Fígaro (Artículos Selectos) by Mariano José de Larra - HTML preview

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—¡Vaya! Ya tenemos el telón bajando y subiendo.

—¡Bravo! se han dejado una silla.

—Mire usted aquel comparsa. ¿Qué es aquello blanco que se le ve?

—¡Hombre, en esa sala han nacido árboles! ¿Lo mató? ¡Ah, ah, ah! Simorirá el apuntador.

—Pues, señor, hasta ahora no es gran cosa.

—Lo que tiene es buenos versos.

Entretanto la condesita de *** entra al segundo acto dando portazos paraque la vean; una vez sentada no se luce el vestido; los fashionables suben y bajan a los palcos: no se oye: el teatro es un infierno: luegoparece que el público se ha constipado adrede aquel día. ¡Qué toser,señor, qué toser!

Llega el quinto acto, y la mareta sorda empieza a manifestarse cada vezmás pronunciada: a la última puñalada el público no puede más, yprorrumpe por todas partes en ruidosas carcajadas: los amigos defiendenel terreno; pero una llave decide la cuestión: sin duda no es la llavecon que encerraba Lope de Vega los preceptos; y cae el telón entre lamajestuosa algazara y con toda la pompa de la ignominia.

No sé qué propensión tiene la humanidad a alegrarse del mal ajeno; perohe observado que el público sale más alegre y decidor, más risueño ylocuaz de una representación silbada: el autor, entretanto, sale confusoy renegando de un público tan atrasado: no están todavía losespañoles—dice—para esta clase de comedias: se agarra otro poco a lasintrigas, otro poco a la mala representación, y de esta suerte ya puedepresentarse al día siguiente en cualquier parte con la conciencialimpia.

Sus amigos convienen con él, y en su ausencia se les oye decir:

—Yo lo dije; esa comedia no podía gustar; pero, ¿quién se lo dice alautor? ¿Quién pone cascabel al gato?

—Yo le dije que cortara lo del padre en el segundo acto: aquello esdemasiado largo; pero se empeñó en dejarlo.

He observado, sin embargo, que los amigos literatos suelen portarse congran generosidad; si la comedia gusta, ellos son los que comointeligentes hacen notar los defectillos de la composición, y entoncespasan por imparciales y rectos; si la comedia es silbada, ellos son losque la disculpan y la elogian; saben que sus elogios no la han delevantar, y entonces pasan por buenos amigos. En el primer caso, dicen:

—Es cosa buena, ¿cómo se había de negar? No tiene más sino aquello, ylo otro, y lo de más allá... ya se ve; las cosas no pueden serperfectas.

En el segundo, dicen:

—Señor, no es mala; pero no es para todo el mundo: hay cosas demasiadoprofundas: tiene bellezas: sobre todo hay versos muy lindos.

Pero la parte indudablemente más divertida es la de oír, acercándose alos corrillos, los votos particulares de cada cual: éste la juzga malaporque dura tres horas; aquél porque mueren muchos; el otro porque haygente de iglesia en ella; el de más allá porque se muda dedecoraciones: esotro porque infringe las reglas: los contrarios dicenque sólo por estas circunstancias es buena. ¡Qué Babilonia, santo Dios!¡Qué confusión!

Al día siguiente los periódicos... Pero, ¿quién es el autor? ¿Es unprincipiante, un desconocido? ¡Qué nube! ¿Es algo más? ¡Qué reticencias!¡Qué medias palabras! ¡Qué exacto justo medio!

¡Después de todo eso haga usted comedias!

YO QUIERO SER CÓMICO

Anch'io son pittore.

No fuera yo Fígaro, ni tuviera esa travesura y maliciosa índole quemalas lenguas me atribuyen, si no sacara a luz pública cierta visita queno ha muchos días tuve en mi propia casa.

Columpiábame en mi mullido sillón, de estos que dan vuelta sobre su eje,los cuales son especialmente de mi gusto por asemejarse en cierto modo amuchas gentes que conozco, y me hallaba en la mayor perplejidad sinsaber cuál de mis numerosas apuntaciones elegiría para un artículo queme correspondía ingerir aquel día en la Revista. Quería yo que fueseinteresante sin ser mordaz, y conocía toda la dificultad de mi empeño, ysobre todo que fuese serio, porque no está siempre un hombre de buenhumor, o de buen talante para comunicar el suyo a los demás. No dejabade atormentarme la idea de que fuese histórico, y por consiguienteverídico, porque mientras yo no haga más que cumplir con lasobligaciones de fiel cronista de los usos y costumbres de mi siglo, nose me podrá culpar de mal intencionado, ni de amigo de buscar pendenciaspor una sátira más o menos.

Hallábame, como he dicho, sin saber cuál de mis notas escogería por másinocente, y no encontraba por cierto mucho que escoger, cuando me deparófelizmente la casualidad, materia sobrada para un artículo, alanunciarme mi criado a un joven que me quería hablar indispensablemente.

Pasó adelante el joven haciéndome una cortesía bastante zurda, como dehombre que necesita y estudia en la fisonomía del que le ha de favorecersus gustos e inclinaciones, o su humor del momento para conformarseprudentemente con él; y dando tormento a los tirantes y rudos músculosde su fisonomía para adoptar una especie de careta que desplegase a mivista sentimientos mezclados de efecto y de deferencia, me dijo con vozforzadamente sumisa y cariñosa:

—¿Es usted el redactor llamado Fígaro?...

—¿Qué tiene usted que mandarme?

—Vengo a pedirle un favor... ¡Cómo me gustan sus artículos de usted!

—Es claro... Si usted me necesita...

—Un favor de que depende mi vida acaso... ¡Soy un apasionado, un amigode usted!

—Por supuesto... siendo el favor de tanto interés para usted...

—Yo soy un joven...

—Lo presumo.

—Que quiero ser cómico, y dedicarme al teatro...

—¿Al teatro?

—Sí, señor... como el teatro está cerrado ahora...

—Es la mejor ocasión.

—Como estamos en cuaresma, y es la época de ajustar para la próximatemporada cómica, desearía que usted me recomendase...

—¡Bravo empeño! ¿A quién?

—Al Ayuntamiento.

—¡Hola! ¿Ajusta el Ayuntamiento?

—Es decir, a la empresa.

—¡Ah! ¿Ajusta la Empresa?

—Le diré a usted... según algunos, esto no se sabe... pero... paracuando se sepa.

—En ese caso no tiene usted prisa, porque nadie la tiene...

—Sin embargo, como yo quiero ser cómico...

—Cierto. ¿Y qué sabe usted? ¿Qué ha estudiado usted?

—¿Cómo? ¿se necesita saber algo?

—No; para ser actor, ciertamente, no necesita usted saber cosa mayor...

—Por eso; yo no quisiera singularizarme; siempre es malo entrar con pieen una corporación.

—Ya le entiendo a usted: usted quisiera ser cómico aquí, y así serápreciso examinarle por la pauta del país. ¿Sabe usted el castellano?

—Lo que usted ve... para hablar, las gentes me entienden...

—Pero la gramática, y la propiedad, y...

—No, señor, no.

—Bien, ¡eso es muy bueno! Pero sabrá usted desgraciadamente el latín, yhabrá estudiado humanidades, bellas letras...

—Perdone usted.

—Sabrá de memoria los poetas clásicos, y los comprenderá, y podráverter sus ideas en las tablas.

—Perdone usted, señor. Nada, nada. ¡Tan poco favor me hace usted! Queme caiga muerto aquí si he leído una sola línea de eso, ni he oídohablar tampoco... mire usted...

—No jure usted. ¿Sabe usted pronunciar con afectación todas las letrasde una palabra; y decir unas voces por otras, actitud por aptitud, yaptitud por actitud, diferiencia por diferencia, háyamos por hayamos,dracmático por dramático, y otras semejantes?

—Sí, señor, sí; todo eso digo yo.

—Perfectamente; me parece que sirve usted para el caso. ¿Aprendió ustedhistoria?

—No, señor; no sé lo que es.

—Por consiguiente, no sabrá usted lo que son trajes, ni épocas, nicaracteres históricos...

—Nada, nada; no señor.

—Perfectamente.

—Le diré a usted... en cuanto a trajes, ya sé que en siendo muy antiguosiempre a la romana.

—Esto es: aunque sea griego el asunto.

—Sí, señor: si no es tan antiguo, a la antigua francesa o la antiguaespañola; según...

ropilla, trusas, capacete, acuchillados, etc. Si esmás moderna o del día, levita a la Utrilla en los calaveras, y polvos,casacón, y media en los padres.

—¡Ah, ah! Muy bien.

—Además, eso en el ensayo general se le pregunta al galán o a la dama,según el sexo de cada uno que lo pregunta, y conforme a lo que ellostienen en sus arcas, así...

—¡Bravo!

—Porque ellos suelen saberlo.

—¿Y cómo presentará usted un carácter histórico?

—Mire usted: el papel lo dirá, y luego como el muerto no se ha de tomarel trabajo de resucitar sólo para desmentirle a uno... además, que granparte del público suele estar tan enterado como nosotros...

—¡Ah! ya... usted sirve para el ejercicio. La figura es la que no...

—No es gran cosa; pero eso no es esencial.

—¿Y de educación, de modales y usos de sociedad? ¿a qué altura se hallausted?

—Mal; porque si se va a decir verdad, yo soy pobrecillo: yo eraescribiente en una mala administración; me echaron por holgazán, y mequiero meter cómico, porque se me figura a mi que es oficio en que nohay nada que hacer...

—Y tiene usted razón.

—Todo lo hace el apunte, y... por consiguiente, no conozco esos señoresusos de sociedad que usted dice, ni nunca traté ninguno de ellos.

—Ni conocerá usted el mundo, ni el corazón humano.

—Escasamente.

—¿Y cómo representará usted tantos caracteres distintos?

—Le diré a usted: si hago de rey, de príncipe o de magnate, ahuecaré lavoz, miraré por encima del hombro a mis compañeros, mandaré con muchoimperio...

—Sin embargo, en el mundo esos personajes suelen ser muy afables ycorteses, y como están acostumbrados, desde que nacen, a ser obedecidosa la menor indicación, mandan poco y sin dar gritos...

—Sí, pero ¡ya ve usted! en el teatro es otra cosa.

—Ya me hago cargo.

—Por ejemplo, si hago un papel de juez, aunque esté delante de señoraso en casa ajena, no me quitaré el sombrero, porque en el teatro lajusticia está dispensada de tener crianza; daré fuertes golpes en eltablado con mi bastón de borlas, pondré cara de caballo, como si losjueces no tuviesen entrañas...

—No se puede hacer más.

—Si hago de delincuente, me haré el perseguido, porque en el teatrotodos los reos son inocentes.

—Muy bien.

—Si hago un papel de pícaro, que ahora están en boga, cejas arqueadas,cara pálida, voz ronca, ojos atravesados, aire misterioso, apartesmelodramáticos... Si hago un calavera, muchos brincos y zapatetas,carreritas de pies y lengua, vueltas rápidas y habla ligera... Si hagoun barba, andaré a compás, como un juego de escarpias, me temblaránsiempre las manos como perlático o descoyuntado; y aunque el papel noapunte más de cincuenta años, haré del tarato y decrépito, y apoyarémucho la voz con intención marcada en la moraleja, como quien dice a losespectadores: «allá va esto para ustedes».

—¿Tiene usted grandes calvas para los barbas?

—¡Oh! disformes; tengo una que me coge desde las narices hasta elcolodrillo; bien que ésta la reservo para las grandes solemnidades. Peroaun para diario tengo otras, tales que no se me ve la cara con ellas.

—¿Y los graciosos?

—Esto es lo más fácil: estiraré mucho la pata, daré grandes voces, harécon la cara y el cuerpo todos los raros visajes y estupendascontorsiones que alcance, y saldré vestido de arlequín.

—Usted hará furor.

—¡Vaya si haré! Se morirá el público de risa, y se hundirá la casa aaplausos. Y

especialmente, en toda clase de papeles, diré directamenteal público todos los apartes, monólogos, gracias y parlamentos deintención o lucimiento que en mi parte se presenten.

—¿Y memoria?

—No es cosa la que tengo; y aun esa no la aprovecho, porque no me gustael estudio. Además que eso es cuenta del apuntador. Si se descuida sele lanza de vez en cuando un par de miradas terribles, como diciendo alpúblico: ¡Ven ustedes qué hombre!

—Esto es; de modo que el apuntador vaya tirando del papel como de unacarreta, y sacándole a usted la relación del cuerpo como una cinta. Deesa manera, y hablando él altito, tiene el público, el placer de oír aun mismo tiempo dos ejemplares de un mismo papel.

—Sí, señor; y, en fin, cuando uno no sabe su relación se dice cualquiertontería, y el público se la ríe. ¡Es tan guapo el público! ¡si ustedviera!

—Ya sé ¡ya!

—Vez hay que en una comedia en verso se añade un párrafo en prosa: puesni se enfada, ni menos lo nota. Así es que no hay nada más común queañadir...

—¡Ya se ve, que hacen muy bien! Pues, señor, usted es cómico, y bueno.¿Usted ha representado anteriormente?

—¡Vaya! En comedias caseras. He alborotado con el García y el Delincuente honrado.

—No más, no más; le digo a usted que usted será cómico. Dígame usted,¿sabrá usted hablar mal de los poetas y despreciarlos, aunque no losentienda; alabar las comedias por el lenguaje, aunque no sepa lo que es,o por el verso mas que no entienda siquiera lo que es prosa?

—¿Pues no tengo de saber, señor? eso lo hace cualquiera.

—¿Sabrá usted quejarse amargamente, y entablar una querella criminalcontra el primero que se atreva a decir en letras de molde que usted nolo hace todas las noches sobresalientemente? ¿sabrá usted decir de losperiodistas que quién son ellos para?...

—Vaya si sabré; precisamente ese es el tema nuestro de todos los días.Mande usted otra cosa.

Al llegar aquí no pude ya contener mi gozo por más tiempo, y arrojándomeen los brazos de mi recomendado:

—Venga usted acá, mancebo generoso—exclamé todo alborozado;—vengausted acá, flor y nata de la andante comiquería: usted ha nacido en estesiglo de hierro de nuestra gloria dramática para renovar aquel siglo deoro, en que sólo comían los hombres bellotas y pacían a su libertad porlos bosques, sin la distinción del tuyo y del mío. Usted será cómico enfin, o se han de olvidar las reglas que hoy rigen en el ejercicio.

Diciendo estas y otras razones, despedí a mi candidato, prometiéndolelas más eficaces recomendaciones.

EL CASTELLANO VIEJO

Ya en mi edad pocas veces gusto de alterar el orden que en mi manera devivir tengo hace tiempo establecido, y fundo esta repugnancia en que nohe abandonado mis lares ni un solo día para quebrantar mi sistema, sinque haya sucedido el arrepentimiento más sincero al desvanecimiento demis engañadas esperanzas. Un resto, con todo eso, del antiguo ceremonialque en su trato tenían adoptado nuestros padres, me obliga a aceptar aveces ciertos convites, a que parecería el negarse grosería, o por lomenos ridícula afectación de delicadeza.

Andábame días pasados por esas calles, a buscar materiales para misartículos.

Embebido en mis pensamientos me sorprendí varias veces a mímismo riendo como un pobre de mis propias ideas y moviendo maquinalmentelos labios; algún tropezón me recordaba de cuando en cuando que paraandar por el empedrado de Madrid no es la mejor circunstancia la de serpoeta ni filósofo; más de una sonrisa maligna, más de un gesto deadmiración de los que a mi lado pasaban, me hacía reflexionar que lossoliloquios no se deben hacer en público; y no pocos encontrones que, alvolver las esquinas, di con quien tan distraída y rápidamente como yolas doblaba, me hicieron conocer que los distraídos no entran en elnúmero de los cuerpos elásticos, y mucho menos de los seres gloriosos eimpasibles. En semejante situación de espíritu, ¿qué sensación nodebería de producirme una horrible palmada que una grande mano, pegada(a lo que por entonces entendí) a un grandísimo brazo, vino a descargarsobre uno de mis hombros que, por desgracia, no tienen punto alguno desemejanza con los de Atlante?

No queriendo dar a entender que desconocía este enérgico modo deanunciarse, ni desairar el agasajo de quien sin duda había queridohacérmele más que mediano, dejándome torcido para todo el día, tratésólo de volverme por conocer quién fuese tan mi amigo para tratarme tanmal; pero mi castellano viejo es hombre que, cuando está de gracia, nose ha de dejar ninguna en el tintero. ¿Cómo dirá el lector que siguiódándome pruebas de confianza y cariño? Echome las manos a los ojos, ysujetándome por detrás:

—¿Quién soy?—gritaba alborozado con el buen éxito de su delicadatravesura.—

¿Quién soy?

—Un animal—iba a responderle; pero me acordé de repente de quienpodría ser, y sustituyendo cantidades iguales:

—¡Braulio eres!—le dije.

Al oírme suelta sus manos, ríe, se aprieta los ijares, alborota lacalle, y pónenos a entrambos en escena.

—¡Bien, mi amigo! Pues ¿en qué me has conocido?

—¿Quién pudiera ser sino tú?...

—¿Has venido ya de tu Vizcaya?

—No, Braulio, no he venido.

—¡Siempre el mismo genio! ¿Qué quieres? es la pregunta del español.¡Cuánto me alegro de que estés aquí! ¿Sabes que mañana son mis días?

—Te los deseo muy felices.

—Déjate de cumplimientos entre nosotros; ya sabes que yo soy franco ycastellano viejo: el pan, pan, el vino, vino; por consiguiente, exijo deti que no vayas a dármelos, pero estás convidado.

—¿A qué?

—A comer conmigo.

—No es posible.

—No hay remedio.

—No puedo—insisto temblando.

—¿No puedes?

—¡Gracias!

—¿Gracias? ¡Vete a paseo! Amigo, como no soy el duque de F... ni elconde de P...

—¿Quién se resiste a una sorpresa de esa especie? ¿Quién quiere parecervano?

—No es eso, sino que...

—Pues si no es eso—me interrumpe,—te espero a las dos; en casa secome a la española, temprano. Irá mucha gente; tendremos al famoso X.,que nos improvisará de lo lindo; T. nos cantará de sobremesa una rondeñacon su gracia habitual; y por la noche, J. cantará y tocará algunacosilla.

Esto me consoló algún tanto, y fue preciso ceder; un día malo—dije parami—

cualquiera lo pasa; en este mundo, para conservar amigos, es precisotener el valor de aguantar sus obsequios.

—No faltarás si no quieres que riñamos.

—No faltaré—dije con voz exánime y ánimo decaído, como el zorro que serevuelve inútilmente dentro de la trampa donde se ha dejado tomar.

—¡Pues hasta mañana!—y me dio un torniscón por despedida.

Vile marchar como el labrador ve alejarse la nube de su sembrado, yquedeme discurriendo cómo podían entenderse estas amistades tan hostilesy tan funestas.

Ya habrá conocido el lector, siendo tan perspicaz como yo le imagino,que mi amigo Braulio está muy lejos de pertenecer a lo que se llama granmundo y sociedad de buen tono; pero no es tampoco un hombre de la claseinferior, puesto que es un empleado de los de segundo orden, que reúneentre su sueldo y su hacienda cuarenta mil reales de renta; que tieneuna cintita atada al ojal, y una crucecita a la sombra de la solapa; quees persona, en fin, cuya clase, familia y comodidades de ninguna manerase oponen a que tuviese una educación más escogida y modales más suavese insinuantes. Mas la vanidad le ha sorprendido por donde ha sorprendidocasi siempre a toda o a la mayor parte de nuestra clase media, y a todanuestra clase baja.

Es tal su patriotismo, que dará todas las lindezas del extranjero por undedo de su país. Esta ceguedad le hace adoptar todas lasresponsabilidades de tan inconsiderado cariño; de paso que defiende queno hay vinos como los españoles, en lo cual bien puede tener razón,defiende que no hay educación como la española, en lo cual bien pudierano tenerla; a trueque de defender que el cielo de Madrid es purísimo,defenderá que nuestras manolas son las más encantadoras de todas lasmujeres; es un hombre, en fin, que vive de exclusivas, a quien sucedepoco más o menos lo que a una parienta mía, que se muere por lasjorobas, sólo porque tuvo un querido que llevaba una excrecenciabastante visible sobre entrambos omoplatos.

No hay que hablarle, pues, de estos usos sociales, de estos respetosmutuos, de estas reticencias urbanas, de esta delicadeza de trato queestablece entre los hombres una preciosa armonía, diciendo sólo lo quedebe agradar, y callande siempre lo que puede ofender. El se muere por«plantarle una fresca al lucero del alba», como suele decir, y cuandotiene un resentimiento, se «lo espeta a uno cara a cara». Como tienetrocados todos los frenos, dice de los cumplimientos que ya sabe lo quequiere decir «cumplo y miento»; llama a la urbanidad hipocresía, y a ladecencia monadas; a toda cosa buena le aplica un mal apodo; el lenguajede la finura es para él poco más que griego; cree que toda la crianzaestá reducida a decir «Dios guarde a ustedes» al entrar en una sala, yañadir «con permiso de usted» cada vez que se mueve; a preguntar a cadauno por toda su familia, y a despedirse de todo el mundo; cosas todasque así se guardará él de olvidarlas como de tener pacto con losfranceses. En conclusión, hombres de éstos que no saben levantarse paradespedirse, sino en corporación con alguno o algunos otros; que han dedejar humildemente debajo de una mesa su sombrero, que llaman

«sucabeza», y que, cuando se hallan en sociedad, por desgracia sin unsocorrido bastón, darían cualquier cosa por no tener manos ni brazos,porque, en realidad, no saben donde ponerlos ni qué cosa se puede hacercon los brazos en una sociedad.

Llegaron las dos, y como ya conocía yo a mi Braulio, no me parecióconveniente acicalarme demasiado para ir a comer; estoy seguro de que sehubiera picado; no quise, sin embargo, excusar un frac de color y unpañuelo blanco, cosa indispensable en un día de días en semejantescasas: vestíme, sobre todo, lo más despacio que me fue posible, como sereconcilia al pie del suplicio el infeliz reo, que quisiera tener cienpecados más cometidos que contar para ganar tiempo; estaba citado paralas dos, y entré en la sala a las dos y media.

No quiero hablar de las infinitas visitas ceremoniosas que antes de lahora de comer entraron y salieron en aquella casa, entre las cuales noeran de despreciar todos los empleados de su oficina con sus señoras ysus niños y sus capas y sus paraguas y sus chanclos y sus perritos;déjome en blanco los necios cumplimientos que dijeron al señor de losdías; no hablo del inmenso círculo con que guarnecía la sala el concursode tantas personas heterogéneas, que hablaron de que el tiempo iba amudar, y de que en invierno suele hacer más frío que en verano. Vengamosal caso: dieron las cuatro y nos hallamos solos los convidados.Desgraciadamente para mí, el señor de X., que debía divertirnos tanto,gran conocedor de convites, había tenido la habilidad de ponerse maloaquella mañana; el famoso T. se hallaba oportunamente comprometido paraotro convite; y la señorita que tan bien había de cantar y tocar, estabaronca, en tal disposición, que se asombraba ella misma de que se leentendiera una sola palabra, y tenía un panadizo en un dedo. ¡Cuántasesperanzas desvanecidas!

—Supuesto que estamos los que hemos de comer—exclamó donBraulio,—vamos a la mesa, querida mía.

—Espera un momento—le contestó su esposa casi al oído;—con tantavisita yo he faltado unos momentos de allá dentro, y...

—Bien, pero mira que son las cuatro...

—Al instante comeremos.

Las cinco eran cuando nos sentábamos a la mesa.

—Señores—dijo el anfitrión, al vernos vacilar acerca de nuestrasrespectivas colocaciones;—exijo la mayor franqueza: en mi casa no seusan cumplimientos. ¡Ah, Fígaro! quiero que estés con toda comodidad;eres poeta, y además, estos señores, que saben nuestras íntimasrelaciones, no se ofenderán si te prefiero; quítate el frac, no sea quele manches.

—¿Qué tengo de manchar?—le respondí, mordiéndome los labios.

—No importa; te daré una chaqueta mía; siento que no haya para todos.

—No hay necesidad.

—¡Oh, sí, sí! ¡mi chaqueta! Toma, mírala; un poco ancha te vendrá.

—Pero, Braulio,..

—¡No hay remedio, no te andes con etiquetas!

Y en esto me quita él mismo el frac, velis, nolis, y quedo sepultadoen una cumplida chaqueta rayada, por la cual sólo asomaba los pies y lacabeza, y cuyas mangas no me permitirían comer probablemente. Dile lasgracias: al fin el hombre creía hacerme un obsequio.

Los días en que mi amigo no tiene convidados se contenta con una mesabaja, poco más que banqueta de zapatero, porque él y su mujer, comodice, ¿para qué quieren más? Desde la tal mesita, y como se sube elagua del pozo, hace subir la comida hasta la boca, adonde llega goteandodespués de una larga travesía; porque pensar que estas gentes han detener una mesa regular y estar cómodos todos los días del año es pensaren lo excusado. Ya se concibe, pues, que la instalación de una gran mesade convite era un acontecimiento en aquella casa; así que se habíacreído capaz de contener catorce personas que éramos, una mesa dondeapenas podrían comer ocho cómodamente. Hubimos de sentarnos de mediolado, como quien va a arrimar el hombro a la comida, y entablaron loscodos de los convidados íntimas relaciones entre sí, con la másfraternal inteligencia del mundo.

Colocáronme, por mucha distinción, entre un niño de cinco añosencaramado en unas almohadas que era preciso enderezar a cada momento,porque las ladeaba la natural turbulencia de mi joven ad látere, y unode esos hombres que ocupan en el mundo el espacio y sitio de tres, cuyacorpulencia por todos lados se salía de madre de la única silla en quese hallaba sentado, digámoslo así, como en la punta de una aguja.

Desdobláronse silenciosamente las servilletas, nuevas a la verdad,porque tampoco eran muebles en uso para todos los días, y fueron izadaspor todos aquellos buenos señores a los ojales de sus fraques, comocuerpos intermedios entre las salsas y las solapas.

—Ustedes harán penitencia, señores—exclamó el anfitrión, una vezsentado;—pero hay que hacerse cargo de que no estamos en Genieys—fraseque creyó preciso decir.

—Necia afectación es ésta, si es mentira—dije yo para mi;—y si esverdad, gran torpeza convidar a los amigos a hacer penitencia.

Desgraciadamente no tardé mucho en conocer que había en aquellaexpresión más verdad de la que mi buen Braulio se figuraba.

Interminables y de mal gusto fueron los cumplimientos con que para dar yrecibir cada plato nos aburrimos unos a otros.

—Sírvase usted.

—Hágame usted el favor.

—De ninguna manera.

—No lo recibiré.

—Páselo usted a la señora.

—Está bien ahí.

—Perdone usted.

—Gracias.

—¡Sin etiqueta, señores!—exclamó Braulio, y se echó el primero con supropia cuchara.

Sucedió a la sopa un cocido surtido de todas las sabrosas impertinenciasde este engorrosísimo, aunque buen plato; cruza por aquí la carne; porallá la verdura; acá los garbanzos; allá el jamón; la gallina por laderecha; por medio el tocino; por la izquierda los embuchados deExtremadura. Siguiole un plato de ternera mechada, que Dios maldiga, y aéste otros, y otros y otros; mitad traídos de la fonda, que esto bastapara que excusemos hacer su elogio; mitad hechos en casa por la criadade todos los días, por una vizcaína auxiliar tomada al intento para lafestividad, y por el ama de la casa, que en semejantes ocasiones debeestar en todo, y por consiguiente suele no estar en nada.

—Este plato hay que disimularle—decía ésta de unos pichones;—están unpoco quemados...

—Pero mujer...

—Hombre, me aparté un momento, ¡y ya sabes lo que son las criadas!

—¡Qué lástima que este pavo no haya estado media hora más al fuego!

—Se puso algo tarde.

—¿No les parece a ustedes que está algo ahumado este estofado?

—¡Qué quieres! una no puede estar en todo.

—¡Oh, está excelente, excelente!—exclamábamos todos, dejándonoslo enel plato;—¡excelente!...

—Este pescado está pasado.

—Pues en el despacho de la diligencia del fresco dijeron que acababa dellegar, ¡el criado es tan bruto!

—¿De dónde se ha traído este vino?

—En eso no tienes razón, porque es...

—¡Es malísimo!

Estos diálogos cortos iban exornados con una infinidad de miradasfurtivas del marido para advertir continuamente a su mujer algunanegligencia, queriendo darnos a entender entrambos a dos, que estabanmuy al corriente de las fórmulas que en semejantes casos se reputan enfinura, y que todas las torpezas eran hijas de los criados, que nuncahan de aprender a servir. Pero estas negligencias se repetían tan amenudo, servían tan poco ya las miradas, que le fue preciso al maridorecurrir a los pellizcos y a los pisotones; y ya la señora, que a duraspenas había podido hacerse superior hasta entonces a las persecucionesde su esposo, tenía la faz encendida y los ojos llorosos.

—Señora, no se incomode usted por eso—le dijo el que a su lado tenía.

—¡Ah! les aseguro a ustedes que no vuelvo a hacer estas cosas en casa;ustedes no saben lo que es esto; otra vez, Braulio, iremos a la fonda, yno tendrás...

—Usted, señora mía, hará lo que...

—¡Braulio! ¡Braulio!...

Una tormenta espantosa estaba a punto de estallar; empero, todos losconvidados a porfía probamos a aplacar aquellas disputas, hijas deldeseo de dar a entender la mayor delicadeza, para lo cual no fue pocaparte la manía de Braulio y la expresión concluyente que dirigió denuevo a la concurrencia, acerca de la inutilidad de los cumplimientos,que así llama él a estar bien servido y al saber comer. ¿Hay nada másridículo que estas gentes que quieren pasar por finas en medio de la máscrasa ignorancia de los usos sociales? ¿Que para obsequiarle le obligana usted a comer y beber por fuerza, y no le dejan medio de hacer sugusto? ¿Por qué habrá gentes que sólo quieren comer con alguna máslimpieza los días de días?

A todo esto, el niño que a mi izquierda tenía, hacía saltar lasaceitunas a un plato de magras con tomate, y una vino a parar a uno demis ojos, que no volvió a ver claro en todo el día; y el señor gordo demi derecha había tenido la precaución de ir dejando en el mantel, allado de mi pan, los huesos de las suyas, y los de las aves que habíaroído; el convidado de enfrente, que se preciaba de trinchador, se habíaencargado de hacer la autopsia de un capón, o sea gallo, que esto nuncase supo; fuese por la edad avanzada de la víctima, fuese por losningunos conocimientos anatómicos del victimario, jamás parecieron lascoyunturas.

—¡Este capón no tiene coyunturas!—exclamaba el infeliz, sudando yforcejeando, más como quien cava que como quien trincha.

¡Cosa más rara! En una de las embestidas resbaló el tenedor sobre elanimal, como si tuviera escama, y el capón, violentamente despedido,pareció querer tomar el vuelo como en sus tiempos más felices, y se posóen el mantel tranquilamente, como pudiera hacerlo en un palo degallinero.

El susto fue general y la alarma llegó a su colmo cuando un surtidor decaldo, impulsado por el animal furioso, saltó a inundar mi limpísimacamisa; levántase rápidamente, a este punto, el trinchador, con ánimo decazar el ave prófuga, y al precipitarse sobre ella, una botella quetiene a la derecha, con la que tropieza su brazo, abandonando laposición perpendicular, derrama un abundante caño de Valdepeñas sobre elcapón y el mantel; corre el vino, auméntase la algazara, llueve la salsobre el vino para salvar el mantel; para salvar la mesa se ingiere pordebajo de él una servilleta, y una eminencia se levanta sobre el teatrode tantas ruinas.

Una criada, toda azorada, retira el capón en el plato de su salsa; alpasar sobre mí hace una pequeña inclinación, y una lluvia maléfica degrasa desciende, como el rocío sobre los prados, a dejar eternas huellasen mi pantalón color de perla; la angustia y el aturdimiento de lacriada no conocen término; retírase atolondrada, sin acertar con lasexcusas; al volverse tropieza con el criado que traía una docena deplatos limpios y una salvilla con las copas para los vinos generosos, ytoda aquella máquina viene al suelo con el más horroroso estruendo yconfusión.

—¡Por San Pedro!—exclama, dando una voz, Braulio, difundida ya sobresus facciones una palidez mortal, al paso que brota fuego el rostro desu esposa.—Pero sigamos, señores, no ha sido nada—añade, volviendo ensí.

¡Oh honradas casas donde un modesto cocido y un principio finalconstituyen la felicidad diaria de una familia! ¡Huid del tumulto de unconvite de días! ¡Sólo la costumbre de comer y servirse biendiariamente, puede evitar semejantes destrozos!

¿Hay más desgracias? ¡Santo cielo! ¡Sí, las hay para mí, infeliz! DoñaJuana, la de los dientes negros y amarillos, me alarga de su plato ycon su propio tenedor una fineza, que es indispensable aceptar ytragar; el niño se divierte en despedir a los ojos de los concurrenteslos huesos descarnados de las cerezas; don Leandro me hace probar elmanzanilla exquisito, que he rehusado, en su misma copa, que conservalas indelebles señales de sus labios grasientos; mi gordo fuma ya sincesar y me hace cañón de su chimenea; por fin, ¡oh última de lasdesgracias! Crece el alboroto y la conversación; roncas ya las vocespiden versos y décimas, y no hay más poeta que Fígaro...

—¡Es preciso! ¡Tiene usted que decir algo!—exclaman todos.

—Désele pie forzado; que diga una copla a cada uno.

—Yo le daré el pie: a don Braulio en este día.

—¡Señores, por Dios!

—No hay remedio.

—En mi vida he improvisado.

—No se haga usted el chiquito.

—¡Me marcharé!

—¡Cerrar la puerta! No se sale de aquí sin decir algo.

Y digo versos, por fin, y vomito disparates, y los celebran, y crece labulla y el humo y el infierno.

A Dios gracias, logro escaparme de aquel nuevo Pandemonio. Por fin, yarespiro el aire fresco y desembarazado de la calle; ya no hay necios, yano hay castellanos viejos a mi alrededor.

—¡Santo Dios, yo te doy gracias—exclamo respirando como el ciervo queacaba de escaparse de una docena de perros y que oye ya apenas susladridos;—pero de aquí en adelante no te pido riquezas, no te pidoempleos, ni honores; líbrame de los convites caseros y de días de días;líbrame de estas casas en que es un convite un acontecimiento; en quesólo se pone la mesa decente para los convidados; en que creen hacerobsequios cuando dan mortificaciones; en que se hacen finezas, en que sedicen versos, en que hay niños, en que hay gordos, en que reina, en fin,la brutal franqueza de los castellanos viejos! ¡Quiero que, si caigo denuevo en tentaciones semejantes, me falte un roastbeef, desaparezcadel mundo el beefsteak, se anonaden los timbales de macarrones, nohaya pavos en Perigueux, ni pasteles en Périgord, se sequen los viñedosde Burdeos, y beban, en fin, todos menos yo, la deliciosa espuma delchampaña!

Concluida mi deprecación mental, corro a mi habitación a despojarme demi camisa y de mi pantalón, reflexionando en mi interior que no son unostodos los hombres, puesto que los de un mismo país, acaso de un mismoentendimiento, no tienen unas mismas costumbres, ni una mismadelicadeza, cuando ven las cosas de tan distinta manera. Vístome, yvuelvo a olvidar tan funesto día entre el corto número de gentes quepiensan, que viven sujetas al provechoso yugo de una buena educación,libre y desembarazada, y que fingen acaso estimarse y respetarsemutuamente, para no incomodarse, al paso que las otras hacen ostentaciónde incomodarse, y se ofenden y se maltratan, queriéndose y estimándosetal vez verdaderamente.

¿ENTRE QUE GENTES ESTAMOS?

Henos aquí refugiándonos en las costumbres; no todo ha de ser siemprepolítica; no todos facciosos. Por otra parte, no son las costumbres elúltimo ni el menos importante objeto de las reformas. Sirva, pues, sóloeste pequeño preámbulo para evitar un chasco al que forme grandesesperanzas sobre el título que llevan al frente estos renglones, y vamosal caso.

No hace muchos días que la llegada inesperada a Madrid de un extranjero,antiguo amigo mío de colegio, me puso en la obligación de cumplir conlos deberes de la hospitalidad. Acaso sin esta circunstancia, nuncahubiese yo solo realizado la observación sobre que gira este artículo.La costumbre de ver y oír diariamente los dichos y modales que son lamoneda de nuestro trato social, es culpa de que no salte su extrañezatan fácilmente a nuestros sentidos; mi amigo no pudo menos de abrirme elcamino que el hábito tenía cerrado a mi observación.

Necesitábamos hacer varias visitas: «¡Un carruaje!» dijimos; pero uncoche es pesado; un cabriolé será más ligero: no bien lo habíamos dicho,ya estaba mi criado en casa de uno de los mejores alquiladores de estacorte, sobre todo, de esos que llevan dinero por los que llaman bombésdecentes, donde encontró, efectivamente, uno sobrante y desocupado,que, para calcular cómo sería el maldecido, no se necesitaba saber más.Dejó mi criado la señal que le pidieron, y dos horas después ya estabaen la puerta de mi casa un birlocho pardo con varias capas de polvo detodos los días y calidades, el cual no le quitaban nunca porque no seviese el estado en que estaba, y aun yo tuve para mí que lo debían desacar en los días de aire a tomar polvo para que le encubriese las macasque tendría. Que las ruedas habían rodado hasta entonces, no se podíadudar; que rodarían siempre y que no harían rodar por el suelo al quedentro fuese de aquel inseguro mueble, eso era ya otra cuestión: que elcaballo había vivido hasta aquel punto no era dudoso; que viviría dosminutos más, eso era precisamente lo que no se podía menos de dudarcada vez que tropezaba con su cuerpo, no perecedero, sino ya perecido,la curiosa visual del espectador. Cierto ruido desapacible de losmuelles y del eje le hacía sonar a hierro como si dentro llevara medioRastro. Peor vestido que el birlocho estaba el criado que le servía, yentre la vida del caballo y la suya no se podía atravesarconcienzudamente la apuesta de un solo real de vellón: por lo malcomidos, por lo estropeados, por la vida, en fin, del caballo y ellacayo, por la completa semejanza y armonía que en ambos entesirracionales se notaba, hubiera creído cualquiera que eran gemelos, yque no sólo habían nacido a un mismo tiempo, sino que a un mismo tiempoiban a morir. Si andaba el birlocho, era un milagro; si estaba parado,un capricho de Goya. Fue preciso conformarnos con este elegante mueble:subí, pues, a él y tomé las riendas, después de haberse sentado en él miamigo el extranjero. Retirose el lacayo cuando nos vio en tren demarchar, y fue a subir a la trasera; sacudí mi fusta sobre el animal,con mucho tiento por no acabarle de derrengar: mas, ¿cuál fue miadmiración, cuando siento bajar el asiento y veo alzarse las varaslevantando casi del suelo al infeliz animal, que parecía un espíritudesprendiéndose de la tierra? ¿Y qué dirán ustedes que era? que elbirlocho venía sin barriguera, y lo mismo fue poner el lacayo la plantasobre la zaga, que, a manera de balanza, vino a tierra el mayor peso, ysubió al cielo la ligera resistencia del que tantum pellis et ossafuit.

—Esto no es conmigo—exclamé;—bajamos del birlocho, y a pie nos fuimosa quejar y reclamar nuestra señal a casa del alquilador. Preguntamos yvolvimos a preguntar, y nadie respondía, que aquí es costumbre muyrecibida: pareció por fin un hombre, digámoslo así, y un hombre tan malencarado como el birlocho: expúsele el caso, y pedíle mi señal en vistade que yo no alquilaba el birlocho para tirar de él, sino para quetirase él de mí.

—¿Qué tiene usted que pedirle a ese birlocho y a esa jaca sobretodo?—me dijo echándome a la cara una interjección expresiva y unabocanada de humo de un maldito cigarro de dos cuartos.

Después de semejante entrada nada quedaba que hablar.

—Veale usted despacio—le contesté, sin embargo.

—Pues no hay otro—siguió diciendo;—y volviéndome la espalda:—¡AParís por gangas!—añadió.

—Diga usted, señor grosero—le repuse,—ya en el colmo de la cólera,¿no se contentan ustedes con servir de esta manera, sino que también sehan de aguantar sus malos modos? ¿Usted se pone aquí para servir, o paramandar al público? Pudiera usted tener más respeto y crianza para losque son más que él.

Aquí me echó el hombre una ojeada de arriba abajo, de estas quearrebañan a la persona mirada; de éstas que van acompañadas de un gestoparticular de los labios; de éstas que no se ven sino entre los majosdel país.

—Nadie es más que yo, don caballero o don lechuga; si no acomoda,dejarlo. ¡Mire usted con lo que se viene el seor levosa! A ver, chico,saca un bombé nuevo; ¡ahí en el bolsillo de mi chaqueta debo tener uno!

Y al decir esto, salió una mujer y dos o tres mozos de cuadra; yllegáronse a oír cuatro o seis vecinos y catorce o quince curiosostranseúntes; y como el calesero hablaba en majo y respondía endesvergonzado, y fumaba y escupía por el colmillo, e insultaba a lagente decente, el auditorio daba la razón al calesero, y le aplaudía ysoltaba la carcajada, y le animaba a seguir: en fin, sólo una retirada atiempo pudo salvarnos de alguna cosa peor, por la cual se preparaba ahacernos pasar el concurso que allí se había reunido.

—¿Entre qué gentes estamos?—me dijo el extranjero asombrado.—¡Quémodos tan raros se usan en este país!

—¡Oh! es casual—le respondí algo avergonzado de la inculpación,—yseguimos nuestro camino.

El día había empezado mal, y yo soy supersticioso con estos días queempiezan mal: acaban peor.

Tenía mi amigo que arreglar sus papeles, y fue preciso acompañarle a unaoficina de policía.

—¡Aquí verá usted—le dije—otra amabilidad y otra finura!

La puerta estaba abierta y naturalmente nos entrábamos; pero no habíamosandado cuatro pasos, cuando una especie de portero vino a nosotros,gritándonos:

—¡Eh, hombre! ¿a dónde va usted? ¡fuera!

—Este es pariente del calesero—dije yo para mí.

Salimos fuera, y sin embargo, esperamos el turno. Vamos, adentro.

—¿Qué hacen ustedes ahí parados?—dijo de allí a un rato para darnos aentender que ya podíamos entrar.

Entramos, saludamos, nos miraron dos oficinistas de arriba abajo, nocreyeron que debían contestar al saludo, se pidieron mutuamente papel ytabaco, echaron un cigarro, nos volvieron la espalda, y a una indicaciónmía para que nos despachasen, en atención a que el Estado no les pagabapara fumar sino para despachar los negocios:

—Tenga usted paciencia—respondió uno,—que aquí no estamos para servira usted.

A ver—añadió dentro de un rato,—venga eso—y cogió elpasaporte y lo miró.—¿Y

usted quién es?

—Un amigo del señor.

—¿Y el señor? algún francés de esos que vienen a sacarnos los cuartos.

—Tenga usted la bondad de prescindir de insultos, y ver si está esepapel en regla.

—Ya le he dicho a usted que no sea insolente si no quiere usted ir a lacárcel.

Brincaba mi extranjero, y yo le veía dispuesto a hacer un disparate.

—Amigo, aquí no hay más remedio que tener paciencia.

—¿Y qué nos han de hacer?

—Mucho y malo.

—Será injusto.

—¡Buena cuenta!

Logré, por fin, contenerle.

—Pues ahora no se le despacha a usted; vuelva usted mañana.

—¿Volver?

—Vuelva usted, y calle usted. Vaya usted con Dios.

Yo no me atrevía a mirar a la cara a mi amigo.

—¿Quién es ese señor tan altanero—me dijo al bajar la escalera—y tanfino, y tan?... ¿Es algún príncipe?

—Es un escribiente que se cree la justicia y el primer personaje de laNación: como está empleado, se cree dispensado de tener crianza.

—Aquí tiene todo el mundo esos mismos modales, según voy viendo.

—¡Oh! no; es casualidad.

C'est drôle—iba diciendo mi amigo, y yo:

—¿Entre qué gentes estamos?

Mi amigo quería hacerse un pantalón, y le llevé a casa de mi sastre.Esta era más negra: mi sastre es hombre que me recibe con sombreropuesto, que me alarga la mano y me la aprieta; me suele dar dospalmaditas o tres, más bien más que menos, cada vez que me ve; me llamasimplemente por mi apellido, a veces por mi nombre como un antiguoamigo; otro tanto hace con todos sus parroquianos, y no me tutea, no sépor qué: eso tengo que agradecerle todavía. Mi francés nos miraba a losdos alternativamente, mi sastre se reía; yo mudaba de colores, peroestoy seguro que mi amigo salió creyendo que en España todos loscaballeros son sastres o todos los sastres son caballeros. Por supuestoque el maestro no se descubrió, no se movió de su asiento, no hizo grancaso de nosotros, nos hizo esperar todo lo que pudo, se empeñó enregalarnos un cigarro y en dárnoslo encendido él mismo de su boca;¡cuántas groserías, en fin, suelen llamarse franquezas entre ciertasgentes! Era por la mañana: la fatiga y el calor nos habían dado sed:entramos en un café y pedimos sorbetes.

—¡Sorbetes por la mañana!—dijo un mozo con voz brutal y gesto deburla. ¡Que si quieres!

—¡Bravo!—dije para mí.—¿No presumía yo que el día había empezadobien? Pues traiga usted dos vasos pequeños de limón...

—¡Vaya, hombre! anímese usted; tómelos usted grandes—nos dijo entoncesel mozo con singular franqueza,—si tiene usted cara de sed.

—Y usted tiene cara de morir de un silletazo—repuse yo yaincomodado;—sirva usted con respeto, calle, y no se chancee con laspersonas que no conoce, y que están muy lejos de ser sus iguales.

Entretanto que esto pasaba con nosotros, en un billar contiguo, diez odoce señoritos de muy buenas familias, jugaban al billar con el mozo deéste, que estaba en mangas de camisa, que tuteaba a uno, que sobaba aotro, insultaba al de más allá, y se hombreaba con todos: todos eranunos.

—¿Entre qué gentes estamos?—repetía yo con admiración.

C'est drôle! —repetía el francés.

—¿Es posible que nadie sepa aquí ocupar su puesto? ¿Hay tal confusiónde clases y personas? ¿Para qué cansarme en enumerar los demás casos deeste género que en aquel bendito día nos sucedieron? Recapitule ellector cuántos de éstos le suceden al día y le están sucediendo siempre,y esos mismos nos sucedieron a nosotros. Hable usted con tres amigos enuna mesa de café: no tardará mucho en arrimarse alguno que nadie delcorro conozca, y con toda franqueza meterá su baza en la conversación.Vaya usted a comer a una fonda, y cuente usted con el mozo que ha deservirle como pudiera usted contar con un comensal. El le bordará austed la comida con chanzas groseras; él le hará a usted preguntasfraternales y amistosas... él... Vaya usted a una tienda a pedir algo.

—¿Tiene usted tal cosa?

—No, señor; aquí no hay.

—¿Y sabe usted dónde la encontraría?

—¡Toma! ¡qué sé yo! Búsquela usted. Aquí no hay.

—¿Se puede ver al señor de tal?—dice usted en una oficina.

Y aquí es peor, pues ni siquiera contestan no: ¿ha entrado usted? comosi hubiera entrado un perro. ¿Va usted a ver un establecimiento público?Vea usted qué caras, qué voz, qué expresiones, qué respuestas, quégrosería. Sea usted Grande de España; lleve usted un cigarro encendido.No habrá aguador ni carbonero que no le pida la lumbre, y le detenga enla calle, y le manosee y empuerque su tabaco, y se le vuelva apagado.¿Tiene usted criados? Haga usted cuenta que mantiene unos cuantosamigos; ellos llaman por su apellido seco y desnudo a todos los que losean de usted, hablan cuando habla usted, y hablan ellos... ¡Señor,señor! ¿entre qué gentes estamos? ¿Qué orgullo es el que impide a lasclases ínfimas de nuestra sociedad acabar de reconocer el puesto que enel trato han de ocupar? ¿Qué trueque es éste de ideas y de costumbres?

Mi francés había hecho todas estas observaciones, pero no había hecho laprincipal; faltábale observar que nuestro país es el país de lasanomalías; así que, al concluirse el día:—Amigo—me dijo,—yo heviajado mucho; ni en Europa, ni en América, ni en parte alguna delmundo, he visto menos aristocracia en el trato de los hombres; este esel país adonde yo me vendría a vivir; aquí todos los hombres son unos;se cree estar en la antigua Roma. En llegando a París voy a publicar unopúsculo en que pruebe que la España es el país más dispuesto arecibir...

—Alto ahí, señor observador de un día—dije a mi extranjerointerrumpiéndole;—

adivino la idea de usted. Las observaciones que hahecho usted hoy son ciertas; la observación general, empero, que deellas deduce usted, es falsa; esa es una anomalía como otras muchas quenos rodean y que sólo se podrían explicar entrando en pormenores que noson del momento; éste es, desgraciadamente, el país menos dispuesto a loque usted cree, por más que le parezcan a usted todos unos. No confundausted la debilidad de la senectud con la de la niñez: ambas sondebilidad; las causas son, no obstante, diferentes; esa franqueza, esaaparente confusión y nivelamiento extraordinario, no es el de unasociedad que acaba, es el de una sociedad que empieza, porque yo llamoempezar...

—¡Oh! sí, sí, entiendo. ¡C'est drôle! ¡C'est drôle! —repetía mifrancés.

—Ahí verá usted—repetía yo—entre qué gentes estamos.

LAS CASAS NUEVAS

«La constancia es el recurso de los feos—dice la célebre Ninón deLenclos en sus lindas cartas al marqués de Sevigné;—las personas demérito, que saben que por donde quiera han de encontrar ojos que seprenden de ellas, no se curan de conservar la prenda conquistada; losfeos, los necios, los que viven seguros de que difícilmente podránencontrar quien llene el vacío de su corazón, se adhieren al amor queuna vez por acaso encontraron, como las ostras a las peñas que en el marlas sostienen y alimentan.

»Estos son generalmente los que, temerosos de perder el bien, queconocen no merecer, preconizan la constancia, la erigen en virtud yhacen con ella el tormento de una vida que deben llenar la variedad y lasucesión de sensaciones tan vivas como diferentes.»

Aquella máxima de coqueta, al parecer ligera, si no es siempre cierta,porque no a todos les es dado el poder ser inconstantes, es sin embargoprofunda y filosófica, y aun puede, fuera del amor, encontrar más de unaexacta aplicación. Pero mi propósito no es hundirme en consideracionesmetafísicas acerca del amor; tengamos lástima al que le ha dejado tomarincremento en su corazón, y pasemos como sobre ascuas sobre tanquisquilloso argumento. El hecho es que no tenía yo la edad todavía dequerer ni de ser querido, cuando entre otras varias obras francesas queen mis manos cayeron, hacía ya un papel muy principal la de la famosacortesana citada. Chocome aquella máxima, y fuese pueril vanidad, fuesetemor de que por apocado me tuviesen, adoptela por regla general de misaficiones. Tuve que luchar en un principio con la costumbre, que es enel hombre hija de la pereza y madre de la constancia. El hombre,efectivamente, se contenta muchas veces con las cosas tales cuales lasencuentra, por no darse a buscar otras, como se figura acaso difícilencontrarlas; una vez resignado por pereza, se aficiona por costumbre alo que tiene y le rodea; y una vez acostumbrado, tiene la bondad dellamar constancia a lo que es en él casi naturaleza. Pero yo luché y alcabo de poco tiempo de ese empeño de cerrar mi corazón a las aficionesque pudieran llegar a dominarle, agregado esto a la necesidad de viajary variar de objetos, en que las revoluciones del principio del siglohabían puesto a mi familia, lograron hacer de mí el ser más veleidosoque ha nacido. Pesándome de ver a las mismas gentes todos los días, nohay amigo que me dure una semana; no hay tertulia adonde pueda concurrirun mes entero; no hay hermosa que me lo parezca todos los días, ni feaque no me encante una vez siquiera al mes; esto me hace disfrutar deinmensas ventajas, porque sólo se puede soportar a las gentes los quinceprimeros días que se las conoce. ¡Qué de atenciones en ellas! ¡Qué desinceros ofrecimientos! ¿Pasaron aquéllos? ¿Se intimó la amistad?¡Adiós! como ya de cualquier modo tienen cumplido con usted, todos sondesaires, todas crudas y ácidas respuestas. Pesándome comer siempre losmismos alimentos, hoy como a la francesa, mañana a la inglesa, un díaceno y otro meriendo; ni tengo horas fijas ni hago comida con concierto.Y esto tiene la ventaja de predisponerme para el cólera. Pesándomehablar siempre en español, tengo amigos franceses sólo para hablar enfrancés una hora al día; me trato con los operistas para hablar una veza la semana en italiano; aprendí griego por conocer una lengua que nohabla nadie; y sufro las impertinencias de un inglés a quien trato, pordarme a entender en el idioma en que decía Carlos V que hablaría a lospájaros. Pesándome de que me llamen todos los días, desde el año 9 enque nací, por el mismo apellido, cien veces dejé aquél con que vine almundo, y ora fui el Duende satírico, ora el Pobrecito hablador, orael Bachiller Munguía, ora Andrés Nipresas, ora Fígaro, ora... yqué sé yo los muchos nombres que me quedarán aún que tomar en los muchosaños que, Dios mediante, tengo hecho propósito de vivir en este bajosuelo; porque si alguna cosa hay que no me canse es el vivir; y si he dedecir la verdad, consiste esto en que a fuerza de meditar he venido aconocer que sólo viviendo podré seguir variando. Por último, y vengamosal asunto, pesándome de vivir todos los días en una misma casa, la vistade un cuarto desalquilado hace en mi ánimo el mismo efecto que producela picadura del pez en el corazón del anhelante pescador que le tiendeel cebo. Corro a mi casa, pongo en movimiento a mi familia, hágome lailusión de que emprendo un viaje, y de cuartel en cuartel, de calle encalle, de manzana y hasta de piso en piso, recorro alegremente yreconozco los más recónditos escondrijos y rincones de esta populosaciudad. Si la casa es grande: «¡Qué hermosura!—exclamo;—esto es vivircon desahogo, esto es lujo y magnificencia.» Si es chica: «Gracias aDios—me digo,—que salí de esos eternos caserones que nunca bastanmuebles para ellos; ésta es a lo menos recogida, reducida, propia, enfin, del hombre tan reducido también y limitado.» Si es cuarto bajo:

«Notiene escalera, digo y el hombre no ha nacido para vivir en lasestrellas.» Si es alto el piso: «¡Bendito sea Dios, qué claridad, quéventilación y qué pureza de aires!» Si es caro: «¿Qué importa? loprimero es tener buena habitación.» Si es barato: «Mejor; con esoemplearé en galas lo que había de invertir en mi vivienda.»

Nadie, pues, más feliz que yo, porque en cuanto a las habladurías ymurmuraciones del mundo perecedero, así me cuido de ellas como de ir ala Meca. Pero es el caso que tengo un amigo que es de esos hombres quese dejan impresionar fácilmente por la última persona que oyen, de esoscaracteres débiles, flojos, apáticos, irresolutos, de reata, en fin, quecomponen el mayor número en este mundo, que nacieron, por consiguiente,para obedecer, callar y ser constantemente víctimas, y cuya debilidad esla más firme columna de los fuertes.

Oyome este amigo las reflexiones que anteceden, y vean ustedes a mihombre descontento ya con cuanto le rodea; ya que no lo puede mudartodo, quiere cuando menos mudar de casa, y hétele buscando conmigopapeles en los balcones de barrio en barrio, porque ésta es muy deantiguo la señal que distingue las habitaciones alquilables de estacapital, sin que yo haya podido dar hasta ahora con el origen de estaconocida costumbre, ni menos con la de poner los papeles en las esquinasde los balcones cuando la casa es sólo alquilable para huéspedes.

Las casas antiguas, dijimos, que van desapareciendo de Madridrapidísimamente, están reducidas a una o dos enormes piezas y muchoscallejones interminables; son demasiado grandes; son obscuras por logeneral a causa de su mala repartición y combinación de entradas,salidas, puertas y ventanas.

Dirigímonos, pues, a ver las casas nuevas; esas que surgen de la noche ala mañana por todas las calles de Madrid; esas que tienen más balconesque ladrillos y más pisos que balcones; esas por medio de las cuales seagrupa la población de esta coronada villa, se apiña, se sobrepone y sealeja de Madrid, no por las puertas, sino por arriba, como se marcha elchocolate de una chocolatera olvidada sobre las brasas. La población quese va colocando sobre los límites que encerraron a nuestros abuelos, mehace el efecto del helado que se eleva fuera de la copa de los sorbetes.El caso es el mismo: la copa es pequeña y el contenido mucho.

Muchas casas muy lindas vimos. Mi amigo observó, con razón, que se sigueen todas el método antiguo de construcción: sala, gabinete y alcobapegada a cualquiera de estas dos piezas; y siempre en la misma cocina,donde se preparan los manjares, colocado inoportuna y puercamente elsitio más desaseado de la casa. ¿No pudiera darse otra forma deconstrucción a las casas, de suerte que este sitio quedase separado dela vivienda, como en otros países lo hemos visto constantementeobservado? ¿No pudieran llegarse a desusar esos vidrios horribles,desiguales, pequeños, unidos por plomos, generalmente invertidos en lasvidrieras? ¿No se les podrían substituir vidrios de mejor calidad, demás tamaño, y unidos entre sí con sutiles listones de madera, que haríansiempre mejor efecto a la vista y darían más entrada a la luz? ¿Noconvendría desterrar esas pesadas maderas que cierran los balcones,llenas de inútiles rebajos y costosas labores, sustituyéndolespuertas-ventanas de hojas más delgadas y lisas? ¿No pudieraintroducirse el uso de las comodísimas chimeneas para las casas, sobretodo más espaciosas, como se hallan adoptadas en toda Europa? ¿Tantoperderíamos en olvidar los mezquinos y miserables braseros que nosabrasan las piernas, dejándonos frío el cuerpo y atufándonos con elpestífero carbón, y que son restos de los zahumadores orientalesintroducidos en nuestro país por los moros? ¿Qué mal haríamos endesterrar los canalones salientes, cuyo objeto parece ser el de reunirsobre el pobre transeúnte, además del agua que debía naturalmente caerledel cielo, toda la que no debía caerle, y en substituirles los conductosvertederos semejantes a los de correos, pegados a la pared?

Los caseros, más que al interés público, consultan el suyo propio:aprovechemos terreno; ése es su principio: apiñemos gente en estasdiligencias paradas, y vivan todos como de viaje; cada habitación es enel día un baúl en que están las personas empaquetadas de pie, y lascosas en la posición que requiere su naturaleza; tan apretado está todo,que en caso de apuro todo podría viajar junto sin romperse.

Lasescaleras son cerbatanas, por donde pasa la persona como la culebra quese roza entre dos piedras para soltar su piel. Un poco más de hombre oun poco menos de escalera, y serán una sola cosa hombre y escalera.

Pero sigamos la historia de mi amigo. No bien hubo visto la blancura deuna de las casas nuevas, la monería de las acomodadas piececitas, elestado de novedad de las habitaciones del piso tercero, alborózase, y:

—¡Este cuarto es mío!—exclama.

—Pero acabemos de ver.

—Nada, inútil, quiero casa nueva, casa nueva; no hay remedio.

De allá a media hora estábamos ya en casa del casero. Inútil es decirque el casero tenía mala cara; todos la tienen; es la primera cosa quehacen en comprando casa; a lo menos tal nos parece siempre a losinquilinos, sin que esto sea decir que no pueda ser ilusión de óptica.