Florante by Francisco Balagtas - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

Ya tengo en frente la más horripilante

cruel especie de muerte,

vuestra perversidad así será colmada

como mis desventuras.

122.

¡Infeliz de mí! Con que, ¡oh, Laura!

¿habré de morir sin ser ya amado por tí?

Amargura de amarguras;

¿de mí quién hará memoria?

123.

Con que, para mi infortunio,

¿no tendrás miaja de lágrima?

Cuando descanse en la nada,

¿no me consagrarás recuerdo alguno?

124.

Estos pensamientos me asesinan;

corred ya, lágrimas mías; y, corazón mío, derrítete;

abre, alma mía, y de los ojos salga;

caed, gotas de mi sangre, a porfía.

125.

Hecha paz con el dolor

por este olvido de mi adorado tormento;

llórese, no por mi vida,

sino por el amor harto malogrado.

126.

Por estas angustias que consternan,

no pudo reprimir el guerrero su compasión;

corrió tras las voces y las buscó,

abriéndose camino por medio del acero.

127.

La tupida maraña crugía

a los golpes del afiladísimo acero,

no dándose tregua el moro hasta dar

por donde los quejidos venían.

128.

Como a la altura de los ojos estaba el sol

en su carrera al Poniente,

cuando halló el paradero

del amarrado, tan sin ventura.

129.

Cuando llegó cerca y alcanzó con la vista

Página 18 al que en sus ataduras cercaron las penas,

perdió el conocimiento y lágrimas deslizó,

presos cuerpo y corazón de lástima.

130.

Ratos estuvo quedo y sin habla,

contuvo el aliento que se le escapaba,

e iba a adormecérsele, de compasión, la sangre,

no fuera por los bravos leones que amenazaban de pie.

131.

Hostigados por el hambre y la maña devoradora,

cobraron saña, inmisericordia,

prestos los dientes y las garras recién afiladas,

para, a una, dar al maniatado el zarpazo.

132.

El pelo erizaron,

irguieron la cola que infundía terror

por la braveza y saña de su catadura,

cual Furia crugiendo los dientes.

133.

Empinados y preparadas

contra el atado cuerpo las uñas carniceras,

iban a echar ya la zarpa cuando se atravesó

el nuevo Marte de la tierra.

134.

Acosó de tajos a los dos leones,

como Apolo a la serpiente Pitón;[17]

no hubo tajo que no hiciera carne

del cortante y probadísimo acero.

135.

Cuando esgrimía la diestra mortífera,

y con la izquierda paraba los golpes,

los briosos leones perdían el tino,

que, instantes después, yacían cadáveres.

136.

Cuando triunfó el buen guerrero

de sus enemigos, las bestias feroces,

con lágrimas en los ojos desató las ligaduras

del infelicísimo que tenía perdido el conocimiento.

137.

Poseído de conmiseración el ánimo

cuando vio la sangre brotar de los estigmas,

perdió la paciencia al querer desatar rápidamente

las enmarañadas espiras de la cuerda.

138.

Colocóse, pues, al lado

del fofo cuerpo, cual fresco cadáver,

y de un tajo cortó con la espada

la cuerda impía de probada resistencia.

139.

Se sentó y puso en su regazo, desesperándose,

el cuerpo, que de agobio se le fue el aliento;

pasó las manos por el rostro y pulsó el pecho,

Página 19 que su deseo fue que recobrase el conocimiento.

140.

Por mirar a hito el desfallecimiento

del que tenía en su regazo tan soliviantado,

escudriñaba, causándole asombro

así la hermosura del porte como su fin.

141.

También asombraba al del bello continente

su parecido y semejanza con el valiente guerrero;

y sintieran encanto los contempladores

ojos, si profunda lástima no se lo impidiese.

142.

Conturbadísimo estaba su ánimo,

pero se serenó cuando pareció moverse

el que tenía en su regazo, tan alicaído,

despertándosele la vida en letargo.

143.

La cabeza abatida, abrió los ojos,

un suspiro fue su primer saludo a la claridad,

seguido de un gemido que ponía lástima:

¿dónde estás, Laura, en este trance?

144.

Vente, querida mía, y mi prisión deshaga,

si muero, acuérdate de mí;

y volvió a cerrar los ojos, desvaneciéndose sus quejidos.

El que le tenía en los brazos temía contestarle.

145.

Para evitar que recayese,

y acabara por apagarse el ya escaso aliento.

Esperó que verdaderamente sosegase

el ánimo del que tenía en su regazo, compendio del pesar.

146.

Cuando volvió a abrir los ojos llenóse de pavor,

¿cómo? ¡suerte impía! ¡en manos del moro!

Quiso hurtar el cuerpo blandujo,

y, cuando no lo consiguió, rechinó sólo los dientes.

147.

Contestó el guerrero que no cobrase miedo:

Serénate y divierte el ánimo;

hoy libre estás de todo daño,

te ampara quien te sostiene en sus brazos.

148.

Si te da bascas mi solicitud,

y ponzoña a tu corazón el no ser cristiano,

me avergüenza no acorrerte

en trance tan apurado que la suerte te deparó.

149.

Tu traje te revela

Albanés, y Persa el mío;

enemigo eres de mi patria y de mi secta,[18]

mas tu infortunio de hoy nos vuelve camaradas.

150.

Moro soy, pero pío,

sujeto a los mandatos del cielo,

y en mi corazón viene grabada

la ley natural de compartir la desgracia del prójimo.

Página 20 151.

¿Qué podría hacer yo, que oí

tus quejidos que conturban,

amarrado, y a punto de recibir zarpazos

de dos fieros leones llenos de saña?

152.

Suspiró el que iba en el regazo,

y al solícito moro contestó:

Si no me hubieras desamarrado del tronco del árbol,

sepultado estaría ya en el vientre del león.

153.

Aliviado ya este pecho,

y no obstante mostrarte mortal enemigo,

no permitiste que trizas hicieran

de mi cuerpo, vida y padecimientos.

154.

Tu misericordia no imploro,

que me quites la vida es la misericordia que deseo;

no sabes los tormentos que sufro,

que la muerte es la vida que pido.

155.

Aquí se le escapó un grito de conmiseración

al moro piadoso y lágrimas descuajó

en respuesta a las palabras oídas,

reclinándose extenuado.

156.

Al cabo, ambos quedaron mudos,

sin lograr sobreponerse a los asaltos del dolor,

enajenados de ánimo, hasta que se escondió

y acostó Febo en su lecho de oro.

157.

Cuando notó el piadoso moro

que la débil claridad en el bosque se disipaba

rastreó las huellas por donde anduvo,

y llevó al que tenía en los brazos donde procedió.

158.

Allá donde primeramente recaló,

cuando penetró en el bosque el aguerrido moro,

y, en una ancha y limpia roca,

amorosamente recompuso al que con él trujo.

159.

Sacó de sus provisiones algo que comer,

invitó cariñosamente al apenado a que probase bocado;

aunque se negaba, se dejó persuadir

por blandas y halagadoras palabras.

160.

Algún ánimo cobró,

porque el hambre ya no acosaba,

y, sin querer, quedó dormido

en el regazo del bizarro guerrero.

161.

Este no cerró los ojos en toda la noche,

y por cuidarle pasóla en vigilia,

temiendo que le acometiesen

sañudas fieras que por el bosque rampaban.

Página 21 162.

A cada despertar suyo del ligero sueño,

el atribulado prorrumpía en quejas,

que cual dardos se clavaban

en el pecho del moro piadoso y bienhechor.

163.

A la madrugada quedó profundamente dormido,

y descansó un poco de sus fatigas,

hasta que Aurora impelió a las sombras,[19]

no soltó gemido, ni queja.

164.

Fue la causa que concilió

cinco pesares que se revolvían

y tranquilizó al corazón doliente,

cobrando fuerzas nuevas el cuerpo maltrecho.

165.

Por donde, al esparcir por el orbe

su dorada cabellera el alegre sol,

se incorporó despacioso y agradeció

al cielo las recobradas fuerzas del cuerpo.

166.

Cuál no sería el gozo del ínclito guerrero,

que abrazó repentinamente al cuitado,

y si antes, de piedad, le brotaron las lágrimas,

hoy, de alegría, le corrían, a chorros.

167.

Mis palabras no bastan a narrar cuán grande

fue el agradecimiento del maltraído,

y, no fuera el pesar por su amor sin ventura,

la alegría todo lo hubiera disipado.

168.

Que la pena de amor nacida,

por más que huya del pecho,

presto volverá,

y todavía con mayor saña.

169.

Así que, apenas logró tocar

la alegría la membrana del corazón afligido,

la angustia la arrojó,

y su dardo, luego, hincó.

170.

Apesaramientos estrecharon nuevamente su pecho;

(yugo es el amor tan recio de sobrellevar),

y, si el moro de Persia no le consolase,

de fijo el aliento se le habría ido.

171.

Te consta mi aprecio,

(dijo el persiano al escuchimizado duque);

deseo conocer el origen de tu desventura,

por si existe el remedio, aplicarlo.

172.

Contestó el cuitado que: no sólo el origen

de mi sufrimiento he de contar,

sino toda la vida desde que nací,

para cumplir con tus deseos y ruego.

173.

Página 22 Se sentaron, uno al lado del otro, al pie del árbol, el pío moro y el apesarado,

después narró, saltándole las lágrimas,

toda su vida hasta caer en sin igual cautiverio.

174.

En un ducado del reino de Albania,

allí vi la luz primera;

mi ser deuda es que recibí

del duque Briseo, ¡ay! mi padre amado.

175.

Ahora estás en esa tranquila patria,

en presencia de mi madre idolatrada,

la princesa Floresca, tu dilecta esposa;

recibe las lágrimas que escaldan mi rostro.

176.

¿Por qué vi la luz en Albania,

patria de mi padre, y no en Crotona,[20]

bulliciosa ciudad y tierra de mi madre?

Así mi vida no fuera tan trabajada.

177.

El duque mi padre era privado y consultor

de rey Linceo en todos los negocios,[21]

segundo jerarca del reino entero,

e imán del amor del pueblo.

178.

En la prudencia, era modelo de todos,

y en el valor, la cabeza de la ciudad,

incomparable en saber amar a sus hijos,

guiarles y enseñarles sus deberes.

179.

Me alucina, aún ahora,

el comodín cariñoso de mi señor padre,

cuando criatura y de brazos llevar era:

"Florante, mi singular flor."

180.

Este es mi nombre desde niño,

y con que padre y madre me criaron,

apodo que dice bien a "sollozante"

y a "estrechado por el infortunio."

181.

Toda mi infancia ya no relataré

nada de valer ha sucedido,

sino cuando niño a punto iba de ser cogido por las garras

de un buitre, ave de rapiña.[22]

182.

Mi madre, dice, que dormía

en la quinta que daba al monte,

entró el ave cuyo olfato alcanzaba,

de animales muertos, hasta tres leguas.

183.

A los gritos de mi madre idolatrada,

entró el primo mío, de Epiro procedente,

Página 23 por nombre Menalipo, que portaba flecha;

disparó, y el ave murió instantáneamente.

184.

Un día que comenzaba a andar,

jugaba en medio de la sala,

entró un halcón y pilló rápidamente con las garras[23]

el cupidillo de diamante que adornaba mi pecho.[24]

185.

Cuando arribé a los nueve años,

mi diversión favorita era el collado,

las saetas en el carcaj y el arco en el regazo,

para matar animales y flechar pájaros.

186.

Las mañanas, cuando comenzaba a tender

el hijo del sol sus bulliciosos rayos,[25]

me entretenía cerca del bosque

con una junta de camaradas.

187.

Hasta ponerse en el cénit

el rostro de Febo, imposible de mirar a hito,

recogía la alegría,

ofrenda de la generosa solanera.

188.

Recibía lo que esparcía

el perfume alegrante de las flores,

jugaba con mi propia sombra,

la tímida brisa y las avecillas volanderas.

189.

Cuando divisaba alguna pieza

en el cercano, talludo monte,

rápidamente armaba la flecha en el arco

y de un flechazo, al punto, quedaba atravesada.

190.

Cada uno de la comitiva pujaba por ser

el primero en agavillar lo que mataba,

y las espinas del zarzal no se sentían,

porque la alegría les inmunizaba.

191.

Ciertamente era de ver

los caracoleos de los de la reata,

y, si conseguían atrapar el cadáver del animal,

¡qué de tararira resonante dentro del calvero!

192.

Si del arco-juguete me cansaba,

me sentaba al lado del manantial corriente,

y me miraba en el cristal de sus aguas,

aspirando la frescura que regalaba.

193.

Me eran aquí embeleso las cantigas suaves

de las náyades que holgaban en el arroyo,[26]

los sonidos de la lira que acompañaban las canciones[27]

eficaz sedante eran de la melancolía.

Página 24

194.

Por la dulzura inefable de los timbres

de las alegres ninfas que recitaban,[28]

quedaban atraídas las voladoras

aves de toda especie, a cuál más hermosa.

195.

Así que en la rama del árbol que extendía sus brazos

sobre el delicioso arroyo venerado[29]

por el pagano ciego, rebrincaban,

oyendo los cármenes dialogados.

196.

¿Para qué he de narrar las alegrías

de mi infancia, harto prolijas?

El amor de mi padre fue la causa

de que dejase yo aquel bosque de paz.

197.

Tengo para mí que, respecto al amor,

al niño no debe criarse en la holgura,

que el que a la alegría se acostumbra,

cuando crezca no ha de esperar dicha.

198.

Y porque el mundo valle es de lágrimas,

los hombres han menester de fortaleza del corazón;

si la alegría dice mal con la adversidad,

¿con qué entonces se hará frente a la crueza del dolor?

199.

El hombre dado a entretenimientos y placeres,

flaco es de corazón y harto susceptible,

aprehensión no más del desasosiego

que avecina, ya no sabrá cómo arreglárselas.

200.

Cual planta criada en el agua,

que las hojas se ajan al menor desriego,

y la agosta un momento de calor;

así es el corazón que en la alegría se imbuya.

201.

La más pequeña contrariedad se trueca en grande,

por la inexperiencia del corazón en sobrellevarla,

cuando, en el mundo, no hay abrir y cerrar de ojos,

en que el hombre no tropiece.

202.

Los que en las comodidades se crían, desnudos

de discurso y bondad andan, y de consejo horros;

acre fruto es del falso aprecio,

el desmedido amor de los padres a los hijos.

203.

De la muletilla "benjamín" y del insensato cariño, lo que pervierte al niño, nace,

tal vez, algo de la negligencia

de los que deben enseñar perezosos padres.

204.

Página 25

Todo esto sabíalo mi padre,

así que las lágrimas de mi madre desatendió,

y me envió a Atenas[30]

para que mi ciega inteligencia allí se abriera.

205.

Mi educación la encomendó

a un prudente y sabio maestro,

de la raza de Pitaco, por nombre Antenor;[31]

mi tristeza no era para decir, cuando allí arribé.

206.

Un mes largo de talle que no probé bocado,

que las lágrimas no restañaban,

pero tuve paz, merced a la buena voluntad

del ilustre maestro que me educó.

207.

De entre los estudiantes que allí alcancé,

de mi edad y juventud,

uno era Adolfo, mi paisano,

hijo del conde Sileno, de alta fama.

208.

Sus años excedían en dos

a los que llevaba de once,

era el de más prestigio en la escuela,

y el más hábil de los compañeros.

209.

Pulcro y nada díscolo,

solía andar con los ojos bajos,

mesurado en el hablar y poco amigo de querellas,

aun con la injuria, no salía de quicio.

210.

En fin, en prudencia era modelo

de la estudiantil compañía;

ni en obra ni en dichos podría cogérsele

nimiedad en desdoro del buen comedimiento.

211.

Como que ni la sagacidad de nuestro maestro,

ni su experiencia de las cosas del mundo,

pudieron calar la profundidad y las tendencias

secretísimas del taimado corazón de Adolfo.

212.

Yo, que desde la infancia aprendí

de mi padre aquella rectitud ajena al qué dirán;

(aquella que frutos da de bendición,

que inclinan al corazón al amor y al respeto).

213.

De la que era admiración de la escuela,

rectitud de Adolfo mostrada,

no cataba aquella dulzura que

de los caracteres de mi padre y de mi madre eran sabroso fruto.

214.

Mi corazón inclinábase a amarle,

Página 26 no sé qué repugnancia mutua

nos tuvimos Adolfo y yo;

percibíalo, aunque no daba con la causa.

215.

Corrieron los días, y la infancia

de mi aprendizaje fue,

mi prudencia se afirmó y la sabiduría

alumbró mi ciego entendimiento.

216.

Llegué a la raíz de la Filosofía,

la Astrología conocí,

y me hice diestro en el asombroso

y útil conocimiento de las Matemáticas.

217.

A los seis años de curso,

estas tres disciplinas del saber llegué a abrazar,

mis camaradas se asombraron,

incluso el maestro, cuyo contento no era poco.

218.

Mi aprovechamiento pareció increíble,

aun a Adolfo dejé en medio de la senda,

y la ruidosa fama difundidora,

lo trompeteó en todo Atenas.

219.

Así que fui la comidilla

y materia de conversaciones;

desde el niño al más anciano

tuvieron conocimiento de mi nombre.

220.

Cayósele entonces a mi paisano

la máscara de humildad con que se disfrazaba;

humildad ficticia,

que se conocía no ser ingénita en Adolfo.

221.

Súpose que, si se vistió

de humildad insincera,

era para añadir al buen entendimiento

la honra de ser manso y bueno.

222.

Este secreto se descubrió cuando

llegó el día de honesta holganza,

porque los estudiantes, niños y jóvenes,

habíamos preparado toda clase de justas y torneos.

223.

Comenzó el bureo en la danza,

por causa de la música y poesía que alternaban;

vino luego la lucha y esgrima que ponían a prueba

la bizarría y habilidad de cada uno.

224.

Después representamos la tragedia

de los dos nietos de una misma madre,[32]

y hermanos del padre que les crio,

hijo y esposo de la reina Yocasta.

225.

Me tocó el papel de Eteocles,

Página 27 y el de Polinice, a Adolfo.

un condiscípulo representó a Adrasto,[33]

y el de Yocasta, al ilustre Minandro.

226.

Al comenzar la primera escaramuza,

donde jugamos papel de enemigos en lidia,

cuando debió decir que yo le reconociese,

que era hermano mío, hijo de Edipo,[34]

227.

Se inyectaron de sangre los ojos y dijo,

no lo que rezaba el original,

sino el decir: "Tú, que arrebataste

mi honra, debes morir."

228.

Y al mismo tiempo me acometió

con el acero mortífero que tenía preparado,

y, si no me hubiera hurtado de él, me hubiese tendido en el suelo con los tres desaforados tajos que soltó.

229.

Como cayera a fuerza de huir el bulto,

a seguida me largó un bravo tajo;

¡gracias a tí, oh querido Minandro,

si no por tu agilidad, mi vida hubiera acabado!

230.

Le paró el golpe que era mi muerte,

saltó la espada que esgrimía Adolfo,

y entonces acudieron nuestro maestro

y los alebrestados camaradas y amigos.

231.

Terminado que hubo el juego,

de terror y pesadumbre,

a Adolfo no le alcanzó el amanecer,

fue conducido, en el mismo momento, a la patria Albania.

232.

Todavía duré un año más en Atenas,

esperando la voluntad de mi querido padre;

por mi desdicha, recibí entonces carta

donde cada letra me era puñal venenoso.

233.

Imaginación que nunca cesas de apurar,

a quien no consiguió arrollar el ímpetu de mis lágrimas,

turbas mis ideas y sentimientos

y no permites que mi alma tenga paz.

234.

Ponzoña eres, dejación de la muerte,

que no respetaste a mi idolatrada madre,

refrescas la herida hecha

Página 28 por carta-saeta que recibí.

235.

Te ayudaré ahora a agudizar

el dolor que en mis entrañas no consigo acallar;

murió mi madre ¡ay, qué gran desdicha!

esta fue la primera que amargó mi vida.

236.

Me recogieron muerto por la lectura

de la carta escrita con mortal pluma.

¿Y has tenido valor, padre mío, de escribir

lo que ha de quitar la vida de tu querido hijo?

237.

Dos horas, poco más o menos, que perdí

el ánimo, sin saber dónde me hallaba

y, no fuera por los auxilios de mis camaradas,

no conversarías hoy conmigo.

238.

Recobrado del accidente, aquí del agobio;

mis dos ojos se convirtieron en fuentes,

y si los ¡ay! ¡ay, madre! cejaban,

era porque había dejado de respirar.

239.

En aquel tiempo creía

que el mundo había desaparecido para mí

que estaba aislado en medio de mis pesadumbres,

luchando con la propia existencia.

240.

Mi cruel tormento despreció

la tranquilizadora voz de mi maestro,

ni las lágrimas de los condolidos camaradas

mitigaron el dolor que cabalgaba sobre mis hombros.

241.

Desacató los dictados de la justicia

la harta agrura del dolor,

y bastaba una punzada del pesar ufano

para enajenar toda mi paciencia.

242.

Diríase que por la fogosidad de su ímpetu,

era preferible que el pecho se desencajara,

para que el veneno que criaba

se llevase la sangre en su estallido.

243.

Muy cerca de dos meses que no gustaba

sabor de reposo ni entretenimiento,

cuando la segunda carta de mi padre llegó

con el barco que venía por mí.

244.

La carta ordenaba que embarcase inmediatamente

y retornase a la patria Albania;

cuando me despedí de mi maestro,

Florante, dijo, mi encargo ten presente:

245.

No te descuides, y sé cauto

con la celada que te ha de armar el conde Adolfo;

huye de él como de un basilisco,

Página 29 cuya mirada es muerte para tí.

246.

Si a tu llegada te recibe

con rostro alegre y muestras de aprecio,

tu cautela sea mayor, y por taimado enemigo

le tengas y con quien habrás de lidiar.

247.

Pero no le des a entender

que al cabo estás de sus negros propósitos;

prepara secretamente el arma

con que habrás de defenderte en el día de la lucha.

248.

Dicho esto, se le cayeron las lágrimas,

me abrazó fuertemente,

y, por último encargo, "benjamín, sé sufrido,

que te esperan muchas penalidades."

249.

Comenzarás ya a luchar

en el mundo, criadero de brillante bellaquería;

no terminó, y, de tristeza,

contuvo la lengua y enmudeció.

250.

Abatidos ambos nos separamos;

mis condiscípulos lloraban,

Minandro se desesperaba,

por lo mismo que era fiel camarada.

251.

Del enlace de nuestros hombros

el queridísimo amigo no lograba desasirse,

hasta que le permitió seguirme

nuestro maestro, su tío.

252.

Al cabo, las despedidas tuvieron fin,

entre sollozos de unos y otros;

y, con el ruido y alboroto de los "adiós",

los suspiros se entreveraron.

253.

Hasta el embarcadero me acompañaron

nuestro maestro y los compañeros que dejaba,

sopló el viento y pronto se apartó

de la playa de Atenas nuestro barco.

254.

Semejaba a saeta disparada

la velocidad de nuestra proa navegando,

así que, en breve tiempo, mis pies pisaron

la playa de la ciudad de Albania.

255.

Al desembarcar, presto me dirigí a la quinta,

sin separarse de mí el amigo fidelísimo;

al besar las manos de mi señor padre,

se hizo agudo el dolor que por mi madre padecía.

256.

Sangró nuevamente la herida del corazón,

superando el pesar que irrumpió al primero,

y a las lágrimas caídas siguieron:

Página 30 "¡Ay padre!" al mismo tiempo que el saludo "¡ay, benjamín!"

257.

En pocas palabras, la dicha nuestra de mi padre

quedó ahogada por la dureza de un singular dolor,

alcanzándonos todavía abrazados

el embajador del pueblo de Crotona.

258.

Venía ya del palacio real

y de comunicar al rey su objeto,

portando una carta para mi padre venerado,

de puño y letra de su suegro el monarca.

259.

Pedía auxilio, sobresaltado:

el reino de Crotona estaba sitiado por el enemigo;

mandaba el ejército el famoso en destreza,

general Osmanlic, héroe de Persia.

260.

Según fama, era éste segundo

de su Príncipe, cuyo valor era asombro del orbe:

Aladín, terror de los guerreros,

tu compatriota que admiro.

261.

Aquí se sonrió el moro con quien platicaba,

y al que hablaba contestó con mesura:

Raras son—decía—las noticias que resultan ciertas,

y, dado que lo sean, son muchas las adiciones.

262.

Y lo que con frecuencia acrece, además, el valor,

es la desmoralización del enemigo;

un guerrero a quien la suerte depare una victoria,

fatigará seguramente a la fama, y le cobrarán miedo.

263.

Si en valor goza fama Aladín,

también tiene vida que perder,

créeme que vale lo que tú

en desdichas y tormentos.

264.

Contestó Florante: ¡Ojalá que no corra

el guerrero célebre mi suerte impía!

Que para el enemigo mismo no deseo

la clase de infortunio que deploro.

265.

Sabida por mi padre aquella desgracia,

que al reino de Crotona amenazaba destrucción,

me llevó consigo y compareció inmediatamente

ante el rey Linceo que tenía ejército preparado.

266.

Al comenzar a subir las escaleras

del palacio repleto de joyas y riqueza,

salió a nuestro encuentro el noble rey,

abrazó a mi padre y diome la mano.

267.

Dijo: ¡Oh, duque! esta alhaja

guarda parecido con el ilustre guerrero;

lo soñé y te avisé

Página 31 que sería el sostén de mi cetro y reino.

268.

¿Quién es éste y de qué ciudad viene?

La contestación de mi padre: "Es mi único hijo,

que ofrezco a tus nobles plantas;

cuéntale por uno de tus vasallos."

269.

Se asombró el rey y me abrazó;

a buena ocasión has llegado,

tú serás el general del ejército que auxiliará

al pueblo de Crotona, sitiado por el moro.

270.

Haz que sea verdad que tú, que no otro,

el valiente guerrero que soñé,

que difundirá por el mundo

mi honor y poder.

271.

Deber tuyo ir y socorrer;

abuelo tuyo el rey del pueblo de Crotona;

eres de noble sangre, y debes conquistar

opinión y fama singular en la guerra.

272.

Como era de razón la pretensión del rey,

se avino mi padre, aunque le pesase

que tan pronto se diera a la carnicería

mis pocos años y ausencia de experiencia.

273.

Yo nada contesté y expuse

sino: "Rey señor mío", y me eché a sus pies;

cuando iba a besar sus nobles huellas,

me levantó y me volvió a abrazar.

274.

Nos sentamos y tratamos

de sus proyectos y de cosas importantísimas.

A punto ya de contar lo sucedido

en el pueblo de Atenas de donde venía,

275.

Hizo su aparición y esparció

su brillo el lucero émulo de Venus,[35]

como si acabase de surgir de la nieve,

con la cabellera derramándose por la espaldilla de color perla.

276.

Dicha segunda, si no Paraíso