Germana by Edmond About - HTML preview

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Pero cuando vio a su queridaHonorina aparecer en un traje de mañana que representaba dos o tres añosde su sueldo, se olvidó de caer en sus brazos, viró en redondo sin deciruna palabra y se hizo llevar el equipaje a la estación de Lyón. Así escómo el señor Chermidy me hizo entrar en la intimidad de su mujer.Otros pormenores los conozco por el conde de Villanera.

—¿Llegamos ya?—preguntó el duque.

—Un poco de paciencia. La señora Chermidy había distinguido a don Diegoalgún tiempo antes de la llegada de su marido. Era su vecina en elteatro de los Italianos y había sabido mirarle con tales ojos que sehizo presentar a ella. Todos los hombres le dirán que sus salones sonlos más agradables de París, aun cuando no se encuentre a otra mujer quea la dueña de la casa. Pero Honorina se multiplica. El conde se apasionópor ella, llevado del mismo espíritu de emulación que perdió al pobreChermidy. Y la amó tanto más ciegamente, por cuanto ella le otorgó todoslos honores de la guerra y pareció ceder a una inclinación irresistibleque la arrojaba en sus brazos. El hombre más inteligente se deja prenderen este lazo y todo el escepticismo se estrella contra la comedia delamor verdadero. Don Diego no es un atolondrado sin experiencia. Sihubiera adivinado el menor interés, sorprendido un movimiento calculado,se habría puesto en guardia y todo estaba perdido, pero la ladina llevósu habilidad hasta el heroísmo. Agotó todos los recursos de supresupuesto, gastó hasta su último sueldo e hizo creer al conde que leamaba por él. Llegó hasta exponer su reputación, que tanto había cuidadohasta entonces, y se hubiera comprometido locamente a no impedírselo él.La condesa viuda de Villanera, una santa mujer, un prodigio de vejez yde rigidez, parecida a un retrato de Velázquez, escapado del lienzo,tuvo conocimiento de los amores de su hijo y no encontró nada que decir.Prefería verlo en relaciones con una mujer de mundo, que perdido entrelos placeres fáciles en los cuales se arruina el cuerpo y se envilece elalma.

»La delicadeza de la señora Chermidy era de carácter tan quisquilloso,que don Diego no pudo ofrecerle ni la menor bagatela. Lo primero queaceptó de él, después de un año de intimidad, fue una inscripción decuarenta mil francos de renta. Estaba encinta de un hijo que nació ennoviembre de 1850. Ahora, señor duque, llegamos al fondo de la cuestión.

»La señora Chermidy dio a luz en Bretéche-Saint-Nom, detrás de SanGermán. Yo estaba allí. Don Diego, ignorando nuestras leyes y creyendoque todo era permitido a las personas de su condición, quería reconoceral niño. Los primogénitos de la familia Villanera son marqueses de losMontes de Hierro. Yo le expliqué el axioma de derecho: Is pater est, yle demostré que su hijo debía llamarse Chermidy o no llamarse de ningúnmodo. Precisamente el marino había estado en París en enero último yesto bastaba para salvar las apariencias. Después de deliberar un buenrato cerca de la cama de la parturienta, ésta nos dijo que su marido lamataría infaliblemente si ella intentaba imponerle esta paternidadlegal. El conde añadió que el marqués de los Montes de Hierro noconsentiría jamás en firmarse Chermidy. Resumiendo, inscribí al niño enla alcaldía con el nombre de Gómez, hijo de padres desconocidos.

»El noble padre, dichoso y desgraciado a la vez, comunicó tan importanteacontecimiento a la venerable condesa. Esta ha querido ver al niño, y hahecho llevarlo a su lado, en su hotel del faubourg Saint-Honoré, dondeaun está.

Tiene dos años, goza de buena salud y se parece ya a lasveinticuatro generaciones de los Villanera. Don Diego adora a su hijo, yno se consuela de ver en él a un niño sin nombre y, lo que es peor,adulterino. La señora de Chermidy es una mujer capaz de remover lasmontañas para asegurar a su heredero el nombre y la fortuna de losVillanera. Pero la más digna de compasión es la pobre viuda. Ella prevéque don Diego no se casará nunca ante el temor de desheredar a su hijoamado; que desarraigará su fortuna para podérsela entregar, que venderálas tierras de la familia y que de su ilustre nombre y grandes dominiosno quedará nada dentro de medio siglo.

»Ante este conflicto, la señora Chermidy ha tenido un rasgo de genio yha dicho a don Diego: «Cásese usted. Busque una esposa de la primeranobleza de Francia y obtenga, por medio del acta de matrimonio, que ellareconozca a nuestro hijo como suyo. Siendo así, el pequeño Gómez será suhijo legítimo, noble por padre y madre, heredero de todos los bienes dela familia. En cuanto a mí, no se preocupe usted, me sacrifico por losdos.»

»El conde ha sometido el proyecto a su madre, que está dispuesta afirmar a dos manos. La noble dama ha perdido ya sus ilusiones sobre laseñora Chermidy que cuesta más de cuatro millones a don Diego y quehabla de retirarse a una choza para llorar la dicha perdida pensando ensu hijo. El señor de Villanera cree cándidamente en su falsa resignacióny creería cometer un crimen abandonando a esta heroína del amormaternal. Para terminar, y con objeto de acallar sus nobles escrúpulos,la señora Chermidy ha susurrado al oído del conde: «Cásese usted porpoco tiempo. El doctor le buscará una esposa entre sus enfermas.» Yo hepensado en la señorita de La Tour de Embleuse y he venido a confiarmeabsolutamente en usted, señor duque. Este matrimonio, por extravaganteque parezca a primera vista, y aunque dé a usted un nieto que no es desu sangre, asegura a la señorita Germana un fin dulce y tranquilo y unaprolongación de la existencia; salva la vida a la señora duquesa, y, enfin...

—Me da a mí cincuenta mil libras de renta, ¿no es eso? Pues bien,querido doctor, le doy a usted las gracias. Dígale al señor de Villaneraque soy su servidor. A mi hija podré enterrarla tal vez, pero novenderla.

—Señor duque, realmente lo que propongo a usted es un negocio, pero siyo lo creyese indigno de un caballero, no hubiera intervenido en él,puede creerme.

—¡Pardiez! doctor, cada uno entiende el honor a su manera. Hay el honordel soldado, el honor del tendero y el honor del noble que no me permiteser el abuelo del pequeño Gómez. ¡Ah! ¡el señor de Villanera pretendelegitimar a sus bastardos! Eso es Luis XIV puro, pero nosotros noestamos aliados a la familia Saint-Simon. ¡Cincuenta mil francos derenta! Yo he tenido ciento veinte mil, señor, sin haber hecho nuncanada, ni bueno ni malo. ¡Y no me apartaré de las tradiciones de misantepasados para obtener menos de la mitad!

—Me permito llamarle la atención, señor duque, sobre el hecho de que lafamilia Villanera es digna de tal alianza. El mundo no encontraría nadaque decir.

—¡No faltaría más sino que se me ofreciese un yerno plebeyo! Confiesoque en cualquiera otra circunstancia me consideraría muy honrado. DonDiego Gómez de Villanera es bien nacido, he oído elogiar a su familia ya su persona. Pero, ¡qué diablo!

¡no quiero que se diga que la señoritade La Tour de Embleuse tenía un hijo de dos años el día de su boda!

—No dirán nada, ni lo sabrá nadie. El reconocimiento será secreto, ydespués,

¿quién se ocuparía de eso más tarde? Ni la ley ni la sociedadestablecen diferencia alguna entre un hijo legitimado y un hijolegítimo.

—¿Pero cree usted que yo voy a poder ver a Germana en el altar mayor deSanto Tomás de Aquino, con el señor de Villanera a su derecha, la señoraChermidy a su izquierda con un niño de dos años en los brazos, y elsepulturero cerrando la comitiva?

Eso es sencillamente abominable, mipobre doctor. No hablemos más de ello... Diga usted... ¿Y es muycomplicada esa ceremonia del reconocimiento?

—No hay ceremonia alguna. Una frase en el acta de matrimonio y todoqueda en regla.

—Esa frase es la que sobra. No hablemos más de ello. Ni una palabra ala duquesa,

¿me lo promete usted?

—Se lo prometo.

—¿Y usted cree que verdaderamente está tan mal la pobre duquesa? ¡Perosi está tan ágil como cuando tenía quince años!

—El estado de la señora duquesa es bastante serio.

—¿Y cree usted, de buena fe, que con dinero la podríamos curar?

—Respondo de su vida si obtengo de usted...

—Usted no obtendrá nada absolutamente. ¡Yo soy de piedra roqueña, miquerido amigo! Y ya ve usted si mi negativa tiene mérito, ¡tal vez nohay diez luises en toda la casa! A fe de gentilhombre que si alguienmuriese aquí no se encontraría con qué enterrarle. ¡Tanto peor! ¡tantopeor! ¡nobleza obliga! El duque de La Tour de Embleuse no es un amaseca, ¡y sobre todo del hijo de la señora Chermidy! Antes me dejaríamorir en un jergón. Doctor, estoy muy contento de que me haya puesto aprueba y no le guardo ningún resentimiento. Nunca se conoce bien uno así mismo y no estaba muy seguro de la cara que pondría ante cincuentamil francos de renta. Usted ha pulsado mi honor que ¡gracias a Dios! harespondido bien... ¿El señor de Villanera ofrece el capital o sólo larenta?

—A elección de usted, señor duque.

—Yo he elegido la miseria, ya lo ha visto usted. ¡Pero cuando yo ledecía que la Fortuna era una caprichosa! La conozco desde hace muchotiempo y unas veces hemos estado en buenas relaciones y otras reñidos.Ahora quiere tentarme... ¡como si no!

¡Adiós, querido doctor!

El señor Le Bris se levantó de la silla. El duque le retuvo por la mano.

—Fíjese usted en que lo que hago es heroico. ¿Usted no ha sido jugador?¿Conoce usted las cartas?

—Juego al whist.

—Entonces no es usted jugador. Sepa usted, pues, amigo mío, que cuandouna vez se ha dejado pasar una buena racha, ya no vuelve. Al rechazarsus proposiciones, renuncio a toda esperanza en lo porvenir y me condenoa perpetuidad.

—Acepte usted, pues, señor duque, y no desprecie a la fortuna. ¡Cómo!yo le traigo a usted en mis manos la salud para la señora duquesa, elbienestar para usted y un fin dulce y tranquilo para la pobre niña quese extingue entre privaciones de todas clases; levanto su casa que sederrumba entre el polvo; le doy un nieto ya criado, un niño magníficoque podrá unir su nombre de usted al de su padre, y todo eso, ¿a quéprecio?

Mediante una cláusula de dos líneas en el acta de matrimonio. ¿Yusted prefiere mejor condenar a su hija, a su esposa y hasta condenarsea sí mismo, antes que prestar su nombre a un niño extraño? ¿Cree ustedque con eso cometería un crimen de lesa nobleza? ¿Es que no sabe usted aqué precio se ha conservado la nobleza en Francia y en todas partesdesde las Cruzadas? ¡Cuántos nombres salvados por milagro o porhabilidad! ¡Cuántos árboles genealógicos rejuvenecidos por un injertoplebeyo!

—¡Casi todos, querido doctor! Le citaría más de veinte sin salir deesta misma calle.

Además, los Villanera pertenecen a la aristocracia máspura; no veo inconveniente en una alianza con esos señores. Con unacondición, sin embargo: y es que el asunto se lleve en plena luz, sinhipocresía. Mi hija puede reconocer un hijo extraño en el interés de dosilustres casas de España y de Francia. Si alguien pregunta por qué, sele contestará que por razones de Estado. ¿Y usted salvará a la duquesa?

—Respondo de ella.

—¿Y a mi hija también?

El doctor movió lentamente la cabeza. El viejo continuó con tono deresignación:

—¡Qué le vamos a hacer! no se puede tener todo a la vez. ¡Pobre niña!¡Tanto que me hubiera gustado compartir con ella el bienestar!¡Cincuenta mil francos de renta!

¡Ya sabía yo que volvería la fortuna!

En aquel momento entró la duquesa y su marido le hizo un resumen de losofrecimientos del doctor con transportes de una admiración infantil. Elseñor Le Bris se había levantado para ofrecer su silla a la pobre mujerque corría sin descanso desde por la mañana. Con los codos sobre lacama, frente a frente del duque, escuchó con los ojos cerrados todo loque aquél quiso decirle. El viejo, inconstante como un hombre cuya razónvacila, había olvidado sus propias objeciones. No veía más que una cosaen el mundo: los cincuenta mil francos de renta. En su aturdimientollegó hasta a hablar a la duquesa de los peligros que corría y de suvida amenazada. Pero esta revelación resbaló sobre su corazón sinherirlo.

Abrió los ojos, y volviéndolos tristemente hacia el doctor, le dijo:

—Y bien, ¿Germana está condenada sin remisión, puesto que esa mujer notiene miedo de casarla con su amante?

El doctor intentó persuadirla de que no se había perdido toda esperanza,pero ella le detuvo con el gesto.

—No mienta usted, pobre amigo mío. Esas gentes han puesto su confianzaen usted y le han pedido que buscase una mujer lo suficientementeenferma para que no hubiese esperanza alguna de salvarla. Si por unacasualidad viviese, si un día llegase a colocarse entre los dos parareclamar sus derechos y expulsar a la amante, el señor de Villanerapodría echar en cara a usted que le había engañado. Y usted no habráquerido exponerse a eso.

El señor Le Bris enrojeció a su pesar, porque la duquesa decía laverdad; pero salió de aquel mal paso haciendo el elogio de don Diego. Lepintó como un noble corazón, un caballero de antaño perdido en nuestrosiglo.

—Puede usted creer, señora duquesa, que si nuestra querida enfermallegase a salvarse, lo debería a su marido. El no la conoce, no la havisto nunca; ama a otra y abriga una esperanza bien triste para nosotrosal decidirse a colocar una esposa legítima entre su amante y él. Perocuanto mayor sea su interés en esperar el día de la viudez, más creeráde su deber el retrasarlo. No sólo rodeará a su esposa de todos loscuidados que su estado requiere, si no que es hombre para constituirseen enfermero de ella y velarla noche y día. Le garantizo a usted quetomará el matrimonio en serio, como todos los deberes de la vida. Esespañol e incapaz de jugar con los Sacramentos; tiene un culto por sumadre y una ternura apasionada por su hijo. Esté usted segura de que eldía en que le conceda la mano de su hija, se habrá acabado todo entre ély la señora Chermidy. Llevará a su mujer a Italia; yo les acompañaré yusted también, y si Dios tiene a bien hacer un milagro, seremos trespara ayudarle, señora duquesa.

—¡Diablo!—añadió el duque—. No hay nada imposible; todo puede ocurriren este mundo; ¿quién me hubiera dicho esta mañana que yo heredaríacincuenta mil francos de renta?

Ante estas palabras la duquesa sintió que una oleada de lágrimas subía asus ojos.

—Amigo mío—dijo—, es muy triste el que los padres hereden a loshijos. Si Dios tiene decidido llamar a su lado a mi pobre Germana, yobendeciré llorando su mano rigurosa y esperaré a tu lado el instante enque debamos reunirnos. Pero yo quiero que la memoria de mi ángel amadosea tan pura como su vida. Desde hace más de veinte años conservo unramo de flores de azahar, marchito lo mismo que mi felicidad y mijuventud: cuando ella muera quiero ponerlo sobre su ataúd.

—¡Ta! ¡ta!—exclamó el duque—. ¡Así son las mujeres! Tú estás enferma,querida, y no serán las flores de azahar las que te curen.

—¡En cuanto a mí...!

Su mirada acabó la frase de modo tan expresivo que hasta el mismo duquela comprendió.

—¡Eso es!—dijo—; ¡a vuestra comodidad! ¡moríos las dos juntas! ¿Yentonces qué será de mí?

—Usted será rico, padre mío—dijo Germana abriendo la puerta delcomedor.

La duquesa se levantó como movida por un resorte y corrió hacia su hija;pero ésta no tenía necesidad de apoyo. Besó a su madre y con paso firmey resuelto, el paso de los mártires, avanzó hasta la cama.

Iba vestida de blanco, como Paulina en el quinto acto de Poliuto. Unpálido rayo del sol de enero caía sobre su frente, formando como unaaureola. Su rostro sin color parecía una página borrada en la que no seveía brillar más que dos grandes ojos negros. Una masa de cabellos deoro, finos y frondosos, se amontonaban sobre su cabeza. Una hermosacabellera es el último adorno de los tísicos; la conservan hasta el finy son enterrados con ella. Sus manos transparentes caían a lo largo delcuerpo y se confundían con los pliegues del vestido. Era tal la delgadezde su persona que se asemejaba a una de esas criaturas celestes que notienen ninguna de las bellezas ni de las imperfecciones de la mujer.

Se sentó familiarmente al borde de la cama, pasó el brazo derechoalrededor del cuello de su padre y le atrajo dulcemente hacia sí.Después designó la silla a Le Bris y le dijo:

—Haga el favor de sentarse, doctor, para que la familia esté completa.No me arrepiento de haber escuchado detrás de las puertas. Yo me temíaque no hubiese servido para gran cosa; esta discusión me ha demostradoque aún podría ser útil a los míos. Ustedes son testigos de que no tengoningún aprecio a la vida y que hace seis meses me he despedido de ella.Así como así este mundo es una bien triste morada para los que no puedenrespirar sin sufrir. Mi único disgusto era el de legar a mis padres unporvenir de dolores y de miserias; ahora ya estoy tranquila. Me casarécon el conde de Villanera y adoptaré al hijo de esa señora. Gracias,querido doctor; a usted debemos nuestra salvación. Gracias a usted, eldesarreglo de esas gentes devolverá el bienestar a mi excelente padre yla vida a mi noble madre. Mi paso por el mundo no habrá sido inútil. Mequedaba por todo bien el recuerdo de una vida pura y un pobre nombresin mancha, como el velo de la primera comunión de una niña. Se lo doytodo a mis padres. Le ruego, mamá, que no proteste usted. No sedesobedece a los enfermos. ¿Verdad, doctor?

—Señorita—respondió tendiéndole la mano—, es usted una santa.

—Sí; me esperan allá arriba; mi urna está dispuesta para recibirme.Rogaré a Dios por usted, mi digno amigo, ya que usted no lo hace.

Al hablar así su voz tenía algo de alado, de aéreo, de sobrenatural,como la serenidad del cielo. La duquesa se estremecía al escucharla; leparecía que el alma de su hija iba a escapar como un pájaro al que se haabierto la jaula. Estrechó a Germana entre sus brazos y le dijo:

—¡No, tú no nos dejarás! Iremos todos a Italia y el sol te curará. Elseñor de Villanera es un hombre de corazón.

La enferma se encogió ligeramente de hombros y respondió:

—El hombre a quien se refiere usted hará mejor en quedarse en París,puesto que aquí tiene sus afectos, y en dejarme que pague tranquilamentemi deuda. Ya sé yo a lo que me comprometo aceptando su nombre. ¿Quédiría, ¡Dios santo!, si le jugase la mala partida de curarme? La señoraChermidy tendría el derecho de hacerme expulsar de este mundo por lajusticia. Y diga usted, doctor, ¿me veré obligada a presentarme al señorde Villanera?

El señor Le Bris contestó con un imperceptible signo afirmativo.

—Bueno—dijo ella—, le haré buena cara. En cuanto al niño, le besaréde muy buena gana. Siempre me han gustado los niños.

La duquesa miró al cielo como un náufrago mira la orilla.

—Si Dios es justo—murmuró—, no nos separará; nos llevará a todosjuntos.

—No, querida mamá; usted vivirá para mi padre. Usted, padre mío, vivirápara sí mismo.

—Te lo prometo—respondió ingenuamente el viejo.

Ni la duquesa ni su hija parecieron darse cuenta del egoísmo monstruosoque se encerraba detrás de aquellas palabras, al contrario, seemocionaron hasta derramar lágrimas; solamente el doctor sonrió.

Semíramis entró, anunciando que el almuerzo del señor duque estaba en lamesa.

—Adiós, señoras—dijo el doctor—; voy a llevar esas buenas noticias alconde. Creo que ustedes recibirán hoy mismo su visita.

—¿Tan pronto?—preguntó la duquesa.

—No tenemos tiempo que perder—añadió Germana.

—Mientras tanto—dijo el duque—, almorcemos.

III

LA BODA

El señor Le Bris tenía el coche a la puerta. Se hizo llevar a una lujosaconfitería del barrio, compró una cajita de madera de violeta, la hizollenar de bombones, volvió a subir al coche, que se detuvo bien prontodelante de la casa de la señora Chermidy. La bella arlesiana erapropietaria del edificio, aunque no ocupaba más que el primer piso.

Elconserje era uno de sus criados y sabía que dos golpes de timbresignificaban una visita para su señora.

Las puertas se abrieron por sí solas ante el joven doctor. Un lacayo lecogió el gabán de sobre los hombros con tanta ligereza que apenas si loadvirtió. Otro le introdujo, sin anunciarle, en el comedor. En aquelmomento el conde y la señora Chermidy se sentaban a la mesa. La dueña dela casa le presentó sus mejillas y el conde le estrechó cordialmente lamano.

Los cubiertos habían sido puestos sin mantel sobre una mesa biselada deencina tallada. La habitación estaba adornada con tallas antiguas ycuadros modernos; un célebre banquero de la Calzada de Antin, quemanejaba el pincel en sus ratos de ocio, había ofrecido a la señoraChermidy cuatro grandes panneaux representando escenas de naturalezamuerta; el techo era una copia del Banquete de los dioses; laalfombra había venido de Esmirna y los floreros de Macao. Una gran arañaflamante, de vientre redondeado y delgadas patas, se agarrabaimplacablemente al centro del techo sin respeto alguno para la asambleade los dioses. Dos aparadores esculpidos por Knecht brillaban a la luzcon su profusión de cristal, loza y plata. El servicio de mesacorrespondía a tanta suntuosidad; los platos eran chinos, las botellasde Bohemia y los vasos de Venecia. Los mangos de los cuchillos proveníande un servicio encargado a Sajonia por Luis XV.

Si el señor Le Bris hubiese gustado de las antítesis, habría podidohacer una comparación muy interesante entre el mobiliario de la señoraChermidy y el de la duquesa de La Tour de Embleuse. Pero los médicos deParís son filósofos imperturbables que viajan entre el lujo y lamiseria, sin extrañarse de nada, del mismo modo que pasan del calor alfrío sin resfriarse.

La señora Chermidy estaba envuelta en vestido acolchado de raso blanco.Con aquel traje parecía una gata sobre un edredón, una joya en suestuche. No habéis visto nunca nada más brillante que su persona, ni másmuelle que su envoltura. Tenía treinta y tres años, una hermosa edadpara las mujeres que han sabido conservarse. La belleza, el másperecedero de todos los bienes terrestres, es aquel cuya administraciónresulta más difícil. La Naturaleza la da; el arte añade muy poca cosa,pero es necesario saberla conservar. Los pródigos que la derrochan ylos avaros que no hacen uso de ella, llegan en pocos años al mismoresultado; la mujer de genio es la que se gobierna con una sabiaeconomía. La señora Chermidy, nacida sin pasiones y sin virtudes, sobriaen todos los placeres, siempre tranquila en el fondo del corazón con lasapariencias de una vivacidad meridional, administraba con tanto cuidadosu belleza como su fortuna.

Cultivaba su frescura lo mismo que un tenorcultiva su voz. Era de aquellas mujeres que dicen locuras a todas horas,pero que no las hacen más que con su cuenta y razón; muy capaz dearrojar un millón por el balcón para que le entrasen dos por la puerta,pero demasiado prudente para cascar una avellana con los dientes. Susantiguos admiradores de Tolón apenas si hubieran podido reconocerla:tanto había cambiado, o, por mejor decir, ganado. Sin ser tan blancacomo una flamenca, había encontrado, no sé dónde, reflejos nacarados. Lasalud subía hasta sus pupilas en suaves arreboles rosados; su bocapequeña, redonda, carnosa, parecía una gruesa cereza que los gorrioneshubiesen abierto a picotazos. Sus ojos brillaban en sus órbitas obscurascomo un fuego de sarmientos en el centro de la chimenea. La indiferenciay la bondad formaban en su rostro una mezcla deliciosa. Sus cabellos, deun negro azulado, se partían sobre una frente pura, como las alas de uncuervo sobre la nieve de diciembre.

Todo en ella era joven, fresco,sonriente; hubiera sido necesario tener muy buenos ojos para descubriren los ángulos de aquella linda boca dos arrugas imperceptibles, finascomo el cabello rubio de un recién nacido, y que ocultaban una ambicióninsaciable, una voluntad de hierro, una perseverancia china y unaenergía capaz de todos los crímenes.

Sus manos eran quizás un poco cortas, pero blancas como el marfil, conlos dedos redondos, ondulosos, regordetes, en los que, no obstante, seadivinaba la garra. Su pie era el pie corto de las andaluzas,redondeado, lo mostraba tal como era y no cometía la tontería de usarbotas largas. Todo su cuerpo era corto y redondeado, lo mismo que suspies y sus manos; el talle un poco grueso, los brazos un poco carnosos,las caderas un poco pronunciadas; demasiada gordura, si os parece, perola gordura graciosa de una codorniz, la redondez sabrosa de una hermosafruta.

Don Diego se la comía con los ojos con una admiración infantil. ¿Es quelos enamorados de todas las clases no son niños? Según las teogoníasantiguas, el Amor es un niño de cinco años y medio, y no obstanteHesiodo asegura que es más viejo que el Tiempo.

El conde de Villanera descendía en línea recta de esos españolescaballerescos hasta lo ridículo, que el divino Cervantes haridiculizado, no sin admirarlos. Nada había en él que descubriese suorigen napolitano, y se hubiera dicho que sus antepasados le habíanlegado, con armas y bagajes, la vieja virtud de la España heroica. Eraun joven serio, rígido, frío, algo engreído, con un corazón de fuego yun alma apasionada.

Hablaba poco, siempre después de larga reflexión, ynunca había mentido. No le gustaba discutir y reía rara vez, pero susonrisa estaba llena de una gracia afable que no carecía de grandeza. Laalegría, convengo en ello, le hubiera sentado mal.

Intentadrepresentaros un don Quijote joven, vestido de frac. A primera vista nose distinguía más que por sus negros bigotes, puntiagudos, lustrosos. Sularga nariz se encorvaba vigorosamente como el pico de un águila; teníalos ojos negros, las cejas negras, los cabellos negros y la tez delcolor uniforme de una naranja de Portugal. Sus dientes podían haberpasado por hermosos si no hubiesen sido tan largos y si su dueño nohubiera sido fumador. Estaban revestidos de un esmalte un pocoamarillento, pero tan sólido que de él se hubieran podido construirpiedras de molino. El blanco de sus ojos era también algo amarillento;no obstante, no se podía negar que tenía unos ojos muy hermosos. Encuanto a su boca, no dejaba nada que desear, y debajo de sus mostachosse advertían unos labios rosados como los de un niño. Sus brazos y suspiernas, así como sus manos y sus pies, eran de una longitudaristocrática.

Finalmente, tenía la estatura de un granadero y laapostura de un príncipe.

Si preguntáis por qué un hombre así había podido caer en las manos de laseñora Chermidy, os contestaré que la dama era más atractiva y más hábilque Dulcinea del Toboso. Los hombres del temple de don Diego no son losmás difíciles de engañar, y el león se arroja con mayor aturdimientosobre la trampa que el zorro. La sencillez, la rectitud y todas lascualidades generosas son otros tantos defectos para tratar con ciertasgentes. Un corazón honrado no desconfía de los cálculos y bellaqueríasde que es incapaz, y cada cual se hace el mundo a su imagen. Si alguienhubiera dicho al señor de Villanera que la señora Chermidy le amaba porel interés, se habría encogido de hombros. Ella no le había pedido naday él se lo había ofrecido todo. Al aceptar cuatro millones, le hacía unfavor y él le estaba reconocido.

Por lo demás, al ver las miradas que le lanzaba a intervalos, era fáciladivinar que la fortuna de los Villanera podía cambiar de manos en elespacio de ocho días. Un perro echado a los pies de su dueño no era máshumilde ni más respetuoso que él. Se leía en sus grandes ojos negros elreconocimiento apasionado que todo hombre galante debe a la mujer que haelegido; la admiración religiosa de un padre joven por la madre de suhijo. Se veía, en fin, como un deseo no saciado, una sumisión de lafuerza al capricho, el temor de la negativa, una solicitud inquieta queprobaba que la señora Chermidy era una mujer de talento.

El simpático doctor, sentado enfrente del conde, formaba con él uncontraste singular. El señor Le Bris era lo que se llama un muchachoguapo. Quizá le faltaban un centímetro o dos para llegar a una estaturaregular, pero era bien proporcionado. No tenía cara de tonto ni muchomenos, pero no sé si su nariz era del todo correcta. Su fisonomía decíamuchas cosas, pero su filiación no os hubiese dicho nada. Se vestía conun aseo que se confundía con la elegancia; el corte de sus patillascastañas era irreprochable y su raya se prolongaba casi hasta la nuca.No era un hombre vulgar y, sin embargo, no se salía de lo vulgar.Ninguna muchacha casadera le hubiese rechazado por su físico, pero mehabría extrañado mucho que se echase al agua por él.

Además, se veía queno llegaría a los cuarenta años sin tener vientre.

Difícilmente otro médico podía ser más a propósito que él para laclientela. Sin parar mañana y tarde, afectuoso con lo más alto y lo másbajo de la sociedad, no desentona nunca. Es un Alcibíades burgués que seacomoda a todas las costumbres. Es apreciado en el faubourg Saint-Germain por su reserva, en la Calzada de Antin por su ingenio y enla calle Vivienne por su franqueza. Las mujeres, fuese cualquiera suposición, trabajaban activamente por él; ¿y sabéis por qué? Porque allado de una enferma joven o vieja, fea o hermosa, demostraba unasolicitud amable, una especie de galantería intermedia entre el respetoy el amor. El mismo no ha sabido explicarse jamás la naturaleza de estesentimiento, pero todas las mujeres sienten por él una simpatía benévolaque puede llevarle muy lejos.

Sus antiguos camaradas del hospital le habían llamado, por este motivo, la llave de los corazones. Yo sé de una casa donde se le llama, y nosin motivo, la tumba de los secretos. Sus jóvenes clientes del faubourg Saint-Germain le reprochaban el que visitase todas lasnoches el escenario de la Opera y le llamaban mata ratas. En cambio,en el salón de baile su juiciosa conducta le había valido el apodo de Nuevo Continente.

—Y bien, Tumba de los secretos—dijo la señora Chermidy con su ligeroacento provenzal—, ¿ha cumplido usted mi encargo?

—Sí, señora.

—¿Se trata de la tísica en cuestión?

—Sí, de la señorita de La Tour de Embleuse.

—¡Bravo! me parece que es una buena alianza... Yo siempre había sentidointerés por las tísicas... ¡Las mujeres que tosen...! Ya ve usted cómoel Cielo recompensa mi compasión.

—Doctor—preguntó el conde—, ¿ha hablado usted de las condiciones?

—Sí, querido conde; las aceptan todas.

La señora Chermidy lanzó un grito de alegría.

—¡Negocio concluido! ¡Viva París, donde se compran las duquesas alcontado!

El conde frunció el entrecejo. El doctor dijo vivamente:

—Si usted hubiese podido venir conmigo, señora, tengo la seguridad deque habría llorado.

—¿Es realmente muy conmovedor una duquesa que vende a su hija? ¡Unepisodio del mercado de esclavas!

—Yo diría mejor un episodio de la vida de los mártires.

—¡Galante está usted!

El doctor contó la escena en la que él había representado un papel. Elconde se emocionó. La señora Chermidy tomó su pañuelo e hizo ademán deenjugar sus hermosos ojos que no lo necesitaban.

—Me satisface mucho—dijo el conde—que sea ella quien haya adoptadoesta resolución. Si los padres hubiesen aceptado por sí mismos, tal vezles habría juzgado mal.

—Perdón, pero antes de juzgarles faltaría saber si esta mañana teníanpan en casa.

—¿Pan?

—Pan, sin metáfora.

—Adiós—dijo el conde—. Voy a saludar a mi madre. Dormía aún estamañana cuando he salido del hotel. Le contaré todo lo ocurrido y lepreguntaré qué es lo que debo hacer. ¿Es posible, doctor, que hayagentes que carezcan de pan?

—He encontrado algunas en el camino de mi vida. Desgraciadamente notenía un millón para ofrecerles como hoy.

El conde besó la mano a la señora Chermidy y corrió al hotel de sumadre. La linda mujer quedó con el doctor.

—Puesto que hay gentes que carecen de pan—dijo—, veamos, doctor, ¡unataza de café!... ¿Cómo me las arreglaría yo para ver a esa mártir delpecho? Porque es necesario que sepa yo a quién confío a mi hijo.

—Puede usted verla en la iglesia, el día de la boda.

—¿En la iglesia? ¿Pero es que puede salir?

—Sin duda... en coche.

—Creí que estaba más enferma.

—¿Usted por lo visto quería un casamiento in articulo mortis?

—No, pero quiero estar segura. ¡Bondad divina! ¡doctor, si llegase acurar!

—La Facultad de Medicina se extrañaría mucho.

—¡Y don Diego quedaría casado para siempre! ¡Y yo mataría a usted,Llave de los corazones!

—¡Ay! señora, no me siento en peligro.

—¡Cómo ay!

—Perdone usted, es el médico el que habla, no el amigo.

—Una vez casada, ¿usted continuará asistiéndola?

—¿Es que hay que dejarla morir sin socorro?

—¡Toma! ¿para qué la casamos, pues? No será para que sea eterna.

El doctor reprimió un movimiento de disgusto y respondió con el tono másnatural, como el de un hombre en el que la virtud no es pedantería:

—¡Dios mío! señora, es mi costumbre, y ya soy demasiado viejo paracorregirme.

Nosotros los médicos cuidamos a nuestros enfermos como losperros de Terranova salvan a los que se están ahogando. Cuestión deinstinto. Un perro salva ciegamente al enemigo de su dueño. Yo cuidaré aesa pobre criatura como si todos tuviésemos interés en que se curase.

Después de la partida del doctor, la señora Chermidy pasó a su tocador yse entregó en manos de su doncella. Por la primera vez en mucho tiempose dejó vestir sin fijarse:

¡tenía otras preocupaciones másimportantes! Aquel matrimonio que había preparado, aquella combinacióninteligente que ella misma se aplaudía como un rasgo de genio, podíaconvertirse en su confusión y en su ruina. No hacía falta para ello másque un capricho de la Naturaleza o la estúpida honradez de un médicopara que quedasen fallidos los cálculos más sabios y defraudadas sus másqueridas esperanzas.

Comenzaba a dudar de su amante, de su buenaestrella, de todo, en fin.

Hacia las tres de la tarde comenzaron a desfilar las visitas. Hubo desonreír a todos los pares de patillas que se acercaron a ella,extasiarse ante cuarenta cajas de bombones salidas todas de la mismatienda. Maldijo con todo su corazón las amables importunidades de añonuevo, pero no dejó traslucir nada de la inquietud que le roía el alma.Todos los que salían de su casa se hacían lenguas de su amabilidad.

Y es que tenía un talento bien precioso para una dueña de casa; sabíahacer hablar a todo el mundo. Hablaba a cada uno de lo que más leinteresaba; conducía a cada uno al terreno en que se encontraba másfirme. Aquella mujer sin educación, demasiado perezosa y demasiadoorgullosa para tener un libro en la mano, sabía fabricarse un fondo deconocimientos útiles leyendo a sus amigos. Y ellos le servían con lamejor voluntad. En el mundo somos así; agradecemos interiormente a todoaquel que nos obliga a hablar de lo que sabemos o a contar la historiaque decimos bien. El que nos hace mostrar nuestro talento no es nuncaun tonto, y cuando se está contento de sí mismo, no se está descontentode los demás. Los hombres más inteligentes trabajaban en la reputaciónde la señora Chermidy, tan pronto proporcionándole ideas, tan prontodiciendo con una secreta complacencia: «Es una mujer superior, me hacomprendido.»

En el curso de aquella reunión se encaró con un homeópata de renombre,que cuidaba a las personas más ilustres de París. Encontró medio deinterrogarle delante de siete u ocho personas sobre el punto que lapreocupaba.

—Doctor—le dijo—, usted que todo lo sabe, ¿quiere decirme si lostísicos pueden curar?

El homeópata le respondió galantemente que ella no tendría nunca nadaque temer de tal enfermedad.

—No se trata de mí—repuso—. Es que me intereso vivamente por unapobre niña que tiene los pulmones destrozados.

—Envíeme usted a su casa, señora. No hay curación imposible para lahomeopatía.

—Es usted muy bueno, doctor. Pero su médico, un simple alópata, aseguraque ya no le queda más que un pulmón, y aun estropeado.

—Se le puede curar.

—El pulmón, tal vez. ¿Pero y la enferma?

—Puede vivir con un solo pulmón. Se ha visto muchas veces. Yo no leaseguro que pueda subir al Mont-Blanc a la carrera, pero sí vivirtranquilamente por espacio de muchos años, a fuerza de cuidados y deglóbulos.

—¡No deja de ser un porvenir! Nunca hubiese creído que se pudiese vivircon un solo pulmón.

—Tenemos ejemplos muy numerosos. La autopsia ha demostrado...

—¡La autopsia! ¡pero la autopsia no se hace más que a los muertos!

—Tiene usted razón, señora, y mis palabras se asemejan a una tontería.No obstante, escuche usted. En Argelia, el ganado de los árabes esgeneralmente tísico. Los rebaños están mal cuidados, pasan las noches alrelente y enferman del pecho. Nuestros súbditos musulmanes no se sirvenpara nada del veterinario; dejan a Mahoma el cuidado de curar a susvacas y a sus bueyes. Pierden muchas cabezas a causa de estanegligencia, pero no las pierden todas. Los animales curan alguna vez,sin el socorro de la ciencia y a pesar de todos los estragos que laenfermedad haya podido hacer en su cuerpo. Uno de mis colegas que prestaservicio en el ejército del Africa, ha visto sacrificar en los mataderosvacas curadas de la tisis y que habían vivido muchos años con un solopulmón en muy mal estado. A esta autopsia quería referirme yo.

—Ahora comprendo—contestó la señora Chermidy—. ¿Entonces, si sematase a todas las personas que viven en nuestra sociedad se encontraríaalgunas que no tienen los pulmones como es debido?

—Y que no parecen darse cuenta. Precisamente, señora.

Una hora más tarde se había renovado la tertulia alrededor de lachimenea del salón.

La señora Chermidy vio entrar un viejo alópata,curtido en el ejercicio de la profesión, que no creía en los milagros,que gustaba de colocar las cosas en lo peor y que se extrañaba de que unanimal tan frágil como el hombre pudiese llegar sin accidente a lossesenta años.

—Doctor—le dijo—, tendría usted que haber llegado un momento antes;se ha perdido usted un hermoso panegírico de la homeopatía. El señorP..., que acaba de salir, se alababa de hacernos vivir a todos con unsolo pulmón. ¿Qué le parece a usted?

El anciano médico se encogió imperceptiblemente de hombros.

—Señora—respondió—, el pulmón es a la vez el más delicado y el másindispensable de nuestros órganos; renueva la vida a cada segundo por unprodigio de combustión que Spallanzani y los más grandes fisiólogos nohan explicado ni descrito. Su contextura es de una fragilidad queespanta; su funcionamiento le expone a peligros continuamente renovados.Es en el pulmón donde nuestra sangre se pone en contacto inmediato conel aire exterior. Si se pensase que el aire es casi siempre demasiadofrío o demasiado caliente o bien está mezclado con gases deletéreos, nose respiraría una sola vez sin hacer testamento. Un filósofo alemán queprolongó su vida a fuerza de prudencia, el célebre Kant, cuando daba sucotidiano paseo higiénico, tenía cuidado de cerrar la boca y derespirar exclusivamente por la nariz ¡tanto temía al aire que lerodeaba!

—Pero, entonces, querido doctor, ¿todos estamos condenados a morir delpecho?

—Mueren muchos, señora, y los homeópatas no lo evitan.

—¡Pero también curan muchos! Veamos; quiero suponer que un hombre joveny robusto se casa con una joven y bella tísica. El la lleva a Italia,hace lo posible por curarla y le proporciona los cuidados de un hombrecomo usted. ¿Es que no podría en dos o tres años...?

—¿Salvar al marido? Es posible; pero yo no me atrevería a responder.

—¡El marido! ¿Pero qué peligro puede haber?

—El peligro del contagio, señora. ¿Quién sabe si los tubérculos quenacen en los pulmones del tísico no extienden a su alrededor el germende la muerte? Pero perdone usted, no es éste ni el lugar ni el momentode desarrollar una nueva teoría, inventada por mí, y que pienso someteruno de estos días al examen de la Academia de Medicina. Unicamente lecontaré un caso observado por mí.

—Hable usted, querido doctor; hay tanto placer como provecho enescuchar a un hombre como usted.

—Hace cinco años, señora, visitaba yo a la mujer de un sastre de lacalle de Richelieu, una infeliz criatura abominablemente tísica. Sumarido era un robusto alemán, sólido y sano como una manzana. Los dosse adoraban. En 1849 habían tenido un niño que no vivió. La mujer murióen 1850; yo hice todo lo que pude por salvarla.

El marido me pidió lacuenta y yo pasé dos años sin ir por la casa. El año último el sastre meenvió a buscar; le encontré en la cama, de tal modo cambiado, que nopodía reconocerle. Estaba tísico en el último grado. Así lo dije a unaregordeta que lloraba a su cabecera. Era su segunda esposa; habíacometido la tontería de casarse de nuevo. El marido murió, conforme alprograma. La viuda ha heredado la enfermedad. Ayer la visité y aunque elmal ha sido atacado desde el principio, no me atrevería a responder denada.

La señora Chermidy cerró sus puertas a las cinco de la tarde y se sumióen una melancólica meditación.

Nunca había desesperado de ser condesa de la Villanera. Toda mujer queengaña a su marido aspira necesariamente a ser viuda; con mayor motivocuando tiene un amante rico y soltero. No creía descabellado queChermidy faltase un día u otro. Un hombre que vive entre el cielo y elagua es un enfermo en peligro de muerte.

Sus esperanzas habían tomado cuerpo desde el nacimiento del pequeñoGómez.

Tenía atado al conde con un lazo bien poderoso para las almashonradas, el amor paternal. Al casar al señor de Villanera con unamoribunda, aseguraba el porvenir de su hijo y el suyo propio. Pero en lavíspera de realizarse aquel atrevido proyecto, descubría dos peligrosque no había previsto. Germana podía curar. Si sucumbía, podía arrastraral conde con ella y legarle un germen mortal. En el primer caso, laseñora Chermidy lo perdía todo, incluso su hijo. ¿Con qué derecho iría areclamar el hijo legítimo de don Diego y de la señorita de La Tour deEmbleuse? Por otra parte, si el conde debía morir después de su mujer,ella no se casaría con él. Se sentía demasiado joven y era demasiadohermosa para representar el papel de la segunda esposa del sastre.

Afortunadamente, pensaba, nada se ha hecho aún. Se puede buscar otroexpediente.

El conde está enamorado y es padre; haré de él lo quequiera. Si es absolutamente necesario que se case para que legitime a suhijo, ya encontraremos otra enferma cuya muerte sea más segura y cuyomal no sea contagioso. Además, se decía para tranquilizarse, que elviejo alópata era un original capaz de inventar las teorías másabsurdas. Había oído decir, es verdad, que la tuberculosis se transmitíaalgunas veces de padre a hijo, pero encontraba muy natural que Germanaguardase para sí la enfermedad y la muerte, como bienes parafernales. Loque la inquietaba seriamente era la posibilidad de una de esascuraciones maravillosas que echan por tierra todos los cálculos de laprudencia humana. Comenzaba a odiar al doctor Le Bris, tanto por susescrúpulos como por su talento. Para acabarse de tranquilizar seprometió cortar en flor las gestiones de don Diego, hasta que ellahubiese tomado todas sus precauciones.

Pero los acontecimientos habían ido muy de prisa durante el día y elconde llegó a las diez para decirle que sus planes se habían idocumpliendo al pie de la letra.

Don Diego, al levantarse de la mesa, había corrido a casa de su madre.La vieja condesa era una mujer de la misma madera que su hijo, alta,seca, huesuda, modelada como una tabla, plantada majestuosamente sobredos grandes pies, morena hasta dar miedo a los niños, con una muecaaristocrática que parecía una sonrisa, y el pelo gris partido. Escuchóel relató de don Diego con la condescendencia rígida y desdeñosa deotras épocas para las pequeñeces de hoy. Por su parte, el conde no hizonada para atenuar lo que había de reprensible en los cálculos de sumatrimonio. Aquellas dos personas honradas, pero mezcladas por la fuerzade las circunstancias en uno de esos asuntos escabrosos que algunasveces se presentan en París, no se preocupaban más que de los medios dehacer dignamente una cosa que sus antepasados no habían hecho.

La viudano tuvo en la conversación un reproche, ni siquiera mudo; hubiera sidotardío; únicamente se trataba de asegurar el porvenir de la casasalvando el nombre de los Villanera.

Cuando todos los pormenores quedaron convenidos, la condesa subió a sucarroza y se hizo conducir al palacio Sanglié. Los lacayos del barón lacondujeron hasta el departamento de la duquesa. Semíramis le abrió lapuerta y la introdujo en el salón. El señor y la señora de La Tour deEmbleuse la recibieron al lado de la chimenea, en la que ardía todo loque se había podido encontrar en la casa: dos tablas de la cocina, unasilla de paja y otros objetos. La duquesa se había vestido como habíapodido. Su traje de terciopelo negro azuleaba por los pliegues. El duquellevaba la cinta de sus condecoraciones sobre un frac más raído que elde un maestro de escuela.

La entrevista fue fría y solemne. La señora de La Tour de Embleuse nopodía hacer buena cara a los que especulaban sobre la próxima muerte desu hija. El duque, más despreocupado, intentó aparecer como un hombre demundo, pero la rigidez de la viuda paralizó todas sus gracias y sintiófrío hasta en la espalda. La señora de Villanera, por un error que secomete frecuentemente en los primeros encuentros, envolvió en un mismojuicio despectivo al duque y a la duquesa. Los acusó de demasiadoapresuramiento y creyó leer en sus ojos una alegría sórdida. Noobstante, no olvidó los graves intereses que allí la llevaban y expusofríamente el motivo de su visita. Discutió, como si fuese un notario,todas las condiciones del matrimonio, y cuando estuvieron de acuerdosobre todos los puntos, se levantó de su silla y dijo con una vozmetálica:

—Señor duque, señora duquesa, tengo el honor de pedirles la mano de laseñorita Germana de La Tour de Embleuse, su hija, para el conde DiegoGómez de la Villanera, mi hijo.

El duque respondió que su hija se consideraba muy honrada por laelección del señor de Villanera.

Se fijó de común acuerdo el día de la boda y la duquesa fue a buscar aGermana para presentarla a la viuda. La pobre niña creyó morir deespanto al compararse con aquel espectro de mujer. La condesa laencontró de su agrado, le habló maternalmente, la besó en la frente ypensó al despedirse: «¿Por qué ha de estar condenada a muerte? Tal vezfuese la nuera que me convendría.»

Al entrar en el hotel, la señora de Villanera encontró a don Diego quejugaba con el niño. El padre y el hijo formaban un grupo bastanteoriginal; quizás un extraño hubiese sonreído. El conde manejaba a ladébil criatura con una ternura temerosa; quizá tenía miedo de hacerpedazos a su heredero con algún movimiento de sus robustos brazos. Elniño era bastante fuerte para su edad, pero feo, sin gracia yexcesivamente huraño. Desde que le habían separado de su nodriza, nohabía visto más que dos seres humanos, su padre y su abuela, y vivíaentre aquellos dos colosos como Gulliver en la isla de los gigantes. Laviuda se había secuestrado voluntariamente para estar a su lado; hacía yrecibía muy pocas visitas por miedo que alguna palabra imprudentetraicionase su secreto. Los únicos cómplices de aquella educaciónclandestina eran cinco o seis viejos domésticos encanecidos bajo lalibrea, gentes de otra época y de otro país. Hubieseis dicho que setrataba de los restos del ejército de Gonzalo de Córdoba o bien denáufragos de la Armada Invencible. A la sombra de aquella extrañafamilia, el niño crecía tristemente. Le faltaba la compañía de los de suedad y era inútil que se le quisiera enseñar a jugar. Hay niños de dosaños que ya saben decirlo todo; él apenas si pronunciaba cinco o seispalabras de dos sílabas. Don Diego lo adoraba tal como era: un padre essiempre un padre; pero él tenía miedo a don Diego. Decía mamá a la viejacondesa, pero no la besaba sin llorar muchas veces. En cuanto a sumadre, la conocía solamente de vista; la encontraba de cuando en cuando,en una plazoleta apartada, lejos de las alamedas por donde pasea lamultitud. La señora Chermidy dejaba su coche a cierta distancia e iba apie hasta el del conde; besaba al niño a hurtadillas, le daba bombones yle decía con una ternura sincera: «¡Mi pobre perrito, nunca serás mío!»No hubiera sido prudente llevarlo a su casa aun cuando la condesa viudalo permitiese. La señora Chermidy sabía salvar las apariencias. TodoParís sospechaba su situación, pero el mundo establece una grandiferencia entre una delincuente convencida o una mujer sospechosa. Asípodía encontrar aquí y acullá algunas almas tan ingenuas querespondiesen de su virtud.

La señora de Villanera anunció a su hijo que la demanda estaba hecha yaceptada.

Hizo el elogio de Germana, sin decir nada de la familia, ydescribió la miseria en que vivían los duques. Don Diego dijo que erapreciso enviarles un pronto socorro sin humillarles. La condesa propusosencillamente abrir su bolsillo al viejo duque en la seguridad de queno dejaría de recurrir a él; pero el conde encontró más decente comprarinmediatamente la canastilla y deslizar en ella mil luises. Esta limosnaoculta entre flores serviría para pagar las deudas más apremiantes ypara que la familia pudiese comer durante quince días. Y así se hizo. Lamadre y el hijo quisieron encargarse personalmente de ello. Antes desalir, la señora de Villanera besó las anaranjadas mejillas de su nietoy le dijo: «Vaya, mi pobre bastardo, ¡tu aguinaldo consistirá en unnombre!»

Nada es imposible en París: la canastilla fue improvisada en algunashoras. Por la noche, todos los comerciantes enviaron sus telas, susencajes, sus cachemiras y sus joyas. La condesa no quiso confiar a nadieel encargo de arreglarlo todo y de colocar los cartuchos del oro en elcajón de los alfileres. A las diez, la canastilla salió en dirección alpalacio Sanglié, mientras que el conde se dirigía a casa de la señoraChermidy.

Germana y la duquesa examinaron con fría curiosidad aquellos tesoros. Laseñora de La Tour de Embleuse admiraba los aderezos de su hija comoClitemnestra pudo admirar las bandas fúnebres destinadas a adornar lafrente de Ifigenia. Germana recordó a sus padres el capítulo de Pablo yVirginia en que ésta gasta el dinero de su tía en pequeños regalos parasu familia y sus amigos: ¿Qué haremos de todo esto, dijo, nosotros queya no tenemos amigos ni familia? ¡Qué lástima!» El duque abrió loscajones con noble desdén, como hombre a quien todos los esplendores hansido familiares; pero no conservó su indiferencia a la vista del oro.Sus ojos se iluminaron.

Aquellas manos aristocráticas que se habíanabierto tan a menudo para dar, se crisparon ávidamente como las garrasde un avaro. Rompió el papel de todos los cartuchos, hizo brillar el oroamarillento a la luz de una lámpara humeante e hizo tintinear a susoídos aquellos discos trémulos, que tañían alegremente los funerales deGermana.

La pasión es un nivel brutal que iguala a todos los hombres. El señorduque de La Tour de Embleuse hubiera podido desempeñar su parte a lasnueve de la mañana en el vestíbulo, en el concierto de los domésticosdel palacio Sanglié. No obstante, bien pronto apareció el hombreeducado. El duque metió el oro en el cajón y dijo con una frialdadestudiada: «Esto es de Germana; guárdalo bien, hija mía. Ya nosprestarás un poco para hacer hervir el puchero. Hoy hemos comidobastante mediocremente. Si fuese rico, como lo seré dentro de un mes, osllevaría a cenar al restaurant.» La enferma y la moribunda adivinaronlos secretos deseos del viejo. No os podéis imaginar con qué tiernasolicitud, con qué piedad respetuosa Germana le obligó a tomar algúndinero y la duquesa le vistió y le peinó para que fuese a cenar fuera decasa. Volvió a las dos de la madrugada. Su mujer y su hija oyeron unospasos desiguales en el corredor. Pero ni una ni otra abrieron la boca yprocuraron hacerse creer mutuamente que dormían.

Don Diego y la señora Chermidy pasaron una velada tempestuosa. La bellaarlesiana comenzó por oponer a su amante diversas objeciones contra laboda. El conde, que no discutía nunca, le contestó con dos observacionesque no tenían réplica: «El asunto ya está concluido y usted es quien loha querido.» Ella cambió de táctica y ensayó el efecto de las amenazas.Le juró que rompería con él, que lo abandonaría, que le quitaría a suhijo, que promovería un escándalo, que se mataría. La sugestiva damaestaba muy hermosa en su furia; tenía el aire de un pajarito asustado,ante el cual un enamorado no podía permanecer insensible. El conde pidiógracia, pero firme en su resolución. Cedía como esos buenos resortes deacero que se doblan con gran esfuerzo, y que se enderezan con laprontitud del relámpago. Entonces abrió la esclusa de sus lágrimas;agotó el arsenal de su ternura y fue durante tres cuartos de hora la másdesgraciada y la más enamorada de las mujeres. Cualquiera, al oírla,hubiera creído que ella era la víctima y Germana el verdugo. Don Diegolloró con ella: las lágrimas se deslizaban por su rostro varonil como lalluvia sobre una estatua de bronce. Cometió todas las cobardías que elamor exige. Habló de la futura condesa con una frialdad rayana en eldesprecio; prometió por su honor que ella no viviría largo tiempo yhasta ofreció a la señora Chermidy que le permitiría ver a Germana antesde la boda. Pero su palabra estaba ya dada y los Villanera nunca sevuelven atrás de lo que dicen. Todo lo que la dama pudo obtener es queél la iría a ver todos los días clandestinamente, hasta que se celebrasela boda.

Al día siguiente la señora de Villanera le condujo al palacio Sanglié yle presentó a su nueva familia. Visita de ceremonia que no duró más deun cuarto de hora. Germana se desmayó en su presencia. Más tarde haconfesado que aquella fisonomía dura la espantó y que había creído verentrar al hombre que debía enterrarla. En cuanto a él tampoco se sentíamuy a gusto. No obstante, encontró algunas frases de cortesía y dereconocimiento que conmovieron a la duquesa.

Volvió todos los días, sin su madre, mientras se publicaban lasamonestaciones.

Según la costumbre establecida, cada vez llevaba unramo. Germana le rogó que escogiese flores sin perfume. Soportabadifícilmente los olores. Aquellas entrevistas le molestaban mucho yfatigaban a Germana, pero había que conformarse con la rutina.

El señorLe Bris temió por un momento que la enferma sucumbiese antes del díafijado y la señora Chermidy llegó a participar de los temores deldoctor. Cuando vio que Germana estaba irremisiblemente condenada, tuvomiedo de que muriese demasiado pronto y se interesó por su vida. Algunasveces ella misma conducía al conde a la calle de Poitiers y le esperabaen su coche.

La duquesa había comprendido que no podía casar a su hija en aquelzaquizamí y alquiló por mil francos mensuales un bonito departamentoamueblado en una casa próxima. Germana fue trasladada sin accidente,aprovechando un día de sol. Allí es a donde don Diego iba a hacerle lacorte; la vieja condesa iba con tanta frecuencia como él y permanecíamás tiempo. No tardó mucho en conocer a la señora de La Tour de Embleusey el hielo quedó roto. Pudo admirar las virtudes de aquella noble mujerque durante ocho años había tenido que pasar por puertas bajas sininclinar la cabeza una sola vez. Por su parte, la duquesa reconoció enla señora de Villanera una de esas almas elegidas que el mundo noaprecia en lo que valen porque sólo juzga por las apariencias. La camade Germana sirvió de lazo de unión a aquellas dos madres. La ancianacondesa disputó más de una vez a la señora de La Tour de Embleuse lasfatigas y las molestias del estado de enfermera. Cada una de ellasquería encargarse de los cuidados más penosos y de esos servicios en queestalla la abnegación del sexo sublime.

El viejo duque proporcionaba a su mujer un suplemento de preocupacionessin el cual hubiera podido pasarse perfectamente. El dinero le habíadado como una tercera juventud. Juventud sin excusa, cuyas locuras fríasy sin alegría no podían interesar a nadie. Vivía fuera de su casa y lasolicitud discreta de su esposa no llegaba hasta inquirir sus acciones.Trataba de distraerse, según decía, de los disgustos domésticos.