Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas by Benito Pérez Galdós - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

Levantose la chulita muy tarde y recibió un recado de su amigodiciéndole que estaba mejor y que se levantaría y saldría a la calle conpermiso del tiempo. Esperó su visita, y en tanto no cesaba de cavilar enlo mismo. La gratitud que hacia Feijoo sentía, era más viva aún queantes, y habría deseado que la vida que con él llevaba continuase, puesaunque algo tediosa, era tan pacífica que no debía ambicionar otramejor. «Si dura mucho esto, ¿llegaré a cansarme y a no poder sufrir estasosería?

Puede que sí». El apetito del corazón, aquella necesidad de quererfuerte, le daba sus desazones de tiempo en tiempo, produciéndole lailusión triste de estar como encarcelada y puesta a pan y agua. Pero nose conformaba; quizás cada día la conformidad era menor... quizás veíacon agrado en las lontananzas de su imaginación algo nuevo y desconocidoque interesara profundamente su alma, y pusiera en ejercicio susfacultades, que se desentumecían después de una larga inactividad.

Don Evaristo llegó en coche a eso de las cuatro muy animado, y le mandóque le hiciera un chocolatito para las cinco. Esmerose ella en esto, ycuando el buen señor tomaba con gana su merienda, le dijo entre otrascosas que, si seguía mejor, al día siguiente hablaría con Juan Pablo,planteándole la cuestión resueltamente. «Y también te digo una cosa. Noveo la causa de que tu marido te sea tan odioso. Podrá no ser simpático;pero no es mala persona. Podrá no ser un Adonis; pero tampoco es elcoco. Mujeres hay casadas con hombres infinitamente peores, y viven conellos; allá tendrán sus encontronazos; pero se arreglan y viven... Tú noseas tonta, que no sabes la ganga que es tener un hombre y una chapadecorosa en el casillero de la sociedad. Si sacas partido de esto, serásfeliz. Casi estoy por decirte que mejor te cuadra un marido como el quetienes, que otro de mejor lámina, porque con un poco de muleta harás deél lo que quieras. Me han dicho que desde la separación está muytaciturno, muy dado a sus estudios, y que no se le conocen trapicheos nidistracciones... Por grandes que sean sus resentimientos, chica, creoque en cuanto le hablen de volver contigo, se le hace la boca agua».

Fortunata, sonriendo, dio a entender su incredulidad.

«¿Que no? ¡Ay, chulita!, tú no conoces la naturaleza humana. Cree lo quete he dicho.

Maximiliano te abrirá los brazos. ¿No ves que es como tú,un apasionado, un sentimental? Te idolatra, y los que aman así, con esalocura, se pirran por perdonar. ¡Ah, perdonar! Todo lo que sea rasgos les vuelve locos de gusto. Tú déjate querer, grandísima tonta, y haztecargo de que se te presenta un ancho horizonte de vida... si lo sabesaprovechar».

Esto del horizonte avivó en la mente de la joven aquel naciente anhelode lo desconocido, del querer fuerte sin saber cómo ni a quién. Lo queno podía era compaginar esperanza tan incierta con la vida de familiaque se le recomendaba. Pero algo y aun algos se le iba clareando en elentendimiento.

Feijoo mejoró sensiblemente en los días que siguieron al arrechuchoaquel. Recobró parte de sus fuerzas, algo del buen humor, y laspresunciones de próxima muerte se desvanecieron en su espíritu. Mas nopor esto desistió de llevar adelante un plan que había llegado a sercasi una manía, absorbiendo todos sus pensamientos. Decidido a hablarcon Juan Pablo, fue a verle una mañana al café de Madrid, donde tenía unrato de tertulia antes de entrar en la oficina, pues al fin

¡miseriahumana!, hubo de aceptar la credencialeja de doce mil que le había dadoVillalonga, por recomendación del mismo Feijoo. No estaba contento nimucho menos con esto del orgulloso Rubín, y se quejaba de que unaamistad sagrada le hubiera puesto en el compromiso de aceptar el turrónalfonsino. Por supuesto que la situación no duraba ni podía durar.Cánovas no sabía por dónde andaba. Entre tanto, y supiera o no donAntonio lo que traía entre manos, ello es que Juan Pablo se habíacomprado una chistera nueva, y tenía el proyecto de trocar su capa, algodeshilachada de ribetes y mugrienta de forros, por otra nueva. Eso almenos iba ganando el país.

Pero de todas las mejoras de ropa que publicaban en los círculospolíticos y en las calles de Madrid el cambio de instituciones, ningunatan digna de pasar a la historia como el estreno de levita de paño finoque transformó a don Basilio Andrés de la Caña a los seis días decolocado.

Hundiose en los abismos del ayer la levita antigua, con todasu mugre, testimonio lustroso de luengos años de cesantía y de arrastrarlas mangas por las mesas de las redacciones. Completaba el buen ver dela prenda un sombrero de moda, y el gran D. Basilio parecía un sol,porque su cara echaba lumbre de satisfacción. Desde que entró a servir en su ramo y en la categoría que le cuadraba, estaba el hombre que nocabía en su chaleco. Hasta parecía que había engordado, que tenía máspelo en la cabeza, que era menos miope, y que se le habían quitado diezaños de encima. Se afeitaba ya todos los días, lo que en realidad lequitaba el parecido consigo mismo.

No quiero hablar de las otras muchaslevitas y gabanes flamantes que se veían por Madrid, ni de las señorasque trocaban sus anticuados trajes por otros elegantes y de últimanovedad. Este es un fenómeno histórico muy conocido. Por eso cuando pasamucho tiempo sin cambio político, cogen el cielo con las manos lossastres y mercaderes de trapos, y con sus quejas acaloran a losdescontentos y azuzan a los revolucionarios. «Están los negocios muyparados» dicen los tenderos; y otro resuella también por la heridadiciendo: «No se protege al comercio ni a la industria...».

Cuando Feijoo entró en el café de Madrid, Juan Pablo no había llegadoaún, y decidió esperarle en el sitio que su amigo acostumbraba ocupar. Apoco entró D. Basilio presuroso, de levita nueva, el palillo entre losdientes, y se dirigió al mostrador con ademanes gubernamentales.

«Que melleven el café a la oficina» dijo en voz alta, mirando el reloj yhaciendo un gesto, por el cual los circunstantes podrían comprender, sinnecesidad de más explicaciones, el cataclismo que iba a ocurrir en laHacienda si D. Basilio se retrasaba un minuto más.

«Hola, D. Evaristo—dijo deteniéndose un instante a estrecharle lamano—. ¿Cómo va la salud...? ¿Bien? Me alegro... Conservarse... Muyocupado... Junta en el despacho del jefe...

Abur».

—Buen pelo echamos, ¿eh?... Sea enhorabuena. Yo tal cual. Adiós.

Al quedarse otra vez solo, D. Evaristo arrugó el ceño. Ocurriósele unacontrariedad que entorpecería su plan. Al ir hacia el café habíapreparado por el camino el discurso que le espetaría a Juan Pablo. Estediscurso empezaba así: «Amigo mío, me he enterado de que la pobre mujerde su hermano de usted vive en el más grande apartamiento, arrepentidaya de su falta, indigente y sin amparo alguno...» y por aquí seguía.Pero esto era insigne torpeza, porque si después de encarecer lo tronaday hambrienta que estaba Fortunata, ¡la veían tan hermosa...! No, deninguna manera. Facilillo era compaginar la lozanía de la señora deRubín con su desgracia. ¿Y cómo evitar que del indicio de aquellasapretadas carnes y de aquel color admirable indujeran los parientes lacerteza de una vida regalona, alegre y descuidada?... Uno rato estuvo mihombre discurriendo cómo probar que no es cosa del otro jueves que laspersonas afligidas engorden, y aún no había logrado construir su planlógico, cuando llegó Juan Pablo, frotándose las manos, y dejando ver ensu cara la satisfacción íntima que el simple hecho de entrar en el caféle producía.

Era como el tinte de placidez que toma la cara del buenburgués al penetrar en el hogar doméstico. Saludáronse los dos amigoscon el afecto de siempre. Después de oír, acerca de su salud, todas lasvulgaridades hipocráticas con que el sano trastea al enfermo, comoaquello de es nervioso... pasee usted... yo también estuve así, Feijooabordó la cuestión, y por zancas y barrancas, soltando lo primero que sele ocurría, llegó a decir que él se había propuesto, por pura caridad,negociar la reconciliación.

«¡Probrecilla!—dijo Rubín, echando los terrones de azúcar en el vaso,con aquella pausa que constituía un verdadero placer—. Dice usted quepasando miserias y muy arrepentida... ¡Cuánto se habrá desmejorado!».

—Le diré a usted... Precisamente desmejorarse, no; lo que está es así,muy... ensimismada.

Pero sigue tan guapa como antes.

—¿Y Santa Cruz, no...?—Quite usted, hombre. Si hace la mar de tiempoque tronaron. A poco de las trapisondas de marras... Desde entonces sucuñada de usted ha vivido apartada del bullicio, llorando sus faltas ycomiéndose los ahorros que tenía, hasta que han venido los apuros. Hasido una casualidad que yo me enterara. Verá usted... me la encontréhace días... contome sus cuitas...

Me dio mucha pena. Hágase usted cargode lo que sufrirá una criatura con la conciencia alborotada y en estasituación...

—¡Ah! Sr. D. Evaristo, a mí no me la da usted... Usted es muy tunante ylas mata callando...

Al oír esto, la diplomacia de Feijoo se alarmó, creyendo llegada laocasión de sacar, si no todo el Cristo, la cabeza de él.

«Mire usted, compañero—le dijo con reposado acento—; cuando trato lascosas en serio, ya sabe usted que las bromas me parecen impertinentes,¿estamos? Es poco delicado en usted suponer que he tenido algún lío conesa señora, y que lo disimilo con la hipocresía de querer reconciliar elmatrimonio. Vamos, que se pasa usted de pillín...».

—Era un suponer, D. Evaristo—manifestó Rubín desdiciéndose.

—Pues hacía yo bonito papel... Hombre, muchas gracias...

—No, no he dicho nada...—Además, diferentes veces me ha oído usteddecir que hace tiempo que me corté la coleta.

—Sí, sí.—Y si en mis treinta, y en mis cuarenta y aun en miscincuenta, he toreado de lo fino, lo que es ahora... ¡Pues estoy yobueno para fiestas con mis sesenta y nueve años y estos achaques...!Hágame usted más favor, y cuando le digo una cosa, créamela, porque paraeso son los buenos amigos, para creerle a uno...

—Tiene usted razón, y lo que siento ¡qué cuña!, es que no viera en mireticencia una broma...

—Me parecía a mí que el asunto, por tratarse de una persona de lafamilia de usted y por iniciarlo yo, no era para bromear.

Rubín creyó o aparentó creer, y puso la atención más filosófica delmundo en lo que su amigo siguió diciendo sobre materia tan importante. Yaquí viene bien un dato: Juan Pablo había recibido de Feijoo algunospréstamos a plazo indefinido. Este excelente hombre, viendo susangustias, halló una manera delicada de suministrarle la cantidadnecesaria para librarse de Cándido Samaniego, que le perseguía con sañainquisidora. Estas caridades discretas las hacía muy a menudo Feijoo conlos amigos a quienes estimaba, favoreciéndoles sin humillarles.

Porsupuesto, ya sabía él que aquello no era prestar, sino hacer limosna,quizás la más evangélica, la más aceptable a los ojos de Dios. Y no sedio el caso de que recordase la deuda a ninguno de los deudores, ni auna los que luego fueron ingratos y olvidadizos. Juan Pablo no era deestos, y se ponía gustoso, con respecto a su generoso inglés, en eseestado de subordinación moral, propio del insolvente a quien se le dantodas las largas que él quiere tomarse. Demasiado sabía que un hombre dequien se han recibido tales favores hay que creerle siempre todo lo quedice, y que se contrae con él la obligación tácita de ser de su opiniónen cualquier disputa, y de ponerse serio cuando él recomienda laseriedad. Allá en su interior pensaría Rubín lo que quisiese; pero dedientes afuera se mantuvo en el papel que le correspondía.

«Por mi parte, no he de poner inconvenientes... Qué quiere usted que lediga. No sé lo que pensará Maximiliano. Desde aquellas cosas, no le heoído mentar a su mujer... Si algo se ha de hacer, crea usted que no sedará un paso si mi tía no va por delante... Yo estoy un poco torcido conella... Lo mejor es que le hable usted».

Después se enteró Feijoo con mucha maña de ciertas particularidades dela familia. Maxi había tomado el grado y estaba ya practicando en labotica de Samaniego, a las órdenes de un tal Ballester, encargado delestablecimiento.

Supo además el anciano que doña Lupe no vivía ya en Chamberí, sino en lacalle del Ave María, y que todo el tiempo que le dejaba libre a Maxi lafarmacia, lo empleaba en darse buenos atracones de lectura filosófica.Le había dado por ahí.

Luego hablaron de otras cosas. El filósofo cafetero dijo a su amigo quecuando quisiera echar otro párrafo no le buscase más en el Café deMadrid, porque allí había caído en un círculo de cazadores que le teníanmarcado y aburrido con la perra pechona, el hurón, y con que si laperdiz venía o no venía al reclamo. No sabía aún a qué local mudarse;pero probablemente sería al Suizo Viejo, donde iban Federico Ruiz yotros chicos atrozmente panteístas. De los antiguos cofrades sólo iban a Madrid D. Basilio, insufrible con su ministerialismo, Leopoldo Montesy el Pater. Pero este se marcharía aquella misma noche a Cuevas deVera, su pueblo, a trabajar las elecciones de Villalonga. También charlóJuan Pablo de política, diciendo con mucho tupé que el Gobierno estaba de cuerpo presente, y que la situación duraría... a todo tirar,a todo tirar, tres o cuatro meses.

-VIII-

La primera vez que D. Evaristo visitó a su dama después de estaentrevista, abrazola gozoso, y le dijo: «Albricias... vamos bien, vamosbien».

—¿Pero qué... qué hay? ¿buenas noticias?

—Oro molido; mejor dicho, excelentes impresiones. Tu marido...

—¿Le ha visto usted?—No he tenido esa satisfacción. Pero me hancontado de él una cosa que es en extremo favorable. Te lo diré para queno caviles. Maximiliano se ha dedicado a la filosofía...

Fortunata se quedó mirando a su amigo, sin saber qué expresión tomar. Noveía la tostada, ni sabía en rigor lo que era la filosofía, aunquesospechaba que fuese una cosa muy enrevesada, incomprensible y quevuelve gilís a los hombres.

«No me llama la atención que te quedes con la boca abierta. Ya iráscomprendiendo... ¡Se da unos atracones de filosofía!, y me parece quedijo Juan Pablo que era filosofía espiritualista...».

—¡Ah!... ¿De esos que hablan con las patas de las mesas? ¡Alabadosea...!

—No, esos no. Pero estamos de enhorabuena: cualquiera que sea la sectao escuela que le sorbe el seso a tu marido, tenemos ya noventa y seisprobabilidades contra cuatro de que te reciba con los brazos abiertos.Tú lo has de ver.

Fortunata dudaba que esto fuera así. La partida que ella le había jugadoa Maxi era demasiado serrana para que este la olvidara por lo que dicenlos libros. Al otro día entró el simpático amigo más alegre y excitado.Su proyecto llegó a dominarle de tal modo, que no sabía pensar en otracosa, y de la mañana a la noche estaba dando vueltas al tema. Habíamejorado mucho su salud y al mismo tiempo no ponía tanto cuidado comoantes en el adorno de su persona. Desde que tomara con tanto cariño lasfunciones paternales, se había dejado toda la barba, usaba hongo y unagran bufanda alrededor del cuello. Salía a sus diligencias en cochesimón por horas. Cuando la prójima le vio entrar aquel día con elsombrero echado hacia atrás, los ojos chispeantes, los movimientoságiles, comprendió que las noticias eran buenas. «Con estosalegrones—dijo él abrazándola—, se rejuvenece uno. Chulita, otroabrazo, otro. Vengo de hablar con la mismísima doña Lupe la de losPavos». Fortunata se asustó sólo de oír el nombre de su tía política.

«Impresiones muy buenas—añadió el diplomático...—. Ha empezado porahuecar la voz, y por negarse a proponer la reconciliación. Peromientras más cerdea ella, más claro veo yo que hará lo que deseamos.¡Oh!, entiendo bien a mi gente. También esta tiene sus filosofíaspardas, y a mí no me la da. Conozco las callejuelas de la naturalezahumana mejor que los rincones de mi casa.

Doña Lupe está deseando quevuelvas; pero deseándolo, para que lo sepas. Se lo he conocido en lacara y en el modo de decir que no... Yo no sé si te he contado que en untiempo, a poco de enviudar, tuvo sus pretensiones respecto a mí...pretensiones honestas... Decía la muy fatua que yo le paseaba la calle.¿Creerás que se le descompone la cara siempre que me ve?».

Fortunata soltó la carcajada. «Dime, ¿y cuando te pretendía, ya lehabían cortado el pecho que le falte?».

—Pues no lo sé. Por mí que le cortaran los dos... En fin, chica, queesto marcha. Yo le dije que si había reconciliación, vivirías con ella,pues yo estimaba muy conveniente esta vida común.

Tan hueca se puso aloírme decir esto, que aún creo que le nacía un pecho nuevo... Oye lo quetienes que hacer cuando esto se realice: Yo te daré una cantidad que leentregarás a ella el primer día, suplicándole que te la coloque. Teniegas a admitirle recibo. Nada le gusta tanto como que tengan confianzaen ella en asuntos de dinero... ¡Ah!... leo en ella como leo en ti. ¿Noves que la traté bastante en vida de Jáuregui, que, entre paréntesis,era un hombre excelente? Ya te daré una lección larga sobre el tole tolecon que debes tratarla, una mezcla hábil de sumisión e independencia,haciéndole una raya, pero una raya bien clarita, y diciéndole: «de aquípara allá manda usted; de aquí para acá estoy yo...». Ahora la tecla queme falta tocar es tu marido. He hablado pocas veces con él, apenas letrato; pero no importa...

La mejoría se acentuó tanto, que D. Evaristo atreviose a salir de noche,y lo primero que hizo fue ir en busca de Juan Pablo. No le encontró enel Suizo Viejo. Allí estaban Villalonga, Juanito Santa Cruz, Zalamero,Severiano Rodríguez, el médico Moreno Rubio, Sánchez Botín, Joaquín Pezy otros que tenían constituida la más ingeniosa y regocijada peña que enlos cafés de Madrid ha existido. Habían hecho un reglamento humorístico,del cual cada uno de los socios tenía su ejemplar en el bolsillo. Deaquellas célebres mesas habían salido ya un ministro, dos subsecretariosy varios gobernadores. Aunque era amigo de algunos, no quiso Feijooacercarse, y se fue a una mesa lejana. Junto a él, los ingenieros deCaminos hablaban de política europea, y más acá los de Minas disputabansobre literatura dramática. No lejos de estos, un grupo de empleados enla Contaduría central se ocupaba con gran calor de pozos artesianos, ydos jueces de primera instancia, unidos a un actor retirado, a unempresario de caballos para la Plaza de Toros y a un oficial de laArmada, discutían si eran más bonitas las mujeres con polisón o sinél. Después llamó la atención de D. Evaristo la facha de un hombre queiba por entre las mesas, el cual sujeto más bien parecía momia animadapor arte de brujería. «Yo conozco esta cara—se dijo Feijoo—.

¡Ah! ya;es el que llamábamos Ramsés II, el pobre Villaamil que sólo necesitabados meses para jubilarse». Acercose tímidamente este desgraciado aVillalonga, que ya estaba levantado para marcharse; y en actitudcohibida, echando los ojos fuera del casco, le habló de algo que debíaser los maldecidos dos meses. Jacinto alzaba los hombros, respondiéndolecon benevolencia quejumbrosa. Parecía decirle: «¡Yo, qué másquisiera...! He hecho todo lo posible... Veremos...

he dado una nota...Crea usted que por mí no queda... Si, ya sé, dos meses nada más...».

Uninstante después Ramsés II pasó junto a D. Evaristo, deslizándose porentre las mesas y sillas como sombra impalpable. Llamole por su nombreverdadero Feijoo, y acercose el otro a la mesa, inclinando, para verquién le llamaba, su cara amarilla, requemada por el sol de Cuba yFilipinas.

Se reconocieron. Villaamil, invitado por su amigo, dobló suesqueleto para sentarse, y tomó café... con más leche que café... «¡Ah!,¿buscaba usted a Juan Pablo? Pues del salto se ha ido al café deZaragoza. Dice que le cargan los ingenieros...».

Como le convenía retirarse temprano, no fue D. Evaristo aquella noche alindicado café.

Las nueve serían de la siguiente, cuando entró en el establecimiento dela Plaza de Antón Martín, que lleno de gente estaba, con una atmósferaespesa y sofocante que se podía mascar, y un ensordecedor ruido decolmena; bulla y ambiente que soportan sin molestia los madrileños, comolos herreros el calor y el estrépito de una fragua. Desembozándose,avanzó el anciano por la tortuosa calle que dejaran libre las mesas delcentro, y miraba a un lado y otro buscando a su amigo. Ya tropezaba conun mozo encargado de servicio, ya su capa se llevaba la toquilla deuna cursi; aquí se le interponía el brazo del vendedor de Correspondencias que alargaba ejemplares a los parroquianos, y allá lehacían barricada dos individuos gordos que salían o cuatro flacos queentraban. Por fin, distinguió a Juan Pablo en el rincón inmediato a laescalera de caracol por donde se sube al billar. Acompañábanle en lamisma mesa dos personas: una mujer bastante bonita, aunque estropeada, yun joven en quien al pronto reconoció D. Evaristo a Maximiliano.

Los doshermanos sostenían conversación muy animada. La indivudua eran el amorde Juan Pablo, una tal Refugio, personaje de historia, aunque nohistórico, de cara graciosa y picante, con un diente de menos en laencía superior. Feijoo no la había visto nunca, ni el filósofo de caféacostumbraba a presentarse en público en compañía de aquella Aspasia,por cuya razón quedose Rubín un tanto cortado al ver a su amigo.

Maximiliano saludó a D. Evaristo, preguntándole con mucho interés por susalud, a lo que respondió el anciano con mucha viveza: «Ya ve usted... Cinco meses llevo así... un día caigo, otro me levanto... ¡ Cinco meses!... Nada; que viene un día en que la máquina dice, 'hasta aquíllegamos, compañero' y no se empeñe usted en remendarla, ni echarleaceite. Que no anda, y que no anda, y se tiene que parar».

—¿Pero qué es lo que usted tiene?—preguntó Maximiliano con presunciónde médico novel o de boticario incipiente, que unos y otros se desvivenpor ser útiles a la humanidad.

—¿Que qué tengo? ¡Ah!, una cosa muy mala. La peor de las enfermedades.¡Sesenta años!, ¿le parece a usted poco?

Todos se echaron a reír. «Me ha dicho mi hermano—añadió Maxi—, quedigiere usted mal».

—Cinco meses lleva mi estómago de indisciplina—replicó el ladinoviejo, que quería sin duda meterle a Maxi en la cabeza aquello de loscinco meses—. Ya no le hago caso. Me he rendido, y espero tranquilo el cese.

—Si quiere usted, le haré un preparado de peptona.

—Gracias... Veremos lo que dice mi médico.

—Poco mal y bien quejado—afirmó el otro Rubín, dándole palmadas en elhombro.

—Pero ustedes estaban hablando de algo que debía de serinteresante—dijo Feijoo—. Por mí no se interrumpan.

—Estábamos... pásmese usted... en las regiones etéreas.

—Nada, es que me quiere convencer—manifestó Maximiliano con calor—,de que todo es fuerza y materia. Yo le digo una cosa, «pues a eso que túllamas fuerza, lo llamo yo espíritu, el Verbo, el querer universal; yvolvemos a la misma historia, al Dios uno y creador y al alma que de élemana».

Don Evaristo, en tanto, miraba a Refugio, examinándole el rostro, laboca, el diente menos. La muchacha sentía vergüenza de verse tanobservada, y no sabía cómo ponerse, ni qué dengues hacer con los labiosal llevarse a ellos la cucharilla con leche merengada.

«Eso, eso... por ahí duele—dijo el ex-coronel, arrimándose al partidode Maximiliano—. ¡El alma!... Estos señores materialistas creen que convariar el nombre a las cosas han vuelto el mundo patas arriba».

—Pero si ya te he dicho...—argüía sofocado Juan Pablo.

—Déjame que acabe...—No es eso... ¡qué cuña!

—Volvemos a lo mismo. ¿No me conozco yo en mí, uno, consciente,responsable?

—¡Otra te pego! Pero ven acá...

—Aguarda. Si yo me reconozco íntimamente en la sustancia de mi yo...

Se expresaba con exaltación sin dejar meter baza a su hermano, y este,en cambio, no se la dejaba meter a él, y simultáneamente se quitaban lapalabra de la boca.

—Espérate un poco... no es eso.

—Allá voy... yo vivo en mi conciencia, por mí y antes y después de mí.

—¡Ah!, pero lo primero es distinguir... Mira...

—¡Buen par de chiflados estáis los dos!—dijo para sí D. Evaristomirando con curiosidad el portillo que en la dentadura tenía Refugio.

—¡Dale, bola!...—replicó Maxi—. Si no es eso... Yo, ¿soy yo?... ¿mereconozco como tal yo en todos mis actos?

—No, yo no soy más que un accidente del concierto total; yo no mepertenezco, soy un fenómeno.

—¡Que yo soy un fenómeno!... ¡Ave-María Purísima, qué disparate!

—Estás tú fresco... Lo permanente no soy yo, ¡qué cuña!, es elconjunto... Yo lo reconozco así en el fenómeno pasajero de miconocimiento.

¡Y estas cosas se decían en el rincón de un café, al lado de unparroquiano que leía La Correspondencia y de otro que hablaba delprecio de la carne! En una de las mesas próximas había un grupo deindividuos que tenían facha de matuteros o cosa tal. A la derechaveíanse dos cursis acompañadas de una buscona y obsequiadas por un señorque les decía mil tonterías empalagosas; enfrente una trinca en que sedisputaba acerca de Lagartijo y Frascuelo, con voces destempladas

ymanotazos.

Y

por

la

escalera

de

caracol

subían

y

bajaban

constantementeparroquianos, dando patadas que más parecían coces; y por aquellaespiral venían rumores de disputa, el chasquido de las bolas de billar,y el canto del mozo que apuntaba.

«Si se me permite dar una opinión—dijo Feijoo, que empezaba a marearsecon tanto barullo—, voto con el pollo».

En esto sonó el piano, que se alzaba sobre una tarima en medio del café,con la tapa triangular levantada para que hiciera más ruido; y empezó latocata, que era de piano y violín. La música, los aplausos, las voces yel murmullo constante del café formaban un run run tan insoportable, queel buen D. Evaristo creyó que se le iba la cabeza, y que caería redondoal suelo si permanecía allí un cuarto de hora más. Decidió retirarse,descontento de no haber encontrado solo a Juan Pablo, pues delante delfarmacéutico no podía hablar del espinoso asunto que entre manos traía.Su enojo se trocó en alegría cuando Maxi, al verle en pie, dijo que éltambién se iba porque era hora de volver a su farmacia. Salieron, pues,juntos, y antes de llegar a la puerta, vio el anciano que le cortaba elpaso una figura macilenta y sepulcral. Era Ramsés II, que venía enbusca suya. «Señor D. Evaristo, por Dios, hable usted de mí al señor deVillalonga» le dijo la momia, interponiéndose como si no quisiera darlepaso sino a cambio de una promesa.

—Se hará, compañero, se hará; hablaremos a Villalonga—dijo D. Evaristoembozándose—; pero ahora estoy de prisa... no puedo detenerme... Hijo,vamos.

Y abriéndose paso, salió con el chico de Rubín.

-IX-

Al cual dijo en la puerta: «¿Hacia dónde va usted con su cuerpo?».

—¿Yo? A la calle del Ave María.

—¡Qué casualidad! Yo llevo esa dirección. Iremos juntos... Deje ustedque me emboce bien...

Ahora deme usted el brazo. Las piernas no meayudan. Ya se ve... cinco meses... cabalitos...

fíjese usted bien... sindigerir. No sé cómo estoy vivo. Desde Octubre del año pasado no levantocabeza... ¡Pero qué ideas las de Juan Pablo! Parece mentira... ¡unmuchacho de entendimiento!... Usted sí que sabe por dónde anda. Sí; noespere usted a llegar a viejo y a ver de cerca la muerte para creer quesomos algo más que montoncitos de basura animados por fuerza semejante ala electricidad que hace hablar a un alambre. Eso se deja para lostontos y perdularios, para la gente que no piensa. Usted está en lofirme, y será capaz de acciones nobles, de acciones que, por lo mismoque son tan elevadas, no están al alcance del vulgo.

No comprendía Maximiliano a cuenta de qué era aquello; pero tenía suespíritu admirablemente dispuesto para recibir toda sutileza que se lequisiera echar; estaba hambriento de cosas ideales, y la meditación, elestudio y la soledad habíanle dado una receptividad asombrosa para todolo que procediera del pensamiento puro. Por esta causa, sin entender dequé se trataba, contestó humildemente: «Tiene usted mucha razón... peromucha razón».

«El hombre que como usted—prosiguió don Evaristo—, no se dejaengatusar por las sabidurías modernas, está en disposición de hacer elbien, pero no el bien de cualquier modo, sino sublimemente ¡caramba!,mirando para el cielo, no para la tierra...».

Tiempo hacía que Maxi se había dedicado a mirar al cielo.

«Mire uste, Sr. D. Evaristo—dijo sintiéndose lleno y ahíto de aquellaespiritual sustancia, acopiada a fuerza de barajar sus tristezas con lashojas de los libros—. La desgracia me ha hecho a mí volver los ojos alas cosas que no se ven ni se tocan. Si no lo hubiera hecho así, mehabría muerto ya cien veces. ¡Y si viera usted qué distinto es el mundomirado desde arriba a mirado desde abajo! Me parecía a mí mentira que yohabía de ver apagarse en mí la sed de venganza, y el odio que meembruteció. Y sin embargo, el tiempo, la abstracción, el pensar en elconjunto de la vida y en lo grande de sus fines me han puesto como estoyahora».

—Claro... ¿A qué vienen esos odios y esas venganzas de melodrama?—dijogozoso don Evaristo—. Para perderse nada más. ¡Dichoso el que sabeelevarse sobre las pasiones de momento y atemperar su alma en lasverdades eternas!

Y para su sayo habló de este modo: «Tan metafísico está este chico, quenos viene como anillo al dedo».

—En este bulle-bulle de las pasiones de los hombres del día—prosiguióMaxi con cierto énfasis—, llega uno a olvidarse de que vivimos paraperdonar las ofensas y hacer bien a los que nos han hecho mal.

—Tiene usted razón, hijo... y dichoso mil veces el que como usted, así,tan jovencito, llega a posesionarse de esa idea y a hacerla efectiva enla vida real.

—La desgracia, un golpe rudo... ahí tiene usted el maestro. Se llega aeste estado padeciendo, después de pasar por todas las angustias de lacólera, por los pinchazos que le da a uno el amor propio y por milamarguras... ¡Ay, señor don Evaristo! Parece mentira que yo esté tanfresco después de haberme creído con derecho a matar a un hombre,después de haberme ilusionado con la idea de cometer el crimen,concluyendo por renunciar a ello. Mi conciencia está hoy tan tranquilano habiendo matado, como firme y decidida estuvo cuando pensé matar...Entonces no veía a Dios en mí; ahora sí que le veo. Créalo usted; hayque anularse para triunfar; decir no soy nada para serlo todo.

Feijoo, en vista de estas buenas disposiciones, se fue derecho al bulto.«A un espíritu tan bien fortalecido—le dijo—, se le puede hablar sinrodeos. ¿Doña Lupe no ha tratado con usted de cierto asunto...?».

Maximiliano se puso del color de la grana de su embozo, y contestóafirmativamente con embarazo y turbación.

«Por mi parte—añadió D. Evaristo—, haré todo lo que pueda para queesto cuaje. Si ello tiene que suceder. Es lo práctico, amigo mío; y yaque usted es tan místico, conviene que sea un poquito práctico... Poruna casualidad intervengo yo en esto... Le advierto a usted que elladesea volver...».

—¡Lo desea!—exclamó Rubín, dejando caer el embozo.

—¡Toma! ¿Ahora salimos con eso? Pues si no lo deseara ¿cómo me había demeter yo en semejante negocio? ¿No comprende usted...?

—Sí... pero... No hay que confundir. El perdón puramente espiritual oevangélico, ya lo tiene...

Pero el otro perdón, el que llamaríamossocial, porque equivale a reconciliarse, es imposible.

—Vamos, que no será tanto—dijo para sí don Evaristo, subiéndose elembozo.

—Es imposible—repitió Maxi.

—Piénselo bien, piénselo bien; pregúnteselo a la almohada, compañero...Yo creo que cuando usted madure la idea...

—Me parece que aunque la estuviera madurando diez años...

—En estas cosas hay que poner algo de caridad; no se puede proceder consimple criterio de justicia. Convendría que usted hablase con ella...

—¡Yo!... pero D. Evaristo...

—Sí, no me vuelvo atrás. Quien tiene ideas como las que usted tiene,¡caramba!, y sabe sentir y pensar con esa alteza de miras... eso es, conesa espiritualidad de la... pues... de... claro...

—¿Y cree usted que ella me podría dar explicaciones claras, pero muyclaras, de todo lo que ha hecho después que se separó de mí?

—Hijo, yo creo que las dará... pero es claro que usted no debe apurarmucho tampoco... O hay perdón o no hay perdón. La caridad por delante,detrás la indulgencia, y ver si en efecto hay propósitos sinceros deenmienda. Por lo que he oído, me parece que los hay; se lo digo a ustedde corazón.

—Yo lo dudo.—Pues yo no. Juzgue usted mi opinión como quiera. Y sepaque intervengo en esto por pura humanidad, porque se me ha ocurrido nomorirme sin dejar tras de mí una buena acción, ya que en la cuenta de mivida tengo tantas malas o insignificantes. No me gusta meterme en vidasajenas; pero en este caso, créalo usted... se me ha puesto en la cabezaque a entrambos les conviene volver a unirse.

Ya en este terreno, D. Evaristo se descubrió más:

«Amigo—dijo parándose en la puerta de la botica—. Su mujer de usted meha parecido una mujer defectuosísima. Aunque la he tratado poco puedoasegurar que tiene buen fondo; pero carece de fuerza moral. Será siemprelo que quieran hacer de ella los que la traten».

Maximiliano le miraba con ojos atónitos. Lo mismo pensaba él.

«Yo le eché anteayer un largo sermón, recomendándole que se amoldara alas realidades de la vida, que pusiera un freno a aquellaimaginacioncilla tan desenvuelta. 'Pero, hija mía, es preciso pensar loque se hace, y dejarse de tonterías'. Yo muy serio. Creo que algo heconseguido. Usted lo ha de ver, compañero. Es lástima que teniendo buenfondo, buen corazón... sólo que algo grande... y careciendo de lasmalicias de otras, no posea un poco de juicio. Porque con un poco dejuicio, nada más que con un poco de juicio, no se pueden hacer lastonterías que ella ha hecho... En fin, hijo, usted dirá que quién memete a mí a leñador, pero ¿qué quiere usted?, a los viejecillos nosgusta arreglar a los jóvenes y marcarles el paso de esta vida para queeviten los tropezones que hemos dado nosotros».

Dijo esto último sonriendo con tal hombría de bien, que Maximiliano sellenó de confusiones.

No sabía qué contestar, y sentía que se leapretaba la garganta. Despidiose D. Evaristo, dejando al pobre chico ental grado de aturdimiento, que durante muchos días hubo de revolver ensu mente indigestada los dejos de aquel coloquio que tuvo con elrespetable anciano, en una noche fría del mes de Marzo.

Al siguiente día, D. Evaristo fue en coche a ver a Fortunata, a quienencontró peinándose sola.

Sentándose a su lado, y cogiéndola por unbrazo, la llamó a sí y le dio un beso, diciéndole: «El último beso... Laaventura del viejo Feijoo ha pasado a la historia... Entraremos prontoen vida nueva, y de esto no quedará sino un recuerdo en mí y otro enti... Para el público nada. Estas cenizas sólo para nosotros esconden unpoco de calor».

Fortunata, que tenía en cada mano una de las gruesas bandas de suscabellos negros, apartándolas como si fueran una cortina, no sabía sireír o echarse a llorar...

—¿Has hablado con él...?—dijo conmovida y al mismo tiempo sonriente.

—Vete acostumbrando a tratarme de usted...—replicó él con ciertaseveridad—. No se te escape una expresión familiar, porque entonces laechamos a perder. Yo también te trataré de usted delante de gente...Todo acabó... Fortunata, no soy para ti más que un padre... Aquel que tequiso como quiere el hombre a la mujer, no existe ya... Eres mi hija. Yno es que hagamos un papel aprendido, no; es que tú serás verdaderamentepara mí, de aquí en adelante, como una hijita, y yo seré para ti unverdadero papaíto. Lo digo con toda mi alma. Yo no soy aquel; yo memoriré pronto, y...

Viéndole que se conmovía, la chulita no pudo aguantar más, y soltó eltrapo a llorar. Aquellas admirables guedejas sueltas la asemejaban aesas imágenes del dolor que acompañan a los epitafios. Feijoo hizo unmohín como de persona mayor que quiere dominar una debilidad pueril, yle dijo:

«Pero no, no me avergüenzo de que se me salte una lágrima. Yo juro porDios, en quien siempre he creído, que el cariño paternal es lo que me lahace derramar. Todo lo que en mí existía de varón, capaz de amar, hadesaparecido; todo murió, y no me queda de ello nada; ni aun siquiera loecho de menos. Nunca he sido padre; ahora siento que lo soy... y micorazón se llena de afectos desconocidos, tan puros, pero tan puros...».

La prójima no había visto nunca a su amigo tan vencido de la emoción.Tenía los ojos húmedos y le temblaban las manos. Sujetose ella en lacoronilla con una correa negra las crenchas de su abundante cabello,porque no era posible repicar y andar en la procesión; no podía peinarsey al mismo tiempo celebrar, entre lágrimas y castos apretones de mano,la santificación de las relaciones que entre ambos habían existido. Pocoa poco se serenaron; don Evaristo, la hizo sentar a su lado en el sofá,y con voz clara y firme le habló de esta manera:

«Me parece que esto se arregla. ¡Cuánto me gustaría morirme dejándote enuna situación normal y decorosa!... Bien veo que no es fácil que tumarido te sea simpático; pero eso no es inconveniente invencible. Hayque transigir con las formas, y tomar las cosas de la vida como son. ¿Yquién te dice que tratándole algo, no llegues a tenerle afecto? Porqueél es bueno y decente. Anoche le vi, y no me ha parecido tan raquítico.Ha engordado; ha echado carnes, y hasta me pareció que tiene un aire másarrogantillo, más...».

Sonriendo tristemente, expresaba la joven su incredulidad.

«En fin, tú lo has de ver. Y en último caso, hay que conformarse. Lavida regular y el transigir con las leyes sociales tienen talimportancia, que hay que sacrificar el gusto, hija mía, y la ilusión...No digo que se sacrifique todo, todo el gusto y toda la ilusión; peroalgo, no lo dudes, algo hay que sacrificar. De tener un marido, unnombre, una casa decente, a andar con la alquila levantada, como lossimones, a éste tomo, a éste dejo, va mucha diferencia para que no tepares a pensar bien lo que haces... Vamos a ver. Es preciso preverlotodo. Yo te voy a presentar los dos casos que se te pueden ofrecer en tuvida legal, y para los dos te voy a dar mi consejo franco, leal, con ungran sentido de la realidad. Primer caso: supongamos que al poco tiempode vivir con Maximiliano, encuentras que el muchacho se porta biencontigo, vas viendo sus buenas cualidades, que se manifiestan en todoslos actos de la vida, y supongamos también que le vas teniendo algúncariño...».

Fortunata tenía la mirada fija en un punto del suelo, como una espada,tan bien hundida que no la podía desclavar. Seguro de que le oía, aunqueno le miraba, Feijoo siguió hablando despacio, poniendo pausas entre lascláusulas.

«Supongamos esto... Pues tu deber en tal caso, es esforzarte en que esecariño... llamémosle amistad, se aumente todo lo posible. Trabajacontigo misma para conseguirlo. ¡Ah!, hija mía, el trato hace milagros;la buena voluntad también los hace. Evita al propio tiempo la ociosidad,y verás cómo lo que te parece tan difícil te ha de ser muy fácil. Se handado casos, pero muchos casos, de mujeres unidas por fuerza a un hombreaborrecido, y que le han ido tomando ley poquito a poco hasta llegar aponerse más tiernas que la manteca. No digo nada si tienes chiquillos,porque entonces...».

—¡Lo que es eso...!—indicó con viveza Fortunata.

—¡Mira qué tonta! ¿Y qué sabes tú? No se puede asegurar tal cosa. LaNaturaleza sale siempre por donde menos se piensa... Y con chiquillos,ya llevas más de la mitad del camino andado para llegar al sosiego quete recomiendo, pues en criarlos y en cuidarlos se te desgastará elsentimiento que de sobra tienes en esa alma de Dios, y te equilibrarás,y no harás más tonterías... Bueno; ya hemos hablado del primer caso, quees el mejor; pasemos al segundo. Te lo presento en la previsión de quefalle el primero, lo que bien pudiera suceder. Vamos allá...

Fortunata esperaba con ansia la exposición del segundo caso, pero Feijoolo tomaba con calma, pues se quedó buen rato meditando, con el ceñofruncido y la vista fija en el suelo.

«Lo mejor—prosiguió—es lo que acabo de decirte; pero cuando no sepuede hacer lo mejor, se hace lo menos malo... ¿me entiendes? Suponiendoque no te sea posible encariñarte con ese bendito, y que ni el trato nilas buenas prendas de él te lo hagan menos antipático; suponiendo que lavida llegue a serte insoportable, y... Vaya que esto es temerario, y senecesita de toda mi entereza para aconsejarte. Pero yo, antes que todo,veo lo práctico, lo posible, y no puedo aconsejar a nadie que se dejemorir ni que se suicide. No se deben imponer sacrificios superiores alas fuerzas humanas. Si el corazón se te conserva en el tamaño que ahoratiene, si no hay medio de recortarlo, si se te pronuncia, ¿qué le vamosa hacer? Dentro del mal, veamos qué es lo mejor entre lo peor, y...».

Feijoo rebuscaba las palabras más propias para expresar su pensamiento.Las ideas se alborotaron un poco y necesitó someterlas para noembarullarse. Dando un gran suspiro, se pasó la mano por la cabeza,perdida la vista en el espacio. Saliendo al fin de su perplejidad, dijocon voz cautelosa:

«Y en un caso extremo, quiero decir, si te ves en el disparadero defaltar, guardas el decoro, y habrás hecho el menor mal posible... Eldecoro, la corrección, la decencia, este es el secreto, compañera».

Detúvose asustado, a la manera del ladrón que siente ruido, y se volvióa poner la mano sobre la cabeza, como invocando sus canas. Pero suscanas no le dijeron nada. Al punto se envalentonó, y recobró laseguridad de su lenguaje, diciendo: «Tú eres demasiado inexperta paraconocer la importancia que tiene en el mundo la forma. ¿Sabes tú lo quees la forma, o mejor dicho, las formas? Pues no te diré que estas seantodo; pero hay casos en que son casi todo. Con ellas marcha la sociedad,no te diré que a pedir de boca, pero sí de la mejor manera que puedemarchar.

¡Oh!, los principios son una cosa muy bonita; pero las formasno lo son menos. Entre una sociedad sin principios, y una sociedad sinformas, no sé yo con cuál me quedaría».

-X-

Fortunata había comprendido. Hacía signos afirmativos con lacabeza, y cruzadas las manos sobre una de sus rodillas, imprimía a sucuerpo movimientos de balancín o remadera.

A Feijoo le había costado algún trabajo arrancarse a exponer su moral enaquellas circunstancias, porque en la conciencia se le puso un nudo, quele apretó durante breve rato; pero al punto lo deshizo evocando lasteorías que había profesado toda su vida. Lanzado, pues, el concepto máspeligroso, siguió luego como una seda, sin nudo y sin tropiezo.

«Ya sabes cuáles son mis ideas respecto al amor. Reclamación imperiosade la Naturaleza... la Naturaleza diciendo auméntame... No hay mediode oponerse... la especie humana que grita quiero crecer... ¿Meentiendes? ¿Hablo con claridad? ¿Necesitaré emplear parábolas oejemplos?».

Fortunata entendía, y seguía balanceándose de atrás adelante, acentuandolas afirmaciones con su cabeza despeinada.

«Pues no te digo más. Esto es muy delicado, tan delicado como unapistola montada al pelo, con la cual no se puede jugar. Siempre espreferible el primer caso, el caso de la fidelidad, porque de este modocumples con la Naturaleza y con el mundo. El segundo término te lo pongocomo un por si acaso, y para que... pon en esto tus cinco sentidos...para que si te ves en el trance, por exigencias irresistibles delcorazón, de echar abajo el principio, sepas salvar la forma...».

Aquí volvió mi hombre a sentir el nudo; pero evocando otra vez sufilosofía de tantos años, lo desató.

«Hay que guardar en todo caso las santas apariencias, y tributar a lasociedad ese culto externo sin el cual volveríamos al estado salvaje. Ennuestras relaciones tienes un ejemplo de que cuando se quiere el secretose consigue. Es cuestión de estilo y habilidad. Si yo tuviera tiempoahora, te contaría infinitos casos de pecadillos cometidos con unareserva absoluta, sin el menor escándalo, sin la menor ofensa del decoroque todos nos debemos... Te pasmarías. Oye bien lo que te digo, yapréndetelo de memoria. Lo primero que tienes que hacer es sostener el orden público, quiero decir la paz del matrimonio, respetar a tumarido y no consentir que pierda su dignidad de tal...

Dirás que esdifícil; pero ahí está el talento, compañera... Hay que discurrir, ysobre todo, penetrarse bien del propio decoro para saber mirar por elajeno... Lo segundo...».

Aquí D. Evaristo se acercó más a ella, como si temiera que alguien lepudiese oír, y con el dedo índice muy tieso iba marcando bien lo que ledecía.

«Lo segundo es que tengas mucho cuidado en elegir, esto esesencialísimo; mucho cuidado en ver con quién... en ver a quién...».

La conclusión del concepto no salía, no quería salir. Viéndole Fortunataen aquel apuro, acudió a remediarlo, diciendo: «Comprendido,comprendido».

—Bueno, pues no necesito añadir nada más... porque si caes en latentación de querer a un hombre indigno, adiós mi dinero, adiósdecoro... Y lo último que te recomiendo es que si logras conseguir queno pueda tentarte otra vez el mameluco de Santa Cruz, habrás puesto unapica en Flandes.

Dicho esto, el anciano se levantó, y tomando capa y sombrero, se dispusoa marcharse. De la puerta volvió hacia Fortunata, y alzando el bastóncon ademán de mando, le dijo:

«Repito lo de antes. Aquello se acabó... y ahora soy tu padre, tú mihija... trátame de usted...

ocupemos nuestros puestos... Aprendamos avivir vida práctica... Por de pronto, serenidad, y concluye de peinarte,que es tarde. Yo me voy, que tengo mucho que hacer».

Metiose el original moralista en su simón, y apenas había llegado a laPlaza de los Carros, empezó a sentir en su alma una inquietudinexplicable. Y tras la inquietud moral vino un cierto malestar físico,con algo de temblor y escalofríos, acompañado de terror supersticioso...Pero no podía definir la causa del miedo... El coche corría por laCava-Alta, y Feijoo se sentía cada vez peor. De improviso sintió comouna vibración intensísima en su interior, y un relámpago a manera delanceta fugaz atravesole de parte a parte. Creyó que una desconocidalengua le gritaba:

«¡Estúpido, vaya unas cosas que enseñas a tuhija...!». Extendió la mano para detener al cochero y decirle quevolviera a la calle de Tabernillas; pero antes de realizar aquelpropósito, cesó la trepidación que en su alma había sentido, y todoquedó en reposo... «¡Qué debilidades!—pensó—

; estas son chocheces ynada más que chocheces... ¿Pues no se me ocurrió volver allá paradesdecirme? No te reselles, compañero, y sostén ahora lo que has creídosiempre. Esto es lo práctico, es lo único posible... Si le recomendarala virtud absoluta, ¿qué sería?, sermón absolutamente perdido. Así almenos...».

Y siguió tan satisfecho. Con el ajetreo que traía aquellos días, en loscuales hizo dos visitas a doña Lupe, celebró muchas conferencias conJuan Pablo y otra muy sustanciosa con Nicolás Rubín, que andaba desaladodetrás de una canonjía, tuvo el buen señor una recaída en su enfermedad.Una tarde de fines de Marzo se sintió tan mal, que hubo de retirarse asu casa y se acostó. Doña Paca advirtió en él, juntamente con lossíntomas de agravación, cierta alegría febril, lo que juzgó de malísimoagüero, pues si su amo se volvía niño o demente cuando tan malitoestaba, señal era esto de la proximidad del fin. Toda la noche estuvodando vueltas de un lado para otro, queriendo levantarse, y renegando deque le tuvieran prisionero en la cárcel de aquellas malditas sábanas. Ala madrugada, se nublaron sus sentidos, y a punto de perder elconocimiento, se despidió del mundo sensible con este varonil conceptoque apenas salió del magín a los labios: «Ya me puedo morir tranquilo,puesto que he sabido arrancarle al demonio de la tontería el alma que yatenía entre sus uñas...».

Doña Paca y el criado, creyendo que su amo se quedaba en aquel espasmo,empezaron a dar chillidos; llamaron al médico, dieron al señor muchasfriegas, y por fin volviéronle a la vida.

Todos se pasmaron de verlerisueño y de oírle afirmar que no le dolía nada y que se sentía bien ycontento. Mas a pesar de esto, el doctor puso muy mala cara,pronosticando que la debilidad cerebral y nerviosa acabaría pronto conel enfermo. Por más que este se envalentonó, no pudo levantarse y lasfuerzas le iban faltando. Carecía en absoluto de apetito. Los amigos queaquel día le acompañaban, convinieron en decirle de la manera másdelicada que se preparase espiritualmente para el traspaso final,ocupándose del negocio de salvar su alma. Creyeron los más que D.Evaristo se alborotaría con esto, pues siempre hizo alarde de librepensador; mas con gran sorpresa de todos, oyó la indicación del modo mássereno y amable, diciendo que él tenía sus creencias, pero que al mismotiempo gustaba de cumplir toda obligación consagrada por el asentimientodel mayor número. «Yo creo en Dios—dijo—, y tengo acá mi religión a mimanera.

Por el respeto que los hombres nos debemos los unos a los otros,no quiero dejar de cumplir ningún requisito de los que ordena todasociedad bien organizada. Siempre he sido esclavo de las buenas formas.Tráiganme ustedes cuantos curas quieran, que yo no me asusto de nada, nitemo nada, y no desentono jamás. No descomponerse; ese es mi tema».

Todos los presentes se maravillaron al oírle, y aquel mismo día se leadministraron los Sacramentos. Después se puso mucho mejor, lo cual diomotivo a que le dijeran, como es uso y costumbre, que la religión esmedicina del cuerpo y del alma. Él aseguraba que no se moría de aquelarrechucho, que tenía siete vidas como los gatos, y que era muy posibleque Dios le dejase tirar algún tiempo más para permitirle ver muchas ymuy peregrinas cosas. Así fue en efecto, pues en todo el año 75 quecorría no se murió el filósofo práctico.

Durante la convalecencia de aquel ataque, no permitió que Fortunatafuese a verle. Le escribía algunas cartitas, reiterándole sus consejos ydándole otros nuevos para el día ya próximo en que la reconciliacióndebía efectuarse. Al propio tiempo se ocupaba en la revisión de sutestamento y en tomar varias disposiciones benéficas que algunaspersonas habían de agradecerle mucho.

Tenía un pequeño caudal repartidoen diferentes préstamos hechos a amigos menesterosos.

Algunos le habíanfirmado pagarés de mil, de dos y hasta de tres mil reales. Todos estospapeles fueron rotos. Dispuso cómo se habían de repartir las alhajas quetenía, algunas de bastante valor, sortijas con hermosos solitarios,botonaduras, y además cajitas primorosas de marfil y sándalo que habíatraído de Filipinas, una hermosa espada, dos o tres bastones de mandocon puño de oro.

Hizo la distribución de todo con un acierto quedeclaraba su gran delicadeza y el aprecio que hacía de las amistadesconsecuentes.

Respecto a Fortunata lo dispuso tan bien que no cabía más. No le dejabaen su testamento más que algunos regalitos, llamándola ahijada; pero,por medio de un agente de Bolsa muy discreto, se hizo una operación enque la chulita figuraba como compradora de cierta cantidad de accionesdel Banco, dándole además, de mano a mano, algunas cantidades enbilletes. No olvidó por esto D. Evaristo a sus parientes, que eran dossobrinas, residentes la una en Astorga, la otra en Ponferrada. Ambasquedaban muy bien atendidas en el testamento; y en cuanto a los socorrosque anualmente les enviaba, no perdió aquel año la memoria de estaobligación, a pesar de los muchos quebraderos de cabeza que tuvo. DoñaPaca y los dos criados también se llevarían un pellizco el día en que elamo faltara.

Indicáronle los clérigos de la parroquia si no dejaba algo parasufragios por su alma, y él, con bondadosa sonrisa, replicó que no habíaolvidado ninguno de los deberes de la cortesía social, y que para nodesafinar en nada, también quedaba puesto el rengloncito de las misas.

Fue a verle una tarde Villalonga, y lo primero que le dijo Feijoo,mientras se dejaba abrazar por él, fue esto: «Pero, hombre, ¿será ustedtan malo que no le dé la canonjía a mi recomendado?».

—Por Dios, querido patriarca, tengamos paciencia... Haré lo que pueda.Le puse una carta muy expresiva a Cárdenas mandándole la nota. Peroconsidere usted que es un arco de iglesia.

¡Canonjía! Para mí laquisiera yo.

—Y para mí también... Pero en fin, ¿puede ser o no? Es un cleriguito delas mejores condiciones.

—Lo creo... ¡pero qué quiere usted! Estos cargos son muy solicitados, ycuando vaca uno, hay cuatrocientos curas con los dientes de este tamaño.

—Sí, pero mi presbítero es un cura apreciabilísimo, un santo varón...Como que ayuna todos los días...

—Ya... será un bacalao ese padre Rubín. ¿No le di ya a usted unacredencial de Penales para un Rubín? Usted por lo visto protege a esafamilia.

—Yo no protejo familias, niño. Déjese usted de protecciones... Sólo queme intereso por las personas de mérito.

—Por mí no ha de quedar. Le daré otro achuchón a Cárdenas. Pero, lo quedigo, son plazas que tienen muchos golosos. Los pretendientes explotanel valimiento y la influencia de las señoras.

Casi siempre son lasfaldas las que deciden quién se ha de sentar en los coros de lascatedrales.

—Pues suponga usted, compañero, que yo tengo faldas, que soy unadama... ea.

—Pero si yo no lo he de decidir...

—Mire usted que si no me nombra mi canónigo, no me muero, y le estaréatormentando meses y meses.

—Mejor... Viva usted mil años.

—¿Y esas elecciones, van bien?

—Como un acero. Tengo allá un padre cura que vale un imperio. Me estáhaciendo unos arreglos en el distrito, que Dios tirita, y tirita toda laSantísima Trinidad. Ese sí que merece, no digo yo canonjías, sino sietemitras.

—Le conozco, el Pater... fue capellán de mi regimiento.

Villalonga se despidió reiterando sus buenos deseos respecto a NicolásRubín.

«¡Eh, Jacinto, por Dios, una palabra!—dijo D. Evaristo llamándolecuando ya estaba en la puerta—. Por Dios y todos los santos, no meolvide usted a ese desdichado... al pobre Villaamil, a ese que llaman Ramsés II».

—Está recomendado en una nota de indispensables. Conque más no puedohacer.

—Mire usted que no me deja vivir... Todos los días viene tres veces. Lanoche que me dieron el Viático, en el momento aquel, miré para este ladoy lo primero que vi fue a Ramsés II, con una vela en la mano. ¡Cómo memiraba el infeliz!... Creo que no me morí de tanto como rezó Villaamil,pidiendo a Dios que viviera.

—Podrá ser... No le olvidaré. Abur, abur.

Y D. Evaristo se quedó solo, pensativo y dulcemente ensimismado,saboreando en su conciencia el goce puro de hacer a sus semejantes todoel bien posible, o de haber evitado el mal en la medida que laProvidencia ha concedido a la iniciativa humana.

-V-

Otra restauración

-I-

Las personas muy rutinarias y ordenadas que se acostumbran a lasdulzuras tranquilas del método en la vida, concluyen, abusando en ciertomodo de la regularidad, por someter al casillero del tiempo, no sólo lasocupaciones, sino los actos y funciones del espíritu y aun del cuerpoque parecen más rebeldes al régimen de las horas. Así, pues, la grandoña Lupe, cuya existencia era muy semejante a la de un reloj con alma,había distribuido tan bien el tiempo, que hasta para pensar en cualquierasunto de interés que sobreviniese, tenía marcada una parte del día y undeterminado sitio. Cuando era preciso meditar, por el picor de una deesas ideas, hermanas del abejorro, que se plantan en el cerebro y no haymedio de sacudirlas, o doña Lupe no meditaba, o tenía que hacerlosentada en la silleta junto a la ventana de la sala, los anteojos en elcaballete de la nariz, la cesta de la ropa delante y el gato muyrepantigado en un extremo de la alfombrita. La meditación era mucho máshonda y eficaz si la señora tenía metida toda la mano izquierda, hastamás arriba de la muñeca, dentro de una media, y si las claraboyas deesta eran bastante anchas para poder tener sobre ellas enrejados comolos de una cárcel. Tal era la fuerza del método, que doña Lupe nopensaba a gusto sino allí, así como para hacer sus cálculos aritméticosel mejor momento era cuando descascaraba los guisantes en la cocina (entiempo de guisantes), o cuando ponía los garbanzos de remojo. Lacostumbre obraba estos prodigios, y lo mismo era ver la señora losgarbanzos y poner su mano en ellos, que se le llenaba el cerebro denúmeros y veía claro en sus negocios, si le convenía o no tal préstamo,si debía quedarse o no con tal o cual alhaja. Al levantarse, por lamañana temprano, preveía todos los sucesos y acciones del día queempezaba, y se preparaba para ellos con una evocación mental de suenergía, y con la distribución metódica de las horas para todo loprevisto y probable. Era esto como si se diera cuerda, acumulando ensí la fuerza inteligente que necesitaba.

Todas estas rutinas del pensamiento y de la acción fueron perturbadaspor la mudanza de casa, que se efectuó en Diciembre del 74, y no hay quedecir cuán gran sacrificio fue para doña Lupe este cambio. Era de esaspersonas que aborrecen lo desconocido y que se encariñan con el rincónen que viven. Mover los trastos era para ella algo semejante a incendioo demolición; pero no había más remedio que dar el salto del Norte alSur de Madrid, pues teniendo Maximiliano que pasar la mayor parte deltiempo en la botica de Samaniego, era una falta de caridad hacerlerecorrer dos veces al día los tres cuartos de legua que separan elbarrio de Chamberí del de Lavapiés. Cargó, pues, la señora de Jáureguicon sus penates, y se instaló en un segundo de la calle del Ave-María.Habríale gustado vivir en la misma casa de la botica; pero no había allíningún cuarto con papeles. Eligió un segundo de la finca inmediata, ysus balcones caían al lado de los de su amiga Casta Moreno, viuda deSamaniego. Los primeros días extrañaba la casa, teniéndola por peor quela otra; mas pronto hubo de reconocer que era mucho mejor, más espaciosay bella, y en cuanto a los barrios, lo que la señora había perdido entranquilidad ganábalo en animación. Poco a poco se fue adaptando a sunuevo domicilio, y cuando la sorprende de nuevo nuestro relato, sentadajunto a la ventana y recapacitando, con la mano dentro de la media, enuna fecha que debe caer allá por Marzo del 75, ya no se acordaba de lavivienda de Chamberí en que la conocimos.

La meditación y el zurcido no le impedían mirar de vez en cuando a lacalle, y la del AveMaría es mucho más pasajera que la de RaimundoLulio. En una de aquellas miradas casi maquinales que la viuda echabahacia afuera, como para poner solución de continuidad al temerosoproblema que tenía entre ceja y ceja, vio pasar a una persona que leretuvo un instante la atención. Era Guillermina Pacheco. «Parece que lasanta frecuenta ahora estos barrios—murmuró doña Lupe, alargando lacabeza para observarla por la calle abajo—. Ya la he visto pasar cuatroo cinco veces a distintas horas. Verdad que para ella no haydistancias... Ahora que recuerdo, me ha dicho Casta que es parientesuya, y he de preguntarle...».

La fundadora inspiraba a doña Lupe grandes simpatías. De tanto verlapasar por la calle de Raimundo Lulio, camino del asilo de la deAlburquerque, llegó a imaginar que la trataba.

Siempre que había funciónpública en la capilla del asilo, iba doña Lupe, deseosa de introducirsey de hacer migas con la santa. Admirábala mucho, no exclusivamente porsus santidades, sino más bien por aquel desprecio del mundo, por suactividad varonil y la grandeza de su carácter. Quizás la señora deJáuregui creía sentir también en su alma algo de aquella levaduraautocrática, de aquella iniciativa ardiente y de aquel poderorganizador, y esta especie de parentesco espiritual era quizás lo quele infundía mayores ganas de tratarla íntimamente. Sólo le había habladouna o dos veces en las funciones del asilo, así como por entrometimientoy oficiosidad, y cuando en dichas fiestas veíala rodeada de damas de lagrandeza y de señoronas ricas, que tenían el coche a la puerta, doñaLupe habría dado el único pecho que poseía por meter las narices entreaquella gente, codearse con ellas y mangonear en los petitorios. Porqueella tenía la vanidad, muy bien fundada por cierto, de no desmerecer delas tales señoras en punto a buena crianza y modales. Harto sabía,además, que no todas habían nacido en doradas cunas, y que la finura eslo que constituye la verdadera aristocracia en estos tiempos liberales.No había razón para que ella, que sabía presentarse como la primera,dejase de alternar con las damas que seguían a Guillermina cual lasovejas siguen al pastor... A mayor abundamiento, en lo tocante a ropaestaba a la sazón la viuda de Jáuregui en excelentes condiciones. Con sutalento y su economía se había agenciado un abrigo de terciopelo, conpieles, que la más pintada no lo usara mejor. Y le había salido por pocomás de nada, atendido lo que generalmente cuestan estas piezas... Leestaban arreglando una capota, que... vamos; el día que la estrenarahabía de llamar la atención... Estas reflexiones fueron como un incisoen lo que aquella tarde pensaba la señora, inciso que se abrió al verpasar a Guillermina, cerrándose cuando la virgen y fundadora desapareciópor la calle abajo.

Vuelta a la meditación, tomando el hilo de ella en el mismo punto en quelo había soltado... «Y

aunque el Sr. de Feijoo lo niegue hoy, es tanverdad que me rondaba la calle al año de perder a mi Jáuregui... tanverdad como que nos hemos de morir. Y si no, ¿qué hacía plantado enaquella dichosa esquina de la calle de Tintoreros? Esto fue poco antesde la guerra de África, bien me acuerdo; y si el tal no se va a matarmoros, sabe Dios si... Pero esto no hace al caso, y vamos a lo otro. Quees un caballero decentísimo, no tiene la menor duda. Jáuregui leapreciaba mucho, y me decía que no tenía más contra que ser muymujeriego... Fuera de esto, hombre de veracidad, con una palabra comolos Evangelios, y cosa que él decía poniéndose formal era como si laescribieran notarios... Con todo, ¡lo que me ha venido contando estosdías me parece tan extraño...! Que está arrepentida, que él la ha tomadobajo su protección... Se la encontró en casa de unos vecinos, y le diolástima, y qué sé yo qué... Por más que diga ese santo varón, talesarrepentimientos me parecen a mí las coplas de Calainos... Y si poracaso... Quita, quita, pensamiento y no me tientes con una sospecha, queparece tan verosímil... El mismo Feijoo quizás... puede... habrátenido... y ahora... Sobre esto quiero echar tierra, porque me volveríaloca.

La verdad es que el pobre señor ha dado un bajón tremendo y nodebe de haber estado para morisquetas de algunos meses acá. ¡Si serácierto lo que dice!... ¡Caridad, lástima, arrepentimiento... necesidadde transigir, decoro, reconciliación...!».

Otro inciso. Miró a la calle y vio por segunda vez a Guillermina quesubía. «¿Pero qué trae en la mano?, un palo y un garfio de hierro. ¡Vayacon la santa esta! Algo que le han dado. Dicen que lo acepta todo. Véasepor dónde yo le podría ayudar a su obra, dándole media docena de llavesviejas que tengo aquí. Aquella tabla que lleva parece una plantilla...Toma, como que vendrá del almacén de maderas de la calle de Valencia.Vaya unos trajines... Vea usted una cosa que a mí me gustaría, edificarun establecimiento, pidiéndole dinero al Verbo... Lo haría yo tangrande como el Escorial...».

Cerrado el inciso, y otra vez al tema: «¡Vaya con lo que me ha dichoesta mañana Nicolás: que Feijoo es el primer caballero de Madrid y quele ha prometido una canonjía! Si se la dan, ya no me queda nada que ver.Yo me alegraría, para quitarme esa carga de encima; pero ¡qué tiempos yqué Gobiernos! ¡Ah!, si yo gobernara, si yo fuera ministra, ¡quéderechitos andarían todos! Si esta gente no sabe... si salta a la vistaque no sabe. ¡Dar una canonjía a un clérigo joven, que entra en su casaa la una de la noche y pasa el tiempo charlando en el café con los curasde caballería que andan por ahí sueltos y sin licencias! Pero en fin,allá te la dé Dios, y si pescas el turrón, hijo, buen provecho, yescribe en llegando, y no parezcas más por aquí, egoistón,tragaldabas... Pues digo, el otro, el Juanito Pablo, desde que tieneempleo no pone los pies en casa. ¡Si comparado con sus hermanos,Maximiliano es un ángel de Dios y un talentazo...! Voy a lo que me decíaNicolás esta mañana... Que D. Evaristo es un cristiano rancio, y quecuando le administraron, recibió al Señor con una edificación y unasantidad tan grandes, que todos los concurrentes al acto lloraban a mocoy baba. Vaya, no sería para tanto... exageración. En estas cosas desantidad hay que llamar al tío Paco para que traiga la rebaja. Pero enfin, pongamos que sea así, ¿y qué? Ahora lo que falta saber es si contoda esa cristiandad nos querrá dar gato por liebre... ¡Lástima,arrepentimiento!... Dios mío, o dame una luz clara sobre esto, o quítameesta grillera de mi cabeza. Yo me vuelvo loca... Y no sé por qué medevano los sesos, porque en rigor,

¿a mí qué me va ni me viene? SiMaximiliano quiere humillarse después de las atrocidades que pasaron, yono debo meterme... Pero sí, sí me meteré. ¿Cómo consentir tal afrenta?La muy bribona... ¡imaginar que su marido puede perdonarla después de latrastada indecente que le hizo, después que el querindango atropelló aeste infeliz abusando de su fuerza...! ¡Qué infamia! Si yo no hubieraestado un mes seguido trasteando a este chico para quitarle de la cabezala idea de la venganza... no sé qué catástrofes habrían sucedido. Queríapegarle un tiro al otro, y hasta se le ocurrió hacer un cartucho dedinamita para ponérselo en la puerta de su casa. Delirios... lo mejor esel desprecio... A estos badulaques se les desprecia... Bueno está misobrino para meterse en lances, él que se asusta de entrar en un cuartosin luz. ¡Pobrecillo Maxi!, ¡tiene un corazón de oro, y ahora que estátan dado a estudiar lo del otro mundo, se le ocurren unas cosas...!¡Vaya con lo que me decía anoche! 'Tía de mi alma, a fuerza de pensar ypadecer, he llegado a desprenderme de todas las pasiones, y a no sentiren mí ni odio ni venganza'. Dice que la perdona cristianamente, por estoy lo otro y qué sé yo qué... pero en cuanto a hacer vida común, ni quese lo mande el Papa. Y a renglón seguido me marea para que la vaya aver. 'Tía, visítela usted, entérese... sondéela, a ver cómo se presenta.Puede que sea verdad lo que dice D. Evaristo...'.

Todas las noches lamisma canción. Al fin, si se pone muy pesadito, no tendré más remedioque ir. Y no es flojo el paseo que tengo que dar, de aquí a Puerta deMoros...».

-II-

Un lunes por la tarde, doña Lupe entró en su casa a eso de lascinco. Venía muy emperifollada.

«Papitos, ¿quién ha venido?».

—Aquel señor de las barbas blancas.

—¿Y nadie más? ¿No ha estado Mauricia?