Genio y Figura by Juan Valera - HTML preview

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Yo casi me atrevo a afirmar que no he engañado a D. Joaquín. Para evitarel medio engaño en que le tenía, hubiera sido menester hacerle infelizcon revelaciones feroces y con el más amargo de los desengaños. El amormío, si hubiese llegado a ser hacia Juan Maury exclusivo y profundo,hubiera tenido que romper dolorosamente el lazo que a mi bienhechor yprotector me ligaba; hubiera sido para D. Joaquín horrible infortunio:todo el bien, todo el contento y el reposo y toda la superior serenidadhasta donde había yo logrado elevar su espíritu, hubieran venido adesvanecerse o a hundirse en negro abismo. Por otra parte, aunque yodebo ser humilde, y aunque lo soy, soy también muy orgullosa en ciertosentido. Es el orgullo que nace de mi propia humildad. Si por la vilezade mi origen, si por el ruin desorden de mi primera vida no merezco nisoy digna de ciertas cosas, me repugna reclamarlas, solicitarlas denadie y hasta insinuarme para que se me concedan por favor ya que paraellas no tengo el menor derecho.

De aquí que yo, más bien que mostrar a Juan Maury toda la vehemencia yla elevación de mi afecto, traté de disimularlas. Quise aparecer yaparecí a sus ojos como la más fina y complaciente de las amigas, comobastante capaz de entender y de apreciar el valer y las excelentesprendas de toda su persona y como no indigna de obtener su amistad y suaprecio; pero todo, sin llegar a ser y sin mostrarme siquieraprofundamente enamorada, y sin propender a infundirle de mí otroconcepto que el de una mujer alegre, fácil y galante.

Si el verdadero amor, si el hijo divino de la Venus del cielo revoloteócerca de mí en aquellos días, yo huí de él por indigna y le ahuyenté porpeligroso.

Juan Maury se fue de Río y me abandonó sin gran pena. Nada más natural.No le culpo. Sólo me lisonjea y me contenta el figurarme que él ha deguardar dulce recuerdo de las dulces horas que pasó conmigo; de nuestrosíntimos coloquios y de nuestra ternura.

Fue tal la ligereza de aquellas efímeras relaciones, que ni yo le roguéque me escribiese ni él me ha escrito. De estas relaciones, sin embargo,me dejó él una prenda preciosa. Suya era, pero era mía más que suya; yyo apenas la sentí en mi seno, me propuse con firme resolución que nofuese sino mía.

Hasta donde alcanza mi memoria, desde que tengo uso de razón, en ellibre abandono de los años primeros de mi vida, no me remuerde laconciencia de hurto, de estafa, ni de engaño o embuste para medrar.Escudriñando yo hasta los más obscuros rincones de mi vida pasada, noencuentro en ellos ni asomo de ruin bellaquería. Esto me consuela. Deciertos pecados, en que con frecuencia he incurrido, después deabsolverme el confesor, me he absuelto yo también. De aquellos otros,tal es el inflexible y recto tribunal de mi conciencia, jamás me hubieraabsuelto yo aun después de recibir la absolución en el confesonario.Espantoso torcedor hubieran sido para mí, humillándome y abatiéndome.Faltas, pues, en que yo no había incurrido cuando desamparada ymenesterosa, no habían de ser cometidas por mí cuando ya estaba prósperay rica.

Por otro lado, lo que era mío, lo que yo esperaba y yo me figuraba yaque iba a ser un primor, un asombro de gracia y de belleza, por nada delmundo quería yo atribuírselo en parte a alguien de quien no era. ¿Y quéaliciente había para el engaño? Usurpar para el fruto de mis entrañas lahacienda que no le pertenecía y además un nombre cualquiera. ¿Quién sabesi un nombre ilustre y glorioso, si un título histórico me hubieranseducido y me hubieran hecho faltar? ¿Pero cómo había de seducirme quelo que iba a nacer se apellidase Figueredo a secas, a pesar de lasupuesta descendencia de Güesto Ansures de que yo misma me habíaburlado?

Con persistente disimulo, con firme y enérgica voluntad, con rarasprecauciones e incesante recato, sin dejarme ver de nadie y fingiéndomeenferma, dejé pasar los meses.

Llegó la hora y sólo Madame Duval, mi mucamba y el médico, dequienes tuve que valerme y me valí, exigiendo el mayor sigilo, supieronque fui madre.

Mi hija, a quien di por nombre Lucía, se crió lejos de mí, aunque yovelaba sobre ella e iba a verla a menudo.

Muerto D. Joaquín, procuré no poner en ridículo su memoria, dejandoconocer en Río que tenía yo una niña de cerca de dos años. Casi deoculto hice que se embarcara y me la traje conmigo cuando vine paraEuropa.

Quisiera yo escribir a escape estas confidencias: no contarte sino lomás esencial: pero tal vez dejo correr la pluma y tal vez divago.

Lo que yo principalmente quiero que comprendas, es que en mi espírituhay como dos focos distintos de actividad, de donde brotan doscorrientes también harto distintas, si bien la una y la otra estánalegremente iluminadas por la luz clarísima con que yo veo y entiendotodo lo creado.

Jamás se me ha ocurrido hallar mal lo hecho por la madrenaturaleza, ni echar la culpa a la sociedad mal organizada de ningúncaso adverso que me haya ocurrido, ni de ninguna contrariedad o percanceangustioso en que yo me haya encontrado. Y no quejándome yo ni de lanaturaleza, ni del orden social tal como los hombres han idodisponiéndole, muchísimo menos puedo quejarme de la divina providencia,que acato, adoro y bendigo. Apenas hay objeto que no vea yo de color derosa, y siempre que se ennegrece, me culpo a mí y a nadie culpo. Comosoy muy indulgente para con los otros, no es tan de censurar que lo seatambién para conmigo misma.

Por eso me dejo llevar de mis generososafectos, harto poco en consonancia con una moral rígida, y de miinclinación irresistible a lucir las prendas de que me dotó el cielo y adar con ellas a los seres que me son caros ventura y deleite. Hay en míasimismo un tenaz empeño de progreso, de adelanto en el camino de laperfección. Y tanto lo que creo realizado en mí, cuanto lo que en mí noestá realizado ni puede realizarse nunca, anhelo yo con vehemenciaponerlo y realizarlo en un ser predilecto, en quien brillen, a par decuanto hay en mí de que puedo con razón ufanarme, todas las excelenciasy virtudes de que carezco y que no son pocas. Por esto, desde que naciómi hija, desde que por primera vez la vi y presentí que iba a serhermosa, me propuse y ansié que su hermosura eclipsase la mía, que endiscreción, elegancia y saber me aventajase, y que estuviese exenta detodos los defectos y manchas que en mí hay. Me propuse criarla conesmerado desvelo para que fuese tan casta y tan pura como bella, y paraque no columbrase sólo el verdadero y exclusivo amor, hijo del cielo,sino para que fuese capaz de poseerle, de gozarle y de recibirle en sualma inmaculada como en su propio y consagrado templo.

Y para que veas lo extraño y contradictorio de mi condición, o más bienlo extraño y contradictorio de la decaída condición humana, mi alma, quetan altos propósitos tuvo y que a tan alta misión quiso consagrarse, sedejaba arrastrar de sus regocijados ímpetus, de su perversión bondadosay de su liviandad inveterada, hasta el extremo de buscar y de forjaraventuras como la que te conté ya del paraguayo y como varias otras quehe tenido después y sobre las cuales prefiero callarme.

No pude refrenar mi deseo de volver a mi patria. Desde Lisboa fui aSevilla y a Cádiz.

Mi antiguo confesor, el Padre García, había hecho algunos ahorros yhabía heredado también a un hermano suyo que se había enriquecido. Hartoel Padre de rodar por el mundo, vivía retirado en el lugar de sunacimiento, no lejos de Sevilla. Le anuncié mi llegada y él vino averme.

Para descargo de mi conciencia, en este punto muy escrupulosa, quise,viéndome rica y convertida en toda una señorona, no desdeñar a misparientes, si los tenía, y hasta favorecerlos y socorrerlos si sehallaban en la abyección y en la miseria. El Padre García me sirvió enesto muy bien. Buscó con tino y diligencia a mis parientes, y no loshalló sino dudosos y muy lejanos. Yo había sido la única hija de laPascuala.

En Río de Janeiro, no recuerdo bien con qué tramoya, suplió D. Joaquínla falta de mi fe de bautismo, que para nuestro casamiento se requería.Hasta que el Padre García me la sacó, jamás había tenido yo ni vistosemejante documento.

Considerando yo que mis parientes más seguros habían de estar en loshospicios, en las inclusas y en los conventos de mujeres recogidas, dial Padre García pródigamente todos mis ahorros para que en aquellassantas casas los repartiera. Él cumplió mi encargo y me trajo losrecibos que conservo aún, donde constan las donaciones de una damabrasileña, cuyo nombre se calla.

A decir verdad, a pesar de todo mi patriotismo y de mi amistad hacia elPadre García, me repugnaba permanecer en España. Dicen algunos autoresque las mujeres como yo suelen tener nostalgia del fango. No sé quéquieren decir con esto; pero si es lo que yo entiendo, declaro que no hetenido jamás semejante nostalgia. Al contrario, yo recordaba bien todoslos sitios, y al pasar por algunos se me encendía la cara de vergüenza.Por fortuna, estaba yo tan encumbrada y en posición tan diferente de laque allí tuve, que nadie me reconoció ni reconocí a nadie. Hice en mipatria el papel de peregrina misteriosa.

Fuera del Padre García, con nadie quise tratar. Después de separarme deél, estuve en Granada, Córdoba, Madrid, Toledo, Burgos y otros puntos,visitando los monumentos en compañía de Madame Duval, que detestabalas antiguallas y suspiraba por los boulevards de París. Allí fui porúltimo, y pronto me instalé comprando muebles y poniendo casa.

He vivido desde entonces con comodidad y hasta con lujo, pero sin elmenor empeño de llamar la atención ni de brillar, y con tanto arreglo yeconomía que, a pesar de no pocos gastos extraordinarios y de viajes derecreo que he hecho por Alemania y por Italia, he doblado mi capital ymi renta. Hoy casi puedo asegurar que soy rica.

Mi vida de París ha sido alegre, desenfadada y modesta. Expondré aquí,en pocas palabras, cómo concierto yo la modestia con la alegría y eldesenfado. Mi modestia ha consistido en no desear ni aspirar a hacermeconocida, celebrada y famosa. Más he huido que buscado que nadie meseñale con el dedo, que la atención pública se fije en mí, y que lagloria infame de que algunas mujeres gozan, gloria que yo me jacto depoder adquirir fácilmente, me circunde con sus resplandores. En vez demostrarme, puedo afirmar que me he ocultado.

Como la soledad me entristece, he ido a reuniones y tertulias, peronunca he pretendido salir de la colonia ibero-americana. Y aun dentro deesta colonia no he sido asidua en el trato ni he intimado mucho, sobretodo con mujeres. Hasta que mi hija llegó a tener ocho años, como apenasexigía otro cuidado que el de su corporal desarrollo, cuidado harto leveporque mi hija se ha criado con excelente salud, ora pensando yo endistraerme, ora anhelando hacerme apta para contribuir a su educación,he leído muchísimo y casi sin sentir me he convertido en marisabidilla.

Soy franca admiradora de la literatura francesa. Me parece esta naciónfecundísima en ingenios de toda clase. Yo los admiro y quiero seguiradmirándolos sin tropiezo. Acaso te parezca extravagante modo dediscurrir, mas es lo cierto que, a fin de no tropezar y conseguir que latal admiración salga rodando por el suelo, me he abstenido de buscar lasociedad literaria parisina.

Al conocer los libros, he conocido lo másnoble, depurado y selecto de cada autor. ¿Para qué conocer lo restante?He recelado desilusionarme al conocerlo. ¿Quién me asegura que losescritores franceses no sean presumidos y fatuos? ¿Qué necesidad tengoyo de extremar mis amabilidades y de hacer esfuerzos para insinuar en lamente de esos señores que no soy una salvaje, que estoy al nivel deellos, que comprendo sus profundidades y sutilezas, y que, aunsuponiendo que en España, en Portugal y en el Brasil esté la gente muyatrasada y hasta sea de casta inferior, yo, por excepción fenomenal ymonstruosa, he podido elevarme hasta hombrearme con ellos?

Ahora comprenderás en qué sentido digo yo que mi vida en París ha sidomodesta. En cuanto a su desenfado y a su alegría, no es menester queentre yo en pormenores para que tú lo comprendas. El cielo, el infierno,la naturaleza, un poder sobrenatural, lo que tú quieras o supongas, noparece sino que me ha dotado de imperecedera lozanía de cuerpo y de almay de una bondad y de una ternura inagotables y prontas, pero que hanhallado siempre obstáculos insuperables para el verdadero y definitivoamor, y se han quedado en mitad del camino.

Voy a contarte una curiosa aventura, que, si bien tiene mucho deridículo, no puedo ni debo pasar en silencio, porque sus consecuenciasfueron serias para mí y han influido bastante en los ulteriores sucesosde mi vida. De esta aventura hace ya mucho tiempo, pero la tengo tanpresente como si ayer hubiera sido.

El Barón de Castell-Bourdac es el personaje más inverosímil y complejode cuantos he conocido. Sus excentricidades mueven a risa, sus chistes,sus exageraciones y sus embustes involuntarios nos divierten a par querebajan el concepto que de él formamos; pero cuantos le conocen y tratany penetran bien en el fondo de su alma, no pueden menos de quererle y deestimarle. La fantasía del Barón ha bordado su vida sencilla y honrada,desfigurándola con falsos adornos. Sobre la historia ha venido asobreponerse la leyenda: pero aunque por la leyenda aparezca el Baróncomo personaje cómico, por la historia es siempre digno de respeto.

Nopretendamos tasar y aquilatar con exactitud lo egregio y lo rancio de sunobleza. Él cree, y esto me basta, que es nobilísimo. Apenas huboCruzada en que un Castell-Bourdac no figurase.

La importancia de losCastell-Bourdac ha sido grande desde entonces hasta la caída del antiguorégimen en 1789. La revolución los arruinó. Y desde entonces hasta ahorala inflexible energía de sus opiniones legitimistas ha impedido quesalgan de la obscuridad. Ni durante la Restauración intervinieron ennada, porque hallaron a Luis XVIII y a Carlos X sobrado transigentes conlas ideas nuevas.

Aunque el Barón de Castell-Bourdac, restablecida en gran parte lahacienda de su casa, poseyó por entonces bastantes bienes de fortuna,que hubieran podido servirle de sostén y aun de resorte para suelevación en la política, por desgracia e no quiso mezclarse en nada, yno acertó a emplear mejor su actividad que en disipar alegremente susbienes y volver a quedarse pobre.

Desde el año de treinta en adelante, fue imposible que el Barón pusiesemano en los negocios públicos. Si él hubiera querido ceder, humillarse,renegar hasta cierto punto de las creencias y de la misión de susantepasados, hubiera sido Diputado, Senador, Embajador, Ministro ycuanto le hubiera dado la gana; él al menos así lo creía; pero como elBarón no había querido ceder ni renegar, había tenido que limitarse yresignarse a ser un caballero, si bien encopetado, viviendo de susrentas, que eran cortísimas.

En este punto de la situación económica, ya no entra por nada lafantasía del Barón. La pura verdad acude en su abono y le concede justaalabanza.

El Barón es un prodigio de arreglo y de economía. No disimula supobreza, pero tampoco la deplora. En los círculos más elegantes sepresenta siempre con el decoro propio de su clase. No juega, ni bebe.Por no tener vicio alguno, no fuma, y también porque el fumar le pareceplebeyo, apestoso, impropio de un Castell-Bourdac y en plena disonanciacon el ideal del atildado y noble cortesano del antiguo régimen tal comoél se le representa.

El Barón no debe nada a nadie y nadie puede jactarse de que él le hayapedido dinero prestado.

Cada día come en una casa distinta. Es muy buscado y está convidado alas mejores mesas, así por su divertida conversación, como por suextraordinaria fama de hondo conocedor y perito en todas las artes deldeleite. El Barón pasa por el gourmet más delicado que hoy vive,paladea y olfatea en Francia. No es rico para pagar unos convites conotros, ni es zafio tampoco para pagarlos de otra manera sin el menordisimulo; pero, quizás sin pensarlo, paga los obsequios que recibe y nohay quien le tilde de pique-assiette o de parásito. Los cumpleaños,las bodas y otras festividades le ofrecen ocasión, que él aprovecha, depagar cumplidamente cuantos obsequios recibe. En suma, y en mi opinión,que creo fundada, el Barón es un modelo de cortesanía. Sólo han podidolos maldicientes echarle en cara un defecto, del que, a mi ver, se hacorregido. El defecto, si lo es, consiste en su extremada galantería,muy en desacuerdo para muchos con la edad provecta a que ha llegado.Conceden sus críticos censores que él, en su juventud, hizo brillantesconquistas y cautivó no pocos corazones indómitos y soberbios, peroañaden que hace ya más de veinte años que debe el Barón recogerse a buenvivir y reposarse sobre sus laureles.

Mucho disto yo de seguir semejante parecer. Desde que conocí al Barón,trece o catorce años ha, he opinado lo contrario. Hay belleza, eleganciay distinción para todas las edades, con tal de que no falten la salud yel aseo. Y como el Barón está saludable y es aseado y pulcro, yo lehallé y le hallo siempre muy agradable persona y además un hermosoviejo. Por otra parte, como el alma humana es inmortal, no hay vejez quevalga contra ella, mientras no se destruyan o deterioren en extremo losaparatos y órganos que la ponen en relación con el mundo y le sirven demedio para pensar y sentir y para expresar lo que piensa y sientemientras en el cuerpo está encerrada. Sea como sea, y a fin de que nodigas que me quiebro de sutil, prescindiré de más aclaraciones, y tediré con llaneza que el Barón se prendó de mí y me hizo muy respetuosa yfinamente la corte.

Yo me lisonjeo de no haber tenido jamás ciertos defectos que seatribuyen, así a los que llaman en Francia parvenus como a los que enEspaña llaman cursis. Sin duda a la aparición en mí de estos defectos seha opuesto el orgullo. No he anhelado ni buscado para darme tono eltrato y la amistad de personas encumbradas por nacimiento, educación yriqueza. Naturalmente me he encontrado yo y me encuentro tan distinguidacomo si hubiera nacido en la púrpura y no me hubiera echado al mundo laPascuala, sabe Dios en qué zahurda. No podía yo esperar, porconsiguiente, que el influjo o el arrimo de sujetos aristocráticosviniese a prestarme como un reflejo de su valer. Creía yo y creo tenerluz propia, digámoslo así, y que no la necesito prestada.

No sé siaplaudirás o censurarás esta vanidad mía. Yo te confieso que la tengopara confesarte además que el Barón me aduló esta vanidad, sin artificioy por manera irresistible. El Barón procuraba demostrarme con evidencia,empleando para ello muy elocuentes palabras, que yo, sobre ser hermosa,poseía tal majestad en el gesto, en los modales y en todo, que másparecía una princesa o una emperatriz que una perdida plebeya, puestacasualmente en zancos por su enlace con un ricacho usurero.

El arte y el ingenio con que el Barón iba insinuando en mi alma estaslisonjas me tenían cada vez más hechizada. El Barón me comprende bien,pensaba yo, y cuando tan bien me comprende señal es, y prueba esclarísima, de la elevación y de la agudeza de su entendimiento. Asíinfundió el Barón en mi pecho la amistad más acendrada hacia él.

Hízose mi cavaliere servente, y yo me deleitaba y hasta meenorgullecía de que me acompañara y me sirviera.

Con modesta timidez, que de su ancianidad se originaba, el Barón empezócon suavísimo tiento y cautela a mostrarse enamorado de mí, pero sinpersistir en sus manifestaciones para no cansarme, refrenando suvehemencia para evitar mi enojo, y haciéndolas, cuando las hacía, comopor un arranque involuntario y muy a despecho suyo.

¿Quieres creer que con tal proceder el Barón me enterneció, y cautivó encierto modo mi espíritu? Mi estimación y mi amistad se las tenía yaganadas por completo. Después, poco a poco y al compás que él iba siendomás atrevido y más explícito, fueron despertándose en mí aquellas ideas,pasiones o inclinaciones, pues no sé cómo las llame, que siempre, apesar del freno religioso y a falta del freno del orgullo y del decoroen este particular, han hecho de mí lo que rudamente podemos llamar unamujer liviana, o más bien han impedido que yo no quiera, ni pueda, nilogre nunca desechar de mí la liviandad primitiva. Consideré al Barónherido, y tuve piedad de él y pensé en el bálsamo que podía curarle. Migenerosa piedad fue aguijoneada por algo a modo de remordimientos. Me dia cavilar que con mis favores amistosos, aunque concedidos sin malicia,con mi dulce abandono cuando le tenía a mi lado, con el mal disimuladoplacer con que yo oía sus requiebros, y hasta con mi reír y burlarcuando me hablaba de su cariño, había sido yo una desalmada coqueta, quehabía robado la tranquilidad de aquel señor excelente y había levantadoen el mar pacífico de su ya fatigado corazón la más deshecha borrasca.Casi o sin casi, me creí en la ineludible obligación de apaciguarla paradescargo de mi conciencia. En fin, y sin más preámbulos, en una tarde deinvierno, a las cinco, hora en que suele tomarse el té, cité al Barón,como recientemente te tengo citado a ti, para que viniese a tomarleconmigo a solas. Mis jaquecas un tanto cuanto imaginarias han persistidosiempre.

Aquella tarde para todos tuve jaqueca menos para el Barón. Esteacudió a la hora justa, lleno de gratitud, contento y ufanía. Parecíaremozado por virtud de una poción mágica o por hechizos del amor. Entró,me saludó y se llegó a mí con la gracia, desenfado y ligereza de unpollo o gomoso, no de nuestro siglo decadente, sino de otras edadescaballerescas en que fueron los hombres de temple más recio y más fino.Yo, con el pretexto de la jaqueca, estaba en el más cuidadoso y esmerado négligé. Mi vestidura era una elegantísima bata de flexible seda.

Pocas mujeres pueden hacer lo que yo hice entonces y puedo hacer y hagotodavía. Cuando el corsé me enoja no le llevo, y nada, absolutamentenada, se humilla falto de sostén y baja de su sitio: todo permanecefirme como el mármol y el bronce. Perdona que entre en estasmenudencias.

Mi presunción tiene alguna disculpa por lo no comunes queson las cualidades de que me jacto.

Importa además consignar estacircunstancia de mi toilette para que se entienda lo que ocurrió enseguida.

No estaría bien que yo paso a paso te lo refiriese todo. Baste decir quepronto noté, en medio de las vivas muestras de cariño que el Barónquería darme, no sé qué disgusto, no sé qué penoso rubor en su cara.Creí entender lo que aquello significaba y me apesadumbré por él. Enesto se abrió un poco mi bata y hubo de descubrirse mi garganta: nomucho más que lo que en un baile o en una recepción de etiqueta se dejaver al público. El sonrojo y la turbación de mi amigo subieron entoncesde punto. Pero ¡qué imaginación tan poderosa y tan socorrida la suya!

Por dicha llevaba yo, pendiente del cuello en una cadenita de oro muysutil, una pequeña medalla de plata, representando la Virgen de Araceli,patrona de la ciudad de Lucena.

Fijó el Barón la vista en la medalla y la tomó entre sus dedos, paraexaminarla mejor.

—¿De dónde procede esta medalla?—preguntó con curiosidad tal, queparecía embargar su espíritu y distraerle de los otros objetos.

—Es el único recuerdo que conservo de mi madre, contesté yo, como era laverdad.

—¿Y cómo se llamaba tu madre?

—Pascuala, le dije.

—¡Oh inescrutables designios del cielo!, exclamó el Barón, arrancando desu pecho un hondo suspiro que se diría que le desahogaba.

—¿Qué pasa?—pregunté yo imaginando que el Barón iba a desmayarse.

—Esa medalla, dijo el Barón, se la di yo a tu madre cuando estuve enAndalucía hace cuarenta y pico de años. Entonces... fuimos muy amigos...¿no me comprendes?

Me entró al oír esta pregunta tan feroz gana de reír, que a duras penaspude contenerme, temerosa de que el Barón se ofendiera.

—¡Ah!, sí, te comprendo, dije al cabo, y di rienda suelta a mi alegría,riendo ya sin temor.

—¡Hija del alma!—dijo el Barón con tan profundo acento y con tantasapariencias de estar convencido, que sin duda empezó desde aquel punto adar por cierto y por evidente lo que de improviso había imaginado. Elloes que ambos salimos muy agradablemente de aquel a modo de apuro,trocándose de súbito nuestra amistad y nuestro conato de amor anacrónicoen el santo y puro afecto de un padre y de una hija.

—¡Padre mío!—dije yo y eché al Barón los brazos al cuello.

Después de esta dulcísima expansión, llamé a Madame Duval para que noshiciese compañía.

Con el debido sigilo le revelé nuestro parentesco, deque ella se maravilló y holgó mucho. Luego charlamos los tres acántaros. Con lo ameno de la conversación se nos olvidó tomar el té yllegó la hora de la comida.

La imprevista anagnórisis, como el Barón la llamaba, fue solemnizada conun exquisito petit diner fin en que se lució mi cocinera, cordonbleu de primera fuerza, y brindamos los tres a la persistencia delsanto lazo recién descubierto y reanudado, primero con Chateau Iquem,y a los postres con tintilla de Rota, mi casi paisana. No hubo champagne, porque ni el Barón ni yo gustamos de ese vino, con algúnpesar de Madame Duval, que gusta de él más que de nada.

Mi pobrecita hija Lucía, que apenas contaba entonces siete años,inocente como un ángel, luminosa, bella y serena como el lucero delalba, fue la cuarta persona que estuvo en la mesa y comió con nosotros.Con ojos algo espantados y sin comprender nada, se alegró de hallarserepentinamente con un abuelito, y más aun cuando el Barón, que es buenoe ingenioso y muy a propósito para divertir a los niños, le contó tres ocuatro cuentos fantásticos e infantiles, y le hizo varios juegos deprestidigitación con no escasa maestría.

Admirable es el encadenamiento de las cosas, y cómo de ciertas causasnacen a veces los efectos más imprevistos. ¿Quién hubiera podidoimaginar que del descubrimiento de mi padre y de su aparición algocómica, habían de resultar tan serias modificaciones y hasta cambios enla dirección de mi vida? Sin embargo, así aconteció. Lo que para salirde su atolladero inventó de súbito el Barón y yo acepté con risa,hallándolo disparatadamente gracioso, él y yo lo fuimos tomando más porlo serio cada día, y por virtud de nuestra voluntad atamos nuestrasalmas con lazo tan limpio y tan fuerte como si él fuese en realidad mipadre y yo su hija.

De esta ficción, que apenas ya me lo parecía, brotó en mi espíritu unsentimiento jamás experimentado por mí: algo de más fervoroso que laamistad; algo en que no entraba por nada el vehemente anhelo de lossentidos y algo que no era tampoco eso que llaman amor platónico y puro.Este sentimiento llegó a ser más puro y más grave que el amor platónico.Olvidada yo de que nacía de una mentira, le vi nacer en mí con sorpresay deleite, y le cuidé con esmero para que creciese y floreciese.

Yo no niego ni afirmo la existencia de lo que llaman amor platónico;pero, si existe, hallo en él, mientras vivimos esta vida mortal ytenemos el alma en el cuerpo, y cuando son los que se aman mujer yhombre, un no sé qué de incompleto y aun de monstruoso.

No es, en verdad, amor, ni merece tan santo nombre, lo que yo he sentidoy conocido desde la bajeza impura en que nací hasta el día de hoy. Sóloes amor, cumplido y entero, el que yo columbré remotamente entre losbrazos de Juan Maury, y que por mi indignidad o por mi desgracia no pudealcanzar nunca.

Del amor cumplido y entero, exclusivo y honrado desistí desde entonces,considerándole para mí imposible.

El lazo afectuoso que hace años al Barón me une, no es amor ni amistad,porque es más apretado lazo que el que ata a los amigos, y porque es másespiritual y cae menos bajo el influjo de los sentidos que el amor másplatónico y más puro.

Yo he leído y aprendido mucho en estos últimos años. Pocos escritos mehan encantado más, como divino ensueño poético, que las últimas áureaspáginas del libro de Baltasar Castiglione, titulado El Cortesano. Allíexplica el ingenioso, sutil y elocuente Pedro Bembo cómo se complace ycuánto goza el amante en la contemplación de la mujer amada, viéndola,oyéndola y hasta mereciendo de ella ciertos delicados e inocentesfavores, entre los cuales pone el de abandonar por largo rato en lasmanos de él las manos de ella, y hasta el de dar y recibir, con merocontentamiento espiritual y sin sensualidad alguna, besos en la boca, afin de que allí acudan las almas y se unan y compenetren, como cuentanque le sucedió a Platón con su amiga, que hubo de ser la lindaArqueanasa.

Sin duda que esto es muy bonito, pero no veo yo cómo ha de ser el mediopara encumbrarse a la contemplación, primero de la belleza universal,donde se encierran y cifran todas las bellezas individuales, y después ala eterna y perenne fuente de la belleza creada e increada, en cuyasllamas arda nuestro espíritu como ardió Alcides en la cumbre del monteOeta, y por cuyo fuego seamos arrebatados al empíreo como Enoch y Elías.

Repito que todo esto me parece muy bien para leído en el libro que hecitado, pero no en la práctica. Por eso doy gracias al cielo de que elBarón haya inventado tan a tiempo su paternidad.

Dios me preserve de queél, por la contemplación estática de mi hermosura, y de que yo,prodigándole los referidos favores, aspiremos también a remontarnos alempíreo. Más fácil sería resbalar por este camino y caer en inmundicia,que subir, purificados y gloriosos, como el solitario del Carmelo, en elardiente carro.

En suma, lo excelente que tuvieron mis relaciones con el Barón desde quese convirtió en mi padre, fue lo neutral, lo apacible, lo manso y lo sinsexo ni siquiera platónico, con que se señalaron. El Barón casi dejó deadmirarme como hermosa, a fin de quererme, de atenderme y de servirmecomo buena.

No soy yo alegre y regocijada por mera y espontánea energía de miespíritu. Lo he sido y lo soy también porque me impongo, porque medecreto la alegría. Las cosas no pueden estar mejor de lo que están. Meparecería ingratitud para con Dios, si yo me quejase. Desde lo más hondode la abyección impura he logrado elevarme a una esfera brillante yrelativamente limpia. Soy rica, libre, respetada, a pesar de misextravíos, y considerada y atendida en cierta sociedad, que tendrá susmáculas, pero a la que algún respeto se concede. Claro está que yo,aspirando siempre a lo más perfecto, ora supongo que hay, ora si no hay,gustaría de que hubiese, una sociedad más escogida, elegante y honrada,un círculo de gente más selecta, dentro del cual fuese yo digna decolocarme. Pero jamás me conformaría yo a ser recibida en ese círculopor indulgente piedad; a que ese círculo descendiese de su nivel pararecibirme, a que entendiesen los que viven en él que con su trato mepurificaban o me realzaban. Para esto prefiero estar donde estoy, y aunme resignaría a estar mucho más abajo.

Completa es, por lo tanto, mi conformidad con mi posición y con misuerte.

Tengo además grandes motivos de satisfacción y contento. Mi salud esinmejorable y mi mocedad se diría que no acaba. ¿Para qué he de fingirmodestia contigo? Me encuentro ahora más bella, más lozana, que cuandonos veíamos en el Retiro de Camoens. Imagíname entonces como mata deazalea sin flor aún y toda verde, e imagíname ahora como la misma plantacon toda la pompa y las galas de sus abiertas flores.

Aduladora es mi mucamba, que sigue siempre llamándome su niña; pero nocreo que me adula cuando salgo del baño y me enjuga y me mira conagradable pasmo, y suele decirme:

—¡Ay, niña, niña!, cada día estás más hermosa. ¡Bienaventurado el queasí te vea!

Lo que es yo me miro también con complacencia en grandes y opuestosespejos y me siento en perfecta consonancia con el parecer de Petronila.

Te lo confesaré todo: cuando Petronila me deja sola, incurro en unapuerilidad que no sé decidir si es inocente o viciosa. Sólo sé que esacto meramente contemplativo; que es desinteresada admiración de labelleza; No es grosería sensual, sino platonismo estético lo que hago.Imito a Narciso; y sobre el haz fría del espejo aplico los labios y besomi imagen. Esto sí que es platonismo, me digo entonces. Esto es el amorde la hermosura por la hermosura: la expresión del cariño y del afectohacia lo que Dios hizo manifestada en un beso candoroso que en el vano eincorpóreo reflejo se estampa.

Ya ves tú que te hablo hasta de mi sencilla fatuidad y que te declarotodas mis venturas. Bien es que sepas también lo que durante muchotiempo he procurado ocultarme a mí misma, lo que yo veo distintamentecon susto y con pena y lo que me duele confesarte.

Como si de un lago tranquilo surgiese de repente un monstruo, como si enuna pradera cubierta de olorosas hierbas y flores viese yo bullir, porbajo de ellas, multitud de escorpiones y de víboras, así, en medio demis alegrías y placeres, surge a menudo, desde hace tiempo y desde lomás intrínseco de mi ser, un desconsuelo, una melancolía, una amarguraque me esfuerzo por ahogar o remediar y no lo consigo.

No es hastío: yo no estoy ni fatigada ni hastiada. No es desilusión: lasilusiones, si alguna vez las he tenido, jamás me han contentado con sufalacia y antes he celebrado que deplorado el perderlas. La causa de mimal es mi ambición trascendente; mi empeño de ir en busca de un idealpara mí inasequible; el vano propósito de borrar de mi ser lasindelebles manchas, con cuyo germen al menos nací manchada. Este mal,que en mí no tiene cura ni remedio, quise curarle y remediarle yo enotro ser amado, que me pertenece, que ha nacido de mis entrañas.

Mi propósito de educar altamente a mi hija fue corroborándose cada vezmás. De él hice el más noble fin de mi vida. Lucía, si mi deseo serealizaba, había de ser limpio dechado de castidad, de pureza y decuantas excelencias y virtudes pueden sublimar y glorificar a un almahumana en esta baja tierra.

Preví un peligro, preví para mí el más enorme de los infortunios, peroarrostré el peligro con valor porque sobre todo prevalecía mi afán deque ella fuese perfecta, inmaculada, tan hermosa como yo de cuerpo y mily mil veces más hermosa de alma; conseguido esto, me sentía yo confortaleza bastante para sufrir que ella, desde la elevación moral en queiba a verse, tuviera harto involuntariamente que despreciarme y queavergonzarse de mí. Movida yo por esta pasión, tuve por principal empleohasta que Lucía cumplió doce años, el cultivar su corazón y su mente conel más activo desvelo. Yo misma, ocultándole con recato cuidadoso cuantoyo pensaba y sabía de malo, la instruí en todo lo bueno y santo que mialma había conservado o aprendido.

Mi fe religiosa, profunda en mi mocedad y consuelo en mi abyección deentonces, o había sido combatida por dudas o se había bastardeado,combinándose con ideas filosóficas que tal vez quebrantaban su enterezacon el pretexto de ensanchar un estrecho molde donde imaginaban que sugrandeza no tenía cabida. Así es que busqué y hallé a un virtuoso eilustrado sacerdote que completase la educación moral y religiosa deLucía sin inficionarla con los elementos heterodoxos con que mi fe sehabía pervertido.

No acierto a ponderarte el miedo que tenía yo de que Lucía descubriesemi indignidad; el recato con que viví para que no comprendiese ella opara que tardase en comprender mis faltas y pecados, y cuánto vigilépara que ningún pensamiento impuro penetrase en la mente de ella; y, loque es imposible cuando un ser humano es inteligente, para perpetuar ensu espíritu la ignorancia de lo malo y de lo vicioso.

Recelando yo que esta ignorancia de Lucía se disipase y que ella abrieselos ojos y me viese tal como soy, no me sosegué hasta que, haciendo uninmenso sacrificio en separarme de ella, la hice entrar, desde pocodespués que cumplió doce años, en el convento del Sagrado Corazón deJesús, donde permaneció hasta los diecisiete.

Muchas veces salía mi hija del convento y venía a pasar algunos díasconmigo. Con más frecuencia iba yo al convento a visitarla y a hablarcon ella.

Mi amor y mi vanidad de madre estaban cada día más lisonjeados. Lucíaiba creciendo en hermosura y en natural elegancia. Algo había en ella deparecido a mí, pero se parecía mucho más a su padre. No envidiosa sinoencantada notaba yo que había en todo su ser corporal algo de másaristocrático que en el mío. Era además blanca y rubia, mientras que yosoy pelinegra y trigueña. Mis ojos son verdi-oscuros; los suyos azulescomo el cielo. Yo soy alta y esbelta: ella es más esbelta y más alta queyo, aunque igualmente bien proporcionada. Para que comprendas bien ladiferencia que hay entre nosotras, te diré, aunque peque yo depresumida, que mi estampa retrae al pensamiento la de una diosa delgentilismo, y la suya la de una madonna de antes de Rafael.

Las caricias y las alabanzas, que yo le prodigaba, eran siempretiernamente recibidas y pagadas por ella. Había, sin embargo, entrenosotras no poco que limitaba la expansión. No me atrevía yo a hablarlede ciertos puntos. Le decía que era su madre, pero no le decía de quésuerte era su madre, como deseando que lo ignorara. Y salvo en loindiferente y en las relaciones entre ella y yo desde que nació ella,ponía yo en toda mi vida, cuando con ella hablaba, un sigilo hartoembarazoso.

Intenciones tuve a veces de confesarme con ella: de decirle mis faltaspara que ella las perdonase. Pero pronto un orgullo, en mi sentir bienentendido, me hacía desechar aquella tentación. Era preferible que ellasupiese por otras personas quién yo era y no que lo supiese por mímisma. Yo no me podría resistir al deseo de justificarme o al menos dedisculparme; y de aquí podrían originarse dos casos que igualmente mehorrorizaban. O bien que, al disculparme yo, ella aceptase como buena ycomo plausible mi disculpa, y entonces la elevación de su moralidad serelajaría, siendo yo su maestra y su iniciadora en liviandades; o bienque ella, con severo criterio, allá en el centro de su alma y aunque nome lo dijese, rechazara mis disculpas, y tal vez sospechara, a pesarsuyo, que yo le daba lecciones infames, y que, acaso sin querer, peroarrastrada por mis instintos perversos, ansiaba rebajarla a mi nivel,aunque sólo fuese para que ella mejor me amase.

Tales cavilaciones fueron la causa de mi silencio.

Por mi desdicha, es absurdo imaginar que una virgen, una santa, unacriatura inmaculada y purísima, si no es tonta, permanezca siempre aobscuras y con los ojos del alma completamente cerrados para todo cuantohay en el mundo que no es honesto. La honestidad, la castidad y hasta lainocencia más columbina, consisten en abominar de lo malo y no enignorarlo del todo, como si no existiera. Lucía, pues, austera, virtuosay sin ningún pensamiento feo, y sin ninguna imagen impura que enturbiaseel claro espejo de su conciencia, reflejándose en él, no pudo menos desaber al cabo y supo del mal, y fue conociendo poco a poco todo cuantode este mal en mí había. Callándome siempre, pero con miradaescrutadora, procuraba yo, con curiosidad irresistible, penetrar en elcentro de su alma, y ver el progreso que iba haciendo allí elconocimiento del mal y los estragos y la ruina que este conocimientohacía en el buen concepto que ella de mí tenía formado. Grandísimo pesarme causaba lo que acabo de querer explicarte. El amor maternal, noobstante, y casi tanto como el amor maternal uno a modo de orgullo deartista que se deleita en su obra, siempre me impidieron desear, en eljuicio de Lucía, la menor indulgencia que implicase relajación oquebranto en la ley por cuya virtud su espíritu había de dictar unfallo.

Ya se entiende que todo esto lo veía o lo creía ver yo como si mi miradapenetrase en los más abismados pensamientos de mi hija. Lo que es ella,nunca dejaba de mostrarse tan cariñosa conmigo como con ella yo, y tanrespetuosa como la hija más cristianamente educada.

Después de nuestros deberes para con Dios, los mandamientos de su leyordenan que respetemos y honremos a nuestros padres. ¿Cómo hubierapodido Lucía faltar nunca en lo más mínimo a este mandamiento? Ella,además, me amaba y me ama, porque ha nacido de mis entrañas y porque esmi sangre y porque recuerda y agradece mis mimos, mi ternura, el esmerocon que la he criado, y hasta esa misma elevación moral y religiosa aque he procurado elevarla, quedándome yo tan lejos y tan por bajo deella.

Jamás he tenido la tentación de destruir mi obra; de hacer que Lucíabaje hasta mí desde la altura en que la he puesto. Pero, a veces mepregunto: ¿no fue delirio ponerla en esa altura?

A este propósito recordaba yo ciertas palabras de una dama andaluza queconocí un verano en Biarritz cuando Lucía no contaba aún sino ocho añosde edad. Tenía esta dama una hija de la misma edad que Lucía. Las niñasse conocieron y jugaron juntas en el Port Vieux. Y por esto, y por serespañolas ambas madres, y por lo franco y fácil del trato en los lugaresde baños, trabé yo cierta amistad con la madre de la niña, que sellamaba la señora de Benítez. Su marido, D.

Ambrosio, era un personajepolítico de cuarta o quinta magnitud, si bien con esperanzas más o menosfundadas de llegar a serlo de primera, ya que poseía notable desenfado,gran facilidad de palabra y otras brillantes prendas. Por lo pronto, D.Ambrosio estaba como parado, por no decir extraviado en su carrera. Opor haberse comprometido en conjuraciones y pronunciamientos, o sinnecesidad y sólo para contraer méritos y darse tono, gemía en laemigración. Verdad es que no era muy lastimero el gemido, porque cuandolos suyos estuvieron en el poder, le habían enviado a Cuba de vista deuna Aduana o no sé bien con qué otro empleo en Hacienda. Al año y mediocayó su partido y le dejaron cesante, pero él no se había dormido nidescuidado y había aprovechado tan bien el tiempo, que pudo volver yvolvió, con no despreciables ahorros. Así podía esperar y esperaba sinsobrada angustia la vuelta al poder de su partido, para que le hicieseDirector general, Ministro y quién sabe si Conde. Sus esperanzas erangrandes. Su mujer era quien no se las prometía tan felices. La señora deBenítez tenía un carácter apocado y siempre pronosticaba males y nobienes. Ella era lo contrario de D. Ambrosio, que veía el porvenir decolor de rosa y que soñaba con todos los refinamientos y primores dellujo y de la distinción suprema. La señora de Benítez, a pesar de lotétrica que era en el pronosticar, tenía mil excelentes cualidades.Desde que, siendo estudiante D. Ambrosio y ella hija de la pupilera encuya casa D. Ambrosio se hospedaba, ambos se amaron y se casaron, habíasido fiel, sufrida y hacendosa compañera de aquel hombre, gobernando lacasa y cuidando de todo con ordenada economía y dando a D.

Ambrosio, sinmolestarle ni ofender su orgullo, los más juiciosos consejos. Ella seesforzaba, sobre todo, en esfumar los ensueños de grandeza de su marido,y en procurar que éste no viniese a ser un Faetonte del chic, yacabase por caer despeñado.

En el invierno que siguió al verano y al otoño en que los conocí,vinieron a París ambos esposos a pasar una corta temporada. A ellos y asu niña los obsequié cuanto pude. Un día en que estaban los trescomiendo a mi mesa, mi cocinera estuvo inspirada. Don Ambrosio, que erafrancote a pesar de su vanidad, se entusiasmó con todos los platos quese sirvieron, y singularmente con un chaud-froid de ortolans, que enrealidad fue una obra maestra. Mas ¡oh, desgracia!, la niña del Sr.Benítez comió muy poco de todo. Lo que es el chaud-froid, por culpa dela gelatina que le envolvía y por lo frío que estaba, le dio mucho ascoy no consintió en llevársele a la boca. Don Ambrosio perdió con esto losestribos; no acertó a contenerse y deploró en mi presencia con acerbasfrases la ingénita ordinariez de su hija, que no gustaba sino dealboronía, chanfaina, pepitoria y sobrehúsa de bacalao. Herido con estoel orgullo maternal de la señora de Benítez, habló con elocuencia yrefutó el parecer de su marido, diciéndole para concluir:

—Pues debieras dar gracias a Dios y no lamentarte de que sea así tuhija, porque tal vez se quede para vestir santos, o bien se case conalgún pobretón que, en vez de darle a comer pajaritos sin hueso yrellenos de trufas, tenga que alimentarla, y gracias, con esos guisotesque tú desdeñas, aunque con ellos te has alimentado y bien robusto tehas criado.

Ya comprenderás tú de qué manera aplicaba yo este caso a Lucía y a mí.Y, sin embargo, aunque me parecía atinado y juicioso lo que con relaciónal refinamiento material decía la señora de Benítez, yo seguíahallándolo vil y grosero aplicado al refinamiento del alma. Lo que es enesto persistía yo y me aferraba en ser más exquisita que D. Ambrosio.

Mi entendimiento vacila, cambia y duda mucho. Suele mirar las cosas pordiversos lados, y según el lado por donde las mira, las ve con aspectodistinto.

Me inclino a creer que a todo el mundo le sucede lo mismo. La diferenciaestá en que yo lo confieso, y son raras las personas que lo confiesan.

Digo esto porque hasta en los momentos de mi mayor entusiasmo por lasublimidad moral y religiosa de Lucía, asaltaban mi mente no pocasconsideraciones que propendían a echar por tierra el entusiasmomencionado.

Siempre me figuraba yo como legítimo y bueno el andamio, la escala, la amodo de Torre de Babel que el alma construye a veces para encaramarsepor ella y subir al cielo de su ideal más alto; pero importa que estatorre, andamio o lo que sea se construya sobre firme y sólido cimientode sentido común. De lo contrario, es casi seguro que cuando ya esté muyalta la torre y nos complazcamos y ufanemos en contemplarla, se cuarteepor culpa de la base y acabe por hundirse lastimosamente en el anchofoso de tontería que la rodea.

Así pensaba yo y así me atormentaba al penetrar cada vez más en la mentede Lucía y al recelar que en la dirección que yo había dado al vuelo desu espíritu, había acaso falta de tino.

Pues qué, ¿no podía ella sertodo lo santa que quisiese sin avergonzarse de mí, aunque fuese de unmodo involuntario? ¿Si ella se hubiese criado en el abandono en que yome crié, hubiera sido más que yo virtuosa y honrada?

En el abismo de mi alma ocultaba yo mis cavilaciones. No hallabatérminos con que declarárselas a Lucía, ni con qué darle al menos leveindicio de ellas. Ignoro hasta qué hondura penetraría Lucía en miconciencia y leería lo que allí pasaba. Lo que sé es que yo leía en laconciencia de ella como en un libro abierto, donde las sanas doctrinasdel ilustrado sacerdote que la había educado, y las no menos sanas delas benditas madres del convento habían venido a combinarse con losrumores del mundo y con las malévolas insinuaciones de las compañeras decolegio a quienes la envidia movía, y habían formado un amargo conjuntoque menoscababa el respeto y que acibaraba y aun emponzoñaba el amor dela hija a la madre.

Sin duda en la mente de Lucía había llegado a formarse un concepto de míharto peor que el merecido. Ella hubo de creerse hija de un padre hastade mí misma ignorado.

No creas tú por lo que aquí manifiesto que Lucía me mostrase el menordesvío. Antes era cada vez para mí más entrañablemente afectuosa. Porgratitud, por deber y por natural inclinación Lucía me amaba.

Modelo de cristiana humildad para con Dios, Lucía era tan orgullosa omás orgullosa que yo en sus relaciones con el prójimo, salvo que mivileza primitiva había cortado las alas de mi orgullo y su orgullo teníaalas, aunque estaba herido por mi culpa y por mi vergüenza.

Una tristeza dulce y al parecer sin causa se pintaba en su rostro desdeque salió del convento.

La llevé a paseos y tertulias, la vestí y laadorné con los más elegantes trajes de moda, y procuré distraerla yalegrarla, pero todo fue en balde. Ella me confesó al cabo que tenía lamás decidida vocación de abandonar el mundo y de entrar en el claustro.Inútiles fueron todas mis amonestaciones en contra; inútil la pinturaque reiteradamente le hice de un porvenir brillante, honrado y tandichoso y tan digno cuanto en este bajo mundo es posible. ¿Por qué nohabía ella de inspirar a un hombre y de sentir por un hombre que lamereciese el único y persistente amor que al pie de los altares sepurifica y que un sacramento religioso ennoblece y ensalza?

Todo por mi parte fue empeño vano. Lucía persistió en no ser esposa sinode Cristo, y fue tan resuelto su propósito que no pude atajar losprimeros pasos que quiso dar para lograrle, y, harto a despecho mío,hube de consentir en que se volviese al convento.

Sobre lo que tengo que contarte ahora, voy a pasar con rapidez comosobre ascuas. Aun así me quemará la sangre el recordarlo.

Por amor, por devoción a mi hija, concebí un proyecto tan sentimentalcomo descabellado. A fin de realizarle me expuse a la más dura de lashumillaciones.

Mi efímero amante, el joven Secretario de la Legación inglesa en Río deJaneiro, no era ya Master John, era Sir John. Se había transformado enun señor respetabilísimo de cuyas circunstancias había yo tomado exactosinformes. Era un personaje rico, notable e influyente en la política desu patria.

Bien podía afirmarse que dominaba fuera de su casa y que dentro de ellaestaba dominado.

Trece años hacía que había contraído matrimonio con unanoble Lady, bella, muy aristocrática y tan dotada de virtudes como desoberbia. Juan Maury tenía de esta mujer tres hijos legítimos; y, segúnme contaron, si a ellos los amaba como padre, a ella la obedecía y laacataba como rendido adorador a una diosa.

Allá en mis adentros, allá en lo más hondo y oculto de mi corazón, aúndescubría yo rastros del verdadero amor que, por única vez en mi vida yevocado por Juan Maury, había pasado por mi alma, tocándola con sus alase iluminándola toda. Juan Maury nunca lo supo, ni lo presumió siquiera.Durante el corto tiempo que me poseyó me tuvo por una mujer galante: muyagradable, muy divertida, y nada más. Para él aquellos nuestros amoresno fueron más que amoríos.

¿Cómo pues me atreví a considerar posible que Juan Maury, dieciocho odiecinueve años después, había de llegar a saber que había tenido de míuna hija y había de estar tan seguro de ello que se allanase areconocerla?

Sin embargo, fue tan grande mi deseo de que mi hija supiese quién era supadre y de que él declarase que lo era, que yo vencí mi repugnancia,humillé mi soberbia y acudí a Juan Maury con mi pretensión. Le escribívarias cartas a las que no se dignó contestar, y yo sufrí y devoré sudesprecio. Apelé entonces al confesor de mi hija, le puse en el secretode todo y le di la comisión de ir a Inglaterra, de buscar a Juan Maury,de hablar con él, de reiterarle mi pretensión y de exponerle mis planes.

Mi hija era suya, y yo lo juraba por lo más sagrado. No necesitaba de lahacienda de él. Yo era bastante rica y estaba dispuesta a dar desdeluego más de la mitad de la mía y el resto a mi muerte. Yo me conformabaasimismo con renegar de mi maternidad o con ocultarla, para que JuanMaury buscase y fingiese, para su hija, al reconocerla por tal, másdecorosa madre que yo, y no casada sino soltera. Yo me comprometía, siera necesario, a no volver a ver a mi hija para no contaminarla con micontacto. A ella, si Juan Maury no quería tenerla en su casa, la podríatener bajo la custodia y autoridad de una ilustre y anciana parientasuya, viuda y sin hijos, y de quien sabía yo que le amaba en extremo. Dela virtud, de la limpieza y santidad de costumbres y del recato de Lucíafácil era que pudiese informarse Juan Maury. De su hermosura, de sudistinción y de su talento, él mismo podía juzgar, viniendo a visitarlaen el convento en que ella estaba. Tal vez (en mi concepto casi deseguro) notaría él viéndola, por los rasgos de su fisonomía y por todosu aspecto, que era ella de su casta y de su sangre. ¿Qué recelo, quétemor podía impedir a Juan Maury confesar a su mujer una culpa suyacometida cuatro o cinco años antes de su casamiento, e impetrar subeneplácito para expiar en parte dicha culpa reconociendo por hija ydando su nombre a la que de la culpa había nacido? Ni los bienes defortuna de Juan Maury sufrirían con esto menoscabo, porque Lucía erarica de por sí y nunca le sería gravosa.

Pero Juan Maury era más egoísta de lo que yo había imaginado. Era ademástan gurrumino que tenía más miedo de su mujer que de una espada desnuda;y Lady Maury era quizás la más severa, la más entonada, la más en suspuntos y la más enemiga de lo escandaloso e incorrecto de cuantas Ladies vestían y calzaban a la sazón en todo el Reino Unido de la GranBretaña.

Por otra parte, yo soy muy imparcial, y cuando hay disculpa, la halloaunque sea contra mí. Mi pretensión pecaba de extemporánea, era hartosospechosa y carecía de documentos fehacientes en que fundarse.

Mi orgullo maternal y mi altivo menosprecio de las consideraciones yrespetos sociales, en época en que estaba yo más sobre mí y muyengreída, me habían inducido a ser imprevisora y a no desear ni buscarcon oportunidad mayor el reconocimiento de mi hija por quienevidentemente era su padre.

Mi empeño fue ya tardío. A fuerza de gestiones mi embajador clérigoconsiguió ver en secreto a Juan Maury y exponerle el objeto de suembajada; pero Juan Maury, lleno de desconfianza, le despidió sinhacerle caso.

Todavía, con humillante terquedad, persistí yo en mis ruegos y escribívarias cartas a mi antiguo y descastado amante. El único resultado queobtuve fue infundir en su ánimo un miserable terror de que su Lady sorprendiese mi correspondencia a medias y pusiese el grito en el cielo.Para salvarse de tamaña calamidad, Juan Maury me envió como mensajero aun hombre de negocios de toda su confianza, quien, más que a convenir ennada, vino a imponerme silencio.

Aunque era inglés y no hablaba lalengua francesa muy de corrido, yo no he visto ni oído nunca a nadie másfresco, circunspecto y reposado en su hablar, ni que acertase a decirmayores crudezas y enormidades, sin descomponerse y sin manifestar en laforma y combinación de sus palabras nada de shocking ni de feo.Traducido lo que me dijo en rudas frases era como sigue: que si JuanMaury, que había sido guapo y muy querido de las damas, tuviese queaceptar un hijo por cada uno de los extravíos o ligerezas de su primerajuventud, se expondría a poder formar un batallón con su prole; que susrelaciones conmigo habían sido de lo más ligeras, sin compromisoninguno, y de duración muy corta; y que él no tenía ningún motivojustificado para afirmar con pleno convencimiento que durante dichasrelaciones había sido el único, porque entonces había también un maridolegítimo, y había además dos rivales que con grave escándalo y por celosriñeron en desafío, resultando muerto uno de ellos. En suma, elmensajero inglés me amonestó para que abandonase mi empeño absurdo, delcual sólo podría originarse la perturbación de la paz doméstica en elseno de una honrada y nobilísima familia.

No he de negarte aquí que el discurso de aquel mensajero inglés merevolvió ferozmente la bilis: estuvo a punto de restaurar en mí lasbizarrías de mis verdes años y mis arrestos de chula.

En mis manos,cuidadas ahora con el esmero de las manos de una princesa, sentí bullirla comezón y el prurito de hartar a aquel inglés de bofetadas y dearañazos. Pero su corrección, su calma y su serenidad impasible mecontuvieron y lo aguanté todo. Lo que sí hice fue derribar con ira yhasta con asco el ídolo de Juan Maury del altar que misteriosamente lehabía yo erigido en el templo de mis recuerdos. Y aunque mis manospermanecieron ociosas e inertes, no le sucedió lo mismo a mi lengua. Laesgrimí como puñal buido. Si no calenté bien con mis manos la cara delinglés, con la lengua le calenté las orejas. En contestación de lo queél insinuó acerca del nombre ilustre que anhelaba yo dar a mi hija,llegué a decir al inglés que ya prefería yo hacerla hija de un zapateroremendón a que fuese hija de su amo. En suma, yo me desahogué de veras ydespedí al inglés con cajas destempladas.

Para siempre deseché la esperanza y abandoné el propósito de que mi hijatuviera padre en la tierra. Casi creí juiciosa la idea extravagante delsansimoniano Padre Enfantín de no conceder sino madres a los sereshumanos y de suponerles un padre ideal para que imitasen mejor a Cristo.

No era Lucía de este parecer. No poco traslució de los pasos que habíayo dado y del mal éxito que habían tenido. Su amargura hubo de sergrande. La opinión que de mí tenía hubo también de malearse mucho. Nodejó por eso de mostrarme sino que extremó más que antes su cariño y surespeto hacia mí; pero cada día ponderó más lo decidido y lo invenciblede su vocación.

En balde fueron mis razonamientos y mis súplicas para que Lucíadesistiera. Al fin tuve que ceder y que consentir.

Hace ya más de un año que Lucía tomó el velo y se encerró para siempreen el claustro.

Nada diría yo si creyese su determinación enteramente nacida de fervorreligioso; pero yo me atormentaba y aún me atormento sospechando que ladesesperada soberbia de mi hija y la lucha interior entre el respetuosocariño que me tenía y me debía y el pésimo concepto que de mí formaba,la habían llevado a sacrificarse.

Aun así la grandeza del sacrificio la ennoblecía a mis ojos. Por orgullohabía desdeñado la riqueza, las galas, los deleites y los triunfos que apesar de la impureza de su origen, hubiera ella podido lograr en elmundo.

Sin embargo, yo cavilo mucho y de vez en cuando hago suposiciones yconsideraciones que rebajan el mérito de Lucía y con las cuales tambiénme culpo y miro mi desgracia como natural resultado de mi imprudentenecedad. Me comparo entonces a cierto aprendiz de mago de una antigualeyenda, que se propuso evocar y llamar a sí a un ser etéreo, a unasílfide, a una diosa beatificante, y equivocó las fórmulas, losprocedimientos y los conjuros, y suscitó un vestiglo que cayó sobre él,le derribó por tierra y le pisoteó el cuerpo y el alma.

Mi propensión a reír y a burlar, aunque sea a costa mía, me induce enocasiones a ver este asunto por el lado cómico, pero no sazono el acerbochiste con sal y pimienta, sino con hiel y vinagre. La cualidad de snob, me digo, puede encumbrarse a un grado heroico. Para probarloacude a mi memoria lo que ocurrió a mis amigas la señora y las señoritasde Pinto.

Vinieron a París, desde la provincia brasílica de MinasGeraes, tres sobrinos de la madre, primos hermanos de las hijas. Sehabían enriquecido cultivando una magnífica fazenda, pero eranordinarios y medio salvajes y chapurreaban el francés por detestableestilo. Llevaban, además, en el rostro el indeleble signo de su plebeyoe híbrido origen. Estaba patente en ellos la mezcla de la sangre europeacon la del caboclo y aun con la del negro. No puedes figurarte laconsternación que produjo en las de Pinto la llegada de estos señores.Para colmo de horror acertaron ellos a presentarse en casa de las dePinto una tarde en que dichas señoras tenían un five o'clock tea, mássubido de punto que nunca por lo aristocrático. Allí estaban el Barón deCastell-Bourdac, quien casi o sin casi es del Faubourg; dos príncipesrusos, descendiente uno de Gengiskan y otro de un compañero de Rurik;tres marqueses italianos; y una condesa polaca, de la clarísima estirpede los Jaguelones. También estaba yo, aunque plebeya, considerada comomuy elegante. ¿Qué hubiera sido del crédito de las de Pinto si llegan aentrar en la sala aquellos salvajes, tuteándolas y abrazándolas como aprimas? Por fortuna ellas acudieron a tiempo de evitar la catástrofe.Los Pintos exóticos fueron introducidos y enchiquerados en un salónvacío.

¡Pero cuánto sobresalto, cuánta angustia, divinos cielos!Aquellas señoras iban y venían por turno de un salón a otro para darconversación a los inoportunos y descomunales parientes. A mí nopudieron menos de ponerme en el secreto y también me enviaron condisimulo a darles un poco de conversación.

En suma, para qué cansarte: las angustias y los apuros de las señoras dePinto fueron inefables e innumerables durante cerca de dos meses quepermanecieron sus parientes en la capital de Francia. Por dicha semarearon estos de oír tanto ruido como hay en estas calles de París, deestropear la lengua de Voltaire y de que nadie les hiciera caso sino losque les sacaban el dinero. Se largaron, pues, no sé dónde, y las dePinto respiraron. Segura estoy de que si no llegan a irse, atribuladas ycompungidas las de Pinto por una perpetua y abominable obsesión, lastres abandonan el mundo y se meten monjas.

Valiéndome del recuerdo de este lance como término de comparación,pugnaba yo por achicar en mi pensamiento la mística heroicidad y eldesprendimiento de Lucía; pero mi obstinado amor hacia ella y mi juiciofavorable a sus nobles prendas la amparaban contra la ridiculez que midespecho quería lanzar sobre ella. Sólo conseguía yo mortificarme más ydesesperarme.

A pesar de lo apacible y alegre de mi carácter durante toda mi vida,empecé a sentir entonces, con enojosa persistencia, odio y despreciohacia mí misma y hacia la gente que me rodeaba y miedo de verme tansola, sin haber obtenido nunca sino fugaces amistades y sin contar conpersona alguna en quien poner mi confianza y mi profundo y verdaderoafecto. Apenas tenía yo más amigos que el Barón; y yo no desconocía, pormás que estimase su fidelidad perruna y su devoción hacia mí, cuántohabía de cómico en todo ello. Las ganas de morir asediaron mi espíritucon la contemplación de tales miserias.

Para distraer mis penas, para aturdirme, me lancé entonces al mundo conmayor ímpetu y frenesí que nunca. Te confieso que llegué a sentirveleidades de conquistar cierta extraña clase de nombradía; de echar mimodestia a un lado y de obtener palma y corona en el certamen de lahermosura. No fue el sentido moral quien detuvo mis arranques e impidióque cayese yo en aquel precipicio: fue mi soberano desdén hacia eljuicio y la estimación de los hombres.

Parodiando en mi pensamiento unasentencia evangélica, me decía yo que para cebar a los cerdos bastanafrecho y bellotas, y que es lástima arrojar perlas en la pocilga.

Con todo, otro sentir menos soberbio y de purificante delicadeza agitópor entonces mi pecho.

Imaginé posible todavía, cuando no el amorverdadero, fiel, único y sin mancha que pudiese unir mi ser con el de unhombre, un apacible y amoroso afecto que, sin poseer ya la vehemenciadel amor juvenil, tuviese su limpieza, su persistente duración y sufidelidad exclusiva. ¿Pero dónde hallar este amigo, este amante, esteesposo con quien yo aún atrevidamente soñaba? ¿Cómo podría yodesprenderme de lo pasado para ser digna de ser suya? Y si de lo pasadono me desprendía, ¿cómo enredarle en mi imaginado lazo sin rebajarlehasta mi nivel y sin hundirle en la abyección en que yo estaba?

Mis alambicados pensamientos y el ensueño ideal que repentinamente,tarde y fuera de sazón, movían y embriagaban mi alma, la llenaban dedesesperanza y de anhelo de muerte, aunque yo seguía hallando hermoso elmundo, y rico en encantos, en curiosos misterios y en amena variedad decasos el espléndido tejido de la vida humana.

Deseo hacerte comprender las vacilaciones de mi espíritu, y de quésuerte, con incesantes alternativas, paso de la tranquilidad apacible aldolor desesperado. Nunca engañé, ni ofendí, ni robé, ni herí a nadie. Ennada de esto pequé ni tengo de qué arrepentirme. En ocasiones, la feperdida renace en mí. Recuerdo y reconozco como mortales muchos pecadosmíos, pero confiando en la infinita misericordia de Dios, creo que melos perdona. Siento la contrición y yo misma me absuelvo. Elremordimiento ya no me atosiga, pero hay un sentir poco cristiano, hayen mi ser un cruelísimo orgullo, que, más que todo remordimiento,atormenta y mata. La humillación y la vileza de mis primeros años serepresentan en mi memoria y me cubren de oprobio. No hay penitencia, niconjuro, ni sacramento, ni palabra mágica, diabólica o divina, que borreciertas manchas indelebles. La vergüenza que inspiro a mi hija se vuelvecontra mí. La misma consideración de mi riqueza, de mi materialbienestar, de mi salud y de mi elegancia, se contrapone al estado de miespíritu y me impulsa a contemplarle con mayor espanto y repugnancia. Micuerpo está sano y hermoso, pero mi alma, cuando caen los recuerdossobre ella, está como Job en el muladar. Imposible apartar de ella yraer la ponzoña de sus úlceras, a no despojarla de una de susprincipales potencias, a no privarla para siempre de la memoria.

Tal era el estado de mi alma cuando, después de tanto tiempo, volví averte en casa de las de Pinto. Te lo digo sin lisonja: me pareciste muybien. Tu presencia y tu conversación me confirmaron en la idea que hetenido siempre de que el hombre de naturaleza sana y robusta, si elvicio no le deprava, va creciendo en valer y como completándose hastallegar a la edad de cincuenta años, que es sobre poco más o menos la quetú debes de tener ahora. Hay en su aspecto, en su ademán y en todo éluna majestad y un brío reposado que están muy por cima de laintranquilidad y de la petulante inconsistencia de la primera juventud.En fin, ¿para qué buscar aquí los motivos? Bástete saber que te encontrémuy de mi gusto, y que aquella noche volví a casa harto imaginativa ysoñadora.

Después, a solas conmigo, se apacentó mi espíritu en los lejanosrecuerdos que desde Lisboa guardaba yo de ti, profundamente sepultados,bajo otra multitud de recuerdos, allá en los abismos de mi memoria. Y nocontenta yo con exhumar recuerdos tan distantes, me complací encombinarlos, empleando para ello un arte sibarítica, con las recientesimpresiones que de ti había recibido. Entonces los traviesos yregocijados amores que en mi seno dormían se despertaron en tumulto y sepusieron a tocar diana, como si saliese para ellos la aurora de un nuevodía, con cuyo anuncio querían levantar y alborozar mis sentidos ypotencias.

En mi pensamiento ya no podía yo estar más rendida ni ser de nuevo mástuya. Pensé o imaginé, no obstante, multitud de cosas que vinieron acomplicar aquel sentir sencillo y alegre.

Anhelaba yo y buscaba desdehacía tiempo formar o estrechar vínculos de amistad con alguien que mecomprendiese y en quien yo pudiese poner toda mi confianza y desahogarmi pecho.

También para este oficio te elegí en seguida, e impaciente ydeseosa de que le ejercieras, empecé aquella misma noche a escribirestas confidencias que pronto leerás.

Al mismo tiempo, brotó en mi mente otra aspiración, otro propósito,apenas hasta entonces concebido por mí, que mucho me turbaba y meinquietaba. No aspiré ya al logro de fugaces deleites. Forjé un raro ypara mí inverosímil cuento de amores; la unión apacible y duradera dedos voluntades humanas; algo de muy semejante a la historia de Filemón yBaucis.

Por desgracia, la concepción de este último propósito cayó con violenciasobre los propósitos anteriores, y pugnó por desbaratarlos.

No; aunque tú lo quisieras, aunque movido tú por amor vehementísimo, queyo con todas las energías de mi alma lograse inspirarte, te humillarashasta el extremo de convertir el rápido capricho y el pasajero enlace enpersistente unión, y aunque te complacieras en ser mi constante y únicocompañero y en consagrarme tu vida, yo no podría ni debería aceptar elsacrificio, y aunque lo aceptara, no se conseguiría mi objeto. Alhacerte tú mío, completamente y para siempre mío, perderías el valer, elencanto y el mérito que me lleva a desearte como mío para siempre.

Harto comprenderás por lo que te indico los encontrados anhelos quecombaten dentro de mi alma. No has de extrañar, pues, que en medio deesta lucha, brote de lo hondo y como de la raíz de mi existencia, en míque amo tanto el mundo y la vida, la imagen de la muerte, rica dehermosura y de poderosos atractivos, y trayendo en su mano paz y reposo.

A menudo, independientemente del renovado y repentino afecto que meinspiras y de las otras consideraciones que dejo expuestas, me aflijo yme mortifico haciendo lamentables pronósticos.

Yo, según has podidoentrever y pronto es probable que veas, he empleado tal fuerza devoluntad y me he esmerado con tal sabiduría en cuidarme, que si mis ojosy el amor propio no me engañan, estoy como el sol que culmina en elmeridiano; estoy, como nunca, lozana y bella. Pero esto mismo aumenta miterror de una pronta caída. Me espanta descender con precipitación delúnico pedestal que me sostiene. ¿Qué será de mí cuando sea yo vieja yfea? ¿Qué me quedará de respetable y de digno y de simpático cuandovengan la vejez y las enfermedades y poco a poco me vayan destruyendo ymatando? Hasta la distinción, hasta la traza de mujer elegante y hastael señorío majestuoso que muchas personas hallan hoy y celebran en mí,todo me abandonará para siempre. Ya lo he notado yo con espanto en nopocas mujeres de mi laya que han envejecido. Su aristocrática distinciónera formal y somera; no procedía de lo íntimo y de lo esencial, sino dela forma exterior y de los atavíos que la engalanaban. Para mujerestales, la vejez no llega sola, sino que viene acompañada de la vileza yde la ruindad en que nacieron y en que vivieron hasta envolverse en elalucinador artificio de que al fin la vejez las desnuda. Pensando entodo esto me amedrenta la vejez, de tal suerte, que deseo morir antes.

Vas a tenerme por presa de un delirio. No importa. Es menester que losepas, y te lo contaré todo. Se acerca el día en que has de venir a estacasa; en que he de cumplirte lo ofrecido. A menudo lo deseo, más todavíaque puedes tú desearlo. Y sin condición, sin promesa, sin seguridad deque dure mi dicha, me propongo gozar de ella con tan reconcentradaintensidad, que encierre y cifre yo siglos y siglos en pocas horas.

Y con todo, aquí no puedo menos de hacerte la confesión que meapesadumbra por el temor de que te lastime.

Tienes un rival que se interpone entre tú y yo, y quiere y manda que yono te cumpla lo ofrecido. Pretende guardarme para sí; que a ti tedesdeñe y que sea yo para él solo. De subidísimo precio son las joyas ydones con que él me brinda y trata de ganarme la voluntad. Con un besosuyo se jacta de infiltrar en mis venas llama sutil que las purifique.Su abrazo será para mí como crisol candente en que mi ser se funda, y enque el metal de que está forjado deseche las escorias y salga limpiocomo el oro. Así seré digna de él, y él me hará suya para siempre.

Elentregarme a él con rendido y confiado abandono será la efusión de todomi ser en lo infinito.

Él me traerá completa hartura para mis anhelos dedeleite, bálsamo para mis dolores, y eterno olvido para todas mis penas.Cuando pose él su mano sobre mi frente, borrará de allí el signo o lamancha que me desdora. En su regazo me dormiré en largo sueño quedisipará y ahuyentará de mí para siempre todos los recuerdos vergonzososde cuantas vilezas y ruindades me atormentan hoy. Prodigiosa es lahermosura de este rival que me solicita en tu daño. Su poder es inmenso.

Imaginan las gentes que el Amor y la Muerte son hermanos. Yo me inclinoya a creer que el Genio de la muerte es el amor mismo. Morir es elsupremo acto de amor que puede hacer toda criatura. La que se rinde yentrega enamorada a otra criatura mortal como ella, da su vida y su ser,pero limitadamente, con egoísmo, con abnegación fugitiva, recobrándosepronto y casi sin perderse ni por un instante. Pero el consorcio con elGenio de la muerte, que es el mismo amor, es eterno e indisoluble.

La sustancia individual apenas tiene ya valer ni significado. Lo penetray lo lleva todo, se diluye por la amplitud inmensa del éter y seprolonga en lo pasado y en lo venidero por el tiempo sin término que conla eternidad se confunde.

Ya ves tú cuán seductor es el rival que tienes, rival que me persigue ya quien no quisiera yo dar los miserables restos de que la cansada vejezno me despoje; divinidad en cuyas aras no quisiera yo hacer ruinlibación, vertiendo las heces del cáliz de mi vida, sino derramarleallí, generosa y hasta pródiga, cuando aún está lleno hasta la orla delfiltro ardiente de pasiones y anhelos.

Es más de media noche. Ha empezado el día de mi cumpleaños. Hoy vendrása verme y yo debo recibirte.

El empeño contra ti de tu rival prosigue con ímpetu. Mi egoísta amor dela vida, el terror que infunden lo desconocido, lo inmenso y lo obscuroque hay más allá, y todas mis aficiones a los materiales regalos ydulzuras, luchan en favor tuyo y me encadenan y tratan de retenermecautiva para ti. Y por otra parte, mi imposible propósito de amorverdadero y único en la tierra, de purificación de culpas y de olvido deafrentas, me arrebata y pugna por echarme en brazos de la muerte. Hoy,como hace ya muchos años, no repruebo yo ni censuro las obras divinasque en torno mío resplandecen y cuya imagen se graba en mi alma. Todo,sin duda, está ordenado, perfecto, hermoso hoy como antes y comosiempre. No exhalo la menor queja. En mí hay admiración yagradecimiento. La providencia, la fortuna, lo que quiera que sea, me hamimado y me ha acariciado en vez de herirme. ¿Qué habrá sido de cuantasen Cádiz y en Sevilla fueron las compañeras de mi primera mocedad?Muchas habrán muerto; otras gemirán aún despreciadas y miserables en elhospital o en la reclusión de las delincuentes o de las arrepentidas, yotras se revolcarán en el lodo de las más hondas y negras capassociales. ¡Cuántas gracias no me incumbe dar al cielo por la excepcionalelevación en que estoy! Nada de protesta por parte mía ni de acusacióncontra él. Hasta el resultado de la santa educación que he dado a mihija y que me ha valido que ella, sin poderlo remediar, de mí seavergüence, me parece natural y justo. Si me voy, pues, del haz de latierra, no será por ira ni por enojo contra el cielo, será por el ansiaimpaciente de buscar y de hallar el amor que en la tierra no hallo.

Años ha que esta sed de amor supremo acude a mi alma y me excita abuscarle fuera de la vida que hoy vivo. Pero antes había un fuerte lazoque a esta vida me ligaba, y ahora está desatado.

Lucía me abandonó paraunirse con su esposo eterno. ¿Por qué no he de volar yo también a unirmecon mi eterno esposo?

Mil veces antes de ahora han surgido en mi alma pensamientos y deseos demuerte. En otro tiempo, la fe viva los sofocaba. Hoy, muerta la fe, aúncombate contra esos deseos y contra esos pensamientos mi naturaldiscurso. Sin duda, me digo, existe una inteligencia soberana, presenteen todo y que todo lo ordena y encamina a fin alto y dichoso. Don suyoes mi vida. Mi vida, hasta en medio de su vileza y de suinsignificancia, tiene un objeto y concurre al orden natural de lascosas y al término y al desenlace de todas ellas prescritos en el plandivino. Despojarme yo de la vida sería rechazar con sacrílega soberbiael don que el cielo me ha otorgado: sería infringir monstruosamente laley eterna y romper el orden natural con la energía de mi voluntadrebelde.

No me disculpa el ansia de llegar al bien supremo. No debo ir aél violentamente: debo aguardar a que me llame. Soy impura, pero no esmi sangre, son mis lágrimas las que deben limpiar las impurezas de mipecado. Hago mal en temer la vejez, la fealdad y las enfermedades quehan de sobrevenirme. Hago mal en temer el abandono y el aislamiento enque voy a encontrarme y el desprecio con que me mirarán cuantos sereshumanos me rodeen. De la soledad y del abismo de abyección en que yocaiga, mi alma podrá levantarse hermosa y feliz si la resignación lapurifica.

Así, y no en virtud de un acto de feroz violencia, podréelevarme hasta lo infinito a que aspiro.

De esta suerte discurro yo por momentos, pero no tardo en burlarme de midiscurso y en imaginarle nacido de mi cobardía: del mísero egoísmo, delruin apego a todo mi ser material, que me hace preferir su pausadadecadencia en medio del desdén y del olvido de mis semejantes a sudesaparición rápida y completa, que me lance de súbito en otro mundomejor y perdurable y más amplia vida.

Tiempo ha que adquirí, a costa de mucho oro, la poción libertadora.Contenida está en este lindísimo pomo que pongo sobre mi bufete. Elsabio que me la vendió aseguraba que, sin dolor ninguno, en medio de unsueño delicioso, para con suavidad el movimiento del corazón y en lasarterias y en las venas cuaja la sangre. La poción está compuesta deláudano y del jugo calmante de varias flores y plantas. Tal vez hay enla poción el refinado zumo de aquella hierba que gustó Glauco y leconvirtió en Dios.

Aún estoy vacilante, pero por momentos creo oír lejana música y vocessuaves que desde una región desconocida y llena de misterios me llaman,me atraen y promueven en mí embriaguez y furor y apetito de ir a unirmecon ellas.

Adiós. Me pesan los párpados y van a cerrarse mis ojos. Aún persisto enla indecisión; no sé si beberé del pomo y mis ojos quedarán cerradospara siempre.

De todos modos, hoy, antes de las diez, recibirás y leerás este libro.

Conclusión

El Vizconde de Goivoformoso le leyó en efecto, sintiendo sucesivamentedudas, sorpresa, susto e indecible angustia. Tenía por Rafaela cuantaestimación, cuanta amistad y cuanto cariño puede tener un gentilcaballero por una mujer fácil y alegre, aunque por otra parte de corazónnoble y leal y de muy buena pasta. Esperaba terminar una aventuraamorosa, gratísima, bastante sentimental para que no fuese grosera, y lomenos trágica y lúgubre de cuantas aventuras puede haber en el mundo.Así es que el Vizconde pensó, primero, que Rafaela quería embromarle contodo aquello, aunque la broma era harto pesada. Imaginó luego queRafaela se había vuelto loca: que los desdenes místicos de su hijahabían perturbado su razón. Tal vez pensó también que la asidua lecturade libros malos e impíos había arrancado del alma de Rafaela lascreencias cristianas que fueron su consuelo y la había inducido a tanhorrendas abominaciones. En extremo le pasmó el deseo concebido yformulado por Rafaela de poner término y corona a la larga serie de suslivianos amores con un amor puro, fiel y constante. No quiso el Vizcondeperder la esperanza. Aun aceptando como sinceramente sentido todo loescrito por Rafaela, notó su indecisión hasta lo último, y se complacióen suponer que el amor de la vida y del mundo había triunfado al fin, yque Rafaela le aguardaba, viva, lozana y amorosa. Dada esta suposición,él se prometía quitarle de la cabeza los romanticismos funestos y losideales absurdos.

—Dicen—exclamaba atribulado el Vizconde—que nuestro siglo carece deideal. Las personas que presumen de poéticas y delicadas deploran muchoesta carencia. ¿Puede imaginarse mayor majadería? Al contrario: ennuestro siglo hay plaga de ideales. Son una epidemia, casi estoy porllamarlos una epizootia, causa de mil infortunios, guerras, revolucionesy muertes.

Todo esto y mucho más lo discurría el Vizconde, sin sosiego, casitemblando de emoción, tomando a escape el sombrero, bajandoprecipitadamente las escaleras y entrando en el primer fiacre que viopasar para que le llevase a todo correr, y mucho antes de la horaconvenida, en casa de la Sra. de Figueredo.

Todavía en el camino, aunque le hizo el caballo a todo correr, pugnó elVizconde por fortalecer su espíritu y por creer que lo que había leídono podía tener mal resultado y era sólo conjunto de burlas o dedeclamaciones, inventado por Rafaela para lucirse y hacer gala de lasmuchísimas cosas que había aprendido durante su larga estancia en Parísy de lo acicalado y agudo que había llegado a ponerse su ingenio.

—Me va a recibir con risa. Va a soltar una sonora carcajada al ver miinquietud. Es evidente...

ella me ha enviado el libro para que yo acudaa la cita algunas horas antes... impaciente de verme... deseosa de quepasemos todo el día en amor y compaña.

Fueron, no obstante, inútiles todos estos discursos del Vizconde. Noconsiguió tranquilizarse.

Subió de dos en dos los escalones de la casade Rafaela, y brincándole aceleradamente el corazón en el pecho, llamó ala puerta.

El Barón de Castell-Bourdac, que acababa de llegar, fue quien le abrió.El espanto y el dolor estaban pintados en su cara.

—Rafaela ha muerto, dijo, y lloró como un niño.

Grande fue también la pena y el horror del Vizconde.

Madame Duval y la mucamba estaban en la alcoba de la muerta, y éstayacía tendida en la cama, pálida, inmóvil y hermosa. La última sonrisaplegaba aún suavemente sus labios. Sus ojos estaban cerrados, como silos tuviese así para ver interiormente con el espíritu prodigios yvisiones de más altas esferas.

Aquella extraña mujer había premeditado el suicidio desde mucho tiempoantes. Todo lo había dejado bien dispuesto, sin olvidar pormenores.Lucía quedaba por principal heredera, pero había cuantiosos legados paravarios establecimientos de beneficencia en Andalucía, para madame Duval, la mucamba y los demás criados.

Al Barón, para no ofenderle y segura de que daría a los pobres lo queella le dejase y no querría conservándolo pasar por interesado, nada ledejó sino la autorización de tomar de sus prendas y joyas todo cuantoquisiese como recuerdo. El Barón se limitó a tomar la sutil cadenita deoro y la medalla de la Virgen de Araceli, patrona de la ciudad deLucena, que en su imaginación creadora le había pertenecido cincuentaaños antes, cuando la hermosa Rafaela fue concebida.

No acierto a ponderar el profundísimo dolor, la tristeza y el asombroque este trágico suceso produjo en el ánimo de mi buen amigo el Vizcondede Goivoformoso, que, más bien que como hombre maduro, como apasionado yvehemente mancebo había esperado y soñado en los regocijos y deleites deaquel día.

Rafaela, además del testamento, había dejado instrucciones hasta sobresu entierro y sepultura, que el Barón y el Vizconde religiosamentecumplieron.

El entierro fue modesto, como la señora de Figueredo lo habíadeterminado. La enterraron en el cementerio del Père Lachaise. Sobrela losa se grabó este epitafio que ella misma había escrito: Aquí yace Rafaela la generosa, a quien Dios perdone por lo mucho que haamado.

FIN