Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas by Benito Pérez Galdós - HTML preview

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Fortunata y Jacinta: (dos historias de

casadas)

por

B. Pérez Galdós

Imprenta de La Guirnalda

Madrid

1887

ÍNDICE

PARTE PRIMERA

-I--II--III--IV--V--VI--VII--VIII--IX--X--XI-

PARTE SEGUNDA

-I--II--III--IV--V--VI--VII-

PARTE TERCERA

-I--II--III--IV--V--VI--VII-

PARTE CUARTA

-I--II--III--IV--V--VI-

PARTE PRIMERA

-I-

Juanito Santa Cruz

-I-

Las noticias más remotas que tengo de la persona que lleva este nombreme las ha dado Jacinto María Villalonga, y alcanzan al tiempo en queeste amigo mío y el otro y el de más allá, Zalamero, Joaquinito Pez,Alejandro Miquis, iban a las aulas de la Universidad. No cursaban todosel mismo año, y aunque se reunían en la cátedra de Camús, separábanse enla de Derecho Romano: el chico de Santa Cruz era discípulo de Novar, yVillalonga de Coronado. Ni tenían todos el mismo grado de aplicación:Zalamero, juicioso y circunspecto como pocos, era de los que se ponen enla primera fila de bancos, mirando con faz complacida al profesormientras explica, y haciendo con la cabeza discretas señales deasentimiento a todo lo que dice. Por el contrario, Santa Cruz yVillalonga se ponían siempre en la grada más alta, envueltos en suscapas y más parecidos a conspiradores que a estudiantes. Allí pasaban elrato charlando por lo bajo, leyendo novelas, dibujando caricaturas osoplándose recíprocamente la lección cuando el catedrático lespreguntaba. Juanito Santa Cruz y Miquis llevaron un día una sartén (nosé si a la clase de Novar o a la de Uribe, que explicaba Metafísica) yfrieron un par de huevos. Otras muchas tonterías de este jaez cuentaVillalonga, las cuales no copio por no alargar este relato.

Todos ellos,a excepción de Miquis que se murió en el 64 soñando con la gloria deSchiller, metieron infernal bulla en el célebre alboroto de la noche deSan Daniel. Hasta el formalito Zalamero se descompuso en aquella ruidosaocasión, dando pitidos y chillando como un salvaje, con lo cual se ganódos bofetadas de un guardia veterano, sin más consecuencias. PeroVillalonga y Santa Cruz lo pasaron peor, porque el primero recibió unsablazo en el hombro que le tuvo derrengado por espacio de dos meseslargos, y el segundo fue cogido junto a la esquina del Teatro Real yllevado a la prevención en una cuerda de presos, compuesta de variosestudiantes decentes y algunos pilluelos de muy mal pelaje. A la sombrame lo tuvieron veinte y tantas horas, y aún durara más su cautiverio, side él no le sacara el día 11 su papá, sujeto respetabilísimo y muy bienrelacionado.

¡Ay!, el susto que se llevaron D. Baldomero Santa Cruz y Barbarita no espara contado. ¡Qué noche de angustia la del 10 al 11! Ambos creían novolver a ver a su adorado nene, en quien, por ser único, se miraban y serecreaban con inefables goces de padres chochos de cariño, aunque noeran viejos. Cuando el tal Juanito entró en su casa, pálido yhambriento, descompuesta la faz graciosa, la ropita llena de sietes yoliendo a pueblo, su mamá vacilaba entre reñirle y comérsele a besos. Elinsigne Santa Cruz, que se había enriquecido honradamente en el comerciode paños, figuraba con timidez en el antiguo partido progresista; mas noera socio de la revoltosa Tertulia, porque las inclinacionesantidinásticas de Olózaga y Prim le hacían muy poca gracia. Su club erael salón de un amigo y pariente, al cual iban casi todas las noches D.Manuel Cantero, D.

Cirilo Álvarez y D. Joaquín Aguirre, y algunas D.Pascual Madoz. No podía ser, pues, D.

Baldomero, por razón de afinidadespersonales, sospechoso al poder. Creo que fue Cantero quien le acompañóa Gobernación para ver a González Bravo, y éste dio al punto la ordenpara que fuese puesto en libertad el revolucionario, el anarquista, eldescamisado Juanito.

Cuando el niño estudiaba los últimos años de su carrera, verificose enél uno de esos cambiazos críticos que tan comunes son en la edadjuvenil. De travieso y alborotado volviose tan juiciosillo, que al mismoZalamero daba quince y raya. Entrole la comezón de cumplirreligiosamente sus deberes escolásticos y aun de instruirse por sucuenta con lecturas sin tasa y con ejercicios de controversia y paliquedeclamatorio entre amiguitos. No sólo iba a clase puntualísimo y cargadode apuntes, sino que se ponía en la grada primera para mirar al profesorcon cara de aprovechamiento, sin quitarle ojo, cual si fuera una novia,y aprobar con cabezadas la explicación, como diciendo: «yo también me séeso y algo más». Al concluir la clase, era de los que le cortan el pasoal catedrático para consultarle un punto oscuro del texto o que lesresuelva una duda. Con estas dudas declaran los tales su furibundaaplicación. Fuera de la Universidad, la fiebre de la ciencia le traíamuy desasosegado. Por aquellos días no era todavía costumbre que fuesenal Ateneo los sabios de pecho que están mamando la leche delconocimiento. Juanito se reunía con otros cachorros en la casa del chicode Tellería (Gustavito) y allí armaban grandes peloteras. Los temas mássutiles de Filosofía de la Historia y del Derecho, de Metafísica y deotras ciencias especulativas (pues aún no estaban de moda los estudiosexperimentales, ni el transformismo, ni Darwin, ni Haeckel eran paraellos, lo que para otros el trompo o la cometa. ¡Qué gran progreso enlos entretenimientos de la niñez! ¡Cuando uno piensa que aquellos mismosnenes, si hubieran vivido en edades remotas, se habrían pasado el tiempomamándose el dedo, o haciendo y diciendo toda suerte de boberías...!

Todos los dineros que su papá le daba, dejábalos Juanito en casa deBailly-Baillière, a cuenta de los libros que iba tomando. RefiereVillalonga que un día fue Barbarita reventando de gozo y orgullo a lalibrería, y después de saldar los débitos del niño, dio orden de queentregaran a este todos los mamotretos que pidiera, aunque fuesen carosy tan grandes como misales. La bondadosa y angelical señora quería ponerun freno de modestia a la expresión de su vanidad maternal. Figurábaseque ofendía a los demás, haciendo ver la supremacía de su hijo entretodos los hijos nacidos y por nacer. No quería tampoco profanar,haciéndolo público, aquel encanto íntimo, aquel himno de la concienciaque podemos llamar los misterios gozosos de Barbarita.

Únicamente seclareaba alguna vez, soltando como al descuido estas entrecortadasrazones: «¡Ay qué chico!... ¡cuánto lee! Yo digo que esas cabezas tienenalgo, algo, sí señor, que no tienen las demás... En fin, más vale que ledé por ahí».

Concluyó Santa Cruz la carrera de Derecho, y de añadidura la deFilosofía y Letras. Sus papás eran muy ricos y no querían que el niñofuese comerciante, ni había para qué, pues ellos tampoco lo eran ya.Apenas terminados los estudios académicos, verificose en Juanito unnuevo cambiazo, una segunda crisis de crecimiento, de esas que marcan elmisterioso paso o transición de edades en el desarrollo individual.Perdió bruscamente la afición a aquellas furiosas broncas oratorias porun más o un menos en cualquier punto de Filosofía o de Historia; empezóa creer ridículos los sofocones que se había tomado por probar que enlas civilizaciones de Oriente el poder de las castas sacerdotales era unpoquito más ilimitado que el de los reyes, contra la opinión deGustavito Tellería, el cual sostenía, dando puñetazos sobre la mesa, quelo era un poquitín menos. Dio también en pensar que maldito lo que leimportaba que la conciencia fuera la intimidad total del ser racionalconsigo mismo, o bien otra cosa semejante, como quería probar,hinchándose de convicción airada, Joaquinito Pez. No tardó, pues, enaflojar la cuerda a la manía de las lecturas, hasta llegar a no leerabsolutamente nada. Barbarita creía de buena fe que su hijo no leía yaporque había agotado el pozo de la ciencia.

Tenía Juanito entonces veinticuatro años. Le conocí un día en casa deFederico Cimarra en un almuerzo que este dio a sus amigos. Se me haolvidado la fecha exacta; pero debió de ser esta hacia el 69, porquerecuerdo que se habló mucho de Figuerola, de la capitación y del derribode la torre de la iglesia de Santa Cruz. Era el hijo de D. Baldomero muybien parecido y además muy simpático, de estos hombres que serecomiendan con su figura antes de cautivar con su trato, de estos queen una hora de conversación ganan más amigos que otros repartiendofavores positivos.

Por lo bien que decía las cosas y la gracia de susjuicios, aparentaba saber más de lo que sabía, y en su boca lasparadojas eran más bonitas que las verdades. Vestía con elegancia ytenía tan buena educación, que se le perdonaba fácilmente el hablardemasiado. Su instrucción y su ingenio agudísimo le hacían descollarsobre todos los demás mozos de la partida, y aunque a primera vistatenía cierta semejanza con Joaquinito Pez, tratándoles se echaban de verentre ambos profundas diferencias, pues el chico de Pez, por su ligerezade carácter y la garrulería de su entendimiento, era un verdaderobotarate.

Barbarita estaba loca con su hijo; mas era tan discreta y delicada, queno se atrevía a elogiarle delante de sus amigas, sospechando que todaslas demás señoras habían de tener celos de ella. Si esta pasión de madredaba a Barbarita inefables alegrías, también era causa de zozobras ycavilaciones. Temía que Dios la castigase por su orgullo; temía que eladorado hijo enfermara de la noche a la mañana y se muriera como tantosotros de menos mérito físico y moral. Porque no había que pensar que elmérito fuera una inmunidad. Al contrario, los más brutos, los más feos ylos perversos son los que se hartan de vivir, y parece que la mismamuerte no quiere nada con ellos. Del tormento que estas ideas daban a sualma se defendía Barbarita con su ardiente fe religiosa. Mientras oraba,una voz interior, susurro dulcísimo como chismes traídos por el Ángel dela Guarda, le decía que su hijo no moriría antes que ella. Los cuidadosque al chico prodigaba eran esmeradísimos; pero no tenía aquella buenaseñora las tonterías dengosas de algunas madres, que hacen de su cariñouna manía insoportable para los que la presencian, y corruptora para lascriaturas que son objeto de él. No trataba a su hijo con mimo. Suternura sabía ser inteligente y revestirse a veces de severidad dulce.

¿Y por qué le llamaba todo el mundo y le llama todavía casi unánimemente Juanito Santa Cruz? Esto sí que no lo sé. Hay en Madrid muchos casosde esta aplicación del diminutivo o de la fórmula familiar del nombre,aun tratándose de personas que han entrado en la madurez de la vida.Hasta hace pocos años, al autor cien veces ilustre de Pepita Jiménez,le llamaban sus amigos y los que no lo eran, Juanito Valera. En lasociedad madrileña, la más amena del mundo porque ha sabido combinar lacortesía con la confianza, hay algunos Pepes, Manolitos y Pacos que,aun después de haber conquistado la celebridad por diferentes conceptos,continúan nombrados con esta familiaridad democrática que demuestra lallaneza castiza del carácter español. El origen de esto habrá quebuscarlo quizá en ternuras domésticas o en hábitos de servidumbre quetrascienden sin saber cómo a la vida social. En algunas personas, puederelacionarse el diminutivo con el sino. Hay efectivamente Manueles quenacieron predestinados para ser Manolos toda su vida. Sea lo quequiera, al venturoso hijo de D. Baldomero Santa Cruz y de doña BárbaraArnaiz le llamaban Juanito, y Juanito le dicen y le dirán quizáhasta que las canas de él y la muerte de los que le conocieron niñovayan alterando poco a poco la campechana costumbre.

Conocida la persona y sus felices circunstancias, se comprenderáfácilmente la dirección que tomaron las ideas del joven Santa Cruz alverse en las puertas del mundo con tantas probabilidades de éxito. Niextrañará nadie que un chico guapo, poseedor del arte de agradar y delarte de vestir, hijo único de padres ricos, inteligente, instruido, defrase seductora en la conversación, pronto en las respuestas, agudo yocurrente en los juicios, un chico, en fin, al cual se le podría ponerel rótulo social de brillante, considerara ocioso y hasta ridículo elmeterse a averiguar si hubo o no un idioma único primitivo, si el Egiptofue una colonia bracmánica, si la China es absolutamente independientede tal o cual civilización asiática, con otras cosas que años atrás lequitaban el sueño, pero que ya le tenían sin cuidado, mayormente sipensaba que lo que él no averiguase otro lo averiguaría... «Y por último—decía—pongamos que no se averigüe nunca.

¿Y qué...?». El mundotangible y gustable le seducía más que los incompletos conocimientos devida que se vislumbran en el fugaz resplandor de las ideas sacadas a lafuerza, chispas obtenidas en nuestro cerebro por la percusión de lavoluntad, que es lo que constituye el estudio.

Juanito acabó pordeclararse a sí mismo que más sabe el que vive sin querer saber que elque quiere saber sin vivir, o sea aprendiendo en los libros y en lasaulas. Vivir es relacionarse, gozar y padecer, desear, aborrecer y amar.La lectura es vida artificial y prestada, el usufructo, mediante unafunción cerebral, de las ideas y sensaciones ajenas, la adquisición delos tesoros de la verdad humana por compra o por estafa, no por eltrabajo. No paraban aquí las filosofías de Juanito, y hacía unacomparación que no carece de exactitud. Decía que entre estas dosmaneras de vivir, observaba él la diferencia que hay entre comerse unachuleta y que le vengan a contar a uno cómo y cuándo se la ha comidootro, haciendo el cuento muy a lo vivo, se entiende, y describiendo lacara que ponía, el gusto que le daba la masticación, la gana con quetragaba y el reposo con que digería.

-II-

Empezó entonces para Barbarita nueva época de sobresaltos. Si antes susoraciones fueron pararrayos puestos sobre la cabeza de Juanito paraapartar de ella el tifus y las viruelas, después intentaban librarle deotros enemigos no menos atroces. Temía los escándalos que ocasionanlances personales, las pasiones que destruyen la salud y envilecen elalma, los despilfarros, el desorden moral, físico y económico.Resolviose la insigne señora a tener carácter y a vigilar a su hijo.Hízose fiscalizadora, reparona, entrometida, y unas veces con dulzura,otras con aspereza que le costaba trabajo fingir, tomaba razón de todoslos actos del joven, tundiéndole a preguntas: «¿A dónde vas con esecuerpo?... ¿De dónde vienes ahora?... ¿Por qué entraste anoche a lastres de la mañana?... ¿En qué has gastado los mil reales que ayer tedi?... A ver, ¿qué significa este perfume que se te ha pegado a lacara?...». Daba sus descargos el delincuente como podía, fatigando suimaginación para procurarse respuestas que tuvieran visos de lógica,aunque estos fueran como fulgor de relámpago. Ponía una de cal y otra dearena, mezclando las contestaciones categóricas con los mimos y laszalamerías. Bien sabía cuál era el flanco débil del enemigo. PeroBarbarita, mujer de tanto espíritu como corazón, se las tenía muy tiesasy sabía defenderse. En algunas ocasiones era tan fuerte la acometida decariñitos, que la mamá estaba a punto de rendirse, fatigada de suentereza disciplinaria. Pero, ¡quia!, no se rendía; y vuelta al ajustede cuentas, y al inquirir, y al tomar acta de todos los pasos que elpredilecto daba por entre los peligros sociales. En honor a la verdad,debo decir que los desvaríos de Juanito no eran ninguna cosa del otrojueves. En esto, como en todo lo malo, hemos progresado de tal modo, quelas barrabasadas de aquel niño bonito hace quince años, nos pareceríanhoy timideces y aun actos de ejemplaridad relativa.

Presentose en aquellos días al simpático joven la coyuntura de hacer suprimer viaje a París, adonde iban Villalonga y Federico Ruizcomisionados por el Gobierno, el uno a comprar máquinas de agricultura,el otro a adquirir aparatos de astronomía. A D. Baldomero le pareciómuy bien el viaje del chico, para que viese mundo; y Barbarita no seopuso, aunque le mortificaba mucho la idea de que su hijo correría en lacapital de Francia temporales más recios que los de Madrid. A la pena deno verle uníase el temor de que le sorbieran aquellos gabachos ygabachas, tan diestros en desplumar al forastero y en maleficiar a losjóvenes más juiciosos.

Bien se sabía ella que allá hilaban muy fino enesto de explotar las debilidades humanas, y que Madrid era, comparado enesta materia con París de Francia, un lugar de abstinencia ymortificación. Tan triste se puso un día pensando en estas cosas y tanal vivo se le representaban la próxima perdición de su querido hijo ylas redes en que inexperto caía, que salió de su casa resuelta aimplorar la misericordia divina del modo más solemne, conforme a susgrandes medios de fortuna. Primero se le ocurrió encargar muchas misasal cura de San Ginés, y no pareciéndole esto bastante, discurrió mandarponer de Manifiesto la Divina Majestad todo el tiempo que el niñoestuviese en París. Ya dentro de la Iglesia, pensó que lo del Manifiestoera un lujo desmedido y por lo mismo quizá irreverente. No, guardaría elrecurso gordo para los casos graves de enfermedad o peligro de muerte.Pero en lo de las misas sí que no se volvió atrás, y encargó la mar deellas, repartiendo además aquella semana más limosnas que de costumbre.

Cuando comunicaba sus temores a D. Baldomero, este se echaba a reír y ledecía: «El chico es de buena índole. Déjale que se divierta y que lacorra. Los jóvenes del día necesitan despabilarse y ver mucho mundo. Noson estos tiempos como los míos, en que no la corría ningún chico delcomercio, y nos tenían a todos metidos en un puño hasta que nos casaban.¡Qué costumbres aquellas tan diferentes de las de ahora! Lacivilización, hija, es mucho cuento. ¿Qué padre le daría hoy un par debofetadas a un hijo de veinte años por haberse puesto las botas nuevasen día de trabajo? ¿Ni cómo te atreverías hoy a proponerle a un mocetónde estos que rece el rosario con la familia? Hoy los jóvenes disfrutande una libertad y de una iniciativa para divertirse que no gozaban losde antaño. Y no creas, no creas que por esto son peores. Y si me apuras,te diré que conviene que los chicos no sean tan encogidos como los deentonces. Me acuerdo de cuando yo era pollo. ¡Dios mío, qué soso era! Yatenía veinticinco años, y no sabía decir a una mujer o señora sino queusted lo pase bien, y de ahí no me sacaba nadie. Como que me habíapasado en la tienda y en el almacén toda la niñez y lo mejor de mijuventud. Mi padre era una fiera; no me perdonaba nada. Así me crié, asísalí yo, con unas ideas de rectitud y unos hábitos de trabajo, que yaya... Por eso bendigo hoy los coscorrones que fueron mis verdaderosmaestros. Pero en lo referente a sociedad, yo era un salvaje. Como mispadres no me permitían más compañía que la de otros muchachones tanñoños como yo, no sabía ninguna suerte de travesuras, ni había visto auna mujer más que por el forro, ni entendía de ningún juego, ni podíahablar de nada que fuera mundano y corriente. Los domingos, mi mamátenía que ponerme la corbata y encasquetarme el sombrero, porque todaslas prendas del día de fiesta parecían querer escapárseme del cuerpo.

Túbien te acuerdas. Anda, que también te has reído de mí. Cuando mispadres me hablaron... así, a boca de jarro, de que me iba a casarcontigo, ¡me corrió un frío por todo el espinazo...! Todavía me acuerdodel miedo que te tenía. Nuestros padres nos dieron esto amasado ycocido. Nos casaron como se casa a los gatos, y punto concluido. Salióbien; pero hay tantos casos en que esta manera de hacer familias salemalditamente... ¡Qué risa! Lo que me daba más miedo cuando mi madre mehabló de casarme, fue el compromiso en que estaba de hablar contigo...No tenía más remedio que decirte algo... ¡Caramba, qué sudores pasé!'Pero yo ¿qué le voy a decir, si lo único que sé es que usted lo pasebien, y en saliendo de ahí soy hombre perdido...?'.

Ya te he contado mil veces la saliva amarga que tragaba ¡ay, Dios mío!,cuando mi madre me mandaba ponerme la levita de paño negro para llevarmea tu casa. Bien te acuerdas de mi famosa levita, de lo mal que me estabay de lo desmañado que era en tu presencia, pues no me arrancaba a deciruna palabra sino cuando alguien me ayudaba. Los primeros días meinspirabas verdadero terror, y me pasaba las horas pensando cómo habíade entrar y qué cosas había de decir, y discurriendo alguna triquiñuelapara hacer menos ridícula mi cortedad... Dígase lo que se quiera, hija,aquella educación no era buena. Hoy no se puede criar a los hijos de esamanera. Yo ¡qué quieres que te diga!, creo que en lo esencial Juanito noha de faltarnos. Es de casta honrada, tiene la formalidad en la masa dela sangre. Por eso estoy tranquilo, y no veo con malos ojos que sedespabile, que conozca el mundo, que adquiera soltura de modales...».

—No, si lo que menos falta hace a mi hijo es adquirir soltura, porquela tiene desde que era una criatura... Si no es eso. No se trata aquí demodales, sino de que me le coman esas bribonas...

—Mira, mujer, para que los jóvenes adquieran energía contra el vicio,es preciso que lo conozcan, que lo caten, sí, hija, que lo caten. No haypeor situación para un hombre que pasarse la mitad de la vida rabiandopor probarlo y no pudiendo conseguirlo, ya por timidez, ya poresclavitud. No hay muchos casos como yo, bien lo sabes; ni de estostipos que jamás, ni antes ni después de casados, tuvieron trapicheos,entran muchos en libra. Cada cual en su época.

Juanito, en la suya, nopuede ser mejor de lo que es, y si te empeñas en hacer de él unanacronismo o una rareza, un non como su padre, puede que lo eches aperder.

Estas razones no convencían a Barbarita, que seguía con toda el almafija en los peligros y escollos de la Babilonia parisiense, porque habíaoído contar horrores de lo que allí pasaba.

Como que estaba infestada lagran ciudad de unas mujeronas muy guapas y elegantes que al prontoparecían duquesas, vestidas con los más bonitos y los más nuevos arreosde la moda. Mas cuando se las veía y oía de cerca, resultaban ser unastiotas relajadas, comilonas, borrachas y ávidas de dinero, quedesplumaban y resecaban al pobrecito que en sus garras caía.

Contábaleestas cosas el marqués de Casa-Muñoz que casi todos los veranos iba alextranjero.

Las inquietudes de aquella incomparable señora acabaron con el regresode Juanito. ¡Y quién lo diría! Volvió mejor de lo que fue. Tanto hablarde París, y cuando Barbarita creía ver entrar a su hijo hecho unalástima, todo rechupado y anémico, se le ve más gordo y lucio queantes, con mejor color y los ojos más vivos, muchísimo más alegre, máshombre en fin, y con una amplitud de ideas y una puntería de juicio quea todos dejaba pasmados. ¡Vaya con París!... El marqués de Casa-Muñozse lo decía a Barbarita: «No hay que involucrar, París es muy malo;pero también es muy bueno».

-II-

Santa Cruz y Arnaiz. Vistazo histórico sobre el comercio

matritense

-I-

Don Baldomero Santa Cruz era hijo de otro D. Baldomero Santa Cruz que enel siglo pasado tuvo ya tienda de paños del Reino en la calle de la Sal,en el mismo local que después ocupó D.

Mauro Requejo. Había empezado elpadre por la más humilde jerarquía comercial, y a fuerza de trabajo,constancia y orden, el hortera de 1796 tenía, por los años del 10 al 15,uno de los más reputados establecimientos de la Corte en pañeríanacional y extranjera. Don Baldomero II, que así es forzoso llamarlepara distinguirle del fundador de la dinastía, heredó en 1848 el copiosoalmacén, el sólido crédito y la respetabilísima firma de D. Baldomero I,y continuando las tradiciones de la casa por espacio de veinte años más,retirose de los negocios con un capital sano y limpio de quince millonesde reales, después de traspasar la casa a dos muchachos que servían enella, el uno pariente suyo y el otro de su mujer. La casa se denominódesde entonces Sobrinos de Santa Cruz, y a estos sobrinos, D.Baldomero y Barbarita les llamaban familiarmente los Chicos.

En el reinado de D. Baldomero I, o sea desde los orígenes hasta 1848, lacasa trabajó más en géneros del país que en los extranjeros. Escaray yPradoluengo la surtían de paños, Brihuega de bayetas, Antequera depañuelos de lana. En las postrimerías de aquel reinado fue cuando lacasa empezó a trabajar en géneros de fuera, y la reforma arancelariade 1849 lanzó a D. Baldomero II a mayores empresas. No sólo realizócontratos con las fábricas de Béjar y Alcoy para dar mejor salida a losproductos nacionales, sino que introdujo los famosos Sedanes paralevitas, y las telas que tanto se usaron del 45 al 55, aquellospatencures, anascotes, cúbicas y chinchillas que ilustran la gloriosahistoria de la sastrería moderna. Pero de lo que más provecho sacó lacasa fue del ramo de capotes y uniformes para el Ejército y la MiliciaNacional, no siendo tampoco despreciable el beneficio que obtuvo del artículo para capas, el abrigo propiamente español que resiste a todaslas modas de vestir, como el garbanzo resiste a todas las modas decomer. Santa Cruz, Bringas y Arnaiz el gordo, monopolizaban toda lapañería de Madrid y surtían a los tenderos de la calle de Atocha, de laCruz y Toledo.

En las contratas de vestuario para el Ejército y Milicia Nacional, niSanta Cruz, ni Arnaiz, ni tampoco Bringas daban la cara. Aparecía comocontratista un tal Albert, de origen belga, que había empezado porintroducir paños extranjeros con mala fortuna. Este Albert era hombremuy para el caso, activo, despabilado, seguro en sus tratos aunque noestuvieran escritos. Fue el auxiliar eficacísimo de Casarredonda en susvaliosas contratas de lienzos gallegos para la tropa.

El pantalón blancode los soldados de hace cuarenta años ha sido origen de grandísimasriquezas.

Los fardos de Coruñas y Viveros dieron a Casarredonda y altal Albert más dinero que a los Santa Cruz y a los Bringas los capotes ylevitas militares de Béjar, aunque en rigor de verdad estos comerciantesno tenían por qué quejarse. Albert murió el 55, dejando una granfortuna, que heredó su hija casada con el sucesor de Muñoz, el de lainmemorial ferretería de la calle de Tintoreros.

En el reinado de D. Baldomero II, las prácticas y procedimientoscomerciales se apartaron muy poco de la rutina heredada. Allí no se suponunca lo que era un anuncio en el Diario, ni se emplearon viajantes paraextender por las provincias limítrofes el negocio. El refrán de el buenpaño en el arca se vende era verdad como un templo en aquel sólido ybien reputado comercio. Los detallistas no necesitaban que se lesllamase a son de cencerro ni que se les embaucara con artescharlatánicas. Demasiado sabían todos el camino de la casa, y lasmetódicas y honradas costumbres de esta, la fijeza de los precios, losdescuentos que se hacían por pronto pago, los plazos que se daban, ytodo lo demás concerniente a la buena inteligencia entre vendedor yparroquiano. El escritorio no alteró jamás ciertas tradicionesvenerandas del laborioso reinado de D. Baldomero I. Allí no se usaronnunca estos copiadores de cartas que son una aplicación de la imprenta ala caligrafía. La correspondencia se copiaba a pulso por un empleadoque estuvo cuarenta años sentado en la misma silla delante del mismoatril, y que por efecto de la costumbre casi copiaba la carta matriz desu principal sin mirarla. Hasta que D.

Baldomero realizó el traspaso, nose supo en aquella casa lo que era un metro, ni se quitaron a la vara deBurgos sus fueros seculares. Hasta pocos años antes del traspaso, no usóSanta Cruz los sobres para cartas, y estas se cerraban sobre sí mismas.

No significaban tales rutinas terquedad y falta de luces. Por elcontrario, la clara inteligencia del segundo Santa Cruz y suconocimiento de los negocios, sugeríanle la idea de que cada hombrepertenece a su época y a su esfera propias, y que dentro de ellas debeexclusivamente actuar. Demasiado comprendió que el comercio iba a sufrirprofunda transformación, y que no era él el llamado a dirigirlo por losnuevos y más anchos caminos que se le abrían. Por eso, y porque ansiabaretirarse y descansar, traspasó su establecimiento a los Chicos quehabían sido deudos y dependientes suyos durante veinte años. Ambos erantrabajadores y muy inteligentes.

Alternaban en sus viajes al extranjeropara buscar y traer las novedades, alma del tráfico de telas.

Laconcurrencia crecía cada año, y era forzoso apelar al reclamo, recibir yexpedir viajantes, mimar al público, contemporizar y abrir cuentaslargas a los parroquianos, y singularmente a las parroquianas. Como los Chicos habían abarcado también el comercio de lanillas, merinos, telasligeras para vestidos de señora, pañolería, confecciones y otrosartículos de uso femenino, y además abrieron tienda al por menor y al vareo, tuvieron que pasar por el inconveniente de las morosidades einsolvencias que tanto quebrantan al comercio. Afortunadamente paraellos, la casa tenía un crédito inmenso.

La casa del gordo Arnaiz era relativamente moderna. Se había hechopañero porque tuvo que quedarse con las existencias de Albert, paraindemnizarse de un préstamo que le hiciera en 1843.

Trabajabaexclusivamente en género extranjero; pero cuando Santa Cruz hizo sutraspaso a los Chicos, también Arnaiz se inclinaba a hacer lo mismo,porque estaba ya muy rico, muy obeso, bastante viejo y no queríatrabajar. Daba y tomaba letras sobre Londres y representaba a dosCompañías de seguros. Con esto tenía lo bastante para no aburrirse. Erahombre que cuando se ponía a toser hacía temblar el edificio dondeestaba; excelente persona, librecambista rabioso, anglómano y solterón.Entre las casas de Santa Cruz y Arnaiz no hubo nunca rivalidades; antesbien, se ayudaban cuanto podían. El gordo y D. Baldomero tratáronsesiempre como hermanos en la vida social y como compañeros queridísimosen la comercial, salvo alguna discusión demasiado agria sobre temasarancelarios, porque Arnaiz había hecho la gracia de leer a Bastiat yconcurría a los meetings de la Bolsa, no precisamente para oír ycallar, sino para echar discursos que casi siempre acababan en sofocantetos. Trinaba contra todo arancel que no significara un simple recursofiscal, mientras que D. Baldomero, que en todo era templado, pretendíaque se conciliasen los intereses del comercio con los de la industriaespañola. «Si esos catalanes no fabrican más que adefesios —decíaArnaiz entre tos y tos—, y reparten dividendos de sesenta por ciento alos accionistas...».

—¡Dale!, ya pareció aquello—respondía don Baldomero—Pues yo teprobaré...

Solía no probar nada, ni el otro tampoco, quedándose cada cual con suopinión; pero con estas sabrosas peloteras pasaban el tiempo. Tambiénhabía entre estos dos respetables sujetos parentesco de afinidad, porquedoña Bárbara, esposa de Santa Cruz, era prima del gordo, hija deBonifacio Arnaiz, comerciante en pañolería de la China. Y escudriñandolos troncos de estos linajes matritenses, sería fácil encontrar que losArnaiz y los Santa Cruz tenían en sus diferentes ramas una savia común,la savia de los Trujillos. «Todos somos unos—dijo alguna vez el gordoen las expansiones de su humor festivo, inclinado a las sinceridadesdemocráticas—, tú por tu madre y yo por mi abuela, somos Trujillosnetos, de patente; descendemos de aquel Matías Trujillo que tuvoalbardería en la calle de Toledo allá por los tiempos del motín de capasy sombreros. No lo invento yo; lo canta una escritura de juros que tengoen mi casa. Por eso le he dicho ayer a nuestro pariente RamónTrujillo... ya sabéis que me le han hecho conde... le he dicho queadopte por escudo un frontil y una jáquima con un letrero que diga: Pertenecí a Babieca...».

-II-

Nació Barbarita Arnaiz en la calle de Postas, esquina al callejón de SanCristóbal, en uno de aquellos oprimidos edificios que parecen estuches ocasas de muñecas. Los techos se cogían con la mano; las escaleras habíaque subirlas con el credo en la boca, y las habitaciones parecíandestinadas a la premeditación de algún crimen. Había moradas de estas, alas cuales se entraba por la cocina. Otras tenían los pisos en declive,y en todas ellas oíase hasta el respirar de los vecinos. En algunas seveían mezquinos arcos de fábrica para sostener el entramado de lasescaleras, y abundaba tanto el yeso en la construcción como escaseabanel hierro y la madera.

Eran comunes las puertas de cuarterones, losbaldosines polvorosos, los cerrojos imposibles de manejar y lasvidrieras emplomadas. Mucho de esto ha desaparecido en las renovacionesde estos últimos veinte años; pero la estrechez de las viviendassubsiste.

Creció Bárbara en una atmósfera saturada de olor de sándalo, y lasfragancias orientales, juntamente con los vivos colores de la pañoleríachinesca, dieron acento poderoso a las impresiones de su niñez. Como serecuerda a las personas más queridas de la familia, así vivieron y vivensiempre con dulce memoria en la mente de Barbarita los dos maniquís detamaño natural vestidos de mandarín que había en la tienda y en loscuales sus ojos aprendieron a ver. La primera cosa que excitó laatención naciente de la niña, cuando estaba en brazos de su niñera,fueron estos dos pasmarotes de semblante lelo y desabrido, y susmagníficos trajes morados. También había por allí una persona a quien laniña miraba mucho, y que la miraba a ella con ojos dulces y cuajados decandoroso chino. Era el retrato de Ayún, de cuerpo entero y tamañonatural, dibujado y pintado con dureza, pero con gran expresión. Malconocido es en España el nombre de este peregrino artista, aunque susobras han estado y están a la vista de todo el mundo, y nos sonfamiliares como si fueran obra nuestra. Es el ingenio bordador de lospañuelos de Manila, el inventor del tipo de rameado más vistoso yelegante, el poeta fecundísimo de esos madrigales de crespón compuestoscon flores y rimados con pájaros. A este ilustre chino deben lasespañolas el hermosísimo y característico chal que tanto favorece subelleza, el mantón de Manila, al mismo tiempo señoril y popular, pues lohan llevado en sus hombros la gran señora y la gitana. Envolverse en éles como vestirse con un cuadro. La industria moderna no inventará nadaque iguale a la ingenua poesía del mantón, salpicado de flores,flexible, pegadizo y mate, con aquel fleco que tiene algo de los enredosdel sueño y aquella brillantez de color que iluminaba las muchedumbresen los tiempos en que su uso era general.

Esta prenda hermosa se vadesterrando, y sólo el pueblo la conserva con admirable instinto.

Losaca de las arcas en las grandes épocas de la vida, en los bautizos y enlas bodas, como se da al viento un himno de alegría en el cual hay unaestrofa para la patria. El mantón sería una prenda vulgar si tuviera laciencia del diseño; no lo es por conservar el carácter de las artesprimitivas y populares; es como la leyenda, como los cuentos de lainfancia, candoroso y rico de color, fácilmente comprensible yrefractario a los cambios de la moda.

Pues esta prenda, esta nacional obra de arte, tan nuestra como laspanderetas o los toros, no es nuestra en realidad más que por el uso; sela debemos a un artista nacido a la otra parte del mundo, a un tal Ayún,que consagró a nosotros su vida toda y sus talleres. Y tan agradecidoera el buen hombre al comercio español, que enviaba a los de acá suretrato y los de sus catorce mujeres, unas señoras tiesas y pálidas comolas que se ven pintadas en las tazas, con los pies increíbles por lochicos y las uñas increíbles también por lo largas.

Las facultades de Barbarita se desarrollaron asociadas a lacontemplación de estas cosas, y entre las primeras conquistas de sussentidos, ninguna tan segura como la impresión de aquellas floresbordadas con luminosos torzales, y tan frescas que parecía cuajarse enellas el rocío. En días de gran venta, cuando había muchas señoras en latienda y los dependientes desplegaban sobre el mostrador centenares depañuelos, la lóbrega tienda semejaba un jardín. Barbarita creía que sepodrían coger flores a puñados, hacer ramilletes o guirnaldas, llenarcanastillas y adornarse el pelo. Creía que se podrían deshojar ytambién que tenían olor. Esto era verdad, porque despedían ese tufillode los embalajes asiáticos, mezcla de sándalo y de resinas exóticas quenos trae a la mente los misterios budistas.

Más adelante pudo la niña apreciar la belleza y variedad de los abanicosque había en la casa, y que eran una de las principales riquezas deella. Quedábase pasmada cuando veía los dedos de su mamá sacándolos delas perfumadas cajas y abriéndolos como saben abrirlos los que comercianen este artículo, es decir, con un desgaire rápido que no los estropea yque hace ver al público la ligereza de la prenda y el blando rasgueo delas varillas. Barbarita abría cada ojo como los de un ternero cuando sumamá, sentándola sobre el mostrador, le enseñaba abanicos sin dejárselostocar; y se embebecía contemplando aquellas figuras tan monas, que no leparecían personas, sino chinos, con las caras redondas y tersas comohojitas de rosa, todos ellos risueños y estúpidos, pero muy lindos, lomismo que aquellas casas abiertas por todos lados y aquellos árboles queparecían matitas de albahaca... ¡Y pensar que los árboles eran el ténada menos, estas hojuelas retorcidas, cuyo zumo se toma para el dolorde barriga...!

Ocuparon más adelante el primer lugar en el tierno corazón de la hijade D. Bonifacio Arnaiz y en sus sueños inocentes, otras preciosidadesque la mamá solía mostrarle de vez en cuando, previa amonestación de notocarlos; objetos labrados en marfil y que debían de ser los juguetescon que los ángeles se divertían en el Cielo. Eran al modo de torres demuchos pisos, o barquitos con las velas desplegadas y muchos remos poruna y otra banda; también estuchitos, cajas para guantes y joyas,botones y juegos lindísimos de ajedrez. Por el respeto con que su mamálos cogía y los guardaba, creía Barbarita que contenían algo así como elViático para los enfermos, o lo que se da a las personas en la iglesiacuando comulgan. Muchas noches se acostaba con fiebre porque no lehabían dejado satisfacer su anhelo de coger para sí aquellas monerías.Hubiérase contentado ella, en vista de prohibición tan absoluta, conaproximar la yema del dedo índice al pico de una de las torres; pero niaun esto... Lo más que se le permitía era poner sobre el tablero deajedrez que estaba en la vitrina de la ventana enrejada (entonces nohabía escaparates), todas las piezas de un juego, no de los más finos, aun lado las blancas, a otro las encarnadas.

Barbarita y su hermano Gumersindo, mayor que ella, eran los únicos hijosde D. Bonifacio Arnaiz y de doña Asunción Trujillo. Cuando tuvo edadpara ello, fue a la escuela de una tal doña Calixta, sita en la calleImperial, en la misma casa donde estaba el Fiel Contraste. Las niñas conquienes la de Arnaiz hacía mejores migas, eran dos de su misma edad yvecinas de aquellos barrios, la una de la familia de Moreno, del dueñode la droguería de la calle de Carretas, la otra de Muñoz, elcomerciante de hierros de la calle de Tintoreros. Eulalia Muñoz era muyvanidosa, y decía que no había casa como la suya y que daba gusto verlatoda llena de unos pedazos de hierro mu grandes, del tamaño de lacaña de doña Calixta, y tan pesados, tan pesados que ni cuatrocientoshombres los podían levantar. Luego había un sin fin de martillos,garfios, peroles mu grandes, mu grandes... «más anchos que estecuarto». Pues, ¿y los paquetes de clavos? ¿Qué cosa había más bonita? ¿Ylas llaves que parecían de plata, y las planchas, y los anafres, y otrascosas lindísimas? Sostenía que ella no necesitaba que sus papás lecomprasen muñecas, porque las hacía con un martillo, vistiéndolo con unatoalla. ¿Pues y las agujas que había en su casa? No se acertaban acontar. Como que todo Madrid iba allí a comprar agujas, y su papá secarteaba con el fabricante... Su papá recibía miles de cartas al día, ylas cartas olían a hierro...

como que venían de Inglaterra, donde todoes de hierro, hasta los caminos... «Sí, hija, sí, mi papá me lo hadicho. Los caminos están embaldosados de hierro, y por allí encima vanlos coches echando demonios».

Llevaba siempre los bolsillos atestados de chucherías, que mostraba paradejar bizcas a sus amigas. Eran tachuelas de cabeza dorada, corchetes,argollitas pavonadas, hebillas, pedazos de papel de lija, vestigios demuestrarios y de cosas rotas o descabaladas. Pero lo que tenía en másestima, y por esto no lo sacaba sino en ciertos días, era su colecciónde etiquetas, pedacitos de papel verde, recortados de los paquetesinservibles, y que tenían el famoso escudo inglés, con la jarretiera, elleopardo y el unicornio. En todas ellas se leía: Birmingham. «Veis...este señor Bermingán es el que se cartea con mi papá todos los días,en inglés; y son tan amigos, que siempre le está diciendo que vaya allá;y hace poco le mandó, dentro de una caja de clavos, un jamón ahumado queolía como a chamusquina, y un pastelón así, mirad, del tamaño delbrasero de doña Calixta, que tenía dentro muchas pasas chiquirrininas, ypicaba como la guindilla; pero mu rico, hijas, mu rico».

La chiquilla de Moreno fundaba su vanidad en llevar papelejos configuritas y letras de colores, en los cuales se hablaba de píldoras, debarnices o de ingredientes para teñirse el pelo.

Los mostraba uno poruno, dejando para el final el gran efecto, que consistía en sacar desúbito el pañuelo y ponerlo en las narices de sus amigas, diciéndoles: goled. Efectivamente, quedábanse las otras medio desvanecidas con elfuerte olor de agua de Colonia o de los siete ladrones, que el pañuelotenía. Por un momento, la admiración las hacía enmudecer; pero poco apoco íbanse reponiendo, y Eulalia, cuyo orgullo rara vez se daba porvencido, sacaba un tornillo dorado sin cabeza, o un pedazo de talco, conel cual decía que iba a hacer un espejo. Difícil era borrar la grataimpresión y el éxito del perfume. La ferretera, algo corrida, tenía queguardar los trebejos, después de oír comentarios verdaderamenteinjustos. La de la droguería hacía muchos ascos, diciendo: «¡Uy, cómoapesta eso, hija, guarda, guarda esas ordinarieces!».

Al siguiente día, Barbarita, que no quería dar su brazo a torcer,llevaba unos papelitos muy raros de pasta, todos llenos de garabatoschinescos. Después de darse mucha importancia, haciendo que lo enseñabay volviéndolo a guardar, con lo cual la curiosidad de las otras llegabaal punto de la desazón nerviosa, de repente ponía el papel en lasnarices de sus amigas, diciendo en tono triunfal: «¿Y eso?». QuedábanseCastita y Eulalia atontadas con el aroma asiático, vacilando entre laadmiración y la envidia; pero al fin no tenían más remedio que humillarsu soberbia ante el olorcillo aquel de la niña de Arnaiz, y le pedíanpor Dios que las dejase catarlo más. Barbarita no gustaba de prodigar sutesoro, y apenas acercaba el papel a las respingadas narices de lasotras, lo volvía a retirar con movimiento de cautela y avaricia,temiendo que la fragancia se marchara por los respiraderos de susamigas, como se escapa el humo por el cañón de una chimenea. El tiro deaquellos olfatorios era tremendo. Por último, las dos amiguitas y otrasque se acercaron movidas de la curiosidad, y hasta la propia doñaCalixta, que solía descender a la familiaridad con las alumnas ricas,reconocían, por encima de todo sentimiento envidioso, que ninguna niñatenía cosas tan bonitas como la de la tienda de Filipinas.

-III-

Esta niña y otras del barrio, bien apañaditas por sus respectivas mamás,peinadas a estilo de maja, con peineta y flores en la cabeza, y sobrelos hombros pañuelo de Manila de los que llaman de talle, se reunían enun portal de la calle de Postas para pedir el cuartito para la Cruz deMayo, el 3 de dicho mes, repicando en una bandeja de plata, junto a unamesilla forrada de damasco rojo. Los dueños de la casa llamada delportal de la Virgen, celebraban aquel día una simpática fiesta y poníanallí, junto al mismo taller de cucharas y molinillos que todavíaexiste, un altar con la cruz enramada, muchas velas y algunas figuras denacimiento. A la Virgen, que aún se venera allí, la enramaban tambiéncon yerbas olorosas, y el fabricante de cucharas, que era gallego, seponía la montera y el chaleco encarnado. Las pequeñuelas, si los mayoresse descuidaban, rompían la consigna y se echaban a la calle, en reñidacompetencia con otras chiquillas pedigüeñas, correteando de una acera aotra, deteniendo a los señores que pasaban, y acosándoles hasta obtenerel ochavito. Hemos oído contar a la propia Barbarita que para ella nohabía dicha mayor que pedir para la Cruz de Mayo, y que los caballerosde entonces eran en esto mucho más galantes que los de ahora, pues nodesairaban a ninguna niña bien vestidita que se les colgara de losfaldones.

Ya había completado la hija de Arnaiz su educación (que era hartosencilla en aquellos tiempos y consistía en leer sin acento, escribirsin ortografía, contar haciendo trompetitas con la boca, y bordar conpunto de marca el dechado), cuando perdió a su padre. Ocupaciones seriasvinieron entonces a robustecer su espíritu y a redondear su carácter. Sumadre y hermano, ayudados del gordo Arnaiz, emprendieron el inventariode la casa, en la cual había algún desorden. Sobre las existencias depañolería no se hallaron datos ciertos en los libros de la tienda, y alcontarlas apareció más de lo que se creía. En el sótano estaban, muertosde risa, varios fardos de cajas que aún no habían sido abiertos. Ademásde esto, las casas importadoras de Cádiz, Cuesta y Rubio, anunciaban dosremesas considerables que estaban ya en camino. No había más remedio quecargar con todo aquel exceso de género, lo que realmente era unacontrariedad comercial en tiempos en que parecía iniciarse lageneralización de los abrigos confeccionados, notándose además en laclase popular tendencias a vestirse como la clase media. La decadenciadel mantón de Manila empezaba a iniciarse, porque si los pañuelosllamados de talle, que eran los más baratos, se vendían bien en Madrid(mayormente el día de San Lorenzo, para la parroquia de la chinche) y tenían regular salida para Valencia yMálaga, en cambio el gran mantón, los ricos chales de tres, cuatro ycinco mil reales se vendían muy poco, y pasaban meses sin que ningunaparroquiana se atreviera con ellos.

Los herederos de Arnaiz, al inventariar la riqueza de la casa, que sóloen aquel artículo no bajaba de cincuenta mil duros, comprendieron que seaproximaba una crisis. Tres o cuatro meses emplearon en clasificar,ordenar, poner precios, confrontar los apuntes de don Bonifacio con lacorrespondencia y las facturas venidas directamente de Cantón oremitidas por las casas de Cádiz. Indudablemente el difunto Arnaiz nohabía visto claro al hacer tantos pedidos; se cegó, deslumbrado porcierta alucinación mercantil; tal vez sintió demasiado el amor alartículo y fue más artista que comerciante. Había sido dependiente ysocio de la Compañía de Filipinas, liquidada en 1833, y al emprender porsí el negocio de pañolería de Cantón, creía conocerlo mejor que nadie.En verdad que lo conocía; pero tenía una fe imprudente en la perpetuidadde aquella prenda, y algunas ideas supersticiosas acerca de la afinidaddel pueblo español con los espléndidos crespones rameados de milcolores. «Mientras más chillones—decía—, más venta».

En esto apareció en el extremo Oriente un nuevo artista, un genio queacabó de perturbar a D.

Bonifacio. Este innovador fue Senquá, del cualpuede decirse que representaba con respecto a Ayún, en aquel artebudista, lo que en la música representaba Beethoven con respecto aMozart.

Senquá modificó el estilo de Ayún, dándole más amplitud,variando más los tonos, haciendo, en fin, de aquellas sonatas graciosas,poéticas y elegantes, sinfonías poderosas con derroche de vida,combinaciones nuevas y atrevimientos admirables. Ver D. Bonifacio lasprimeras muestras del estilo de Senquá y chiflarse por completo, fuetodo uno. «¡Barástolis!, ¡esto es la gloria divina—decía—; es muchochino este...!». Y de tal entusiasmo nacieron pedidos imprudentes y elgrave error mercantil, cuyas consecuencias no pudo apreciar aquelexcelente hombre, porque le cogió la muerte.

El inventario de abanicos, tela de nipis, crudillo de seda, tejidos deMadrás y objetos de marfil también arrojaba cifras muy altas, y se hizominuciosamente. Entonces pasaron por las manos de Barbarita todas laspreciosidades que en su niñez le parecían juguetes y que le habíanproducido fiebre. A pesar de la edad y del juicio adquirido con ella, novio nunca con indiferencia tales chucherías, y hoy mismo declara quecuando cae en sus manos alguno de aquellos delicados campanarios demarfil, le dan ganas de guardárselo en el seno y echar a correr.

Cumplidos los quince años, era Barbarita una chica bonitísima,torneadita, fresca y sonrosada, de carácter jovial, inquieto y un tantoburlón. No había tenido novio aún, ni su madre se lo permitía.Diferentes moscones revoloteaban alrededor de ella, sin resultado. Lamamá tenía sus proyectos, y empezaba a tirar acertadas líneas pararealizarlos. Las familias de Santa Cruz y Arnaiz se trataban con amistadcasi íntima, y además tenían vínculos de parentesco con los Trujillos.La mujer de don Baldomero I y la del difunto Arnaiz eran primassegundas, floridas ramas de aquel nudoso tronco, de aquel albardero dela calle de Toledo, cuya historia sabía tan bien el gordo Arnaiz. Lasdos primas tuvieron un pensamiento feliz, se lo comunicaron una a otra,asombráronse de que se les hubiera ocurrido a las dos la misma cosa...«ya se ve, era tan natural...» y aplaudiéndose recíprocamente,resolvieron convertirlo en realidad dichosa. Todos los descendientes delextremeño aquel de los aparejos borricales se distinguían siempre por sucostumbre de trazar una línea muy corta y muy recta entre la idea y elhecho. La idea era casar a Baldomerito con Barbarita.

Muchas veces había visto la hija de Arnaiz al chico de Santa Cruz; peronunca le pasó por las mientes que sería su marido, porque el tal, nosólo no le había dicho nunca media palabra de amores, sino que nisiquiera la miraba como miran los que pretenden ser mirados. Baldomeroera juicioso, muy bien parecido, fornido y de buen color, cortísimo degenio, sosón como una calabaza, y de tan pocas palabras que se podíancontar siempre que hablaba. Su timidez no decía bien con su corpulencia.Tenía un mirar leal y cariñoso, como el de un gran perro de aguas.

Pasaba por la honestidad misma, iba a misa todos los días que lo mandabala Iglesia, rezaba el rosario con la familia, trabajaba diez horasdiarias o más en el escritorio sin levantar cabeza, y no gastaba eldinero que le daban sus papás. A pesar de estas raras dotes, Barbarita,si alguna vez le encontraba en la calle o en la tienda de Arnaiz o en lacasa, lo que acontecía muy pocas veces, le miraba con el mismo interéscon que se puede mirar una saca de carbón o un fardo de tejidos. Así esque se quedó como quien ve visiones cuando su madre, cierto día deprecepto, al volver de la iglesia de Santa Cruz, donde ambas confesarony comulgaron, le propuso el casamiento con Baldomerito. Y no empleó paraesto circunloquios ni diplomacias de palabra, sino que se fue al asuntocon estilo llano y decidido. ¡Ah, la línea recta de los Trujillos...!

Aunque Barbarita era desenfadada en el pensar, pronta en el responder, ysabía sacudirse una mosca que le molestase, en caso tan grave se quedóalgo mortecina y tuvo vergüenza de decir a su mamá que no quería malditacosa al chico de Santa Cruz... Lo iba a decir; pero la cara de su madrepareciole de madera. Vio en aquel entrecejo la línea corta y sin curvas,la barra de acero trujillesca, y la pobre niña sintió miedo, ¡ay quémiedo! Bien conoció que su madre se había de poner como una leona, siella se salía con la inocentada de querer más o menos. Callose, pues,como en misa, y a cuanto la mamá le dijo aquel día y los subsiguientessobre el mismo tema del casorio, respondía con signos y palabras dehumilde aquiescencia. No cesaba de sondear su propio corazón, en el cualencontraba a la vez pena y consuelo. No sabía lo que era amor; tan sólolo sospechaba. Verdad que no quería a su novio; pero tampoco quería aotro. En caso de querer a alguno, este alguno podía ser aquel.

Lo más particular era que Baldomero, después de concertada la boda, ycuando veía regularmente a su novia, no le decía de cosas de amor ni unamiaja de letra, aunque las breves ausencias de la mamá, que solíadejarles solos un ratito, le dieran ocasión de lucirse como galán.

Peronada... Aquel zagalote guapo y desabrido no sabía salir en suconversación de las rutinas más triviales. Su timidez era tanceremoniosa como su levita de paño negro, de lo mejor de Sedán, y queparecía, usada por él, como un reclamo del buen género de la casa.Hablaba de los reverberos que había puesto el marqués de Pontejos, delcólera del año anterior, de la degollina de los frailes, y de las muchascasas magníficas que se iban a edificar en los solares de los derribadosconventos.

Todo esto era muy bonito para dicho en la tertulia de unatienda; pero sonaba a cencerrada en el corazón de una doncella, que noestando enamorada, tenía ganas de estarlo.

También pensaba Barbarita, oyendo a su novio, que la procesión iba pordentro y que el pobre chico, a pesar de ser tan grandullón, no teníaalma para sacarla fuera. «¿Me querrá?» se preguntaba la novia. Prontohubo de sospechar que si Baldomerito no le hablaba de amorexplícitamente, era por pura cortedad y por no saber cómo arrancarse;pero que estaba enamorado hasta las gachas, reduciéndose a declararlocon delicadezas, complacencias y puntualidades muy expresivas. Sin dudael amor más sublime es el más discreto, y las bocas más elocuentesaquellas en que no puede entrar ni una mosca. Mas no se tranquilizaba lajoven razonando así, y el sobresalto y la incertidumbre no la dejabanvivir. «¡Si también le estaré yo queriendo sin saberlo!» pensaba. ¡Oh!,no; interrogándose y respondiéndose con toda lealtad, resultaba que nole quería absolutamente nada. Verdad que tampoco le aborrecía, y algoíbamos ganando.

Y en este desabridísimo noviazgo pasaron algunos meses, al cabo de loscuales Baldomero se soltó y despabiló algo. Su boca se fue desellandopoquito a poco hasta que rompió, como un erizo de castaña que madura yse abre, dejando ver el sazonado fruto. Palabra tras palabra, fuesoltando las castañas, aquellas ideas elaboradas y guardadas conreligiosa maternidad, como esconde Naturaleza sus obras en gestación.Llegó por fin el día señalado para la boda, que fue el 3 de Mayo de1835, y se casaron en Santa Cruz, sin aparato, instalándose en la casadel esposo, que era una de las mejores del barrio, en la plazuela de laLeña.

-IV-

A los dos meses de casados, y después de una temporadilla en queBarbarita estuvo algo distraída, melancólica y como con ganas de llorar,alarmando mucho a su madre, empezaron a notarse en aquel matrimonio, entan malas condiciones hecho, síntomas de idilio. Baldomero parecía otro.En el escritorio canturriaba, y buscaba pretextos para salir, subir a lacasa y decir una palabrita a su mujer, cogiéndola en los pasillos odonde la encontrase. También solía equivocarse al sentar una partida, ycuando firmaba la correspondencia, daba a los rasgos de la tradicionalrúbrica de la casa una amplitud de trazo verdaderamente grandiosa,terminando el rasgo final hacia arriba como una invocación de gratituddirigida al Cielo. Salía muy poco, y decía a sus amigos íntimos que nose cambiaría por un Rey, ni por su tocayo Espartero, pues no habíafelicidad semejante a la suya. Bárbara manifestaba a su madre con gozodiscreto, que Baldomero no le daba el más mínimo disgusto; que los doscaracteres se iban armonizando perfectamente, que él era bueno como elmejor pan y que tenía mucho talento, un talento que se descubría dondey como debe descubrirse, en las ocasiones. En cuanto estaba diez minutosen la casa materna, ya no se la podía aguantar, porque se poníadesasosegaba y buscaba pretextos para marcharse diciendo: «Me voy, queestá mi marido solo».

El idilio se acentuaba cada día, hasta el punto de que la madre deBarbarita, disimulando su satisfacción, decía a esta: «Pero, hija, vaisa dejar tamañitos a los Amantes de Teruel». Los esposos salían a paseojuntos todas las tardes. Jamás se ha visto a D. Baldomero II en unteatro sin tener al lado a su mujer. Cada día, cada mes y cada año, eranmás tórtolos, y se querían y estimaban más. Muchos años después decasados, parecía que estaban en la luna de miel. El marido ha miradosiempre a su mujer como una criatura sagrada, y Barbarita ha vistosiempre en su esposo el hombre más completo y digno de ser amado que enel mundo existe. Cómo se compenetraron ambos caracteres, cómo se formóla conjunción inaudita de aquellas dos almas, sería muy largo de contar.El señor y la señora de Santa Cruz, que aún viven y ojalá vivieran milaños, son el matrimonio más feliz y más admirable del presente siglo.Debieran estos nombres escribirse con letras de oro en los antipáticossalones de la Vicaría, para eterna ejemplaridad de las generacionesfuturas, y debiera ordenarse que los sacerdotes, al leer la epístola deSan Pablo, incluyeran algún parrafito, en latín o castellano, referentea estos excelsos casados. Doña Asunción Trujillo, que falleció en 1841en un día triste de Madrid, el día en que fusilaron al general León,salió de este mundo con el atrevido pensamiento de que para alcanzar labienaventuranza no necesitaba alegar más título que el de autora deaquel cristiano casamiento.

Y que no le disputara esta gloria JuanaTrujillo, madre de Baldomero, la cual había muerto el año anterior,porque Asunción probaría ante todas las cancillerías celestiales que aella se le había ocurrido la sublime idea antes que a su prima.

Ni los años, ni las menudencias de la vida han debilitado nunca elprofundísimo cariño de estos benditos cónyuges. Ya tenían canas lascabezas de uno y otro, y D. Baldomero decía a todo el que quisiera oírleque amaba a su mujer como el primer día. Juntos siempre en el paseo,juntos en el teatro, pues a ninguno de los dos le gusta la función si elotro no la ve también. En todas las fechas que recuerdan algo dichosopara la familia, se hacen recíprocamente sus regalitos, y para colmo defelicidad, ambos disfrutan de una salud espléndida. El deseo final delseñor de Santa Cruz es que ambos se mueran juntos, el mismo día y a lamisma hora, en el mismo lecho nupcial en que han dormido toda su vida.

Les conocí en 1870. D. Baldomero tenía ya sesenta años, Barbaritacincuenta y dos. Él era un señor de muy buena presencia, el peloentrecano, todo afeitado, colorado, fresco, más joven que muchos hombresde cuarenta, con toda la dentadura completa y sana, ágil y biendispuesto, sereno y festivo, la mirada dulce, siempre la mirada aquellade perrazo de Terranova. Su esposa pareciome, para decirlo de una vez,una mujer guapísima, casi estoy por decir monísima. Su cara tenía lafrescura de las rosas cogidas, pero no ajadas todavía, y no usaba másafeite que el agua clara. Conservaba una dentadura ideal y un cuerpoque, aun sin corsé, daba quince y raya a muchas fantasmonas exprimidasque andan por ahí. Su cabello se había puesto ya enteramente blanco, locual la favorecía más que cuando lo tenía entrecano. Parecía peloempolvado a estilo Pompadour, y como lo tenía tan rizoso y tan bienpartido sobre la frente, muchos sostenían que ni allí había canas niCristo que lo fundó. Si Barbarita presumiera, habría podido recortar muybien los cincuenta y dos años plantándose en los treinta y ocho, sin quenadie le sacara la cuenta, porque la fisonomía y la expresión eran dejuventud y gracia, iluminadas por una sonrisa que era la pura miel...Pues si hubiera querido presumir con malicia, ¡digo...!, a no ser loque era, una matrona respetabilísima con toda la sal de Dios en sucorazón, habría visto acudir los hombres como acuden las moscas a una deesas frutas que, por lo muy maduras, principian a arrugarse, y leschorrea por la corteza todo el azúcar.

¿Y Juanito? Pues Juanito fue esperado desde el primer año de aquelmatrimonio sin par. Los felices esposos contaban con él este mes, el queviene y el otro, y estaban viéndole venir y deseándole como los judíosal Mesías. A veces se entristecían con la tardanza; pero la fe quetenían en él les reanimaba. Si tarde o temprano había de venir... eracuestión de paciencia. Y

el muy pillo puso a prueba la de sus padres,porque se entretuvo diez años por allá, haciéndoles rabiar. No se dejabaver de Barbarita más que en sueños, en diferentes aspectos infantiles,ya comiéndose los puños cerrados, la cara dentro de un gorro con muchosencajes, ya talludito, con su escopetilla al hombro y mucha picardía enlos ojos. Por fin Dios le mandó en carne mortal, cuando los espososempezaron a quejarse de la Providencia y a decir que les había engañado.Día de júbilo fue aquel de Septiembre de 1845 en que vino a ocupar supuesto en el más dichoso de los hogares Juanito Santa Cruz. Fue padrinodel crío el gordo Arnaiz, quien dijo a Barbarita: «A mí no me la das tú.Aquí ha habido matute. Este ternero lo has traído de la Inclusa paraengarnmos... ¡Ah!, estos proteccionistas no son más que contrabandistasdisfrazados».