Facundo by Domingo Faustino Sarmiento - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

Facundo Quiroga fué hijo de un sanjuanino de humilde condición, peroque, avecindado en los Llanos de La Rioja, había adquirido en elpastoreo una regular fortuna. El año 1799 fué enviado Facundo a lapatria de su padre a recibir la educación limitada que podía adquirirseen las escuelas: leer y escribir. Cuando un hombre llega a ocupar lascien trompetas de la fama con el ruido de sus hechos, la curiosidad o elespíritu de investigación van hasta rastrear la insignificante vida delniño, para anudarla a la biografía del héroe, y no pocas veces, entrefábulas inventadas por la adulación, se encuentran ya en germen en ellalos rasgos característicos del personaje histórico.

Cuéntase de Alcibíades que, jugando en la calle, se tendía a lo largodel pavimento para contrariar a un cochero que le prevenía que sequitase del paso a fin de no atropellarlo;{98} de Napoleón, que dominaba asus condiscípulos y se atrincheraba en su cuarto de estudiante pararesistir a un ultraje. De Facundo se refieren hoy varias anecdotas,muchas de las cuales lo revelan todo entero.

En la casa de sus huéspedes jamás se consiguió sentarlo a la mesa común;en la escuela era altivo, huraño y solitario; no se mezclaba con losdemás niños sino para encabezar actos de rebelión y para darles degolpes. El magister, cansado de luchar con este carácter indomable, seprovee una vez de un látigo nuevo y duro, y enseñándolo a los niños,aterrados, «éste es—les dice—para estrenarlo en Facundo».

Facundo, deedad de once años, oye esta amenaza y al día siguiente la pone a prueba.No sabe la lección, pero pide al maestro que se la tome en persona,porque el pasante lo quiere mal. El maestro condesciende; Facundo cometeun error, comete dos, tres, cuatro; entonces el maestro hace uso dellátigo, y Facundo, que todo lo ha calculado, hasta la debilidad de lasilla en que su maestro está sentado, dale una bofetada, vuélcalo deespaldas, y entre el alboroto que esta escena suscita, toma la calle yva a esconderse en ciertos parrones de una viña, de donde no se le sacasino después de tres días. ¿No es ya el caudillo que va a desafiar mástarde a la sociedad entera?

Cuando llega a la pubertad, su carácter toma un tinte más pronunciado.Cada vez más sombrío, más imperioso, más selvático, la pasión del juego,la pasión de las almas rudas que necesitan fuertes sacudimientos parasalir del sopor que las adormeciera, domínalo irresistiblemente a laedad de quince años. Por ella se hace una reputación en la ciudad; porella se hace intolerable en la casa en que se le hospeda; por ella, enfin, derrama por un balazo dado a un Jorge Peña el primer reguero desangre que debía entrar{99} en el ancho torrente que ha dejado marcado supasaje en la tierra.

Desde que llega a la edad adulta, el hilo de su vida se pierde en unintrincado laberinto de vueltas y revueltas por los diversos pueblosvecinos; oculto unas veces, perseguido siempre, jugando, trabajando enclase de peón, dominando todo lo que se le acerca y distribuyendopuñaladas. En San Juan muéstranse hoy en la esquina de los Godoyestapias pisadas por Quiroga. En La Rioja las hay de su mano en Fiambalá.Él enseñaba otras en Mendoza en el lugar mismo en que una tarde hacíatraer de sus casas a veintiséis oficiales de los que capitularon enChacón para hacerlos fusilar, en expiación de los manes de Villafañe; enla campaña de Buenos Aires también mostraba algunos momentos de su vidade peón errante. ¿Qué causas hacen a este hombre, criado en una casadecente, hijo de un hombre acomodado y virtuoso, descender a lacondición del gañán, y en ella escoger el trabajo más estúpido, másbrutal, en el que sólo entra la fuerza física y la tenacidad? ¿Será queel tapiador gana doble sueldo y que se da prisa para juntar un poco dedinero?

Lo más ordenado que de esta vida obscura y errante he podido recoger, eslo siguiente: Hacia el año 1806 vino a Chile con un cargamento de granade cuenta de sus padres. Jugólo con la tropa y los troperos, que eranesclavos de su casa. Solía llevar a San Juan y Mendoza arreos de ganadode la estancia paterna, que tenían siempre la misma suerte; porque enFacundo era el juego una pasión feroz, ardiente, que le resecaba lasentrañas. Estas adquisiciones y pérdidas sucesivas debieron cansar laslarguezas paternales, porque al fin interrumpió toda relación amigablecon su familia. Cuando era ya el terror de la República,{100} preguntábaleuno de sus cortesanos: «¿Cuál es, general, la parada más grande que hahecho en su vida?»

«Sesenta pesos»—contestó Quiroga con indiferencia;acababa de ganar, sin embargo, una de doscientas onzas. Era, según loexplicó después, que en su juventud, no teniendo sino sesenta pesos, loshabía perdido juntos a una sota.

Pero este hecho tiene su historia característica. Trabajaba de peón enMendoza en la hacienda de una señora, sita aquélla en el Plumerillo.Facundo se hacía notar hacía un año por su puntualidad en salir altrabajo y por la influencia y predominio que ejercía sobre los demáspeones. Cuando éstos querían hacer falla para dedicar el día a unaborrachera, se entendían con Facundo, quien lo avisaba a la señora,prometiéndole responder de la asistencia de todos al día siguiente, laque era siempre puntual. Por esta intercesión llamábanle los peones elpadre.

Facundo, al fin de un año de trabajo asiduo, pidió su salario, queascendía a sesenta pesos; montó en su caballo sin saber adónde iba, viógente en una pulpería, desmontóse y alargando la mano sobre el grupo querodeaba al tallador, puso sus sesenta pesos a una carta; perdiólos ymontó de nuevo marchando sin dirección fija, hasta que a poco andar, unjuez Toledo, que acertaba a pasar a la sazón, le detuvo para pedirle supapeleta de conchavo.

Facundo aproximó su caballo en ademán de entregársela, afectó buscaralgo en su bolsillo, y dejó tendido al juez de una puñalada. ¿Se vengabaen el juez de la reciente pérdida? ¿Quería sólo saciar el encono degaucho malo contra la autoridad civil y añadir este nuevo hecho albrillo de su naciente fama? Lo uno y lo otro. Estas venganzas sobre elprimer objeto que se presentaba, son frecuentes{101} en su vida.

Cuando seapellidaba general y tenía coroneles a sus órdenes, hacía dar en sucasa, en San Juan, doscientos azotes a uno de ellos por haberle ganadomal, decía; a un joven doscientos azotes, por haberse permitido unachanza en momentos en que él no estaba para chanzas; a una mujer enMendoza que le había dicho al paso, «adiós mi general», cuando él ibaenfurecido porque no había conseguido intimidar a un vecino tanpacífico, tan juicioso, como era valiente y gaucho, doscientos azotes.

Facundo reaparece después en Buenos Aires, donde en 1810 es enroladocomo recluta en el regimiento de Arribeños que manda el generalOcampo, su compatriota, después presidente de Charcas. La carreragloriosa de las armas se abría para él con los primeros rayos del sol deMayo; y no hay duda que con el temple de alma de que estaba dotado, consus instintos de destrucción y carnicería, Facundo, moralizado por ladisciplina y ennoblecido por la sublimidad del objeto de la lucha,habría vuelto un día del Perú, Chile o Bolivia, uno de los generales dela República Argentina, como tantos otros valientes gauchos queprincipiaron su carrera desde el humilde puesto del soldado. Pero elalma rebelde de Quiroga no podía sufrir el yugo de la disciplina, elorden del cuartel, ni la demora de los ascensos. Se sentía llamado amandar, a surgir de un golpe, a crearse él solo a despecho de lasociedad civilizada, en hostilidad con ella, una carrera a su modo,asociando el valor y el crimen, el gobierno y la desorganización. Mástarde fué reclutado para el ejército de los Andes, y enrolado en Granaderos a caballo; un teniente García lo tomó de asistente, y bienpronto la deserción dejó un vacío en aquellas gloriosas filas. DespuésQuiroga, como Rosas, como todas esas víboras que han medrado{102} a lasombra de los laureles de la patria, se ha hecho notar por su odio a losmilitares de la independencia, en los que uno y otro han hecho unahorrible matanza.

Facundo, desertando de Buenos Aires, se encamina a las provincias contres compañeros. Una partida le da alcance; hace frente, libra unaverdadera batalla, que permanece indecisa por algún tiempo, hasta que,dando muerte a cuatro o cinco, puede continuar su camino, abriéndosepaso todavía a puñaladas por entre otras partidas que hasta San Luis lesalen al paso. Más tarde debía recorrer este mismo camino con un puñadode hombres, disolver ejércitos en lugar de partidas, e ir hasta laCiudadela famosa de Tucumán a borrar los últimos restos de la Repúblicay del orden civil.

Facundo reaparece en los Llanos en la casa paterna. A esta época serefiere un suceso que está muy válido y del que nadie duda. Sin embargo,en uno de los manuscritos que consulto, interrogado su autor sobre estemismo hecho, contesta:

«Que no sabe que Quiroga haya tratado nunca dearrancar a sus padres dinero por la fuerza»; y contra la tradiciónconstante, contra el asentimiento general, quiero atenerme a este datocontradictorio. ¡Lo contrario es horrible! Cuéntase que habiéndosenegado su padre a darle una suma de dinero que le pedía, acechó elmomento en que padre y madre durmieran la siesta, para poner aldaba a lapieza donde estaban, y prender fuego el techo de paja con que estáncubiertas por lo general las habitaciones de los Llanos[25]. {103}

Pero lo que hay de averiguado es que su padre pidió una vez al Gobiernode La Rioja que lo prendieran para contener sus demasías, y que Facundo,antes de fugarse de los Llanos, fué a la ciudad de La Rioja, donde a lasazón se hallaba aquél, y cayendo de improviso sobre él, le dió unabofetada, diciéndole: «¿Usted me ha mandado prender? ¡Tome, mándemeprender ahora!», con lo cual montó en su caballo y partió a galope parael campo. Pasado un año, preséntase de nuevo en la casa paterna, échasea los pies del anciano ultrajado, confunden ambos sus sollozos, y entrelas protestas de enmienda del hijo y las reconvenciones del padre, lapaz queda restablecida, aunque sobre base tan deleznable y efímera.

Pero su carácter y hábitos desordenados no cambian, y las carreras y eljuego, las correrías del campo, son el teatro de nuevas violencias, denuevas puñaladas y agresiones, hasta llegar, al fin, a hacerseintolerable para todos e insegura su posición.

Entonces un granpensamiento viene a apoderarse de su espíritu, y lo anuncia sin empacho.El desertor de los Arribeños, el soldado de Granaderos a caballo,que no ha querido inmortalizarse en Chacabuco y en Maipú, resuelve ir areunirse a la montonera de Ramírez, vástago de la de Artigas, y cuyacelebridad en crímenes y en odio a las ciudades a que hace la guerra, hallegado hasta los Llanos y tiene lleno de espanto a los gobiernos.{104}Facundo parte a asociarse a aquellos filibusteros de la Pampa, y acasola conciencia que deja de su carácter e instintos, y de la importanciadel refuerzo que va a dar a aquellos destructores, alarma a suscompatriotas, que instruyen a las autoridades de San Luis, por dondedebía pasar, del designio infernal que lo guía.

Dupuy, gobernadorentonces (1818), lo hace aprehender, y por algún tiempo permanececonfundido entre los criminales vulgares que las cárceles encierran.Esta cárcel de San Luis, empero, debía ser el primer escalón que habíade conducirlo a la altura a que más tarde llegó. San Martín había hechoconducir a San Luis un gran número de oficiales españoles de todasgraduaciones de los que habían sido tomados prisioneros en Chile. Seahostigados por humillaciones y sufrimientos, sea que previesen laposibilidad de reunirse de nuevo a los ejércitos españoles, el depósitode prisioneros se sublevó un día, y abrió la puerta de los calabozos alos reos ordinarios, a fin de que le prestasen ayuda para la comúnevasión. Facundo era uno de estos reos; no bien se vió desembarazado delas prisiones, cuando enarbolando el macho de los grillos, abre elcráneo al español mismo que se los había quitado, hiende por entre elgrupo de los amotinados y deja una ancha calle sembrada de cadáveres enel espacio que ha querido recorrer. Dícese que el arma de que usó fuéuna bayoneta, y que los muertos no pasaron de tres; Quiroga, empero,hablaba siempre del macho de los grillos y de catorce muertos.

Acaso es ésta una de esas idealizaciones con que la imaginación poéticadel pueblo embellece los tipos de la fuerza brutal que tanto admira;acaso la historia de los grillos es una traducción argentina de laquijada de Sansón, el Hércules hebreo; pero Facundo lo aceptaba como untimbre{105} de gloria, según su bello ideal, y macho de grillos obayoneta, él, asociándose a otros soldados y presos a quienes su ejemploalentó, logró sofocar el alzamiento y reconciliarse por este acto devalor con la sociedad y ponerse bajo la protección de la patria,consiguiendo que su nombre volase por todas partes ennoblecido y lavado,aunque con sangre, de las manchas que lo afeaban. Facundo, cubierto degloria, mereciendo bien de la patria y con una credencial que acreditasu comportación, vuelve a La Rioja y ostenta en los Llanos entre losgauchos los nuevos títulos que justifican el terror que ya empieza ainspirar su nombre, porque hay algo de imponente, algo que subyuga ydomina en el premiado asesino de catorce hombres a la vez.

Aquí termina la vida privada de Quiroga, de la que he omitido una largaserie de hechos que sólo pintan el mal carácter, la mala educación y losinstintos feroces y sanguinarios de que estaba dotado. Sólo he hecho usode aquéllos que explican el carácter de la lucha, de aquéllos que entranen proporciones distintas, pero formados de elementos análogos, en eltipo de los caudillos de las campañas que han logrado al fin sofocar lacivilización de las ciudades, y que últimamente han venido a completarseen Rosas, el legislador de esta civilización tártara, que ha ostentadotoda su antipatía a la civilización europea en torpezas y atrocidadessin nombre aún en la historia.

Pero aún quédame algo por notar en el carácter y espíritu de estacolumna de la Federación. Un hombre literato, un compañero de infancia yde juventud de Quiroga que me ha suministrado muchos de los hechos quedejo referidos, me incluye en su manuscrito, hablando de los primerosaños de Quiroga, estos datos curiosos: «que no era ladrón antes defigurar como hombre público; que nunca{106} robó, aun en sus mayoresnecesidades; que no sólo gustaba de pelear, sino que pagaba por hacerloy por insultar al más pintado; que tenía mucha aversión a los hombresdecentes; que no solía tomar licor nunca; que de joven era muyreservado, y no sólo quería infundir miedo, sino aterrar, para lo quehacía entender a hombres de su confianza que tenía agoreros o eraadivino; que con los que tenía relación los trataba como esclavos; quejamás se ha confesado, rezado ni oído misa; que cuando estuvo degeneral lo vió una vez en misa; que él mismo le decía que no creía ennada». El candor con que estas palabras están escritas revela su verdad.

Toda la vida pública de Quiroga me parece resumida en estos datos. Veoen ellos el hombre grande, el hombre genio a su pesar, sin saberlo él,el César, el Tamerlán, el Mahoma. Ha nacido así y no es culpa suya; seabajará en las escalas sociales para mandar, para dominar, para combatirel poder de la ciudad, la partida de la policía. Si le ofrecen una plazaen los ejércitos la desdeñará, porque no tiene paciencia para aguardarlos ascensos, porque hay mucha sujeción, muchas trabas puestas a laindependencia individual, hay generales que pesan sobre él, hay unacasaca que oprime el cuerpo y una táctica que regla los pasos; ¡todoesto es insufrible! La vida de a caballo, la vida de peligros yemociones fuertes han acerado su espíritu y endurecido su corazón; tieneodio invencible, instintivo, contra las leyes que lo han perseguido,contra los jueces que lo han condenado, contra toda esa sociedad y esaorganización de que se ha sustraído desde la infancia y que lo mira conprevención y menosprecio. Aquí se eslabona insensiblemente el lema deeste capítulo: «Es el hombre de la naturaleza que no ha aprendido aún acontener o{107} a disfrazar sus pasiones, que las muestra en toda suenergía, entregándose a toda su impetuosidad.»

Ese es el carácter delgénero humano y así se muestra en las campañas pastoras de la RepúblicaArgentina. Facundo es un tipo de la barbarie primitiva; no conociósujeción de ningún género; su cólera era la de las fieras; la melena desus renegridos y ensortijados cabellos caía sobre su frente y sus ojosen guedejas, como las serpientes de la cabeza de Medusa; su voz seenronquecía y sus miradas se convertían en puñaladas.

Dominado por la cólera mataba a patadas estrellándole los sesos a N poruna disputa de juego; arrancaba ambas orejas a su querida porque lepedía una vez 30 pesos para celebrar un matrimonio consentido por él;abría a su hijo Juan la cabeza de un hachazo porque no había forma dehacerlo callar; daba de bofetadas en Tucumán a una linda señorita aquien ni seducir ni forzar podía. En todos sus actos mostrábase elhombre bestia aún, sin ser por eso estúpido y sin carecer de elevaciónde miras. Incapaz de hacerse admirar o estimar, gustaba de ser temido;pero este gusto era exclusivo, dominante, hasta el punto de arreglartodas las acciones de su vida a producir el terror en torno suyo, sobrelos pueblos como sobre los soldados, sobre la víctima que iba a serejecutada, como sobre su mujer y sus hijos. En la incapacidad de manejarlos resortes del gobierno civil, ponía el terror como expediente parasuplir el patriotismo y la abnegación; ignorante, rodeándose demisterios y haciéndose impenetrable, valiéndose de una sagacidadnatural, una capacidad de observación no común y de la credulidad delvulgo, fingía una presciencia de los acontecimientos que le dabaprestigio y reputación entre las gentes vulgares.{108}

Es inagotable el repertorio de anecdotas de que está llena la memoria delos pueblos con respecto a Quiroga; sus dichos, sus expedientes, tienenun sello de originalidad que le daban ciertos visos orientales, ciertatintura de sabiduría salomónica en el concepto de la plebe. ¿Quédiferencia hay, en efecto, entre aquel famoso expediente de mandarpartir en dos el niño disputado, a fin de descubrir la verdadera madre,y este otro para encontrar un ladrón? Entre los individuos que formabanuna compañía habíase robado un objeto, y todas las diligenciaspracticadas para descubrir el raptor habían sido infructuosas. Quirogaforma la tropa, hace cortar tantas varitas de igual tamaño cuantossoldados había, hace en seguida que se distribuyan a cada uno, y luegocon voz segura, dice: «Aquél cuya varita amanezca mañana más grande quelas demás, ése es el ladrón.» Al día siguiente fórmase de nuevo latropa, y Quiroga procede a la verificación y comparación de las varitas.Un soldado hay, empero, cuya vara aparece más corta que las otras.«¡Miserable!—le grita Facundo con voz aterrante—, ¡tú eres!...» Y enefecto, él era; su turbación lo dejaba conocer demasiado.

El expedientees sencillo: el crédulo gaucho, temiendo que, efectivamente, creciese suvarita, le había cortado un pedazo. Pero se necesita cierta superioridady cierto conocimiento de la naturaleza humana para valerse de estosmedios.

Habíanse robado algunas prendas de la montura de un soldado, y todas laspesquisas habían sido inútiles para descubrir al raptor. Facundo haceformar la tropa y que desfile por delante de él, que está con los brazoscruzados, la mirada fija, escudriñadora, terrible. Antes ha dicho: «Yosé quién es», con una seguridad que nada desmiente. Empiezan a desfilar,desfilan muchos, y Quiroga permanece{109} inmóvil; es la estatua de JúpiterTonante, es la imagen del Dios del Juicio Final. De repente se abalanzasobre uno, le agarra del brazo y le dice con voz breve y seca: «¿Dóndeestá la montura?» «Allí, señor»—contesta, señalando un bosquecillo.«Cuatro tiradores»—

grita entonces Quiroga. ¿Qué revelación era ésta? Ladel terror y la del crimen hecha ante un hombre sagaz. Estaba otra vezun gaucho respondiendo a los cargos que se le hacían por un robo;Facundo le interrumpe diciendo: «Ya este pícaro está mintiendo;

¡aver... cien azotes...!» Cuando el reo hubo salido, Quiroga dijo a algunoque se hallaba presente: «Vea, patrón; cuando un gaucho al hablar estéhaciendo marcas con el pie, es señal que está mintiendo.» Con losazotes, el gaucho contó la historia como debía de ser, esto es, que sehabía robado una yunta de bueyes.

Necesitaba otra vez y había pedido un hombre resuelto, audaz, paraconfiarle una misión peligrosa. Escribía Quiroga cuando le trajeron elhombre; levanta la cara después de habérselo anunciado varias veces, lomira y dice continuando de escribir:

«¡Eh!... ¡Ese es un miserable!¡Pido un hombre valiente y arrojado!» Averiguóse, en efecto, que era unpatán.

De estos hechos hay a centenares en la vida de Facundo, y que, al pasoque descubren un hombre superior, han servido eficazmente para labrarleuna reputación misteriosa

entre

hombres

groseros

que

llegaban

aatribuirle

poderes

sobrenaturales.{110}

CAPÍTULO II

LA RIOJA.—EL COMANDANTE DE CAMPAÑA

The sides of the mountains enlargeand assume an aspect atonce more grand and more barren.By little and little the scanty vegetationlanguishes and dies; andmosse disappear, and a red burninghue suceeds.

ROUSSEL. Palestine.

En un documento tan antiguo como el año de 1560 he visto consignado elnombre de Mendoza con este aditamento: Mendoza, del valle de La Rioja.Pero La Rioja actual es una provincia argentina que está al norte de SanJuan, del cual la separan varias travesías, aunque interrumpidas porvalles poblados. De los Andes se desprenden ramificaciones que cortan laparte occidental en líneas paralelas, en cuyos valles están Los Pueblosy Chilecito, así llamado por los mineros chilenos que acudieron a lafama de las ricas minas de Famatina. Más hacia el oriente se extiendeuna llanura arenisca, desierta y agostada por los ardores del sol, encuya extremidad norte, y a las inmediaciones de una montaña cubiertahasta su cima de lozana y alta vegetación, yace el esqueleto de LaRioja, ciudad solitaria, sin arrabales y marchita como Jerusalén al piedel Monte de los Olivos. Al sur y a larga distancia limitan esta llanuraarenisca los Colorados, montes de greda{111} petrificada, cuyos cortesregulares asumen las formas más pintorescas y fantásticas; a veces esuna muralla lisa con bastiones avanzados, a veces créese ver torreones ycastillos almenados en ruinas. Ultimamente, al sudeste y rodeados deextensas travesías, están los Llanos, país quebrado y montañoso, endespecho de su nombre, oasis de vegetación pastosa que alimentó en otrotiempo millares de rebaños.

El aspecto del país es, por lo general, desolado; el clima, abrasador;la tierra, seca y sin aguas corrientes. El campesino hace represas para recoger el agua de las lluvias y dar de beber a sus ganados. Hetenido siempre la preocupación de que el aspecto de la Palestina esparecido al de La Rioja, hasta en el color rojizo u ocre de la tierra,la sequedad de algunas partes y sus cisternas; hasta en sus naranjos,vides e higueras, de exquisitos y abultados frutos, que se crían dondecorre algún cenagoso y limitado Jordán; hay una extraña combinación demontañas y llanuras, de fertilidad y aridez, de montes adustos yerizados y colinas verdinegras tapizadas de vegetación tan colosal comolos cedros del Líbano. Lo que más me trae a la imaginación estasreminiscencias orientales es el aspecto verdaderamente patriarcal de loscampesinos de La Rioja. Hoy, gracias a los caprichos de la moda, nocausa novedad el ver hombres con la barba entera, a la manera inmemorialde los pueblos de Oriente; pero aún no dejaría de sorprender por eso lavista de un pueblo que habla español y lleva y ha llevado siempre labarba completa, cayendo muchas veces hasta el pecho; un pueblo deaspecto triste, taciturno, grave y taimado, árabe, que cabalga en burrosy viste a veces de cueros de cabra, como el ermitaño de Enggady. Lugareshay en que la población se alimenta{112} exclusivamente de miel silvestre yde algarroba, como de langostas San Juan en el desierto. El llanista es el único que ignora que es el ser más desgraciado, más miserable ymás bárbaro, y gracias a esto vive contento y feliz cuando el hambre nolo acosa.

Dije al principio que había montañas rojizas que tenían a lo lejos elaspecto de torreones y castillos feudales arruinados; pues para que losrecuerdos de la Edad Media vengan a mezclarse a aquellos maticesorientales, La Rioja ha presentado por más de un siglo la lucha de dosfamilias hostiles, señoriales, ilustres, ni más ni menos que en losfeudos italianos en que figuran los Ursinos, Colonnas y Médicis.

Lasquerellas de Ocampos y Dávilas forman toda la historia culta de LaRioja. Ambas familias, antiguas, ricas, tituladas, se disputan el poderlargo tiempo, dividen la población en bandos, como los güelfos ygibelinos, aun mucho antes de la revolución de la independencia. Deestas dos familias han salido una multitud de hombres notables en lasarmas, en el foro y en la industria, porque Dávilas y Ocampos trataronsiempre de sobreponerse por todos los medios de valer que tieneconsagrados la civilización. Apagar estos rencores hereditarios entró nopocas veces en la política de los patriotas de Buenos Aires. La Logia deLautaro llevó a las dos familias a enlazar un Ocampo con una señoritaDoria y Dávila, para reconciliarlas.

Todos saben que ésta era la práctica en Italia. Romeo y Julieta fueronaquí más felices. Hacia los años 1817 el Gobierno de Buenos Aires, a finde poner término también a los feudos de aquellas casas, mandó ungobernador de fuera de la provincia, un señor Barnachea, que no tardómucho en caer bajo la influencia del partido de los Dávilas,{113} quecontaban con el apoyo de don Prudencio Quiroga, residente en los Llanosy muy querido de los habitantes, y que a causa de esto fué llamado a la ciudad y hecho tesorero y alcalde. Nótese que, aunque de un modolegítimo y noble, con don Prudencio Quiroga, padre de Facundo, entra enlos partidos civiles a figurar ya la campaña pastora como elementopolítico. Los Llanos, como ya llevo dicho, son un oasis montañoso depastos, enclavado en el centro de una extensa travesía; sus habitantes,pastores exclusivamente, viven la vida patriarcal y primitiva que aquelaislamiento conserva en toda su pureza bárbara y hostil a las ciudades.La hospitalidad es allí un deber común, y entre los deberes del peónentra el de defender a su patrón en cualquier peligro o riesgo de suvida. Estas costumbres explicarán ya un poco los fenómenos que vamos apresenciar.

Después del suceso de San Luis, Facundo se presentó en los Llanosrevestido del prestigio de la reciente hazaña y premunido de unarecomendación del Gobierno. Los partidos que dividían a La Rioja notardaron mucho en solicitar la adhesión de un hombre que todos mirabancon el respeto y asombro que inspiran siempre las acciones arrojadas.Los Ocampos, que obtuvieron el gobierno en 1820, le dieron el título desargento mayor de las milicias de los Llanos, con la influencia yautoridad de comandante de campaña.

Desde este momento principia la vida pública de Facundo. El elementopastoril, bárbaro, de aquella provincia; aquella tercera entidad queaparece en el sitio de Montevideo con Artigas, va a presentarse en LaRioja con Quiroga, llamado en su apoyo por uno de los partidos de la ciudad. Este es un momento solemne y crítico en la historia{114} de todoslos pueblos pastores de la República Argentina; hay en todos ellos undía en que por necesidad de apoyo exterior, o por el temor que yainspira un hombre audaz, se le elige comandante de campaña. Es éste elcaballo de los griegos que los troyanos se apresuran a introducir en la ciudad.

Por este tiempo ocurría en San Juan la desgraciada sublevación delnúmero 1 de los Andes, que había vuelto de Chile a rehacerse. Frustradosen los objetos del motín, Francisco Aldao y Corro emprendieron unaretirada desastrosa al norte, a reunirse a Güemes, caudillo de Salta. Elgeneral Ocampo, gobernador de La Rioja, se dispone a cerrarles el paso,y al efecto convoca todas las fuerzas de la provincia y se prepara a daruna batalla. Facundo se presenta con sus llanistas. Las fuerzas vienen alas manos, y pocos minutos bastaron al número 1 para mostrar que con larebelión no había perdido nada de su antiguo brillo en los campos debatalla. Corro y Aldao se dirigieron a la ciudad, y los dispersostrataron de rehacerse, dirigiéndose hacia los Llanos, donde podíanaguardar las fuerzas que de San Juan y Mendoza venían en persecución delos fugitivos. Facundo, en tanto, abandona el punto de reunión, caesobre la retaguardia de los vencedores, los tirotea, los importuna, lesmata o hace prisioneros a los rezagados.

Facundo es el único que estádotado de vida propia, que no espera órdenes, que obra de su propriomotu. Se ha sentido llamado a la acción, y no espera que le empujen.Mas todavía habla con desdén del Gobierno y del general, y anuncia sudisposición de obrar en adelante según su dictamen y de echar abajo elGobierno.

Dícese que un consejo de los principales del ejército instabaal general Ocampo para que lo prendiese, juzgase y fusilase;{115} pero elgeneral no consintió, menos acaso por moderación que por sentir queQuiroga era ya, no tanto un súbdito, cuanto un aliado temible.

Un arreglo definitivo entre Aldao y el Gobierno dejó acordado que aquélse dirigiría a San Luis, por no querer seguir a Corro, proveyéndole elGobierno de medios hasta salir del territorio por un itinerario quepasaba por los Llanos. Facundo fué encargado de la ejecución de estaparte de lo estipulado, y regresó a los Llanos con Aldao.

Quiroga llevaya la conciencia de su fuerza, y cuando vuelve la espalda a La Rioja, hapodido decirle en despedida: «¡Ay de ti, ciudad! En verdad os digo quedentro de poco no quedará piedra sobre piedra.»

Aldao, llegado a los Llanos, y conocido el descontento de Quiroga, leofrece cien hombres de línea para apoderarse de La Rioja, a trueque dealiarse para futuras empresas. Quiroga acepta con ardor, encamínase a laciudad, la toma, prende a los individuos del Gobierno, les mandaconfesores y orden de prepararse para morir. ¿Qué objeto tiene para élesta revolución? Ninguno; se ha sentido con fuerzas, ha estirado losbrazos y ha derrotado la ciudad. ¿Es culpa suya?

Los antiguos patriotas chilenos no han olvidado, sin duda, las proezasdel sargento Araya, de granaderos a caballo, porque entre aquellosveteranos la aureola de la gloria solía descender hasta el simplesoldado. Contábame el presbítero Meneses, cura que fué de Los Andes, quedespués de la derrota de Cancha Rayada, el sargento Araya ibaencaminándose a Mendoza con siete granaderos.

Ibaseles el alma a los patriotas de ver alejarse y repasar los Andes alos soldados más valientes del ejército, mientras que Las Heras teníatodavía un tercio bajo sus órdenes,{116} dispuesto a hacer frente a losespañoles. Tratábase de detener al sargento Araya; pero una dificultadocurría. ¿Quién se le acercaba? Una partida de 60 hombres de miliciasestaba a la mano; pero todos los soldados sabían que el prófugo era elsargento Araya, y habrían preferido mil veces atacar a los españoles quea este león de los granaderos; don José María Meneses entonces seadelanta solo y desarmado, alcanza a Araya, le ataja el paso, lereconviene, le recuerda sus glorias pasadas y la vergüenza de una fugasin motivo; Araya se deja conmover y no opone resistencia a las súplicasy órdenes de un buen paisano; se entusiasma en seguida, y corre adetener otros grupos de granaderos que le precedían en la fuga, ygracias a su diligencia y reputación, vuelve a incorporarse en elejército con 60 compañeros de armas, que se lavaron en Maipú de lamancha momentánea que había caído sobre sus laureles.

Este sargento Araya y un Lorca, también un valiente conocido en Chile,mandaban la fuerza que Aldao había puesto a las órdenes de Facundo. Losreos de La Rioja, entre los que se hallaba el doctor don Gabriel Ocampo,ex ministro de Gobierno, solicitaron la protección de Lorca para queintercediese por ellos. Facundo, aun no seguro de su momentáneaelevación, consintió en otorgarles la vida; pero esta restricción puestaa su poder le hizo sentir otra necesidad. Era preciso poseer esa fuerzaveterana para no encontrar contradicciones en lo sucesivo. De regreso alos Llanos, se entiende con Araya, y poniéndose de acuerdo, caen sobreel resto de la fuerza de Aldao, la sorprenden, y Facundo se halla enseguida jefe de 400 hombres de línea, de cuyas filas salieron despuéslos oficiales de sus primeros ejércitos.

Facundo acordóse de que don Nicolás Dávila estaba en{117} Tucumánexpatriado, y le hizo venir para encargarle de las molestias delgobierno de La Rioja, reservándose él tan sólo el poder real que loseguía a los Llanos. El abismo que mediaba entre él y los Ocampos yDávilas era tan ancho, tan brusca la transición, que no era posible porentonces hacerla de un golpe; el espíritu de ciudad era demasiadopoderoso todavía para sobreponerle la campaña; todavía un doctor enleyes valía más para el gobierno que un peón cualquiera. Después hacambiado todo esto.

Dávila se hizo cargo del gobierno bajo el patrocinio de Facundo, y porentonces pareció alejado todo motivo de zozobra. Las haciendas ypropiedades de los Dávilas estaban situadas en las inmediaciones deChilecito, y allí, por tanto, en sus deudos y amigos se hallabareconcentrada la fuerza física y moral que debía apoyarlo en elgobierno. Habiéndose, además, acrecentado la población de Chilecito conla provechosa explotación de las minas, y reunídose caudales cuantiosos,el gobierno estableció una casa de moneda provincial, y trasladó suresidencia a aquel pueblecillo, ya fuese para llevar a cabo la empresa,ya para alejarse de los Llanos y sustraerse de la sujeción incómoda queQuiroga quería ejercer sobre él. Dávila no tardó mucho en pasar de estasmedidas puramente defensivas a una actitud más decidida, y aprovechandola temporaria ausencia de Facundo, que andaba en San Juan, se concertócon el capitán Araya para que le prendiesen a su llegada. Facundo tuvoaviso de las medidas que contra él se preparaban, e introduciéndosesecretamente en los Llanos, mandó asesinar a Araya.

El gobierno, cuya autoridad era contestada de una manera tan indigna,intimó a Facundo que se presentase a responder a los cargos que se lehacían sobre el asesinato.{118} ¡Parodia ridícula! No quedaba otro medio queapelar a las armas y encender la guerra civil entre el gobierno yQuiroga, entre la ciudad y los Llanos.

Facundo mandó a su vez unacomisión a la Junta de Representantes, pidiéndole que depusiese aDávila. La Junta había llamado al gobernador con instancia para quedesde allí, y con el apoyo de todos los ciudadanos, invadiese los Llanosy desarmase a Quiroga. Había en esto un interés local, y era hacer quela Casa de la Moneda fuese trasladada a la ciudad de La Rioja; pero comoDávila persistiese en residir en Chilecito, la Junta, accediendo a lasolicitud de Quiroga, lo declaró depuesto. El gobernador Dávila habíareunido, bajo las órdenes de don Miguel Dávila, muchos soldados de losde Aldao; poseía un buen armamento, muchos adictos que querían salvar laprovincia del dominio del caudillo que se estaba levantando en losLlanos, y varios oficiales de línea para poner a la cabeza de lasfuerzas. Los preparativos de guerra empezaron, pues, con igual ardor enChilecito y en los Llanos; y el rumor de los aciagos sucesos que sepreparaban, llegó hasta San Juan y Mendoza, cuyos gobiernos mandaron uncomisionado a procurar un arreglo entre los beligerantes que ya estabana punto de venir a las manos.

Corvalán, ese mismo que hoy sirve de ordenanza a Rosas, se presentó alcampo de Quiroga a interponer la mediación de que venía encargado, y quefué aceptada por el caudillo; pasó en seguida al campo enemigo, dondeobtuvo la misma cordial acogida.

Regresa al campo de Quiroga paraarreglar el convenio definitivo; pero éste, dejándolo allí, se puso enmovimiento sobre su enemigo, cuyas fuerzas, desapercibidas por lasseguridades dadas por el enviado, fueron fácilmente derrotadas ydispersas.{119}

Don Miguel Dávila, reuniendo algunos de los suyos, acometiódenodadamente a Quiroga, a quien alcanzó a herir en un muslo antes queuna bala le llevase la muñeca; en seguida fué rodeado y muerto por lossoldados. Hay en este suceso una cosa muy característica del espíritugaucho. Un soldado se complace en enseñar sus cicatrices; el gaucho lasoculta y disimula cuando son de arma blanca, porque prueban su pocadestreza, y Facundo, fiel a estas ideas de honor, jamás recordó laherida que Dávila le había abierto antes de morir.

Aquí termina la historia de los Ocampos y Dávilas, y de La Riojatambién. Lo que sigue es la historia de Quiroga. Este día es también unode los nefastos de las ciudades pastoras, día aciago que al fin llega.Este día corresponde en la historia de Buenos Aires al de abril de 1835,en que su comandante de campaña, su héroe del desierto, se apodera de laciudad.

Hay una circunstancia curiosa (1823) que no debo omitir porque hacehonor a Quiroga: en esta noche negra que vamos a atravesar no debeperderse la más débil lucecilla. Facundo, al entrar triunfante en LaRioja, hizo cesar los repiques de las campanas, y después de mandar darel pésame a la viuda del general muerto, ordenó pomposas exequias parahonrar sus cenizas. Nombró o hizo nombrar por gobernador a un españolvulgar, un Blanco, y con él principió el nuevo orden de cosas que debíarealizar el bello ideal del gobierno que había concebido; porque Quirogaen su larga carrera, en los diversos pueblos que ha conquistado, jamásse ha encargado del gobierno organizado, que abandonaba siempre a otros.Momento grande y espectable para los pueblos es siempre aquél en que unamano vigorosa se apodera de sus destinos. Las instituciones se{120} afirmano ceden su lugar a otras nuevas más fecundas en resultados, o másconformes con las ideas que predominan. De aquel foco parten muchasveces los hilos que, entretejiéndose con el tiempo, llegan a cambiar latela de que se compone la historia.

No así cuando predomina una fuerza extraña a la civilización, cuandoAtila se apodera de Roma, o Tamerlán recorre las llanuras asiáticas; losescombros quedan, pero en vano iría después a removerlos la mano de lafilosofía para buscar debajo de ellos las plantas vigorosas que nacierancon el abono nutritivo de la sangre humana.

Facundo, genio bárbaro, seapodera de su país; las tradiciones de gobierno desaparecen, las formasse degradan, las leyes son un juguete en manos torpes; y en medio deesta destrucción efectuada por las pisadas de los caballos, nada sesustituye, nada se establece. El desahogo, la desocupación y la incuriason el bien supremo del gaucho. Si La Rioja, como tenía doctores hubieratenido estatuas, éstas habrían servido para amarrar los caballos.

Facundo deseaba poseer, e incapaz de crear un sistema de rentas, acude alo que acuden siempre los gobiernos torpes e imbéciles. Mas aquí elmonopolio llevará el sello de la vida pastoril, la espoliación y laviolencia. Rematábanse los diezmos de La Rioja en aquella época en diezmil pesos anualmente; ésta era por lo menos el término medio. Facundo sepresenta en la mesa del remate, y ya su asistencia, hasta entoncesinusitada, impone respeto a los postores. «Doy dos mil pesos—dice—yuno más, sobre la mejor postura.» El escribano repite la propuesta tresveces y nadie ofrece mejora. Era que todos los concurrentes se habíanescurrido uno a uno al leer en la mirada siniestra de Quiroga queaquélla era la última postura. Al año{121} siguiente se contentó con mandaral remate una cedulilla así concebida: «Doy dos mil pesos, y uno más,sobre la mejor postura.— Facundo Quiroga. »

Al tercer año se suprimió la ceremonia del remate, y el año 1831 Quirogamandaba todavía a La Rioja dos mil pesos, valor fijado a los diezmos.

Pero faltaba un paso que dar para hacer redituar el diezmo un ciento poruno, y Facundo, desde el segundo año, no quiso recibir el de animales,sino que distribuyó su marca a todos los hacendados, a fin de queherrasen el diezmo, y se les guardase las estancias hasta que él loreclamase. Las crías se aumentaban, los diezmos nuevos acrecentaban elpiño de ganado, y a la vuelta de diez años se pudo calcular que la mitaddel ganado de las estancias de una provincia pastora, pertenecía alcomandante general de armas y llevaba su marca.

Una costumbre inmemorial en La Rioja hacía que los ganados mostrencos,o no marcados a cierta edad, perteneciesen de derecho al fisco, quemandaba sus agentes a recoger estas espigas perdidas, y sacaba de lacolecta una renta no despreciable, si bien se hacía intolerable para losestancieros. Facundo pidió que se le adjudicase este ganado enresarcimiento de los gastos que le había demandado la invasión a laciudad; gastos que se reducían a convocar las milicias, que concurren ensus caballos y viven siempre de lo que encuentran. Poseedor ya departidas de seis mil novillos al año, mandaba a las ciudades susabastecedores, y ¡desgraciado el que entrase a competir con él! Estenegocio de abastecer los mercados de carne lo ha practicado dondequieraque sus armas se presentaron, en San Juan, Mendoza, Tucumán, cuidandosiempre de monopolizarlo en su favor por algún bando o un simple{122}anuncio. Da asco y vergüenza, sin duda, tener que descender a estospormenores indignos de ser recordados. Pero, ¿qué hacer? En seguida deuna batalla sangrienta que le ha abierto la entrada a una ciudad, loprimero que el general ordena es que nadie pueda abastecer de carne elmercado... En Tucumán supo que un vecino, contraviniendo la orden,mataba reses en su casa. El general del ejército de los Andes, elvencedor de la Ciudadela, no creyó deber confiar a nadie la pesquisa dedelito tan horrendo. Va él en persona, da recios golpes a la puerta dela casa, que permanecía cerrada, y que, atónitos los de adentro, noaciertan a abrir. Una patada del ilustre general la echa abajo, y exponea su vista esta escena, una res muerta que desollaba el dueño de lacasa, que a su vez cae también muerto a la vista terrífica del generalofendido[26].

No me detengo en estos pormenores a designio. ¡Cuántas páginas omito!¡Cuántas iniquidades comprobadas, y de todos sabidas, callo! Pero hagola historia del gobierno bárbaro, y necesito hacer conocer sus resortes.Mehemet-Alí,{123} dueño de Egipto por los mismos medios que Facundo, seentrega a una rapacidad sin ejemplo aun en la Turquía; constituye elmonopolio en todos los ramos, y los explota en su beneficio; peroMehemet-Alí sale del seno de una nación bárbara, y se eleva hasta desearla civilización europea e injertarla en las venas del pueblo que oprime.Facundo, empero, rechaza todos los medios civilizados que ya sonconocidos, los destruye y desmoraliza; Facundo, que no gobierna, porqueel gobierno es ya un trabajo en beneficio ajeno, se abandona a losinstintos de una avaricia sin medidas, sin escrúpulos.

El egoísmo es el fondo de casi todos los grandes caracteres históricos;el egoísmo es el muelle real que hace ejecutar todas las grandesacciones; Quiroga poseía este don político en grado eminente, y loejercitaba en reconcentrar en torno suyo todo lo que veía diseminado enla sociedad inculta que lo rodeaba; fortuna, poder, autoridad, todo estácon él; todo lo que no puede adquirir: maneras, instrucción,respetabilidad fundada, eso lo persigue, lo destruye en las personas quelo poseen. Su encono contra la gente decente, contra la ciudad, escada día más visible; el gobernador de La Rioja puesto por él renunciaal fin a fuerza de ser vejado diariamente. Un día está de buen humor{124}Quiroga, y juega con un joven, como el gato juega con la tímida rata:juega a si lo mata o no lo mata; el terror de la víctima ha sido tanridículo, que el verdugo se ha puesto de buen humor, se ha reído acarcajadas, contra su costumbre habitual.

Su buen humor no debe quedar ignorado: necesita explayarse, extenderlosobre una gran superficie. Suena la generala en La Rioja, y losciudadanos salen a las calles armados al rumor de alarma. Facundo, queha hecho tocar a generala para divertirse, forma a los vecinos en laplaza a las once de la noche, despide de las filas a la plebe, y dejasólo a los vecinos padres de familia acomodados, a los jóvenes que aúnconservan visos de cultura.

Hácelos marchar y contramarchar toda la noche, hacer alto, alinearse,marchar de frente, de flanco. Es un cabo de instrucción que enseña aunos reclutas, y la vara del cabo anda por la cabeza de los torpes, porel pecho de los que no se alínean bien; ¿qué quieren? ¡así se enseña! Eldía sobreviene, y los semblantes pálidos de los reclutas; su fatiga yextenuación revelan todo lo que se ha aprendido en la noche. Al fin dadescanso a su tropa, y lleva la generosidad hasta comprar empanadas, ydistribuir a cada uno la suya, que se apresura a comer, porque es parteésta de la diversión.

Lecciones de este género no son inútiles para las ciudades, y el hábilpolítico que en Buenos Aires ha elevado a sistema estos procedimientos,los ha refinado y hecho producir efectos maravillosos. Por ejemplo,desde 1835 hasta 1840, casi toda la ciudad de Buenos Aires ha pasado porlas cárceles. Había a veces ciento cincuenta ciudadanos que permanecíanpresos dos, tres meses, para ceder su lugar a un repuesto de doscientosque permanecían seis meses.{125} ¿Por qué? ¿qué habían hecho?... ¿qué habíandicho? ¡Imbéciles!: ¿no véis que se está disciplinando la ciudad?...¿No recordás que Rosas decía a Quiroga que no era posible constituir laRepública porque no había costumbres? ¡Es que está acostumbrando a laciudad a ser gobernada; él concluirá la obra, y en 1844 podrá presentaral mundo un pueblo que no tiene sino un pensamiento, una opinión, unavoz, un entusiasmo sin límites por la persona y por la voluntad deRosas! ¡Ahora sí que se puede constituir una república!

Pero volvamos a La Rioja. Habíase excitado en Inglaterra un movimientofebril de empresa sobre las minas de los nuevos Estados americanos;compañías poderosas se proponían explotar las de Méjico y Perú, yRivadavia, residente en Londres entonces, estimuló a los empresarios atraer sus capitales a la República Argentina. Las minas de Famatina sepresentaban a las grandes empresas. Especuladores de Buenos Airesobtienen al mismo tiempo privilegios exclusivos para la explotación, conel designio de venderlos a las compañías inglesas por sumas enormes.Estas dos especulaciones, la de Inglaterra y la de Buenos Aires, secruzaron en sus planes y no pudieron entenderse. Al fin hubo transaccióncon otra casa inglesa que debía suministrar fondos, y que, en efecto,mandó directores y mineros ingleses. Más tarde se especuló en estableceruna Casa de Moneda en La Rioja, que, cuando el Gobierno nacional seorganizase, debía serle vendida en una gran suma. Facundo, solicitado,entró con un gran número de acciones, que pagó con el Colegio deJesuítas, que se hizo adjudicar en pago de sus sueldos de general. Unacomisión de accionistas de Buenos Aires vino a La Rioja para realizaresta empresa, y desde luego manifestó su deseo de ser presentada{126} aQuiroga, cuyo nombre misterioso y terrorífico empezaba a resonar portodas partes. Facundo se le presenta en su alojamiento con media de seda de patente, calzón de jergón y un poncho de tela ruin. Noobstante lo grotesco de esta figura, a ninguno de los ciudadanoselegantes de Buenos Aires le ocurrió reírse, porque eran demasiadoavisados para no descifrar el enigma. Quería humillar a los hombrescultos, y mostrarles el caso que hacía de sus trajes europeos.

Ultimamente, derechos exhorbitantes sobre la extracción de ganados queno fuesen los suyos, completaron el sistema de administraciónestablecido en su provincia. Pero a más de estos medios directos defortuna, hay uno que me apresuro a exponer, por desembarazarme de unavez de un hecho que abraza toda la vida pública de Facundo.

¡El juego!Facundo tenía la rabia del juego, como otros la de los licores, comootros la del rapé. Un alma poderosa pero incapaz de abrazar una grandeesfera de ideas, necesitaba esta ocupación ficticia en que una pasiónestá en continuo ejercicio, contrariada y halagada a la vez, irritada,excitada, atormentada. Siempre he creído que la pasión del juego es enlos más casos una buena cualidad de espíritu que está ociosa por la malaorganización de una sociedad. Estas fuerzas de voluntad, de temeridad,de abnegación y de constancia, son las mismas que forman las fortunasdel comerciante emprendedor, del banquero y del conquistador que juegaimperios a las batallas.

Facundo ha jugado desde la infancia; el juegoha sido su único goce, su desahogo, su vida entera. ¿Pero sabéis lo quees un tallador que tiene en fondos el poder, el terror y la vida de suscompañeros de mesa?

Esta es una cosa de que nadie ha podido formarse idea,{127} sino después dehaberlo visto durante veinte años. Facundo jugaba sin lealtad, dicen susenemigos... Yo no doy fe a este cargo, porque la mala fe le era inútil,y porque perseguía de muerte a los que la usaban.

Pero Facundo jugaba con fondos ilimitados; no permitió jamás que nadielevantase de la mesa el dinero con que jugaba; no era posible dejar dejugar sin que él lo dispusiese; él jugaba cuarenta horas, y más,consecutivas; él no estaba turbado por el terror, y él podía mandarazotar o fusilar a sus compañeros de carpeta, que muchas veces eranhombres comprometidos. He aquí el secreto de la buena fortuna deQuiroga.

Son raros los que le han ganado sumas considerables, aunquesean muchos los que en momentos dados de una partida de juego han tenidodelante de sí pirámides de onzas ganadas a Quiroga; el juego ha seguido,porque al ganancioso no le era permitido levantarse, y al fin sólo le haquedado la gloria de contar que ya tenía ganado tanto y lo perdió enseguida.

El juego fué, pues, para Quiroga una diversión favorita y un sistema deexpoliación.

Nadie recibía dinero de él en La Rioja, nadie lo poseía sinser invitado inmediatamente a jugar y a dejarlo en poder del caudillo.La mayor parte de los comerciantes de La Rioja quiebran, desaparecen,porque el dinero ha ido a parar a la bolsa del general, y no es porqueno les dé lecciones de prudencia. Un joven había ganado a Facundo cuatromil pesos, y Facundo no quiere jugar más. El joven cree que es una redque le tienden, que su vida está en peligro. Facundo repite que no juegamás, insiste el joven atolondrado, y Facundo, condescendiendo, le gana los cuatro mil pesos y le manda dar doscientos azotes, por bárbaro.

Me fatigo de leer infamias, contestes en todos los manuscritos{128} queconsulto.

Sacrifico la relación de ellas a la vanidad de autor, a lapretensión literaria. Si digo más, los cuadros me salen recargados,innobles, repulsivos.

Hasta aquí llega la vida del comandante de campaña, después que haabolido la ciudad, la ha suprimido. Facundo hasta aquí es como todoslos demás, como Rosas en su estancia, aunque ni el juego ni lasatisfacción brutal de todas las pasiones le deshonrasen tanto antes dellegar al Poder. Pero Facundo va a entrar en una nueva esfera, ytendremos luego que seguirlo por toda la República, que ir a buscarlo enlos campos de batalla.

¿Qué consecuencias trajo para la provincia de La Rioja la destruccióndel orden civil? Sobre esto no se razona, no se discurre. Se va a verel teatro en que estos sucesos se desenvolvieron, y se tiende la vistasobre él: ahí está la respuesta. Los Llanos de La Rioja están hoydesiertos; la población ha emigrado a San Juan; los aljibes que daban debeber a millares de rebaños se han secado. En esos Llanos, donde ahoraveinte años pacían tantos millares de rumiantes, vaga tranquilo eltigre, que ha reconquistado sus dominios; algunas familias depordioseros recogen algarroba para mantenerse. Así han pagado los Llanoslos males que extendieron sobre la República. «¡Ay de ti, Betsaida yCorazain! En verdad os digo que Sodoma y Gomorra fueron mejor tratadasque lo que debéis serlo vosotras.»{129}

CAPÍTULO III

SOCIABILIDAD.—CÓRDOBA.—BUENOS AIRES.

La société du moyen âge étaitcomposée des debris de mille autressociétés. Toutes les formes deliberté et servitude se recontraient:la liberté monarchique du roi, laliberté individuelle du prêtre, la libertéprivilegiée des villes, la libertéreprésentative de la nation, l'esclavageromain, le servage barbare,la servitude de l'aubain.

CHATEAUBRIAND.

Facundo posee La Rioja como árbitro y dueño absoluto; no hay más voz quela suya, más interés que el suyo. Como no hay letras, no hay opiniones,y como no hay opiniones diversas, La Rioja es una máquina de guerra queirá adonde la lleven. Hasta aquí Facundo nada ha hecho de nuevo, sinembargo; esto era lo mismo que habían hecho el doctor Francia, Ibarra,López y Bustos; lo que habían intentado Güemes y Araoz en el Norte:destruir todo el derecho para hacer valer el suyo propio. Pero un mundode ideas, de intereses contradictorios, se agitaba fuera de La Rioja, yel rumor lejano de las discusiones de la Prensa y de los partidosllegaba hasta su residencia en los Llanos. Por otra parte, él no habíapodido elevarse sin que el ruido que hacía en el edificio de lacivilización que destruía no se oyese a la distancia y los pueblosvecinos no fijasen en él sus{130} miradas. Su nombre había pasado loslímites de La Rioja; Rivadavia lo invitaba a contribuir a laorganización de la República; Bustos y López a oponerse a ella; elGobierno de San Juan se preciaba de contarlo entre sus amigos, y hombresdesconocidos venían a los Llanos a saludarlo y pedirle apoyo parasostener este o el otro partido. Presentaba la República Argentina enaquella época un cuadro animado e interesante. Todos los intereses,todas las ideas, todas las pasiones se habían dado cita para agitarse ymeter ruido. Aquí un caudillo que no quería nada con el resto de laRepública; allí un pueblo que nada más pedía que salir de suaislamiento; allá un Gobierno que transportaba la Europa a la América;acullá otro que odiaba hasta el nombre de civilización; en unas partesse rehabilitaba el Santo Tribunal de la Inquisición; en otras sedeclaraba la libertad de las conciencias como el primero de los derechosdel hombre; unos gritaban federación, otros gobierno central. Cada unade estas diversas fases tenía intereses y pasiones fuertes, invenciblesen su apoyo. Yo necesito aclarar un poco este caos para mostrar el papelque tocó desempeñar a Quiroga, y la grande obra que debió realizar. Parapintar el comandante de campaña que se apodera de la ciudad y laaniquila al fin, he necesitado describir el suelo argentino, los hábitosque engendra, los caracteres que desenvuelve. Ahora, para mostrar aQuiroga saliendo ya de su provincia y proclamando un principio, unaidea, y llevándola a todas partes en la punta de las lanzas, necesitotambién trazar la carta geográfica de las ideas y de los intereses quese agitaban en las ciudades. Para este fin necesito examinar dosciudades, en cada una de las cuales predominaban las ideas opuestas:Córdoba y Buenos Aires, tales como existían hasta 1825.{131}

Córdoba era, no diré la ciudad más coqueta de la América, porque seofendería de ello su gravedad española, pero sí una de las ciudades másbonitas del continente. Sita en una hondonada que forma un terrenoelevado, llamado Los Altos, se ha visto forzada a replegarse sobre símisma, a estrechar y reunir sus regulares edificios de ladrillo. Elcielo es purísimo, el invierno seco y tónico, el verano ardiente ytormentoso. Hacia el oriente tiene un bellísimo paseo de formascaprichosas, de un golpe de vista mágico. Consiste en un estanque deagua encuadrado en una vereda espaciosa, que sombrean sauces añosos ycolosales. Cada costado es de una cuadra de largo, encerrado bajo unareja de fierro de cuatro varas de alto, con enormes puertas a los cuatrocostados, de manera que el paseo es una prisión encantada en que se davueltas siempre en torno de un vistoso cenador de arquitectura griega,que está inmóvil en el centro del fingido lago. En la plaza principalestá la magnífica catedral de orden romano, con su enorme cúpularecortada en arabescos, único modelo que yo sepa que haya en la Américadel Sur de la arquitectura de la Edad Media. A una cuadra está el temploy convento de la Compañía de Jesús, en cuyo presbiterio hay una trampaque da entrada a subterráneos que se extienden por debajo de la ciudad yvan a parar no se sabe todavía adónde; también se han encontrado loscalabozos en que la Sociedad sepultaba vivos a sus reos. Si queréis,pues, conocer monumentos de la Edad Media y examinar el poder y lasformas de aquella célebre orden, id a Córdoba, donde estuvo uno de susgrandes establecimientos centrales de América.

En cada cuadra de la sucinta ciudad hay un soberbio convento, unmonasterio o una casa de beatas o de ejercicios.{132} Cada familia teníaentonces un clérigo, un fraile, una monja o un corista; los pobres secontentaban con poder contar entre los suyos un belermita, un motilón,un sacristán o un monacillo.

Cada convento o monasterio tenía una ranchería contigua, en que estabanreproduciéndose ochocientos esclavos de la orden, negros, zambos,mulatos y mulatillas de ojos azules, rubias, rozagantes, de piernasbruñidas como el mármol; verdaderas circasianas dotadas de todas lasgracias, con más de una dentadura de origen africano, que servía de ceboa las pasiones humanas, todo para mayor honra y provecho del convento aque estas huríes pertenecían.

Andando un poco en la visita que hacemos, se encuentra la célebreUniversidad de Córdoba, fundada nada menos que el año de 1613, y encuyos claustros sombríos han pasado su juventud ocho generaciones dedoctores en ambos derechos, ergotistas insignes, comentadores ycasuístas. Oigamos al célebre deán Funes describir la enseñanza yespíritu de esta famosa Universidad, que ha provisto durante dos siglosde teólogos y doctores a una gran parte de la América: «El cursoteológico duraba cinco años y medio... La Teología participaba de lacorrupción de los estudios filosóficos.

Aplicada la filosofía deAristóteles a la Teología, formaba una mezcla de profano y espiritual.Razonamientos

puramente

humanos,

sutilezas,

sofismas

engañosos,cuestiones frívolas e impertinentes, esto fué lo que vino a formar elgusto dominante de estas escuelas.» Si queréis penetrar un poco más enel espíritu de libertad que daría esta instrucción, oíd al deán Funestodavía: «Esta Universidad nació y se creó exclusivamente en manos delos jesuítas, quienes la establecieron en su colegio llamado Máximo, dela ciudad de Córdoba.» Muy distinguidos{133} abogados han salido de allí,pero literatos ninguno que no haya ido a rehacer su educación en BuenosAires y con los libros europeos.

Esta ciudad docta no ha tenido hasta hoy teatro público, no conoció laópera, no tiene aún diarios, y la imprenta es una industria que no hapodido arraigarse allí. El espíritu de Córdoba hasta 1829 es monacal yescolástico; la conversación de los estrados rueda siempre sobre lasprocesiones, las fiestas de los santos, sobre exámenes universitarios,profesión de monjas, recepción de las borlas de doctor.

Hasta dónde puede esto influir en el espíritu de un pueblo ocupado deestas ideas durante dos siglos, no puede decirse; pero algo debeinfluir, porque ya lo véis: el habitante de Córdoba tiende los ojos entorno suyo y no ve el espacio; el horizonte está a cuatro cuadras de laplaza; sale por las tardes a pasearse, y en lugar de ir y venir por unacalle de álamos, espaciosa y larga como la cañada de Santiago, queensancha el ánimo y lo vivifica, da vueltas en torno de un lagoartificial de agua sin movimiento, sin vida, en cuyo centro está uncenador de formas majestuosas, pero inmóvil, estacionario. La ciudad esun claustro encerrado entre barrancas; el paseo es un claustro converjas de fierro; cada manzana tiene un claustro de monjas o frailes; laUniversidad es un claustro en que todos llevan sotana o manteo; lalegislación que se enseña, la Teología, toda la ciencia escolástica dela Edad Media, es un claustro en que se encierra y parapeta lainteligencia contra todo lo que salga del texto y del comentario.Córdoba no sabe que existe en la tierra otra cosa que Córdoba; ha oído,es verdad, decir que Buenos Aires está por ahí; pero si lo cree, lo queno sucede siempre, pregunta: «¿Tiene Universidad? Pero será de ayer.Veamos: ¿cuántos conventos{134}

tiene? ¿Tiene paseo como éste? Entonces esono es nada...»

«¿Por qué autor estudian ustedes legislación allá?—preguntaba el gravedoctor Jigena a un joven de Buenos Aires—.—Por Bentham.—¿Por quiéndice usted? ¿Por Benthancito?—señalando con el dedo el tamaño delvolumen en dozavo en que anda la edición de Bentham—. ¡Ja, ja, ja!...¡Por Benthancito! En un escrito mío hay más doctrina que en esosmamotretos. ¡Qué Universidad y qué doctorzuelos!—Y ustedes,

¿por quiénenseñan?—¡Oh, el cardenal de Luca!...—¿Qué dice usted?...—¡Diez ysiete volúmenes en folio!...»

Es verdad que el viajero que se acerca a Córdoba busca y no encuentra enel horizonte la ciudad santa, la ciudad mística, la ciudad con capelo yborlas de doctor.

Al fin el arriero le dice: «Vea ahí... abajo..., entrelos pastos...» Y, en efecto: fijando la vista en el suelo, y a cortadistancia, vense asomar una, dos, tres, diez cruces seguidas de cúpulasy torres de los muchos templos que decoran esta Pompeya de la España dela Edad Media.

Por lo demás, el pueblo de la ciudad, compuesto de artesanos, participadel espíritu de las clases altas; el maestro zapatero se daba los airesde doctor en zapatería y os enderezaba un texto latino al tomarosgravemente la medida; el ergo andaba por las cocinas, en boca de losmendigos y locos de la ciudad, y toda disputa entre ganapanes tomaba eltono y forma de las conclusiones. Añádase que durante toda la revoluciónCórdoba ha sido el asilo de los españoles en todas las demás partesmaltratados. Estaban allí como en casa. ¿Qué mella haría la revoluciónde 1810

en un pueblo educado por los jesuítas y enclaustrado por lanaturaleza, la educación y el arte? ¿Qué asidero encontrarían las ideasrevolucionarias, hijas de Rousseau, Mably,{135} Beynal y Voltaire, si porfortuna atravesaban la pampa para descender a la catacumba española, enaquellas cabezas disciplinadas por el peripato para hacer frente a todaidea nueva, en aquellas inteligencias que, como su paseo, tenían unaidea inmóvil en el centro, rodeada de un lago de aguas muertas, queestorbaba penetrar hasta ellas?

Hacia los años de 1816, el ilustrado y liberal deán Funes logróintroducir en aquella antigua Universidad los estudios hasta entoncestan despreciados: Matemáticas, idiomas vivos, Derecho público, Física,Dibujo y Música. La juventud cordobesa empezó desde entonces a encaminarsus ideas por nuevas vías, y no tardó mucho en sentirse los efectos, delo que trataremos en otra parte, porque por ahora sólo caracterizo elespíritu maduro, tradicional, que era el que predominaba.

La revolución de 1810 encontró en Córdoba un oído cerrado, al mismotiempo que las provincias todas respondían a un tiempo: «¡A las armas!¡A la libertad!» En

index-71_1.png

Córdoba empezó Liniers a levantar ejércitos para quefuesen a Buenos Aires a ajusticiar la revolución; a Córdoba mandó laJunta uno de los suyos y sus tropas a decapitar a la España. Córdoba, enfin, ofendida del ultraje, y esperando venganza y reparación, escribiócon la mano docta de la Universidad, y en el idioma del breviario y loscomentadores, aquel célebre anagrama que señalaba al pasajero la tumbade los primeros realistas sacrificados en los altares de la patria:

{136}

¡Ya lo véis. Córdoba protesta y clama al cielo contra la revolución de1810!

En 1820 un ejército se subleva en Arequito, y su jefe, cordobés,abandona el pabellón de la patria y se establece pacíficamente enCórdoba, que no ha tomado parte en la revolución y que se goza enhaberle arrebatado un ejército. Bustos crea un Gobierno español, sinresponsabilidad; introduce la etiqueta de corte, el quietismo secular dela España, y así preparada, llega Córdoba al año 25, en que se trata deorganizar la República y constituir la revolución y sus consecuencias.

Examinemos ahora a Buenos Aires. Durante mucho tiempo lucha con losindígenas que la barren de la haz de la tierra; vuelve a levantarse, caeen seguida, hasta que por los años 1620 se levanta ya en el mapa de losdominios españoles lo suficiente para elevarla a capitanía general,separándola de la del Paraguay a que hasta entonces estaba sometida. En1777 era Buenos Aires ya muy visible. Tanto, que fué necesario rehacerla geografía administrativa de las colonias para ponerla al frente de unvirreinato creado exprofeso para ella.

En 1806 el ojo especulador de Inglaterra recorre el mapa americano ysólo ve a Buenos Aires, su río, su porvenir. En 1810 Buenos Aires pululade revolucionarios avezados en todas las doctrinas antiespañolas,francesas, europeas. ¿Qué movimiento de ascensión se ha estado operandoen la ribera occidental del Río de la Plata? La España colonizadora noera ni comerciante ni navegante; el Río de la Plata era para ella pocacosa; la España oficial miró con desdén una playa y un río. Andando eltiempo, el río había depuesto su sedimento de riquezas sobre esta playa,pero muy poco del espíritu español, del Gobierno español. La{137} actividaddel comercio había traído el espíritu y las ideas generales de Europa;los buques que frecuentaban sus aguas traían libros de todas partes ynoticia de todos los acontecimientos políticos del mundo. Nótese que laEspaña no tenía otra ciudad comerciante en el Atlántico.

La guerra con los ingleses aceleró el movimiento de los ánimos hacia laemancipación y despertó el sentimiento de la propia importancia. BuenosAires es un niño que vence a un gigante, se infatúa, se cree un héroe yse aventura a cosas mayores. Llevada de este sentimiento de la propiasuficiencia, inicia la revolución con una audacia sin ejemplo, la llevapor todas partes, se cree encargada de lo Alto de la realización de unagrande obra. El Contrato Social vuela de mano en mano; Mably y Raynalson los oráculos de la prensa; Robespierre y la Convención, los modelos.Buenos Aires se cree una continuación de la Europa, y si no confiesafrancamente que es francesa y norteamericana en su espíritu ytendencias, niega su origen español, porque el Gobierno español, dice,la ha recogido después de adulta. Con la revolución vienen los ejércitosy la gloria, los triunfos y los reveses, las revueltas y las sediciones.

Pero Buenos Aires, en medio de todos estos vaivenes, muestra la fuerzarevolucionaria de que está dotada. Bolívar es todo; Venezuela es lapeana de aquella colosal figura; Buenos Aires es una ciudad entera derevolucionarios; Belgrano, Rondeau, San Martín, Alvear y los ciengenerales que mandan sus ejércitos son sus instrumentos, sus brazos, nosu cabeza ni su cuerpo. En la República Argentina no puede decirse elgeneral tal libertó el país, sino la junta, el directorio, el congreso,el Gobierno de tal o tal época mandó al general tal que hiciese talcosa, etc.

El contacto con los europeos de todas las naciones es mayoraún desde{138} los principios

que

en

ninguna

parte

del

continentehispanoamericano;

la

desespañolización y la europeificación seefectúan en diez años de un modo radical, sólo en Buenos Aires, seentiende.

No hay más que tomar una lista de vecinos de Buenos Aires para ver cómoabundan en los hijos del país los apellidos ingleses, franceses,alemanes e italianos. El año 1820

se empieza a organizar la sociedadsegún las nuevas ideas de que está impregnada, y el movimiento continúahasta que Rivadavia se pone a la cabeza del Gobierno. Hasta este momentoRodríguez y Las Heras han estado echando los cimientos ordinarios de losGobiernos libres. Ley de olvido, seguridad individual, respeto a lapropiedad, responsabilidad de la autoridad, equilibrio de los poderes,educación pública; todo, en fin, se cimenta y constituye pacíficamente.Rivadavia viene a Europa, se trae a la Europa; más todavía, desprecia ala Europa; Buenos Aires, y por supuesto, decían, la República Argentina,realizará lo que la Francia republicana no ha podido, lo que laaristocracia inglesa no quiere, lo que la Europa despotizada echa demenos. Esta no era una ilusión de Rivadavia, era el pensamiento generalde la ciudad, era su espíritu y su tendencia.

El más o el menos en las pretensiones dividía los partidos, pero noideas antagonistas en el fondo. ¿Y qué otra cosa había de suceder en unpueblo que sólo en catorce años había escarmentado a la Inglaterra,correteado la mitad del continente, equipado diez ejércitos, dado cienbatallas campales, vencido en todas partes, mezcládose en todos losacontecimientos, violado todas las tradiciones, ensayado todas lasteorías, aventurádolo todo y salido bien en todo, que vivía, seenriquecía, se civilizaba?{139} ¿Qué había de suceder cuando las teorías degobierno, la fe política que le había dado la Europa estaba plagada deerrores, de teorías absurdas y engañosas, de malos principios, porquesus políticos no tenían obligación de saber más que los grandes hombresde la Europa, que hasta entonces no sabían nada en materia deorganización política? Este es un hecho grave que quiero hacer notar.Hoy los estudios sobre las constituciones, las razas, las creencias, lahistoria, en fin, han hecho vulgares ciertos conocimientos prácticos quenos aleccionan contra el brillo de las teorías concebidas à priori;pero antes de 1820 nada de esto había transcendido por el mundo europeo.

Con las paradojas del Contrato Social se sublevó la Francia; BuenosAires hizo lo mismo; Voltaire había desacreditado al cristianismo, sedesacreditó también en Buenos Aires; Montesquieu distinguió trespoderes, y al punto tres poderes tuvimos nosotros; Benjamín Constant yBentham anulaban al ejecutivo, nulo de nacimiento se le constituyó allí;Smith y Say predicaban el comercio libre, libre el comercio se repitió.Buenos Aires confesaba y creía todo lo que el mundo sabio de Europacreía y confesaba. Sólo después de la revolución de 1830 en Francia, yde sus resultados incompletos, las ciencias sociales toman nuevadirección y se comienzan a desvanecer las ilusiones.

Desde entonces empiezan a llegarnos libros europeos que nos demuestranque Voltaire no tenía mucha razón, que Rousseau era un sofista, queMably y Raynal eran unos anárquicos, que no hay tres poderes, nicontrato social, etcétera, etc. Desde entonces sabemos algo de razas, detendencias, de hábitos nacionales, de antecedentes históricos.Tocqueville

nos

revela

por

la

primera

vez

el

secreto

de

Norteamérica;Sismondi nos descubre el vacío de las{140} constituciones; Thierry, Michelety Guizot, el espíritu de la historia; la revolución de 1830, toda ladecepción del constitucionalismo de Benjamín Constant; la revoluciónespañola, todo lo que hay de incompleto y atrasado en nuestra raza. ¿Dequé culpan, pues, a Rivadavia y a Buenos Aires? ¿De no tener más saberque los sabios europeos que los extraviaban?

Por otra parte, ¿cómo noabrazar con ardor las ideas generales el pueblo que había contribuídotanto y con tan buen suceso a generalizar la revolución? ¿Cómo ponerlerienda al vuelo de la fantasía del habitante de una llanura sin límites,dando frente a un río sin ribera opuesta, a un paso de la Europa, sinconciencia de sus propias tradiciones, sin tenerlas en realidad, pueblonuevo improvisado, y que desde la cuna se oye saludar pueblo grande?

¡Al gran pueblo argentino, salud!

Porque estas palabras que nuestra canción nacional recuerda y con lasque se nos ha mecido desde la cuna, no las inventó la vanidad del autor,las tomó de Pradt y de la Prensa de Europa, de las gacetas ycomunicaciones oficiales de los demás Estados americanos. Todos lellamaban grande, todos se habían complotado a impulsarlo a las grandescosas.

Así educada, mimada hasta entonces por la fortuna, Buenos Aires seentregó a la obra de constituirse ella y la República, como se habíaentregado a la de libertarse ella y la América, con decisión, sin mediostérminos, sin contemporización con los obstáculos. Rivadavia era laencarnación viva de ese espíritu poético, grandioso, que dominaba lasociedad entera. Rivadavia, pues, continuaba la obra de Las Heras en elancho molde en que debía vaciarse un gran Estado americano, unaRepública.

Traía{141} sabios europeos para la Prensa y las cátedras,colonias para los desiertos, naves para los ríos, intereses y libertadpara todas las creencias, crédito y Banco Nacional para impulsar laindustria; todas las grandes teorías sociales de la época para modelarsu gobierno; la Europa, al fin, a vaciarla de golpe en la América yrealizar en diez años la obra que antes necesitara el transcurso desiglos. ¿Era quimérico este proyecto? Protesto que no. Todas suscreaciones subsisten, salvo las que la barbarie de Rosas halló incómodaspara sus atentados.

La libertad de cultos, que el alto clero de Buenos Aires apoyó, no hasido restringida; la población europea se disemina por las estancias, ytoma las armas de su motu proprio para romper con el único obstáculoque la priva de las bendiciones que le ofreciera aquel suelo; los ríosestán pidiendo a gritos que se rompan las cataratas oficiales que lesestorban ser navegados, y el Banco Nacional es una institución tanhondamente arraigada, que él ha salvado la sociedad de la miseria a quela habría conducido el tirano.

Sobre todo, por lo fantástico y extemporáneo que fuese aquel gransistema a que se encaminan y precipitan todos los pueblos americanosahora, era por lo menos ligero y tolerable para los pueblos; y por másque los hombres sin conciencia lo vociferen todos los días, Rivadavianunca derramó una gota de sangre ni destruyó la propiedad de nadie, y dela presidencia fastuosa descendió voluntariamente a la pobreza noble yhumilde del proscripto. Rosas, que tanto lo calumnia, se ahogaría en ellago que podría formar toda la sangre que ha derramado; y los 40millones de pesos fuertes del Tesoro nacional y los 50 de fortunasparticulares que ha consumido en diez años, para sostener{142} la guerraformidable que sus brutalidades han encendido, en manos del fatuo, del iluso Rivadavia, se habrían convertido en canales de navegación,ciudades edificadas y grandes y multiplicados establecimientos deutilidad pública.

Que le quede, pues, a este hombre, ya inútil para su patria, la gloriade haber representado la civilización europea en sus más noblesaspiraciones, y que sus adversarios cobren la suya de mostrar labarbarie americana en sus formas más odiosas y repugnantes; porque Rosasy Rivadavia son los dos extremos de la República Argentina, que se ligaa los salvajes por la pampa y a la Europa por el Plata.

No es el elogio, sino la apoteosis la que hago de Rivadavia y supartido, que han muerto para la República Argentina como elementopolítico, no obstante que Rosas se obstina suspicazmente en llamarunitarios a sus actuales enemigos. El antiguo partido unitario, como elde la Gironda, sucumbió hace muchos años. Pero en medio de susdesaciertos y sus ilusiones fantásticas, tenía tanto de noble y grande,que la generación que le sucede le debe los más pomposos honoresfúnebres.

Muchos de aquellos hombres quedan aún entre nosotros, pero no ya comopartido organizado; son las momias de la República Argentina, tanvenerables y nobles como las del Imperio de Napoleón. Estos unitariosdel año 25 forman un tipo separado, que nosotros sabemos distinguir porla figura, por los modales, por el tono de la voz y por las ideas. Meparece que entre cien argentinos reunidos, yo diría: este es unitario.El unitario tipo marcha derecho, la cabeza alta; no da vuelta, aunquesienta desplomarse un edificio; habla con arrogancia; completa la frasecon{143} gestos desdeñosos y ademanes concluyentes; tiene ideas fijas,invariables, y a la víspera de una batalla se ocupará todavía dediscutir en toda forma un reglamento o de establecer una nuevaformalidad legal, porque las fórmulas legales son el culto exterior querinde a sus ídolos, la Constitución, las garantías individuales.

Su religión es el porvenir de la República, cuya imagen colosal,indefinible, pero grandiosa y sublime se le aparece a todas horascubierta con el manto de las pasadas glorias y no le deja ocuparse delos hechos que presencia. Estoy seguro de que el alma de cada unitariodegollado por Rosas ha abandonado el cuerpo desdeñando al verdugo que loasesina y aun sin creer que la cosa ha sucedido. Es imposible imaginarseuna generación más razonadora, más deductiva, más emprendedora y quehaya carecido en más alto grado de sentido práctico. Llega la noticia deun triunfo de sus enemigos; todos lo repiten, el parte oficial lodetalla, los dispersos vienen heridos. Un unitario no cree en taltriunfo, y se funda en razones tan concluyentes, que os hace dudar de loque vuestros ojos están viendo. Tiene tal fe en la superioridad de sucausa, y tanta constancia y abnegación para consagrarle su vida, que eldestierro, la pobreza ni el lapso de los años entibiarán en un ápice suardor.

En cuanto a temple de alma y energía, son infinitamente superiores a lageneración que les ha sucedido. Sobre todo, lo que más les distingue denosotros son sus modales finos, su política ceremoniosa y sus ademanespomposamente cultos. En los estrados no tienen rival, y no obstante queya están desmontados por la edad, son más galanes, más bulliciosos yalegres con las damas que lo son sus hijos.{144}

Hoy día las formas se descuidan entre nosotros a medida que elmovimiento democrático se hace más pronunciado, y no es fácil darse ideade la cultura y refinamiento de la sociedad de Buenos Aires hasta 1828.Todos los europeos que arribaban creían hallarse en Europa, en lossalones de París; nada faltaba, ni aun la petulancia francesa, que sedejaba notar entonces en el elegante de Buenos Aires.

Me he detenido en estos pormenores para caracterizar la época en que setrataba de constituir la República y los elementos diversos que seestaban combatiendo. Córdoba, española por educación literaria yreligiosa, estacionaria y hostil a las innovaciones revolucionarias, yBuenos Aires, todo novedad, todo revolución y movimiento, son las dosfases prominentes de los partidos que dividían las ciudades todas, encada una de las cuales estaban luchando estos dos elementos diversos quehay en todos los pueblos cultos.

No sé si en América se presenta un fenómeno igual a éste; es decir, dospartidos, retrógrado y revolucionario, conservador y progresista,representados altamente cada uno por una ciudad civilizada de diversomodo, alimentándose cada una de ideas extraídas de fuentes distintas:Córdoba, de la España, los Concilios, los comentadores, el Digesto;Buenos Aires, de Bentham, Rousseau, Montesquieu y la literatura francesaentera.

A estos elementos de antagonismo se añadía otra causa no menos grave;tal era el aflojamiento de todo vínculo nacional, producido por larevolución de la Independencia. Cuando la autoridad es sacada de uncentro para fundarla en otra parte, pasa mucho tiempo antes de echarraíces. El Republicano decía el otro día que «la autoridad no es másque un convenio entre gobernantes y gobernados». ¡Aquí{145} hay muchos unitarios todavía! La autoridad se funda en el asentimientoindeliberado que una nación da a un hecho permanente. Donde haydeliberación y voluntad, no hay autoridad. Aquel estado de transición sellama federalismo; y después de toda revolución y cambio consiguientede autoridad, todas las naciones tienen sus días y sus intentos de federación.

Me explicaré. Arrebatado a la España Fernando VII, la autoridad, aquelhecho permanente deja de ser, y la España se reúne en juntasprovinciales que niegan la autoridad a los que gobiernan en nombre delrey. Esto es federación de la España.

Llega la noticia a la América, yse desprende de la España, separándose en varias secciones: federaciónde la América.

Del virreinato de Buenos Aires salen al fin de la lucha cuatro Estados:Bolivia, Paraguay, Banda Oriental y República Argentina: federación delvirreinato.

La República se divide en provincias, no por las antiguas intendencias,sino por ciudades: federación de las ciudades.

No es que la palabra federación signifique separación, sino que, dadala separación previa, expresa la unión de partes distintas. La RepúblicaArgentina se hallaba en esta crisis social, y muchos hombres notables ybien intencionados de las ciudades creían que es posible hacer federaciones cada vez que un hombre o un pueblo se siente sin respetopor una autoridad nominal y de puro convenio.

Así, pues, había esta otra manzana de discordia en la República, y lospartidos, después de haberse llamado realistas y patriotas, congresistasy ejecutivistas, pelucones y liberales, concluyeron por llamarsefederales y unitarios. Miento, que no concluye aún la fiesta: que a don{146}Juan Manuel Rosas se le ha antojado llamar a sus enemigos presentes yfuturos salvajes, inmundos unitarios, y uno nacerá salvaje estereotipado allí dentro de veinte años, como son federales hoy todoslos que llevan la carátula que él les ha puesto. ¡Cómo se reirá en susadentros ese miserable de la imbecilidad de los pueblos!

Pero la República Argentina está geográficamente constituída de talmanera, que ha de ser unitaria siempre, aunque el rótulo de la botella diga lo contrario. Su llanura continua, sus ríos confluentes a un puertoúnico la hacen fatalmente una e indivisible.

Rivadavia, más conocedor delas necesidades del país, aconsejaba a los pueblos que se uniesen bajouna Constitución común, haciendo nacional el puerto de Buenos Aires.Agüero, su eco en el Congreso, decía a los porteños con su acentomagistral y unitario: «Demos voluntariamente a los pueblos lo que mástarde nos reclamarán con las armas en la mano.»

El pronóstico falló por una palabra. Los pueblos no reclamaron de BuenosAires el puerto con las armas, sino con la barbarie, que le mandaronen Facundo y Rosas. Pero Buenos Aires se quedó con la barbarie y elpuerto, que sólo a Rosas ha servido y no a las provincias. De manera queBuenos Aires y las provincias se han hecho el mal mutuamente, sinreportar ninguna ventaja.

Todos estos antecedentes he necesitado establecer para continuar con lavida de Juan Facundo Quiroga, porque, aunque parezca ridículo decirlo,Facundo es el rival de Rivadavia. Todo lo demás es transitorio,intermediario y de poco momento; el partido federal de las ciudades eraun eslabón que se ligaba al partido bárbaro de las campañas. LaRepública era solicitada por dos fuerzas unitarias: una que partía deBuenos Aires y se apoyaba en los liberales{147} del interior; otra quepartía de las campañas y se apoyaba en los caudillos que ya habíanlogrado dominar las ciudades; la una, civilizada, constitucional,europea; la otra, bárbara, arbitraria, americana.

Estas dos fuerzas habían llegado a su más alto punto dedesenvolvimiento, y sólo una palabra se necesitaba para trabar la lucha,y ya que el partido revolucionario se llamaba unitario, no habíainconveniente para que el partido adverso adoptase la denominación de federal, sin comprenderla.

Pero aquella fuerza bárbara estaba diseminada por toda la República,dividida en provincias, en cacicazgos; necesitábase una mano poderosapara fundirla y presentarla en un todo homogéneo, y Quiroga ofreció subrazo para realizar esta grande obra.

El gaucho argentino, aunque de instintos comunes con los pastores, eseminentemente provincial: lo hay porteño, santafecino, cordobés,llanista, etc. Todas sus aspiraciones las encierra en su provincia; lasdemás son enemigas o extrañas; son diversas tribus, que se hacen entresí la guerra. López, apoderado de Santa Fe, no se cura de lo que pasaalrededor suyo, salvo que vengan a importunarlo, que entonces monta acaballo y echa fuera a los intrusos. Pero como no estaba en sus manosque las provincias no se tocasen por todas partes, no podía tampocoevitar que al fin se uniesen en un interés común, y de ahí les vinieseesa misma unidad que tanto se interesaba en combatir.

Recuérdese que al principio dije que las correrías y viajes de lajuventud de Quiroga habían sido la base de su futura ambición.Efectivamente: Facundo, aunque gaucho, no tiene apego a un lugardeterminado; es riojano, pero se ha educado en San Juan, ha vivido enMendoza, ha estado{148} en Buenos Aires. Conoce la República; sus miradas seextienden sobre un grande horizonte; dueño de La Rioja, quisiera,naturalmente, presentarse revestido del poder en el pueblo en queaprendió a leer, en la ciudad donde levantó unas tapias, en aquella otradonde estuvo preso e hizo una acción gloriosa. Si los sucesos lo atraenfuera de su provincia, no se resistirá a salir por cortedad niencogimiento. Muy distinto de Ibarra y López, que no gustan sino dedefenderse en su territorio, él acometerá el ajeno y se apoderará de él.Así la Providencia realiza las grandes cosas por medios insignificantese inapercibibles, y la unidad bárbara de la República va a iniciarse acausa de que un gaucho malo ha andado de provincia en provincialevantando tapias y dando puñaladas.{149}

CAPÍTULO IV

ENSAYOS.—ACCIONES DEL TALA Y DEL RINCÓN

¡Cuánto dilata el día!, porquemañana quiero galopar diez cuadrassobre un campo sembrado decadáveres.

SHAKESPEARE.