Historia de la Literatura y del Arte Dramático en España -Tomo II by Adolfo Federico Conde de Schack - HTML preview

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COLECCIÓN

DE

ESCRITORES CASTELLANOS

——

CRÍTICOS

TIRADAS ESPECIALES

100 ejemplares en papel de hilo, del I al IOO.

25 "

en papel China, del I al XXV.

25 "

en papel Japón, del XXVI al L.

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HISTORIA

DE

LA LITERATURA

Y D E L A R T E D R A M Á T I C O

EN ESPAÑA

POR

A D O L F O F E D E R I C O

CONDE DE SCHACK

traducida directamente del alemán al castellano

POR

EDUARDO DE MIER

TOMO II

MADRID

IMPRENTA Y FUNDICIÓN DE M. TELLO

IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.

ISABEL LA CATÓLICA, 23

1886

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ÍNDICE.

CAPÍTULO XI.—CERVANTES

CAPÍTULO XII.—Comedias más antiguas de Cervantes.—

Sucrítica del teatro español.—Sus últimas comedias.

CAPÍTULO XIII.—Lupercio Leonardo de Argensola.—

Actoresy poetas dramáticos del último decenio del sigloXVI.—

Escrúpulos teológicos sobre las representacionesdramáticas.—

Autorización legal para la representaciónde las comedias.—

Ojeada general sobre el dramaespañol anterior á Lope de Vega.—Reseña histórica delos bailes nacionales españoles.

SEGUNDO PERÍODO.

EDAD DE ORO DEL TEATRO ESPAÑOL,DESDE 1590

HASTA PRINCIPIOS DEL SIGLOXVIII.

PARTE PRIMERA.

EL TEATRO ESPAÑOL EN TIEMPO DE LOPE DE VEGA.

CAPÍTULO PRIMERO.—Importancia política de Españaen este periodo.—Ciencias y letras españolas.—Ideaspolíticas predominantes.—Ideas religiosas.—La Inquisición.—

Susrelaciones con la literatura, y principalmentecon la dramática.

CAPÍTULO II.—Poesía española en general.—Ideas caballerescasde los españoles.—El honor castellano—

Tradicionesrománticas.—Influencia de la antigüedad.—

Creenciasreligiosas.—Fiestas religiosas y profanas.—Aficióná la poesía.

CAPÍTULO III.—Actividad poética de esta época.—

Elculteranismo.—Poesía lírica, prosa novelesca, libros decaballería, poesía épica.—Originalidad de las letras españolas.—Losteatros español é inglés.

CAPÍTULO IV.—Florecimiento del teatro español, yperíodos en que puede dividirse.—Desenvolvimiento deldrama por sí, á pesar de la indiferencia de los reyes.—Causasdeterminantes del desarrollo del drama.—Triunfode los elementos dramáticos nacionales.—Formasdramáticas; comedias; sus caracteres en España.

CAPÍTULO V.—Elementos épicos y líricos de la comedia.—

Versificación.—Versotrocáico de cuatro pies.—Romance.—

Redondilla.—Quintilla.—Octava.—Soneto.—Terceto.—

Lira.—Silva.—Endechasy otras combinaciones métricas.—

División de las comedias.—Errorescometidos en esta

materia.—Comedias de capa y espada,y de ruido.—Comedias de santos, divinas y humanas.—Burlescas.—Fiestas.—

Comediasde figurón.—Comediasheróicas.

CAPÍTULO VI.—Autos.—Autos sacramentales.—Autosal nacimiento.—Loas.—Entremeses.—Relaciones deviajeros franceses del siglo

XVII que asistieron á

representacionesdramáticas en España.

CAPÍTULO VII.—Decoraciones y tramoyas de los teatrosespañoles.—Trajes.—Aparato escénico en la

representaciónde autos.—Prohibición de espectáculos teatralesen 1598.—Su derogación en 1600.—Noticias

particularesde los teatros de esta época.

CAPÍTULO VIII.—VIDA DE LOPE DE VEGA.

CAPÍTULO IX.—Continuación y fin de la vida de Lopede Vega.

CAPÍTULO X.—Número de obras dramáticas de Lope.—

Su Arte nuevo de hacer comedias.

CAPÍTULO XI.—Caracteres generales de la poesía dramáticade Lope de Vega.

NOTAS

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CAPÍTULO XI.

CERVANTES.

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O es éste el lugar oportuno de referir prolijamente la vida de tangrande hombre, querido y admirado de toda Europa; pero tampoco nosparece justo hacerlo con superficialidad después de los concienzudostrabajos de Ríos, Pellicer, y sobre todo de Navarrete, que han derramadonueva luz sobre ella, y que son poco conocidos fuera de España[1]. Elobjeto de esta obra exige tan sólo extendernos cuanto nos sea dablesobre sus trabajos dramáticos; de los demás sucesos de su vida sólotrataremos más minuciosamente

en

los

casos

en

que

las

modernasinvestigaciones hayan revelado hechos desconocidos, ó subsanado antiguoserrores, tocando ligeramente los datos y noticias ya vulgares.

La familia de los Cervantes era de las más antiguas de España, yemparentada, según parece, con los reyes de León. Los individuos de estelinaje, ricos-hombres domiciliados al principio en Galicia,extendiéronse después por Castilla en la Edad Media, y desde losprimeros años del siglo XIII se encuentra frecuentemente en los analesde España el nombre de Cervatos, y Cervantes. Gonzalo de Cervantes,tronco de la línea á que pertenecía nuestro poeta, se distinguió en laconquista de Sevilla por San Fernando, y obtuvo algunos bienes aldistribuirse entre los vencedores las tierras de los moros. Uno de susdescendientes se casó con una hija de la casa de Saavedra, por cuyarazón muchos individuos de la de Cervantes añadieron aquel apellido alsuyo. También llegaron hasta el Nuevo Mundo ramas del tronco principal.

A principio del siglo XVI encontramos un Juan de Cervantes de corregidorde Osuna. Hijo de éste fué Rodrigo, que casó hacia el año de 1540 conDoña Leonor de Cortinas, dama noble de Barajas, presumiéndose conciertos visos de verosimilitud que era parienta de Doña Isabel deUrbina, primera mujer de Lope de Vega; coincidencia, en verdad, no pococuriosa, porque indica que además del lazo común de su merecida fama,había entre estos dos poetas otros de parentesco. De este matrimonionació primero un hijo, llamado Rodrigo, y después dos hijas, cuyosnombres fueron Andrea y Luisa. El último de todos fué Miguel, nuestropoeta, que, según testifican documentos auténticos, encontrados hacepoco, nació en Alcalá de Henares.

No se sabe el día, pero si que fuébautizado el 9 de octubre de 1547.

De su infancia sólo se conoce lo poco que él mismo dice. De su tempranaafición á las musas habla en el Viaje al Parnaso, cap. 4.º, cuandoindica que desde sus más tiernos años le agradó el arte suave de labella poesía. También cuenta que en su niñez vió representar á Lope deRueda, lo cual debió suceder en Segovia en el año de 1558, ó acaso mástarde en Madrid ó en alguna otra ciudad inmediata. Dedúcese de las obrasescritas en su edad madura, que este espectáculo impresionó vivamente aljoven Cervantes, y quizá proviniera de esta circunstancia su particularafición á la literatura dramática, que no le abandonó nunca. En sumocedad cursó dos años en la Universidad de Salamanca, como debíaconstar en los registros de matrícula de la misma. El concienzudoNavarrete no pudo, en verdad, hallarlos; pero las ingeniosas ydivertidas escenas de la vida y costumbres de los estudiantes de estaUniversidad, que se leen en El licenciado Vidriera, en La tíafingida y en la segunda parte del Don Quijote, demuestransuficientemente que sólo pudo trazarlas quien las vió y estudió por símismo. Es probable que pertenezca también á los recuerdos de esta épocael animado entremés, titulado La cueva de Salamanca.

D. Juan López de Hoyos parece haber sido el primero, que alentó al jovenpoeta en su carrera. A este famoso maestro, en cuya escuela recibióparte de su instrucción literaria, se le encargó que escribiese laspoesías para llorar la muerte de Isabel de Valois, en cuyo trabajo leayudó su discípulo. Al describir estas exequias, alaba el maestro áCervantes, autor de un soneto, una elegía y algunas redondillas, y lellama su querido y amado discípulo. Tenía entonces veintiún años.Lanzado una vez en esta senda poética, la prosiguió con celo, y, comodice en su Viaje al Parnaso, escribió innumerables romances, sonetos ádocenas, y es probable que también por este tiempo compusiera LaFilena, novela pastoril, sin duda á semejanza de las de Gil Polo yMontemayor. Estos trabajos de su juventud han desaparecido, á no suponerque entre los romances del Romancero general haya algunos suyos[2].

Pero el joven poeta, cuyos recursos pecuniarios nunca habían sidoabundantes, necesitaba una ocupación que proveyese mejor á susubsistencia, y por esta razón entró, sin duda, al servicio del cardenalJulio Acquaviva, que vino de legado pontificio á la corte de España en1568, acompañándole á Roma el mismo año.

Semejante posición no era enaquella época humillante, porque españoles nobles y principales no sedesdeñaban de servir á Papas y Cardenales, arrastrados por el deseo dever el mundo, por la protección que en ellos encontraban, y por laperspectiva de obtener pingües beneficios, que los reconciliaban con suestado. Las vivas impresiones que Cervantes recibió en esta largaperegrinación, se revelan hasta en sus últimas obras. En el Persiles viajan los dos peregrinos Periandro y Aristela por Valencia, Cataluña yla Provenza hasta Italia, ruta, que, al parecer, siguió él mismo,animando estos cuadros con sus propias observaciones. Cataluñaparticularmente debió gustarle más, porque en la Galatea, en la novelade Las doncellas y en Don Quijote, hace exactas descripciones delpaís y de sus costumbres.

Su residencia en Roma, por duradero que fuese su recuerdo, no fué larga.En El licenciado Vidriera, una de sus novelas, la llama dominadora delmundo y reina de las ciudades, y añade que así como de las garras delleón se deduce cuál es su fuerza y su grandeza, así se reconoce la deRoma por sus fragmentos de mármol, sus techos caídos y arruinados baños,sus magníficas columnatas y grandes anfiteatros, y por la corrientesagrada, cuyas

orillas

santifican

innumerables

reliquias

de

mártires,sepultados en sus olas.

Pronto trocó Cervantes su vida pacífica en la casa del prelado por laagitada de la milicia, pues si las armas, como él decía, ennoblecen átodos, realzan más principalmente á los de ilustre prosapia. Sentó,pues, plaza en los tercios españoles, que ocupaban entonces la Italia,residiendo de ordinario en Nápoles.

Aquí se embarcó en el año de 1571para Mesina, punto de reunión de las escuadras congregadas para defenderá la cruz contra la media luna. Sirvió de simple soldado en la compañíade Diego de Urbina; siguió á la flota aliada, mandada por D. Juan deAustria, á las aguas de Lepanto, y tomó parte activa en la batalla. Alcomenzar estaba enfermo de calenturas, y á los ruegos de su capitán ycompañeros de que permaneciese tranquilo en su lecho, replicó que élquería mejor morir por su Dios y su Rey que recobrar cobardemente lasalud, y solicitó de su capitán que le pusiese en el puesto de máspeligro. Concediósele lo que pedía, y peleó con sin igual bravura con latripulación del buque, que mató sola 500 turcos de la galera Almirantede Alejandría, y se apoderó de la bandera de Egipto. Cervantes,expuesto al fuego más vivo, fué herido por tres balas, dos en el pecho yuna en la mano izquierda, que después perdió por completo. En vez dequejarse de esta mutilación, la enseñaba siempre con orgullo, porqueprobaba su participación en el más glorioso suceso que vieron lospasados siglos y verán quizá los venideros[3]. El día 7

de octubre de1571 parece haber sido siempre el plácido recuerdo, que lo consolaba enlos muchos apuros y penalidades de su vida, puesto que hasta en susúltimos años dice en su Viaje al Parnaso, que, cuando extiende suvista por la desierta superficie de los mares, se le viene á la memoriala heróica hazaña del heróico D. Juan, en la cual él tomó parte, aunqueen un puesto inferior, con ardiente sed de militar renombre, varonilcoraje y noble corazón. Tal fué, en efecto, su valor, que cuando D. Juande Austria, al día siguiente de la batalla, recorrió toda la armada,distinguió particularmente á Cervantes y mandó que añadiesen á su sueldoun plus importante.

Sábese que la victoria no tuvo grandes resultados. El enemigo de lacristiandad se cercioró entonces de que su mejor aliado eran lasmezquinas discordias de los príncipes cristianos: Felipe II ordenó á suhermano que volviese con la armada á Mesina, en donde la victoriosaflota fué recibida con extraordinarias fiestas.

Cervantes pasó alhospital á curarse de sus heridas, y se quedó en Mesina, mientras casitodas las tropas se distribuían por el interior de Sicilia. En laprimavera del año siguiente se hizo de nuevo á la vela para elArchipiélago en el regimiento de Figueroa, y asistió á la batalla deNavarino; pero se frustró la expedición, y la flota volvió á Mesina ennoviembre.

El invierno inmediato se pasó en preparativos: la inesperada defecciónde los venecianos disolvió la liga, y se creyó que no era bastantefuerte el poder marítimo español para atacar sólo á los turcos, por cuyomotivo se proyectó una expedición contra Túnez. El objeto del Rey eraúnicamente destronar á Aluch-Alí y apoyar á Muley-Mahomet; pero D. Juande Austria, su general, esperaba fundar para sí un reino independienteen África, para lo cual se le había prometido el favor del Papa. Apenasllegó la flota á la Goleta, tanto los habitantes como la guarnición deTúnez abandonaron la ciudad y la fortaleza, y bastó un regimiento

deveteranos,

entre

los

cuales

se

hallaría

probablemente Cervantes, paraapoderarse de ambas. D. Juan construyó un nuevo fuerte, tomó á Biserta,y volvió á Sicilia con parte de sus tropas. La compañía en que estabaCervantes pasó á Cerdeña, permaneció en ella en el invierno de 1573 á1574 y marchó después á Génova, en donde habían ocurrido algunosdesórdenes. Para contenerlos vino D. Juan de la Lombardía, y supoentonces que los turcos se preparaban á reconquistar á Túnez y laGoleta; embarcó en Spezia, para Nápoles, parte de sus tropas (entre lascuales estaba Cervantes), y desde aquí se hizo á la vela hacia Túnez. Unhuracán casi echó á pique á su galera, y la arrastró de nuevo á la costaitaliana.

Mientras tanto, y después de esforzada resistencia, seperdieron Túnez y la Goleta, y se desvanecieron de este modo lasesperanzas de D. Juan. Cervantes permaneció en Sicilia á las órdenesdel duque de Sesa, aunque no tardó en dirigirse á España, ya por sunatural deseo de regresar á su patria, ya desalentado al ver el escasopremio que merecían sus servicios, con cuyo objeto pidió licencia en elverano de 1575.

Concediósele, en efecto, y honorífica en alto grado. D.Juan y el duque de Sesa le dieron cartas de recomendación para el Rey,en las cuales le rogaban que atendiese á los méritos de este hombredistinguido, que se había granjeado la estimación de iguales ysuperiores[4].

Bajo tan favorables auspicios se embarcó Cervantes en Nápoles en lagalera del Sol con su hermano Rodrigo; pero el regreso á su patria noera tan fácil como creían. La galera tropezó el 26 de septiembre de 1575con un corsario argelino, y fué apresada tras larga resistencia yllevada á Argel. Cervantes, al repartirse el botín, tocó en suerte alrenegado Dali-Mamí, el cual se alegró de que hubiese caído en sus manosun caballero tan distinguido como Cervantes, que llevaba una carta parael rey Felipe II, y con la esperanza de conseguir cuantioso rescate, loatormentó con malos tratamientos; pero el osado cautivo, en vez deacobardarse, formó el plan de recobrar su libertad y la de suscompañeros, y los animó á escaparse hacia Orán. Ya habían salido deArgel, cuando los descubrió el moro, que prometió llevarlos, y se vieronobligados á regresar á la cárcel y sufrir más duros tormentos[5].

Uno de los cautivos, que fué rescatado y volvió á España, participó á supadre la suerte de sus dos infelices hijos. El buen viejo empeñó enseguida sus escasos bienes, sin pensar que de esta manera quedabanreducidos á la mayor miseria él y toda su familia, y remitió al punto áArgel una suma no despreciable.

Entonces pudieron los hijos tratar de surescate; pero Dali-Mamí pidió tanto por Miguel de Cervantes, que ésteperdió la esperanza de salir del cautiverio y cedió su parte á Rodrigo,que consiguió la libertad en agosto de 1577. Rodrigo prometió, aldespedirse de sus compañeros, que haría cuanto pudiese para armar unafragata en Valencia ó las islas Baleares, desembarcar en las costasafricanas y libertar á su hermano y demás cautivos. Con dicho objetollevaba cartas de un esclavo español de la casa de Alba, que se hallabatambién en Argel. Largo tiempo hacía que Cervantes había trazado elsiguiente plan: en la costa, y al Occidente de Argel, había un jardín,perteneciente al alcaide Hassén, cuyo administrador, que era un esclavode Navarino, á ruegos de Cervantes, había puesto á disposición de loscautivos una cueva, situada en el extremo de dicha posesión, en donde sehabían ocultado muchos desde febrero de 1577. Poco á poco se aumentó elnúmero de los fugitivos, y en noviembre llegó también Cervantes,escapado de la casa de su amo y deseoso de reunirse á ellos. Cervanteshabía calculado bien la época en que debía aparecer por la costa ladeseada fragata, que llegó, en efecto, el 28 de septiembre, y se mantuvooculta de día; se acercó por la noche al jardín, é hizo á los cautivosla señal convenida.

Pero al mismo tiempo levantaron el grito algunosmoros, que por casualidad estaban cerca; se retiró la fragata, y pocodespués hizo otra tentativa de desembarco, más desgraciada que laprimera, y cayó en poder de los moros.

Cervantes y sus compañeros esperaban mantenerse ocultos en la cuevahasta que se les presentase nueva ocasión para escaparse; pero unrenegado, por nombre el Dorado, que estaba desde el principio en elsecreto, lo reveló al rey Hassán, que creía tener derecho á todos losesclavos, y aprovechó ansioso esta coyuntura para llenar con ellos suscárceles. Un destacamento de soldados sitió el jardín del alcaideHassén, penetró en la cueva, y se apoderó de los fugitivos. Cervantesdeclaró en el acto que él solo era culpable, y que había seducido á losdemás para que huyesen. Confesado esto, fué llevado con cadenas á lapresencia del Rey, después de sufrir los improperios y malostratamientos de la soldadesca y las burlas del populacho turco. El Rey,ya empleando la astucia y palabras lisonjeras, ya tremendas amenazas,intentó arrancarle el descubrimiento de los demás culpables, con elobjeto de complicar en este asunto al P. Jorge Olivar, encargado de laredención de esclavos por la corona de Aragón. Cervantes se mantuvoinflexible, y sólo sostuvo que él era el único culpable.

Mientras tanto castigó duramente á los fugitivos el alcaide Hassén,comenzando por ahogar con sus propias manos al jardinero. Igual suertehubiera cabido á Cervantes y á sus amigos, si la codicia del Rey nosuperase á su crueldad. La esperanza de cobrar su rescate salvó la vidaá los cautivos, pero los encerraron en una horrible cárcel y losatormentaron sin piedad ni mesura. La descripción que hace el P. Haedode esta prisión y de las crueldades del rey Hassán, nos llenan deespanto.

La cárcel en que estaba Cervantes era la peor de todas las deArgel.

En esta situación desconsoladora, testigos diarios de los tormentos ósuplicios de sus compañeros, y esperando á cada momento igual suerte, seesforzaban los míseros cautivos, casi todos españoles, en olvidar sudesdicha, recordando sin cesar su amada patria, y bailando ydivirtiéndose como si estuvieran en ella. Animábanse al oir las hazañasde sus antepasados, que cantaban

alternadamente,

repitiendo

conocidosromances;

celebraban las santas fiestas de su religión, y se solazabancon representaciones dramáticas. Tan general era la afición al dramanaciente, que convirtieron en teatro una mazmorra obscura de esclavos;tanto habían penetrado las comedias de Lope de Rueda en el corazón delpueblo, que, separados de su país largos años, sabían recitar sus trozosmás bellos[6]. Otra relación hubo también entre las cárceles de Argel yel teatro español. En ellas concibió Cervantes el plan de dos dramas,que pintan los sufrimientos de los cautivos cristianos, cuyos dramas,imitados primero por Lope de Vega en sus Cautivos de Argel, dieronorigen á una serie de composiciones análogas.

El mal éxito de su primera tentativa para alcanzar la libertad no habíaabatido á Cervantes; al contrario, la desgracia lo excitaba más ádesearla, si es cierto que la libertad, como él indica, es el don másprecioso que el cielo concedió á los hombres, y por ella, lo mismo quepor el honor, se puede y se debe aventurar la vida, y que la prisión, encambio, es el mayor mal que puede suceder al hombre. Pudieron persuadirá un moro que llevase cartas de Cervantes al gobernador de Orán paraprobar de nuevo, si era posible, librarse á sí mismo del cautiverio y áotros tres compañeros. Pero el rey Hassán descubrió el proyecto, empalóal mensajero y condenó á Cervantes á 2.000 azotes en castigo de haberescrito la carta. Esta última sentencia no se ejecutó, sin embargo,gracias á los empeños que hubo en favor del noble cautivo; y tandesusada clemencia es en alto grado inexplicable, atendiendo á que almismo tiempo otros tres españoles perdieron la vida por un delitosemejante, y sólo se comprende por la impresión que los caracteresgrandiosos hacen hasta en los hombres más bárbaros.

Otro nuevo plan, más vasto que los precedentes, trazado en septiembre de1579, fué descubierto por un monje dominicano.

Hassán, para coger infraganti á los cautivos, fingió no saber nada; pero los cristianossospecharon pronto que su proyecto era conocido. Un mercader valenciano,residente en Argel, que les prometió su ayuda, y que temió entonces porsu vida y sus bienes, hizo cuanto pudo para decidir á Cervantes á huir átoda prisa en un barco, temeroso de que el rigor de los tormentos learrancase la confesión de su complicidad; pero éste, que ya se habíaescapado de la cárcel y estaba oculto en casa de un amigo, no consintióen salvarse solo y dejar á sus compañeros expuestos al peligro; seesforzó en calmar las inquietudes del mercader, y le juró que ni lamuerte ni los tormentos le obligarían nunca á declarar. Mientras tantose pregonó en las calles de Argel un bando del sultán para descubrir alesclavo Cervantes, condenando á muerte á cualquiera que lo encubriese.Entonces resolvió

el

cautivo

librar

á

su

amigo

de

tan

tremendaresponsabilidad, y se presentó al Rey. Éste, para amedrentarlo, ordenóque le pusiesen una soga al cuello y que le atasen las manos á laespalda, y le propuso después, como único medio de salvación, eldescubrimiento de sus cómplices.

Cervantes, sin inmutarse, sostuvo queél solo había intentado huir, y declaró cómplices á cuatro españoles,que se habían rescatado poco tiempo antes. Las súplicas de un renegado,amigo de Cervantes, movieron una vez más al Rey á perdonarle la vida;pero lo llevaron á la cárcel del palacio, le pusieron grillos y esposasy lo celaron con más rigor.

Aunque parezca novelesco, no es menos cierto, si merecen fe testimoniosirrecusables, que Cervantes trazó entonces un nuevo plan, más atrevidoaún que los anteriores[7]. Su objeto era promover un levantamiento detodos los esclavos de Argel, y apoderarse de la ciudad para entregarla áFelipe II; y á pesar del cuidado con que se le guardaba, encontró mediode plantear su propósito. No se sabe con certeza ni hasta dónde llegó,ni si se descubrió al cabo, ni por qué medios. Lo que sí consta es queel rey Hassán miraba á Cervantes como al más osado y emprendedor de susesclavos, y como al único de quien todo podía temerlo. Solía decir quepara tener seguros sus esclavos, sus buques y su capital, era necesariovigilar con esmero al español estropeado. Á pesar de todo, lo trató consingular moderación. El mismo Cervantes dice que sólo un soldadoespañol, llamado Saavedra, escapó bien con él, pues aunque por obtenersu libertad hizo tales cosas, que durarán largo tiempo en la memoria delas gentes, sin embargo, ni lo maltrató, ni mandó atormentarlo, ni ledijo una mala palabra, cuando todos, y él el primero, temían á cadainstante que por la menor cosa que acometió lo hubiese empalado.

Mientras hacía Cervantes tantas y tan inútiles tentativas para alcanzarsu libertad, trabajaban sus parientes en Madrid con igual objeto.Completaron sus recursos acudiendo á la generosidad del Rey, yarecordando sus méritos los compañeros de armas del cautivo, yaaprovechándose de la carta de recomendación del duque de Sesa. Su padreRodrigo había muerto, dejando á su familia en la mayor miseria; la cortemostraba frialdad, y por estas razones los encargados del rescate decautivos, que fueron á Argel en mayo de 1580, sólo pudieron reunir unapequeña suma para redimir al más generoso de todos. Hassán había dejadoel gobierno de Argel á otro Pachá, encaminándose á Constantinopla.Cervantes era del número de los esclavos, que él quería llevarse, y yahabía subido á la galera, pronta á hacerse á la vela, cuando llegaronlos redentores en ocasión en que su rescate, caso de lograrse, no era yaposible. El precio pedido ascendía á más del doble de la suma, quetraían aquéllos; pero gracias á los esfuerzos del P. Gil, que con dineroprestado aumentó la suma y acalló algún tanto las pretensiones deHassán, pudo Cervantes conseguir su libertad en 19 de septiembre de1580.

Antes de regresar á España, quiso desvanecer varias calumnias de quehabía sido víctima. El monje dominico, que, como dijimos antes,descubrió la última tentativa de huída y se granjeó el odio de loscristianos, intentó hacer recaer en Cervantes toda la odiosidad de suconducta, sobornando con ese fin insidioso á diversos testigos. Paradisipar desde luego esta sospecha, produjo el calumniado el irrecusabletestimonio de once de sus compañeros de cárcel, todos de las familiasmás nobles de España, que hicieron su más cumplido elogio. D. Diego deBenavides declaró, que, á su llegada á Argel, le hablaron de Cervantescomo de un hombre excelente por su nobleza y sus virtudes, y que sehabía portado con él como lo hubieran hecho su padre y su madre. Luis dePedrosa dijo, que, si bien habían estado en Argel muchos bravoscaballeros, ninguno había hecho tanto bien á sus amigos esclavos comoCervantes, y que éste tenía tanta y tan peculiar gracia, y era taningenioso y diligente, que pocos hombres podían comparársele.

Después de desenmascarar de esta manera á su perverso calumniador, sehizo á la vela en 22 de diciembre y disfrutó de la mayor alegría que sepuede alcanzar en esta vida, regresando á su patria sano y salvo traslarga prisión, puesto que, como él dice, no hay placer comparable al derecobrar la perdida libertad.

De vuelta á España, se alistó de nuevo en el ejército para remediar lamiseria de su familia. Pasó, pues, á Portugal, aún no sometida del todo,en compañía de su hermano Rodrigo, y tomó parte con él en lasexpediciones militares que en 1581 y 82 se hicieron á las islas Azores,y en la del verano de 1583 para conquistar la isla Terceira, ydesbaratar por completo á los parciales del prior de Ocrato. Carecemosde datos más exactos acerca de esta época de su vida, pero parece que eneste mismo tiempo estuvo también en Orán, y que mientras residió enPortugal tuvo relaciones amorosas con una dama portuguesa, cuyo frutofué su hija Doña Isabel de Saavedra.

El estrépito de las armas no pudo acallar su musa, puesto que la aficióná la poesía, siempre viva en su pecho hasta en las cárceles de Argel[8], se despertó entonces más pujante. A pesar de su vida militar agitada,había escrito una novela pastoril, titulada la Galatea, en la cualrevela poca originalidad, é imita, no del todo felizmente, las obras deGil Polo y de Montemayor. La Galatea apareció á fines del año 1584.Hacia esta época se encontraba Cervantes en Esquivias, en donde leretenía su amor á una dama principal, llamada Doña Catalina de Salazary Vozmediano, no sabiéndose con certeza ni cuándo la conoció, ni si lacelebró con el nombre de Galatea, aunque sí que se casó con ella en 12de diciembre de 1584, abandonando el servicio de las armas y fijando suresidencia en Esquivias.

Gracias á su proximidad á Madrid, pudo hacer frecuentes viajes,contrayendo estrecha amistad con varios poetas afamados, y tomando parteactiva en su vida literaria. Probablemente fué miembro de una deaquellas academias poéticas, que, á imitación de las italianas,aparecieron en España en el reinado de Carlos V.

Sus ocios lepermitieron entonces entregarse por entero á las letras, especialmente ála poesía dramática, favoreciéndole no poco la particular posición enque se encontraba, puesto que su nuevo estado y la necesidad de atenderá la subsistencia de su familia, le obligó á consagrar su ingenio áaquella parte de la literatura que más ganancia le prometía, ó lo que eslo mismo, á la composición de obras dramáticas al gusto del público, másaficionado cada día á los espectáculos teatrales. La primera queescribió, titulada El trato de Argel, se representó probablemente pocodespués de su regreso del cautiverio, y acaso en el año de 1581.Siguiéronle otras varias, en número no escaso, sobre todo desde 1584, yal representarse, si damos crédito á testimonios fidedignos, merecieronsignificativo aplauso[9].

No bastaba, sin embargo, el producto de las comedias para atender á lasubsistencia de Cervantes y de su familia. El desventurado poeta,obligado por la miseria, solicitó entonces un destino de cobrador decontribuciones en la América española, último refugio de losdesesperados, como él mismo dice; pero tuvo que contentarse con elsubalterno y poco lucrativo de proveedor de la flota de Indias, por cuyarazón pasó á Sevilla en el año 1588. En él termina la primera época desu vida dramática, como expondremos después más extensamente.

Su permanencia en Sevilla duró lo menos diez años, habiendo hechodiversos viajes á varias poblaciones de Andalucía, y aun algunos áMadrid, pues, además de su destino, se dedicaba á veces á percibir losimpuestos, y á administrar los bienes de algunos particulares. El tiempoque pasó en Sevilla no fué perdido, sin embargo, para la poesía, á pesarde los negocios anti-poéticos que lo ocuparon. Esta ciudad populosa, lamás rica y animada de toda España, depósito de las riquezas de América,ofrecía ancho campo á un talento observador, así en el carácter como enlas costumbres de sus habitantes, cual se nota en sus excelentes novelasde Rinconete y Cortadillo y El celoso extremeño. Las descripcionesverdaderas de las costumbres del pueblo andaluz, que leemos en casitodas las obras de Cervantes, fueron el resultado de sus observaciones;y el original colorido que distingue á sus poesías posteriores á estaépoca, de las que le precedieron, la gracia singular, la ligera ironíaque las caracteriza, y en lo cual fué maestro, las adquirió, sin duda,mientras vivió en esta provincia y trató de cerca á sus ingeniosos ydespiertos habitantes.

Ocurrióle entonces cierto contratiempo pecuniario, que amargó no poco suexistencia. Entregó á un comerciante de Sevilla una suma pequeña dedinero, producto de las contribuciones, para que él lo hiciese al Tesoropúblico; pero el depositario la gastó, desapareció después, y el pobreCervantes, sin medios para pagarla, y acusado de malversación decaudales, tuvo que ir á la cárcel, de donde sólo salió después de darfianza suficiente. En los cuatro años siguientes al de 1598, no tenemosdatos fidedignos de su vida. Sus primeros biógrafos suponen que por estetiempo estuvo viviendo en la Mancha, y hablan de cierta cuestión quetuvo en Argamasilla, de su encarcelamiento en ella, del principio del Don Quijote en la misma época, y de otras cosas de este jaez. Losfundamentos principales en que se apoyan, son las tradiciones que hastanuestros días se han conservado en la Mancha. Añádase á esto elconocimiento exacto del país, que muestra en su Don Quijote, motivobastante para dar verosimilitud á sus asertos, de que Cervantes residióalgún tiempo en esta provincia, aun cuando nada se sepa de positivosobre la época en que esto sucediera, y sobre otros detalles no menosinteresantes. En lo que no cabe duda es en que hacia esta época trazó elplan y escribió parte de aquella obra inmortal, joya no sólo de laliteratura española, sino de toda Europa.

Á principios de 1603 se encaminó á la corte de Valladolid, parte paradesvanecer las acusaciones indicadas, que se habían renovado por estetiempo, parte para hacer valer sus justísimos títulos y largosservicios, y obtener proporcionada recompensa.

Parece que consiguió elprimer objeto, pero que el éxito del segundo fué tan desdichado, querenunció por completo á sus pretensiones, dedicándose sólo á la gestiónde los negocios particulares, que se le encomendaron, y á vivir con elproducto de sus escritos. El Don Quijote apareció al comenzar el añode 1605; pero el efecto que hizo así en España como en toda Europa, nocontribuyó á mejorar la suerte de su autor, sino más bien á empeorarlapor los ataques que se le dirigieron, ya por poetas mal intencionados,aunque famosos, como Góngora, Cristóbal Suárez de Figueroa y EstebanManuel de Villegas, ya por los ciegos parciales de Lope de Vega, porqueen el diálogo con el canónigo no se le había colmado de tan desmedidoselogios como ellos deseaban. Injustamente, como lo probaremos despuéshasta la evidencia, se ha atribuído á Lope animosidad contra sucelebérrimo coetáneo.

En el año de 1606 se trasladó la corte á Madrid, y hacia este tiempodebió también Cervantes domiciliarse en ella. Siguiendo la costumbregeneral de aquella época, observada hasta por los principales magnatesdel imperio, como por ejemplo el duque de Lerma, entró en una hermandadreligiosa; pero no por esto se alivió en nada su suerte. El poeta, yaanciano, debió resignarse de nuevo, y buscó un consuelo á la ingratitudde los hombres consagrándose en la soledad al cultivo de su amadapoesía. En 1612 aparecieron sus Novelas ejemplares, unas nuevas yotras publicadas ya en Sevilla, tan estrechamente enlazadas con lahistoria del teatro, que sirvieron á innumerables poetas para lacomposición de sus dramas[10]. Pronto le siguió el Viaje al Parnaso,obra admirable, que además de muchos juicios tan ingeniosos como justos,además de pasajes de subido valor poético, contiene otros, que son sólocatálogos en verso de nombres de poetas españoles. Un apéndice enprosa, que le sigue, se propone llamar la atención hacia antiguosdramas del autor, ya olvidados; acusar de ingratitud á los actores y alpúblico, y recomendarle algunas comedias que compuso en sus últimosaños. Con la esperanza de brillar de nuevo en los teatros de la capital,había escrito diversas comedias y entremeses, trabajando cuanto pudopara que se representaran; pero todos sus esfuerzos fueron vanos, porqueningún director de teatros accedió á sus ruegos. Para sacar de ellasalgún producto, propuso al librero Villarroel que se las comprara; peroesté le replicó desde el principio, que de su prosa se podía esperarmucho y de sus versos nada; cedió al fin, é imprimió en el año de 1615el tomo de sus comedias y entremeses, origen de tan extrañas hipótesis.

Hacia esta época movió mucho ruido en España una producción literariasingular, esto es, una continuación del Don Quijote de un ciertoAvellaneda, nombre supuesto de un clérigo aragonés, compositor decomedias. Este falso Don Quijote no carecía de invención y deingenio; pero hacía alusiones indignas al autor del verdadero,infinitamente superior. Cervantes contestó á este ataque apasionado conla segunda parte de su novela, cuyo éxito hizo enmudecer á sus enemigos.La noble moderación que manifestó, así en ésta como en otras cuestiones,merece ser citada por modelo.

La segunda parte del Don Quijote fué la última obra que Cervantespublicó; pero no por eso se agotó su inventiva. La protección, que ledispensaron dos grandes generosos, el conde de Lemos y D. Bernardo deSandoval y Rojas, arzobispo de Toledo, hicieron los más felices losúltimos años de su vida, y le proporcionaron tranquilidad suficientepara realizar sus planes

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poéticos, como el de la continuación de la Galatea, la comedia El engaño á los ojos, dos obras desconocidas, el Bernardo y Las Semanas del Jardín, y la novela Persiles ySegismunda, única que nos ha conservado el tiempo. Cervantes preferíael Persiles á todas sus obras: la posteridad piensa muy de otramanera; pero sea cual fuere el juicio, que de ella se forme, no deja deasombrarnos que la escribiera un anciano de sesenta y ocho años,desplegando tan exuberante fantasía, que, como dice Calderón, semejanteá Vulcano, ocultaba bajo su capa de nieve ríos de fuego.

Hacia la primavera de 1616 había concluído el Persiles: el estado desu salud empezaba ya á inspirar algún cuidado; creyó mejorarse variandode aires, y, con este objeto pasó á Esquivias á visitar á sus parientes.Pero el mal se empeoró, y, viendo cercano su fin, quiso morir en sucasa. Su vuelta á Madrid le inspiró el prólogo de su novela, jocoso ypatético á un tiempo. Se perdió toda esperanza de salvarlo; recibió laExtremaunción; escribió en su lecho de muerte una carta ingeniosa alconde de Lemos, que precede al Persiles, y murió el 23 de abril de1616, á los setenta y nueve años. Enterrósele silenciosa y pobremente;ni el más sencillo monumento señala su tumba, y sólo en los últimostiempos se ha erigido uno á la memoria del hombre, que ha dado másgloria á su país que todos los reyes y magnates de su época[11].

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CAPÍTULO XII.

Comedias más antiguas de Cervantes.—Su crítica del teatro español.—

Susúltimas comedias.

OS trabajos dramáticos de Cervantes se dividen, como hemos indicadoantes, en dos períodos distintos, abrazando el primero los años quesiguieron á su regreso de Argel, hasta su traslación de Madrid á Sevilla(1581-1588), y el segundo, posterior á aquél en veinte años, hasta elfin de su vida. El espacio comprendido entre ambos, aunque fué notablepor la celebridad que alcanzó su musa dramática, nos lo ofrece, sinembargo, en cierta oposición crítica con la literatura de aquella época,y por esta razón debemos también estudiarlo: únicamente el primero deestos períodos puede formar el objeto de este libro, hablando en rigor;mas para no faltar á la unidad necesaria, parece oportuno quebrantar elorden cronológico, y tratar también del siguiente.

Antes que este escritor llegase en edad más madura á la esfera propia dela poesía, en la cual pudieran desenvolverse libremente sus esclarecidasdotes, había hecho numerosos ensayos en casi todos los génerosliterarios. Su ingenio vivo é impresionable, pronto en seguir las másopuestas direcciones, necesitaba un motivo poderoso para trazarse unrumbo peculiar. Sus dos novelas pastoriles al estilo de la época, lecolocaron en el número de los imitadores de Montemayor y de Gil Polo, ysus infinitos romances (ahora perdidos) y poesías líricas, entre elenjambre de poetas, que, sin manifestar verdadera originalidad,recorrían un camino ya trillado. Causas diversas contribuyeron á llamarsu atención y dirigir su actividad hacia la literatura dramática.

Habíaasistido en su niñez á las representaciones de Lope de Rueda, ypresenciado el maravilloso efecto de obras de un orden inferior, cuandoen su exposición reinaba la vida y el movimiento; y los teatros deMadrid, que más tarde pudo observar de cerca, lo excitaron vivamente áacometer empresas análogas. Bastaba esto, sin duda, para llevar alteatro á este hombre singular, ansioso de obtener en la literaturapatria un lugar honorífico, y de influir también en su país. Laaprobación, que se dispensó á su primera pieza, lo alentó paraproseguir la senda comenzada; las obras de La Cueva, de Artieda yVirués, le enseñaron el camino, que había de recorrer para dar al dramamás valor literario; su residencia en las inmediaciones de la capital, yla necesidad de atender á su familia, contribuyeron no poco en su líneaá estrechar más su unión con el teatro, y por este motivo escribió sindescanso en un período de pocos años veinte ó treinta comedias, que porlo general fueron aplaudidas[12].

La precipitación, con que secompusieron, y el tono poco lisonjero con que habla de ellas en elpasaje citado más abajo, hacen sospechar que el autor no se propuso otroobjeto que salir de sus apuros del momento. Adviértase, sin embargo, queotras veces sostiene lo contrario[13]. Hasta en los últimos años de suvida, cuando su fama era grande en otros dominios de la literatura,habla con placer de los ensayos dramáticos de su juventud, y parece comoque quiere fundar en ellos parte de su celebridad poética; y si miramoseste sentimiento como regla que pueda valorar el mérito de susproducciones, es deplorable en alto grado que á la vez fuese tannegligente en habérnoslas conservado por medio de la imprenta, únicocaso en que sería lícito á la posteridad, estimar en toda su extensiónsu mérito dramático. Sólo debemos á una feliz casualidad, que al menoshayan escapado dos piezas manuscritas de las más antiguas de losestragos del tiempo, y que hayan sido impresas á fines del siglo pasado.

La primera, titulada El trato de Argel, es, sin disputa, la másantigua de las escritas por Cervantes, y aunque no adoptemos la opiniónde Pellicer y Navarrete de que la compuso en su cautiverio, debió ser,todo lo más, á poco de volver, cuando estaban frescos en su memoria losdolores y tormentos allí sufridos[14]. Ofrécenos un cuadro, que nosimpresiona y conmueve,

de

los

martirios

y

penalidades

de

los

esclavoscristianos, presenciados y sentidos por el autor; aunque de drama,propiamente dicho, tenga poco más que el nombre, puesto que los diversosgrupos y situaciones en que se distribuye la acción, carecen de un lazoestrecho que los haga interesantes.

Forman su base los amores de Aurelioy de Silvia, cautivos ambos en Argel. Aurelio es amado de Zara, suseñora, mujer del renegado Izuf; y tanto ella como su amiga Fátima sevalen de todo

linaje

de

astucias

para

seducirlo,

aunque

inútilmente,porque se mantiene inexorable. Esto se desenvuelve en las primerasescenas. Después aparecen los dos esclavos Saavedra y Pedro Alvarez, ydescriben los males del cautiverio.

Izuf encarga á Aurelio que leconcilie las buenas gracias de Silvia, y él finge que se prepara ádesempeñar su comisión. La escena siguiente representa un mercado deesclavos, y los horrores de estas compras de carne humana. Luego leemoslos encantos, de que se vale Fátima para obligar á Aurelio á querer áZara. Preséntase una Furia, y anuncia que sólo la necesidad y laoportunidad podrán quebrantar la firmeza del cristiano.

Estospersonajes alegóricos se muestran también luego, y procuran, aunquevanamente, convencer á Aurelio. A poco se ve á Pedro Alvarez en undesierto, escapado de la prisión, que ha perdido el camino y cae entierra sin aliento. Invoca á la Santísima Virgen y se presenta un león,que se pone á su lado y luego prosigue delante su camino, sirviéndole deguía. A la conclusión se anuncia la llegada de Fr. Juan Gil, redentorespañol de esclavos, y Aurelio, Silvia, Saavedra (Cervantes) y los demáscautivos se arrojan á sus pies con la esperanza de ser rescatados. Entoda esta pieza se descubre al principiante, y, por grande que seanuestra veneración al famoso nombre del autor, no es posible desconocersu inmensa inferioridad, comparada con las obras de La Cueva de la mismaépoca. Pero cuanto disminuye su mérito dramático y valor poético,considerada como producción literaria, está compensado por otra especiede interés, que hace enmudecer á la crítica, pues ¿quién podrá ahogar laimpresión, que ha de excitarle la pintura de las penalidades, que sufrióel desdichado poeta? ¿Quién leerá, sin conmoverse ni interesarse, lasescenas en que el autor aparece en el teatro con el nombre de Saavedra?¿Quién no participará del elocuente celo, con que excita á susconciudadanos á rescatar á los cautivos cristianos de Argel? Hasta susmuchos rasgos prosáicos mueven más poderosamente nuestro interés.

La Numancia respira otro espíritu muy distinto: el espíritu de laverdadera poesía. Aunque este poema, según se sospecha, no debióescribirse mucho después que el anterior[15], es menester confesar queel autor había hecho en poco tiempo adelantos gigantescos. Cuando seconoce á fondo el teatro antiguo, es fácil de contestar el aserto de quela Numancia es una obra aislada y única en toda la literaturaespañola, puesto que por su forma, estilo y traza general se asemeja álas comedias de Juan de la Cueva, especialmente al Saco de Roma; comotampoco puede negarse que es muy superior á todas las obras del poetasevillano. Era empresa aventurada ajustar á las condiciones de un dramala destrucción de la antigua y fortísima Numancia, y convertir enprotagonista de la acción á una ciudad entera con todos sus habitantes,cuando esto podría ser más bien objeto de la epopeya, y sólo un drama deforma libre y desembarazada, que participase con vigor igual de laíndole de la lírica y de la épica, hubiese conseguido dominar porcompleto el asunto. Por esta razón no debemos criticar al poeta porquesólo pintó los caracteres con rasgos generales, y porque debilita elinterés de la acción en diversas situaciones, sin otro vínculo que lasuna sino el de su relación más ó menos directa con la suerte deNumancia.

Verdad es que existe esta unidad de interés por la agrupaciónde todas sus partes aisladas alrededor de este centro común, y por elempeño que muestra el poeta en dirigir la atención hacia él.

No se omitemedio para infundir admiración, horror y lástima: el heroísmo y lagenerosidad de los habitantes, los ayes de los niños hambrientos, ladesesperación de las madres, los funestos presagios de los sacrificios,la resurrección de un muerto por la fuerza de los encantos y sus tristesprofecías, juntamente con la catástrofe final, en que un pueblo enterose sepulta bajo las humeantes ruinas de su patria, forman un cuadropatético y verdaderamente trágico. Mas por atrevido y grandioso que nosparezca el conjunto, por sublime y animada que en general sea laexposición, no se nos ocultan ciertas manchas que deslustran algún tantola obra. Tales son las figuras alegóricas, no obstante la habilidad conque Cervantes las introduce, aunque bueno es advertir que casi siempreson aquí más oportunas que en su Trato de Argel, y que la escena enque Hispania y el río Duero profetizan la suerte que aguarda á lapatria, no carece de efecto; la fatigosa extensión del primer acto y lasescenas amorosas de dos jóvenes numantinos, á pesar de su innegablebelleza, no se ajustan bien al tono dominante en el drama.

Pero si prescindimos de estos lunares aislados y nos detenemos en lasbellezas más notables de la Numancia, sin olvidar la prematuraaparición de esta tragedia, no podremos menos de deplorar aún másamargamente la pérdida de las demás piezas antiguas de Cervantes, quesin duda nos revelarían los frutos más sazonados de su talentodramático. Cuéntase especialmente, entre ellas, La Confusa, que elautor celebra en varios pasajes, calificándola de una de las mejorescomedias de capa y espada. Los títulos de las restantes, en cuanto noses posible indicarlos, son: La batalla naval (probablemente la deLepanto), La Jerusalén, La gran Turquesca[16], la Comedia de laAmaranta ó la del Mayo, El bosque amoroso, La única y bizarraArsinda. Quizá lleguen á descubrirse estas comedias por una felizcasualidad, y se llene laguna tan sensible en la historia de laliteratura dramática española. Las últimas obras de nuestro poeta, enlas cuales, renunciando á su originalidad, rinde culto á deplorablesimitaciones, no nos ofrecen, bajo este aspecto, la compensación deseada.

El período de tiempo, que separa estas postreras comedias de Cervantesde las anteriores, coincide justamente con la época más importante de lahistoria del teatro, esto es, con aquélla en que se desarrollaron ypredominaron en la escena española nuevas

formas

del

drama,

originales

yvigorosamente

caracterizadas, que desde entonces y por espacio de mediosiglo constituyeron el drama nacional. Al ausentarse nuestro poeta deMadrid, había ya aparecido Lope de Vega y ganado de tal suerte el favordel público con sus primeros ensayos, que fué proclamado superior átodos sus predecesores y contemporáneos.

Su genio é inventiva, su fácilexposición y su fecundidad casi increible, lo hicieron pronto dueñoabsoluto del teatro; otros poetas de valía no se desdeñaron de seguir lasenda trazada por él, y en corto tiempo fijó de tal suerte esta escuelael fondo y la forma de todas las especies dramáticas, que el gustonacional no consintió ya en las tablas ninguna obra de distinta índole.Olvidáronse á poco las mejores piezas, escritas en diverso estilo, quese habían admirado antes, y su brillo quedó obscurecido por el aplausoque se tributó á las nuevas, viéndose obligados los que intentabanadquirir ó sostener fama de autores dramáticos, á seguir la moda de laépoca y ceder á las exigencias del público. Cervantes, lejos de estecentro de actividad poética, y ocupado entonces en otros trabajos, secontentó con asistir, como espectador y juez, á este desenvolvimientomás vasto del arte dramático, en vez de luchar con los afamadospaladines del día. En el capítulo 48 del Quijote se hallan los pasajesmás prolijos é importantes de sus diversas obras, en que ha consignadosu especial juicio acerca de las innovaciones indicadas. Preséntase aquíen abierta oposición con el gusto del público, puesto que califica ácasi todas las piezas dramáticas más aplaudidas en su tiempo de espejosde disparates, ejemplos de necedades é imágenes de lascivia, acusando álos poetas de su indecible indulgencia con la ignorante muchedumbre. Elencono y amargura de esta crítica proviene, sin duda, del desagrado conque miraba el brillante éxito de las obras de sus jóvenes coetáneos, yde la escasa importancia que daban á sus producciones dramáticas, porcuyo motivo debemos considerar como injustos sus juicios. Pero cuando seexaminan una á una sus censuras, despojándolas de las exageraciones,hijas de su mal humor y de su emulación, no es posible dejar de convenircon él en algunos puntos. Carece de sólido fundamento el cargo, hechomuchas veces á Cervantes, de que, en general, ataca al drama romántico.Nunca pensó en ajustar el teatro español á las reglas aristotélicas, nien imitar á los antiguos clásicos: jamás encontramos en sus distintasobras la más ligera alusión á ellos.

Sólo la crítica acerba, con quecomienza el pasaje citado del Quijote, ha dado pábulo á la opinión deque intentó conmover en sus cimientos al teatro nacional; pero, cuandolo examinamos despacio, nos convencemos de que sólo quiso hablar de losabusos aislados, que en número no escaso reinaban ya en la escena. Paraapreciar con exactitud las causas del descontento de Cervantes, esnecesario, en vez de fijarnos únicamente en las obras dramáticas másnotables de la época, descender también á las medianas y malas, que,compuestas por los directores de teatros y formando monstruoso conjunto,no aspiraban á otro fin más elevado que á ganar los aplausos de lamuchedumbre, y á las de ciertos poetas insignificantes, que, apasionadosde todo linaje de extravíos y excesos, infringían gozosos las reglas dela naturaleza y del arte. ¡Hasta las obras de Lope de Vega ofrecenbastantes ejemplos de los abusos inauditos que engendran la delirantefantasía, la precipitación del trabajo, y la condescendencia vituperablecon el gusto corrompido de la época, causas todas suficientes paraseducir al talento más brillante!

La crítica de Cervantes alcanza principalmente á la frecuencia, con quese quebranta la unidad de tiempo y de lugar. «¿Qué mayor disparate(dice) puede ser, en el sujeto que tratamos, que salir un niño enmantillas en la primera escena del primer acto, y en la segunda salir yahecho hombre barbado?... He visto comedia que la primera jornada comenzóen Europa, la segunda en Asia, la tercera se acabó en África...»

Cuando se analiza bien todo el pasaje citado y las obras que condena,parece con claridad que su objeto no es tanto recomendar la estrictaobservancia de las tres unidades, cuanto atacar el abuso y la licenciaque reinaban en esta parte. No es lícito negar (y entonces no podremosmenos de convenir con Cervantes) que muchos poetas de aquella épocallevaron tan lejos sus extravíos, instigados por el afán de ofrecer álos espectadores variedad incesante, que se olvidaron por completo dellugar y del tiempo, y de esta manera dañaron no poco á sus obras, y alefecto, que, sin estas divisiones, hubiera hecho el conjunto. Másdifícil es aprobar el segundo objeto de su crítica.

Parece que,desconociendo la esencia verdadera de la poesía, desea imprimir al dramauna tendencia moral directa, y ajustar esta falsa regla al dramaespañol. Aunque en esta parte no parece razonable alabar en todo susfallos, siendo tan falaz su fundamento, debemos, no obstante, confesarque ataca sólo las exageraciones y los excesos, y la falta de dignidad yde moralidad, que se advertía en muchas producciones dramáticas de laépoca.

Los demás cargos que hace á la nueva literatura, no son en generalinfundados cuando ataca las obras deplorables de los poetastros; peroson injustos, como el anterior, cuando á todos los extiende, y confundey baraja lo bueno con lo malo. «¿Y qué mayor disparate, dice, quepintarnos un viejo valiente y un mozo cobarde, un lacayo retórico, unpaje consejero, un rey ganapán y una princesa fregona?... Y si es que laimitación es lo principal que ha de tener la comedia, ¿cómo es posibleque satisfaga á ningún mediano entendimiento que, fingiendo una acciónque pasa en tiempo del rey Pepino y Carlomagno, al mismo que en ellahace la persona principal le atribuyan que fué el emperador Heraclio,que entró con la cruz en Jerusalén, y el que ganó la Casa Santa comoGodofre de Bullón, habiendo infinitos años de lo uno á lo otro; y,fundándose la comedia sobre cosa fingida, atribuirle verdades dehistoria y mezclarle pedazos de otras sucedidas á diferentes personas ytiempos, y esto no con trazas verosímiles,

sino

con

patentes

errores detodo

punto

inexcusables? Y es lo malo que hay ignorantes que digan queesto es lo perfecto, y que lo demás es buscar gullurías. Pues

¿qué sivenimos á las comedias divinas? ¡Qué de milagros falsos fingen en ellas;qué de cosas apócrifas y mal entendidas, atribuyendo á un santo losmilagros de otro! Y aun en las humanas se atreven á hacer milagros sinmás respeto ni consideración que parecerles que allí estará bien el talmilagro y apariencia, como ellos llaman, para que gente ignorante seadmire y venga á la comedia: que todo esto es en perjuicio de la verdad,y en menoscabo de las historias, y aun en oprobio de los ingeniosespañoles; porque los extranjeros, que con mucha puntualidad guardan lasleyes de la comedia, nos tienen por bárbaros é ignorantes...»

Fácil es la contestación á todas estas críticas. Salta desde luego á losojos, que, cuanto encuentra Cervantes de censurable en este capítulo,aunque justo, si se atiende á una parte de la literatura dramáticaespañola, es injusto haciéndolo extensivo á toda ella.

Si es verdad queen la época, en que se escribió el primer tomo del Quijote, no habíallegado el teatro nacional á su mayor y más perfecto apogeo, también loes que existían ya entonces muchas producciones dramáticas, á las cualesno es aplicable ni un solo cargo de los consignados en esta larga serie;y en otras, ¡cuántas excelencias poéticas compensaban en parte esosmismos defectos! Sin duda lo conoció también Cervantes, cuando á susinvectivas añade siempre aisladas reflexiones más benévolas.

«Y notienen la culpa de esto, dice, los poetas que las componen, porquealgunos hay dellos que conocen muy bien en lo que yerran, y sabenextremadamente lo que deben hacer; pero como las comedias se han hechomercadería vendible, dicen, y dicen verdad, que los representantes no selas comprarían si no fuesen de aquel jaez; y así el poeta procuraacomodarse con lo que el representante que le ha de pagar su obra lepide; y que esto sea verdad, véase por muchas é infinitas comedias queha compuesto un felicísimo ingenio destos reinos con tanta gala, contanto donaire, con tan elegante verso, con tan buenas razones, con tangraves sentencias, y finalmente, tan llenas de elocución y alteza deestilo, que tiene lleno el mundo de su fama, y por acomodarse al gustode los representantes no han llegado todas, como han llegado algunas,al punto de la perfección que requieren.» Más adelante exceptúa de sucrítica algunas comedias de diversos autores, sin confundirlas con lasdemás, y las alaba por su arte y excelencia, como La Isabela, LaAlexandra, La Filis, La ingratitud vengada, El mercader amante

y La

enemiga

favorable.

Nunca

aparece

tan

incomprensible la crítica deCervantes como en esta parte, porque no es fácil de adivinar, en quéconsiste la preferencia que da á estas obras sobre las demás. Las tresprimeras, de Argensola, de que pronto hablaremos, sólo merecerían, sinduda, su aprobación porque están escritas en el estilo dramático másantiguo, que él mismo había seguido largo tiempo; por lo menos, en LaIsabela y en La Alexandra no se hallan otros méritos, que justifiquentan exageradas alabanzas como les prodiga. Aún más se extraña ladistinción que hace en favor de La ingratitud vengada, suponiendo quecon este título indique una comedia de las más débiles de Lope deVega[17]. Acaso la tendencia moral, fuertemente caracterizada, que sehalla en el argumento de este confuso tejido de intrigas amorosas y deasesinatos, que lo hace repugnante á nuestros ojos, lo recomendó á laconsideración de Cervantes. ¿Pero cómo era posible que un poeta diese sufallo obedeciendo á motivo tan liviano? Muy inferiores á ella son Laenemiga favorable, de Tárrega, y El mercader amante, de GasparAguilar[18], y sin disputa no merecen tan marcada preferencia, respectode otras muchas de igual ó más alto valor poético. La acción regular ysencilla de ambas comedias es digna de alabanza; pero prescindiendo deque no consiste en esto sólo el mérito de una producción dramática, aunsiguiendo en todo el ejemplo de Cervantes, pide también la justicia, altratar de las obras restantes que componen la literatura dramática, queno pasemos en silencio la circunstancia de que otras muchas de estaépoca poseen las cualidades indicadas en el mismo grado que aquéllas.

Si volvemos á examinar todo este discurso, y además ciertos pasajes deíndole análoga en el Viaje al Parnaso, en el Prólogo á las últimascomedias, etc., no se nos ocultará que estos juicios críticos son enparte muy verdaderos y oportunos, y en parte infundados, arbitrarios yfútiles. Faltóle á Cervantes el aplomo y profundidad necesaria paraluchar con éxito contra rivales más fuertes: á su conocimiento exacto dealgunos lunares del drama español, no acompañaba el de sus bellezas; ysi por un lado carecía de la imparcialidad conveniente y se dejabaarrastrar de la pasión, por otro se exponía á no dar en el blanco,imprimiendo en sus fallos cierta vaguedad. ¿Qué extraño es, por tanto,que se perdiese su voz, ahogada por el aplauso tributado á la escuelacontraria?

Cuando el autor del Don Quijote, tras larga interrupción, se consagróde nuevo en sus últimos años á escribir comedias, ó, como según parece,había modificado sus ideas anteriores acerca de la esencia del drama, ócomo siguió los pasos de aquéllos que antes criticara, cedió, sin duda,no teniendo otro recurso, á las exigencias del público. El gustoreinante de la época, que antes condenara, había echado tan hondasraíces en el teatro, que, convencido acaso de la inutilidad de susesfuerzos precedentes, hubo de renunciar á ellos. Si sus diatribascríticas habían sido impotentes para lograr lo que deseaba, ¿cómo podíaesperar en la escena un triunfo decisivo? Y, sin embargo, no pudodominarse lo bastante hasta renunciar por completo á la poesía dramáticasin salir del campo de la literatura, en que había ganado inmortaleslaureles. El recuerdo de sus pasadas glorias no le daba lugar aldescanso, y los aplausos tributados á sus coetáneos más jóvenes, quepresenció diariamente en los últimos años de su residencia en Madrid, leaguijoneaban sin cesar á luchar también en la escena. Con este objetoescribió en el espacio de pocos años ocho comedias, que no logrórepresentar á pesar de sus esfuerzos, no quedándole otro remedio, contralo que sucedía entonces de ordinario, que darlas á la prensa antes dehaberlas visto en las tablas. Cuando modificó su primer propósito yapeló á este medio de darlas á conocer al público, parece que no quisotan sólo que las leyesen los aficionados, y que esperaba, una vezconocidas, que fuesen también representadas: ¡vana esperanza que, comosabemos, no llegó nunca á realizarse![19].

Ninguna obra de Cervantes fué, sin embargo, menos leída que estascomedias. La primera edición, de 1615, llegó á ser tan rara, que sólo laguardaban pocos aficionados á este género literario, hasta que en el añode 1749 se hizo otra que, al parecer, no se vulgarizó tampoco mucho.Sabido el propósito que presidió á esta última, se comprenderáfácilmente que tan escaso fuese su efecto. El editor Blas AntonioNasarre, erudito absurdamente apasionado de la crítica francesa,escribió un prólogo, que le precede, en el cual se ensaña sin piedadcontra el antiguo drama español, presentándolo como modelo de vicios ydefectos de toda especie, desconociendo tan completamente las reglas dela sana crítica al aplicarlas á las comedias de Cervantes, que lesiguen, que las califica de parodias y sátiras contra el gustocorrompido de la época, ó lo que es lo mismo, de obras las másdefectuosas y sandias que jamás se han escrito. ¿Cómo hubiera creídoesto nunca el autor del Don Quijote? Es imposible descubrir en ellasel más leve rastro de parodia ni de sátira.

Generalmente son imitacionesserias del estilo de Lope de Vega, no obstante los esfuerzos del autoren superar á su modelo con escenas más variadas y situaciones de másefecto. La impresión, que hacen, es muy semejante á la del Persiles,escrito en la misma época. Así como Cervantes amontonó en su últimanovela las aventuras de los libros de caballería, que antes criticaracon tanto rigor, así también acumuló en ellas sin escrúpulo todosaquellos extravíos dramáticos de bambolla y efecto de la época, llevandohasta la exageración su licencia. Aún más extraño nos parece, que,distinguiéndose todas sus obras por su plan clarísimo y por suregularidad y buena traza, tanto en el conjunto como en sus diversaspartes, encontremos en las comedias los defectos opuestos: aridez en lacomposición, y ligereza suma en su desarrollo. Justamente el mismopoeta, que dió tantas pruebas de su maestría en la pintura decaracteres, se contenta en ellas con bosquejarlos muy superficialmente,y profundizando hasta tal punto otras veces, carece en sus comedias deverdadera intención poética. Parece que Cervantes conocía también losdefectos de estas piezas, según se deduce del tono poco pretencioso conque habla de ellas en el prólogo, muy opuesto, sin duda, al amor propioque en otras ocasiones manifiesta; pero como intentaba rivalizar conLope y su escuela, creyó, acaso, que el mejor modo de lograr el triunfoera imitar la parte externa de sus obras, acumulando maravillas,aventuras y golpes teatrales. Debía haber conocido que la fama de Lope,hasta en el populacho, dependía de causas muy diversas.

Además deldefecto de estar escritas en un estilo extraño y falso hasta lo sumo,tienen otro, que no dejó de contribuir en su daño, cual es la ligerezadeplorable con que fueron compuestas. Ni en la rapidez de la composiciónquiso Cervantes dejarse superar por el celebérrimo maestro del dramaespañol, careciendo del don de improvisar de aquél y de su facilidad enproducir, como jugando, perenne é inagotable corriente de invenciones, yhasta de obras literarias de primer orden. Cervantes, al parecer, teníaun genio de muy distinta índole: para trabajar con provecho necesitabaconcentrar su actividad, y en el momento que seguía diverso rumbodegeneraba en superficial y frívolo.

No se entienda por todo esto que sus comedias deban desecharse porcompleto; al contrario, nosotros creemos que cuanto lleva el nombre deCervantes es digno de aprecio, y que así como las traducciones del Persiles y hasta de la Galatea han excitado nuestro interés, lopropio hubiese sucedido con sus comedias. Todas ellas, aunque adolezcanmás ó menos de las faltas indicadas, contienen también muchas bellezasparciales, así morales como estéticas, y abundan á veces en notablesescenas, que pueden servir de prueba del talento dramático del autor dela Numancia, y no merecen pasar desapercibidas. Hasta El rufiándichoso, que por su licencia y mal gusto es la peor de todas las Comedias de santos que conocemos, las ofrece también. Esta pieza,entre cuyos personajes, además de diversas figuras alegóricas[20], encontramos dos rufianes, un pastelero, un inquisidor, Lucifer, unángel y tres almas del Purgatorio, nos ofrece por añadidura unespadachín bribón de Sevilla, que al fin muere en Méjico como un santo,haciendo milagros. Las demás piezas son desiguales por su mérito y dedistinto carácter. En todas, no obstante el escaso interés que excita laacción principal, agrada la gracia y agudeza de los papeles cómicos, alpaso que las escenas serias no satisfacen generalmente. La comediatitulada La casa de los celos trata de un asunto sacado de lastradiciones españolas de Carlomagno, y es muy parecida por suscontornos externos á las posteriores de Lope y Calderón, destinadas ácelebrar ciertas fiestas

y

solemnidades,

aunque

desprovistas

de

aquellaencantadora poesía, que tanto las realza entre las demás piezas deespectáculo. El gallardo español y La gran Sultana son dos cuadrosllenos de los más varios sucesos y animadas descripciones, que si bien áveces nos regocijan plenamente, no nos hacen olvidar que falta orden yconcierto en la disposición y arreglo de sus partes. En Los baños deArgel repite el mismo argumento, que utilizó antes en El trato deArgel; en Pedro de Urdemalas vemos una especie de novela picarescaen forma dramática, una serie de situaciones cómicas bien pensadas ydescritas con bastante poesía, á las cuales sólo falta la unidad de sutraza y desarrollo para constituir una comedia verdadera[21].

En laprimera escena aparece el astuto Pedro de Urdemalas en hábito de mozo delabranza, después de haber ejercido todas las profesiones posibles. Unamigo suyo le ruega que le ayude á conseguir la mano de su amadaClemencia, que su padre le niega. Este, llamado Martín Crespo, dejaentonces de ser alcalde, y ejerce por última vez sus funciones de juez.Por consejo de Pedro se disfrazan los amantes de pastores y se presentanante el alcalde; acusan al obstinado viejo, que se opone á sucasamiento, y se dan traza de que él mismo se condene y apruebe elmatrimonio. Las escenas siguientes describen las procesiones y danzas,con que se celebra la fiesta de San Juan. Los supersticiosos creen quelas jóvenes, que bañan esa noche sus pies en un barreño de agua, y dejanflotar sus cabellos al capricho de los vientos, averiguan por ciertasseñales quién ha de ser

su

esposo.

Pedro

se

ingenia

de

manera

que

muchaslabradoras, que hacen este experimento, conozcan por ciertas señales álos que miran por amantes y los escuchen con benevolencia. Aparecedespués una banda de gitanos, entre los cuales viene Pedro, la cual,merced á su astucia, obtiene pronto gran consideración. Los gitanosllegan á un villorrio, en donde habita una viuda, que, según cuentan,tiene toda su casa llena de sacos de oro, pero tan miserable yvoluntariosa, que no se desprende de un solo maravedí, á no ser paragastarlo en la salvación de su difunto esposo y sacarlo del Purgatorio.Pedro se disfraza de ermitaño; atraviesa montado en un asno las callesde la aldea; se detiene delante de la casa de la viuda, y pide á gritosuna limosna. Cuenta entonces que una generación completa de susantepasados se consume en el Purgatorio, y, que después de celebrarconsejo habían resuelto nombrar un alma, para que los representase en latierra é inclinar en su favor á la rica viuda, con cuyos tesoros sepueden salvar únicamente.

Sostiene que él es un alma del Purgatorio.Hace una horrible pintura de los tormentos que allí sufren, así él comosus abuelos, y conmueve de tal modo á la viuda, que baja á poco con dossacos llenos de dinero, que entrega al suplicante. La acción de lacomedia se enlaza con la suerte de una doncella de la banda de losgitanos, que viene con ellos, y que, como la Gitanilla, aparece serdespués hija de padres distinguidos. En la jornada tercera aparece Pedrode Urdemalas en una compañía de actores, y viene con ellos á la cortepara dar una representación; encuentra allí á la gitanilla, á la cualtenía cierta inclinación, convertida ya en noble dama, y en su traje derey discurre con agudeza sobre las vueltas é instabilidad de la suerte,y al concluir recuerda cómicamente el principio de la pieza. Dice así:

«Ya ven vuessas mercedes, que los reyes

Aguardan allá dentro, y no es posible

Entrar todos á ver la gran comedia

Que mi autor representa, que alabardas

Y

lancineques,

y

frinfrón

impiden

La entrada á toda gente mosquetera:

Mañana en el teatro se hará una,

Donde por poco precio verán todos

Desde el principio al fin toda la traza,

Y verán que no acaba en casamiento,

Cosa común y vista cien mil veces,

Ni que parió la dama esta jornada,

Y en otra tiene el niño ya sus barbas,

Y es valiente y feroz, y mata y hiende,

Y venga de sus padres cierta injuria,

Y al fin viene á ser rey de un cierto reino.

Que no hay cosmografía que lo muestre.

De estas impertinencias y otras tales,

Ofrezco la comedia libre y suelta,

Pues, llena de artificio, industria y galas,

Se cela del gran Pedro de Urdemalas.»

Esto último es bueno, y excelentes algunos pasajes aislados de estapieza, aunque el conjunto no merezca alabanza.

Menos defectuosas, bajo este aspecto, y por su plan las mejores, son Laentretenida y El laberinto de amor. Aquélla es una comedia de capa yespada no despreciable, imitada después por Moreto en su Parecido enla corte, aunque sea muy superior á su modelo. El argumento es elsiguiente: Marcela, hermana de Antonio de Almendárez, ha sido prometidaá su primo Silvestre, que debe llegar con la primera flota de América.Hacia este mismo tiempo debe venir de Roma la dispensa; pero elestudiante Cardenio, enamorado de Marcela, soborna al escudero de ésta,y consigue introducirse en la casa de Don Antonio. El astuto escudero leaconseja que finja ser el esperado Silvestre, y le da cuantas noticiasnecesita para representar con verosimilitud su papel. En este conceptose presenta Cardenio á Don Antonio, que lo recibe como si fuese elpariente, que ha llegado de América; pero se da tan mala traza parallevar adelante su empresa, que no sabe captarse el amor de Marcela, yal fin se descubre el engaño con la venida del primo, que prueba laidentidad de su persona. Deshácese, sin embargo, el matrimonio deSilvestre y de Marcela, porque el Papa niega la dispensa. Con estasencilla acción principal se enlaza otra episódica. Don Antonio ama áMarcela Osorio, idéntica á su hermana en el nombre y en las facciones,encerrada por su padre Don

Pedro

en

un

convento.

Don

Antonio

ignora

estacircunstancia, y se desespera tanto al saber su desaparición, que sequeja amorosamente á su hermana, engañado por su singular semejanza. Unamigo de Don Antonio le informa del paradero de Marcela, y consigue deDon Pedro que consienta en el matrimonio de su hija; pero Marcela haprometido su mano y dado palabra escrita de casamiento á un cierto DonAmbrosio.

Éste entra con el billete de su amada en la casa de DonAntonio, creyendo que su hermana Marcela es la hija de Don Pedro, y ápoco llega también en su busca el mismo Don Pedro Osorio, que conciertacon Don Antonio el enlace de su hija. Don Ambrosio presenta la promesaescrita de casamiento; Don Pedro le niega su aprobación y la concede áDon Antonio; pero éste, al saber que Marcela ha dado á otro su palabra,se retira, y por esta razón no se celebra ninguno de los matrimoniosproyectados. A la conclusión aparece el gracioso, que echa una rápidaojeada sobre la mayor parte de las comedias españolas, aludiendo con sussátiras á la costumbre de que ha de haber al fin matrimonio, y dice así:

«Esto

en

este

cuento

pasa:

Los

unos

por

no

querer,

Los

otros

por

no

poder,

Al

fin

ninguno

se

casa.

De

esta

verdad

conocida

Pido

me

den

testimonio:

Que

acaba

sin

matrimonio

La comedia Entretenida

El laberinto de amor es una comedia romántica, llena de situacionesinteresantes, aunque de intriga algo confusa. El defecto principal deesta pieza es que los mismos motivos influyen con frecuencia en susdiversos personajes. Encontramos en ella cuatro ó cinco príncipesdisfrazados y dos princesas, que en el curso de la comedia se disfrazantambién muchas veces, y por esta causa cuesta trabajo desenredar tantaconfusión de disfraces. Por lo demás, la acción está bien trazada en suselementos principales. Rocamira, hija del duque de Navarra, essolicitada por varios amantes, que residen casi de incógnito en la cortede su padre; pero ella ha prometido su mano á Manfredo, duque de Rosena,que se espera para la celebración de la boda.

Preséntase á esta sazón elpríncipe Dagoberto; acusa á la princesa de tener relaciones ilícitas conun caballero de la corte, y pretende sostener con las armas la verdad desu dicho.

Suspéndense, por tanto, las nupcias; llevan á la cárcel áRocamira y la condenan á muerte, á no aparecer un caballero que defiendasu inocencia, y la pruebe venciendo al acusador en la lucha. Prepáraseun juicio de Dios: acude á él la princesa, envuelta en negro velo, ymultitud de caballeros se aprestan á pelear por ella y por su honor,faltando sólo Dagoberto. Después de esperarlo largo tiempo, llega alcabo en ademán pacífico, en compañía de una dama, cubierta también conun velo, y declara que está pronto á defender la inocencia de Rocamiracontra cualquiera que la ofenda ó dude de ella. Viéndose en inminentepeligro de perderla, ha apelado al medio de acusarla falsamente paraevitar su casamiento con el duque de Rosena, y la mejor prueba de que latiene por inocente es que él mismo la ha desposado. Levanta entonces elvelo de la tapada que le acompaña, y se ve á Rocamira, que se ha dadotraza de huir de la prisión, dejando otra en su lugar, la cual es otraprincesa enamorada de Manfredo, que ocultamente le ha seguido á la cortede Navarra, penetrando en la cárcel y haciéndose pasar por Rocamira.

Infinitamente superiores á estas comedias son los ocho entremesescontenidos en la misma edición. Cervantes tenía todas las cualidadesnecesarias para brillar en este género dramático, y sin vacilar podemosdecir que no ha sido superado por ninguno de los que le sucedieron.Sabido es que estos cuadros burlescos de la vida ordinaria no tienen,por lo común, grandes pretensiones poéticas; pero cuando campea en ellostanta gracia é ingenio como en los de Cervantes, cuando abundan en ellostantas sentencias y rasgos tan agudos como discretos, no se les puedenegar altísimo mérito. El entremés del Retablo de las maravillas, quesirvió á Piron de modelo para componer su Faux prodige, es inimitabley una verdadera obra maestra. Síguele inmediatamente La cueva deSalamanca, farsa muy divertida,

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fundada en el proverbio popular, de quesacó Hans Sachs Die fahrenden Schüler, y en que se funda la operetafrancesa titulada Le soldat magicien. Los demás, como El rufiánviudo, El viejo celoso, etc., no desmerecen tampoco de losanteriores. La dicción de estos entremeses, ya en los versos de dos deellos, ya en la prosa de los restantes, ofrece maravillosos ejemplos dela fusión del lenguaje de la vida ordinaria con la cultura literaria másrefinada[22].

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CAPÍTULO XIII.

Lupercio Leonardo de Argensola.—Actores y poetas dramáticos delúltimo decenio del siglo XVI.—Escrúpulos teológicos sobre lasrepresentaciones dramáticas.—Autorización

legal

para