Espasmo by Federico De Roberto - HTML preview

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—Es difícil. Porque yo tengo la costumbre de dar forma literaria alpensamiento, usted encuentra probablemente en mis palabras laexageración del artista. ¿No ha sospechado usted ya que he recurrido alos artificios del arte para expresarle mis sentimientos?

Era verdad. Por más que Ferpierre se inclinara a compadecersesinceramente del dolor de Vérod, desconfiaba de él. Aquel hombre parecíamejor que sus obras, pero su arte era demasiado amargo y desesperado.Del más noble y eficaz instrumento, de la palabra, se servía para unaobra disolvente.

¿Cómo creer en su bondad?

—No digo—contestó el juez, sorprendido, mal de su grado, por

elclarovidente

temor

del

joven,—no

digo

que,

deliberadamente, conestudio, se hubiera usted dedicado a seducirla. Pero todos loshombres...

—No crea usted que yo sea un hombre distinto de los demás—

interrumpióVérod.—La naturaleza de cada uno de nosotros es doble, y las fuerzasmorales están latentes hasta en los espíritus incultos: para que puedanobrar se necesita que sean educados y guiados por otros espíritusnaturalmente mejores y más fuertes.

Aquel ser me reveló cosas que yoignoraba. Si usted cree en la verdad, la verdad es ésta...

Y con voz trémula, fija la vista en el suelo, le refirió la historia desu amistad con la Condesa. El magistrado le escuchaba con atención másindulgente; pero todavía le quedaba el temor de que por vengar a lamuerta y perder al rival, el acusador callara alguna circunstancia y seexhibiera mejor de lo que era en realidad.

—Usted abrigaba, pues, una esperanza, por débil y remota que fuera.Pero ¿cómo no pensó usted que para ella era motivo de temor lo que parausted era motivo de esperanza? Un nuevo vínculo amoroso tenía queenvilecerla.

Roberto Vérod miró a su interrogador cara a cara.

—Yo quería hacerla mi mujer ante Dios y los hombres.

Ferpierre hizo un movimiento de cabeza con el que parecía indicar que ental caso retiraba su observación.

—Pero—repuso,—ella quería ser digna del respeto de usted y no podíaesperar conseguirlo sin la aprobación de su propia, conciencia. Noteusted que lo que atenuaba la ilegalidad de sus relaciones con elPríncipe, era precisamente la idea, la certidumbre de estar unida con élirrevocablemente. Y al dejarlo, aun cuando fuera para contraer unaunión legítima, ¿no había de ver que contrariaba esa idea y destruíaaquella certidumbre? El obstáculo, si usted cree en la rectitud del almade la Condesa, debió parecerle enorme. ¿No es cierto?

Vérod no contestó. Francisco Ferpierre vio que había acertado el golpe.

—Considere usted que el camino en que se había aventurado no teníasalida—continuó el juez al cabo de una pausa.—La única esperanzalícita para ella era que el Príncipe, reconociendo sus propias faltas yrepudiando la obra cruenta a que se había consagrado, correspondiese porfin al amor y a la confianza que ella había puesto en él. Entonces, esehabría sido el rescate de su pasión: aunque mala en su origen, habríadurado largo tiempo y producido un efecto bueno. Sin duda ya era tarde,pero aunque no pudiera seguir amándole, debemos creer que habría vividociertamente tranquila, si no serena. Fuera de eso, no existía el bienpara ella. Cuanto más débil era a los ojos del mundo la palabra que launía a aquel hombre, tanto más fuerte debía ser para su conciencia;puesto que faltaba a esa unión la sanción social y sagrada, más fuertetenía que ser la sanción moral. No obstante los desengaños, los dolores,los ultrajes sufridos por ella, debía permanecer fiel a aquel que habíaaceptado como compañero de su vida. ¿Acaso las faltas del marido, porextremadas que sean, autorizan a la esposa desgraciada a buscar lafelicidad con otros hombres? Si piensa usted en que el sentimiento deeste deber existía en ella reforzado por el empeño de demostrar a eseincrédulo el poder de los escrúpulos escarnecidos por él, reconocerá quela muerte debía presentársele de nuevo y fatalmente como el término desu desventura. Para creer que pudiera consentir en unirse con usted,debe usted admitir que sus escrúpulos no fueron muy sinceros... quefuesen, más bien dicho, muy débiles. Yo sé que la pasión razona dediferente manera; que, según el criterio común, nada debe resistir a lafuerza de amor; pero si esto puede ser cierto en algún caso, lo serátratándose de un amor primero, único: la continua renovación desemejantes triunfos no se efectúa sino a costa de la dignidad, delrespeto, del honor, de una cantidad de otras cosas que importanmuchísimo en sí mismas.

La amiga de usted había seguido ya su camino,extraviada con no prestar oídos más que a la voz del amor, y si en elfondo de su alma existía el laudable sentimiento del rescate que seproponía operar, no por eso dejaba de comprender que había errado.

Elamor de usted tenía que hacerla ver el abismo ya presentido por ella.Usted mismo con la confianza y la única esperanza de poderla hacer suyaun día, la empujaba hacia ese abismo. Quería usted hacerla su esposa;pero ¿era verosímil que, incitados ambos por la pasión y dadas lascondiciones en que ella se encontraba, hubieran sabido esperar? Queríausted entrar en la vía recta, pero, ¿no habría sucedido que,infaliblemente, se dirigieran los dos juntos por el camino extraviado?¿No había ella de prever que le iba a ser imposible resistir?... Ustedes poeta; usted conoce la vida, usted estudia el corazón de los hombres¿de qué le sirve su arte, si no le hizo ver anticipadamente todo esto?

El juez había hablado con mucha severidad. Roberto Vérod guardabasilencio, inclinada sobre el pecho la cabeza.

—Pero volvamos a lo que urge por el momento; ¿no me ha dicho usted quela vio la víspera de su muerte?

—Sí, por la tarde.

—¿En su casa?

—Sí.

—¿Qué le dijo usted?... ¿La habló usted de su amor?

Viendo que Vérod vacilaba en contestar, el magistrado insistió:

—Es necesario, repito, que usted sea sincero. El hecho que parezcamenos importante, una palabra, una nonada, pueden ponernos en el caminode la verdad. Si la pasión impulsa a usted a castigar a un asesino, laconciencia debe recordarle que la justicia no reconoce pasiones. ¿Lahabló usted de su amor?

—Sí.

Y Roberto Vérod temblaba.

El último coloquio con su amiga, el más apasionado, el más íntimo, aquelcoloquio después del cual había esperado con nuevo fervor, era para élla prueba de más peso contra los asesinos. ¿Podía pensar jamás en lamuerte de la mujer que lo había dejado hablar de un porvenir mejor? PeroVérod comprendía que, según las inducciones del magistrado, el valor deaquella prueba resultaba invertido; que la contemplación de una próximafelicidad, en la que creía, pero que sentía no poder alcanzar, erajustamente lo que la había determinado a dar el último paso. Y si elmagistrado tenía razón, la severidad de sus palabras estaba justificada;pero más aún que la severidad de aquel hombre, lo confundía de maneraindecible la íntima conciencia del mal causado al ser por quien él debíay había querido velar con todas sus fuerzas. Ya no gritaba de dolor,como la víspera; pero sentía una mano de hierro que le oprimía, leestrujaba y retorcía el corazón: se ahogaba, las palabras expiraban ensus labios, pues tenía que decir la verdad y comprendía que ésta se ibaa volver en su contra.

—Sí, la hablé de mi amor... Hablamos de la nueva estación, del frío quepronto nos ahuyentaría de aquí... Yo quería saber adonde pensaba ir,dónde y cuando podría verla otra vez. Ella me dijo: «No sé todavíaadonde iré: tal vez a Niza, tal vez a Biarritz.

¿No será mejorignorarlo, por usted y por mí?...»

—¿Ve usted?... ¿Y después?

—Yo la dije: «Sea como usted quiera. De lejos, de cerca, piense usteden que mi vida es suya...» Ella cerró los ojos. Yo continué: «Es laverdal. ¿Debería ocultarla? ¿No me ha enseñado usted a decir siempre laverdad? Por otra parte, ¿no la sabe usted ya?...» Ambos nos callamos. Elcielo se había obscurecido: ella miraba los vapores grises que subíanpor las cuestas de las montañas y envolvían la vegetación: miraba ellago gris y encrespado, que parecía de plomo; los árboles se doblegabanal impulso del viento, perdían sus primeras hojas. Yo la acompañabamentalmente en su pensamiento elegíaco delante de la visión otoñal. Ledije: «El color que parece del cielo está en nuestros ojos: el azul esnegro en la tristeza; en la alegría, el gris es celeste.» Una nubeazulina cruzaba por entre los vapores que rodeaban la montaña y parecíaun trozo de cielo. Ella contestó:

«Sí, pero ese es un engaño: el cieloestá cerrado.» Yo repliqué:

«Pronto se abrirá.» Poco a poco se fuecubriendo todo el paisaje, todos los colores habían desaparecido, no seveían otros tonos que el del blanco y el del negro: las montañas negras,el agua plomiza,

la

espuma

plateada;

las

nubes

cenicientas,

albasnubecillas, nubecillas pálidas, nubes de color de hierro.

Ella dijo:«¿No parece una acuarela?» Yo aprobé, y luego añadí:

«En esto hay tantabelleza como cuando el sol resplandece.»

Seguí hablando. Agregué que unaluz interior iluminaba mi vida entera, que mis ojos no veían ya portodas partes más que formas de la belleza. Su pálida hermosura era eneste momento maravillosa, parecía reflejar toda la palidez de laNaturaleza que nos rodeaba. La tomé de una mano. Un calor de vida setransmitía de esa mano a todo mi cuerpo. Ella la retiró, palideciendomás. Yo no dije nada, pero el llanto se me agolpó a los ojos. Ella medijo: «Comprenda usted que tenemos que separarnos.» Mi respuesta fue:«Su voluntad será cumplida siempre. Si usted quiere, mañana partiré.Esperaré desde lejos. Y

si usted quiere que no espere, que no alimentemás esperanzas, trataré de olvidarla. Difícil ha de ser destruir laesperanza que rige nuestra vida; y piense usted que mi placer, miorgullo, mi vanidad, consisten en ser tal como usted desea...» Todohabía desaparecido de nuestra vista: la blancura de las nubes, lanegrura de los montes se borraban y se confundían en un gris uniforme.La lluvia comenzaba a caer. Ella se estremeció. Yo volví a tornar sumano. Quería decirla que ese era el último saludo, que podía dejar sumano en la mía por última vez. No pude hablar. Ella no retiraba la mano,y yo seguía sin pronunciar una sílaba: un tumulto de ideas meconfundían...

—¿No notaba usted la terrible lucha que ella sentía en su interior?

Al oír esta interrupción, Vérod movió vivamente la cabeza.

—No sé, no sé... Demasiados pensamientos me asaltaban, y querían salira un tiempo, pero una idea me preocupaba sobre todas las demás: «Sihablo va a retirar su mano.» El velo de niebla se iba evaporando ya, ycuando el lago aparecía, las olas espumosas que se alzaban y sedeshacían en seguida, producían la misma impresión que dejan lasascensiones rápidas, aturdidoras. Un trozo de cielo se mostró, como unasonrisa. Yo la dije: «¿Ve usted el firmamento azul?...» Ella se levantó.

—¿Y después?—preguntó el juez al ver que el narrador se callaba.

Lo que el joven tenía que decir debía ser más grave, tenía que sercontrario a la acusación, para que lo hiciera interrumpir así su relato.

—¿Y después? ¡Diga usted todo; es preciso decirlo todo!

—Ella habló del otro. Yo sabía que ya no era el amor, sino el deber loque la ligaba a él. Al levantarse me dijo estas palabras:

«Yo no merezcoel amor de usted. La sinceridad que aplaudo y exijo a otros me hafaltado a mi. Usted sabe, y yo le he dicho, que no soy libre... Pero elhombre con quien estaba unida me había dejado, usted no le veía a milado, ambos podíamos creer que no volvería más. Ahora... está aquí. Siusted quiere que yo continúe estimándole, no me diga más nada...»

—¿Ve usted? ¿Ve usted?

—Yo la contesté: «Sea como usted quiera; pero ese hombre le va a dejara usted otra vez...»

—¿Ve usted? ¿Ve usted?—repitió el magistrado.—Si usted la dijo esaspalabras con el duro acento que usted me las refiere,

¿no pensó ustedque el odio que usted manifestaba tener a Zakunine debía inspirarlemiedo?... ¿No era natural que se dijese que, a pesar del respeto queusted la tenía, su afecto por ella disminuiría ante la idea de que en elhecho pertenecía al Príncipe? ¿Y qué contestó?...

Vérod había inclinado la frente. Bajando mucho la voz, dijo:

—Ocultó su rostro entre las manos.

—¿Y no se dijo usted en ese momento que ella tenía razón; que entreusted y ella el amor estaba condenado a una triste vida?

¿No comprendióusted que era necesario dejar a aquella mujer entregada a su destino, afin de evitar uno peor?

—¡No diga usted eso!—prorrumpió Vérod, fijando una mirada entrehumilde y ardiente en el rostro del magistrado.—¡No diga usted eso!...Yo no sé, no puedo decir a usted lo que sentí... Sí, tal vez, esa idea,y otras menos definibles, ocupaban mi mente: pero yo la amaba, veía queella pensaba en mí, que sufría por mí, y huir, dejarla sola, no decirlael ímpetu de mi gratitud, de mi ternura, de mi compasión; no decirla quetemblaba por ella, que quería morir por ella, no mezclar mis lágrimascon las suyas,

¡eso era imposible!

—¿Y la dijo usted eso?

—Debía decírselo. Ella me oyó. El temporal había terminado, el solresplandecía sobre la lozana verdura. La dije que la tempestad de suvida se tenía que calmar algún día, y que ese día yo sería aún suyo.Ella suspiró: «¡Si nos hubiéramos conocido antes!...» Yo seguí hablando.Nada la pedía, pero deseaba y debía decirla que en el mundo nada hayirreparable; que esta vida sería verdaderamente demasiado amarga si laesperanza no la hiciera soportable. Otra cosa más cierta la dije, unacosa muy triste: que hay más gozo en la expectación que en la obtención;que por eso la esperanza es el mayor bien. La pregunté: «¿No cree ustedque es así?» Y ella me contestó: «Sí.»

Esta palabra, la palabra delasentimiento, fue la última que me dijo.

Ferpierre dejó que el eco de aquella voz apasionada se perdiera. Ycruzando los brazos sobre el pecho, habló lentamente, después de unbreve silencio:

—Resumamos. Todavía no tenemos testimonios que nos iluminen con laverdad, pero quiero creer que de un momento a otro se podrá hallar laprueba irrecusable de la acusación formulada por usted. Quiero concederque cuando hayamos leído la carta dirigida a sor Ana Brighton, en esahoja escrita por la Condesa dos horas antes de su muerte, encontraremosque no solamente no hablaba de morir, sino que, por el contrario,expresaba su certidumbre de una felicidad inmediata.

Pero hoy por hoy,si la lógica ha de valer algo, tenemos que creer en el suicidio.

Como Vérod no contestara y siguiera mirándole tímidamente, el juezcontinuó:

—Ese último coloquio, cuya importancia no quiere usted reconocer, essuficiente para explicar la catástrofe. Yo presentía que entre ustedesdebía haber ocurrido algo que a los ojos de ella fuera un obstáculo quese cruzaba en su camino. Si la desgraciada se había forjado ilusionessobre la posibilidad de una amistad pura, las últimas palabras de usteddebieron desengañarla. Todos los argumentos que usted la adujo, sonsofismas consuetudinarios de la pasión. Usted nada la pedía: lo mismohabía dicho el hombre por quien ella se perdió. La lógica de la vidaera, en realidad, la que éste le había revelado con crudeza: «Quientiene hambre debe saciarla.» Si es verdad que la esperanza es el mayorbien, no gozamos de él sino mientras creemos seguir el objeto: nadie enel mundo se consuela imaginándose un bien que jamás obtendrá.Lógicamente, necesariamente, la Condesa debía caer en un nuevo error. Ydigo error, aunque también podría decir culpa. Yo no dudo de la honradezde las intenciones de usted; pero su debilidad y la de ella, habríanhecho que, llegado el momento, cayeran en el olvido. El ardor del deseoimpulsaba a usted a contraer un compromiso del que forzosamente sehabría arrepentido después.

Y aun sin la previsión del arrepentimientode usted, ella veía cerrado a su paso el camino que conducía al nuevogozo. Todas estas ideas que la desgraciada había examinadodetenidamente, debían presentársele con mayor urgencia, másimpertinentes, más funestas después de lo que usted la dijo. ¿Quémomento escogió usted para hablar? El más grave. El hombre con quienestaba ligada volvía a su lado, y se había reformado: tenemos ladeclaración de Julia Pico, de la que resulta que el Príncipe comenzaba aportarse mejor con ella. Si, pues, la Condesa había podido pensar antesque sus vínculos con el Príncipe se habían desatado con el abandono enque éste la había dejado, ya en ese momento no podía considerarse libre.El deber de continuar con el hombre a quien se había entregado parasiempre, y que demostraba por fin saber apreciar su amor, ese debertenía que surgir de nuevo más imperioso. Al dejar a un hombre que latraicionaba, podía haber encontrado alguna justificación, y, además,éste no había de echarle en cara la instabilidad de aquella fe a quehabía querido convertirle: por otra parte, en el caso de que hubieraquerido dirigirla algún reproche, ella habría sabido cómo contestarle,dadas las circunstancias. Pero abandonándole cuando él volvía en subusca, habría sido doblemente culpable. Y seguir con él era cosa que nopodía hacer, pues ya no le amaba; su amor era para usted. Y en los ojosde usted, en su voz, donde al principio, cuando estaba sola, había leídoúnicamente el amor y la compasión hacia ella, vio de improviso palpitarel odio contra el hombre que se presentaba a impedir la felicidadambicionada.

Entonces, no sólo pensó en que iba a perder en la estima deusted, sino que temió también ser causa de otros males al empujar a doshombres a odiarse, probablemente a matarse.

Pocas horas después desemejante tempestad moral, aquella mujer, que además se hallaincurablemente enferma, cuyo pecho está atacado de un mal sin remedio,que no tiene a nadie en el mundo, ni padre, ni hermano, aleja con unpretexto a la compañera que siempre ha velado por ella, y en seguida laencontramos muerta, con una arma al lado, el arma que la pertenecía,que ella misma guardaba el arma con que ya había pensado buscar elúltimo reposo: ¡yo tengo que decir, usted tiene que reconocer que esamujer se ha matado!

Ferpierre había hablado con mayor dureza aún, cual si el hombre que sehallaba en su presencia fuera el acusado, no el acusador. Y la actitudde Roberto Vérod era la de un culpable: inclinada la frente, una mano enel pecho, parecía doblegarse bajo el peso de la reprobación de losdemás, de su propio remordimiento.

—¿Nada dice usted? ¿No reconoce usted la justicia de mis razonamientos?

—¡No!—prorrumpió el joven, levantándose de un salto y casi en actitudde desafío.—¡No es así! ¡Yo no puedo creerlo, jamás lo creeré!... Esasfueron sus ideas, cierto; pero sobre sus ideas de muerte, más alto, máspotente, debía estar y estuvo, el pensamiento de la vida y del amor. Amí tampoco me habría costado nada darme la muerte antes de conocerla. Yotenía razones para odiar la existencia...

—¿Las mismas razones que se la hacían odiar a los veinte años?

Perpierre dijo estas palabras casi movido por un ímpetu inconsciente.Aunque la severidad de su cargo debía impedirle recordar sus antiguasrelaciones con el acusador, una instintiva curiosidad por saber si eljoven se acordaba todavía de él, lo hacía invocar lo pasado.

—Las mismas—contestó Vérod, mirándole en los ojos;—pero más urgentes,más desconsoladoras que las que usted recuerda.

Usted me conoce, ¿no escierto? Yo también lo he reconocido en el acto. Usted sabe que yo videmasiado temprano la miseria, el vacío, el horror de la vida.

—¿Por qué causas? ¿Es usted pobre? ¿Ha sufrido usted injusticias de loshombres o del destino? ¡Sí, me acuerdo de usted; pero no sé, ni cómo ibaa saber lo que le han hecho!

El magistrado experimentaba una especie de placer en hostigar alpesimista, en obligarle a reconocer su error.

—Nada me han hecho. Pero yo lloraba por todo. Estaba enfermo, sí, nocabe duda: pero enfermo del alma, no del cuerpo.

Ella fue mi salvación.Después de haberla visto me sentí renacer.

Tal es el poder del amor: lasola existencia de un ser amado es una razón, la más poderosa razón paravivir.

—¿Y eso es verdad, tratándose de cualquier amor?

—¡No me hable usted de los obstáculos! Sí; yo odio, yo execro, yoquerría, como ya he querido, matar al hombre que me la arrebató, y elodio transpira en mis palabras. Sí; ella me dijo lo que usted hapensado, todo lo que el razonamiento ha hecho a usted descubrir, ycomprendiendo que la existencia de ese hombre era un obstáculo paranuestra felicidad, la hablé de mi odio. El amor, el amor recíproco creceen presencia de los obstáculos, trata de apartarlos, no cede. El amoraguarda, mantiene esperanzas. Es verdad: ella tembló cuando me oyóhablar así, pero eso no le impidió reconocer que podía, que debíaesperar. Todavía no he dicho a usted todo lo que medió entre nosotros.Dos días antes de nuestra última entrevista, la acompañé al monteChesand; bebimos en una fuente; yo después que ella hubo bebido, apuréde su copa el agua que había dejado: me pareció que oprimía sus labioscon los míos. Ayer cuando me autorizó a esperar, la tomé una vez más lamano, y se la besé con avidez. Ella se estremeció, pero no la retiró. Yoconocí que ya era mía, que me habría sido fácil coger otro beso en laflor de sus labios. ¿Y al día siguiente, pocas horas después, se habríade dar la muerte?

—¡Pues sí! ¡Pues sí!—replicó prontamente el juez, viendo que en elcalor de la defensa Vérod se descubría.—¡Pues sí, pocas horas después!Porque ¿sabe usted cuál es el amor que sugería a usted esa moderaciónque usted cree inspirada por el amor respetuoso y obediente? ¡El amordominante, egoísta! ¡Porque, esos placeres, de que usted gozaba, que lehacían prever otros mayores, debían a ella aterrarla!... Ella eratambién de carne y hueso, y al verse junto a usted se sintió sin fuerzaspara resistir a la pasión exigente: ¡después, a solas con su propiaconciencia, oyó su voz imperiosa! Toda la última parte de su diario estállena de la idea de la muerte. ¿Se asombra usted de que, viéndose en uncamino sin salida, pusiera esa idea en práctica?

—Lo dijo, lo escribió; pero, en el momento de ejecutar el acto, la ideade Dios debió detener su mano.

—¡La idea de Dios le detuvo muchas veces la mano; pero llegó un momentode dolor intolerable, y se mató!

—¿Sin dejarme una palabra? Ella que sabía que me había devuelto a lavida, ¿habría destruido de un golpe el efecto de sus enseñanzas? Usteddice que, matándose, ha querido substraerse al mal; pero ¿cree usted queal hacerlo ha hecho bien?

El magistrado a su vez se quedó sin responder, y Vérod, comprendiendoque por fin había obtenido en aquella lucha una ventaja, continuó:

—Ella pensaba y escribió que en algunos casos se puede huir de la vidasin merecer reproche; pero podrá darse muerte el que está solo, no aquelde quien depende otro. ¿No acaba usted de leer sus palabras? «Hay en elamor algo grave: que cada amante no es solamente responsable de suspropias acciones, sino también de aquellas a que impulsa a su amado.» ¿Yella me habría dado el ejemplo de la muerte?... Yo creo en la hermosurade su alma; en otra cosa no creo. Y la certidumbre que tengo de que nose ha matado, aumenta mi culto por ella.

—¿De modo que el deber de no dejar a un hombre con quien se habíadesposado con el corazón, era un pretexto?

—No se había desposado realmente con él.

—¿Nada significaban entonces aquel vínculo, puesto que la ley no lohabía sancionado?

—¿Usted cree en la bondad de las leyes humanas, en su perfección? ¿Creeusted que la salvación consista en observarlas fielmente?

—¿Lo duda usted? ¿Y esos son los principios que usted propaga con suslibros? ¿Y profesando esos principios tiene usted tanta aversión alnihilista? ¿No sabe usted que ustedes los negadores, los pesimistas, sonlos maestros, los incitadores de todos esos espíritus audaces a quienesno bastan las especulaciones

abstractas,

sino

que

traducen

en

actos,lógicamente, los razonamientos que ustedes predican?

—Yo no niego las leyes: lo que digo es que éstas no resuelven lasdificultades dentro de las cuales estamos condenados a movernos; lasagitan y nada más. Y aunque hubiera estado legalmente unida a esehombre...

—¿Usted habría tenido el derecho de seducirla, de quitársela?

¿Podíaella haber faltado a su palabra?

—No se puede jurar un amor eterno...

—¿Y usted se lo juraba a ella?

—No se puede amar a quien no ama.

—¿Diría usted lo mismo si fuera usted el abandonado?

Y como ante esta sólida argumentación el joven permanecía mudo yconfuso, el juez repuso en tono diferente:

—¡Ah! ¡No estamos tan lejos como probablemente usted cree, del objetode nuestras indagaciones! Esas ideas, el contraste de la ilusión con larealidad, la lucha del deber con el placer hirieron de muerte a ladesgraciada, haciéndola ver y sentir cuán difícil es la vida. Que quisosalir de ella es demasiado evidente. Falta sólo demostrar que realmentepuso en práctica su propósito. No hay pruebas directas, pero todas laspresunciones están contra usted.

Considere usted fríamente, si se sientecapaz, la suma de circunstancias que tenemos por delante, y verá ustedque tengo razón de pensar así. Usted ha denunciado a las dos personasque estaban en la casa en el momento de la muerte; pero ¿contra cuál delas dos hay que dirigir las sospechas y las averiguaciones?

¡Ya seríahora de decidirse! ¿Es el Príncipe el culpable? ¿Y por qué habría muertoéste a la infeliz? ¿Por celos? Pero, ante todo, usted deberá acordarmeque ese hombre, al cual no concede usted otras facultades que las delodio y del mal, había vuelto a amar a la Condesa y sufría al saber quehabía perdido su afecto.

¿Pero la Condesa era ya de usted? Correspondíaa la pasión que usted tenía por ella. ¿Querría dejar al Príncipe e irsecon usted?

¡No, al contrario! Hasta el último momento se declaravinculada al otro, rehúsa escucharle a usted, le conjura a que la deje!A duras penas, después de insistir empeñosamente, le arranca a usted elpermiso de esperar: una esperanza ambigua, incierta, lejana; un permisoque puede usted hasta dar por no recibido, que ella no podía negarle,pero que a nada la compromete. Dado el carácter de la Condesa, laseriedad de sus escrúpulos, la sinceridad de sus remordimientos, debemoscreer que, apenas usted se marchó, ella comenzó otra vez a acusarse, aprohibirse el mantenimiento de la esperanza que acababa de conceder yaceptar. En tal situación, ¿qué motivo tenía el Príncipe para matarla?Todavía la amaba, o si a usted le place, estaba celoso, tenía celosbrutales, aquellos celos que significan la ofensa al sentimiento depropiedad y nada más. Pero ¿de qué podía acusarla? ¡No de haberseentregado a usted! Noticias tenía para estar seguro de que el más leveesfuerzo suyo para demostrarse bueno, una palabra de amor, una fraseamable, habrían impedido que la Condesa fuera de usted. Quiero creer queno son los celos, que no es el odio, lo que hace que usted desestimetanto a ese hombre; admito que los buenos sentimientos no tengan cabidaen el Príncipe y que, en realidad, éste sea capaz de un delito vulgar.Pero la malignidad más brutal tiene, sin embargo, necesidad de unpretexto, si no de una razón para armarse y herir. Y yo no veo aquírazones ni pretextos. ¿Usted supone probablemente que, después dehaberle acordado a usted con tanto trabajo un consentimiento tanambiguo, fue su amiga a provocar a Zakunine, a declararle de improvisoque amaba a usted? No cabe duda de que, sin que en ello entre lavoluntad de usted, el amor propio le sugiere tal razonamiento: eso eslógico.

Pero si la Condesa hubiera querido entregarse a la inclinaciónque sentía por usted, nadie se lo habría impedido cuando Zakunine estabalejos. Y ahora mismo, ¿necesitaba en verdad pedir licencia a ese hombre?Si el impedimento hubiera venido de él, ella habría podido rebelarse ydesafiarlo; pero no venía de él, sino de ella misma, de su íntimaconciencia. Por consiguiente, la hipótesis es absurda. Ahora, ¿quiereusted que haya sido la nihilista? Esta habría muerto a la Condesa porqueamaba al Príncipe y estaba celosa de su rival. Pero en este caso, lasdificultades no son menos que en el otro: ¡al contrario!

Antes que todo,habría que demostrar que los dos rusos son amante y querida, cosa queambos niegan, y después, aunque esto llegara a probarse, para que laNatzichet matara a la Condesa, se necesitaba que ésta fuera un obstáculopara su amor.

¿En qué forma lo era? ¿Podía, acaso, la infeliz, ni sabíacómo impedir al Príncipe que se fuera con otras mujeres? ¿De qué modohacía sombra esa desgraciada a la nihilista? ¿No tenían los dos rusosplena libertad para permanecer juntos en Zurich? Y si racionalmente nose puede imputar el homicidio al uno ni a la otra, ¿podemos suponer quelo han cometido juntos? ¡El absurdo sería doble! Después, si la amiga deusted no hubiera tenido razones para huir de la vida, nos encontraríamosen el caso de acoger la sospecha del asesinato, por poco fundada quefuera, como lo es. Pero los motivos que pueden haberla impulsado alsuicidio, no sólo no faltan, sino que abundan. Usted tiene, noobstante, un argumento de su parte, uno solo...

Ferpierre se detuvo un momento para respirar. Roberto Vérod permanecíaen la misma actitud en que desde el principio lo había escuchado: lacabeza baja, las manos estrechamente apretadas, como quien espera ungolpe mortal.

—Hay cientos y miles de mujeres que en la situación de la Condesad'Arda, entre sus escrúpulos y las tentaciones de la pasión, no lleganal extremo de suicidarse. Esperan, y con el tiempo se acomodan a unavida que por un momento creyeron insufrible: transigen con susescrúpulos; hallan en el ejemplo de los demás una excusa y confianza enla redención futura. Tal es la conducta de todas, de casi todas. Ustedha definido bien, desde el primer momento, la importancia de esta razón.Pero para creer eso, para sostener que la Condesa no ha querido matarseaun después de su última explicación con usted, ante la visión del malinevitable, tiene usted que admitir que su amiga, que esa mujer, cuyagrandeza de alma decanta usted y en que yo realmente creo por estasconfesiones, por las declaraciones de las gentes que la conocieron,tiene usted que admitir, digo, que en vez de resistir hasta el último,fuera también capaz, como las otras, de esas cómodas transacciones deque somos testigos cotidianos. Es positivo que quien se mata no pruebatener una alma templada, ni muestra una fe indestructible; pero si, porobra de usted, la infeliz se encontró en la imposibilidad de adoptar untercer partido, debo creer que de los dos escogiera el menos malo. ¿Y nole parece a usted extraño que yo deba sostener, contra usted mismo, laentereza de conciencia de esa mujer, la delicadeza de su honra?...

Vérod se levantó, y pasándose la mano por la frente, exclamó, vencido,perdido:—¡No diga usted eso!... Sí, es cierto... Tiene usted razón...Puede usted tener razón... ¡Pero no diga usted, no lo repita!... ¡Porqueentonces, resulta que yo, yo mismo la he muerto!... ¡Muerta por mí!...¡Por mí!... Mire usted... esta idea, esta sospecha, me destroza elcorazón. ¡Siento que me vuelvo loco!

VI

LA INVESTIGACIÓN

Cuando el juez se quedó solo, la confianza que lo había sostenido loabandonó de improviso. La resistencia de Vérod lo había aguijoneado,sugiriéndole argumentos cuya fuerza contra la acusación le parecíagrande; pero, al fin, viendo que el otro le daba la razón, en vez deafirmarse en su opinión, volvió a dudar.

Su reconstrucción del drama eraverosímil, pero nadie podía atestiguar que fuese verdadera, y en cuantoa la posibilidad del asesinato, ¿era en realidad insostenible? Despuésde haber desarrollado una de las dos hipótesis, debía examinar la otra,y a esta tarea se preparaba, con creciente antipatía hacia los acusados.Conmovido por el dolor de Vérod, interesado vivamente por la difunta,desconfiaba más que nunca de los rusos.

Al día siguiente del interrogatorio del joven, recibió, junto con variospaquetes de cartas, secuestradas en Niza y Zurich, las informacionespedidas al jefe del departamento de policía y a la legación de Rusia enBerna, acerca de ambos nihilistas. Lo que ya sabía de la índole delPríncipe Alejo Petrovich estaba confirmado y documentado por losinformes extensos y minuciosos de ambas procedencias, llenos dedeclaraciones tomadas en anteriores procesos políticos. Pero tambiénsupo cosas que no sospechaba.

Heredero del genio de la raza eslava, movido por sentimientos impetuososy demasiado vecinos de los instintos primitivos, Zakunine padecía,además, de ese histerismo que, según la ciencia moderna de lasenfermedades nerviosas ha comprobado, no es solamente un dolorosoprivilegio del sexo femenino. Cosas verdaderamente increíbles sereferían del Príncipe, de su tumultuosa juventud. Huérfano de padre, elodio que desde pequeño había tenido al segundo marido de su madre, sehabía tornado en manía homicida. Constantemente golpeado con crueldad,castigado con un salvajismo que superaba en mucho a la severidadmerecida por sus faltas, su carácter se había agriado.

Un día—todavía no tenía más de diez años,—paseándose con un camaradade su misma edad, se acercaba a una estación de ferrocarril. El amigo lehabía explicado que los guarda líneas recorren el trayecto de los rielesque les corresponde vigilar, para cerciorarse que ningún obstáculoamenazaba la seguridad del tren; entonces él, aprovechando un momento enque su compañero no le observaba, y sin más móvil que una perversacuriosidad del mal, había puesto sobre los rieles dos gruesas piedras,y se había quedado allí cerca hasta la llegada del tren para juzgar delespectáculo de la catástrofe. Las piedras eran bastante grandes, pero,por fortuna, poco resistentes, y las ruedas de la máquina las redujerona polvo sin desviarse un punto. En ocasión distinta, algunos años mástarde, la fría insania de aquel ser se había manifestado en otra forma,contra sí mismo.

Recorría sus posesiones en la pequeña Rusia, y un niño,hijo de un mujik, que le servía de guía, iba explicándole las cualidadesde los árboles y hierbas: al pasar por delante de un verde matorral, elchico señaló una planta pequeña, de hojas largas y velludas, y le dijo:«Este es beleño, un veneno tremendo.» Entonces, rápidamente, sin dar asu guía el tiempo de acercársele, no ya de impedir el acto, arrancócuantas hojas pudo coger su mano y las devoró. El guía se habíaengañado, esa planta no era beleño; pero durante un día entero, todoshabían creído a Alejo Zakunine envenenado, y estaban entre admirados yespantados al ver la irónica alegría con que esperaba la muerte yreprendía a los que se mostraban afligidos.

Su juventud entera había sido una tempestad. Sin dinero, el demonio deljuego le había cogido por los cabellos: una noche, después de haberperdido una suma que no podía pagar, se había disparado un tiro derevólver en el corazón, para no sobrevivir a su vergüenza; la bala,desviándose, le había roto el húmero. Por una cuestión poco limpia habíatenido un duelo, y no había querido reconciliarse con su adversario;pero más tarde le había salvado de la muerte, con riesgo de su propiavida, heroicamente.

Hasta los dieciocho años había sido imposible hacerle aprender nada, nipersuadirlo de que estudiara una sola lección; pero avergonzado una vezal hablarle en francés una mujer, una niña, creyéndole conocedor de esalengua, había cambiado de vida de la noche a la mañana: durante dos,tres años, nadie volvió a verle: entregado al estudio con el mismoímpetu que dedicaba a lo malo, había recuperado rápidamente el tiempoperdido.

Nada había difícil para su inteligencia tersa y aguda. Su voluntad eracapaz de actos de firmeza férrea, de perseverancias infatigables, perono se mantenía siempre igual; con los raptos de esfuerzo tenaz sealternaban frecuentes crisis de debilidad nerviosa, de relajamientoenfermizo. Este lado de su constitución moral era menos conocido por laespecie de celoso pudor que ponía en ocultar sus debilidades. Sinembargo, le habían visto llorar.

Frío y duro con sus semejantes, quería a los animales con cariño humano.Apasionado por la caza, sus perros eran sus amigos: hablaba con ellos,los besaba, los miraba fijamente en los ojos, cual si quisiera penetraren su obscura alma bruta. Ante aquellos

seres

ínfimos

se

volvía

humilde;los

servía

personalmente, se despreocupaba de sí mismo por cuidar de queno les faltase nada, y si alguno de ellos se enfermaba, no se daba unsolo momento de reposo. Uno de sus perros murió con la cabeza apoyada ensus rodillas, mirándolo hasta el último instante con sus ojos apagados ytristes, y cuando lo vio ya rígido, cuando sintió frío e inerte elcuerpo antes vibrante bajo sus caricias, cuando hubo comprendido elmisterio de la muerte, el llanto, un llanto mudo y copioso se desbordóde sus ojos. Con las hembras no había sido tan cariñoso como con losmachos: los latigazos que su mano descargaba en los momentos de ira,caían únicamente sobre aquéllas; pero un día cesó de establecer esadiferencia, al ver que una perra, después de haber dado a luz con muchossufrimientos media docena de cachorros, se enfermó, pero no consintió,en que se la quitaran sus hijos, y tan lastimosamente aulló, que, porfin, se los devolvieron, y expiró con toda su prole prendida del pecho.

De la compañía de las mujeres había huido como por instinto, desdepequeño; pero a los veinte años, muerta su madre, dueño de una inmensafortuna, salió de un golpe, con transformación repentina, de la vidasolitaria del campo, donde alternaba los violentos ejercicios con lasmortificaciones del estudio, para entregarse fría y casi estudiosamentea los elegantes y malsanos placeres de la gran ciudad. Disipó muchodinero y mucha fuerza nerviosa: su constitución ya desequilibrada seextenuó. El amor, el primer amor del alma, se lo inspiró la hija delPríncipe Arkof.

Por efecto de su anacronismo moral que en aquellanaturaleza distinta de las demás, no tenía por qué asombrar, amó con unafecto juvenil, ingenuo y tímido cuando para cualquier otro hombre habíapasado ya la época de ese amor. Su adolescencia solitaria y salvaje nohabía sido visitada por fantasmas poéticos; pero, por esas leyes deequilibrio y compensación que parecen extender su imperio del mundo dela materia al mundo del espíritu, la poesía del corazón, a cuya virtudparecía haberse substraído, se apoderó de él precisamente cuando seencontraba sumergido en los más prosaicos y ruines amores. Así como lavergüenza lo había impulsado una vez a desterrar de su mente el limbo dela ignorancia, la turbación moral subyugó su alma.

De un día a otro y durante un tiempo no breve, nadie reconocía en él almismo hombre y, abandonó las compañías indignas, luego de losentretenimientos viles; por una reacción que no se había podido prever,no vivió sino de sueños, de puras contemplaciones, en adoración muda ydiscreta; a todo eso no lo animaba otro propósito que el de hacersedigno de ser amado por medio de una vida ejemplar.

El encanto se rompió y el maleficio volvió a obrar sobre él cuando latiranía de los padres de la Princesa Catalina hizo que ésta se casaracon el general Borischof, gobernador de Kiev. Los ímpetus salvajes, lasconvulsiones violentas, volvieron entonces a asaltarlo; pero ¡cosaextraña! no se apoderaron inmediatamente de su alma, cuya capacidadsentimental pudo probarse y medirse por esto; que supo refrenarse y seresignó a la idea de que su esposa del corazón estaba en brazos de otro.Como casi no la había

hablado

e

ignoraba

sus

sentimientos,

habiéndosecontentado con suspirar por ella de lejos, creyó, al verla aceptar lamano del general, que lo amaba, que iba a ser feliz con él. Ysangrándole el corazón, consumiéndose de pena, calló, se apartó a fin deno ser un obstáculo para su dicha; mas cuando supo que su afortunadorival no merecía la fortuna que había alcanzado; que no solamente nohacía feliz, sino que injuriaba, maltrataba y mortificaba al ser a quienél habría querido ahorrar, no sólo el dolor, sino hasta la menor ideaincómoda, un furor en que había ira, remordimientos y desdén, lo arrojóal campo de los nihilistas que se preparaban a matar al terriblegobernador. Descubierta la conspiración, su alto rango y más que elrango, el motivo enteramente moral que lo guiaba, le salvaron de lapena cruel infligida a sus compañeros; pero esa política, a la que habíasido indiferente hasta aquel día, lo inflamó de improviso.

En la frecuentación de los revolucionarios durante los preparativos delcomplot no había podido, dominado como estaba por otra idea, ponermientes en las razones que los armaban: el amor a la libertad, el odio ala tiranía, la sed de justicia, el ideal de fraternidad eranincomprensibles para el enamorado vengador; pero, cuando arrestado yenjuiciado, conoció el trato brutal de la policía, la inconsciencia delos jueces, el heroísmo de los conjurados; cuando se vio desterrado dela patria; cuando observó, recorriendo el mundo, con la muerte en elalma, el doloroso contraste de las grandezas soberbias y de las miseriasincurables, un nuevo ideal lució repentinamente ante sus ojos: laredención humana.

Pero, como era de prever, tampoco esa vez supo guardar mesura. EnFrancia, en Holanda, en Alemania, en Inglaterra buscó a los jefes delpartido nihilista y anarquista, dio cuanto pudo de sus fuerzas y toda suactividad personal a la propaganda, se mezcló en nuevas conjuracionesque produjeron sangrientos efectos, y fue nuevamente procesado ycondenado a muerte. Con increíble temeridad volvió varias veces a Rusia,en secreto, a ver a sus correligionarios, para alentarlos y dirigirlos:en peligro de caer en manos de la justicia, se salvó milagrosamente, ycontinuó después conspirando en el extranjero, siempre soñando ypreparando el cataclismo social que le había de abrir las puertas de supaís ya regenerado.

Viva impresión produjo en el juez Ferpierre la lectura de estosdocumentos. La instintiva aversión que sentía por el rebelde se habíaido atemperando secretamente con un sentimiento de compasión. Aquellaalma convulsa no era tan mala: puesta en otro camino y bien guiada,habría podido dar al mundo luminosos ejemplos del bien. ¿Por qué no lohabía curado el amor de un ser como la Condesa d'Arda?...

Los informes de la policía decían algo de la influencia que este amorhabía ejercido sobre el Príncipe. Cinco años antes, en la época en queconoció a la italiana, la actividad política de Zakunine casi habíacesado. Parecía que el revolucionario hubiera olvidado sus antiguosideales, a sus cómplices y todo, para vivir junto a su amiga. El cambioera tanto más notable, cuanto no era solamente en la política sino hastaen las costumbres. Las exuberantes e insaciables aptitudes de aquelhombre no se conformaban con tener por tarea la persecución de lasreformas sociales: entre conspiración y conspiración, se daba tiempopara pasar de un amor a otro. Sus aventuras galantes eran innumerables:como por virtud de una fascinación, todas las mujeres que había hechoobjeto de sus deseos habían sido suyas. Y de esa vida había salido porobra de la Condesa Florencia.

El juez tuvo noticias más precisas con respecto a los sentimientos quehabía experimentado en ese tiempo, leyendo los papeles encontrados en eldomicilio de la difunta, en Niza. Entre aquellas cartas, la mayor parteinsignificantes o reveladoras de cosas ya conocidas de Ferpierre, habíaalgunas que el Príncipe había escrito a su amiga en los preliminares desu amor. Eran tan apasionadas y fervorosas, que casi se exhalaba deellas un hálito ardiente: las palabras suspiraban, cantaban, ardían conllama viva.

«Luz del mundo, vida del alma, sonrisa de la gracia, puerto de salvación¿queréis oír lo que jamás ser viviente oyó? Nunca ha sabido nadie lo queyo soy. No he tenido madre, no he tenido hermana. De ello no me lamento;por el contrario, estoy orgulloso, porque ahora puedo revelaros micorazón a vos sola...»

Y se confesaba con ella, cándidamente: la decía que era un enfermo, unniño, un loco necesitado de cuidados y de amor; que su aparente valorocultaba un miedo infantil; que su soberbia era humilde; que odiandoamaba; que cuando vertía lágrimas de compasión, la sonrisa del escarniolas contenía; que pasaba de un extremo a otro con dolorosa inquietud,con ansia atormentadora, con la necesidad nostálgica de una inmutableserenidad.

«Vuestro amor será para mí la salvación, la paz, el puerto, la tierraprometida, el paraíso perdido y vuelto a encontrar.

Amadme como yonecesito ser amado, como se ama a los niños y a los animales, como unamor que sea todo indulgencia, compasión, consuelo, alivio y socorro...»

Si la Condesa d'Arda no había triunfado en esa obra ¿era suya la culpa?Recordando el diario de la muerta y las mismas confesiones del Príncipe,debía convenir Ferpierre en que la culpable no era la Condesa sino elmismo Zakunine. Sin duda, si lo hubiera conocido antes, cuando el mal nohabía echado aún raíces tan profundas en él, le habría curado; pero elencuentro había ocurrido tarde, y si el Príncipe había olvidado duranteun corto tiempo sus inveterados hábitos de vida y pensamiento, muypronto había vuelto a ellos. Y cuando las continuas relaciones de suespíritu crecieron en violencia, hizo que la Condesa sufriera hastaultrajes, por haber creído en sus promesas de arrepentimiento.

Creyendo en esas promesas, la Condesa le había conducido a Italia, aMilán, a los lagos lombardos, a los lugares familiares para ella, a lascasas donde había vivido, esperando que estando lejos de suscorreligionarios y por virtud del benéfico clima moral, la curaciónfuese más pronta. Lejos de eso, el desengaño había sido más rápido.Zakunine se hizo expulsar de Italia y la aventura produjo mucho ruido enla península: por más que el solo nombre de un revolucionario como aquelpudiese justificar la medida adoptada por la policía italiana, elministro Francalanza fue acusado de haberla dictado por razones íntimas,porque había de por medio una gran dama: vivas interpelaciones hubo conese motivo en el Parlamento. El escándalo hirió dolorosamente a laCondesa; pero, sin embargo, ésta siguió al desterrado, aceptando paraella también el destierro.

Fuera de Italia, el Príncipe se había dado nuevamente en cuerpo y alma alas conspiraciones y a los amoríos. Hacía menos de un año que poco habíafaltado para que triunfara una tentativa de revolución en Rusia, ideaday dirigida por él. La nave que debía transportar al Zar de SanPetersburgo a Cronstadt saltaba por los aires; en Moscú se sublevabandos regimientos; una columna de ciudadanos de Siberia marchaba, armada,hacia los Urales y un puñado de expatriados desembarcaba en Crimea yponía a sangre y fuego las provincias meridionales del Imperio, todo almismo tiempo. Si el autócrata se hubiera encontrado en el buque volado,su muerte, en el instante preciso en que los audaces revolucionarios sealzaban en armas por tantas partes a la vez, habría sido probablementeel principio del fin; pero por causa de un imprevisto cambio, la cortehabía tomado la vía terrestre, y entonces las revueltas parciales fueronahogadas en sangre: de los cabecillas, el único que sobrevivía eraZakunine, que se había mantenido lejos.

Tal era el hombre que Roberto Vérod acusaba de haber muerto a la Condesad'Arda.

—¿Será este hombre capaz de haber cometido el asesinato?—

se preguntabaFerpierre, y contra la opinión de Julia Pico, se contestaba:—¡Sí, escapaz!

Pero ¿había realmente dado muerte a la desgraciada Condesa?

La capacidadde distinguir, por sí sola, no valía nada. Cierto que Florencia d'Ardahabía consignado en el diario, esta amenaza suya: «Si tú me abandonascuando ya no te ame, te lo agradeceré; si me traicionas cuando todavíate ame, te mataré.»

Pero, como el juez había demostrado a Vérod, no eraverdad que la Condesa hubiera traicionado al Príncipe: si se hubieravisto amada todavía por él, habría encontrado mayores dificultades paradejarlo, y la idea de permanecer a su lado por deber, esa idea queparecía dominar en su pensamiento, habría sido reforzada por elpresentimiento del dolor que le había infligido dejándolo. Y antes quetodo, había que probar que en realidad el Príncipe hubiera vuelto aamarla.

¿Qué había hecho en los últimos tiempos? Era necesario creer que tuvieseen algún lugar secreto los documentos relativos a su acciónrevolucionaria, pues en su domicilio de Zurich se habían hallado muypocos, aunque estos mismos no dejaban de tener importancia. Algunascartas de correligionarios, con fechas recientes, estaban llenas desordas acusaciones. Sus compañeros de Rusia se quejaban a una voz de susilencio, de su tibieza; le reprochaban que no mantuviese ciertaspromesas con las que ellos contaban, y casi le acusaban de traición. Losnihilistas habían acordado otra tentativa inmediatamente después delúltimo desastre, tentativa desesperada e inútil, pero que, sin embargo,habría demostrado que ni el rigor de la más furiosa reacción apagaría suardor ni disiparía sus esfuerzos. Y escribían a Zakunine: «¿Mientras«nosotros estamos aquí dispuestos a rendir la vida, mientras noesperamos más que una palabra, tú nos abandonas? ¿Acaso se te agotó elvalor en Cronstadt? ¡Y eso que allí no arriesgaste gran cosa! ¡Estabaslejos, bien seguro, mientras que aquí otros morían!...»

¿Cómo era posible que Zakunine se dejara dirigir tales reproches? ¿Suscorreligionarios le acusaban sin razón, o en realidad su celo se habíaentibiado? ¿Y en tal caso, cómo y por qué aquel obstinado rebelde habíapodido apartarse del propósito de su vida?

Pensando que ya en ocasión anterior, en los comienzos de su amistad conla Condesa d'Arda, el Príncipe había casi abandonado la propaganda,considerando también que antes de haber concebido el ideal político eljoven se había transformado por amor a la Princesa Arkof, el juez creíapoder sospechar que el amor fuera otra vez la razón de aquel cambio. ¿Setrataba de la antigua pasión por la Condesa, resucitada de improviso, omás bien de alguna nueva aventura? Ferpierre no podía rechazar apriori la idea de que Zakunine había vuelto a amar a Florencia d'Arda,aun después de haberla infligido tantos tormentos: en un espíritu comoel suyo, inclinado a los extremos, obediente a solicitacionescontrarias, esa renovación sentimental era posible, especialmente desdeque la Condesa amaba a Vérod.

Pero el comportamiento del Príncipe en los últimos tiempos no era paraacoger tal hipótesis. Si de las declaraciones de Julia Pico resultabaque recientemente Zakunine había sido bueno con su antigua querida,también era cierto que había continuado viviendo lejos de ella. Unavisita de pocos días cada dos semanas y hasta cada mes, ¿podíasatisfacer a un corazón enamorado y celoso? ¿Podía Zakunine, si laamaba, permanecer lejos, cuando sabía que otro quería arrebatarle subien? Si el amor, un amor bastante violento para empujarlo al delito,hubiese renacido en su corazón, era natural que fuera a arrojarse a lospies de la Condesa, que se mostraba por fin convertido y redimido, y laindujera a huir con él, a esconderse con él en algún rincón ignorado delmundo. Apenas el Príncipe hubiera dicho a la Condesa algo parecido, sinduda ésta se habría sentido fortalecida en su resistencia contra Vérod,y algo habría dicho de ella en su diario. ¿O había que creer queconsumiéndose de amor y de celos, no había dicho una palabra, por amorpropio, por altivez? Esto no era de creer en un hombre como él, en unhombre cuyo pensamiento se tornaba rápidamente en acción como el de unniño. ¿Por qué motivo volvía entonces al lado de su amiga, y la tratabamejor en sus visitas demasiado breves y raras?

Ferpierre descubrió este motivo cuando leyó, entre otras cartas, algunasde negocios que el administrador de los bienes de la Condesa d'Arda lehabía escrito de Italia; en ellas se hablaba de letras del Príncipe, decuentas que tenía que rendir, de sumas que se le habían enviado porconducto de banqueros. Era evidente que Zakunine, comprometida toda sufortuna en la obra revolucionaria, necesitado además de mucho dineropara su vida disipada, había recurrido a su amiga. En los primerostiempos, la intimidad de sus relaciones disculpaba, ya que no legitimabaesos préstamos: más tarde, concluido el amor y comenzados los malostratos, no se había encontrado en situación de satisfacer suscompromisos. Y entretanto, sus necesidades se habían hecho más urgentes.La última conspiración de Cronstadt le había costado tanto, que despuésno había sabido qué hacer: algunas cartas encontradas en Zurich,contestaciones a otras suyas, demostraban que se había dirigido adiversas partes insistiendo con apremio para que se le ayudara.

Esta lectura inspiró a Ferpierre una grave duda: ¿Habrían asesinadoZakunine y la nihilista a la Condesa para apoderarse de su dinero?...

La sospecha no era irrecusable sin examen. En la casa de la muerta sehabían encontrado muchos valores, pero la Condesa era tan rica, que bienpodía haber tenido en su poder el último día una suma mayor. Si el hurtoera el móvil del crimen, los dos rusos podían, exprofeso, no haberrobado todo el dinero; pero en tal caso era difícil explicarse la maneraruidosa como habían dado muerte a su víctima y el agudo dolor queZakunine había demostrado, ni se podía decir cómo y dónde habíanescondido las sumas robadas, en los pocos momentos transcurridos entreel tiro y la llegada de los criados. ¿Habría que considerar a alguno deéstos como cómplice? ¿O más bien, los rusos esperaban substraer eldinero después de haber hecho creer en el suicidio no previendo laacusación de Vérod?

Ferpierre acordó hacer preguntar a Milán, al contador de la casa d'Arda,si los valores encontrados en la villa Cyclamens eran exactamente losque debían existir allí, y al mismo tiempo interrogar a los criados dela villa para descubrir si alguno de ellos podía, en la confusión delprimer momento, haber visto a los asesinos tomar las sumas que faltasen.Pero por más que el magistrado creyera que todo era posible en el mundo,no admitía que Zakunine fuera perverso hasta el punto de matar porrobar.

La suposición que se podía, que se debía hacer lógicamente eraotra: Zakunine volvía al lado de la Condesa, no porque sintiese amorhacia ella, sino por la necesidad de la ayuda que pudiera darleespontáneamente. Extremadamente rica, habituada a no gastar en sí mismani la cuarta parte de sus rentas, podía sacar inmediatamente de apuros asu antiguo amante. Por eso iba el Príncipe a verla de vez en cuando y semostraba más amable con ella. El amor, la pasión que no sufre retardosni alejamientos, lo entretenía en otra parte, lo hacía vivir en Zurich,donde vivía la Natzichet.

¿Era creíble que aquel hombre, a quien la leyenda atribuía tantasqueridas como a don Juan, hubiera permanecido en compañía de laestudiante, sin que la comunidad de doctrinas y propósitos originaserelaciones más íntimas? Y no faltaban indicios que apoyaran estasospecha. Lo mismo que los correligionarios de Rusia, los de Inglaterrase volvían también en contra del Príncipe, reprochándole que los hubieraabandonado.

«La presencia de usted aquí es necesaria,» le escribían deLondres; «hace cuatro meses que le esperamos: ¿qué le impide venir?¡Buen momento para que faltara usted a su palabra!... ¿O alguna nuevaaventura lo retiene por allá?...»

—¿Había tenido el que escribía esa carta algún aviso de los amores conla joven prófuga?

Entre las cartas de la Natzichet no encontró el juez alguna que lesirviera. Todas se referían a los estudios de la nihilista, había muchasescritas sobre las cuestiones sociales más discutidas, borradores deartículos destinados a la revista americana The Rebel, y a otras hojasespañolas y holandesas de las cuales la autora era corresponsal. Por másque su antipatía por la joven no cediera, el magistrado se veía obligadoa reconocer que ésta poseía una cultura fuera de lo común: escribíacorrectamente el español, el inglés y el alemán; enviaba a losperiódicos bibliografías en que daba cuenta de toda clase depublicaciones científicas y filosóficas. Las informaciones recogidas dela policía de Zurich eran, por otra parte, favorables a la nihilista.Tres años antes había salido de Rusia, sola, sin recursos, después dehaber sido deportados su padre y su hermano a Siberia por actosrevolucionarios. En Zurich había comenzado a estudiar medicina, viviendode su trabajo, de traducciones de obras científicas hechas por cuenta deeditores alemanes y franceses. Estaba en relaciones con todos losrefugiados políticos, pero no había tomado parte activa en lasconspiraciones: por el contrario, de palabra y por escrito desaprobabalos continuos e inútiles sacrificios de vidas. Se inclinaba a lapropaganda moral, a la preparación de las conciencias; pero, naturalezaardiente y viril, no había vacilado en descender hasta la acción si lehubiese sido necesaria.

Y aunque de sus relaciones con el Príncipe nada se dijera de preciso, lasospecha de que fuera su querida se confirmaba.

Enamorado de ella, sucompañero constante en Zurich, ¿no habría Zakunine abandonado a losimpacientes agitadores, tanto por la enervante acción del amor cuantopor la persuasión que directamente ejercía sobre él la joven? ¿No sehabría propuesto ésta hacer que el joven se desengañara, demostrarle lalocura de las carnicerías inútiles?

Estas suposiciones parecían verosímiles a Ferpierre. Y la acusación deVérod continuaba apareciendo infundada. Si el joven amaba a lanihilista, sus relaciones con la Condesa no eran por eso un obstáculoque lo impulsara a matar a ésta. ¿Podía ese rebelde, para quien la leycoercitiva no tenía valor, sentirse atado por un escrúpulo enteramentemoral? ¿Y no había, en realidad, dejado otras veces a su querida porcorrer en busca de nuevos placeres? ¿Qué le impedía hacer otro tanto,con mayor libertad que la primera vez? Cierto que había vuelto al ladode la Condesa y la había tratado con mayores consideraciones; pero siesto debía demostrar que estaba arrepentido de sus malos procederes deantes, el mismo arrepentimiento, la presencia de esos escrúpulos en sumente contradecían la hipótesis del asesinato; mal podía desear lamuerte de un ser, quien se arrepentía de haberle ocasionado dolores.

Si el Príncipe hubiera estado casado con la difunta, y, cansado de ella,hubiera querido contraer matrimonio con la nihilista y la nihilistahubiera querido casarse con él, se podría reconstruir racionalmente

eldrama

en

otra

forma:

fingiendo

arrepentimiento, el marido volvía al ladode su mujer, la persuadía de su conversión, persuadía a los demás, paradisipar toda sospecha, y luego, solo o con la complicidad de su querida,la mataba para verse libre. Pero Zakunine no estaba unidoindisolublemente a la Condesa, ni se podía creer que quisiera casarsecon su joven compatriota; había que abandonar todas esas suposiciones.El arrepentimiento de aquel hombre era sincero, o por mejor decircreíble, porque tenía una causa: la necesidad de dinero. Fuera de esto,ninguna razón, por sutil que fuera, podía explicarla.

En su larga y variada experiencia, Ferpierre había estudiado con muchaatención las pasiones humanas, y sabía que los amantes infieles suelensentirse sobrecogidos, en el momento de la traición, por un movimientode compasión hacia la persona que traicionan. Conscientes del mal quehacen, atenúan su culpa acordando a esa persona una conmiseración queparecería demostrar su bondad de alma, pero que en el hecho es un placerde egoísta, y, por lo tanto, ofende más a los traicionados.

El Príncipe,que había olvidado y hasta despreciado a su amiga por correr tras de losplaceres, podía haberse sentido inclinado a pagarse de esta presuntuosacompasión: para mejor gozar de su propia dicha, había ido sin duda acontemplar el espectáculo de la infelicidad que él mismo habíaocasionado, a consolar hipócritamente a su víctima.

Si esta era la justa explicación de los sentimientos de Zakunine

¿cuálera el efecto que su acción había producido en el ánimo de la Condesa?¿Amando como amaba a otro hombre, podía haber estado celosa de lanihilista, y en la impotencia de los celos haberse dado la muerte? Esono se podía creer. Por el contrario, la certidumbre de que el Príncipepertenecía a otra, debía haberla servido en cierto modo para creerselibre, no obstante la seriedad del compromiso que había contraído con suconciencia: no era improbable que se hubiese dicho que los más ladisculparían si recogía su palabra. Pero contra este acomodamientoestaban todos sus escrúpulos, y la hipótesis del suicidio parecía biennatural si la desdichada había ignorado que la compasión del Príncipeera falsa. Al creerla sincera, ignorando que el Príncipe tenía un nuevoamor, debía haber visto crecer la dificultad de corresponder a lasesperanzas de Vérod. Pero

¿ignoraba en realidad el nuevo amor delPríncipe? O mejor dicho, ¿amaba realmente el Príncipe a la nihilista?Ferpierre comprendía que ante todo debía cerciorarse de esta opinión,sin duda verosímil, pero aún no probada.

Mientras se encaminaba el juez a la cárcel del Eveché, donde losacusados estaban detenidos, iba pensando en la manera de iniciar elinterrogatorio de la joven. La actitud desdeñosa asumida por ésta el díade la catástrofe, le había inspirado el deseo y casi la necesidad demedirse con aquel altivo espíritu, para doblegarlo y confundirlo.

Mientras que los guardianes iban en busca de la acusada para conducirlaante el magistrado, el director de la prisión refería a éste que laactitud de la joven había sido durante sus días de encierro, la de unapersona que no solamente está tranquila, sino que desafía toda sospecha.Se había quejado de la celda y de los alimentos, había pedido que ladejasen leer y escribir, y había escrito efectivamente un estudio sobrela emigración suiza, lleno de cifras y datos estadísticos. Cuando lahicieron entrar en el gabinete del director, se sentó, a una seña deFerpierre, y sosteniendo la mirada interrogadora de éste, se cruzó debrazos.

—¡Parece que por fin se le ha despertado a usted la memoria!—comenzóel juez.—¡Y si los datos y cifras que ha consignado usted en esteescrito son exactos, veo que su memoria es además excelente! Por lotanto, me permito esperar que no fallará con respecto a lo que por ahoranos es más útil saber. ¿Cuánto tiempo hace que conoce usted al PríncipeAlejo Petrovich?

—Muchos años.

—¿Desde Rusia?

—Sí.

—¿Cómo le conoció usted?

—Era amigo de mis hermanos.

—¿Los cuales, naturalmente eran sus correligionarios?...

Después queusted salió de su país ¿dónde lo encontró?

—Aquí, en Lausana.

—¿Estaba solo?

—No.

—¿Con la Condesa?

—Con ella.

—¿Fue usted a buscarle? ¿Cómo se vieron?

—Supo mi llegada, y fue él mismo a buscarme.

—¿Con qué objeto? ¿Para tener noticias de Rusia? ¿Para arrastrarla austed a sus conspiraciones?... ¡Conteste usted!

Después de un momento de silencio, la joven contestó:

—Para ayudarme.

—¿De qué modo?

—Yo estaba sola, sin recursos, en país desconocido. Vino a ofrecerme suapoyo.

—¿Le dio dinero?

—Me lo ofreció, pero yo lo rehusé.

—Entonces, ¿cómo la ayudó a usted?

—Me recomendó a varias personas conocidas suyas, me consiguió leccionesde ruso, me proporcionó la ocasión de escribir en los diarios yrevistas.

—¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?

—Un día.

—¿Usted se fue, o él?

—Yo.

—¿Se fue usted a Zurich?... ¿Se escribieron?... ¿Y cuándo se volvierona ver?

—Un año después, en Lugano.

—¿Estaba solo?

—Sí.

—¿No sabe usted por qué? ¿Comprendió usted que ya no amaba a laCondesa?

—No me ocupé de esas cosas.

—¿Por qué fue usted a Lugano? ¿Qué hacía él allí?

La joven no contestó.

—¿No quiere usted decirlo?

—No puedo.

—¿Le ayudaba a usted el partido?

Otra vez se quedó muda.

—¿Cuánto tiempo estuvo usted en Lugano?

—Tres días.

—¿Y después?

—Volví a Zurich.