Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas by Benito Pérez Galdós - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

Pasados algunos días, cuando ya Estupiñá andaba por ahí restablecidoaunque algo cojo, Barbarita empezó a notar en su hijo inclinacionesnuevas y algunas mañas que le desagradaron.

Observó que el Delfín, cuyaedad se aproximaba a los veinticinco años, tenía horas de infantilalegría y días de tristeza y recogimiento sombríos. Y no pararon aquílas novedades. La perspicacia de la madre creyó descubrir un notablecambio en las costumbres y en las compañías del joven fuera de casa, ylo descubrió con datos observados en ciertas inflexiones muyparticulares de su voz y lenguaje. Daba a la elle el tono arrastradoque la gente baja da a la y consonante; y se le habían pegado modismospintorescos y expresiones groseras que a la mamá no le hacían malditagracia. Habría dado cualquier cosa por poder seguirle de noche y ver conqué casta de gente se juntaba. Que esta no era fina, a la legua seconocía.

Y lo que Barbarita no dudaba en calificar de encanallamiento, empezó amanifestarse en el vestido. El Delfín se encajó una capa de esclavinacorta con mucho ribete, mucha trencilla y pasamanería. Poníase por lasnoches el sombrerito pavero, que, a la verdad, le caía muy bien, y sepeinaba con los mechones ahuecados sobre las sienes. Un día se presentóen la casa un sastre con facha de sacristán, que era de los que hacenropa ajustada para toreros, chulos y matachines; pero doña Bárbara no ledejó sacar la cinta de medir, y poco faltó para que el pobre hombrefuera rodando por las escaleras. «¿Es posible—dijo a su niño, sindisimular la ira—, que se te antoje también ponerte esos pantalonesajustados con los cuales las piernas de los hombres parecen zancas decigüeña?». Y una vez roto el fuego, rompió la señora en acusacionescontra su hijo por aquellas maneras nuevas de hablar y de vestir. Él sereía, buscando medios de eludir la cuestión; pero la inflexible mamá lecortaba la retirada con preguntas contundentes. ¿A dónde iba por lasnoches? ¿Quiénes eran sus amigos? Respondía él que los de siempre, locual no era verdad, pues salvo Villalonga, que salía con él muy puestotambién de capita corta y pavero, los antiguos condiscípulos noaportaban ya por la casa. Y Barbarita citaba a Zalamero, a Pez, al chicode Tellería. ¿Cómo no hacer comparaciones? Zalamero, a los veintisieteaños, era ya diputado y subsecretario de Gobernación, y se decía queRivero quería dar a Joaquinito Pez un Gobierno de provincia. Gustavitohacía cada artículo de crítica y cada estudio sobre los Orígenes de talo cual cosa, que era una bendición, y en tanto él y Villalonga ¿en quépasaban el tiempo?, ¿en qué?, en adquirir hábitos ordinarios y entratarse con zánganos de coleta. A mayor abundamiento, en aquella épocadel 70 se le desarrolló de tal modo al Delfín la afición a los toros,que no perdía corrida, ni dejaba de ir al apartado ningún día y a vecesse plantaba en la dehesa. Doña Bárbara vivía en la mayor intranquilidad,y cuando alguien le contaba que había visto a su ídolo en compañía de unindividuo del arte del cuerno, se subía a la parra y... «Mira, Juan,creo que tú y yo vamos a perder las amistades. Como me traigas a casa auno de esos tagarotes de calzón ajustado, chaqueta corta y botita decaña clara, te pego, sí, hago lo que no he hecho nunca, cojo una escobay ambos salís de aquí pitando»... Estos furores solían concluir conrisas, besos, promesas de enmienda y reconciliaciones cariñosas, porqueJuanito se pintaba solo para desenojar a su mamá.

Como supiera un día la dama que su hijo frecuentaba los barrios dePuerta Cerrada, calle de Cuchilleros y Cava de San Miguel, encargó aEstupiñá que vigilase, y este lo hizo con muy buena voluntad llevándolecuentos, dichos en voz baja y melodramática: «Anoche cenó en lapastelería del sobrino de Botín, en la calle de Cuchilleros... ¿sabe laseñora? También estaba el Sr. de Villalonga y otro que no conozco, untipo así... ¿cómo diré?, de estos de sombrero redondo y capa conesclavina ribeteada. Lo mismo puede pasar por un randa que por unseñorito disfrazado».

—¿Mujeres...?—preguntó con ansiedad Barbarita.

—Dos, señora, dos—dijo Plácido corroborando con igual número de dedosmuy estirados lo que la voz denunciaba—. No les pude ver las estampas.Eran de estas de mantón pardo, delantal azul, buena bota y pañuelo a lacabeza... en fin, un par de reses muy bravas.

A la semana siguiente, otra delación:

«Señora, señora...».

—¿Qué? —Ayer y anteayer entró el niño en una tienda de la ConcepciónJerónima, donde venden filigranas y corales de los que usan las amas decría...

—¿Y qué? —Que pasa allí largas horas de la tarde y de la noche. Lo sépor Pepe Vallejo, el de la cordelería de enfrente, a quien he encargadoque esté con mucho ojo.

—¿Tienda de filigranas y de corales?

—Sí, señora; una de estas platerías de puntapié, que todo lo que tienenno vale seis duros.

No la conozco; se ha puesto hace poco; pero yo me enteraré. Aspecto depobreza. Se entra por una puerta vidriera que también es entrada delportal, y en el vidrio han puesto un letrero que dice: Especialidad enregalos para amas... Antes estaba allí un relojero llamado Bravo, quemurió de miserere.

De pronto los cuentos de Estupiñá cesaron. A Barbarita todo se le volvíapreguntar y más preguntar, y el dichoso hablador no sabía nada. Ycuidado que tenía mérito la discreción de aquel hombre, porque era elmayor de los sacrificios; para él equivalía a cortarse la lengua eltener que decir: «no sé nada, absolutamente nada». A veces parecía quesus insignificantes e inseguras revelaciones querían ocultar la verdadantes que esclarecerla. «Pues nada, señora; he visto a Juanito en unsimón, solo, por la Puerta del Sol... digo... por la Plaza del Ángel...Iba con Villalonga... se reían mucho los dos... de algo que les hacíagracia...». Y todas las denuncias eran como estas, bobadas,subterfugios, evasivas... Una de dos: o Estupiñá no sabía nada, o sisabía no quería decirlo por no disgustar a la señora.

Diez meses pasaron de esta manera, Barbarita interrogando a Estupiñá, yeste no queriendo o no teniendo qué responder, hasta que allá por Mayodel 70, Juanito empezó a abandonar aquellos mismos hábitos groseros quetanto disgustaban a su madre. Esta, que lo observaba atentísimamente,notó los síntomas del lento y feliz cambio en multitud de accidentes dela vida del joven. Cuánto se regocijaba la señora con esto, no hay paraqué decirlo. Y aunque todo ello era inexplicable llegó un momento en queBarbarita dejó de ser curiosa, y no le importaba nada ignorar losdesvaríos de su hijo con tal que se reformase. Lentamente, pues,recobraba el Delfín su personalidad normal. Después de una noche queentró tarde y muy sofocado, y tuvo cefalalgia y vómitos, la mudanzapareció más acentuada. La mamá entreveía en aquella ignorada página dela existencia de su heredero, amores un tanto libertinos, orgías de malgusto, bromas y riñas quizás; pero todo lo perdonaba, todo, todito, contal que aquel trastorno pasase, como pasan las indispensables crisis delas edades. «Es un sarampión de que no se libra ningún muchacho de estostiempos—decía—. Ya sale el mío de él, y Dios quiera que salga en bien.

Notó también que el Delfín se preocupaba mucho de ciertos recados oesquelitas que a la casa traían para él, mostrándose más bien temerosode recibirlos que deseoso de ellos. A menudo daba a los criados orden deque le negaran y de que no se admitiera carta ni recado. Estaba algoinquieto, y su mamá se dijo gozosa: «Persecución tenemos; pero él parecequerer cortar toda clase de comunicaciones. Esto va bien». Hablando deesto con su marido, D. Baldomero, en quien lo progresista no quitaba loautoritario (emblema de los tiempos), propuso un plan defensivo quemereció la aprobación de ella. «Mira, hija, lo mejor es que yo hable hoymismo con el Gobernador, que es amigo nuestro. Nos mandará acá unapareja de orden público, y en cuanto llegue hombre o mujer de malastrazas con papel o recadito, me lo trincan, y al Saladero de cabeza».

Mejor que este plan era el que se le había ocurrido a la señora. Teníantomada casa en Plencia para pasar la temporada de verano, fijando lafecha de la marcha para el 8 o el 10 de Julio. Pero Barbarita, conaquella seguridad del talento superior que en un punto inicia y ejecutalas resoluciones salvadoras, se encaró con Juanito, y de buenas aprimeras le dijo: «Mañana mismo nos vamos a Plencia».

Y al decirlo se fijó en la cara que puso. Lo primero que expresó elDelfín fue alegría. Después se quedó pensativo. «Pero deme usted dos otres días. Tengo que arreglar varios asuntos...».

—¿Qué asuntos tienes tú, hijo? Música, música. Y en caso de que tengasalguno, créeme, vale más que lo dejes como está.

Dicho y hecho. Padres e hijo salieron para el Norte el día de San Pedro.Barbarita iba muy contenta, juzgándose ya vencedora, y se decía por elcamino: «Ahora le voy a poner a mi pollo una calza para que no se meescape más». Instaláronse en su residencia de verano, que era como unpalacio, y no hay palabras con qué ponderar lo contentos y saludablesque todos estaban. El Delfín, que fue desmejoradillo, no tardó enreponerse, recobrando su buen color, su palabra jovial y la plenitud desus carnes. La mamá se la tenía guardada. Esperaba ocasión propicia, yen cuanto esta llegó supo acometer la empresa aquella de la calza, comopersona lista y conocedora de las mañas del ave que era precisoaprisionar. Dios la ayudaba sin duda, porque el pollo no parecía muydispuesto a la resistencia.

«Pues sí—dijo ella, después de una conversación preparada con gracia—.Es preciso que te cases. Ya te tengo la mujer buscada. Eres unchiquillo, y a ti hay que dártelo todo hecho. ¡Qué será de ti el día enque yo te falte! Por eso quiero dejarte en buenas manos... No te rías,no; es la verdad, yo tengo que cuidar de todo, lo mismo de pegarte elbotón que se te ha caído, que de elegirte la que ha de ser compañera detoda tu vida, la que te ha de mimar cuando yo me muera.

¿A ti te cabe enla cabeza que pueda yo proponerte nada que no te convenga?... No. Pues acallar, y pon tu porvenir en mis manos. No sé qué instinto tenemos lasmadres, algunas quiero decir. En ciertos casos no nos equivocamos; somosinfalibles como el Papa».

La esposa que Barbarita proponía a su hijo era Jacinta, su prima, latercera de las hijas de Gumersindo Arnaiz. ¡Y qué casualidad! Al díasiguiente de la conferencia citada, llegaban a Plencia y se instalabanen una casita modesta, Gumersindo e Isabel Cordero con toda su catervamenuda. Candelaria no salía de Madrid, y Benigna había ido a Laredo.

Juan no dijo que sí ni que no. Limitose a responder por fórmula que lopensaría; pero una voz de su alma le declaraba que aquella gran mujer ymadre tenía tratos con el Espíritu Santo, y que su proyecto era unverdadero caso de infalibilidad.

-II-

Porque Jacinta era una chica de prendas excelentes, modestita, delicada,cariñosa y además muy bonita. Sus lindos ojos estaban ya declarando lasazón de su alma o el punto en que tocan a enamorarse y enamorar.Barbarita quería mucho a todas sus sobrinas; pero a Jacinta la adoraba;teníala casi siempre consigo y derramaba sobre ella mil atenciones ymiramientos, sin que nadie, ni aun la propia madre de Jacinta, pudierasospechar que la criaba para nuera. Toda la parentela suponía que losseñores de Santa Cruz tenían puestas sus miras en alguna de las chicasde Casa-Muñoz, de Casa-Trujillo o de otra familia rica y titulada.Pero Barbarita no pensaba en tal cosa. Cuando reveló sus planes a D.Baldomero, este sintió regocijo, pues también a él se le había ocurridolo mismo.

Ya dije que el Delfín prometió pensarlo; mas esto significaba sin dudala necesidad que todos sentimos de no aparecer sin voluntad propia enlos casos graves; en otros términos, su amor propio, que le gobernabamás que la conciencia, le exigía, ya que no una elección libre, elsimulacro de ella. Por eso Juanito no sólo lo decía, sino que parecíacomo que pensaba, yéndose a pasear solo por aquellos peñascales, y seengañaba a sí mismo diciéndose: «¡qué pensativo estoy!». Porque estascosas son muy serias, ¡vaya!, y hay que revolverlas mucho en el magín.Lo que hacía el muy farsante era saborear de antemano lo que se leaproximaba y ver de qué manera decía a su madre con el aire más grave yfilosófico del mundo: «Mamá, he meditado profundísimamente sobre esteproblema, pesando con escrúpulo las ventajas y los inconvenientes, y laverdad, aunque el caso tiene sus más y sus menos, aquí me tiene usteddispuesto a complacerla».

Todo esto era comedia, y querer echárselas de hombre reflexivo. Su madrehabía recobrado sobre él aquel ascendiente omnímodo que tuvo antes delas trapisondas que apuntadas quedan, y como el hijo pródigo a quien losreveses hacen ver cuánto le daña el obrar y pensar por cuenta propia,descansaba de sus funestas aventuras pensando y obrando con la cabeza yla voluntad de su madre.

Lo peor del caso era que nunca le había pasado por las mientes casarsecon Jacinta, a quien siempre miró más como hermana que como prima.Siendo ambos de muy corta edad (ella tenía un año y meses menos que él)habían dormido juntos, y habían derramado lágrimas y acusádosemutuamente por haber secuestrado él las muñecas de ella, y haber ellaarrojado a la lumbre, para que se derritieran, los soldaditos de él.Juan la hacía rabiar, descomponiéndole la casa de muñecas, ¡anda!, yJacinta se vengaba arrojando en su barreño de agua los caballos de Juanpara que se ahogaran... ¡anda! Por un rey mago, negro por más señas,hubo unos dramas que acabaron en leña por partida doble, es decir, queBarbarita azotaba alternadamente uno y otro par de nalgas como el quetoca los timbales; y todo porque Jacinta le había cortado la cola alcamello del rey negro; cola de cerda, no vayan a creer... «Envidiosa».«Acusón»... Ya tenían ambos la edad en que un misterioso respeto lesprohibía darse besos, y se trataban con vivo cariño fraternal. Jacintaiba todos los martes y viernes a pasar el día entero en casa deBarbarita, y esta no tenía inconveniente en dejar solos largos ratos asu hijo y a su sobrina; porque si cada cual en sí tenía el desarrollomoral que era propio de sus veinte años, uno frente a otro continuabanen la edad del pavo, muy lejos de sospechar que su destino lesaproximaría cuando menos lo pensasen.

El paso de esta situación fraternal a la de amantes no le parecía aljoven Santa Cruz cosa fácil.

Él, que tan atrevido era lejos del hogarpaterno, sentíase acobardado delante de aquella flor criada en supropia casa, y tenía por imposible que las cunitas de ambos, reunidas,se convirtieran en tálamo. Mas para todo hay remedio menos para lamuerte, y Juanito vio con asombro, a poco de intentar la metamorfosis,que las dificultades se desleían como la sal en el agua; que lo que a élle parecía montaña era como la palma de la mano, y que el tránsito de lafraternidad al enamoramiento se hacía como una seda. La primita,haciéndose también la sorprendida en los primeros momentos y aun lavergonzosa, dijo también que aquello debía pensarse. Hay motivos paracreer que Barbarita se lo había hecho pensar ya. Sea lo que quiera, elloes que a los cuatro días de romperse el hielo ya no había que enseñarlesnada de noviazgo. Creeríase que no habían hecho en su vida otra cosa másque estar picoteando todo el santo día. El país y el ambiente eranpropicios a esta vida nueva. Rocas formidables, olas, playa concaracolitos, praderas verdes, setos, callejas llenas de arbustos,helechos y líquenes, veredas cuyo término no se sabía, caseríos rústicosque al caer de la tarde despedían de sus abollados techos humaredasazules, celajes grises, rayos de sol dorando la arena, velas depescadores cruzando la inmensidad del mar, ya azul, ya verdoso, terso undía, otro aborregado, un vapor en el horizonte tiznando el cielo con suhumo, un aguacero en la montaña y otros accidentes de aquel admirablefondo poético, favorecían a los amantes, dándoles a cada momento unejemplo nuevo para aquella gran ley de la Naturaleza que estabancumpliendo.

Jacinta era de estatura mediana, con más gracia que belleza, lo que sellama en lenguaje corriente una mujer mona. Su tez finísima y sus ojosque despedían alegría y sentimiento componían un rostro sumamenteagradable. Y hablando, sus atractivos eran mayores que cuando estabacallada, a causa de la movilidad de su rostro y de la expresiónvariadísima que sabía poner en él. La estrechez relativa en que vivía lanumerosa familia de Arnaiz, no le permitía variar sus galas; pero sabíatriunfar del amaneramiento con el arte, y cualquier perifollo anunciabaen ella una mujer que, si lo quería, estaba llamada a ser elegantísima.Luego veremos. Por su talle delicado y su figura y cara porcelanescas,revelaba ser una de esas hermosuras a quienes la Naturaleza concede pocotiempo de esplendor, y que se ajan pronto, en cuanto les toca la primerapena de la vida o la maternidad.

Barbarita, que la había criado, conocía bien sus notables prendasmorales, los tesoros de su corazón amante, que pagaba siempre con crecesel cariño que se le tenía, y por todo esto se enorgullecía de suelección. Hasta que ciertas tenacidades de carácter que en la niñez eranun defecto, agradábanle cuando Jacinta fue mujer porque no es bueno quelas hembras sean todas miel, y conviene que guarden una reserva deenergía para ciertas ocasiones difíciles.

La noticia del matrimonio de Juanito cayó en la familia Arnaiz como unabomba que revienta y esparce, no desastres y muertes, sino esperanza ydichas. Porque hay que tener en cuenta que el Delfín, por su fortuna,por sus prendas, por su talento, era considerado como un ser bajado delcielo. Gumersindo Arnaiz no sabía lo que le pasaba; lo estaba viendo yaún le parecía mentira; y siendo el amartelamiento de los noviosbastante empalagoso, a él le parecía que todavía se quedaban cortos yque debían entortolarse mucho más. Isabel era tan feliz que, de vueltaya en Madrid, decía que le iba a dar algo, y que seguramente suempobrecida naturaleza no podría soportar tanta felicidad. Aquelmatrimonio había sido la ilusión de su vida durante los últimos años,ilusión que por lo muy hermosa no encajaba en la realidad. No se habíaatrevido nunca a hablar de esto a su cuñada, por temor de parecerexcesivamente ambiciosa y atrevida.

Faltábale tiempo a la buena señora para dar parte a sus amigas del felizsuceso; no sabía hablar de otra cosa, y aunque desmadejada ya y sinfuerzas a causa del trabajo y de los alumbramientos, cobraba nuevosbríos para entregarse con delirante actividad a los preparativos deboda, al equipo y demás cosas. ¡Qué proyectos hacía, qué cosasinventaba, qué previsión la suya! Pero en medio de su inmensa tarea, nocesaba de tener corazonadas pesimistas, y exclamaba con tristeza: «¡Sime parece mentira!... ¡Si yo no he de verlo!...». Y este presentimiento,por ser de cosa mala, vino a cumplirse al cabo, porque la alegríainquieta fue como una combustión oculta que devoró la poca vida que allíquedaba. Una mañana de los últimos días de Diciembre, Isabel Cordero,hallándose en el comedor de su casa, cayó redonda al suelo como heridade un rayo. Acometida de violentísimo ataque cerebral, falleció aquellamisma noche, rodeada de su marido y de sus consternados y amantes hijos.No recobró el conocimiento después del ataque, no dijo esta boca es mía,ni se quejó. Su muerte fue de esas que vulgarmente se comparan a la de un pajarito.

Decían los vecinos y amigos que había reventado degusto. Aquella gran mujer, heroína y mártir del deber, autora de diez ysiete españoles, se embriagó de felicidad sólo con el olor de ella, ysucumbió a su primera embriaguez. En su muerte la perseguían las fechascélebres, como la habían perseguido en sus partos, cual si la historiala rondara deseando tener algo que ver con ella. Isabel Cordero y D.Juan Prim expiraron con pocas horas de diferencia.

-V-

Viaje de novios

-I-

La boda se verificó en Mayo del 71. Dijo D. Baldomero con muy buenjuicio que pues era costumbre que se largaran los novios, acabadita derecibir la bendición, a correrla por esos mundos, no comprendía fuese derigor el paseo por Francia o por Italia, habiendo en España tantoslugares dignos de ser vistos. Él y Barbarita no habían ido ni siquiera aChamberí, porque en su tiempo los novios se quedaban donde estaban, y elúnico español que se permitía viajar era el duque de Osuna, D. Pedro.¡Qué diferencia de tiempos!... Y ahora, hasta Periquillo Redondo, el quetiene el bazar de corbatas al aire libre en la esquina de la casa deCorreos había hecho su viajecito a París... Juanito se manifestóenteramente conforme con su papá, y recibida la bendición nupcial,verificado el almuerzo en familia sin aparato alguno a causa del luto,sin ninguna cosa notable como no fuera un conato de brindis de Estupiñá,cuya boca tapó Barbarita a la primera palabra; dadas las despedidas, consus lágrimas y besuqueos correspondientes, marido y mujer se fueron a laestación. La primera etapa de su viaje fue Burgos, a donde llegaron alas tres de la mañana, felices y locuaces, riéndose de todo, del frío yde la oscuridad. En el alma de Jacinta, no obstante, las alegrías noexcluían un cierto miedo, que a veces era terror. El ruido del ómnibussobre el desigual piso de las calles, la subida a la fonda por angostaescalera, el aposento y sus muebles de mal gusto, mezcla de desechos deciudad y de lujos de aldea, aumentaron aquel frío invencible y aquellapavorosa expectación que la hacían estremecer. ¡Y tantísimo como queríaa su marido!... ¿Cómo compaginar dos deseos tan diferentes; que sumarido se apartase de ella y que estuviese cerca? Porque la idea de quese pudiera ir, dejándola sola, era como la muerte, y la de que seacercaba y la cogía en brazos con apasionado atrevimiento, también laponía temblorosa y asustada. Habría deseado que no se apartara de ella,pero que se estuviera quietecito.

Al día siguiente, cuando fueron a la catedral, ya bastante tarde, sabíaJacinta una porción de expresiones cariñosas y de íntima confianza deamor que hasta entonces no había pronunciado nunca, como no fuera en lavaguedad discreta del pensamiento que recela descubrirse a sí mismo.

Nole causaba vergüenza el decirle al otro que le idolatraba, así, así,clarito... al pan pan y al vino vino... ni preguntarle a cada momento siera verdad que él también estaba hecho un idólatra y que lo estaríahasta el día del Juicio final. Y a la tal preguntita, que había venido aser tan frecuente como el pestañear, el que estaba de turno contestaba Chí, dando a esta sílaba un tonillo de pronunciación infantil. El Chí se lo había enseñado Juanito aquella noche, lo mismo que el decir,también en estilo mimoso, ¿me quieles? , y otras tonterías ychiquilladas empalagosas, dichas de la manera más grave del mundo. En lamisma catedral, cuando les quitaba la vista de encima el sacristán queles enseñaba alguna capilla o preciosidad reservada, los espososaprovechaban aquel momento para darse besos a escape y a hurtadillas,frente a la santidad de los altares consagrados o detrás de la estatuayacente de un sepulcro. Es que Juanito era un pillín, y un goloso y unatrevido. A Jacinta le causaban miedo aquellas profanaciones; pero lasconsentía y toleraba, poniendo su pensamiento en Dios y confiando en queEste, al verlas, volvería la cabeza con aquella indulgencia propia delque es fuente de todo amor.

Todo era para ellos motivo de felicidad. Contemplar una maravilla delarte les entusiasmaba y de puro entusiasmo se reían, lo mismo que decualquier contrariedad. Si la comida era mala, risas; si el coche queles llevaba a la Cartuja iba danzando en los baches del camino, risas;si el sacristán de las Huelgas les contaba mil papas, diciendo que laseñora abadesa se ponía mitra y gobernaba a los curas, risas. Y a más deesto, todo cuanto Jacinta decía, aunque fuera la cosa más seria delmundo, le hacía a Juanito una gracia extraordinaria. Por cualquiertontería que este dijese, su mujer soltaba la carcajada. Las crudezas deestilo popular y aflamencado que Santa Cruz decía alguna vez,divertíanla más que nada y las repetía tratando de fijarlas en sumemoria.

Cuando no son muy groseras, estas fórmulas de hablar hacengracia, como caricaturas que son del lenguaje.

El tiempo se pasa sin sentir para los que están en éxtasis y para losenamorados. Ni Jacinta ni su esposo apreciaban bien el curso de lasfugaces horas. Ella, principalmente, tenía que pensar un poco paraaveriguar si tal día era el tercero o el cuarto de tan feliz existencia.Pero aunque no sepa apreciar bien la sucesión de los días, el amoraspira a dominar en el tiempo como en todo, y cuando se sientevictorioso en lo presente, anhela hacerse dueño de lo pasado, indagandolos sucesos para ver si le son favorables, ya que no puede destruirlos yhacerlos mentira. Fuerte en la conciencia de su triunfo presente,Jacinta empezó a sentir el desconsuelo de no someter también el pasadode su marido, haciéndose dueña de cuanto este había sentido y pensadoantes de casarse.

Como de aquella acción pretérita sólo tenía levesindicios, despertáronse en ella curiosidades que la inquietaban. Con losmutuos cariños crecía la confianza, que empieza por ser inocente y vaadquiriendo poco a poco la libertad de indagar y el valor de lasrevelaciones. Santa Cruz no estaba en el caso de que le mortificara lacuriosidad, porque Jacinta era la pureza misma. Ni siquiera había tenidoun novio de estos que no hacen más que mirar y poner la cara afligida.Ella sí que tenía campo vastísimo en que ejercer su espíritu crítico.Manos a la obra. No debe haber secretos entre los esposos. Esta es laprimera ley que promulga la curiosidad antes de ponerse a oficiar deinquisidora.

Porque Jacinta hiciese la primera pregunta llamando a su marido Nene(como él le había enseñado), no dejó este de sentirse un tanto molesto.Iban por las alamedas de chopos que hay en Burgos, rectas e inacabables,como senderos de pesadilla. La respuesta fue cariñosa, pero evasiva. ¡Silo que la nena anhelaba saber era un devaneo, una tontería...!, cosasde muchachos.

La educación del hombre de nuestros días no puede sercompleta si este no trata con toda clase de gente, si no echa un vistazoa todas las situaciones posibles de la vida, si no toma el tiento a laspasiones todas. Puro estudio y educación pura... No se trataba de amor,porque lo que es amor, bien podía decirlo, él no lo había sentido nuncahasta que le hizo tilín la que ya era su mujer.

Jacinta creía esto; pero la fe es una cosa y la curiosidad otra. Nodudaba ni tanto así del amor de su marido; pero quería saber, sí señor,quería enterarse de ciertas aventurillas. Entre esposos debe habersiempre la mayor confianza, ¿no es eso? En cuanto hay secretos, adióspaz del matrimonio. Pues bueno; ella quería leer de cabo a rabo ciertaspaginitas de la vida de su esposo antes de casarse. ¡Como que estashistorias ayudan bastante a la educación matrimonial!

Sabiéndolas dememoria, las mujeres viven más avisadas, y a poquito que los maridos sedeslicen... ¡tras!, ya están cogidos.

«Que me lo tienes que contar todito... Si no, no te dejo vivir».

Esto fue dicho en el tren, que corría y silbaba por las angosturas dePancorvo. En el paisaje veía Juanito una imagen de su conciencia. La víaque lo traspasaba, descubriendo las sombrías revueltas, era laindagación inteligente de Jacinta. El muy tuno se reía, prometiendo, esosí, contar luego; pero la verdad era que no contaba nada de sustancia.

«¡Sí, porque me engañas tú a mí!... A buena parte vienes... Sé más de loque te crees. Yo me acuerdo bien de algunas cosas que vi y oí. Tu mamáestaba muy disgustada, porque te nos habías hecho muy chu... la... pito;eso es».

El marido continuaba encerrado en su prudencia; mas no por eso seenfadaba Jacinta. Bien le decía su sagacidad femenil que la obstinaciónimpertinente produce efectos contrarios a los que pretende. Otra habríapuesto en aquel caso unos morritos muy serios; ella no, porque fundabasu éxito en la perseverancia combinada con el cariño capcioso ydiplomático. Entrando en un túnel de la Rioja, dijo así:

«¿Apostamos a que sin decirme tú una palabra, lo averiguo todo?».

Y a la salida del túnel, el enamorado esposo, después de estrujarla conun abrazo algo teatral y de haber mezclado el restallido de sus besos almugir de la máquina humeante, gritaba:

«¿Qué puedo yo ocultar a esta mona golosa?... Te como; mira que te como.¡Curiosona, fisgona, feúcha! ¿Tú quieres saber? Pues te lo voy a contar,para que me quieras más».

—¿Más? ¡Qué gracia! Eso sí que es difícil.

—Espérate a que lleguemos a Zaragoza.

—No, ahora. —¿Ahora mismo?

Chí.

—No... en Zaragoza. Mira que es historia larga y fastidiosa.

—Mejor... Cuéntala y luego veremos.

—Te vas a reír de mí. Pues señor... allá por Diciembre del añopasado... no, del otro... ¿Ves?, ya te estás riendo.

—Que no me río, que estoy más seria que el Papamoscas.

—Pues bueno, allá voy... Como te iba diciendo, conocí a una mujer...Cosas de muchachos.

Pero déjame que empiece por el principio. Érase unavez... un caballero anciano muy parecido a una cotorra y llamadoEstupiñá, el cual cayó enfermo y... cosa natural, sus amigos fueron averle...

y uno de estos amigos, al subir la escalera de piedra, encontróuna muchacha que se estaba comiendo un huevo crudo... ¿Qué tal?...

-II-

—Un huevo crudo... ¡qué asco!—exclamó Jacinta escupiendo unasalivita—. ¿Qué se puede esperar de quien se enamora de una mujer quecome huevos crudos?...

—Hablando aquí con imparcialidad, te diré que era guapa. ¿Te enfadas?

—¡Qué me voy a enfadar, hombre! Sigue...

Se comía el huevo, y te ofrecía y tú participaste...

—No, aquel día no hubo nada. Volví al siguiente y me la encontré otravez.

—Vamos, que le caíste en gracia y te estaba esperando.

No quería el Delfín ser muy explícito, y contaba a grandes rasgos,suavizando asperezas y pasando como sobre ascuas por los pasajes depeligro. Pero Jacinta tenía un arte instintivo para el manejo delgancho, y sacaba siempre algo de lo que quería saber. Allí salió arelucir parte de lo que Barbarita inútilmente intentó averiguar...¿Quién era la del huevo?... Pues una chica huérfana que vivía con sutía, la cual era huevera y pollera en la Cava de San Miguel. ¡Ah!¡Segunda Izquierdo!... por otro nombre la Melaera, ¡qué basilisco!...¡qué lengua!... ¡qué rapacidad!... Era viuda, y estaba liada, así sedice, con un picador. «Pero basta de digresiones. La segunda vez queentré en la casa, me la encontré sentada en uno de aquellos peldaños degranito, llorando».

—¿A la tía? —No, mujer, a la sobrina. La tía le acababa de echar lostiempos, y aún se oían abajo los resoplidos de la fiera... Consolé a lapobre chica con cuatro palabrillas y me senté a su lado en el escalón.

—¡Qué poca vergüenza!

—Empezamos a hablar. No subía ni bajaba nadie. La chica eraconfianzuda, inocentona, de estas que dicen todo lo que sienten, así lobueno como lo malo. Sigamos. Pues señor... al tercer día me la encontréen la calle. Desde lejos noté que se sonreía al verme. Hablamos cuatropalabras nada más; y volví y me colé en la casa; y me hice amigo de latía y hablamos; y una tarde salió el picador de entre un montón debanastas donde estaba durmiendo la siesta, todo lleno de plumas, yllegándose a mí me echó la zarpa, quiero decir, que me dio la manaza yyo se la tomé, y me convidó a unas copas, y acepté y bebimos. Notardamos Villalonga y yo en hacernos amigos de los amigos de aquellagente... No te rías... Te aseguro que Villalonga me arrastraba aaquella vida, porque se encaprichó por otra chica del barrio, como yopor la sobrina de Segunda.

—¿Y cuál era más guapa?

—¡La mía!—replicó prontamente el Delfín, dejando entrever la fuerza desu amor propio—, la mía... un animalito muy mono, una salvaje que nosabía leer ni escribir. Figúrate, ¡qué educación!

¡Pobre pueblo!, yluego hablamos de sus pasiones brutales, cuando nosotros tenemos laculpa...

Estas cosas hay que verlas de cerca... Sí, hija mía, hay queponer la mano sobre el corazón del pueblo, que es sano... sí, pero aveces sus latidos no son latidos, sino patadas... ¡Aquella infelizchica...! Como te digo, un animal; pero buen corazón, buen corazón...¡pobre nena!

Al oír esta expresión de cariño, dicha por el Delfín tanespontáneamente, Jacinta arrugó el ceño. Ella había heredado laaplicación de la palabreja, que ya le disgustaba por ser como desecho deuna pasión anterior, un vestido o alhaja ensuciados por el uso; yexpresó su disgusto dándole al pícaro de Juanito una bofetada, que paraser de mujer y en broma resonó bastante.

«¿Ves?, ya estás enfadada. Y sin motivo. Te cuento las cosas comopasaron... Basta ya, basta de cuentos».

—No, no. No me enfado. Sigue, o te pego otra.

—No me da la gana... Si lo que yo quiero es borrar un pasado queconsidero infamante; si no quiero tener ni memoria de él... Es unepisodio que tiene sus lados ridículos y sus lados vergonzosos. Lospocos años disculpan ciertas demencias, cuando de ellas se saca el honorpuro y el corazón sano. ¿Para qué me obligas a repetir lo que quieroolvidar, si sólo con recordarlo paréceme que no merezco este bien quehoy poseo, tú, niña mía?

—Estás perdonado—dijo la esposa, arreglándose el cabello que SantaCruz le había descompuesto al acentuar de un modo material aquellasexpresiones tan sabias como apasionadas—. No soy impertinente, no exijoimposibles. Bien conozco que los hombres la han de correr antes decasarse. Te prevengo que seré muy celosa si me das motivo para serlo;pero celos retrospectivos no tendré nunca.

Esto sería todo lo razonable y discreto que se quiera suponer; pero lacuriosidad no disminuía, antes bien aumentaba. Revivió con fuerza enZaragoza, después que los esposos oyeron misa en el Pilar y visitaron laSeo.

«Si me quisieras contar algo más de aquello...» indicó Jacinta, cuandovagaban por las solitarias y románticas calles que se extienden detrásde la catedral.

Santa Cruz puso mala cara. «¡Pero qué tontín! Si lo quiero saber parareírme, nada más que para reírme. ¿Qué creías tú, que me iba aenfadar?... ¡Ay, qué bobito!... No, es que me hacen gracia tuscalaveradas. Tienen un chic. Anoche pensé en ellas, y aun soñé unpoquitito con la del huevo crudo y la tía y el mamarracho del tío. No,si no me enojaba; me reía, créelo, me divertía viéndote entre esaaristocracia, hecho un caballero, una persona decente, vamos, con elpelito sobre la oreja. Ahora te voy a anticipar la continuación de lahistoria. Pues señor... le hiciste el amor por lo fino, y ella loadmitió por lo basto. La sacaste de la casa de su tía y os fuisteis losdos a otro nido, en la Concepción Jerónima».

Juanito miró fijamente a su mujer, y después se echó a reír. Aquello noera adivinación de Jacinta. Algo había oído sin duda, por lo menos elnombre de la calle. Pensando que convenía seguir el tono festivo, dijoasí:

«Tú sabías el nombre de la calle; no vengas echándotelas de zahorí... Esque Estupiñá me espiaba y le llevaba cuentos a mamá».

—Sigue con tu conquista. Pues señor...

—Cuestión de pocos días. En el pueblo, hija mía, los procedimientos sonbreves. Ya ves cómo se matan. Pues lo mismo es el amor. Un día le dije:«Si quieres probarme que me quieres, huye de tu casa conmigo». Yo penséque me iba a decir que no.

—Pensaste mal... sobre todo si en su casa había... leña.

—La respuesta fue coger el mantón, y decirme vamos. No podía salirpor la Cava. Salimos por la zapatería que se llama Al ramo deazucenas. Lo que te digo; el pueblo es así, sumamente ejecutivo yenemigo de trámites.

Jacinta miraba al suelo más que a su marido.

—Y a renglón seguido la consabida palabrita de casamiento—dijomirándole de lleno y observándole indeciso en la respuesta.

Aunque Jacinta no conocía personalmente a ninguna víctima de laspalabras de casamiento, tenía una clara idea de estos pactos diabólicospor lo que de ellos había visto en los dramas, en las piezas cortas yaun en las óperas, presentados como recurso teatral, unas veces parahacer llorar al público y otras para hacerle reír. Volvió a mirar a sumarido, y notando en él una como sonrisilla de hombre de mundo, le dioun pellizco acompañado de estos conceptos, un tanto airados:

«Sí, la palabra de casamiento con reserva mental de no cumplirla, unaburla, una estafa, una villanía. ¡Qué hombres!... Luego dicen... ¿Y esatonta no te sacó los ojos cuando se vio chasqueada?... Si hubiera sidoyo...».

—Si hubieras sido tú, tampoco me habrías sacado los ojos.

—Que sí... pillo... granujita. Vaya, no quiero saber más, no me cuentesmás.

—¿Para qué preguntas tú? Si te digo que no la quería, te enfadasconmigo y tomas partido por ella... ¿Y si te dijera que la quería, queal poco tiempo de sacarla de su casa, se me ocurría la simpleza decumplir la palabra de casamiento que le di?

—¡Ah, tuno!—exclamó Jacinta con ira cómica, aunque no enteramentecómica—. Agradece que estamos en la calle, que si no, ahora mismo tedaba un par de repelones y de cada manotada me traía un mechón depelo... Con que casarte... ¡y me lo dices a mí!... ¡a mí!

La carcajada lanzada por Santa Cruz retumbó en la cavidad de laplazoleta silenciosa y desierta con ecos tan extraños, que los dosesposos se admiraron de oírla. Formaban la rinconada aquella vetustoscaserones de ladrillo modelado a estilo mudéjar, en las puertasgigantones o salvajes de piedra con la maza al hombro, en las cornisasaleros de tallada madera, todo de un color de polvo uniforme ytristísimo. No se veían ni señales de alma viviente por ninguna parte.Tras las rejas enmohecidas no aparecía ningún resquicio de maderasentornadas por el cual se pudiera filtrar una mirada humana.

«Esto es tan solitario, hija mía—dijo el marido, quitándose elsombrero y riendo—, que puedes armarme el gran escándalo sin que seentere nadie».

Juanito corría. Jacinta fue tras él con la sombrilla levantada. «Que nome coges». —«A que sí».—«Que te mato...». Y corrieron ambos por eldesigual pavimento lleno de yerba, él riendo a carcajadas, ellacoloradita y con los ojos húmedos. Por fin, ¡pum!, le dio unsombrillazo, y cuando Juanito se rascaba, ambos se detuvieron jadeantes,sofocados por la risa.

«Por aquí» dijo Santa Cruz señalando un arco que era la única salida.

Y cuando pasaban por aquel túnel, al extremo del cual se veía otraplazoleta tan solitaria y misteriosa como la anterior, los amantes, sindecirse una palabra, se abrazaron y estuvieron estrechamente unidos,besuqueándose por espacio de un buen minuto y diciéndose al oído laspalabras más tiernas.

«Ya ves, esto es sabrosísimo. Quién diría que en medio de la calle podíauno...».

—Si alguien nos viera... —murmuró Jacinta ruborizada, porque enverdad, aquel rincón de Zaragoza podía ser todo lo solitario que sequisiese, pero no era una alcoba.

—Mejor... si nos ven, mejor... Que se aguanten el gorro.

Y vuelta a los abracitos y a los vocablos de miel.

—Por aquí no pasa un alma... —dijo él—. Es más, creo que por aquí noha pasado nunca nadie. Lo menos hay dos siglos que no ha corrido porestas paredes una mirada humana...

—Calla, me parece que siento pasos.

—Pasos... ¿a ver?... —Sí, pasos. En efecto, alguien venía. Oyose, sinpoder determinar por dónde, un arrastrar de pies sobre los guijarros delsuelo. Por entre dos casas apareció de pronto una figura negra. Era unsacerdote viejo. Cogiéronse del brazo los consortes y avanzaronafectando la mayor compostura. El clérigo, al pasar junto a ellos, lesmiró mucho.

«Paréceme—indicó la esposa, agarrándose más al brazo de su marido ypegándose mucho a él—, que nos lo ha conocido en la cara».

—¿Qué nos ha conocido?

—Que estábamos... tonteando.

—Psch... ¿y a mí, qué?

—Mira—dijo ella cuando llegaron a un sitio menos desierto—, no mecuentes más historias.

No quiero saber más. Punto final.

Rompió a reír, a reír, y el Delfín tuvo que preguntarle muchas veces lacausa de su hilaridad para obtener esta respuesta:

«¿Sabes de qué me río? De pensar en la cara que habría puesto tu mamá sile entras por la puerta una nuera de mantón, sortijillas y pañuelo a lacabeza, una nuera que dice diquiá luego y no sabe leer».

-III-

«Quedamos en que no hay más cuentos».

—No más... Bastante me he reído ya de tu tontería. Francamente, yo creíque eras más avisado... Además, todo lo que me puedas contar me lofiguro. Que te aburriste pronto. Es natural... El hombre bien criado yla mujer ordinaria no emparejan bien. Pasa la ilusión, y después ¿quéresulta? Que ella huele a cebolla y dice palabras feas... A él... comosi lo viera... se le revuelve el estómago, y empiezan las cuestiones. Elpueblo es sucio, la mujer de clase baja, por más que se lave el palmito,siempre es pueblo. No hay más que ver las casas por dentro. Pues lomismo están los benditos cuerpos.

Aquella misma tarde, después de mirar la puerta del Carmen y loselocuentes muros de Santa Engracia, que vieron lo que nadie volverá aver, paseaban por las arboledas de Torrero. Jacinta, pesando mucho sobreel brazo de su marido, porque en verdad estaba cansadita, le dijo:

«Una sola cosa quiero saber, una sola. Después punto en boca. ¿Qué casaera esa de la Concepción Jerónima...?».

—Pero, hija, ¿qué te importa?... Bueno, te lo diré. No tiene nada departicular. Pues señor...

vivía en aquella casa un tío de la tal,hermano de la huevera, buen tipo, el mayor perdido y el animal másgrande que en mi vida he visto; un hombre que lo ha sido todo,presidiario y revolucionario de barricadas, torero de invierno ytratante en ganado. ¡Ah! ¡José Izquierdo!... te reirías si le vieras yle oyeras hablar. Este tal le sorbió los sesos a una pobre mujer, viudade un platero y se casó con ella. Cada uno por su estilo, aquella parejavalía un imperio. Todo el santo día estaban riñendo, de pico seentiende... ¡Y qué tienda, hija, qué desorden, qué escenas!

Primero seemborrachaba él solo, después los dos a turno. Pregúntale a Villalonga;él es quien cuenta esto a maravilla y remeda los jaleos que allí searmaban. Paréceme mentira que yo me divirtiera con tales escándalos. ¡Loque es el hombre! Pero yo estaba ciego; tenía entonces la manía de lopopular.

—¿Y su tía, cuando la vio deshonrada, se pondría hecha una furia,verdad?

—Al principio sí... te diré...—replicó el Delfín buscando lascallejuelas de una explicación algo enojosa—. Pero más que por ladeshonra se enfurecía por la fuga. Ella quería tener en su casa a lapobre muchacha, que era su machacante. Esta gente del pueblo es atroz.¡Qué moral tan extraña la suya!, mejor dicho, no tiene ni pizca demoral. Segunda empezó por presentarse todos los días en la tienda de laConcepción Jerónima, y armar un escándalo a su hermano y a su cuñada.«Que si tú eres esto, si eres lo otro...». Parece mentira; Villalonga yyo, que oíamos estos jollines desde el entresuelo, no hacíamos más quereírnos. ¡A qué degradación llega uno cuando se deja caer así! Estaba yotan tonto, que me parecía que siempre había de vivir entre semejantechusma. Pues no te quiero decir, hija de mi alma... un día que se metióallí el picador, el querindango de Segunda. Este caballero y mi amigoIzquierdo se tenían muy mala voluntad... ¡Lo que allí se dijeron!... Eracosa de alquilar balcones.

—No sé cómo te divertía tanto salvajismo.

—Ni yo lo sé tampoco. Creo que me volví otro de lo que era y de lo quevolví a ser. Fue como un paréntesis en mi vida. Y nada, hija de mi alma,fue el maldito capricho por aquella hembra popular, no sé qué deentusiasmo artístico, una demencia ocasional que no puedo explicar.

—¿Sabes lo que estoy deseando ahora?—dijo bruscamente Jacinta.

—Que te calles, hombre, que te calles. Me repugna eso. Razón tienes; túno eras entonces tú.

Trato de figurarme cómo eras y no lo puedoconseguir. Quererte yo y ser tú como a ti mismo te pintas son dos cosasque no puedo juntar.

—Dices bien, quiéreme mucho, y lo pasado pasado. Pero aguárdate unpoco: para dejar redondo el cuento, necesito añadir una cosa que tesorprenderá. A las dos semanas de aquellos dimes y diretes, de tantabronca y de tanto escándalo entre los hermanos Izquierdo, y entreIzquierdo y el picador, y tía y sobrina, se reconciliaron todos, y seacabaron las riñas y no hubo más que finezas y apretones de manos.

—Sí que es particular. ¡Qué gente!

—El pueblo no conoce la dignidad. Sólo le mueven sus pasiones o elinterés. Como Villalonga y yo teníamos dinero largo para juergas ycañas, unos y otros tomaron el gusto a nuestros bolsillos, y prontollegó un día en que allí no se hacía más que beber, palmotear, tocar laguitarra, venga de ahí, comer magras. Era una orgía continua. En latienda no se vendía; en ninguna de las dos casas se trabajaba. El díaque no había comida de campo había cena en la casa hasta la madrugada.La vecindad estaba escandalizada. La policía rondaba. Villalonga y yocomo dos insensatos...

—¡Ay, qué par de apuntes!... Pero hijo, está lloviendo... a mí me hacaído una gota en la punta de la nariz... ¿Ves?... Aprisita, que nosmojamos.

El tiempo se les puso muy malo, y en todo el trayecto hasta Barcelona nocesó de llover.

Arrimados marido y mujer a la ventanilla, miraban lalluvia, aquella cortina de menudas líneas oblicuas que descendían delCielo sin acabar de descender. Cuando el tren paraba, se sentía elgotear del agua que los techos de los coches arrojaban sobre losestribos. Hacía frío, y aunque no lo hiciera, los viajeros lo tendríansólo de ver las estaciones encharcadas, los empleados calados y loscampesinos que venían a tomar el tren con un saco por la cabeza. Laslocomotoras chorreaban agua y fuego juntamente, y en los hules de lasplataformas del tren de mercancías se formaban bolsas llenas de agua,pequeños lagos donde habrían podido beber los pájaros, si los pájarostuvieran sed aquel día.

Jacinta estaba contenta, y su marido también, a pesar de la melancolíallorona del paisaje; pero como había otros viajeros en el vagón, losrecién casados no podían entretener el tiempo con sus besuqueos ytonterías de amor. Al llegar, los dos se reían de la formalidad con quehabían hecho aquel viaje, pues la presencia de personas extrañas no lesdejó ponerse babosos. En Barcelona estuvo Jacinta muy distraída con laanimación y el fecundo bullicio de aquella gran colmena de hombres.Pasaron ratos muy dichosos visitando las soberbias fábricas de Batlló yde Sert, y admirando sin cesar, de taller en taller, las maravillosasarmas que ha discurrido el hombre para someter a la Naturaleza. Durantetres días, la historia aquella del huevo crudo, la mujer seducida y lafamilia de insensatos que se amansaban con orgías, quedó completamenteolvidada o perdida en un laberinto de máquinas ruidosas y ahumadas, o enel triquitraque de los telares. Los de Jacquard con sus incomprensiblesjuegos de cartones agujereados tenían ocupada y suspensa la imaginaciónde Jacinta, que veía aquel prodigio y no lo quería creer. ¡Cosaestupenda! «Está una viendo las cosas todos los días, y no piensa encómo se hacen, ni se le ocurre averiguarlo. Somos tan torpes, que al veruna oveja no pensamos que en ella están nuestros gabanes. ¿Y quién ha dedecir que las chambras y enaguas han salido de un árbol? ¡Toma, elalgodón! ¿Pues y los tintes? El carmín ha sido un bichito, y el negrouna naranja agria, y los verdes y azules carbón de piedra. Pero lo másraro de todo es que cuando vemos un burro, lo que menos pensamos es quede él salen los tambores. ¿Pues, y eso de que las cerillas se saquen delos huesos, y que el sonido del violín lo produzca la cola del caballopasando por las tripas de la cabra?».

Y no paraba aquí la observadora. En aquella excursión por el campoinstructivo de la industria, su generoso corazón se desbordaba ensentimientos filantrópicos, y su claro juicio sabía mirar cara a caralos problemas sociales. «No puedes figurarte—decía a su marido, alsalir de un taller—, cuánta lástima me dan esas infelices muchachasque están aquí ganando un triste jornal, con el cual no sacan ni paravestirse. No tienen educación, son como máquinas, y se vuelven tantontas... más que tontería debe de ser aburrimiento... se vuelven tantontas digo, que en cuanto se les presenta un pillo cualquiera se dejanseducir... Y no es maldad; es que llega un momento en que dicen: 'Valemás ser mujer mala que máquina buena'».

—Filosófica está mi mujercita.

—Vaya... di que no me he lucido... En fin, no se habla más de eso. Disi me quieres, sí o no...

pero pronto, pronto.

Al otro día, en las alturas de Tibidabo, viendo a sus pies la inmensaciudad tendida en el llano, despidiendo por mil chimeneas el negroresuello que declara su fogosa actividad, Jacinta se dejó caer del ladode su marido y le dijo:

«Me vas a satisfacer una curiosidad... la última».

Y en el momento que tal habló arrepintiose de ello, porque lo quedeseaba saber, si picaba mucho en curiosidad, también le picaba algo elpudor. ¡Si encontrara una manera delicada de hacer la pregunta...!Revolvió en su mente todo lo que sabía y no hallaba ninguna fórmula quesentase bien en su boca. Y la cosa era bastante natural. O lo habíapensado o lo había soñado la noche anterior; de eso no estaba segura;mas era una consecuencia que a cualquiera se le ocurre sacar. El ordende sus juicios era el siguiente: ¿Cuánto tiempo duró el enredo de mimarido con esa mujer?, no lo sé. Pero durase más o durase menos, bienpodría suceder que... hubiera nacido algún chiquillo». Esta era lapalabra difícil de pronunciar, ¡chiquillo! , Jacinta no se atrevía, yaunque intentó sustituirla con familia, sucesión, tampoco salía.

—No, no era nada. —Tú has dicho que me ibas a preguntar no sé qué.

—Era una tontería; no hagas caso.

—No hay nada que más me cargue que esto... decirle a uno que le van apreguntar una cosa y después no preguntársela. Se queda uno confuso yhaciendo mil cálculos. Eso, eso, guárdalo bien... No le caerán moscas.Mira, hija de mi alma, cuando no se ha de tirar no se apunta.

—Ya tiraré... tiempo hay, hijito.

—Dímelo ahora... ¿Qué será, qué no será?

—Nada... no era nada. Él la miraba y se ponía serio. Parecía que leadivinaba el pensamiento, y ella tenía tal expresión en sus ojos y en susonrisilla picaresca, que casi casi se podía leer en su cara la palabraque andaba por dentro. Se miraban, se reían, y nada más. Para sí dijo laesposa: «a su tiempo maduran las uvas. Vendrán días de mayor confianza,y hablaremos... y sabré si hay o no algún hueverito por ahí».

-IV-

Jacinta no tenía ninguna especie de erudición. Había leído muy pocoslibros. Era completamente ignorante en cuestiones de geografíaartística; y sin embargo, apreciaba la poesía de aquella región costeramediterránea que se desarrolló ante sus ojos al ir de Barcelona aValencia. Los pueblecitos marinos desfilaban a la izquierda de la vía,colocados entre el mar azul y una vegetación espléndida. A trozos, elpaisaje azuleaba con la plateada hoja de los olivos; más allá las viñaslo alegraban con la verde gala del pámpano. La vela triangular de lasembarcaciones, las casitas bajas y blancas, la ausencia de tejadospuntiagudos y el predominio de la línea horizontal en lasconstrucciones, traían al pensamiento de Santa Cruz ideas de arte ynaturaleza helénica. Siguiendo las rutinas a que se dan los que hanleído algunos libros, habló también de Constantino, de Grecia, de lasbarras de Aragón y de los pececillos que las tenían pintadas en el lomo.Era de cajón sacar a relucir las colonias fenicias, cosa de que Jacintano entendía palotada, ni le hacía falta. Después vinieron Prócida y lasVísperas Sicilianas, D. Jaime de Aragón, Roger de Flor y el Imperio deOriente, el duque de Osuna y Nápoles, Venecia y el marqués de Bedmar,Massanielo, los Borgias, Lepanto, D. Juan de Austria, las galeras y lospiratas, Cervantes y los padres de la Merced.

Entretenida Jacinta con los comentarios que el otro iba poniendo a larápida visión de la costa mediterránea, condensaba su ciencia en estas oparecidas expresiones: «¿Y la gente que vive aquí, será feliz o será tandesgraciada como los aldeanos de tierra adentro, que nunca han tenidoque ver con el Gran Turco ni con la capitana de D. Juan de Austria?Porque los de aquí no apreciarán que viven en un paraíso, y el pobre,tan pobre es en Grecia como en Getafe».

Agradabilísimo día pasaron, viendo el risueño país que a sus ojos sedesenvolvía, el caudaloso Ebro, las marismas de su delta, y por fin, lamaravilla de la región valenciana, la cual se anunció con grupos dealgarrobos, que de todas partes parecían acudir bailando al encuentrodel tren. A Jacinta le daban marcos cuando los miraba con fijeza. Ya seacercaban hasta tocar con su copudo follaje la ventanilla; ya sealejaban hacia lo alto de una colina; ya se escondían tras un otero,para reaparecer haciendo pasos y figuras de minueto o jugando alescondite con los palos del telégrafo.

El tiempo, que no les había sido muy favorable en Zaragoza y Barcelona,mejoró aquel día.

Espléndido sol doraba los campos. Toda la luz delcielo parecía que se colaba dentro del corazón de los esposos. Jacintase reía de la danza de los algarrobos, y de ver los pájaros posados enfila en los alambres telegráficos. «Míralos, míralos allí. ¡Valientespícaros! Se burlan del tren y de nosotros».

—Fíjate ahora en los alambres. Son iguales al pentagrama de un papel demúsica. Mira cómo sube, mira cómo baja. Las cinco rayas parece que estángrabadas con tinta negra sobre el cielo azul, y que el cielo es lo quese mueve como un telón de teatro no acabado de colgar.

—Lo que yo digo—expresó Jacinta riendo—Mucha poesía, mucha cosabonita y nueva; pero poco que comer. Te lo confieso, marido de mi alma;tengo un hambre de mil demonios. La madrugada y este fresco del campo,me han abierto el apetito de par en par.

—Yo no quería hablar de esto para no desanimarte. Pronto llegaremos auna estación de fonda.

Si no, compraremos aunque sea unas rosquillas opan seco... El viajar tiene estas peripecias.

Ánimo chica, y dame unbeso, que las hambres con amor son menos.

—Allá van tres, y en la primera estación, mira bien, hijo, a ver sidescubrimos algo. ¿Sabes lo que yo me comería ahora?

—¿Un bistec? —No. —¿Pues qué? —Uno y medio. —Ya te contentarás connaranja y media.

Pasaban estaciones, y la fonda no parecía. Por fin, en no sé cuálapareció una mujer, que tenía delante una mesilla con licores,rosquillas, pasteles adornados con hormigas y unos... ¿qué era aquello?«¡Pájaros fritos!—gritó Jacinta a punto que Juan bajaba del vagón—.Tráete una docena... No... oye, dos docenas».

Y otra vez el tren en marcha. Ambos se colocaron rodillas con rodillas,poniendo en medio el papel grasiento que contenía aquel montón decadáveres fritos, y empezaron a comer con la prisa que su mucha hambreles daba.

«¡Ay, qué ricos están! Mira qué pechuga... Este para ti, que está muygordito».

—No, para ti, para ti. La mano de ella era tenedor para la boca de él,y viceversa. Jacinta decía que en su vida había hecho una comida que másle supiese.

«Este sí que está de buen año... ¡pobre ángel! El infeliz estaría ayercon sus compañeros posado en el alambre tan contento, tan guapote,viendo pasar el tren y diciendo «allá van esos brutos»... hasta que vinoel más bruto de todos, un cazador y... ¡prum!... Todo para que nosotrosnos regaláramos hoy. Y a fe que están sabrosos. Me ha gustado estealmuerzo.

—Y a mí. Ahora veamos estos pasteles. El ácido fórmico es bueno para ladigestión.

—¿El ácido qué...?

—Las hormigas, chica. No repares, y adentro. Mételes el diente. Estánriquísimos.

Restauradas las fuerzas, la alegría se desbordaba de aquellas almas. «Yano me marean los algarrobos—decía Jacinta—; bailad, bailad. ¡Mira quécasas, qué emparrados! Y aquello, ¿qué es?, naranjos. ¡Cómo huelen!».

Iban solos. ¡Qué dicha, siempre solitos! Juan se sentó junto a laventana y Jacinta sobre sus rodillas. Él le rodeaba la cintura con elbrazo. A ratos charlaban, haciendo ella observaciones cándidas sobretodo lo que veía. Pero después transcurrían algunos ratos sin queninguno dijera una palabra. De repente volviose Jacinta hacia su marido,y echándole un brazo alrededor del cuello, le soltó esta:

«No me has dicho cómo se llamaba».

—¿Quién? —preguntó Santa Cruz algo atontado.

—Tu adorado tormento, tu... Cómo se llamaba o cómo se llama... porquesupongo que vivirá.

—No lo sé... ni me importa. Vaya con lo que sales ahora.

—Es que hace un rato me dio por pensar en ella. Se me ocurrió derepente. ¿Sabes cómo? Vi unos refajos encarnados puestos a secar en unarbusto. Tú dirás que qué tiene que ver... Es claro, nada; pero vete asaber cómo se enlazan en el pensamiento las ideas. Esta mañana me acordéde lo mismo cuando pasaban rechinando las carretillas cargadas deequipajes. Anoche me acordé,

¿cuándo creerás? Cuando apagaste la luz. Mepareció que la llama era una mujer que decía ¡ay!, y se caía muerta. Yasé que son tonterías, pero en el cerebro pasan cosas muy particulares.¿Con que, nenito, desembuchas eso, sí o no?

—¿Qué? —El nombre. —Déjame a mí de nombres.

—¡Qué poco amable es este señor!—dijo abrazándole—. Bueno, guarda elsecretito, hombre, y dispensa. Ten cuidado no te roben esa preciosidad.Eso, eso es, o somos reservados o no. Yo me quedo lo mismo que estaba.No creas que tengo gran interés en saberlo. ¿Qué me meto yo en elbolsillo con saber un nombre más?

—Es un nombre muy feo... No me hagas pensar en lo que quieroolvidar—replicó Santa Cruz con hastío—No te digo una palabra, ¿sabes?

—Gracias, amado pueblo... Pues mira, si te figuras que voy a tenercelos, te llevas chasco. Eso quisieras tú para darte tono. No los tengoni hay para qué.

No sé qué vieron que les distrajo de aquella conversación. El paisajeera cada vez más bonito, y el campo, convirtiéndose en jardín, revelabalos refinamientos de la civilización agrícola. Todo era allí nobleza, osea naranjos, los árboles de hoja perenne y brillante, de floresolorosísimas y de frutas de oro, árbol ilustre que ha sido una de lasmás socorridas muletillas de los poetas, y que en la región valencianaestá por los suelos, quiero decir, que hay tantos, que hasta los poetaslos miran ya como si fueran cardos borriqueros. Las tierras labradasencantan la vista con la corrección atildada de sus líneas. Lashortalizas bordan los surcos y dibujan el suelo, que en algunas partessemeja un cañamazo. Los variados verdes, más parece que los ha hecho elarte con una brocha, que no la Naturaleza con su labor invisible. Y portodas partes flores, arbustos tiernos; en las estaciones acaciasgigantescas que extienden sus ramas sobre la vía; los hombres conzaragüelles y pañuelo liado a la cabeza, resabio morisco; las mujeresfrescas y graciosas, vestidas de indiana y peinadas con rosquillas depelo sobre las sienes.

«¿Y cuál es —preguntó Jacinta deseosa de instruirse—el árbol de laschufas?».

Juan no supo contestar, porque tampoco él sabía de dónde diablos salíanlas chufas. Valencia se aproximaba ya. En el vagón entraron algunaspersonas; pero los esposos no dejaron la ventanilla. A ratos se veía elmar, tan azul, tan azul, que la retina padecía el engaño de ver verde elcielo.

¡Sagunto! ¡Ay, qué nombre!, cuando se le ve escrito con las letrasnuevas y acaso torcidas de una estación, parece broma. No es de todoslos días ver envueltas en el humo de las locomotoras las inscripcionesmás retumbantes de la historia humana. Juanito, que aprovechaba lasocasiones de ser sabio sentimental, se pasmó más de lo conveniente de laaparición de aquel letrero.

«Y qué, ¿qué es?—preguntó Jacinta picada de la novelería—. ¡Ah!Sagunto, ya... un nombre.

De fijo que hubo aquí alguna marimorena. Perohabrá llovido mucho desde entonces. No te entusiasmes, hijo, y tómalocon calma. ¿A qué viene tanto ¡ah!, ¡oh! ...? Todo porque aquellosbrutos...».

—¿Chica, qué estás ahí diciendo?

—Sí, hijo de mi alma, porque aquellos brutos... no me vuelvo atrás...hicieron una barbaridad.

Bueno, llámalos héroes si quieres, y cierraesa boca que te me estás pareciendo al Papamoscas de Burgos.

Vuelta a contemplar el jardín agrícola en cuyo verdor se destacaban lascabañas de paja con una cruz en el pico del techo. En los bardales vioJacinta unas plantas muy raras, de vástagos escuetos y pencas enormes,que llamaron su atención. «Mira, mira, qué esperpento de árbol.

¿Será elde los higos chumbos?».

—No, hija mía, los higos chumbos los da esa otra planta baja, compuestade unas palas erizadas de púas. Aquello otro es la pita, que da porfruto las sogas.

—Y el esparto, ¿dónde está?

—Hasta eso no llega mi sabiduría. Por ahí debe de andar.

El tren describía amplísima curva. Los viajeros distinguieron una granmasa de edificios cuya blancura descollaba entre el verde. Los grupos deárboles la tapaban a trechos; después la descubrían. «Ya estamos enValencia, chiquilla; mírala allí».

Valencia era la ciudad mejor situada del mundo, según dijo un agudoobservador, por estar construida en medio del campo. Poco después, losesposos, empaquetados dentro de una tartana, penetraban por las callesangostas y torcidas de la ciudad campestre. «¡Pero qué país, hijo!...

Siesto parece un biombo... ¿A dónde nos lleva este hombre?».—«A la fondasin duda».

A media noche, cuando se retiraron fatigados a su domicilio después dehaber paseado por las calles y oído media Africana en el teatro de laPrincesa, Jacinta sintió que de repente, sin saber cómo ni por qué, lapicaba en el cerebro el gusanillo aquel, la idea perseguidora, la penitadisfrazada de curiosidad. Juan se resistió a satisfacerla, alegandorazones diversas. «No me marees, hija... Ya te he dicho que quieroolvidar eso...».

—Pero el nombre, nene, el nombre nada más. ¿Qué te cuesta abrir laboca un segundo?... No creas que te voy a reñir, tontín.

Hablando así se quitaba el sombrero, luego el abrigo, después el cuerpo,la falda, el polisón, y lo iba poniendo todo con orden en las butacasy sillas del aposento. Estaba rendida y no veía las santas horas de darcon sus fatigadas carnes en la cama. El esposo también iba soltandoropa.

Aparentaba buen humor; pero la curiosidad de Jacinta ledesagradaba ya. Por fin, no pudiendo resistir a las monerías de sumujer, no tuvo más remedio que decidirse. Ya estaban las cabezas sobrelas almohadas, cuando Santa Cruz echó perezoso de su boca estaspalabras:

«Pues te lo voy a decir; pero con la condición de que en tu vida más...en tu vida más me has de mentar ese nombre, ni has de hacer la menoralusión... ¿entiendes? Pues se llama...».

—Gracias a Dios, hombre. Le costaba mucho trabajo decirlo. La otra leayudaba.

—Se llama For...

For... narina.

—No. For... tuna...

Fortunata.

—Eso... Vamos, ya estás satisfecha.

—Nada más. Te has portado, has sido amable. Así es como te quiero yo.

Pasado un ratito, dormía como un ángel... dormían los dos.

-V-

«¿Sabes lo que se me ha ocurrido?—dijo Santa Cruz a su mujer dos díasdespués en la estación de Valencia—. Me parece una tontería que vayamostan pronto a Madrid. Nos plantaremos en Sevilla. Pondré un parte acasa».

Al pronto Jacinta se entristeció. Ya tenía deseos de ver a sus hermanas,a su papá y a sus tíos y suegros. Pero la idea de prolongar un pocoaquel viaje tan divertido, conquistó en breve su alma.

¡Andar así,llevados en las alas del tren, que algo tiene siempre, para las almasjóvenes, de dragón de fábula, era tan dulce, tan entretenido...!

Vieron la opulenta ribera del Júcar, pasaron por Alcira, cubierta deazahares, por Játiva la risueña; después vino Montesa, de feudalaspecto, y luego Almansa en territorio frío y desnudo.

Los campos deviñas eran cada vez más raros, hasta que la severidad del suelo les dijoque estaban en la adusta Castilla. El tren se lanzaba por aquel campotriste, como inmenso lebrel, olfateando la vía y ladrando a la nochetarda, que iba cayendo lentamente sobre el llano sin fin.

Igualdad,palos de telégrafo, cabras, charcos, matorrales, tierra gris, inmensidadhorizontal sobre la cual parecen haber corrido los mares poco ha; elhumo de la máquina alejándose en bocanadas majestuosas hacia elhorizonte; las guardesas con la bandera verde señalando el paso libre,que parece el camino de lo infinito; bandadas de aves que vuelan bajo, ylas estaciones haciéndose esperar mucho, como si tuvieran algo bueno...Jacinta se durmió y Juanito también. Aquella dichosa Mancha era unnarcótico. Por fin bajaron en Alcázar de San Juan, a media noche,muertos de frío. Allí esperaron el tren de Andalucía, tomaron chocolate,y vuelta a rodar por otra zona manchega, la más ilustre de todas, laArgamasillesca.

Pasaron los esposos una mala noche por aquella estepa, matando el fríomuy juntitos bajo los pliegues de una sola manta, y por fin llegaron aCórdoba, donde descansaron y vieron la Mezquita, no bastándoles un díapara ambas cosas. Ardían en deseos de verse en la sin par Sevilla...Otra vez al tren. Serían las nueve de la noche cuando se encontrarondentro de la romántica y alegre ciudad, en medio de aquel idioma ceceosoy de los donaires y chuscadas de la gente andaluza. Pasaron allí creoque ocho o diez días, encantados, sin aburrirse ni un solo momento,viendo los portentos de la arquitectura y de la Naturaleza, participandodel buen humor que allí se respira con el aire y se recoge de lasmiradas de los transeúntes. Una de las cosas que más cautivaban aJacinta era aquella costumbre de los patios amueblados y ajardinados, enlos cuales se ve que las ramas de una azalea bajan hasta acariciar lasteclas del piano, como si quisieran tocar. También le gustaba a Jacintaver que todas las mujeres, aun las viejas que piden limosna, llevan suflor en la cabeza. La que no tiene flor se pone entre los peloscualquier hoja verde y va por aquellas calles vendiendo vidas.

Una tarde fueron a comer a un bodegón de Triana, porque decía Juanitoque era preciso conocer todo de cerca y codearse con aquel originalísimopueblo, artista nato, poeta que parece pintar lo que habla, y querecibió del Cielo el don de una filosofía muy socorrida, que consiste entomar todas las cosas por el lado humorístico, y así la vida, una vezconvertida en broma, se hace más llevadera. Bebió el Delfín muchascañas, porque opinaba con gran sentido práctico que para asimilarse aAndalucía y sentirla bien en sí, es preciso introducir en el cuerpo todala manzanilla que este pueda contener. Jacinta no hacía más que probarlay la encontraba áspera y acídula, sin conseguir apreciar el olorcillo a pero de Ronda que dicen que tiene aquella bebida.

Retiráronse de muy buen humor a la fonda, y al llegar a ella vieron queen el comedor había mucha gente. Era un banquete de boda. Los novioseran españoles anglicanizados de Gibraltar.

Los esposos Santa Cruzfueron invitados a tomar algo, pero lo rehusaron; únicamente bebieron unpoco de Champagne, por que no dijeran. Después un inglés muy pesado, quechapurraba el castellano con la boca fruncida y los dientes apretados,como si quisiera mordiscar las palabras, se empeñó en que habían detomar unas cañas. «De ninguna manera... muchas gracias». —

«¡Ooooh!,sí»... El comedor era un hervidero de alegría y de chistes, entre loscuales empezaban a sonar algunos de gusto dudoso. No tuvo Santa Cruz másremedio que ceder a la exigencia de aquel maldito inglés, y tomando desus manos la copa, decía a media voz: «Valiente curdela tienes tú».Pero el inglés no entendía... Jacinta vio que aquello se iba poniendomalo. El inglés llamaba al orden, diciendo a los más jóvenes con suboquita cerrada que tuvieran fundamenta.

Nadie necesitaba tanto comoél que se le llamase al orden, y sobre todo, lo que más falta le hacíaera que le recortaran la bebida, porque aquello no era ya boca, era unembudo. Jacinta presintió la jarana, y tomando una resolución súbita,tiró del brazo a su marido y se lo llevó, a punto que este empezaba atomarle el pelo al inglés.