Genio y Figura by Juan Valera - HTML preview

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Rafaela, no obstante, sentía la necesidad de desahogar con alguien sucorazón, hablando de sus penas. Y como su único, constante y muy íntimoamigo en la ciudad era el Vizconde de Goivoformoso, a quien tratabadesde que ella había llegado a Lisboa, Rafaela reconoció que sólo elVizconde era su posible confidente, y habló con él de todo, si bien conmayor seriedad, con el mismo desenfado y con la misma franqueza queempleaba para hablar con él cuando, hacía ya más de diez años, él y ellaiban a merendar o a cenar juntos en el Retiro de Camoens.

Después de la ida de Juan Maury, Rafaela, a fin de evitar las hablillasy para que no se burlasen de ella afectando compadecerla como a mujerabandonada, siguió recibiendo por las noches y procurando que sutertulia no estuviese menos concurrida ni menos alegre que antes.

Las expediciones campestres de D. Joaquín a la chácara y lasfrecuentes jaquecas de que ella padecía, eran recursos de que no sehabía desprendido ni quería desprenderse. De estos recursos se valióentonces, no en pro del amor, sino en pro de una antigua y constanteamistad, de la que esperaba consuelo y alivio en sus penas. Deseosa dehablar reposadamente con el Vizconde, le citó para una noche en que norecibía a los demás tertulianos, y tuvo con él el coloquio que vamos areproducir aquí.

Después de los amistosos saludos de costumbre, con la inveteradafamiliaridad de siempre, y tuteando al Vizconde como solía, Rafaela ledijo:

—Tú eres mi mejor amigo, lleno para mí de amabilidad y de indulgencia. Asolas contigo, no sé disimular: todo lo confieso: pienso alto. No me loagradezcas. Yo soy quien debe mostrarte su gratitud. Si yo no pudieradecir a alguien lo que siento, si no te tuviera a ti para decirlo, creoque mi corazón estallaría como una bomba.

—Pues, hija mía, di cuanto se te ocurra, que pronto estoy a escucharte ya consolarte si puedo.

—De sobra—replicó ella—sabes mis relaciones con Juan Maury. Lo que nosabes es lo que ha habido de singular y de nuevo en estas relaciones.Otros hombres me han inspirado simpatías más o menos vehementes. Porellos he sentido lo que se llama amistad. A caer en sus brazos me haimpulsado no sé qué extraña misericordia, no sé qué endiabladagenerosidad, que califico de perversa, y no sé qué vanidosa estimaciónde mi propia hermosura. He sido como engreído artista que anhela mostrarla linda joya que ha cincelado al que juzga delicado conocedor y buenperito.

He sido como el poeta que, por más esfuerzos que hace, no saberesistir a la tentación de recitar sus versos a quien juzga persona degusto exquisito, capaz de estimar y de tasar el valor de ellos y losquilates de perfección y de belleza que contienen. Esta soberbia mía yel benigno afán de conceder yo venturas, sin pena para mí, sino tal vezcon deleite, han sido la causa de no pocos extravíos y ligerezas quedeploro. La gente me calificará de mujer galante y enamorada. Pero, sibien se mira, yo no he conocido el amor, como este no sea unacombinación de amistad, aprecio, deseo de agradar y de embelesar, yempeño vanidoso en mostrar a quien se aprecia y a quien se profesacierto cariño, todo el valer, toda la lozanía y toda la potenciadeleitable y beatífica de la propia persona. Pero esto no es elverdadero amor. Si no fuese por los versos y las novelas que he leído,yo no tendría de él ni noticia ni presentimiento. En mi alma ha habidopredilección no pocas veces. Tú, por ejemplo, y no quiero lisonjearte,has sido uno de mis predilectos. Lo que no ha habido en mi alma ha sidoel amor perfectísimo de que nos habla la poesía. Mi alma ha tenido suspredilectos. Nunca ha llegado a tener al amado: al único, al verdadero ylegítimo esposo; al que exclusivamente y para siempre se rinde lavoluntad y se entrega y se abandona la vida. Sin él no se concibe goce.Las aspiraciones todas del espíritu, la fe en el mérito y excelencia deun ser extraño, el ansia de inefables placeres, todo, según dicen, sepone y se busca en el amado, el cual sólo podría tener rival en Dios, silográsemos mortificar y aniquilar nuestro cuerpo y convertirnos enespíritu puro. Para la mujer amante no tiene, pues, ni puede tener en latierra, rival el amado. Yo no había llegado ni me consideraba capaz dellegar a tan gentil idolatría. Sólo he entrevisto y columbrado así lacapacidad de sentirla como el hechizo que debe de haber en ella, desdeque fui de Juan Maury. Pero él, bondadoso, agradecido, con notableafecto hacia mí, porque yo no puedo ni quiero quejarme de su tibieza nide su egoísmo, siempre me consideró como a una buena mujer, aunque hartoligera, y ese amor verdadero, ese apretado lazo de unión completa eindisoluble entre dos corazones humanos, jamás imaginó que pudieraenlazar su corazón con el mío. Yo entiendo que esto no llega aconseguirse jamás con súplicas y excitaciones de una parte. En ambas,para que prevalezca, ha de nacer de un modo espontáneo. Además, yo soyorgullosa y detesto la ficción y la mentira, aunque la piedad lasmotive. De aquí que al amor ideal, al amor exclusivo y único, que iba abrotar en mi alma, por primera vez y como flor tardía, le corté yo lasalas antes de que remontase el vuelo. Juan Maury se ha ido. Yo no lecensuro. Ha hecho bien. Ni él podía darme ni yo podía exigirle amorconstante y para siempre. Deploro el amor ahogado antes de nacer, mas noel que ya vivía y ha muerto.

Hasta en mi propia alma había obstáculosinvencibles contra el nacimiento del amor, obstáculos que hubierancombatido contra él para darle muerte apenas nacido. La amistad que meinspira Joaquín Figueredo, mi gratitud hacia él, la estimación que letengo, al ver en él un conjunto de nobles prendas, oculto y sepultadoantes bajo las ruines condiciones de su sórdida existencia primera, yque yo he descubierto después, así para mí como para la generalidad delos hombres, todo esto no ha podido vencer la inclinación viciosa de minaturaleza, la vehemencia de mis pasiones y la licencia y el desenfrenoen que me he criado. Inútiles han sido mis propósitos de serle fiel;pero, me parece que no puede haber fuerza en el mundo que me impulse aserle inconstante, a abandonarle, a causarle inmenso dolor dejándole vercon claridad mi desvío, siendo con él cruelmente ingrata. Tengo porcierto que si mi amor hubiera nacido y se hubiera manifestado con lamayor vehemencia y si Juan Maury hubiera participado de él por completo,todavía hubiera yo preferido morir a dejar solo a Joaquín Figueredo, sinlos cuidados y la ternura que hoy más que nunca necesita y que yo lededico. Por esta consideración, casi me alegro de que Juan Maury me hayadejado y se haya ido muy lejos. Más vale que amor no nazca que no quemuera en terrible lucha con una obligación que juzgo sagrada. Acasohalles tú harto alambicado y sutil lo que estoy diciendo, pero digo loque siento aunque te parezca inverosímil.

Hoy, perdido para mí JuanMaury y demostrada mi imposibilidad de amor, queda cual único fin de mivida el propósito de hacer feliz a Figueredo, de mirar por su salud ybienestar, de endulzar y de prolongar su vida hasta donde sea posible,y, si le sobrevivo, de cerrar piadosamente sus ojos y de llorar sumuerte.

El Vizconde oyó con placer este en su sentir bello discurso, y le oyótambién con asombro, porque apenas había hablado íntimamente con Rafaeladesde que, en la aurora de la vida de ella y de él, tuvieron ambosfrecuentes y encantadores coloquios en el famoso figón de Lisboa,llamado Retiro de Camoens.

En extremo se pasmó el Vizconde del extraordinario progreso del espíritude Rafaela en agudeza y en profundidad, y de su corazón en elevacionesmorales. Él pensó, no obstante, que estas elevaciones, la gratitud deRafaela y su reconocido deber de hacer dichoso a D. Joaquín, no sehabían opuesto hasta entonces, ni se opondrían en lo futuro, a ciertosdulces, misteriosos y fugaces abandonos. Pensó también que Rafaelaestaba afligidísima porque no había podido nacer en ella el amor puro. Ypensó, por último, que para consolación de tantas cuitas, y vista ydeclarada la imposibilidad del amor puro, aún podría servir el mixto,tal como Rafaela le entendía y le había descrito, o sea la combinaciónde la amistad, del aprecio, del anhelo de lucir generosidad y gallardíay de la sed del deleite.

Rafaela estaba bellísima: incomparablemente más bella que allá enLisboa, en la plaza de toros o en el Retiro de Camoens. Entonces eradiamante en bruto: ahora diamante pulimentado y primorosamente engarzadoen cerco de oro. Entonces era como planta silvestre de flor menuda ydesabrido fruto, y ahora como planta cultivada con el mayor esmero, ricaen flores odorantes y pomposas y en los frutos más exquisitos ysazonados.

Hechas estas reflexiones, que asaltaron con rapidez y en tumulto lamente del Vizconde, y movido además por el deseo, por el cariño y hastapor la obligación en que se creía de ofrecer consuelo, a fin de no pasarpor descortés y por sandio, el Vizconde recordó con viveza las antiguasintimidades y mostró con mayor viveza aún el prurito de renovarlas. Perose llevó chasco y se quedó frío.

Rafaela, sin menguar en nada su amistad hacia el Vizconde, y sindescomponerse con violencia y con enojo, le rechazó de modo tan resueltoy tan firme, que se disiparon las ilusiones que él se había forjado yreconoció que sólo con amistad podía consolar a Rafaela y ella queríaser consolada por él.

El Vizconde tuvo el buen gusto de acomodarse a las circunstancias e hizobien el papel de confidente y amigo. Así el coloquio duró aún más de unahora. Rafaela volvió a hablar de su pena, de su aspiración no cumplidade amor verdadero y de la desesperanza que de este amor tenía,celebrando y llorando a la vez por ello la partida de Juan Maury.Declaró por último su firme propósito de consagrarse en adelante a laamistad sólo; a la amistad sin combinaciones y llena de limpieza. Paraesto, para que fuese su íntimo amigo, había citado al Vizconde. El otroamigo predilecto, cuya vida, mejorada por ella, quería seguir endulzandohasta que llegase a su fin e iluminándola con luz hechicera, era elseñor de Figueredo.

Terminadas todas estas revelaciones y apasionados discreteos, Rafaelatocó la campanilla, vino Madame Duval y sirvió el té con bizcochos,pastas y tostadas, y ya con excelente crema de las vacas que había en la chácara de Petrópolis.

El Vizconde tuvo que irse después por donde había venido, con elcontento de que se hubiese reanudado y estrechado tan dulce amistad, ycon la melancolía de que fuese ya otra su forma, harto más sutil,depurada y etérea que en lo antiguo.

-XXIII-

Nada, durante los dos o tres meses que se siguieron pudo notar lapersona más lince ni propalar la más maldiciente, que en la conducta deRafaela contradijese los propósitos expresados por ella en su coloquiocon el Vizconde. Se diría, por el contrario, que ella se extremaba enrealizarlos.

Sus mimos, sus cuidados hacia D. Joaquín eran incesantes.Entonces aún no había ferrocarril hasta Petrópolis. D. Joaquín, quehabía envejecido, aunque gustaba de ir allí, se fatigaba mucho y Rafaelase opuso a que fuese. Si iba alguna vez, Rafaela le acompañaba ycompartía con él la fatiga. Jamás se quejaba ya de jaqueca, ni enviabaal campo a D. Joaquín cuando estaba jaquecosa. Casi siempre, sinjaqueca, y aun cuando por acaso la padeciese, se complacía en tener a D.Joaquín a su lado. Y al mismo tiempo no se mostraba ni triste ni másseria que en lo pasado; su buen humor y su alegría eran como siempre.Sus concurridas tertulias se hicieron diarias y sin interrupción. Nadiehubiera podido declarar con fundamento que la partida de Juan Mauryhabía modificado el ser de Rafaela.

Su amistad hacia el Vizconde siguió tan fina y tan estrecha como en elcoloquio, pero sin que el coloquio se repitiese. Ella seguía hablandocon el Vizconde, si bien delante de todos y sin dar que sospechar. Suconversación amistosa la consolaba y la deleitaba.

No tardó Rafaela en perder también este consuelo y este deleite.

El Vizconde tuvo que irse a Berlín a ocupar otro puesto diplomático.

Sufrió Rafaela con calma la nueva contrariedad, y aún siguió, durantealgunas semanas, el mismo género de vida.

De repente, y sin que nadie pudiera atribuirlo a otra causa que a unaenfermedad, Rafaela dejó de recibir, se retiró y se aisló. Nadie la veíani en visitas, ni en paseos, ni en teatros.

Este eclipse, aunque largo, terminó al fin, cuando pasaron otros cuatroo cinco meses.

Rafaela reapareció entonces, lozana, bella y refulgente como un astro, yvolvió a ser, durante más de un año, el delicioso centro de laselegancias de Río.

Quien enfermó después fue el pobre D. Joaquín. D. Joaquín enfermó muy deveras y de la última enfermedad, que fue larga y penosa. En ella leatendió, le veló y le cuidó Rafaela como la más santa, más fiel, másdevota y más apasionada de las mujeres. Hubo tal sinceridad, abnegacióny fervor en ella, que hasta las personas más incrédulas y mal pensadasla miraron como modelo de cariñosas enfermeras. D. Joaquín exhaló en lahermosa cara de ella el último suspiro, y ella con la dulzura de sumirada mitigó el terror que infunde el ángel de la muerte, y en laherida con que mata derramó el bálsamo de sus lágrimas.

Rafaela, por bondad y por orgullo, era generosa y desprendida. Enaquella ocasión lo fue de suerte que dejó maravillados a todos losbrasileños. Pudo disponer y dispuso de la última voluntad de D. Joaquíncomo de la suya propia. Todo D. Joaquín era suyo.

Ella, no obstante, en vez de quedarse con el inmenso caudal de D.Joaquín, se enorgulleció y hasta cierto punto se consoló con repartirleen legados a todos los parientes pobres de él, que eran muchos, y avarios establecimientos de beneficencia del imperio. A casi todos losesclavos, en recompensa de sus servicios, les concedió libertad. Sóloguardó consigo, aunque también beneficiados por el testamento de D.Joaquín, a Madame Duval, a dos doncellas, y a tres negros de los másfieles, hechos también libertos.

La gente profana decía, entre admiración y broma, que jamás había habidoen el mundo aventurera más rumbosa, ni más bizarra y espléndida mujergalante.

Claro está que la esplendidez de Rafaela no llegó hasta el necio extremode quedar ella a pedir limosna o en estrechez tal que la obligase avivir muy en desacuerdo con la magnificencia de que, durante años, habíagozado. Rafaela conservó para sí una pequeña parte, en fondosextranjeros, del gran capital de su difunto marido; conservó lo bastantepara que le produjese de setenta a ochenta mil francos de renta, con losque decidió irse de Río y venir a vivir en Europa.

Así lo hizo, a los pocos meses de viuda.

De los posteriores sucesos de su vida, por espacio de mucho tiempo, nitenemos noticias circunstanciadas ni nos convendría darlas aquí aunquelas tuviésemos.

Sólo veinte años después por medio del Vizconde de Goivoformoso, hevuelto yo a saber de Rafaela, reanudándose su historia en lo másesencial con lo que contaré en adelante.

-XXIV-

Entre no echar de menos a una persona y olvidarla por completo hayuna enorme distancia. Si el Vizconde de Goivoformoso hubiera seguidosiempre en Río de Janeiro, todo en torno de él, no sólo le hubierarecordado a Rafaela, si no le hubiera hecho desear su presencia ylamentar la falta de su trato y de su vista. Pero el Vizconde anduvoperegrinando por muy diversos y distantes países, viendo objetos nuevos,penetrando en el seno de muy diversas sociedades, hablando y oyendohablar lenguas distintas y corriendo no pocas y variadas aventuras.Estuvo en Constantinopla, en Roma, en San Petersburgo, en Berlín y enViena; y, aunque la nación a quien servía, así por su posicióngeográfica, como por la decadencia a que ha venido, no se mezclabaactivamente en los grandes sucesos, él, por afición natural y tambiénpor su oficio, tuvo que enterarse circunstanciadamente de todos ymirarlos con interés. Ocurrieron casos extraordinarios que no pudieronmenos de cautivar su atención poderosamente. Acabaron muchas dinastías,se hundieron muchos tronos; Italia logró al fin su unidad, en baldedeseada durante trece o catorce siglos; se deshizo la confederacióngermánica; Austria perdió la hegemonía; Prusia, vencedora, se puso alfrente de casi todos los pueblos germánicos; y por último, en tremendalucha con Francia, Prusia la venció y la desmembró, apoderándose dealgunas de sus hermosas ciudades y de parte de su fértil territorio yobligándola, desde su misma capital, de que se había apoderado, a pagarsuma enormísima por su rescate.

La vida del Vizconde, que permaneció soltero, fue, a su modo, y aunquepor estilo apacible, no menos rica de acontecimientos que la del mundo.No faltaron en ella lances de honor y fortuna que no nos incumbe relataraquí. Baste saber que, durante veinte años, sobre pocos más o menos,pues no creo que importe mucho una gran exactitud cronológica, elVizconde no volvió a ver en parte alguna a Rafaela, y ésta, si biensiguió presente en su memoria, fue como imagen aérea y algo confusa,velada como entre nubes de vagos recuerdos y de agradables antiguasemociones.

En los primeros días del año 1873, el Vizconde de Goivoformoso vino aParís a pasar una larga temporada.

Vencida Francia, despojada de ricas provincias, desquiciado el primerimperio entre anárquicas convulsiones, y cruelmente multada ella,todavía se repuso o más bien no tuvo necesidad de reponerse, porque nodecayó, permaneciendo robusta y firme en medio de tantos males yconservando su poder y su riqueza gracias a la constancia y a la energíade sus hijos. La fertilidad de su suelo y más aún el talento de los queen él nacen y viven para todas las artes que hermosean, hechizan oconsuelan la vida humana, su industria y su comercio, su fecundahabilidad para producir objetos de lujo y de regalo y su virtudeconómica para crear riqueza y para conservarla, todo esto concurrió aque Francia siguiese siendo, si no la primera en poderío material, lamás querida, la más admirada, la más respetada, y fuera de Inglaterra,la más rica nación de Europa. Francia siguió dando la moda, enseñando laelegancia y siendo escuela y centro de toda cortesía. La más brillanteantorcha de la moderna cultura se diría que siguió ardiendo en París yque desde allí iluminaba al mundo y atraía amorosamente a las almas.Sabios, poetas, dramaturgos y novelistas hay, sin duda, en otrasnaciones, pero los que más se leen, se celebran y se admiran en todasson los franceses. Apenas hay doctrina flamante, buena o mala, nifilosofía, ni sistema político, social o religioso, ni corriente quearrebate y lleve por nuevo camino las creaciones de la literatura y delarte que no nazca en Francia o que desde Francia no sea difundida ydivulgada por todo el mundo. El francés sigue siendo, por donde quiera,la lengua diplomática y el idioma universal de los refinados y de losilustrados. Las gentes de otros países de Europa, y más aún las deAmérica, si tienen medios para ello, acuden a París, como las mariposasacuden a la luz, cegadas por su brillo. Allí creen las mujeres que,sobre las prendas que en el suelo natal debieron a la naturaleza, van aadquirir otras prendas artísticas y en cierto modo sobrenaturales, conlas cuales, cuando vuelvan a su tierra, pasmarán a sus compatriotas,matando de amor a los hombres y de envidia a las mujeres. Los mancebos,que van allí desde apartadas regiones, imaginan que van a probaralambicadísimos deleites, ignorados y apenas columbrados en sueños enlos lugares de donde vienen, y que van a trocar su primitiva rudeza entan raro y gentil atildamiento que parecerán otros, y que, al salir delbaño de París, resplandecerán como seres punto menos que divinos; y loshombres inclinados a las ciencias, a las letras o a las artes, entiendenque en París van a dar a su educación los últimos y más delicados toquesy van a hacerse dignos y capaces de la gloria, difundiéndola desde allí,si es que la consiguen, con mayor facilidad y prontitud que desde sumisma patria o desde cualquier otro punto del planeta.

No es de extrañar, en atención a lo expuesto, que los aspirantes a high-life, en todos sentidos, vayan en peregrinación a París como vana la Meca los musulmanes. Las mujeres van a comprarse dijes, afeites ymudas, a vestirse con Worth y a aprender a saludar, a andar y moversecon suprema distinción y según el último estilo; los seres humanos deambos sexos, que presumen de discreción, van allí a adquirir desenfado ysoltura fina y a ejercitarse en lo que llaman la causerie, o dígase encierto linaje de amenísima y sutilísima charla, que, según afirman losfranceses, y casi todos los que no son franceses creen, sólo en Franciay en francés es posible; y los jóvenes, por último, que sienten arder ensu cabeza, ora el volcán de la inspiración poética o artística, ora elfuego sagrado y creador de las especulaciones filosóficas o de lasciencias experimentales, van a París a iniciarse en ellas, a inspirarse,a saturarse bien de civilización, ya frecuentando la Sorbona, yaasistiendo a los teatros, ya paseándose por los boulevards, yaconversando con las heteras, como Sócrates, Alcibíades y Periclesconversaban con Aspasia.

Claro está que estos peregrinos de la cultura procuran visitar y tratara los ídolos a quienes mayor devoción consagran. Para el que se preciaen su país de hidalgo y linajudo, ¿qué mayor triunfo que introducirse enalgunas casas y en el seno de algunas ilustres familias del FaubourgSaint Germain? Para el novicio o recluta de la sabiduría, ¿qué honramás superfina y disparatada que la de ser presentado y bien recibido,por ejemplo, en el año 1873 a que nos referimos, por el sabio ErnestoRenan o por el espiritualista Caro, almibarado filósofo y maestro defilosofía para las damas? ¿Y qué mayor encanto en el mismo año de 1873que el de hablar con Víctor Hugo o con Flaubert que aún vivían? Si elque era presentado a ellos componía versos, pongamos por caso, impresoso manuscritos podía llevárselos al ídolo, el cual tal vez tenía ladignación de aparentar que los leía y que los entendía, aunque no losleyese ni los entendiese. Y

si por dicha llegaba a celebrarlos conolímpica benevolencia, el poeta peregrino se llenaba de entusiasmo, defe y de aliento para atreverse a mayores cosas y ser en su tierratrasunto, arrendajo, o copia en menor escala, guardando siempre laproporción debida, de aquel a modo de numen tutelar de que habíaacertado a proveerse. Pero, ¿qué mucho si hasta menos altas facultades yvirtudes, cuando están en potencia, se actúan, se acicalan, se templan,se bruñen y se aguzan en París como la espada en la oficina del armero?

En París, no sólo el entendimiento, la imaginación y la sensibilidad, nosólo los sentidos estéticos, o sea la vista y el oído, sino también losotros tres sentidos, se educan y se perfeccionan.

El olfato se adiestra para atinar con los perfumes distinguidos y parano confundirlos con los que sahúman o aromatizan a la gente ordinaria;el tacto adquiere perspicacia asombrosa para reconocer y disfrutar losuave, aterciopelado, tibio y madoroso; y el paladar, por último, dejade estar embotado por los groseros guisotes patrios, se limpia y sedespeja y llega a penetrarse de cuantos deliciosos sabores dan a susguisos los más inspirados cocineros del mundo.

De lo exterior y somero de todas estas cosas goza el peregrino que llegaa París con dinero bastante; mas para entrar bien en París, paranaturalizarse allí de veras, y no en los bajos y obscuros círculos, sinoen los más eminentes y luminosos, el dinero no basta. Se necesita ademássaber muy bien la lengua, poseer notables prendas de entendimiento o decarácter, tener alguna habilidad rara que pueda manifestarse fácilmente,estar dotado de cierta desenvoltura y atrevimiento, y sobre todo, caeren gracia, lo cual suele depender, más que del mérito, de la suerte. Siesta elevada naturalización no se consigue, el que va a París no goza enParís sino de lo que se paga; se queda aislado o desnivelado, sin llegara vencer la prevención, si a veces algo justificada, siempre fatua, deque él es un ser retrasado en la marcha ascendente de la humanidad hacialas regiones de la luz: un individuo de una casta o nacionalidadinferior, y un bárbaro en suma. Verdad es, que siempre que un felizmortal, viniendo de tierras extrañas, logra vencer la prevenciónsusodicha, su triunfo es completísimo, su propia calidad de exótico leda mayor precio, y los más encumbrados parisienses le ponen sobre elpedestal en que ellos mismos están o se creen colocados. Así sucedió,por ejemplo, con el célebre Enrique Heine, y así sucedía en el año a quenos referimos con el famoso novelista ruso Ivan Turgueneff.

Harto difícil y muy raro es el mencionado triunfo; de suerte que lamayoría de los extranjeros que van a París, sobre todo si sonportugueses, españoles o hispano-americanos, a fin de gozar en París dealgo más que de aquello que se paga, forman sociedad aparte, y son comouna colonia, y están como en un teatro, cuyas magníficas decoracionesson la gran ciudad de las orillas del Sena, pero entre cuyos personajesapenas hay un francés de cierta importancia, a no ser alguno que porcuriosidad cruce el escenario de pasada y tome parte en la acción sinpremeditarlo y casualmente.

Claro está que el Vizconde de Goivoformoso, aunque sólo fuera por suposición diplomática, podía aspirar a más honda penetración en París y atrato más íntimo con las varias aristocracias indígenas; pero, comorecién llegado, empezó por visitar y frecuentar los círculoshispano-americano, español, portugués y brasileño.

La acaudalada señora de Pinto, rica propietaria de Bahía de Todos losSantos, que hacía cuatro años vivía en París con gran lujo, no bien seinformó de la llegada del Vizconde, a quien había conocido en Río, leescribió un billetito, convidándole a los tés musicales y a vecesdanzantes que tenía todos los viernes, y donde la mayor de sus hijas,que eran dos, y ambas bonitas, mostraba su habilidad y hechizaba con suvoz melodiosa, cantando alternativamente, ya las modinhas de su país,ya las canciones más sentimentales y melancólicas de Alemania, Italia yFrancia.

El Vizconde de Goivoformoso aceptó gustosísimo aquella amableinvitación, y casi puede decirse que la primera tertulia a que asistió,después de su llegada, fue a un té en casa de la mencionada damabrasileña.

-XXV-

Vivía la señora de Pinto en una de las mejores calles que cortanperpendicularmente la calle de la Universidad: en la parte menosbulliciosa de las dos en que la ciudad está dividida por el Sena.

Lacasa de la dama brasileña era nueva y tenía hermoso aspecto. La señorade Pinto habitaba en un piso principal, cómodo y espacioso.

Ella tenía buen gusto y había amueblado su estancia, valiéndose de losmejores tapiceros, con muebles elegantes y hasta lujosos, pero sinrelumbrón alguno. Nadie hubiera podido criticar sus salones por lochillón y lo dorado de los adornos, pero hubiera habido en ellos algo detrivial y sin carácter propio, si la mencionada dama, o por reflexión opor instinto, no hubiera acudido a ponerles un sello de originalidadperegrina, un tinte marcado de distinción semi-aristocrática,semi-americana. Había en la antesala tapices y reposteros, donde seveían bordados los complicadísimos escudos de la gloriosa e históricafamilia de los Pintos; y en el centro, frente a la puerta de entrada,resplandecía, en gran cuadro al óleo, al parecer antiguo, la reverendaimagen de Fernán-Méndez, tan célebre por sus estupendas peregrinaciones,y uno de los más brillantes antepasados de que aquella familia sejactaba. Y como si fueran reliquias de los mil curiosos objetos queFernán-Méndez Pinto hubo sin duda de traer cuando volvió a Europa, seadmiraban en aquella antesala broqueles, armaduras, lanzas y sableschinos, japoneses e indostaníes, combinado todo en las panoplias conflechas y cuchillos de pedernal de los tupinambas, de los tupíes y deotras tribus guerreras del imperio brasílico. En dos salas contiguasapenas había nada de exótico, pero sí muchos primorcitos y antiguallasde porcelana, bronce y plata, estatuetas, esmaltes y vasos colocados enrinconeras, anaqueles y repisas, o ya sobre los mismos muebles, yacustodiados en vitrinas de prolija talla y gracioso dibujo. El salónde baile era de la más sencilla elegancia, estilo Luis XVI; sin másadornos que grandes espejos. Los marcos y demás ornamentación, aljabas,palomitas, lazos y flores, todo de madera charolada o más bien esmaltadade blanco con filetes azules. En los ricos aparadores del comedor y ensus armarios de roble esculpido, había mucha plata labrada, y en lasparedes se veía suspendida multitud de platos de diversas épocas yprocedencias, muestras escogidas del arte cerámica.

La señora de Pinto, por último, había echado el resto en su boudoir ymarcádole más hondamente con el sello de su originalidad brasileña.Allí, sobre un fondo de muebles cómodos y bonitos, de lo más perfecto yrefinado que en París se construye, había en urnas de cristal lindospajaritos disecados, mariposas e insectos de vivísimos colores; pájarosvivos en doradas jaulas, y lozanas plantas de entre trópicos criadas eninvernáculo con atinado esmero.

Todas estas preciosidades y otras muchas que aquí no se ponen para queno parezca inventario este escrito, no evitaban que los maldicientes,los descontentadizos y los muy preciados de pertenecer a la flor y natade la high-life o de la smart-set, calificasen de interlopes y de rastaquouères, tanto la escena que acabamos de presentar, como laspersonas que en ella aparecían.

Contribuían no poco a que se formase este mal juicio las dos señoritasde la casa, cuyo prurito de señalarse entre las demás mujeres y dellamar la atención era harto extremado. No se contentaban con serelegantes y con andar bien vestidas como las mujeres parisienses, sinoque gustaban de añadir a las galas europeas, rasgos y perfiles delremoto país en que habían nacido y de otras apartadas regiones.

La noche de la tertulia a que asistió por primera vez el Vizconde deGoivoformoso, la mayor de las señoritas de Pinto, que se llamaba Julia,tenía un collar de brillantes coleópteros, cuyos élitros, heridos por laluz de lámparas y bujías, lanzaban deslumbradores y tornasoladosreflejos; y la segunda, que se llamaba Flora, llevaba zarcillos y collarde uñas de tigre, muy lustrosas y acicaladas, engarzadas en oro. Atadoademás de sutilísima cadenilla, pendiente de un brazalete, llevaba estaseñorita, para colmo de distinción caprichosa y rara, un magníficoescarabajo vivo, que se le paseaba por el brazo, el talle y la desnudagarganta y cuyo refulgente color verde oscuro le hacía parecer animadaesmeralda.

La mamá nada tenía de extraño en su tocado y vestido. En sus modales, sipor algo pecaba, era por sobra de naturalidad y franqueza. La señora dePinto, con relación a los remilgos afectados y a las ceremonias deParís, era por demás llanota y campechana. Como ya frisaba en sesentaaños, aunque se conservaba muy bien, no tenía para qué reportarse, ni sereportaba y refrenaba en sus manifestaciones de cariño; de modo querecibió al Vizconde materialmente con los brazos abiertos. Sus salonesestaban ya llenos de gente, pero no impidió esto que el Vizconde fuesepor ella abrazado y casi besado. Ella decía que era como una hermanaque, después de largos años de ausencia, vuelve a ver a su hermano; peroél entendía que la suposición hubiera estado mejor hecha figurando ellacomo madre y él como hijo. La verdad era, que si bien el Vizconde teníamás de cincuenta años, estaba tan bien, que parecía un muchacho, un buenmozo, atildado, gallardo y fino.

-XXVI-

Creyendo la señora de Pinto cumplir con un deber y deseosa ademásde presentar al Vizconde a los más notables personajes de su tertulia,se apoyo en su brazo y recorrió con él los salones. La concurrencia eraverdaderamente cosmopolita, y, al parecer, de lo más selecto yencopetado.

Verdad es que la señora de Pinto no nombraba sino a laspersonas que más notables le parecían, y sólo a las archinotablespresentaba al Vizconde. Había allí cuatro príncipes rusos y dos o tresgriegos, varios marqueses italianos, un miembro del Parlamento inglés,un célebre poeta rumano, algunos señores polacos y seis o siete condesde Alemania y de Austria, todos hof-fähig, o dígase capaces de asistiren la corte, con dieciséis cuarteles cabales, y sin el menor menoscaboni deterioro en ninguno de ellos. Las esposas, hijas o hermanas de todoaquel señorío masculino daban a los salones gracia, hermosura ylucimiento.

Había allí también literatos franceses, aunque de quinto o sexto orden,o de aquellos cuya celebridad y gloria estaban aún en ciernes o encapullo, sin acabar de florecer y de abrirse a la clara luz del día;periodistas de varios partidos y media docena de banqueros o aprendicesde banqueros, unos israelitas y otros católicos.

No se habla aquí de los españoles, portugueses y americanos, porqueestos eran muchos y formaban la gran mayoría de tan híbrida asamblea.

Entre los varios sujetos a quienes la señora de Pinto presentó alVizconde, ninguno llamó más su atención, atrajo más su curiosidad ni leinspiró mayor simpatía que un caballero gascón, llamado el Barón deCastel-Bourdac. Sin ver en ello el menor rasgo de caricatura, y sinponer ironía en el tono o en el giro de la frase, podíase afirmar deeste Barón, tanto a primera vista, como después de hablarle y tratarle,que en su porte, en sus modales, en su conversación y en su traza, eratodo un gentil hombre: un caballero muy distinguido. Algo había en él deridículo, pero estaba tan hondo y bien disimulado, que era menesterpenetrar mucho para que se descubriese.

Tenía él cerca de setenta años,pero no estaba ni muy grueso ni muy flaco, era ágil y esbelto, no sepintaba la cara ni se teñía la barba ni el pelo, cuya limpia blancuradespedía resplandor argentino. Su traje, sin nada que se contrapusiese ala ancianidad de la persona, era sencillo y elegante. Nada de dijes.Sólo botoncillos de nácar cerraban la bien planchada pechera. El lazo dela corbata blanca estaba improvisado sin artificio. El chaleco eranegro.

Pasaba el Barón por persona de conversación amenísima. Sus chistes eranrepentinos, frescos y no recalentados ni preparados en casa. Todo elmundo sabía que era pobre, y él distaba infinito de ocultarlo, aunquenunca se lamentaba de su pobreza. No adulaba a nadie, pero no hablabamal de nadie tampoco. Estaba lleno de ingénita benignidad y de naturalindulgencia. Era gracioso y hacía reír con sus ocurrencias, sin poderloremediar: de la manera más espontánea, sin chocarrerías ni bufonadas, ysin que ni remotamente se descubriera en él el propósito de ganarse poraquel mérito las voluntades y de adquirir reputación y valimiento.

Lo más censurable que en él había, estaba fundado en el consorcioestrecho, en la combinación fecunda de su imaginación y de su memoria.Se diría que recordaba cuanto inventaba y que inventaba cuantorecordaba. Siempre que contaba algo, lo soñado y lo vivido eran como sifuesen idénticos, apareciendo él de resultas, no embustero, sino poeta.Pero en sus cuentos, ora fuesen ficción, ora historia verdadera, nadahabía nunca en perjuicio del prójimo, y a veces había mucho de verdad,aunque exagerada y bordada. Las telas de su cerebro eran como mapaconfuso, donde estaban muy borrosos los límites entre lo real y loideal, lo fantástico y lo positivo.

De todos modos, era innegable y notorio que el Barón había poseídobastantes bienes de fortuna que en su mocedad había disipado; que hacíatreinta o cuarenta años había figurado como joven muy gallardo einteresante, conquistador de no pocos corazones femeninos, y que por sunacimiento y familia bien se podía jactar de ser muy ilustre. Élponderaba y encarecía sus perdidas riquezas, sus antiguas conquistas, loglorioso de su cuna y su clarísima prosapia. Sin duda, él elevaba todoesto a la cuarta o a la quinta potencia, pero tenía por raíz exacta laverdad, y nadie lo desconocía.

Puestos ya en comunicación el Barón y el Vizconde, la señora de Pintodijo a éste:

—Ahora voy a dar a usted una muy agradable sorpresa; voy a llevarle a lapresencia de la que por su beldad, discreción y elegancia, es reina deestos salones y lo sería de cualesquiera otros en que se hallase.

—¿Y por qué ha de ser eso una sorpresa?—preguntó el Vizconde.

—Es una sorpresa—replicó la señora de Pinto—, porque la dama de quehablo es una antigua, íntima y constante amiga de usted, a quien tieneusted muy olvidada.

Y sin más explicaciones, llevó al Vizconde al boudoir, donde no habíanentrado aún.

Cercada allí de seis o siete caballeros y en muy animada conversación,había una dama, en cuyo traje y adornos nada se notaba de llamativo nide extraordinario, pero en quien todo sujeto inteligente y perito encosas del gran mundo hubiera notado en seguida valer superior a cuantoen torno tenía. Hubiera podido imaginarse que era un ser de más fina ynoble naturaleza, como caído de las nubes, en medio de aquella sociedadde distinción más aparente que real.

La dama llevaba un traje de seda negra. En su blanca garganta lucía unmagnífico collar de gruesas y redondas perlas. Y perlas adornabantambién sus negrísimos cabellos. Su edad, nadie hubiera acertado adeterminarla. Parecía no tener edad, como las diosas o como lasinmortales obras del arte. En sus expresivos y negros ojos ardía lallama de perdurable primavera y en sus mejillas tersas, sin el menorafeite, florecían las rosas de juventud sana, inmarcesible y sintérmino. Grande era la serena majestad que se notaba en sus movimientosy en los gestos y expresión de su cara, aunque hablaba y reía con lamayor animación, naturalidad y desenfado, no dejando traslucir, ni porun leve instante, el afán de excitar la admiración y de obtener elencomio.

Ella parecía como olvidada de sí misma, deleitándose en hablarsin oírse y sin pensar en el efecto que su figura corporal, su voz y supalabra producirían.

Inmenso fue el asombro del Vizconde cuando reconoció en aquella dama asu excelente amiga Rafaela la generosa, bellísima como en el Retiro deCamoens, elegantísima y no menos bella que en Río de Janeiro, peroperfeccionada, refinada y elevada a un grado supremo de cultura, graciasa los muchos años que en la sabia escuela de París había cursado. Sivale y cabe la comparación, Rafaela se asemejaba, en lo vivo y en lonatural, a la obra maestra de un arte exquisito que con el tiempo gana yse mejora: a pasmosa e inspirada pintura, a la que presta suavidadapacible y aterciopelado realce la pátina del tiempo.

No bien la Sra. de Pinto presentó o mejor diremos representó alVizconde a la Sra. de Figueredo, ésta le recibió con efusión vivísima ycon la alegría franca y cordial de quien vuelve a ver, después de cercade veinte años de ausencia, a un bueno y cariñoso amigo.

No tuvo, sin embargo, Rafaela, a quien pronto dejaron sola con elVizconde los que antes la rodeaban, ni una sola palabra de queja por elolvido y por la indiferencia que al parecer él había tenido para conella.

Rafaela pasó con rapidez deslizándose sobre toda la serie de años queella y el Vizconde habían estado sin verse.

Habló con él como habló Fray Luis de León con sus discípulos después desalir de la cárcel.

Rafaela dijo también: decíamos ayer; esto es,habló con el Vizconde como si reanudase con él la conversación de lavíspera. Si algo se aludió al tiempo pasado, fue para afirmar él, conadmiración y con insistencia, que ese tiempo no había pasado por ellasino para mejorarla, o que al menos, durante todo ese tiempo, ella habíaestado como las encantadas princesas de los cuentos de hadas, sin que eltiempo, al pasar, las toque con sus alas, ni las ofenda, ni las huelle.El tiempo las deja en el mismo ser que tienen, ya que al empezar elencantamiento y al ponerse en ellas no les preste algo de sobrenatural ydivino. Con la obligada y casi indispensable modestia, que en ocasionestales se usa, Rafaela trató de probar que había envejecido; pero alcabo, tal vez porque no lo creía, o tal vez para evitar enojosasdiscusiones, convino en que estaba tan bien o mejor que nunca. Después,ella y el Vizconde charlaron muy largo rato y ambos volvieron a sentirsetan amigos como veinte años antes en Río de Janeiro, y como cerca detreinta años antes en Lisboa.

-XXVII-

Muy lisonjeado estaba el Vizconde al notar el contento y lasatisfacción que al volver a verle y al hablar con él sentía la señorade Figueredo; pero el Vizconde no era presumido ni fatuo, sino razonabley juicioso. Como todos los que lo son, receló que, si abusaba de laventaja de reanudar aquellas relaciones amistosas después de tantotiempo, prolongando mucho el coloquio, no era difícil que en el alma deRafaela se desbaratase o se disipase el hechizo de la novedad y que elgusto se convirtiese en enfado. Quien tiene en rico vaso un licorexquisito, no le apura de un sorbo, sino que le contempla, le paladea ypoco a poco le va bebiendo. En suma, el Vizconde no quiso apurar hastalas heces el deleite de hablar aquella noche con Rafaela, exponiéndose acansarla y a hartarla con la mera conversación, aburriendo, marchitandoy hasta secando, en el alma de ella, el deseo que tal vez pudiera nacerde que la conversación dejase de ser término y llegase a ser medio ycamino para mayores y más dulces intimidades. Rafaela, en verdad, hacíainvoluntariamente que las deseara el Vizconde, porque estaba más guapa ymás interesante que nunca.

Hechas en lo interior de su espíritu todas estas consideraciones yforjando mil propósitos vagos, el Vizconde, después de preguntar aRafaela las señas de su casa, insinuó la pretensión de no ir sólo adejarle tarjeta, sino de hallar a Rafaela y de ser recibido.

Rafaela le contestó que ella vivía más desordenadamente que nunca; quepara recibir a sus amigos no había fijado ni día ni hora; pero que a él,por excepción, le recibiría cuando a ella le fuese posible y él fuese averla.

Todo esto, por virtud de un arte o de un instinto que suelen tener lasmujeres, quedó indeciso y como flotando en el aire, sin que el Vizconde,que no quería tampoco tocar por lo insistente en pesado, lograseconseguir una cita, sin calificarla de cita: una cita implícita,disimulada y vergonzante, que era lo que él ansiaba.

Algo le contuvo también cierta ligera sonrisa burlona, que imaginó dos otres veces ver pasar como un relámpago sobre el rostro de Rafaela, lacual harto bien sabía él que nunca había gustado de disimulos y rodeos,sino de prometer, conceder o negar, por estilo franco, sin el menorrebozo en la promesa. El Vizconde, además, no osaba pedir nada y nadapedía. ¿Con qué título, con qué motivo, había de pedir algo? ¿Era afectorenaciente, era liviano capricho, qué era lo que en aquel momentoagitaba su corazón? Él mismo lo ignoraba. Sólo notaba, en el fondo de sualma, repentinos anhelos de deleite y una resucitada admiración, másvehemente que nunca, hacia aquella extraña mujer que sobre la lozana yalegre condición natural de la moza de Lisboa y sobre la graciosapomposidad de la señora hacendada de entretrópicos, había logrado ponertodos los perfiles, realces y filigranas de la parisiense más curtida ydocta en el arte de los amores. El Vizconde, al menos, imaginaba todoesto, aunque nosotros no podamos asegurar que era real y exacto lo queimaginaba. Lo cierto es, que, en aquella noche, habló de todo conRafaela: de teatros, de música, de libros recién publicados, de políticay hasta de filosofía, pero no se atrevió o no halló ocasión oportunapara decirle, de sopetón y muy por lo serio, que de nuevo la amaba.

Selimitó, pues, a echarle piropos, si bien con sobriedad, por miedo dehacerla reír, o lo que es peor, de fastidiarla. Así llegó la hora en queRafaela tenía costumbre de retirarse. El Barón de Castell-Bourdac, sureconocido cavaliere servente, vino en su busca, le dio el brazo, y sefue con ella, sin duda en el mismo coche, acompañándola hasta su casa,antes de retirarse a la suya.

-XXVIII-

Al día siguiente el Vizconde fue a visitar a Rafaela, que vivíaen el primer piso de una magnífica casa, no lejos del Arco de laEstrella, en calle y barrio nuevos y elegantes. Rafaela no estaba encasa o no recibía. El Vizconde volvió casi de diario, pero siempre enbalde.

Así transcurrió, no sin grande impaciencia del Vizconde, una semanaentera, y llegó otro viernes, día en que la señora de Pinto tenía sutertulia.

El Vizconde acudió tan temprano, que sólo encontró a la señora yseñoritas de la casa y a tres o cuatro amigos íntimos que habían estadoa comer con ellas. Tuvo, pues, ocasión de ir pasando revista, segúnentraban, a todas las personas que fueron a la tertulia aquella noche.

Rafaela no aparecía y el Vizconde casi había perdido la esperanza de queapareciese, cuando al fin la anunció en voz alta un criado, diciendodesde la antesala:

—La señora de Figueredo y el Barón de Castell-Bourdac.

Se diría que el Barón era el indispensable complemento de Rafaela.

El Vizconde la saludó al entrar y cruzó con ella algunas palabras; peroacertó a contenerse durante más de una hora, para que ella se cansase decharlar con sus admiradores y amigos y de recibir adoraciones, y espióla ocasión propicia en que ella estaba menos rodeada, a fin de osearfácilmente a los interlocutores enojosos y poder hablar con ella sin quenadie interviniese en la conversación ni le molestase.

Harto difícil era esto, pero al cabo lo consiguió. Creyó notar además,con íntima alegría, que para conseguirlo, si el amor propio no lealucinaba, Rafaela había puesto mucho de su parte, haciendo quedesmayase la conversación, no dando cuerda a los que hablaban con ella ydisimulando poco su fastidio.

En suma, el Vizconde pudo hablar con Rafaela en medio de aquel bullicio,como si estuviesen ambos a solas.

Aunque pequemos de entrometidos, acerquémonos al sofá del boudoir enque ambos están sentados y oigamos algo de lo que dicen. Sin duda habíanhablado ya de muchas cosas, cuando Rafaela prosiguió diciendo:

—Ahora soy independiente y libre como el aire. Alguna compensación ha detener lo melancólico de mi aislamiento. Ni el deber, ni la gratitud, niel amor me enlazan hoy, por manera singular, fuerte y exclusiva, conningún ser humano. Esta paz y este sosiego de que gozo fomentan miegoísmo, y cada día se acrecienta más mi temor de perder ese sosiego yesa paz que me son tan gratos y tan caros en medio de la agitación y deltumulto de esta ciudad populosa.

¿Por qué pretende usted privarme de mitranquilidad y despertar mi corazón que se reposa y está como dormido?Desecharé la modestia y convendré con usted en que el tiempo no ha hechoestragos en mi ser corporal.

—Está usted más hermosa, más interesante, más lozana quenunca,—interrumpió el Vizconde.

—Sea así,—replicó ella—. Muy lisonjeada me siento de que usted lo crea ymuy inclinada a creer y muy satisfecha de creer que usted no se engaña;pero si el cuerpo permanece como si hubiera vivido encantado o como sino hubiera vivido, el alma mía ha envejecido de una manera horrible. Seme figura que mi alma vive, piensa, padece y ama desde hace miles deaños. Mi alma está fatigadísima. Déjela usted que se repose. No me lainquiete. Seamos buenos amigos, mejores amigos que nunca; pero nada más.

—Hoy menos que nunca puedo yo resignarme a no ser más que buen amigo deusted. Esa necesidad de reposo que usted me dice que siente me parecefingida. Cuando el cuerpo, que es mortal, está brioso y floreciente¿cómo quiere usted que crea yo que el alma está fatigada? A vecessospecho que tiene usted otros amores. Comprendo entonces que usted nome ame; pero si no tiene usted otros amores, ámeme a mí y sean estos losúltimos amores de usted y míos. Busca usted el reposo, pero el reposo nose halla en la negación del amor. El reposo y la dicha no están en queel alma ame sin objeto, o en que combata para vencer un amor naciente, oen que muerto en ella el amor de todo lo visible y asequible, se forjepara satisfacción de su amor siempre vivo un objeto ideal, que jamás serealiza en la tierra. Mi alma también se siente como la de usted tristey fatigada; mas por eso mismo, y conociendo que la soledad no disiparíasu tristeza ni aliviaría su fatiga, quiere el dulce apoyo de unacompañera, no para lanzarse con ella en busca de violentas emociones,sino para hallar en ella la paz que le falta y el bien y el regalo quesólo pueden calmar la sed que siente de inefables venturas.

—Muy sutil y poético está usted esta noche—dijo Rafaela sonriendo—. Y lopeor es que está usted muy razonador y dialéctico; y vamos, empiezo atener miedo de que usted me convenza.

Para huir del peligro me decido aponer término a este coloquio. Déme usted el brazo.

Rafaela se levantó del sofá, tomó el brazo del Vizconde, recorrió lassalas y fue saludando y hablando a multitud de personas.

El Vizconde, a pesar de tantos saludos y conversaciones diversas, nodejaba de insistir en su pretensión. De vez en cuando, en losintermedios, esto es, siempre que Rafaela dejaba de hablar a una personapara ir a hablar con otra, el Vizconde, con palabras rápidas, dichascasi al oído de ella, le rogaba que le amase. Ella parecía no oír o noentender y no le daba respuesta.

Llegó por último la hora de partir, sin que Rafaela cediese, sin que almenos diese esperanza.

Vio Rafaela al Barón de Castell-Bourdac y le encargó que fuese a buscarsu abrigo. Se despidió luego de la Sra. de Pinto, y, siempre del brazodel Vizconde, se dirigió a la antesala.

Aquella noche había en la tertulia mucha gente, y el Barón tardóbastante en volver con el abrigo, a pesar de lo habilidoso que era paratales menesteres. Las súplicas del Vizconde fueron entonces másfervorosas y reiteradas. Rafaela se quedó un momento pensativa y comovacilante.

Al fin dijo al Vizconde en voz muy baja:

—Sea; usted lo quiere y el diablo lo quiere también.

—¿Y cuándo?—dijo con ansia el Vizconde.

—Dentro de doce días, el 20 de este mes—contestó ella—, hasta entoncesni nos hablaremos ni nos veremos.

—¿Y por qué tan largo plazo?—exclamó él.

—Porque quiero—dijo ella—imitar con usted lo que hizo Ninon de Lencloscon el abate Gedoyn.

—¿Y qué hizo Ninon con el abate?

—Aguardó para hacerle dichoso y le hizo dichoso el día de su cumpleaños.Trazas tiene de fábula, pero afirman las historias que Ninon cumplióochenta aquel día. Mucho disto yo de ser tan anciana, pero el 20 de estemes cumpliré los cincuenta. Quiero que al terminar el primer medio siglode mi vida, la cual no sé si tema o espere yo que dure todo un siglo,empiecen mis más serios, constantes y últimos amores. No me engañeusted, Vizconde; ¿quiere usted como yo que estos últimos amores nuestrossean serios y constantes?

—No me basta con desear que sean para toda la vida; quiero que seaninmortales.

—Pues a fin de entrar solemnemente, y como en nueva era, en lainmortalidad de esos amores, vaya usted a mi casa el 20, a las cinco dela tarde. Estaré sola.

En esto volvía ya el Barón de Castell-Bourdac, muy diligente yapresurado, con el abrigo de Rafaela. Trató de disculpar su tardanza,puso el abrigo a la dama, le dio el brazo, bajó con ella la escalera ysin duda la acompañó en coche a su casa.

El Vizconde apenas se dignó reparar en esta intimidad de Rafaela y delBarón, a quien había calificado de tan simpático como inofensivo.

Refrenando con dificultad su impaciencia, el Vizconde sintió pasar losdías con lentitud hasta que llegó el 20 al cabo.

Aún no habían dado las diez de la mañana, cuando le trajeron un gruesopliego cerrado y sellado. Rompió el sobre y halló dentro un preciosolibrito, encuadernado con buen gusto y esmero en cuero de Rusia, al cualestaban asidos tres No me olvides y un trébol de cuatro hojas, en oroesmaltado. Un broche de oro, esmaltado también, cerraba el librito.Separadamente había un papel, donde el Vizconde leyó estas palabras:

—Antes de que vengas a verme y antes de que tu alma llegue a unirse enestrecho lazo con la mía, quiero que la conozcas bien y que penetres enlos abismos que en ella hay.

Hasta el día en que te fuiste de Río, nadie mejor que tú conoce mi vida.Después han sobrevenido en ella sucesos que profundamente la modifican.Ni para confiarlos, ni para decir las penas y los sentimientos que estossucesos han causado en mi alma, he encontrado un amigo a propósito hastaque hará cerca de veinte días te encontré en casa de la señora de Pinto.Mi alegría fue grande al verte de nuevo. No pensé aún en que por amoriba a volver a ser tuya, pero pensé en nuestra antigua amistad y mepropuse renovarla, estrecharla y hacerla ya más constante y sininterrupciones. Pensé también confiarme en ti y desahogar mi corazóndiciéndote todos mis disgustos y mis dolores todos. Con este intento,sin orden, según las ideas y los recuerdos acudían a mi mente, me puse aescribirlos con precipitación en el libro que te remito adjunto.Escritos están ya, léelos y queda así apercibido para que no tesorprenda lo más extraordinario ni lo más raro.

Lleno el Vizconde de curiosa ansiedad, después de leer esta advertencia,abrió el libro, le leyó y vio que decía de esta suerte:

Confidencias

Mucho de lo que voy a escribir ha de parecerte singular y raro, peroapenas hay en ello otra rareza que la sinceridad con que yo lo digo.Como poseedora de un maravilloso instrumento óptico, escudriñaré cuantose oculta en los más hondos senos de mi alma y te lo contaré todo.

Locontaré en resumen para no cansarte ni cansarme.

No quiero ponderar aquí la devoción, la dulzura y el incesante desvelocon que cuidé de mi D.

Joaquín durante su larga enfermedad hasta el díade su muerte. Piadosamente cerré sus ojos, y no por carencia de dolor,sino por vigor y constancia de ánimo, quise y pude amortajarle.

Te aseguro que lamenté y lloré mi viudez con no menor abundancia delágrimas que las que vertería la más fiel y enamorada de las esposas aquien se le muriese, en la flor de la juventud, su idolatrado y gentilmarido. No se afligió más que yo Artemisa con la muerte de Mausolo, niVictoria Colonna con la del Marqués de Pescara, ni la propia Venus conla de Adonis. Y esto se explica muy bien. Las mencionadas señorasperdían algo de muy querido, perdían su encanto, sus delicias, pero, alcabo, no perdían nada que fuese como el propio ser de ellas mismas. Yosí que le perdía, porque mi D. Joaquín, tal como le había yotransformado y mejorado, era primorosa producción y criatura de miingenio. Para afligirse como yo hubiera sido menester que, con losrespectivos amados, perdiesen la Colonna sus canciones y sonetos,Artemisa su famoso y monumental sepulcro, y Venus el cinto donde estánen germen sus virtudes y milagros.

El espíritu no es extenso, y por consiguiente no tiene lados, pero yo mele represento con lados para comprenderle mejor. Así es, que, cuandomiraba yo mi espíritu por el lado de mi profundo dolor de viuda, veíalúgubre y tristísima noche; pero, al mismo tiempo, por el ladocontrario, empezaba a clarear, como cuando por el Oriente nace el alba,y hasta pensaba oír yo el leve susurro del viento matutino y allá máslejos el melodioso canto de los pájaros. Será contradictorio, pero nadamás natural que las contradicciones. Había dado yo cima al cumplimientode un penoso deber y podía reposarme: había acabado la obligación quecontraje y había acabado también, aunque dorada y fácil, la servidumbreen que yo había vivido. Me sentía de nuevo en plena libertad y esto mealegraba. El susurro del viento, el canto melodioso de los pájaros y laluz de la aurora, eran la vida del porvenir que venía a consolarme, adesvanecer mi tristeza y a convidarme a nuevos goces.

Yo me hallaba, además, satisfecha y hasta engreída de mi conducta, locual basta y sobra para aliviar y calmar todo dolor por grande que sea.Pude lícita y honradamente ser millonaria y no quise. Con pasmosagenerosidad repartí entre parientes, amigos y paisanos los cuantiososbienes de mi marido. Sólo guardé para mí, relativamente, una pequeñísimaparte: menos, mucho menos de lo ganado durante la sociedad conyugal:mucho menos de lo que por derecho me pertenecía.

Mi estupendagenerosidad tenía pasmados a todos los brasileños. No había quien no mecelebrase y aplaudiese. Buena ocasión me pareció esta para responder alaplauso con un finísimo saludo de despedida y buscar otros horizontes,otras escenas y otras gentes, según correspondía a la vida nueva que ibaa empezar para mí.

En efecto, no bien embarqué en Río, levó anclas el barco de vapor yempezó a andar, dejando un surco de espuma, si por una parte la vista dela ciudad y de la fértil y risueña costa que iba desvaneciéndose, y elrecuerdo de las personas queridas, hicieron brotar de mis ojos algunaslágrimas, por otra parte sentí que se me ensanchaba el pecho, que surgíapara mí como una nueva juventud, y hasta imaginé que el frescovientecillo que corría, húmedo y salado, agitaba mis recuerdos tristes,como si fuesen las hojas secas de un árbol, y los arrojaba en el surcoque la nave iba formando, a fin de que en el árbol, libre de aquel pesoenojoso, brotasen con premura nuevas hojas y nuevas flores.

En resolución (¿y para qué te lo he de negar?), antes de salir de labahía de Río de Janeiro me sentí y me reconocí yo, en el centro de miser, como la viuda más sentimental y llorosa, y más regocijada y alegreal mismo tiempo, que sin dificultad puede concebirse, pero que con grandificultad suele confesarse.

La navegación, que duró dieciocho días, no pudo ser más próspera. Nosdetuvimos y desembarcamos en Bahía de Todos los Santos, antigua capitaldel Imperio, y en la hermosa ciudad de Pernambuco. Al abandonar luegolas costas de América, tal vez para siempre, sentí nueva aunque dulcemelancolía. Era al ponerse el sol entre nubes de carmín y de oro. Elcielo despejado parecía sobre nuestras cabezas y todo alrededor bóvedade zafiro limpio y claro. Y la risueña costa iba alejándose, esfumándoseen el aire, y, por último, sepultando sus cocoteros, sus palmas y todala pomposa lozanía de sus ricos campos y de su perenne verdura en áureopiélago de líquidos rubíes, que tal era el aspecto del mar al sepultarsetambién el sol en el ocaso.

Durante ocho días no vimos después sino mar y cielo. En mal sitioaportamos al antiguo mundo. Aportamos a la fea y desolada isla de SanVicente de Cabo Verde. Fuimos luego a Tenerife y, como quien saluda a supatria después de larga ausencia, saludé desde lejos el majestuoso picode Teide. En Tenerife no pudimos desembarcar por precaución sanitaria.Ni desembarcamos tampoco, aunque nos detuvimos en Funchal un día entero.Cuando de allí nos alejamos, toda la hermosa isla de Madera, con sumontaña cubierta hasta la cima de pomposos árboles, me parecía rico ygracioso canastillo de flores, que los Genios del mar sacaban al aireclaro, al más diáfano ambiente, desde el fresco seno de las azulesondas.

En fin, para que no te rías y para que no pienses que pretendo lucir miestilo poético, te diré que llegué a Lisboa.

Durante la navegación, sin embargo, tuve una aventura harto notable. Ycomo este escrito tiene trazas de confesión general, no me parece bienque se quede en el tintero, y voy a contártelo aquí aunque me exponga atu reprobación y a tu censura.

Venían muchos pasajeros a bordo, pero tan vulgares todos que no merecenque yo te los describa aquí, ni aunque quisiera podría describirlosporque los he olvidado por completo. Sólo había uno que excitó micuriosidad y me inspiró interés y simpatía. Extraño personaje de los queno se usan ni se ven con frecuencia en el mundo. Aunque iba aseado yvestido a la europea, yo me lo representé, no bien supe su nombre y suorigen, como si fuera el propio Adán que acababa de ser echado porsegunda vez del Paraíso. Y no era quien le echaba un querubín con espadade fuego, sino su tío el doctor López.

Para no tenerte más largo tiempo suspenso te diré sin más preámbulos queel tal personaje se llamaba Pepito Domínguez, joven paraguayo, queacababa de cumplir dieciocho abriles, y a quien el mencionado doctor,Presidente de la República, enviaba de Secretario de la Legación ubicuaque ya tenía en todas las capitales de Europa y de la que su hijo, elsegundo doctor López, era jefe.

Sabido es que, imitando a su antecesor el doctor Francia, como éstehabía imitado a su vez a los padres jesuitas, el doctor López habíatenido a toda la población del Paraguay separada del mundo y apartadadel trato humano a fin de que conservase su dichosa y primitivainocencia. Y

llegó a tal punto el aislamiento, que se cuenta que unsabio francés, llamado Bonpland, que entró por allí a herborizar, fuedetenido por fuerza y tuvo que residir en el Paraguay muchos años.

Envirtud de este modo de gobierno, dicen que los paraguayos fueronfelices, y como su tierra es hermosa y fértil, imaginaron vivir en elparaíso, con celestial candor y envidiable ignorancia de las cosasterrenales. Poco a poco se fue relajando aquella clausura en que vivíatoda la nación. El doctor López consintió en que fuesen a su capitalvarios Cónsules extranjeros. Y el más ladino de todos, que era el yankee, hizo allí papel semejante al de la serpiente en el primitivoParaíso, induciendo a la mujer del doctor López, y por medio de ella almismo doctor, a quebrantar la clausura y a ponerse al habla y enrelación con el resto del humano linaje. Así lo decretó el doctor López,y de resultas y como corolario de su decreto, envió a su hijo con cartascredenciales para todos los Soberanos de Europa, proponiéndose celebrarcon ellos sendos tratados de paz, alianza, navegación y comercio. Y nocontento el doctor López con esta novedad, resolvió a los seis mesesenviar cerca de su hijo, para secretario de la Legación, a su yanombrado sobrino Pepito Domínguez.

Acertado fue el nombramiento. Ni los más maldicientes hubieran podidocalificarle de acto de nepotismo. El flamante secretario podría muy bienfigurar en Europa como exquisita muestra de lo mejor que produce elcruzamiento de las razas. La sangre guaraní corría por sus venasmezclada con la sangre española. Y esta mezcla o combinación habíatenido un resultado excelente. El mozo era por su traza un andalucitomuy agraciado, si bien con un no sé qué de peregrino, que borraba de sufisonomía, de su ademán y de sus movimientos toda huella de vulgaridad,dándole distinción y atrayendo hacia él las miradas curiosas de cuantossujetos gustan de lo que no se tiene a todo pasto ni se encuentra alrevolver de una esquina.

Pepito Domínguez parecía, además, naturalmente listo: dotado de rápida yclara comprensión y muy expedito para todo. Las esperanzas del doctorLópez no eran infundadas. El Cónsul yankee le había hecho comprender ocreer que, por culpa de aquella clausura y de aquella incomunicación enque los paraguayos habían vivido, todos ellos se habían quedado, salvola moral y el dogma de Cristo, que conocían aunque de un modo burdo, eninmenso atraso con relación a lo restante de la humanidad; y que todocuanto esta había descubierto, inventado, experimentado, fabricado yaveriguado durante ocho mil o nueve mil años, era para los paraguayosasunto desconocido, arcano tenebroso, libro de siete sellos.—Menester esilustrarse, pensaba ya el doctor López: menester es alcanzar con rapidezla civilización de Europa; dar un brinco audaz y saltar de este solobrinco los nueve mil años que de la civilización nos separan. Y

nadiemás a propósito que Pepito Domínguez para tan arriesgada empresa. Elmuchacho es tan ágil que, en un santiamén, en menos que se persigna uncura loco, va a enterarse de cuanto ocurre por esos mundos, y va aaprender a escape y sin la menor fatiga todo lo substancial de lo que afuerza de seculares cavilaciones han llegado nuestros prójimos a poneren claro.

Esto o algo por el estilo había pensado el doctor López, y con estamisión, a más de la misión diplomática, enviaba a Europa a PepitoDomínguez. Su inteligencia era, sin duda, tabla rasa, pero tablabruñida, tersa y maravillosamente adecuada para que los conceptos segrabasen en ella con prontitud, se ordenasen allí sin confusión ydistintamente y persistiesen luego como indelebles signos, sin borrarseni alterarse nunca. La vanidad y el afecto de tío movían al doctor Lópeza pensar así de su sobrino D. Pepito. Y lo que es él no tenía menosfavorable opinión de sí propio; pero el candor y la ignorancia hacíanamable y chistoso su presumido atrevimiento. La petulancia infantil deD. Pepito era encantadora.

Yo, que hablé con él desde el primer día que ambos estuvimos juntos ynos vimos a bordo, hallaba en la susodicha petulancia irresistiblehechizo.

De sobra conoces tú, mi querido Vizconde, la propensión didáctica que hetenido siempre.

Aquel chico que tan confiada y valerosamente se proponíaaprender y saber como por ensalmo, que aspiraba a poner la atrevida manoen el árbol de la ciencia, coger su fruto, que había tardado noventasiglos en madurar, estrujarle en la pujante prensa de su entendimiento,alambicar el zumo y bebérsele luego de un trago sin temor de embriaguezni de trastorno, te confieso que me divirtió mucho y que despertó yestimuló en mí la antigua manía didáctica que siempre he tenido.¿Porqué, me decía yo, no he de hacer con este muchacho el papel deMinerva o de Sabiduría personificada? ¿No podía yo darle a beber enmágico cáliz la sublimada quinta esencia de todo lo sabido hasta ahora?

Difícil de vencer era mi tentación. El mal disimulado asombro con que D.Pepito me miraba hacía mi tentación más fuerte. D. Pepito veía en mí elsobrenatural y más complicado producto de esa civilización de noventasiglos de que él quería apoderarse. Yo era para él como resumen ycompendio de todas las ciencias, artes e industrias. Algo comoenciclopedia viva. Entendió D.

Pepito que si llegaba a entenderme y asaberme a mí, todo lo entendería y lo sabría. Y persuadido de esto, élme lo explicaba a su manera, y yo me sentía muy lisonjeada cuando él melo explicaba.

Sus explicaciones eran por lo común en castellano, pero devez en cuando se empeñaba él en dármelas en guaraní. Yo no comprendíapalabra, y él, entonces, quería enseñarme su lengua, asegurándome quepara tratar de no pocos asuntos y sobre todo para el amor era mil vecesmás expresiva y eficaz que el habla de Castilla. Para complacerle lesolía yo pedir que me dijese algo en guaraní y hasta que me enseñase acontestarle. Él entonces me decía:

Nde cuñá porá. Che-r-ayhub-i, esto es: tú eres mujer bonita. Ámame.

Adiestrada luego por él en la pronunciación, casi me obligaba a decir yyo decía riendo:

Nde-hayhú, o sea: te amo.

Él en seguida se ponía contentísimo, me miraba con unos ojos muy dulcesy con un mirar muy intenso y fijo, y aseguraba que toda su ventura secifraba en ser mi o-hayhú-bae, o, como si dijéramos, mi amante. Conesto me reía yo mucho más: me reía como una loca: y, para excitarle máspor la contradicción, añadía:

—Hijo mío, todo eso está muy bien: tus vocablos guaraníes son musicalesy sonoros, pero yo no veo por dónde han de ser más expresivos ni máseficaces que los correspondientes vocablos castellanos.

D. Pepito entonces procuraba realzar y fortificar la eficacia de susvocablos; y en su entusiasmo filológico, sin maliciosa premeditación,apelaba a la mímica.

—Modérese usted, tenía yo que decirle, y advierta que con ese auxilio nohay idioma que no sea tan eficaz y expresivo como el guaraní. Con eseauxilio hasta sin hablar se expresa cualquiera con primor, claridad yeficacia. Lo malo está en que yo no acepto ese lenguaje auxiliar, ymenos aún en esta ocasión y en este sitio.

Estábamos sentados sobre cubierta y rodeados de multitud de pasajeros.Anhelaba yo mostrarme severa y grave, pero apenas me lo consentía larisa que me retozaba en el cuerpo, porque D. Pepito ponía una caracómicamente triste, y que por cierto no me parecía mal. En fin, yovencía los estorbos que a mi severidad se oponían, me mostraba entonaday digna y conseguía que el joven se arredrase y estuviese respetuoso.

Reportado ya y muy compungido, suspiraba él y decía en guaraní:

Che rací-hayhub-guasú.

—¿Qué significa ese a modo de gruñido que usted exhala?—le preguntabayo.

Y él me contestaba con tono lastimero:

—Pues significa: estoy enfermo de amor grande. De la voluntad de usteddepende que yo me muera o me cure.

Muy extremoso me parecía el dilema que don Pepito me ponía. Algo, noobstante, podía tener de cierto. Siempre fui compasiva y el tal dilemame atribulaba. Calamitoso hubiera sido que don Pepito se hubiera muertoen vez de volver al Paraguay, al cabo de dos o tres años, con todo loesencial de la civilización, puesto en cifra y bien estampado en elmeollo.

Pasaban días, el barco iba adelantando, y, si no recuerdo mal, estábamosya cerca de las Islas Canarias.

Bueno es que advierta yo aquí, para que mi erudición no te sorprenda,que mi prurito de enseñar ha estimulado mucho mi prurito de estudiar yde saber, desde que en el Retiro de Camoens nos conocimos y tratamosíntimamente. No te maraville, pues, que yo me muestre en algunasocasiones algo erudita.

A D. Pepito, que quería enseñarme el guaraní ¿cómo no había yo en pagode enseñarle un poco de lo que sabía?

De aquí que, cuando él no me hablaba de su amor, y a menudo paradistraerle e impedir que me hablase, solía yo darle lecciones y contarlehistorias. Estas, por antiguas y sabidas que fuesen, siempre eran nuevaspara él. ¿Qué mayor deleite para mí que esta ignorancia suya, queprestaba a cuanto yo le decía el aliciente de lo inaudito y la magia delo no sabido, ni siquiera soñado?

No puedes figurarte cuánto me complací yo refiriendo y cuánto se deleitóD. Pepito oyéndome referir, a vista de las Canarias, todo lo queaconteció a Rinaldo en los jardines de Armida y el regalo, la eleganciay el cariño con que en ellos le recibió y le agasajó aquella voluptuosamaga.

Con tales pláticas no es de maravillar que cada día fuese yo cobrandomás afición a D. Pepito.

Pero no fue esto lo más escabroso ni lo más ocasionado a deslices. Lopeor fue que allá en mis adentros discurrí yo de esta suerte, cuandoíbamos llegando ya a la isla de Madera:

—Las historias que yo cuento y las doctrinas que expongo a D. Pepito sondesatados fragmentos, hojas rotas arrancadas de un libro sin orden y sinmétodo, carecen de conjunto, no tienen unidad, ni principio, ni fin, niobjeto. Al pobre muchacho, en vez de servirle de algo cuanto yo le digo,va a armarle en la cabeza una confusa maraña, un enredo, un caosinextricable.

¿No sería más natural y más conveniente ser su maestra porestilo sintético? Ariadna, que no poseía plano del Laberinto, no seempeñó en manifestar a Teseo sus reconditeces y revueltas, con lo cualle hubiera calentado el cerebro sin la menor ventaja, sino que le dio elhilo para que se guiase por él y saliese airoso de aquella aventura,diciéndole probablemente: Dios te la depare buena. Y yo he leído, norecuerdo bien en qué libro tan docto como ameno, que el joven Anacarsis,el cual era escita, o como si dijéramos un paraguayo de las edadesclásicas, cuando quiso iniciarse en los misterios de Ceres eleusina,acudió a una sacerdotisa tan avisada como discreta, de las que dependíandel hierofante principal, y esta sacerdotisa se guardó muy bien deperder su tiempo tratando de comunicarle punto por punto las ocultasdoctrinas de los iniciados, sino sencillamente le abrió de par en par lapuerta del camino que iba al santuario y le dio la antorcha luminosa yardiente que hasta él había de conducirle. Estas parábolas o símbolos sepresentaban a mi mente y me tenían obsesa, vacilante, casi rendida.

Ya te he dicho que D. Pepito era guapo. Y por la mañana, cuando antesdel almuerzo, estando yo sobre cubierta, le veía venir hacia mí, se meocurría, ya que era el joven Teseo que acudía a pedirme el hilo, ya queera el joven Anacarsis que requería la antorcha para penetrar en lasprofundidades y descubrir los misterios.

La verdad sea dicha: mi alma anhelaba entonces prestarle la antorcha ydarle el hilo.

Y este anhelo subía de punto al notar yo o al imaginar que notaba que D.Pepito estaba pálido y triste. Y yo me ponía triste también, pero nopálida, sino encendida como la grana, y sintiendo traidora compasión ysuave quebranto. Llegaba él luego cerca de mí, se sentaba a mi lado, yaproximando su boca a mi oído, decía en voz bajita, dulce y suplicante:

Che rací-hayhub-guasú, o sea estoy enfermo de amor grande.

Al cabo, me faltaron las fuerzas para defenderme. Cité a D. Pepito, enel obscuro silencio de la noche, y él vino a mí y yo le di el remedioque apetecía.

Aquello fue para él una revelación, antes ni en sueños presentida. Elpasmo, el embeleso, la sorpresa inefable y beatífica que todo, todo,todo le causaba, inundaron mi alma de satisfacción y de orgullo. Yo fuimil y mil veces más dichosa de su dicha que de la mía. Se me figuró quele abría con llave de oro las puertas del Edén; que amasaba yo entre mismanos el árbol de la ciencia y el árbol de la vida y sacaba de ambos unfiltro poderoso, que, vertido sobre el corazón de aquel muchacho, lemagnificaba y ensalzaba, y que vertido sobre su cabeza llenaba su mentede alegría y de una luz riquísima penetrando todos los arcanos.

Al siguiente día llegamos al puerto de Lisboa, término de mi viaje. D.Pepito continuó el suyo hasta Inglaterra. Gran ventura fue ésta para mí.No hubo tiempo para desengaño, cansancio ni hastío.

Dejé el barco de vapor y salté en tierra, como quien sale a escape delteatro, donde ha visto una féerie, un precioso baile de hadas, antesde que se disipe la ilusión escénica y no se vean sino los oropeles, laruda maquinaria, los telones y bambalinas y los comparsas y figurantesuntados de colorete, que la han promovido.

Entonces me afligió separarme de D. Pepito. Más tarde, he pensado aveces, ¿estuvo en la realidad toda aquella poesía o brotó de mi alma,exuberante a la sazón de represada y viciosa lozanía, y de ocios yensueños de mi por largo tiempo no empleada ternura?

No lo supe ni lo sé. Me place seguir dudando. Y a fin de que no terminela duda, he procurado no informarme jamás ni saber el paradero del jovenparaguayo, como si hubiera sido un ser peregrino que estuvo algunosinstantes en nuestro planeta, y en seguida se desvaneció para siempre.

Quise detenerme y me detuve en Lisboa, porque yo tenía saudades deLisboa. Aunque tan otra de la que me fui, ansiaba ver a los antiguosamigos, y singularmente al que me proporcionó recursos para ir al Brasily me dio las cartas de recomendación para Figueredo, que causaron elcambio de mi fortuna.

Los más de estos antiguos amigos se me mostraron muy amables. Conalgunos estuve yo amabilísima.

Todo, no obstante, había variado con el transcurso del tiempo, a pesarde la lentitud y reposo con que en Portugal todo camina.

Los regocijados janotas que habían formado mi sociedad, se hallabanconvertidos en personajes muy serios. Unos eran Pares, diputados otros,y no faltaban entre ellos altos funcionarios y hasta Ministros cesanteso militantes. Los más eran padres de familia, con señora encopetada ycon prole.

Ni ellos ni yo queríamos, debíamos ni podíamos volver a la vida pasada,salvo el hacer resurgir del seno de lo que fue, y por evocación mágica,una fugaz apariencia que, no bien se dejaba columbrar, mostrabamarchitas y ajadas las lindas galas que en el recuerdo había conservado.Se asemejaba a brillante mariposa custodiada muchos años bajo un fanal,y que se deshace y convierte en ceniza, no bien se levanta el fanal yuna ligera ráfaga de viento toca en ella y la mueve.

No podía yo tampoco, en Lisboa menos que en parte alguna, porque enLisboa era muy conocida, intentar, sin peligro de desdenes y desofiones, penetrar en lo que se llama la buena sociedad y hacer bien elpapel de la señora viuda de Figueredo.

La melancolía se apoderó de mi espíritu. Para distraerla, siguiendo misaficiones didácticas, me entretuve en hacer cerca de Madame Duval elpapel de cicerone. Madame Duval seguía a mi servicio y jamás sehabía detenido en las orillas del Tajo. Yo gocé inocentemente en hacerlever y admirar todas sus bellezas; las espléndidas vistas que desde laPatriarcal quemada se admiran; la plaza del Rocío y las anchas callesparalelas que después del terremoto hizo construir Pombal; el espléndidoTerreiro do Pazo; la soberbia anchura con que frente de él se dilata elTajo, como para recibir todas las escuadras del mundo; el risueño caminoque va por su orilla derecha, llena de quintas, palacios y graciososjardines, hasta la desembocadura, cerca de Pazo de Arcos; y sobre todo,el admirable templo de Belén, con sus esbeltos y aéreos pilares,exquisita muestra de la original arquitectura manuelina y dignomonumento de la más noble hazaña de los portugueses, cuando, en edadespara nosotros más dichosas, competimos en descubrir y recorrer el mundoy en dilatar por mares y por tierras remotas o ignoradas la civilizaciónde Europa y la fe de Cristo.

Mi papel de cicerone me agradaba y divertía. Hice, pues, algunaspequeñas excursiones con Madame Duval. La llevé a Cintra, a Colares, aCascaes y a Mafra.

En Cintra, aun viniendo como veníamos del Brasil, nos extasiamoscontemplando la fertilidad y hermosura de aquellas montañas, con susbosques floridos de magnolias y de camelias. El castillo reedificado porel rey D. Fernando, o, mejor dicho, creado por él con estupendainspiración artística, me pareció más encantador que nunca, y procuré,aunque lo conseguí sólo a medias, infundir en el alma de Madame Duvaluna admiración igual a la mía.

Ella prefería a todo, recordándolos conentusiasmo, los jardines de Mabille y la Closerie des Lilas, dondehabía bailado el cancán en sus verdes años, muy por lo alto, y siendoa veces frenéticamente aplaudida.

Nunca pude fijar la cronología de estos triunfos de Madame Duval, ysaber a punto fijo si los alcanzó de soltera, o ya de casada, mientrassu marido combatía en Argel, o si le valieron como consuelo y desahogodespués de viuda. En fin, Madame Duval gustó también de Cintra, aunqueno tanto como yo y como Lord Byron.

Es inexplicable el sentimiento que llaman patriotismo. Sábete, Vizconde,si ya no lo sabes, que mi madre se llamaba la Pascuala, celebradísimacomo única en el cante gitano y en bailar el vito.

Siendo yo muy niñatodavía, me dejó huérfana y menesterosa. Bien sabe el diablo cómodespués me he criado y he crecido. Nada debo a España. No recuerdo haberdejado por allí una sola deuda de gratitud. ¿Qué me va ni qué me vienecon la decadencia o con la prosperidad de esa patria, donde sólo tuve debalde, o sea sin ganarlo yo, el aire que respiré, y obscuridad ydesprecio? Y sin embargo no acierto a ponderarte lo muy patriota quesoy. No lo son más las Duquesas y las Princesas que en Madrid viven y aquienes tantos respetan y adulan.

Digo todo esto, porque en Lisboa se recrudeció mi patriotismo. ¡Qué granCapital para nuestra gran nación, señora de dos mundos, hubiera sidoaquella ciudad espléndida y hermosa, si D.

Felipe el Prudente hubierasido D. Felipe el Previsor y hubiera tenido más elevadas miras!

Pero ya basta. No nos engolfemos en cosas que no son ahora del caso. Apesar de todos sus esplendores, Lisboa se me caía encima. A las dossemanas de estar allí, abandoné a Lisboa.

Viajaba yo con no pequeño acompañamiento. Además de la Duval, que era ysigue siendo mi dama de compañía, estaba conmigo y está aún mi mucamba, o sea mi primera doncella, mulata muy ágil, llamadaPetronila, que me peina con primor y buen gusto, que cose y borda ytiene otras mil habilidades; una segunda doncella, dos fieles criadosnegros, y por último, la mujer que cuidaba y alimentaba a mi tesoro.

Aquí conviene que te imponga yo de algo, en extremo importante para mí,y que tal vez ignores.

Mi alma ha sentido no pocas veces inclinación amistosa, compasión,aprecio y cariño a los seres humanos; pero lo desaforado y suelto de losprimeros años de mi vida ha impedido acaso que llegue yo a amar a unsolo hombre con aquel amor exclusivo, persistente y celoso, con quedeben amar y aman las mujeres honestas criadas con recato. He tenidomuchos amoríos y casi no me atrevo a decir que he tenido amor. Una vezsola en mi vida me parece que entreví, que columbré a lo lejos lacelestial aparición del verdadero amor, que benigno me sonreía y queansiaba penetrar en mi alma, llenarla de su divina beatitud ypurificarla e iluminarla.

Fue esto cuando tuve relaciones con Juan Maury. Tú estabas en Río ydebes acordarte de todo.

Contra Juan Maury no tengo yo la menor queja. Era un cumplido caballero.Me quiso todo lo que podía quererme. Me respetó todo lo que podíarespetarme. Me atendió, me obsequió, me consideró como atiende, obsequiay considera el galán más delicado a la más noble dama. Pero hubiera sidoabsurdo que hubiese tratado yo de inspirar a Juan Maury más hondossentimientos y más apasionado afecto que los de la amistad y lagalantería. Yo misma tuve miedo de sentir hacia él verdadero amor.