Historia de una Parisiense by Octave Feuillet - HTML preview

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BIBLIOTECA de LA NACIÓN

OCTAVIO FEUILLET

HISTORIA

DE

UNA PARISIENSE

—————

TRADUCCIÓN DE D. V. DE M.

BUENOS AIRES 1919

Derechos reservados.

Imp. de LA NACIÓN.—Buenos Aires

Capítulos: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII,

XIV, XV, XVI

I

Sería excesivo pretender que todas las jóvenes casaderas son unosángeles; pero hay ángeles entre las jóvenes casaderas. Esto no es unarareza, y, lo que parece más extraño, es que quizá en París es menosraro que en otra parte. La razón es sencilla. En ese gran invernáculoparisiense, las virtudes y los vicios, lo mismo que los genios, sedesarrollan con una especie de exuberancia y alcanzan el más alto gradode perfección y refinamiento. En ninguna parte del mundo se aspiran másacres venenos ni más suaves perfumes. En ninguna otra parte, tampoco,la mujer, cuando es bella, puede serlo más: ni cuando es buena, puedeser más buena.

Se sabe que la marquesa de Latour-Mesnil, aunque había sido de las másbellas y de las mejores, no por eso había sido feliz con su marido. Noporque fuera un mal hombre, pero le gustaba divertirse, y no se divertíacon su mujer. Por consiguiente, la había abandonado en extremo: ellahabía llorado mucho en secreto, sin que él se hubiese apercibido nipreocupado; después había muerto, dejando a la marquesa la impresión deque era ella quien había quebrado su existencia. Como tenía un almatierna y modesta, fue bastante buena para culparse a sí misma, por lainsuficiencia de sus méritos, y queriendo evitar a su hija un destinosemejante al suyo, puso todo su empeño en hacer de ella una personaeminentemente distinguida, y tan capaz como puede serlo una mujer, demantener el amor en el matrimonio. Esta clase de educaciones exquisitasson en París, como en otras partes, el consuelo de muchas viudas cuyosmaridos viven, sin embargo.

La señorita Juana Berengére de Latour-Mesnil había recibido felizmentede la naturaleza todos los dones que podían favorecer la ambición de unamadre. Su espíritu naturalmente predispuesto y activo, prestosemaravillosamente desde la infancia a recibir el delicado cultivomaternal. Después, maestros selectos y cuidadosamente vigilados,acabaron de iniciarla en las nociones, gustos y conocimientos que hacenel ornato intelectual de una mujer. En cuanto a la educación moral, sumadre fue su único maestro, quien por su solo contacto y la pureza de supropia inspiración, hizo de ella una criatura tan sana como ella misma.

A los méritos que acabamos de indicar, la señorita de Latour-Mesnilhabía tenido el talento de añadir otro, de cuya influencia no

es

dado

ala

naturaleza

humana

libertarse:

era

extremadamente linda; tenía eltalle y la gracia de una ninfa, con una fisonomía un poco selvática ypudores de niña. Su superioridad, de la que se daba alguna cuenta, laturbaba; sentíase a la vez orgullosa y tímida. En sus conversaciones asolas con su madre, era expansiva, entusiasta, y hasta un pococharlatana: en público permanecía inmóvil y silenciosa, como una bellaflor; pero sus magníficos ojos hablaban por ella.

Después de haber llevado a cabo con ayuda de Dios aquella obraencantadora, la marquesa habría deseado descansar, y ciertamente quetenía derecho a hacerlo. Pero el descanso no se hizo para las madres, yla marquesa no tardó en verse agitada por un estado febril quecomprenderán muchas de nuestras lectoras.

Juana Berengére, habíacumplido ya diez y nueve años y tenía que buscarle un marido. Es ésta,sin contradicción, una hora solemne para las madres. Que se sientan muyconturbadas no nos extraña; extrañaríamos que no lo estuvieran aún más.Pero si alguna madre debió sentir en aquellos momentos críticos mortalesangustias, es aquella que, como la señora de Latour-Mesnil, había tenidola virtud de educar bien a su hija; aquella en que, modelando con susmanos puras a aquella joven había conseguido pulir, purificar yespiritualizar sus instintos. Esa madre tiene que decirse, que unacriatura así dirigida y tan perfecta, está separada de ciertos hombresque frecuentan nuestras calles y aún nuestros salones, por un abismointelectual y moral tan profundo como el que la separa de un negro deZululand. Tiene indispensablemente que decirse, que entregar a su hijaa uno de esos hombres, es entregarla a la peor de las alianzas, ydegradar indignamente su propia obra. Su responsabilidad, en semejantemateria, es tanto más pesada, cuanto que las jóvenes francesas, connuestras costumbres, se hallan completamente imposibilitadas para tomaruna parte seria en la elección de un marido.

Con pocas excepciones, ellas aman desde un principio candorosamente, aaquel que le designan por esposo, porque lo adornan con todas las buenascualidades que desean.

Era, pues, con demasiada razón que la señora Latour-Mesnil se preocupabade casar bien a su hija. Pero lo que una mujer honesta y espiritual comoella, entendía por casar bien a su hija, sería difícil concebirlo, si nose viese todos los días que las experiencias personales más dolorosas,el amor maternal más verdadero, el espíritu más delicado y aun lapiedad más acendrada, no bastan para enseñar a una madre la diferenciaque existe entre un bello casamiento y uno bueno. Puede al mismo tiempohacerse lo uno y lo otro y es seguramente lo mejor; pero hay quecuidarse mucho, porque sucede con frecuencia que un bello casamiento estodo lo contrario de un buen casamiento, porque deslumbra y porconsiguiente enceguece.

Un bello casamiento para una joven que, como la señorita Latour-Mesnil,debía llevar quinientos mil francos de dote, constituye tres o cuatromillones. Verdaderamente, parece que una mujer puede ser feliz conmenos. Pero en fin, confesarase que es difícil rehusar cuatro millonescuando se ofrecen. Así, pues, en 1870 el barón Maurescamp ofreció seis osiete a la señorita Latour-Mesnil por intermedio de una amiga que habíasido su querida, pero que era una buena mujer.

La señora Latour-Mesnil contestó con la dignidad conveniente, que laproposición la lisonjeaba, y que sólo pedía algunos días parareflexionar y tomar informes. Pero así que la embajadora hubo salido,salió corriendo en busca de su hija, la estrechó contra su corazón y seechó a llorar.

—¿Un marido, entonces?—dijo Juana, fijando en su madre su mirada defuego.

La madre hizo un gesto afirmativo.

—¿Quién es ese señor?—replicó Juana.

—El señor de Maurescamp...; mira, hijita mía, ésta es demasiadafelicidad...

Habituada a creer a su madre infalible y viéndola tan feliz, la señoritaJuana no tardó en serlo también, y las dos pobres criaturas mezclaronpor largo rato sus besos y sus lágrimas.

Durante los ocho días que se siguieron y que la señora Latour-Mesnilcreyó consagrar a una investigación minuciosa sobre la persona deMaurescamp, su verdadera ocupación no fue otra que la de cerrar los ojosy los oídos, para que no la despertasen de su sueño. Recibió, además, desu familia y amigos tan entusiastas felicitaciones con motivo de tanmagnífica alianza, y vio tantos celos y enojos en los ojos de las otrasmadres rivales, que tuvo suficiente motivo para fortificarse en sudeterminación. El señor de Maurescamp fue, pues, aceptado.

Otros matrimonios más ridículos se hacen; por ejemplo, aquéllos que searreglan en una entrevista única en un palco de la Opera, entre dosdesconocidos que después se conocerán demasiado. Al menos, la señoraLatour-Mesnil y su hija habían encontrado muchas veces en los salones alseñor de Maurescamp; no era de sus íntimos, pero le habían visto aquí yallá, en el teatro, en el bosque: sabían cómo se llamaba, y conocían suscaballos. Esto era algo.

Por otra parte, el señor de Maurescamp no dejaba de presentar ciertosrasgos especiales. Era un hombre de unos treinta años que llevaba concierto brillo la vida parisiense. Sus títulos eran herencia de suabuelo, general bajo el primer imperio, y su fortuna, de su padre, quienla había adquirido honradamente en la industria. Él mismo, ocupaba,gracias a su título, algunas agradables canonjías en las altassociedades financieras. Hijo único y millonario, había sido muy engreídopor su madre, sus criados, sus amigos, y sus queridas. Su confianza ensí mismo, su suficiencia, su gran fortuna, imponían a las gentes, y aunhabía algunos que lo admiraban. Le escuchaban en sus reuniones concierto respeto. Hastiado, escéptico, satírico, frío y altanero para contodo lo que no era práctico; profundamente ignorante, a más, hablaba convoz ronca y alta, con autoridad y preponderancia. Tenía formadas sobrelas cosas de este mundo, y particularmente sobre la mujer a quiendespreciaba, algunas ideas bastante mediocres, que erigía en principiosy sistemas, solo porque tenían el honor de pertenecerle: «Yo tengo porprincipio... Entra en mis principios... Tengo por sistema... He aquí misistema...» Estas fórmulas aparecían a cada momento en sus labios. Sihubiese nacido pobre, no hubiera sido sino un hombro como cualquierotro: rico, era un necio.

La elección que este personaje había hecho de la señora deLatour-Mesnil,

puede

sorprender

a

primera

vista.

Primeramente, era unacto de gran vanidad, y también un cálculo. Se hablaba en la altasociedad de la señorita Latour-Mesnil como de una joven completa.Habituado a no rehusarse nada, y a ser el primero en todo, parecioleglorioso adornar su sombrero con aquella flor rara. A más de eso, teníapor principio que el verdadero medio para no ser desgraciado en elmatrimonio, era el de unirse a una joven perfectamente educada. Elprincipio no era malo en sí. Pero lo que ignoraba Maurescamp; era quepara arrancar una de esas plantas selectas del invernáculo materno, ytrasplantarla con éxito al terreno de los casados, hay que ser unhorticultor de primer orden.

Físicamente era el señor de Maurescamp un grande y bello joven, de colorun poco encendido y de una elegancia un poco pesada. Fuerte como untoro, parecía deseoso de aumentar indefinidamente sus fuerzas; por lamañana ejercitábase en el balancín, tiraba las armas, bañábase dos vecesal día con agua helada, y desarrollaba orgulloso dentro de un anchogabán su busto suizo.

Tal era el hombre a quien la señora de Latour-Mesnil juzgó digno deconfiarle el ángel que tenía por hija. Es verdad que tenía una excusa,que es la de todas las madres en casos análogos: sentíase un pocoenamorada de su futuro yerno, y sumamente agradecida por la distinciónque había hecho con su hija; parecíale en extremo inteligente yespiritual, puesto que había sabido apreciar su inteligencia; yjuzgábale honrado y delicado por haber preferido su belleza y suscualidades, a otras ventajas más positivas.

En cuanto a Juana, ya lo hemos dicho, se hallaba dispuesta a aceptarciegamente la elección hecha por su madre. Por otra parte, como todaslas jóvenes preparábase a enriquecer con sus dotes personales al primerhombre a quien le permitiesen amar, a adorarle con su propia poesía, areflejar en él su belleza moral, y transfigurarle, en fin, con la purezade su brillo.

Hay que convenir también, en que así que el señor de Maurescamp hubosido admitido a hacerle la corte, su actitud, sus procederes y lenguaje,respondieron pasablemente a la idea que una joven puede formarse de unhombre enamorado y amable. Todos los pretendientes que tienen mundo yuna bolsa bien llena, se parecen poco más o menos. Los bombones, losramos y las alhajas los adornan con suficiente poesía. A más, los menosromancescos conocen por instinto que en ciertas ocasiones hay que hacerun cierto gasto de idealismo, y no es raro el ver a algunos hombresexaltarse poéticamente delante de su prometida, por la primera y últimavez en su vida, como cuando se les habla de un modo especial a losniños y a los perritos, cuando se quiere atraerlos.

Esta faz de ilusión y de encantamiento se prolongó para Juana, desde lamagnificencia del canastillo hasta los dulces esplendores del matrimonioreligioso. En aquel día supremo, arrodillada ante el altar mayor deSanta Clotilde, bajo el resplandor estelario de los cirios en medio delgrupo de flores que la rodeaban, la mano en la mano del esposo, elcorazón desbordando de piadoso reconocimiento y de amor dichoso, Juanade Berengére alcanzó al cielo.

No es temerario asegurar que después de esas horas encantadas elmatrimonio no es sino una decepción para las tres cuartas partes de lasmujeres. Pero la palabra decepción es bien débil para expresar lo queexperimentará un alma y una inteligencia culta y delicada, en laintimidad de un hombre vulgar...

Sería difícil formular convenientemente cómo juzgaba a la mujer elseñor de Maurescamp. Habrase dicho lo bastante, y aún demasiado, dejandoentender que para él el amor no era otra cosa que el deseo, la virtud dela mujer el deseo satisfecho.

El señor de Maurescamp se equivocaba de fecha: habría podido tener razónpara sus teorías en aquella época en que el hombre y la mujer apenas sediferenciaban de las bestias.

Olvidaba torpemente que una jovenparisiense, esmeradamente educada, no dejaba seguramente de ser unamujer, pero que había dejado absolutamente de ser una bestia. Si vuelvea ser una salvaje, lo que no carece de ejemplos, es su marido quien lahabrá impulsado.

II

Desde los primeros días ya hubo en aquel joven menaje un ligero tinte defrialdad de una y otra parte. En ella era la amargura de hallar en elamor y la pasión, tanta diferencia con lo que se había imaginado; en él,el disgusto de un hombre bello que no se siente apreciado. Sin embargo,la señora de Maurescamp, a pesar del caos que se agitaba en su espíritu,mostrábase ante su madre y ante el público con esa frente serena eimpasible que sorprende siempre en las jóvenes, recién casadas, y queatestiguan el poder del disimulo en la mujer. La organización de sunueva vida en su gran hotel de la Avenida de Alma, el aturdimiento delas fiestas que saludaron su enlace, el brillo de su tren de casa, desus equipajes y vestidos, todo la ayudó, sin duda, porque al fin eramujer, a pasar sin reflexionar mucho, los primeros tiempos de su unión.

Pero los goces del lujo y de la vida material, a más de que no eranabsolutamente nuevos para la joven, son de aquellos que cansan máspronto. Por otra parte, había vivido con su madre en una región máselevada, para que pudiera contentarse con las banalidades de unaexistencia mundana, y en medio de aquel torbellino sentíase invadida acada instante por la nostalgia de las alturas. El sueño más halagüeño desu juventud había sido el de continuar con su esposo en la más tierna yardiente unión de las almas, la especie de vida ideal en que su madre lahabía iniciado participando con ella de sus lecturas favoritas, suspensamientos y reflexiones sobre todas las cosas, sus creencias, yfinalmente, sus entusiasmos ante los grandes espectáculos de lanaturaleza o las bellas obras del genio.

Puede juzgarse cómo aceptaría el caballero de Maurescamp semejantecomunidad.

Aquella vida ideal tan saludable para todos, tan necesaria a la mujer,rehusósela a su esposa, no solamente por ignorancia y torpeza, sinotambién por sistema. A este respecto tenía igualmente su principio, yera: que el espíritu romanesco es la verdadera y única causa de laperdición de las mujeres. Por consiguiente, consideraba que todo lo quepuede exaltarles la imaginación, la poesía, la música, el arte bajotodas las formas, y aun la religión, no debe permitírsele sino enpequeñas dosis. Más de una vez intentó la joven interesarlo en lo que aella le interesaba. Poseía una bella voz, y le cantaba los aires quemás le gustaban, pero así que su canto expresaba un poco de pasión:

—¡No! ¡No!—exclamaba su marido burlándose—, ¡menos alma, querida, ome desmayo!

Gustaba ella de los poetas y romancistas ingleses: elogiábale aTennyson, a quien adoraba y empezaba a traducirle un pasaje.Inmediatamente el señor de Maurescamp, con el mismo tono de burla,poníase a dar gritos de condenado y a dar golpes sobre el piano para nooír. Así era como pretendía hacerla perder el gusto por la poesía, sinpensar que arriesgaba más bien disgustarla de la prosa. En el teatro, enlas exposiciones, en los viajes, las mismas burlas y las mismas sátirasfrías a propósito de todo lo que despertaba en su mujer una emoción unpoco viva.

Madama de Maurescamp tomó, pues, poco a poco la habitud dereconcentrarse en todo aquello que da precio a la vida de todo serdelicado y generoso. No viendo aparecer las llamas, su marido creyóextinguido el incendio, y se glorificó por ello.

—Todos estos diablillos de mujeres—decía a sus amigos del círculo—,viven siempre en las nubes, y eso acaba mal He tomado la mía pequeñita,y he soplado sobre todas esas estupideces de romanticismo... Ahora estátranquila, y yo también... ¡Oh! ¡Dios mío! Es necesario que una mujer semueva, que camine, que recorra las tiendas, que vaya con sus amigos alos lunchs, que monte a caballo, que cace; ésta es la vida de lamujer... Así no tiene tiempo para pensar. ¡Esto es perfecto! En tantoque si se queda en un rincón a soñar con Chopín o Tennyson... ¡Bah!Estáis perdidos... Este es mi sistema.

Era imposible que la mezquindad de semejante sistema y la carenciaintelectual de su marido, pudiesen escapar a una inteligencia tanactiva como la de la señora Maurescamp. No fue mucho tiempo víctima desus aires de suficiencia y maneras autoritarias. No siempre conocen loshombres a sus mujeres, pero las mujeres conocen siempre a sus maridos.No había pasado un año cuando ya habían desaparecido todas lasilusiones: y la señora de Maurescamp veíase obligada a reconocer queestaba ligada para siempre a un hombre de sentimientos bajos y deinteligencia nula, sintiendo a más con horror que despreciaba a sumarido.

Mucho mérito tiene una mujer cuando apercibida de tales miserias,permanece siendo amable y sumisa esposa. La señora de Maurescamp tuvoese mérito; pero para tenerlo viose obligada muchas veces a acordarse deque era cristiana, es decir, que pertenecía a una religión que ama laspruebas y el sacrificio.

No por eso dejó de ser feliz ante un acontecimiento muy previsto quetuvo lugar dos años después de su casamiento, y que prometiéndole ungrato consuelo, asegurábale en su hogar una independencia y una soledadrelativas. El nacimiento de un hijo vino pronto a darle el único gocepuro que experimentara desde el día de su enlace: única felicidad, enefecto, que realizan en el matrimonio los goces prometidos.

Como se comprende, ella quiso criar a su hijo; llenaba aquel deber contanto más placer, cuanto que le permitía ganar tiempo y prolongarrespecto de su marido una situación con la que se avenía perfectamente.Pero llegó al fin el momento en que el niño debía ser despechado. Fuepor ese tiempo que el señor de Maurescamp tuvo una noche la sorpresa dever a su mujer bajar al comedor con su cabeza adornada a la Tito;habíase hecho cortar sus magníficos cabellos con el pretexto de que sele caían, y esto, no era cierto; pero esperaba que aquel pequeñosacrificio, afeándola, le evitaría otros más penosos. Había contado sinla huéspeda. Su esposo halló, por el contrario, que aquel adorno desoldadito, le sentaba muy bien dándole cierto aire original. La pobremujer no sacó sus gastos y se resignó a dejarse crecer el cabellonuevamente.

Sin embargo, la libertad a que aspiraba en el secreto de su corazóndebía venirle, por decirlo así, de sí misma, y del lado por donde menosla esperaba.

Una criatura tan noble y tan atractiva como ella, debía inspirar, asícomo sentir, la más profunda, ardiente y duradera de las pasiones: eradigna de ocupar un lugar entre los amantes inmortales a quienes lahistoria y la leyenda han consagrado sus páginas imperecederas.

El amor de Maurescamp, sin embargo, no contenía ningún elemento durable:era, para emplear una expresión de actualidad, un amor naturalista, ylos amores naturalistas, aunque no se parecen a la rosa, tienen, sinembargo, su efímera duración.

Decíase, y así lo dejaba comprender a susamigos, que se había casado con una estatua, bastante agradable a lavista, pero cuya frialdad habría desanimado al mismo Pigmalión.

Decía esto en términos menos honestos, tomando sus comparaciones de lahistoria natural con preferencia a la mitología. La verdad es que elseñor de Maurescamp, que era sumamente celoso, no estaba disgustado deuna circunstancia que creía ser una garantía para su hogar. En unapalabra, disgustado al verse desairado, fastidiado de los escrúpulos yobjeciones que se le oponían sin cesar, y ocupado, a más, por otro

ladomás

agradablemente,

retirose

a

su

tienda

definitivamente, de donde sumujer ni aun intentó sacarle.

III

Sería un error creer que porque una mujer renuncie al amor de su maridoen particular, deje por eso de amar en general.

Después de los primerosdesencantos de una unión desigual, la mujer se repone del choque y sereconcentra. Continúa su sueño interrumpido, reforma su ideal alteradopor un momento; y dícese, no sin razón, que es imposible que el mundo seocupe tanto del amor, por nada; que no es posible que este gransentimiento que llena la fábula y la historia, cantado por los poetas,glorificado por todas las artes, eterna ocupación de los hombres y delos dioses, no sea en realidad más que una quimera, y una quimeradesagradable a más. No puede persuadirse de que tales homenajes seanconsagrados a una divinidad vulgar, que tan magníficos altares selevanten de siglos en siglos a un ídolo de barro. El amor sigue siendo,por consiguiente, a pesar de todo y por todo, la principal ocupación delpensamiento, y la perpetua obsesión del corazón. Sabe que existe, queotros lo han conocido, y se resigna difícilmente a vivir y morir sinconocerlo ella también.

Es seguramente un peligro para una mujer, el conservar y nutrir, despuésde las decepciones del matrimonio, el ideal de un amor desconocido; perohay un peligro aún mayor para ella, y es perderlo.

Por esa época, madama de Maurescamp se ligó con una estrecha amistad conmadama de Hermany, dos años mayor que ella. La amistad es la tendencianatural de una mujer honesta, que quiere seguir siéndolo, y que sienteel vacío de su corazón.

Por mucho que se vanagloriase de suindependencia conquistada, Juana de Maurescamp sólo tenía veinticuatroaños, y su misma rectitud la hacía mirar con horror la larga perspectivade soledad y abandono que se extendía ante ella. Ni su madre, a quienocultaba su pena por temor de que viera en ello un reproche, ni su hijo,demasiado niño para poderla ocupar mucho tiempo, ni su fe desvirtuadapor la indiferencia irónica de la gente, nada era bastante a su inmensanecesidad de confianza, expansión y sostén. Abandonose, pues, con todoel ardor de su alma, un poco exaltada, a aquel sentimiento que creyó lesirviese desconsuelo y a la vez de salvaguardia.

La señora de Hermany, a quien honraba con su amistad, era entonces,como lo es todavía, una mujer sumamente seductora.

Pertenecía a lavariedad rara y exquisita de las rubias trágicas; sin ser muy alta,imponía por la perfección de su belleza, por el brillo extraño de susojos de un azul sombrío, por el royo de inteligencia de su frente anchay pura; tenía en los extremos de su boca un pliegue misterioso, queparecía formado por un amargo desdén. Decíase que había sido muydesgraciada, y una cierta conformidad en su destino la ligaba con laseñora de Maurescamp. Habíanla casado como a ella, con una ligerezaculpable, y como ella también llegado, aunque por distinto camino, a esedivorcio convencional, tan frecuente en los matrimonios de la altasociedad. Habíase casado con su primo Hermany, joven de un físicoagradable, pero, con la costumbre y los vicios de un truhán. Se repetíaque no solamente había continuado su vida de soltero sino que se lahabía hecho participar a su mujer, ya sea por una especie de malignidadperversa, bastante a la moda, ya simplemente por ignorancia. Participabacon él de las fiestas del mundo de contrabando, de las partidas dejóvenes, de las carreras, de los almuerzos en los restaurants. Contábaseque en uno de estos almuerzos al cual asistía un príncipe extranjero,ofendida la joven al fin por el lenguaje que se tenía en su presencia,había abofeteado a uno de los convidados; algunos pretendían que habíasido a su mismo marido, otros que al mismo príncipe. De cualquier modo,desde aquel incidente, que hubiese o no recibido la famosa cachetada, elseñor Hermany había sido invitado a considerarse como viudo. No losintió mucho, porque su mujer, en quien no podía desconocer la máshumillante superioridad, le inspiraba tanto temor, que muchas veces seembriagaba para darse valor al presentarse delante de ella.

Esta leyenda, que era casi una historia, era conocida de la señora deMaurescamp, y ella prestábale gustosa todo aquello que pudiese hacer másinteresante el papel de la señora Hermany. Representábasela joven ybella, sumergida en aquella sociedad infame, de la que la veía salirindignada y sin mancha, y se gozaba en colocar sobre su frente laaureola de las jóvenes mártires del cristianismo.

Lisonjeada y agradecida por aquel culto bondadoso, retribuíale la señorade Hermany su afecto con menos entusiasmo, pero con más sinceridad. Muyespiritual, instruida, algo artista, era muy capaz de apreciar losméritos de su amiga, y de competir con ella.