Genio y Figura by Juan Valera - HTML preview

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Genio y figura

Por

Juan Valera

Librería de Fernando Fé

Madrid

1897

Capítulos:

-I-,-II-,-III-,-IV-,-V-,-VI-,-VII-,-VIII-,-IX-,-X-,-XI-,-XII-,-XIII-,-XIV-,-XV-,-XVI-,-XVII-,-

XVIII-,-XIX-,-XX-,-XXI-,-XXII-,-XXIII-,-XXIV-,-XXV-,-XXVI-,-XXVII-,-XXVIII-

,Confidencias,Conclusión.

Medio de fonte leporum

Surgit amari aliquid, quod in ipsis floribus augat.

(Lucretii. De nat. rer. libr. IV).

-I-

En tres distintas y muy apartadas épocas de mi vida, peregrinando yopor diversos países de Europa y América, o residiendo en las capitales,he tratado al vizconde de Goivo-Formoso, diplomático portugués, conquien he tenido amistad afectuosa y

constante. En

nuestrasconversaciones, cuando estábamos en el mismo punto, y por cartas, cuandoestábamos en punto distinto, discutíamos no poco, sosteniendo las másopuestas opiniones, lo cual, lejos de desatar los lazos de nuestraamistad, contribuía a estrecharlos, porque siempre teníamos quédecirnos, y nuestras conversaciones y disputas nos parecían animadas yamenas.

Firme creyente yo en el libre albedrío, aseguraba que todo ser humano,ya por naturaleza, ya por gracia, que Dios le concede si de ella se hacemerecedor, puede vencer las más perversas inclinaciones, domar elcarácter más avieso y no incurrir ni en falta ni en pecado. El Vizconde,por el contrario, lo explicaba todo por el determinismo; aseguraba quetoda persona era como Dios o el diablo la había hecho, y que no habíapoder en su alma para modificar su carácter y para que las acciones desu vida no fuesen sin excepción efecto lógico e inevitable de esecarácter mismo.

Los ejemplos, en mi sentir, nada prueban. De ningún caso particularpueden inferirse reglas generales. Por esto creo yo que siempre es falsao es vana cualquier moraleja que de una novela, de un cuento o de unahistoria se saca.

Mi amigo quería sacarla de los sucesos de la vida de cierta dama queambos hemos conocido y tratado con alguna intimidad, y quería probar sutesis y la verdad trascendente del refrán que dice: genio y figura,hasta la sepultura.

Yo no quiero probar nada, y menos aún dejarme convencer; pero la vida,el carácter y los varios lances, acciones y pasiones de la persona quemi amigo ponía como muestra son tan curiosos y singulares, que meinspiran el deseo de relatarlos aquí, contándolos como quien cuenta uncuento.

Voy, pues, a ver si los relato, y si consigo, no adoctrinar ni enseñarnada, sino divertir algunos momentos o interesar a quien me lea.

-II-

Hace ya muchos años, el vizconde y yo, jóvenes entonces ambos,vivíamos en la hermosa ciudad de Río de Janeiro, capital del Brasil, dela que estábamos encantados y se nos antojaba un paraíso, a pesar deciertos inconvenientes, faltas y aun sobras.

La fiebre amarilla, recién establecida en aquellas regiones, solíaensañarse con los forasteros.

Las baratas, que así llaman allí a ciertas asquerosas cucarachas conalas, nos daban muchísimo asco, sobre todo en los instantes que precedena la lluvia, porque dichos animalitos buscan refugio en lashabitaciones, las invaden, cuajan el aire formando espesas nubes, seposan en los muebles, en las manos y en las caras y esparcen un olorempalagoso y algo nauseabundo.

Otros inconvenientes y sobras había también por allí, aunque no hablo deellos por no pecar de prolijo. Pero en cambio, ¡cuánta hermosura ycuánta magnificencia! El Bósforo de Tracia, el risueño golfo de Nápolesy la dilatada extensión del Tajo frente de Lisboa, son mezquinos, feos ypobres, comparados con la gran bahía de Río sembrada de islasfertilísimas siempre floridas y verdes, y cuyos árboles llegan y seinclinan hasta el mar y bañan los frondosos ramos en las ondas azules.Los bosques de naranjos y de limoneros, con fruto y con flor a la vez,embalsaman el aire. Los pintados pajarillos, las mariposas y laslibélulas de resplandecientes colores esmaltan y alegran el ambientediáfano. Por la noche, el cielo parece más hondo que en Europa, no negrosino azul, y todo él lleno de estrellas más luminosas y grandes que lasque se ven en nuestro hemisferio.

Confieso que es lástima que la vista de todo aquello no despierte ennuestra alma recuerdos históricos muy ricos de poesía, y que lasmontañas que circundan la bahía tengan nombres tan vulgares. No es allí,por ejemplo, como en Nápoles y en sus alrededores, donde cada piedra,cada escollo y cada gruta tiene su leyenda y evoca las sombras de uno ode muchos personajes históricos o míticos: Ulises, las Sirenas, Eneas,la Sibila de Cumas, los héroes de Roma, los sabios de la magna Grecia,Aníbal olvidándose de sus triunfos en las delicias de Capua, Alfonso deAragón el Magnánimo haciendo renacer y florecer la antigua clásicacultura, todo esto acude a la mente del que vive en Nápoles y hasta sepone en consonancia con los nombres sonoros y nobles que conservan lossitios: el Posilipo, el Vómero, Capri, Ischia, Sorrento, el Vesubio,Capua, Pestum, Cumas, Amalfi y Salerno.

En cambio, los nombres de los alrededores de Río no pueden ser másvulgares ni más vacíos de todo poético significado: la Sierra de losÓrganos, el Corcobado, el Pan de Azúcar, Botafogo, las Larangeiras y laTejuca.

La falta, no obstante, de sonoridad y nobleza en los nombres, y de altosrecuerdos históricos en los sitios, está más que compensada por laespléndida pompa y por la gala inmarcesible que la fértil naturalezadespliega allí y difunde por todos lados.

Nuestro mayor recreo campestre era ir a caballo a la Tejuca, con lafresca, casi al anochecer.

Pasábamos la noche en una buena fonda queallí había, donde nunca faltaba gente alegre que jugaba a los naipes ycenaba ya tarde. También se solía bailar cuando había mujeres.

Aquel sitio era delicioso. El fresco y abundante caudal de aguacristalina que traía un riachuelo se lanzaba desde la altura de unoscuantos metros y formaba una cascada espumosa y resonante.

Por todaspartes había gran espesura de siempre verdes árboles; palmas, cocoteros,mangueras y enormes matas de bambúes. Innumerable multitud deluciérnagas o cocuyos volaban y bullían por donde quiera, durante lanoche, e iluminaban con sus fugaces y fantásticos resplandores hasta lomás esquivo y umbrío de las enramadas.

De las frecuentes expediciones a la Tejuca, ya volvíamos a altas horasde la noche, formando alegre cabalgata, ya volvíamos al rayar el alba.

No se crea con todo, que las expediciones a la Tejuca eran el mayorencanto que Río tenía para nosotros. Había otro encanto mucho mayor, lacasa de la Sra. de Figueredo, centro brillantísimo de la high lifefluminense.

La Sra. de Figueredo tendría entonces de veinticinco a treinta años: erauna de las mujeres más hermosas, elegantes y amables que he conocido. Sumarido, ya muy viejo, era quizá el más rico capitalista de todo elBrasil. Prendado de su mujer, gustaba de que luciese, y lejos deescatimar, prodigaba el dinero que dicho fin requería.

Su vivienda era un hotel espacioso, amueblado con primor y con lujo, enel centro de un bello jardín, bastante dilatado para que por suextensión casi pudiera llamarse parque.

Menos en las temporadas en que había teatro, la Sra. de Figueredorecibía todas las noches.

Cuando había teatro recibía también, pero nosiempre. Sus tertulias eran animadísimas y solían durar hasta después dela una. Bien podía afirmarse que empezaban a las siete, porque la Sra.de Figueredo rara vez dejaba de tener convidados a comer, agasajándoloscon cuantas delicadezas gastronómicas puede inventar y condimentar unbuen cocinero, sin freno ni tasa en el gasto. Pero lo que sobre todohacía agradable aquella casa, era la misma Sra. de Figueredo, que unía asu elegancia, discreción y hermosura, el carácter más franco yregocijado. Del sitio en que ella se presentaba, salía huyendo latristeza. En torno suyo y en su presencia, no había más queconversaciones apacibles o jocosas, risas y burlas inocentes, sinmordacidad ni grave perjuicio del prójimo. Natural era, pues, que elprimer obsequio que, no bien llegase a Río, se podía hacer a unforastero, era presentarle a una dama tan hospitalaria y divertida.

-III-

En el tiempo de que voy hablando, aportó a Río, como secretario dela Legación de Su Majestad Británica, un inglesito joven y guapo;probablemente tendría ya cerca de treinta años, pero su rostro era muyaniñado y parecía de mucha menor edad. Era blanco, rubio, con ojosazules y con poquísima barba, que llevaba muy afeitada, salvo elbigotillo, tan suave, que parecía bozo y que era más rubio que elcabello. Era alto y esbelto, pero distaba no poco de ser un alfeñique.En realidad era fuerte y muy ágil y adiestrado en todos los ejercicioscorporales. Tenía talento e instrucción, y hablaba bien francés, españole italiano, aunque todo con el acento de su tierra.

Tenía modalesfinísimos, aire aristocrático y conversación muy amena cuando tomabaconfianza, pues en general parecía tímido y vergonzoso, y a cada paso,por cualquier motivo y a veces sin aparente motivo, se ponía coloradocomo la grana.

No está bien que se declare aquí el verdadero nombre de este inglesito.Para designarle le daré un nombre cualquiera. El apellido Maury es muycomún. Hay Maurys en Francia, Inglaterra y España. Supongamos, pues, quenuestro inglesito se llamaba Juan Maury.

El Vizconde y yo nos hicimos en seguida muy amigos suyos, y los tresíbamos juntos a todas partes. Claro está que una de las primeras a dondele llevamos fue a la tertulia de la Sra. de Figueredo, la cual lerecibió con extremada afabilidad, y dejó conocer desde luego que elinglesito no le había parecido saco de paja. Él también, a pesar de sermuy reservado, como tomó con nosotros grandísima confianza, nos confesóque la Sra. de Figueredo era muy de su gusto, y se nos mostrócuriosísimo de saber sus antecedentes; su vida y milagros, como sidijéramos. El Vizconde, que estaba bien informado de todo, y si no detodo, de mucho, le contó cuanto sabía, haciendo una relación, que vamosa reproducir aquí, poco más o menos como el Vizconde la hizo.

-IV-

Hace ya mucho tiempo que ciertas niñas españolas, y particularmentelas andaluzas, acuden a la gran ciudad de Lisboa, en busca de mejorsuerte. Los señoritos de por allí, los janotas, que es como sidijéramos los jóvenes elegantes, dandies o gomosos de Portugal, sepirran y despepitan por las tales niñas españolas. De ellas aprenden ahablar un castellano muy chusco y andaluzado: flamenco, como ahora sedice no sé porqué. Ignoro si persisten estas costumbres; pero sí diréque, hace veinte años, todavía el vocablo españolita era en Lisboasinónimo de lo que por aquí pudiéramos llamar hetera, suripanta o moza de rumbo. La afición decidida a las españolitas era entonces elmás pronunciado síntoma y el más elocuente indicio de la posible uniónibérica.

El Vizconde, al empezar su narración, sostenía sin rodeos ni disimulosque ocho años antes del momento en que hablaba, había conocido a la Sra.de Figueredo, soltera aún y figurando y descollando entre lasespañolitas de Lisboa.

La llamaban Rafaela, y por sus altas prendas y rarísimas cualidades laapellidaban la Generosa.

Rafaela apenas tenía entonces veinte abriles. Era gaditana, y hubierapodido decirse que se había traído a Lisboa todo el salero, la gracia yel garabato de Andalucía.

—Yo la vi por vez primera, decía el Vizconde, en aquella plaza de toros.Al aparecer en un palco, con otras tres amigas, los cinco o seis milespectadores que había en la plaza, clavaron la vista en Rafaela yrompieron en gritos de admiración y entusiasmo. Venía ella con vestidode seda muy ceñido, que revelaba todas las airosas curvas de su cuerpojuvenil, y en la graciosa cabeza, sobre el pelo negro como el azabache,llevaba claveles rojos y una mantilla blanca de rica blonda catalana.

La función hacía tiempo que había empezado. Un diestro caballero enplaza sobre fogoso caballo, que hacía caracolear con pasmosa maestría,se aprestaba a poner un par de banderillas a un soberbio toro puro,que de esta suerte califican en Portugal los toros que nunca han sidolidiados.

Pero todo se suspendió y durante uno o dos minutos, nadie prestóatención ni al diestro de las banderillas ni al toro puro tampoco,distraída y embelesada la gente por la aparición de Rafaela la Generosa.En el brazo izquierdo llevaba ella un enorme pañolón de seda roja,cubierto de lindas flores prolijamente bordadas en el Imperio Celeste;y, según es uso en Lisboa, lo extendió como colgadura sobre el antepechodel palco. En otros muchos había colgaduras por el estilo, lo cual dabaa la plaza apariencia vistosa y alegre, pero ningún pañolón era másbonito que el de Rafaela ni había sido extendido con mayor garbo ydesenfado.

Así recordaba el Vizconde este y otros muchos triunfos de Rafaela; perono sin razón la llamaban la Generosa.

Su magnanimidad y su desprendimiento eran tales que siempre los ingresosresultaban para ella muy inferiores a los gastos y el auge de su fortunadistaba muchísimo de corresponder a sus triunfos.

Los janotas que frecuentaban más a Rafaela, aseguraban que era todaella corazón. De aquí que sus negocios económicos fuesen de mal en peoren Lisboa, donde llegó a tener mil desazones y apuros.

En ellos la socorrió generosamente cierto caballero principal,entusiasta del arte y de la belleza, pero no bastante rico para ser muydadivoso. Rafaela además tenía estrecha conciencia, y aunque parezcainverosímil en mujeres de su clase, no exigía ni pedía y hasta rehusabalas dádivas de sus buenos amigos cuando pensaba que eran superiores asus medios y recursos.

En esta situación, el caballero que tanto se interesaba por ella, formóun proyecto algo aventurado, pero que daba esperanzas de buen éxito.

En su sentir, la hermosura corporal no era el único mérito de lamuchacha. Aunque poco o nada cultivado, poseía además gran talentoartístico, que aquel su protector tal vez exageraba deslumbrado por elcariño. Como quiera que fuese, él imaginaba que Rafaela tenía una vozdulce y simpática; que cantaba lindamente canciones andaluzas y quebailaba el fandango, el vito y el jaleo de Jerez por estilo admirable.No había aprendido ni la música ni la danza, pero la misma carencia dearte y de estudio prestaba a su baile y a su canto cierta originalidadespontánea, llena de singular hechizo.

¿Porqué no había de ir Rafaela a un país remoto y presentarse allí nocomo aventurera sino como artista?

El protector decidió, pues, que Rafaela fuese a Río de Janeiro a cantary a bailar.

Los brasileños son muy aficionados a la música, y asimismo muy músicos.Sus modinhas y sus londums merecen la fama de que gozan, por loinspirados y graciosos, prestándoles singular carácter el elemento ofondo que en ellos se nota de la música de los negros. Grande es miignorancia del arte musical y temo incurrir en error; pero valiéndome deuna comparación, he de decir lo que me parece.

Figurémonos que hay en una pipa una solera de vino generoso, muyexquisito y rancio; que se reparte la solera entre tres vinicultores, yque cada uno de ellos aliña su vino y le da valor con el vino exquisitoque en su parte de la solera le ha tocado. Los tres vinos tendrándistintas cualidades, pero habrá en los tres algo de común y deidéntico, precisamente en lo de más valer y en lo más sustancioso. Asíencuentro yo que en las guajiras y en otros cantares y músicas de laisla de Cuba, en los de los minstrels de los Estados Unidos y en loscantos y bailes populares del Brasil, hay un fondo idéntico que les dasingular carácter, y que proviene de la inspiración musical de la razacamítica.

Si Rafaela iba al Brasil y cantaba y bailaba allí con originalidad demuy distinto género, ya que el elemento o fondo primitivo de suscanciones o era indígena de nuestra Península o provenía acaso de Arabiao del Indostán por medio de los gitanos, Rafaela, sin duda, iba a pasmaragradablemente a los brasileños por la exótica extrañeza de sus cantos yde sus bailes.

Aprobó la muchacha el plan que su protector le propuso. Este, aunque nosin fatiga y esfuerzo, le prestó dinero para el viaje y logró darletambién una muy valiosa carta de recomendación, dirigida con el mayorempeño y ahínco y por persona de grande influjo al más rico capitalistade Río de Janeiro, que era el Sr. de Figueredo, a quien ya conocemos.

El Sr. de Figueredo, sin embargo, era entonces un personaje muy distintodel que más tarde fue. Sin dejar de enriquecerse, acometiendo, movidopor la codicia, las más atrevidas empresas, debía principalmente susgrandes bienes de fortuna a una economía tan severa que rayaba en losórdido, y al ejercicio de la usura prestando dinero sobre buenashipotecas y a interés muy alto.

Habitaba, se trataba y se vestía casi como un pordiosero, y exhalaba unmillón de suspiros y daba cincuenta vueltas a un cruzado antes degastarle. Tales prendas y condiciones no eran las más apropósito paraque en Río le quisiesen y le respetasen. El Sr. de Figueredo era másbien despreciado y aborrecido, y por lo tanto, el sujeto menos idóneopara patrocinar e introducir ante el público a una artista que aspirasea hacerse aplaudir.

Consternado recibió la carta, porque debía favores a quien se laescribía, tenía obligación de complacerle y no se consideraba muy aptopara tan difícil empeño.

Rafaela era además tan mona, tan insinuante y tan dulce, que el Sr. deFigueredo, a pesar de lo arisco e invulnerable que había sido toda suvida, que por entonces contaba ya sesenta y cinco años de duración, sesintió muy propenso a favorecer a la muchacha en cuanto estuviera a sualcance. Así es que hizo muchas gestiones y consiguió que el periódicode mayor circulación de Río, O Jornal do comercio, anunciase con bomboy platillos la feliz llegada y próxima aparición en el teatro de lafamosa artista española, y consiguió también que el empresario la oyese,la viese y la ajustase para dar un concierto con intermedios sabrosos dedanza andaluza.

Pronto llegó la noche de la función. El teatro estaba debote en bote. El público había acudido, excitado por la curiosidad, masno por la benevolencia. Al contrario, el odio y el desprecio que el Sr.de Figueredo inspiraba, tocaron como por carambola y se estrellaroncontra la pobre Rafaela.

La mayoría de los oyentes sostuvo que Rafaeladesentonaba y daba feroces gallipavos, y las damas severas y virtuosas ylos honrados padres de familia clamaron contra el escándalo, e hicieronque su pudor ofendido tocase a somatén. El resultado de todo fue unaespantosa silba, acompañada de variados proyectiles, con los que enaquel fecundo suelo brinda Pomona. Sobre la pobre Rafaela cayó undiluvio de aguacates, tomates, naranjas, bananas, cambucás y mantecosaschirimoyas. Rafaela estaba dotada de un estoicismo, no sólo a prueba defruta, sino a prueba de bomba. Sufrió con calma el descalabro y hasta lotomó a risa, calificando de majaderos a los que suponían que cantaba maly de hipócritas a los que censuraban sus evoluciones y meneoscoreográficos.

-V-

Las burlas y los chistes con que Rafaela se vengaba de la silba,hacían mucha gracia al señor de Figueredo, quien se consideraba tambiénvejado, lastimado, silbado y rechazado por la sociedad elegante de Río.Entendía además el señor de Figueredo que Rafaela cantaba como un sabía o como un gaturramo, que son la calandria y el ruiseñor de porallí, y que en punto a danzar echaba la zancadilla a la propiaTerpsícore. La silba, por consiguiente, de que Rafaela había sidovíctima, parecía injusta al viejo usurero y motivada por el odio que aél le tenían, por donde imaginaba que debía consolar a Rafaela eindemnizarla del daño que le había causado.

El oficio de darle consuelo le parecía gratísimo y en su modestia llegóa creer que él, y no ella, era el verdadero consolado.

Cada día simpatizaba más con Rafaela. Se ponía melancólico cuando estabalejos de ella. Y no bien despachaba los asuntos de su casa, se iba aacompañarla en la fonda donde ella vivía.

Con rapidez extraordinaria tomó Rafaela sobre el viejo omnímodoascendiente y le ejerció con discreción y provecho. El Sr. de Figueredoestaba en borrador, y Rafaela se propuso y consiguió ponerle en limpio,realizando en él una transfiguración de las más milagrosas.

Ella misma sabía por experiencia lo que era y valía transfigurarse. Norecordaba de dónde había salido ni cómo había crecido. En Cádiz, en elPuerto, en Sevilla y en otros lugares andaluces, había pasado su primeramocedad, tratándose con majos, contrabandistas, chalanes y otra gentemenuda, sin picar al principio muy alto y sin elevarse sino muy rara vezhasta los señoritos. Así es, que en dicha primera mocedad, había sidoalgo descuidadilla. En Lisboa fue donde se aristocratizó, se encumbró, ycon el trato de los janotas, acabó por asearse, pulirse, adobarse yllegar en el esmero con que cuidaba su persona hasta el refinamiento másexquisito.

El desaliño y la suciedad de los sujetos que andaban cerca de ella, comoella era tan pulcra, le causaban repugnancia. Puso pues, en prensa suclaro y apremiante entendimiento para insinuar el concepto y el apetitode la limpieza en la mente obscura y en la aletargada voluntad del Sr.de Figueredo. Con mil perífrasis sutiles y con diez mil ingeniososrodeos le hizo conocer, sin decírselo, que era lo que vulgarmentellamamos un cochino, y logró hacer en él, con la magia de su persuasivaelocuencia, lo contrario de lo que hizo Circe en los compañeros deUlises, a quienes dio la forma del mencionado paquidermo. Tanto habló delo conveniente para la salud que eran los baños diarios, y el frotarse,fregarse y escamondarse con jabón y con un guante áspero, que infundióal Sr. de Figueredo la gana de hacer todas aquellas operaciones. Y lashizo, y ya parecía otro y tan remozado como si él no fuese él sino suhijo. Luego fue Rafaela a la rua do Ouvidor, donde están las mejorestiendas, y en la perfumería de moda, compró cepillos de dientes y pelo,polvos y loción vegetal para limpiárselos, y aguas olorosas, cosméticos,peines y otros utensilios de tocador. Este fue el primer regalo que hizoRafaela a D. Joaquín, que tal era el nombre de pila del Sr. deFigueredo. Y bueno será advertir en este lugar, porque yo soy muyescrupuloso y no quiero apartarme un ápice de la verdad, que pongo elDon antes del Joaquín por acomodarme al uso y lenguaje de España, porqueen Portugal, y más aún en el Brasil, son rarísimos los Dones y sólo lellevan los hombres de pocas familias. Cuando yo estuve en el Brasil, sino recuerdo mal, sólo habría media docena de Dones en todo el Imperio.Las señoras en cambio tienen todas, no sólo Don sino excelencia, y hastala más humilde es la Excma. Sra. doña Fulana: prueba inequívoca de laextremada galantería de los portugueses.

A pesar de lo dicho, se justifica el que yo llame Don al Sr. deFigueredo, porque, como al fin se casó con Rafaela que era española, yesta dio en llamarle mi D. Joaquín, todos los amigos y conocidos, yllegó a tener enjambres de ellos, aunque le suprimieron el mi, ledejaron el Don, y él acabó por ser universalmente donificado. Perono adelantemos los sucesos.

-VI-

Mucho se ha discutido, se discute y se discutirá, sobre si la amenaliteratura y otras artes del deleite, estéticas o bellas, deben o no serdocentes. Afirman muchos que basta con que sean decentes, sin procurarfuera de ellas fin alguno, y sin enseñar nada: pero es lo cierto, que lacreación de la belleza, y su contemplación, una vez creada, elevan elalma de los hombres y los mejora, por donde casi siempre las bellasartes enseñan sin querer, y tienen eficacia para convertir en buenas yhasta en excelentes las almas que por su rudeza y por los fines vulgaresa que antes se habían consagrado eran menos que medianas, ya que nomalas. Algo de este influjo benéfico ejercieron en el espíritu de donJoaquín las bellas artes de Rafaela. No me atreveré yo a calificarlas dedecentes por completo, pero no puede negarse que fueron docentes. Ellalas ejerció con certero instinto, superior a toda reflexión y a todocálculo. Procedió con lentitud prudentísima para que la transfiguraciónno chocase, ni sorprendiese en extremo, ni al público que había deverla, ni al transfigurado que en su propio ser había de realizarla.

Escamondado ya interiormente D. Joaquín, Rafaela le obligó a que seafeitase casi de diario y a que se cortase bien las canas, que limpias,lustrosas y alisadas tomaron apariencia de venerables.

A fin de que todas estas reformas fuesen persistentes y no efímeras,buscó Rafaela para su amigo, en vez del negro ignorante que antes leservía, un excelente ayuda de cámara, gallego desbastado, ágil y listo.

Después, y siempre poquito a poco, fue modificando el traje de D.Joaquín, empezando por los pantalones, que, como se los pisaba pordetrás, los tenía con flecos o pingajos, que solían rebozarse en el lodode las calles. Después declaró Rafaela guerra a muerte a toda mancha olamparón que sus ojos de lince descubrían en el traje de D. Joaquín,resultando de esta guerra la desaparición completa del antiguovestuario, que apenas pudo servir ya para los negros desvalidos, y laadquisición de otro nuevo, hecho en Río con menos que mediana elegancia.Pero Rafaela era insaciable en su anhelo de perfección; y, deseosa deque D. Joaquín estuviese, no sólo aseado, sino chic, y como ella ledecía, hablando en portugués, muito tafulo o casquilho, hizo que letomasen las medidas y escribió a París y Londres encargándole ropa, queno tardaron en enviarle. Como por los pantalones era por donde más habíaclaudicado, mandó Rafaela que se los hiciese en adelante un famososastre especialista, culottier, que por entonces había en París, ruede la Paix, llamado Spiegelhalter. De los fracs y de las levitas seencargaron en competencia Cheuvreuil, en París, y Poole, en Londres. Lascamisas, bien cortadas, sin bordados ni primores de mal gusto, perotambién sin buches, vinieron de las mejores casas parisienses que a lasazón había, correspondientes a las de Charvet y Tremlett de ahora. Ypor último, como Rafaela aspiraba a que todo estuviese en consonancia,hizo venir de París el calzado de D. Joaquín, encomendando al Hellsterno al Costa, que florecía en aquel momento histórico, que reforzase conclavitos los tacones y que pusiese los contrafuertes debidos, para queD. Joaquín perdiese la perversa maña de torcer y deformar, como solía,botines y zapatos.

En resolución, y para no cansar más a mis lectores, diré que antes decumplirse el año de conocerse y tratarse D. Joaquín y la bella Rafaela,él, con asombro general de sus compatriotas, parecía un hombre nuevo:era como la oruga, asquerosa y fea durante el período de nutrición ycrecimiento, que por milagroso misterio de Amor, y para que se cumplansus altos fines, transforma la mencionada deidad en brillante y pintadamariposa.

-VII-

Como aún me queda no sé qué escozor y desasosiego de no haber dado,a pesar de todo lo dicho, concepto cabal de la transfiguración visible ypalpable que en D. Joaquín se había verificado, quiero hablar aquí de unsolo perfil o toque, a fin de que por él se infiera, rastree y calculeel cambio radical de aquel hombre. Era algo miope y tenía además lavista un poco fatigada. Para remediar esta falta, usaba antiparras, queen el Brasil y en Portugal llaman cangalhas. Siempre las teníaprendidas en las orejas, y cuando no necesitaba de ellas para ver, selas apartaba de los ojos y se las levantaba apoyadas sobre la frente, locual no era nada bonito.

Así es que Rafaela hizo que suprimiese las cangalhas y que, en lugar de ellas, gastase monóculo.

Todo, pues,contribuía a que tuviese el aspecto fashionable, atildado y digno deun antiguo diplomático jubilado.

A su rara discreción y al entrañable afecto que había inspirado debióRafaela los mencionados triunfos; pero los debió también a sus lisonjas,llenas de sinceridad y fundadas en fe altruista.

Esto requiereexplicación, y voy a darla.

Seriamente no es lícito afirmar que Rafaela se enamorase de D. Joaquín;pero sí puede, y debe afirmarse, que le cobró grande amistad y le estimóen mucho, considerándole casi un genio para todo aquello que a lacrematística se refiere. Y como se lo decía, dándole encarecidasalabanzas, le adulaba, le enamoraba y le animaba a la vez, todo sin elmenor artificio. Así el imperio que sobre él había adquirido se hizo másfirme y más completo.

No se vaya a creer que presentamos aquí a Rafaela como un pozo desabiduría. Su educación había sido descuidadísima, o mejor dicho,Rafaela no había recibido ninguna educación; pero naturalmente era muylista. En sus ratos de ocio, había aprendido a leer y a escribir, aunqueescribía sin reglas y apenas leía de corrido. Sólo había leído algunasnovelas y los periódicos. Como tenía buen oído, excelente memoria ynotable facundia, hablaba, sin embargo, la lengua castellana con primory gracia, si bien con acento andaluz muy marcado. Y en Lisboa además,con el trato constante de la gente fina, se había soltado a hablar enportugués y hasta a chapurrear el francés un poquito. Pero lo que mejoradquirió, no en escuelas ni en academias, ni menos con lecturas asiduas,sino en la conversación y trato de personas de mérito, fue un temprano ypasmoso conocimiento de los hombres, de la vida social y de los asuntosque se llaman vulgarmente positivos. Para todo esto Rafaela teníadisposición maravillosa. Era una mujer de prendas naturales nadacomunes.

Comprendido así el carácter y el entendimiento de Rafaela, no pareceráinverosímil lo que tenemos que contar ahora y podremos contarlo enresumen rápido, sin entrar en pormenores.

Luego que consiguió informarse con exactitud de lo que importaba todo elcaudal de don Joaquín, concibió un plan económico muy hábil, e hizo queél le adoptase, cambiando enteramente su manera de vivir, como habíacambiado la apariencia de su persona. Rafaela dividió en dos partes loscuantiosos bienes de D. Joaquín. A la parte más pequeña, aunquesuficiente para el fin a que ella la destinaba, llamó capital triunfantey beatífico. Y a la otra parte, muchísimo mayor, llamó capitalmilitante.

El capital triunfante y beatífico estaba compuesto de predios rústicos yurbanos y de valores públicos muy seguros; todo ello, hasta donde cabeen la inestabilidad de los casos, al abrigo de los vaivenes, golpes yreveses de la fortuna.

De la renta de dicho capital, que no había de ser ni alterado nimermado, viviría D. Joaquín con grande esplendor y lujo, y cuantosobrase, sin hacer ahorros mezquinos, se dedicaría a obras de caridad ya socorrer y a aupar a los parientes pobres y menesterosos, de quienesen manera alguna debe avergonzarse quien los tenga, si bien ha deprocurar ponerlos en situación de poder alternar con ellos sin eldisgusto que causa el alternar con gente zafia, hambrienta y malvestida.

Hecho esto, y asegurada ya una vida holgada, cómoda y generosa, D.Joaquín quedaba con un gran capital militante para no tenerle ocioso niestarlo él, sino para emplearle y emplearse en empresas, no mezquinas yruines, sino grandiosas, y tanto para él como para la nación a que élpertenecía, y aun para la sociedad entera bienhechoras o productivas.Hasta entonces D.

Joaquín, según Rafaela le hizo notar y comprender, nohabía creado riqueza alguna: no había hecho más que dislocar la de losotros, absorbiéndola y acumulándola por medios ingeniosos, más o menosde acuerdo con la moral, pero que no infringían el menor precepto de loscódigos.

En esto se empeñó y consiguió Rafaela que D. Joaquín cambiase de métodoy conducta. En adelante no había él de ganar un solo rei quepresupusiese que otro le había perdido, sino que había de ser un rei nuevo, si añadido a su caudal, añadido también a todo el acervo de lariqueza de su nación y hasta del género humano.

En ninguna región del mundo mejor que en el Brasil podía entoncesconseguirse esta creación de la riqueza, aplicándose a tareas agrícolas,industriales, mercantiles y constructoras. El territorio dilatado yfertilísimo, la coexistencia en él de todos los climas y de lasproducciones más varias, la apenas explotada virtud productiva del sueloy del subsuelo, la carencia de vías de comunicación que convenía abrir,los ríos caudalosos de curso dilatadísimo que se podían navegar, y lasrisueñas y pomposas florestas vírgenes, bellísimas, pero inútiles alhombre, que convidaban a que su codicia y su trabajo las trocase enplantíos y sembrados ubérrimos, todo esto más que indicio era pruebaevidente de que, si D. Joaquín consagraba su ingenio, su actividad y elcapital ya acumulado a producir objetos provechosos a la generalidad delos seres de su especie, podría hacerse mucho más rico de lo que ya era,mereciendo, en vez de ser aborrecido, que sus conciudadanos le mirasencomo a un bienhechor con gratitud y con respeto.

No bien Rafaela trazó este plan, el obediente y sumiso Sr. de Figueredole aceptó y empezó a realizarle.

En la parte primera del plan había un punto que Rafaela no quiso tocar,ni menos señalar, no por hábil, sino por modesta y desprendida. Estepunto le adivinó, le tocó y le señaló el propio D.

Joaquín, impulsadopor el afecto y por la admiración que Rafaela le infundía. Sin duda paraanimar y alegrar su magnífico hotel, necesitaba D. Joaquín de mujerpropia y elegante que en él viviera. ¿Y quién había de hacer este papely ejercer este cargo mejor que Rafaela? Es cierto que ella, aunque nossea muy simpática y nos duela decirlo, era lo que ruda, cruel ygroseramente se llama una perdida. Pero D. Joaquín nada tenía que perdertampoco en lo que toca a buen nombre y fama. No eran en esto dosnulidades o ceros cuya suma es siempre cero, sino dos cantidadesnegativas que se convierten en positivas al multiplicarse.

Rafaela no empleó ni ardid, ni astucia, ni embustes, ni retrechería, niningún otro artificio de los que suelen emplear las mujeres paraproveerse de un marido y sobre todo de un marido rico.

Él fue quiensolicitó y quien rogó para el casamiento. Ella consintió al cabo, porquele deseaba y le convenía, pero en todo puso y lució su lealtad, sufranqueza y su desprendimiento. Y no fueron menos dignos de aplauso lamoderación y el talento con que ella supo, ya que no evitar, amortiguarel escándalo y el ruido. Para que no hubiese la cencerrada moral de lashablillas, tomaron ambos, sin asesorarse con persona alguna, laresolución de casarse, y se casaron luego, al año de conocerse, sinboato ni fiestas y como si dijéramos a cencerros tapados.

Rafaela fue desde la fonda a instalarse en la casa de su marido: en elhotel que ella le había hecho comprar y amueblar con el mejor gusto.Ella eligió para la servidumbre los criados blancos que más convenían, ylos esclavos negros más hábiles y de mejor facha. El jefe de la cocinaera gallego, como el ayuda de cámara del señor, pero tan diestro einspirado artista como en las edades pretéritas pudo serlo Ruperto deNola y como puede serlo en el día el más aventajado y brillantediscípulo de Gouffé o del glorioso Antonio María Carême, más que oficial, príncipe de boca.

El cocinero de los Sres. de Figueredo era cosmopolita en su arte,poseyendo el de la clásica cocina francesa y lo más selecto de laantigua y hoy degenerada cocina española. Se pintaba solo además paraconfeccionar guisos y acepipes a la brasileña, y para preparar ciertaslegumbres del país, como palmito y quinbombó, haciendo deliciosos quitutes, según en Río de Janeiro se llaman.

Con tales aprestos, D. Joaquín, mejorado de facha, empezó a ganaramigos; y Rafaela, bien vestida, mejor hablada, decorosa e insinuante,fue haciendo olvidar su vida pasada, se introdujo poco a poco entre laflor y la crema de la sociedad, abrió sus salones y convidó a su mesa alo más encopetado y aristocrático de todo el Imperio: a los poetas, alos Ministros, a los oradores, a los diplomáticos y a los militares.

-VIII-

Todas las anteriores noticias sobre la Sra. de Figueredo y algunasotras que se omiten en obsequio de la brevedad, se las dio al inglesitomi amigo el Vizconde de Goivo-Formoso, cuyo conocimiento y amistad conRafaela tenían ya fecha muy larga. La había conocido y tratado desde suprimera humilde aparición en la gran ciudad de Lisboa, cuando ella nodesdeñaba aún, sino que estimaba como el más delicado obsequio y regalo,que algún amigo generoso la llevase al Retiro de Camoens, taberna, casa de pasto o figón muy frecuentado y celebrado, a comer losexcelentes petiscos que allí se hacían y a beber los deliciosos vinosde Colares y de Bucelas que allí se escanciaban.

Enteramente cambiadas las cosas en el momento de que vamos hablando,Rafaela tenía toda la traza de una dama de muy alto copete, y, sinaparecer orgullosa y soberbia, mostraba cierta dulce majestad yaristocrático decoro.

No frecuentaban mucho su casa ni su tertulia las señoronas del país;pero esto le importaba poco y nada hacía para conseguirlo. De lo queella gustaba, era de reunir en torno suyo lo más selecto de loscaballeros, y lo había conseguido. Sus salones parecían un club, quetenía a una mujer por presidenta, o regio alcázar donde figuraba ellacomo reina en día de besamanos. Las señoras, por lo general de mediopelo, que se allanaban a ir a la tertulia, no parecían sus iguales, sinolas acompañantas y servidumbre de una princesa o las figurantas ycoristas que rodean en el escenario a la encumbrada y aplaudida primadonna. Manifestó Juan Maury no pequeña curiosidad y deseo de enterarsede cuanto se traslucía y decía acerca de cierto punto un tantoescabroso. ¿Cuál había sido y cuál era la conducta de la señora deFigueredo desde que se casó hasta aquellos días? El Vizconde deGoivo-Formoso quiso indudablemente satisfacer con franqueza lacuriosidad del joven inglés; pero, como hay cosas que no se ven a lasclaras y que suelen quedar en la penumbra o envueltas en más o menosdensa nube de misterio, el Vizconde no atinó a poner en claro lacertidumbre de los hechos, y se limitó a presentar hipótesis, nofundadas en pruebas fehacientes, sino en sospechas y en indicios vagos.

Como quiera que ello sea, yo voy a dejar hablar al Vizconde. Oigamos loque sobre este particular decía:

—Rafaela es, a mi ver, una mezcla de extrañas cualidades. Lasespontáneas, las que debe a la naturaleza inculta, sin modificación nimejora, tienen cierta bondad radical. Sobre las que debe al arte hay quedecir no poco, empezando por hacer una distinción.

Por naturaleza Rafaela es leal, sincera y agradecida. Ni quiere mentirni pagar los beneficios con ofensas. El afecto y la gratitud que muestraal Sr. de Figueredo, no pueden ser más verdaderos. Están ademássancionados y como santificados por las creencias religiosas. Rafaela escatólica ferviente. El anciano padre cura que la casó, el Padre García,español como ella, no sólo es su confesor, sino su consultor para losasuntos más arduos, en los seis años que lleva ya de matrimonio. Y a loque parece, no sólo discurre Rafaela con este padre sobre los casos demoral y de conducta que en la vida práctica se presentan, sino quetambién se eleva a disquisiciones metafísicas sobre lo divino y loeterno, pensando y hablando del cielo, de Dios, y del origen y fin delas cosas creadas con notable acierto, elevación y ortodoxia. El Padre,que es un excelente varón, y además instruido y discreto, la celebramucho. Y hay que dar crédito a sus alabanzas, porque el hombre esdesinteresado.

Si todo el ser de Rafaela consistiese en lo dicho, Penélope, Lucrecia ycuantos modelos de perfectas casadas hubo después en el mundo hasta eldía de hoy, quedarían eclipsados y por su virtud conyugalresplandecerían menos que Rafaela. Pero la mayor parte de los sereshumanos, y Rafaela entra en esta cuenta, no son sólo de un modo sino devarios: se diría que no tienen un alma sola, sino dos almas con opuestaspropensiones y hasta con principios, conceptos y doctrinas filosóficas,tal vez no aprendidas, sino nacidas en el alma, como en la tierra nacenlos hongos, los cuales conceptos, propensiones y doctrinas, acaso malas,se insurreccionan contra las buenas y suelen dominarlos.

Como yo soy ferviente admirador de Rafaela, no se ha de extrañar que veay note cierta bondad ingénita hasta en aquella parte de su alma que lainduce e impulsa hacia lo malo. Si ella peca, según se murmura, a pesardel honesto recato con que lo encubre, su pecado, en mi sentir, nace deciertas virtudes originales, que no sé cómo demonios se tuercen y seladean. Su generosidad y su piadosa misericordia son tan grandes que aveces no sabe decir que no a quien ella cree verdaderamente necesitado ya quien le pide con ahínco. Al mismo tiempo su comprensión de lahermosura es clara y sublime, y se combina con la caridad, y está en sumente unida en apretado lazo con la idea de un fin y de un propósito.Ella, a no dudarlo, debe ver y reconocer su gallardo cuerpo, y sobretodo ahora que se halla en la plenitud de su florecimiento, en el puntoculminante de su esplendidez y de su gala, como el sol en el meridiano.Y de seguro que dice para sí, en misteriosos soliloquios: ¿Para quésirve, para qué vale todo esto, si no lo comunico y si lo escondo?Cuando de mí depende la bienaventuranza de alguien, ¿cómo negarme a quesea bienaventurado? ¿Del chico mal que causo a mi D. Joaquín, sin que éllo sienta ni lo vea, no resulta un bien grandísimo para otros sujetos?¿Qué cosa sustancial, qué tesoro, qué joya quito yo a mi D. Joaquín paraque un extraño la disfrute? ¿Por qué no regalar a quien lo merece ypuede con lo que mi D. Joaquín ya no sabe ni puede regalarse?

Tales son los execrables raciocinios que han de acudir en ocasiones a lamente de Rafaela, y que, corroborados por la compasión y la ternura,pueden haber dado al traste con todos sus propósitos de honestidad, ental cual deplorable momento.

Yo estoy segurísimo de que Rafaela se ha arrepentido después, ha lloradocomo una Magdalena, ha confesado su culpa, ha hecho penitencia ypropósito de la enmienda; pero recelo que ha reincidido más tarde conlastimosa flaqueza.

Ya que no para disculparla, para atenuar su falta y su responsabilidadmoral deben valer el descuido de su vida pasada; el nunca conocido porella vergonzoso temor de las niñas que se crían vigiladas por madresvirtuosas; los ejemplos, siempre desaforados, que ha visto en tornosuyo, en vez de verlos buenos, y hasta la carencia del orgullo señoril,que no podía perder, porque nunca le había tenido, y que sólo podíacontrahacer para la generalidad de los hombres que le eran indiferentes,mas no para aquellos cuyo talento, gallardía o elegancia leentusiasmaban. Para estos no acertaba a ser arisca, y el escudo queponía contra ellos delante de su corazón se derretía como la escarchacuando se levanta el sol en el Oriente en las mañanas del mes de Mayo.

Así disertaba el Vizconde con profundidad filosófica, elevándose a lascausas sin determinar los efectos. Dejaba entrever, examinando lascausas, cuál había podido ser la conducta de Rafaela, pero no declarabacuál en realidad había sido. Esto me hace pensar que el método con quehasta ahora voy escribiendo esta narración, más que de novela, es propiode historia. Y como la historia, por falta de testigos, documentosjustificativos y otras pruebas, quedaría en no pocas interioridadesincompleta y obscura, voy en adelante a prescindir del método históricoy a seguir el método novelesco, penetrando, con el auxilio del numen queinspira a los novelistas, si logro que también me inspire, así en elalma de los personajes como en los más apartados sitios donde ellosviven, sin atenerme sólo a lo que el Vizconde o yo podríamos averiguarvulgar y humanamente.

En lo sucesivo, además, yo me retiro de la escena, donde, como actor,nada tengo que hacer.

De esta suerte podré contar con menos dificultadesy tropiezos lo que hagan los otros. En cuanto a mi amigo el Vizconde, yono le retiro, sino que le dejo en la escena, porque es uno de losprincipales actores.

-IX-

Todavía, antes de proseguir contando la vida y milagros de Rafaela,me incumbe hacer una aclaración. Voy a penetrar, no ya como merohistoriador, sino como novelista, así en los más apartados rincones dela casa de Rafaela, como en el centro más recóndito de su alma; pero porningún estilo quiero fingir nada, y sólo penetraré en las profundidadesdonde el novelista penetra, cuando lo que yo muestre en dichasprofundidades sea tan lógica consecuencia de la verdad históricamentedemostrada que no pueda menos de ser también la verdad. Y sobre aquellode que yo no esté seguro, sino dudoso, no imaginaré ni bordaré nada,dejándolo en cierta penumbra y como entre nubes.

Es innegable que Rafaela pagaba a D. Joaquín la posición que le habíadado. Por ella andaba él aseado, elegantemente vestido y empleado ennegocios importantes que le daban honra y provecho. Ella le cuidaba, lemimaba, mostraba quererle, y, sin duda, le quería. Lograba que fuera desu casa olvidara o prescindiera el vulgo de los antecedentes de D.Joaquín, no le quisiera mal y casi le respetara. Y lo que es en casa,con sus mimos y con su dulzura, Rafaela le hacía dichoso, arrebolando ydorando con luz alegre los días de su vejez y colmándolos desatisfacción y de ventura.

De las coqueterías de Rafaela no había nadie que no tuviese certidumbre;pero, si estas coqueterías no pasaban de cierto límite, más que ofendera D. Joaquín lisonjeaban su amor propio. Lo que es él, estaba convencidoo se empeñaba en estar convencido de la fidelidad de Rafaela.

Los maldicientes y murmuradores tenían sus hablillas, pero concertidumbre nada malo se dijo durante los tres primeros años delmatrimonio de los Sres. de Figueredo. Sólo se propalaban vagasacusaciones.

Don Joaquín, entre las diversas empresas que había acometido, contabatambién la de agricultor en grande. No lejos de Petrópolis habíacomprado extensísimos terrenos y había formado en ellos una magnífica fazenda de diversos plantíos y sembrados, donde empleaba para ladirección y los más delicados trabajos a bastantes colonos alemanes ypara las faenas más rudas multitud de esclavos negros. En el sitio máspintoresco de la propiedad, al borde de un riachuelo de agua cristalinay cercada de ameno jardín, se parecía la chácara o casa de campo, convivienda muy cómoda para señores. Allí iba D. Joaquín a menudo, ya parainspeccionar la finca, ya para solazarse con algunos viejos amigos en elejercicio de la caza, a lo que convidaba no corta porción de la tierraque poseía, inculta aún y formando risueña e intrincada floresta, encuyo seno abundaban los pájaros y no pocos otros animales silvestres,como grandes lagartos y tatúes o armadillos.

Aquel bosque, aun sin el aliciente de la caza, era delicioso, tanto porlos gigantescos árboles que le daban sombra y frescura, como por lasolorosas y variadas flores que cubrían el suelo, por las orquídeas quecrecían parásitas en los añosos troncos, y por las plantas enredaderasque, formando guirnaldas y festones, entrelazaban los árboles, haciendoa veces impenetrable la espesura, si un negro no caminaba delante conuna hoz abriendo camino.

Rafaela era poco campestre. Rara vez iba a la chácara. Y como D.Joaquín iba a menudo y pasaba en ella tres o cuatro días seguidos y enocasiones hasta una semana, el vulgo malicioso murmuraba que, duranteestas ausencias, Rafaela usaba y hasta abusaba de la libertad en que ladejaba su marido.

Como quiera que ello fuese, al menos durante los tres primeros años,según ya queda dicho siempre fue de maravillar o la virtud de Rafaela osu prudencia sigilosa. A pesar de la jactancia de muchos hombres quegustan de hacer creer que son favorecidos, ninguna acusación terminantehubo contra Rafaela. D. Joaquín, atendidas sus circunstancias y las desu señora, podía pasar, por inverosímil milagro, como marido venturoso yrespetadísimo.

La primera sospecha que vino poco a poco a tomar cuerpo, adquiriendovisos y trazas de certidumbre, fue de inusitada y singular importancia.Se supuso que un egregio personaje, sin par en todo el imperio por suelevación, en noches en que Rafaela no recibía a sus tertulianos portener jaqueca, penetraba en la casa de ella y permanecía allí no pocashoras.

Hasta llegó a contarse una muy curiosa particularidad, que prueba cómoel vulgo lo atisba, lo huele y lo descubre todo.

En las noches en que el personaje egregio penetraba o se suponía quepenetraba con misterioso recato en casa de Rafaela, se cuenta que pocoantes venía un sujeto de honrosa servidumbre trayendo en su coche dostatarretes.

¿Qué pensará el curioso lector que dichos tatarretes contenían? La gentelo declaraba como si lo hubiese visto y probado. En el uno había leche,y manteca de vacas en el otro. Es rareza inexplicable que en todanuestra península ibérica, y probablemente en sus colonias hasta tiemposnovísimos, apenas haya habido nunca vacas de leche ni con la leche devacas se haya hecho manteca. Tal vez, hará cuatro o cinco siglos, lamanteca de vacas se hacía en España y se llamaba butiro. Si la palabracayó en desuso fue porque antes dejó de usarse la sustancia que con lapalabra se significa. Apenas se comprende, pero es lo cierto, que cosatan primitiva no se haya hecho nunca o haya dejado de hacerse en Españadurante cuatro o cinco siglos. Lejos de ser el butiro una novedad,traída por el progreso humano, parece que ya las hijas de los primitivosarios, en las faldas del Parapamiso, ordeñaban las vacas y de su lechesacaban exquisita y fresca manteca, tomando ellas nombre de este mismooficio o arte en que se empleaban, pues afirman los sabios etimólogosque la palabra hija, en el lenguaje de los vedas, equivale a la queordeña las vacas y hace la manteca.

Pero pongamos a un lado estas sabias disquisiciones y contentémonos condeclarar que, allá por el tiempo en que ocurría lo que voy contando, erapunto menos que imposible proveerse en el Brasil de leche de vacas y butiro fresco para tomar el té, por donde, cuando un egregio personajequería tomarle en compañía de alguna dama muy querida, enviaba él deantemano a la casa de ella la leche de vacas y la manteca.

Supuesto lo que antecede, murmuraban unos y celebraban otros que,avergonzada Rafaela de no tener en su casa ni leche de vacas ni butiro fresco, había inducido a D. Joaquín a fundar una buena casa de vacas enla chácara de Petrópolis, donde había ricos y abundantes pastos: un capim exquisito. D. Joaquín hizo venir, de Inglaterra, de Holanda y deSuiza, vacas de leche de las mejores castas, y pronto tuvo butiro fresco en abundancia y crema deliciosa.

-X-

Harto notarán los que lean con atención este relato, que el másmarcado rasgo del carácter de Rafaela era su propensión invencible a serdidáctica. Y no puede negarse que para educar y perfeccionar a cuantosseres la rodeaban poseía aptitud pasmosa. Ya hemos visto los milagrosque obró en su D. Joaquín.

En su confidenta, que las malas lenguas suponían su Enone, hizo tambiénmaravillas. Era una francesa que antes de entrar en su casa se habíasustentado dando lecciones del propio idioma y del inglés, que sabíacasi con igual perfección. Rafaela, que la había tomado primero pormaestra, acabó por tomarla por acompañanta. La sentaba a su mesa, lallevaba consigo a misa, a tiendas y a paseo, ya a pie, ya en coche, y ensus tertulias le encomendaba que sirviese el té y que diese conversacióna los tertulianos más fastidiosos y ordinarios.

Madame Duval, que así se llamaba la confidenta, por afirmar ella mismaque era viuda de un Comandante francés de caballería, muertoheroicamente en Argelia matando moros, tenía cualidades excelentes, peroera remilgadísima y empalagosamente afectada, y empleaba al hablar treso cuatro muletillas y frases sentimentales, que apenas se podían sufriry pervertían y maleaban todas las virtudes y excelencias de la buenaseñora. Rafaela acertó a curarla de estos resabios, por tal arte, que, alos pocos meses de tener a Madame Duval a su servicio, se había estaconvertido en persona natural y sencilla, de trato franco y agradable,el cual ya como antes no se quebraba de puro fino.

Tenía Rafaela la habilidad de insinuarse en los espíritus, de dominarlas voluntades y de hacer eficaces sus amonestaciones educadoras sinofender el amor propio de los educandos. De aquí que los criados de sucasa, blancos y negros, la respetasen y la amasen, resultando todos másinstruidos y hábiles a poco de entrar a servirla. El cocinero guisabamejor. El cochero mulato era un verdadero automedonte, y sentado en elpescante del landó tenía la mejor facha: hubiera podido pasar por elcochero del Príncipe de Gales, untada la cara con tizne. El jardineronegro había llegado a saber casi tanta botánica como Spix y Martius,doctísimos investigadores de la Flora brasílica. Entre los mozos decaballeriza descollaba, cual hábil palafrenero, el ínclito y triunfadorTrajano, negro mina que tenía singularmente a su cuidado los doshermosos caballos ingleses en que solía pasear la señora. Elmaestresala, que era asturiano, se había pulido tanto en su oficio, quehubiera podido escribir, en consonancia con los adelantos de la épocapresente, una Arte cisoria más bonita que la de D. Enrique de Villena.Y por último, los otros criados de comedor, aunque eran negros, servíancon primor en los banquetes, y todos se habían acostumbrado a llevarzapatos de continuo, y a no ir descalzos de pie y pierna, según la comúnusanza de entonces.

El benéfico prurito de educar y de corregir que había en el alma deRafaela, llegó a tener influjo hasta en su confesor y directorespiritual el Padre García.

Era este un venerable siervo de Dios, diserto y suave en sus coloquios,notable teólogo dogmático y severo moralista, cuyos consejos yadvertencias valieron mucho a Rafaela, aunque a menudo, y muy a pesarsuyo, no los seguía: culpa acaso del irresistible ímpetu de suapasionado carácter.

Sólo deslustraba el indiscutible mérito del Padre García una inveteraday perversa maña, que desde la infancia había en él, y que le habíavalido entre sus condiscípulos del seminario el farmacéutico apodo de Pildorillas. Era prodigiosa la inagotable fecundidad del filón dedonde el Padre García las sacaba y las fabricaba. Sus narices eranvenero inexhausto. Eran como los encantados cubiletes delprestidigitador más aplaudido. En cuanto cabe en lo humano, daban unaidea aproximada del milagro de pan y peces. ¡Pues bien: apenas parececreíble! Rafaela, con gracioso talento, con amistosa delicadeza, sin dara conocer que notaba en el Padre aquel vicio y censurándole sólo en losotros, logró curarle de él radicalmente, y esto, hasta tal extremo deperfecta curación, que, según los informes que he podido adquirir, elPadre García en los muchos años, que para bien y provecho de las almas,ha vivido después, no ha fabricado una sola píldora siquiera.

-XI-

Mientras mejor dotado de brillantes cualidades entendía Rafaela queestaba un sujeto, y mientras mayores simpatías le inspiraba, mayor y másvehemente era en ella el deseo de corregir sus faltas, haciendo de él undechado de perfección, hasta donde la perfección es dable a nuestradecaída humana naturaleza. Por esto me atrevo a asegurar que con nadieanheló más fervorosamente ejercer su eficaz magisterio que con elilustre Pedro Lobo, Ayudante de campo de Juan Manuel Rosas, dictador dela República Argentina.

En 1850, Pedro Lobo había venido a Río con el carácter oficial deAgregado militar a la Legación de su patria, si bien se susurraba quetenía instrucciones secretas del dictador, cuyo favorito era.

La fama había precedido en Río a Pedro Lobo, refiriendo susextraordinarias hazañas contra los indios del extremo Sur de la Pampa,más allá de Carmen de Patagones, y contra los unitarios refugiados enMontevideo, dando cuenta, con mil novelescos pormenores, de suscorrerías por las más apartadas regiones de la misma Pampa, de losAndes, y de la Patagonia, y ensalzando sus raras prendas de carácter, subrío indómito y su agilidad y destreza en todos los ejercicios delcuerpo. Nadie desbravaba mejor que él el más fogoso potro no domado;nadie disparaba mejor las bolas ni detenía con el lazo, ya a los torosbravos, ya a los ligeros avestruces o ñandúes, ni nadie manejaba mejorel puñal y el machete, ni tenía tino más certero con la carabina.

Mil lances extraños y no pocos actos de inaudito arrojo habían dado aPedro Lobo fama de hábil y astuto capitán y de valeroso soldado,sirviendo, durante seis años, en la República Oriental del Uruguay, enfavor de Rosas y a las órdenes de Oribe. Pedro Lobo se jactaba, y no sinfundamento, de haberse hallado en cien combates, y de haber sido el másrudo adversario de la valerosa legión italiana mandada por Garibaldi.

Sabedor Juan Manuel Rosas de los grandes servicios y del raro mérito dePedro Lobo, le llamó a su lado y le prestó toda su confianza.

Era Pedro Lobo fanático de americanismo. Nunca fue Rosas tan lejos comoél en su amor y en su entusiasmo por América y en su aborrecimiento delos europeos.

Allá a su manera, no sabré decir si de su propio caletre, o de oídas, opor lecturas de algunos libros, Pedro Lobo había sacado o construido unasingular filosofía de la historia. Según él era evidentísimo el progresodel linaje humano, viniendo a realizarle sucesivamente razas cada vezmás nobles. Fue primero la raza negra: vino después la raza amarilla. Ycuando la raza amarilla alcanzó el término de su cultura y puso enpráctica todo su ideal, apareció la raza blanca con su gloriosa historiade persas, babilonios y fenicios, griegos y romanos, y nacionescristianas, medioevales y modernas. Pero el fin de la civilización deEuropa tocaba ya a su término. De su propio seno habían de surgir susdestructores: un proletariado inculto, hambriento, esclavo de lamiseria, atormentado por el trabajo continuo, y ofendido por eldesprecio, había de levantarse lleno de ira y acabar con todo. Lasabultadas noticias de las recientes luchas revolucionarias, promovidaspor el socialismo, corroboraban a Pedro Lobo en su opinión. Aquello erapara él el principio del fin. La evolución total de la cultura europeavendría al cabo a terminar en espantosa tragedia; pero en América estabael porvenir del mundo. Una nueva raza, la americana, debía ya mostrar enflor la aurora de más alta, sana, poderosa y duradera civilización, enaquel nuevo continente. La audaz empresa de Colón y la venida de losespañoles habían retardado este florecimiento y aun puesto en peligro deque se secara o se destruyera la planta en que había de darse. SegúnPedro Lobo, los españoles habían sido como venenoso reptil que trepa alo alto de la roca donde el cóndor tiene su nido, y devora o mutila alos polluelos antes de que les crezcan las alas para enseñorearse delespacio sin límites, remontarse más allá de las nubes, y mirar el sol dehito en hito. Los españoles habían sido, cuando aportaron a América,como granizo destructor que cae en fértil suelo, al empezar laprimavera, y rompe y destroza las yemas y los brotes de los árboles,impidiendo que se revistan de flores y verdura, y que den más tardefrutas sabrosas y dulces. En todas las tribus y lenguas que cubrían yanimaban el Nuevo Mundo, en el Anahuac, en el Yucatán, en Guatemala, enla risueña meseta de los Andes, donde moraban los chibchas y en el restode la América del Sur, sobre todo, entre los quichúas y los guaraníes,germinaba y estaba ya pronta a abrirse como flor hermosa unacivilización original e indígena que los españoles arrancaron de cuajo,borrando sus huellas, aniquilando hasta su recuerdo, y, ora destruyendola raza que iba a dar al mundo esa civilización llena de novedadinaudita, ora sumiendo en la abyección a esa raza por medio de laservidumbre, del oprobio, de rudos trabajos y de inhumanos castigos.

Pedro Lobo tenía en sus venas mucha sangre india, pero también tenía ensus venas sangre española. La sangre india, sin embargo, se sublevabafuriosa contra todo cuanto había en él de español. Aún esperaba él elremedio de tantos males: que manase de nuevo con abundancia el represadomanantial americano; que se regenerasen los pueblos del Nuevo Mundo, yque su comprimida superior cultura retoñase y apareciese espléndidaantes de que desapareciese la civilización europea en medio de lasconvulsiones de un horroroso cataclismo.

A veces columbraba Pedro Lobo, en visión profética, a toda Europa tanarruinada ya y tan desierta como contemplamos hoy el centro de Asia. Sefiguraba a París, Londres y Viena, como contemplamos hoy los amontonadosescombros de Nínive y de Babilonia. Lo que es de Madrid afirmaba queapenas quedaría rastro: sólo quedarían tal vez algunos cimientos delPalacio Real. Y

como estos cimientos estarían tan solos, los hombres delas futuras edades imaginarían que había habitado en aquel alcázar untirano anacoreta, un monarca misántropo y amigo de la soledad, que habíaido a buscar para su vivienda un yermo inhospitable, feo y estéril.

Después de trazar de tan linda manera el cuadro de la Europa delporvenir, Pedro Lobo pintaba en su imaginación una Américaresplandeciente y dichosa, con artes y ciencias superiores a laseuropeas, originalísimas y casi sin antecedentes. Y como ciudadprincipal, centro y cabeza de este nuevo mundo, ponía él a Buenos Aires,su patria, en cuya ingente plaza mayor se levantaría grandiosomonumento, más alto que la más alta de las pirámides, a la memoria deJuan Manuel Rosas, precursor y fundador de la nueva era y tremendonivelador y constructor del camino por donde el linaje humano en Américahabía de subir a tamaña altura.

El profeta filósofo, sustentador de las teorías que aquí se ponen enresumen, se hizo pronto uno de los más asiduos tertulianos de la señorade Figueredo.

Apenas tendría él treinta y cinco años. A pesar de su odio a España,tenía más apariencias de español que de indio. Parecía un andaluzmoreno, esbelto y gracioso, con un no sé qué de extraño que lediferenciaba y distinguía. Y a pesar de su odio contra la civilizacióneuropea y a pesar de su vida y hábitos de gaucho, se allanaba y seresignaba, con naturalidad y sin esfuerzo, a aparecer, en la vida ytrato de las ciudades, como un caballero atildado, pulcro y bienvestido, ya de frac, ya de levita, a la última moda, con botas decharol, y por las noches con corbata blanca y guantes amarillos o lilas.Rafaela le encontraba muy fino, y lo que es el señor de Figueredo aúnponderaba más su finura.

Con lo único que Rafaela no podía transigir era con el fanatismoanti-europeo y sobre todo anti-español de sus doctrinas históricas.

Rafaela se empeñó, pues, en convertir a Pedro Lobo, haciendo de él unapersona razonable.

Este empeño no podía ser más natural ni más propio de las mujeres.¿Cuántas de ellas no han soñado con traer o han traído, ya herejes opaganos al gremio de la cristiandad, ya desaforados criminales a unavida penitente, y ya a la templanza, a la paz y a las costumbresmorigeradas a hombres crapulosos, jugadores y pendencieros?

La tentación de Rafaela era difícil de vencer. Rafaela se propuso hacerde Pedro Lobo otro hombre. Y para ello decidió emplear su buena maña ysus suaves rodeos; pero como Rafaela profesaba con ardor una filosofíade la historia totalmente contraria a la del gaucho y era además unaespañola llena del más ardiente patriotismo, siempre le faltaban lapaciencia y el disimulo para no impugnar con violenta furia los asertosdel gaucho, que ella juzgaba intolerables errores y desaforadasblasfemias.

De aquí que muy a menudo sus conversaciones con Pedro Lobo, másfrecuentes cada día, fuesen una acalorada disputa.

-XII-

Soliviantado el espíritu de Rafaela por la contradicción, extremabasu doctrina casi tanto como extremaba la suya el gallardo gaucho. Segúnella todos los pueblos y tribus del Nuevo Mundo habían degenerado y sehabían depravado hasta tal punto, que jamás ellos solos hubieran podidosalir del tenebroso abismo en que se habían sumido. Fue menester quevinieran los españoles y que para sacarlos de él les tendiesen la mano.Aunque tarde, llegaron a tiempo. Si hubieran llegado pocos años después,las semicivilizaciones que encontraron en Méjico, en Bogotá y en elvasto dominio de los Incas, hubieran ya desaparecido. Todo hubiera caídoen el estado salvaje, y tal vez los sacrificios humanos, el canibalismoy las guerras constantes de unas tribus con otras hubieran barrido desobre la faz de aquel inmenso continente la degradada especie humana.Los indios, por lo tanto, debían estar eternamente agradecidos a losespañoles que los habían levantado de la abyección y que les habíandevuelto el ser de criaturas racionales que casi habían perdido.

Los razonamientos empleados por Rafaela para sostener su tesis excitabanla cólera de Pedro Lobo y hacían brotar de sus labios feroces discursosen contra.

Solían verificarse tales controversias después de la comida, cuandoPedro Lobo estaba convidado a comer en casa de los Sres. de Figueredo.

A menudo, arrullado por los gritos de los contendientes, el Anfitrión sequedaba dormido; pero cuando no se dormía, o bien cuando despertaba yveía a su mujer y a Pedro Lobo enfurecidos ambos y en la más encarnizadacontienda, se apuraba y hasta se asustaba, porque era hombre conciliadory benigno; procuraba ponerlos en paz; y agarraba la mano de él y la manode ella y los atraía para que se las diesen, aconsejándoles que echasenpelillos a la mar, para lo cual pronunciaba también su discurso,buscando y quizás hallando un juicioso término medio entre las dosopuestas doctrinas.

—Confesemos—decía—que los españoles fueron unos heroicos desalmados, lopeor de cada casa, y que, cuando el descubrimiento y la conquista,hicieron infinidad de barbaridades; pero confesemos también que losindios en su mayor parte estaban empecatados y entregados a todos losdiablos. Su ignorancia era tal que no sabían escribir ni leer, nialumbrarse con un candil durante la noche, ni valerse de más bestias decarga que de ellos mismos, ni criar animales domésticos, ni ser pastoressiquiera. En cambio se sacrificaban a millares a sus ídolos y estabancorroídos por la gangrena de los vicios más nefandos, y sobre todo porla afición de comerse unos a otros. Los españoles vinieron a remediartodo esto, y aunque trajeron inquisición, intolerancia religiosa, cruelcodicia, malos tratamientos y trabajos forzados para los indios que seles encomendaban, todavía puede asegurarse que trajeron más bienes quemales; animales de carga para que el indio no lo fuese, animalessabrosos para que el indio se los comiese en vez de comerse a otroindio, y otras muchísimas cosas, que sería prolijo enumerar, así parabienestar del cuerpo como para solaz y consuelo del alma. Y en cuanto ala ruina de Europa que mi amigo Lobo presiente, yo no la veo tancercana. Por allá son listos y ya irán pasteleando y allanandodificultades, hasta que todos los hombres, a fuerza de máquinas,ingeniaturas y otras invenciones sutiles, coman mejor, vivan máscómodamente y luzcan trapitos de cristianar de diario. Esto no obstapara que progresemos también por aquí, sin que nuestra prosperidad nazcade la ruina del mundo viejo, sino que, al contrario, por allá y por acáprosperemos en competencia y nos amemos como hermanos. Así pues, hijamía, tú y el Sr. D. Pedro Lobo debéis empezar por dar el ejemplo, y túcomo representante de Europa y singularmente de España, y él como sifuera el propio genio de América, lejos de pelearos y de maltrataros coninsultantes recriminaciones, debéis formar estrecha alianza fraternal yser clarísimo espejo de amistad y de concordia.

Con tal discurso y con otros de la misma laya sosegaba D. Joaquín losánimos exaltados de su gentil esposa y del fanático americano.

Estos, en efecto, ya que no perpetua paz, tenían largos momentos y aunhoras de tregua agradabilísima; se hablaban al oído sin disputarsecuando así hablaban; y solían salir juntos a caballo y dar deliciosospaseos, galopando y trotando por los fértiles y pintorescos alrededoresde la ciudad, ya cuando se ponía el sol a la caída de la tarde, ya ennoches apacibles de luna.

Cierto egregio personaje no tuvo noticia de las disputashistórico-filosóficas, pero la tuvo pronto de las intimidades y de lospaseos. En su dignidad, jamás quiso darse por entendido ni mostrarsequejoso, pero desistió por completo de acudir y aun de pedir nuevascitas, dado que las antiguas hubiesen sido realidad y no invención ofábula de desocupados maldicientes.

-XIII-

Aunque dicen que de la discusión sale la luz, fuerza es confesaraquí que no salió luz ninguna de la discusión constante que Rafaela y elgaucho tenían, y en la que a veces tomaban parte varios tertulianos dela casa, diputados, senadores, hombres políticos y poetas, que siempreen el Brasil los hubo eminentes, descollando entonces entre todosMagalhaens, Gonzálvez Díaz y Araujo Portoalegre, los cuales erancomensales de la casa, complaciéndose Rafaela en tratarlos yagasajarlos.

Gustaba ella de lucir por todos estilos y de dar a sus salones ciertotinte de sabiduría y refinamiento aristocráticos.

Había educado tan bien a D. Joaquín, espoleándole para aquellos trotes,que él había ido, en su carrera desenfrenada, más allá de la meta queella le puso. De aquí algunos percances y desengaños, que aguaron algoel contento con que D. Joaquín vivía, pero que a Rafaela no leimportaron un comino.

D. Joaquín había prestado al gobierno Imperial muy notables servicios,en premio de los cuales, le habían dado la encomienda de la Rosa y hastase habló de que acaso le darían un título, si bien el título no llegónunca.

Para no hacer ruido y para no dar qué decir, D. Joaquín pretendió conmucho disimulo, tentando antes el vado, que Rafaela fuese presentada ala emperatriz; pero la augusta señora no quiso recibirla, ya pensando enla vida que se decía que Rafaela había hecho en España y en Lisboa, yarecordando que en el gran teatro de Río la habían silbado cuando ellabailaba el vito o cantaba canciones del maestro Iradier, muy celebradasentonces.

Ella rabió algo, riñó a D. Joaquín por haber andado en talespretensiones sin consultarla antes, y, al fin, olvidó el desaire y sequedó tan fresca. ¿Qué necesidad tenía ella de emperatrices, cuando eraen su casa la Emperatriz de la hermosura, de la discreción, de laelegancia y del buen tono: una princesa de Lieven o una madame Recamier de entretrópicos?

D. Joaquín fue el que se sintió quemado del desaire, originándose de laquema ciertos humos nobiliarios, que antes nadie había notado en él yque aparecieron de repente.

Hasta entonces D. Joaquín había sido despreocupadísimo, pero, con elboato y magnificencia de su casa, se desenvolvieron en su espíritu losinstintos de nobleza, combinados con la afición a la poesía. En suma, D.Joaquín hizo saber a todos sus amigos que descendía nada menos que delheroico trovador Güesto Ansures, el cual machucó a un enjambre de moroscon un ramo de higuera, por donde tomó el apellido de Figueredo, que D.Joaquín todavía llevaba.

Aunque Rafaela lo repugnó, D. Joaquín no quiso ceder nunca: no laobedeció contra su costumbre, e hizo bordar en los tapices, reposteros ycortinas de su antecámara, y pintar en sus coches, el escudo de armas delos Figueredos, con las cinco hojas de higuera, en memoria de las cincodoncellas que Güesto Ansures había libertado, cuando las llevaban a lamorería para pagar el feudo de ciento a que se obligó al rey Mauregato.

A regañadientes aguantó Rafaela este capricho de su esposo, pero no pudoresistir a la tentación de reírse un poco de él. Y para ello asegurabaque, según el antiquísimo romance, que escribió Güesto Ansures, lasdoncellas que iban cautivas eran seis, y cinco nada más las hojas dehiguera del escudo. Lo cual significaba que tres o cuatro de aquellosmalditos moros pudieron escaparse, huyendo a uña de caballo delmachucador ramo de higuera del ascendiente de don Joaquín, y se llevarona Andalucía a una de las seis niñas gallegas, la cual vino a ser prontola sultana favorita del Miramamolín. De esta sultana afirmaba Rafaelaque descendía ella, de suerte que su nobleza era tal para cual y nomenos antigua que la de su marido. En prueba de esto, si él tenía porapellido Figueredo, ella, a pesar de lo nebuloso y recóndito de suorigen, había llegado a averiguar, por claros y evidentes indicios, quesu estirpe, prosapia, abolengo y apellido era Benjumea, que equivale aBen Humeya, apellido de los califas de Córdoba, estropeado y malpronunciado por los ignorantes.

Un argumento presentaba Rafaela a veces contra las pretensiones de D.Joaquín, pero éste refutaba victoriosamente el argumento. Decía Rafaelaque no eran los Figueredos de Portugal, sino los Vargas Machucas deCastilla, los que machucaron a los moros y acabaron con el feudo de lascien doncellas. Y D. Joaquín contestaba que los Vargas Machucas, enefecto, descendían también de Güesto Ansures, si bien la rama principaly legítima era la de los Figueredos, mientras que los Vargas Machucaseran una rama secundaria, y en su sentir, bastarda, ya que, según D.Joaquín había oído explicar a una persona muy docta en la ciencia delblasón, a la que aplicaba como auxiliar la ciencia etimológica, Vargas oBargas, que es como debiera escribirse, es una contracción de losvocablos Barragana y Barragania. Por fortuna, ningún caballero quetuviese el apellido de Vargas asistió jamás a la tertulia de Rafaela, yD. Joaquín pudo sostener su tesis, poco lisonjera para los Vargas, sinpromover el menor altercado.

-XIV-

Salva la discrepancia en que solían estar marido y mujer sobre estepunto de la nobleza, don Joaquín se mostraba siempre en perfecto acuerdocon Rafaela, gustando de lo que ella gustaba, y ensalzando y aplaudiendolo que ella ensalzaba y aplaudía.

Pedro Lobo, pues, vino a ser el encanto de D. Joaquín, quien siemprequería tenerle en su casa, de suerte que, cuando Pedro Lobo, retenidopor sus quehaceres, dejaba algún día de venir o retardaba su venida, D.Joaquín iba a buscarle y no paraba ni descansaba hasta que se le traíaconsigo. Todo esto daba ocasión a no pocos chistes, que cundían por laciudad, pero que por fortuna jamás llegaban a los oídos de don Joaquín,víctima de ellos.

Algo más de un año duró esta armonía y constante convivencia entre D.Joaquín, Rafaela y Pedro Lobo.

No hubo de ser éste tan afortunado como en otras cosas en su secretamisión política. El Brasil, más enemigo cada día del dictador Rosas,conspiró contra su poder, hizo un tratado secreto con la RepúblicaOriental del Uruguay, se concertó con el general Justo José Urquiza,gobernador de Entreríos, y suministró toda clase de recursos para ellevantamiento contra el tirano.

El representante diplomático de Rosas en Río de Janeiro pidió entoncessus pasaportes. Y

retirada la Legación argentina, Pedro Lobo se marchócon ella, volviendo a Buenos Aires, para dar al dictador auxilio de másvaler como soldado que como agente secreto.

Rafaela sintió la partida de Pedro Lobo, pero como su carácter era tanalegre, logró consolarse pronto. Pedro Lobo además no se dejabaconvencer, y esto mortificaba a Rafaela, y como él tenía un carácterdominante y ella también le tenía, procurando avasallar y repugnando quela avasallasen, sus relaciones con el gaucho nada tuvieron de apaciblesy no pocas veces la enojaban y desesperaban. El prurito de romperaquellas relaciones, que ella en el fondo de su alma calificaba decadenas, estimulaba entonces su voluntad, pero, aunque era muy valerosay apenas conocía el miedo, no se atrevía a intentar la ruptura. Puede,por lo tanto, conjeturarse que Rafaela vio con oculta satisfacción lascircunstancias políticas que, si por una parte la privaban del agradabletrato de una persona de tanto mérito como Pedro Lobo, la libertaban porotra, sin rebelión ni pendencias, de lo que se le figuraba en ocasionesque tenía traza de yugo y de servidumbre.

Rafaela, aunque aparentó sentir, no sintió demasiado, por lo que yaqueda dicho, la partida de Pedro Lobo. Quien la sintió con todo sucorazón, y la lamentó y la lloró, fue D. Joaquín, que era muy tierno,pudiendo asegurarse que poseía el don de lágrimas.

A poco de la partida del gaucho, ocurrió en Río cierta novedad, que, aunsuponiendo a Rafaela muy melancólica, hubiera distraído sus melancolías.

El Sr. Gregorio Machado era el más rico propietario de todo el Brasil,dueño de muchos fondos públicos y de acciones del Banco, de magníficas fazendas en las provincias de San Pablo y Pernambuco y de florestasdilatadas, donde abundaban las maderas preciosas, en la interiorprovincia de Mato-Grosso. Centenares de esclavos cultivaban susposesiones; y sus rentas y ganancias eran tres o cuatro veces mayoresque las de D. Joaquín, con ser éste uno de los más acaudaladosbrasileños.

Viudo el Sr. Machado, tenía un hijo, llamado Arturo, de veintiséis añosde edad y muy lindo mozo.

Arturo había estudiado leyes en la Universidad de San Pablo, donde lasmujeres son guapísimas. En todo el Brasil alcanzan fama de seductoras yde que tienen misteriosas cualidades y encantados lazos con que sabencautivar a los hombres. De San Pablo han salido mujeres que, por subelleza y por otros atractivos, han llegado al pináculo de la fortuna.

Arturito, que era muy enamorado, estudió poquísimo e hizo en San Pablodoscientos mil disparates. Su padre creyó prudente sacarle y le sacó deaquella Pafos del Brasil y le envió a Olinda, donde hay también escuelade Derecho. Allí, bien o mal, tomó la borla de doctor el joven Arturo.

Ya doctorado, nada más natural que ir a Europa para acabar decivilizarse y conocer por experiencia hasta los más delicados perfiles ylas más recientes conquistas del espíritu humano.

Arturo fue, pues, aParís, haciendo de París su residencia habitual y el centro de susexcursiones.

Desde allí salió a recorrer con rapidez y por pocos mesesla Alemania y la Italia, y desde allí fue a solazarse, durante losveranos, en Baden, Wiesbaden y Homburgo, donde había treinta ycuarenta y ruleta, y donde asistía multitud de ninfas sabias yelegantes, más aptas que Egeria para adoctrinar, pulir y dar charol alos modernos Numas.

No se descuidó Arturo, aprendió cuanto hay que aprender y supoaprovechar las lecciones que le dieron; pero las lecciones salieronextremadamente caras. A los dos años de haber estado Arturo en Europa,había ya gastado a su padre, perdiéndolo al juego o en obsequio de lasninfas, cerca de 400 millones o contos de reis.

No hay que asustarse ni considerar monstruosa la suma, porque los reis del Brasil son fracos, y cada uno vale la mitad de un rei dePortugal o rei gordo. Arturo, por lo tanto, no gastó una enormidad;pero, como cada conto de reis fracos equivale sobre poco más o menos a2.500