Fiebre de Amor (Dominique) by Eugène Fromentin - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

De súbito resonó en el corredor el ruido seco de los pasos de Oliverio yapenas me quedó tiempo para deslizarme hasta la puerta antes de quellegase.

—Te esperaba—me dijo sencillamente para persuadirme de que no me habíavisto salir del cuarto de Magdalena o que nada que objetar tenía por elhecho.

Iba ataviado con mucha elegancia, la corbata anudada con abandono y eltraje, de tela ligera, tan holgado como era su gusto usar la ropa, sobretodo en verano. Tenía un modo de andar tan desenvuelto, una manera tanlibre de moverse, vestido de ropa flotante que en ciertos momentos, detodo en todo asemejaba un joven extranjero, inglés o americano.Constituía esto uno de los atractivos de su persona, y yo, que he tenidoocasión de apreciar lo mismo sus altas cualidades que sus debilidades,no podría decir que pusiera demasiadas pretensiones en el modo devestir, aunque de él hiciera verdadero estudio. Creía él que lacomposición del indumento, la elección de los colores, las proporcionesde un traje eran cosa muy digna de ser tenida en cuenta por un hombre debuen tono; pero, una vez adquirida aquella combinación, ya no pensabamás en ella, y habría sido hacerle gran injusticia, el suponer que de suatavío se preocupara más tiempo que el necesario para los ingeniososcuidados que en él ponía.

—Vamos hasta los bulevares—me dijo tomándome por un brazo.—Deseo queme acompañes y ya es casi de noche.

Caminaba de prisa y me arrastraba como si estuviese apremiado por lahora. Tomó por el camino más corto, atravesó las alamedas desiertas y mellevó derecho al lugar en que se acostumbraba pasear durante el veranoal caer la tarde. Había bastante gente, todo cuanto una pequeña ciudadcomo Ormessón podía reunir de mundano, rico y elegante. Oliverio siguióandando siempre de prisa, distraída la mirada, tan absorbido y excitadopor secreta impaciencia que se olvidaba de que me tenía a su lado. Depronto retardó el paso, se apoyó más en mi brazo como si tratara debuscar un apoyo para dominarse y moderar cierta efervescencia que tendíaa desbordarse. Me di cuenta de que había llegado al término de unapesquisa.

Dos mujeres se dirigían hacia nosotros siguiendo el borde de laavenida, misteriosamente abrigadas por la sombra de los olmos. Una deellas era joven y notablemente bella; mi reciente experiencia me habíaformado el gusto respecto de aquellas definiciones delicadas y ya no meequivocaba. Me fijé en la manera de hollar con paso leve y corto elcésped que crecía al pie de los árboles, como si caminara sobre laflexible pelusa de una alfombra. Nos miraba fijamente, con menos graciaque Magdalena, pero con una desenvoltura que jamás ella hubiera osadopermitirse y todavía lejos, preparábase ya a contestar con una sonrisaespecialísima al saludo de Oliverio. Este saludo fue cambiado lo máscerca posible, con mucha gracia y un poco de abandono; y luego que elrostro de la joven rubia, todavía sonriente, quedó oculto por laspuntillas del sombrero, mi amigo volvió el suyo hacia mí, y con unacento de interrogación lleno de audacia me dijo:

—¿Conoces tú a la señora de X...?

Tratábase de una persona de quien se hablaba un poco en el mundo al cualacompañaba yo a mi tía algunas veces. Nada tenía de particular queOliverio le hubiera sido presentado; y con toda ingenuidad se lo dije.

—Precisamente—añadió,—bailé una noche con ella el invierno pasado ydesde...

Interrumpiose, y tras breve silencio continuó:

—Mi querido Domingo, ya sabes tú que no tengo padre ni madre; no soymás que el sobrino de mi tío, y de esa parte no espero más afecto que elque me es debido como tal pariente, es decir, muy poca porción delpatrimonio de ternura que por derecho corresponde a mis dos primas.Tengo, pues, la necesidad de ser amado, en distinta forma que la de unaamistad de colegio... No protestes; te estoy muy agradecido por laadhesión que me demuestras y que no dudo me conservarás, suceda lo quequiera. También me cumple decirte que te quiero mucho.

Pero has depermitirme que considere un poco tibias las afecciones que me han tocadoen suerte. Dos meses hace, una noche, en un baile, hablé poco más omenos del mismo modo sobre este mismo asunto con la persona a quienacabamos de encontrar. Al principio la divertí no dando a mis palabrasmás valor que el de lamentaciones de un estudiante a quien el colegioaburre; pero como tenía la firme voluntad de ser escuchado seriamente,puesto que en serio hablaba yo y como también estaba seguro de que seríacreído si me empeñaba, le dije: «Señora, si le place dar a mis palabrasel valor de una súplica, sea; si no ellas serán expresión de una pena dela cual no volverá a oír hablar.» Me dio dos golpecitos con el abanicocon objeto de interrumpirme, sin duda; pero nada más tenía que decirle,y para no desmentirme abandoné el baile en seguida.

Desde entoncesmantengo mi palabra y no he añadido ni una frase que pudiera hacerlesuponer que abrigo la más leve esperanza ni la duda más pequeña. No meoirá nunca ni lamentarme ni suplicar. Siento que en semejante casotendré mucha paciencia y esperaré.

Mientras así me hablaba parecía Oliverio muy tranquilo. Un poco más debrusquedad en su gesto y un acento más vibrante en la voz eran losúnicos síntomas perceptibles que delataban un estremecimiento interno,si realmente se agitaba su corazón, que mucho lo dudo. Cuanto a mí, leescuchaba con real y profunda angustia. Aquel lenguaje me resultaba tannuevo, era tal la naturaleza de sus confidencias, que desde luegoexperimenté una gran confusión, como al contacto de una ideacompletamente incomprensible.

—¡Y bien!—le dije, porque no hallé en mi mente más que esa exclamaciónde ingenuo.

—Pues nada más. Es todo lo que tenía que comunicarte, Domingo. Cuando atu vez me pidas que te escuche, sabré hacerlo.

Le contesté más lacónicamente aún, le estreché tiernamente la mano y nossepararnos.

Me sucedió con estas confidencias de Oliverio igual que con todas laslecciones demasiado bruscas o fuertes por exceso; aquella iniciaciónembriagadora me llenó de confusiones y hube menester de largas y penosasmeditaciones para seleccionar las verdades útiles o inútiles quecontenían declaraciones tan graves.

En el estado de ánimo en que meencontraba, es decir, atreviéndome apenas a aquilatar sin emoción la másinocente y la más usual de las palabras del lenguaje del corazón, misprevisiones más atrevidas jamás habrían llegado por sí solas asobrepasar la idea de un sentimiento mudo y desinteresado.

Partir de tanpoco para llegar a las ardientes hipótesis en que me lanzaban lastemeridades de Oliverio; pasar del silencio absoluto a la maneraaquella, tan libre, de expresarse respecto de la mujer; seguirle, enfin, hasta el objeto marcado para su espera eran evoluciones capaces dehacerme envejecer en pocas horas. Llevé a cabo aquella gigantescazancada, pero a trueque de temores y de deslumbramientos que no son paradescritos; y lo que me asombró más, luego que hube alcanzado el punto delucidez necesario para comprender a fondo las lecciones de Oliverio fueel resultado de la comparación del valoramiento que ponían en mi mente,con la frialdad del calculismo de aquel que se decía enamorado.

Pocos días después me mostró una carta sin firma.

—¿Os escribís?—le pregunté.

—Esta carta—me dijo—es la única que de ella he recibido y no hecontestado.

La carta estaba concebida, poco más o menos, en los siguientes términos:

«Es usted un niño que pretende obrar como un hombre y yerra usteddoblemente al envejecerse. Haga lo que quiera, los hombres serán siempremejores o peores que usted. Creo que es digno de lástima porque estásolo, y le estimo bastante para admitir que debe usted sufrir privado deuna amistad vigilante y tierna; pero procedería usted mejor hablando conel corazón en la mano, que no confiándose un día, de súbito, a alguienque le aprecia, y callar después. No alcanzo el bien que le pude hacerescuchando sus confidencias ni el fin que persigue no renovándolas.Razona usted demasiado para una edad en que la ingenuidad es a la vezprincipal atractivo y única excusa, y si tuviera usted tanto abandonocomo sangre fría sería más interesante y sobre todo más feliz.»

No obstante algunos raros arranques de franqueza a los cuales cedía porcapricho, no entendía yo más que a medias las confidencias de Oliverio.Aunque tenía la misma edad que yo, sobre poco más o menos, y era sinduda inferior a mí en muchas cosas, me consideraba demasiado joven,según decía, para apreciar las cuestiones de conducta que se agitaban ensu alma.

A duras penas podía yo aceptar la primera palabra delpropósito que pretendía mantener hasta alcanzar la plena satisfaccióndel amor propio o de su placer. Le veía siempre tan tranquilo, tansereno, tan dispuesto a todo, con su fisonomía amable, de rasgos un pocofríos, la mirada impertinente para todos los que no eran sus amigos, yaquella sonrisa rápida y seductora de la cual sabía hacer oportunamentetan pronto una caricia como un arma ofensiva. No estaba triste nisiquiera preocupado ni aun en los momentos en que, según confesiónpropia, su imperturbable confianza había sufrido un poco. El despecho nose manifestaba en él más que por una especie de irritabilidad más aguda,y no hacía más, por decir así, que añadir un resorte de temple más secoa su audacia.

—Si te parece que voy a sufrir, te equivocas—me decía algún tiempodespués en uno de esos momentos de breve vacilación en los cualesparecía complacerse en dar a sus palabras una expresión de hostilidadmalvada.—Si un día llega a amarme, más tarde o más temprano, esto deahora no es nada. Si no...

—¿Si no?...—repetí yo.

No contestó; como si hubiera querido cortar algo hendiendo el aire hizogirar silbando alrededor de su cabeza un fino junco que llevaba en lamano. Luego, continuó fustigando en el vacío con vehemencia extrema yañadió:

—¡Si pudiera leer en sus ojos un sí o un no!... Jamás he visto otros nimás atormentadores ni más bellos, excepto los de mis dos primas que nome dicen nada.

Otros días, cualquier incidente halagüeño le volvía a su ser. Se tornabasensible, notábase que estaba agitado y se mostraba ligeramenteentusiasta, con mucha más naturalidad. Ponía cierta dulzura en susgestos y en sus palabras y, aunque reservado como siempre, mucho me dabaa entender respecto de sus esperanzas.

—¿Estás bien seguro de que la amas?—le pregunté por fin, tanto meparecía esa condición primordial aunque dudosa para que se mostraraexigente.

Oliverio me miró fijamente y como si mi pregunta le pareciese el colmode la imbecilidad o de la locura, soltó una carcajada tan insolente queme quitó las ganas de continuar.

La ausencia de Magdalena duró el tiempo convenido. Algunos días antes desu regreso, pensando en ella—y eso me sucedía cada minuto,—recapitulélos cambios que se habían operado en mi ánimo y me quedé estupefacto. Elcorazón lleno de secretos, el espíritu conmovido por atrevidos impulsos,el ánimo cargado de experiencia antes de haber conocido nada, mereconocí absolutamente diverso de como era cuando de mí se habíaseparado ella. Me persuadí de que aquello me serviría para aminorar otrotanto la curiosa sumisión a que había estado sujeto, y aquel leve tintede corrupción difundido en todos mis sentimientos perfectamente cándidosantes, me prestó un algo semejante a la desvergüenza, mejor dicho, lasuficiente bravura para correr al encuentro de Magdalena sin temblardemasiado.

Llegó ella a fines de julio. Desde muy lejos percibí el ruido de loscascabeles de los caballos, y vi acercarse encuadrada en la verdecortina que formaban los setos vivos, la silla de posta, blanca depolvo, que cruzó el jardín y se detuvo delante del portal. Lo primeroque impresionó mis ojos fue el velo azul de Magdalena que flotaba detrásde la portezuela del carruaje. Bajó ligera y se abrazó a Oliverio. Alcontacto de sus pequeñas manos que estrechaban las mías con fraternalcordialidad la realidad de mis ensueños renació; luego, apoyándose en elbrazo de Oliverio y en el mío con la familiaridad propia de una hermana,con igual presión sobre el uno que sobre el otro y derramando sobreambos, como un verdadero rayo de sol la límpida luz de su mirada directay franca, como quien siente un poco de cansancio subió las escaleras delsalón.

La velada estuvo saturada de efusión. ¡Tenía Magdalena tantas cosas quereferirnos! Había contemplado hermosos paisajes, había admirado todaclase de novedades, de costumbres, de ideas, de trajes. Hablabarevelando el desorden en la memoria abarrotada de recuerdos tumultuososcon la volubilidad de un alma impaciente por referir en algunos minutosuna multitud de adquisiciones hechas en dos meses. De cuando en cuandose interrumpía, para tomar aliento, como si todavía hubiese de subir ybajar muchos escalones de la montaña por donde su relación nos conducía.Se pasaba la mano por la frente, por los ojos, mesaba hacia atrás de lassienes los rizos de la espesa cabellera un poco erizada por el polvo delviaje. Hubiérase dicho que aquellas actitudes semejantes a las de unapersona que marcha y tiene calor, refrescaban su memoria. Buscaba unnombre, una fecha, perdía y recobraba sin cesar el hilo enredado de unitinerario y se reía a carcajadas cuando la confusión de su relato eratan grande que se veía obligada a pedir ayuda a la clara y firme memoriade Julia. Exhalaba vida, el goce de enseñar, las curiosidadessatisfechas. A pesar de estar rendida por el largo viaje en coche,conservaba todavía la costumbre del repetido cambio rápido de lugar quela hacía levantarse a cada momento, accionar, mudar de asiento, lanzaruna ojeada de bienvenida

tan

pronto

al

jardín

como

a

los

muebles,reconociéndolo todo y acariciándolo. Luego fijaba atentamente los ojosen Oliverio y en mí como para estar bien segura de reconocernos yconstatar mejor su regreso y su presencia entre nosotros; pero sea quenos encontrara un poco cambiados al uno y al otro, sea que dos meses deseparación y la vista de tantas cosas nuevas la hubiesen deshabituado delas nuestras notaba yo en su fisonomía cierta expresión de vagasorpresa.

—Y bien—le dijo Oliverio,—¿nos reconoces?

—No del todo—replicó ella ingenuamente.—Cuando estaba lejos devosotros os veía de otra manera.

Yo estaba como clavado en mi asiento. La miraba, la escuchaba y pormucho que ella notara en nosotros un cambio, el que yo advertía en ellaera aún más efectivo y sin duda más completo, ya que no más profundo.

Estaba más morena. Su tez, reanimada por suave tono rosado, traía de lascaminatas al aire libre como un reflejo de luz y de calor que lo doraba.Tenía la mirada más rápida y la cara un poco más delgada, las pupilascomo manchadas por el esfuerzo de una vida muy activa y la costumbre deabarcar dilatados horizontes.

Su decir siempre acariciador y notado porel uso de expresiones tiernas había adquirido yo no sé qué nuevaplenitud que le prestaba acentos más enérgicos. Andaba con más soltura,su pie mismo se había achicado ejercitándose en largas excursiones pordifíciles senderos. Toda su persona parecía haber disminuido el volumentomando aspecto más firme y más preciso; y el vestido

de

viaje,

quesabía

llevarlo

maravillosamente,

completaba la fina y robustametamorfosis.

Era la misma Magdalena, embellecida, transformada por la independencia,por el placer, por los mil accidentes de una existencia imprevista, porel ejercicio de todas las fuerzas, por el contacto con elementos másactivos, por el espectáculo de una naturaleza grandiosa. Era la mismajuventud de una criatura selecta, con algo más nervioso, más elegante,más definido, que señalaba un progreso en la belleza y un paso decididoen la vida.

No recuerdo bien si entonces me di exacta cuenta de todo lo que ahoradigo; pero lo que sé de cierto es que adiviné la superioridad más y másdeterminada de ella sobre mí porque en aquel momento medí con absolutacerteza y con una emoción que nunca había experimentado, la enormedistancia que separa a una joven que frisa en los diez y ocho años, deun estudiante que apenas cuenta diez y siete.

Además un indicio más positivo todavía debiera haberme abierto los ojosaquella misma noche.

Entre los bultos del equipaje había un admirable rododendro, arrancadode raíz en torno de las cuales una mano previsora había rodeado puñadosde helecho y de plantas alpinas, todavía chorreando el agua de lasmontañas. Aquella planta, traída de tan lejos y por la cual demostrabaespecial interés el padre de Magdalena, decía ella que le había sidoenviada en recuerdo de una expedición al pico de *** por un compañero deviaje a quien se atribuía vagamente mucha amabilidad, mucha cultura yprevisión y muchas consideraciones respecto al señor D'Orsel.

Cuando Julia deshacía las envolturas se deslizó una tarjeta que Oliveriovio caer y de la cual se apoderó rápidamente; después de darle dos otres vueltas como si tratara de apreciar los detalles fisonómicos, pordecir así, de aquella blanca cartulina, leyó en voz alta: El condeAlfredo de Nièvres.

Nadie se dio por entendido de aquel nombre que resonó secamente en mediode un silencio absoluto y resuelto.

Magdalena aparentó no haber oído;Julia ni siquiera pestañeó; Oliverio calló; el señor D'Orsel tomó latarjeta y la desgarró sin decir palabra. En cuanto a mí, el másinteresado en precisar los más insignificantes detalles de aquel viaje,¿qué le diré a usted?

Tenía necesidad de sentirme dichoso, y en eso secifra el enigma de muchas cegueras menos explicables aún que la mía.

Entre Magdalena casi mujer y el adolescente apenas emancipado que voyretratando, entre sus brillantes años y los míos, había mil obstáculosconocidos o desconocidos, patentes u ocultos, nacidos o por nacer. Sinembargo, yo me obstinaba en no ver ninguno. Había echado mucho de menosa Magdalena, la había deseado, esperado, y ya usted habrá adivinado quedespués de su partida había cien veces maldecido el censurable espíritude rebelión que me revolvía contra la más envidiable, la más dulce, lamenos calculada de las servidumbres. Volvía al fin tan afectuosa que meencantaba, seductora hasta el punto de maravillarme; la poesía; y comoles sucede a quienes un exceso de luz les perturba la vista, nadaadvertía yo más allá del confuso deslumbramiento que me enceguecía.

Gracias a la ausencia de razonamiento, mejor dicho, a mi ceguera, mesumergí en los meses siguientes como si hubiera entrado en lo infinito.Figúrese usted una primavera, rápida y muy calurosa, llena de rientesamores, de impulsos generosos, de imprevisiones, de alegrías perfectas.Tan enérgica fue mi expansión como cobarde había sido el replegamientosobre mí mismo antes de aquella súbita floración que me sorprendía en elembotamiento propio de la verdadera infancia. No preguntaba si me erapermitido ofrecerme, me daba sin reservas con efusiones en las cualesponía cuanto en mí había de sinceridad inteligente, lo mejor de mi sermoral, sobre todo lo más inflamable. No me considero capaz de pintar conexactitud aquel breve momento de desinterés total, que bien puede servirde excusa a muchos accesos de egoísmo, en que luego caí, y durante elcual mi existencia purísima, saturada de buenas intenciones, ardió porentero a modo de ofrenda y llameó a los pies de Magdalena como fuegosagrado ante un altar.

Recobramos las antiguas costumbres. Era el mismo cuadro de antesembellecido por el prodigioso brillo de una nueva vida.

Causábameasombro encontrarlo todo tan incomparable y que una sola influenciahubiera tenido el poder de cambiar el aspecto de las cosas hasta elextremo de rejuvenecer tantas decrepitudes y reemplazar aspectos tanmorosos por semejantes alegrías. Las noches eran cortas, las tardescalurosas. Ya no nos reuníamos en el salón; se velaba bajo los árbolesdel jardín del señor D'Orsel o en pleno campo sobre los linderos de losprados húmedos.

Muchas veces daba yo el brazo a Magdalena durante laslentas caminatas realizadas en grupo. Las personas mayores nos seguían.Llegaba la noche y hacía descender sobre nosotros el silencio, enaquellas horas en que se habla menos y en voz muy baja. La ciudadcerraba el horizonte con sus graves siluetas, el tañido de las campanasy el de las sonerías de los góticos relojes de torre acompañabanaquellos paseos alemanes en los que yo no era Werther, aunque creo queMagdalena valía una Carlota, porque jamás le hablé de Klopstock y sialguna vez mi mano se posó en la suya fue siempre obedeciendo a unimpulso fraternal.

Por las noches continuaba escribiendo con furor, porque nada hacía yo amedias. Me parecía a veces—tal era el cúmulo de ilusiones que sereunían en mi cabeza,—que estaba a punto de dar a luz alguna obramaestra. Obedecía a una fuerza ajena a mi voluntad como todas las que meposeían. Si con los recuerdos de aquella época hubiese conservado la másleve de las ignorancias que la hicieron tan bella y tan estéril, diríaque aquella facultad singular, siempre dominadora y jamás sumisa,desigual, indisciplinable, llegando en cierto momento y alejándose comohabía venido, asemejaba a lo que los poetas llaman inspiración ypersonifican en su Musa. Era imperiosa e infiel, dos rasgos salientesque me hicieron tomarla por la inspiradora ordinariamente de losespíritus dotados. Pero un día, más adelante, comprendí que la visitanteque me causó tantas alegrías primero y luego tanta decepción, no teníanada de lo característico de la Musa sino mucha inconstancia y muchacrueldad.

Esta doble vida de fiebre del corazón, de fiebre del espíritu, hacían demí un ser muy equívoco. Notábalo yo. Había en ella más de un peligro quetraté de conjurar y creí llegado el momento de desembarazarme de unsecreto sin valor para poner a salvo otro más precioso.

—Es singular...—me dijo Oliverio.—¿A dónde te conducirá eso? Despuésde todo, tienes razón si ese trabajo te divierte.

Breve respuesta que encerraba no poco desdén y quizás mucho asombro.

En medio de estas distracciones mis estudios iban bastante bien.Continuaba

obteniendo

éxitos

que

despreciaba

comparándolos con lagrandeza de los sentimientos que hacían que fuese un hombre pequeño y,según mi juicio, un corazón tan grande. De tarde en tarde recibía delejos un impulso que me obligaba a considerar aquellos éxitos menosdesdeñables. Desde el día que nos separamos, Agustín no me habíaolvidado. En cuanto

lo

permitía

la

distancia

que

nos

separaba

continuabaprocurándome las enseñanzas que habían comenzado en Trembles. Con lasuperioridad que le prestaba la experiencia de la vida abordada por loslados más dificultosos, en el más grande de los escenarios, y según elprogreso moral que suponía en su discípulo, había elevado poco a poco eltono de sus consejos. Sus lecciones se convertían ya casi enconversaciones de hombre a hombre. Me hablaba poco de él mismo y sólo entérminos vagos para decirme que trabajaba, que hallaba grandesobstáculos, pero que esperaba llegar a buen término.

Algunas veces unarápida descripción, bosquejo del mundo en que vivía, de los hechos, delas ambiciones que le rodeaban, seguía a la expresión de los buenosánimos que tenía para luchar, como para experimentarme con tiempo yprepararme a las enseñanzas que más tarde debía sacar de las másbrutales realidades. Se preocupaba de lo que yo pensaba, de lo que hacíay sin cesar me preguntaba qué era lo que en fin había resuelto emprenderdespués que saliera de mi provincia.

«He sabido—me decía,—que es usted el primero de la clase.

Está muybien. Pero no se envanezca por semejantes ventajas. La emulación en elcolegio es la forma ingenua de una ambición que usted conocerá mástarde. Acostúmbrese a permanecer en primera línea para que nunca sesienta satisfecho de usted mismo si llegase a ocupar tan sólo lasegunda en lo sucesivo. Sobre todo no equivoque el móvil de su esfuerzo,no confunda el orgullo con la modesta apreciación de lo que puede hacer.No le preocupe nunca, sobre todo en el orden moral, más que la extremaaltura del objeto y la necesidad de acercarse a él lo más posible; esole prestará a usted mucha humildad y mucha fortaleza. La imposibilidadcasi general, de alcanzar lo extremo de ciertos ensueños hará queconsidere estimable y digno de piedad, el esfuerzo que cualquier hombrede buena fe intente hacia la perfección. Si se siente más cerca que él,calcule de nuevo lo que le queda por hacer y los acobardamientos valdránmás, desde el punto de vista moral, que no las vanidades.»

Permítame que le muestre algunos extractos de cartas de Agustín ysuponiendo mis contestaciones le será fácil comprender el espíritugeneral de nuestra correspondencia y verá usted más exactamente cuáleseran entonces su vida y la mía.

«París 18...

»¡Diez y ocho meses hace ya que estoy aquí! Sí, mi querido Domingo, diezy ocho meses han transcurrido desde que nos separamos en aquella pequeñaplaza diciendo hasta la vista.

Veinticuatro horas después, cada uno denosotros pusimos manos a la obra. Deseole, mi querido amigo, que estémás satisfecho de sí mismo que yo lo estoy de mí. La vida sólo es fácilpara quienes la espigan sin penetrarla. Para ésos París es el lugar delmundo en donde más cómodamente se puede tener la creencia de que seexiste. Basta dejarse arrastrar por la corriente como un nadador en unamasa de agua pesada y rápida; se flota en ella, y no se ahoga uno. Veráusted eso algún día y será testigo de muchos éxitos debidos tan sólo ala ligereza de los caracteres y de muchas catástrofes que no se habríanpadecido con

diferente

peso

en

las

convicciones.

Es

bueno

familiarizarsedesde temprano con el espectáculo verdadero de las causas y de losefectos. No sé qué ideas tiene usted de todo esto, si es que las tiene.En todo caso es poco probable que sean precisas y lo más triste del casoes que tiene usted razón. El mundo debía ser en todo semejante a lo queusted imagina. ¡Si usted supiera cuán diferente es! Mientras no puedajuzgarlo por sí mismo, habitúese a estas dos ideas: que hay verdades yexisten hombres. Jamás cambie usted respecto del sentimiento nativo quetiene usted tocante a las unas; y cuanto a los otros espere que llegueel día en que los conozca.

«Escríbame con más frecuencia. No me diga que ya conozco su vida y queno tiene nada que referirme. A los años que usted tiene y en un almacomo la suya cada día hay algo nuevo.

¿Recuerda la época en que medíausted las hojas que nacían y me comunicaba el número de líneas quehabían crecido bajo la acción de una noche de escarcha o un día de solfuerte? Pues lo mismo sucede con los instantes de un mozo de su edad. Nose asombre de ese desenvolvimiento rápido que, conociéndole a usted,imagino que ha de sorprenderle y acaso asustarle. Deje actuar fuerzasque tratándose de usted no tienen nada de peligrosas; hábleme para quele conozca, permítame verle tal cual es y a mí vez le diré a ustedcuánto ha crecido. Sobre todo sea ingenuo en sus sensaciones. ¿Acasotiene necesidad de estudiarlas?

¿No

es

bastante

sentirse

emocionado?

Lasensibilidad es un don admirable; en el orden de las creaciones queusted debe producir puede llegar a ser una fuerza extraordinaria, perocon una condición: que no la revuelva usted contra sí mismo. Si de unafacultad creadora eminentemente espontánea y sutil, hace usted unelemento de observación, si refina, si examina, si no le basta el sentiry experimenta la necesidad de estudiar el mecanismo, si el espectáculode un alma emocionada es lo que más le satisface de la emoción, si serodea de espejos convergentes para multiplicar la imagen hasta loinfinito, si mezcla usted el análisis humano a los dones divinos, si desensible se convierte usted en sensual, no hay límites para semejantesperversidades y, se lo advierto, eso es muy grave. Hay una fábula muyantigua que es encantadora, se presta a muchas interpretaciones y se larecomiendo. Narciso se enamoró de su propia imagen; no pudo apartarla desus ojos; no era posible que llegase a apoderarse de ella y murióvíctima de la misma ilusión que le había seducido. Piense usted en estoy si llega a sucederle sufriendo, amando, viviendo, por mucho que leparezca seductor el fantasma de usted mismo, apártese de él.»

«Me dice usted que se fastidia. Eso vale tanto como declarar que sufre;el aburrimiento no cabe más que en los cerebros vacíos o en loscorazones incapaces de ser heridos por nada.

Pero, ¿por qué sufre? ¿Escosa que pueda usted decírmelo? Si estuviese yo cerca de usted losabría. Cuando me otorgue el derecho de interrogarle más positivamentele diré lo que imagino. Si no me engaño y si es verdad que usted mismono sabe lo que empieza a causarle sufrimiento, tanto mejor, porque esprueba de que su corazón ha conservado toda la inocencia que en sucerebro no existe ya.

»No me pida que le hable de mí; mi yo no es nada hasta lo presente.¿Quién lo conoce, aparte de usted? No es verdaderamente interesante paranadie. Trabaja, se esfuerza, no se cuida nada, nada se divierte, esperaalguna vez y a pesar de todo continúa queriendo. ¿Basta con eso? Yaveremos.

«Vivo en un barrio que no será probablemente el que usted habite, porquetiene usted el derecho de elegir. Todos aquellos que al igual que yosalen de la nada para llegar a ser algo, vienen a donde yo estoy, a laciudad de los libros, en un rincón desierto, consagrado por cuatro ocinco siglos de heroísmos, de trabajos, de penurias, de sacrificios, deesperanzas abortadas, de suicidio y de gloria. Es una residencia muytriste, pero muy bella. Si hubiera tenido libertad para elegir, nohabría preferido otra. No me compadezca usted porque en ella vivo: estoyen mi sitio.»

«Escribe usted y eso lo hace porque debía ser. Que guarde usted secretopara quienes le rodean es una timidez que comprendo; y seguro estoy deque ha de sentir el deseo de confiarse a mí. El día en que la necesidadde confidencias le lleve

a

ese

punto,

envíeme

los

fragmentos

que

puedacomunicarme, sin alarmar demasiado sus pudores de escritor...

»Otra cosa que me gustaría saber: ¿qué es de aquel amigo de quien apenasme habla usted ya? El retrato que de él me hizo era seductor. Sicomprendí bien debe ser un mozo encantador, pésimo estudiante. Tomará lavida por el lado fácil y brillante.

En tal caso aconséjele que viva sinambiciones, porque las que tendría serían de la peor especie. Y dígaleademás, que no tiene otra cosa que hacer en el mundo sino ser feliz.Sería imperdonable introducir quimeras en satisfacciones tan positivasy mezclar lo que usted llama ideal con apetitos de pura vanidad.

»Su Oliverio no me desagrada, me inquieta. Es evidente que ese mozoprecoz, positivo, elegante, resuelto, puede equivocar el camino y pasarjunto a la dicha sin sospecharlo. También él ha de tener susfantasmagorías y se creará imposibilidades. ¡Qué locura! Quiero creerque tiene corazón; pero, ¿qué uso hace de él? ¿No me ha dicho usted quetiene dos primas ese Querubín que aspira a convertirse en un don Juan?Pero olvido, citándole esos dos nombres, que quizás no conoce usted niel uno ni el otro. ¿Le ha permitido ya su profesor de retórica leer aBeaumarchais y El Convidado de piedra? En cuanto a Byron, lo dudo ypuede usted esperar sin inconveniente.»

Habían pasado muchos meses sin ninguna alteración; el invierno seacercaba cuando creí notar en la fisonomía de Magdalena una sombra, unapreocupación que jamás había manifestado. Su cordialidad, siempre igual,revelaba los mismos afectos, pero había más gravedad en ella. Unaaprensión, quizás una añoranza, algo sólo apreciable en los efectos,comenzaba a interponerse entre nosotros como síntoma primero dedesilusión.

Nada en concreto, sólo un conjunto de discordancias, dedesigualdades, de diferencias, que la transfiguraban de cierta manera, yle prestaban el singular encanto de las cosas que el tiempo o la razónnos disputan y que se van. Por cierta reserva, por súbitas reacciones,por múltiples reticencias, que lentamente relajaban vínculos sinromperlos, se comprendía que con extrema delicadeza, ponía empeño endesatar lazos que la familiaridad de nuestras costumbres había apretadodemasiado. De pronto surgió un recuerdo, se repitió un nombre olvidado,que yo había oído pronunciar sólo una vez, y en mi mente brotó unasuposición fundada y amenazadora que me laceraba el corazón; sensaciónaguda que se disipaba por sí misma al menor indicio de seguridad pararenacer en seguida con la vivacidad de una evidencia.

Un domingo esperamos vanamente a Magdalena y Julia. Al otro día Oliveriono vino al colegio. Pasaron tres días sin noticias. La inquietud meapenaba horriblemente. Por la noche corrí a la calle de los Carmelitas ypregunté por Oliverio.

—Está en el salón—me dijo el sirviente.

—¿Solo?

—No, hay otras personas.

—Entonces le esperaré.

Apenas había empezado a subir la escalera que conducía al cuarto deOliverio me detuvo no sé qué extraño presentimiento confuso. El corazónme latía violentamente. Bajé, atravesé sin hacer ruido la antesala queestaba desierta, y me deslicé por uno de los caminos que conducían delpatio al jardín. El salón, situado en el piso bajo, tenía tres ventanassobre el parterre a la altura de la escalinata y delante de cada unahabía un banco de piedra. Me encaramé en uno de ellos. La noche estabaoscurísima y nadie podía sospechar que yo estuviera allí; dirigí ansiosola mirada hacia aquella habitación y vi a toda la familia reunida:Oliverio, vestido de negro, de pie delante de la chimenea. Junto alhogar estaban el señor D'Orsel y un hombre joven aún, alto, bienparecido, ataviado irreprochablemente.

Advertí las actitudes un pocolentas con que acompañaba sus palabras y la manera seria y graciosa conque de cuando en cuando volvía el rostro hacia Magdalena. Estaba ellasentada junto a una mesita de labor y todavía me parece verla inclinadala cabeza sobre un bordado, el rostro cubierto de la sombra de los rizosque adornaban su frente, envuelta en el reflejo rojizo de la luz de laslámparas. Julia, puestas las manos sobre las rodillas, inmóvil, conexpresión de intensa curiosidad en el semblante, tenía sus grandes ojostaciturnos fijos en el desconocido.

En pocos segundos me di cuenta de todo lo que he dicho.

Luego pareciomeque las luces se apagaban, mis piernas se doblaron y me desplomé sobreel banco. Un espantoso temblor agitaba mi cuerpo de la cabeza a lospies. Presa de acerbo dolor sollozaba y me retorcía las manosmurmurando: «Magdalena está perdida para mí y yo la amo...»

VII

Magdalena era cosa perdida para mí y yo la amaba. Una sacudida algomenos violenta quizás no me hubiese revelado más que a medias laextensión de aquella doble desventura, pero la presencia del señor DeNièvres hasta tal punto me impresionó, que de todo me di cuenta. Mequedé anonadado; sin más consuelo que aceptar la fatalidad de un hechoque había de producirse, comprendiendo demasiado que no tenía el derechode modificarlo en lo más mínimo ni el poder de retrasarlo una horasiquiera.

Ya le he dicho a usted de qué modo amaba a Magdalena: con aturdimiento,con absoluta inconsciencia, sin fundamento de ninguna esperanzaconcreta. La idea del matrimonio, aparte ser cien veces absurda, nisiquiera había prestado alientos al inocente impulso de un afecto que sebastaba a sí mismo para ser, se daba para difundirse y constituía unculto sin otro móvil que adorar. ¿Cuáles eran los sentimientos deMagdalena? Nunca me había preocupado de ellos. Con razón o sin ella, leatribuía indiferencias e imposibilidades de ídolo; la suponía extraña acualquiera de las adhesiones que inspiraba; la colocaba en unaislamiento quimérico; y esto bastaba para satisfacer al secretoinstinto que, a pesar de todo, existe en el fondo de los corazonesmenos ocupados de ellos mismos, a la necesidad de imaginar que Magdalenaera invencible y no amaba a nadie.

Estaba yo seguro de que Magdalena no podía sentir ningún interés por unextraño que el acaso había arrojado en su camino como mero accidente.Era posible que añorando la vida de soltera no viese sin temores que seacercaba el instante de adoptar un partido tan serio. Peroindudablemente—aún admitiendo que estuviera libre de todo afectoserio,—la voluntad de su padre, consideraciones de rango, de posiciónsocial y de fortuna, la decidirían a aceptar una alianza a la cual elseñor De Nièvres aportaba, además de mucha conveniencia, altas calidadesde otra índole.

No sentía resentimiento, ni cólera ni celos por el hombre que me hacíatan desventurado. Antes de personificar el imperio del derechorepresentaba ya el de la razón. Por eso el día que el padre de Magdalenanos presentó recíprocamente en casa de mi tía diciéndole que era yo elmejor amigo de su hija, recuerdo que al estrechar la mano del señor DeNièvres pensé lealmente:

«¡Pues bien, si ella le ama, que le ame éltambién!» Y en seguida fui a sentarme al fondo del salón y los contemplébien convencido de mi impotencia, más que nunca obligado a callar, sinirritación contra el hombre que nada me quitaba puesto que nada mehabían dado, reivindicando el derecho de amar como inherente al derechode vivir y diciéndome con desesperación:

«¿Y yo?»

En lo sucesivo me aislé mucho. Menos que a nadie me correspondía a míinterrumpir coloquios de los cuales debía resultar la inteligencia dedos corazones muy lejos sin duda de conocerse. Iba lo menos posible alhotel D'Orsel; era tan insignificante ya el papel que yo representabaen medio de los altos intereses que allí se cruzaban que no ofrecíaningún inconveniente el hacerme olvidadizo.

Ninguno de aquellos cambios de conducta se ocultó seguramente a laperspicacia de Oliverio; pero fingió hallarlos muy naturales y nada medijo, de nada se mostró extrañado y ninguna explicación me dio de lascosas que pasaban en su familia. Una sola vez, por todas, con unahabilidad que me dispensaba casi de una declaración, me dio a entenderque estábamos de acuerdo respecto al señor De Nièvres.

—No te preguntaré qué te parece mi futuro primo. Todo hombre que de ungrupo tan pequeño y tan unido como el que nosotros formamos, viene atomar una mujer, es decir, a quitarnos una hermana, una prima, unaamiga, acarrea una perturbación, hace una brecha en nuestras amistades ynunca puede ser bien venido. Por mi parte, te declaro que no es éseprecisamente el marido que habría querido para Magdalena.

Ella es de suprovincia. El señor De Nièvres se me figura que no es de ninguna parte,como les sucede a muchos parisienses: la transportará, pero no lafijará. Aparte eso, me parece bien.

—Muy bien—le dije.—Estoy convencido de que hará feliz a Magdalena...y después de todo...

—Sin duda—interrumpió Oliverio en tono de afectada indiferencia.—Sinduda y con desinterés. Es todo lo que podemos desear.

La boda se había concertado para fines del próximo invierno y esa épocaestaba ya muy cerca. Magdalena estaba seria; pero aquella actitud pormera conveniencia social, no era para dar margen a dudas en punto a suresolución; la mantenía tan sólo para limitar con la delicadeza que leera peculiar la expresión de los sentimientos más íntimos. Esperaba conplena independencia, en medio de leales deliberaciones, elacontecimiento que debía ligarla para siempre y por su propiadeclaración. Por su parte el señor De Nièvres, durante aquel período deprueba tan difícil de dirigir como de soportar, había ayudado muchodesplegando recursos que le acreditaron de ser hombre de trato tancorrecto como

corresponde

a

la

calidad

de

los

que

son

cumplidoscaballeros.

Una noche, mientras sostenía con Magdalena animada conversación a mediavoz, viósele ofrecerle ambas manos en actitud de cordial amistad. Ellamiró en torno suyo como si quisiera tomarnos a todos por testigos de loque iba a hacer, se puso de pie y sin pronunciar palabra, peroacompañando su ademán de la más cándida y graciosa de las sonrisas, posóa su vez ambas manos desnudas en las del Conde.

Aquella noche me llamó junto a ella y como si estando ya definida tanconcretamente su situación, le fuera dado en adelante manifestar contoda franqueza los afectos secundarios, me dijo:

—Tenemos que hablar, siéntese usted a mi lado. Hace ya mucho tiempo queapenas le veo. Ha creído usted, sin duda, que debía apartarse un poco denosotros y lo siento, porque resulta ahora que no conoce usted al señorDe Nièvres. Dentro de ocho días me caso y es éste el momento oportuno deque nos entendamos. El señor De Nièvres le estima a usted, sabe muy bienel valor de todas sus afecciones, es su amigo de usted y usted lo serásuyo; se trata de un compromiso que he adquirido en nombre de usted yque estoy segura mantendrá...

Sencillamente, con toda libertad, sin ambigüedades, habló del pasado,concretando los intereses de nuestra futura amistad, no para imponercondiciones, sino para convencerse de que los vínculos de ella seríanmás estrechos—y mezclando el nombre de su prometido, que, aseguraba, nosólo no desunía nada sino que consolidaba relaciones que otro enlaceacaso hubiese podido romper.—Evidentemente se proponía obtener de míalgo parecido a una protesta de conformidad con la elección que habíahecho y convencerse de que su determinación, adoptada fuera del alcancede todo consejo de amigo, no me desagradaba.

De mi parte hice lo mejor que pude todo lo que me pareció que podíaconducir a satisfacer su deseo; le prometí que nada sería cambiado entrenosotros y le juré conservarme fiel a sentimientos mal expresados, eraposible, pero demasiado evidentes para que acerca de ellos pudieraabrigar la menor duda.

Por primera vez tuve serenidad, audacia, y logrémentir y ser creído. Verdad es que mis palabras se prestaban a tantasinterpretaciones y las ideas a tales equívocos, que en otrascircunstancias aquellas mismas protestas habrían podido significar muchomás. Ella las tomó en el sentido más sencillo y tan calurosamente meexpresó su agradecimiento que en poco estuvo no diera en tierra con todomi valor.

—¡En buen hora!—dijo.—Me gusta oírle hablar así.

Repítamelo ustedpara que yo escuche todavía las buenas palabras que me consuelan de losingratos silencios y reparan no pocos olvidos que herían sin que ustedlo supiera.

Hablaba de prisa, con efusión en los gestos y en las frases, con unardor en el semblante que hacía nuestra conversación muy peligrosa.

—De modo—continuó,—que es cosa convenida el que nuestra antiguaamistad nada tiene que temer. Usted responde de ello en lo que lecorresponde. Es menester que ella nos siga y no se pierda en ese granParís que, según dicen, dispersa los más tiernos afectos y pone olvidoen los corazones más firmes. Ya sabe usted que el señor De Nièvres tieneel propósito de que pasemos a lo menos los meses del invierno. Oliverioy usted vendrán a fin de año. Mi padre y Julia vienen conmigo.

Allícasaré a mi hermana. ¡Oh! tengo para ella toda suerte de ambiciones, lasmismas poco más o menos, que para usted—y al expresar esa idea seruborizó ligeramente.—Nadie conoce a Julia: es todavía un caráctercerrado; yo sí que la conozco. Ahora que ya sabe todo lo que tenía quedecirle, sólo me resta recomendarle una cosa: vigile a Oliverio; tieneel mejor corazón del mundo; que lo economice y lo reserve para lasgrandes ocasiones. He ahí mi testamento de soltera—concluyó en voz másalta, para que el señor De Nièvres la oyera, y le invitó a acercarse.

Pocos días después se celebró la boda. El invierno se despedía con unarigurosa helada. El recuerdo de un dolor físico se mezcla aún hoy comosufrimiento ridículo, al sentimiento de mi pena.

Apoyada Julia en mibrazo, la conduje todo lo largo de la iglesia, atestada de gente, segúncostumbre provinciana. Estaba pálida como un cadáver, temblorosa de fríoy de emoción. En el momento de ser pronunciado el «sí» irrevocable quedecidía la suerte de Magdalena y la mía, el rumor de un suspiro ahogadome arrancó del estupor en que estaba sumido. Era que Julia sollozaba,oculto el rostro con el pañuelo. Por la noche estaba más triste aún, sicabe, pero hacía esfuerzos sobrehumanos para disimular delante de suhermana.

¡Qué niña tan extraña era entonces! Morena, menuda, nerviosa, con suaire impenetrable de joven esfinge, su mirada que alguna vez interrogabapero no respondía nunca, sus ojos absorbentes. Eran los ojos másadmirables y menos seductores que jamás vi, el rasgo más impresionantede la fisonomía de aquel joven ser sombrío, doliente y altivo. Grandes,anchos, con largas cejas que no dejaban nunca aparecer un puntobrillante, velados de un azul sombrío que les prestaba el indefiniblecolor de las noches del estío, aquellos ojos enigmáticos se delatabansin luz y todos los resplandores de la vida se concentraban en ellospara no brillar más.

—Mucho cuidado con Magdalena—me decía en medio de una angustia en lacual se destacaban perspicacias que me atormentaban.

Después, enjugaba sus mejillas con rabia, y me culpaba de aquel excesode invencible debilidad contra la cual se rebelaban los vigorososinstintos de su naturaleza.

—También tiene usted la culpa de que yo llore. Vea qué sereno estáOliverio.

Comparaba aquel inocente dolor con el mío, le envidiaba amargamente elderecho que tenía de manifestarlo y no hallaba ni una palabra paraconsolarla.

El dolor de Julia, el mío, lo largo de la ceremonia, la vieja iglesia enla cual tanta gente cuchicheaba alegremente en torno de mi pena, latransformación de la casa D'Orsel adornada de flores para aquella fiestaextraordinaria, los trajes femeniles de inusitado lujo, un exceso de luzy de olores que me causaban vértigo, ciertas sensaciones dolorosas cuyosentimiento perduró por mucho tiempo como huella de incurablespinchazos, en una palabra, los recuerdos incoherentes de un mal sueño,es lo único que me queda hoy de aquella jornada, una de las más ciertasdesventuras de mi vida. En el fondo de este cuadro casi imaginario ya,se destaca una figura: es la imagen de Magdalena, con su traje y su veloblanco y su corona de desposada. Algunas veces—tanto contrasta latenuidad de esta visión con las realidades más crudas que la preceden yla siguen—la confundo, por decir así, con el fantasma de mi propiajuventud, virgen, velada desaparecida.

Fui el único que no se atrevió a besar a la señora De Nièvres al volverde la iglesia. ¿Lo notó ella? ¿Hubo en su ánimo un movimiento dedespecho o cedió simplemente al impulso de una amistad acerca de lacual, pocos días antes, quiso establecer por sí misma compromisos muysinceros? Lo ignoro; pero ello fue, que durante la velada el señorD'Orsel vino, me tomó por el brazo, y, más muerto que vivo, me arrastróhasta ponerme cara a cara con Magdalena. Estaba en medio del salón, enpie cerca de su marido, con aquel traje deslumbrador que latransfiguraba.

—Señora...—le dije.

Sonrió al oírse llamar de aquel modo tan nuevo y—perdóneme la memoriade un corazón irreprochable, incapaz de doblez ni de traición—susonrisa, sin que ella lo advirtiera, tenía significado tan cruel queacabó de desconcertarme. Se inclinó hacia mí... y no sé ni lo que ledije ni lo que dijo ella: vi sus ojos rebosantes de dulzura cerca de losmíos... Luego todo dejó de ser inteligible para mí.

Cuando volví en mí y me repuse halléme en medio de un grupo de hombres yde mujeres que me contemplaban con indulgente interés capaz de matarme;sentí que alguien me agarraba rudamente, volví la cabeza y vi que eraOliverio.

—¿No ves que estás dando un espectáculo? ¿Estás loco?—

murmuró en vozbastante baja para que sólo de mí fuera oída, pero con una vivacidad enla expresión que me llenó de espanto.

Aun estuve algunos momentos retenido por sus brazos; luego gané lapuerta con él y al llegar a ella me desprendí de su violento abrazo.

—No me retengas—exclamé,—y en nombre del Cielo, por lo más sagrado,no me hables nunca de lo que has visto.

Siguiome hasta el patio empeñado en hablarme.

—¡Calla!—le dije, y escapé.

Luego que estuve en mi habitación y pude reflexionar tuve un acceso devergüenza, de desesperación y de locura amorosa que no fue parte aconsolarme pero me alivió. Difícil me sería contarle a usted lo que pasópor mí durante aquellas pocas horas de horrible tumulto en mi alma, lasprimeras que me hicieron conocer, con un mundo de presunciones, dedelicias, una inmensidad de horribles sufrimientos: desde los másconfesables hasta los más vulgares. Sensación de lo más dulce que podíasoñar, espantoso temor de haberme inutilizado para siempre, angustiosospresagios para lo futuro, sentimiento de humillación por mi vidapresente; todo, absolutamente todo, lo conocí, inclusive un inesperadodolor, muy irritante, que se parecía mucho al rudo escalofrío del amorpropio herido.

Era muy avanzada la noche. Ya le he hablado a usted de mi habitaciónsituada en el último piso, especie de observatorio en el que me habíacreado, como en Trembles, continuas inteligencias con todo lo que merodeaba, por medio de la vista o por la costumbre constante de escuchar.Largo tiempo estuve paseando de arriba abajo—en este punto mi recuerdoes preciso—presa de un abatimiento que no sabría pintarle a usted.«¡Amo a una mujer casada!», me decía, aferrado a esta idea, vagamenteaguijoneado por lo que ella tenía de irritante, lleno de terror, sobretodo, como fascinado por lo que ella implicaba lo imposible; measombraba el ver que, sin quererlo, repetía la frase que tanta sorpresame causó en boca de Oliverio:

«esperaré», y en seguida me preguntaba:«¿pero qué?» A esto no era dable responder más que con suposicionesabominables que me resultaban profanadoras de la imagen de Magdalena.Luego se me aparecía París en lo futuro, y en la lejanía, fuera de todacertidumbre, la oculta mano del destino que podía simplificar de tantasmaneras aquella terrible trama de problemas y como la espada del griego,cortarlos ya que no resolverlos.

Aceptaba hasta una catástrofe con lacondición de que ella representara una salida y, puede ser, si hubieratenido algunos años más, hubiera buscado cobardemente el medio de ponerfin a una vida que podía perjudicar a tantas otras.

A eso de media noche oí a través del lecho, a larga distancia, unchillido breve y agudo que en medio de tantas convulsiones resonó en mialma como el grito de un amigo. Abrí la ventana y escuché. Era unabandada de patos que había levantado el vuelo al venir la marea alta yse dirigía a toda prisa hacia el río.

El mismo chillido resonó una o dos veces más, me fue necesariosorprenderlo al paso, y ya no lo percibí más. Todo estaba inmóvil ysomnoliento. Un pequeño número de estrellas, muy brillantes, vibraban enel firmamento. Apenas se notaba la sensación del frío aunque era másintenso por la limpidez del cielo y la ausencia de viento.

Me acordé de Trembles. ¡Hacía tanto tiempo que no pensaba en aquelloslugares! Fue como el destello de un saludo, y cosa rara, por un súbitoretroceso a impresiones tan lejanas recordé los aspectos más austeros ycalmantes de mi vida campestre. Volví a ver Villanueva con su largalínea de casas blancas, apenas más altas que los ribazos. Los techoshumeantes, su campiña ensombrecida por el invierno, sus bosquecillos deciruelos enrojecidos por las escarchas, bordeando los caminos helados.Con la lucidez de una imaginación sobreexcitada hasta lo extraordinario,en algunos minutos tuve la rápida percepción de todo lo que habíarodeado de encantos mi primera infancia.

Por doquiera que había yoagotado agitaciones sólo hallaba invariable paz. Todo era dulzura yquietud en aquello que otrora causara las primeras perturbaciones de miespíritu. «¡Qué cambio!», pensaba y bajo la incandescencia de la cualestaba abrasado, hallaba más fresca que nunca la fuente de mis primerasafecciones.

El corazón es tan cobarde, tiene tanta necesidad de reposo que por unmomento me abandoné a la esperanza, tan quimérica como todas las demás,de absoluto retiro en mi casa de Trembles.

Nadie a mi alrededor, añosenteros de soledad, con un consuelo seguro, mis libros, un paisajeadorado y el trabajo, cosas todas irrealizables; y, sin embargo, estahipótesis era la más dulce y hallaba un poco de calma acariciándola.

Por fin sonaron las primeras horas de la mañana. Dos relojes lasrepitieron juntos, casi al unísono, como si las campanadas del segundofueran eco inmediato de las del primero: eran el del seminario y el delcolegio. Aquella brusca llamada a las realidades irrisorias del díasiguiente aplastó mi dolor bajo una sensación de pequeñez, y me alcanzóen plena desesperación como un golpe de férula.

VIII

«Seguramente es menester que haya usted sufrido mucho—me escribíaAgustín, contestando a las declamaciones muy exaltadas que le dirigípocos días después de la partida de Magdalena y su marido;—pero, ¿porqué? ¿por quién? Continúo proponiéndome cuestiones que nunca quiereusted resolver. Oigo en usted la vibración de algo muy parecido aemociones muy conocidas, bien definidas, únicas y sin semejanza conotras para quien las experimenta; pero es ello cosa que no tiene nombreen sus cartas de usted y me obliga a compadecerle más que tan vagamentecomo usted se lamenta. Y no es eso lo que me gustaría hacer. Nada me espenoso—ya lo sabe—cuando de usted se trata; y está usted en unasituación de corazón o de espíritu, que reclama algo más activo y máseficaz, que simples palabras, por muy compasivas que ellas sean. Debeusted necesitar consejos. Soy yo médico de poco fuste, tratándose demales coma los que entiendo que padece usted. No obstante, le aconsejaréun tratamiento que se aplica a todo, incluso las enfermedades de laimaginación, que conozco muy mal: higiene.

Paréceme que le iría bien eluso de ideas justas, sentimientos lógicos, afecciones posibles; en unapalabra, empleo juicioso de las fuerzas y de las actividades de la vida.La vida, créame; ése es el remedio heroico de todos los sufrimientoscuya base es un error. El día que usted ponga el pie en la senda de lavida, pero la vida real, entendámonos, el día que usted la conozca bien,con sus leyes, sus necesidades, sus rigores, sus deberes y sus cadenas,sus dificultades y sus penas, sus verdaderos dolores y sus encantos,verá usted cómo ella es sana, bella, fuerte y fecunda en virtud de susmismas exactitudes. En cuanto a su recomendación la atenderé. Visitaré alos señores De Nièvres con mucho gusto ya que me procura la oportunidadde ocuparme de usted con amigos que supongo no son extraños a lasagitaciones que deploro. Esté tranquilo: además tengo la más grande delas razones para ser discreto: lo ignoro todo.»

Un poco más adelante me escribió de nuevo:

«He visto a la señora De Nièvres—me decía,—y ha tenido la complacenciade considerarme como de los mejores amigos de usted. Con ese motivo meha dicho cosas afectuosas que me demuestran que le quiere a usted mucho,pero que no le conoce muy bien. Ahora bien, si la recíproca amistad noha sido parte a darle a cada uno perfecto conocimiento del otro, debehaber sido por culpa de usted y no de ella, bien entendido que eso noprueba que haya usted errado manifestándose sólo a medias: lo más quepuedo creer es que si tal ha hecho ha sido porque ha querido.

Esterazonamiento me conduce a conclusiones que me inquietan.

Todavía una vezmás, mi querido Domingo, la vida, lo posible, lo razonable... Yo se loruego, no crea usted a los que le señalen lo razonable como enemigo delo bueno, porque es inseparable amigo de la justicia y de la verdad.»

Le doy cuenta de una parte de los consejos que Agustín me daba, sinsaber exactamente a qué aplicarlos, pero adivinándolo.

En cuanto a Oliverio, el día que siguió a la noche en que debía hacerinnecesarias muchas declaraciones, a la misma hora que Magdalena y sumarido partían con dirección a París, entró en mi cuarto.

—¿Partió ya?—le pregunté apenas le vi.

—Sí—me contestó;—pero volverá; es casi mi hermana, tú eres más que miamigo; hay que preverlo todo.

Iba a continuar, pero el lamentable estado de abatimiento en que me viole desarmó, sin duda, y le impulsó a diferir sus explicaciones.

—Pero, en fin, de eso ya hablaremos—dijo tan sólo.

Luego sacó el reloj y como viese que eran ya cerca de las ocho, añadió:

—¡Eh, Domingo, vamos al colegio! Es lo más prudente que podemos hacer.

Había de suceder que ni los consejos de Agustín ni las advertencias deOliverio prevalecieran contra una tendencia irresistible, arrastradora,demasiado poderosa para ser cohibida por razonamientos niamonestaciones. Comprendiéndolo me imitaron: esperaban mi rescate o mipérdida definitiva, último recurso que les queda a los hombres sinvoluntad cuando agotan todas las combinaciones imaginables: lodesconocido.

Agustín me escribió una o dos veces más dándome noticias de Magdalena:había ido a visitar la propiedad, cerca de París, en donde el señor DeNièvres tenía intención de que pasaran el verano. Era un hermosocastillo en un bosque, «la más romántica residencia, para una mujer, queacaso comparte con usted, a su manera, las añoranzas del campo y susaficiones de solitario.»

Por su parte Magdalena le escribía a Julia, sin duda con fraternalesexpansiones que no llegaban hasta mí. Una sola vez, durante aquellosmeses de ausencia, recibí una breve carta suya hablándome de Agustín. Meagradecía el habérselo hecho conocer y me decía la buena opinión que deél había formado: que era todo voluntad, todo rectitud, todo nobleenergía, y me daba a entender que, aparte necesidades del corazón, jamásencontraría en nadie más firme ni mejor apoyo. En aquella misma carta,firmada con su nombre nada más, me enviaba afectuosos recuerdos de sumarido.

No volvieron hasta la época de vacaciones, pocos días antes del día dela distribución de premios, último acto de mi vida dependiente que meemancipaba.

Mucho más me hubiera gustado, como usted comprenderá, que Magdalena nohubiese asistido a aquella ceremonia. Había en mí muchas disparidades,mi condición de estudiante estaba en ridículo desacuerdo con misdisposiciones morales, evitaba como una nueva humillación todo hecho quepudiera recordarnos a los dos aquellos contrastes. Desde hacía algúntiempo mi susceptibilidad, en punto a ellos, se había hecho vivísima.Era—

ya lo he dicho—el punto de vista menos noble y menos confesable demis dolores, y si vuelvo sobre él es por razón de un incidente que denuevo puso en tensión mi vanidad y que le pondrá de manifiesto con undetalle más la singular ironía de aquella situación.

La ceremonia se verificaba en una antigua capilla abandonada desde largotiempo que sólo era abierta y decorada una vez cada año para aquelobjeto. La referida capilla estaba situada en el fondo del patioprincipal del colegio, se llegaba a ella recorriendo, la doble hilera detilos cuyo abundante verdor alegraba un poco aquel triste paseo. Desdelejos vi entrar a Magdalena en compañía de varias señoras jóvenesamigas, todas con trajes de verano de colores claros y las sombrillasabiertas sobre las cuales jugueteaban la luz del sol y la sombra de lashojas de los árboles. Fino polvo, levantado por el movimiento de lasfaldas las acompañaba semejante a una ligera nube y por causa del calor,de las extremidades de las ramas que ya amarilleaban, caía en torno deellas hojas y flores maduras y se prendían a la larga manteleta demuselina en que Magdalena estaba envuelta. Pero sonriente, dichosa, elrostro animado por la marcha y lo volvía para examinar curiosamentenuestro batallón de escolares formados en dos filas y conservando lalínea como jóvenes reclutas. Todas las curiosidades mujeriles, y aquéllasobre todo, se proyectaban hacia mí y las sentía como otras tantasquemaduras. Estábamos a mediados de agosto y el tiempo era magnífico.Los pájaros familiares habían huido de los árboles y piaban sobre lostejados en donde vibraba el sol.

Murmullos de multitud quebrantaban ellargo silencio de doce meses, alegrías extraordinarias dilataban lafisonomía del viejo colegio, los tilos lo perfumaban con agrestesaromas. ¡Cuánto habría dado por ser libre y dichoso!

Los preliminares fueron muy largos y yo contaba los minutos que aún meseparaban de mi libertad. Por fin se oyó la señal. A título de laureadode filosofía fui llamado el primero. Subí al estrado y cuando tuve micorona en una mano, en la otra un grueso volumen, de pie junto a laescalinata, cara a cara del público que aplaudía, buscaba los ojos de laseñora de Ceyssac; la primera mirada que encontré con la de mi tía, elprimer rostro amigo que reconocí, precisamente debajo de mí, en laprimera fila, fue el de Magdalena. ¿Experimentó ella también un poco deconfusión viéndome en aquella actitud espantosamente desairada que tratode pintarle a usted? ¿Repercutió en ella el encogimiento que medominaba? ¿Sufrió su amistad al verme risible o sólo adivinando quesufría? ¿Cuáles fueron, exactamente, sus sentimientos durante aquellarápida pero cáustica prueba que pareció alcanzarnos a los dos al mismotiempo y en igual sentido? Lo ignoro. Pero ella se puso muy encarnada ycreció su rubor cuando vio que yo bajaba y me acercaba a ellas. Y cuandomi tía, después de darme un beso, le pasó mi corona invitándola afelicitarme, se desconcertó por completo. No estoy bien seguro de lo queme dijo para atestiguar que experimentaba una gran satisfacción y mefelicitó en los términos que son de uso. Su mano temblaba levemente.

Meparece que trató de decirme: «Estoy orgullosa, mi querido Domingo» o«está bien».

Velaba sus ojos una lágrima; ¿era de interés, de compasión o solamenteefecto de involuntaria conmoción de joven tímida?

¡Quién lo sabe! Muchasveces me lo he preguntado sin lograr concretarlo.

Salimos. Yo arrojé mis coronas en el patio de las aulas antes defranquear la puerta por última vez. Ni siquiera volvía atrás los ojospara romper más pronto con un pasado que me exasperaba.

Y si hubierapodido deshacerme de mis recuerdos del colegio tan de prisa como medespojaba del uniforme, hubiera tenido seguramente en aquel momento, unaincomparable sensación de independencia y de virilidad.

—Y ahora—me preguntó mi tía algunas horas después,—¿qué piensashacer?

—¿Ahora?—le repliqué.—Pues no lo sé.

Y decía verdad, porque la incertidumbre que me dominaba lo abarcabatodo, desde la elección de una carrera, que ella, deseaba que fuesebrillantísima, hasta el empleo de una gran parte de mis afanesardorosos, en algo que ignoraba.

Estaba convencido que Magdalena iría primero a establecerse en Nièvres yluego volvería a París para acabar allí el invierno.

Nosotros debíamostrasladarnos directamente a aquella capital, de modo que ella nosencontraría instalados y trabajando en la forma y modo que eligiéramos,pero bajo la dirección especial de Agustín. Los preparativos de viaje yaquellos prudentes proyectos nos ocuparon una parte de las vacaciones;pero la calidad del trabajo, el fin que debíamos perseguir, aquel vagoprograma cuyo primer artículo aún no estaba formulado, eran puntos porcompleto indefinidos lo mismo para Oliverio que para mí.

Desde el día siguiente al de mi libertad había olvidado completamentemis años de colegio; es la única época de mi vida que me dejó el almafría, el solo recuerdo de mí mismo que no me ha hecho feliz. En cuanto alo futuro, pensaba en París con el confuso recelo que va inherente a lasnecesidades previstas, inevitables, pero poco sonrientes que siempreserán bien conocidas demasiado pronto. Oliverio, con gran sorpresa de miparte, no manifestaba la más leve contrariedad ante la idea de alejarsede Ormessón.

—Ahora—me dijo con mucha calma pocos días antes de nuestrapartida,—ya no tengo nada que me retenga aquí.

¿Tan pronto había agotado todas las alegrías?

IX

Entramos en París de noche. Pero, aunque hubiésemos llegado a otra hora,siempre habría resultado tarde. Llovía y hacía mucho frío.

Al principio sólo vi calles fangosas, aceras mojadas que relucían alresplandor de las luces de las tiendas, el rápido y continuo relampagueode los carruajes cruzándose, salpicándose de lodo, una infinidad deluces chispeantes, como alumbrado sin simetría en largas avenidasformadas de casas negras cuya altura me parecía prodigiosa. Recuerdo queme chocó el olor a gas que denunciaba una ciudad en la cual se vivía denoche lo mismo que de día, y la palidez de los rostros que no parecíansino de enfermos. Reconocí en aquel matiz el de Oliverio, y comprendímejor que antes que tenía distinto origen que yo.

En un momento que abrí mi ventana para oír mejor el rumor extraño queretumbaba en aquella población tan llena de vida abajo y cuyas alturasestaban ya sumidas en la noche, vi pasar por la estrecha calle dosfilas de gentes que llevaban antorchas en las manos, escoltando unahilera de carruajes con relumbrantes linternas, tirados todos por cuatrocaballos que marchaban casi al galope.

—Mira pronto—me dijo Oliverio,—es el rey.

Confusamente vi reflejos de la luz sobre cascos y sobre hojas de sables,y aquel desfile de hombres armados y de caballos herrados, resonóbrevemente sobre el empedrado con eco metálico, perdiéndose luego cadavez con ruido menos perceptible, en la luminosa niebla de las antorchas.

Oliverio observó la dirección que llevaban los carruajes y luego que elúltimo hubo desaparecido, dijo, revelando la satisfacción de un hombreque conoce su París y que al volver lo encuentra igual que siempre:

—Sí, el rey va esta noche a los Italianos.

Y no obstante la lluvia y el frío de la noche, permaneció todavía algúntiempo inclinado sobre aquel hormigueo de desconocidos que pasaban deprisa, renovándose sin cesar y a quienes parecía que interesesapremiantes dirigían en pos de objetos contrarios.

—¿Estás contento?—le pregunté.

Lanzó un poderoso suspiro como si el contacto de aquella vidaextraordinaria

le

hubiera

llenado

súbitamente

de

aspiracionesdesmesuradas y me dijo, sin contestarme:

—¿Y tú?

Luego, sin esperar mi contestación, continuó:

—¡Ah, caramba! Tú miras atrás; no estás en París más que estaba yo enOrmessón. Tu suerte es añorar siempre y no desear nunca. Sería cosa deadoptar tu sistema. Aquí se envía, luego que son mayores, a losmuchachos cuando se desea hacerlos hombres. Tú perteneces a ese número,y no te compadezco: eres rico, no eres un cualquiera... ¡y amas!—añadióbajando la voz lo más posible.

Y con una efusión que jamás había observado en él me estrechó entre susbrazos y añadió:

—¡Hasta mañana, querido amigo, hasta siempre!

Una hora después, el silencio era tan profundo como en el campo. Aquellasuspensión de la vida, el amodorramiento súbito y absoluto de aquellaciudad encerrando un millón de hombres, me asombró más todavía que sutumulto. Hice a la manera de un resumen de los desfallecimientos, delcansancio que representaba aquel gigantesco sueño y fui acometido deverdadero miedo, no por falta de bravura, sino por una especie dedesmayo de la voluntad.

Volví a ver a Agustín con verdadera satisfacción. Al estrechar su manosentí que tenía un punto de apoyo. Parecía viejo, aunque todavía erajoven. Sus pupilas eran más anchas y brillaban más.

Su mano muy blanca yde cutis muy fino, se había purificado y aguzado, por decir así,dedicada exclusivamente al trabajo de manejar la pluma. Al ver su portenadie hubiera podido decir si era rico o pobre. Gastaba ropas muysencillas y las llevaba modestamente, pero con la confianza y eldesahogo que procede de la convicción de que el traje no tieneimportancia.

Acogió a Oliverio, más bien que como a un amigo, como a un mozo a quienes necesario vigilar y respecto del cual conviene esperar antes decolocarle de lleno en la más estrecha intimidad.

Por su parte, Oliverio no se dio más que muy a medias, ya sea porque laenvoltura del hombre le pareció chocante, ya fuese porque advirtió enél, por dentro, la resistencia de una voluntad tan bien templada comola suya, pero formada de metal más puro.

—Había adivinado a su amigo de usted—me dijo Agustín,—

en el ordenfísico y en el moral. Es seductor. No diré que haga ninguna fullería,porque me parece incapaz de indignidad; pero víctimas, en el más altosentido de la palabra, las hará. Es peligroso para los seres más débilesque él y que han nacido bajo la misma estrella.

Cuando le pedí a Oliverio su juicio sobre Agustín, se limitó aresponder:

—Siempre habrá en él algo de preceptor y algo de advenedizo.

Nuncadejará de ser pedante y afanoso, como todos los que no cuentan con másrecursos que la voluntad de llegar y llegan a fuerza de trabajo.Prefiero los dones de talento o de cuna, y no siendo eso no quiero nada.

Más tarde esas dos opiniones se modificaron. Agustín llegó a querer aOliverio, pero sin estimarlo en mucho, y Oliverio tuvo a Agustín enaltísima estima sin llegar a tomarle cariño.

Nuestra vida se regularizó muy pronto. Ocupábamos dos departamentoscontiguos, pero independientes. Nuestra amistad muy estrecha y laindependencia de cada uno debían concordarse perfectamente en aquelorden de cosas. Nuestras costumbres eran las de estudiantes libres aquienes sus aficiones o su posición permiten elegir, instruirse un poco,al azar, y beber en muchas fuentes antes de determinar en cuál de ellasdebe el espíritu sentar sus reales en definitiva.

Pocos días después, Oliverio recibió una carta de su prima, en la cualse nos invitaba a los dos a trasladarnos a Nièvres.

Era una vivienda antigua perdida sobre espesos bosques de castaños y deencinas. Pasé allí una semana de hermosos días fríos y severos, en mediodel monte, casi despojado de hojas, contemplando horizontes que, si nome hicieron olvidar los de Trembles, no me permitieron echarlos demenos, tan hermosos eran, y que parecían destinados, como grandiosocuadro, a contener una existencia más robusta y luchas mucho más serias.

El castillo—cuyas torrecillas descollaban muy poco sobre las viejasencinas que le rodeaban, y que sólo era visible por cortes hechos através del bosque, con su vieja fachada gris, sus altas chimeneascoronadas de humo, sus invernaderos cerrados, sus avenidas alfombradasde hojas muertas,—resumía, en algunos detalles de su aspecto, elcarácter triste de la estación y la melancolía de los lugares.

Era aquélla una existencia nueva para Magdalena, y también para mí habíaalgo muy nuevo en el hecho de verla tan bruscamente colocada encondiciones más vastas, con la libertad de actitudes, la amplitud decostumbres, ese algo indefinible superior y muy imponente que prestan eluso y las responsabilidades que implica el poseer una gran fortuna.

Una persona parecía añorar todavía en el castillo de Nièvres la calle delos Carmelitas: el señor D'Orsel. Cuanto a mí, los lugares nada meimportaban. Un mismo atractivo confundía en aquella época mi presente ymi pasado: entre Magdalena y la condesa De Nièvres no había másdiferencia que entre un amor imposible y un amor culpable, y cuandoabandoné Nièvres, estaba persuadido de que aquel amor nacido en la callede los Carmelitas, sucediera lo que quisiera, allí debía ser enterrado.

Retardada la instalación de la vivienda que el señor De Nièvres sehabía propuesto establecer en París, Magdalena no vino en todo elinvierno.

Sentíase dichosa rodeada de todos los suyos: tenía a Julia y a su padre;menester había cierto espacio de tiempo para pasar sin sacudidas de lamodestia y la regularidad de la vida de provincia a las sorpresas que leesperaban en el gran mundo, y aquella semisoledad de Nièvres era unaespecie de noviciado que estaba muy lejos de desagradarle.

La volví a ver una o dos veces aquel verano, con largos intervalos y porbreves momentos, cobardemente robados al deber que me imponía huir deella.

Había abrigado el propósito de aprovechar aquel alejamiento, muyoportuno para intentar francamente ser heroico y para curarme. Ya eramucho el resistir a las invitaciones que constantemente nos llegaban deNièvres. Aun hice más: procuré no pensar más en ella. Me sumergía en eltrabajo. El ejemplo de Agustín me hubiera causado emulación sinaturalmente no hubiese tenido gusto en ello. París desarrolla eseambiente peculiar de los grandes centros de actividad, sobre todo en elorden de las actividades intelectuales; y, a poco que me mezclara en elmovimiento de los hechos, era lógico que no rehusara vivir en aquellaatmósfera.

En cuanto a la vida de París, tal como Oliverio la entendía, no me hacíailusiones y no la consideraba como un socorro. Un poco contaba con ellapara distraerme, pero de ningún modo para aturdirme y menos aún paraconsolarme. Por otro lado, el campesino persistía en mí y no podíaresolverse a despojarse de sí mismo, porque había cambiado de medio. Malque pese a los que pretenden negar la influencia del terruño, sentía yoque había en mi ser algo local, resistente, que no abandonaría jamás porcompleto; y, si el deseo de aclimatarme se hubiera manifestado en mí,seguro estoy de que los mil vínculos de los orígenes—que no es dabledesarraigar,—me habrían advertido por medio de continuos sufrimientos,que sería la mía tarea inútil. Vivía en París como en una hospedería:era posible que permaneciera mucho tiempo en ella, y hasta que en ellamuriese; pero siempre me consideraría huésped y estaría como de paso.

Sombrío, retirado, sociable sólo con los compañeros de costumbre, enconstante desconfianza de contactos nuevos, evitaba en cuanto era dableese terrible frotamiento de la vida parisiense que pulimenta loscaracteres y los aplana, hasta raerlos. No fui demasiado ciego para loque ella tiene de deslumbrante, no me perturbó lo que ofrece decontradictorio, no me sedujo por lo que ofrece a los apetitos de lajuventud y a las ambiciones de los ingenuos. Para ponerme a cubierto desus asechanzas tenía yo un defecto que equivalía, por sus efectos, a unavirtud, y era el miedo a lo desconocido; y aquel incorregible terror porlos ensayos me prestaba, por decir así, la perspicacia que poseen losexperimentados.

Estaba solo o poco menos, porque Agustín no se pertenecía y desde elprimer momento me di cuenta de que lo que es Oliverio no era hombre parapertenecerme mucho tiempo. En seguida adquirió hábitos que en nadacontrariaban mis costumbres, pero que en nada se parecían a ellas.

Registraba bibliotecas, tiritaba de frío en los severos anfiteatros y memetía por las noches en los gabinetes de lectura en donde los condenadosa morirse de hambre, pintada la fiebre en sus rostros, escribían librosque no habían de darles fama, ni enriquecerlos. Adivinaba en ellosimpotencias, miserias físicas y morales cuya vecindad no me confortabapor cierto. Salía de aquellos lugares afligido. Me encerraba en mi casa,abría otros libros y velaba. Así sentí pasar bajo mis ventanas lasfiestas nocturnas de Carnaval. Algunas veces, en plena noche, Oliveriollamaba a mi puerta. En seguida reconocía yo el golpe seco del puño deoro de su bastón. Me hallaba sentado a mi mesa de trabajo, me estrechabala mano y ganaba su cuarto tarareando algún fragmento de ópera. Al otrodía volvía a empezar sin ostentación, ingenuamente convencido de que eraexcelente aquel austero régimen de vida.

Al cabo de algunos meses ya no podía más. Mis esfuerzos estaban agotadosy como un edificio levantado por milagro, una mañana, al despertar,sentí que mi valor se derrumbaba. Pretendí recordar una idea perseguidael día antes: ¡imposible!

Vanamente me repetía ciertas frases dedisciplina que me aguijoneaban alguna vez, como se estimula a loscaballos de tiro que se plantan.

Había llegado el verano. En las calles brillaba un hermoso sol.

Losvencejos volaban satisfechos alrededor de un agudo campanario que desdemi ventana se distinguía. Sin vacilar un instante y sin reflexionar queiba a perder en un momento el beneficio de tantos meses de prudencia,escribí a Magdalena. Lo que le decía era insignificante. Los brevesbilletes que de ella recibiera en varias ocasiones, habían determinado,de una vez para siempre, el tono de nuestra correspondencia. No puse enaquél ni más ni menos y sin embargo, expedida la carta, esperé larespuesta como un acontecimiento.

Hay en París un gran jardín hecho para los aburridos: hállanse en élrelativa soledad, árboles, verde césped, floridas platabandas, alamedassombrías y una turba de pajarillos que parecen estar allí tan a suplacer como en pleno campo. A ese jardín fui y por él erré todo el restodel día, asombrado de haber sacudido mi yugo y más admirado todavía dela extremada intensidad de un recuerdo que había creído de buena fe queestaba adormecido. Poco a poco, como una hoguera que se reanima, sentíen todo mi ser aquel ardoroso despertar.