Fiebre de Amor (Dominique) by Eugène Fromentin - HTML preview

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Eraentusiasta de la caza y de los caballos, y después de haber adorado losviajes no viajaba ya. Parisiense por adopción, casi por nacimiento, unbuen día se supo que había abandonado París sin que nadie fuera capaz dedeterminar la causa de aquella retirada, y que había ido a encerrarse ensu castillo de Orsel absolutamente solo.

Su vida era verdaderamente extraña. Como en un lugar de refugio y deolvido dejándose ver muy poco, no recibiendo a nadie, no se explicaba suconducta más que por causa de desesperación, puesto que se trataba de unhombre todavía joven, rico, en quien era razonable suponer, si nograndes pasiones, a lo menos vivos ardores de carácter muy diverso. Pocoinstruido, aunque

había

adquirido

de

oídas

cierto

grado

de

culturaintelectual, manifestaba altivo menosprecio por los libros y profundaconmiseración por aquellos que a escribirlos se consagraban. ¡Para quéeso! Después de todo la existencia es sobradamente corta y no merece lapena de tomarse tantas preocupaciones... Y sostenía con más ingenio quelógica la tesis vulgar de los descorazonados, por más que nadajustificara el que se considerase uno de ellos. Lo que había de mássensible en aquel carácter—un poco difuso, como si estuviera cubiertode una capa de polvo de soledad, y cuyos rasgos originales comenzaban adesgastarse,—era una especie de pasión indecisa y no extinguida almismo tiempo, por el gran lujo, los grandes placeres y las vanidadesartificiales de la vida. Y la hipocondría fría y elegante que dominabatodo su ser demostraba que si algo subsistía después del desaliento antetales ambiciones tan vulgares, era el disgusto de sí mismo y al propiotiempo el excesivo apego al bienestar.

En Trembles siempre era recibido con mucho cariño, y Domingo leperdonaba la mayor parte de sus rarezas en gracia a la vieja amistad queles unía, y en la cual D'Orsel ponía, por cierto, todo lo que le quedabade corazón.

Durante los pocos días que pasó en Trembles, tal como sabía ser ensociedad, es decir, un compañero amable de agradabilísima conversación yaparte, alguna que otra salida de la ordinaria reserva, nada revelóhasta qué punto el fastidio dominaba en su espíritu.

La señora de Bray se había impuesto la tarea de casarlo: quiméricaempresa, pues nada era más difícil que llevarle a discutirrazonablemente sobre tales ideas. Su respuesta ordinaria era que yahabía pasado la edad en que uno se casa por inclinación, y que elmatrimonio, como todos los actos capitales y peligrosos de la vida,reclama un gran impulso de entusiasmo.

—Es el más aleatorio de los juegos—decía,—que sólo tiene excusa porel valor, el número, el ardor y la sinceridad de las ilusiones que en élse ponen y que no resulta divertido más que cuando de una y otra partese juega fuerte.

Y como causaba asombro verle encerrarse en Orsel abandonado a unainacción de la cual se lamentaban sus amigos, a esta observación, que noera nueva, replicaba:

—Cada uno procede según sus fuerzas.

Alguien dijo:

—Eso es prudencia.

—Puede ser—repuso D'Orsel.—En todo caso, nadie podría decir que seauna locura vivir tranquilamente en una finca propia y encontrarse agusto.

—Eso depende...—dijo la señora de Bray.

—¿De qué, señora?

—De la opinión que se tiene sobre los méritos de la soledad y sobretodo de la mayor o menor importancia que uno da a la familia—añadíaella mirando involuntariamente a sus hijos y a su marido.

—Ha de tenerse en cuenta—interrumpió Domingo,—que mi mujer consideracierta costumbre social, con frecuencia discutida por hombres de talentosuperior, como un caso de conciencia y un acto obligatorio. Pretende queel hombre no es libre e incurre en culpa cuando no procura labrar ladicha de alguien pudiendo hacerlo.

—Entonces, ¿nunca se casará usted?—insistió la señora de Bray.

—Es lo más probable—dijo D'Orsel en tono mucho más serio.—Son tantaslas cosas que he debido hacer y no he hecho, con menos riesgos paraotros y menos temores de mi parte...

¡Arriesgar la propia existencia novale nada; comprometer la libertad es algo más grave; pero casarse y serárbitro de la libertad y de la dicha de una mujer!... Hace ya muchosaños reflexioné sobre ese asunto y la conclusión fue que me abstendría.

La tarde misma en que mantuvo esta conversación, D'Orsel partió deTrembles a caballo y acompañado de un sirviente. La noche fue clara yfría.

—¡Pobre Oliverio!—murmuró Domingo luego que le vio alejarse al galopecorto de su caballo con dirección a Orsel.

Pocos días después llegó del castillo un correo que venía a escape ytraía para Domingo una carta enlutada, cuya lectura le anonadó a pesardel gran dominio que tenía sobre sí mismo en materia de emociones.

Oliverio había sido víctima de un grave accidente. ¿De qué clase? No loexpresaba la carta, o Domingo tenía sus razones para no explicarlo másque a medias.

Sin perder momento mandó enganchar su carruaje, hizo venir al doctorrogándole que le acompañara, y aún no había pasado una hora desde lallegada del mensajero de la triste nueva, cuando de Bray y el médicopartieron a toda prisa camino del castillo de Orsel.

Tardaron varios días en volver; ya a mediados de noviembre y de nocheregresaron. El doctor, que fue el primero que me dio noticias delenfermo, se encerró en la más absoluta reserva como cumple a los hombresde su profesión. Sólo pude saber que la vida de Oliverio ya no corríapeligro, que se había ausentado, que su convalecencia sería larga yexigiría su permanencia en país de clima cálido. Añadió el médico que elaccidente sufrido por D'Orsel acarreaba el resultado de arrancar alincorregible solitario del espantoso aislamiento que se había impuestoen su castillo haciéndole cambiar de residencia, de aires y acaso decostumbres.

Encontré a Domingo muy abatido y la más viva expresión de pena se pintóen su rostro cuando me permití dirigirle algunas preguntas acerca de lasalud de su amigo.

—Creo inútil engañarle a usted—me dijo.—Tarde o temprano seráconocida la verdad de una catástrofe muy fácil de prever y,desgraciadamente, inevitable.

Y me entregó la carta misma de Oliverio.

«Orsel noviembre de 18...

»Mi querido Domingo: Es verdaderamente un muerto quien te escribe. Mivida no servía para nadie—demasiado me lo han repetido,—y no podíamenos de humillar a todos los que me aman. Es tiempo de acabar por mímismo. Esta idea, que no data de ayer, volvió a mi mente el otro día alsepararme de ti. La maduré por el camino, la encontré razonable, sininconvenientes para ninguno, y el regreso a mi vivienda, de noche y enuna tierra que tú conoces, no era, por cierto, distracción capaz dehacerme cambiar de propósito. Me faltó habilidad y sólo he logradodesfigurarme. No importa: he matado a Oliverio y ya le llegará su horaa lo poco que queda de él. Me marcho de Orsel y no volveré más. Nuncaolvidaré que has sido, no mi mejor amigo, el único amigo. Eres la excusade mi vida. Atestiguaros por ella. Adiós, sé feliz, y si alguna vezhablas a tu hijo de mí, sea para que a mí no se parezca.

»OLIVERIO.»

Hacia mediodía comenzó a llover. Domingo se retiró a su gabinete y yo leseguí. Aquella semimuerte de un compañero de la juventud, del únicoantiguo amigo que le conocí, había reanimado amargamente ciertosrecuerdos que sólo esperaban una circunstancia propicia para esparcirse.Yo no le pedí confidencias; fue él quien me las ofreció. Y como si nohiciera más que traducir en palabras las memorias cifradas que tenía ala vista, me refirió sin disfraces, pero no sin emoción, la historiasiguiente:

III

Lo que de mí tengo que decirle es poca cosa, y podría reducirse aalgunas palabras nada más: un campesino que se aleja un momento de sualdea, un escritor descontento de sí mismo que renuncia a la manía deescribir; y el techo de la casa nativa destacándose sobre el comienzo yel final de su historia.

El prosaico desenlace que usted conoce, es lomejor que resultará de mi historia en cuanto a moralidad y quizás lo másnovelesco como aventura. Lo demás no es instructivo para nadie, y sólosabría conmover mis recuerdos. No he tratado de hacer misterio, créame,pero hablo de ello lo menos posible por razones particulares que en nadase parecen al deseo de hacerme más interesante que lo que soy enrealidad.

Varias personas están mezcladas en los hechos que voy a referirle: unaes un amigo muy antiguo—difícil de definir y todavía más difícil dejuzgar sin amargura,—del cual acaba usted de leer la carta de despediday de luto. Jamás se explicó acerca de una existencia que no pudoagradarle. Mezclarle en estas confidencias es casi rehabilitarle. Otra,no tengo porque referirme a ella poniendo discreción en mis palabras;figura en situaciones que hacen de él un hombre público; o le conoceusted o probablemente llegará a conocerle, y no creo disminuir en lo másmínimo sus méritos revelándole a usted la modestia de su linaje. Encuanto a la tercera persona, cuyo contacto ejerció vivísima influenciaen mi juventud, está colocada ahora en condiciones de seguridad, dedicha y de olvido capaces de imposibilitar toda comparación entre losrecuerdos del que de ella le hablará y los suyos.

Puede decirse que no tuve familia; menester ha sido que mis hijos medieran medios para apreciar la dulzura, la firmeza que caracterizan alos vínculos que me faltaron cuando yo era niño como ellos. Mi madreapenas tuvo fuerzas para amamantarme y murió. Mi padre vivió algunosaños más que ella; pero en tan mísero estado de salud, que dejé desentir el influjo de su presencia muchos años antes de perderle. Sumuerte es un hecho que para mí se produjo en puridad mucho antes de sufallecimiento. Realmente, pues, no conocí a la una ni al otro, y el díaque me quedé solo llevando luto por mi padre, no aprecié ningún cambioque me hiciera sufrir. La palabra huérfano, que oía repetir en tornomío, como expresión de desventura, tenía para mí un sentido muy vago:viendo que las personas dedicadas a mi servicio me compadecían,llorando, me daba cuenta de que era digno de compasión, pero nada más.

En medio de aquellas buenas gentes crecí vigilado de lejos por unahermana de mi padre, la señora Ceyssac, que no vino a establecerse enTrembles, hasta que el cuidado de mi fortuna y de mi educaciónreclamaron decididamente su presencia.

Encontró en mi un niño salvaje,inculto, en plena ignorancia, fácil de someter, difícil de convencer,vagabundo en toda la extensión de la palabra, sin la menor idea dedisciplina y de trabajo y que se quedó con la boca abierta la primeravez que le hablaron de estudio y empleo del tiempo, asombrado ante laidea de que la vida no estuviera reducida al hecho de corretear de acápara allá por el campo. Hasta entonces no había hecho yo nada más queeso. Los únicos recuerdos que me quedaban de la existencia de mi padreeran éstos: en los escasos momentos en que le daba un poco de reposo laenfermedad que le consumía, salía, ganaba a pie el muro exterior delparque y se paseaba horas y horas tomando el sol, marchando penosamenteapoyado en un grueso bastón, dándome la impresión de la ancianidaddecrépita.

Entretanto corría yo por el campo entretenido en tender lazosa los pájaros. No habiendo recibido otras lecciones, creía yo imitar,poco más o menos exactamente, lo que había visto hacer a mi padre. Miscamaradas eran todos hijos de campesinos de la vecindad o muy perezosospara ir a la escuela o demasiado pequeños para trabajar la tierra, ytodos ellos me animaban con su ejemplo a vivir sin preocuparme lo másmínimo del porvenir.

La educación que me resultaba agradable, la solaenseñanza que no me impulsaba a rebelarme, y fíjese usted bien, lo únicoque debía dar frutos durables y positivos me venía de ellos. Llegaba amí confusamente, por rutina, el conocimiento de esa porción de hechos ypequeñeces que constituyen la ciencia y el encanto de la vida campesina;y para aprovechar tales enseñanzas poseía yo todas las aptitudesdeseables: salud robusta, ojos de aldeano, es decir, una vistaadmirable, el oído acostumbrado desde muy temprano a percibir losruidos más leves, piernas infatigables, y con todo esto gran afición alas cosas que suceden al aire libre, que se observan, que se escuchan,poco gusto por lo que se lee y una curiosidad insaciable por lo que serefiere: las historias maravillosas contenidas en libros me interesabanmucho menos que las consejas y ponía las supersticiones locales muy porencima de los cuentos de hadas.

A los diez años me parecía a todos los chicos de Villanueva: sabía tantocomo cualquiera de ellos, y algo menos que sus padres; pero entre ellosy yo había una diferencia imperceptible entonces, que se determinó depronto más adelante: la existencia y los hechos que nos eran comunes mecausaban sensaciones que ellos no sentían. Así, es evidente para mí,cuando me acuerdo, que el placer de poner trampas tendidas a lo largo delas enramadas, de espiar a los pájaros, no era lo que más me cautivabaen la caza; y lo prueba que el único testimonio un poco vivo que mequeda de aquellas emboscadas continuas es la visión neta de ciertoslugares, la noción exacta de la hora y de la estación y hasta lapercepción de ciertos ruidos. Acaso juzgue usted demasiado pueril el queme acuerde de que, hace treinta y cinco años, un día que levantaba mistrampas en un terreno recientemente labrado, hacía este o el otrotiempo, que las tórtolas de septiembre cruzaban con un batir de alas muysonoro, y que en torno del llano los molinos de viento esperaban con lasaspas desnudas el viento que no llegaba. No sabría decir yo, cómo es queuna particularidad de tan nimio valor pudo fijarse en mi memoria con ladata precisa del año y hasta del día, hasta el punto de hallar su lugaren este instante en la conversación de un hombre más que maduro ya; y alcitar este hecho—como podría hacerlo con otros muchos,—sólo mepropongo hacerle notar a usted que algo se desprendía ya de mi vidaexterna y se formaba en mí cierta memoria especial muy poco sensible ala impresión de los hechos, pero de singular aptitud para fijar elrecuerdo de las sensaciones.

Lo que había de más positivo—sobre todo para quienes mi porvenirhubiera podido ser objeto de atención,—es que aquella manera de vivirmal llamada sana y vigorizadora, constituía una pésima forma deeducación.

Por muy despreocupado que yo fuese, tuteándome y codeándome concamaradas de aldea, en el fondo estaba solo: porque era solo de mi raza,solo de mi rango, y en desacuerdo, por múltiples conceptos, con elporvenir que me esperaba.

Me ligaba a gentes que podían ser mis servidores, no mis amigos; mearraigaba sin advertirlo, sabe Dios con qué resistentes fibras, enlugares que habría de abandonar lo más pronto posible; adquiría, en fin,costumbres que no conducirían más que a hacer de mí la persona ambiguaque usted conocerá más adelante, mitad campesino y mitad dilettante,tan pronto lo uno como lo otro, y muchas veces uno y otro sin que jamásninguno de los dos prevaleciera. Mi ignorancia, como queda dicho, eraextrema: mi tía se dio cuenta de ello y se apresuró a traer a Tremblesun preceptor, joven maestro del colegio de Ormessón. Era un espíritubien conformado: sencillo, discreto, preciso, nutrido de lecturas,teniendo una opinión sobre todas las cosas, dispuesto a proceder, peronunca antes de haber discutido los motivos de sus actos, muy práctico ypor fuerza muy ambicioso. A nadie como a él he visto entrar en la vidacon menos ideal y más sangre fría, ni apreciar su destino con visualmás firme contando con menos recursos. Tenía la mirada franca, el gestolibre, la palabra neta; y exactamente el atractivo, el tipo y el talentoque son necesarios para deslizarse insensiblemente en las masas eimponerse. Un carácter semejante, en oposición absoluta con el mío, erael más apropiado para hacerme sufrir; pero debo añadir que, además deser realmente bueno, poseía una rectitud de espíritu a toda prueba.Aparentaba más de treinta años, aunque sólo contaba veinticuatro, y sellamaba Agustín, nombre que usaré para designarlo, hasta nueva orden.

Tan pronto como se instaló entre nosotros cambió mi vida, en el sentidoa lo menos de que de ella hicieron dos partes. No renuncié a lascostumbres adquiridas, pero me fueron impuestas otras. Tuve libros,cuadernos de estudio, horas de trabajo; con eso se acrecentó mi aficióna las distracciones permitidas en los intervalos dedicados al recreo, ylo que bien puedo llamar mi pasión por el campo aumentó con la necesidadde diversiones.

La casa de Trembles era entonces igual que usted la ve. ¿Más alegre omás triste?... Los niños tienen la predisposición a alegrar yengrandecer lo que les rodea en términos que más tarde todo seempequeñece y se torna triste sin causa aparente y tan sólo porque elpunto de mira no es el mismo. Andrés—a quien usted conoce y que no hasalido de la casa desde hace sesenta años, me ha repetido muchas vecesque entonces todo sucedía poco más o menos como ahora. La manía quecontraje muy temprano de escribir mis iniciales y de estampar sellosconmemorativos por cualquier cosa, podría servirme para rectificar misrecuerdos si ellos no fueran completos e infalibles. En algunosmomentos, como usted comprenderá, los largos años que me separan de laépoca de que estoy hablando desaparecen, olvido que he vivido después,que el tiempo y las circunstancias me han impuesto cuidados más graves,han creado causas diferentes de alegría y de tristeza y establecidorazones de enternecimiento mucho más serias: es como una antigua trampaen que se cae de nuevo, y permítame usted esta imagen en gracia a queestá un poco más conforme con lo que siento; como una vieja llaga yacompletamente curada, pero sensible, que de pronto se reanima, y altocarla duele y hace gritar. Imagine usted que antes de ingresar en elcolegio, al que fui más tarde, ni un solo día dejé de ver aquelcampanario que se distingue allá lejos, viviendo en los mismos lugares yobservando las mismas costumbres, y comprenderá que al encontrar hoy lascosas de entonces en igual ser y estado que las conocí y las amé, sigaamándolas. Sepa usted que ni uno solo de los recuerdos de aquella épocase ha borrado—diré más aún,—ninguno de ellos se ha debilitado y no lecausará asombro el que divague hablándole de reminiscencias que tienenel poder de rejuvenecerme al punto de volverme niño.

Hay nombres delugares especialmente, que nunca he podido pronunciar a sangre fría, yel de Trembles es uno de ellos.

Aun conociendo usted estos lugares tan bien como yo, es dificilísimo quellegue a comprender hasta qué punto yo los hallaba deliciosos: todos loeran para mí, hasta el jardín que, ya lo ve usted, es bien modesto.Había en él árboles, cosa rara en todo el contorno, y muchos pájaros enellos, porque el arbolado los atrae y no los podrían hallar en otraparte; había también en él, orden y desorden, paseos enarenados queconducían a las verjas de entrada y que halagaban cierto afán quesiempre tuve por los sitios en que puede uno discurrir con ciertoaparato; paseos en los cuales las damas de otra época habrían podidodesplegar sus vestidos de ceremonia; oscuros rincones, bosquecilloshúmedos, apenas penetrados por el sol, en los cuales todo el año crecíael verdoso césped sobre la tierra esponjosa, lugares solitariosvisitados sólo por mí, que ofrecían cierto aspecto de vejez y deabandono y estaban llenos de recuerdos. Gustábame sentarme en losmacizos que limitan las sendas e informarme de la edad de los arbustosque los poblaban, todos muy viejos; tanto, que aseguraba Andrés que nimi padre, ni mi abuelo, ni mi bisabuelo los habían visto plantar. Porlas tardes, desde lo alto de la casa contemplaba el jardín; en el ángulodel parque los almendros, los primeros árboles cuyas hojas arrancaba elviento de septiembre, formando raro transparente sobre el fondollameante del cielo teñido por los rojos destellos del sol poniente. Enel parque había muchos árboles blancos, los fresnos y los laureles enlos cuales habitaba una multitud de zorzales y de mirlos durante todo elotoño; y más lejos se destacaba un grupo de añosas encinas—el árbol quese despoja el último y reverdece el primero; que hasta en diciembreconservaba su rojiza hojarasca, cuando todo el bosque parecía muerto;que asilaba en sus nidos a las urracas y ofrecía elevado lugar de reposoa las aves de alto vuelo; en cuyas ramas se posaban los primeros cuervosque el invierno atraía al país.

Cada estación nos traía sus huéspedes y cada uno de ellos elegía el másadecuado alojamiento: los pájaros de primavera en los árboles en flor;los de otoño un poco más alto; los del invierno en la espesura, en losgrupos de árboles de hoja perenne, en las encinas y en los laureles.Algunas veces, en pleno invierno, por la mañana, un ave más rara volabaen algún rincón muy solitario del bosque; su vuelo era ruidoso, torpe,pero rápido; era una chocha-perdiz llegada por la noche; subía chocandolas alas con las ramas desnudas de los árboles y se deslizaba entreellos; apenas se le veía un momento, el tiempo preciso para mostrar supico largo y recto. Después ya no se volvía a encontrarla hasta el añosiguiente por la misma época y en el sitio mismo, al punto que parecíaser el mismo emigrante que retornaba.

Las tórtolas llegaban en mayo, al mismo tiempo que las abubillas ocucos. En las noches serenas y tibias oíase su arrullo, suave y lento,cuando en el aire había un hálito de juventud que parecía exhalarse dela activa expansión de la savia nueva. En las profundidades de laespesura, sobre el límite del jardín, en los cerezos blancos, en lasalheñas en flor, en los tilos cargados de aromosos ramos, toda lanoche—durante aquellas largas noches en que yo dormía poco, cuandobrillaba la luna o a veces caía la lluvia, lenta, caliente, silenciosa,como lágrimas de gozo,—para mi delicia y mi tormento gorjeaban o no losruiseñores. Callaban si el tiempo era triste; y si brillaba el solrecomenzaban sus trinos prometiendo el próximo verano. Después de lacría ya no se les oía. Y muchas veces, a fines de junio, cuando el solabrasaba, en la espesura del bosque solía encontrar un pajarito mudo, decolor oscuro, azorado, que erraba sólo revoloteando de rama en rama: erala avecilla de primavera que nos abandonaba.

En la campiña, los prados, próximos a madurar, amarilleaban; lossarmientos más viejos crepitaban; las viñas mostraban sus primerosbotones. Las mieses, aun verdes, se extendían a lo lejos por todo elllano, ondulantes, teñidas de amaranto y de rojo. Un mundo sin fin deinsectos, de mariposas, de pájaros se agitaba, se multiplicaba bajoaquel sol de junio en indescriptible expansión de vida. Las golondrinassurcaban el aire, y por las noches, cuando los vencejos cesaban deperseguirse lanzando agudos chillidos, salían los murciélagos, y aquelraro enjambre que parecía resucitado en las cálidas noches, comenzaba suincierto revoloteo en derredor de las viviendas. Desde que comenzaba larecolección del heno la vida del campo era de constante fiesta.

Era elprimer trabajo colectivo que obligaba a reunirse en el mismo sitionumerosos grupos de trabajadores.

Estaba yo presente cuando se guadañaban los prados, cuando se hacinabael heno, y gozaba dejándome llevar sobre alguna carreta que regresaba alpoblado. Tendido en lo más alto de la enorme carga como niño en un granlecho, mecido por el dulce movimiento del vehículo rodando sobre lahierba cortada, miraba desde más alto que de ordinario un horizonte queme parecía infinito. Veía el mar extendiéndose hasta perderse de vista,por encima de la línea verdosa de los campos cultivados; los pájarospasaban volando más cerca de mí; experimentaba la sensación de unambiente más amplio, de una extensión más vasta que me hacía perder porun momento la noción de la vida real.

Apenas recolectados los forrajes comenzaban a amarillear los trigos. Yse reproducían el mismo trabajo, igual movimiento en estación máscálida, bajo sol más vivo, con alternativas de fuertes vientos o calmaatmosférica que producía jornadas de espantoso calor y noches comoauroras, precursoras de días de tormenta en que el ambiente, cargado deirritante electricidad, reaccionaba

aparatosamente.

Menos

embriaguez

ymás

abundancia: haces de mies cayendo sobre la tierra cansada deproducir y consumida por el sol: he ahí el verano. El otoño de nuestropaís ya lo conoce usted; es la estación bendita. Después el invierno; elcírculo del año cerrándose sobre él. Entonces habitaba más en mi cuarto;mis ojos, siempre despiertos, se ejercitaban en penetrar las nieblas dediciembre y las tupidas cortinas de lluvia que cubrían la campiña de unlato más sombrío que la escarcha.

Cuando los árboles quedaban del todo despojados de sus hojas abarcaba yomejor la extensión del parque. Nada lo engrandecía tanto como la brumainvernal cubriendo de un velo azulado la lejanía y falseando la nociónexacta de la distancia. Ninguno o muy escaso ruido, pero cada nota másperceptible; por la noche, sobre todo, extrema sonoridad en el aire. Elcanto de un pinzón se prolongaba infinitamente en las alamedas desiertasy mudas, sin obstáculos a la vibración, embebidas de aire húmedo ypenetradas de silencio. El recogimiento que caía entonces sobre Tremblesera inexplicable; durante cuatro meses de invierno condensaba,concentraba, grababa con caracteres indelebles en mi espíritu aquelmundo alado, sutil, de visiones y de dones, de ruido y de imágenes quehabía vivido durante los otros ocho meses del año con una actividad quetanto asemejaba a un ensueño.

Entonces se apoderaba Agustín de mí. La estación le ayudaba: en ella lepertenecía casi del todo y expiaba lo mejor posible el largo olvido detantos días sin empleo. Pero, ¿también sin provecho?...

Muy poco sensible a las cosas que nos rodeaban, mientras su discípuloestaba a tal punto absorbido en ellas; bastante indiferente al curso delas estaciones para equivocarse de mes como podía tergiversar la hora;invulnerable a tantas sensaciones de las cuales estaba yo acribillado,deliciosamente herido en todo mi ser; frío, metódico y tan correcto yregular de humor como era desigual el mío, Agustín vivía a mi lado sinpreocuparse de lo que pasaba en mí ni sospecharlo siquiera. Salía poco,raras veces abandonaba su habitación en la cual trabajaba desde lamañana a la noche y sólo se permitía reposo en las noches de estío queno se velaba y porque le faltaba la luz del día. Leía, tomaba notas; porespacio de meses y meses le veía yo escribir en prosa y las más vecesmuchas cosillas en diálogo. Un calendario le servía para elegir seriesde nombres propios. Los estampaba en forma de lista con anotaciones; lesasignaba una edad, señalaba los rasgos fisonómicos de cada uno, sucarácter, alguna originalidad, una rareza, algo ridículo. Era elpersonal imaginado para los dramas o las comedias. Escribía muy deprisa, con una caligrafía simétrica, muy clara, y parecía dictarse losescritos a media voz.

Algunas veces, cuando una observación más agudasurgía de la pluma, sonreía; y después de un párrafo largo y compacto enel cual alguno de sus personajes había hablado largo y tendido,reflexionaba un instante, como si tomara aliento, y oíale yo murmurar:«Vamos a ver, ¿qué replicamos?» Y cuando le venía el deseo de hacerconfidencias, me llamaba y me decía:

«Oiga esto, señorito Domingo.»Raras veces llegaba a comprenderle. ¿Cómo era posible que me interesarapor asuntos de personas a quienes no conocía, a las cuales jamás habíavisto?

Todas aquellas complicaciones de diversas existencias tan perfectamenteextrañas a la mía, me parecía que pertenecían a una sociedad imaginariaen la cual maldito si deseaba penetrar.

—Ya lo comprenderá usted más tarde—decía Agustín.

Bien se me alcanzaba que lo que tanto deleite encerraba para mi jovenpreceptor, era el espectáculo del juego de la vida, el mecanismo de lossentimientos, el conflicto de intereses, de ambiciones, de vicios; pero,lo repito, para mí era indiferente que el mundo fuese como un grantablero de ajedrez—según decía Agustín,—que la vida fuese una partidamejor o peor jugada y que hubiese reglas para ese juego.

Con frecuencia Agustín escribía cartas y las recibía, muchas timbradasen París. Estas eran las que abría con más prisa y leía con mayorinterés, animado el rostro por la emoción—él que de ordinario semostraba tan discreto,—y la llegada de aquellas cartas estaba siempreseguida por cierto abatimiento que sólo duraba algunas horas o por unaanimación y una verbosidad extraordinaria que persistía por muchassemanas.

Una o dos veces le vi hacer un paquete de ciertos papeles, encerrarlo enun sobre con dirección a París y entregarlo con especial recomendaciónal encargado del correo en Villanueva.

Luego notábase que esperaba confebril ansiedad una respuesta que no llegaba siempre, por lo visto.Después, otra vez comenzaba a llenar cuartillas, como un roturador quepasa de uno a otro surco. Se levantaba muy temprano, y se apresuraba aemprender el trabajo como si alguien le obligara o hubiese tomado undestajo, se acostaba muy tarde y jamás se acercaba a la ventana paraaveriguar si llovía o hacía sol; seguro estoy de que se marchó deTrembles ignorando que en las torrecillas había veletas, sin cesaragitadas, que señalaban los cambios de dirección del viento y laalternada vuelta de ciertas influencias atmosféricas.

—¿Qué le importa a usted eso?—solía decirme cuando veía que mepreocupaba del viento.

Gracias a una prodigiosa actividad por la cual no se afectaba su salud yque parecía ser su natural elemento, a todo proveía: a su trabajo y almío. Me sumergía en el estudio, me obligaba a leer y releer los libros,me exigía interpretar, analizar, copiar, y no me dejaba salir al airelibre más que cuando advertía que estaba aturdido por causa de aquellaviolenta inmersión en un mar de palabras.

Bajo su dirección y su cuidado aprendí rápidamente—y en verdad singrandes fatigas—todo lo que debe saber un niño cuyo porvenir todavía noestá definido, pero de quien se pretende hacer, por lo pronto, uncolegial. Su propósito era abreviar los años de colegio preparándome lomás de prisa posible para los estudios superiores.

Así pasaron cuatro años, al cabo de los cuales consideró que estaba yaen condiciones de abordar la segunda enseñanza, y con inconcebibleespanto veía yo acercarse el instante de abandonar mi casa de Trembles.

Jamás olvidaré los días que precedieron a mi próxima partida: fue comoun acceso de sentimentalismo enfermizo, sin la más leve apariencia derazonamiento, tanto, que una verdadera desventura no lo hubieseocasionado más vivamente. Había llegado el otoño y todo lo que merodeaba concurría a determinar aquel estado de mi alma. Un solo detallele dará a usted idea de esto.

Agustín me había impuesto como prueba definitiva de mi preparación, unacomposición latina sobre el tema de la partida de Aníbal cuandoabandonó Italia. Bajé a la terraza sombreada por las parras, y al airelibre, sobre el parapeto mismo que bordea el jardín, me puse a escribir.

Aquel tema formaba parte del escaso número de hechos históricos que meinteresaban y, por excepción, era de todos ellos el que tenía la virtudde conmoverme profundamente. La batalla de Zama me había siempre causadola más personal emoción como catástrofe en la cual veía yo tan sólo elheroísmo sin preocuparme del derecho. Me acordaba de todo lo que habíaleído, trataba de representarme al hombre detenido por la fortunaadversa, a su país cediendo más bien a fatalidades de raza que no acontrastes militares, descendiendo a la costa, no abandonándole sinpena, lanzándole un postrer adiós de desesperación y de reto, y bien quemal trataba de expresar lo que me parecía ser la verdad, sino histórica,lírica al menos.

La piedra que me servía de pupitre estaba tibia; los lagartos sepaseaban casi al alcance de mi mano tomando el sol. Los árboles, que yano eran del todo verdes, el día menos caluroso, las sombras másdilatadas, el ambiente tranquilo, todo hablaba con el encanto del otoño,época de declinación, de desfallecimiento y de odios. Los pámpanosamarillentos caían uno a uno sin que el más leve soplo de viento agitaralos sarmientos. El parque estaba silencioso. Los pajarillos cantaban conun acento que me llegaba hasta lo más hondo del corazón.

Una conmociónprofundísima, indescribible, indominable me dominaba como ola próxima aromper, extraña mezcla de amargura y de satisfacción íntima. CuandoAgustín bajó a la terraza hallome llorando.

—¿Qué tiene usted?—me dijo.—¿Es Aníbal quien le hace llorar?

Por toda respuesta le presenté las páginas que había escrito.

Me miró con cierta sorpresa, se aseguró de que nada había en torno denosotros que pudiera explicar el efecto de tan gran emoción, lanzó unamirada rápida y distraída sobre el parque, el jardín, el cielo, yañadió:

—Pero, ¿qué le pasa a usted?...

Después se puso a leer mi trabajo.

—Está bien—me dijo luego que hubo leído la composición;—

pero es unpoco insípido. Puede usted hacer algo mucho mejor, aunque este escritole colocaría a usted en un buen rango de cualquier clase de ciertaimportancia. Aníbal experimentó demasiada pesadumbre; no tuvo bastanteconfianza en el pueblo que le esperaba en armas al otro lado del mar.Adivinaba el contraste de Zama—me dirá usted.—Pero su derrota no sedebió a su impericia. Habría ganado la batalla si hubiese tenido el sola la espalda. Por otra parte le quedaba Antiocus; y después de Prusiastraidor, el veneno. Nada está perdido para un hombre en tanto que no hadicho su última palabra.

Llevaba en la mano, abierta ya, una carta de París que hacía pocosminutos había recibido. Estaba más animado que de ordinario; ciertaexcitación fuerte, alegre, resuelta, brillaba en sus ojos, cuyo mirarera siempre muy directo, pero que por lo común se iluminaba poco.

—Mi querido Domingo—continuó, paseando a mi lado por laterraza,—tengo que participarle a usted una buena noticia, una noticiaque le será grata, creo, porque sé la amistad que me profesa. El día queusted entre en el colegio partiré yo a París.

Hace largo tiempo hevenido preparándome. Todo está ya dispuesto para asegurar la vida queallí he de llevar. Soy esperado. He aquí la prueba.

Y así diciendo me mostró la carta.

—El éxito sólo depende de un pequeño esfuerzo y los he hecho másgrandes por cierto. Usted que me ha visto trabajar lo puede decir bien.Escúcheme, mi querido Domingo; dentro de tres días será usted un alumnode segunda enseñanza, es decir, algo menos que un hombre y mucho más queun niño. La edad es lo de menos. Usted tiene diez y seis años; pero, siusted quiere, dentro de seis meses puede contar diez y ocho. Abandoneusted Trembles y olvídelo. No lo recuerde hasta más tarde, cuando setrate de arreglar las cuentas de su fortuna. El campo no es para usted;su aislamiento le mataría. Mira usted siempre o demasiado alto odemasiado bajo: en lo demasiado alto está lo imposible y en lo demasiadobajo las hojas secas. La vida no es así; mire siempre adelante y a laaltura de sus ojos y la verá tal cual es. Es usted muy inteligente,tiene un buen patrimonio y un nombre que le abona; con semejante lote ensu ajuar del colegio se llega a todo. Un último consejo: espere no sermuy feliz durante los años de estudio. Cuente usted que la sumisión anada compromete en lo porvenir y que la disciplina impuesta no es nadacuando se tiene el buen sentido de imponerla por sí mismo.

No cuenteusted demasiado con las amistades de colegio, a menos que tenga ustedlibertad para elegirlas; y en cuanto a las envidias de que será ustedobjeto, si tiene éxito, como espero, espérelas y sírvanle a manera deaprendizaje. Por último, no deje pasar un solo día sin repetirse quesólo trabajando se logra el objeto que se persigue, y que ninguna nochele tome el sueño sin pensar en París que le espera y en donde nosvolveremos a ver.

Me estrechó la mano con una autoridad de gesto completamente varonil, yde un salto ganó la escalera que conducía a su cuarto.

Yo bajé al jardín, en el cual el viejo Andrés cavaba los arriates.

—¿Qué hay, señor Domingo?—me preguntó advirtiendo mi turbación.

—Hay que de aquí a tres días partiré a encerrarme en el colegio, mibuen Andrés.

Corrí a ocultarme en el fondo del parque y allí estuve hasta que se hizode noche.

IV

Tres días después abandoné Trembles en compañía de la señora Ceyssac yde Agustín. Era por la mañana, muy temprano.

Todos estaban levantados ynos rodeaban: Andrés, junto al carruaje, más triste que nunca le habíavisto desde el último suceso que enlutó la casa; luego subió alpescante, aunque no era costumbre que hiciera oficio de cochero, y loscaballos partieron al trote largo. Al atravesar el poblado deVillanueva—en el cual todos los rostros me eran tan conocidos—vi a doso tres de mis antiguos camaradas, crecidos ya, casi hombres, que seencaminaban al campo con los útiles del trabajo al hombro.

Volvieron lacabeza al percibir el ruido del carruaje, y comprendiendo que se tratabade algo más que un paseo me hicieron expresivas señas para desearme unfeliz viaje. El sol se elevaba. Entramos en plena campiña; dejé dereconocer los lugares que cruzábamos; vi rostros nuevos; mi tía mecontemplaba con bondadosa mirada. La fisonomía de Agustín estabaradiante; yo sentía, tanto encogimiento como pena.

Todo un largo día invertimos en recorrer las doce leguas que nosseparaban de Ormessón, y ya llegaba el sol al ocaso cuando Agustín, queno cesaba de mirar por la ventanilla, le dijo a mi tía:

—Señora, ya se distinguen las torres de San Pedro.

El paisaje era llano, pálido, monótono y húmedo: una ciudad baja,erizada de campanarios comenzaba a destacarse detrás de una cortina deárboles.

Los mimbrerales alternaban con los prados, los álamos blancos con lossauces amarillentos. A la derecha corría lentamente un río deslizandosus aguas turbias entre las riberas manchadas de limo. A la orilla habíabarcos cargados de maderas y viejas chalanas rajados en el fondo como sijamás hubiesen flotado.

Algunos gansos que bajaban de los prados al ríocorrían delante del carruaje lanzando salvajes graznidos.

Llegamos a un puente que cruzó el carruaje al paso; después entramos enun largo bulevar en que la oscuridad era completa, y luego el ruido delas herraduras de los caballos, chocando sobre un pavimento más duro, meadvirtió que entrábamos en la ciudad. Calculaba yo que doce horashabrían transcurrido desde el momento de la partida, que doce leguas meseparaban de Trembles; pensaba que todo había concluido, que todo estabairremisiblemente acabado, y entré en casa de mi tía como quien franqueael umbral de una cárcel.

Era una casa muy grande, situada, si no en el barrio más desierto, en elmás serio de la ciudad, rodeada de conventos y dotada de un jardincitoque languidecía en la sombra de las altas paredes que lo circundaban.Había amplias habitaciones sin aire y con escasa luz, severosvestíbulos, una escalera de piedra que giraba en oscuro hueco y muy pocagente para animar todo aquello. Sentíase la frialdad de las viejascostumbres y la rigidez de los habitantes de provincia, la ley de laetiqueta, el desahogo, un gran bienestar material y el aburrimiento. Elpiso alto tenía vistas sobre cierta porción de la ciudad, es decir,humeantes techumbres,

los

dormitorios

del

convento

vecino

y

loscampanarios; y en aquella parte de la casa estaba la habitación en quefui alojado.

Dormí mal; mejor dicho, no dormí. Los relojes de las torres hacíanvibrar sus campanas cada cuarto o cada media hora, todos con distintotimbre; ni uno solo recordaba el de la rústica iglesia de Villanueva tanreconocible por su ronco sonido. De pronto percibíase rumor de pasos enla calle. Una especie de ruido semejante a una carraca agitadaviolentamente, resonaba en medio de aquel silencio particular de lasciudades que pudiera llamarse el sueño del ruido, y llegaba a mis oídosuna singular voz de hombre, lenta, temblona, que canturreabadeteniéndose en cada sílaba: ¡La una, las dos, las tres!...

Agustín entró en mi cuarto muy de mañana.

—Deseo presentarle a usted en el colegio y decirle al provisor el buenconcepto que de usted tengo formado. Esa recomendación seríanula—añadió con modestia,—si no fuera dirigida a un hombre que en otrotiempo me demostró tener en mí mucha confianza y parecía apreciar micelo.

La visita se efectuó tal como él había dicho. Pero yo estaba fuera de mímismo: me dejé llevar y traer, atravesé patios y vi las aulas conabsoluta indiferencia por aquellas nuevas sensaciones.

Aquel mismo día, a las cuatro, Agustín, en traje de camino se trasladó ala plaza, en donde esperaba ya el coche de París, llevando por sí mismotodo su equipaje contenido en una pequeña valija de cuero.

—Señora—le dijo a mi tía, que conmigo le acompañaba.—

Una vez más leagradezco el interés que no se ha desmentido por espacio de cuatro años.He procurado lo mejor que he podido despertar en Domingo el amor alestudio y las aficiones que corresponden a un hombre. Puede estar segurode encontrarme en París cuando venga, siempre fiel a la amistad, encualquier momento,

igual

que

hoy.

Escríbame

usted—añadió

estrechándomeentre los brazos con verdadera emoción.—De mi parte prometo hacer otrotanto. Animo y buena suerte. Todo le favorece para alcanzarla.

Apenas había ocupado su asiento en la alta banqueta, cuando el mayoraltomó las riendas.

—¡Adiós!—repitió con una expresión en el rostro que revelaba a la vezternura y satisfacción.

El mayoral hizo chasquear la fusta sobre los cuatro caballos del tiro yel carruaje partió camino de París.

El día siguiente a las ocho de la mañana estaba ya instalado en elcolegio. Entré el último para evitar la oleada de alumnos y no hacermeexaminar en el patio con esa mirada no siempre benevolente que sonobservados los recién llegados. Caminaba resueltamente fijos los ojos enuna puerta pintada de amarillo, sobre cuyo marco había un letrero quedecía: «Segunda». Junto a ella estaba un hombre de cabello entrecano,pálido y serio, cuyo semblante no expresaba ni dureza ni bondad.

—Vamos, vamos, un poco más de prisa.

Aquella excitación a la puntualidad, la primera, palabra de disciplinaque me dirigía un desconocido, me impresionó: alcé la vista y leexaminé. Tenía aspecto de fastidio, reflejaba indiferencia, y ni seacordaba ya de lo que me había dicho.

Recordé la recomendación deAgustín. Un relámpago de estoicismo y de decisión iluminó mi espíritu.

—Tiene razón—pensé;—me he retrasado medio minuto.—Y

entré.

El profesor subió a la cátedra y empezó a dictar. Era una composiciónpreliminar. Por primera vez mi amor propio tenía que luchar conambiciones rivales. Observé a mis nuevos camaradas y me sentíperfectamente solo. A través de la ventana de pequeños cristales veíalos árboles agitados por el viento, cuyas ramas rozaban contra lasoscuras paredes del edificio.

Aquel rumor familiar del viento húmedocruzando entre las hojas crecía y disminuía a intervalos en medio delsilencio de los patios. Yo lo escuchaba sin demasiada amargura, con unaespecie de triste arrobamiento cuya dulzura era extremada algunosmomentos.

—¿No trabaja usted?—me dijo de pronto el profesor.—Está bien... Alláusted...

Callose luego y ya no llegó a mis oídos nada más que el ruido de lasplumas corriendo sobre el papel.

Un poco más tarde el alumno a cuyo lado estaba mi puesto, me deslizóhábilmente un papelito; contenía una frase del dictado con estaspalabras:

«Ayúdeme, si puede; trate de evitarme decir un disparate.»

En seguida le pasé la traducción, buena o mala, pero copiada de mipropia versión con un signo de interrogación que quería expresar: «Norespondo de nada; examínela usted.»

Me dirigió una sonrisa de agradecimiento, y sin más continuóescribiendo. Algunos instantes después me dirigió un segundo mensaje quedecía: «¿Es usted nuevo?»

La pregunta me demostraba que también lo era él. Tuve un momento dealegría contestando «sí» a mi compañero de soledad.

Era un muchacho de mi edad poco más o menos, pero de complexión débil,rubio, delgado, con hermosos ojos azules de dulce mirar, la tez pálida ydelicada, como suelen tenerla los niños criados en las ciudades. Vestíacon elegancia y su traje tenía una forma particular en la cual noreconocía yo la mano de nuestros sastres provincianos.

Salimos juntos.

—Le estoy muy agradecido—me dijo mi nuevo amigo.—

Tengo horror alcolegio y me tiene sin cuidado. Hay en él un montón de hijos de tenderosque llevan las manos sucias, a quienes nunca miraré como amigos. Nostomarán entre ojos, pero me es igual. Estando unidos llegaremos alobjeto. Cuanto más se les deprime más le respetan a uno. Disponga de mípara todo lo que quiera, menos para encontrar el sentido de las frases.El latín me aburre, y si no fuera porque es necesario para ser unorecibido bachiller, en la vida me ocuparía de él.

Luego me explicó que se llamaba Oliverio D'Orsel, que había venido deParís porque razones de familia le trajeron a Ormessón en donde acabaríalos estudios, que vivía en la calle de los Carmelitas con su tío y dosprimas y que a pocas leguas de la ciudad poseía una propiedad de la cualle venía el apellido D'Orsel.

—Vaya—añadió,—tenemos ya una clase en tiempo pasado.

No pensemos enella hasta la noche.

Y nos separamos.

Caminaba con soltura haciendo crujir su calzado finísimo, buscando concuidado los sitios más secos del suelo para no ensuciarse de barro ybalanceando su paquete de libros al extremo de una estrecha correa conhebillas como una brida inglesa.

Apunté aquellas primeras horas, que ya usted ve la relación que tienencon los recuerdos póstumos de una amistad nacida aquel día y triste ydefinitivamente muerta hoy, el resto de mi vida de estudiante no nosentretendrá. Si los tres años que siguieron me inspiran en este momentoalgún interés, él es de otra índole y no influyen para nada en eseinterés mis sentimientos de colegial. Sin pretenderlo ni molestar anadie llegué a ser un buen alumno y me auguraban grandes éxitos futuros:una continua desconfianza en mí mismo, muy sincera y muy ostensible,produjo efectos análogos a los de la modestia y dio margen a que mefueran perdonados muchos puntos de superioridad de la cual yo mismo nohacía caso; finalmente aquella falta completa de estima personalpresagiaba ya las indiferencias y las severidades de un espíritu quedebía observarse desde muy temprano, apreciarse en su justo valor ycondensarse.

La casa de mi tía no era alegre, ya se lo he dicho, y lo era menos aúnla existencia que llevaba yo en Ormessón. Imagine usted una ciudadpequeña, devota, vetusta, olvidada en el rincón de una provincia que noera paso para ninguna parte, no sirviendo para nada, de la cual ibaretirándose la vida a medida que invadía la campiña; sin industria,muerto el comercio, habitada por burgueses reducidos a escasos recursosy de aristócratas

empobrecidos;

durante

el

día,

las

calles

sinmovimiento; de noche, las avenidas en tinieblas, reinando un silenciosolamente interrumpido por las sonerías de los relojes de las iglesias,y a las diez por el lúgubre tañido de la gran campana de San Pedrorecordando la necesidad del descanso al vecindario, del cual trescuartas partes estaban ya entregados al sueño más bien de puro fastidioque por cansancio. Muchos bulevares flanqueados de olmos hermosísimos,muy frondosos, rodeaban aquella ciudad de severa sombra. Cuatro veces aldía para ir y volver al colegio los cruzaba yo. No era el camino másdirecto, pero sí el más apropiado a mis aficiones, porque me acercabaalgo a la campiña.

Algunas veces llegaba hasta el río, pero no ofrecía variantes elespectáculo: el agua amarillenta siempre estaba removida en sentidocontrario a la corriente, por la marea que hasta aquella regiónalcanzaba; el aire cargado de humedad, saturado de las emanaciones de labrea, del cáñamo y de las tablas de pino. Todo aquello era monótono yfeo y, en el fondo, nada me consolaba del alejamiento de Trembles.

Mi tía tenía el genio de su provincia, el amor por las cosas cargadas deaños, el miedo a los cambios, el horror a las innovaciones ruidosas.Piadosa y mundana, muy sencilla, pero muy preocupada, perfecta entodo—hasta en sus leves rarezas—

había arreglado su vida enconcordancia con dos principios que, según decía, eran virtudes defamilia: la devoción a las leyes de la Iglesia y el respeto a las delmundo; y tal era la fácil naturalidad que ponía en el cumplimiento deesos deberes, que su piedad, muy sincera, parecía no ser otra cosa queun nuevo ejemplo de la corrección de su trato.

Su salón—como todas sus costumbres,—era una especie de asilo abierto asus reminiscencias o sus afecciones hereditarias, cada día másamenazadas. Reunía en él, particularmente los domingos por la noche, losescasos sobrevivientes de su antigua sociedad. Todos eran adictos a lamonarquía derrocada y se habían retirado del mundo como ella. Larevolución, que habían visto muy de cerca y que les procuraba un fondocomún de recuerdos y de agravios, les había impuesto un matiz idéntico,una manera de ser común, empapándolos en una misma prueba. Recordabanlos crudos inviernos que pasaron reunidos en la ciudadela de ***, faltosde combustible, durmiendo en cuadras de cuartel sin un mal lecho,abrigando a los niños con restos de cortinajes, comiendo pan negro queera comprado a escondidas. Se refería, sonriendo, lo que en otro tiempofue terrible. La mansedumbre de la edad había calmado las iras másacerbas. La vida había recobrado su curso regular, cicatrizando lasheridas, reparando los desastres, amortiguando la amargura de lasañoranzas. Ya no se conspiraba, se censuraba apenas; se esperaba.Finalmente, en un ángulo del salón había una mesa de juego para loshijos, y allí cuchicheaba, mientras se barajaban los naipes, el grupojoven, los representantes de lo porvenir, es decir, de lo desconocido.

El mismo día de mi encuentro con Oliverio, al regresar del colegio, meapresuré a decirle a mi tía que ya tenía un amigo.

—¿Un amigo?—exclamó.—Te apresuras un poco tal vez, mi queridoDomingo. ¿Sabes su nombre, su edad?

Le referí cuanto sabía de Oliverio, pintándole con los colores amablesque a primera vista me habían seducido; pero sólo el nombre bastó paratranquilizar a mi tía.

—Es uno de los nombres más antiguos y mejores de nuestro país—medijo;—y es llevado por una persona a la cual estimo mucho y profesoamistad.

Pocas semanas después de este nuevo vínculo la unión de las dosfamilias era completa, y el primer día del invierno se inauguraron lasreuniones que se celebraban unas veces en casa de mi tía y otras en el hotel D'Orsel que era el nombre con que Oliverio designaba la casa dela calle de los Carmelitas, que habitaban, sin gran aparato, su tío ysus primas.

De estas dos primas, la una, Julia, era todavía niña; la otra contabaapenas un año más que nosotros, se llamaba Magdalena y acababa de salirdel convento en que se había educado.

Conservaba cierto encogimiento,cierta cortedad en el gesto y en las maneras; aún vestía el modestouniforme, vestidos tristes, estrechos, raídos en el cuerpo por el rocede los pupitres y deformados a la altura de las rodillas por lasgenuflexiones sobre el pavimento de la capilla del convento. Su tezblanca tenía una palidez, una frialdad de colorido que delataba la vidaen la sombra, la ausencia de toda emoción; sus ojos se abrían mal, comosi despertaran de un largo sueño; no era ni alta ni pequeña, ni delgadani gruesa; con un talle indeciso que necesitaba definirse y formarse; sele decía ya que era muy bonita y yo lo repetía de buena voluntad sinfijarme y sin creerlo.

En cuanto a Oliverio—a quien sólo le he presentado en los escaños delaula,—imagine usted un mozo amable, un poco raro, muy ignorante enmateria de lecturas, muy precoz en todas las cosas de la vida, de airedesenvuelto en sus actitudes y en sus palabras, no sabiendo nada delmundo y adivinándolo todo, copiando sus formas y adoptando ya susprejuicios; figúrese usted algo inusitado, un afán singular, jamásrisible, de anticiparse a su edad y ser todo un hombre improvisado a losdiez y seis años escasos; algo naciente y maduro, artificial y seductor,y comprenderá cómo mi tía pudo encantarse de mi amigo, hasta el puntode disimularle ciertos defectos de escolar, atendiendo que eran el únicoresto de niñez que aún conservaba.

Además, Oliverio procedía de París, y en ese hecho se apoyaba la gransuperioridad con que a los otros vencía, y que, si no para mi tía, paranosotros las resumía todas.

Por mucho que retroceda a través de esos recuerdos tan insignificantesen su origen, tan tumultuosos más adelante, cuyo curso remonto no sincierta dificultad, encuentro siempre en sus acostumbrados sitios,alrededor de la mesa de tapete verde, a la luz de las lámparas, aquellostres rostros juveniles sonrientes entonces, sin la más leve sombra deuna preocupación real, y que tanto y de tan diversas maneras debíanentristecer algún día, pasiones y pesadumbres; la pequeña Julia consalvajismos de niño mimado; Magdalena todavía colegiala a medias;Oliverio conversador, distraído, elegante sin pretenderlo, atildado,vestido con gusto en una época y en un medio en donde los muchachos eranataviados lo peor posible, manejando las cartas con viveza, rápidamente,con el aplomo de un hombre que ha de jugar mucho, sabiendo lo que hace,y de pronto—diez veces en dos horas—tirando los naipes bostezando,diciendo: «me aburro» y yendo a ocultarse en un rincón cualquiera. Se lellamaba y no se movía. «¿En qué piensas, Oliverio?», le preguntábamos;no contestaba a nadie y continuaba mirando sin decir palabra con aquellamovilidad que constituía uno de sus atractivos, y aquella mirada extrañaque flotaba en la semioscuridad del salón como una chispa imposible defijar. De costumbres muy irregulares, ya discreto como si tuviese queocultar grandes misterios, inexacto en nuestras reuniones, activo,callejero, era imposible hallarle seguramente en su casa a ningunahora; aquel pájaro enjaulado a su pesar estaba en todas partes y enninguna, había encontrado el medio de crear lo imprevisto en la vida deprovincia y revoloteaba como si estuviera al aire libre dentro de suprisión.

Considerábase desterrado; y como si hubiese abandonado la Romade Augusto para dar en Tracia, se había aprendido de memoria algunostrozos en latín decadente y con eso se consolaba—según decía—dehabitar entre los pastores.

Con semejante compañero estaba yo muy solo. Me faltaba aire, me ahogabaen mi habitación estrecha, sin horizonte, sin alegría, sin más vistasque la alta barrera de muros grises, almenados, bajo los cuales apenasse veía volar, por rara casualidad, alguna gaviota. Era invierno, llovíao nevaba por espacio

de

semanas

enteras,

y

cuando

un

rápido

deshieloliquidaba la nieve, parecía aún más negra la ciudad después del brevedeslumbramiento que la había envuelto un instante. Pasada la duraestación, una mañana abríanse las ventanas, renacían los ruidos, oíansevoces de llamada de una a otra casa; pájaros enjaulados que eranexpuestos al aire libre hacían oír sus trinos; brillaba el sol, mirabadesde arriba por el estrecho embudo que formaba nuestro jardincillo; losbrotes de las hojas nuevas salpicaban las ramas de las plantas color dehollín. Un pavo real, que no se había dejado ver en todo el invierno,escalaba lentamente el caballete de un tejado, sobre todo a la tarde,como si prefiriese para sus paseos la tibieza moderada de un sol bajo;abría sobre el fondo azul del cielo la enorme cola y lanzaba penetrantegrito, enronquecido como todos los ruidos que se oyen en las ciudades.Así advertía que cambiaba la estación. El deseo de escapar no alcanzabamuy lejos. También yo había leído en los Tristes dísticos querecitaba en voz baja, pensando en Villanueva, la única tierra que yoconocía y que me había dejado añoranzas que escocían.

Estaba atormentado, agitado, más aún, desmoralizado hasta en las horasde pleno trabajo, porque ya no lo contaba para nada en mi vida. Habíaadquirido varias manías, entre otras, la de las categorías y la de lasfechas. Consistía la primera en hacer cierta especie de selección de misdías—todos semejantes al parecer y sin ningún incidente notable quepudiera hacerlos mejores ni peores,—y clasificarlos, según su mérito.Ahora bien, el único mérito de aquellos días de puro fastidio era elgrado de más o de menos en los movimientos de vida que sentía en mí.Toda circunstancia en que me reconocía con más amplitud de fuerzas, mássensibilidad, mayor memoria en que mi conciencia, por decir así, teníamejor timbre y resonaba más, todo momento de concentración más intensa ode expansión más tierna era un día para no ser olvidado nunca. De ahí laotra manía de las fechas, los números, los símbolos, los jeroglíficos,de la cual tiene usted la prueba aquí igual que en cualquiera otra parteen que he considerado necesario imprimir la huella de un momento deplenitud o de exaltación. El resto de mi vida, el que se disipaba entibiezas, en sequedades, lo comparaba a esos bajos fondos que sedescubren en el mar a cada baja marea y que son como la muerte delmovimiento.

Tal alternativa asemejaba mucho a la luz y al eclipse de los farosgiratorios; esperaba yo siempre un despertamiento de mi ser, comonavegante extraviado que aguardara la aparición de la señal sobre lacosta.

Lo referido en pocas palabras es claro que corresponde sólo a un breveresumen de muy largos, muy oscuros y muy diversos sufrimientos. El díaque hallé en los libros—que en aquel entonces no conocía—el poema o laexplicación dramática de esos fenómenos tan espontáneos, no tuve más queun sentimiento: el de parodiar, quizás repitiéndolo, lo mismo quehombres de gran talento habían experimentado antes que yo.

Su ejemplonada me enseñó: sus conclusiones, cuando a ellas llegué, no mecorrigieren. Si puede calificarse de mal la facultad cruel de presenciarla propia existencia como si ella constituyera un espectáculo parecidopor otro, aquel mal estaba hecho y entré en la vida sin odiarla, aunquemucho me ha hecho padecer, con un enemigo inseparable, muy íntimo ypositivamente mortal, que era yo mismo.

V

Todo un año transcurrió de aquella manera. Desde el fondo de la ciudadvi el otoño que amarilleaba los árboles y reverdecía los prados, y eldía de la reapertura del colegio, llevé a él un ser agitado, infeliz,una especie de alma plegada en dos, como un faquir entristecido que sereconoce.

Aquella perpetua crítica ejercida sobre mí mismo, aquel mirarimplacable, tan pronto amigo como enemigo, siempre molesto como untestigo y desconfiado como un juez, aquel estado de permanenteindiscreción respecto a los actos más inocentes de una edad en la que sereflexiona poco, todo aquello me sumió en una serie de angustias, dedudas, de estupores o excitaciones que me conducía directamente a unacrisis.

Esa crisis se operó hacia la primavera, en el momento mismo de cumplirlos diez y siete años.

Un día—a fines de abril, y debía ser jueves, porque tuvimos asueto loscolegiales—salí muy temprano de la ciudad, a pasear al azar por losgrandes caminos. Aun no tenían hojas los olmos, pero ya estabancubiertos de brotes; los prados asemejaban un vasto jardín cubierto demargaritas; las setas de espino estaban en flor; el sol vivo y cálidohacía cantar a las alondras y parecía atraerlas hacia el cielo, de talmodo subían en línea recta y volaban alto. Había por doquier insectosrecién nacidos que el viento balanceaba como átomos de luz a la punta delas altas hierbas, y muchas parejas de pajarillos cruzaban rápidamenteen dirección a los prados, a los campos de trigo, a las espesuras, endemanda de sus nidos. De cuando en cuando veíase pasar algún anciano oalgún enfermo que paseaban, a quienes la primavera rejuvenecía odevolvía la salud, respectivamente; y en los puntos más abiertos alviento, grupos de niños soltaban cometas con largas colas temblorosas ylas contemplaban casi perdidos de vista, fijos sobre el azul del cielosemejantes a blancos blasones salpicados de puntos de colores vivos.

Caminaba yo rápidamente penetrado y como estimulado por aquel baño deluz, por aquellos aromas de vegetación naciente, por aquella vivazcorriente de pubertad primaveral que impregnaba la atmósfera. Lo que yoexperimentaba era a la vez muy dulce y muy ardiente. Me sentíaemocionado hasta las lágrimas, pero sin languidez ni empalagosa ternura.Me dominaba tan activa necesidad de andar, de ir lejos, de quebrantarmede puro cansancio, que no me permitía tomarme un minuto de reposo. Encuanto veía a cualquiera que pudiese conocerme cambiaba de rumbo, y melanzaba a través de los campos de trigo por cualquiera de las estrechassendas que los cruzan, marchando a paso de carga hasta que llegaba adonde no veía a nadie. Yo no sé qué sentimiento salvaje, más imperiosoque nunca, me incitaba a perderme en el seno mismo de aquella extensacampiña en plena explosión de savia.

Recuerdo que allá lejos divisé alos seminaristas desfilando dos a dos a lo largo de las setas floridas,conducidos por viejos sacerdotes que al tiempo que caminaban leían susbreviarios.

Había entre ellos altos adolescentes a quienes la estrechasotana que les ceñía el cuerpo les prestaba cierto aspecto raro, parecíaadelgazarlos; al pasar arrancaban flores de los espinos y se marchabancon aquellas flores rotas en la mano. No es que busco contrastesimaginarios, recuerdo la sensación que hizo nacer en mi ánimo, ensemejante circunstancia, en semejante hora, en semejante lugar, la vistade aquellos jóvenes, vestidos de luto y ya en todo semejantes a viudos.De tiempo en tiempo, volvía el rostro a la ciudad, ya sólo se distinguíasobre el lejano límite de las praderas, la línea un poco oscura de susbulevares y las

extremidades

de

sus

campanarios.

Me

pregunté

entoncescómo había hecho yo para permanecer en ella tan largo tiempo y cómohabía sido posible que allí me consumiera sin morir; luego oí el toquede vísperas, y el tañido de las campanas, acompañado de mil recuerdos,me entristeció como llamado que era a compromisos severos. Pensé que eranecesario volver antes de la noche, encerrarme de nuevo, y emprendí conmás ahinco todavía el camino del río.

Regresé; no estaba rendido, sino muy al contrario, más excitado poraquel vagabundear durante varias horas, al aire libre, a través de loscaminos, respirando un ambiente tibio bajo la acción áspera y mordientedel sol de abril. Experimentaba una especie

de

embriaguez,

iba

saturadode

emociones

extraordinarias, que francamente se manifestaban en mirostro, en el aspecto de toda mi persona.

—¿Qué tienes, mi hijo querido?—dijo mi tía al verme.

—He caminado muy de prisa—le contesté con cierto desvío.

Me examinó de nuevo, y con un ademán de madre inquieta me atrajo bajo elfuego de sus ojos claros y profundos. Me turbé horriblemente; no pudesoportar ni la dulzura de aquella mirada ni la penetración de suternura; no sé qué confusión se apoderó de mí ante la vaga interrogacióninsoportable que ella expresaba.

—Déjeme, se lo ruego, querida tía—le dije.

Y subí precipitadamente a mi habitación. La encontré iluminada por losoblicuos rayos del sol poniente y quedé como deslumbrado por elresplandor de aquella luz caliente y rojiza que la invadía como unaoleada de vida. Sin embargo, me sentí más tranquilo viéndome solo y measomé a la ventana esperando la hora saludable en que aquel torrente declaridad iba a extinguirse. Poco a poco fueron enrojeciéndose lasparedes de los altos campanarios, los ruidos se hicieron másperceptibles a través del aire algo más húmedo, anchas franjas de fuegose formaron sobre el ocaso hacia el lado en donde se alzaban por encimade las casas los mástiles de los barcos amarrados a la orilla del río.

Así permanecí hasta la noche, preguntándome lo que experimentaba; y nosabiendo qué contestar, oyendo, viendo, sintiendo, ahogado por laspulsaciones de una vitalidad extraordinaria, más emocionante, másfuerte, más activa, más incomprensible que nunca. Deseaba que alguienestuviese allí; mas ¿por qué? No hubiera sabido explicarlo. Y ¿quién? Losabía menos aún. Si hubiera tenido que escoger un confidente entre todoslos seres que entonces me eran más queridos, me habría sido imposiblenombrar a ninguno.

Sólo cuando faltaban algunos minutos para que se extinguiera el últimoresplandor del día volví a salir. Me deslicé por las calles que sabíaeran menos frecuentadas hasta los lugares del bulevar en que la hierbabrotaba en plena soledad. Crucé la plaza en donde resonaban los primerossones de la retreta militar.

Luego el ruido de las cornetas se alejó yyo seguí la marcha desde lejos, por las calles más sinuosas, guiándomepor el eco de ellas más claro o más confuso según la anchura del espacioen que se desplegaba el sonido a través del aire, en completa quietudaquella noche. Solo, completamente solo, en el crepúsculo azul quedescendía del cielo sobre los olmos cuajados de ligero follaje, a la luzde las primeras estrellas que se filtraba a través de las ramas de losárboles como chispas sembradas sobre el encaje de las hojas, caminabapor la ancha avenida escuchando aquella música tan bien acompasada ydejándome guiar por sus cadencias. Iba marcando el compás, mentalmentela tarareaba cuando dejé de oírla; me quedó en el alma como unmovimiento que se continúa, y vino a ser una especie de ritmo y unamelodía sobre la cual involuntariamente adapté una letra. No conservo elrecuerdo de las palabras, ni del asunto, ni del sentido de las frases;tan sólo sé que aquella singular exhalación salió de mí primero comosimple ritmo, después con palabras rimadas, y que aquella medidainterior se tradujo de repente no solamente por la simetría de lassílabas sino por la repetición doble o múltiple de algunas de ellas,sordas o sonoras, correspondiéndose y haciendo las unas eco a las otras.No me atrevería a decirle a usted que aquello fuese una composiciónpoética, pero lo cierto es que la combinación sonora de los vocablos separecía mucho a los versos.

En el mismo momento en que llegaba yo a ese punto de mis reflexiones,apareció delante de mí, en la misma avenida que yo recorría, nuestroamigo de siempre, el señor D'Orsel, acompañado de sus dos hijas. Tancerca estaban que no podía evitar el encuentro, y la misma preocupaciónque me dominaba me lo hubiera impedido. Me encontraba, pues, cara a caracon la tranquila mirada y el pálido rostro de Magdalena.

—¿Cómo por aquí?—me dijo.

Aun me parece oír su voz neta, aérea, con cierto acento del Mediodía queme hizo estremecer. Tomé maquinalmente la mano que me tendía, una manopequeña, fina y fresca, cuya frialdad me dio la noción de que la míaabrasaba. Estábamos tan cerca que distinguí con toda exactitud susfacciones y me espantó la idea de que a su vez debía verme como yo aella.

—¿Le hemos causado miedo?—añadió.

En el cambio de tono de su voz conocí que mi horrible turbación eraapreciable, y como por nada del mundo habría aceptado permanecer un solosegundo más en aquella situación sin salida, balbucí algo tan fuera derazón, que me acobardé, perdí la cabeza y, atolondrado, neciamente me dia la fuga.

Aquella noche deserté del salón de mi tía y me encerré en mi cuarto demiedo de ser sorprendido. Allí, sin reflexionar nada, sin pretenderlotampoco, absolutamente como hombre fascinado por alguna empresa quetanto le asusta como le seduce, de una tirada, sin releer, casi sinvacilar, escribí una porción de cosas inesperadas que parecían caer delcielo.

Fue a la manera de un exceso de carga que salió de mi corazón, de cuyopeso se sentía aliviado a medida que de ella se iba desembarazando.

Aquel trabajo febril me ocupó hasta hora muy avanzada de la noche. Porfin pareciome que había terminado una tarea ineludible; todas las fibrasirritadas se relajaron, y ya al amanecer, cuando despertaban lospajarillos, me dormí presa de la más deliciosa languidez.

Al otro día Oliverio me habló de mi encuentro con sus primas, de miturbación, de mi huida.

—Haces misterio—me dijo,—y te equivocas. Si yo tuviese algún secretolo compartiría contigo.

Dudé un momento si le diría o no la verdad. Era lo más sencillo ypositivamente habría valido más que ocultarla; pero a mi declaración seoponían mil obstáculos reales o imaginarios que me la presentaban comocosa imposible. ¿En qué términos iba yo a darle a entender lo que sentíadesde tiempo atrás sin que nadie lo hubiera sospechado? ¿Cómo hablarle,a sangre fría, de aquellos extraños pudores que ofuscaban la luz deldía, que no soportaban examen mío ni ajeno, y que semejantes a unaherida fresca y demasiado sensible exigían no ser tocados ni siquieracon la mirada? ¿Cómo referirle aquella crisis de sensibilidadinexplicable y aquella especie de encantamiento por la noche cuyotestimonio escrito hallé por la mañana?

Repliqué con una mentira: desde varios días antes me sentía enfermo, elcalor de la víspera me había causado una especie de vértigo y rogaba aMagdalena que me excusara la triste figura que hice al encontrarla.

—¿Magdalena?...—continuó Oliverio.—Pero nosotros no tenemos cuentasque arreglar con Magdalena... Hay cosas que no le incumben...

Al decir eso sonreía de un modo singular y me dirigió una mirada de lasmás penetrantes y más vivas. Por mucho que se esforzara para leer loque había en mi alma, estaba bien seguro de que nada descubriría; perocomprendiendo que algo buscaba, y aunque no acababa de adivinar cuálespodían ser los sentimientos,

muy

presumibles,

que

Oliverio

me

suponía,viéndome objeto de tal investigación reflexioné y surgió en mí unasospecha que me llenó de turbación.

Era tan perfectamente cándido e ignorante, que el primer despertar deciertos impulsos en medio de mis ingenuidades me fue señalado por unainquieta mirada de mi tía y una equívoca y curiosa sonrisa de Oliverio.Pensé que era vigilado y me vino el deseo de averiguar la causa deaquella vigilancia. Fue una falsa sospecha que por primera vez en lavida me hizo ruborizar. No sé qué indefinible instinto hinchó mi corazóncon una emoción absolutamente nueva. De pronto, un extraño resplandoriluminó ese verbo infantil, el primero que todos hemos conjugado enfrancés o en latín estudiando la gramática. Y dos días después deaquella advertencia hecha por una madre prudente y por un camaradaemancipado, no estaba lejos de admitir—tanto estaba llena mi mente deescrúpulos, de curiosidades y de inquietudes,—que mi tía y Oliveriotenían razón sospechando que estaba yo enamorado; pero, ¿de quién?...

El domingo próximo por la noche nos reunimos todos como de ordinario enel salón de mi tía. Cuando llegó Magdalena experimenté cierta turbación;no la había vuelto a ver desde el jueves último por la tarde. Eraindudable que esperaba ella una explicación; pero me sentía incapaz dedársela y callé. Estaba espantosamente confuso y distraído.Oliverio—que no creía que existiera ninguna razón para ser caritativoconmigo—me acribillaba con sus epigramas. Era inofensivo lo que decía;pero, desde muchos días antes, era tan extraordinaria la irritabilidadde mis nervios que cualquier cosa me hería y me causaba inmotivadosufrimiento. Estaba sentado junto a Magdalena por razón de una costumbreadquirida sin que la voluntad de ninguno de los dos hubiese dado margena ella por ningún concepto. De pronto experimenté el deseo de cambiar desitio. ¿Por qué? No hubiera sido capaz de decirlo. Me parecía, tan sólo,que la luz de las lámparas me incomodaba y que en otro lugar meencontraría mejor. Cuando Magdalena levantó los ojos que tenía bajosmirando el juego y me vio sentado al otro lado de la mesa, precisamenteen frente de ella, dijo con cierto aire de sorpresa:

«¿Y bien...?» Peronuestras miradas se encontraron y algo extraordinario debió advertir enla mía que la turbó levemente y le impidió terminar la frase.

Cerca de año y medio hacía ya que vivía cerca de ella y por primera vezaquella noche la miré como se mira cuando se desea ver. Magdalena eraencantadora, mucho más encantadora que no se decía, muy diferente decomo yo la había considerado hasta aquel momento. Además tenía diez yocho años. Aquella apreciación repentina, lejos de iluminar mi espíritupoco a poco, en medio segundo me enseñó todo lo que yo ignoraba de ellay de mí mismo. Fue como una revelación definitiva que completó las delos días precedentes, reuniéndolas en un montón de evidencias y creo queexplicándolas todas.

VI

Algunas semanas después, el señor D'Orsel se trasladó a unestablecimiento de baños termales pretextando motivo de salud y derecreo, pero en realidad por razones particulares de las cuales meenteré más tarde. Magdalena y Julia le acompañaron.

Aquella separación—de la que cualquier otro se hubiera lamentado comode un desgarramiento—me libertó de un gran apuro. Ya no me era posiblevivir cerca de Magdalena siempre cohibido por la invencible timidez quesu presencia me causaba.

Huía de ella. El hecho de mirarla cara a caraconstituía para mí un verdadero desplante de audacia. Viéndola tantranquila, cuando

yo

estaba

tan

turbado,

encontrándola

tan

perfectamentebella, cuando tantos motivos tenía yo para reconocerme desagradable conmi traje de colegial y mi aspecto de campesino desgalichado, invadíatodo mi ser un sentimiento de inferioridad humillante que me llenaba dedesconfianzas, transformando la más sencilla familiaridad en sumisiónsin dulzura, en ruin servidumbre con asomos de esclavitud. En unapalabra, Magdalena me daba miedo, me dominaba antes de seducirme: elcorazón tiene las mismas ingenuidades que la fe: todos los cultosapasionados empiezan así.

El día que siguió al de la partida de Magdalena me apresuré a ir a lacalle de los Carmelitas. Oliverio ocupaba un cuarto, pequeño, perdido enun alto pabellón del hotel. Ordinariamente iba yo a buscarle a la horade entrar al colegio, le llamaba desde el jardín para que bajase. Meacordé que a aquella hora, casi todas las mañanas me respondía otra voz,que Magdalena se asomaba a la ventana y me saludaba; pensé en la emociónque me causaba aquella entrevista cuotidiana, antes sin encanto nipeligros y que luego se había convertido en verdadero suplicio, y entré,atrevidamente, casi contento como si algo que en mí había de temeroso yvigilado, tomara sus vacaciones.

La casa estaba vacía. Los sirvientes iban y venían, como asombrados,también ellos, de no tener ya que reportarse. Habían abierto todas lasventanas y el sol de mayo jugueteaba libremente en las habitaciones, enlas cuales cada cosa estaba en su sitio. No era el abandono, era laausencia. Suspiré. Calculé lo que aquella ausencia debía durar. Dosmeses. El plazo tan pronto me parecía muy corto como se me antojaba muylargo. Creo que hubiera deseado—tanto experimentaba la necesidad depertenecerme—

que aquel exiguo respiro nunca tuviera fin.

Volví el otro día y los siguientes y hallé el mismo reposo y la mismaseguridad. Recorrí toda la casa, visité el jardín, senda por senda;Magdalena estaba por doquier. Me atreví hasta entretenerme librementecon su recuerdo. Miré la ventana de su cuarto y en ella vi su encantadorsemblante. Oí su voz en los paseos del parque y me puse a tararear paraencontrar en aquel murmullo el eco de las canciones que le gustabaentonar al aire libre, que el viento hacía tan fluidas y que eranacompañadas por el susurro de las hojas. Volví a ver en el recuerdo milcosas de ella que me eran ignoradas o que no me habían impresionado,ciertos gestos que sin ser nada resultaban encantadores, reconocí llenade gracia la costumbre que tenía de retorcerse la cabellera sobre lanuca y atarla por medio formando negro haz. Las más insignificantesparticularidades de su traje o de sus ademanes, el aroma exótico de quese perfumaba y que me habría hecho reconocerla a ojos cerrados, hastalos colores que había adoptado últimamente, el azul que le estaba tanbien y que tanto hacía resaltar la nítida blancura de su tez. Todoaquello revivía en mi memoria con sorprendente lucidez; pero causándomeuna emoción muy diversa de la que me producía cuando ella estabapresente, algo así como una añoranza que me era grato acariciar, dulcerecuerdo de cosas amables que ya no estaban allí. Poco a poco, sin grancalor, pero con perenne ternura, me saturé de aquellas reminiscencias,el solo atractivo casi vivo que de ella me quedaba, y aun no habíanpasado quince días

desde

la

partida

de

Magdalena

cuando

aquel

recuerdoinvasor no se apartaba de mi mente ni un instante.

Una tarde subí al cuarto de Oliverio y, como siempre, pasé por delantedel de Magdalena. Muchas veces había hallado abierta de par en par lapuerta sin que me viniese el deseo de entrar.

Aquella tarde me detuve enseco, y después de muchas vacilaciones concordantes con escrúpulos tannuevos como todos los otros sentimientos que me embargaban, cedí a unaverdadera tentación y entré.

La habitación estaba casi a oscuras. Apenas se distinguían los muebles,antiguos, de maderas de color atezado y los dorados de las marqueteríasbrillaban débilmente. Telas de colores sobrios, blancas muselinasflotantes completaban un conjunto de tonos pálidos y dulces, impregnandode tranquilidad y recogimiento en la semioscuridad de un suavecrepúsculo. El aire tibio llegaba del jardín saturado del aroma de lasflores; pero predominaba un sutil perfume, más vivo que los otros, quemás que ninguno me impresionaba al percibirlo, recuerdo inequívoco deMagdalena.

Llegué hasta la ventana: a ella tenía costumbre de asomarseMagdalena. Me dejé caer sobre un silloncito en que ella solía sentarse ypermanecí allí algunos minutos presa de la más viva ansiedad, retenido ami pesar por el deseo de saborear impresiones cuya novedad me parecíaexquisita. No miraba nada; por nada del mundo habría osado poner la manosobre ninguno de los objetos que me rodeaban; inmóvil, atento sólo apenetrarme

de

aquella

indiscreta

emoción,

sentía

agitarseconvulsivamente mi corazón, y tan precipitados eran sus movimientos, queinstintivamente me apretaba el pecho con ambas manos para ahogar en loposible los incómodos latidos.