Facundo by Domingo Faustino Sarmiento - HTML preview

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Como ante reyes se inclinan

ante ellos seibos y palmas,

y le arrojan flor del aire,

aroma y flor de naranja;

luego en el Guazú se encuentran,

y reuniendo sus aguas,

mezclando nácar y perlas,

se derraman en el Plata»[21].

Pero ésta es la poesía culta, la poesía de la ciudad; hay otra que haceoír sus ecos por los campos solitarios: la poesía popular, candorosa ydesaliñada del gaucho.

También nuestro pueblo es músico. Esta es una predisposición nacionalque todos los vecinos le reconocen. Cuando en Chile se anuncia por laprimera vez un argentino en una casa, lo invitan al piano en el acto, ole pasan una vihuela, y si se excusa diciendo que no sabe pulsarla, oextrañan y no le creen, «porque siendo argentino—

dicen—debe sermúsico». Esta es una preocupación popular que acusa nuestros hábitosnacionales. En efecto: el joven{53} culto de las ciudades toca el piano ola flauta, el violín o la guitarra; los mestizos se dedican casiexclusivamente a la música, y son muchos los hábiles compositores einstrumentistas que salen de entre ellos. En las noches de verano se oyesin cesar la guitarra en la puerta de las tiendas, y tarde de la nocheel sueño es dulcemente interrumpido por las serenatas y los conciertosambulantes.

El pueblo campesino tiene sus cantares propios.

El triste, que predomina en los pueblos del Norte, es un canto frigio,plañidero, natural al hombre en el estado primitivo de barbarie, segúnRousseau.

La vidalita, canto popular con coros, acompañado de la guitarra y untamboril, a cuyos redobles se reúne la muchedumbre y va engrosando elcortejo y el estrépito de las voces; este canto me parece heredado delos indígenas, porque lo he oído en una fiesta de indios en Copiapó, encelebración de la Candelaria, y como canto religioso, debe ser antiguo,y los indios chilenos no lo han de haber adoptado de los españolesargentinos. La vidalita es el metro popular en que se cantan losasuntos del día, las canciones guerreras; el gaucho compone el verso quecanta, y lo populariza por las asociaciones que su canto exige.

Así, pues, en medio de la rudeza de las costumbres nacionales, estas dosartes que embellecen la vida civilizada y dan desahogo a tantas pasionesgenerosas, están honradas y favorecidas por las masas mismas, queensayan su áspera musa en composiciones líricas y poéticas. El jovenEcheverría residió algunos meses en la campaña en 1840, y la fama de susversos sobre la pampa le había precedido ya; los gauchos lo rodeaban conrespeto y afición, y cuando un recién venido mostraba señales de desdénhacia el cajetilla, alguno le insinuaba al oído: «Es poeta», y toda{54}prevención hostil cesaba al oír este título privilegiado.

Sabido es, por otra parte, que la guitarra es el instrumento popular delos españoles y que es común en América. En Buenos Aires, sobre todo,está todavía muy vivo el tipo popular español, el majo. Descúbreseleen el compadrito de la ciudad y en el gaucho de la campaña. El jaleo español vive en el cielito; los dedos sirven de castañuelas.

Todos losmovimientos del compadrito revelan al majo: el movimiento de loshombros, los ademanes, la colocación del sombrero, hasta la manera deescupir por entre los colmillos, todo es un andaluz genuino.

Del centro de estas costumbres y gustos generales se levantanespecialidades notables, que un día embellecerán y darán un tinteoriginal al drama y al romance nacional. Yo quiero sólo notar aquíalgunos que servirán a completar la idea de las costumbres, para trazaren seguida el carácter, causas y efectos de la guerra civil.

El más conspicuo de todos, el más extraordinario, es el rastreador.Todos los gauchos del interior son rastreadores. En llanuras tandilatadas, en donde las sendas y caminos se cruzan en todas direcciones,y los campos en que pacen o transitan las bestias son abiertos, espreciso saber seguir las huellas de un animal y distinguirlas de entremil, conocer si va despacio o ligero, suelto o tirado, cargado o devacío. Esta es una ciencia casera y popular. Una vez caía yo de uncamino de encrucijada al de Buenos Aires, y el peón que me conducíaechó, como de costumbre, la vista al suelo.

«Aquí va—dijo luego—unamulita mora muy buena... ésta es la tropa de don N.

Zapata..., es de muybuena silla..., va ensillada..., ha pasado ayer...» Este hombre venía dela Sierra de San Luis; la tropa volvía de Buenos Aires, y hacía un añoque él había visto{55} por última vez la mulita mora, cuyo rastro estabaconfundido con el de toda una tropa en un sendero de dos pies de ancho.Pues esto, que parece increíble, es, con todo, la ciencia vulgar; ésteera un peón de árrea y no un rastreador de profesión.

El rastreador es un personaje grave, circunspecto, cuyas aseveracioneshacen fe en los tribunales inferiores. La conciencia del saber que poseele da cierta dignidad reservada y misteriosa. Todos le tratan conconsideración: el pobre, porque puede hacerle mal, calumniándolo odenunciándolo; el propietario, porque su testimonio puede fallarle. Unrobo se ha ejecutado durante la noche; no bien se nota, corren a buscaruna pisada del ladrón, y encontrada, se cubre con algo para que elviento no la disipe. Se llama en seguida al rastreador, que ve el rastroy lo sigue sin mirar sino de tarde en tarde el suelo, como si sus ojosvieran de relieve esta pisada, que para otro es imperceptible. Sigue elcurso de las calles, atraviesa los huertos, entra en una casa y,señalando un hombre que encuentra, dice fríamente: «¡Este es!» El delitoestá probado, y raro es el delincuente que resiste a esta acusación.Para él, más que para el juez, la deposición del rastreador es laevidencia misma; negarla sería ridículo, absurdo. Se somete, pues, aeste testigo, que considera como el dedo de Dios que lo señala. Yo mismohe conocido a Calíbar, que ha ejercido en una provincia su oficiodurante cuarenta años consecutivos. Tiene ahora cerca de ochenta años;encorvado por la edad, conserva, sin embargo, un aspecto venerable ylleno de dignidad. Cuando le hablan de su reputación fabulosa, contesta:«Ya no valgo nada; ahí están los niños.» Los niños son sus hijos, quehan aprendido en la escuela de tan famoso maestro. Se cuenta de él quedurante un viaje{56} a Buenos Aires le robaron una vez su montura de gala.Su mujer tapó el rastro con una artesa. Dos meses después Calíbarregresó, vió el rastro ya borrado e imperceptible para otros ojos, y nose habló más del caso. Año y medio después Calíbar marchaba cabizbajopor una calle de los suburbios, entra en una casa y encuentra sumontura, ennegrecida ya y casi inutilizada por el uso. ¡Había encontradoel rastro de su raptor después de dos años! El año 1830

un reo condenadoa muerte se había escapado de la cárcel. Calíbar fué encargado debuscarlo. El infeliz, previendo que sería rastreado, había tomado todaslas precauciones que la imagen del cadalso le sugirió. ¡Precaucionesinútiles! Acaso sólo sirvieron para perderle, porque comprometidoCalíbar en su reputación, el amor propio ofendido le hizo desempeñar concalor una tarea que perdía a un hombre, pero que probaba su maravillosavista. El prófugo aprovechaba todos los accidentes del suelo para nodejar huellas; cuadras enteras había marchado pisando con la punta delpie; trepábase en seguida a las murallas bajas, cruzaba un sitio yvolvía para atrás. Calíbar lo seguía sin perder la pista; si le sucedíamomentáneamente extraviarse, al hallarla de nuevo exclamaba: «¡Dónde te mi-as-dir!» Al fin llegó a una acequia de agua en los suburbios, cuyacorriente había seguido aquél para burlar al rastreador...

¡Inútil!Calíbar iba por las orillas sin inquietud, sin vacilar. Al fin sedetiene, examina unas hierbas, y dice: «¡Por aquí ha salido; no hayrastro, pero estas gotas de agua en los pastos lo indican!» Entra en unaviña; Calíbar reconoció las tapias que la rodeaban, y dijo: «Adentroestá». La partida de soldados se cansó de buscar, y volvió a dar cuentade la inutilidad de las pesquisas. «No ha salido» fué la breve respuestaque sin moverse, sin proceder{57} a nuevo examen, dió el rastreador. Nohabía salido, en efecto, y al día siguiente fué ejecutado. En 1830algunos presos políticos intentaban una evasión; todo estaba preparado:los auxiliares de fuera prevenidos; en el momento de

efectuarla, unodijo:

«¿Y

Calíbar?»

«¡Cierto!—contestaron

los otros

anonadados,aterrados—. ¡Calíbar!» Sus familias pudieron conseguir de Calíbar queestuviese enfermo cuatro días, contados desde la evasión, y así pudoefectuarse sin inconveniente.

¿Qué misterio es éste del rastreador? ¿Qué poder microscópico sedesenvuelve en el órgano de la vista de estos hombres? ¡Cuán sublimecriatura es la que Dios hizo a su imagen y semejanza!

Después del rastreador viene el baqueano, personaje eminente y que tieneen sus manos la suerte de los particulares y de las provincias. Elbaqueano es un gaucho grave y reservado, que conoce a palmos veinte milleguas cuadradas de llanuras, bosques y montañas. Es el topógrafo máscompleto, es el único mapa que lleva un general para dirigir losmovimientos de su campaña. El baqueano va siempre a su lado.

Modesto yreservado como una tapia, está en todos los secretos de la campaña; lasuerte del Ejército, el éxito de una batalla, la conquista de unaprovincia, todo depende de él.

El baqueano es casi siempre fiel a su deber; pero no siempre el generaltiene en él plena confianza. Imagináos la posición de un jefe condenadoa llevar un traidor a su lado y a pedirle los conocimientosindispensables para triunfar. Un baqueano encuentra una sendita que hacecruz con el camino que lleva: él sabe a qué aguada remota conduce; siencuentra mil, y esto sucede en un espacio de cien leguas, él las conocetodas, sabe de dónde vienen y adónde{58} van. El sabe el vado oculto quetiene un río, más arriba o más abajo del paso ordinario, y esto en cienríos o arroyos; él conoce en los ciénagos extensos un sendero por dondepueden ser atravesados sin inconveniente, y esto en cien ciénagosdistintos.

En lo más obscuro de la noche, en medio de los bosques o en las llanurassin límites, perdidos sus compañeros, extraviados, da una vuelta encírculo de ellos, observa los árboles; si no los hay, se desmonta, seinclina a tierra, examina algunos matorrales y se orienta de la alturaen que se halla, monta en seguida, y les dice para asegurarlos:

«Estamosen dereseras de tal lugar, a tantas leguas de las habitaciones; elcamino ha de ir al sur», y se dirige hacia el rumbo que señala,tranquilo, sin prisa de encontrarlo, y sin responder a las objecionesque el temor o la fascinación sugiere a los otros.

Si aun esto no basta, o si se encuentra en la pampa y la obscuridad esimpenetrable, entonces arranca pastos de varios puntos, huele la raíz yla tierra, las masca, y después de repetir este procedimiento variasveces, se cerciora de la proximidad de algún lago, o arroyo salado, o deagua dulce, y sale en su busca para orientarse fijamente. El generalRosas, dicen, conoce por el gusto el pasto de cada estancia del sur deBuenos Aires.

Si el baqueano lo es de la pampa, donde no hay caminos para atravesarla,y un pasajero le pide que lo lleve directamente a un paraje distantecincuenta leguas, el baqueano se para un momento, reconoce el horizonte,examina el suelo, clava la vista en un punto y se echa a galopar con larectitud de una flecha, hasta que cambia de rumbo por motivos que sóloél sabe, y galopando día y noche, llega al lugar designado.{59}

El baqueano anuncia también la proximidad del enemigo, esto es, diezleguas, y el rumbo por donde se acerca, por medio del movimiento de losavestruces, de los gamos y guanacos que huyen en cierta dirección.Cuando se aproxima observa los polvos, y por su espesor cuenta lafuerza: «son dos mil hombres»—dice—, «quinientos»,

«doscientos», y eljefe obra bajo este dato, que casi siempre es infalible. Si los cóndoresy cuervos revolotean en un círculo del cielo, él sabrá decir si haygente escondida, o es un campamento recién abandonado, o un simpleanimal muerto. El baqueano conoce la distancia que hay de un lugar aotro; los días y las horas necesarias para llegar a él, y a más unasenda extraviada e ignorada por donde se puede llegar de sorpresa y enla mitad del tiempo; así es que las partidas de montoneras emprendensorpresas sobre pueblos que están a cincuenta leguas de distancia, quecasi siempre las aciertan. ¿Creeráse exagerado? ¡No! El general Rivera,de la Banda Oriental, es un simple baqueano, que conoce cada árbol quehay en toda la extensión de la República del Uruguay. No la hubieranocupado los brasileños sin su auxilio, y no la hubieran libertado sin éllos argentinos. Oribe, apoyado por Rosas, sucumbió después de tres añosde lucha con el general baqueano, y todo el poder de Buenos Aires, hoycon sus numerosos ejércitos que cubren toda la campaña del Uruguay,puede desaparecer destruído a pedazos, por una sorpresa, por una fuerzacortada mañana, por una victoria que él sabrá convertir en su provecho,por el conocimiento de algún caminito que cae a retaguardia del enemigo,o por otro accidente inapercibido o insignificante.

El general Rivera principió sus estudios del terreno el año 1804, yhaciendo la guerra a las autoridades entonces,{60} como contrabandista, alos contrabandistas después como empleado, al rey en seguida comopatriota, a los patriotas más tarde como montonero, a los argentinoscomo jefe brasilero, a éstos como general argentino, a Lavalleja comopresidente, al presidente Oribe como jefe proscripto, a Rosas, en fin,aliado de Oribe, como general oriental, ha tenido sobrado tiempo paraaprender un poco de la ciencia del baqueano.

El Gaucho Malo: éste es un tipo de ciertas localidades, un outlaw, un squatter, un misántropo particular. Es el Ojo del Alcón, el Trampero de Cooper, con toda su ciencia del desierto, con toda suaversión a las poblaciones de los blancos, pero sin su moral natural ysin sus conexiones con los salvajes. Llámanle el Gaucho Malo, sin queeste epíteto le desfavorezca del todo. La justicia lo persigue desdemuchos años; su nombre es temido, pronunciado en voz baja, pero sin odioy casi con respeto. Es un personaje misterioso: mora en la pampa, son sualbergue los cardales, vive de perdices y mulitas; si alguna vezquiere regalarse con una lengua, enlaza una vaca, la voltea solo, lamata, saca su bocado predilecto y abandona lo demás a las avesmontesinas. De repente se presenta el Gaucho Malo en un pago de donde lapartida acaba de salir, conversa pacíficamente con los buenos gauchos,que lo rodean y lo admiran; se prevee de los vicios, y si divisa lapartida, monta tranquilamente en su caballo y lo apunta hacia eldesierto, sin prisa, sin aparato, desdeñando volver la cabeza. Lapartida rara vez lo sigue; mataría inútilmente sus caballos, porque elque monta el Gaucho Malo es un parejero pangaré tan célebre como suamo. Si el acaso lo echa alguna vez de improviso entre las garras de lajusticia, acomete a lo más espeso de la partida, y a merced de{61} cuatrotajadas que con su cuchillo ha abierto en la cara o en el cuerpo de lossoldados, se hace paso por entre ellos, y tendiéndose sobre el lomo delcaballo para sustraerse a la acción de las balas que lo persiguen,endilga hacia el desierto, hasta que, poniendo espacio conveniente entreél y sus perseguidores, refrena su trotón y marcha tranquilamente. Lospoetas de los alrededores agregan esta nueva hazaña a la biografía delhéroe del desierto, y su nombradía vuela por toda la vasta campaña.

Aveces se presenta a la puerta de un baile campestre con una muchacha queha robado; entra en el baile con su pareja, confúndese en las mudanzasdel cielito, y desaparece sin que nadie se aperciba de ello. Otro díase presenta en la casa de la familia ofendida, hace descender de lagrupa a la niña que ha seducido, y desdeñando las maldiciones de lospadres que le siguen, se encamina tranquilo a su morada sin límites.

Este hombre divorciado de la sociedad, proscrito por las leyes; estesalvaje de color blanco, no es en el fondo un ser más depravado que losque habitan las poblaciones. El osado prófugo que acomete una partidaentera, es inofensivo para con los viajeros. El Gaucho Malo no es unbandido, no es un salteador; el ataque a la vida no entra en su idea,como el robo no entraba en la idea del Churriador; roba, es cierto,pero ésta es su profesión, su tráfico, su ciencia. Roba caballos. Unavez viene al real de una tropa del interior, el patrón propone comprarleun caballo de tal pelo extraordinario, de tal figura, de tales prendas,con una estrella blanca en la paleta. El gaucho se recoge, medita unmomento, y después de un rato de silencio, contesta: «No hay actualmentecaballo así.» ¿Qué ha estado pensando el gaucho? En aquel momento harecorrido en su mente mil estancias de la pampa, ha visto y examinadotodos{62} los caballos que hay en la provincia, con sus marcas, color,señas particulares, y convencido de que no hay ninguno que tenga unaestrella en la paleta; unos la tienen en la frente, otros una manchablanca en el anca. ¿Es sorprendente esta memoria? ¡No!

Napoleón conocíapor sus nombres doscientos mil soldados, y recordaba al verlos todos loshechos que a cada uno de ellos se referían. Si no se le pide, pues, loimposible, en día señalado, en un punto dado del camino, entregará uncaballo tal como se le pide, sin que el anticiparle el dinero sea unmotivo de faltar a la cita. Tiene sobre este punto el honor de lostahúres sobre la deuda.

Viaja a veces a la campaña de Córdoba, a Santa Fe. Entonces se le vecruzar la pampa con una tropilla de caballos por delante; si alguno loencuentra, sigue su camino sin acercársele, a menos que él lo solicite.

El cantor. Aquí tenéis la idealización de aquella vida de revueltas, decivilización, de barbarie y de peligros. El gaucho cantor es el mismobardo, el vate, el trovador de la Edad Media, que se mueve en la mismaescena, entre las luchas de las ciudades y del feudalismo de los campos,entre la vida que se va y la vida que se acerca. El cantor anda de pagoen pago, «de tapera en galpón», cantando sus héroes de la pampaperseguidos por la justicia, los llantos de la viuda a quien los indiosrobaron sus hijos en un malón reciente, la derrota y la muerte delvaliente Rauch, la catástrofe de Facundo Quiroga y la suerte que cupo aSantos Pérez. El cantor está haciendo candorosamente el mismo trabajo decrónica, costumbres, historia, biografía, que el bardo de la Edad Media,y sus versos serían recogidos más tarde como los documentos y datos enque habría de apoyarse el historiador futuro, si a su lado no{63}

estuvieseotra sociedad culta con superior inteligencia de los acontecimientos quela que el infeliz despliega en sus rapsodias ingenuas. En la RepúblicaArgentina se ven a un tiempo dos civilizaciones distintas en un mismosuelo: una naciente, que, sin conocimiento de lo que tiene sobre sucabeza, está remedando los esfuerzos ingenuos y populares de la EdadMedia; otra que, sin cuidarse de lo que tiene a sus pies, intentarealizar los últimos resultados de la civilización europea. El siglo XIXy el siglo XII viven juntos: el uno dentro de las ciudades, el otro enlas campañas.

El cantor no tiene residencia fija; su morada está donde la noche losorprende, su fortuna en sus versos y en su voz; dondequiera que el cielito enreda sus parejas sin tasa; dondequiera que se apure una copade vino, el cantor tiene su lugar preferente, su parte escogida en elfestín. El gaucho argentino no bebe si la música y los versos no loexcitan[22], y cada pulpería tiene su guitarra para poner en manos delcantor, a quien el grupo de caballos estacionados{64} en la puerta anunciaa lo lejos dónde se necesita el concurso de su gaya ciencia.

El cantor mezcla entre sus cantos heroicos la relación de sus propiashazañas.

Desgraciadamente el cantor, con ser el bardo argentino, no estálibre de tener que habérselas con la Justicia. También tiene que dar lacuenta de sendas puñaladas que ha distribuído, una o dos desgracias(¡muertes!) que tuvo y algún caballo o alguna muchacha que robó. El año1840, entre un grupo de gauchos y a orillas del majestuoso Paraná,estaba sentado en el suelo, y con las piernas cruzadas, un cantor quetenía azorado y divertido a su auditorio con la larga y animada historiade sus trabajos y aventuras. Había ya contado lo del rapto de la queridacon los trabajos que sufrió, lo de la desgracia y la disputa que lamotivó; estaba refiriendo su encuentro con la partida y las puñaladasque en su defensa dió, cuando el tropel y los gritos de los soldados leavisaron que esta vez estaba cercado. La partida, en efecto, se habíacerrado en forma de herradura; la abertura quedaba hacia el Paraná quecorría 20 varas más abajo: tal era la altura de la barranca. El cantoroyó la grita sin turbarse; viósele de improviso sobre el caballo,echando una mirada escudriñadora sobre el círculo de soldados con lastercerolas preparadas, vuelve el caballo hacia la barranca, le pone elponcho en los ojos y clávale las espuelas. Algunos instantes después seveía salir de las profundidades del Paraná el caballo sin freno, a finde que nadase con más libertad, y el cantor tomado de la cola volviendola cara quietamente, cual si fuera en un bote de ocho remos, hacia laescena que dejaba en la barranca. Algunos balazos de la partida noestorbaron que llegase sano y salvo al primer islote que sus ojosdivisaron.{65}

Por lo demás, la poesía original del cantor es pesada, monótona,irregular, cuando se abandona a la inspiración del momento. Másnarrativa que sentimental, llena de imágenes tomadas de la vidacampestre, del caballo y las escenas del desierto, que la hacenmetafórica y pomposa. Cuando refiere sus proezas o las de algún afamadomalévolo, parécese al improvisador napolitano, desarreglado, prosaico deordinario, elevándose a la altura poética por momentos para caer denuevo al recitado insípido y casi sin versificación. Fuera de esto, elcantor posee su repertorio de poesías populares, quintillas, décimas yoctavas, diversos géneros de versos octosílabos. Entre éstos hay muchascomposiciones de mérito y que descubren inspiración y sentimiento.

Aún podría añadir a estos tipos originales muchos otros igualmentecuriosos, igualmente locales, si tuviesen, como los anteriores, lapeculiaridad de revelar las costumbres nacionales, sin lo cual esimposible comprender nuestros personajes políticos ni el carácterprimordial y americano de la sangrienta lucha que despedaza a laRepública Argentina. Andando esta historia, el lector va a descubrir porsí solo dónde se encuentra el rastreador, el baqueano, el gaucho malo,el cantor. Verá en los caudillos cuyos nombres han traspasado lasfronteras argentinas y aun en aquéllos que llenan el mundo con el horrorde su nombre, el reflejo vivo de la situación interior del país, suscostumbres, su organización.{66}

CAPÍTULO III

ASOCIACIÓN.—LA PULPERÍA

Le Gaucho vit de privations,mais son luxe est la liberté. Fierd'une indépendance sans bornes,ses sentiments sauvahes comme savie, sont pourtant nobles et bons.

HEAD.

En el capítulo primero hemos dejado al campesino argentino en el momentoen que ha llegado a la edad viril tal cual lo ha formado la naturaleza yla falta de verdadera sociedad en que vive. Le hemos visto hombre,independiente de toda necesidad, libre de toda sujeción, sin ideas degobierno, porque todo orden regular y sistemado se hace de todo puntoimposible. Con estos hábitos de incuria, de independencia, va a entraren otra escala de la vida campestre que, aunque vulgar, es el punto departida de todos los grandes acontecimientos que vamos a verdesenvolverse muy luego.

No se olvide que hablo de los pueblos esencialmente pastores; que enéstos toma la fisonomía fundamental, dejando las modificacionesaccidentales que experimentan para indicar a su tiempo los efectosparciales. Hablo de la asociación de estancias, que, distribuídas decuatro en cuatro leguas más o menos, cubren la superficie de unaprovincia.{67}

Las campañas agrícolas se subdividen y se diseminan también en lasociedad, pero en una escala muy reducida: un labrador colinda con otro,y los aperos de la labranza y la multitud de instrumentos, aparejos,bestias que ocupa, etcétera, lo variado de sus productos y las diversasartes que la agricultura llama en su auxilio, establecen relacionesnecesarias entre los habitantes de un valle y hacen indispensable unrudimento de villa que les sirva de centro. Por otra parte, los cuidadosy faenas que la labranza exige requieren tal número de brazos, que laociosidad se hace imposible y los varones se ven forzados a permaneceren el recinto de la heredad. Todo lo contrario sucede en esta singularasociación. Los límites de la propiedad no están marcados; los ganados,cuanto más numerosos son, menos brazos ocupan; la mujer se encarga detodas las faenas domésticas y fabriles. El hombre queda desocupado, singoces, sin ideas, sin atenciones forzosas; el hogar doméstico lefastidia, lo expele, digámoslo así. Hay necesidad, pues, de una sociedadficticia para remediar esta desasociación normal. El hábito contraídodesde la infancia de andar a caballo es un nuevo estímulo para dejar lacasa. Los niños tienen el deber de echar caballos al corral apenas saleel sol, y todos los varones, hasta los pequeñuelos, ensillan su caballo,aunque no sepan qué hacerse. El caballo es una parte integrante delargentino de los campos; es para él lo que la corbata para los que vivenen el seno de las sociedades. El año 41, el Chacho, caudillo de losllanos, emigró a Chile.«—¿Cómo le va, amigo?—le preguntaba uno.—¡Cómome ha de ir!—contestó con el acento del dolor y de la melancolía—, enChile y a pie.» Sólo un gaucho argentino sabe apreciar todas lasdesgracias y todas las angustias que estas dos frases expresan.{68}

Aquí vuelve a aparecer la vida árabe, tártara. Las siguientes palabrasde Víctor Hugo parecen escritas en la Pampa: «No podría combatir a pie;no hace sino una sola persona con su caballo. Vive a caballo; trata,compra y vende a caballo; bebe, come, duerme y sueña a caballo.»

Salen, pues, los varones sin saber fijamente adónde. Una vuelta a losganados, una visita a una cría o a la querencia de un caballopredilecto, invierte una pequeña parte del día; el resto lo absorbe unareunión en una venta o pulpería. Allí concurren cierto número deparroquianos de los alrededores; allí se dan y adquieren las noticiassobre los animales extraviados; trázanse en el suelo las marcas delganado; sábese dónde caza el tigre, dónde se le han visto los rastros alleón; allí se arman las carreras, se reconocen los mejores caballos;allí, en fin, está el cantor, allí se fraterniza por el circular de lacopa y las prodigalidades de los que poseen.

En esta vida tan sin emociones, el juego sacude los espíritus enervados,el licor enciende las imaginaciones adormecidas. Esta asociaciónaccidental de todos los días viene por su repetición a formar unasociedad más estrecha que la de donde partió cada individuo, y en estaasamblea sin objeto público, sin interés social, empiezan a echarse losrudimentos de las reputaciones que más tarde, y andando los años, van aaparecer en la escena política. Ved cómo:

El gaucho estima, sobre todas las cosas, las fuerzas físicas, ladestreza en el manejo del caballo, y, además, el valor. Esta reunión,este club diario es un verdadero circo olímpico, en que se ensayan ycomprueban los quilates del mérito de cada uno.

El gaucho anda armado del cuchillo, que ha heredado de{69} los españoles;esta peculiaridad de la península, este grito característico deZaragoza: ¡Guerra a cuchillo! , es aquí más real que en España. Elcuchillo, a más de un arma, es un instrumento que le sirve para todassus ocupaciones; no puede vivir sin él; es como la trompa del elefante:su brazo, su mano, su dedo, su todo. El gaucho, a la par del jinete,hace alarde de valiente, y el cuchillo brilla a cada momento,describiendo círculos en el aire, a la menor provocación, sinprovocación alguna, sin otro interés que medirse con un desconocido;juega a las puñaladas como jugaría a los dados. Tan profundamente entranestos hábitos pendencieros en la vida íntima del gaucho argentino, quelas costumbres han creado sentimientos de honor y una esgrima quegarantiza la vida. El hombre de la plebe de los demás países toma elcuchillo para matar, y mata; el gaucho argentino lo desenvaina parapelear, y hiere solamente. Es preciso que esté muy borracho, es precisoque tenga instintos verdaderamente malos o rencores muy profundos, paraque atente contra la vida de su adversario. Su objeto es sólo marcarlo, darle una tajada en la cara, dejarle una señal indeleble.Así se ve a estos gauchos llenos de cicatrices que rara vez sonprofundas. La riña, pues, se traba por brillar, por la gloria delvencimiento, por amor a la reputación. Ancho círculo se forma en tornode los combatientes, y los ojos siguen con pasión y avidez el centelleode los puñales que no cesan de agitarse un momento. Cuando la sangrecorre a torrentes, los espectadores se creen obligados en conciencia asepararlos. Si sucede alguna desgracia, las simpatías están por el quese desgració; el mejor caballo le sirve para salvarse a parajes lejanos,y allí lo acoge el respeto o la compasión. Si la justicia le da alcance,no es raro que haga frente, y{70} si corre a la partida, adquiere unrenombre desde entonces que se dilata sobre una ancha circunferencia.Transcurre el tiempo, el juez ha sido mudado, y ya puede presentarse denuevo en su pago sin que se proceda a ulteriores persecuciones; estáabsuelto. Matar es una desgracia, a menos que el hecho se repita tantasveces, que inspire horror el contacto del asesino. El estanciero donJuan Manuel Rosas, antes de ser hombre público, había hecho de suresidencia una especie de asilo para los homicidas, sin que jamásconsintiese en su servicio a los ladrones; preferencias que seexplicarían fácilmente por su carácter de gaucho propietario, si suconducta posterior no hubiese revelado afinidades que han llenado deespanto el mundo.

En cuanto a los juegos de equitación, bastaría indicar uno de los muchosen que se ejercitan, para juzgar del arrojo que para entregarse a ellosse requiere. Un gaucho pasa a todo escape por enfrente de suscompañeros. Uno le arroja un tiro de bolas que en medio de la carreramaniata al caballo. Del torbellino de polvo que levanta éste al caer,vese salir al jinete corriendo, seguido del caballo, a quien el impulsode la carrera interrumpida hace avanzar obedeciendo a las leyes de lafísica. En este pasatiempo se juega la vida y a veces se pierde.

¿Creeráse que estas proezas, la destreza y la audacia en el manejo delcaballo, son las bases de las grandes ilustraciones que han llenado consu nombre la República Argentina y cambiado la faz del país? Nada es máscierto, sin embargo. No es mi ánimo persuadir que el asesinato y elcrimen hayan sido siempre una escala de ascensos. Millares son losvalientes que han parado en bandidos obscuros; pero pasan de centenareslos que a estos hechos han debido su posición. En todas las sociedadesdespotizadas, las{71} grandes dotes naturales van a perderse en el crimen;el crimen, el genio romano que conquistara el mundo, es hoy el terror delos Lagos Pontinos, y los Zumalacárregui, los Mina españoles, seencuentran a centenares en Sierra Leona. Hay una necesidad para elhombre de desenvolver sus fuerzas, su capacidad y ambición, que, cuandofaltan los medios legítimos, él se forja un mundo con su moral y susleyes aparte, y en él se complace en mostrar que había nacido Napoleón oCésar.

Con esta sociedad, pues, en que la cultura del espíritu es inútil eimposible, donde los negocios municipales no existen; donde el bienpúblico es una palabra sin sentido, porque no hay público, el hombredotado eminentemente se esfuerza por producirse, y adopta para ello losmedios y los caminos que encuentra. El gaucho será un malhechor o uncaudillo, según el rumbo que las cosas tomen en el momento en que hallegado a hacerse notable.

Costumbres de este género requieren medios vigorosos de represión, ypara reprimir desalmados se necesitan jueces más desalmados aún. Lo queal principio dije del capataz de carretas, se aplica exactamente al juezde campaña. Ante toda otra cosa, necesita valor; el terror de su nombrees más poderoso que los castigos que aplica. El juez es, naturalmente,algún famoso de tiempo atrás, a quien la edad y la familia han llamado ala vida ordenada. Por supuesto que la justicia que administra es de todopunto arbitraria: su conciencia o sus pasiones lo guían, y sussentencias son inapelables. A veces suele haber jueces de éstos que loson de por vida y que dejan una memoria respetada. Pero la conciencia deestos medios ejecutivos y lo arbitrario de las penas forman ideas en elpueblo sobre el poder de la autoridad, que más tarde viene a producir{72}sus efectos. El juez se hace obedecer por su reputación de audaciatemible, su autoridad, su juicio sin formas, su sentencia, un yo lomando y sus castigos inventados por él mismo. De este desorden, quizápor mucho tiempo inevitable, resulta que el caudillo que en lasrevueltas llega a elevarse, posee sin contradicción, y sin que sussecuaces duden de ello, el poder amplio y terrible que sólo se encuentrahoy en los pueblos asiáticos.

El caudillo argentino es un Mahoma, que pudiera a su antojo cambiar lareligión dominante y forjar una nueva. Tiene todos los poderes; suinjusticia es una desgracia para su víctima, pero no un abuso de suparte; porque él puede ser injusto; más todavía: él ha de ser injustonecesariamente; siempre lo ha sido.

Lo que digo del juez es aplicable al comandante de campaña. Este es unpersonaje de más alta categoría que el primero, y en quien han dereunirse en más alto grado las cualidades de reputación y antecedentesde aquél. Todavía una circunstancia nueva agrava, lejos de disminuir, elmal. El gobierno de las ciudades es el que da el título de comandante decampaña; pero como la ciudad es débil en el campo, sin influencia y sinadictos, el gobierno echa mano de los hombres que más temor le inspiranpara encomendarles este empleo, a fin de tenerlos en su obediencia;manera muy conocida de proceder de todos los gobiernos débiles, y quealejan el mal del momento presente para que se produzca más tarde endimensiones colosales. Así, el gobierno papal hace transacciones con losbandidos, a quienes da empleos en Roma, estimulando con esto elvandalaje y creándole un porvenir seguro; así, el Sultán concedía aMehemet-Alí la investidura de bajá de Egipto, para tener que reconocerlemás tarde Rey hereditario, a trueque{73} de que no le destronase. Essingular que todos los caudillos de la revolución argentina han sidocomandantes de campaña: López e Ibarra, Artigas y Güemes, Facundo yRosas. Es el punto de partida para todas las ambiciones. Rosas, cuandohubo apoderádose de la ciudad, exterminó a todos los comandantes que lohabían elevado, entregando este influyente cargo a hombres vulgares queno pudiesen seguir el camino que él había traído: Pajarito, Celarrayán,Arbolito, Pancho el Ñato y Molina, eran otros tantos bandidoscomandantes de que Rosas purgó al país.

Doy tanta importancia a estos pormenores porque ellos servirán aexplicar todos nuestros fenómenos sociales y la revolución que se haestado obrando en la República Argentina; revolución que estádesfigurada por palabras del Diccionario civil, que la disfrazan yocultan, creando ideas erróneas; de la misma manera que los españoles,al desembarcar en América, daban un nombre europeo conocido a un animalnuevo que encontraban, saludando con el terrible de león, que trae alespíritu la idea de la magnanimidad y fuerza del rey de las bestias, almiserable gato llamado puma, que huye a la vista de los perros, y tigreal jaguar de nuestros bosques. Por deleznables e innobles que parezcanestos fundamentos que quiero dar a la guerra civil, la evidencia vendráluego a mostrar cuán sólidos e indestructibles son.

La vida de los campos argentinos, tal como la he mostrado, no es unaccidente vulgar: es un orden de cosas, un sistema de asociacióncaracterístico, normal, único, a mi juicio, en el mundo, y él sólo bastapara explicar toda nuestra revolución. Había antes de 1810 en laRepública Argentina dos sociedades distintas, rivales e incompatibles;dos civilizaciones diversas: la una española, europea,{74} civilizada, y laotra bárbara, americana, casi indígena; y la revolución de las ciudadessólo iba a servir de causa, de móvil, para que estas dos manerasdistintas de ser de un pueblo se pusiesen en presencia una de otra, seacometiesen y, después de largos años de lucha, la una absorbiese a laotra. He indicado la asociación normal de la campaña, la desasociación,peor mil veces que la tribu nómade; he mostrado la asociación ficticia,en la desocupación; la formación de las reputaciones gauchas: valor,arrojo, destreza, violencias y oposición a la justicia regular, a lajusticia civil de la ciudad.

Este fenómeno de organización socialexistía en 1810, existe aún, modificado en muchos puntos, modificándoselentamente en otros e intacto en muchos aún. Estos focos de reunión delgauchaje valiente, ignorante, libre y desocupado, estaban diseminados amillares en la campaña. La revolución de 1810 llevó a todas partes elmovimiento y el rumor de las armas. La vida pública, que hasta entonceshabía faltado a esta asociación árabe-romana, entró en todas las ventas,y el movimiento revolucionario trajo al fin la asociación bélica en la montonera provincial, hija legítima de la venta y de la estancia,enemiga de la ciudad y del ejército patriota revolucionario.Desenvolviéndose

los

acontecimientos,

veremos

las

montonerasprovinciales

con

sus

caudillos

a

la

cabeza;

en

Facundo

Quiroga,últimamente triunfante en todas partes, la campaña sobre las ciudades, ydominadas éstas en su espíritu, gobierno y civilización, formarse al finel Gobierno central, unitario, despótico del estanciero don Juan Manuelde Rosas, que clava en la culta Buenos Aires el cuchillo del gaucho ydestruye la obra de los siglos, la civilización, las leyes y lalibertad.{75}

CAPÍTULO IV

REVOLUCIÓN DE 1810

Cuando la batalla empieza, el tártaroda un grito terrible, llega, hiere,desaparece y vuelve como elrayo.

VÍCTOR HUGO.

He necesitado andar todo el camino que dejo recorrido para llegar alpunto en que nuestro drama comienza. Es inútil detenerse en el carácter,objeto y fin de la revolución de la independencia. En toda la Américafueron los mismos, nacidos del mismo origen, a saber: el movimiento delas ideas europeas. La América obraba así porque así obran todos lospueblos. Los libros, los acontecimientos, todo llevaba a la América aasociarse a la impulsión que a la Francia habían dado Norteamérica y suspropios escritores; a la España, la Francia y sus libros. Pero lo quenecesito notar para mi objeto es que la revolución, excepto en susímbolo exterior, independencia del Rey, era sólo interesante einteligible para las ciudades argentinas, extraña y sin prestigios paralas campañas. En las ciudades había libros, ideas, espíritu municipal,Juzgados, derecho, leyes, educación, todos los puntos de contacto y demancomunidad que tenemos con los europeos; había una base deorganización, incompleta, atrasada, si se quiere; pero{76} precisamenteporque era incompleta, porque no estaba a la altura de lo que ya sesabía que podía llegar, se adoptaba la revolución con entusiasmo. Paralas campañas, la revolución era un problema; sustraerse a la autoridaddel Rey era agradable, por cuanto era sustraerse a la autoridad. Lacampaña pastora no podía mirar la cuestión bajo otro aspecto.

Libertad,responsabilidad del poder, todas las cuestiones que la revolución seproponía resolver eran extrañas a su manera de vivir, a sus necesidades.Pero la revolución le era útil en este sentido: que iba a dar objeto yocupación a ese exceso de vida que hemos indicado y que iba a añadir unnuevo centro de reunión, mayor al circunscripto a que acudíandiariamente los varones en toda la extensión de las campañas.

Aquellas constituciones espartanas; aquellas fuerzas físicas tandesenvueltas; aquellas disposiciones guerreras que se malbarataban enpuñaladas y tajos entre unos y otros; aquella desocupación romana a quesólo faltaba un Campo de Marte para ponerse en ejercicio activo; aquellaantipatía a la autoridad con quien vivían en continua lucha, todoencontraba al fin camino por donde abrirse paso y salir a la luz,ostentarse y desenvolverse.

Empezaron, pues, en Buenos Aires los movimientos revolucionarios, ytodas las ciudades del interior respondieron con decisión alllamamiento. Las campañas pastoras se agitaron y adhirieron al impulso.En Buenos Aires empezaron a formarse ejércitos, pasablementedisciplinados, para acudir al Alto Perú y a Montevideo, donde sehallaban las fuerzas españolas mandadas por el general Vigodet. Elgeneral Rondeau puso sitio a Montevideo con un ejército disciplinado.Concurría al sitio Artigas, caudillo célebre, con algunos millares degauchos. Artigas había{77} sido contrabandista temible hasta 1804, en quelas autoridades civiles de Buenos Aires pudieron ganarlo y hacerloservir en carácter de comandante de campaña en apoyo de esas mismasautoridades a quienes había hecho la guerra hasta entonces. Si el lectorno se ha olvidado del baqueano y de las cualidades generales queconstituyen el candidato para la comandancia de campaña, comprenderáfácilmente el carácter e instintos de Artigas.

Un día Artigas, con sus gauchos, se separó del general Rondeau y empezóa hacerle la guerra. La oposición de éste era la misma que hoy tieneOribe sitiando a Montevideo y haciendo a retaguardia frente a otroenemigo. La única diferencia consistía en que Artigas era enemigo de lospatriotas y de los realistas a la vez. Yo no quiero entrar enaveriguación de las causas o pretextos que motivaron este rompimiento,ni tampoco quiero darle nombre ninguno de los consagrados en el lenguajede la política, porque ninguno le conviene. Cuando un pueblo entra enrevolución, dos intereses opuestos luchan al principio: elrevolucionario y el conservador; entre nosotros se han denominado lospartidos que los sostenían patriotas y realistas. Natural es que,después del triunfo, el partido vencedor se subdivida en fracciones demoderados y exaltados; los unos que quieren llevar la revolución entodas sus consecuencias; los otros, que quieren mantenerla en ciertoslímites. También es del carácter de las revoluciones que el partidovencido primeramente vuelva a reorganizarse y triunfar a merced de ladivisión de los vencedores. Pero cuando en una revolución, una de lasfuerzas llamadas en su auxilio se desprende inmediatamente, forma unatercera entidad, se muestra indiferentemente hostil a unos y a otroscombatientes, a realistas y patriotas; esta{78} fuerza que se separa esheterogénea; la sociedad que la encierra no ha conocido hasta entoncessu existencia, y la revolución sólo ha servido para que se muestre ydesenvuelva.

Este era el elemento que el célebre Artigas ponía en movimiento;instrumento ciego, pero lleno de vida, de instintos hostiles a lacivilización europea y a toda organización regular; adverso a lamonarquía como a la república, porque ambas venían de la ciudad y traíanaparejado un orden y la consagración de la autoridad. De esteinstrumento se sirvieron los partidos diversos de las ciudades cultas, yprincipalmente el menos revolucionario, hasta que, andando el tiempo,los mismos que lo llamaron en su auxilio sucumbieron, y con ellos laciudad, sus ideas, su literatura, sus colegios, sus tribunales, sucivilización.

Este movimiento espontáneo de las campañas pastoriles fué tan ingenuo ensus primitivas manifestaciones, tan genial y tan expresivo de suespíritu y tendencias, que abisma hoy el candor de los partidos de lasciudades que lo asimilaron a su causa y lo bautizaron con los nombrespolíticos que a ellos los dividían. La fuerza que sostenía a Artigas enEntre Ríos era la misma que en Santa Fe a López, en Santiago a Ibarra,en los Llanos a Facundo. El individualismo constituía su esencia, elcaballo su arma exclusiva, la pampa inmensa su teatro. Las hordasbeduínas que hoy importunan con sus algaradas y depredaciones lasfronteras de la Argelia, dan una idea exacta de la montonera argentina,de que se han servido hombres sagaces o malvados insignes. La mismalucha de civilización y barbarie de la ciudad y el desierto existe hoyen Africa; los mismos personajes, el mismo espíritu, la misma estrategiaindisciplinada entre la horda y la montonera. Masas{79} inmensas de jinetesvagando por el desierto, ofreciendo el combate a las fuerzasdisciplinadas de las ciudades, si se sienten superiores en fuerza,disipándose como las nubes de cosacos, en todas direcciones, si elcombate es igual siquiera, para reunirse de nuevo, caer de improvisosobre los que duermen, arrebatarle los caballos, matar a los rezagados ya las partidas avanzadas; presentes siempre, intangibles por su falta decohesión, débiles en el combate, pero fuertes e invencibles en una largacampaña, en que, al fin, la fuerza organizada, el ejército, sucumbediezmado por los encuentros parciales, las sorpresas, la fatiga, laextenuación.

La montonera, tal como apareció en los primeros días de la Repúblicabajo las órdenes de Artigas, presentó ya ese carácter de ferocidadbrutal, y ese espíritu terrorista que al inmortal bandido, al estancierode Buenos Aires estaba reservado convertir en un sistema de legislaciónaplicado a la sociedad culta, y presentarlo, en nombre de la Américaavergonzada, a la contemplación de la Europa. Rosas no ha inventadonada; su talento ha consistido sólo en plagiar a sus antecesores y hacerde los instintos brutales de las masas ignorantes, un sistema meditado ycoordinado fríamente. La correa de cuero sacada al coronel Maciel y deque Rosas se ha hecho una manea que enseña a los agentes extranjeros,tiene sus antecedentes en Artigas y los demás caudillos bárbaros,tártaros. La montonera de Artigas enchalecaba a sus enemigos; esto es,los cosía dentro de un retobo de cuero fresco y los dejaba asíabandonados en los campos. El lector suplirá todos los horrores de estamuerte lenta. El año 36 se ha repetido este horrible castigo con uncoronel del ejército. El ejecutar con el cuchillo, degollando y nofusilando, es un instinto de carnicero{80} que Rosas ha sabido aprovecharpara dar todavía a la muerte formas gauchas y al asesino placereshorribles; sobre todo, para cambiar las formas legales y admitidas enlas sociedades cultas, por otras que él llama americanas y en nombre delas cuales invita a la América para que salga a su defensa, cuando lossufrimientos del Brasil, del Paraguay, del Uruguay invocan la alianza delos poderes europeos a fin de que les ayuden a librarse de este caníbalque ya los invade con sus hordas sanguinarias. ¡No es posible mantenerla tranquilidad de espíritu necesaria para investigar la verdadhistórica, cuando se tropieza a cada paso con la idea de que ha podidoengañarse a la América y a la Europa tanto tiempo con un sistema deasesinatos y crueldades, tolerables tan sólo en Ashanty o Dahomey, en elinterior de Africa!

Tal es el carácter que presenta la montonera desde su aparición; génerosingular de guerra y enjuiciamiento que sólo tiene antecedentes en lospueblos asiáticos que habitan las llanuras y que no ha debido nuncaconfundirse con los hábitos, ideas y costumbres de las ciudadesargentinas, que eran, como todas las ciudades americanas, unacontinuación de la Europa y de España. La montonera sólo puedeexplicarse examinando la organización íntima de la sociedad de dondeprocede. Artigas, baqueano, contrabandista, esto es, haciendo la guerraa la sociedad civil, a la ciudad; comandante de campaña por transacción,caudillo de las masas de a caballo, es el mismo tipo que, con ligerasvariantes, continúa reproduciéndose en cada comandante de campaña que hallegado a hacerse caudillo. Como todas las guerras civiles en queprofundas desemejanzas de educación, creencias y objetos dividen a lospartidos, la guerra interior de la República Argentina ha sido larga{81}obstinada, hasta que uno de los elementos ha vencido. La guerra de larevolución argentina ha sido doble: 1.º, guerra de las ciudades,iniciadas en la cultura europea, contra los españoles, a fin de darmayor ensanche a esa cultura, y 2.º, guerra de los caudillos contra lasciudades, a fin de librarse de toda sujeción civil y desenvolver sucarácter y su odio contra la civilización. Las ciudades triunfan de losespañoles, y las campañas de las ciudades.

He aquí explicado el enigmade la revolución argentina, cuyo primer tiro se disparó en 1810 y elúltimo aún no ha sonado todavía.

No entraré en todos los detalles que requeriría este asunto; la lucha esmás o menos larga; unas ciudades sucumben primero, otras después. Lavida de Facundo Quiroga nos proporcionará ocasión de mostrarlos en todasu desnudez. Lo que por ahora necesito hacer notar es que, con eltriunfo de estos caudillos, toda forma civil, aun en el estado en quela usaban los españoles, ha desaparecido totalmente en unas partes; enotras, de un modo parcial, pero caminando visiblemente a su destrucción.Los pueblos en masa no son capaces de comparar distintamente unas épocascon otras; el momento presente es para ellos el único sobre el cualextienden sus miradas; así es como nadie ha observado hasta ahora ladestrucción de las ciudades y su decadencia, lo mismo que no prevén labarbarie total a que marchan visiblemente los pueblos del interior.Buenos Aires es tan poderosa en elementos de civilización europea, queconcluirá al fin con educar a Rosas y contener sus instintossanguinarios y bárbaros. El alto puesto que ocupa, las relaciones conlos gobiernos europeos, la necesidad en que se ha visto de respetar alos extranjeros, la de mentir por la Prensa y negar las atrocidades queha{82} cometido, a fin de salvarse de la reprobación universal que lopersigue, todo, en fin, contribuirá a contener sus desafueros, como yase está sintiendo; sin que esto estorbe que Buenos Aires venga a ser,como la Habana, el pueblo más rico de América, pero también el mássubyugado y más degradado.

Cuatro son las ciudades que han sido aniquiladas ya por el dominio delos caudillos que sostienen hoy a Rosas, a saber: Santa Fe, Santiago delEstero, San Luis y La Rioja.

Santa Fe, situada en la confluencia delParaná y otro río navegable que desemboca en sus inmediaciones, es unode los puntos más favorecidos de la América, y, sin embargo, no cuentahoy con dos mil almas; San Luis, capital de una provincia de cincuentamil habitantes, y donde no hay más ciudad que la capital, no tiene milquinientas.

Para hacer sensible la ruina y decadencia de la civilización y losrápidos progresos que barbarie hace en el interior, necesito tomar dosciudades: una ya aniquilada, la otra caminando sin sentirlo a labarbarie: La Rioja y San Juan. La Rioja no ha sido en otro tiempo unaciudad de primer orden; pero, comparada con su estado presente, ladesconocerían sus mismos hijos. Cuando principió la revolución de 1810,contaba con un crecido número de capitalistas y personajes notables quehan figurado de un modo distinguido en las armas, en el foro, en latribuna, en el púlpito. De La Rioja ha salido el doctor Castro Barros,diputado al Congreso de Tucumán y canonista célebre; el general Dávila,que libertó a Copiapó del poder de los españoles en 1817; el generalOcampo, presidente de Charcas; el doctor don Gabriel Ocampo, uno de losabogados más célebres del foro argentino, y un número crecido deabogados del apellido de Ocampo, Dávila y García, que{83} existen hoydesparramados por el territorio chileno, como varios sacerdotes deluces, entre ellos el doctor Gordillo, residente en el Huasco.

Para que una provincia haya podido producir en una época dada tantoshombres eminentes e ilustrados, es necesario que las luces hayan estadodifundidas sobre un número mayor de individuos y sido respetadas ysolicitadas con ahinco. Si en los primeros días de la revolución sucedíaesto, ¿cuál no debiera ser el acrecentamiento de luces, riqueza ypoblación que hoy día debería notarse, si un espantoso retroceso a labarbarie no hubiese impelido a aquel pobre pueblo continuar sudesenvolvimiento?

¿Cuál es la ciudad chilena, por insignificante quesea, que no pueda enumerar los progresos que ha hecho en diez años, enilustración, aumento de riqueza y ornato, sin excluir aún de este númerolas que han sido destruídas por los terremotos?

Pues bien; veamos el estado de La Rioja, según las soluciones dadas auno de los muchos interrogatorios que he dirigido para conocer a fondolos hechos sobre que fundo mis teorías. Aquí es una persona respetablela que habla, ignorando siquiera el objeto con que interrogo susrecientes recuerdos, porque sólo hace cuatro meses que dejó LaRioja[23].

P.—¿A qué número ascenderá aproximadamente la población actual de laciudad de La Rioja?

R.— Apenas mil quinientas almas. Se dice que sólo hay quince varonesresidentes en la ciudad.

P.—¿Cuántos ciudadanos notables residen en ella?{84}

R.— En la ciudad serán seis u ocho.

P.—¿Cuántos abogados tienen estudio abierto?

R.— Ninguno.

P.—¿Cuántos médicos asisten a los enfermos?

R.— Ninguno.

P.—¿Qué jueces letrados hay?

R.— Ninguno.

P.—¿Cuántos hombres visten frac?

R.— Ninguno.

P.—¿Cuántos jóvenes riojanos están estudiando en Córdoba o BuenosAires?

R.— Sólo sé de uno.

P.—¿Cuántas escuelas hay y cuántos niños asisten?

R.— Ninguna.

P.—¿Hay algún establecimiento público de caridad?

R.— Ninguno, ni escuela de primeras letras. El único religiosofranciscano que hay en aquel convento, tiene algunos niños.

P.—¿Cuántos templos arruinados hay?

R.— Cinco; sólo la Matriz sirve de algo.

P.—¿Se edifican casas nuevas?

R.— Ninguna, ni se reparan las caídas.

P.—¿Se arruinan las existentes?

R.— Casi todas, porque las avenidas de las calles son tantas.

P.—¿Cuántos sacerdotes se han ordenado?

R.— En la ciudad sólo dos mocitos: uno es clérigo cura, otro esreligioso de Catamarca. En la provincia, cuatro más.

P.—¿Hay grandes fortunas de a cincuenta mil pesos? ¿Cuántas de veintemil?

R.— Ninguna; todos pobrísimos. {85}

P.—¿Ha aumentado o disminuído la población?

R.— Ha disminuído más de la mitad.

P.—¿Predomina en el pueblo algún sentimiento de terror?

R.— Máximo. Se teme aun hablar lo inocente.

P.—La moneda que se acuña, ¿es de buena ley?

R.— La provincial es adulterada.

Aquí los hechos hablan con toda su horrible y espantosa severidad. Sólola historia de la conquista de los mahometanos sobre la Grecia presentaejemplos de una barbarización, de una destrucción tan rápida. ¡Y estosucede en América en el siglo XIX! ¡Es la obra sólo de veinte años, sinembargo! Lo que conviene a La Rioja es exactamente aplicable a Santa Fe,a San Luis, a Santiago del Estero, esqueletos de ciudades, villorriosdecrépitos y devastados. En San Luis hace diez años que sólo hay unsacerdote, y que no hay escuela ni una persona que lleve frac. Perovamos a juzgar en San Juan la suerte de las ciudades que han escapado ala destrucción, pero que van barbarizándose insensiblemente.

San Juan es una provincia agrícola y comerciante exclusivamente; el notener campaña la ha librado por largo tiempo del dominio de loscaudillos. Cualquiera que fuese el partido dominante, gobernador yempleados eran tomados de la parte educada de la población, hasta el año1833, en que Facundo Quiroga colocó a un hombre vulgar en el gobierno.Este, no pudiéndose sustraer a la influencia de las costumbrescivilizadas que prevalecían en despecho del poder, se entregó a ladirección de la parte culta, hasta que fué vencido por Brizuela, jefe delos riojanos, sucediéndole el general Benavides, que conserva el mandohace nueve años, no ya como una magistratura periódica,{86} sino comopropiedad suya. San Juan ha crecido en población a causa de losprogresos de la agricultura y de la emigración de La Rioja y San Luis,que huye del hambre y de la miseria. Sus edificios se han aumentadosensiblemente; lo que prueba toda la riqueza de aquellos países, ycuánto podrían progresar si el gobierno cuidase de fomentar lainstrucción y la cultura, únicos medios de elevar un pueblo.

El despotismo de Benavides es blando y pacífico, lo que mantiene laquietud y la calma en los espíritus. Es el único caudillo de Rosas queno se ha hartado de sangre; pero la influencia barbarizadora delsistema actual no se hace sentir menos por eso.

En una población de cuarenta mil habitantes reunidos en una ciudad, nohay hoy un solo abogado hijo del país ni de las otras provincias.

Todos los tribunales están desempeñados por hombres que no tienen el másleve conocimiento del derecho, y que son, además, hombres estúpidos entoda la extensión de la palabra. No hay establecimiento ninguno deeducación pública. Un colegio de señoras fué cerrado en 1840; tres dehombres han sido abiertos y cerrados sucesivamente del 40 al 43, por laindiferencia y aun hostilidad del gobierno.

Sólo tres jóvenes se están educando fuera de la provincia.

Sólo hay un médico sanjuanino.

No hay tres jóvenes que sepan el inglés, ni cuatro que hablen elfrancés.

Uno sólo hay que ha cursado matemáticas.

Un solo joven hay que posee una instrucción digna de un pueblo culto, elseñor Rawson, distinguido ya por sus{87} talentos extraordinarios. Su padrees norteamericano, y a esto ha debido que reciba educación.

No hay diez ciudadanos que sepan más que leer y escribir.

No hay un militar que haya servido en los ejércitos de línea fuera de laRepública.

¿Creeráse que tanta mediocridad es natural a una ciudad del interior?¡No! Ahí está la tradición para probar lo contrario. Veinte años atrás,San Juan era uno de los pueblos más cultos del interior, y ¿cuál no debede ser la decadencia y postración de una ciudad americana, para ir abuscar sus épocas brillantes veinte años atrás del momento presente?

El año 1831 emigraron a Chile doscientos ciudadanos jefes de familia,jóvenes, literatos, abogados, militares, etcétera. Copiapó, Coquimbo,Valparaíso y el resto de la República, están llenos aún de estos noblesproscriptos, capitalistas algunos, mineros inteligentes otros,comerciantes y hacendados muchos, abogados, médicos varios.

Como en ladispersión de Babilonia, todos éstos no volvieron a ver la tierraprometida.

¡Otra emigración ha salido, para no volver, en 1840!

San Juan había sido hasta entonces suficientemente rico en hombrescivilizados, para dar al célebre Congreso de Tucumán un presidente de lacapacidad y altura del doctor Laprida, que murió más tarde asesinado porlos Aldao; un prior a la Recolecta Domínica de Chile en el distinguido,sabio y patriota Oro, después obispo de San Juan; un ilustre patriota,don Ignacio de la Roza, que preparó con San Martín la expedición aChile, y que derramó en su país las semillas de la igualdad de clasesprometida por la revolución; un ministro al gobierno de Rivadavia; unministro a{88} la legación argentina en don Domingo de Oro, cuyos talentosdiplomáticos no son aún debidamente apreciados; un diputado al Congresode 1826 en el ilustrado sacerdote Vera; un diputado a la convención deSanta Fe en el presbítero Oro, orador de nota; otro a la de Córdoba endon Rudecindo Rojo, tan eminente por sus talentos y genio industrialcomo por su grande instrucción; un militar al ejército, entre otros, enel coronel Rojo, que ha salvado dos provincias sofocando motines consólo su serena audacia, y de quien el general Paz, juez competente en lamateria, decía que sería uno de los primeros generales de la República.San Juan poseía entonces un teatro y compañía permanente de actores.

Existen aún los restos de seis o siete bibliotecas de particulares enque estaban reunidas las principales obras del siglo XVIII y lastraducciones de las mejores obras griegas y latinas. Yo no he tenidootra instrucción hasta el año 36, que la que esas ricas, aunque truncasbibliotecas, pudieron proporcionarme. Era tan rico San Juan en hombresde luces el año 1825, que la sala de representantes contaba con seisoradores de nota. Los miserables aldeanos que hoy (1845) deshonran lasala de representantes de San Juan, en cuyo recinto se oyeron oracionestan elocuentes y pensamientos tan elevados, que sacudan el polvo de lasactas de aquellos tiempos y huyan avergonzados de estar profanando consus diatribas aquel augusto santuario.

Los juzgados, el ministerio, estaban servidos por letrados, y quedabasuficiente número para la defensa de los intereses de las partes.

La cultura de los modales, el refinamiento de las costumbres, el cultivode las letras, las grandes empresas comerciales, el espíritu público deque estaban animados los{89}

habitantes, todo anunciaba al extranjero laexistencia de una sociedad culta, que caminaba rápidamente a elevarse aun rango distinguido, lo que daba lugar para que las prensas de Londresdivulgasen por América y Europa este concepto honroso:

«...manifiestanlas mejores disposiciones para hacer progreso en la civilización; en eldía se considera a este pueblo como el que sigue a Buenos Aires másinmediatamente en la marcha de la reforma social; allí se han adoptadovarias de las instituciones nuevamente establecidas en Buenos Aires, enproporción relativa; y en la reforma eclesiástica han hecho lossanjuaninos progresos extraordinarios, incorporando todos los regularesal clero secular y extinguiendo los conventos que aquéllos tenían».

Pero lo que dará una idea más completa de la cultura de entonces, es elestado de la enseñanza primaria. Ningún pueblo de la República Argentinase ha distinguido más que San Juan en su solicitud por difundirla, nihay otro que haya obtenido resultados más completas. No satisfecho elgobierno de la capacidad de los hombres de la provincia para desempeñarcargo tan importante, mandó traer de Buenos Aires el año 1815 un sujetoque reuniese, a una instrucción competente, mucha moralidad.

Vinieronunos señores Rodríguez, tres hermanos dignos de rolar con las primerasfamilias del país, y en las que se enlazaron, tal era su mérito y ladistinción que se les prodigaba. Yo, que hago profesión hoy de laenseñanza primaria, que he estudiado la materia, puedo decir que sialguna vez se ha realizado en América algo parecido a las famosasescuelas holandesas descritas por M. Cousin, es en la de San Juan. Laeducación moral y religiosa era acaso superior a la instrucciónelemental que allí se daba; y no atribuyo a otra{90} causa el que en SanJuan se hayan cometido tan pocos crímenes, ni la conducta moderada delmismo Benavides, sino a que la mayor parte de los sanjuaninos, élincluso, han sido educados en esa famosa escuela, en que los preceptosde la moral se inculcaban a los alumnos con una especial solicitud.

Siestas páginas llegan a manos de don Ignacio y de don Roque Rodríguez,que reciban este débil homenaje que creo debido a los servicioseminentes hechos por ellos, en asocio de su finado hermano don José, ala cultura y moralidad de un pueblo entero[24].

Esta es la historia de las ciudades argentinas. Todas ellas tienen quereinvindicar glorias, civilización y notabilidades pasadas. Ahora elnivel barbarizador pesa sobre todas ellas. La barbarie del interior hallegado a penetrar hasta las calles de Buenos Aires. Desde 1810 hasta1840, las provincias que encerraban en sus ciudades tanta civilización,fueron demasiado bárbaras, empero, para destruir con su impulso la obracolosal de la revolución de la independencia. Ahora que nada les quedade lo que en hombres, luces e instituciones tenían, ¿qué va a ser deellas? La ignorancia y la pobreza, que es la consecuencia, están comolas aves mortecinas, esperando que las ciudades del interior den laúltima boqueada, para devorar su presa, para hacerlas campo, estancia.Buenos Aires puede volver a ser lo que fué, porque la civilizacióneuropea es tan{91} fuerte allí, que en despecho de las brutalidades delgobierno se ha de sostener. Pero en las provincias, ¿en qué se apoyará?Dos siglos no bastarán para volverlas al camino que han abandonado,desde que la generación presente educa a sus hijos en la barbarie que aella le ha alcanzado. Pregúntasenos ahora, ¿por qué combatimos?¿Combatimos? Combatimos para volver a las ciudades su vida propia.

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PARTE SEGUNDA

CAPÍTULO PRIMERO

INFANCIA Y JUVENTUD DE JUAN FACUNDO QUIROGA

Au surplus, ces traits appartiennentau caractère originel du genrehumain. L'homme de la natureet qui n'a pas encore appris à contenirou deguiser ses passions, lesmontre dans toute leur énergie, etse livre à toute leur impétuosité.

ALIX, Histoire de l'Empire Ottoman

Media entre las ciudades de San Luis y San Juan un dilatado desiertoque, por su falta completa de agua, recibe el nombre de travesía. Elaspecto de aquellas soledades es por lo general triste y desamparado, yel viajero que viene del oriente no pasa la última represa o aljibe decampo, sin prever sus chifles de suficiente cantidad de agua.

En estatravesía tuvo lugar una vez la extraña escena que sigue. Lascuchilladas, tan frecuentes entre nuestros gauchos, habían forzado a unode ellos a abandonar precipitadamente la ciudad de San Luis, y ganar la travesía a pie, con la montura al hombro, a fin de escapar de laspersecuciones de la justicia. Debían alcanzarlo dos compañeros tan luegocomo pudieran robar caballos para los tres.{94}

No eran por entonces sólo el hambre o la sed los peligros que leaguardaban en el desierto aquel, que un tigre cebado andaba hacía unaño siguiendo los rastros de los viajeros, y pasaban ya de ocho los quehabían sido víctimas de su predilección por la carne humana. Sueleocurrir a veces en aquellos países en que la fiera y el hombre sedisputan el dominio de la naturaleza, que éste cae bajo la garrasangrienta de aquélla; entonces el tigre empieza a gustar de preferenciasu carne y se llama cebado cuando se ha dado a este nuevo género decaza, la caza de hombres. El juez de la campaña inmediata al teatro desus devastaciones convoca a los varones hábiles para la correría, y bajosu autoridad y dirección se hace la persecución del tigre cebado, querara vez escapa a la sentencia que lo pone fuera de la ley.

Cuando nuestro prófugo había caminado cosa de seis leguas, creyó oírbramar al tigre a lo lejos, y sus fibras se estremecieron. Es el bramidodel tigre un gruñido como el del chancho, pero agrio, prolongado,estridente, y que, sin que haya motivo de temor, causa un sacudimientoinvoluntario en los nervios, como si la carne se agitara ella sola alanuncio de la muerte.

Algunos minutos después el bramido se oyó más distinto y más cercano; eltigre venía ya sobre el rastro, y solo a una larga distancia se divisabaun pequeño algarrobo.

Era preciso apretar el paso, correr, en fin,porque los bramidos se sucedían con más frecuencia, y el último era másdistinto, más vibrante que el que le precedía.

Al fin, arrojando la montura a un lado del camino, dirigióse el gauchoal árbol que había divisado, y no obstante la debilidad de su tronco,felizmente bastante elevado, pudo trepar a su copa y mantenerse en unacontinua oscilación,{95} medio oculto entre el ramaje. Desde allí pudoobservar la escena que tenía lugar en el camino: el tigre marchaba apaso precipitado, oliendo el suelo y bramando con más frecuencia amedida que sentía la proximidad de su presa. Pasa adelante del punto enque aquél se había separado del camino y pierde el rastro; el tigre seenfurece, remolinea, hasta que divisa la montura, que desgarra de unmanotón, esparciendo en el aire sus prendas.

Más irritado aún con estechasco, vuelve a buscar el rastro, encuentra al fin la dirección en queva, y levantando la vista, divisa a su presa haciendo con el pesobalancearse al algarrobillo, cual la frágil caña cuando las aves seposan en sus puntas.

Desde entonces ya no bramó el tigre; acercábase a saltos, y en un abriry cerrar de ojos sus poderosas manos estaban apoyándose a dos varas delsuelo sobre el delgado tronco, al que comunicaban un temblor convulsivoque iba a obrar sobre los nervios del mal seguro gaucho. Intentó lafiera un salto impotente; dió vuelta en torno del árbol midiendo sualtura con ojos enrojecidos por la sed de sangre, y al fin, bramando decólera, se acostó en el suelo, batiendo sin cesar la cola, los ojosfijos en su presa, la boca entreabierta y reseca. Esta escena horribleduraba ya dos horas mortales; la postura violenta del gaucho y lafascinación aterrante que ejercía sobre él la mirada sanguinaria,inmóvil, del tigre, del que por una fuerza invencible de atracción nopodía apartar los ojos, habían empezado a debilitar sus fuerzas, y yaveía próximo el momento en que su cuerpo extenuado iba a caer en suancha boca, cuando el rumor lejano de galope de caballos le dióesperanza de salvación.

En efecto, sus amigos habían visto el rastro del tigre y corrían sinesperanza de salvarlo. El desparramo de la{96} montura les reveló el lugarde la escena, y volar a él, desenrollar sus lazos, echarlos sobre eltigre, empacado y ciego de furor, fué la obra de un segundo. La fiera,estirada a dos lazos, no pudo escapar a las puñaladas repetidas con queen venganza de su prolongada agonía le traspasó el que iba a ser suvíctima.

«Entonces supe lo que era tener miedo»—decía el general donJuan Facundo Quiroga, contando a un grupo de oficiales este suceso.

También a él le llamaron Tigre de los Llanos, y no le sentaba mal estadenominación, a fe. La frenología o la anatomía comparadas handemostrado, en efecto, las relaciones que existen en las formasexteriores y las disposiciones morales entre la fisonomía del hombre yde algunos animales a quienes se asemeja en su carácter. Facundo, porqueasí lo llamaron largo tiempo los pueblos del interior, el general donFacundo Quiroga, el excelentísimo brigadier general don Juan FacundoQuiroga, todo eso vino después, cuando la sociedad lo recibió en su senoy la victoria lo hubo coronado de laureles; Facundo, pues, era deestatura baja y fornido; sus anchas espaldas sostenían sobre un cuellocorto una cabeza bien formada, cubierta de pelo espesísimo, negro yensortijado. Su cara poco ovalada estaba hundida en medio de un bosquede pelo, a que correspondía una barba igualmente espesa, igualmentecrespa y negra, que subía hasta los pómulos, bastante pronunciados, paradescubrir una voluntad firme y tenaz.

Sus ojos negros, llenos de fuego y sombreados por pobladas cejas,causaban una sensación involuntaria de terror en aquellos a quienesalguna vez llegaban a fijarse, porque Facundo no miraba nunca de frente,y por hábito, por arte, por deseo de hacerse siempre temible, tenía deordinario la cabeza inclinada y miraba por entre las cejas, como{97} elAlí-Bajá de Montvoisin. El Caín que representa la famosa Compañía Ravelme despierta la imagen de Quiroga, quitando las posiciones artísticas dela estatuaria que no le convienen. Por lo demás, su fisonomía eraregular, y el pálido moreno de su tez sentaba bien a las sombras espesasen que quedaba encerrada.

La estructura de su cabeza revelaba, sin embargo, bajo esta cubiertaselvática, la organización privilegiada de los hombres nacidos paramandar. Quiroga poseía esas cualidades naturales que hicieron delestudiante de Brienne el genio de la Francia, y del mameluco obscuro quese batía con los franceses en las Pirámides, el Virrey de Egipto. Lasociedad en que nacen da a estos caracteres la manera especial demanifestarse; sublimes, clásicos, por decirlo así, van al frente de lahumanidad civilizada en unas partes; terribles, sanguinarios y malvados,son en otras su mancha, su oprobio.