Facundo by Domingo Faustino Sarmiento - HTML preview

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Domingo F. Sarmiento

Cuando escribió el Facundo.

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BIBLIOTECA ARGENTINA

PUBLICACIÓN MENSUAL DE LOS MEJORES LIBROS NACIONALES

DIRECTOR: RICARDO ROJAS

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FACUNDO

POR

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D. F. SARMIENTO

BUENOS AIRES

LIBRERÍA «LA FACULTAD», DE JUAN ROLDÁN Y C.ÍA

359, FLORIDA, 359

1921

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Imp. de A. Marzo.—San Hermenegildo, 32 dupd.º.

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[El texto del original libro no fue actualizado. (Nota del transcriptor del ebook.)]

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DOMINGO F. SARMIENTO

BIOGRAFÍA.—Nació en la ciudad de San Juan el 15 de febrero de 1811, alaño siguiente de la Revolución argentina, cuyas agitacionesimpresionaron su primera infancia. Fué hijo de José Clemente Sarmiento yde doña Paula Albarracín, ambos sanjuaninos, y de antiguas familiascoloniales de Cuyo. En sus Recuerdos de provincia, Sarmiento hapintado el ambiente doméstico de su infancia, su casa, su pueblo, sufamilia, su educación, y trazado una reticente silueta de su padre, yuna muy conmovida de su madre, que influyó poderosamente en suimaginación y su carácter.

Los azares de nuestras guerras civiles lolanzaron a la acción, y fué montonero unitario, conspirador de laAsociación de Mayo, periodista de oposición, emigrado, adversarioperiodístico de Rosas y después de Caseros, diputado, senador, ministro,gobernador, presidente y general. Pero su verdadera grandeza no resideen ello, sino en la fiereza indomable de su carácter, en la abundanciade su sensibilidad, en el poder de su inteligencia, en la sugestión desu obra escrita, todo lo cual ha hecho que, con motivo de su centenario(1911), los argentinos le proclamáramos por un genio. Desde 1840 hasta1852 residió en Chile, primero como desterrado de Benavides, tirano deSan Juan; después como adversario de Rosas, tirano de Buenos Aires.Asistió con Urquiza a la batalla de Caseros, y fué después con Mitreadversario de la política del caudillo entrerriano. Después de serministro argentino en Wáshington, desempeñó la presidencia de laRepública (1868-1874). Como director de enseñanza, o ministro, olegislador, o periodista, fomentó casi todos{vi} nuestros progresos moralesy materiales, desde 1853 hasta su muerte, ocurrida el 11 de septiembrede 1888, en la Asunción del Paraguay, adonde había ido en busca dealivio para su vejez ya fatigada. La fecha de su muerte es efeméridesque se rememora todos los años en las escuelas nacionales. La biografíamás extensa de Sarmiento es la publicada en 1901 por J. GuillermoGuerra, en Santiago de Chile. Una sinopsis de la misma fué hecha por A.B. S. y repartida en Buenos Aires por la Comisión Nacional del primercentenario de Sarmiento.

BIBLIOGRAFÍA.—Sarmiento ha sido el más fecundo de nuestros escritores.Sus Obras completas, publicadas en Buenos Aires por su nieto AugustoBelín Sarmiento, alcanzó la respetable cantidad de 32 volúmenes. Uníndice analítico de esa publicación ha sido editado por la Universidadde La Plata con el título de Bibliografía de Sarmiento.

Losprincipales libros de Sarmiento son: Facundo, traducido a variosidiomas y repetidamente editado; Recuerdos de provincia, Educaciónpopular, Conflictos y armonías de las razas en América; podrían serincluídos entre los productos de su ingenio las ocurrencias y gestosrecogidos por el nieto en su Sarmiento anecdótico. La copiosaliteratura a que Sarmiento ha dado lugar es tan extensa, que nopodríamos mencionarla en este lugar.

ICONOGRAFÍA.—El retrato que acompaña este volumen, es el de cuandoescribió el Facundo.

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FACUNDO

NOTICIA PRELIMINAR

POR

RICARDO ROJAS

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NOTICIA PRELIMINAR

Es el Facundo, de Sarmiento, la obra más famosa en la abundantebibliografía de su autor, y, según es notorio, una de las másafortunadas en la bibliografía nacional. Su título ha traspuesto laambigua esfera de la minoría letrada para bajar al pueblo y a laescuela, mientras penetraba su doctrina en los campos de la controversiay de la acción sociales. Ha ido más lejos este libro aún, trasponiendoel límite de nuestro territorio para interesar a toda América, yfranqueando los aledaños de nuestro idioma para ser vertido, siquierafragmentariamente, a cuatro lenguas europeas—fortuna esta última rarasveces lograda por escritores de la América española—. Libro asíprestigiado, por el éxito editorial y la indiscutida gloria de su autor,no podía faltar en la BIBLIOTECA ARGENTINA, y ella se atreve areeditarlo, no para colmar un vacío, puesto que son numerosas lasediciones del Facundo, sino porque creemos que siempre habrá lectorespara obra tan fundamental, y que nuestra colección quedaría incompletasi omitiéramos ésta, vinculada a las fuerzas más esenciales de nuestracultura.

Este es un libro que ya tiene historia. Si por la propia expansión de sumérito no hubiera logrado un éxito tan general, es bien seguro que lohubiera conseguido bajo el glorioso auspicio de su autor, por lapersistencia, vanidosa primero, orgullosa después, con que Sarmiento loinvocaba como el mayor de sus títulos. Si al volver de la proscripción,{10}cuando Caseros invocaba a Facundo para alistarse entre los jefes de lamilicia y entre los estadistas de la organización, todavía siguióinvocándolo treinta años después, como una de las fuerzas que derrocaronla tiranía de Rosas y como una de las más vivientes páginas de laliteratura americana. En 1881, a propósito de la traducción italiana deeste libro, Sarmiento escribía: «No vaya el historiador en busca de laverdad gráfica a herir en las carnes del Facundo, que está vivo; ¡nolo toquéis!; así como así, con todos sus defectos, con todas susimperfecciones, lo amaron sus contemporáneos, lo agasajaron todas lasliteraturas extranjeras, desveló a todos los que lo leían por la primeravez, y la Pampa Argentina es tan poética hoy en la tierra como lasmontañas de la Escocia diseñadas por Walter Scott, para solaz de lasinteligencias[1]. Y luego los ricos no despojen al pobre quitándole lavenda de los ojos a los que lo traducen, cuarenta años justos después dehaber servido de piedra para arrojarla ante el carro triunfal de untirano, ¡y cosa rara!, el tirano cayó abrumado por la opinión del mundocivilizado, formada por ese libro extraño, sin pies ni cabeza, informe,verdadero{11} fragmento de peñasco que se lanzaron a la cabeza lostitanes... »[2]. Exageraba el autor, sin duda alguna, en ese fragmento,la importancia

«cívica» de su obra, atribuyendo a sólo ese libro lo quefué penoso esfuerzo de toda una generación; pero nadie podrá negar quetal fragmento define, con maravilloso acierto de autocrítica, laverdadera condición «literaria» del glorioso panfleto[3].

Panfleto fué en sus orígenes el Facundo: panfleto periodístico,improvisado, banderizo. Es bien sabido que su primera edición aparecióen los folletines de El Progreso, en Chile, el año 1845. Habíapublicado Sarmiento en ese mismo periódico unos Apuntes biográficos sobre Aldao, el fraile caudillo, muerto a principios de aquel año en{12}Mendoza. Como el libro gustase a los emigrados argentinos, loestimularon éstos, y algunos jóvenes camaradas chilenos, a queescribiese una obra de mayor aliento dentro del género, y así le vino laidea de referir la vida de Juan Facundo Quiroga. Confiesa él mismo queimprovisó la redacción, y que durante los meses de mayo y junio fuépublicando sus entregas El Progreso, a medida que Sarmiento lasescribía. El fondo del relato biográfico lo constituían sus propiosrecuerdos y el testimonio de la tradición oral, recogida en cartas yconversaciones de los proscriptos más ancianos. Pero no reside en estola fuerza y originalidad de este libro, sino en la asociación que hizode la vida del héroe con el ambiente geográfico y con los problemasurgentes de la organización nacional. El medio físico de la pampasirvióle a su paleta de escritor para el colorido romancesco de la obra,necesario a la índole del folletín y al gusto romántico de su época; entanto que las guerras civiles del caudillo, protagonista vigoroso de esemedio salvaje, sirviéronle a su pensamiento de político para elimprescindible ataque a Rosas, en que no cejaron, hasta después deCaseros, los poetas y publicistas de la proscripción. Origen tan humildey azaroso explica todas las calidades y defectos del Facundo; lasfallas de justicia y de verdad que han sido ya denunciadas; los aciertosde intuición social y de belleza literaria que constituyen la esenciavital de este libro. Por estos últimos ha sobrevivido a lascircunstancias externas que le dieron origen, transmutada ya suprimitiva y perecedera fuerza

«política» en nueva y durable fuerza«espiritual». Lo que estuvo en el plano de la

«historia» ha pasado ya,gracias al genio de su autor, el plano más excelso de la

«epopeya».

Sarmiento no escribió la biografía de Facundo, sino creó{13} su leyenda.Compuso el poema épico de la montonera; y si desde 1845 sirvió estelibro como verdad pragmática contra Rosas, y desde 1853 como verdadpragmática contra el desierto, después de 1860, debemos tender autilizarlo solamente como verdad pragmática en favor de nuestra culturaintelectual, por la emoción profunda de tierra nativa, de tradiciónpopular, de lengua hispanoamericana y de ideal argentino que ese librotraduce en síntesis admirable. Nadie comprendió mejor que Sarmiento, ensu vejez, la verdadera limitada condición de esta obra; nadie hadiscernido mejor que su propio autor lo que hay en el Facundo depersonal y de colectivo, de transitorio y de permanente, de provisionaly de esencial. Sarmiento mismo le ha llamado «el génesis de laPampa»[4], y él mismo dice que nadie ha caracterizado mejor la fisonomíade su libro que el historiador López cuando lo llamó «historiabeduína»[5]. «López no se da cuenta del origen de susimpresiones»—agrega—. «El vió escribir el Facundo sin archivo enpaís extranjero, al tiempo que rendía exámenes de latín escaso en DeBello Jugurthæ, de Salustio, y ya sabemos la indeleble y eternaasociación de las ideas»[6].

Y apoyándose en la recóndita y lejanaasociación juvenil que cree ver en el juicio del compañero proscripto deotro tiempo, Sarmiento insiste con orgullo: «Es el Facundo el Jugurtaargentino; el libro sin asunto, porque la guerra contra el caudillonúmida, escapando en{14} el Sahara a las pesadas legiones romanas, no marcaen la historia; es apenas un episodio sin consecuencia. Lo que Roma viófué un libro, y lo que los estudiantes y los latinistas ven es la figurade Jugurta el númida con su bornoz blanco, en el negro caballo, haciendorazias o fantasías, o algaradas, delante de las legiones. Es Salustio,el pintor del Africa y del desierto»[7]. Y en la reticencia de suorgullo, eso quiere decir: «Es Sarmiento el pintor de la América y de laPampa», o bien: «lo que han de ver en él los argentinos es sólo «unlibro pintoresco»; libro inmortal e imaginario, y no la verdaderahistoria de un caudillo cuya obra real fué tan efímera, y cuya bellezalegendaria sobrevive, precisamente, gracias a estas páginas perdurables.

Hay en el Facundo una como estratificación de varios órdenes de ideas,«visibles»

en la estructura íntima de este libro. Descubro en él unelemento biográfico, formado por lo que Sarmiento atribuye a Quiroga yRosas; un elemento político, formado por lo que escribe de unitarios yfederales; un elemento sociológico, formado por lo que discurre sobrela civilización y la barbarie americanas. Todo eso es transitorio, y elnuevo lector habrá de considerarlo según las circunstancias en que elautor se hallaba en 1845, más las rectificaciones o palinodias que elautor proclamó generosamente después de 1880. Esto es como la «clave»del Facundo, desgraciadamente olvidada por sus lectores modernos, yque es menester ponerla aquí para la más completa interpretación de estelibro.

Ya en la edición de 1845, Sarmiento había escrito esta confesiónoportuna:

«Después de terminada la publicación{15} de esta obra, herecibido de varios amigos rectificaciones de varios hechos referidos enella. Algunas inexactitudes han debido escaparse en un trabajo hecho deprisa, lejos del teatro de los acontecimientos, y sobre un asunto de queno había nada escrito hasta el presente. Al coordinar entre sí sucesosque han tenido lugar en distintas y remotas provincias, y en épocasdiversas, consultando a un testigo ocular sobre un punto, registrandomanuscritos formados a la ligera o apelando a las propiasreminiscencias, no es extraño que de vez en cuando el lector argentinoeche de menos algo que él conoce o disienta en cuanto a algún nombrepropio, una fecha, cambiados o puestos fuera de lugar»[8]. Fué donValentín Alsina, su amigo unitario, uno de los que rectificó no pocoserrores de hecho y de interpretación. En gratitud por ese comentario deenmiendas, Sarmiento le dedicó la segunda edición de su obra, y en la«carta-prólogo» de esa edición (1851) insiste sobre lo improvisado de suobra y «los muchos lunares que afeaban la primera edición»[9].

Ensayo yrevelación para mí mismo de mis ideas—dícele a Alsina—, el Facundo adoleció de los defectos de todo fruto de la inspiración del momento,sin el auxilio de documentos a la mano, y ejecutada no bien eraconcebida, lejos del teatro de los sucesos, y con propósitos de accióninmediata y militante. Tal como él era, mi pobre librejo ha tenido lafortuna de hallar en aquella tierra, cerrada a la verdad y adiscusión[10],

lectores

apasionados,

y

de

mano

en

mano,

deslizándose{16}furtivamente, guardado en algún secreto escondite, para hacer alto ensus peregrinaciones, emprender largos viajes, y ejemplares porcentenares, llegar, ajados y despachurrados de puro leídos, hasta BuenosAires, a las oficinas del pobre tirano, a los campamentos del soldado ya la cabaña del gaucho, hasta hacerse él mismo, en las hablillaspopulares, un mito como su héroe.» «He usado con parsimonia de susnotas, guardando las más substanciales para tiempos mejores y másmeditados trabajos, temeroso de que, por retocar obra tan informe,desapareciese su fisonomía primitiva, y la lozana y voluntariosa audaciade la mal disciplinada concepción»[11].

Estas desenfadadas confesiones del propio autor, relevan de toda otraprueba sobre la escasa autoridad que a esta obra debe concedérsele comotrabajo de historia. Es el propio Sarmiento quien la considera, según seha visto: 1.º, como «un fruto de la inspiración del momento»; 2.º, como«un ensayo y revelación para sí mismo de sus propias ideas»; 3.º, como«un mito» a la manera de su «héroe». El carácter subjetivo, parcial ymilitante del libro queda así confesado. Sarmiento se reconoce con ello,más en los dominios de la epopeya que en los de la sociología o lahistoria, como han creído algunos sociólogos ingenuos o pedantes, cuyaciencia consiste en ignorar la verdadera historia argentina. El caudillode los Llanos habíale servido tan sólo de pretexto a su inspiración,para revelar, en esa especie de mito sintético de la guerra civil por élforjado, los horrores del desierto, de la ignorancia, del despotismo quetan gallardamente combatió.

No me es posible señalar aquí las numerosas rectificaciones{17} que a laparte histórica del libro podran hacerse[12]. Básteme recordar, sinembargo, que Sarmiento depuso en la vejez ese odio ciego por la personade Quiroga y que no fué menos valiente su palinodia sobre Rosas. Estosson hechos que la crítica apasionada del Facundo ha perdido de vistatambién, y de los cuales no es posible prescindir si se desea calificardesapasionadamente este libro.

Acostumbraba Sarmiento en su vejez visitar nuestro cementerio de laRecoleta el día de Difuntos. Es uno de sus más bellos artículos el querefirió en El Debate su{18} visita de 1885. En él nos cuenta cómo ibaaquel día entre los árboles y los mármoles, rememorando nombres amadoscomo ante la tumba de su hijo, o la tumba de los que habían estado conél, o contra él, en las luchas violentas de sus días viriles, como aquelVélez Sarsfield ante cuya tumba exclama: «¡Bravo viejo!: anduvimosjuntos muchas jornadas memorables; salvamos, tomados de la mano, abismosque se abrían bajo nuestras plantas, y llegamos al término diciéndonosadiós, satisfechos ambos de haber obrado bien, y legado a nuestra patriapáginas de historia sin mancha.» Así marchaba por entre los mármoles ylos árboles, hablando a los muertos con familiaridad pagana, y con lasobrehumana serenidad de un héroe ya muerto él mismo, que transitaraentre las sombras del Hades... Cuando, de pronto, he aquí que se detienefrente a la tumba de Juan Facundo Quiroga, y a propósito escribe estasbellas y nobles palabras, dignas ciertamente de un filósofo antiguo:«Por entre sus columnas se divisan ya, aun antes de entrar, urnascinerarias, sepulcros, columnas y sarcófagos, y la bella estatua delDolor, que vela gimiendo sobre la tumba de Facundo, a quien el arteliterario más que el puñal del tirano, que lo atravesó en Barranca-Yaco,ha condenado a sobrevivirse a sí mismo y a los suyos, a quienes notransmite responsabilidades la sangre. El Dante puede mostrar a Virgilioeste león encadenado, convertido en mármol de Paros y en estatua griega, porque del otro lado de la tumba todo lo que sobrevive debe ser bello yarreglado a los tipos divinos, cuyas formas revestirá al hombre queviene.» Y si estas palabras que subrayo, porque ellas son acaso las másprofundas que Sarmiento haya escrito, pudieran parecer obscuras en sumisma profundidad, ved cómo concreta después su juicio definitivo{19} sobreel protagonista de esta obra: «He aquí—me decía un joven Arce, parientede Quiroga—

cómo yo llevo la toga y la clámide del griego y no la túnicani la dalmática del bárbaro. Pude decirle a mi vez que mi sangre correahora confundida en sus hijos con la de Facundo, y no se han repelidosus corpúsculos rojos, porque eran afines. Quiroga ha pasado a lahistoria, y reviste las formas esculturales de los héroes primitivos, deAyax y de Aquiles»[13]. Así concluye aquel pasaje magnífico en que,debido a la emoción del día y del lugar, o la intuición del geniopróximo a la muerte, pudo ver a Facundo transfigurado por el arte:comprender lo que había de epopeya en su libro, y confesarse idéntico,por la sangre racial, con el héroe maldito de otros días.

Y no fué menos explícita la amnistía que Sarmiento «decretó» para Rosas,tan rudamente combatido también en el Facundo. Cuando Ramos Mejíapublicó su Neurosis de los hombres célebres en la historia argentina,en cuyas páginas, según es sabido, traza la historia clínica del tirano,Sarmiento se apresuró a comentar así ese trabajo: «La tiranía de Rosasfué una locura en acción»—nos dice al comenzar su comentario—. Y luegoavanza esta advertencia valerosa: « Prevendríamos al joven autor que noreciba como moneda de buena ley todas las acusaciones que se han hecho aRosas, en aquellos tiempos de{20} combate y de lucha, por el interés mismode las doctrinas científicas que explicarían los hechos verdaderos»[14]. Con esa austeridad confesaba Sarmiento sus excesos polémicos anterioresa 1852, y si traigo tal confesión sobre sus ataques a Rosas, es porqueesta otra figura completa a la de Facundo en la composición de su libro,y porque el «folletín» del Progreso no fué sino un episodioperiodístico de la violenta predicación que los emigrados realizabandesde el extranjero contra el tirano de Buenos Aires.

Aclarada así, por las propias palabras del autor, la posición en que el Facundo debe ser considerado por la crítica histórica en cuanto a suselementos biográficos, veamos lo que resiste de él en sus elementospolíticos y sociológicos.

El Facundo remueve en cada página la arcaica bandería de «unitarios»

y«federales»; pero debo advertir al lector novel que no usa talesexpresiones en su valor doctrinario, sino en su significado ocasional yargentino. «Federal», para un proscripto unitario de 1845, era sinónimode gaucho localista y brutal; en tanto que

«unitario», para un caudillofederal de nuestras provincias, era sinónimo de «loco» y

«traidor».Unitario quería decir, además, porteño que había sido monarquista yvisitado Europa, o vestía levita, gastaba lentes y era «doctor». No esésta, como se ve, la doctrina de equilibrio político de las diversasregiones argentinas dentro de la nacionalidad, o sea el ideal quedespuntó incipiente con Juan Ignacio de Gorriti en la Junta Grande de1811, para triunfar con Alberdi y Mitre en la Constitución actual.Sarmiento, siendo enemigo de los caudillos{21} locales porque creía queretardaban el triunfo de la organización, fué perseguido como«unitario», y bajo esa divisa emigró del país en 1840; pero no puede serconsiderado sino como federal quien prohijó la Constitución de 1853,vigente aún en la República; quien defendió como gobernador de San Juan,más tarde, los derechos autónomos de los gobiernos provinciales; quienratificó después, como ministro en los Estados Unidos, su vocaciónfederal, y quien, en la versión inglesa del Facundo (1867-1873),sugirió a Mr.

Horace Mann el prólogo en que explica esta génesis de susideas. Así resulta en nuestra historia este aparente absurdo: que loscaudillos «federales», dominados por Rosas, rehicieron la «unidad»argentina, rota por los unitarios quiméricos de 1826, y que losemigrados «unitarios» promulgaron la «federación», al regresar al paísdespués de Caseros. He ahí otra advertencia imprescindible paracomprender bien el Facundo y para restituir a dichos nombres suverdadero contenido histórico; pues fácilmente se lo suele olvidar en lacapciosa discusión «doctrinaria» de nuestros días.

Se ha atribuído también grande importancia al Facundo como doctrina sociológica.

Esto proviene de que el libro se llamó en sus orígenes Facundo o Civilización y barbarie[15]. Esta fórmula ha prestado susservicios al progreso del país; pero es tiempo ya de comenzar adenunciarla por lo que tiene de parcial y de peligrosa. Yo la he{22}combatido en uno de mis libros, porque la considero insuficiente paraexplicar la evolución argentina, sobre todo si, como lo hacen algunos«sociólogos» de marbete europeo, creen que «barbarie» quiere decir«provincia», «federalismo», «tradición»,

«emoción agreste o americana»,y que «civilización» quiere decir «cosmópolis», centralismo, riqueza,pedantería libresca o intelectual. La fórmula de Sarmiento encierra sólouna verdad pragmática, es decir, utilitaria y ocasional, vigorosa en sutiempo, pero gastada ya en virtud de su propia aplicación social, porhaberse transformado tan radicalmente la estructura económica y moral dela nación argentina.

Prefiero yo no repetir aquí los argumentos quetantas veces he escrito en contra de esa fórmula, cuyo sentido social havariado completamente desde entonces. A los que se interesen por elasunto, les aviso que hallarán combatida la tesis de Sarmiento en milibro Blasón de Plata. Diré tan sólo, para abreviar y concluir, que el progreso no es la civilización; la «civilización» está formada deprogreso y cultura; el progreso es la meca rica de la civilización; lacultura, su esencia. Sarmiento creaba con su teoría de 1845 un eficazsofisma político para vencer a sus enemigos; pero hay peligro moral encreer que su ocasional teoría política es doctrina filosófica de valorpermanente, o sea que la tierra genuina, numen de la nacionalidad, esfuente de barbarie, y que el civilizarse consiste en adoptar los usos ycostumbres{23} de los europeos. Por ese camino podríamos declarar que losatenienses del tiempo de Platón no eran un pueblo

«civilizado», porqueno usaban cuello duro ni frac, ni montaban en silla inglesa, como lodeseaba Sarmiento.

Todo esto significa que el Facundo subsiste en cuanto es un libro deintuición racial de emoción literaria. Lo que hubo en él de polémica, hapasado con su ocasión; lo que hubo en él de historia, ha sidorectificado por su autor y por la ciencia; lo que hubo en él de«sociología», está siendo rectificado por la vida misma de nuestro país.En cambio, con qué vigor se levanta de entre esa hojarasca de pasiones oideas el fuerte soplo emocional de la «epopeya»; cómo germina lasimiente del «mito» entre el polvo ya helado de sus hechos perecederos;cómo se siente resonar en sus páginas las caballerías pampeanas—columnaconquistadora, malón indígena, falange libertadora o montonerarebelde—cuando pasan acordando su trote nocturno al ímpetu de esa prosaarrolladora. Esto es, en verdad, el génesis de la Pampa...

A las intuiciones de su autor como artista debió este libro su éxitoextraordinario desde el día de su aparición. Cuenta Sarmiento cómo donPedro de Angelis, cortesano de Rosas, mostrábalo furtivamente el volumena sus íntimos—«con la cautelosa precaución del peligro de los Seyanosen la corte de Tiberio»—, diciéndoles: «Esto se mueve, es la Pampa; elpasto hace ondas agitado por el aire; se siente el olor de las yerbasamargas... »[16]. Por eso lo tradujeron a diversos idiomas, para dar aotras gentes la visión de nuestra vida pampeana y mostrar en la raíz deldesierto el germen de nuestras luchas. Por eso se han desprendido{24} delvolumen, como páginas de antología popular, las siluetas del Rastreador,del Baqueano, del Gaucho malo y del caudillo silvestre, de las cualesSarmiento dice que han quedado como la introducción de Volney a las«Ruinas de Palmira»... Sarmiento admiraba, en efecto, a Volney, y acasono fué del todo extraña esa obra, lo mismo que la de Walter Scott,Víctor Hugo, Fenimore Cooper y Chateaubriand, a la formación de susgustos como narrador. Pero su mérito no consiste en parecerse a susmaestros, sino en ser diferente de ellos. Los epígrafes que precedencada capítulo en el Facundo, podrían ser también indicio de suslecturas: Humboldt y Lamartine alternan con citas de Shakespeare enfrancés... Tal cosa muestra lo abigarrado de su cultura; pero quizá poreso mismo toda esa varia literatura le sirvió de abono para que laplanta indígena del pensamiento genial pudiera crecer más lozana. Estono nació de siembra ni de injerto, sino de misteriosa germinaciónnatural, como las seculares selvas del trópico.

Ricardo Rojas.

{25} del

PARTE PRIMERA

CAPÍTULO PRIMERO

ASPECTO FÍSICO DE LA REPÚBLICA ARGENTINA, Y CARACTERES, HÁBITOS E IDEAS QUE

ENGENDRA

L'étendue des pampas est si prodigieusequ'au nord elles son bornéespar des bosquets de palmiers,et au midi par des neiges éternelles.

HEAD.

El continente americano termina al Sur en una punta en cuya extremidadse forma el Estrecho de Magallanes. Al Oeste, y a corta distancia delPacífico, se extienden paralelos a la costa los Andes chilenos. Latierra que queda al oriente de aquella cadena de montañas y al occidentedel Atlántico, siguiendo el Río de la Plata hacia el interior por elUruguay arriba, es el territorio que se llamó Provincias Unidas del Ríode la Plata, y en la que aún se derrama sangre por denominarlo RepúblicaArgentina o Confederación Argentina. Al Norte están el Paraguay yBolivia, sus límites presuntos.

La inmensa extensión de país que está en sus extremos es enteramentedespoblada, y ríos navegables posee que no ha surcado aún el frágilbarquichuelo. El mal que aqueja{26} a la República Argentina es laextensión: el desierto la rodea por todas partes, se le insinúa en lasentrañas; la soledad, el despoblado sin una habitación humana, son porlo general los límites incuestionables entre unas y otras provincias.Allí la inmensidad por todas partes: inmensa la llanura, inmensos losbosques, inmensos los ríos, el horizonte siempre incierto, siempreconfundiéndose con la tierra entre celajes y vapores tenues que no dejanen la lejana perspectiva señalar el punto en que el mundo acaba yprincipia el cielo. Al Sur y al Norte acéchanla los salvajes, queaguardan las noches de luna para caer, cual enjambre de hienas, sobrelos ganados que pacen en los campos y las indefensas poblaciones. En lasolitaria carabana de carretas que atraviesa pesadamente las Pampas yque se detiene a reposar por momentos, la tripulación, reunida en tornodel escaso fuego, vuelve maquinalmente la vista hacia el Sur al másligero susurro del viento que agita las hierbas secas para hundir susmiradas en las tinieblas profundas de la noche en busca de los bultossiniestros de la horda salvaje que puede sorprenderla desapercibida deun momento a otro.

Si el oído no escucha rumor alguno; si la vista no alcanza a calar elvelo obscuro que cubre la callada soledad, vuelve sus miradas, paratranquilizarse del todo, a las orejas del algún caballo que estáinmediato al fogón para observar si están inmóviles y negligentementeinclinadas hacia atrás. Entonces continúa la conversación interrumpida olleva a la boca el tasajo de carne medio sollamado de que se alimenta.Si no es la proximidad del salvaje lo que inquieta al hombre del campo,es el temor de un tigre que lo acecha, de una víbora que puede pisar;esta inseguridad de la vida, que es habitual y permanente en lascampañas,{27} imprime, a mi parecer, en el carácter argentino ciertaresignación estoica para la muerte violenta, que hace de ella uno de lospercances inseparables de la vida, una manera de morir como cualquieraotra, y puede quizá explicar en parte la indiferencia con que dan yreciben la muerte, sin dejar en los que sobreviven impresiones profundasy duraderas.

La parte habitada de este país privilegiado en dones, y que encierratodos los climas, puede dividirse en tres fisonomías distintas queimprimen a la población condiciones diversas, según la manera como tieneque entenderse con la naturaleza que la rodea. Al Norte, confundiéndosecon el Chaco, un espeso bosque cubre con su impenetrable ramajeextensiones que llamáramos inauditas si en formas colosales hubiese nadainaudito en toda la extensión de la América. Al centro, y en una zonaparalela, se disputan largo tiempo el terreno, la pampa y la selva;domina en partes el bosque; se degrada en matorrales enfermizos yespinosos; preséntase de nuevo la selva a merced de algún río que lafavorece, hasta que al fin al Sur triunfa la pampa y ostenta su lisa yvelluda frente, infinita, sin límite conocido, sin accidente notable; esla imagen del mar en la tierra, la tierra como en el mapa; la tierraaguardando todavía que se le mande producir las plantas y toda clase desimiente.

Pudiera señalarse como un rasgo notable de la fisonomía de este país laaglomeración de ríos navegables que al Este se dan cita de todos losrumbos del horizonte para reunirse en el Plata y presentar dignamente suestupendo tributo al océano, que lo recibe en sus flancos no sinmuestras visibles de turbación y de respeto.

Pero estos inmensos canalesexcavados por la solícita mano de la Naturaleza,{28} no introducen cambioninguno en las costumbres nacionales. El hijo de los aventurerosespañoles que colonizaron el país, detesta la navegación y se consideracomo aprisionado en los estrechos límites del bote o la lancha. Cuandoun gran río le ataja el paso, se desnuda tranquilamente, apresta sucaballo y lo endilga nadando a algún islote que se divisa a lo lejos;arriba a él, descansan caballo y caballero, y de islote en islote secompleta al fin la travesía.

De este modo, el favor más grande que la Providencia depara a un pueblo,el gaucho argentino lo desdeña, viendo en él más bien un obstáculoopuesto a sus movimientos que el medio más poderoso de facilitarlos; deeste modo la fuente del engrandecimiento de las naciones: lo que hizo lacelebridad remotísima del Egipto, lo que engrandeció a Holanda y es lacausa del rápido desenvolvimiento de Norteamérica; la navegación de losríos o la canalización, es un elemento muerto, inexplotado por elhabitante de las márgenes del Bermejo, Pilcomayo, Paraná, Paraguay

yUruguay.

Desde

el

Plata

remontan

aguas

arriba

algunas

navecillastripuladas por italianos y carcamanes; pero el movimiento sube unascuantas leguas y cesa casi de todo punto. No fué dado a los españoles elinstinto de la navegación que poseen en tan alto grado los sajones delNorte. Otro espíritu se necesita que agite esas arterias en que hoy seestagnan los flúidos vivificantes de una nación. De todos estos ríos quedebieran llevar la civilización, el poder y la riqueza hastaprofundidades más recónditas del continente y hacer de Santa Fe, EntreRíos, Corrientes, Córdoba, Salta, Tucumán y Jujuy otros tantos pueblosnadando en riquezas y rebosando población y cultura, sólo uno hay que esfecundo en beneficios para los que{29} moran en sus riberas: el Plata, quelos resume a todos juntos.

En su embocadura están situadas dos ciudades, Montevideo y Buenos Aires,cosechando hoy alternativamente las ventajas de su envidiable posición.Buenos Aires está llamada a ser un día la ciudad más gigantesca de ambasAméricas. Bajo un clima benigno, señora de la navegación de cien ríosque fluyen a sus pies, reclinada muellemente sobre un inmenso territorioy con trece provincias interiores que no conocen otra salida para susproductos, fuera ya la Babilonia americana si el espíritu de la pampa nohubiese soplado sobre ella y si no ahogase en sus fuentes el tributo deriqueza que los ríos y las provincias tienen que llevarla siempre. Ellasola, en la vasta extensión argentina, está en contacto con las nacioneseuropeas; ella sola explota las ventajas del comercio extranjero; ellasola tiene el poder y rentas. En vano le han pedido las provincias queles deje pasar un poco de civilización, de industria y de poblacióneuropea; una política estúpida y colonial se hizo sorda a estosclamores. Pero las provincias se vengaron, mandándole a Rosas, mucho ydemasiado de la barbarie que a ellas les sobraba.

Harto caro la han pagado los que decían: «la República Argentina acabaen el Arroyo del Medio». Ahora llega desde los Andes hasta el mar; labarbarie y la violencia bajaron a Buenos Aires más allá del nivel de lasprovincias. No hay que quejarse de Buenos Aires, que es grande y lo serámás, porque así le cupo en suerte.

Debiéramos quejarnos antes de laProvidencia y pedirle que rectifique la configuración de la tierra. Nosiendo esto posible, demos por bien hecho lo que de mano de Maestro estáhecho. Quejémonos de la ignorancia de ese poder brutal que esteriliza{30}para sí y para las provincias los dones que natura prodigó al pueblo queextravía. Buenos Aires, en lugar de mandar ahora luces, riqueza yprosperidad al interior, mándale solo cadenas, hordas exterminadoras ytiranuelos subalternos. ¡También se venga del mal que las provincias lehicieron con prepararle a Rosas!

He señalado esta circunstancia de la posición monopolizadora de BuenosAires, para mostrar que hay una organización del suelo tan central yunitaria en aquel país, que aunque Rosas hubiera gritado de buena fe ¡federación o muerte! , habría concluído por el sistema unitario quehoy ha establecido. Nosotros, empero, queríamos la unidad en lacivilización y en la libertad, y se nos ha dado en la barbarie y en laesclavitud. Pero otro tiempo vendrá en que las cosas entren en su cauceordinario. Lo que por ahora interesa conocer, es que los progresos de lacivilización se acumulan en Buenos Aires sólo; la pampa es un malísimoconductor para llevarla y distribuirla en las provincias, y ya veremoslo que de aquí resulta.

Pero por sobre todos estos accidentes peculiares a ciertas partes deaquel territorio, predomina una facción general, uniforme y constante;ya sea que la tierra esté cubierta de la lujuriosa y colosal vegetaciónde los trópicos, ya sea que arbustos enfermizos, espinosos ydesapacibles revelen la escasa porción de humedad que les da vida; ya,en fin, que la pampa ostente su despejada y monótona faz, la superficiede la tierra es generalmente llana y unida, sin que basten a interrumpiresta continuidad sin límites las sierras de San Luis y Córdoba en elcentro, y algunas ramificaciones avanzadas de los Andes al Norte; nuevoelemento de unidad para la nación que pueble un día aquellas grandessoledades, pues que es sabido que las montañas{31} que se interponen enunos y otros países, y los demás obstáculos naturales, mantienen elaislamiento de los pueblos y conservan sus peculiaridades primitivas.

Norteamérica

está

llamada

a

ser

una

federación,

menos

por

la

primitivaindependencia de las plantaciones que por su ancha exposición alAtlántico y las diversas salidas que al interior dan el San Lorenzo alNorte, el Mississipí al Sur y las inmensas canalizaciones al centro. LaRepública Argentina es una e indivisible.

Muchos filósofos han creído también que las llanuras preparaban las víasal despotismo, del mismo modo que las montañas prestaban asidero a lasresistencias de la libertad. Esta llanura sin límites que desde Salta aBuenos Aires, y de allí a Mendoza, por una distancia de más desetecientas leguas permite rodar enormes y pesadas carretas sinencontrar obstáculo alguno, por caminos en que la mano del hombre apenasha necesitado cortar algunos árboles y matorrales; esta llanuraconstituye uno de los rasgos más notables de la fisonomía interior de laRepública.

Para preparar vías de comunicación basta sólo el esfuerzo del individuoy los resultados de la naturaleza bruta; si el arte quisiera prestarlesu auxilio; si las fuerzas de la sociedad intentaran suplir la debilidaddel individuo, las dimensiones colosales de la obra arredrarían a losmás emprendedores, y la incapacidad del esfuerzo lo haría inoportuno.

Así, en materia de caminos, la naturaleza salvaje dará la ley por muchotiempo, y la acción de la civilización permanecerá débil e ineficaz.

Esta extensión de las llanuras imprime, por otra parte, a la vida delinterior cierta tintura asiática que no deja de ser bien pronunciada.Muchas veces, al salir la luna tranquila{32} y resplandeciente por entrelas hierbas de la tierra, la he saludado maquinalmente con estaspalabras de Volney, en su descripción de las Ruinas: La pleine lune àl'Orient s'élevait sur un fond bleuâtre aux plaines rives del'Eupharte. Y, en efecto, hay algo en las soledades argentinas que traea la memoria las soledades asiáticas; alguna analogía encuentra elespíritu entre la pampa y las llanuras que median entre el Tigris y elEufrates; algún parentesco en la tropa de carretas solitaria que cruzanuestras soledades para llegar al fin de una marcha de meses, a BuenosAires, y la caravana de camellos que se dirige hacia Bagdad o Esmirna.Nuestras carretas viajeras son una especie de escuadra de pequeñosbajeles, cuya gente tiene costumbres, idiomas y vestidos peculiares quela distinguen de los otros habitantes, como el marino se distingue delos hombres de tierra.

Es el capataz un caudillo, como en Asia el jefe de la caravana;necesítase para este destino una voluntad de hierro, un carácterarrojado hasta la temeridad, para contener la audacia y turbulencia delos filibusteros de tierra, que ha de gobernar y dominar él solo en eldesamparo del desierto. A la menor señal de insubordinación, el capatazenarbola su chicote de fierro y descarga sobre el insolente golpes quecausan contusiones y heridas; y si la resistencia se prolonga, antes deapelar a las pistolas, cuyo auxilio por lo general desdeña, salta delcaballo con el formidable cuchillo en mano y reivindica bien pronto suautoridad por la superior destreza con que sabe manejarlo.

El que muere en estas ejecuciones del capataz no deja derecho a ningúnreclamo, considerándose legítima la autoridad que lo ha asesinado.

Así es como en la vida argentina empieza a establecerse{33} por estaspeculiaridades el predominio de la fuerza brutal, la preponderancia delmás fuerte, la autoridad sin límites y sin responsabilidad de los quemandan, la justicia administrada sin formas y sin debate. La tropa decarretas lleva, además, armamento, un fusil o dos por carreta, y a vecesun cañoncito giratorio en la que va a la delantera. Si los bárbaros laasaltan, forma un círculo atando unas carretas con otras, y casi siempreresisten victoriosamente a las codicias de los salvajes ávidos de sangrey de pillaje.

La árrea de mulas cae con frecuencia indefensa en manos de estosbeduínos americanos, y rara vez los troperos escapan de ser degollados.En estos largos viajes el proletario argentino adquiere el hábito devivir lejos de la sociedad y de luchar individualmente con lanaturaleza, endurecido en las privaciones, y sin contar con otrosrecursos que su capacidad y maña personal para precaverse de todos losriesgos que le cercan de continuo.

El pueblo que habita estas extensas comarcas se compone de dos razasdiversas, que, mezclándose, forman medios tintes imperceptibles,españoles e indígenas. En las campañas de Córdoba y San Luis predominala raza española pura, y es común encontrar en los campos, pastoreandoovejas, muchachas tan blancas, tan rosadas y hermosas como querríanserlo las elegantes de una capital. En Santiago del Estero el grueso dela población campesina habla aún el quichua, que revela su origenindio. En Corrientes los campesinos usan un dialecto español muygracioso:—Dame, general, un chiripá—decían a Lavalle sus soldados.

En la campaña de Buenos Aires se reconoce todavía el soldado andaluz, yen la ciudad predominan los apellidos extranjeros. La raza negra, casiextinguida ya, excepto en{34} Buenos Aires, ha dejado sus zambos y mulatos,habitantes de las ciudades, eslabón que liga al hombre civilizado con elpalurdo; raza inclinada a la civilización, dotada de talento y de losmás bellos instintos de progreso.

Por lo demás, de la fusión de estas tres familias ha resultado un todohomogéneo, que se distingue por su amor a la ociosidad e incapacidadindustrial, cuando la educación y las exigencias de una posición socialno vienen a ponerle espuela y sacarla de su paso habitual. Mucho debehaber contribuído a producir este resultado desgraciado la incorporaciónde indígenas que hizo la colonización. Las razas americanas viven en laociosidad y se muestran incapaces, aun por medio de la compulsión, paradedicarse a un trabajo duro y seguido. Esto sugirió la idea deintroducir negros en América, que tan fatales resultados ha producido.Pero no se ha mostrado mejor dotada de acción la raza española cuando seha visto en los desiertos americanos abandonada a sus propios instintos.

Da compasión y vergüenza en la República Argentina comparar la coloniaalemana o escocesa del Sur de Buenos Aires y la villa que se forma en elinterior; en la primera las casitas son pintadas, el frente de la casasiempre aseado, adornado de flores y arbustillos graciosos; el amuebladosencillo, pero completo; la vajilla, de cobre o de estaño, reluciendosiempre; la cama con cortinillas graciosas, y los habitantes, en unmovimiento y acción continuos. Ordeñando vacas, fabricando mantequilla yquesos, han logrado algunas familias hacer fortunas colosales yretirarse a la ciudad a gozar de las comodidades.

La villa nacional es el reverso de esta medalla: niños sucios ycubiertos de harapos viven con una jauría de perros; hombres tendidospor el suelo en la más completa{35}

inacción; el desaseo y la pobreza portodas partes; una mesita y petacas por todo amueblado; ranchosmiserables por habitación, y un aspecto general de barbarie y de incurialos hacen notables.

Esta miseria, que ya va desapareciendo, y que es un accidente de lascampañas pastoras, motivó sin duda las palabras que el despecho y lahumillación de las armas inglesas arrancaron a Walter Scott. «Las vastasllanuras de Buenos Aires—dice—no están pobladas sino por cristianossalvajes, conocidos bajo el nombre de huachos (por decir gauchos),cuyo principal amueblado consiste en cráneos de caballos, cuyo alimentoes carne cruda y agua y cuyo pasatiempo favorito es reventar caballos encarreras forzadas. Desgraciadamente—añade el buen gringo—prefirieronsu independencia nacional a nuestros algodones y muselinas»[17]. Seríabueno proponerla a la Inglaterra, por ver no más cuántas varas de lienzoy cuántas piezas de muselina daría por poseer estas llanuras de BuenosAires.

Por aquella extensión sin límites, tal como la hemos descrito, estánesparcidas aquí y allá catorce ciudades capitales de provincia, que sihubiéramos de seguir el orden aparente, clasificáramos por su colocacióngeográfica: Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes, a lasmárgenes del Paraná; Mendoza, San Juan, Rioja, Catamarca, Tucumán, Saltay Jujuy, casi en línea paralela con los Andes chilenos, y Santiago, SanLuis y Córdoba, al centro.

Pero esta manera de enumerar los pueblos argentinos no conduce a ningunode los resultados sociales que voy solicitando. La clasificación quehace a mi objeto es la que{36} resulta de los medios de vivir del pueblo delas campañas, que es lo que influye en su carácter y espíritu. Ya hedicho que la vecindad de los ríos no imprime modificación alguna, puestoque no son navegados sino en una escala insignificante y sin influencia.Ahora todos los pueblos argentinos, salvo San Juan y Mendoza, viven delos productos del pastoreo; Tucumán explota, además, la agricultura, yBuenos Aires, a más de un pastoreo de millones de cabezas de ganado, seentrega a las múltiples y variadas ocupaciones de la vida civilizada.

Las ciudades argentinas tienen la fisonomía regular de casi todas lasciudades americanas: sus calles cortadas en ángulos rectos, su poblacióndiseminada en una ancha superficie, si se exceptúa a Córdoba, que,edificada en corto y limitado recinto, tiene todas las apariencias deuna ciudad europea, a que dan mayor realce la multitud de torres ycúpulas de sus numerosos y magníficos templos. La ciudad es el centro dela civilización argentina, española, europea; allí están los talleres delas artes, las tiendas del comercio, las escuelas y colegios, losJuzgados, todo lo que caracteriza, en fin, a los pueblos cultos.

La elegancia en los modales, las comodidades del lujo, los vestidoseuropeos, el frac y la levita tienen allí su teatro y su lugarconveniente. No sin objeto hago esta enumeración trivial. La ciudadcapital de las provincias pastoras existe algunas veces ella sola, sinciudades menores, y no falta alguna en que el terreno inculto lleguehasta ligarse con las calles. El desierto las circunda a más o menosdistancia: las cerca, las oprime; la naturaleza salvaje las reduce aunos estrechos oasis de civilización enclavados en un llano inculto decentenares de millas cuadradas, apenas interrumpido por una que otravilla de consideración.{37} Buenos Aires y Córdoba son las que mayor númerode villas han podido echar sobre la campaña, como otros tantos focos decivilización y de intereses municipales; ya esto es un hecho notable.

El hombre de la ciudad viste el traje europeo, vive de la vidacivilizada tal como la conocemos en todas partes; allí están las leyes,las ideas de progreso, los medios de instrucción, alguna organizaciónmunicipal, el gobierno regular, etc. Saliendo del recinto de la ciudadtodo cambia de aspecto: el hombre de campo lleva otro traje, que llamaréamericano por ser común a todos los pueblos; sus hábitos de vida sondiversos, sus necesidades peculiares y limitadas; parecen dos sociedadesdistintas, dos pueblos extraños uno de otro. Aún hay más: el hombre dela campaña, lejos de aspirar a semejarse al de la ciudad, rechaza condesdén su lujo y sus modales corteses, y el vestido del ciudadano, elfrac, la capa, la silla, ningún signo europeo puede presentarseimpunemente en la campaña. Todo lo que hay de civilizado en la ciudadestá bloqueado por allí, proscripto afuera, y el que osara mostrarse conlevita, por ejemplo, y montado en silla inglesa, atraería sobre sí lasburlas y las agresiones brutales de los campesinos.

Estudiemos ahora la fisonomía exterior de las extensas campiñas querodean las ciudades y penetremos en la vida interior de sus habitantes.Ya he dicho que en muchas provincias el límite forzoso es el desiertointermedio y sin agua. No sucede así, por lo general, con la campaña deuna provincia, en la que reside la mayor parte de su población. La deCórdoba, por ejemplo, que cuenta 160.000 almas, apenas 20 están dentrodel recinto de la aislada ciudad; todo el grueso de la población está enlos campos, que, así{38} como por lo común son llanos, casi por todaspartes son pastosos, ya estén cubiertos de bosques, ya desnudos devegetación mayor, y en algunas con tanta abundancia y de tan exquisitacalidad, que el prado artificial no llegaría a aventajarles. Mendoza ySan Juan, sobre todo, se exceptúan de esta peculiaridad de la superficieinculta, por lo que sus habitantes viven principalmente de los productosde la agricultura. En todo lo demás, abundando los pastos, la cría deganado es, no la ocupación de los habitantes, sino su medio desubsistencia. Ya la vida pastoril nos vuelve impensadamente a traer a laimaginación el recuerdo de Asia, cuyas llanuras nos imaginamos siemprecubiertas aquí y allá de las tiendas del calmuco, del cosaco o delárabe. La vida primitiva de los pueblos, la vida eminentemente bárbara yestacionaria, la vida de Abraham, que es la del beduíno de hoy, asoma enlos campos argentinos, aunque modificada por la civilización de un modoextraño.

La tribu árabe que vaga por las soledades asiáticas vive reunida bajo elmando de un anciano de la tribu o un jefe guerrero; la sociedad existe,aunque no esté fija en un punto determinado de la tierra; las creenciasreligiosas, las tradiciones inmemoriales, la invariabilidad de lascostumbres, el respeto a los ancianos, forman reunidos un código deleyes, de usos y prácticas de gobierno, que mantienen la moral, tal comola comprenden, el orden y la asociación de tribu. Pero el progreso estásofocado, porque no puede haber progreso sin la posesión permanente delsuelo, sin la ciudad, que es la que desenvuelve la capacidad industrialdel hombre y le permite extender sus adquisiciones.

En las llanuras argentinas no existe la tribu nómade; el{39} pastor poseeel suelo con títulos de propiedad; está fijo en un punto que lepertenece; pero para ocuparlo ha sido necesario disolver la asociación yderramar las familias sobre una inmensa superficie.

Imagináos unaextensión de 2.000 leguas cuadradas cubierta toda de población, perocolocadas las habitaciones a cuatro leguas de distancia unas de otras, aocho a veces, a dos las más cercanas. El desenvolvimiento de lapropiedad mobiliaria no es imposible; los goces del lujo no son del todoincompatibles con este aislamiento; puede la fortuna levantar unsoberbio edificio en el desierto; pero el estímulo falta, el ejemplodesaparece, la necesidad de manifestarse con dignidad que se siente enlas ciudades, no se hace sentir allí, en el aislamiento y la soledad.Las privaciones indispensables justifican la pereza natural, y lafrugalidad en los goces trae en seguida todas las exterioridades de labarbarie. La sociedad ha desaparecido completamente; queda sólo lafamilia feudal, aislada, reconcentrada; y no habiendo sociedad reunida,toda clase de gobierno se hace imposible: la municipalidad no existe, lapolicía no puede ejercerse y la justicia civil no tiene medios dealcanzar a los delincuentes.

Ignoro si el mundo moderno presenta un género de asociación tanmonstruoso como éste. Es todo lo contrario del municipio romano, quereconcentraba en un recinto toda la población y de allí salía a labrarlos campos circunvecinos. Existía, pues, una organización social fuerte,y sus benéficos resultados se hacen sentir hasta hoy y han preparado lacivilización moderna. Se asemeja a la antigua slobada esclavona, con ladiferencia de que aquélla era agrícola y, por tanto, más susceptible degobierno; el desparramo de la población no era tan extenso como éste. Sediferencia de la tribu nómade, en que aquélla anda en sociedad{40}siquiera, ya que no se posesiona del suelo. Es, en fin, algo parecido ala feudalidad de la Edad Media, en que los barones residían en el campoy desde allí hostilizaban las ciudades y asolaban las campañas; peroaquí faltan el barón y el castillo feudal. Si el poder se levanta en elcampo, es momentáneamente, es democrático: ni se hereda, ni puedeconservarse, por falta de montañas y posiciones fuertes. De aquí resultaque aun la tribu salvaje de la pampa está organizada mejor que nuestrascampañas para el desarrollo moral.

Pero lo que presenta de notable esta sociedad, en cuanto a su aspectosocial, es su afinidad con la vida antigua, con la vida espartana oromana, si por otra parte no tuviese una desemejanza radical. Elciudadano libre de Esparta o de Roma echaba sobre sus esclavos el pesode la vida material, el cuidado de proveer a la subsistencia, mientrasque él vivía libre de cuidados en el foro, en la plaza pública,ocupándose exclusivamente de los intereses del Estado, de la paz, laguerra, las luchas de partido.

El pastoreo proporciona las mismasventajas, y la función inhumana del ilota antiguo la desempeña elganado. La procreación espontánea forma y acrece indefinidamente lafortuna; la mano del hombre está por demás; su trabajo, su inteligencia,su tiempo, no son necesarios para la conservación y aumento de losmedios de vivir. Pero si nada de esto necesita para lo material de lavida, las fuerzas que economiza no puede emplearlas como el romano;fáltale la ciudad, el municipio, la asociación íntima, y, por tanto,fáltale la base de todo desarrollo social; no estando reunidos losestancieros, no tienen necesidades públicas que satisfacer; en unapalabra: no hay res pública.

El progreso moral, la cultura de la inteligencia descuidada{41} en la tribuárabe o tártara, es aquí no sólo descuidada, sino imposible. ¿Dóndecolocar la escuela para que asistan a recibir lecciones los niñosdiseminados a diez leguas de distancia en todas direcciones? Así, pues,la civilización es del todo irrealizable, la barbarie es normal[18], ygracias si las costumbres domésticas conservan un corto depósito demoral. La religión sufre las consecuencias de la disolución de lasociedad; el curato es nominal, el púlpito no tiene auditorio, elsacerdote huye de la capilla solitaria o se desmoraliza en la inacción yen la soledad; los vicios, el simoniaquismo, la barbarie normal,penetran en su celda y convierten su superioridad moral en elementos defortuna y de ambición, porque al fin concluye por hacerse caudillo departido.

Yo he presenciado una escena campestre digna de los tiempos primitivosdel mundo, anteriores a la institución del sacerdocio. Hallábame en laSierra de San Luis, en casa de un estanciero cuyas dos ocupacionesfavoritas eran rezar y jugar. Había edificado una capilla en la que losdomingos por la tarde rezaba él mismo el rosario, para suplir alsacerdote y el oficio divino de que por años habían carecido. Era aquélun cuadro homérico: el sol llegaba al ocaso; las majadas que volvían alredil hendían el aire con sus confusos balidos; el dueño de la casa,hombre de sesenta años, de una fisonomía noble, en que la raza europeapura se ostentaba por la blancura del cutis, los ojos azulados, lafrente espaciosa y despejada, hacía coro, a que contestaban una docenade mujeres y algunos mocetones,{42} cuyos caballos, no bien domados aún,estaban amarrados cerca de la puerta de la capilla. Concluído elrosario, hizo un fervoroso ofrecimiento. Jamás he oído voz más llena deunción, fervor más puro, fe más firme, ni oración más bella, másadecuada a las circunstancias que la que recitó.

Pedía en ella a Dioslluvia para los campos, fecundidad para los ganados, paz para laRepública, seguridad para los caminantes... Yo soy muy propenso allorar, y aquella vez lloré hasta sollozar, porque el sentimientoreligioso se había despertado en mi alma con exaltación y como unasensación desconocida, porque nunca he visto escena más religiosa; creíaestar en los tiempos de Abraham, en su presencia, en la de Dios y de lanaturaleza que lo revela; la voz de aquel hombre candoroso e inocente mehacía vibrar todas las fibras y me penetraba hasta la medula de loshuesos.

He aquí a lo que está reducida la religión en las campañas pastoras: ala religión natural; el cristianismo existe, como el idioma español, enclase de tradición que se perpetúa, pero corrompido, encarnado ensupersticiones groseras, sin instrucción, sin culto y sin convicciones.En casi todas las campañas apartadas de las ciudades ocurre que, cuandollegan comerciantes de San Juan o de Mendoza, les presentan tres ocuatro niños de meses y de un año para que los bauticen, satisfechos deque por su buena educación podrán hacerlo de un modo válido; y no esraro que a la llegada de un sacerdote se le presenten mocetones, quevienen domando un potro, a que les ponga el óleo y administre elbautismo sub conditione.

A falta de todos los medios de civilización y de progreso, que no puedendesenvolverse sino a condición de que los hombres estén reunidos ensociedades numerosas, ved{43} la educación del hombre en el campo. Lasmujeres guardan la casa, preparan la comida, trasquilan las ovejas,ordeñan las vacas, fabrican los quesos y tejen las groseras telas de quese visten; todas las ocupaciones domésticas, todas las industriascaseras las ejerce la mujer; sobre ella pesa casi todo el trabajo, ygracias si algunos hombres se dedican a cultivar un poco de maíz para elalimento de la familia, pues el pan es inusitado como manutenciónordinaria. Los niños ejercitan sus fuerzas y se adiestran por placer enel manejo del lazo y de las boleadoras, con que molestan y persiguen sindescanso a las terneras y cabras; cuando son jinetes, y esto sucedeluego de aprender a caminar, sirven a caballo en algunos quehaceres; mástarde, y cuando ya son fuertes, recorren los campos cayéndose ylevantándose, rodando a designio de las vizcacheras, salvandoprecipicios y adiestrándose en el manejo del caballo; cuando la pubertadasoma se consagran a domar potros salvajes, y la muerte es el castigomenor que les aguarda si un momento les faltan las fuerzas o el coraje.Con la juventud primera viene la completa independencia y ladesocupación.

Aquí principia la vida pública, diré, del gaucho, pues que su educaciónestá ya terminada. Es preciso ver a estos españoles, por el idiomaúnicamente y por las confusas nociones religiosas que conservan, parasaber apreciar los caracteres indómitos y altivos que nacen de estalucha del hombre aislado con la naturaleza salvaje, del racional con elbruto; es preciso ver estas caras cerradas de barba, estos semblantesgraves y serios, como los de los árabes asiáticos, para juzgar delcompasivo desdén que les inspira la vista del hombre sedentario de lasciudades, que puede haber leído muchos libros, pero que no sabe aterrarun{44} toro bravío y darle muerte, que no sabrá proveerse de caballo acampo abierto, a pie y sin el auxilio de nadie; que nunca ha parado untigre, recibídolo con el puñal en una mano y el poncho envuelto en laotra, para meterlo en la boca, mientras le traspasa el corazón y lo dejatendido a sus pies. Este hábito de triunfar de las resistencias, demostrarse siempre superior a la naturaleza, de desafiarla y vencerla,desenvuelve prodigiosamente el sentimiento de la importancia individualy de la superioridad. Los argentinos, de cualquier clase que sean,civilizados o ignorantes, tienen una alta conciencia de su valer comonación; todos los demás pueblos americanos les echan en cara estavanidad, y se muestran ofendidos de su presunción y arrogancia. Creo queel cargo no es del todo infundado, y no me pesa de ello. ¡Ay del puebloque no tiene fe en sí mismo! ¡Para ése no se han hecho las grandescosas! ¿Cuánto no habrá podido contribuir a la independencia de unaparte de la América la arrogancia de estos gauchos argentinos que nadahan visto bajo el sol mejor que ellos, ni el hombre sabio ni elpoderoso? El europeo es para ellos el último de todos, porque no resistea un par de corcovos del caballo[19]. Si el origen de esta vanidadnacional en las clases inferiores es mezquino, no son por eso menosnobles las consecuencias, como no es menos pura el agua de un río porquenazca de vertientes cenagosas e infectas. Es implacable el odio que lesinspiran los hombres cultos, e invencible su disgusto por sus vestidos,usos y maneras. De esta{45} pasta están amasados los soldados argentinos, yes fácil imaginarse los hábitos que de este género pueden dar en valor ysufrimiento para la guerra; añádase que desde la infancia estánhabituados a matar las reses, y que este acto de crueldad necesaria losfamiliariza con el derramamiento de sangre, y endurece su corazón contralos gemidos de las víctimas.

La vida del campo, pues, ha desenvuelto en el gaucho las facultadesfísicas, sin ninguna de las de la inteligencia. Su carácter moral seresiente de su hábito de triunfar de los obstáculos y del poder de lanaturaleza; es fuerte, altivo, enérgico. Sin ninguna instrucción, sinnecesitarla tampoco, sin medios de subsistencia como sin necesidades, esfeliz en medio de su pobreza y de sus privaciones, que no son tales parael que nunca conoció mayores goces, ni extendió más altos sus deseos; demanera que si esta disolución de la sociedad radica hondamente labarbarie por la imposibilidad y la inutilidad de la educación moral eintelectual, no deja, por otra parte, de tener sus atractivos. El gauchono trabaja; el alimento y el vestido lo encuentra preparado en su casa;uno y otro se lo proporcionan sus ganados, si es propietario; la casadel patrón o del pariente, si nada posee. Las atenciones que el ganadoexige se reducen a correrías y partidas de placer. La hierra, que escomo la vendimia de los agricultores, es una fiesta cuya llegada serecibe con transportes de júbilo; allí es el punto de reunión de todoslos hombres de veinte leguas a la redonda; allí la ostentación de laincreíble destreza en el lazo. El gaucho llega a la hierra al paso lentoy mesurado de su mejor parejero, que detiene a distancia apartada; ypara gozar mejor del espectáculo, cruza la pierna sobre el pescuezo delcaballo. Si el entusiasmo lo anima, desciende{46}

lentamente del caballo,desarrolla su lazo y lo arroja sobre un toro que pasa con la velocidaddel rayo a cuarenta pasos de distancia; lo ha cogido de una uña, que eralo que se proponía, y vuelve tranquilo a enrollar su cuerda.{47}

CAPÍTULO II

ORIGINALIDAD Y CARACTERES ARGENTINOS.—EL RASTREADOR.—EL BAQUEANO.—

ELGAUCHO MALO.—EL CANTOR

Ainsi que l'océan, les stepperemplissent l'esprit du sentimentde l'infini.

HUMBOLDT.

Si de las condiciones de la vida pastoril, tal como la ha constituído lacolonización y la incuria, nacen graves dificultades para unaorganización política cualquiera, y muchas más para el triunfo de lacivilización europea, de sus instituciones, y de la riqueza y libertad,que son sus consecuencias, no puede, por otra parte, negarse que estasituación tiene su costado poético, fases dignas de la pluma delromancista. Si un destello de literatura nacional puede brillarmomentáneamente en las nuevas sociedades americanas, es el que resultaráde la descripción de las grandiosas escenas naturales, y, sobre todo, dela lucha entre la civilización europea y la barbarie indígena, entre lainteligencia y la materia; lucha imponente en América, y que da lugar aescenas tan peculiares, tan características y tan fuera del círculo deideas en que se ha educado el espíritu europeo, porque los resortesdramáticos se vuelven desconocidos fuera del país donde se toman, losusos sorprendentes y originales los caracteres.{48}

El único romancista norteamericano que haya logrado hacerse un nombreeuropeo es Fenimore Cooper, y eso porque transportó la escena de susdescripciones fuera del círculo ocupado por los plantadores, al límiteentre la vida bárbara y la civilizada, al teatro de la guerra en que lasrazas indígenas y la raza sajona están combatiendo por la posesión delterreno.

No de otro modo nuestro joven poeta Echeverría ha logrado llamar laatención del mundo literario español con su poema titulado La Cautiva.Este bardo argentino dejó a un lado a Dido y Arjea, que sus predecesoreslos Varelas trataron con maestría clásica y estro poético, pero sinsuceso y sin consecuencia, porque nada agregaban al caudal de nocioneseuropeas, y volvió sus miradas al desierto, y allá en la inmensidad sinlímites, en las soledades en que vaga el salvaje, en la lejana zona defuego que el viajero ve acercarse cuando los campos se incendían, hallólas inspiraciones que proporciona a la imaginación el espectáculo de unanaturaleza solemne, grandiosa, inconmensurable, callada; y entonces eleco de sus versos pudo hacerse oír con aprobación aun por la penínsulaespañola.

Hay que notar de paso un hecho, que es muy explicativo, de los fenómenossociales de los pueblos. Los accidentes de la naturaleza producencostumbres y usos peculiares a estos accidentes, haciendo que dondeestos accidentes se repiten vuelvan a encontrarse los mismos medios deparar a ellos, inventados por pueblos distintos. Esto me explica por quéla flecha y el arco se encuentran en todos los pueblos salvajes,cualesquiera que sea su raza, su origen y su colocación geográfica.Cuando leía en El último de los Mohicanos, de Cooper, que Ojo de Alcóny Uncas habían perdido el rastro de los Mingos en un arroyo, dije: «Vana{49} tapar el arroyo.» Cuando en La Pradera, el Trampero mantiene laincertidumbre y la agonía mientras el fuego los amenaza, un argentinohabría aconsejado lo mismo que el Trampero sugiere al fin, que eslimpiar un lugar para guarecerse, e incendiar a su vez, para poderseretirar del fuego que invade sobre las cenizas del que se ha encendido.Tal es la práctica de los que atraviesan la pampa para salvarse de losincendios del pasto. Cuando los fugitivos de La Pradera encuentran unrío, y Cooper describe la misteriosa operación del Pawnie con el cuerode búfalo que recoge, va a hacer la pelota, me dije a mí mismo:lástima es que no haya una mujer que la conduzca, que entre nosotros sonlas mujeres las que cruzan los ríos con la pelota tomada con losdientes por un lazo. El procedimiento para asar una cabeza de búfalo enel desierto es el mismo que nosotros usamos para batear una cabeza devaca o un lomo de ternera. En fin, otros mil accidentes que omitoprueban la verdad de que modificaciones análogas del suelo traenanálogas costumbres, recursos y expedientes. No es otra la razón dehallar en Fenimore Cooper descripciones de usos y costumbres que parecenplagiadas de la pampa; así, hallamos en los hábitos pastoriles de laAmérica, reproducidos, hasta los trajes, el semblante grave yhospitalidad árabes.

Existe, pues, un fondo de poesía que nace de los accidentes naturalesdel país y de las costumbres excepcionales que engendra. La poesía paradespertarse, porque la poesía es como el sentimiento religioso, unafacultad del espíritu humano, necesita el espectáculo de lo bello, delpoder terrible, de la inmensidad de la extensión, de lo vago, de loincomprensible, porque sólo donde acaba lo palpable y vulgar empiezanlas mentiras de la imaginación, el mundo{50} ideal. Ahora yo pregunto: ¿Quéimpresiones ha de dejar en el habitante de la República Argentina elsimple acto de clavar los ojos en el horizonte, y ver... no ver nada?Porque cuanto más hunde los ojos en aquel horizonte incierto, vaporoso,indefinido, más se aleja, más lo fascina, lo confunde y lo sume en lacontemplación y la duda. ¿Dónde termina aquel mundo que quiere en vanopenetrar? ¡No lo sabe! ¿Qué hay más allá de lo que ve? La soledad, elpeligro, el salvaje, la muerte. He aquí ya la poesía. El hombre que semueve en estas escenas, se siente asaltado de temores e incertidumbresfantásticas, de sueños que le preocupan despierto.

De aquí resulta que el pueblo argentino es poeta por carácter, pornaturaleza. ¿Ni cómo ha de dejar de serlo, cuando en medio de una tardeserena y apacible una nube torva y negra se levanta sin saber de dónde,se extiende sobre el cielo mientras se cruzan dos palabras, y de repenteel estampido del trueno anuncia la tormenta que deja frío al viajero, yreteniendo el aliento por temor de atraerse un rayo de dos mil que caenen torno suyo? La obscuridad se sucede después a la luz; la muerte estápor todas partes; un poder terrible, incontrastable, le ha hecho en unmomento reconcentrarse en sí mismo y sentir su nada en medio de aquellanaturaleza irritada; sentir a Dios, por decirlo de una vez, en laaterrante magnificencia de sus obras. ¿Qué más colores para la paleta dela fantasía? Masas de tinieblas que anublan el día; masas de luz lívida,temblorosa, que ilumina un instante las tinieblas y muestra la pampa adistancias infinitas, cruzándolas vivamente el rayo, en fin, símbolo delpoder. Estas imágenes han sido hechas para quedarse hondamente grabadas.Así, cuando la tormenta pasa, el gaucho se queda triste, pensativo,{51}serio, y la sucesión de luz y tinieblas se continúa en su imaginación,del mismo modo que cuando miramos fijamente el sol nos queda por largotiempo su disco en la retina.

Preguntadle al gaucho, a quien matan con preferencia los rayos, y osintroducirá en un mundo de idealizaciones morales y religiosas,mezcladas de hechos naturales, pero mal comprendidos, de tradicionessupersticiosas y groseras. Añádase que, si es cierto que el flúidoeléctrico entra en la economía de la vida humana y es el mismo quellaman flúido nervioso, el cual excitado subleva las pasiones y enciendeel entusiasmo, muchas disposiciones debe tener para los trabajos de laimaginación el pueblo que habita bajo una atmósfera recargada deelectricidad hasta el punto que la ropa frotada chisporrotea como elpelo contrariado del gato.

¿Cómo no ha de ser poeta el que presencia estas escenas imponentes:

«Gira en vano, reconcentra

su inmensidad, y no encuentra

la vista en su vivo anhelo

do fijar su fugaz vuelo

como el pájaro en la mar.

Doquier campo y heredades

del ave y bruto guaridas;

doquier cielo y soledades

de Dios sólo conocidas,

que El sólo puede sondar»[20],

o el que tiene a la vista esta naturaleza engalanada?:{52}

«De las entrañas de América

dos raudales se destacan:

el Paraná, faz de perlas,

y el Uruguay, faz de nácar.

Los dos entre bosques corren

o entre floridas barrancas,

como dos grandes espejos

entre marcos de esmeraldas.

Salúdanlos en su paso

la melancólica pava,

el picaflor y jilguero,

el zorzal y la torcaza.