Germana by Edmond About - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.
index-1_1.jpg

BIBLIOTECA de LA NACIÓN

EDMUNDO ABOUT

GERMANA

TRADUCCIÓN DE

T. ORTS-RAMOS

BUENOS AIRES

1918

Derechos reservados.

Imp. de LA NACIÓN.—Buenos Aires

INDICE

I. —El aguinaldo de la duquesa

II. —Petición de matrimonio

III. —La boda

IV. —Viaje a Italia

V. —El duque

VI. —Cartas de Corfú

VII. —El nuevo doméstico

VIII. —Los buenos tiempos

IX. —Cartas de China y de París

X. —La crisis

XI. —La viuda Chermidy

XII. —La guerra

XIII. —El puñal

XIV. —La justicia

XV. —Conclusión

I

EL AGUINALDO DE LA DUQUESA

Hacia la mitad de la calle de la Universidad, entre los números 51 y 57,se ven cuatro hoteles que pueden citarse entre los más lindos de París.El primero pertenece al señor Pozzo di Borgo, el segundo al condeMailly, el tercero al duque de Choiseul y el último, que hace esquina ala calle Bellechasse, al barón de Sanglié.

El aspecto de este edificio es noble. La puerta cochera da entrada a unpatio de honor cuidadosamente enarenado y tapizado de parrascentenarias. El pabellón del portero está a la izquierda, envuelto entreel follaje espeso de la hiedra, donde los gorriones y los huéspedes dela garita parlotean al unísono. En el fondo del patio, a la derecha, unaamplia escalinata resguardada por una marquesina, conduce al vestíbulo ya la gran escalera.

La planta baja y el primer piso están ocupados por el barón únicamente,que disfruta sin compartirlo con nadie un vasto jardín, limitado porotros jardines, y poblado de urracas, mirlos y ardillas que van y vienende ése a los otros en completa libertad, como si se tratara dehabitantes de un bosque y no de ciudadanos de París.

Las armas de los Sanglié, pintadas en negro, se descubren en todas lasparedes del vestíbulo. Son un jabalí de oro en un campo de gules. Elescudo tiene por soporte dos lebreles, y está rematado con el penacho debarón con esta leyenda: Sang lié au Roy[A].

Como media docena de lebreles vivos, agrupados según su capricho, seaburren al pie de la escalera, mordisquean las verónicas floridas en losvasos del Japón o se tienden sobre la alfombra alargando la cabezaserpentina. Los lacayos, sentados en banquetas de Beauvais, cruzansolemnemente los brazos, como conviene a los criados de buena casa.

El día 1.º de enero de 1853, hacia las nueve de la mañana, toda laservidumbre del hotel celebraba en el vestíbulo un congreso tumultuoso.El administrador del barón, el señor Anatolio, acababa de distribuirlesel aguinaldo. El mayordomo había recibido quinientos francos, el ayudade cámara doscientos cincuenta. El menos favorecido de todos, elmarmitón, contemplaba con una ternura inefable dos hermosos luises deoro completamente nuevos. Habría celosos en la asamblea, perodescontentos ni uno solo, y cada uno a su manera decía que da gustoservir a un amo rico y generoso.

Los tales individuos formaban un grupo bastante pintoresco alrededor deuna de las bocas del calorífero. Los más madrugadores llevaban ya lagran librea; los otros vestían aún el chaleco con mangas que constituyeel uniforme de media gala de los criados.

El ayuda de cámara iba vestido de negro completamente, con zapatillas deorillo; el jardinero parecía un aldeano endomingado; el cochero llevabachaqueta de tricot y sombrero galoneado; el portero un tahalí de oro yzuecos. Aquí y acullá se distinguía a lo largo de las paredes, unafusta, una almohaza, un encerador, escobas, plumeros y algo más cuyonombre ignoro.

El señor dormía hasta mediodía, como quien ha pasado la noche en elclub, y por lo tanto tenían tiempo para empezar sus faenas. Por lopronto se entretenían en darle empleo al dinero y las ilusiones lesocupaban bastante. Los hombres todos son algo parientes de aquellalechera de la fábula.

—Con esto, y lo que ya tengo ahorrado—decía el mayordomo—, puedoredondear mi renta vitalicia. A Dios gracias no falta el pan, y los díasde la vejez los tendré asegurados.

—Como es usted soltero—replico el ayuda de cámara—, no tiene quepensar en nadie. Pero yo tengo familia. Por eso pienso entregarle eldinero a ese buen señor que va a la Bolsa, y algo me producirá.

—Es una buena idea, señor Fernando—dijo el marmitón—. Cuando vayausted, llévele mis cuarenta francos.

El ayuda de cámara se creyó obligado también a intervenir y exclamó entono de protección:

—¡Vaya con el joven! ¿Qué crees tú que se puede hacer con cuarentafrancos en la Bolsa?

—Bueno—respondió el joven ahogando un suspiro—, los llevaré a la Cajade ahorros.

El cochero soltó una ruidosa carcajada y se dio unos puñetazos sobre elestómago gritando:

—Esta es mi caja de ahorros. Aquí es donde he colocado siempre misfondos, y a fe que no me ha ido mal. ¿Verdad, padre Altorf?

El padre Altorf, suizo[B] de profesión, alsaciano de nacimiento, deelevada estatura, vigoroso, huesudo, de desarrollado vientre, ancho dehombros, de cabeza enorme y rubicundo como un hipopótamo, sonrió con elrabillo del ojo y produjo con la lengua un pequeño chasquido que eratodo un poema.

El jardinero, delicada flor de la Normandía, hizo sonar el dinero en sumano y respondió al honorable preopinante:

—¡Vamos, no diga usted tonterías! lo que se ha bebido ya no se vuelve atener. Lo mejor que hay es esconder el dinero en una pared vieja o en unárbol hueco. ¡Los que así lo hagan no darán de comer al notario!

La asamblea en pleno protestó de la ingenuidad de aquel buen hombre queenterraba en flor sus escudos, sin hacerlos producir. Quince o diez yseis exclamaciones se elevaron al mismo tiempo. Cada uno expuso suopinión, descubrió su secreto, cabalgó en su Clavileño. Cada uno hizosaltar las monedas en su bolsillo y acarició ardientemente lasesperanzas ciertas, la dicha contante y sonante que habían embolsado. Eloro mezclaba su aguda vocecita con aquel concierto de pasiones vulgares;y el choque de las piezas de veinte francos, más embriagador que losvapores del vino o el olor de la pólvora, emborrachaba a aquellos pobrescerebros y aceleraba los latidos de sus groseros corazones.

En lo más fuerte del tumulto, se abrió una pequeña puerta que daba a laescalera, entre el piso bajo y el primero. Una mujer, con un harapientotraje negro, descendió vivamente los peldaños, atravesó el vestíbulo,abrió la puerta de vidrieras y desapareció en el patio.

Todo esto pasó en un minuto y, no obstante, la sombría aparición sellevó el buen humor de todas aquellas gentes, que se levantaron a supaso con el más profundo respeto. Los gritos se detuvieron en susgargantas y el oro ya no volvió a sonar en sus bolsillos. La pobre mujerhabía dejado detrás de ella como una estela de silencio y de estupor.

El primero que se repuso fue el ayuda de cámara, que era lo que se llamaun espíritu fuerte.

—¡Voto a...!—exclamó—. He creído ver pasar a la miseria en persona.Me ha estropeado el año. Ya veréis cómo no vuelve a salirme nada bienhasta el día de San Silvestre. ¡Brrr! tengo frío en la espalda.

—¡Pobre mujer!—dijo el mayordomo—. Ha tenido cientos y miles y ya laveis ahora... ¿Quién creería que es una duquesa?

—Es que el vagabundo de su marido se lo ha comido todo.

—¡Un jugador!

—¡Un hombre que no piensa más que en comer!

—Un andariego que trota de la mañana a la noche, con sus piernas derocín.

—No es él el que me interesa: tiene lo que se merece.

—¿Se sabe algo de la señorita Germana?

—Su negra me ha dicho que cada día está peor. A cada golpe de tos llenaun pañuelo.

—¡Y sin una alfombra en su habitación! Esa niña no se curaría más queen un país templado, en Italia, por ejemplo.

—Será un ángel para Dios.

—Los que quedan son más dignos de compasión.

—¡No sé cómo se las arreglará la duquesa para salir de este atolladero.¡A todos debe! Ultimamente el panadero se ha negado a fiarles más.

—¿Cuánto deben de alquiler?

—Ochocientos francos; pero lo que me extraña es que siquiera el señorhaya visto el color de su dinero.

—Si yo fuese él, preferiría tener desalquilado el piso antes quepermitir que viviesen en él personas que deshonran la casa.

—¡No seas bestia! ¿Para qué arrastrar por el arroyo al duque de La Tourde Embleuse y a su familia? Esas miserias, para que lo sepas, son comolas llagas del barrio; todos nosotros tenemos interés en ocultarlas.

—¡Toma!—dijo el marmitón—, creo que tengo razón para burlarme. ¿Porqué no trabajan? Los duques son hombres como los demás.

—¡Muchacho!—exclamó gravemente el mayordomo—, estás diciendo cosasincoherentes. La prueba de que no son hombres como los demás, es que yo,tu superior, no sería ni barón durante una hora de mi vida. Además, laduquesa es una mujer sublime y hace cosas de las que ni tú ni yoseríamos capaces. ¿Tomarías tú caldo durante todo un año y en todas lascomidas?

—¡Caramba! ¡No me parece eso muy divertido!

—¡Pues bien! la duquesa pone el puchero a la lumbre cada dos días,porque a su marido no le gusta la sopa de vigilia. El señor se come sutapioca de caldo graso y un bistec y un par de chuletas, y la pobre ysanta mujer se conforma con los desperdicios.

Es hermoso, ¿verdad?

El marmitón pareció muy conmovido.

—Mi buen señor Tournoy—dijo al mayordomo—, me interesan mucho esaspobres gentes. ¿No podríamos enviarles algo por medio de la negra?

—¡Sí, sí! ella es tan orgullosa como los otros; no querría nada denosotros. Y, no obstante, tengo la seguridad de que no se desayuna todoslos días.

Esta conversación se hubiera prolongado indefinidamente a no llegaroportunamente el señor Anatolio para interrumpirla, en el precisomomento en que el guarda, que aun no había abierto la boca, iba a tomarla palabra. La asamblea se disolvió más que de prisa; cada uno de losoradores llevó consigo sus instrumentos de trabajo y en la sala dedeliberaciones no quedó más que una de esas escobas gigantescas,llamadas cabezas de lobo.

Mientras tanto, Margarita de Bisson, duquesa de la Tour de Embleuse,caminaba apresuradamente en dirección a la calle Jacob. Los transeúntesque la rozaban con el codo al correr para dar o recibir los aguinaldos,la encontrarían seguramente parecida a una de esas irlandesasdesesperadas que patinan sobre el afirmado de las calles de Londres enpersecución del penique. Hija de los duques de Bretaña, casada con unantiguo gobernador del Senegal, la duquesa llevaba un sombrero de pajateñido de negro cuyas cintas se retorcían como bramantes. Un velillo deimitación, agujereado por cinco o seis sitios distintos, mal ocultaba sucara, dándole además un aspecto extraño. Aquel hermoso rostro, sembradode pequeñas manchas, producía el efecto de que estuviese desfigurada porla viruela. Un viejo chal, ennegrecido por los cuidados del tintorero yal que la intemperie había dado un color rojizo, dejaba caer tristementesus tres puntas cuyos flecos rozaban ligeramente la nieve de la acera.La ropa que se ocultaba debajo del mantón estaba tan usada, que no sehubiese podido decir de qué clase era a la simple vista. Unicamenteexaminándola de cerca y con una lupa se hubiera podido reconocer un moaré desteñido, raído, con los pliegues cortados y las franjasdeshilachadas, devoradas por el lodo corrosivo de las calles de París.Los zapatos que soportaban tan lamentable edificio habían perdido laforma y el color. La ropa blanca, ese distintivo de la limpieza y delbienestar, no asomaba ni por el cuello ni por las mangas. Algunas veces,al pasar por un charco, el vestido se levantaba por un lado y dejaba veruna media de lana gris y un sencillo refajo de algodón negro. Las manosde la duquesa, enrojecidas por un frío muy vivo, se escondían bajo suchal. Al andar, arrastraba los pies, no por indolencia, sino por elmiedo de perder los zapatos.

Por un contraste que hemos podido observar más de una vez, la miseria nohabía afeado a la duquesa, que no estaba pálida ni delgada. Habíarecibido de sus antepasados una de esas bellezas rebeldes que loresisten todo, incluso el hambre. Se ha visto a presos que engordaban ensu calabozo hasta la hora de la muerte. A la edad de cuarenta y sieteaños, la señora de la Tour de Embleuse conservaba aún, hermosos rasgosde su juventud. Aun tenía el cabello negro y treinta y dos piezas en laboca capaces de triturar el pan más duro. Su salud no respondía a suaspecto, pero esto era un secreto que quedaba entre ella y su médico. Laduquesa estaba en los linderos de aquella hora peligrosa, y a vecesmortal, en que la madre desaparece para dejar lugar a la abuela. Amenudo soñaba que la sangre le llenaba la garganta como si quisieraahogarla. Oleadas de calor le subían hasta el cerebro y se despertabacomo si estuviese en un baño de vapor, del que se extrañaba salir convida. El doctor Le Bris, un médico joven y un antiguo amigo, lerecomendaba un régimen suave, sin fatigas y sobre todo sin emociones.Pero, ¿qué alma, por estoica que fuese, hubiese atravesado sinemocionarse por tan rudas pruebas?

El duque César de La Tour de Embleuse, hijo de uno de los emigrantes másfieles al rey y de los más encarnizados contra el pueblo, fuemagníficamente recompensado por los servicios de su padre. En 1827,Carlos X le nombró gobernador general de las posesiones francesas delAfrica occidental. Tenía apenas cuarenta años. Durante veintiocho mesesde permanencia en la colonia, se defendió valerosamente contra los morosy contra la fiebre amarilla; después pidió un permiso para casarse enParís. Era rico, gracias a la indemnización que le habían dado, y doblósu fortuna al casarse con la hermosa Margarita de Bisson que poseíasesenta mil francos de renta. El rey firmó al mismo tiempo su contrato ysu cesantía, y el duque se encontró casado y destituido el mismo día. Elnuevo poder le hubiera acogido de muy buena gana entre la multitud delos tránsfugas; incluso se llegó a decir que el ministerio CasimiroPérier le había hecho algunas proposiciones. El duque rechazó todos losempleos, primero por orgullo, pero también por una invencible pereza.Sea que hubiese gastado en menos de tres años toda su energía, sea quela vida fácil de París le retuviera con un atractivo irresistible, es locierto que durante diez años su único trabajo fue pasear sus caballospor el Bosque y exhibir sus guantes amarillos en el foyer de la Opera.París era completamente nuevo para él, porque había vivido en el campobajo la férula inflexible de su padre hasta el momento de partir para elSenegal. Gustó tan tarde de los placeres, que no tuvo tiempo parasaciarse.

Todo le parecía hermoso, los goces de la mesa, las satisfacciones de lavanidad, las emociones del juego y hasta las austeras alegrías de lafamilia. Mostraba en casa la cariñosa diligencia de un buen esposo y enel mundo la fogosidad de un hijo de familia emancipado. Su mujer era lamás dichosa de Francia, pero no la única de quien él hiciera la dicha.Lloró de alegría al nacer su hija, allá por el verano de 1835. En elexceso de su felicidad, compró una casa de campo a una bailarina por lacual estaba loco. Las comidas que daba en su casa no tenían rival, comono fuesen las cenas que daba en la de su querida. El mundo, que essiempre indulgente para los hombres, le perdonaba aquel derroche de suvida y de su fortuna. Además, hacía las cosas galantemente, porque susplaceres mundanos no levantaban un eco doloroso en su casa. En justicia,¿se le podía reprochar que hiciese partícipes a todos de la exuberanciade su bolsillo y de su corazón? Ninguna mujer compadecía a la duquesa,que, en efecto, no era digna de compasión. El duque evitabacuidadosamente comprometerse, no se exhibía en público más que con suesposa, y antes hubiera preferido faltar a una partida que enviarla solaal baile.

Aquella vida por partida doble y los manejos en que un hombre de mundosabe envolver sus placeres, hicieron pronto brecha en su capital. Nadacuesta más caro en París que la sombra y la discreción. El duque erademasiado gran señor para detenerse en su camino. Nunca supo negar nadaa su esposa ni a la de los otros. Y no es que ignorase el estado de sufortuna, pero contaba con el juego para repararla. Los hombres a quienesel bien ha venido durmiendo se habitúan a una confianza ilimitada en eldestino. El señor de La Tour de Embleuse era dichoso como el que tomalas cartas en sus manos por primera vez. Se estima que sus ganancias delaño 1841

doblaron sus rentas y aún más, pero nada dura en este mundo, nisiquiera la suerte en el juego; bien pronto pudo saberlo porexperiencia. La liquidación de 1848, que dejó al descubierto tantasmiserias, le demostró que estaba arruinado sin remisión. Vio que a suspies se abría un abismo sin fondo. Otro hubiera perdido la cabeza; él nisiquiera perdió la esperanza. Fuese directamente a su esposa y le dijocon la alegría de siempre:

—Mi querida Margarita, esta maldita revolución nos lo ha quitado todo;no nos quedan ni mil francos nuestros.

La duquesa no esperaba semejante noticia y, pensando en su hija, lloróamargamente.

—No temas nada—le dijo—; es una tempestad pasajera. Cuenta conmigo;yo cuento con el azar. Dicen que soy un hombre ligero; ¡tanto mejor! Asívolveré a flote.

La pobre mujer enjugó sus lágrimas y le dijo:

—¡Bien, amigo mío! ¿Es que quieres trabajar?

—¡Yo! ¡Ni por pienso! Esperaré la Fortuna; es una caprichosa y se haportado siempre muy bien conmigo para que se despida así en redondo ypara siempre.

El duque esperó ocho años en un pequeño departamento del palacio deSanglié, encima de las caballerizas. Sus antiguos amigos, desde queconocieron su situación, le ayudaron con su bolsa y con su crédito. Tomóprestado sin escrúpulo, como hombre que había hecho préstamos sinrecibo. Se le ofrecieron muchos empleos, todos decorosos. Una compañíaindustrial quiso incluirle en su consejo de administración con unagratificación que equivalía a un sueldo. Rehusó por miedo de rebajarse.«No tengo inconveniente, dijo, en vender mi tiempo, pero a lo que noestoy dispuesto es a prestar mi nombre.» Así fue descendiendo uno poruno todos los peldaños de la miseria, desanimando a sus amigos, cansandoa sus acreedores, cerrándose todas las puertas, desprestigiando unnombre que no quería comprometer, pero sin preocuparse del traje raídoque paseaba por las calles ni de su chimenea en la que no podía echar niun mal pedazo de leña.

El día 1.º de enero de 1853, la duquesa llevaba al Monte de Piedad suanillo de boda.

Es preciso estar bien falto de todo socorro humano para empeñar unobjeto de tan escaso valor como un anillo de matrimonio. Pero la duquesano tenía ni un céntimo en casa y no se vive sin dinero, por más que elcrédito sea el gran resorte del comercio de París. Se compran muchascosas sin pagarlas cuando se puede echar sobre el mostrador una tarjetacon un nombre conocido y una dirección elegante. Podéis amueblar vuestracasa, llenar vuestra bodega y proveer vuestro ropero sin que tengáisnecesidad de enseñar el color de vuestros escudos. Pero hay mil gastoscotidianos que no se hacen más que con el dinero en la mano. Un vestidose toma a crédito, pero los remiendos se pagan al contado. Algunas veceses más fácil comprar un reloj que una col. La duquesa disponía de unresto de crédito que cultivaba con un cuidado religioso, pero, en cuantoal dinero, no sabía cómo procurárselo. El duque de La Tour de Embleuseya no tenía amigos: los había gastado como el resto de su fortuna. Talcompañero de colegio nos profesa cariño hasta mil francos; tal camaradade placer llega a prestarnos cien luises; tal vecino compasivorepresenta un valor de mil escudos. Pasada cierta cifra, se cree librede todos los deberes de la amistad; no tiene nada de qué reprocharse; yano os debe nada; tiene el derecho de desviar la vista cuando osencuentra y de negaros la entrada cuando llamáis a su puerta. Las amigasde la duquesa se habían ido apartando de ella una después de otra.

Laamistad de las mujeres es seguramente más cordial que la de los hombres,pero en uno y otro sexo no hay afecto duradero más que para sus iguales.Se experimenta un placer delicado en subir dos o tres veces una escaleraestrecha y en sentarse cerca de un miserable camastro, pero hay muypocas almas tan heroicas que sean capaces de vivir familiarmente con ladesgracia de los demás. Las mejores amigas de la pobre mujer, aquellasque la llamaban Margarita, habían sentido enfriarse su corazón en aqueldepartamento sin alfombras y sin fuego, y ya habían dejado de ir. Cuandose les hablaba de la duquesa, hacían su elogio, la compadecíansinceramente y decían: «Nos queremos como siempre, pero no nos vemoscasi nunca. ¡Su marido tiene la culpa!»

En aquel abandono lamentable, la duquesa recurría al último amigo de losdesgraciados, un acreedor que presta a un interés muy elevado, esverdad, pero sin objeciones ni reproches. El Monte de Piedad guardabasus alhajas, sus encajes, sus vestidos, lo mejor de su ropa blanca y elpenúltimo colchón de su cama. Lo había empeñado todo a la vista delpropio duque que veía marchar uno a uno todos los objetos

de

sumobiliario,

despidiéndose

alegremente

de

ellos.

Aquel

incomprensibleviejo vivía en su casa como Luis XIV en su reino, sin preocuparse delporvenir y diciendo: «¡Después de mí, el diluvio!» Se levantaba yatarde, almorzaba con excelente apetito, se pasaba una hora en eltocador, se teñía el pelo, se ponía colorete, se pulía las uñas ypaseaba sus gracias por París hasta la hora de comer.

No mostraba lamenor extrañeza cuando veía una buena comida sobre la mesa, y erademasiado discreto para preguntar a su mujer cómo la había logrado. Sila comida era magra, se condolía humorísticamente y sonreía a la malafortuna como otras veces a la buena. Cuando Germana empezó a toser,bromeó alegremente sobre tan mala costumbre. Se pasó largo tiempo sinver que la pobre languidecía, y el día que lo advirtió experimentó unaviva contrariedad.

Cuando el doctor le anunció que sólo un milagro podía salvar a lainfeliz niña, le llamó médico Tant-Pis (Tanto peor), y le dijofrotándose las manos: «¡Vamos, vamos, eso no será nada!» El mismoignoraba si hablaba así para tranquilizar a la familia o es querealmente su trivialidad natural le impedía sentir el dolor. Su mujer ysu hija le adoraban tal como era. Trataba a la duquesa con la mismagalantería que al día siguiente de la boda, y hacía saltar a Germanasobre sus rodillas como cuando tenía tres años. La duquesa jamás leacusó, ni en su fuero interno, de su ruina; veía en él, lo mismo queveintitrés años antes, al hombre perfecto; tomaba su indiferencia porvalor y firmeza; esperaba en él, a pesar de todo, y le creía capaz delevantar la casa por un golpe inesperado de fortuna.

A Germana, según el doctor Le Bris, no le quedaban más que cuatro mesesde vida.

Debía caer en los primeros días de la primavera, a tiempo paraque las lilas blancas pudiesen florecer sobre su tumba. La pobre jovenpresentía su destino y juzgaba sobre su estado con una clarividenciabien rara en los tuberculosos. Quizás hasta tenía sospechas del mal queminaba a su madre. Dormía al lado de la duquesa, y en sus largas nochesde insomnio se asustaba algunas veces del sueño anhelante de la queridaenfermera. «Cuando yo haya muerto, pensaba, mamá no tardará en seguirme.No estaremos mucho tiempo separadas; pero, ¿qué será de mi padre?»

Todas las preocupaciones, todas las miserias, todos los dolores físicosy morales tenían su asiento en aquel rincón del palacio Sanglié; y enParís, donde la miseria abunda, no había, quizás, una familia máscompletamente miserable que la de La Tour de Embleuse que poseía portodo recurso un anillo de boda.

La duquesa fue primero a la sucursal del Monte de Piedad, situada en lacalle de Bonaparte, cerca de la Escuela de Bellas Artes, pero encontróla casa cerrada; había olvidado que era día de fiesta. Entonces se leocurrió la idea de que tal vez habría abierto el comisionista de lacalle de Condé, pero le ocurrió lo mismo. No sabía ya dónde dirigirse,porque los establecimientos de este género no son muy frecuentes en elbarrio de San Germán; no obstante, como el duque no podía comenzar elaño ayunando, entró en un pequeño establecimiento de bisutería de laencrucijada del Odeón donde vendió su anillo por once francos. Elmercader prometió conservarlo tres meses, por si quería ir a buscarlo.

Guardó el dinero en una punta de su pañuelo de bolsillo y, sindetenerse, se encaminó hacia la calle de los Lombardos. Entró en unafarmacia, compró una botella de aceite de hígado de bacalao paraGermana, atravesó el arroyo, se detuvo en una tienda, eligió unalangosta y una perdiz, y volvió, enlodada hasta las rodillas, al palacioSanglié. No le quedaban más que cuarenta céntimos.

El departamento que ocupaba era una construcción ligera, añadida treintaaños antes al edificio. Las cuatro piezas de que se componía estabanseparadas por tabiques de madera. La antesala daba por un lado al salóny por el otro a un largo corredor que conducía a la habitación delduque. Desde el salón se pasaba a la habitación de la duquesa y desdeallí al comedor que unía la habitación del duque con la de la duquesa.

La señora de La Tour de Embleuse encontró en la antesala a su únicasirvienta, la vieja Semíramis, que lloraba silenciosamente con un papelen la mano.

—¿Qué tienes?—preguntó.

—Señora, esto es todo lo que ha traído el panadero. Si no le pagamos,no nos dará más pan.

La duquesa recordó que, efectivamente, se le debían más de 600 francos.

—No llores más—dijo—. Aquí tienes algún dinero; ve a la panadería dela calle del Bac y compra un panecillo de Viena para el señor y paranosotros lo traes del otro.

Llévate eso a la cocina; es el almuerzo delseñor. Y Germana, ¿ya está levantada?

—Sí, señora; el médico la ha visto a las diez. Aun está en lahabitación del señor duque.

Semíramis salió y la señora de La Tour de Embleuse se dirigió a lahabitación de su marido. Cuando se disponía a abrir la puerta, oyó lavoz del duque, clara, alegre y vibrante como un clarín.

—¡Cincuenta mil francos de renta!—decía el viejo—. ¡Ya sabía yo quevolvería la fortuna!

II

PETICIÓN DE MATRIMONIO

El doctor Carlos Le Bris era uno de los hombres más apreciados de París.La gran ciudad tiene sus niños mimados en todas las artes, pero noconozco a ninguno que lo fuese tanto como él. Había nacido en unamiserable y pequeña ciudad de la Champaña, pero hizo sus estudios en elcolegio de Enrique IV. Un pariente suyo, que ejercía la medicina en elpaís, le dedicó desde muy joven a la misma profesión. Carlos siguió suscursos, frecuentó los hospitales, hizo su internado, practicó a la vistade sus maestros y ganó a pulso todos sus diplomas y algunas medallasque hoy constituyen el adorno de su gabinete. Su única ambición erasuceder a su tío y acabar con los enfermos que el buen hombre le dejase.Pero cuando le vieron aparecer, armado de sus éxitos y doctor hasta losdientes, los curanderos del país, y su tío que, después de todo, no eraotra cosa, le preguntaron por qué no se había quedado en París. Unía asu talento unos modales tan seductores y le sentaba tan bien su granpaletó, que se adivinaba desde el primer día que todos los enfermosserían para él. El venerable pariente se encontraba demasiado joven parapensar en retirarse, y la rivalidad de su sobrino dio una agilidad a suspiernas que nunca había tenido. En resumen, el pobre muchacho fue tanmal recibido, se le pusieron tantos obstáculos en su camino, que, depuro desesperado, se volvió a París. Sus antiguos maestros le acogieroncon los brazos abiertos y pronto tuvo una gran clientela. Los grandeshombres tienen el medio de no ser envidiosos; gracias a su generosidad,el doctor Le Bris hizo su reputación en cinco o seis años. Aquí se leapreciaba como sabio, allá como bailarín, y en todas partes como hombresimpático y bueno. Ignoraba los primeros elementos de la charlatanería,hablaba muy poco de sus éxitos y abandonaba a sus enfermos el cuidado dedecir que los había curado. Su casa no era un templo, ni mucho menos.Habitaba en un cuarto piso de un barrio extremo. ¿Por modestia? ¿Porcoquetería? No se sabe. Las pobres gentes de su barrio no se quejaban detal vecindad; él, por su parte, las cuidaba con tanta solicitud, quealgunas veces olvidaba el portamonedas a la cabecera de su cama.

El señor Le Bris era, desde hacía tres años, el médico de la señorita deLa Tour de Embleuse. Había seguido los progresos de la enfermedad sinpoder hacer nada para detenerlos. Y no es que Germana fuese una de esasniñas condenadas desde su nacimiento, que llevan en sí el germen de unamuerte hereditaria. Su constitución era robusta y su pecho ancho;además, su madre nunca había tosido. Un resfriado descuidado, unahabitación demasiado fría, la privación de cosas necesarias a la vida,es lo que había producido todo su mal. Poco a poco, a pesar de loscuidados del doctor, la pobre niña había palidecido coma una estatua decera y sus fuerzas la habían abandonado; el apetito, la alegría, elaliento, la satisfacción de respirar el aire, todo le faltaba. Seismeses antes del principio de esta historia, Le Bris había tenidoconsulta con dos celebridades. Aun podía salvarse entonces; le quedabaun pulmón, y la Naturaleza a veces se contenta con menos. Pero erapreciso llevarla sin demora a Egipto o a Italia.

—Sí—dijo el joven doctor—, ésa es la única prescripción racional; unacasa de campo a orillas del Arno, una vida tranquila y sinpreocupaciones pecuniarias... ¡Pero, ya veis!...

Y designó con el dedo los cortinajes destrozados, las sillas de paja yel desnudo pavimento del salón.

—¡He aquí su sentencia de muerte!

En el mes de enero el último pulmón fue afectado; el sacrificio seconsumaba. El doctor casi se preocupaba ya más de la duquesa que de laenferma. Su última esperanza era que la hija se extinguiese dulcemente yque la madre se salvase.

Hizo su visita a Germana, le tomó el pulso por pura fórmula, le ofrecióuna caja de bombones, la besó fraternalmente en la frente y pasó a lahabitación del señor de La Tour de Embleuse.

El duque aun estaba en la cama y, sin los artificios de tocador, nadiele hubiera rebajado un mes de sus sesenta y tres años.

—Y bien, elegante doctor—dijo con su risa sonora—, ¿qué año nuevo nostrae usted? ¿La Fortuna, al fin, querrá venir a verme? ¡Ah! ¡bribona, sivuelvo a pillarte!

Usted es testigo, doctor, de que la espero en lacama.

—Señor duque—respondió el doctor—, puesto que estamos solos, podemoshablar de cosas serias. Creo que no he ocultado a usted el estado de suhija.

El duque hizo una pequeña mueca sentimental y dijo:

—Verdaderamente, doctor, ¿es que no se puede ya esperar nada? Yo creo,falsa modestia aparte, que es usted capaz de un milagro.

Le Bris movió tristemente la cabeza.

—Todo lo más que yo puedo hacer—respondió—, es evitarle sufrimientosen sus últimos días.

—¡Pobre pequeña! Figúrese usted, querido doctor, que tose todas lasnoches hasta despertarme. Debe sufrir horriblemente, aunque trate deocultarlo. Si no hay ninguna esperanza, su última hora será la deldescanso.

—No es eso todo lo que tengo que decirle, y perdóneme usted si empiezoel año con tristes noticias.

El duque se incorporó de un salto.

—¿Qué pasa, pues? ¡Me da usted miedo!

—La señora duquesa me inquieta desde hace algunos meses.

—¡Ah!... Efectivamente, doctor, usted abusa de los malos augurios. Laduquesa, gracias a Dios, está perfectamente. ¡Ya quisiera estar yo comoella!...

El doctor entró en detalles que abatieron la indiferencia y la ligerezadel viejo. Se vio solo en el mundo y se estremeció de terror. Su vozbajó de tono y se cogió a la mano del doctor como un náufrago al últimotrozo de madera.

—Amigo mío—le dijo—, ¡sálveme! ¡Salve a la duquesa, quería decir! Notengo más que a ella en el mundo. ¿Qué sería de mí? Es un ángel, miángel guardián. ¿Qué es necesario hacer para curarla? Dígamelo yobedeceré como un esclavo.

—Señor duque, lo que necesita la señora duquesa es una vida tranquila yfácil, sin emociones, y, sobre todo, sin privaciones; un régimen suave,alimentos escogidos y variados, una casa cómoda, un buen coche...

—Y la luna, ¿no es verdad?—exclamó el duque con impaciencia—. Lecreía a usted, doctor, hombre de más talento y de más vista. ¡Coche!¡casa! ¡buena alimentación! ¡Vaya usted a buscarme todo eso y se lodaré!

El doctor respondió sin inmutarse:

—Ya se lo traigo a usted, señor duque, y no tiene usted más quetomarlo.

Los ojos del duque brillaron como los de un gato en la obscuridad.

—¡Hable usted, pues!—exclamó—. ¡Me tiene usted en ascuas!

—Antes de pasar adelante, señor duque, debo recordarle que desde hacetres años soy el mejor amigo de la casa.

—Puede usted decir el único sin temor a ser desmentido.

—El honor de su nombre me es tan caro como a usted mismo, y si...

—¡Va bien! ¡va bien!

—No olvide usted que la vida de la señora duquesa está en peligro y queyo respondo de salvarla, puesto que usted me proporciona los medios.

—¡Qué diablo! Es usted el que me los proporciona a mí. Hace una horaque me está usted hablando como el peripatético del Matrimonioforzado. ¡Al grano, doctor, al grano!

—A eso voy. ¿Ha visto usted nunca en París al conde de Villanera?

—¿Al de los caballos negros?

—Precisamente.

—¡El más hermoso tronco de París!

—Don Diego Gómez de Villanera es el último vástago de una ilustrefamilia napolitana transplantada a España durante el reinado de CarlosV. Su fortuna es la más grande de toda la península; si cultivase sustierras y explotase sus minas, sus rentas no bajarían de dos o tresmillones. Así y todo, tiene millón y medio de renta, un poco menos queel príncipe de Isupoff, treinta y dos años, una figura agradable, unaeducación exquisita, un carácter caballeroso...

—Y a la señora de Chermidy, puede usted añadir.

—Puesto que usted sabe eso, me abrevia el camino. El conde, por razonesque ahora sería muy largo exponer, desea abandonar a la señora deChermidy y unirse, con arreglo a su jerarquía, con una de las másilustres familias. Se preocupa tan poco de los bienes de su futura, queasegurará a su suegro una renta de cincuenta mil francos. El suegro queél desea es usted, y me ha encargado que explore sus disposiciones. Siusted accede, él vendrá hoy mismo a pedirle la mano de la señoritaGermana y dentro de quince días se habrá celebrado la boda.

Por de pronto, el duque saltó al suelo y miró fijamente al doctor.

—¿No está usted loco?—dijo—, ¿no se está burlando de mí? Supongo queno olvidará usted que soy el duque de La Tour de Embleuse y que puedodoblarle en edad... ¿Es verdad todo eso que me ha dicho?

—Como el Evangelio.

—¿Pero él no sabe que Germana está enferma?

—Lo sabe.

—¿Que está moribunda?

—Lo sabe.

—¿Desahuciada?

—Lo sabe.

Una nube pasó por el rostro del viejo duque. Se sentó en un rincón de lafría chimenea sin darse cuenta de que estaba casi desnudo y, apoyandolos codos sobre las rodillas, se apretó la cabeza con las manos.

—Eso no es natural—añadió—; usted no me lo ha dicho todo y el señorde Villanera debe tener algún motivo secreto para querer casarse con unamuerta.

—En efecto—respondió el doctor—. Pero haga usted el favor de volversea la cama.

Es una historia muy larga.

El duque volvió a arrebujarse debajo del cobertor. Sus dientescastañeteaban a causa del frío y de la impaciencia y tenía sus ojillosfijos en el doctor con la curiosidad inquieta de un niño ante el que seabre una caja de bombones. El señor Le Bris no le hizo esperar.

—¿Usted sabe—dijo—cuál es la situación de la señora de Chermidy?

—Viuda consolable de un marido al que no ha visto nunca.

—Yo he visto al señor Chermidy hace tres años y le aseguro por lo tantoque su esposa no es viuda.

—¡Tanto mejor para él! ¡Diablo! ¡Marido de la señora Chermidy! Es unasinecura que le debe proporcionar muy bonitas rentas.

—¡Así es como se hacen juicios temerarios! El señor Chermidy es unhombre honrado y hasta un oficial de algún mérito. No creo quepertenezca a una familia aristocrática; a los treinta y cinco años eracapitán de la marina mercante y obtuvo embarque en un navío del Estadocomo oficial auxiliar hasta que, al cabo de dos años de navegación, elministro le firmó su nombramiento de oficial. Fue en 1838 cuando puso sucorazón y sus charreteras a los pies de Honorina Lavenaze. Esta teníapor toda fortuna sus diez y ocho años, unos grandes ojos que usted yaconoce, un gorro de arlesiana y una ambición sin límites. No era, ni conmucho, tan hermosa como hoy.

Ella misma me ha dicho que era seca como unpalo y negra como un cuervo, pero tenía ciertos atractivos que la hacíandesear. Reinaba en el mostrador de un despacho de tabacos y, desde elprefecto marítimo hasta los alumnos de segundo año, toda la aristocracianáutica de Tolón iba a fumar y a suspirar a su alrededor. Pero nadapodía trastornar aquella firme cabeza, ni los vapores del incienso ni elhumo de los cigarros.

Se había jurado ser juiciosa hasta que encontraseun marido, y ninguna seducción fue bastante para desviar su decisión.Los oficiales la llamaban Croquet (rosquilla de almendra) a causa desu dureza; los burgueses Ulloa, porque había sido sitiada por lamarina francesa.

»No faltaban hombres serios que quisieran casarse con ella; en lospuertos de mar se les encuentra en abundancia. Cuando regresa de largastravesías, el oficial de marina tiene más ilusiones, más ingenuidad, másjuventud que el día de la partida; la primera mujer que aparece a susojos se le presenta tan hermosa, tan santa, como la patria que se vuelvea ver; ¡es la patria vestida de seda! La apetitosa Honorina, vista porChermidy, rudo lobo de mar, fue la preferida por su candor, y aquellaoveja recalcitrante pasó a su poder bajo las barbas de sus rivales.

»Su buena suerte, que hubiese podido darle muchos enemigos, no perjudicóen lo más mínimo su porvenir. Aunque vivía apartado, solo con su mujer,en una quinta aislada, obtuvo un bonito embarque, que no había pedido.Desde entonces, no ha estado en Francia más que raras veces; siempre enel mar, ha podido hacer economías para su esposa que, por su parte, lasha hecho para él. Honorina, embellecida por el tocador, por el bienestary por el aumento de carnes, ha reinado diez años en el departamento delVar. Los únicos acontecimientos que hayan señalado su reinado son laquiebra de un almacenista de carbones y la destitución de dos oficialespagadores.

Después de un proceso escandaloso, en el cual su nombre nosonó para nada, creyó prudente exhibirse en un escenario más amplio ytomó el piso que aun ocupa en la calle del Circo. Su marido navegabasobre los bancos de Terranova, mientras que ella rodaba por París.¿Asistió usted a su presentación en esta ciudad, señor duque?

—¡Sí, pardiez! y me atrevo a decir que hay pocas mujeres que hayanhecho mejor su camino. Ser bonita y tener talento, no es nada; lodifícil es aparentar ser millonaria, la única manera de que se leofrezcan millones.

—Llegó aquí con doscientos o trescientos mil francos, rebañadosdiscretamente aquí y acullá. Así y todo, levantó en el Bosque talpolvareda que se habría dicho que la reina de Saba acababa de llegar aParís. En menos de un año consiguió hacer hablar de sus caballos, de susvestidos, de su mobiliario, sin que nadie pudiese decir nada positivosobre su conducta. Yo mismo la he estado visitando año y medio sinsospechar quién era. Y la hubiese creído otra cosa durante largo tiempo,si la casualidad no me hubiera puesto en presencia de su marido. Era enlos primeros días de 1850, ahora hace tres años, poco más o menos. Elpobre diablo acababa de llegar de Terranova y a fin de mes partía paralos mares de la China, donde había de permanecer cinco años, yencontraba muy natural abrazar a su mujer, entre dos viajes. La libreade sus criados le hizo guiñar los ojos, y los esplendores de su mobiliario le acabaron de deslumbrar.