores; sus penas disminuyen. Si son inteligentes, comosupongo, llegarán a serlo más. Si son honestos, serán mejores. Por suíntimo contacto, por el cambio continuo, por la tierna emulación y eldeseo mutuo de no desmerecer uno de otro. En estos tiempos deperturbaciones por que pasamos, habría soñado más que nunca en una uniónde una intimidad sin igual entre dos seres igualmente generosos ydelicados, apoyándose y fortificándose el uno al otro, para conservar ala vez el corazón elevado y los gustos puros... Para mantenerse fieles asus antepasados, en cuanto al honor y a los viejos maestros, en cuantoal arte y poesía. Para admirar juntos lo que es eternamente bello ydespreciar lo que no lo es, para refugiarse en las alturas como en unarca y hablar allí de todo lo que conmueve el corazón o el pensamientode esta hora de los siglos, ¿Qué más os diré?... para poner en común sucreencia... o sus dudas. Para pensar alguna vez juntos en Dios, creer,buscarlo y llorarlo... ¡Ya veis, señora, que todo esto es puramentelocura!

La actitud de Juana, mientras escuchaba al señor de Lerne, eraencantadora; un poco inclinada hacia adelante, mirábale con sus grandesojos admirados, cual si viese surgir ante ella una fuente de delicias, ysus labios se entreabrían como para beber en ella.

Guando hubo cesado de hablar, vio a la joven secar furtivamente unalágrima que corría por sus mejillas. Turbado él mismo, por un movimientoirreflexivo de simpática atracción, le tendió la mano.

Juana retiró suavemente la suya tomando un aire circunspecto.

—Perdón—dijo el joven—, creía que éramos amigos.

—Todavía no—articuló ella.

—¿No tenéis confianza? ¿Parezco yo un hombre que os hace la corte?

—Cada uno tiene su modo de hacerla—dijo ella con imperceptiblesonrisa.

—Confesad que la mía sería singular.

Púsose a jugar con mano febril con algunos objetos que había sobre lamesa; sus ojos se detuvieron en una fotografía del pequeño Roberto;tomola y contemplola atentamente.

—Es lindo mi hijo, ¿no es verdad?

—¡Precioso! ¿Por qué lo tomasteis en vuestros brazos cuando yo entré?

—No sé, por casualidad.

—No, no fue el acaso... Queríaisme decir con ello: Si vienes comoamigo, enhorabuena; si vienes como enamorado, he aquí mi respuesta.

—Es verdad... ¿No os parece buena?

—Ninguna otra puede ser mejor—replicó Jacobo cuya voz temblaba unpoco—; y si algo me admira—prosiguió con extraña animación—, es quelas mujeres, en el momento de caer, no las detenga con más frecuencia elrecuerdo de sus hijos... ¿Creen ellas que no llegará un día en que sushijos sepan por las habladurías de la gente, su conducta ligera oculpable? Y el hombre que no respeta a su madre, ¿qué queréis querespete en el mundo? Faltándole el respeto a su madre, todo le falta,todo se desmorona... Ya no existe para él el mundo moral... Desde que notiene fe en su madre, no la tiene en nada. Su vida es un desencantoeterno, y si las mujeres pudiesen ver lo que pasa en el corazón de unhijo desgraciado, en el momento que llega a saber... a sospechar de sumadre...

El señor de Lerne se detuvo oprimido por un sollozo.

Hizo el movimiento desesperado de un hombre que no puede contener susimpresiones, volvió la cabeza y cubrió sus ojos con sus manos.

Juana, como todo el mundo, había oído hablar de la juventud demasiadoligera de la condesa de Lerne; y comprendió.

Hubo un momento de penoso silencio. La señora de Maurescamp dejóviolentamente su sillón y avanzando dos pasos tendió la mano al joven.

Jacobo se levantó de su asiento, sus ojos se encontraron, estrechó confuerza la mano que se le tendía, saludó y salió.

Aquella brusca partida dejó inmóvil por un instante a la señora deMaurescamp; dio algunos pasos inciertos por el salón, y en seguidadejose caer en un confidente, entregada a la más profunda meditación,sosteniendo con la mano su cabeza y enjugando a intervalos las lágrimasque caían lentamente de sus ojos. ¿Por qué lloraba? En la turbación enque aquella escena la había dejado, no se daba cuenta ella misma de suslágrimas.

El sonido del timbre en el vestíbulo hízola repentinamente contraer suscejas; algunos momentos después la puerta se abrió para dar paso alseñor de Monthélin.

—He sabido por el señor de Maurescamp que no salíais hoy y me heatrevido...

—Sois muy amable... Acercaos al fuego, pues.

Una mirada había bastado al señor de Monthélin para conocer que Juanahabía llorado. No era la primera vez que sorprendía un síntoma igual, enuna mujer abandonada de su marido, y tenía por costumbre, no sin razón,augurar de ahí, favorablemente respecto a sus pretensiones.

Justamente en esos momentos, el señor de Maurescamp, desertando delcuerpo coreográfico, hacía ostentación de sus relaciones con una amazonaamericana, Diana Grey, cuya aparición en el circo de Invierno había sidouno de los acontecimientos de la estación. Desde algunos días se la veíaconducir alrededor del lago un par de caballos negros, cuya procedencianadie ignoraba. El señor de Monthélin creyó, pues, que aquellacircunstancia debía tener alguna relación secreta con el estado detristeza en que veía a la señora de Maurescamp.

El sobrenombre grotesco con que Jacobo de Lerne había gratificado alseñor de Monthélin puede hacer creer al lector que este personaje teníaalgo de ridículo, pero nada menos que eso.

Era, en efecto, un seductormuy serio y muy peligroso. Tenía para con las damas el prestigiosingular de los hombres de buena fortuna; y parecíale menos vergonzosoel ser seducida por él que por algún otro. Era bien formado, alto yvaliente, y sin tener lo que se llama talento, poseía, a fuerza deaplicación y gusto por su oficio, una habilidad temible para adivinarlas ocasiones y aprovecharse de ellas. Sabía mejor que nadie, que hay enla vida de las mujeres esas horas de enervación y de presión moral,horas, por decirlo así, sin defensa, de las que un hombre de penetracióny atrevido sabe sacar terribles ventajas. Es así como se explica quemujeres distinguidas lleguen a ser algunas veces presa de la más vulgarde las galanterías.

El señor de Monthélin, que en su estrategia alrededor de la señora deMaurescamp, esperaba hacía mucho tiempo esa hora fatal con una pacienciay asiduidad felinas, juzgó que había llegado al fin. Después de algunosinstantes de conversación banal, a la cual Juana prestaba una atencióndistraída y lánguida, acercó su silla al confidente donde estabarecostada y,

—Apenas me escucháis—dijo—. ¿Qué tenéis?

—Nada.

—¿Habéis llorado?

—Puede ser.

—¿No soy vuestro viejo amigo, para recibir la confidencia de vuestraspenas?

—Yo no tengo penas... No sé lo que tengo...

Tomole con firmeza las dos manos acercándose más y mirándola fijamente.

—¡Pobre hija mía!—dijo a media voz—, ¡si supieseis cuánto os amo!

Al mismo tiempo sintió Juana que el brazo de Monthélin rodeaba sucintura. Despertose como de un sueño, levantose y rechazándoleviolentamente exclamó:

—¡Ah, mi pobre señor! Si supieseis qué mal momento habéis elegido.

No había como equivocarse sobre el acento de su voz y la expresión de susemblante, el sentimiento que la animaba era claramente el del desdénmás frío e implacable. El señor de Monthélin debió convencerse de queaquella ocasión habíala olfateado mal. Sólo le quedaba hacer unaretirada honrosa.

—Creo—dijo—que el señor de Lerne sale de aquí... Vamos ¡él se venga,es en buena guerra!

—Tomó su sombrero, se inclinó profundamente y ganó la puerta.

Juana, al quedarse sola, comprendió por primera vez, el peligro real yodioso que había corrido casi inconscientemente.

Diose cuenta de que enpocos días, tal vez en algunas horas, por desalientos, por indolencia,habría llegado a ser, sin amor, sin amistad, sin excusa, la víctimainerte y estúpida de aquel cobarde libertino. Comprendió cuan cerca sehabía hallado del borde de aquel abismo y lo lejos que de él se hallabaen aquel momento.

Díjose que las lágrimas que había derramado eranlágrimas de felicidad; y como transportada de alegría, echando haciaatrás con sus dos manos su abundante cabellera, murmuró:

—¡Estoy salvada!

VII

Es inútil decir a nuestros lectores, y sobre todo a nuestras lectoras,que desde aquella tarde, y sin más explicaciones, se estableció unaamistad regular y de las más estrechas, entre Juana de Maurescamp yJacobo de Lerne.

Juana entró desde entonces en una nueva faz de su vida, llena dedelicias. Sentíase renacer; volvía a tener ilusiones, creencias, y esosimpulsos entusiastas que habían encantado su juventud; recobraba susalas. Veía realizado su sueño en aquel sentimiento que la ligaba parasiempre al señor de Lerne. Sus almas habíanse tocado en un momentodado, en puntos tan sensibles y delicados, que habían quedado comoimantadas. No tardaron en convencerse ambos de que sólo vivían enaquellos momentos en que se hallaban juntos. Comprendíalo ella en laradiante expresión de Jacobo, así que la veía, en la tierna expresión desu voz, en la presión suave y respetuosa de su mano. Veía su empeño enencontrarse con ella siempre que podía, sin comprometerla,

y

estábalereconocida,

tanto

por

sus

demostraciones como por sus escrúpulos. Notabaque sus gustos habían

cambiado

y

que

se

había

hecho

mundano

paracomplacerla, más que todo, por su lenguaje y maneras reservadas para conella. Jamás una palabra de galantería, pero sí una confianza absoluta yla deferencia lisonjera de elevar la conversación cuando se dirigía aella, demostrándole de ese modo tan galante, sin decirle una palabra,que con ella no podía hablarse vulgaridades como a las demás, porqueestaba mucho más arriba de todos y de todas.

Un día supo que había roto sus relaciones con Lucy Marry. Tal noticia,la encantó y la alarmó al mismo tiempo. Aquel sacrificio, hecho en honorsuyo, ¿no la comprometería demasiado?

Reprochose tomarle toda su vida,cuando ella no podía consagrarle la suya. Para tranquilizar suconciencia, resolvió heroicamente volver a impulsarle al matrimonio,empleando toda su elocuencia. Recordole en consecuencia, que su misiónera casarle, que eso para ella era una cuestión de honor.

—Por otra parte—añadió—, cierta tarde me habéis expuesto unas teoríassobre el matrimonio, que me parecen muy edificantes; sería lástima quetan bello programa no se convirtiese en realidad, alguna vez siquiera enla vida.

—¿Pero no veis que trato de realizarlo con vos?

Ruborizose la joven mirándole con cierta timidez.

—Supongo que no temeréis nada, tengo a vuestro hijo entre los dos.Aunque no lo quisiera, no podría ser sino vuestro amigo, lo demás seríadeshonrarme ridículamente a vuestros ojos y a los míos. Sería unverdadero tartufo... ya veis que es imposible...

—¡Gracias a Dios! Pero paréceme a mí imposible que la amistad puedaúnicamente llenar la vida de un hombre.

Considerome cruelmente egoístaen usurpar vuestra existencia por tan poco.

—Señora—contestó alegremente Jacobo—, no os aflijáis por eso; osaseguro que no soy digno de lástima. Tengo algo de místico, y en otrostiempos hubiera hecho como algunos jóvenes, que a consecuencia deciertas tempestades de la vida, se encerraban en un claustro o en lasTebaidas del Port-Royal. Y

por cierto que ellos no encontraban una amigacomo vos. Os lo digo, seriamente, vos sois para mí, mi refugio y misalvación.

Hay todavía en mí un desborde de vida, del que he podidotomar mi parte, pero al fin, estoy saciado... Saciado hasta el extremo.Sentíame como sumergido en el fango... En una palabra, ansío un idealelevado y aun austero, y lo encuentro en el sentimiento que experimentopor vos; y este sentimiento, que es el amor, mucho me lo temo, estambién una religión. Pero podéis estar tranquila, y sobre todo... sedfeliz. Amadme un poco y no hablemos más de esto. Voy a leeros una páginade vuestro querido Tennyson, el más casto de los poetas. No puede venirmás al caso.

Otra noche, algunos meses después, era ella quien tranquilizaba aljoven. Debía ella partir a la mañana siguiente con su madre y su hijopara Dieppe, donde iba a pasar algunos días. El señor de Lerne había idoa despedirse. Aunque la separación debía ser corta, no le fue dado dejarde sentirse emocionada

y

sin

fuerzas.

Temiendo

manifestar

demasiadosentimiento, llevó la reserva hasta mostrarse fría.

Admirado de suactitud concentrada y algo burlona, el señor de Lerne púsose tambiénsilencioso y disgustado. Cuando se dieron la mano para despedirse, notóJuana en su mirada una singular expresión de inquietud y desconfianza.

—Apuesto—dijo la joven sonriendose—que adivino vuestro pensamiento.

—Veamos.

—Os preguntáis si no voy yo a decir a mi turno como aquella dama:«¡Adiós, imbécil!»

—Es cierto... y en verdad que tendríais razón para hacerlo, pero somosun par de locos.

—¡Ah! ¡Desgraciado! no digáis eso... no lo penséis siquiera...

¡Osestoy tan agradecida, por el contrario! ¡Os debo tanto, amigo mío!...Mirad, os voy a decir una cosa que os sorprenderá mucho... según creo,pero en fin, voy a decírosla... pues bien, vos me habéis salvado. ¡Sinvos, estaba perdida!... Ahora podéis estar seguro de que no deseoperderme con vos... ¡Ah, amigo mío, caeríamos de tan alto! Pensadlobien... Seríamos mil veces más culpables que otros, nosenvileceríamos... ¿No es verdad?

Quedémonos, pues, donde estamos... Osamaré más, os estimaré, os bendeciré, amigo mío, desde el fondo de mialma, y, ahora, adiós, querido imbécil. Escribidme.

Era así como se fortalecían mutuamente cuando se sentían débiles.

Empeñada en dar a sus relaciones un carácter cada vez más serio yelevado, la digna joven habíale pedido a Jacobo que le trazase un plande estudios y lecturas. Decía que aquello era para que él no seaburriese demasiado a su lado. Jacobo pasó el tiempo de su ausenciaocupado en formarle una biblioteca en que los escritores del siglo XVIItenían una colocación especial, entre las obras de crítica moderna, ylas numerosas colecciones de Memorias históricas. Esto fue el asunto desu correspondencia durante la permanencia de Juana en Dieppe. A suvuelta, consagrose a su biblioteca con ardor, y desde entonces hubo unlazo más entre ellos, el del discípulo con el maestro, porque el señorde Lerne, que era instruido y letrado, era para la joven un guía y uncomentador, del mismo género. Desde entonces, sus conversaciones, susadmiraciones simpáticas, y aun sus discusiones sobre literatura ohistoria, añadieron mayor interés a su tierna intimidad.

VIII

Ese género de amistades reparadoras, que son el sueño de tantas mujeresmal casadas, o cuando menos de las mejor casadas, necesitanindudablemente para conservarse puras, de caracteres excepcionales, ytambién de ciertas circunstancias como las que habían ligado a Juana deMaurescamp con el señor de Lerne. Pero en fin, esos amores heroicos nocarecen de ejemplos en el mundo, aunque el mundo no crea en ellos.

Elmundo no gusta de estos méritos que traspasan los límites comunes, queson los suyos. A más, los amores inocentes, son los que menos seocultan; desdeñando la hipocresía, dan margen más fácilmente a lamaledicencia. Nadie extrañará, pues, que la gente juzgase con suescepticismo e indelicadeza acostumbrada, las relaciones de unanaturaleza tan pura como las que se habían establecido entre aquellosjóvenes.

El hombre menos capaz de comprender un afecto de esa especie, eraciertamente el barón de Maurescamp. Aunque fuese muy celoso, más poramor propio que por su amor a Juana, nunca se había ocupado dedesconfiar de su amigo Monthélin, quien, sin embargo, tan cerca se habíahallado de comprometer su honor, pero en cambio, con el tacto habitualde su cofradía, no dejó de abrir desmesuradamente los ojos, ante laintimidad irreprochable de su mujer con Jacobo de Lerne. Detestaba porinstinto al joven, quien le era superior en todo sentido; muchas veceshabía sido su rival en las regiones del mundo galante, donde ladistinción de la inteligencia y la elevación de los sentimientosconservan siempre su prestigio. Pareciole demasiado duro al señor deMaurescamp el tenerle por rival hasta en su interior conyugal, y hay queconvenir en que si él no hubiese sido el menos recto y el más culpablede los maridos, su susceptibilidad en aquella ocasión habría sido de lasmás disculpables.

Juana habíase apercibido más de una vez del mal humor con que su maridosoportaba las asiduidades del señor de Lerne, pero fuerte en suconciencia, habíase preocupado poco de ello. Sin embargo, durante supermanencia en Dieppe, varias veces intentó mostrarle las cartas querecibía de Jacobo, a fin de tranquilizarlo respecto al carácter amistosode sus relaciones.

Para convencerlo mejor, ingeniose tan bien variasveces para hacerlo permanecer en el salón entre ella y Jacobo, tratandode alejar de sus relaciones hasta la sombra de un misterio. Pero todossus afanes estuvieron muy lejos de alcanzar el éxito que deseaba. Elseñor de Maurescamp no se encontraba bien; sentíase irritado del papelsecundario que desempeñaba en tales ocasiones; encogíase de hombros,decía dos o tres bromas groseras y se marchaba. A pesar de todo, laverdad tiene tanta fuerza, que a veces sentíase inclinado a creer quesus relaciones eran en efecto puramente sentimentales. Pero no por estosentía un odio menos reconcentrado y violento, y que no esperaba sinouna ocasión para manifestarse.

Desgraciadamente, la ocasión no tardó en presentarse. Como lo hemosdicho ya, hacía cerca de un año que el señor de Maurescamp estabaenamorado de Diana de Grey, joven amazona americana, que entoncesllamaba mucho la atención en París. Esta criatura, hija de un acróbatade baja esfera, y sumergida en el fango, no dejaba por esto de poseer labelleza pura y fresca del lirio. Pálida, delgada, elegante, de unaperfección plástica, de una depravación singular, a la que unía laferocidad anglo-sajona, reunía, pues, todas las cualidades apropiadaspara subyugar a un hombre como el señor de Maurescamp. Así, pues,habíale inspirado una de esas pasiones terribles y serviles que son engeneral el privilegio de los viejos, pero que los jóvenes depravadosexperimentan algunas veces como

anticipación

hereditaria.

Primeramentele

había

conquistado con su gracia y su fama, y acabó de subyugarle conlos caprichos fantásticos con que lo atormentaba. Hay hombres que, comola mujer de Sganarelle, gustan de que se les castigue. El señor deMaurescamp era de este número, y fue al respecto, servido a su gustopor la graciosa americana. Si lo hubiese querido, habríale hecho pasar alatigazos por uno de esos arcos de papel, por donde ella pasaba todaslas noches en el circo; pero prefirió hacerse regalar un lindo hotel enlas cercanías del Bosque de Bolonia con todo lo necesario para vivir enél confortablemente. Mediante esta compensación, comprometiose a que,una vez terminado su compromiso, renunciaría a su carrera artística, ycolmaría los votos del señor de Maurescamp.

En los primeros días de abril de 1877, esta singular persona tuvo laidea de estrenar su casa convidando algunos de sus amigos a un almuerzo.Ella misma hizo la lista de los convidados, y con gran disgusto delseñor de Maurescamp, el nombre del señor de Lerne se hallaba tambiéninscripto; conocíalo ella apenas, pero había oído hablar mucho de él,puesto que había dejado en la alta bohemia parisiense una reputación deamable compañero y de caballerosidad. Jacobo había roto completamentecon la sociedad en que Diana Grey era una de las estrellas; perotemiendo, sin razón, herir la susceptibilidad de Maurescamp, si rehusabala invitación de su querida, aceptó.

Diana Grey colocó al señor de Lerne a su derecha, y desde el principiodel almuerzo, ocupose de él de una manera muy marcada. Jacobo hablabaperfectamente el inglés; y ella gozaba de conversar en un idioma que elseñor de Maurescamp no tenía la ventaja de poseer. Jacobo hacía todo loposible por substraerse a las amabilidades demasiado expresivas de suvecina y trataba de hablar en francés; pero ella no quería y volvíaresueltamente a hablar en inglés, vaciando a su salud copas llenas de«pale ale», mezclada

con

Oporto.

Al

mismo

tiempo

lanzaba

miradasdespreciativas y provocadoras a Maurescamp, que se hallaba frente a ellaen la mesa, y que estaba visiblemente contrariado.

Las mujeres de la especie de Diana Grey, toman represalias salvajes delos hombres que las compran.

El almuerzo fue un poco frío. La dueña de casa parecía la única que sedivertía francamente. Cuando hubieron concluido, Jacobo de Lerne,pretextando una cita por negocios, se apresuró a substraerse a aquellasituación enojosa.

Diana Grey, así que se hubo ido, encendió un cigarrillo, y tendiéndoseen un diván a la americana bebió su Oporto.

Apercibiose entonces de queMaurescamp estaba disgustado, y para componer las cosas, le dijo, conligero acento:

—Mi gordo «boy», es muy interesante el amante de vuestra mujer... tengoun capricho por él, ¿sabéis?

—¿Estáis ebria, Diana?—dijo Maurescamp poniéndose muy encendido—.Estáis ebria, y os olvidáis de quien habláis.

—¿Porque hablo de vuestra mujer? ¿Pues no me habláis vos también deella, querido amigo? Me habéis dicho que era un hielo... ¡Un hielo! ¡Ah,qué bueno! ¿y habéis creído eso? ¡pobre ángel! Es una cosa sumamentegraciosa que todos los maridos crean que sus mujeres son de escarcha...¡Pero nosotras sabemos que son todo lo contrario para sus amantes!

Y continuó arrojando bocanadas de humo de su cigarrillo por entre suslabios rosados.

—Está completamente ebria—dijo uno de los convidados a Maurescamp. Yes lástima, pues sin eso sería perfecta.

Una hora después, cuando todos hubiéronse ido, Diana confesósecretamente a Maurescamp, que en efecto, estaba ebria, y que porconsiguiente, todo lo que había dicho, no debía tomarse en cuenta;después de lo cual pidió perdón y lo obtuvo.

Pero la señora de Maurescamp no obtuvo el suyo. Hacía ya mucho tiempoque su marido no la amaba, y mucho tiempo que había comenzado a odiarla.Porque en esa clase de desinteligencia, es raro que el desacuerdo sedetenga en la indiferencia.

Las

odiosas

y

cínicas

palabras

proferidaspúblicamente por Diana eran, por otra parte, elegidas expresamente paraexasperar al señor de Maurescamp. Sin tener mucha imaginación, tenía labastante para figurarse a su mujer, que no había tenido sino frialdadesy desprecios para él, abandonándose en brazos de otro a los vivostransportes de la pasión, y esa imagen, desagradable para cualquierotro, lo era en supremo grado para un hombre vanidoso, altanero, y tanengreído y sanguineo como era el señor de Maurescamp. No se detuvo apensar que podía ser algo injusto el hacer depender el reposo, el honory la vida de su mujer, de aquella habladuría de su querida en estado deembriaguez. Sentía rebosar en su pecho los sentimientos de despecho,celos, y odio que se condensaban hacía tanto tiempo contra su mujer ycontra Jacobo de Lerne, y resolvió poner término a sus relaciones,vengándose a un mismo tiempo de ambos.

La ocasión para un duelo pareciole especialmente oportuna, losincidentes del almuerzo podían suministrarle un pretexto especioso, quetendría la doble ventaja de dejar el nombre de su mujer fuera de lasquerellas y asegurar a él la elección de las armas. Era hábil en elmanejo de la, espada, y aunque bravo por naturaleza, no se sentía conhumor de despreciar aquella ventaja.

IX

Bajó a los Campos Elíseos, mascando un cigarro apagado, viéndolo todocolor de fuego.

Veinte minutos después entraba al Círculo y encontrábase allí conalgunos de los convidados de la mañana; entre otros a los señores deMonthélin y Hermany. Encerrose con ellos en un saloncito reservado.Díjole que se consideraba ofendido por la actitud observada por el señorde Lerne en casa de Diana Grey, por su afectación en hablar en inglés,durante el almuerzo, sabiendo, como sabía, que él, el dueño de la casa,no entendía aquel

idioma,

y

finalmente,

por

su

conducta

en

general,impertinente y provocadora.

Los señores de Monthélin y Hermany, perfectos caballeros, aunque algoles faltara, no hicieron observación alguna contra la poca importanciade los cargos, comprendiendo que era únicamente un pretexto para ocultarotros más serios y legítimos.

El señor de Maurescamp añadió: que tenía por sistema terminar tal clasede negocios lo más pronto posible, para evitar la publicidad, y, sobretodo, la intervención tan terrible de las señoras. Rogó, porconsiguiente, a aquellos señores que fuesen inmediatamente a verse conel señor de Lerne, y arreglasen aquel asunto que confiaba a su amistad.

El señor de Monthélin manifestó que su duelo con de Lerne le inhibía deaceptar la misión que quería confiársele. En consecuencia, el señor deMaurescamp pensó en otro de sus amigos, el señor de la Jardye,igualmente miembro del Círculo, y a quien Hermany fue a buscar en unasala contigua. El señor de la Jardye gustaba mucho de las ocasiones quele permitían darse importancia. Trató, sin empeño alguno, únicamente porla forma, de hacer oír algunas palabras conciliadoras; pero había sidode los que asistieron al almuerzo de Diana Grey, y acabó por declarar,que puesto que le tomaban su parecer, su opinión era que en aquellaocasión habían pasado al señor de Maurescamp cosas muy difíciles detragar, y por consiguiente, estaba a las órdenes del señor deMaurescamp.

Mientras tanto, el señor de Lerne se hallaba muy lejos de imaginarse lafiesta que le armaban. Paseose tranquilamente por el bosque, según sucostumbre, y a las diez entró en su casa.

Encontrose con las tarjetas dela Jardye y Hermany bajo un sobre cerrado, con estas palabras escritascon lápiz:

«Venidos por asuntos personales del barón de Maurescamp.—

Tendrán elhonor de volver a las diez y media.»

No tuvo que reflexionar mucho para adivinar de lo que se trataba. Aunqueignoraba las infames palabras de Diana después de su partida, no habíaescapádosele la irritación de Maurescamp durante el almuerzo, y diosecuenta inmediatamente de la verdad de la situación. Maurescampaprovechaba aquel primer pretexto que se le presentaba para satisfacersu odio de marido celoso, sin comprometer a su mujer.

Nada tenía que decir a esto. Escribió a sus amigos Julio de Rambert yJuan de Evelyn, inglés este último; hizo llevar las cartasinmediatamente y tuvo el gusto de verlos llegar algunos minutos despuésde haber recibido a Jardye y Hermany.

Dejó solos a los cuatro testigos y permaneció a su disposición en lapieza contigua.

El asunto era de los que no se disputan largo tiempo, porque todos losinteresados saben que bajo motivos ostensibles se oculta otro, que es elverdadero, y que por común acuerdo todos saben que no puede serdiscutido ni contestado. A los agravios alegados por los señores deJardye y Hermany en nombre del barón, los señores Rambert y Evelyncontestaron en el de su cliente, que tales agravios eran imaginarios,pero puesto que el señor de Maurescamp se consideraba ofendido, el señorde Lerne, no podía dejar de inclinarse ante su apreciación. Los señoresde Maurescamp y de Lerne, deseaban, a más de eso, que el asuntoterminase lo más pronto posible, para evitar la publicidad.

En cuanto a la elección de las armas, los testigos del señor de Lerne noestuvieron menos conformes. Jacobo les había confiado bajo el sello delsecreto algo muy delicado. En principio habíales dicho: «Acepto laespada, lo acepto todo; pero vosotros sabéis que fui herido en el brazoderecho, cuando mi duelo con Monthélin; a consecuencia de esta herida,tengo un poco de debilidad en este brazo; es poca cosa, y tal vezdepende del estado de la temperatura, pero, en fin, tal vez no memoleste en el terreno. No puedo valerme de este pretexto porque esvisible.

Me ven tocios los días tocar el piano con mano firme, y podríancreer que invento una escapada para librarme de la tizona de Maurescamp,que tira muy bien. Pero si podéis obtener la pistola, por medio dealgún argumento honorable, sería muy conveniente para mí.»

Esforzáronse, en consecuencia, en demostrar a los testigos deMaurescamp, que, planteada como estaba la cualidad de ofensor yofendido, quedaba en realidad dudosa entre los combatientes. Laprovocación dirigida por Maurescamp al señor de Lerne, a causa de unincidente cuya futilidad no podía desconocerse, ¿no tenía en sí uncarácter excesivo que se asimilaba a una verdadera agresión? Parecíalesentonces justo y conveniente que la elección de las armas recayese enaquel que había sido provocado, hasta cierto punto gratuitamente, o a lomenos que la elección se librase al azar. Los señores de la Jardye yHermany contestaron con fría urbanidad, que no podía cuestionarseseriamente aquella transposición de papeles, en tan desgraciado asunto,y que la negativa persistente en reconocer los derechos de su cliente asu calidad de ofendido, equivalía por parte del señor de Lerne a unaacusación de reparación, que no podía de ninguna manera entrar en susintenciones. Los señores de Rambert y Evelyn no creyeron deber insistirmás.

Discutiose mucho después sobre si los testigos del señor de Lerneobraban bien o mal.

Unos pretendían que, estando impuestos de su enfermedad, por ligera quefuese, no podían permitir el combate, en condiciones evidentementedesiguales: otros, más competentes, según parece, tienen como primerdeber que observar religiosamente las instrucciones de su mandato, queles confía, en primer lugar, su honor, en segundo lugar su vida.

Fue, pues, convenido que el combate sería a espada y que a la mañanasiguiente se encontrarían a las tres de la tarde, en Soignies, sobre lafrontera belga.

Jacobo oyó sin emoción aparente el resultado de la conferencia;agradeció a aquellos señores sus buenas intenciones y sus esfuerzos;díjoles alegremente que esperaba salir bien, a pesar de esto, y diolescita para la mañana siguiente a las siete en la estación del Norte.

Así que se quedó solo, tomó un aire serio justificado por lascircunstancias. Por un sentimiento de delicadeza muy natural, peroexcesivo, no había querido confesar ni aun a sus amigos el verdaderoestado de su brazo herido: la verdad era que todo ejercicio violento, ysobre todo el de la esgrima, determinaban en aquel desgraciado brazo unmalestar y un entorpecimiento que debían dar una gran ventaja a untirador tan consumado como el señor de Maurescamp. El señor de Lernepensó en esta circunstancia,

con

entereza,

pero,

aunque

no

se

sintieseintimidado, ni se creyese un hombre muerto, no dejó de conocer, que iba,sin embargo, a afrontar un gran peligro.

Hizo sus disposiciones, en consecuencia. Por fortuna, su madre pasabaaquel día en el campo, amábala, aunque había sufrido mucho por ella; yconsiderose feliz en que la casualidad le evitase la contrariedad de supresencia. Pero faltábale pasar aquella misma noche por otra prueba tandolorosa, o tal vez mayor que aquélla. La señora de Hermany daba un granbaile, y hacía mucho que habían convenido entre él y Juana encontrarseen él. Esa misma mañana habíanse renovado la promesa en el bosque.

Por más de una razón vio de Lerne que no podía dejar de ir al baile.Creía que su ausencia inquietaría a Juana si por acaso hubiesen llegadoa sus oídos los rumores de duelo; su presencia y actitud latranquilizarían. Pero, ante todo, parecíale que el buen nombre de suamiga le imponía aquel sacrificio heroico, y, a más, el señor deMaurescamp había tomado a su querida y no a su mujer como pretexto.Creyó, pues, que el mejor medio de asociarse a sus intenciones, ydesconcertar al público, era mostrarse esa noche con la señora deMaurescamp en los mismos términos de siempre. Aunque haciendo un granesfuerzo, hízolo como un deber de delicadeza.

X

Escribió dos cartas, una para su madre y otra para Juana, y a las onceapareció risueño en el hotel de Hermany.

El dueño de casa, testigo de su adversario, abrió tamaños ojos a laaparición de aquel convidado inesperado; pero repúsose pronto yrecibiolo ceremoniosamente, encontrando, como lo dijo después, queaquello era perfecto, irreprochable, y que probaba un estómago deprivilegio. La rubia señora de Hermany, más bella, más misteriosa y másperversa que nunca, vio que el señor de Lerne buscaba a alguien en lamultitud y, mirándole fijamente, le dijo breveniente: «Segunda puertaala izquierda. En el invernáculo, bajo del tercer palmero a la derecha,y decid después que no soy buena...»

Jacobo saludó gravemente, y siguió la indicación. Penetrábase alinvernáculo por dos arcadas de las cuales una estaba ocupada por laorquesta. El invernáculo era otro gran salón de cúpula, ofreciendomagnífico conjunto de enormes jarrones azules realzados por adornos deoro, dobles cajas de plantas, estatuas medio ocultas bajo el ramaje,divanes rodeados de taburetes, y banquillos esparcidos bajo los grandesabanicos de las palmeras, de los bejucos colgantes con sus pálidasflores color de cera, y de las hojas barnizadas y espesas corolasblancas de las magnolias.

Un ambiente cálido de la zona tropicalsaturaba el aire, y de vez en cuando oíase salir un murmullo de colmena,que a veces se elevaba como para dominar los ecos bulliciosos de laorquesta.

En uno de estos grupos, bajo del tercer palmero, a la derecha, hallábaseJuana de Maurescamp escuchando distraída a tres o cuatro suspirantes dedistintas edades. Al apercibir a Jacobo esparciose por su semblante esasonrisa plena que las mujeres reservan para sus hijos o sus amantes, yque los maridos ven raras veces. Aquella sonrisa bastó para tranquilizara Jacobo y convencerle de que ningún ruido había llegado a los oídos deJuana.

A la llegada del conde de Lerne, los astros secundarios que habíangirado a su alrededor se eclipsaron sucesivamente con un sentimientomezclado de disgusto y deferencia; porque, aunque calumniandogeneralmente a Juana por sus relaciones con Jacobo, generalmente tambiénsentían que había algo que tenían que respetar. Pero antes de quedarsesolo con Juana, Jacobo había tenido tiempo de hacerse algunasreflexiones amargas; parado frente a ella, parecíale, tanto le habíasorprendido su elegante belleza, que la veía por la primera vez. Llevabacon la castidad de Diana la moda indecorosa de aquella época, y mostrabafuera de su estrecha bata obscura, su busto casi entero y su brazosflexibles y puros. Sus negros cabellos, colocados algo bajos como los delas diosas, hallábanse algo torcidos simplemente en un rodete que caíasobre su nuca. Su cabeza, un poco echada hacia atrás, a causa de supeso, enderezábase un poco rígida en una actitud algo altiva ytriunfante. Sentíase bella y gozábase de ello, dejando entrever lablancura de sus dientes, por entre la púrpura de sus labios ligeramenteabultados. Al mirar a aquella criatura encantadora, animada por todaslas gracias de la inteligencia y de la pasión, sintiose Jacobo animadopor un impulso casi brutal de deseo, pesadumbre y enojo; habíalarespetado, echose aquella violencia. ¡Había tenido aquel heroísmo loco!y ¿cuál era su recompensa?

Con la extraña rapidez de percepción que caracteriza a la mujer, creyóJuana sorprender algo de lo que pasaba, en la mirada riente y turbacióndel joven; un ligero rubor cubría su frente, hizo girar su abanico ylevantando la cabeza con cierta timidez medrosa:

—¿Qué tenéis?—díjole—. ¿Por qué me miráis así?

—¡Estáis tan bella!—contestó Jacobo bajando la voz—. ¡Me hacéis mal!

—Eso pasará—dijo Juana riendo—. Vamos, amigo, nada más al respecto,¿para qué? ¿volvéis al materialismo?

—Sí, pasablemente en este momento.

—Me entristecéis, ¿sabéis?

—Pero, en fin—dijo sentándose—, al fin no soy un puro espíritu.

—Pues bien, yo lo soy—dijo riéndose como una niña—, y estoy encantadade serlo; a más, es culpa vuestra.

En seguida, con tono serio y penetrado:

—¡Ah!—dijo—, si yo estuviese segura de que erais feliz, amigo mío,¡cuan feliz sería yo también! En esto pensaba antes que llegaseis.

—¿Es usted verdaderamente feliz?—preguntole el joven con voz algoconmovida.

—¡Feliz! ¡Feliz! ¡Feliz!...—replicó ella con una graciosa efusión—: ypor usted, puede vanagloriarse. Hay momentos en que me asusto de mifelicidad; paréceme que es demasiada.

Imagínese—prosiguió bajando unpoco la voz—: amo, soy amada, y todo esto sin remordimientos, en pazcon el presente y sin ningún temor para el porvenir... porque, gracias aDios y a usted, amigo mío, podré ver sin terror aparecer la primeraarruga, que es el espectro y el castigo de los amores vulgares.

Estoysegura de que envejeceré sin pena... casi con alegría...

Porque, siendomenos joven tendré más libertad, estaré menos sujeta a lasconveniencias, más cerca de usted... menos comprometedora, en fin...Así, por ejemplo, pienso con delicia que podremos viajar juntos... Ypara eso hay que envejecer; pero, entretanto, si supiese cómo se hantransformado para mí el mundo y la vida, desde que soy amada, como deseoserlo...

Puede estar orgulloso del milagro que ha hecho. Parece que hamodificado, elevado, purificado mis instintos... todo mi ser...

que mehubiese enseñado... ¿cómo lo diré? el origen divino de las cosas,enseñándome a ver, a comprender el lado bueno de todo lo que he dicho...de cuanto veo y cuanto siento... Así es que, gozando como nadie en elmundo, mis alegrías son celestiales... Placeres de los ángeles. Todo loque pasa a mi alrededor aparéceme bajo una nueva luz, y todo revestidode una belleza desconocida para mí... Es una niñería, pero hace unmomento que paseándome por el bosque miraba los árboles...

que pasabanantes desapercibidos y decíame: «¡Qué cosa tan bella es un árbol, quésólido es, qué elegante, cuan lleno de vida!...» No hay un solo objetoen la naturaleza, desde la más ligera hierba, que no me causeadmiración, y me deje en éxtasis.

Estoy segura... ¿no lo cree ustedtambién? de que todas las cosas de este, mundo tienen dos fases, la unamaterial y hasta cierto punto vulgar que es visible para todos; la otra,misteriosa e ideal, que es el secreto y la revelación de Dios, y la queveo con los ojos que es su obra de usted, amigo mío.

Mientras la escuchaba, sufriendo secretas agonías, la fisonomía deJacobo había ido tomando una expresión dulce y seria.

—Sí—dijo al fin, lentamente y la voz algo alterada mirándola con unaternura infinita—, sí, debe haber un Dios y una vida mejor... y almasinmortales, puesto que hay un ser como usted...

—¿Pero, qué tiene? ¡Gran Dios!—exclamó de pronto.

Creyó que estaba indispuesto: habíase puesto repentinamente en extremopálido, y su mirada, dilatada en el espacio, estaba fija como ante unaaparición aterradora. Volviéndose bruscamente apercibió al señor deMaurescamp, apoyado en el marco de la puerta de entrada al invernáculo;mirábalos fijamente y sus ojos y facciones encendidas demostraban tantacólera, que el señor de Lerne se levantó inmediatamente temiendo algúnacto de violencia.

El señor de Maurescamp avanzó entonces a pasos mesurados, luchandoevidentemente contra el desencadenamiento de sus pasiones; sin embargo,observado por todos, y bajo la impresión del silencio en que quedó todoel salón, consiguió moderar su impulso, y llegando donde estaba sumujer, díjole con voz ronca y contenida:

—Vuestro hijo está enfermo... Venid.

Juana dio un ligero grito, hízole algunas preguntas precipitadas, peroconociendo en su actitud y lenguaje que la enfermedad del niño no erasino un pretexto, siguiole sin añadir una palabra más.

El señor de Maurescamp, después de haber estado un momento en la Opera,había regresado al Círculo, y sabido allí por casualidad la presenciadel conde de Lerne en el baile de los Hermany. Sabía que su mujer debíair a él. Como no tenía ninguna delicadeza en sus sentimientos ni en sucorazón, ni aun se le ocurrieron los motivos honorables que habíandictado el proceder de Jacobo. No vio otra cosa que un insolente alardede que su mujer era cómplice, e inmediatamente se trasladó al hotelHermany, sin ningún plan preconcebido, y sólo impulsado por unsentimiento de odio y de enojo que no debía detenerse ante ningunaconsideración ni aun ante un escándalo público.

Como se ha visto,gracias a una suprema inspiración, no lo fue tanto como se temió, perosí lo bastante para empañar para siempre, en un minuto, el honor de sumujer y el suyo.

XI

Mientras se esparcía por los salones, entre cuchicheos y risas, la nuevade la desaparición de Juana, arrebatada por su marido, el señor deMaurescamp sentábase bruscamente al lado de su mujer en su cupé. Desdeque no tuvo testigos dejó de hablar de su hijo. Aquel silencio y suactitud airada no podían dejar a la pobre mujer la menor ilusión.Sentíase atemorizada.

Sentía ese estupor de una persona herida por el rayo, en el esplendor desu existencia, en su honor, en su inocencia; la indignación de una mujerhonesta públicamente insultada, el temor vago de una catástrofedesconocida, próxima y terrible. En su tribulación sin nombre,permanecía silenciosa, esperando que él hablase; pero en vano; y eltrayecto bastante corto de la Avenida Gabriel a la Avenida de Alma, sepasó sin que una palabra se hubiera cambiado entre ellos.

Juana, sin embargo, empezaba a despejar su espíritu, naturalmentevaleroso, del caos de sentimientos en que la primera sorpresa la habíasumergido. Atravesó con paso firme, a la vista de tres o cuatro criadosinmóviles, el gran vestíbulo sonoro de su palacio, y subió la escalera,silenciosa, pero llegado que hubo al primer descanso de la escalera desus habitaciones, se apercibió de que su marido seguía adelante:

—Perdón—le dijo—; hacedme el gusto de entrar ahí, tengo que hablaros.

Dudó unos instantes; como la mayor parte de los hombres, no gustaba deexplicaciones, pues en realidad era un carácter violento, más bien quefuerte; el acento tranquilo de su mujer le imponía, aunque le irritaba.Siguiola, pues, pero con más enojo que antes.

Cerró la puerta, pasó al saloncito que estaba antes de su dormitorio y,volviéndose hacia el barón y mirándole:

—Y bien, ¿qué es lo que hay?—dijo.

—Lo que hay, es que mataré a tu amante mañana por la mañana, eso es loque hay.

Ella juntó sus manos haciéndolas chocar con estrépito, y continuómirándole, con los labios entreabiertos como excitando.

—Hace mucho tiempo—replicó Maurescamp jurando e irritándose a sí mismocon la violencia de su lenguaje—; hace mucho que me están ustedesprovocando... que ambos me ultrajan... que me cubren de ridículo... esova a concluir.

—Es usted un desgraciado loco—dijo Juana con dulzura—.

Yo no tengoamante... pero sepamos... ¿qué es lo que quiere decir? ¿Ya a provocar enduelo al señor de Lerne?

—No hay que provocar, es cosa hecha—contestó con el mismo acento defanfarronería grosera—; mañana nos batimos.

La joven volvió a juntar sus manos, y dejó oír un gemido sordo.

Su marido pareció apercibirse de su brutalidad, y prosiguió precipitandolas palabras y casi balbuciente:

—Es claro que no tenía la intención de prevenirle... eso no entra enmis habitudes... pero usted lo ha querido... me ha obligado a ello... meprecipita... Es él a más quien ha colmado la medida esta noche...Continuar haciendo la corte públicamente a la esposa cuando se bate aldía siguiente con el marido, es indigno de un caballero... es innoble.

—El señor de Lerne no me ha cortejado ni esta noche, ni nunca—dijoJuana con energía—, al menos como usted lo comprende. Su honor, esusted quien lo ha comprometido; su duelo con el señor de Lerne sería unalocura... una mala acción...

un crimen... porque, se lo juro por Dios ypor la vida de mi hijo...

que jamás ha sido para mí otra cosa que miamigo.

—¡Se entiende!—replicó Maurescamp en tono de burla—.

¡Vamos, creo queesto es ya bastante y aún demasiado! Y dio algunos pasos hacia lapuerta.

Pero Juana, poniéndose delante:

—No, se lo suplico, no se vaya aún... ¡si supiese usted lo que es parauna mujer... que ha sufrido, que a más ha luchado...

resistido, pero queal fin ha permanecido honesta, pura, fiel, y que se ve no sólosospechada, sino más todavía, condenada, castigada con este cúmulo deinjusticia y de dureza! ¡Si supiese usted lo que pasa entonces por lacabeza de esta desgraciada! ¡Si supiese usted lo que podría hacer de mí,aunque no me agradezca nada tratándome... de imprudente, cuando más,como si fuese la causa de todo!

—¡Ah! basta—repuso el conde con dureza, procurando desasirse.

Pero ella le retuvo todavía, empujándole suavemente delante de sí, conademán suplicante; recostose el barón en la chimenea con la actitudresignada del verdugo.

—Ya sabe usted—dijo Juana—, tan bien como yo misma, la historia denuestro pobre menaje... Poco tiempo me amó usted, amigo mío...seguramente por culpa mía... yo no le agradaba...

mis gustos no eran lossuyos... todo lo que hacía... todo lo que a mí me gustaba, usted lorechazaba... Me ha abandonado... buscó sus placeres, nada más natural...Conocía usted que nada podía decirle puesto que no tenía el poder deretenerle. Pero yo era más joven entonces, amigo mío, pues ya hace añosde eso, y entonces, sí, corrí peligro, se lo confieso. Sola en el mundo,descorazonada, enervada, sin sostén... rodeada de malos ejemplos,entregada a malos consejeros, perseguida y casi pervertida por gentesque no sospecha... sí, hubo un momento en que me sentí sin corazón, sinvirtud, y próxima a caer... Pues bien, es la amistad que me hasalvado... esta amistad de que me hace un crimen... El señor de Lerne hasido para mí...

—¡Un hermano!—interrumpió el señor de Maurescamp con el mismo tono deironía insultante.

—¡Sea!—replicó Juana animándose—, un hermano... si así lo quiere...Pero, en fin, él me ha salvado, esto es lo que hay de cierto. Cuando ibaa tomar gusto por los placeres prohibidos, es él quien me ha vuelto alde los placeres permitidos... Y si su mujer no es hoy una mujer mundana,es quizá a él a quien lo debe usted... y quiere usted matarle, ¿es esojusto y honorable?

Diga.

—Justo o no, haré lo que pueda; se lo prometo; vamos, déjeme.

—Pero ¡gran Dios! qué hombre es usted, si no me cree... y si creyéndomepersiste en sus designios de odio y de venganza...

No, no, no dejará dehacer usted un llamado a su razón, a su justicia y a su lealtad... Noquisiera herirle, Dios lo sabe... pero en un interior como el nuestro,en una situación como la mía...

¿qué quiere que una joven haga de sutiempo, de su corazón, de su pensamiento y de su vida?... Usted tienesus queridas...

déjeme siquiera mis amigos... y puede estar seguro deque tendrá que elegir entre los amigos confesados, y los amantesocultos.

—Pero, decididamente—exclamó el señor de Maurescamp—,

¿qué es lo quequiere usted? ¿qué me pide? Prentende, acaso,

¡esto sería demasiadofuerte! que vaya a tender la mano al señor de Lerne, excusarme con él, ypedirle que vuelva a reanudar sus relaciones con usted?

—Sí—contestó con energía...—eso es lo que le pido. Sin excusas, seentiende; y al pedirle esto, le pido una cosa enteramente justa,honorable y sensata... porque en realidad es el único medio de repararel mal que ha hecho a su honor y al mío...

Es el único medio de imponera las calumnias, a las que ha dado origen con su conducta de esta noche,y a las que este duelo daría un carácter irreparable de verdad. Si escapaz de hacer justicia a su mujer inocente, la verdad tiene muchafuerza, le creerán, y yo, amigo mío, si pudiera comprender lo agradecidaque le quedaría, con cuán piadoso respeto se lo probaría, respetando enadelante sus susceptibilidades, que tal vez he descuidado demasiado...¿y quién sabe, también si esa acción generosa, no sería entre nosotrosun nuevo vínculo?... Probados los dos por la desgracia, mejor instruidospor, la experiencia... y los pesares... ¿quién sabe si nuestroscorazones no se unen?... ¡quién sabe! ¡bah! de usted dependería, se loaseguro... llegar a ser para mí mi mejor, mi único amigo.

—Todo esto es muy bello, sin duda—dijo el señor de Maurescamp,enderezándose dentro de su corbata—, pero es puramente novela...¡Siempre ese miserable espíritu de romanticismo que les pierde a todas!

—¡Ah, mi Dios!—replicó la pobre mujer, vertiendo lágrimas...—puesbien, ¿qué es lo que queréis? decid, ¿qué exige?... ¿que despida alseñor de Lerne, que no le vea más?...

¿que le sacrifique esta amistad, ycuantas pueda tener en adelante? Sea, se lo prometo... me comprometo ahacerlo... viviré sola... viviré como pueda... a más, mi hijo crece...me ocuparé de él... él será mi amigo... Sí, así será... se lo juro, ycumpliré mi palabra... Pero, por favor, por favor, amigo mío, no lleve aefecto ese duelo... No hay razón, no hay motivo para ello; es unamonstruosidad, se lo aseguro. ¡Mire, se lo pido de rodillas!

Y echose a sus pies, desatinada y llorosa.

—Se lo pido con las manos juntas... con todo mi corazón, con todas mislágrimas... sed bueno... se lo ruego; tened compasión, no medesespere...

—¡Vamos, ahora es melodrama!—dijo Maurescamp, rechazándola.

—¡Ah, desgraciado!—exclamó la joven levantándose, y enjugando susojos; y tomándole violentamente las dos manos añadió con voz contenida:

—No sabe usted lo que hace, no, no lo sabe; no le diré que mate, seríademasiado decirle, pero usted me condena.

Y soltándole con ímpetu las manos:

—Puede irse—dijo—, ¡adiós!

El señor de Maurescamp salió.

Permaneció la joven por algunos momentos agobiada y como anonadada sobréel tapiz, el cabello en desorden, la mirada fija y seca, agitando unamano por intervalos, con un movimiento de extravío. Fue sacada de aquelabatimiento por algunos ligeros golpes dados a la puerta de su salón.Levantose inmediatamente.

Era su camarera, anunciándole que la señora deLerne deseaba hablar un momento con la señora baronesa.

—¡La señora de Lerne!

—Sí, señora... ¿Diré que la señora está un poco enferma? La señora notiene buen aspecto.

—Hazla entrar.

La señora condesa de Lerne apareció, lívida, la mirada extraviada,todas las líneas de su cara hundidas, y convulsas. Sin fijarse desdeluego en el desorden en que se hallaba Juana, fue hacia ella con el pasorígido de un espectro y dijo clavándole la vista:

—¡Su marido se bate mañana con mi hijo!

—Lo sé—contestó Juana—; acaba de decírmelo.

—¡Ah!—replicó amargamente la anciana señora—. ¿Acaba de decírselo?¡Es el acto de un cobarde!

—Sí, pero usted, ¿cómo lo sabe?

—Por Luis, el viejo criado de mi hijo, que ha sospechado algo hacepoco, y que después ha oído toda la conversación de los testigos.

—¿Y usted sabe, señora—replicó Juana—, que no hay nada malo entre suhijo y yo?

A la verdad que aquello era nuevo para la vieja condesa. Y en sutribulación, no pudo disimular una especie de sorpresa candorosa:

—Pero, entonces—dijo—, ¿no hay pruebas?

—¿Pruebas de qué? ¡Puesto que no hay nada!...

—¿Y su marido no ha querido creerla?

—No.

—Entonces, ¿nada hay que esperar?

—¡Nada!

La señora de Lerne dejose caer en un sillón y quedó inmóvil, muda,inerte. Después de un silencio, Juana se le acercó.

—¿Su hijo está en su casa?

—Sí.

—¿Su carruaje está abajo?—insistió Juana—. Pues bien, partamos... irécon usted... quiero verle.

Mientras hablaba, cubría su cabeza con un velo y envolvíase en suspieles.