Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas by Benito Pérez Galdós - HTML preview

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Después del trinquis, Mauricia pareció como si resucitara, y su cararesplandecía de animación y contento. Entonces sí demostró que en elfondo de su ser existían instintos y sentimientos maternales; entoncessí que abrazó y besó con efusión tiernísima a la hija que había llevadoen sus entrañas... Y tanto se excitó, que temiendo le diera un síncope,quitáronle de los brazos a la nena.

«Sí, que te lleven, que te quiten demi lado... No merezco tenerte... Me tienes miedo, rica... Como quecuando seas mañosa, no te dirán 'que viene el coco', sino 'que viene tumadre'. ¡Ay, qué pena!... Pero estoy conforme. Dicen que tengo quesalvar... ¡Ay, qué gusto! Y mi hija está mejor en la tierra con laseñorita que conmigo en el Cielo... Y nada más».

Adoración rompió a llorar entre afligida y espantada. Total, quetuvieron que llevársela, porque aquel espectáculo no podía prolongarse.Mauricia seguía dando besos al aire y diciendo cosas que enternecían alas demás... «Sí, sí—pensó doña Lupe, que también estaba conmovida—

.¡Cuánto quieres a tu hija!... ¡Te la beberías!».

Fortunata no aguardó al fin de la escena. Sentía en su interior untrastorno tan grande, que una de dos, o rompía en llanto o reventaba.Refugiose en el cuarto interior, y echándose sobre un baúl, se echó allorar. Los sentimientos que desataban aquel raudal de lágrimas no eranúnicamente los producidos por la situación del momento; eran algoantiguo y profundo, sedimentado en su alma, su tradicional desgracia, eldespecho combinado con un vago deseo de ser buena, «sin poderloconseguir... Cuidado que esto es de lo que se dice y no se cree».

Muchas lágrimas había derramado cuando sintió el ruido del coche deJacinta que partía, y entonces salió a la sala. Doña Lupe se despedía dela comandanta, ofreciéndole tomar diez papeletas de la rifa de lacolcha, y hacía una seña a su sobrina indicándole que era hora deretirarse. Dieron un vistazo y un apretón de manos a la enferma, ysalieron. Cuando iban por la calle, doña Lupe, que comprendió cuántohabía impresionado a su sobrina el encuentro con la señora de SantaCruz, intentó dos o tres veces aludir a esto; pero la prudencia y unsentimiento de delicadeza retuvieron su charlatana lengua.

-IV-

En el portal de su casa se separaron; doña Lupe subió y Fortunatafue a la botica, donde Maxi estaba solo, haciendo un emplasto. Contolesu mujer lo que había visto aquel día, recordando con feliz memoriatodos los pormenores. La visita de Jacinta fue omitida discretamente.

Alfarmacéutico le agradaba que su cara mitad anduviera en aquellos trotesde beneficencia, viese buenos ejemplos y se familiarizara con aquelloscuadros hondamente humanos de la miseria y de la muerte, pues sin dudaserían más provechosos a su espíritu que los saraos, bullangas ydiversiones.

A la hora de comer se hablaba de lo mismo, y ponderaba doña Lupe lasolemnidad conmovedora del acto de aquel día. Discutiose si debíanvolver por la noche a la calle de Mira el Río o irse a Variedades a veruna pieza; mas como Fortunata mostrase gran repugnancia a las funcionesteatrales, prevaleció lo primero, y Maxi, muy complacido de aquellaaplicación a las obras de piedad, prometió que las acompañaría y queiría a recogerlas a las once. «Y como no haya esta noche quien se quedea velar, me quedaré yo» dijo la viuda, a quien no se le cocía el panhasta no dar a Guillermina prueba palmaria de humildad y abnegación.Opusiéronse a esto el sobrino y su mujer, diciendo el primero que buenoera lo bueno, pero no lo demasiado. La de Jáuregui decía con deliciosamodestia: «¡Si yo no lo hago por buscar un elogio; si no hay en esto elmenor asomo de mérito...! Yo resisto perfectamente una noche toledana, yhasta dos y tres. De modo que...».

Las nueve sería, cuando los tres entraban por el portal de la casa decorredor, y no fue poco su asombro al ver en el patio resplandor dehoguera y multitud de antorchas, cuyas movibles y rojizas llamas daban ala escena temeroso y fantástico aspecto. ¿Qué era aquello? Que losgranujas de la vecindad habían pegado fuego a un montón de paja que enmitad del patio había, y después robaron al maestro Curtis todas laseneas que pudieron, y encendiéndolas por un cabo empezaron a jugar alViático, el cual juego consistía en formarse de dos en dos, llevandolos juncos a guisa de velas, y en marchar lentamente echando latines al son de la campanilla que uno de ellos imitaba y de la marcha real decornetas que tocaban todos. La diversión consistía en romper filasinesperadamente, y saltar por encima de la hoguera. El que llevaba elcopón, bien abrigadito con un refajo atado al cuello, daba las zapatetasmás atrevidas que se podrían imaginar, y hasta vueltas de carnero,poniendo todo su arte en recobrar la actitud reverente en el momentomismo de tomar la vertical. En fin, que semejante escena daba una ideade aquella parte del Infierno donde deben tener sus esparcimientos loschiquillos del Demonio. Maximiliano y su mujer se detuvieron un rato aver aquello; pero doña Lupe dirigió a la infantil tropa miradas yexpresiones de desdén, diciendo que la culpa la tenían los padres quetal sacrilegio consentían.

Subieron, y cuando Fortunata pasó a la alcoba de Mauricia, que estabasola, retirose Maxi, diciendo que volvería a las once. Estaba aquellanoche la enferma sumamente inquieta, y lo poco que hablaba no era unmodelo de claridad. El temor de pronunciar palabras malas parecíahaberse desvanecido en ella, porque escupió de sus labios algunas queardían. La memoria no debía de estar muy firme, porque cuando su amigale dijo: «Sosiégate y acuérdate de lo de esta mañana»

replicó: «¡Lo deesta mañana...!, ¿qué ha sido...?». Y mirando con extraviados ojos altecho, parecía entregarse al doloroso trabajo de recordar, cazando lasideas como si fueran moscas. Más presente que la administración delSacramento tenía el paso con su hija; ¡ay, qué paso!... «¿No vistes a la Jacinta?—preguntó a Fortunata, volviéndose de un costado yponiéndole la mano en el hombro...—. ¿Habló contigo?... Tú eres unasosona y no tienes genio... Si a mí me llega a pasar lo que te ha pasadoa ti con esa pastelera; si el hombre mío me lo quita una mona golosa, yse me pone delante, ¡ay!, por algo me llaman Mauricia la Dura. Si me laveo delante, digo, y me viene con palabras superfirolíticas... la trincopor el moño y así, así, le doy cuatro vueltas hasta que la acogoto...».Uniendo la acción a la palabra, Mauricia hacía contorsiones violentas,se destapaba, rechinaba los dientes... no pudiendo sujetarla Fortunata,llamó a Severiana: «¡Ay, venga usted!

Está diciendo mil disparates...por Dios, vea usted de reducirla... Dele algo para que se calme,aguardiente...».

«A mí no me puede nadie—gritó la infeliz con frenesí, los ojosdesencajados, forcejeando contra los cuatro brazos que la queríansujetar—. Soy Mauricia la Dura, la que le abrió una ventana en el cascoa aquella ladrona que me robaba los pañuelos, la que le arrancó el moñoa la Pepa, la que le arañó la cara a doña Malvina la protestanta...Suéltame tiorra pastelera, o de una mordida te arranco media cara.¡Persona decente tú!... tú, que dejas un soldado pa tomar otro... tú quetienes ya el corazón como la puerta de Alcalá, de tanta gente como haentrado por él... Ja, ja, ja... Loba, más que loba, so asquerosa, judía,con más babas que un perro tiñoso... cara de escupidera, zurrón, celemínde peinetas... verás qué recorrido te doy... así, así, y te arranco lanariz, y te escupo los ojos, y te saco todo el mondongo...». Por fin noeran voces humanas las que de sus labios llenos de espuma salían, sinorugidos de fiera sujeta y acorralada. No pudiendo librar sus brazos delos vigorosos que la contenían, sus dedos se agarraron con rabiaepiléptica a lo que encontraban, y querían deshacer y rasgar la sábana yla colcha. El fatigoso mugido iba calmándose poco a poco, lascontorsiones eran menos violentas, y por fin, cayó en un colapsoprofundísimo. La sedación era instantánea, y a la misma muerte separecía.

La señora de Rubín estaba aterrada. Severiana le dijo: «ya ha tenidoesta noche tres achuchones de estos, y anteanoche tuvo seis. Si vinierael médico la aplacaría dándole esos pinchacitos que llaman yeciones...¿sabe?, una gotita de morfina». Sin duda por esta frecuencia de losaccesos veíalos Severiana con relativa calma, como los que seacostumbran a los prodigios del dolor humano en las clínicas. A poco detranquilizarse Mauricia, la otra se dedicó a preparar la lámpara quedebía arder toda la noche, un vaso con agua, aceite y una mariposaencima.

Media hora estuvo la tarasca como dormida, pronunciando en sueñosretazos de palabras y fragmentos de cláusulas groseras, como retumban enlontananza los dejos de la tempestad que ha pasado. Despertó luego, ycon voz sosegada dijo a su amiga: «¿Estás aquí?... ¡qué gusto me daverte! De todas las personas que veo aquí, la que me gusta más eres tú.Te quiero más que a mi hermana. Lo primerito que he de pedirle al Señorcuando me meta en el Cielo, es que te haga feliz, dándote lo que es muyre-tuyo, lo que te han quitado... Su Divina Majestad puede arreglarlo,si quiere...».

A Fortunata no se le ocurría nada que responder a estos disparates.

«Porque tú has padecido... ¡pobrecita! Buenas perradas te han jugado enesta vida. La pobre siempre debajo, y las ricas pateándole la cara. Perodéjate estar, que el Señor te arreglará, haciendo justicia y dándote loque te quitaron. Lo sé, lo he soñado ahora, cuando me dormí pensando queme moría y que entraba en el Cielo escoltada por la mar de angelitos...¡tan monos...! Créetelo, porque yo te lo digo... Y yo, mismamente lehe de decir a la Virgen y al Verbo y Gracia que te hagan feliz y seacuerden de las amarguras que has pasado».

Callose un instante, y después de los dos o tres suspiros que Fortunataechó de su seno, volvió a hablar la enferma de este modo: «¿Has visto aJacinta?... porque ella fue quien trajo a mi niña.

Es un serafín esamujer... Ahora cuando me pensé que estaba en el Cielo, la vi encima deuna nube con un velo blanco... Estaba allí, entremedio de aquellosgrandes corros de ángeles. ¿Será que se va a morir? Lo sentiré por miniña. Pero Dios sabe más que nosotras, ¿verdad?, y lo que él hace, biensabido se lo tiene... Pero dime, ¿te habló ella? ¿Le soltaste algunapatochada? Harías mal. Porque ella no tiene la culpa. Perdónala, chica,perdónala; que lo primerito para salvarse es perdonar a una parte yotra. Mírame a mí, que no hago más que lo que me manda el Padre Nones, yhe perdonado a la Pepa, a la Matilde, que me quiso envenenar, y a doñaMalvina la protestanta y a todo el género mundano... ¡re...! Párateboca que ya ibas a soltarlo... Pues sí, perdonar; créetelo porque yo telo digo. ¿Ves qué tranquila estoy? Pues a cuenta que lo mismo estarástú, y Dios te dará lo tuyo; eso no tiene duda... porque es de ley. Y porla santidad que tengo entre mí, te digo que si el marido de la señoritase quiere volver contigo y le recibes, no pecas, no pecas...».

Fortunata creyó prudente mandarla callar, pues aquel concepto searmonizaba mal con la santidad de que hacía gala su amiga.

—Me parece—le dijo—, que si el Padre Nones te oye eso, te ha dereprender... porque ya ves...

quien manda manda, y está dispuesto que nosean las cosas así.

—¡Qué risa contigo! ¿Pues tú qué sabes? Yo estoy arrepentida de todo lomalo que he hecho; yo he perdonado a todo Cristo. ¿Qué más quieren? Estoque te cuento es, como quien dice, una idea. ¿No puede una tener unaidea?... Cuando me muera, veremos, créetelo... el Santísimo me dirá quetengo razón...

Callose fatigada, y Fortunata le impuso silencio. De repente determinoseuna brusca sacudida en su espíritu, y tomándole la mano a su queridaamiga y apretándosela mucho, le dijo con expresión de terror:

«¿Qué te parece a ti, me salvaré yo?».

—¿Pues qué duda tiene?—replicó la otra tranquilizándola—Dicen queaunque los pecados de una sean tantos como las arenas de la mar...figúrate tú la cantidad de arenas que habrá en todita la mar...

—¡Oh!... ¡si habrá arenas en todita la mar y sus arenales!—repitióMauricia con voz patética.

—Pues aunque los pecados de una sean más que las arenas, Dios losperdona cuando una se arrepiente de verdad.

—¿Y crees tú que una idea, pongo por caso, es también pecado?

—Según y conforme. Pero tú no tienes malas ideas. Estate tranquila.

—Dios te oiga... Se me arranca el alma de verte penando... con unhombre que no quieres...

¡qué traspaso! Chavala querida, muérete, yvente conmigo. Verás qué bien vamos a estar las dos allá. ¡Porque tequiero tanto...! Dame un abrazo, hija, y muérete conmigo.

—No lo digas mucho—balbució Fortunata conmovidísima, acariciando a suamiga—. Bien podría ser que me muriera pronto. Para lo que yo hago eneste mundo... no sé... valdría más...

¡Ay, qué desgraciada soy!

—¡Re...! ¡Bendita sea tu alma! Lo primerito que le pido al Señor, lojuro por estas cruces, es que te mueras.

Las dos se echaron a llorar. En tanto doña Lupe sostenía una gallardadisputa con Severiana.

«Ya lo he dicho y no hay más que hablar. Yo mequedo esta noche para que usted descanse un poco».—«Señora, no loconsiento. Hay vecinas que se quieren quedar».—«¡Vecinas!...

Aviadaestá la enferma con las vecinas. ¡Son tan torpes y tan descuidadas...!Verá usted cómo trabucan las medicinas y le encajan una porotra».—«¡Oh!, no señora, no consiento que usted se moleste».—«Repitoque me quedo, ¡vaya! Si no hay en ello mérito alguno, ni sacrificio. Nome cuesta ningún trabajo estar en vela toda la noche. Y además, hija,hay que hacer algo por el prójimo. Velaremos, pues, y no me hable ustedde gratitud que es ridículo hacer tanto aspaviento por lo que no valetres cominos».

La viuda de Jáuregui no hacía gran sacrificio, y su determinación estabacalculada con habilidad, pues como una de las vecinas le dijera queGuillermina pensaba echar un guante al día siguiente para atender a lasapremiantes necesidades de algunos inquilinos de la casa, doña Lupepensó de esta suerte: «Con quedarme a velar, cumplo; y eso del guante nova conmigo, porque en todo el día de mañana no aparezco por aquí, ni amedia legua a la redonda».

Severiana explicó minuciosamente a la señora cuanto había que hacer,advirtiéndole que la llamase si ocurría algo extraordinario. Otra vecinase quedaba también, en calidad de ayudante. A las doce, Fortunata seretiró a su casa con su marido, que fue a buscarla. Cogiditos del brazorecorrieron el trayecto más tortuoso que largo que les separaba de sudomicilio, hablando de alcoholismo y de beneficencia domiciliaria, yponiendo muy en duda que doña Lupe resistiese toda la noche sindormirse, pues era persona que en dando las diez ya estaba haciendocortesías aunque se encontrase en visita.

A la mañana siguiente, determinó la esposa ir a enterarse de la nochetoledana que habría pasado doña Lupe, y Maximiliano no se opuso a ello.Cumplidas las sabias órdenes que había dado la directora de la casa,Fortunata salió con Papitos, y después de encaminarla a la compra,indicándole algunas cosas que debía tomar, separose de ella en laplazuela de Lavapiés para dirigirse a la calle Mira el Río. Encontró asu tía en el cuarto de la comandanta en un estado verdaderamenteaflictivo, ojerosa, con la cabeza pesada y un humor poco dispuesto a lasbromas.

«¡Bien por las valentías!...—le dijo Fortunata—. ¿Y qué tal se haportado la enferma?».

—No me hables, hija; noche más perra no la he pasado en mi vida. No meha dejado ni siquiera descabezar un sueño de diez minutos. La malditaparecía que lo hacía a propósito y por vengarse de lo muy derecha que lahe obligado a andar cuando me corría mantones... Figúrate; en un purodelirio hasta que Dios amaneció. Juraría que todo el aguardiente que habebido en su vida se le subió a la cabeza esta noche. Ya se levantaba,ya se revolvía, echaba las piernazas fuera de la cama, y los brazos comoaspas de molino... ¡Luego unas voces y unos berridos...! Ya sabes eldiccionario que gasta... Y a lo mejor se quedaba como un gato queacecha, los ojos como ascuas, y hablando bajito, bajito, y señalandopara la mesa en que está el altar y la lamparilla, decía: «Mírenlo,mírenlo; allí está». ¡A mí me daba un miedo...! Prefería oírla gritar...Créete que me horripilaba cuando le veía señalar a la luz y al altarito.

Doña Lupe empezó a tomar el chocolate que le trajo doña Fuensanta, y arenglón seguido continuó la relación, imitando la voz y la actitud de ladelirante.

«Y se ponía así: 'Allí está, mírenlo... el señor de Sor Natividad...La bribona lo tiene preso...

Bribona, más que loba...'. ¿Sabes tú quiénes el señor... con retintín, de Sor Natividad? Pues la custodia, hija,el Santísimo... Y seguía: 'Ahora voy allá, te cojo, te saco y te echo alpozo...'. ¡Al pozo!, ¿has visto?, ¡arrojar la custodia al pozo! Mira túsi tendrá malas ideas... Luego dice que se salva. ¡Como no se salveesa...! Me ha dicho Severiana que cuando delira fuerte, siempre se salecon eso, con que va a sacar del Sagrario la custodia y a guardarla en subaúl, o qué sé yo qué.

Verás: soltaba una risa que a mí me ponía lospelos de punta, y decía muy callandito: «¡Qué guapo estás con tu carablanca, con tu cara de hostia dentro del cerco de piedras finas!... ¡Oh,qué reguapo estás! No creas que te robo las piedras... Para nada lasquiero... Me gustas... ¡te comería!

No me digas que no te coja, porquete cojo, aunque me muera y me eches al infierno... Sor Natividad tefalta; para que lo sepas; te falta con el Padre Pintado...'. En fin,hija, que era un horror. Suprimo las flores que iba entreverando, porqueme ardería la boca».

Doña Lupe hizo esfuerzos por atraer hacia su paladar, con la lengua ycon los rechupidos de sus labios, lo que en el fondo del pocilloquedaba, y conseguido esto al fin, acabó así: «Con estos disparatessacrílegos estuve toda la noche en vilo, horrorizada, el estómagorevuelto, y deseando que el día llegara».

—Me lo figuraba—dijo Fortunata, y después le dio cuenta de lo quehabía dispuesto y de lo que le indicó a Papitos que comprase.

«¡Ay! Me parece que he estado un año fuera de mi casa. Me ocurría que nosabríais desenvolveros y que la mona se declararía en cantón, haciendolo que le daba la gana. Ahora a casa, que es madre. Ya hemos cumplido.Claro que esto no es ninguna santidad extraordinaria, ni un caso deheroísmo; pero algo es algo...».

Vieron entonces que Guillermina pasaba en dirección al cuarto deSeveriana, y doña Lupe corrió a recibir de su boca augusta los plácemesque merecía. «¡Oh, qué buena es usted!—le dijo la santa, estrechándolelas manos—. ¡Quedarse aquí cuidando a esta pobre...! No, no diga ustedque esto no vale nada. Vaya si vale. ¡Dejar las comodidades de su casapara velar a la cabecera de una infeliz...! Pues lo que yo sé es que nolo hacen todas... Dios se lo pagará. Más de agradecer es esto que losdonativos que hacen otras... quedándose muy abrigaditas en sus camas...porque esta es la verdadera caridad que sale del corazón... En fin, veoque su modestia se ofende, amiga mía, y no quiero sacarle a usted loscolores a la cara. Gracias, gracias».

Doña Lupe estaba muy satisfecha; pero sospechando que la fundadora iba asacar el temido guante, se despidió con prisa. «Amiga de mi alma, laobligación me llama a mi choza...».

—Sí, sí—le dijo Guillermina—. La obligación antes que nada. Hastaluego.

Y llevando aparte a Fortunata en el corredor, su tía le dijo: «Tú tequedarás aquí un ratito; si hay petitorio, no quedaremos nosotras en mallugar. Le dices que apunte un duro por ti y otro por mí. Es bastante.Bien debe saber que no somos potentadas. No me gustan guantes; pero sécumplir en todas las circunstancias y no hacer un mal papel. Un duro porti y otro por mí; no lo olvides.

No digas si podemos o no podemos más.Tú lo sueltas seco, sin achicarte ni engrandecerte; que ella, aunque sele dé un ochavo, siempre da las gracias con la misma boquita demerengue. Vaya...

Mentira me parece que he de verme en mis cuatroparedes...».

-V-

Cuando Fortunata, después de un ratito de palique con lacomandanta, penetró en la otra casa, vio cosas que la pasmaron.Guillermina, dejando su mantilla y su libro de misa sobre el sofá,desempeñaba junto a Mauricia las obligaciones más penosas del arte decuidar enfermos, acometiendo con actividad maquinal las faenas másrepugnantes, como persona que tiene la obligación y la costumbre dehacerlo. Severiana se esforzaba en impedirlo; pero Guillermina no cedía.«Déjame tú... si a mí esto no me cuesta ningún trabajo... Vete a ver loque quiere Juan Antonio, que está dando voces hace un rato». La pobremenestrala deseaba tener tres o cuatro cuerpos para atender todo.«Hombre, ten consideración. ¿Cómo quieres que deje a la señora en...?».Al ver la de Rubín este tráfago y la poca gente que había para tandiversos quehaceres, brindose gustosa a ayudar. Lo que hacía Guillerminaera para asustar a cualquiera. Fortunata no se creía con valor paratanto. Y sin embargo, al ver a la insigne dama aristocrática humillarsede aquel modo, avergonzose de no tener valor para imitarla, y sacandofuerzas de flaqueza, ofreció su ayuda. Como hija del pueblo, no queríaser menos que la señora de la grandeza en aquellos bajísimosmenesteres... «Quite usted allá, por Díos, hija...—replicó la santa—.No faltaba más; no lo consiento... de ninguna manera. ¿Es que quiereusted ayudarnos? Pues si tan buen deseo tiene, barra la sala, que va avenir el médico».

Apenas hubo cogido Fortunata la escoba, entró Severiana, y que quierasque no, se la quitó de las manos. «No faltaba más... señorita. Se vausted a poner perdida...».

—Por Dios, déjeme usted que la ayude. ¿Quiere que le haga el almuerzo asu marido?

—¡Qué cosas tiene...!

—¡Ay qué gracia!... ¿Cree usted que no sé?... La tortillita en lafiambrera, y el pan abierto con la sardina dentro. Si he hecho yo en mivida más almuerzos de obreros que pelos tengo en la cabeza...

—Hemos encendido la lumbre en la casa de la vecina. Allá está doñaFuensanta; pero va a salir a la compra, y si usted hiciera el favor...

Fortunata no necesitó más, y fue a la otra casa, donde encontró a lacomandanta muy afanada, porque no era un almuerzo, sino tres los quetenía que preparar, el de Juan Antonio y el de dos obreros más, cuyasrespectivas mujeres se habían ido ya para la fábrica, dejándole aquelencargo.

«Váyase usted a la compra—le dijo—, que de las tortillas seencarga una servidora...». Mucho agradeció esto doña Fuensanta, yponiéndose su toquilla encarnada, quedándose con la bata de tartán y lasgruesas zapatillas de orillo, cogió el cesto y el portamonedas y fue apedir órdenes a Severiana, que estaba en la sala, dentro de una nube depolvo. «Tráigame usted un codillo como el del otro día, para ponerlo ensal... un cuarterón de agujas cortas... Tocino hay en casa... ¡Ah!, noolvide las zanahorias, ni el cuarto de gallina... Si trae para ustedsesada de carnero, cómpreme otra a mí...

Oiga, oiga; si ve una buena lengua, tráigamela descargada, y lasalaremos para las dos...».

Salió la viuda del comandante renqueando por aquellas escaleras abajo, ya poco partieron Juan Antonio y los otros dos obreros con sus saquitosde comida en la mano. La señora de Rubín había desempeñado su cometidocon tanta presteza como acierto, y mientras se lavaba las manos, dejosellevar por su vagabundo pensamiento a un orden de ideas que no era nuevoen ella. «¡Si es lo que a mí me gusta, ser obrera, mujer de untrabajador honradote que me quiera...! No le des vueltas, chica; pueblonaciste y pueblo serás toda tu vida. La cabra tira al monte, y se tedespega el señorío, créetelo, se te despega...».

Cuando pasó a decir a Severiana que estaba servida, esta había concluidode limpiar la sala.

Como había tan mal olor allí, trajeron una paletadade carbones encendidos, y echando un puñado de espliego, la pasearon portoda la casa, desde el pasillo hasta la cocina. Después del sahumerio,Fortunata entró a ver a Mauricia, a quien encontró muy mal, en un estadode decaimiento y postración muy visibles. El médico, que llegó entonces,la examinó detenidamente, observando hinchazón en las piernas y en elvientre. La parálisis agitante crecía de una manera aterradora. Antes departir, el doctor habló con Guillermina en la sala, diciéndole queaquello no podía menos de acabar mal, y que a todo tirar, tiraría dosdías... Acercábase Fortunata para enterarse de esto, cuando vio entrarinesperadamente a una persona cuya presencia le hizo el efecto de unadescarga eléctrica.

«¡Jesús, esa mona otra vez...!, yo me voy».

Jacinta y Guillermina hablaron un momento con el médico, que se despidióluego. «Entraré un ratito a verla—dijo la Delfina a su amiga,sentándose en el sofá—. ¿Va usted a estar aquí mucho tiempo?».

—Tengo que pasar al otro corredor a ver al zapatero... Pobre hombre, noha querido ir al hospital. Yo no había visto nunca un caso de hidropesíasemejante. La barriga de ese infeliz era anoche como un tonel... Y ya lehan dado tres barrenos; pero el de ayer con tan mala fortuna, que no lesacaron más que medio litro, y dicen que tiene en aquel cuerpo lafriolera de catorce litros...

¡Qué humanidad, Dios mío!

Fortunata pasó a la otra sala, y a poco volvió diciendo que Mauriciadormía profundamente. La fundadora hizo entonces una observaciónhumorística. Dirigiéndose a las dos, les dijo: «¿Oyen ustedes esetrombón que toca la marcha real?». En efecto, se oía bien clara, aunquelejana, la marcha real tocada con verdadero frenesí por Leopardi, que enla repetición le ponía un lujo escandaloso de mordentes y apoyaturas.

«Pues ese pobre hombre—añadió la santa conteniendo la risa—, desde quese entera de que estoy aquí, se pone a tocar como un descosido. Es lamanera de recordarme que le prometí vestirle, porque el desventuradoestá mejor de pulmones que de ropa. Mira—propuso a Jacinta, cogiéndoleun brazo—; en cuanto vayas hoy a tu casa, has de ver si tiene tu maridoalgunos pantalones que no le sirvan... Puede que no tenga porque ¡yahemos hecho tantos escrutinios en su guardarropa!».

—No sé, no sé—dijo la señora de Santa Cruz, procurando recordar...—meparece.

—Si no—manifestó prontamente la de Rubín—, yo traeré unos del mío...

—Dios se lo pagará a usted... porque verdaderamente parte el corazónver a ese pobre hombre, en este tiempo, con unos calzones de hilo, delos que traen los soldados de Cuba...

Salió Guillermina para ir al almacén de maderas de la Ronda, y Jacintala acompañó hasta el corredor. Sentose Fortunata en el sofá, creyendoque las dos se marchaban. Pero la de Santa Cruz, después de hablar consu amiga de varias cosas, le dijo: «Aquí la espero a usted. Lleve micoche, y luego me recogerá y nos iremos juntas». Entró inmediatamente,sentándose también en el sofá.

¡Ponerse a su lado! ¡No conocerle en la cara que las dos no podían estarjuntas en parte alguna!...

Esto pensaba la mujer de Maxi, que sintió deseos de huir, y luegovergüenza y miedo de hacerlo. Si la otra le hablaba, no tendría másremedio que responderle. «Pues si yo le dijera quién soy, la haríatemblar. Veríamos entonces quién temblaba más».

Jacinta la miró. Ya el día anterior había despertado su curiosidadhermosura tan expresiva. Y

cuando sus ojos se encontraban con el rayo deaquellos ojos negros, sentía una impresión no muy grata, al modo de esospresentimientos inseguros que son, no como el contacto de un objeto,sino como la sensación del aire que hace el objeto al pasar rápidamente.

«Según ha dicho el médico—indicó la Delfina decidida a pegar lahebra—, la pobre Mauricia no saldrá de esta».

—No saldrá la pobre—opinó Fortunata algo cortada, porque le asaltabala idea de que su lenguaje no sería bastante fino.

—Si sigue así, traeré esta tarde a la niña, para que la vea... De todosmodos, debo traerla ¿no le parece a usted?

—Sí, tráigala. Jacinta sabía que aquella desconocida no era soltera,porque había ofrecido unos pantalones de su marido. Hízole, pues, lapregunta que ingenuamente se le salía siempre de los labios cuando seencontraba delante de una casada: «¿Tiene usted niños?».

—No señora—replicó la de Rubín con alguna sequedad.

—Yo tampoco. Pero me gustan tanto los niños, que tengo verdadera maníapor ellos, y los ajenos me parece que deberían ser míos... y, créalousted, no tendría escrúpulo de conciencia en robar uno, si pudiera...

—Pues yo también, si pudiera...—declaró Fortunata, que no quería sermenos que su rival en aquello de la manía materna.

—¿Pero es que se le han muerto a usted, o que no los ha tenido?

—Tuve uno, sí señora... va para cuatro años...

—¿Y en cuatro años no ha tenido usted más que uno? ¿Qué tiempo llevausted de matrimonio?

Perdone mi indiscreción.

—¿Yo?...—murmuró la otra vacilando—. Cinco años. Yo me casé antes queusted...

—¡Antes que yo!—Sí, señora... pues decía que tuve un niño y se memurió, sí señora, y si me viviera, le digo a usted que...

Como advirtiera la dama en los ojos de su interlocutora una lucidez ymovilidad singularísimas, sospechó si aquella mujer padeceríaenajenación mental. Su tono y su mirar eran muy extraños, impropios dellugar y de la sosegada conversación que ambas sostenían. «A esta mujerhay que dejarla—pensó Jacinta—; me callaré».

Guardaron silencio un rato mirando al suelo. Jacinta no pensaba en nadaimportante; Fortunata sí, y por la mente le pasó toda su historia comoenvuelta en una nube de fuego. Se le vinieron a la boca palabras duraspara increpar a aquella mona del Cielo, que le había quitado lo suyo.¿Pues no era esto una gran injusticia? Los agravios se le revolvían enel seno, saliéndole a los labios en esa forma descomedida y grosera delas hijas del pueblo, cuando se ponen a reñir. «¡La cojo y la...!—

decíapara sí clavándose las uñas en sus propios brazos—. ¿Que es un ángel?Pues que lo sea...

¿Que es una santa? ¿Y a mí qué?...». Pero de loslabios para fuera, nada... «¡Qué cobarde soy!

Con una palabra la harécaer redonda, y me tendrá un miedo tan grande que no le darán ganas devolverme a hacer preguntitas...».

En esto la mona del Cielo, impaciente porque no venía Guillermina,salió un instante al corredor. Al verse sola, creyó sentirse la otra conmás valor para dar un escándalo... Toda la rudeza, toda la pasión gozosade mujer del pueblo, ardiente, sincera, ineducada, hervía en su alma, yuna sugestión increíble la impulsaba a mostrarse tal como realmente era,sin disimulo hipócrita. «¡Si no volverá!...» se dijo mirando alcorredor, y al decir esto su espíritu volvía sobre sí, penetrándose delsentido lógico de las cosas... «Ella es una mujer de mérito y yo he sidouna perdida... Pero yo tengo razón, y perdida o no, la justicia está demi parte... porque ella sería yo, si estuviera en mi lugar...».

En esto vio que la mona volvía... Verla y cegarse fue todo uno. Nopodía darse cuenta de lo que le pasó. Obedecía a un empuje superior a suvoluntad, cuando se lanzó hacia ella con la rapidez y el salto de unperro de presa. Juntáronse, chocando en mitad del angosto pasillo.

Laprójima le clavó sus dedos en los brazos, y Jacinta la miró aterrada,como quien está delante de una fiera... Entonces vio una sonrisa debrutal ironía en los labios de la desconocida, y oyó una voz asesina quele dijo claramente: «Soy Fortunata».

Jacinta se quedó sin habla... después lanzó un ¡ay! agudísimo, como lapersona que recibe la picada de una víbora. En tanto Fortunata movía lacabeza afirmativamente con insolente dureza, repitiendo: «Soy... soy...soy la...». Pero tan sofocada estaba, que no articuló las últimaspalabras.

La Delfina bajó los ojos, y dando un tirón se soltó. Quisodecir algo, no pudo. La otra se apartó, echando llamas de sus ojos yresoplidos de su pecho, y andando hacia atrás siguió diciendo, sin quelas palabras llegaran a articularse: «Te cojo y te revuelco... porque siyo estuviera donde tú estás, sería...». Aquí recobró el aliento, y pudodecir: «¡Mejor que tú, mejor que tú...!».

La de Santa Cruz recobró la serenidad, y entrando en la sala, volvió aponerse en el sofá. Su actitud revelaba tanta dignidad como inocencia.Era la agredida, y no sólo podía serenarse más pronto, sino responder ala ofensa con desdén soberano y aun con el perdón mismo. La otra sintió,por el contrario, tremendo peso dentro de sí. ¡Ay, su accióndescompuesta y brutal le gravitó en el alma como si la casa se lehubiera desplomado encima! No tuvo ánimo para entrar también; tembló depensar lo que diría Severiana si se enteraba; pues ¿y doñaGuillermina?...

Refugiose en el cuarto de la comandanta, donde habíadejado velo y manguito. La cobardía que sintió impulsábala a correrhacia la calle. Huir, sí, y no volver a poner los pies en aquella casani en parte alguna donde pudiera tener tales encuentros... Salió sinhacer ruido, deslizándose, y al pasar frente a la puerta, miró y la vioallá dentro, al extremo del largo pasillo, que parecía un anteojo. Laveía de perfil, la mano en la mejilla, muy pensativa, y Jacinta no laveía a ella. Bajó y se puso en la calle, acordándose de una de lasprincipales recomendaciones que le había hecho Feijoo: «No descomponersenunca». Pues bien se había descompuesto aquel día...

«Peroverdaderamente—discurrió tratando de serenarse—. Yo ¿qué le he hecho?,nada...

Únicamente decirle quién soy, para que me conozca...».

¡Cosa extraña!, le entraron ganas de esperar para verla salir. Púsose decentinela en la calle del Bastero, y cinco minutos después vio a lafundadora entrar en la casa. «Han de subir por la calle deToledo—pensó—; desde allí las veré sin que me vean. Siguió a la callede Toledo, poniéndose en acecho en la acera de enfrente, junto a lapuerta de una taberna. Al cabo de un cuarto de hora, apareció por laboca-calle la berlina con las dos damas. «Hablan de mí, y le estácontando cómo pasó el lance... me imita, remedando mi movimiento, cuandola cogí por los brazos... ¿Qué dirán, Dios mío, qué dirán? Me pareceoírlas... Que soy un trasto y que me debían mandar a presidio».

-VI-

Cuando subía la escalera de su casa, se iniciaba en la concienciade la joven una reprobación clara de lo que había hecho. «...Hubierasido mucho mejor—pensó deteniendo el paso y tardando un minuto deescalón a escalón—, decirle aquello de yo soy Fortunata, con calma,reparando bien qué cara ponía ella al oírlo, y luego quedarme tanfresca, esperando a ver por qué registro salía, o echarle tres o cuatrochinitas, diciéndole que yo también soy honrada, claro, y que su maridoes un tunante... a ver por dónde la tomaba».

Al entrar en la casa, halló a doña Lupe muy incomodada con Papitos,sobre cuya inocente cabeza descargaba el mal humor que la noche en velale produjo. Cuanto se había hecho en su ausencia le parecía mal,dejándose decir que ni tan siquiera para una obra de caridad podía salirde casa, pues en cuanto volvía la espalda, era todo un desbarajuste.Fortunata comprendió que también quería meterse con ella; mas noteniendo ganas de reñir, dejaba sin contestación sus refunfuños. «Miraque es pifia mandar traer esta babilla y esta falda que no sirve ni parael gato.

Tienes la cabeza llena de viento. Nada, en cuanto yo medescuido, ya no das pie con bola».

Fortunata empezaba a sentirse mal. Tenía escalofríos, dolor de cabeza yganas de bostezar a cada momento. Conociole doña Lupe en la cara ladesazón, y le preguntó con gran interés:

«¿Tienes ascos, mareos...?».

—No sé lo que tengo; pero me acostaría de buena gana.

Doña Lupe, al irse a la cocina, iba pensando que aquellos síntomaspodrían anunciar tal vez la probable reproducción del tipo de Rubín enla especie humana; pero bien sabía la otra que no era nada de esto, ysin más explicaciones echose, bien envuelta en una manta, en el sofá desu cuarto.

Después que se le aplacara el frío, sintió somnolencia, quela llevó a un delirio tranquilo, reproduciendo en su mente la escenaaquella con varias adiciones de importancia. ¿Eran estas algo que con laprisa no pudo decir, pero que debió haber dicho, o eran simplementedesvaríos de su cerebro encendido por la calentura?... «¡Si creerá estaseñora que no hay en el mundo más mujeres honradas que ella!... Que sele quite a usted eso de la cabeza. ¡Vaya con el modelo!... ¡A buenaparte viene usted...! ¿Sabe usted, niña, que como a mí se me meta en lacabeza, le doy a usted honradez y virtudes por los hocicos hasta que noquiera más? Porque eso es cuestión de decir: '¡Ea!'... Sí, y si me atufono hay quien me tosa. ¿Pues qué cree usted, que a mí me costaría trabajocuidar enfermos y dármelas de muy católica? Pues si a mano viene mepondré el mejor día a cuidar y limpiar y revolver los enfermos máspodridos, y me vestiré una saya, y recogeré niños que no tengan padres,que de eso y de mucho más soy yo capaz... ¡Vaya con la mona del Cielo!Ea... no venga acá vendiendo mérito... ¡Y ángel me soy! Pues para que losepa, también yo, si me da la gana de ser ángel, lo seré, y más queusted, mucho más. Todas tenemos nuestro ángel en el cuerpo...».

Después de esto, tornó a ver con claridad las cosas, y dejando vagar susmiradas por la habitación solitaria y semioscura, pensaba en lo mismo,pero apreciando mejor la realidad de las cosas. En aquella meditación,lo que descollaba, después de vueltas mil, era un vivo deseo de ser nosólo igual, sino superior a la otra. El cómo era lo difícil. «Porque loprimero que tengo que hacer es querer a mi marido, y portarme bien paraque se olviden las maldades que he hecho...».

El pensamiento, recorriendo todas las caras del tema, iba de las cosasmás sutiles a las más triviales. «Me tengo que hacer una faldaenteramente igual a la que llevaba ella... lo mismito, con aqueltableado; y si encontrara tela igual... La verdad es que tiene la monaun aire de señorío y de... de... ¿de qué?, de majestad, sí... ¡Bah!,esto es idea, idea nada más de los que la miran, porque con aquello deque es ángel... A saber si lo es realmente, que las aparienciasengañan...».

Sacola de esta cavilación doña Lupe, que entró con pisadas de gato, y ledijo que era preciso tomara algo. Negose Fortunata a comer cosa alguna,y dijo que lo único que apetecía era una naranja para chuparla.«¿Antojitos ya?» murmuró la tía sonriendo, y mandó a Papitos por lanaranja.

Mientras la chupaba, haciéndole un agujerito y apretándola como aprietanlos chicos la teta, a la señora de Rubín le pasó por el cerebro otraráfaga de aquel furor que determinó el acto de la mañana: «Tu marido esmío y te lo tengo que quitar... Pinturera... santurrona... ya te diré yosi eres ángel o lo que eres... Tu marido es mío; me lo has robado...como se puede robar un pañuelo.

Dios es testigo, y si no, pregúntale...Ahora mismo lo sueltas o verás, verás quién soy...».

Quedose dormida, dejando caer al suelo la naranja. Despertó al sentirsobre su frente la mano de su amante esposo, que había subido a comer, yenterado de que estaba indispuesta, se asustó mucho, Doña Lupe quisohacerle concebir esperanzas de sucesión; pero él, moviendo la cabeza conexpresión escéptica y desconsolada, entró en la alcoba y le palpó lafrente a su mujer.

«Hija de mi vida, ¿qué tienes?».

Al oír esta terneza y al ver delante la figura de Maxi, Fortunata sintiófuerte sacudida en su interior. Como una neurosis constitutiva de esasque se manifiestan de repente, cuando menos se las espera, así sepresentó en el alma de la joven, a golpe, y a manera de explosión depólvora, la aversión que su marido le había inspirado en otro tiempo. Loprimero que pensó fue cómo había retoñado tan de repente la infameplanta del odio que ella creía seca y muerta, o al menos moribunda. Lemiraba, y mientras más le miraba, peor... Se volvió del otro ladorespondiendo con sequedad: «Nada».

—¿Sabes lo que dice la tía?... oye...

La opinión de la tía aumentaba la malquerencia de la sobrina y el vivodeseo de perder de vista a su marido. Cerrando los ojos, invocó a Dios ya la Virgen, de quien esperaba auxilio para poder curarse de aquellainsana antipatía; pero ni por esas... «Si no le puedo ver; ¡si me iríaal fin del mundo por no verle...! ¡Y yo creí que le iba tomando cariño!¡Buen cariño nos dé Dios! Ni sé yo en qué estaba pensando Feijoo...Tonto él, y yo más tonta en hacerle caso».

Maxi, al tomarle el pulso, echó por aquella boca una retahíla de frasesde medicina, concluyendo por decir: «Subiré esta noche unantiespasmódico, jarabe de azahar con bromuro, y quizás, quizás unaspildoritas de sulfato de quinina. Hay fiebre, aunque poca. Principio deun fuerte catarro. Tú te has enfriado en aquella maldita casa decorredor... o te habrás atufado con algún brasero».

Fortunata pensó que, en efecto, se había atufado, pero no con brasero.Cediendo a los ruegos de su marido y de doña Lupe, se acostó, y a primanoche estaba más tranquila, desvelada, sin ningún apetito, oyendo condesagrado el ruido de los platos y cucharas que del comedor venía a lahora de cenar. Nicolás hablaba por los codos. «Mejor es que no tomesnada, si no tienes gana—

le dijo Maxi, que entró mascando el postre ycon un higo pasado en la mano—. Por si acaso, no bajaré esta noche a labotica, y te acompañaré». La peor de las medicinas era esta, puesgustaba la joven de estar sola, entretenida con sus pensamientos. Hizopor dormirse; su marido le ató fuertemente un pañuelo a la cabeza, ydespués se puso junto a la cama. Después de un breve sueño, vio ella laescueta figura de Maxi dando paseos en la habitación. Tan pronto mirabasu persona como su sombra corriendo por la pared, larga, angulosa,doblándose en las esquinas del muro. «¡Ah!... Jacinta, yo te quisieraver casada con este... Entonces me reiría, me estaría riendo tres añosseguidos».

Maximiliano se desnudaba para acostarse. Al quitarse el chaleco, salíande las boca-mangas los hombros, como alones de un ave flaca que no tienenada que comer. Luego, los pantalones echaron de sí aquellas piernascomo bastones que se desenfundan. Todas sus coyunturas funcionaban contrabajo, cual si estuvieran mohosas, y el pelo se le había hecho tanralo, que su cabeza ofrecía una de esas calvas sin dignidad que suelenverse en jóvenes de poca y mala sangre. Al meterse en la cama y estirarlos huesos, exhalaba un ¡ah! que no se sabía si era de dolor o degusto. Fortunata, fingiendo dormir, se volvió para el otro lado y amedia noche dormía de veras.

A la madrugada abrió los ojos. La alcoba estaba en completa oscuridad.Oyó la respiración de su marido, áspera a ratos, a ratos silbante y condiversos flauteados, como si el aire encontrase en aquel pechoobstrucciones gelatinosas y lengüetas metálicas. Incorporose Fortunata,cediendo a un movimiento interior cuyo impulso inicial se determinócuando estaba dormida. Lo que pensaba entonces era por demás peregrino.El disparate que se le había ocurrido, porque disparate era y de losgordos, fue que debía echarse del lecho muy callandito, buscar a tientassu ropa, vestirse... ir hacia la percha, coger su bata y ponérsela. Elmantón, ¿dónde estaba? No pudo recordarlo; pero lo buscaría, a tientastambién; y una vez hallado, saldría de la alcoba, cogería el llavín queestaba colgado de un clavo en el recibimiento, y ¡aire!... ¡a la calle!La idea de la evasión estuvo flameando un rato sobre sus sesos, como unaluz de alcohol, sin que pudiera entender cómo se había encendidosemejante idea. En el bolsillo de la bata tenía medio duro, una peseta,y algunos cuartos, la vuelta del duro que dio a Papitos para que letrajera... no recordaba qué. Pues con aquel dinero tenía bastante. ¿Paraqué más? ¿Y a dónde iría? A una casa de huéspedes. No... a casa de D.Evaristo... No, porque D. Evaristo la reñiría. Esta idea de que lareñiría su padrino fue el golpe que le aclaró el sentido, porque laidea de la fuga era un rastro del sueño. «¿Estoy despierta o dormida?»se preguntaba al reconocer su desatino; y quedose un rato sentada en lacama, con la mano en la mejilla. El pañuelo se le había desatado de lacabeza, y deshecho el peinado, sus espesas guedejas le caían sobre loshombros. «¡Qué marido este!—

pensaba, recogiéndose el cabello—, ¡niatar un pañuelo sabe!». Después creyó ver ojos, que en aquella profundaoscuridad la miraban. «Debo de estar soñando todavía. ¿Qué me miras tú?¿Qué dices? ¿Que estoy guapa? Ya lo creo. Más que tu mujer».

Y se volvió a acostar. Maximiliano, al revolverse, le dio unencontronazo con un omoplato.

«¡Ay!, me ha hecho ver las estrellas» dijopara sí Fortunata, recogiéndose más en su lado.

«¿Duermes, vidita?» murmuró el otro despertándose, y rechupando luegocomo si tuviera una pastilla en la boca.

Pero sin oír la respuesta, se volvió a dormir.

-VII-

Al día siguiente Fortunata se sentía mejor; pero aún estaba en lacama cuando su marido, después de dar una vuelta por la botica, subió averla. «¿Qué tal?—le dijo inclinándose sobre ella y besándola enfrente—. Te puedes levantar.

El día está bueno. ¡Ay!, yo tengo menos salud que tú, y no me quejotanto. Siento tal debilidad que a veces me cuesta trabajo mover un dedo.Todos los huesos me duelen, y la cabeza la siento a ratos como siestuviera vacía, sin sesos... Pero no me duele, y esto es mala señal,porque las jaquecas son un puntal de la vida. Yo no sé lo que me pasa. Aratos me distraigo, me entra como un olvido, me quedo lelo sin saberdónde estoy ni lo que hago... Pues digo, ¿y cuándo pierdo la memoria yse me va de ella lo que más sé?... Tú estarás buena mañana; pero yo nosé a dónde voy a parar con estas cosas. Dice Ballester que tome muchohierro, pero mucho hierro, y que esto es falta de glóbulos en la sangre,y así debe de ser... Esta máquina mía nunca ha sido muy famosa, y ahoraestá que no vale dos cuartos...».

Fortunata le miraba y sentía una lástima profunda. Quizás esta lástimarefrescaba el cariño fraternal que había empezado a marchitarse. Pero noestaba muy segura de esto, y cuando le vio salir, pensaba que si aquellaplanta raquítica del cariño se agostaba, debía hacer ella esfuerzoscolosales por impedirlo.

Poco después, hallándose en el gabinete sentada junto al balcón, pordonde entraba el sol, sintió en los pasillos ruidos de voces que alpronto no se podía saber si eran de gozo o de ira. Pero ni tuvo tiempode asustarse porque vio entrar a Nicolás haciendo aspavientos de júbilo,el rostro encendido, los ojos chispos, y llegándose a su cuñada le dioun fuerte abrazo:

«Denme todos la enhorabuena... Ya... al fin... No ha sido favor, sinojusticia. Pero estoy muy agradecido a las personas que...».

—¡Gracias a Dios! Ya tenemos a Periquito hecho fraile—dijo doña Lupe,que después de haber recibido el estrujón en el pasillo, entraba trasél, radiante de dicha, porque se le quitaba de encima aquella fieraboca—. ¿Y de dónde?

—De Orihuela, tía—replicó el clérigo frotándose las manos—. Malacatedral; pero ya veremos si sale una permuta.

—Canónigo te vean mis ojos, que Papa como tenerlo en la mano.

—¡Cuánto me alegro!—dijo Fortunata por decir algo, y miró a la calleal través de los cristales, temiendo que le leyeran en la cara lospensamientos que la canonjía de su cuñado le sugería.

«¡Lo que es el mundo!—pensaba—. Razón tenía D. Evaristo. Hay dossociedades, la que se ve y la que está escondida. Si no hubiera sido pormi maldad, ¡cuándo habría sido canónigo este tonto de capirote,ordinario y hediondo! ¡Y él tan satisfecho!».

—Me voy mañana mismo a que me den la colación... Pero antes convido atodo el mundo.

Juan Pablo no lo sabe todavía. ¡Que rabie!...

Ayer me apostaba que no me la darían. Ese Villalonga es una granpersona, y Feijoo lo que se llama un caballero, y el Ministro también...¿Sabéis quién me dio la noticia? Pues Leopoldo Montes, que está ahora enGracia y Justicia. Corrí allá, y cuando el jefe del personal decatedrales me dijo que eran ciertos los toros, creí que me daba undesmayo. La credencial estaba allí, y no me la habían mandado por nosaber mis señas... Lo repito, convido a todo Cristo... a lo quequieran... y convido a las de Torquemada, a Ballester... a doña Casta ysus simpáticas hijas...

—Para, hijo, para—dijo doña Lupe amoscándose—, que para esasconvidadas no te va a bastar el sueldo de un año; y si piensas que yocargo con el mochuelo de los gastos, te equivocas...

Nicolás se calmó luego, tomando el tono que cuadra a un sacerdote y conel cual sabía él muy bien rectificar la descompostura que le producíanla ira o el contento. «Nada, yo estoy satisfecho, y aunque creo que melo merezco por mis estudios y por los servicios que he prestado en elconfesonario, no he de tener orgullo; y desde ahora lo digo, me he dellevar bien con mis compañeros de cabildo... esta es la cosa. A mí megusta la paz y concordia entre príncipes cristianos. Una vidadescansada, mi misita por las mañanas con la fresca, mi corito mañana ytarde, mi altar mayor cuando me toque, mi paseíto por las tardes, yvengan penas».

Cuando estaban almorzando, Fortunata no podía alejar de sí estecomentario: «Si fue un bien que me adecentaras, estúpido, ya te lo hepagado y no te debo nada».

«Yo tengo que ir al Monte—le dijo más tarde doña Lupe—, que hoyempiezan las subastas.

Ten cuidado con Papitos, que estos días anda muysalida. Tú la echas a perder con tus benevolencias. Date una vuelta porla cocina y no le quites ojo. Hazle que ponga el bacalao de remojo oponlo tú. Y que cuando yo venga esté lavada toda la ropa».

Quedose sola Fortunata con la chiquilla; pero no pudo vigilarla, porquetoda la tarde estuvieron entrando visitas. Primero fue doña CastaMoreno, viuda de Samaniego, con sus hijas, dos jóvenes muy bien educadaso que se lo creían ellas. La mamá pertenecía a la familia de losMorenos, que en el primer tercio del siglo se dividieron en dos grandesramas, los Morenos ricos y los Morenos pobres; pero habiendo nacidoen la primera de estas ramas, vino a parar a la segunda. Casó conSamaniego, hombre de bien y muy entendido en Farmacia, pero que no supohacerse rico. Por los Trujillos, tenía doña Casta parentesco remoto conBarbarita; pero habiendo sido muy amigas en la niñez, apenas se tratabanya, porque la fortuna y las vicisitudes de la vida las habían alejadoconsiderablemente una de otra. Sus relaciones eran intermitentes. Aveces se veían y se saludaban; a veces no. Les pasaba lo que a muchaspersonas que se han tratado en la infancia y que después están años ymás años sin verse. Resulta que cuando se encuentran dudan si hablarse ono, y al fin no se hablan, porque ninguna se decide a ser la primera.

Más cercano y claro era el parentesco de Casta con Moreno-Isla, elcual, a pesar de ser Moreno rico, mantenía cierta comunicación defamilia con aquella Moreno pobre, visitándola alguna vez.

Se tuteabanpor resabio de la niñez; pero sus relaciones eran frías, loabsolutamente preciso para salvar el principio del linaje. La rama delos Moreno-Isla establecía además un enlace remoto entre doña Casta yGuillermina Pacheco; pero este parentesco era ya de los que no coge ungalgo.

Guillermina y la viuda de Samaniego no se habían tratado nunca.

Jactábase doña Casta de haber educado muy bien a sus dos hijas. Lamayor, Aurora, guapetona, viuda de un francés, era mujer de muchadisposición para el trabajo. Había vivido algún tiempo en Francia,dirigiendo un gran establecimiento de ropa blanca, y tenía hábitosindependientes y mucho tino mercantil. La segunda, Olimpia, había estadoasistiendo al Conservatorio siete años seguidos, y obtenido muchospremios de piano. Su mamá quería que fuese profesora consumada, y parademostrarlo en los exámenes y obtener buena nota, la hacía estudiar unapieza, con la cual mortificaba a la vecindad día y noche, durante mesesy aun años.

Contaba esta niña la serie de sus novios por los dedos delas manos; pero lo que es a casarse no habían tocado todavía.

Fortunata simpatizaba mucho con Aurora y muy poco con la mamá y conOlimpia. Temía que se burlasen de ella, por su falta de educación, y quela estimaran en poco, sabedoras de su pasado.

Reconociendo que le eranlas tres muy superiores por la crianza y el acertado empleo de palabrasfinas, a veces quedábase a oscuras de lo que hablaban, y sólo asentíacon movimientos de cabeza. Siempre era de la opinión de ellas, puesaunque pensara de distinta manera, no se atrevía a expresar sudisentimiento. Aquella tarde, por causa de su situación de espíritu,estaba la de Rubín más cohibida que nunca y deseando que se marchasen.Pero desgraciadamente nunca estuvo doña Casta más habladora. Sentíamucho no encontrar a Lupe, pues deseaba comunicarle noticias de la mayortrascendencia. Aurora iba a ponerse al frente de un establecimiento deropa blanca, montado a estilo de los mejores que hay en París y Londres.¿Qué tal?

Esforzábase la mujer de Maxi en disimular el aburrimiento que esto lecausaba, y a la hipérbole de doña Casta respondía con exclamaciones depasmo y asentimiento. «Mi hija—

añadió la viuda de Samaniego—, estaráencargada de la dirección de los trousseaux, canastillas de bautizo ydemás género elegante, y tendrá sueldo y participación en losbeneficios. El dueño de este gran establecimiento, que tanto ha dellamar la atención, es Pepe Samaniego, a quien ha facilitado el dineropara montarlo mi primo D. Manuel Moreno-Isla, el hombre más bueno ymás generoso del mundo, y con un capital... ¡qué capital! Y vea usted,es soltero... y se pasa la vida en Londres aburriéndose... Lo que yodigo; podría haber hecho feliz a una joven, de las muchas que hay en lafamilia... Siempre que viene a verme, le largo un espich como él dice,él se ríe, se ríe...».

—¡Pero qué me importarán a mí todas estas cosas!—pensaba Fortunata,que ya no podía sostener más tiempo el papel, ni sabía de dónde sacarlos monosílabos y las sonrisas.

Por fin quiso Dios misericordioso que las Samaniegas se marcharan;pero no habían pasado diez minutos cuando entró D. Evaristo, con sucriado, que le sostenía por el brazo derecho, y Fortunata le condujohasta la sala en una de cuyas butacas se sentó el anciano pesadamente.

«¿Doña Lupe...?».

—No hay nadie—dijo ella, lo que significaba: estoy sola, puede ustedhablar con libertad.

—¡Ah!, sola... ¿y qué tal...? Me dijeron que estabas... que estabausted algo mala...

Después de decirle que su enfermedad no había sido nada, la chulita sesentó junto a él, haciendo propósito de contarle la verdadera dolenciaque sufría, que era puramente moral, y con los más graves caracteres.Pensaba preguntar a su sabio amigo y maestro, por qué todo aqueldesorden se había manifestado a consecuencia de las breves palabras quecruzó con Jacinta.

¿Qué relación tenía aquella mujer con su conducta ycon sus sentimientos? Sobre esto le diría algo sustancioso aquel sagazconocedor del corazón humano y del mundo, porque ella se devanaba lossesos y no podía dar con la razón de que la mona le trastornase suespíritu. Si era ángel, ¿por qué la hacía mala? ¿Por qué era con ella loque es el demonio con las criaturas, que las tienta y les inspira elmal? Luego no era ángel. Otro punto oscuro quería consultarle, y era quesentía deseos vivísimos de parecerse a aquella mujer, y ser, si nomejor, lo mismo que ella.

Luego Jacinta no era demonio.

Lo difícil era explicar esto de modo que el amigo Feijoo lo entendiese,porque ya se sabe que no se daba buena mano para encontrar las palabrasque en el lenguaje corriente expresan las cosas espirituales yenrevesadas.

-VIII-

Lo peor del caso fue que aún no había empezado la consultacuando entró doña Lupe, quien invitó al Sr. de Feijoo a tomar chocolate.No se hizo de rogar el buen caballero, y la misma viuda de Jáuregui selo sirvió. Mientras lo tomaba, hablaron de las visitas que tía y sobrinahacían a la calle de Mira el Río. «Yo—declaraba doña Lupe—, reconozcoque no tengo valor ni estómago para practicar la caridad en ese grado.Admiro mucho a la amiga Guillermina; pero no la puedo imitar». Feijooexpuso sobre aquel tema de la filantropía algunas consideraciones muysesudas, y despidiose, dando a cada una de las señoras un fuerte apretónde manos.

Aquella noche notó Fortunata en su marido algo que la puso en cuidado.Durante la comida no había dicho una palabra; tenía el color arrebatado,estaba muy inquieto, dando a cada instante suspiros hondísimos. Cuandosubió a acostarse no tenía ya el rostro encendido, sino de color decola. «¿Tienes jaqueca?» le preguntó su mujer, viéndole desplomarse enuna silla y apoyar la cabeza en las manos. Contestó Maxi que no, que lacabeza no le dolía nada, y que lo que le aterraba era sentir el cráneovacío, desalquilado, como una casa con papeles.

«Hace poco—dijo con desaliento amargo—, perdí la memoria de talmodo... que... no sabía cómo te llamas tú. Venía subiendo la escalera, yme entró tal rabia, que me pregunté a gritos:

'¿Pero cómo se llama, cómose llama?...'. Me acordé al entrar en la casa. Hoy estaba haciendo unamedicina para un enfermo de los ojos, y en vez del sulfato de atropina puse el de eserina, que es la indicación contraria. Si no lo advierteBallester... ¡qué atrocidad!, dejo ciego al enfermo...

No puedotrabajar. Esta cabeza se me ha trastornado. Figúrate que a ratos...».

Diciendo esto la miraba de hito en hito, y Fortunata no sabía disimularbien el terror que aquellos ojos le causaban.

«Figúrate que a ratos me siento tan estúpido, pero tan estúpido, quecreo tener por cabeza un pedazo de granito. No salta aquí una ideaaunque me dé con un martillo. Y otros ratos parece que me vuelvo elhombre de más seso del mundo, ¡y se me ocurren unas cosas...! De tansublimes que son no las puedo expresar; me tiembla la lengua, me lamuerdo y escupo sangre... Después me quedo como el que sale de undesmayo».

—Acuéstate y descansa—le propuso su mujer compadecida y asustada—.Eso no es más que cansancio de tanto discurrir.

Maximiliano empezó a desnudarse, deteniéndose a cada momento.

«En cuanto muevo un brazo—decía con terror—, me aumentan de tal modolas palpitaciones que no puedo respirar. Ballester dice que es nervioso,una hiperquinesia del corazón, producida por la dispepsia... gases...Pero yo digo que no, que no, que esto es más grave. Es la aorta...

Yotengo una aneurisma, y el mejor día, plaf... revienta...».

—No seas aprensivo... Si no leyeras librotes de Medicina no se teocurrirían esos disparates—

opinó ella sacándole los pantalones.

Quedose con las piernas tiesas, en calzoncillos, esperando a que sumujer le quitara también las botas. «Dios te lo pague, hija de mi vida.Ayúdame, que bien lo necesita tu pobre marido. Estoy lucido, como hayDios».

Fortunata le cogió gallardamente en brazos y le metió en la cama. Aúnpodía ella más. Ambos se reían; pero después de la risa, Maximiliano dioun suspiro, diciendo con la tristeza mayor del mundo:

«¡Qué fuerza tienes!... ¡Y yo qué débil! ¡Y a este llaman sexo fuerte!¡Valiente sexo el mío!».

«Duérmete y no pienses en tonterías» indicó ella que, movida de piedad,creyó oportuno y caritativo hacerle algunas caricias.

—Si no fuera por ti—dijo él, como un niño mimoso—, no se meimportaría que la vida se me acabara... El mundo no vale nada sino porel amor. Es lo único efectivo y real; lo demás es figurado.

Acostose también ella, y estuvo dándole conversación hasta que le entrósueño. ¡Pobre chico!

La lástima que Fortunata sentía, apagaba en suespíritu la aversión, o al menos la escondía, como en un repliegue, nopermitiéndole manifestarse. Y la compasión hacía que brotaran en suvoluntad aquellos deseos de virtud sublime que a ratos surgían como florde un minuto, criada por la emulación. La emulación o la manía imitativaeran lo que determinaba la idea de que si su marido se ponía muy malo,muy malo, ella sería la maravilla del mundo por el esmero en asistirle ycuidarle. Mas para que el triunfo fuese completo era menester que a Maxile entrase una enfermedad asquerosa, repugnante y pestífera, de esas queahuyentan hasta a los más allegados.

Ella, entonces, daría pruebas deser tan ángel como otra cualquiera, y tendría alma, paciencia, valor yestómago para todo. «Y entonces vería esa si aquí hay perfecciones ono hay perfecciones, y que cada una es cada una... Lo malo sería que nolo viese, porque acá no ha de venir...».

Maximiliano la distrajo de esta meditación, dando quejidos profundos. Yaconocía aquello su mujer y sabía el remedio, que era volverlo suavementedel otro lado...

«¡Qué sueño!—murmuró Maxi medio despierto—. Soñaba que te habíasmarchado... y yo te había cogido de un pie, y tú tirabas, y yo tirabamás, y tirando se me rompía la bolsa del aneurisma, y todo el cuarto sellenaba de sangre, todo el cuarto, hasta el techo...».

Le arrulló para que se durmiera, y ella se durmió también. Levantosetemprano porque tenía que trabajar. Después de las nueve, cuando entróen la alcoba a ver si a su marido se le ofrecía alguna cosa, este seestaba vistiendo, y en una disposición de ánimo muy distinta de la quetuviera la noche anterior. No sólo parecía recobrado de su debilidad,sino que estaba inquieto, ágil y como si acabara de tomar un excitantemuy enérgico. En cuanto entró su mujer, se fue derecho a ella,abotonándose el cuello de la camisa, y en tono de acritud le dijo:

«Oye... estaba deseando que vinieras para decirte que esas visitas delseñor de Feijoo me cargan. Anoche te lo iba a decir y se me olvidó... Yalo sabes... Sé que ayer tarde estuvo aquí otra vez y le dieron chocolatecon mojicón. Me lo contó mi hermano Juan, que pasaba por la calle cuandoél salía, y hablaron».

Fortunata estaba pasmada de aquel exabrupto, y más aún del tono. Por lasmañanas, solía estar Maximiliano algo regañón y displicente; pero nuncacomo aquel día. Volviéndose hacia el espejo para ponerse la corbata,prosiguió diciendo: «Es que parece que hacen las cosas a propósito paramolestarme, para que rabie... Y no eres tú sola... mi tía también. Sehan propuesto sin duda hacerme perder la salud».

En el espejo pudo ver Fortunata la cara pálida y contraída de Maxi, cuyasusceptibilidad nerviosa se manifestaba en un movimiento vibratorio decabeza, la cual parecía querer arrancarse por sí misma del tronco.Disculpose ella como pudo; pero él, en vez de calmarse, siguióquejándose de que le mortificaban adrede, de que se proponían acabar conél. La esposa callaba, sospechando que su marido no tenía la cabezabuena, y que sería peor llevarle la contraria. Desde entonces pudoobservar que por las mañanas se repetía en Maxi la misma excitación, yla terquedad de que todas las personas de la familia se confabulabancontra él para atormentarle. Unas veces tomaba pie de alguna faltaadvertida en la ropa, botón caído, ojal roto, o cosa semejante. Otras,era que le ponían un chocolate muy malo para que reventara... ¡como quele quedan envenenar...!, o bien que dejaban los balcones y las puertasabiertas para que entrase un aire colado y le partiese. Estas maníasiban de mal en peor, poniendo a doña Lupe de un humor acerbísimo yhaciéndole presagiar alguna desgracia. Llegó día en que Maxi seexpresaba con una violencia muy opuesta a su carácter pacífico, y cuandono le contradecían, se contestaba él, echando leña por sí propio en lahoguera de su ira; y por fin se iba refunfuñando, cerraba con golpeformidable la puerta, y bajaba la escalera de cuatro en cuatro peldaños.

Por las noches el lobo se trocaba en cordero. Creeríase que la fuerteinervación de la mañana se iba gastando con los actos y movimientos dela persona en el curso del día, y que esta llegaba a la noche en elestado contrario, exhausta como el que ha trabajado mucho. Ya Fortunatase había acostumbrado a este tira y afloja, y ninguna de lasextravagancias de su marido la cogía por sorpresa. Por las mañanas lomejor era no hacerle caso, aparentando sumisión a sus exigencias; porlas noches no había más remedio que halagarle y mimarle un poco; queotra cosa habría sido cruel.

Diferentes veces, en las intimidades con su cara mitad, Maximilianohabía expresado esas tristezas tan comunes en los matrimonios que notienen hijos. Fortunata no gustaba de este tópico; pero no tenía másremedio que aceptarlo. Una noche lo acogió con verdadero entusiasmo,porque llevaba a él una felicísima idea que aquel día había tenido.«Mira tú—dijo a su esposo—; si Dios no quiere darnos una criatura, élse sabrá por qué lo hace. Pero podemos adoptar uno, buscar un huerfanitoy traérnosle a casa. A mí me gustaría mucho, y a los dos nosdistraería. ¿Por qué no he de hacer yo, aunque soy pobre, lo que hacenlas señoras ricas, que no tienen hijos? Es muy soso un matrimonio sinchiquitín».

A Maximiliano le pareció bien la idea; pero doña Lupe, aunque no lacontradijo abiertamente, no pareció entusiasmarse con ella. Loschiquillos ensucian la casa, todo lo revuelven y enredan, y dan enormesdisgustos con sus enfermedades y travesuras. Aunque expuso estas ideascon mucha discreción, Fortunata se entristeció, porque se le habíametido en la cabeza desde la noche antes aquel tema de recoger un niñohuérfano, y encariñada con ella, le costaba mucho trabajo desecharla.¡Manía de imitación!

-IX-

Doña Lupe la invitó, dos días después de la tarde del choque conJacinta, a volver a visitar a Mauricia. ¡Qué diría doña Guillermina sino volvían! Negose Fortunata no sé con qué pretexto, a ir allá, y fuesola doña Lupe. Era el día de San Isidro y no había ventas en el Montede Piedad. A eso de las diez regresó muy afectada, y entrando en elgabinete donde su sobrina estaba cosiendo, le dijo: «Hija, rézale unPadre nuestro a la pobre Mauricia».

—¡Se ha muerto!—exclamó Fortunata sintiendo una fuerte sacudida en sualma.

—Sí, a las diez y media. Parecía que estaba esperando a que llegara yopara morirse...

¡pobrecilla! Vengo horrorizada. Si yo lo sé, no parezcopor allá. Estos cuadros no son para mí.

Cuando llegué estaba en su sanojuicio. ¡Preguntome por ti con un interés...! Dijo que te quería más quea nadie, y que en cuantito que entrara en el Cielo, le iba a pedir alSeñor que te hiciera feliz. Yo, francamente, al oír esto, vi que estabafatal, y Severiana me dijo que anoche creyeron por dos o tres veces quese les quedaba en las manos. Le dieron congojas tan fuertes, que se leacababa la respiración... Noté también que su voz parecía salir delhueco de un cántaro muy hondo, y sonaba como lejos... La cara la teníamuy arrebatada, y los ojos hundidos, pero muy brillantes. Guillerminaestaba sentada a su cabecera, y a cada rato le daba abrazos y besos,diciéndole que pensara en Dios, que padeció tanto por salvarnos anosotros... De repente, se descompuso, hija; ¡pero de qué manera...! sequedó amoratada, empezó a dar manotazos y a echar por aquella boca unasflores, ¡unas berzas...! Era un horror. En esto llegó el Padre Nones, aquien Guillermina había mandado llamar para que la auxiliase; pero todoinútil. Ni la pobre enferma podía oír lo que le decían, ni estaba sucabeza para cosas de religión. La santa tuvo una idea feliz.

Le dio abeber una copa de Jerez, llena hasta los bordes. Mauricia apretaba losdientes; pero al fin, debió darle en la nariz el olorcillo, porqueabriendo la bocaza, se lo atizó de un trago. ¡Cómo se relamía lainfeliz! Se calmó y ¡pum!, la cabeza en la almohada. EntoncesGuillermina, poniéndole una cruz entre las manos, le preguntaba si creíaen Dios, si se encomendaba a Dios y a la Santísima Virgen, y a tales ycuales santos del Cielo, y contestaba ella que sí moviendo la cabeza...El Padre Nones estaba de rodillas, reza que te reza. Encendieron unavela, y te aseguro que el tufillo de la cera, los rezos y aquelespectáculo me levantaron el estómago y me han puesto los nervios comocuerdas de guitarra. Yo no quería mirar; pero la curiosidad... eso es loque tiene... me hacía mirar. Los ojos de Mauricia se le habían hundidohasta ponérsele en la nunca, y la nariz, aquella nariz tan bonita, se leafiló como un cuchillo. Guillermina, alzando la voz, decíale que seabrazara a la cruz, que Dios la perdonaba, que ella la envidiaba porirse derechita a la gloria, y otras muchas cosas que la hacían a unallorar. La cabeza de Mauricia se iba quedando quieta, quieta... Luego lavimos mover los labios, y sacar la punta de la lengua como si quisierarelamerse... Dejó oír una voz que parecía venir, por un tubo, del sótanode la casa. A mí me pareció que dijo: más, más... Otras personasque allí había aseguran que dijo: ya. Como quien dice: «Ya veola gloria y los ángeles». Bobería; no dijo sino más... a saber, más Jerez. Guillermina y Severiana le acercaron un espejo a lacara y lo tuvieron un ratito... Después todos empezaron a hablar enalta voz. Ya estaba Mauricia en el otro mundo; se había quedado de uncolor violado tirando a azul. A los diez minutos su fisonomía estabatan variada, que si la ves no la conoces.

«Pero Guillermina... ¡Qué mujer esa!—prosiguió la de Jáuregui, despuésde una triste pausa, poniendo los ojos en blanco—. ¿Creerás que laamortajó con sus propias manos? No haría más si fuera su hija. Ella lalavó... ella la vistió... ella le puso el hábito... y tan tranquila. Yohabría querido ayudar; pero, francamente, no sirvo para esas cosas. Meparecía natural el ofrecerme.

Bien sabía yo que la santa no había deceder a nadie el llevar la batuta en aquella operación: lo ha tomado poroficio. Pero me ofrecí, me ofrecí. Hay que estar en todo y quedarsiempre en buen lugar. Y créete que lo poco que hice tiene mérito,porque en mí es un sacrificio cualquier niñería de este género, mientrasque en esa señora no lo es, por estar muy acostumbrada a revolverseentre enfermos y difuntos, como las hermanas de la caridad. Habías deverla. Y

siempre con su carita tan sonrosada, y aquel pasito ligero yvivaracho. Cuando concluyó, echamos las dos un largo párrafo en lasalita; hablamos de Mauricia, de la mucha miseria que hay en esteMadrid, y de que gracias a las buenas almas 'como usted' me dijo, seremediaban muchos males. «¿Y la sobrinita, no ha venido?—me preguntó—.El otro día me prometió unos pantalones de su marido».

—¡Ah!, sí—recordó Fortunata—. No crea usted que lo he olvidado. Yalos aparté. Son para un hombre que toca la corneta, el trombón o qué séyo qué. Se los mandaremos a Severiana.

—Yo me encargo de eso—replicó doña Lupe, dando a entender que pensabavolver allá.

—No, los llevaré yo, bien envueltitos en un pañuelo—dijo la sobrina, aquien de súbito entraron ganas de ir a la casa mortuoria—. Llevaremoscada una nuestro duro, por si piden para el entierro.

—Eso no está mal pensado. Pero a quien hay que darlos es a Guillerminaque es la que sabe agradecer. ¡Ah! Se me olvidaba decirte otra cosa. Meinvitó a ir a visitar su asilo, mejor dicho, nos invitó a las dos.Iremos. Ese día estrenaré mi abrigo nuevo y tú la falda que te piensashacer.

Habrá que echarle algo en el cepillo; pero no importa. Otrospetitorios me enfadan a mí; que a los cepillos no les temo.

Papitos entró, y su ama le dijo que hiciera una taza de té, porque teníael estómago revuelto. La señora no se había quitado el manto ni losguantes; pero cuando se aligeraba, charlando, de la carga que en suespíritu tenía, pensó en mudarse de ropa. En la mano traía un lío. Eranvarias cosillas que de paso compró para engolosinar a Maxi. Ballesterhabía recomendado que se le diera carne cruda; pero como él se negaba acomerla, doña Lupe discurrió el darle menudillos, corazones de aves, ysuprimir para él el cocido y los feculentos. Para postre le trajo bruños de Portugal.

A nada de esto atendía Fortunata, por tener el pensamiento enteramenteocupado con aquella idea de visitar el asilo de doña Guillermina. Deallí sacaría el huerfanito que quería prohijar. Pues digo... si estabatodavía en el establecimiento aquel mismo nene que su tío Pepe Izquierdoquiso venderle a Jacinta, ¡qué ocasión, Cristo!, ¡qué golpe! Que vieran,sí, que vieran cómo también ella...

Pero pronto había de ocurrir algo que desconcertó por completo el plande adoptar un huerfanito. Al día siguiente, resistiendo al empeño deMaxi que quería llevarlas a San Isidro, fueron, como estaba concertado,a la calle de Mira el Río. Temía Fortunata aquella visita por diferentesmotivos, no siendo el menor la pena que le causaría, ver los restos deMauricia.

Temerosa y sobresaltada, quedose en la salita, donde estabadoña Fuensanta con un pañuelo negro por los hombros. Severiana entraba ysalía. Sus ojos revelaban que había llorado, y también tenía un mantónnegro por los hombros. Por un resquicio de la puerta que comunicaba lasala primera con la cámara mortuoria, vio Fortunata los pies de la Duraen el ataúd, y no tuvo ánimo para acercarse a ver más. Dábale pena yterror, y no podía olvidar las últimas palabras que le dijo su infelizamiga: «Lo primerito que le he de pedir al Señor es que te mueras tútambién, y estaremos juntas en el Cielo». Aunque se tenía pordesgraciada, la de Rubín se agarraba con el pensamiento a la vida. Loque dijo Mauricia era un disparate. Cada uno se muere cuando le toca, ynada más. Doña Lupe, que pasó a ver a la difunta, se afectó tanto, queno pudo permanecer allí.

«Hija mía—dijo a su sobrina secreteándose—,yo no puedo ver estas cosas fúnebres. Creo que me va a dar algo. Lamuerte me aterra, y no es que yo sea aprensiva. No me causa espantoninguna enfermedad, como no sea el mal de miserere. Es lo que temo... Enfin, que yo me voy de aquí al Monte. Necesito que me dé el aire. Quédatetú por el buen parecer; ahí dentro está la santa. Toma mi duro, por sihay la consabida suscricioncita. En cuanto se lleven el cuerpo te vas acasa. Abur».

Cuando se fue la de Jáuregui, dejando sola a su sobrina, esta mudó desitio por no ver los pies de Mauricia, calzados con bonitas botas decaña clara; pies preciosísimos que no darían ya un solo paso, DoñaFuensanta salió y le dijo algunas palabras. Un ratito después, abriosela puerta de la estancia mortuoria, y Fortunata tuvo un estremecimientonervioso, creyendo al pronto que era la propia Mauricia que aparecía...Pero no, era Guillermina. Desde que dio esta el primer paso en la sala,fijáronse sus ojos en la joven, quien otra vez tuvo miedo. La santa ibaderecha a ella, mirándola como no la había mirado nunca.

Tocándole suavemente un brazo, le dijo: «Tengo que hablar con usted».

«¡Conmigo!...».—Sí, con usted—y al decir esto le volvió a tocar. Laimpresión de este contacto corríale por el brazo arriba hasta llegar alcorazón.

«Dos palabritas—añadió la santa; y luego se corrigió así—: Algunas másserán».

Advertía Fortunata en aquella cara cierta severidad: iba a decir algo;pero la otra no le dio tiempo, y tomándole el brazo, como se toma el delos hombres, le dijo:

«Venga usted por aquí. ¿Tiene prisa?».