Fígaro (Artículos Selectos) by Mariano José de Larra - HTML preview

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BIBLIOTECA DE «LA NACIÓN»

MARIANO JOSÉ DE LARRA

FÍGARO

(ARTÍCULOS SELECTOS)

SEGUNDA EDICIÓN

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BUENOS AIRES

1907

Imp. y estereotipia de LA NACIÓN.—Buenos Aires.

ÍNDICE

PÁGS.

Mi nombre y mis propósitos

1

Una primera representación

7

Yo quiero ser cómico

18

El castellano viejo

25

¿Entre qué gentes estamos?

38

Las casas nuevas

47

El duelo

55

El álbum

63

Los calaveras

71

Modos de vivir que no dan de vivir

87

La fonda nueva

98

La vida de Madrid

105

La diligencia

110

Varios caracteres

119

La Noche Buena de 1836: yo y mi criado: delirio filosófico

124

El mundo todo es máscaras: todo el año es carnaval

134

Empeños y desempeños

149

Cartas a Andrés Niporesas, por el bachiller don Juan de Munguía 160

Ya soy redactor

180

Don Timoteo o el literato

186

La polémica literaria

195

Don Cándido Buenafé o el camino de la gloria

202

El hombre pone y Dios dispone, o lo que ha de ser el periodista

210

El siglo en blanco

213

Un periódico nuevo

217

El hombre-globo

226

Vuelva usted mañana

235

Cuasi

247

La sociedad

253

Las palabras

262

Por ahora

265

El ministérial

269

En este país

275

La alabanza, o que me prohíban este

283

Las circunstancias

290

La junta del Castel-o-Branco

295

Nadie pase sin hablar al portero, o los viajeros en Vitoria

306

FÍGARO

Don Mariano José de Larra

Nació don MARIANO JOSÉ DE LARRA en Madrid, el 24 de marzo de 1809, paraejercer grande y casi decisiva influencia en la literatura, y más que enla literatura en el periodismo de España y de todos los países del hablacastellana,—entre los que está muy lejos de ser excepción el nuestro.

Desconocido en un principio por la crítica, fue desde el primer momentoel mimado del público;—que no siempre deja de ser verdad lo de que tout Paris a plus d'esprit que M. de Voltaire. Y como era un escritorvaliente, un ingenio agudo, un satírico acerbo y un observador de muchosquilates,—pese a la persecución de los gobiernos y las más mortalesaún, mordeduras de la envidia, Larra se impuso en vida, llegó a sergloria en muerte, y fue una vez más la sanción del soberano parecer delpueblo.

Durante su rápida cuanto fecunda carrera periodística, no tuvocompetidores, y el mismo clásico e ingenuo Mesonero Romanos tuvo queceder el paso al maestro—

entonces,—y hoy desaparece en la penumbra deaquella gran sombra. Leer hoy los artículos de ambos, es recordar mañanaexclusivamente a Fígaro.

Y, sin embargo, este hombre que a tales alturas intelectuales alcanzó,que sus artículos se leen ahora como si aún estuviera fresca la tintacon que fueron escritos; este hombre, cuyo escepticismo parece elresultado de larga y amarguísima experiencia; este hombre, cuyosartículos más insignificantes pueden todavía servir de inspiradores, sino de modelos,—murió cuando aún estaba por llegar a la madurez, antesde alcanzar los treinta años. Pero ¿por qué conjeturar lo queproduciría, si basta y sobra con lo producido?

¡Y tanto como basta! Los más brillantes periodistas argentinos son hijosde Fígaro, si no en otra cosa, en la audacia para romper viejos lazos,derribar arcaicas supersticiones y rebelarse contra los antiguos einnocuos catecísmos.

Respecto de la presente edición, sólo añadiremos que se ha cuidado deseleccionar todo lo más fresco, todo lo más actual, que haya brotadodel ingenio de Fígaro, de manera tal, que este libro parezca unperiódico acabado de escribir por él... para mañana.

MI NOMBRE Y MIS PROPÓSITOS

Figaro. —...Ennuyé de moi, dégoûté des autres... supérieur auxévénements, loué par ceux-ci, blâmé par ceux-là; aidant au bontemps, supportant le mauvais; me moquant des sots, bravant lesméchants... vous me voyez enfin...

Le comte. —Qui t'a donné une philosophie aussi gaie?

Figaro. —L'habitude du malheur. Je me presse de rire de tout, depeur d'être obligé d'en pleurer.

BEAUMARCHAIS

Le barbier de Séville, act. I.

Mucho tiempo hace que tenía yo vehementísimos deseos de escribir acercade nuestro teatro, no precisamente porque más que otros le entienda,sino porque más que otros quisiera que llegasen todos a entenderle. Helodejado siempre, porque dudaba las unas veces de que tuviésemos teatro, ylas otras de que tuviese yo habilidad; cosas ambas a dos que creíanecesarias para hablar de la una con la otra.

Otras dudillas tenía además: la primera, si me querrían oír; la segunda,si me querrían entender; la tercera, si habría quien me agradeciese micristiana intención, y el evidente riesgo en que claramente me pusierade no gustar bastante a los unos y disgustar a los otros más de lopreciso.

En esta no interrumpida lucha de afectos y de ideas me hallaba, cuandouno de mis amigos (que algún nombre le he de dar) me quiso convencer, nosólo de que tenemos teatro, sino también de que tengo habilidad; másfácilmente hubiera creído lo primero que lo segundo, pero él me concluyódiciendo: que en lo de si tenemos teatro, yo era quien debía dedecírselo al público; y en lo de si tengo habilidad para ello, que elpúblico era quien me lo había de decir a mí. Acerca del miedo de que nome quieran oír, asegurome muy seriamente que no sería yo el primero quehablase sin ser oído, y que como en esto más se trataba de hablar que deescuchar, más preciso era yo que mi auditorio.

—Ridículo es hablar—me añadió—no habiendo quien oiga; pero todavíasería peor oír sin haber quien hable.

Acerca de si me querrían entender, me tranquilizó afirmándome que en losmás no estaría el daño en que no quisiesen, sino en que no pudiesen. Yen lo del riesgo de gustar poco a unos y disgustar mucho a otros:

-¡Pardiez!—me dijo—que os embarazáis en casos de poca monta. Sihubieren cuantos escriben de pararse en esas bicocas, no veríamos tantosautores que viven de fastidiar a sus lectores; a más de quedaros siempreel simple recurso de disgustar a los unos y a los otros, dejándolos atodos iguales; y si os motejan de torpe, no os han de motejar deinjusto.

Desvanecidas de esta manera mis dudas, quedábame aún que elegir unnombre muy desconocido que no fuese mío, por el cual supiese todo elmundo que era yo el que estos artículos escribía; porque esto de decir,yo soy fulano, tiene el inconveniente de ser claro, entenderlo todo elmundo y tener visos de pedante; y aunque uno lo sea, bueno es, y muybueno, no parecerlo. Díjome el amigo que debía de llamarme Fígaro,nombre a la par sonoro y significativo de mis hazañas, porque aunque nisoy barbero, ni de Sevilla, soy, como si lo fuera, charlatán, enredadory curioso además, si los hay. Me llamo, pues, Fígaro; suelo hallarme entodas partes; tirando siempre de la manta y sacando a la luz del díadefectillos leves de ignorantes y maliciosos; y por haber dado en lagracia de ser ingenuo y decir a todo trance mi sentir, me llaman portodas partes mordaz y satírico; todo porque no quiero imitar al vulgo delas gentes que, o no dicen lo que piensan, o piensan demasiado lo quedicen.

Paréceme que por hoy habré hecho lo bastante si me doy a conocer alpúblico yo y mis intenciones. El teatro será uno de mis objetosprincipales, sin que por eso reconozca límites ni mojones determinadosmi inocente malicia, y para que se vea que no soy tan satírico como danen suponerlo; mil pequeñeces habrá que deje a un lado continuamente, yque muy de tarde en tarde haré entrar en la jurisdicción de mi crítica.

Con respecto, por ejemplo, a los actores, y sobre todo a los nuevos quenos van dando continuamente, y los cuales todos daría el público debuena gana por uno solo mediano, ya me guardaría yo muy bien de fundarsobre ellos una sola crítica contra nuestro ilustrado ayuntamiento.Acaso rija en los teatros la idea de aquel famoso general, de cuyonombre no me acuerdo, si bien he de contar el lance que los actores,muchos, pero malos, me recuerdan.

Hallábase con su gente este general en su posición, y recibió aviso deque se acercaba a más andar el enemigo.

—Mi general—le dijo su edecán,—¡el enemigo!

—¿El enemigo, eh?—preguntó el general.—Déjele usted que se acerque.

—¡Señor, que ya se le ve!—dijo de allí a un rato el edecán.

—Cierto, ¡ya se le ve!

—¿Y qué hacemos, mi general?—añadió el edecán.

—Mire usted—contestó el general, como hombre resuelto,—mande ustedque le tiren un cañonazo, veremos cómo lo toma.

—¿Un cañonazo, mi general?—dijo el edecán.—Están muy lejos aún.

—No importa, un cañonazo he dicho—repuso el general.

—Pero, señor—contestó el edecán despechado,—un cañonazo no alcanza.

—¿No alcanza?—interrumpió furioso el general con tono de hombre quedesata la dificultad,—¿no alcanza un cañonazo?

—No, señor, no alcanza—dijo con firmeza el edecán.

—Pues bien—concluyó su excelencia,—que tiren dos.

Eso decimos por acá. Darle un actor malo al público a ver cómo lo toma.¿No alcanza, no gusta? darle dos.

Menos diré, por consiguiente, que tanto los nuevos como los viejos creenque su oficio es oficio de memoria, y que puede asegurarse sin escrúpulode conciencia que los más dicen sus papeles, pero no los hacen, porqueacaso nuestros actores se lleven la idea de un loco que vivía en Madrid,no hace mucho, solo en su cuarto y sin consentir comunicación con sufamilia. Movido de los ruegos de ésta, fuele a visitar un amigo, y en eldesorden de su cuarto notó entre otras cosas que no debía de hacer nuncasu cama; tal estaba ella de malparada.

—¿Pero es posible, señor don Braulio—le dijo el amigo al loco,—esposible que ni ha de consentir usted que hagan su cama, ni la ha dehacer usted, ni?....

—No, amigo, no; es mi sistema.

—¿Pero qué sistema?

—Tengo razones.

—¿Razones?

—No, amigo—respondió el loco,—no haré mi cama, no la haré,—yacercándosele al oído, añadió con aire misterioso;—«no la hagas y no latemas».

A este refrán se atienen, sin duda, nuestros cómicos cuando no hacen unacomedia.

No hacemos la comedia, dicen como el loco, porque «no la hagasy no la temas».

Pues tan comedido como con los teatros, he de ser, poco más o menos, contodas las demás cosas. Ni pudiera ser de otra suerte; en política, sobretodo, y en puntos que atañen al gobierno, ¿qué pudiera hacer unperiodista sino alabar? Como suelen decir, esto se hace sin gana, y siya desde hoy no nos soltamos a encomiarlo todo de una vez, es porquesomos como cierto sujeto de Ubeda, cuyo caso no he de callar por vidamía, mas que en cuentos y relatos me llame el lector pesado.

Había llamado el tal a un pintor, y mandándole hacer un cuadro de lasOnce mil vírgenes, y el contrato había sido darle un ducado por virgen,que por cierto no fue caro. Llevó el pintor el cuadro al cabo de ciertotiempo, pero era claro que ni cupieran once mil cuerpos en un lienzo, nihabía para qué ponerlas todas; había, pues, imaginado el pintor de Ubedafigurar un templo de donde iban saliendo, y así sólo podrían contarsealguna docena en primer término, dos o tres docenas en segundo, einfinidad de cabezas que de las puertas salían. Contó callandito elaficionado a vírgenes las que alcanzaba a ver, y preguntole en seguidaal artista cuánto valía el cuadro conforme al contrato. Respondioleaquel, que claro estaba: que once mil ducados.

—¿Cómo puede ser eso?—le repuso el que había de pagar,—si aquí nocuento yo arriba de cien cabezas.

—¿No ve vuestra merced—contestó el pintor,—que las demás están en eltemplo y por eso no se ven? Pero...

—¡Ah! pues entonces—concluyó el aficionado,—tome vuestra merced porhoy esos cien ducados que corresponden a las que han salido, y conrespecto a las demás yo se las iré pagando a vuestra merced conformevayan saliendo.

Vaya, pues, haciendo nuestro ilustrado gobierno de las suyas, queconforme ellas vayan saliendo, nosotros se las iremos alabando.

Así que, me iré muy a la mano en estas y en todas las materias, y antesde pronunciar que hay una sola cosa reprensible, veré cómo y cuando, y aquien lo digo, asegurando desde ahora que no sé qué ángel malo meinspira esta maldita tentación de reformar, y que entro en estaobligación con la misma disposición de ánimo que tiene el soldado que vaa tomar una batería.

UNA PRIMERA REPRESENTACIÓN

En los tiempos de Iriarte y de Moratín, de Comella y del abate Cladera,cuando divididas las pandillas literarias se asestaban de librería alibrería, de corral a corral, las burlas y los epigramas, la primerarepresentación de una comedia (entonces todas eran comedias o tragedias)era el mayor acontecimiento de la España. El buen pueblo madrileño, acuyos oídos no habían llegado aún, o de cuya memoria se habían borradolas encontradas voces de tiranía y libertad, hacía entonces la vistagorda sobre el gobierno. Su Majestad cazaba en los bosques del Pardo, oreventaba mulas en la trabajosa cuesta de la Granja; en la corte seintrigaba, poco más o menos como ahora, si bien con un tanto más dehipocresía; los ministros colocaban a sus parientes y a los de susamigos; esto ha variado completamente; la clase media iba a la oficina;entonces un empleo era cosa segura, una suerte hecha; y el honrado, elheroico pueblo iba a los toros a llamar bribón a boca llena a Pepe-Hilloy Pedro Romero cuando el toro no se quería dejar matar a la primera.Entonces no había más guerra civil que los famosos bandos yparcialidades de chorizos y polacos. No se sospechaba siquiera que podíahaber más derecho que el de tirar varias cáscaras de melón a unmorcillero, y el de acompañar la silla de manos de la Rita Luna, devuelta a su casa desde el teatro, lloviendo dulces sobre ella. Enaquellos tiempos de tiranía y de inquisición había, sin embargo, máslibertad; y no se nos tome esto en cuenta de paradojas, porque al finse sabía por dónde podía venir la tempestad, y el que entonces la pagabaera por poco avisado. En respetando al rey y a Dios, respeto queconsistía más bien en no acordarse de ambas majestades que en otra cosa,podía usted vivir seguro sin carta de seguridad, y viajar sin pasaporte.Si usted quería escribir, imprimía y vendía cuanto a mientes se leviniese, y ahí están si no las obras de Saavedra, las del mismo Comella,las de Iriarte, las de Moratín, las poesías de Quintana, que escritas ennuestros días no podrían probablemente ver en muchos años la luzpública. Entonces ni había espías, ni menos policía: no lo ahorcaban austed hoy por liberal y mañana por carlista, ni al día siguiente porambas cosas: tampoco había esta comezón que nos consume de ilustración yprosperidad: el que tenía un sueldo se tenía por bastante ilustrado, yel que se divertía alegremente se creía todo lo próspero posible. Yesto, pesado en la balanza de las compensaciones, es algo sin duda.

Había otra ventaja, a saber, que si no quería usted cavar la tierra, niservir al rey en las armas, cosas ambas un si es no es incómodas; si noquería usted quemarse las cejas sobre los libros de leyes o de medicina;si no tenía usted ramo ninguno de rentas donde meter la cabeza, nihermana bonita, ni mujer amable, ni madre que lo hubiese sido; si nopodía usted ser paje de bolsa de algún ministro o consejero, decía ustedque tenía una estupenda vocación; vistiendo el tosco sayal tenía ustedsu vida asegurada, y dejando los estudios, como fray Gerundio, se metíausted a predicador. El oficio en el día parece también haber perdidoalgunas de sus ventajas.

Por nuestros escritos conocerán nuestros lectores que no debemosalcanzar esos tiempos bienaventurados. Pero ¿quién no es hijo dealguien en el mundo? ¿Quién no ha tenido padres que se lo cuenten?

Entonces, en el teatro se escuchaban pocas silbas, y el ilustradopúblico, menos descontentadizo, era a la par más indulgente. Lo que poraquellos tiempos podía ser una primera representación, lo ignoramoscompletamente; y como no nos proponemos pintar las costumbres denuestros padres, sino las nuestras, no nos aflige en verdad demasiadoesta ignorancia.

En el día, una primera representación es una cosa importantísima para elautor de...

¿de qué diremos? Es tal la confusión de los títulos y de lasobras, que no sabemos cómo generalizar la proposición. En primer lugar,hay lo que se llama comedia antigua, bajo cuyo rótulo general secomprenden todas las obras dramáticas anteriores a Comella; de capa yespada, de intriga, de gracioso, de figurón, etc.; hay, en seguida, eldrama, dicho melodrama, que fecha de nuestro interregno literario,traducción de la Porte Saint-Martin como El Valle del Torrente, ElMudo de Arpenas, etc.; hay el drama sentimental y terrorífico, hermanomayor del anterior, igualmente traducción, como La huérfana deBruselas; hay después la comedia dicha clásica de Molière y Moratín,con su versito asonantado o su prosa casera; hay la tragedia clásica,ora traducción, ora original, con sus versos pomposos y sucorrespondiente hojarasca de metáforas y pensamientos sublimes de sangrereal; hay la piececita de costumbres, sin costumbres, traducción deScribe: insulsa a veces, graciosita a ratos, ingeniosa por aquí y porallí; hay el drama histórico, crónica puesta en verso o prosa poética,con sus trajes de la época y sus decoraciones ad hoc, y al uso detodos los tiempos; hay, por fin, si no me dejo nada olvidado, el dramaromántico, nuevo, original, cosa nunca hecha ni oída, cometa queaparece por primera vez en el sistema literario con su cola y sus colasde sangre y de mortandad, el único verdadero; descubrimiento escondido atodos los siglos y reservado sólo a los Colones del siglo XIX. En unapalabra, la naturaleza en las tablas, la luz, la verdad, la libertad enliteratura, el derecho del hombre reconocido, la ley sin ley.

He aquí que el autor ha dado su última mano a lo que sea; ya lo hacercenado la censura decentemente; ya la empresa se ha convencido de quese puede representar y de que acaso es cosa buena.

Entonces los periodistas, amigos del autor, saben por casualidad lapróxima representación, y en todos los periódicos se lee, entre lasnoticias de facciosos derrotados completamente, la cláusula que sigue:

«Se nos ha asegurado, o sabemos (el sabemos no se aventura todos losdías), que se va a poner en escena un drama nuevo en el teatro de...(por lo regular del Príncipe). Se nos ha dicho que es de un autor muyconocido ya ventajosamente por obras literarias de un méritoincontestable. Deben desempeñar los principales papeles nuestra célebreseñora Rodríguez y el señor Latorre. La empresa no ha perdonado medioalguno para ponerlo en escena con toda aquella brillantez que requieresu argumento; y tenernos fundados motivos (la amistad nadie ha dicho queno sea motivo, ni menos que no sea fundado) para asegurar que el éxitocorresponderá a las esperanzas y que por fin el teatro español, etc.», yasí sucesivamente.

Luego que el público ha leído esto, es preciso ir al café del Príncipe;allí se da razón de quién es el autor, de cómo se ha hecho la comedia,de por qué la ha hecho, de que tiene varias alusiones sumamentepicantes, lo cual se dice al oído; el café del Príncipe, en fin, es elmemorialista, el valenciano del teatro.

—¿Ha visto usted eso del drama que trae La Revista?

—¿Qué drama es ese?

—No sé.

—Sí, hombre: si es aquel que estaba componiendo...

—¡Ah! sí. ¡Hombre, debe ser bueno!

—Precioso.

—¿Cómo se titula?

—¡ Fulano!

—¿A secas?

—No sé si tiene otro título.

—Es regular.

—¿Cuántos actos?

—Cinco, creo.

—No son actos—dice otro.

—¿Cómo? ¿No son actos?

—Sí, son actos; pero... yo no sé.

—¡Ah! sí.

—¿Y muere mucha gente?

—¡Por fuerza! Dicen que es bueno.

—¡Gustará!—dicen en otro corrillo.

—Hombre, eso, como este público es así... yo no me atrevería... pero miopinión es que o debe alborotar, o le tiran los bancos.

—¡Hola!

—No hay medio. Hay cosas atrevidas, ¡pero qué escenas! Figúrese ustedque hay uno que es hijo de otro.

—¡Oiga!

—Pero el hijo está enamorado... Deje usted: yo no me acuerdo si es elhijo o el padre el que está enamorado. Es igual. El caso es que luego sedescubre que la madre no es madre; no; el padre es el que no es padre;pero hay un veneno, y luego viene el otro, y el hijo o la madre matan alpadre o al hijo.

—¡Hombre! Eso debe ser de mucho efecto.

—¡Ya lo creo! Y hay una tempestad y una decoración obscura, tétrica,romántica...

en fin, con decirle a usted que la dama ayer en el ensayono podía seguir hablando.

—¡Ui!

Si la cosa es por otro estilo, aunque ahora no hay cosas por otroestilo:

—Es bonita—dicen,—sólo que es pesada; pero a mi me hizo reír muchocuando la leí; es clásica, por supuesto; pero no hay acción; no sucedenada.

El autor, entretanto, se las promete felices, porque en los ensayos hanconvenido los actores (que son muy inteligentes) que hay una escena quelevanta del asiento; sólo se teme que el galán, que ha creído que elpapel no es para su carácter, porque no es de bastante bulto, le hagacon tibieza; y el segundo gracioso, no ha entendido una palabra delsuyo, no hay forma de hacérselo entender. Por otra parte, una dama estáun poquillo ofendida porque la protagonista, que nació demasiado pronto,tiene más años de los que ella quiere aparentar. Y los segundos papelesestán en malas manos, porque como aquí no hay actores...

Esto sin embargo, los ensayos siguen su curso natural; el autor seconsume porque los actores principales no dicen su papel en el ensayo,sino que lo rezan entre dientes.

—Un poco más energía—se atreve a decir el autor en ademán de pedirperdón.

—No tenga usted cuidado—le responden;—a la noche verá usted.

Con esto, apenas se atreve a hacer nuevas advertencias; si las hace,suele atraerse alguna risilla escondida; verdad que, a veces, el autorsuele entender de representar menos todavía que el actor.

—¿Qué saco yo en la cabeza?—le pregunta una joven.—¿Diadema?

—No es necesario.

—Como soy...

—No importa, se va usted a acostar cuando sucede el lance.

—Es verdad.

—Y yo, ¿qué saco en las piernas?

—La época, el calzón ajustado, pie y brazo acuchillados.

—Es que no tengo.

—Sí, tienes—dice un compañero,—el calzón que te sirvió para Dido.

—Ya; pero eso debe ser otra época.

—No importa: le pones cuatro lazos y es eso.

—Yo saco peluca rubia—dice el gracioso.

—¿Por qué rubia?

—No tengo más que rubias; todas las hacen rubias.

—Bien; así como así la escena es en Francia.

—¡Ah, entonces!... los franceses son rubios.

—¿Y calva, por supuesto?

—No, hombre, no: si no tiene usted más que cincuenta años.

—Es que todas mis pelucas tienen calva.

—Entonces saque usted lo que usted quiera.

—Yo necesito un retrato, ¿qué saco?—dice otro.

—No, un medallón: cualquier cosa: desde fuera no se ve.

Arreglado ya lo que cada uno saca, se conviene en que las decoracionesharán efecto, porque se han anunciado como nuevas: la del pabellón de laExpiación, en poniéndole cuatro retratos, es romántica enteramente, y sise añaden unas armas, no digo nada; un gabinete de la Edad Media; la detal otra comedia, en abriéndole dos puertas laterales, y en cerrándolela ventana, es el cuarto de la dama.

Si hay comparsas, se arma una disputa sobre si se deben afeitar o no; sitienen que afeitarse, es preciso que se les den dos reales más; ¿se hande poner limpios de balde?

Para conciliar el efecto con la economía, seconviene en que los cuatro que han de salir delante se afeiten; los queestán en segundo término, o confundidos en el grupo, pueden ahorrarselas navajas. Si deben salir músicos, es obra de romanos encontrarlos;porque es cosa degradante soplar en un serpentón, o dar porrazos a unpergamino a la vista del público; cuando van por la calle o de casa encasa, entonces nadie los ve.

Por fin, ha llegado la noche: merced a los anuncios de los periódicos yde los carteles, en los cuales se previene al público que si se tarda enlos entreactos es porque hay que hacer, y que como la función es larga,no admite intermedio ni sainete; merced a estas inocentes estratagemas,se acaban los billetes al momento, y a la tarde están a dos, tres duroslas lunetas. El autor ha tomado los suyos, y los amigos, que han comidocon él, le tranquilizan, asegurándole que si el drama fuera malo se lohubieran dicho francamente en las repetidas lecturas que se han hechopreviamente en casa de éste o de aquél. Todo lo contrario: se hanextasiado: y no es decir que no lo entiendan.

El buen ingenio anda aqueldía distraído; no responde con concierto a cosa alguna; reparte algunosapretones de manos, lo más expresivos posible, a cuenta de aplausos, yestá muy modesto; se cura en salud; refuerza alguna sonrisa paracontestar a los muchos que llegan y le dicen embromándole, sin temor deDios:

—Conque hoy es la silba; voy a comprar un pito.

—¡Las seis! es preciso asistir al vestuario.

—¿Qué tal estoy?

—Bien: parece usted un verdadero abate; dese usted más negro en esamejilla; otra raya; es usted más viejo. Usted sí que está perfectamente,señor, y cierto que daría los mejores trozos de mi comedia por ser elgalán de ella, y hacer el papel con usted. Se me figura que está frío elsegundo galán.

—¡Ah! no; ya lo verá usted; ahora está bebiendo un poco de ponche paracalentarse.

—¿Sí, eh? ¡Magnífico! No se le olvide a usted aquel grito en aquelverso.

—No se me olvida, descuide usted; aturdiré el teatro.

—Sí, un chillido sentido: como que ve usted al otro muerto. Conquesalga como en el penúltimo ensayo, me contento. Alborota usted con esegrito. ¡A mí me estremeció usted, y soy el autor!...

—¡La orden! ¡La orden!—gritan a esta sazón.

—¿Cómo la orden?—exclama el autor asustado.—¿La han prohibido?

—No, señor, es la orden para empezar; habrá venido Su Alteza.

—Suena una campanilla. ¡Fuera, fuera! y salen precipitadamente de laescena aquella multitud de pies que se ven debajo del telón.

—¡Cuidado con los arrojes, señor autor!—dice un segundo apuntetomándolo de un brazo.

—¿Qué es eso?

—Nada; los arrojes son cuatro mozos de cordel que hacen subir el telón,bajando ellos colgados de una cuerda.

Se oye un estruendo espantoso: se ha descorrido la cortina, y el ingeniose refugia a un rincón de un palco segundo, detrás de su familia o desus amigos, a quienes mortifica durante la representación con repetidasinterrupciones. Tiene toda la sangre en la cabeza, suda como cavador,cierra las manos, hace gestos de desesperación cuando se pierde unactor.

—Si lo dije, si no sabe el papel.

—¿Silban?

—¿Qué murmullo es ese?

—Bien, bien; este aplauso ha venido muy bien ahí: esto va bien; esetrozo tenía que hacer efecto por fuerza.

—¡Bárbaros! ¿Por qué silban? Si no se puede escribir en este país;luego, la están haciendo de una manera... Yo también la silbaría.

En el auditorio son las expresiones fugitivas.