Espasmo by Federico De Roberto - HTML preview

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«¡Cuánto se quieren papá y el Conde! Se parece a papá, su amigo; esbueno como él, y casi tiene su mismo aspecto...

»Hoy me ha mandado el Conde las novelas de Walter Scott...

Hoy herecibido de nuestro buen amigo los dramas de Metastasio...

»Todavía se ejercita el Conde en la esgrima, mientras que papá la hadejado desde hace mucho tiempo. Han hablado del asunto con motivo delduelo que Tasso describe en Jerusalén libertada: el Conde ha desafiadoen broma a papá, pero éste ha contestado meneando la cabeza: «Esas noson ya cosas de nuestra edad!...»

¡Esta respuesta me ha disgustadotanto! ¿Entonces se cree viejo?

¡Y apenas tiene cuarenta y nueve años!Esa contestación debe haber desagradado también a su amigo, pues éste nole ha dicho nada, y se marchó más temprano que de costumbre...

»Nuestro amigo ha mandado hoy a casa tantos libros ingleses, que no sédónde ponerlos. Noto que casi siempre somos de la misma manera depensar respecto a los libros que escogemos; pero él ha leído y estudiadotanto, que yo no me arriesgo a decir mi opinión cuando me la pide;entonces él me dice la suya, y a mí no me queda más que aprobar...

»Ahora comienzo a crear valor y a emitir mis juicios de cuando encuando, y él alaba mi gusto...

»¡Todavía libros! Papá ha dicho en broma que el Conde es mi librero.

»Ahora sí que es mi librero: me ha pedido permiso para colocar el escudode la casa Albizzoni sobre su librería, y yo se lo he acordado. ¡Cómo seha reído!

»¡Me gusta tanto ver reír a papá y a su amigo! En las personas queordinariamente son serias, la risa tiene otro valor, no alegra tantocuanto enternece.

»El Conde ha dibujado hoy nuestro escudo, «para ponerlo sobre sulibrería:» dibuja muy bien y con una facilidad extraordinaria. Me haexplicado que el escudo para las señoritas es de forma distinta del delas señoras y de los caballearos: toda la noche ha hablado de heráldicay de nobleza, y yo he aprendido una cantidad de cosas que ignoraba.

»Papá, que se ocupa siempre de mis vestidos con tanta escrupulosidad, nohace lo mismo respecto a los suyos, y yo he tenido que rogar a su amigoque le persuada de que debe ocuparse algo de sí mismo.

»Conversando entre ellos de las cosas de la moda, papá ha observado, yyo también, porque es verdad, que su amigo se viste, desde hace algúntiempo, con una elegancia exquisita.

Siempre me dice, ya haciéndome verel corte de su «jaquette», ya los pliegues de su corbata: «Esta es laúltima palabra de Gironi.

Esta es la última palabra de Vassier...»Gironi es el sastre.

Vassier el fabricante de corbatas.

»Hoy tenemos más libros; pero esta vez vienen acompañados de unatarjeta como las que reparten los negociantes para difundir sudirección. Arriba está nuestro escudo, dibujado con perfección, y luegoestas palabras: «Librería internacional de Luis d'Arda; proveedor de SuGracia la Marquesita Florencia Albizzoni Vivaldi...» ¡Cómo se ha reídopapá! «¡Esperamos la factura!» le ha dicho, siguiendo la broma, y elConde, muy serio, ha contestado: «Nuestra casa cobra a fin de año.»

»Ahora, hasta papá me llama «Vuestra Gracia», y cuando hablan de míentre ellos dicen siempre: «Su Gracia la Marquesita.» ¡Mi Gracia estámuy agradecida a tanta gracia!...

»El Conde—lo he sabido hoy,—es más joven que papá: tiene cuarenta ycuatro años. No sé si esto me agrada o me desagrada...»

Una página blanca interrumpía el diario en este punto. El manuscritovolvía a comenzar después, con otra tinta y hasta con letra algomodificada:

»Hoy partimos. Hace seis meses que no escribo. ¡Cuántas cosas en estetiempo! No importa que nada haya escrito en estas páginas: todo estáaquí, en la memoria, en el corazón. Luis ha llorado, papá trataba demostrarse fuerte, pero no lograba contener su emoción. Y cuando los hevisto abrazarse, con ojos risueños, y llorosos, entonces he llorado yotambién. Su Gracia la Marquesita Florencia Albizzoni Vivaldi no existeya...»

Y el juez Ferpierre, deteniéndose, pues el manuscrito se interrumpía denuevo, reconstruía con la imaginación lo que la narradora había callado.

El Conde d'Arda, que había visto nacer a la hija de su amigo y de niñala había querido como un segundo padre, en presencia de la jovencitadebía haberse sentido dominar por un sentimiento distinto, más dulce yatormentador. Había tratado primero de resistir, pensando en la grandesproporción de la edad, sufriendo en secreto y casi avergonzándosecada vez que su amigo, todavía ignorante de lo que le pasaba, aludía ala juventud de ambos como cosa lejana; pero el amor había sido el másfuerte y había impuesto sus persuasivos razonamientos. ¿Podía llamarseviejo, cuando sólo tenía cuarenta y cuatro años? Si su persona y sucarácter no desagradaban a la jovencita, ¿qué importaba la diferencia deedad? ¿La experiencia que había adquirido con los años, no hacía de élun partido más conveniente que tantos otros?... Pero sobre todo, laamistad que lo unía al padre, ¿no era una garantía de que consagraríatoda su vida a hacer feliz a la hija? Con su asidua e íntimafrecuentación de aquella familia ¿no era ya como si hubiera entrado aformar parte de ella?...

Y este argumento debía haber persuadido a la niña. Sin duda el Marqués,asombrado al darse cuenta de lo que su amigo deseaba, había vaciladoantes de apoyar su pretensión, y en todo caso había dejado a su hijalibre de acogerla o refutarla; pero con igual certidumbre se podíapensar que la idea de confiar la joven a un corazón probado ya como elde aquel amigo, debía haberle sido grata. La jovencita, leyendo en elalma de su padre como en la suya propia, comprendiendo su secretainclinación, segura del afecto del Conde, debía haber sufrido, por esasdos personas queridas, y también algo por sí misma, ante la idea de quesu intimidad de tantos años, pudiera concluir un día, y por lo tantohabía aceptado el partido que iba a hacer imperecedera esa relación: noconocía a otros hombres, todavía no sabía establecer las diferenciasentre un amor y otro amor, y había consentido.

Ferpierre veía confirmadas sus deducciones en las páginas posteriores.Aunque éstas tampoco tenían fecha, debían haber sido escritas despuésdel viaje de novios:

»Nada ha cambiado, pues, estamos juntos como antes.

Entonces, Luis iba anuestra casa: ahora papá viene a vernos. No ha querido que viviéramostodos en una casa: ¡a mí me habría gustado tanto! Y a Luis también. Todolo que me gusta a mí le gusta a Luis: nuestro acuerdo respecto a lascosas del arte y del pensamiento continua en lo relativo a la vida.

»Papá me pregunta si estoy contenta: yo doy gracias al Señor, de lafelicidad que me acuerda. Que nos acuerda: él no quiere creer en lo queha sucedido. La idea de que casándome pudiera sentirme desgraciada, erasu tormento.

»Luis me pregunta si lo amo: yo no sé cómo probárselo.

»Me parece que ambos dudan, el uno de mi felicidad, el otro de mi amor.Ellos no insisten en pedirme seguridades, pero en sus miradas, leo unasecreta ansiedad, como si creyeran que les oculto algo. ¡Todo eso porquemi marido tiene cuarenta y cuatro años! ¡Si tuviera treinta y cuatro,no dudarían!...

»¡Qué placer! ¡qué placer! Por fin he podido persuadir de la verdad aLuis. Le había dicho, en el viaje, que en este libro tenía escritos misrecuerdos del día en que salí del colegio, y le había prometido dárselopara que los leyera. Su deseo era saber sí hablaba de él, qué decía desu persona, qué opinión me había inspirado. Cuando regresamos del viaje,no volvió a pedirme el libro, y el otro día, que le habló yo misma deéste, me contestó que no quería leer mi diario. La razón que me dio nome pareció buena: decía que lo que yo había confiado al papel no debíaestar muy claro. La verdad es que seguía teniendo miedo de descubrir queno me había parecido bastante joven, que me había agradado poco.Entonces le rogué que se sentara a escucharme, y comencé la lectura.Cuando llegué a las últimas líneas me rogó, con los ojos humedecidos,que se las explicara. Las últimas líneas, anteriores a nuestromatrimonio, dicen así:

»El Conde es más joven que papá: tiene cuarenta y cuatro años. Yo no sési esto me agrada o me desagrada.

»Yo se las he explicado como mejor he podido. Al saber que era más jovenque papá, sentí pena por mi papacito, pues veía que su vejez seaproximaba; pero después, pensando en que papá me tenía a mí, mientrasque su amigo era solo, me consolé y hasta me pareció justo que éstefuese más joven, para que pudiera casarse también y formar familia.

»¡Cómo me ha abrazado Luis! ¡Qué ojos tan risueños! ¡Qué palabras deamor! ¡Nunca lo he visto tan feliz, ni el día que le di el sí! Ahora nopuede creer que sus cuarenta y cuatro años me parezcan demasiado: yaestá hasta persuadido de que la idea de casarme con él no debióparecerme tan extravagante como él y papá temían. Lo cierto es que mepareció bastante natural, y aunque hubo un momento en que me fijé en queLuis tenía doble edad que yo, después reflexioné que la edad de loshombres no se cuenta como la de las mujeres. Y además ¿quién calcularíacuarenta y cuatro años a mi marido? Lo que importa no es la edad, sonlas cualidades del alma, y de la bondad de Luis yo tenía esta prueba:que es amigo de papá. Todo lo que le había oído decir en dos años deintimidad me demostraba que su manera de asentir era delicada, fina,exquisita, que su inteligencia era elevada y selecta, que su cultura eravariada y profunda.

»Y ahora comprendo que la cuestión es otra. Luis no temía tanto noparecerme suficientemente joven, como desagradarme como persona, comocara.

»Pues bien, si algunas veces he considerado estúpida mi costumbre deescribir estas notas, y, si en cambio, en otras ocasiones las heaprobado, hoy me parece que ha sido en realidad una fortuna haberlasescrito, porque he podido, mediante ellas, convencer a Luis de lo quepensaba de él en ese tiempo. ¡Y ojalá hubiera escrito bien todas misprecisas impresiones de aquella vez que, desafiando a papá en chanza,tomó del trofeo un florete y se puso en guardia! Estaba tan bien con elarma luciente en la mano y la mirada relampagueando como la espada; eratan fuerte y ágil, que me pareció verdaderamente un ser destacado de unade esas novelas de Walter Scott que tanto me agradan. No se me habíaocurrido aún que pudiera casarme con él, pero sí pensaba con gusto enque podía ser la dama por la cual ese caballero descendía a la arena. ¡Ysi supiera qué placer de otro género, no experimentado aún, sentí cuandome envió aquella tarjeta en que se titulaba en broma: Proveedor de SuGracia la Marquesita Florencia. En esa tarjeta se hallaban juntosnuestros nombres, como en un parte nupcial; ¡estaba escrito! Tampocoentonces pensó con precisión que un día hubiéramos podido unirnos comoestamos ahora; pero noté, sí, que nuestros nombres estaban en el mismotrozo de cartulina, que él era quien los había juntado, que me habíallamado Su Gracia, y sentí que el corazón me latía con fuerza, con muchafuerza...

»¡Ah! Si hubiera escrito todo esto, Luis no dudaría ahora.

Poco me hafaltado para contárselo, pero me he callado, en parte porque él seencontraba en una de esas horas de duda, en parte porque he creído quemejor sería escribirlo en este libro, donde él lo leerá algún día.Puesto que no me cree, no merece que le diga nada: mejor lo confío aestas páginas, que están destinadas a desengañarlo. El hecho de que loescriba más tarde de lo que he pensado no quiere decir que no seaverdad...»

Y debajo de aquellas palabras, en caracteres más gruesos, másirregulares, trazados con mano temblorosa, estaba escrito esto:

«¡Ha leído! ¡Ha creído!...»

Así continuaban aquellas memorias, llenas de expresiones de una alegríaíntima, reveladoras de una alma amante, cándida y sincera, de lo que eljuez Ferpierre estaba casi enamorado.

Casada la jovencita en aquellas condiciones, con un hombre que podía sersu padre, ¿no era de prever que al renunciar a la felicidad ardiente, yobtener, en la mejor de las hipótesis, una dicha tranquila, se sintieratarde o temprano inquieta por la idea de un bien mayor?...

Las confesiones de la muerta destruían esa sospecha. Ferpierre opinabaque si la narradora no hubiera sido feliz, si hubiera visto que se habíaengañado al casarse con el Conde d'Arda, lo habría confesado sincera,completamente; pero ya una vez había reconocido que sentía algo que nopodía escribir, y sin duda no habría declarado redondamente su engaño,pudiendo creerse también que, en vez de velarlo habría preferido noescribir nada: el silencio habría sido entonces más elocuente. Mas,lejos de callarse, lejos de aludir a su desengaño, insistía tanto en lasmanifestaciones de un afecto a la par ingenuo y ardiente, que el juez nopodía dudar de su sinceridad.

Por otra parte, ¿era en realidad increíble aquel amor de una joven deveinte años por un hombre de más de cuarenta?

Ferpierre, paraexplicárselo no tenía tanto en cuenta las cualidades morales del esposo,como las físicas: entre los papeles encontrados en la casa de la difuntahabía visto algunas fotografías de parientes y amigos, dos de lascuales, según declaración de Julia Pico, eran del Conde: la figura deaquel hombre era hermosa, fuerte y noble, y tenía tanta expresión, queel amor de la joven esposa estaba justificado. Y en páginas y máspáginas no hablaba más que de él: refería, orgullosa, todas las pruebasde amor que le daba su marido, transcribía sus palabras enamoradas, sealegraba al ver que ya creía en su amor, al saber que su padre estabaseguro de su felicidad.

Otra página blanca interrumpía de nuevo el diario bruscamente; y en laque seguía no había más que este escrito:

«¡Padre, padre mío, vive! ¡Vive para mí!...»

Y nada más.. A Ferpierre le parecía oír el grito del desesperado ruegoque desde la cabecera del padre agonizante, exhalaba el pecho de la hijaamorosa. Pero en vano: en la página siguiente había un mechón decabellos grises, sujeto por medio de dos cortes, en la hoja, y en elmargen una fecha: 3 de junio de 1886. Después, el libro estaba llenosde recuerdos del muerto: la Condesa confiaba a aquellas páginas sus máscaros recuerdos de hija, con un dolor tan acerbo, pero al mismo tiempoconsolado por la esperanza cristiana, que en ciertos párrafos parecíahablar aún del padre vivo, como al principio del libro. Pero el juezrecorría rápidamente esas páginas, impaciente por llegar al drama quepresentía ineludible.

¿No era fatal que con el tiempo, con la vejez del marido, la calma felizde esa mujer tuviera un fin? ¿Cómo haría para hablar de la tentación?

No hablaba de ella. Había, sin embargo, en el diario, una laguna másgrande que las precedentes, la letra aparecía, después de unainterrogación, todavía más modificada, y el sentido de las nuevasanotaciones resultaba incomprensible.

«...Ahora estoy segura de ello. Todas sus palabras me vuelven a lamemoria. Entonces yo sonreía, me ensoberbecía al oírlas: hoy pago misoberbia. Pero hay momentos en que temo que la culpa sea mía. ¿Quéhabría hecho otra en mi lugar? La culpa la tiene ciertamente miignorancia, mi inexperiencia...

»¿No quería o no podía hablar? Sin duda no quería ni podía.

Una sola vezle pregunté: ¿Pero cómo? ¿Cómo ha sido?...

Todavía lo oigo contestarme,desviando la mirada: «Otro día...»

«En su opinión, el matarse no era un mal imperdonable.

Matarse por nopoder vivir era una vileza; pero en otros casos la muerte voluntaria noera para él condenable. Muchas veces discutimos este problema, y él medemostró que el mundo honra justamente a quien se substrae con la muertea la servidumbre, a la vergüenza, al deshonor; a quien, con matarse,salva o ayuda a sus semejantes. Matarse para castigarse—decíatambién,—es un acto de justicia...»

La incertidumbre de Ferpierre sobre el significado de estas palabrasduró poco: el pensamiento de la narradora se iba precisando de página enpágina. Creía la Condesa que su marido no había muerto por casualidadsino deliberadamente; que al hallar una muerte tremenda bajo las ruedasde un tren él la había buscado.

«Las personas que estuvieron presentes decían, y dicen todavía, que nocomprendían cómo no había oído los gritos que todas ellas lanzaban, nivisto sus ademanes desesperados. Uno de esos vértigos que sufría en elúltimo año, sería la explicación de lo sucedido, si yo no supiera...

»Lo embargaba una mortal tristeza. Cuando le preguntaba el motivo deésta, me miraba tan dolorosamente como si temiera perderme en seguida.Un día, muy lejano ya, cuando por primera vez me habló de su vida desoltero, ¡había tanto desdén en sus palabras! Y la convicción de haberseapartado por fin del error, de la culpa, ¡lo reconfortaba tanto!...

»No obstante su bondad, era severo y casi implacable para los extravíosde las pasiones. La ruina de un amigo suyo que había abandonado a sufamilia le parecía merecida, y ni su muerte en la soledad y en lapobreza lo inclinaban a ser indulgente para con él...

»Yo me daba cuenta de lo que pasaba, pero no hablé. Tenía miedo, teníamiedo hasta de pensar.

»No soy sincera, no lo digo todo...»

Y Ferpierre, viendo que ya en las páginas siguientes no hablaba deldrama, se detuvo una vez más, para meditar lo que había leído.

Entre aquellas dos almas se había insinuado la tentación; pero quien lahabía acogido ¡era el hombre, no la mujer! Las últimas palabras: «No soysincera, no lo digo todo...» ¿significaban acaso que no acusaba a sumarido, porque tampoco ella, por su parte, se sentía limpia de pecado?Por más que el juez con su experiencia creyera pocas cosas imposibles,por más que hubiera previsto ya el día en que el tranquilo afecto de unmarido demasiado viejo no bastaría a la esposa demasiado joven, la ideade que la Condesa hubiera podido caer le repugnaba. Había cobradoFerpierre tal afecto a la persona de la difunta al leer su historia, laveía tan noble y pura, sentía en todas las páginas de aquella confesiónuna sinceridad tan ingenua, que el sentido de la reticencia aparecíanaturalmente justificado. «Tenía miedo de pensar. No soy sincera, no lodigo todo...» ¿No pensaría, en el momento de escribir esas palabras, quela traición del marido a quien ella había dedicado todo su amor, latraición de quien había dudado de su amor creyéndole indigno deposeerlo, de quien había prometido dedicar toda su vida a merecerlo, aconservarlo, era en él una grave culpa, y para ella un castigoinmerecido? ¿No pensaba que aquel hombre había mentido o se habíavanagloriado de una fuerza que le faltaba? Si también sobre ella habíanobrado turbadoras seducciones, y había sabido domarlas y alejarlas,ella, que a juicio del mundo habría sido más excusable al acogerlas, ¿noera natural que juzgara severamente la debilidad de ese hombre? Todo eldolor que el desengaño, que la ciencia del mal hasta aquel díainesperado iban despertando en el alma de la esposa, se expresaba enaquella frase: «Tenía miedo de pensar...» y Ferpierre, leyéndola otravez, se afirmaba en su explicación, reconocía que la imprevista soluciónera lógica: ilógico, o por lo menos poco atento a los antecedentes,había estado él mismo al prever un desenlace contrario.

¿Era acaso muy natural que el Conde d'Arda, después de haber llevadohasta los cuarenta y cuatro años la vida necesariamente disipada delsoltero rico, sin sentir más temprano la necesidad de un afectolegítimo, se redujera permanentemente a la existencia del maridoejemplar y se contentara con el ingenuo amor de aquella jovencita? ¿Yera inadmisible, inverosímil, que la esposa enamorada, ignorante delmundo, circunscribiera todo el gozo de la vida a su nuevo estado?

Los pormenores del drama escapaban a Ferpierre, pero éste losreconstruía con la imaginación. Otra mujer, una mujer en todo distintade la Condesa, había seducido a Luis d'Arda: éste había tratado deresistir, persuadido de que cometería una infamia traicionando a lajovencita, dándole el ejemplo del mal, él, a quien no sólo el deber sinotambién el interés, aconsejaban seguir por el recto camino que alprincipio se había trazado; pero la tentación lo había vencido. ¿Qué sedebía pensar de la sospecha de la Condesa, de que él mismo se había dadola muerte? ¿Que su alma elevada atribuía al esposo la decisión decastigarse, ya que había sido incapaz de evitar el error? ¿O

más bien laimaginación romántica de la joven veía un suicidio donde no había másque un desgraciado accidente? Misterio en el misterio; pero éste debíapermanecer impenetrable, puesto que el sello de la muerte había cerradoya los labios de los dos autores del drama. La tentadora, si vivía aún,era la única que hubiera podido aclararlo; pero en verdad poco importabaya, que el Conde, sucumbiendo a la culpa mal de su grado, hubiesequerido castigarse con la muerte, y evitarse un peor castigo, comohabría sido el de ver en vida la caída de la esposa a quien habíaenseñado el camino del mal, o que aun pensando en todo esto, su muertehubiera sido obra de la casualidad. Ferpierre continuaba con redobladacuriosidad la lectura de las memorias, en busca de lo que más urgía.

Después de las rápidas alusiones a la catástrofe, el magistrado noencontró más que descripciones de países. La joven viuda llevaba suluto de lugar en lugar, por el Rhin, en Holanda, en Escocia, y sólo eneste último país tenían fecha las memorias.

Parecía que, así como laexperiencia la había dado una madurez prematura, su pensamiento y suestilo se hubieran fortalecido en igual proporción: algunos paisajesestaban pintados con toques sobrios, pero vigorosos, las imágenes erannítidas y evidentes.

Aquí y allá, entre las descripciones, había esbozosa pluma y a lápiz, vistas de parajes, reproducciones de tipos; la manode la dibujante era al mismo tiempo agraciada y firme. De trecho entrecho aparecían algunas sentencias morales sin relación aparente conlas notas vecinas, y demostraban que detrás de la tranquilidad exterioruna inquietud secreta atormentaba a la autora. Así, por ejemplo, decía:

«No basta saber regular nuestras acciones externas: sería necesariopoder guiar el pensamiento íntimo.»

¿Quería decir con estas palabras que, libre y sola, se sentía, a supesar, asediada por persuasiones tentadoras a las cuales sin embargosabía resistir? ¿Y no era harto natural que así fuera?

«La ley del perdón es necesaria, porque el mal es universal, y sin ellanadie podría tener esperanzas de salvación.»

¿Se derivaba esta idea de una persuasión abstracta, o más bien de laconciencia de alguna culpa personal suya?

Poco a poco iban entrando en juego otros temas: en algunas páginas no seleían más que disquisiciones acerca de los problemas de la vida.

«La injusticia es grande en el mundo: nadie es más digno de encomio queel que se propone repararla.

»Hay dos especies de leyes, las de la Naturaleza y las del alma, ymuchas veces la ley ideal consiste en operar contra las impresionesmateriales. Hubo un tiempo en que esto me asombraba; ahora no. Librarsede las leyes naturales es la más elevada de las necesidades y el másnoble de los esfuerzos: el mérito consiste en superar las dificultades.

»No muchas veces, sino siempre, hay oposición entre las dos especies deleyes, y en esta vida no es posible suprimirla, porque sin el esfuerzonada existiría. Esta es la mayor de las pruebas.

»Los que dicen que es una tontería predicar la igualdad de los hombresporque éstos son naturalmente desiguales, no saben que dicen una heregíamoral. Tanto valdría decir que es tonto predicar el sacrificio porque elegoísmo es ley de la Naturaleza.

Si el amor hacia nosotros mismos esnuestra primer necesidad real, reprimirlo y posponerlo al amor por losotros debe ser la primera necesidad ideal. Los hombres son diversosdesde su nacimiento, y esta verdad ingrata sugiere la idea de laigualización. Ideas son éstas que me parecen sencillas: pero él lascalifica de raras.»

La atención del juez aumentó en ese punto. Ese «él» ¿no sería elPríncipe Alejo Petrow? ¿No databan esos razonamientos respecto alproblema social, del tiempo en que los dos amantes se habían conocido?La narradora parecía contestar a la pregunta que Ferpierre se hacíamentalmente, pues el tema de las memorias variaba de una página a otray de las especulaciones abstractas pasaba a confesiones más íntimas.

«No; yo no había experimentado todavía una turbación semejante. Quisieranegarlo, pero no puedo. Esta ansiedad, esta fiebre, me erandesconocidas.

»Una vez leí que el amor no es uno solo, y me pareció que el escritormentía o se equivocaba, pues yo creía que no hubiese más que un modo deamar. No: el escritor tenía razón. El efecto de entonces no se parece altumulto de hoy: Luis, que tenía más experiencia que yo, lo sabía y no secontentaba con lo que yo le daba. Dudaba de mi amor porque no lo veíaimpetuoso y vehemente. Por eso, también, mi padre dudaba de mifelicidad.

¿Dudo yo también ahora?

»Las nubes avanzan sobre las cimas de los montes, toman formascaprichosas, se entrelazan como cintas, se extienden como velos: un ladodel lago ha desaparecido detrás de ellas, las aguas no tienen ya límite,forman como un golfo abierto en un océano misterioso. Todavía oigo suvoz. Soy feliz...

»Soy feliz. La llama se propaga de un alma a otra, como de un rostro aotro. Sus palabras son como el hálito de un fuego interno. ¿Podríaocultarle mi pensamiento? ¿Y si hubiese querido callarlo, no lo habríaleído él en mis ojos?

»Cuando creemos en una cosa negamos todas las otras: cuandoexperimentamos un sentimiento, desconocemos los sentimientos opuestos osimplemente diversos. Tal es el primer instinto. Me parece que no hacemás de un mes que comencé a vivir. La razón amonesta, el corazónrecuerda. Eso es otra cosa...

»Sí hay varios modos de amar, ¿existe uno mejor, más deseable, másverdadero? ¿Es preciso que la voz de la razón no sea ya oída, que todoslos recuerdos sean olvidados, que una sola idea venza a todas las otrasy una sola necesidad rompa todos los obstáculos?...

»Su risa de hoy me ha hecho daño. No habría querido que se riera al oírel relato de un acto heroico. Tan grande como es su confianza, esprofundo y amargo su escepticismo... ¿Quién lo ha hecho así? La vida,dice él.

»Mayor es la pena que he tenido al oírle reírse de sí mismo.

Cuando seríe con esa risa falsa, me parece que hubiera algo de desgarrado en suvoz, en su pecho...

»Si es cierto que nuestros sentimientos viven uno por uno y si nosotrosmismos negamos los que ya han muerto, el sentimiento que está vivo tienenecesidad de creerse eterno. Aquí está el error. La felicidad que yosentía hace días me parecía indestructible. Hoy no está destruida, perosí turbada...

»¡Qué dolor! ¡Qué dolor! ¡Jamás habría sospechado tantas miserias,tantos dolores! ¡Esta es la primera vez que los confío a alguien! ¡Ytodavía se ríe! No quiero...

»Su carta de hoy me ha hecho palpitar de contento inefable.

¡Si fueracierto! ¡Si yo tuviera ese poder!...»

Con aquella expresión de duda volvía a quedar interrumpido el diario,como si la narradora hubiese querido, antes de continuarlo, hacer algúnexperimento. Pero en las páginas posteriores no había más orden en lasconfesiones.

«La vida es más difícil de lo que yo creía.»

Esta reflexión era lo único que se leía en una página, y más lejos,todavía otra duda:

«¿Será entonces presunción creer que se tiene razón?»

Después algunas frases de sentido obscuro.

«De ningún modo, pero agrada esperar...

»No es debilidad, no es sorpresa: he pensado detenidamente, la confianzame sonríe, veo la meta...

»Ahora me faltan las palabras...»

Debajo de una fecha: «18 de junio, 1890» estaba escrito esto:

«Ante Dios, para siempre.»

Y Ferpierre trataba de desentrañar el sentido de aquellas palabras,relacionándolas de modo de reconstruir la historia íntima.

Lo que Vérod había dicho se confirmaba: la idea de hacer bien al almaenferma de Zakunine aparecía dominante en el pensamiento de la Condesa:con su suavidad y dulzura, por ley de atracción entre contrarios, debíasujetar la fuerza impetuosa, la fogosidad indomable del rebelde, como serecogen las riquezas brutas de las cuales se puede extraer un valorpuro.

Cierto era que algo más simple, el amor solamente, bastaba aexplicar la relación estrecha que se había formado entre los dos, y elladaba una prueba elocuente de su amor cuando confesaba que comprendía lasdudas de su marido y de su padre acerca de su felicidad en otrostiempos. El afecto del marido la había bastado: no había hecho unsacrificio al aceptarlo como marido, no obstante la gran diferencia deedades, y por más que la posibilidad del matrimonio se le hubieseaparecido tarde, era positivo que había sido verdaderamente feliz: laduda era póstuma, pero demostraba con gran evidencia, cuánto más fuertey excitante era el nuevo sentimiento. Y también la emoción por los malesque trabajaban al Príncipe, la esperanza y casi el deber de auxiliarle,habían debido determinarla y secundar su afecto.

«¡Si fuera cierto! ¡Si yo tuviera ese poder!...»

Estaba de manifiesto que el Príncipe le había dicho que su amor era paraél un consuelo, la alegría, su salvación, y ya fuese sincero, yafingiese contando con el efecto de aquellas palabras, lo cierto era queese efecto no podía fallar, tratándose de una alma amorosa. Libres losdos, nada hubiera impedido que se unieran legítimamente, si aquelrebelde no hubiera desconocido y odiado las leyes y hasta dirigido todossus esfuerzos a destruirlas. Casándose con ella, la habría dado la mayorprueba de su conversión, pero probablemente no era sincero al decir quese había convertido. Lo más verosímil era que no hubieran hecho alusiónalguna al porvenir: ni el Príncipe había prometido explícitamenteconvertirse al matrimonio, ni la Condesa le había impuesto rigurosamenteque se pusiera en regla con el mundo.

Ambos debían haberse amadocastamente durante un cierto tiempo, ella en la esperanza de apaciguar yredimir al negador, él sin duda sonriendo de tal esperanza, y un día, lacomplicidad de las circunstancias, la dulce influencia de la hora, ladebilidad de la

mujer,

la

prepotencia

del

hombre

habían

cambiadorepentinamente la naturaleza de sus relaciones. Ella había sufridoíntimamente al ver que la pureza de las intenciones no bastaba, pero nohabía expresado su propio dolor, cierta de haber contraído un compromisoante Dios hasta la muerte, y confiada en hacerle reconocer tarde otemprano, aun siendo el hombre que era, la santidad del deber.

¡Cuánto debía haberla amargado el desengaño al descubrir la inutilidadde su entrega! Sin duda, el engaño no se le había presentado evidente deimproviso: mientras el Príncipe había continuado amándola, ella habíaseguido esperando: creyéndolo, sintiéndolo su esposo en el alma, en lasinceridad de la conciencia, había esperado por largo tiempo, llena deesperanza.

Y la desconfianza moral ¿había precedido, o seguido a ladesilusión sentimental? Seguramente, ambas habían nacido a un tiempo.

En la letra, en la tinta, se notaba que las memorias habían sidointerrumpidas otra vez. Y el esfuerzo en no creer la ingrata realidad,aparecía evidente en las nuevas confesiones. La narradora escribía:

«Es preciso creer. Es preciso esperar... Las más de las veces no nosconocemos, necesitamos que se nos revele a nosotros mismos lo quesomos...»

Esta idea se refería sin duda al hombre que estaba cerca de ella, a suobstinada insistencia en la obra de destrucción, a la esperanza aunviviente de doblegarlo, de hacer que volviera a tener creencias, pues laCondesa proseguía, horrorizada:

«¡Todavía el odio, la sangre, el fuego! ¡No, jamás; jamás será ese elcamino!... ¿Cómo es posible que un alma amante hable así? Dice él que elamor se paga con amor, el odio con odio; esto será justo, pero no esgeneroso. Y aquellos a quienes combate

¿odian verdaderamente? ¿Nosufren, ellos también, de tener que recurrir a la violencia?...»

Parecía, pues, que la discordia entre el instinto de rebelión delPríncipe y la predicación de la paz por la Condesa había precedido aldesengaño fundamental; pero en el momento de reconocer la inutilidad desus propios esfuerzos, ¿no debía haber ella sospechado que aquel hombreno había sido sincero al asegurarla que por su amor había vuelto acreer? ¿Y semejante sospecha no debía herirla, no solamente en suscreencias, sino aun en sus esperanzas?

Ella no hablaba del destino reservado a su amor. ¿Guardaba eso silencioporque más le urgía apaciguar al rebelde que asegurar su propiafelicidad? O por el contrario, ¿volvía su atención a la desilusión moralpara distraerla de una visión más, pavorosa, de un desengaño que lehabría sido mucho más funesto? Si el amor de ese hombre era mentira, ¿nofallaba la íntima sanción que la conciencia había dado a un vínculocontraído fuera de la ley? Para la cristiana a quien la culpa habíaparecido, si no excusada, por lo menos atenuada por la sinceridad delamor, por la honradez del acuerdo, por la pureza del compromiso ¿nodebía implicar una condenación grave la falta repentina de esascondiciones?

Ferpierre veía que estas ideas debían haber preocupado a la difunta enaquel tiempo, casi lo leía entre las líneas. Y así como durante laaudición de una frase musical se prevé el desenvolvimiento y la cadenciade la melodía, sus lógicas previsiones resultaban confirmadas por lossiguientes párrafos de las memorias:

«No he tenido valor, pero es preciso que lo tenga. Ya otra vez tuvemiedo de descender a mi interior para realizar un examen de conciencia,este deber que siempre me ha sido fácil, y agradable.

Pero el miedo deentonces nada tenía que pudiera parangonarse con el de hoy.

»¿Me engaño a mí misma? ¿Y cómo pretender que los demás sean sinceros?¿Me impide la soberbia confesarme que he podido engañarme? Pero Dios,que lee en mi corazón, sabe que yo he creído en el bien. Y todavía locreo.

»Él no se conoce. Obedece a tantas y tan variadas impulsaciones. Supensamiento es tan complejo, su experiencia ha sido tan vasta, que élmismo no sabe cuál es su verdadera naturaleza y por eso no la libra depasajeros impulsos, no se hace distinto de sí mismo. Yo esperabaconseguir ponerlo otra vez en el camino de la verdad, pero la obra esmás difícil y requiere más tiempo del que me había figurado. Sinembargo, todavía me mantienen la esperanza, la confianza que me animabanantes.

»Hay momentos en que dudo. Dudo, más que de él, de mi misma. Pienso queesta esperanza es falaz, que esta confianza no es sincera, que yo mesirvo de ambos para ocultar algo menos digno, para secundar un deseomenos puro.

»¿No es este el juicio que todos pronunciarían? ¿Se sirve acaso demedios ambiguos quien quiere alcanzar un fin recto?

¿Debía yo seguirvías tortuosas para ponerlo a él en el camino real? Yo, que debo darleel ejemplo de la virtud en que él no cree, le he dado más bien otraprueba de aquella debilidad acomodaticia que antes condenaba...

»No puedo siquiera decir que he sido sorprendida, que no he previsto loque iba a suceder. ¡Cuántos sofismas! ¡Previendo la caída, me decía a mímisma que él no podía querer ni envilecimiento, pensaba confiarme a élpara no practicar un acto de soberbia atribuyéndome exclusivamente lacapacidad de regular nuestro amor!

»Y no habría habido tal soberbia. Esta capacidad es nuestra, nosotras,mujeres somos responsables del bien y del mal. Nuestra resistencia debedictar la ley a la energía exuberante y prepotente de los hombres. Perootra idea me doblegó: la de que para las almas fuertes no hay leyescrita en un libro; basta comprenderla.

El que las desconoce todas, medice que por mí ha comprendido la ley del amor: la fidelidad. Ahora yono puedo, no debo, no quiero sospechar que se haya burlado hasta de esaley. Y sin embargo, ¿de qué me sirve pensar estas cosas, decirlas enalta voz, escribirlas, si la duda me embarga y me atormenta?

»Poco a poco, pero con claridad perfecta, la he visto surgir, crecer,agigantarse. La duda angustiosa se convierte en ciertos momentos endesesperada certidumbre. Entonces pienso que todavía me quedará unafuerza para ejercer, la fuerza extrema: el perdón. Presiento que no mecostará hacerlo, y eso es malo, pues si me costara, habría en ello mayormérito. Pero él puede hacer de mí lo que quiera, con tal de que noniegue todo y siempre...

»¡Ah, esa risa...!»

¿Era de esperar que Zakunine hubiera cumplido la única condiciónimpuesta por la desventurada?... Al reconstruir con la ayuda de esasconfesiones el carácter del acusado, veía Ferpierre que el juicioadverso a ese hombre, formulado por Roberto Vérod, no era fruto de lapasión. Detrás de su profesión de fe humanitaria, de su predicación dela justicia, de la igualdad, del amor, debía ocultar un egoísmoescéptico, bajos apetitos, intenciones malsanas, puesto que había sidocapaz de reducir a semejante tormento a un ser que se le había rendido adiscreción.

Si la ilusión de inducirlo a una persecución más tranquilade la reforma social había fracasado ¿había respondido él por lo menoscon actos de bondad, a esas demostraciones de amor?

Ferpierre volvió con mayor interés a la lectura del diario:

«Hoy me ha dicho estas mismas palabras que copio, sin cambiar nada enellas:

«¿De modo que tú crees que el amor es inmortal? ¿No comprendes que un díacesarás de amarme, que ya no me amas como antes? Tú me juzgas indignodel amor: piensas que te has sacrificado; el sacrificio te duele, yquieres obtener su compensación: en otro amor lo buscarás, no lo dudes:alguno te lo ofrecerá... Al principio dirás que la culpa ha sido mía;más tarde reconocerás que yo no soy el culpable. Dentro de ti, dentro demí, en los nervios, en la carne, en la sangre de nosotros todos, hay unfermento que nada ni nadie podrá calmar: cuando tengas hambre, tecebarás; una vez que hayas comido, te sentirás saciada. Fuera de estaverdad no hay otra. Es preciso decirla, repetirla, honrarla, y reconocerque tus leyes, tus mandamientos, tus escrúpulos, son mentira ehipocresía que debemos desenmascarar y confundir. Tus grandes nombres,el Amor, el Deber, el Derecho, tienen un sentido, pero no el mismo quetú crees. Nuestro deber y nuestro derecho se reducen a obtener ymantener el placer, que es la razón, el origen, el fin de la vida;mientras tu placer está en el mío, nos amamos; cuando ya no bastamos eluno para el otro, el amor termina. Tú pronuncias otra sonora palabra: elHonor. ¿ Dónde lo sitúas? Mi honor consiste en decir lo que pienso, enponer de acuerdo mis acciones con mis ideas. Todo el mundo está lleno depreocupaciones inicuas; pero más estúpidas que inicuas. La ciencia, queno miente, se ha apoderado de la verdadera, la única ley que hay en elcúmulo de las mentiras seculares: la ley de la lucha por la existencia.

»Ocultadla, echad al fuego los libros que la enseñan, si queréis quetodavía se crea en vuestras mentiras. Pero una vez que la reconocéis¿cómo podéis permanecer serios, oyendo repetir esas mentidas cantinelas?Hay que escoger entre la muerte y la vida: renunciar a la vida espreferible, pero vosotros no lo queréis, y ya que tengo que vivir,extermino a todo el género humano para procurarme aquello que a ti teparece la más fútil de las satisfacciones! Tú querías que formáramos unafamilia indisoluble. Pero ¿no estás contenta ahora de ser libre, no teparece bien estar en aptitudes de poder abandonarme si, habiéndome vistotal como soy, sientes que te inspiro horror?

¡Deja que los hijos ignorenlo que son sus padres, si no quieres que maldigan a los que les han dadovida! ¿Por qué deseabas que nos ligáramos indisolublemente, cuando cadauno de nosotros es autónomo, cuando nada impide—antes por el contrariotodo concurre a ello,—que cada uno de los dos pueda amar a otro ser yun día llegue a hacerlo? Si tú me abandonas cuando yo no te ame ya, telo agradeceré; si me traicionas cuando todavía te ame, te mataré. Tú hazotro tanto. Mi derecho es igual al tuyo. Así proceden todos los hombres,a despecho de los códigos imbéciles y de las hipócritas predicaciones.La anarquía que nosotros queremos establecer existe ya en lascostumbres, pero todavía no es más que una anarquía en el sentido quevosotros la dais, es decir, el desconocimiento y la lesión de las leyes.Lo que se necesita en vez de aquello, es una anarquía que se conforme alas leyes naturales, la uniformación consciente del instinto vital:fuera de eso no hay nada.»

«No he omitido la menor cosa: estas fueron sus propias palabras. Tienerazón. Fuera de eso, no hay nada...»

Y Ferpierre, a pesar de estar acostumbrado desde hacía largo tiempo alespectáculo del dolor, se sentía conmovido al pensar cuán amarga debíahaber sido la pena de esa creyente. Para que transcribiera semejantespalabras, cada una de las cuales debía ofenderla como un insulto yespantarla como una blasfemia; para que reconociera que Zakunine teníarazón, era preciso que la infeliz se condenara sin ninguna excusa, quese juzgase perdida sin la menor esperanza. Debía haber reconocido, porfin, que la ilusión de redimir una alma y el deseo de hacer el bienhabían sido simples pretextos, que en su amor, que en todos los amores,que en toda la vida, no oímos más voz que la de los instintos ínfimos. Yese era el resultado: ella, que quería hacer que su amante volviera atener creencias, ella que quería atraerle a su propia fe, se veíaempujada a la duda, a la negación. ¡En vez de curar al enfermo, éste lahabía contagiado su mal; en vez de purificar al réprobo, se encontrabacontaminada por su contacto!

Pero ¿podría, en realidad, renegar por largo tiempo las creencias detoda su vida? En esa frase en que daba la razón al negador ¿hasta quépunto intervenía la ironía? Mientras ella le hablaba de su amor, éladucía argumentos escépticos, cínicos y casi preveía que iba a sertraicionado; esto era suficiente para que la desgraciada se escarnecieraa sí misma; pero ¿qué pensaba de la posibilidad de la traición?¿Reconocía que, por una lógica fatal, a su primer error debía seguir unsegundo y un tercero, o por el contrario, se rebelaba contra estalógica? Allí estaba el problema moral, cuya solución habría aclarado elmisterio judicial.

Y la curiosidad de Ferpierre crecía, la atención que prestaba a lasconfesiones de la muerta se redoblaba.

«¡Qué desastre para una madre, tener que despreciar a su propio hijo, alvivo fruto de sus entrañas, a la mejor parte de su ser!

»La desgracia de la vida consiste en la idea de la felicidad.

»La persona que sigue a la tumba a un ser adorado ¿será pasible decastigo? ¿Es un delito en un hijo, en un esposo, morir con el padre ocon la esposa? ¿Un acto tan hermoso es condenable? ¡Si yo hubiese muertocon mi padre!

»Rogar a Dios que nos envíe la muerte, esperarla como una salvación,desearla como una recompensa, ¿no es casi como dársela? ¿Es acaso tangrande la distancia que separa la vocación ardorosa del acto? Si elacto es una culpa ¿cómo podrá ser consentida la intención suplicante?...

»No tendré que esperar mucho; la obra de destrucción está ya adelantada:el dolor muerde mi pecho con mayor saña. Pero cada día, cada hora quepasa, me hacen mucho daño.

»Hay coincidencias que parecen, advertencias, consejos, complicidades,del destino. ¿Por qué ha venido esa arma a mis manos, precisamentecuando sentía su falta?...»

Todos estos párrafos en que la infeliz discutía consigo misma elproblema del suicidio, demostraban que ya no tenía más esperanza que lade la muerte. Más allá transcribía una sentencia que había leído en unlibro:

«Cuando vivo bajo las leyes, tengo la obligación de cumplirlas; pero,¿pueden aún obligarme cuando estoy fuera de ellas?» (Montesquieu.)

Este juicio había debido parecerle singularmente adaptable a su propiasituación. No obstante todos sus razonamientos contrarios, debía ver queel suicidio es un mal, y que la ley moral ordena soportar pacientementela vida hasta el último día; pero este mandamiento podía valer paraquien había obedecido a todos los otros; ella, que había infringido yauno mucho más grave, debía sentirse desligada de esta obligación, yademás, cuando pensaba en matarse, quería imponerse un castigo.

«¿Sería tiempo?» se preguntaba en otro párrafo. Cierto; cuando vea quetodos los otros remedios son imposibles, cuando la esperanza haya muertodel todo, podré ejecutar este acto; pero

¿soy yo buen juez de laoportunidad del momento? ¿No parece con frecuencia que un cuerpoviviente está próximo a disolverse bajo la acción de un mal implacable,y después la Naturaleza encuentra en sí misma la fuerza necesaria parahacerlo revivir?

La vida, tan abundante y fecunda ¿no puede resolver deun modo inesperado una situación al parecer sin salida? ¿No debería laesperanza ser la última en morir? ¿Me toca entonces esperar?...»

Persuadida de la conveniencia de hacerlo había esperado; pero

¿qué habíaconseguido con ello?

Después de algunas páginas en blanco, el juez halló este pensamiento quele llamó la atención:

«El gozo no tiene tanta virtud para hacer olvidar el dolor, como unnuevo dolor.— La noche del 12 de Agosto

Entre las dos hojas había algunas flores secas, rígidas y descoloridas,a guisa de señal.

Esas flores y la fecha puesta debajo de aquellas palabras, hicieronpensar a Ferpierre que se trataba de algún suceso más digno de atención,al cual la Condesa atribuía especial importancia. Continuó leyendo yencontró otro párrafo en el que se detuvo mayor tiempo. La difunta noexpresaba su propio pensamiento: copiaba otra vez algo de un libro:

«Nada contribuye tanto a hacer desagradable la vida, como un segundoamor. El carácter de eternidad, de la infinidad que lleva consigo elamor y lo levanta sobre todas las cosas, se ha desvanecido ya: el amorparece efímero como todo lo que comienza de nuevo.» (Goethe.)

Ferpierre recordaba muy bien este juicio del poeta alemán:

¿podía ladifunta haberlo citado sin aplicárselo a sí misma? Y la duda que habíaexpresado a Vérod comenzaba a tomar consistencia. ¡Sí la Condesa habíacopiado esa desconsolada sentencia después de haber conocido a Vérodcuando se encontraba turbada por una simpatía aun inconsciente, eranecesario creer que no esperara hallar en el segundo amor unacompensación sino un motivo de pena! Después de haber esperado, despuésde haber querido esperar en la vida ¿qué obtenía de esto? ¡No una ayuda,sino el último desastre!

La sentencia del poeta significaba que el segundo amor está condenadoirremisiblemente,

porque

alucinarse

con

la

profundidad del nuevo afectono es posible para el corazón que ya ha visto la muerte del primero. Lossalvajes de América creían inmortales a los primeros europeos quellegaron a conquistar el nuevo mundo, y por eso los juzgabanomnipotentes, hasta que al ver sucumbir el primer español reconocieronel engaño y cesaron de venerarlos...

Pero la certidumbre expresada por Goethe y afirmada después por laCondesa d'Arda ¿qué podía valer contra las persuasiones del instintovital? ¿A cuántos impide amar nuevamente el saber que el nuevo amorterminará como el primero? La certidumbre de morir que se tiene ¿esacaso una razón para suicidarse? Aquel que concibe la triste verdad vivemal, pero sin embargo vive, porque los instintos son más persuasivos quelas concesiones abstractas... la capacidad de refrenarlos consistesolamente en la sanción moral.

La condición en que se hallaba la Condesa, la falta de alguna obligaciónescrita que la vinculara indisolublemente al Príncipe, el ejemplo que ledaba su indigno amante, tenía natural, humanamente, que impulsarla abuscar en el nuevo amor un consuelo y un goce cuya caducidad, común atodas las cosas humanas, no podía ni debía detenerla. Lo que ocurríaconsistía en que mientras era libre ante los hombres, se había vinculadoante su propia conciencia, sin el auxilio del rito, pero con sinceridadcompleta. Cierto que se había puesto fuera de las leyes, pero con el finde hacer que volviera a ellas quien las había abandonado y desconocido,y si había recibido de éste el ejemplo del mal, había sido por darle eldel bien. Alimentar ese nuevo amor no era, por lo tanto, posible, sinrenunciar a las atenuaciones que, en la ambigüedad de su estado, lasubstraían a la condena o la permitían por lo menos, abrigar laesperanza de que podría evitar su rigor. «Esta idea me convenció: quepara las almas, fuertes no se necesita que la ley esté escrita en unlibro: basta comprenderla.» ¿Era posible que hubiera olvidado suspropias palabras, el sentimiento que se las había dictado? Si aquelsentimiento era sincero y sano; si el alma de aquella mujer fuera tanelevada y fuerte como aparecía en las declaraciones de los testigos y enlas páginas del libro, no sólo era posible que se hubiese dado lamuerte, sino que el suceso debía haber sido casi previsto.

Antes de haber encontrado a Vérod, su corazón estaba oprimido, su vidallena de amargura, todos sus esfuerzos habían fracasado; pero, sinembargo, aun podía respetarse. En la amargara del desengaño habíapodido, sí, censurarse y declararse vil, afirmando que se había unidocon el Príncipe Alejo, no por cumplir un noble propósito, animada de unsentimiento purísimo, sino sencillamente por satisfacer su propiaconcupiscencia, y hasta debía decirse que ese su propio fallo eraatenuado. Una segunda caída no solamente no tenía excusa alguna, sinoque además habría confirmado ni escéptico juicio que se había formado deella su primer amante:

«Tu sacrificio te duele; quieres obtener una compensación y la buscarásen otro amor: no lo dudes, alguien te lo ofrecerá...»

Estas palabras deZakunine que la habían humillado y ofendido cuando no eran más que unaescéptica previsión, habrían sido confirmadas por el hecho, expresado larealidad, si ella hubiera cedido al amor de Vérod: entonces elescéptico, el negador, el blasfemador hubiera tenido razón; la fe en quela creyente se sostenía contra él se había reducido como él queríareducirla, a una mentira, a una hipocresía.

Ferpierre se repetía a sí mismo que el suicidio, en tales condiciones,no era solamente posible, sino hasta casi necesario.

Ya por otrasrazones había reconocido su verosimilitud en una naturaleza melancólicay contemplativa como aquélla, en una alma habituada a mirar asiduamentedentro de sí misma, a estudiar sin miedo, y más bien con una especie decomplacencia los problemas de la vida. Y a la luz de estas deduccioneshallaba nuevos indicios en las últimas notas del diario, allí mismodonde por la mañana el juez de paz había buscado, sin encontrar, laconfesión de la muerte voluntaria. La desgraciada no confesaba que semataba; pero el significado de las últimas palabras parecía en esemomento más claro a Ferpierre:

«Es preciso que la fe sea muy robusta y busque y halle un modo deafirmarse contra la duda triunfante...

»La mayor tristeza consiste en tener que renunciar a la esperanza.

»La última esperanza...»

«...Al dilema pavoroso: vivir pecando, o...»

Estas eran las últimas palabras. ¿No debía completarse la frase de estamanera: «o morir para evitar el pecado?»

V

DUELO

La lectura de las memorias había demostrado al juez Ferpierre que laCondesa d'Arda se encontraba en situación de tener que pensar en lamuerte como el único término de su desventura.

Pero esto no impedía almagistrado comprender que debía considerar el otro aspecto del problemay profundizar los argumentos aducidos por Vérod contra la hipótesis delsuicidio.

En ese nuevo amor que la Condesa combatía con la previsión dela caducidad y más aún con la conciencia del mal, había grandesperspectivas de gozo, la mayor incitación a vivir; el mismo empeño conque ella se imponía su privación, demostraba su fuerza y además noexistía una explícita confesión del intento del suicidio, y, por lotanto, quedaba siempre la posibilidad de que, no habiéndose matado alprincipio, en el largo tiempo transcurrido desde que había conocido aVérod, tampoco se hubiera dado la muerte al último, sino que hubierasido asesinada por uno de los rusos: el asesino aprovechaba así laverosimilitud del suicidio y escaparía a la acusación.

Para aclarar el misterio, convenía conocer con precisión las relacionesque habían mediado en los últimos tiempos entre la Condesa y el joven,cuáles habían sido las instancias de él, cuáles las promesas de ella.Las cartas escritas por Vérod a la Condesa, dos o tres por todo, nadadecían de notable: expresaban solamente la gratitud del joven por lavisita al sepulcro de su hermana, y el deseó y la esperanza de verla denuevo. Ninguno de los otros papeles de la difunta arrojaba la menor luz:los más importantes eran un legajo de cartas de aquella sor Ana a quienla Condesa había escrito la mañana misma de la catástrofe.

Sor Ana la trataba verdaderamente como a hija, y en sus palabras deconsuelo, en sus llamamientos a la fe cristiana, se comprendía quecontestaba a algunas cartas en que la muerta le hablaba de sus dolores yde su desesperación.

Ferpierre había dispuesto ya, por intermedio de la legación inglesa enBerna, que se buscara a la hermana Brighton en Nueva Orleans, dondeestaban fechadas sus cartas, para saber por ella lo que su antiguadiscípula la había escrito el día de su muerte. También había ordenadoque el domicilio de la difunta en Niza y el del nihilista en Zurichfuesen registrados, y había pedido informaciones sobre Zakunine a lalegación de Rusia.

Mientras tanto, hizo el magistrado llamar a Vérod, para que le explicaracon precisión cuál había sido su situación tocante a la Condesa. Elacusador había dicho, en el primer interrogatorio, que la víspera de latragedia se había encontrado con ella y que nada le había hechosospechar lo que iba a suceder al día siguiente: el juez considerabaurgente saber lo que se habían dicho en este último coloquio.

Cuando Vérod se le presentó, Ferpierre se sintió impresionado por supalidez cadavérica, por el abatimiento que toda su persona revelaba.Aquella noche de angustia había pasado por sobre el joven como unadécada entera: se había envejecido diez años.

—¿Sigue usted todavía—comenzó a preguntarle el juez—en la mismaopinión de ayer? ¿Cree usted todavía que su amiga ha sido asesinada?

—¡Lo creo!—contestó Vérod con energía, estremeciéndose como el heridoque siente el hierro revolverse en la llaga.

—¿Y ha encontrado usted otras pruebas o argumentos que confirmen suacusación?

—Todavía no.

—Pues bien: conversemos un momento. Sí no encontramos algunademostración material de la verdad, lo que parece demasiado probable,resulta que estamos empeñados en un proceso indicador, cuya solucióndepende de un problema psicológico. Lo que importa ante todo, es conocerel estado de espíritu de la Condesa en los últimos días. Pero dígameusted primero: ¿se acuerda usted bien de todo lo que aconteció entreusted y ella desde que la conoció?

—De todo. Cada una de sus palabras está impresa en mi memoria de unamanera indeleble, y nada podrá hacerme olvidar jamás una sola de ellas.

—¿Qué día la conoció usted?

—El 13 de julio del año pasado.

—¿Recuerda usted alguna fecha saliente en la historia de su amistad conella? ¿Sucedió algo entre ustedes el 12 de agosto?

Roberto Vérod se pasó una mano por los ojos antes de contestar, y luegodijo en voz baja:

—Sí. Estuvimos juntos. La acompañé a la montaña.

—¿Qué le dijo usted?

—Nada. Había otras personas con nosotros. Yo hablé poco, y además, sihubiéramos estado solos, no le habría dicho nada.

Esto no quiere decirque yo no experimentara el deseo de decirle cuáles eran missentimientos, pero las palabras eran ese día más superfinas que decostumbre. En el bosque de Comte, bajo la luz verde, entre las altascolumnas de los árboles, se me aparecía como una prodigiosa floranimada, su belleza florecía como la flor de la vida. El aire estaballeno de perfumes. Yo cogí muchas, muchas flores para ella, y sólo éstaspodían decirla mi pensamiento, cuando se las ofreció mi mano temblorosa,después de haberlas cogido en las faldas de los montes. Pronto tuvo lacintura enteramente florida, y en su mirada florecía también unasonrisa...

—Pues bien; mire usted, lea...

Ferpierre tomó el diario, lo abrió en la página en que había encontradolas flores y lo pasó al joven.

«El gozo no tiene tanta virtud para hacer olvidar el dolor, como unnuevo dolor.—La noche del 12 de agosto.»

Roberto Vérod contemplaba las flores muertas, y releía con los ojosenjutos aquel mortal pensamiento. Ya no podía llorar.

—¿Comprende usted, el significado de estas palabras?—

repusoFerpierre.—Me parece que es demasiado evidente.

Mientras se encontrabajunto a usted, ante el homenaje que usted le rendía, al descubrir elamor que usted le profesaba, se sentía aliviada de su larga opresión ypensaba por virtud de su nuevo gozo olvidar el dolor; pero más tarde, enla noche, reflexionando a solas sobre su condición, reconocía que nopodría corresponder a la pasión de usted, que tenía que renunciar a lafelicidad tan esperada, y que, si su antiguo dolor se desvanecía, estono era obra del gozo, sino muy al contrario la de un dolor más grande.

La tristeza de este pensamiento es en verdad mortal, y ella ha sabidoexpresarla en una forma incisiva que daría envidia a cualquier escritorde profesión.

Ya al leerlo había sospechado que se refiriese a sus relaciones conusted, y ahora, después de lo que usted me ha referido, la verdad meparece evidente. Vea usted, pues, que el nuevo amor no era para ladesgraciada señora un motivo de esperanza, sino de desesperaciónextrema.

Vérod había escuchado inmóvil, teniendo todavía apretado entre las manosel diario de la difunta, y no pudo contestar de otro modo quebalbuceando, confuso, y casi despavorido:

—¿Usted cree?...

—¿Cómo dudarlo? Lea usted las páginas siguientes.

Mientras el joven leía mentalmente, el juez trataba, en vano, dedescubrir en su rostro el efecto de la lectura. Tal era la alteración delas facciones, tan torva la mirada, las ojeras tan profundas, los labioshabían tomado una expresión tan dolorosa que la tristeza no podía yaextraer una lágrima de los ojos ni trazar una nueva arruga en el rostro.

—Ya ve usted que mis inducciones de ayer resultan confirmadas por estasconfesiones. Su amor acrecentó la pena de esa pobre mujer, lejos deconsolarla. ¿Usted no sospechó nunca esto?

Vérod dejó el libro, apoyó la frente en la mano, y contestó lentamente,como hablando consigo mismo:

—Yo esperaba, y creía que ella también mantuviera esperanzas.Precisamente de las esperanzas, hablamos un día y yo dije que no todastenían la misma fuerza. Las hay tan firmes como la certidumbre máscabal: éstas se pierden en el dolor, en la miseria. Pero hay también unaesperanza lejana, tenue, frágil, que

mantenemos

siempre

oculta

porque

unsoplo

la

desvanecería: esa es la esperanza que jamás muere, que nadaimpide abrigar. Esto la dije yo. Ella asintió. Y al asentir

¿noparticipó de mi secreta idea, de que para nosotros lucía aún unaesperanza como aquélla?

—Usted me dijo ayer que, aparentemente libre, la Condesa habíacontraído consigo misma un compromiso irrevocable, en el cual encontrabael obstáculo para su nuevo amor. Tal era, en el hecho, su sentimiento yen muchos párrafos de este diario se encuentra su evidencia. Pero lafuerza del escrúpulo era en ella mucho mayor de lo que sin duda ustedcreía. Si no, oiga usted...

Y Ferpierre leyó en voz alta las páginas de la memoria mássignificativas. El sentido de las confesiones le parecía esa segunda vezmás claro, la lucha de aquella conciencia más grave.

Para demostrar aVérod la sinceridad de la narradora, leyó todavía otros párrafos,aquellos en que estaban descriptas las ingenuas impresiones de laadolescente y de la esposa. Poco a poco iba reconstruyendo para Vérod lahistoria completa de aquella alma, como la había reconstruido para sídurante la primera lectura.

—Hay que creer lo que ella misma escribió aquí. Si a usted no le dijoestas cosas, si usted pudo comprender que no desesperaba, eso se explicahumanamente. Ni la mente ni el corazón se mantienen siempre en una solaidea, en un solo sentimiento, sin mutación: la fuerza moral crece ydisminuye de un momento a otro. En presencia de usted la Condesa podíasentirse menos armada contra las ilusiones: pero a solas, cara a caracon su conciencia, volvía a hallar la fuerza de resistir.

Fíjese ustedtambién en esta circunstancia: ella, que consignaba en las páginas de sudiario todas sus impresiones, no habla directamente de su amor porusted: a no ser por las palabras escritas la noche del 12 de agosto y eljuicio copiado de Verdad y Poesía, no sabríamos, guiándonos por estelibro, lo que había agravado su condición. Eso demuestra con claridadque tenía miedo de esta pasión...

—¿Y no demuestra también la fuerza de la misma pasión?

—Sí, es cierto; pero para saber por que partido debía por findecidirse, es preciso que yo le exhorte a usted a ser sincero:

¿qué fuelo que le pidió usted, y hasta qué punto llevó usted sus demandas?

Antes de poder contestar, tuvo Vérod que oprimirse la frente con ambasmanos. Mientras el juez le leía el libro, él iba penetrando los secretosdel ser amado, casi reviviendo su vida, y se sentía invadir por unamargo encanto. Su adoración por la belleza de aquella mujer, sucompasión por sus sufrimientos aumentaban y le embargaban hasta el puntode olvidar cualquier otro sentimiento: poco faltaba para que olvidaraque estaba muerta. Al oír otra vez la acusación de haber sido él quienla había muerto, se despertó bruscamente de su ensueño.

—¿Qué podía pedirla? ¿Se imagina usted que yo fuera exigente con ella,yo que huí de su presencia apenas temí que mis miradas me vendieran?¿Cree usted que yo intentara violentarla, y que se haya muerto porsubstraerse a mi violencia?

Esa era, efectivamente, la sospecha del juez. La condición en que laCondesa y Vérod se encontraban podía durar, por más que fuera bastanteambigua, siempre que nada interviniera de la parte del joven paraalterarla. Y al juez no le parecía increíble que Vérod, sintiéndoseamado, se satisficiera con sólo la amistad pura: si el artista habíapuesto en juego el sutil expediente de la poesía para seducir a aquellamujer, si había ennoblecido con la magia de la expresión literaria sudescontento y sus deseos, la Condesa d'Arda había podido, despertándosedel sueño de un afecto paternal, encontrándose inevitablemente en elterrible dilema de vivir pecando o de morir para evitar la culpa,aferrarse al más desesperado, pero menos indigno de los extremos.

—No quiero decir que usted haya sido violento con ella, ni tampocotratándose de un espíritu como el de su amiga, con la dolorosasensibilidad que la aquejaba, la violencia habría tenido eficacia paradominarla. Con sólo la natural vivacidad de la pasión, con una deaquellas ardientes palabras que el amor inventa y a ustedes los poetasno les cuesta mucho emplear, debía bastar para arrancarla de la ilusiónque la seducía, para demostrarle que era inevitable la transformación dela amistad que la ligaba con usted, y a darle, con la previsión del mal,la idea de substraerse finalmente a una vida demasiado afligida por eldolor. Eso no habría hecho que usted descendiera en su concepto: elladebía pensar que en usted, como hombre, era natural la impaciencia deldeseo, que el error había sido suyo, por no haberlo previsto.

—Tiene usted razón—contestó Vérod, meneando lentamente la cabeza.—Esoera natural. Usted no puede creer que una cosa natural no hubierallegado a realizarse. Usted no creerá que huí de ella, que la respeté,que la obedecí. Usted no sabe la transformación que por la virtud de esamujer se ha operado en mí.

—Hábleme usted de eso.