Historia de una Parisiense by Octave Feuillet - HTML preview

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Pronto estuvo al cabo de todos sus secretos, y Juana creyó conocer lossuyos. Sus existencias estaban ligadas íntimamente.

Visitaban juntas yjuntas recorrían las tiendas; tenían el mismo palco en la óperafrancesa; iban juntas a los cursos de la Sorbona, y cuando llegó elverano, las dos se establecieron en Deauville, en el mismo pueblo.

Fue allí donde acaeció un acontecimiento que debía dejar un recuerdoprofundo en el alma de la señora de Maurescamp.

Aunque conduciéndose muy bien las dos graciosas amigas, vivían en elgran mundo y eran muy rodeadas. Tan linda pareja, como decía la señorade Hermany, no podía dejar de llamar la atención de los admiradores.

Los aficionados al baile, de París, poblaban la costa, desde Trouvillehasta Cabourg. A más, los señores de Maurescamp y de Hermany, con ladeferencia de todos los maridos, tenían buen cuidado de llevarlesalgunos amigos todos los sábados por la noche, por si acaso.

Los homenajes de todos aquellos dilettantes eran acogidos sin cortedadni familiaridad, con la seguridad tranquila y risueña que caracteriza alas mujeres de la sociedad que son honestas, y también a las que no loson.

Por la noche tenían su conciliábulo antes de acostarse, y pasaban enrevista burlesca a todos los pretendientes del día: llamaban ellas a esola matanza de los inocentes, y algunas veces, la cacería de lasantorchas. La señora Hermany era en esta ejecución nocturna,verdaderamente feroz. Entre los que trataba más mal, figuraba un jovenllamado Salville, a quien llamaba el bello Salville, y que era, segúndecía, el más estúpido director del cotillón que jamás hubiese conocido.A la señora de Maurescamp, menos amarga, le parecía bello, y buenmuchacho, sobre lo cual, la señora de Hermany le reprochaba, riendo, sugusto de pensionista y lavandera, por los mosquitos. En cuanto a ella,si no estuviese, por muchas razones, desencantada de los enamorados, nopodría amar sino a un hombre maduro; y en seguida hacía de este hombremaduro a quien ella habría amado, un retrato severo y magistral, quedesgraciadamente no se parecía a nadie.

Una noche, a fines de agosto, Juana habíase retirado a su habitaciónpara escribir a su madre antes de acostarse. Era más de la una de lanoche cuando terminó su correspondencia. La noche estaba tormentosa, yal acercarse a una ventana, vio los relámpagos

que

recorrían

elhorizonte,

y

rozaban

silenciosamente el mar. Por intervalos, truenoslejanos, semejantes al mugido del león en los desiertos de África,mezclábanse a la fiesta. Ella sabía que madama de Hermany adoraba estasgrandes escenas dramáticas de la Naturaleza, y creyéndola aúnlevantada, pues se había dicho que ella también escribiría hasta tarde,bajó al piso inferior y llamó suavemente a la puerta. No recibiendorespuesta, la creyó dormida; entonces, tuvo la idea de bajar al pisobajo, para ver mejor a través de las grandes ventanas de la baranda, elespectáculo de la tempestad sobre el Océano. Cuando abrió la puerta delsalón, con su candelero en la mano, entrevió en la media obscuridad, dosformas humanas que se levantaron violentamente;

dio

un

grito

de

temorque

contuvo

inmediatamente al reconocer a la señora de Hermany, quienadelantándose le tomó violentamente de los puños, diciéndole vivamente:

—¡Silencio!

En seguida, volviéndose hacia un joven que permanecía en medio del salónen una actitud bastante embarazosa:

—Vamos, vete—le dijo.

El joven saludó y salió por la puerta del salón; era el bello Salville.

La señora de Maurescamp, en extremo admirada de aquel dobledescubrimiento, dejó caer la bujía, que se apagó; después de algunossegundos de inmóvil estupor, dejose caer sobre un diván que tenía cercay cubriéndose el rostro con las dos manos, púsose a sollozar.

La señora de Hermany, yendo y viniendo por el salón a obscuras, en eldesorden de una bacante, detúvose al fin delante de Juana:

—¿Creía que era una santa?—dijo.

—Sí—contestó sencillamente Juana.

La señora de Hermany, encogiéndose de hombros, dio todavía algunospasos. Después, volviéndose bruscamente:

—¿Cómo habéis podido creer eso?—volvió a decir—. ¿Cómo es que habéispodido pensar que saliese ilesa de esos cenagales donde el miserable demi marido me ha lanzado?

Juana no contestaba, ahogada por los sollozos.

—¿Sufres, hija mía?

—Mucho.

—Vamos, ven, entonces, a respirar el aire libre, ven.

Y tomándola de la mano, la levantó con alguna violencia y la llevófuera. Hízola sentar a algunos pasos de la baranda, sobre el terrazo, ypermaneció de pie, recostada sobre una de las columnillas que sosteníala galería. Miraba a la mar sobre la que continuaban pasando algunasluces intermitentes.

Después de un largo silencio, alzó la voz nuevamente:

—Eres una loca, querida Juana—dijo—, eres una loca, como yo lo hesido, como lo somos todas en el principio de la vida. Mi marido, despuésde todo, me ha hecho un servicio sin quererlo; me ha libertado de mispañales, y aliviado de mis excesos de idealismo. La verdad es, queridamía, que todas somos ridículamente educadas... Esas educaciones etéreasfalsean nuestro entendimiento... Lo cierto es que no hay nada en latierra, ni en el cielo, mucho lo temo, que pueda responder a la idea quenos hemos formado de la felicidad... Nos educan como a espíritus puros,y en realidad no somos más que mujeres... hijas de Eva... nada, nadamás. Nos vemos obligadas a descender o a morir, sin haber vivido...Quien quiera hacer de ángel, hace de estúpida, ¿sabes? ¡Ah! ¡Mi Dios!Nadie empezó a vivir con un corazón más puro que yo, os lo aseguro, nicon ilusiones más generosas, ni más elevadas creencias... Pues bien, yohe reconocido, un poco antes que otras, gracias a mi honrado marido, quetodo eso era sin objeto, sin aplicación, ni realidad...

que nadie mecomprendía... que hablaba una lengua desconocida en nuestro planeta...que yo era la única de mi especie, en una palabra. He tenido queresignarme a elegir, aceptar los únicos placeres de que este mundodispone...; después de haber soñado con amores extraordinarios, hetenido que contentarme con un vulgar..., pero, no hay otros, porque hayque responder a nuestro destino, y el destino de una mujer es amar y seramada... ¡Esto es todo, querida!

—¿Qué quieres? Soy un ángel caído... y trato de arrastraros en micaída... ¿No es verdad? ¿No es ése vuestro pensamiento?...

Así lo leo envuestros grandes ojos, a cada relámpago que pasa...; A más de esto, ladecoración está ahí. Ese cielo y ese mar ardiente... y yo aquí, con elcabello en desorden y presentando mi frente a la tempestad... Muypoético, ¿no es verdad? De todos modos, soy bien miserable al decirostales cosas; siempre hay tiempo para aprender.

—¿Por qué me lo decís?—preguntó Juana, que durante aquel extrañodiscurso había recobrado alguna calma.

—¿Acaso lo sé yo?—dijo la señora de Hermany—. ¡Ah!

¡gracias a Dios yallueve!

Bajó rápidamente dos o tres escalones de la gradería, y expuso su cabezaa la lluvia, que empezaba a caer con fuerza, recogiendo las gruesasgotas en sus manos y refrescándose con ellas la frente.

—Os ruego, Luisa, que entréis—dijo con dulzura Juana.

Subió lentamente y parándose delante de su amiga:

—Tendremos que separarnos—dijo con tono breve y altanero.

—¿Por qué?—dijo Juana—, yo no tengo la pretensión de reformar elmundo... lo único que os pido es que no me habléis nunca de vuestrosamores ni de los míos. Sobre todo lo demás, nos entenderemosperfectamente... Nuestra amistad será para mí un gran recurso, y creoque la mía podrá seros útil.

La señora de Hermany la estrechó apasionadamente contra su pecho, ybesándola:

—Gracias—le dijo.

Volviéronse ambas a sus habitaciones; y dos horas después, cuando, eldía empezaba a aclarar, Juana estaba todavía sentada a los pies de sulecho con las mejillas húmedas y la mirada fija en el espacio.

IV

Nada conmueve más nuestro ser moral como el descubrimiento de lasdebilidades de aquellos que personificaban para nosotros lo bueno y lodigno; sean ellos nuestros padres, nuestros amigos o nuestros maestros.Cuando cesamos de estimar a los que habíamos consagrado nuestraestimación y respeto, nos sentimos impulsados a dudar de las mismasvirtudes que antes admirábamos. Los falsos ídolos nos hacen dudar hastade la misma religión.

Esta fue la razón especiosa y muy humana que hizo que la señora deMaurescamp, no quedándole duda de la perversidad de los sentimientos desu amiga, cayese en desalientos tan afligentes como peligrosos. De uncarácter demasiado elevado para romper ruidosamente con aquélla conquien había tenido tan estrecha amistad, tanto en privado como enpúblico, no por eso, dejó de conocer que aquella amistad había pasado.La aureola esplendorosa

que

había

colocado

sobre

su

frente,

habíaseextinguido para siempre, y extinguiéndose en el barro, como las luces delos fuegos artificiales. Habríale perdonado un amor menos culpable, quehubiese sido disculpado por su objeto; habríale perdonado Petrarca,Dante, Goethe, pero no le perdonaba al bello Salville. No le perdonabasu afectación hipócrita en llenarle de ridículo, y, sobre todo, no leperdonaba que hubiese intentado desmoralizarla, exponiéndola con unorgullo de demonio, su teoría perversa, y tanto menos la perdonaba,cuanto que sentía que había casi logrado su objeto, y que poco a poco elveneno iba infiltrándose en sus venas.

En efecto, bajo la impresión de aquel nuevo desencanto, Juana deMaurescamp frecuentó la sociedad, desde entonces, con menos ilusiones yoptimismo que antes. Observó con ojos más experimentados lo que pasaba asu alrededor; muchos comentarios que había tenido por calumnias,pareciéronle verosímiles; y muchas relaciones que juzgara inocentes,fuéronle sospechosas. Habiendo creído ver en el mundo más virtudes quelas que hay en realidad, empezaba a no creer en ninguna.

Preguntábase sien efecto no sería única en la especie, como se lo había dicho la señorade Hermany, y si, sus sentimientos e ideas sobre la vida, y, sobre todo,sobre el amor, no eran solamente el resultado de una educaciónartificial y de una imaginación falseada por las utopías de los poetas;y, finalmente, si el placer, tal cual era, no era mejor que nada.

Es un espectáculo tierno y conmovedor el que presenta una joven honesta,que ha llegado a una época de la vida mundana, casi inevitable, luchandoen su agonía, y expuesta a caer de un momento a otro, de un exceso deidealismo, a un exceso de realidades.

A más de los filósofos, hay siempre un buen número de curiososdispuestos a seguir con interés está especie de pequeños dramas. Elmundo está lleno de gente que no se ocupa en otra cosa, que esperantambién que les llegue su turno, y que se ingenian en precipitar eldesenlace. Uno de los más desdeñosos de la especie, era entonces elvizconde de Monthélin, muy conocido en la alta sociedad parisiense. M.de Monthélin amaba exclusivamente el amor, y con ello tenía ya un títulopara con las damas. No jugaba, ni fumaba, ni iba al círculo. Cuando,después de comer, todos los hombres se reunían para fumar, él se quedabacon las señoras. Con esto conseguía grandes ventajas, de las que abusabagustoso. No era ya joven, pero era elegante, buen decidor, con airecaballeresco y un corazón que era una verdadera cloaca de corrupción. Suya larga existencia la tenía consagrada a husmear los matrimonios endesgracia, y acabar con ellos. Era su especialidad. Dos o tres duelos,uno de ellos con el conde Jacobo de Lerne, que habíale llamado eltiburón de los salones, habían puesto el colmo a su reputación.

Desde el invierno que siguió a la estadía de las dos amigas en Douville,no quedó duda de que el señor de Monthélin miraba a la señora deMaurescamp como una presa ya casi segura. Viósele estrechar su amistadcon su marido, al mismo tiempo que estrechaba el círculo de susoperaciones alrededor de Juana. Sus visitas a la hora del crepúsculofueron cada vez más frecuentes; arreglose de modo de poderla encontrarpor las mañanas en el bosque, y presentábase regularmente en su palco elviernes en la Opera y los martes en los Franceses.

En su profunda enervación moral y en su aislamiento desesperado, Juana,casi sin defenderse, dejábase arrastrar por esa fascinación que ejercecasi siempre sobre las de su sexo, la insistente persecución de unhombre.

Sentíase poco a poco presa de vértigos de las continuadas y sabiasevoluciones que el señor de Monthélin describía en torno suyo. Empezó aconcederle esos pequeños favores, que son casi siempre el preludio delcompleto abandono. Es así como fue tomando la costumbre de informarle delas visitas que pensaba hacer, de las casas donde podría hallarla; yhasta le indicaba las horas en que la encontraría sola en su casa; enlos bailes, como él no bailaba, le reservaba algunos bailes sentados, esdecir, las ocasiones a solas, tras del abanico, bajo la sombra de uncortinado o de una palmera en el invernáculo. Estos manejos, a falta deotros, causábanle una turbación que la entretenía; la emoción delpeligro, que agitaba sus nervios, hacíale creer en una pasión. En unapalabra, la desgraciada y noble Juana se hallaba en vísperas de la caídamás vulgar, cuando un tercer personaje intervino en el escenario.

Era una mujer, una anciana, la condesa de Lerne; madre de Jacobo deLerne, que había sido herido en duelo, algunos años antes, por el señorde Monthélin.

La señora de Lerne había sido siempre una mujer sin principios, pero sinmalevolencia, aunque muy espiritual. Tenía el buen sentido de no habersehecho mogigata, después de haber sido una coqueta. Su indulgencia porlas debilidades por que ella también había pasado, su buen humor, susbuenos consejos, y su situación de familia y de fortuna, valíanle, apesar de los recuerdos todavía vivos de su juventud, la simpatíageneral. Su salón era muy buscado; allí se reunían los hombres másdistinguidos en la política, la literatura y las artes. Agregaba algunasjóvenes bellezas, como para adornar el paisaje. Juana de Maurescamp, consu elegante hermosura, y tímida superioridad, era uno de los encantos deaquel salón modelo. La vieja condesa prodigábale todo género deatenciones y lisonjas para atraerla y retenerla. Dos razones tenía paraobrar así; la primera, muy confesable, era aumentar el brillo de susreuniones; la segunda, menos cristiana, hacer de ella la querida de suhijo.

Hacía siete u ocho años que había perdido a su hijo mayor, Guy deLerne; el segundo, Jacobo, salía de Saint-Cyr al tiempo de la muerte desu hermano. Viendo a su madre sola, dio su dimisión para vivir a sulado. Era un joven muy bien dotado, que si hubiese querido dar impulso asus dotes naturales, habría llegado a ser un hombre de talento. Pintabaacuarelas muy agradables, pero sobre todo era excelente músico, yalgunas de sus composiciones, valses, «berceuses» y sinfonías eran de unmérito superior. Pero sea indolencia natural, sea el desaliento de verinterrumpida su carrera, no era otra cosa que un simple dilettante, ypara complemento, se había convertido en un mal sujeto. Excepto en casade su madre, donde el deber lo retenía, poco se le veía en la buenasociedad, donde nada se divertía, y sí mucho en la mala, donde parecíagozar inmensamente. La señora de Lerne había intentado casarle en losprimeros tiempos, hay que hacerle esta justicia; pero se habíamanifestado tan recalcitrante sobre aquel artículo, que había variado depronto sobre sus ideas de una unión honorable que lo sacase cuando menosde sus malas compañías.

Hacía tiempo que había echado los ojos para tan laudable destino, sobreJuana de Maurescamp, cuyo desastre conyugal no había escapado a su viejaexperiencia. Sin entrar al respecto con su hijo en explicacionesmalsanas, trató siempre que pudo de ponerle ante sus ojos a aquellaseductora criatura, sin descuidar ninguna ocasión de revelar sus bellascualidades. Pero Jacobo, aunque evidentemente impresionado de la extremabelleza de Juana y de su distinguida inteligencia, no había manifestadosino un interés distraído. Fue entonces cuando la condesa, que vigilabaatentamente a la joven, viéndola a punto de caer en los lazos deMonthélin, resolvió dar un golpe teatral, tanto en el interés de su hijocuanto por odio hacia el hombre que había podido matarle.

Escribió una mañana a Juana, diciéndole que iría a verla, salvocontraorden, a las tres de la tarde, porque tenía que confiarle algo muyimportante y agradable. Juana, algo intrigada con aquel misterio, laesperó a la hora indicada. Viola entrar en su gabinete con un sirvienteportador de una de esas casillas de mimbre, adornada con cordones,franjas y borlas, que se usan ahora para los perros. La condesa llevabamaternalmente entre sus brazos a un pequeño perrillo de pelo largo ysedoso, una verdadera miniatura de faldero blanco y rojo, que decía seroriginario de Méjico y que era admirado y codiciado por todos susconocedores.

—Mi muy querida—dijo—, me habéis dicho que estabais enamorada deToby. Permitidme que os lo regale.

La señora de Maurescamp exclamó:

—Pero, ¡es posible!

—Hace mucho tiempo que me preguntaba qué es lo que podría hacer paraagradecer a una joven tan amable y encantadora como vos, su bondad yfidelidad para con una amiga anciana... Es una cosa tan rara... Estoytan agradecida, ¡tan agradecida! Al fin he hallado algo que puedaagradaros, y soy feliz, podéis creerlo.

Juana no recordaba muy bien la ocasión en que había manifestado suentusiasmo por Toby, pero, no por esto, dejaba de apreciar elsacrificio que se le hacía.

—¡Ah, señora, querida señora!—dijo toda confundida—.

¿Pero, cómopodré aceptar un animal tan lindo, tan gracioso, tan extraordinario?¡Pero qué privación! ¡oh Dios mío! ¡y esa casilla tan preciosa!

No, no es posible... y para acabar la frase, Juana saltó al cuello de lacondesa de Lerne, cosa que hizo aullar a Toby.

—Ven, amor mío—dijo Juana tomándolo en sus brazos y cubriéndolo decaricias.

Sentáronse, y la señora condesa, contestando a las preguntas repetidasde Juana, diole instrucciones sobre el modo de cuidarlo, alimentarlo, yhasta de medicamentar a Toby.

En seguida se informó de la salud de Maurescamp, añadiendo:

—No sé por qué os lo pregunto, no hay sino mirarlo... su salud esadmirable. ¡Es un hombre magnífico... magnífico! Da gusto ver un hombreasí...

—¿Y vuestro hijo?—preguntó Juana—. ¿Cómo está?

—¿Mi hijo?... ¡Ah! él es otra cosa... delicado de naturaleza...

yasabéis, artista, pero en fin, ¡sino fuera más que eso!

—Pero, ¿es un buen hijo?—dijo tímidamente Juana.

—Ciertamente, es un buen hijo; en cuanto a esto, sí, es un buen hijo,no hay duda. Y, decidme, queridita, ¿estaréis libre mañana? Es mimiércoles... ¿Queréis venir a comer con nosotros? Os encontraréis convuestra amiga la señora de Hermany.

—Con mucho gusto... Creo que el señor de Maurescamp no tiene ningúncompromiso.

—Perfectamente, entonces... Pues bien, cuento con vosotros.

Levantose la señora de Lerne como para retirarse, pero antes quisodespedirse de Toby y Juana volvió a manifestarle sus agradecimientos.Al fin la palabra que esperaba la señora de Lerne salió de sus labios:

—¡Dios mío! ¿qué podré hacer yo a mi vez que pueda seros agradable?

La condesa volviose bruscamente hacia ella y mirándola con su amablesonrisa de vieja:

—Casad a mi hijo—díjola.

—¡Ah! en cuanto a eso—contestó alegremente la señora de Maurescamp—,es una empresa de que no me siento capaz.

—¿Por qué, pues?—repuso en el mismo tono la condesa—.

Por elcontrario, yo os considero capaz para todo.

Juana abrió, sin contestarle, sus grandes ojos interrogadores.

—Yo estoy verdaderamente convencida de que mi hijo aceptaría gustoso lamujer que le designarais.

—Pero, ¿qué ocurrencia, mi querida señora?—continuó Juana, mirándolasiempre con la misma sorpresa.

—No me chanceo... Y si tuvieseis una hermana que se os pareciese,sería asunto concluido.

—Os aseguro—dijo Juana—, qué no os comprendo... Vuestro hijo apenasme conoce.

—Perdón... os pido mil perdones; mi hijo os conoce perfectamente... esmuy observador... Muy perspicaz... Sé perfectamente que os apreciamucho... No tengo más que decir sobre eso... Pero estoy segura de que,en cuanto a esta cuestión del matrimonio, tendríais grande influenciasobre él... Y si le propusieseis, supongo, a una joven, una de vuestrasamigas...

pues bien, yo creo que la aceptaría con los ojos vendados, oslo aseguro.

—¡No creo una palabra!—exclamó Juana.

—Y yo estoy segura... Ensayad y veréis.

Las dos echáronse a reír.

—No, seriamente—replicó la condesa—, pensad un poco en ello...Buscad entre vuestras amigas, entre vuestras conocidas...

¡Ah! meharíais un gran servicio.

—Pero os diré primeramente que vuestro hijo me da mucho miedo.

—¡Oh!—exclamó la condesa estupefacta.

—Positivamente... Tiene un aire tan burlesco... Es tan mordaz, tanacerbo... Y en fin...

La joven pareció perpleja.

—Y a más es un calavera, ¿no es verdad?

—¡Oh! ¡Dios mío! Yo no sé, yo no tengo que ver con esto.

—Sí—dijo la condesa—, es un calavera, no hay duda, pero como todosestos perdidos, tiene un corazón de oro, y a más de todo esto, esencantador... ¡Ah! que obra de caridad sería la vuestra, hija mía, si meayudaseis a librarlo de las garras de esa Lucy Marry... porque es LucyMarry ahora, ¿sabíais?

—¡Ah!

—Sí, de la Opera... la que hace de paje... ¡Esto es horrible, horrible!Ya veréis eso con vuestro hijo. Mientras tanto, tratad de casar al mío,y qué bueno sería eso... y nadie, os lo repito, sino vos, puede hacerese milagro... ¡Adiós, querida hermosa! Volvió a besarla, y ya en lapuerta, antes de salir, volvió a decirle:

—Mañana le diréis algo, ¿no?

—¡Vaya! veré de hacerlo—dijo Juana.

La condesa se retiró al fin muy contenta de su campaña y no tenía porqué no estarlo, pues por la primera vez, desde muchos meses atrás, seocupaba Juana de otro hombre que no fuese Monthélin. Había comprendidomuy bien lo que la señora de Lerne le había dicho con insinuaciones ypalabras solapadas, a saber, que tenía en su hijo Jacobo un admiradorfervoroso. Esto la intrigaba, ¿Cómo? ¿por qué? ¿Qué relación existíaentre ellos?

Nada de esto podía explicarse.

Tendiose en su sillón y trató de recordar las ocasiones en que se habíaencontrado con él, las palabras que le había dicho, su actitud y laexpresión de su mirada. Era cierto que aquel mocetón, frío, espiritual yfastidiado, le había intimidado siempre; sentíase inquieta cuando se leacercaba en su salón.

Creyó recordar, sin embargo, que siempre la habíatratado con una cortesía excepcional, dispensándola de las bromasburlescas con que gratificaba a las demás mujeres. Halagábala el pensarque era respetada por aquel libertino. Trajo a su memoria, aquella bellafisonomía cansada y altanera, aquellos ojos penetrantes, sus mejillaslimpias y sus largos bigotes caídos a lo tártaro. Sonriose a la idea detomar a aquel personaje, terror de las jóvenes, bajo su protecciónmaternal; pero acabó por decirse que nunca se atrevería a hacerlo.

Entregada estaba a estas reflexiones, alisando con su blanca mano lasgrandes orejas de Toby, cuando la puerta dio paso a la bella presenciay a las patillas azulejas del señor de Monthélin.

El joven Toby que no había visto todavía al tiburón de los salones,porque el señor de Monthélin no iba a casa de la señora de Lerne, letomó seguramente por un malhechor, y sin embargo, le demostró que no letemía. Bajose de las rodillas de su señora, y se apostó resueltamentedelante de ella ladrando furiosamente, y aun atacando a su enemigo.

No hay nada que desconcierte tanto a un galanteador de damas, sobre todocuando tiene pretensiones a sus favores como un pequeño incidente de esaespecie. Juana de Maurescamp, que era tan sagaz como cualquier otra, yaun más, no, pudo dejar de reírse del contraste que ofrecía el señor deMonthélin con su expresión amable y la inquietud manifiesta que lecausaba la agresión de Toby. Así fue como Toby, cual si estuviese enel complot de la señora de Lerne, contribuyó a su-buen éxito con suhumilde contingente.

Después de aquel estreno comprendió Monthélin que una escena de amor eraimposible. Limitose, pues, aquel día a tocar ligera y melancólicamentelo concerniente al amor, y resignose a acariciar a Toby, puesto que nopodía ahogarlo.

V

Al día siguiente, al subir al cupé de su marido para ir a casa de Lerne,sentíase Juana agitada. Habíale preocupado mucho el traje que llevaría;después de muchas reflexiones, decidiose a ponerse un traje austero, enarmonía con la gravedad del rol que iba a desempeñar aquella noche.

Púsose únicamente un vestido de terciopelo punzó, obscuro.

Era lástimaque sus brazos y hombros quedasen al descubierto en su deslumbrantedesnudez; la severidad de su actitud sufría una alteración. Pero nopodía hacerlo de otro modo.

En la mesa fue colocada a la izquierda de Jacobo, que tenía a su derechaa la señora de Hermany. Como había acalorado un poco su imaginaciónsobre el culto secreto que le consagraba el joven, no dejó de parece ríeal principio que aquel culto era por demás discreto. El señor de Lerneapenas le dirigía la palabra, y se consagraba exclusivamente a su vecinade la derecha. No teniendo otra cosa en qué ocuparse prestó el oído a suconversación; entre otras cosas, oyó que la señora de Hermany lereprochaba el poner sobrenombres a todo el mundo.

—Supongo—le dijo—que yo también tendré el mío.

—Sin duda alguna—contestó Jacobo.

—¿Y cuál?—preguntó la joven rubia alzando su frente angelical.

—«¡Agua que duerme!»—dijo el joven, inclinándose un poco hacia ella.

La señora de Hermany se ruborizó; después, mirándole de frente con airede niña en su primera comunión:

—¿Y por qué «Agua que duerme»?

—Por nada... es un nombre indio.

—Y yo, señor, ¿tengo también un apodo?—preguntó Juana sonriendo.

—¿Vos?—dijo. Fijó en ella la mirada, saludola ligeramente y añadió entono serio:—¡No!

Viéndola un poco turbada, cambió inmediatamente de conversación,hablando de las piezas nuevas, de los museos, de los países extranjerosque había visitado, pareciendo hacerle aquellas ligeras observaciones,únicamente para tener el gusto de oír sus respuestas, y mirándola conaire grave y dulce, como para animarla a contestarle con exactitud.

¡No había duda! Sí, decididamente algo había de extraordinario. En elmodo de hablarla, escucharla y mirarla, notábase una mezcla indefiniblede bondad y distinción que parecía reservada únicamente para ella. ¿Cómoella no se había apercibido antes?... ¡Qué singularidad!... Y tanto mássingular era lo que sucedía, cuanto que ella no era, no, absolutamentede aquellas a quienes aprecia un hombre semejante. Pero, al fin, era unafineza de su parte, y Juana desde entonces se consagró con todo empeño einterés a la tarea de casar a aquel joven que, a pesar de sus malascompañías, conservaba todavía algunas buenas cualidades.

Pasó revista inmediatamente en su memoria a todas las jóvenes queconocía y que pudieran convenirle, pero en aquel momento no encontróninguna.

Después de la comida, una parte de los convidados pasó a la pieza defumar; el señor de Lerne les seguía, cuando su madre le detuvo.

—Jacobo—díjole—, toca tu último vals a la señora de Maurescamp antesque lleguen los demás convidados; no te lo ha oído, y estoy segura deque le gustará.

—Os pido que lo hagáis, señor—dijo Juana.

El señor de Lerne saludó y sentose al piano. Tocó el vals nuevo yalgunas otras piezas nuevas que le pidió Juana.

Como sucede casi siempre en tales casos, los convidados, después dehaber escuchado un rato, retiráronse a conversar cada uno por su lado.La señora de Maurescamp quedó sola como dilettante obstinada, cerca delpiano y de Jacobo, en una de las extremidades del salón.

Cuando el joven hubo terminado una ritornela brillante y paseabadistraído sus dedos sobre el teclado, Juana creyó llegado el momentofisiológico:

—¡Qué talento tenéis!—díjole—, y a más, pintáis muy bien, segúndicen.

—Borroneo un poco...

—¡Qué cosas tan curiosas hay en este mundo...

cosasinexplicables!—articuló la joven como hablándose a sí misma.

—¿Soy yo, señora, quien os sugiere esa reflexión?

—Sí, tenéis todos los gustos que pueden detener a un hombre en sucasa... y vivís... en el círculo...

—¡Dios, mío! ¡Vaya!—dijo el señor de Lerne.

—Señor Jacobo—replicó Juana, cuyo abanico se agitó violentamente.

—¿Señora?

—¿Os voy a parecer muy indiscreta?

—¡Soy tan indulgente!...

—Vuestra madre desea veros casado.

—Me lo figuro, señora.

—¿Y vos no lo queréis?

—No, señora, absolutamente.

—¿Tenéis alguna razón para ello?

—Una sola, y es que no conozco una sola que sea digna de mí.

—¡Ah! ¡Mi Dios!

—Es decir, perdón...—replicó Jacobo con la misma gravedad—: estáisvos... pero vos no sois libre... y por otra parte...

—Por otra parte, ¿qué?—preguntó la joven, tendiendo el arco de suscejas.

—Por otra parte... vos, vos misma estáis a punto de caer.

—¡Pero, señor Jacobo!

—Excusadme, es mi opinión.

—¿Por qué?—continuó Juana.

—Por que elegís mal vuestros amigos.

—¿Eso quiere decir, supongo, que hago mal en no elegir al señor Jacobode Lerne?

—No... de veras... no. Y, sin embargo, tal cual me veis, había nacidopara comprender y aun para participar de los amores de los ángeles.

—¡Ah! francamente—dijo riendo la señora de Maurescamp—, si he de darcrédito a las voces que corren, os halláis muy lejos de los amores delos ángeles.

—¿Qué queréis? Me han desanimado—dijo el señor de Lerne riendo a suvez—. ¿Me permitís, señora, contaros una historia escandalosa?...

—Me interesará mucho... pero supongo que tendré que irme a la mitad.

—Yo no lo creo. Es una historia que os aclarará muchas... es la de misprimeros amores... en que me conduje como un miserable... Pero noanticipemos. Tenía, señora, veintiún años, y por extraño que parezca, nohabía amado todavía... Tenía entonces,

de

las

mujeres

y

del

amor,

unaidea

extraordinariamente elevada, casi santa. Tenía en mi corazón unverdadero tesoro de abnegación, de amor y de respeto, al que no me eradado dar una mala colocación. En fin, encontré una mujer a quien amé,como ella quería ser amada, y que no amó como ella quiso amarme.Pertenecía al mundo más aristocrático.

Estaba mal casada, sobre eso nohay que decir, y era muy desgraciada, no era joven ya, pero por esomismo la amé más todavía, pues había sufrido mucho... Bella en extremotodavía, aunque rubia; y a más de una honestidad timorata que medesesperó más de una vez... Porque, en fin, aunque me era sagrada, yotenía veinte años... Pero había que respetarla o alejarme de ella...

Nuestras entrevistas eran raras y cortas. Su marido era celoso y lavigilaba de cerca. Podíamos muy bien darnos algunas citas por los mediosmás vulgares. Pero todo lo que era vulgar, todo lo que hubiese

podidodegradar

nuestro

amor,

nos

repugnaba

igualmente a ambos... Los meses sepasaron en este encantamiento y en esa contrariedad. A pesar de susreservas, muy penosas sin duda, que su conciencia me imponía, quizá acausa de esa misma reserva, sentíame tan enamorado y tan feliz, como sepuede serlo en este mundo; sentía la más grande alegría al dar a aquellacriatura tan querida, toda su felicidad perdida, sin tener ningúnremordimiento serio, porque lo poco que me concedía, habríaseloconcedido a un hermano, y sin embargo, ese poco era para mí la mássuprema voluptuosidad.

En una hermosa noche del mes de octubre, durante las cacerías—éramosvecinos en el campo—, su marido había ido a pasar veinticuatro horas aParís... A fuerza de súplicas y de juramentos, pude conseguir que meconcediese pasar una hora en su habitación...

—¡Perdón!...—dijo la señora de Maurescamp, levantándose de suasiento—, ¿si me fuese?

—No, no, no temáis nada.

—La habitación estaba en el primer piso y se abría sobre el parque.Penetré allí hacia media noche por una ventana un poco alta y de unacceso bastante difícil a cuyo alrededor había, lo recuerdo, algunosbejucos y jazmines y clemátides que esparcían por la noche un olorexquisito, no sé si fue aquel olor un poco capitoso, o la impresiónnueva para mí de aquella habitación personal... pero debo confesaros queaquella noche estaba menos resignado que nunca a los, escrúpulosinhumanos que se me oponían... Aquélla fue una escena dolorosa que norecuerdo sin avergonzarme...

La pobre mujer acabó por arrojarse a mis pies, con las manos juntas,suplicándome que fuese honrado y preguntándome con lágrimas en los ojos,si no era feliz, si podría serlo jamás tanto, si podría serlo a expensasde su reposo, de su honor y aun de su vida... porque ella nosobreviviría a su deshonra... En fin, ella venció. Yo cedí en parte asus lágrimas, en parte a mis propios sentimientos que me decían que nopodía haber más allá de aquella amistad apasionada e inocente... Ella melo agradeció besándome como loca las manos y yo salí por donde habíaentrado.

Apenas había puesto el pie en la arena del camino cuando me volví paraenviarle un último beso, murmurando: ¡hasta mañana!

Vila a la claridadde la luna parada e inmóvil dentro del marco de la ventana, los brazoscruzados sobre el pecho, el busto un poco echado hacia atrás. Al envíodel beso, contestó con un ligero movimiento de hombros; en seguida consu bella voz de contralto que tanto adoraba, dejó caer lentamente estaspalabras:

¡Adiós... imbécil!

Después no he vuelto a verla. Desde aquel momento me cerró su puerta,su ventana y su corazón.

La señora de Maurescamp habíale escuchado con extremada atención. Cuandohubo concluido, mirole fijamente:

—¿Y qué consecuencia sacáis de eso?—díjole.

—He sacado por consecuencia que las mujeres honestas eran demasiadofuertes para mí.

—A la verdad, señor, que si para justificar vuestro desprecio pornuestro afecto no tenéis más motivos que ese recuerdo de vuestrajuventud...

—¡Oh, tengo otros!—dijo el señor de Lerne.

Pronunció esas palabras con un tono tan singular que Juana lo miró, ysorprendida quedó de la expresión casi dolorosa que repentinamente habíacontraído su frente y sus labios.

—¡Tengo recuerdos atroces!—añadió el joven insistiendo.

Después, con un acento conmovido, añadió:

—Sois una joven llena de bondad y delicadeza, a quien estimo enextremo, pero esos motivos no puedo decirlos, ni a vos misma.

Levantose Juana algo turbada y alzando su tapado:

—Creo que me comprometo—dijo risueña.

El señor de Lerne se levantó también inmediatamente diciendo:

—Perdón por haberos detenido tanto tiempo.

—¡Pero yo no renuncio!—dijo ella graciosamente al alejarse.

Él se inclinó sin contestar.

La larga conversación de la señora de Maurescamp y Jacobo, no habíadejado de despertar la curiosidad más o menos benévola de los invitadosde la señora de Lerne. Juana se apercibió de ello, y para destruir elcarácter sospechoso que pudiese tener aquella entrevista, dijo en vozalta a la condesa, que pasaba por su lado:

—¡Ninguna esperanza, señora! ¡He perdido mi tiempo!

La madre de Jacobo, que había observado desde lejos con vivo interés lafisonomía de los dos interlocutores, no era de la opinión de Juana.Juzgó, por el contrario, que la joven no había perdido su tiempo y quetodavía había que esperar.

VI

Se sabe cómo empieza el amor. No se sabe absolutamente de dónde nace lasimpatía. Es casi imposible darse cuenta de esos lazos delicados ycomplejos que ligan repentinamente dos corazones y dos inteligencias enese sentimiento caprichoso.

Aunque el atractivo femenino no sea unobstáculo, no es sin embargo indispensable, puesto que la simpatía seencuentra con frecuencia entre personas del mismo sexo y que no asusta alos cabellos blancos.

El acuerdo súbito que se establece entre dos seres hasta entoncesdesconocidos uno de otro, esa vivacidad de impresiones recíprocas, esabuena inteligencia mutua de las miradas, esa facilidad de expansión ynecesidad de confidencia, ¿en qué secreta relación de ideas, y gustos,cualidades o defectos debemos buscar la causa sutil? Ignorámoslo; peroese sentimiento indefinible, ya se habrá comprendido que Juana y Jacobo,después de su conversación confidencial, no tardarían en experimentarlo.Aunque separados en apariencia por abismos, aquel libertino cansado yaquella joven sin mancha se comprendían perfectamente. A pesar de sertan diferentes, sentían que había en el fondo de sus almas algo que lesdisponía a las mismas impresiones, a las mismas apreciaciones de lascosas, a las mismas pruebas en la vida, a los mismos goces y a losmismos dolores.

Todos encuentran seres simpáticos, son las buenas fortunas de la vidamundana; en la movilidad y extensión de las relaciones parisienses, noduran con frecuencia más que el espacio de una comida, u otra reunión.Gustan uno de otro, llegan a exaltarse, confíanse sus secretos, llegancasi hasta a amarse, y no vuelven a verse hasta el año siguiente.

Hay que empezar de nuevo. Pero entre la señora de Maurescamp y Jacobo deLerne no sucedería lo mismo; pertenecían a la misma sociedad y a lasmismas relaciones, y necesariamente tenían que volver en breve tiempo asu conversación suspendida.

A más de eso, el señor de Lerne, después de haber cavilado dos o tresdías, acabó por decirse que él debía una visita a la señora deMaurescamp. ¿Por qué quería ella casarlo? ¿Qué misterio era aquél? Entodo caso, era una muestra de interés por su

persona

que

lo

obligaba

auna

demostración

de

agradecimiento. Por consiguiente, fue una tarde asu casa al azar, a eso de las cinco. Encontrose allí con Monthélin,acomodado cerca del fuego. El señor de Monthélin, que tenía ya demasiadocon la presencia de Toby, se exasperó tanto al ver a de Lerne queperdió su sangre fría ordinaria; persistió contra todas lasconveniencias en prolongar indefinidamente su visita, a tal extremo, quede Lerne tuvo que tomar el partido de retirarse el primero, aunquehubiese llegado el último. El señor de Monthélin no ganó gran cosa, y laexcesiva frialdad de Juana, después de la partida de Jacobo, le hizo verque había cometido una imprudencia, y para repararla, se apresuró comoes casi seguro, a cometer otra.

—¿Parecéis disgustada conmigo—dijo sonriendo—, porque no he cedido ellugar al señor de Lerne?

—Naturalmente—contestó la joven—, habíais llegado antes que él, yquedaros cuando él se va es daros unos aires de dueño de casa a los quenada os ha autorizado, según creo.

—Es cierto—contestó—, os pido mil perdones; pero ya sabéis que elsentimiento no razona.

—Hacéis mal. Después de esto, vuestra posición respecto del señor deLerne después de vuestro duelo, os impone ciertas atencionesparticulares.

—Es justo; pero, ¿cómo tener valor para alejarme?

—A propósito—interrumpió la señora de Maurescamp—.

¿Cuál ha sido elmotivo de este duelo? ¿Puede saberse?

—¡Oh! nada, habladurías.

—¿Habladurías? ¿Qué habladurías?

—Una palabra hiriente que me refirieron.

—¡Ah! ¿Qué palabra? ¿No queréis decírmela? ¿Preferís que yo laadivine?

—¿Entonces lo sabéis?—dijo Monthélin.

—Sí, la sé—contestó.

—Qué torpeza, ¿eh?

—Pero no... no tanto.

—¿Supongo que no será él quien os la ha dicho, al menos?

—Es demasiado caballero para hacerlo—contestó Juana.

Viendo el señor de Monthélin que el torneo de palabras no era en ventajasuya, volvió a pedir disculpas y se retiró.

En virtud del proverbio persa: «No te prodigues y te amarán», lasvisitas del conde de Lerne eran en general consideradas por las damascomo pequeñas fiestas por aquéllas que eran favorecidas. La gracia de supersona, su talento, sus habilidades, y aun el tinte un poco vivo de suscostumbres, hacíanlo un personaje particularmente interesante. Fue,pues, para la señora de Maurescamp una verdadera contrariedad que en suprimera visita hallase en su casa tan poco atractivo, y sobre todo, quese encontrase con Monthélin instalado bajo un pie de intimidad casicomprometedor.

Sin darse cuenta de cómo podría explicarse con el señor de Lerne sobreun asunto tan delicado, esperó, sin embargo, impaciente el miércolessiguiente, esperando encontrarle en la recepción de su madre. Pero alllegar a casa de la condesa tuvo el desagrado de saber que Jacobo teníaun fuerte dolor de cabeza que le retenía en la cama. Con razón o sinella, creyó ver en esta circunstancia un acto de desdén, o cuando menosde mal humor para con ella. El aprecio de aquel joven de una vida tanpoco ejemplar había llegado a serle repentinamente tan necesario, que laidea de dejarle por un tiempo indeterminado bajo una mala impresión, leera insoportable. En circunstancias excepcionales era mujer deresolución; reunió todo su valor, y tomando aparte a la condesa, ledijo:

—Pues bien, querida señora, creo que verdaderamente, he desesperadodemasiado pronto de poder convencer a vuestro hijo... Anteayer vino a micasa, y como no es muy visitador, creo que tenía algo serio quedecirme... que quería hablarme del gran asunto del matrimonio.Desgraciadamente, yo no estaba sola...

Lo siento mucho, sobre todo, siun buen pensamiento le hubiese llevado.

—Nada más probable, hija mía, pero, gracias a Dios, eso no esirreparable, si queréis, ¿cuándo podrá encontraros, si llega a desearvisitaros nuevamente?

—Si llega a desearlo...—replicó la señora de Maurescamp arrugando sufrente en signo de reflexionar...—Pues bien, veamos... mañana a latarde... después de comer... Justamente...

mañana a la tarde nosalgo...

—Yo lo informaré, y estad segura de que os adora.

La señora de Maurescamp pasó la mañana del día siguiente arrepentidaamargamente del paso que había dado; su alma delicada y solitaria lereprochaba su avance. Si el señor de Lerne no venía, ¡qué mortificación!Si venía, ¿no tendría derecho para creer en una cita? ¿No llegaría afigurarse que la cuestión del casamiento no era más que un pretexto paraencubrir una provocación audaz?

La tarde llegó; después de comer, el señor de Maurescamp jugaba un ratocon su hijo Roberto en el pequeño salón botón de oro, de su mujer, y enseguida iba, como era su costumbre, a fumar un cigarro al boulevard.

Juana continuó ejecutando febrilmente en el piano, una serie de valsesy mazurcas, mientras que su hijo, vestido de blanco y con cinturónpunzó, daba saltos con su aya inglesa y Toby.

Oyendo abrir la puerta,dejó repentinamente de tocar; era un sirviente.

—¿Recibe la señora condesa?

—Sí, ¿quién está ahí?

—El señor conde de Lerne, señora.

—Hacedle entrar.

Alzó a su hijo y le dio un beso, en seguida, sentose gravemente en unsillón teniéndolo en sus brazos como las madonas tienen a su bambino.

Jacobo de Lerne, al entrar, contempló aquel cuadro de santidad, quehubiera podido hacerle creer, al menos así se lo figuraba Juana, que lascircunstancias eran más serias e importantes que lo que podría haberseimaginado. Sin embargo, pareció que no se había sorprendido, ni mostrosecontrariado; púsose a acariciar a Roberto, cual si no lo hubiese llevadootro objeto. Después de algunos minutos, la señora de Maurescamp tomóel partido de mandarlo a acostar, puesto que no servía para otra cosa.

El niño acababa de salir, cuando una fuerte ráfaga de viento sacudió laspersianas del salón.

—¡Ah! ¡Dios mío!—exclamó Juana—, ¿oís? es una verdadera tempestad ynieva también, ¿verdad?

—¡Nieva mucho!—dijo Lerne—. Es muy agradable estar al lado de vuestrofuego, con un tiempo semejante...

—Cuando os digo—replicó Juana riendo—que sois un hombre casero.

—¡Ah! ¡en eso estamos! Pero, señora, decidme al fin, ¿por qué deseáistanto que me case? Tan, original idea no, puede ser vuestra... Si hecomprendido bien el otro día, es mi madre quien os la ha sugerido.

—Sí, ciertamente.

—¡Ah!—dijo—, es mi madre.

Quedose pensativo, después de un instante:

—Siento—añadió—no poder hacer lo que mi madre y vos deseáis, pues yalo he dicho, no quiero casarme.

—¿Porque no hay en el mundo ninguna mujer digna de vos?

Ya es sabido.