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FLORANTE

VERSIÓN CASTELLANA DEL POEMA TAGALO

CON UN ENSAYO CRÍTICO

POR

EPIFANIO DE LOS SANTOS

REIMPRESO

DE LOS NÚMEROS 7 Y 8 DE

THE PHILIPPINE REVIEW

DE 1916

POR

GREGORIO NIEVA, Editor y Propietario

Página 2

MANILA

VIDA

DE

FLORANTE Y LAURA

En el Reino de Albania, deducida de la historia o

crónica pintorescade las gestas del antiguo Imperio

Heleno y versificada por un amante de la Poesía Tagala

Página 3

ÍNDICE

A CELIA

AL LECTOR

COMIENZO DE LA NARRACIÓN

BALAGTÁS Y SU FLORANTE

RASGOS BIOGRÁFICOS

FLORANTE, NOLI, PRECURSORES Y TRADUCTORES

CASTELLANISMOS DEL POEMA

VERSIFICACIÓN DEL POEMA

OBSERVACIONES

CONCLUSIÓN

A CELIA

1.

Cuando en el pensamiento torno a leer,

de nuestros amores los idos días,

¿habría acaso imagen grabada en él,

que no fuera Celia, la que puso nido en mi pecho?

2.

Aquello, Celia, que solía infundirme pavor

que a amor pusieses en olvido,

abismó a este infortunado

en la honda breña del dolor.

3.

¿Olvidaría, por ventura, de leer

los tiempos idos de nuestro cariño,

el amor de que me hiciste objeto

y mis desvelos y desventuras?

4.

Pasó el día asaz dulcísimo;

tan sólo quedó amor;

anhelo supremo atenazará mi pecho

hasta que en la fosa mi cadáver descanse.

5.

Hoy que la orfandad entristece mi alma,

lo que hago para divertir la pena

es recordar tiempos idos,

con tu imagen, y la entrevista felicidad.

6.

Imagen trazada por pincel amante,

grabada en el corazón y en el entendimiento,

prenda única confiada a mi custodia

y que no será robada ni en la sepultura.

7.

Mi alma, de suyo, vaga

por las revueltas y barrios hollados por sus plantas,

y a los ríos, no profundos, de Beata e Hilom,

mi corazón enamoradizo suele emigrar.

8.

Mi fantasía suele apoyarse

en el pie de la manga, donde pasábamos,

y con los colgantes frutos que deseabas coger

dar alivio a mi corazón huérfano.

9.

Mi ser todo se iba

en suspiros cuando tú enfermaste,

las desesperaciones se me volvían cielo,

Paraíso también la llovediza habitacioncilla.

10.

Adoraba tu imagen

en el Macati río donde se reflejaba;

rastreaba también en el bullicioso embarcadero,

sobre la piedra del piso, las impresiones de tus plantas.

Página 4 11.

Vuelven, y como si tuviese delante,

aquí, los venturosos tiempos,

cual madrugador bañista que se aprovecha del agua dulce

antes de enturbiarla la salobre del mar.

12.

Creo aún oir tu decir favorito:

por tres días no se ha dado en el blanco,

a que contestaba jubiloso;

¡y para una persona hay tanto en mantenimiento!

13.

Cierto que nada hay que no recuerde

mi pensamiento de la huida alegría

que sólo de imaginarla corren mis lágrimas

al tiempo que gimo "¡Oh, qué infortunio!"

14.

¿Dónde estás, Celia, alegría del vivir?

Y nuestro amor ¿por qué no echó raíces?

¿Dónde está el tiempo en que una mirada tuya

era mi vida, alma y cielo?

15.

¿Por qué, cuando nos separamos,

no se cortó el hilo de mi maldita existencia?

Tu memoria es mi muerte,

porque en mi corazón, Celia, eternamente vives.

16.

Esta aflicción sin tasa,

por causa tuya, o por la dicha que huyó,

es la que me invita a cantar,

narrar la vida de un infortunado.

17.

Celia, harto comprendo cuán tímida

e ignorante mi musa, y cuán melancólico es su canto,

sobre baladí, asperísimo;

mas, séanle propicios tus oídos y entendimiento.

18.

Es el primer fruto de mis cortos alcances,

que ofrendo a tus nobles huellas;

recíbelo, aunque, de valer, ajeno,

porque viene de un corazón sincero y amante.

19.

Aun cuando vaya e insultos hagan carne en ella,

mis desvelos serán bien pagados,

si su lectura te arranca un sollozo

que recuerde al ofrendador.

20.

Alegres ninfas de la laguna Bay,

sirenas de canción inefable,

a vosotras hoy os invoca,

con harto dolor, mi pobre musa.

21.

Surgid a la ribera y márgenes circundantes,

y acompañad con vuestra lira mi pobre canción,

que, aunque la parlante vida se corte,

es su deseo que el fiel amor cunda.

22.

Tú, flor de mis ensueños,

Página 5 Celia, que llevas por divisa M. A. R.,

a la Virgen Madre ora

por tu devoto servidor que es F. B.

AL LECTOR

1.

Gracias a tí, lector querido,

si a mis desvelos das valer;

que la poesía, aunque brote de mi caudal escaso,

la aprovechará quien sondearla quiera.

2.

Si a las primeras de cambio parece acedo y acre,

por la agrura e inmadurez de la corteza,

pruebe la vainilla pulposa del fruto

y catará sabor agradable el docto lector.

3.

No pretendo estima en demasía,

haga chacota y ludibrio de mis pobres versos;

haz lo que quieras, que el arpa está en tus manos,

pero no cambies únicamente el verso.

4.

Si a tu lectura hallas verso impropio,

antes de darlo al raspadillo, o por erróneo,

examínalo bien de arriba a abajo,

y lo verás limpio y correcto.

5.

Si viene, anotado, cualquier pie de verso,

si no lo entiende porque es un erudito decir,

fije la vista hacia abajo,

y comprenderá todo su sentido.

6.

Hago punto aquí, ¡oh lector discreto!

Así no me pase lo de Segismundo,

Página 6 que un tan dulce y sabroso lenguaje

trocó en salobre, a fuerza de cambiar el verso.

COMIENZO DE LA NARRACIÓN

1.

Érase un sombrío, melancólico bosque,[1]

maraña sin intersticios de espinoso bejuco;

donde con harta fatiga pugnaban los rayos de Febo[2]

por visitar su interior de sobejana espesura.

2.

Gigantescos árboles daban allí

tan sólo apesaramientos, congojas y tristura;

canto todavía de las aves ponía espanto

al ánimo más sereno y regocijado.

3.

Cuantas yedras sarmentosas se enredaban

en las ramas, iban armadas de púas;

y las frutas, afelpadas, picaban

al que se acercaba y las tocaba.

4.

Las flores de los enhiestos árboles,

paramentos salientes de las hojas,

eran negras y armonizaban

con el olor que producía vértigos.

5.

En su mayoría cipreses y bajunas higueras,[3]

cuya sombra abochornaba,

sin frutos y de anchas hojas

que oscurecían el interior del bosque.

6.

Todavía, los animales que aquí pululaban

eran en su mayoría serpientes y basiliscos en abundancia,

hienas y tigres carnívoros, que así devoraban

al hombre como a los de su especie que vencían.

7.

Este bosque hallábase a la vera de la puerta

del Averno,[4] reino del huraño Plutón,[5]

y sus dominios regaba

el río Cocito de venenosas aguas.[6]

8.

Hacia el centro de este mustio bosque

se levantaba una higuera de desteñidas hojas;

aquí estaba atado el infortunadísimo

a quien su mal sino persiguió.

9.

Página 7 Su continente era de mancebo,

a pesar de tener manos, pies y cuello sujetos,

si no era Narciso,[7] era verdadero Adonis,[8]

su rostro fulguraba en medio de los tormentos.

10.

Tersa la piel y cual yema de huevo,

tenía las pestañas y cejas hechas puro arco,

el color del cabello era de recién purificado oro

y las prendas del cuerpo en justa armonía.

11.

Hubiera allí oréadas,[9]

bosque-palacio de feroces arpías,[10]

tendrían misericordia y amor

al trasunto de la hermosura y del infortunio.

12.

Este juguete de la desdicha y del dolor,

con sus dos ojos que parecían fuentes,

por las lágrimas que a fuerza de llorar estallaban,

esto articuló, que herirá todo pecho piadoso:

13.

¡Cielo vengador! Tu fiereza, ¿dónde está,

hoy que inmóvil yazgo,

mientras la bandera de la iniquidad

se enseñorea del reino de Albania?

14.

Dentro y fuera de mi infeliz patria

la traición impera,

la bondad y el mérito yacen echados,

asfixiados en el hoyo del tormento y de la angustia.

15.

A la buena crianza se aherroja

en los abismos de la vaya y del desasosiego;

a los honrados se soterra

y sepulta sin ataúd.

16.

Mas al alevoso y execrable

se sienta en el trono del honor,

y a cada tartufo de bestial carácter

se sahuma con aromático pebete.

17.

Mientras los perversos y traidores yerguen la cabeza arrogantes, andan los buenos avergonzados y cabizbajos;

la razón santa yace en el suelo, quebrantada,

y lágrimas únicamente desliza.

18.

Los labios que despliegan

palabras de verdad y justicia,

al punto se hienden y amordazan

con espada de muerte ignominiosísima.

19.

¡Oh traidor anhelo de riqueza y poder!

¡Oh ansia de honor cual aire que se disipa!

Página 8 Eres la causa de todos los males

y de los que me trajeron a esta situación tan lastimosa.

20.

Acaso por la corona del rey Linceo

y la riqueza del duque mi padre,

fue osado el conde Adolfo

a sembrar de males el reino de Albania.[11]

21.

Todo esto, misericordioso cielo,

lo ves: ¿cómo es que lo sufres?

Origen eres de todo bien y de toda razón,

¿y permites que un desalmado los suplante?

22.

Mueve tu poderosa diestra,

esgrime la espada de la indignación,

y en el reino de Albania haz sentir

tu venganza contra los malos.

23.

¿Por qué, cielos, eres sordo para mí,

y mis sinceros ruegos desoyes?

¿Será verdad que, para un sicofanta,

tus orejas son todo oídos?

24.

Mas ¿quién penetrará

tus inefables misterios, Dios omnipotente?

Nada será en la costra de la tierra

que a bien no fuera tu designio.

25.

¡Ay, dónde ahora acudiré!

¡Dónde echaré mis lágrimas,

si hoy el cielo ya se niega a oir

el grito de mi doliente voz!

26.

Si tu deseo es que padezca,

¡cielo alto! hágase tu voluntad,

pero haz que el corazón de Laura

palpite, de vez en cuando, por mí.

27.

Y en este océano de adversidades,

cuya inmensidad tengo de vadear,

la memoria que Laura del malogrado amor haga,

será de mi pecho la única alegría.

28.

Su levísimo recuerdo

será para mí inmenso alborozo,

superior a la fatiga y tormento

impuestos por el falaz e inmisericordioso.

29.

Si en mis ataduras pongo el pensamiento,

me siento ya cadáver frío en profundo sueño,

y llorado por la que es mi placer y gozo,

parezco despertar a vida inacabable.

30.

Si hurgo en los ápices de la inteligencia

nuestros amores de mi bien amada,

su llanto cuando tenía pesadumbre

trueca en alegría mis cuitas.

Página 9

31.

Mas, ¡infelíz de mí! ¡errada suerte!

¿qué valen ya tales amoríos,

si, quietamente, mi único amor

descansa ya en los brazos de otro?

32.

En el regazo del conde Adolfo

veo a mi Laura amada.

Muerte, ¿dónde está tu antigua fiereza

para que me libre yo de este tormento?

33.

Aquí, preso de angustia, se desmayó,

rindió el corazón al asalto del dolor,

la cabeza dobló y lágrimas vertió,

regando el árbol donde estaba amarrado.

34.

De los pies a la cabeza

el dolor esculpió su saña,

dándole entonces los celos

tirana y artera muerte.

35.

Al de condición más dura

su vista ablandará,

y lágrimas derramaría

que al propio autor fuercen a misericordia.

36.

Espectáculo tan sólo de la traza

de quien sus pesares logró enmudecer,

presto invitará al corazón a llorar

si ya, de los ojos, las lágrimas huyeron.

37.

¿De qué misericordia el pecho no sentirá

del hombre de buena voluntad,

si las plegarias y quejas oyese,

pasado el accidente, del que era la propia imagen del pesar?

38.

Casi todo el bosque estaba sembrado

de quejidos tristísimos,

que todavía repetían y resonaban

el eco contestando en lontananza.

39.

¡Ay, Laura idolatrada! ¿por qué otorgó

a otro el amor a mí prometido,

y traicionó al leal corazón,

por quien lágrimas derramó?

40.

¿No juraste delante del cielo

que no serías desleal a mi amor?

¡Y yo que confié este pecho,

sin barruntar que a esto pararía!

41.

Creí que tu belleza,

pedazo de cielo, era inquebrantable,

fiel tu corazón, sin recelar

que la infidelidad moraba en la hermosura.

Página 10

42.

No creí que despreciarías

las lágrimas que vertiste por mí,

ni el dulce remoquete de ser yo el bien amado,

y mi rostro el bálsamo a tus tribulaciones.

43.

¿No era cierto, bien mío, que, cuando ordenaba invadir

el rey tu padre cualquiera ciudad,

cuando trabajabas mi escudo,

tus dos ojos destilaban perlas?

44.

Cuando a mi plumaje atabas

con tus dedos de coral,

tus ansias iban y venían

con las oscilaciones del oro de hilar.

45.

¡Cuántas veces, Laura, me entregaste,

todavía mojada en lágrimas, la banda que usaría,

y la dabas acongojadísima,

temerosa de que en la lucha me hiriese!

46.

Volante y peto no permitías

que tocasen y se ajustasen a mi cuerpo,

sin antes desherrumbrarlos,

temerosa de que mi ropa manchasen.

47.

Examinabas su resistencia y brillo

para que los tajos resbalasen,

y aun a distancia no cejaban tus reparos

para que, en medio del ejército, al punto se distinguiesen.

48.

Adornabas mi turbante

con perlas, topacio y brillante rubí,

aparte el movedizo diamante,

llenándolo con tu nombre, la letra L.

49.

Mientras ausente luchaba,

al rebusco ibas de cuanto pudiera divertirte,

y, aunque triunfase, al comenzar a entrar,

ya estaba a tu vista, y todavía el miedo te sobrecogía.

50.

Todo tu temor era que me hiriesen,

nada creías que antes no vieras,

y si revelaba la piel leve rasguño,

lo lavabas con tus lágrimas.

51.

Cuando guardaba algún pesar,

al punto inquirías su motivo,

y, hasta que lo conseguías, ibas besando

mi rostro con tus labios de rubí.

52.

No parabas hasta averiguarlo,

pronto le aplicabas el remedio,

me conducías al jardín para allí buscar

de entre las flores la que podría darme huelgo y solaz.

Página 11

53.

Cogías las más hermosas,

y en mi cuello colgabas

ensartadas y alternadas flores,

para desterrar mi tristeza.

54.

Si mis dolores no calmaban,

tus pestañas se inundaban de lágrimas;

¿dónde están ahora esos halagos

que apacigüen mis torturas?

55.

Vente, Laura, que necesito

ahora tus solicitudes de pasados días,

ahora recaba de tí auxilios

tu infeliz amante en agonía.

56.

Y ahora que es inmenso mi infortunio,

no te imploro caudal de lágrimas,

una gota, aliviadora, bastará,

si arranca de tu corazón amante.

57.

Palpa ahora mi cuerpo,

examina mi herida no inferida por espada,

lava la sangre que brota de las huellas de la atadura

de mis manos, pies y cuello.

58.

Vente, amor mío, y cata mi ropa,

en la que no querías manchas de herrumbre;

desata la cuerda y remúdame,

para que hallen lenitivo mis aflicciones.

59.

Fija los ojos

en mi traza, echadero de amarguras,

para mitigar la veloz carrera

de lo que ha de acabar con mi vida.

60.

Nadie, Laura, tú eres la única

que podrá sanar estos tormentos;

pon tus manos en este cuerpo,

y, aunque cadáver fuera, volvería a la vida.

61.

Pero, ¡infeliz de mí! ¡ay, en la gran tribulación,

no existe ya Laura a quien llamo!

se ha alejado, alejado, y no quiere acudir;

¡fue desleal a mi fiel amor!

62.

En otro regazo enajenó

el corazón que mío era ya, y me engañó;

todo mi amor lo desvió de sí,

olvidó el suyo y despreció sus lágrimas.

63.

¿Qué desolación es ya la que no tengo?

¿Habrá muerte que todavía no sufra?

Huérfano de padre y de adoptiva madre,

sin amigos y olvidado por su adorada.

Página 12

64.

Castigo a mi honor perdido;

flecha envenenada hincada en mi corazón;

¡compasión por mi padre, enclavado dardo;

me están abrasando estos celos!

65.

Dolor de los dolores,

la infidelidad de Laura es la que emponzoña

y viene sepultando mi vida

en la fosa de los malhadados.

66.

¡Oh, conde Adolfo! aunque desencadenado

hubieras todos los males de la tierra,

tu perfidia habría agradecido,

si no me hubieses robado el corazón de Laura.

67.

Aquí se desgañitó espantosamente,

que resonó en el interior del bosque;

espíritu y cuerpo se lo llevaron

ansias, y desatóse en río de lágrimas.

68.

Abatióse la cabeza en el tronco del árbol,

vencido el cuello por el cordel que lo sujetaba,

puro cadáver era, y el color de yema

de su rostro, tornóse blanco puramente.

69.

Ocurrió que recaló en el bosque

un guerrero, valiente de traza,

con turbante hermosísimo por cimera,

y traje moro de la capital de Persia.[12]

70.

Hizo alto y escudriñó con la mirada,

como si buscase sitio donde descansar;

de repente tiró

pica y adarga, y juntó las manos.

71.

Luego alzó la vista y clavó los ojos

en la copa del árbol, tapia del cielo;

parecía estatua muda de pie,

sin pausa en los suspiros.

72.

Cansado en tal guisa,

se sentó en el tronco de un árbol,

y habló, "¡Oh suerte!", lanzando al mismo tiempo

de los ojos lágrimas como saetas.

73.

La cabeza apoyó en la mano izquierda,

luego cogió la frente con la diestra,

como si hiciese memoria

de cosa importante olvidada.

74.

Después se reclinó a la ventura,

sin dar tregua al manantial de sus lágrimas;

sus desesperaciones iban entreveradas

de palabras: "Flérida, ay, se acabó la alegría."

75.

Página 13

Por momentos sembraba

todo el bosque de ayes,

que entonaban con el canto melancólico

de las aves nocturnas que allí reposaban.[13]

76.

Luego se incorporó atónito,

requirió la pica y el escudo,

imprimió en su rostro ferocidad de Furias,[14]

"No lo permitiré", exclamó.

77.

Si de Flérida el raptor fuera otro,

que no mi padre, a quien debo respetar,

no respondería de que esta pica

no causara mil y diez mil muertes.

78.

Descendería Marte de lo alto,[15]

surgirían de lo profundo las Parcas,[16]

toda su rabia desencadenarían,

arrastradas por el ímpetu de mi brazo.

79.

De las uñas del traidor arrebatara

la que es mitad de mi alma,

y quienquiera, excepto mi padre,

no respetara el acero que llevo.

80.

¡Oh, soberano y despótico poder del amor,

que aun a padres e hijos unces a tu yugo;

cuando te apoderas del corazón de cualquiera,

todo se despreciará por seguir tus fueros!

81.

¡Y se pisoteará cuanto es santo y sagrado;

prudencia, razón, todo será en vano;

la Autoridad será desacatada,

y la vida misma, aborrecida!

82.

Este fin de mi suerte tan descaminada,

espejo claro es que debe apreciarse,

para que el que lo comprenda no esté abocado

a la adversidad superior a mis fuerzas.

83.

Dicho esto, lágrimas vertió,

pica clavó y luego gimió;

resonaron entonces, como si contestasen,

los quejidos del que estaba atado.

84.

Pasmóse el guerrero de oirlo;

fue mirando en derredor,

y, cuando nada vio, esperó su repetición;

a poco volvió aquél a gemir.

85.

Pasmóse más el valiente guerrero,

Página 14 "¿quién gime en esta soledad?"

Se acercó hacia donde venían

los quejidos, y se puso todo oídos.

86.

Alcanzó las siguientes quejas:

¡Ay, padre amantísimo que venero!

¿por qué tu vida se cortó antes,

y me dejó huérfano en medio de las amarguras?

87.

Cuando mi imaginación hace cábalas,

sobre tu caída en manos del traidor,

parece que veo lo que te acaeció,

y el castigo inhumano que da grima.

88.

¡Qué castigo no aplicara

a tí el conde Adolfo tirano!

¡Si eras espejo de la prudencia en el reino!

En tí descargaría su mayor furia.

89.

Tu cuerpo parece que lo barrunta

ahora tu hijo menor postrado en el tormento;

lo desmenuza y desgarra,

el sayón verdugo del hipócrita.

90.

Tu carne y huesos al desprenderse,

manos y cuerpo huyeron de la cabeza,

cual tobas los iban lanzando esos traidores,

y no hubo nadie que se apiadase de soterrarlos.

91.

Hasta tus protegidos y amigos,

si son de la facción del traidor, son ya tus enemigos;

y los que no abrazaron su causa, temen también

ser castigados, si a tu cadáver dan sepultura.

92.

Hasta aquí, padre, parece que oigo

que tu cabeza ya está debajo de la cuchilla,

tus ruegos y súplicas al cielo

de que yo me libre de uñas cruentas.

93.

Deseabas todavía que me cubriesen

los cadáveres en medio de la carnicería,

para no caer en la mortífera mano

del conde Adolfo, peor que la de león.

94.

Sin terminar aún tus súplicas,

sobre tu cuello cayó de repente el cuchillo,

salió de tus labios como últimas palabras:

"¡adiós, hijo menor!", y tu vida pasó.

95.

¡Ay, padre y padre mío! cuando pienso

en lo que fue tu amor y tus filiales complacencias,

la angustia asaetea

la lágrima del corazón que de los ojos fluye.

96.

No tienes segundo como padre en la tierra,

Página 15 en el mimar al hijo que acaricia en su regazo,

por mínima la aflicción que se me asome en el rostro,

tu misericordia, a seguida, te hace derramar lágrimas.

97.

Todas las alegrías se acabaron para mí,

hasta la vida me es un estorbo.

¡Padre! mucho no esperarás

para, en la descansada patria, abrazarme.

98.

Interrumpió brevemente su soliloquio el desgraciado,

dando tiempo a que las lágrimas se desatasen;

del piadoso moro que lo oía

de lástima casi estallaba el pecho.

99.

Puso la mano en el corazón y articuló:

¿cuándo, decía, mis lágrimas brotarán

de compasión por mi padre, y echarle de menos

como los clamores del que gime?

100.

Por el amor secuestrado llora,

causa de mis lágrimas hechas arroyo;

él gime por su amor

al padre que murió, modelo de padres.

101.

Si lo que inunda sin cesar

mis ojos, fuera echar de menos

las caricias de mi padre y su amparo,

grande sería mi suerte y harto apetecible.

102.

Mas la estancada escasa agua,

que suele regar mi rostro y pecho,

procede, cierto, de mi padre, pero de su crueldad,

no de su amparo y patrocinio.

103.

Lo que llamaré cariño

de mi padre, es su doblez,

birlarme la dama, volverme desesperanzado,

agarrotarme de dolor y que mi vida se elimine.

104.

¿Habrá hijo como yo, hecho una lástima,

cuya felicidad, obra del padre, es pena y lágrimas,

que no probó mínima alegría

de amorosa madre que presto la perdió?

105.

Tras breve silencio, volvió a oir

los quejidos del amarrado,

que decía: ¡Ay, Laura, alegría de mis deseos,

adiós te doy desde el seno del infortunio!

106.

Sea para tí toda bienandanza,

en presencia del que no es tu prometido esposo,

y no te despeñes por la vía donde se despeñó

tu amante olvidado y burlado.

107.

Aunque fuiste inhumana y falaz,

Página 16 serás siempre el norte de mis anhelos,

y, si es posible, hasta en la sepultura

mis huesos te venerarán.

108.

Apenas hubo dicho esto,

dos leones sofocados de ambular,

se le dirigieron con intención de devorarle,

pero se detuvieron delante de él.

109.

Parece que tuvieron piedad, dejando de ser feroces,

del infeliz a quien trucidarían, imagen del dolor;

levantaron la vista como queriendo prestar oídos

al que no cesaba de sollozar.

110.

¿Qué sentiría, tal vez, este ligado,

ahora que dos fieras se le encaran,

cuyos dientes y uñas solo podrían ofrecerle

muerte horrorosa?

111.

Nada puedo contar ya, mis lágrimas corren,

enmudece mi narradora lengua;

mi corazón sintió fatiga por piedad suma

del mísero bloqueado por las torturas.

112.

¿Qué alma sensible no se dolería

de la precaria situación del maniatado,

asiento de pesares, y todavía viendo

a los que a su carne y huesos deshebrarían?

113.

Creyendo, pues, este colmo de amargura

que su vida ya había traspuesto la raya,

sintió fiebre en el corazón, y perdió la voz,

que casi eran ininteligibles estos gemidos:

114.

Adiós, Albania, patria

de pérfidos y crueles, feroces y embaidores,

yo, tu salvador, a quien diste muerte,

siento por tí infinita misericordia.

115.

¡Que no salpiquen dentro de tus muros picaduras

de la espada debeladora del enemigo;

que la tengas como la que esgrimió

la diestra del que fue tu baluarte seguro!

116.

Bascas te dio la promesa

de hacerte holocausto de su sangre,

y preferiste que bestias vertieran

la que por tu causa se hubiese dado toda.

117.

Desde mi infancia nada aspiré

que no fuera en tu obsequio y defensa.

¿No se intentó a veces tu sumisión

y mi brazo fue el que te hizo libre?

118.

Afrentosa muerte fue tu cínico galardón,

Página 17 pero te seré agradecido

si, con estimación, y no con venganza, te portases

con la amada por quien hago duelo y que fue infiel.

119.

Aquella mi Laura que no arrancará

ni la muerte misma de mi leal pecho;

adiós, patria mía, adiós, adorada,

mentido amor que nunca se aparta de la mente.

120.

Patria sin alma, inconstante adorada,

Adolfo cruel, Laura embaucadora,

triunfad ya hoy y entregaos a la alegría,

que vuestros deseos se verán cumplidos.

121.