Espasmo by Federico De Roberto - HTML preview

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El magistrado se había decidido de repente a ponerlos el uno enpresencia de la otra.

Recordando Ferpierre el relato del juez de paz, según el cual elPríncipe, a la llegada de Julia Pico, se había turbado, poniéndose otravez a temblar nerviosamente y a respirar con ansia, pensaba que tal vezAlejo Zakunine hubiese visto en la mujer una acusadora, y que de allíproviniera su turbación. Pero nada en su expresión revelaba, al anunciodel careo a que iba a ser sometido, que la prueba le pareciera temible.

La doncella estaba en el cuarto mortuorio, prestando al cuerpo de supatrona, antes de que se lo llevaran, los últimos servicios piadosos;después de haber lavado la sangre de la frente y la mejilla, le habíaarreglado los cabellos y cruzado las manos sobre el pecho, poniendoentre ellas un rosario. La pobrecilla no veía lo que hacía, tan espesoera el velo de lágrimas que le cubría los ojos. A su lado estaba laBaronesa de Börne, tratando también de hacer algo, cuidadosa y locuaz, ycuando llamaron a la criada, poco faltó para que la siguiera.

Dos, tres veces tuvo Ferpierre que repetir sus preguntas a la pobremujer, a tal extremo se encontraba ésta trastornada por el dolor. JuliaPico, de cuarenta y cinco años, nacida en Bellano, en las márgenes dellago de Como, estaba en el servicio de la Condesa d'Arda desde la niñezde ésta, cuando vivía en la casa paterna en Milán.

—¿Usted ha dicho que en patrona manifestó varias veces el propósito demorir?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace mucho tiempo... más de un año.

—¿Nunca habló usted de ese peligro al amigo de la Condesa?

—Sí.

Como si no hubiera oído esta afirmación, que desmentía las del Príncipe,ni éste se hallase presente, el juez continuó interrogando a la criadasin siquiera volverse hacia el acusado.

—¿Cuándo se lo comunicó usted? ¿En qué circunstancias?

Procure ustedprecisar.

—El año pasado, un día en que el señor se fue... La señora le rogómucho que no la dejara sola... Pero él se marchó, y entonces la señoralloró mucho, mucho, y habló de la muerte... Cuando el señor volvió, yole dije que tuviera cuidado con lo que ella pudiera hacer.

—¿Qué tiene usted que contestar a esto?—dijo con frialdad Ferpierre,volviéndose hacia el Príncipe y mirándolo fijamente.

—No recuerdo el hecho—respondió éste sosteniendo firmemente la miradadel juez.—He confesado mis faltas, esta mujer me habló alguna vez deellas, y sin duda quería señalarme el peligro, pero nunca me dijo conclaridad lo que creía tener razón de temer.

—¿Todavía en los últimos tiempos—repuso el juez dirigiéndose a lamujer—hablaba de su propósito?

—No.

—¿Cómo explicaba usted este hecho? ¿No tenía siempre las mismas razonesde quejarse?

—El señor la trataba mejor desde hacía algún tiempo.

—¿Es cierto lo que dice?

—No es cierto. Si yo hubiese reconocido ante la Condesa mis faltas, sila hubiera pedido que me excusara, todavía estaría viva.

Zakunine había bajado la vista; hablaba con un acento de remordimientotan sincero que Ferpierre se sintió impresionado.

El dicho de ladoncella de que su patrón había comenzado a tratar mejor a la Condesa, yel de haber éste negado tal cosa al principio, e insistir después en sunegativa, perseverando, por el contrario, en culparse, hacían que laacusación fuera pareciendo menos fundada. Y entonces, siguiendo losargumentos de Vérod,

¿habría que volver las sospechas hacia el lado dela joven estudiante? ¿Querría el Príncipe demostrar que se trataba de unsuicidio, para salvar a su compañera de fe política?

—¿Qué pensaba su patrona de esa mujer que estaba en la casa, de laNatzichet?

—No sé. No la veía.

—¿Pero tenía conocimiento de sus visitas? ¿Estas le desagradaban?

—No se...

El juez creyó ver que la presencia del acusado impedía a la criadahablar libremente.

—Déjenos usted solos—dijo a Zakunine.

Cuando éste desapareció, inclinada la cabeza por la puerta dondevigilaban los gendarmes, el juez se acercó a la criada.

—Oiga usted—la dijo en voz baja, pero con vivacidad y en tono depersuasión confidencial;—nos encontramos en presencia de una graveduda. Mientras las apariencias demuestran que la patrona se ha matado,hay quien asegura que ha sido asesinada.

Nadie mejor que usted puedeayudar a la justicia a descubrir la verdad. Usted creía que ella mismase había quitado la vida: ahora que conoce usted la acusación, ¿no dudausted?

La mujer juntó las manos, indecisa, confusa.

—¡Qué podría decir yo, señor!... ¡Esto es espantoso!... Yo no sé.

—¿Qué piensa usted de su patrón? ¿Lo cree usted capaz de haber cometidoun delito como ese?

La mujer vaciló durante un momento, pero luego contestó resueltamente:

—No.

—¿Por qué cree usted que no?

—Quería mucho a la señora cuando se conocieron. La quería locamente.¡La consoló tanto de sus dolores!

—¿Qué dolores?

—La señora sufría, estaba mortalmente dolorida. En el espacio de pocosmeses había perdido a su padre y a su marido, se había quedado sola enel mundo. También el señor Conde murió de una manera espantosa,aplastado por un tren.

—¿Pero después la trató mal el Príncipe?

—Sí; ofendió sus creencias; la abandonó; pero eso no es una razón parasospechar tan horrible cosa.

—¿Se acuerda usted cuándo, cómo y por qué comenzaron los malos tratos?

—En Italia, cuando el señor fue expulsado de nuestro país.

—¿Cuánto tiempo hace de eso?

—Hace dos años. ¡Había sido tan grande la esperanza de que allá fueramás bueno, y más suyo!..

—¿Notaba usted disputas entre ellos?

—No precisamente disputas... La señora, cuando quería algo, rogaba; elseñor la dejaba hablar, no contestaba, y después hacía lo que se leantojaba.

—¿Le engañaba con otras?

—No sé. ¿Quién podría saber lo que hacía en las largas temporadas queestaba ausente?

—Ha dicho usted que desde hace poco la trataba mejor.

¿Cuánto tiempohace de eso?

—Tres o cuatro meses.

—¿Cómo notó usted ese cambio?

—Vino a buscarla después de una ausencia muy larga, cuando yo creía queno iba a volver nunca.

—¿Venía de Zurich?

—Creo que de Zurich.

—¿Se quedó mucho tiempo?

—Pocos días, pero después volvió muchas veces, estando nosotros en Nizay aquí. Parecía otro. Parecía temerla.

—¿Cómo se explica usted tal cambio?

—No sabría decirlo. Sin duda, al verla tan triste y enferma, reconocíahaber procedido mal.

—Fíjese usted bien en la pregunta que voy a hacerla: ¿qué era para supatrona el señor Vérod?... Dígame usted lo que sepa. Es necesariodescubrir la verdad, castigar a los culpables, si los hay, vengar lamuerte de esa pobre señora, en el caso de que haya sido asesinada.¿Querría usted que los asesinos quedaran impunes?

—Voy a decir a usted lo que yo creí comprender. La pobrecilla no mehabló nunca de él. Sólo una vez me dijo:—

«Qué amable es el señor Vérod,¿no es cierto?...»—Yo comprendí que su compañía, su amistad le eran muygratas, por más que a veces evitase el encontrarse con él.

—¿Cómo era eso?

—No sé; pero a veces parecía que hasta le tuviera aversión.

Peroaquello pasaba pronto...

—¿Temía, quizá, que el señor Vérod, como todos los hombres, llegara ala larga a no tratarla con la delicadeza que al principio?

—No lo creo. ¡Es tan bueno el señor Vérod! Sin duda temía algo, sí,pero...

—¿Qué temía?

—Se temía a sí misma.

—Entonces, si la Condesa abrigaba esa simpatía, y en el caso de que elPríncipe, como usted, la hubiera notado, ¿no cree usted que cuandocomenzó a tratarla mejor fue por miedo de perderla, celoso de Vérod?

La mujer abrió los brazos y meneó la cabeza.

—No podría decirlo, señor.

—De la rusa, de esa estudiante, ¿qué piensa usted?... ¿Qué venía ahacer aquí?

—Yo no sé, porque, siempre se encerraba con el señor en el escritorio.

—¿Cuántas veces ha estado aquí?

—Tres o cuatro veces.

—¿Nunca sospechó usted que hubiera entre ellos una relación muyíntima... que ella fuese su querida?...

—No podría decirlo. Un día...

—¿Qué?

—La vi besar la mano al señor.

—¿No oyó usted lo que decían?

—Hablaban en ruso. Yo no podía entender.

—Hagamos una suposición. Admitamos que esa mujer amara al Príncipe. ¿Noes verdad que entonces habría tenido celos de la Condesa?

La criada contestó con una ambigua expresión del rostro, que tanto podíasignificar ignorancia como asentimiento.

—Sin embargo, si conocía su desunión, esos celos no habrían sido muyjustificados...—insinuó Ferpierre, oponiéndose a sí mismo estaobjeción, pues en su esfuerzo por ver claro en aquel misterio expresabatodas las ideas que se le iban presentando.—

¿Sabía la rusa que entrelos patrones de usted había discordia?

—No podría decirlo.

—¿Habría notado que el Príncipe trataba mejor últimamente a la difunta?

—No sé, señor.

—¿Y si lo hubiera notado amando al Príncipe, no podrían los celos haberarmado su brazo?

La criada no contestó, casi comprendiendo que el magistrado, más queinterrogarla, no hacía sino hablar consigo mismo, pensar en alta voz.

III

LOS RECUERDOS DE ROBERTO VÉROD

El sol se ponía. Detrás de la cadena del Jura, los rayos de oro quehendían las nubes aglomeradas sobre las cumbres, semejaban un inmensotrofeo de espadas. El lago, hacia la ribera occidental, parecía unainmensa pizarra; después, verde como un estanque por entre las orillasbajas y boscosas de San Sulpicio, recuperaba todo su color azulado allálejos, en la alta cuenca cerrada por los Alpes, cuyas nieves seinflamaban con los últimos fulgores del astro. Dos velas inmóviles,cruzadas como dos alas sobre el agua inmóvil también; una tenue línea dehumo por el lado de Collonges, y ningún otro signo de vida. En medio delsilencio infinito, lejanos toques de campana anunciaban que una vidaacababa de extinguirse.

Al Cielo, a la tierra, a la luz, Roberto Vérod pedía cuentas de aquellavida. A ratos llegaba a perder la conciencia de la increíble verdad:ante el espectáculo que tantas veces había admirado junto con ella, leparecía tenerla aún a su lado; pero después, tornando la mirada ansiosa,la soledad lo aterraba, el horror pesaba más y más sobre él. Y andaba,andaba, sin saber adonde, ansioso de respirar: la inmovilidad lo habríaahogado.

En la cuesta de Lausana, más allá de la Cruz, lo pasó uncarruaje.

Y entonces se detuvo, temblando.

En ese camino, en ese sitio, a esa misma hora, la había visto por laprimera vez: un año antes, un día que erraba por esos lugares, habíapasado ella en carruaje, quién sabe si en ese mismo que acababa dedejarlo atrás. Y su imagen resurgió vivísima, con una luz que lodeslumbró.

¿Qué hacía él en aquel tiempo? ¿En qué pensaba? ¿Cuáles eran susesperanzas? Su existencia no tenía objeto; era una existencia vacía,gris. Treinta y cuatro años, ninguna arruga en la frente; ¡pero cuántasarrugas en el alma! El recogimiento en la reflexión, el asiduo exameninterior, el inveterado instinto y la obstinada necesidad de mirardentro de sí mismo, lo habían envenenado. ¿Vuelve jamás la gota de aguaa parecer líquida perla después de que el ojo armado de una lente havisto dentro de ella un mundo horrible?

Vérod se había contemplado demasiado a sí mismo con el pensamiento, ylas cosas, y la belleza, habían perdido para él todo su encanto, y loque cuesta el gozo lo sabía ya demasiado, y la esperanza se habíaconsumido en su pecho. En otros tiempos, en edad más temprana, se habíasentido orgulloso de su facultad para el examen como de una verdaderapotencia; pero los años le habían hecho ver que en aquello estabaprecisamente su desgracia. En el mundo de las ideas, los horizontesextremos, las altas cimas le eran familiares; en la vida práctica, suspasos eran menos firmes aún que los de un niño. Y cuando intentaba unareacción contra esa impotencia, reconocía que su voluntad era ineficazpara conseguirla, que se encontraba condenado a una vida infecunda.Nacido en la confluencia de tres civilizaciones, procedente de unaraza, en la cual se habían confundido demasiados elementos étnicos,atraído en diversos sentidos por los instintos hereditarios y por losconceptos adquiridos, veía que no podía gustar otros goces que los delárido pensamiento.

Había vivido: ¿pero cómo? Como el visitante de un cosmorama que creyeraen algún momento estar delante de los espectáculos representados enéste; es decir, a sabiendas de que están pintados en cartón, Vérod nocreía en la vida. Los insensibles objetos, las inanimadas obras de artepueden ser iluminadas, pero siempre quedarán como son, frías, mudas,inertes; así había amado él a las criaturas vivientes. Y en cuanto alsentimiento, en un tiempo había soñado, no en cambiar la naturaleza delas cosas, porque ello era imposible, pero sí en ser comprendido dealguno de sus semejantes; y porque jamás ese sueño se había realizado,una expresión de soberbia lo había persuadido de que tenía una almadistinta de las demás, de que valía más que los otros. Y su soberbiahabía sido castigada con la espantosa soledad que lo rodeaba.Entristecido más aún por efecto de la soledad, una idea subsecuente lehabía demostrado que, sin embargo de valer las criaturas humanas, pocomás o menos, las unas tanto como las otras, todas están condenadas a noentenderse jamás.

Así, con esa fe desesperada, con la amarga complacencia de haber sabidocomprender la estéril verdad, había vivido años, y estas opiniones sereflejaban demasiado fielmente en su arte, que era negador, frío yamargo. Proclamando que la vida es un engaño, que no hay distinciónentre los sentimientos del nombre consciente y las ciegas potencias dela Naturaleza, que todo se reduce en el mundo a un mecanismo impasible,no creía tener ya razón de vivir y su vida era una continua muerte.Refrenaba todas sus tentaciones, comenzando por la de morir, y con elfuror de un iconoclasta, destruía dentro de sí todas las imágenes de lascosas y de los seres. Años hacía que vivía así, cuando ella se leapareció.

Y allí la volvía a ver, en el carruaje que subía lentamente la cuesta,acompañada de otra dama: sus miradas se cruzaron rápidamente. Suaparición lo había dejado aturdido: ¡qué blanca, qué pálida estaba! ¡quécansada parecía! Y ¿qué decía esa mirada?

La misma noche la había vuelto a encontrar en la Casa de Salud, donde unmédico amigo trataba de persuadirlo de que, con un poco de agua tibiasobre las espaldas, se curan los males del espíritu. ¡Otro era elremedio que él necesitaba! Ni las duchas, ni el aire, ni el ejercicio delos músculos podían nada contra su dolor. Y otra vez, en el terrado dela Casa de Salud, había pasado por delante de ella, más de cerca, y pormucho que ese encuentro hubiera sido tan rápido como el primero, habíatenido tiempo de notar que su extenuada belleza se había reanimado eiluminado de improviso. ¿Qué decía esa mirada?...

Las sombras surgían ya más densas de la cuenca del lago. Las nubes,antes doradas, se habían puesto grises, y sólo en algunas fajas cobrizasy violáceas se veía que la luz no había muerto del todo. Un reflejo deaquellas coloraciones daba al agua estancada los tonos de una láminametálica. Las rápidas faldas de los montes saboyanos parecían caer apique sobre el lago, y las cimas se destacaban negras sobre el clarofondo del hielo, como cortándola. Vérod echó nuevamente a andar,anhelante.

La proximidad de la noche lo aterraba. ¿Qué iba a hacer en la noche? Dedía, por lo menos, adonde quiera que volviese los ojos, veía algo que lehablaba de ella, y volvió a verla como tantas veces la había visto,bañada por los últimos reflejos del sol, contemplando inmóvil el mudoespectáculo de la puesta del sol; y contenía la respiración y el paso,como antes en presencia del cuerpo viviente, temeroso de verladesvanecerse, de perderla.

¡Y había desaparecido, se había desvanecido,la había perdido!

¡Cuántas veces le había oprimido el corazón esesentimiento de pavor! ¿Era aquel un ser hecho para la vida terrenal?¡Cuántas veces la había oído decir, hablando de lo futuro, de lo quedebía hacer tal día: «¡Sí estaré todavía en el mundo!...» Y Vérod sedetuvo sin poder ver nada más, los ojos cargados por el llanto, y sudolor era tan agudo e inefable, que casi se convertía en una mortalvoluptuosidad. El llanto había sido la voluptuosidad de ese amor: elgozo, la esperanza, la compasión, el miedo, el dolor, todo lo habíahecho llorar.

La impresión que sintiera al verla por primera vez había sido tanfuerte, que de pronto no había podido darse cuenta de toda su hermosura.¿Consistía su mayor seducción acaso en la gracia lánguida y casivacilante de su cuerpo alto y delgado, o en la pureza de las líneas delgracioso rostro, de la frente tersa como si fuera obra de un escultor,coronada por copiosos cabellos negros que le descendían en dos bandaspor las sienes y la daban un parecido con la Virgen, o en la dolorosadulzura de la mirada, en la expresión profunda de una alma ansiosa?

Una contemplación más atenta le había hecho comprender después que todosesos detalles juntos formaban el evento de su persona; pero entoncestambién había visto que aquella belleza no era durable. Había días,había horas, en que la flacura de las mejillas parecía demasiado grande:todas las líneas del rostro se alteraban, como próximas a desfigurarse;la tez, no iluminada en esos momentos por la llama interior, se poníalívida, la mirada aparecía velada y casi ciega. Pero esos repentinosapagamientos que no parecían más que las declaraciones de una bellezademasiado grande y casi fuera de lo humano, le habían hecho temblar demiedo a él, pues le revelaban la amenaza que pendía sobre la vida de suamada. El sentimiento de admiración que ese ser encantador despertabapor doquier en los momentos de su máximo esplendor, se tornaba entoncesen solícita compasión; y la que embargaba el corazón de Vérod, por esafugaz y frágil hermosura, tenía mucha más fuerza que lo que hubieratenido su admiración por cualquier otra hermosura soberbia y triunfante.

Todavía recordaba las palabras que había oído en noche ya lejana, cuandoen uno de esos momentos de tranquilidad demasiado raros, había cedido ala insistencia de una multitud alegre, y se había puesto a tocar elpiano. Una música embriagadora salía del sonoro instrumento, y lamisteriosa virtud de la melodía era para el alma del joven unaexplicación del por qué de la sobrehumana belleza que esa repentinaanimación hacía brillar en aquel rostro. Y ante tan máximo grado demaravilla, se sentía humillado y casi ofendido, diciéndose que cuantomayor fuese la superioridad de esa mujer, mucho más difícil le seríaacercarse a ella y tanto más insignificante o indigno debía juzgarse.Pero cuando más oprimido sentía el corazón, por la conciencia de ladistancia que lo separaba de ella, vio de improviso, que sin que lasmanos de la pianista interrumpieran la ejecución del Largo de Bach,que tocaba, la púrpura de sus mejillas palideció, la maravillosa purezade las líneas de su rostro se alteró, se disolvió. En ese momento, unode los espectadores, que él creía embargados por un sentimiento igual alsuyo, se le acercó, y señalándosela le dijo:

—¡Mire usted! ¿No es una lástima? A no ser esos repentinosdesfallecimientos, ¡qué hermosura tan perfecta! ¡Sería verdaderamenteinsuperable si no decayera así, de un momento a otro!...

Y entonces, de improviso, desaparecieron su angustia y su tristeza: yano la sentía tan alta y lejana de sí; por el contrario, la veía cerca,la consideraba suya, pues en su alma nacía, no el descontento que elotro expresaba, sino un ímpetu de ternura que lo inducía a pensar en laenferma, un sentimiento de pena y compasión, una necesidad de prodigar ala dolorida criatura los cuidados más asiduos, el afecto más solícito,de recompensarla de sus pasados dolores, de colmarla de felicidad.

¿Había conseguido realizar esa obra?...

Otra vez su atención se trasladó del cielo de los recuerdos alespectáculo que tenía a la vista. Las primeras luces brillaban ya sobreel fondo pálido del crepúsculo, en las orillas del lago y por las faldasde los montes saboyanos; el fanal de una barquilla, cual astro luminoso,trazaba una estela en el agua. Marcharse, huir, desaparecer: sólo asíhabría podido evitarla a ella otros dolores y evitárselos a sí mismo.Tentado se había sentido de huir, pues la turbación que lo embargaba consólo mirarla de lejos, le hacía considerar el fuego terrible que leabrasaría al acercársele. Y se acordaba de las cartas que había escritoese día para anunciar su partida, cartas en que la tristeza de larenuncia a una adoración que presentía dominante, se ocultaba, sedescargaba en acusaciones a la vulgaridad del lugar y de sus pobladores.Pero una vez resuelto a alejarse se había quedado, aplazando la partidapara saborear la perfumada dulzura de la última contemplación, y, porfin, un día, pudo hablarla. Ya podía oír su voz, una voz reposada, queera armonía lenta, música velada, eco de una alma profunda. ¡Qué sutilvirtud había en sus palabras! Cada una de ellas le parecía nopronunciada antes por nadie, creada con talento supremo para que ellaexpresara sus pensamientos recónditos. Y para oírla, se había quedado.

Su alma fue desde ese instante el asiento de la más absoluta admiración.Jamás había creído llegar a depender así de una criatura humana.Recorriendo con la memoria sus pasados amores, nada encontraba que separeciera a la presente realidad.

Esos amores habían muerto, totalmente,pero no por eso les negaba la fuerza que habían ejercido sobre él, nitampoco le parecía que ahora desaparecieran ante esa ley natural quehace que los recuerdos tengan vida más débil e importen menos cuanto másgratas sean las impresiones actuales: la nueva aparición triunfabaenteramente por su propia virtud, desterraba todos los fantasmas oimágenes de lo pasado con la pureza de su luz.

Y su admiración por ella crecía por lo mismo que ese amor repentino enél estaba dedicado a una alma que le era aún desconocida. La idea de labelleza se asocia naturalmente a las de la bondad y de la virtud, queson contiguas, hasta el punto de que nada sea más fácil que atribuirestas dotes a los seres hermosos; pero ¿acaso no estaba acostumbrado, nosolamente a defenderse de las deducciones demasiado naturales y nocomprobadas todavía, a observar con igual penetración a los otros, a símismo y a la vida; acaso no había concluido por negar a ésta todaimportancia? ¿De modo que iba a pagar su larga, enérgica, desesperadaresistencia a todas las seducciones, con una alucinación repentina? Lamejor prueba del cambio que se había operado en él, era ésta: que ya nose complacía, como en otros tiempos, en la fatigosa e infecunda labor deexamen íntimo, en la continua alternativa de la duda, sino que, dejandode mano toda discusión, casi obedecía a una voluntad extraña oimperiosa.

La expresión de esa voluntad estaba en sus miradas, que ledecían: «Ama y vive, cree y vive, espera y vive.» Y él se sometió a esaorden.

El acto de la fe que había ejecutado al atribuir el más aquilatado valoral ser de su elección, se fortificaba cotidianamente con múltiplespruebas. ¿Podía pensar que estaba en un engaño, cuando todos en tornosuyo participaban de su sentimiento? En todos los labios había palabrasde admiración hacia ella, y en los hechos se revelaba tal cual aparecíaa la vista; era buena, cariñosa, compasiva, llena de gracia y encanto.Como no parecía hecha para la vida del mundo, tenía constantemente fijosen el Cielo la mirada y el pensamiento. Cuando salía en su busca, cuandotenía necesidad de verla, estaba seguro de encontrarla en algunaiglesia, de rodillas, humillada ante Dios.

¡Cuántas veces, sin que ellale viera, había entrado a verla en aquellos silenciosos lugares, ycuántas horas inefables había vivido así! Recordando que él tambiénhabía creído, recordando el alma ingenua que había muerto en él, ante laesperanza de poder creer todavía para sentirse más cerca de ella, paracomunicarse con ella, ¡cómo había llorado, envuelto en una tranquilatristeza, en tímido gozo!

Un día, en Evian, la había acompañado a una capilla donde se celebrabauna fiesta que atraía a los creyentes desde los lugares más lejanos, yél también había inclinado la descreída frente, lo mismo que todosaquellos seres humildes, pero no tanto para seguir el ejemplo de losfieles, como para ocultar el llanto que le cegaba. Otra vez, en lamontaña, se habían detenido delante de la rajada puerta de unacapillita, en cuya cerradura estaba puesta la vieja y mohosa llave; ellatrató de abrir con su débil y blanca mano, pero inútilmente, y entoncesél dio vuelta a la llave, y en el momento de abrir ante su devotacompañera el sagrado lugar, pensaba cuán grande era la secreta fuerza deesa debilidad aparente: la pobre mano se había cansado en vano y parecíatener que renunciar a su intento; pero un musculoso brazo, puesto a suservicio, había vencido por ella el obstáculo.

Y entonces, se había sentido devorar por la necesidad imperiosa de besaresa mano dolorida, de besarla devotamente en el dorso, de besarla conavidez en la palma; se había sentido devorado por el deseo de sentir elcontacto de esa mano milagrosa en su cálida frente. ¿No era tancaritativa y bondadosa aquella mano? ¿No la había visto él un día curarcariñosamente a un herido, a un pobre loco, de cuya insania moral todosreían y ella sola se compadecía? El hombre había sufrido una caída,derramando sangre, y a la vista de ésta, al oír las palabras delinfeliz, menos sensatas aún que de ordinario, las risas cruelesaumentaban: ella sola, como una hermana de caridad, había sabidoatenderlo y curarlo. Su mano, que era suave y ágil, rápida y diestra enel ejercicio de la caridad, estaba animada por una vida pródiga de símisma; era una mano larga, flexible, fresca como una hoja; él, cuando laestrechaba, sentía en realidad la frescura de una hoja lozana.

Y los recuerdos, los dulces, luminosos, imperecederos recuerdos loperseguían en la noche serena, bajo aquel cielo verde como la esperanzaque ella había despertado en su corazón. Ella había infundido vida a sualma muerta, ella había sido la vida de su alma. Todo aquello en queella creía, lo simple, lo bueno, lo eterno, había concluido por sercreído por él. Y ella había realizado ese prodigio naturalmente, sinquererlo, con la sola virtud de su presencia, como la vista del sol hacecreer en la luz,

como

practicaba

el bien

porque

había

nacido

parapracticarlo. Y un sentimiento nuevo, inaudito, increíble, había invadidoel corazón de Vérod, un sentimiento que habría debido ocasionarle unapena intolerable, pero que él soportaba con resignación, casi conplacer. El codicioso instinto quería apoderarse de aquel ser milagroso,hacerlo enteramente suyo, mientras la razón reconocía que el amor de unosolo no debía substraerlo a su ministerio de bondad para todos. ¿Cuál esel loco que pretendería que todo el aire fuese exclusivamente suyo?

Así, no había sentido celos al saber que pertenecía a otro.

Habíapensado que, si era de otro, sin duda cumplía una obra fructuosa: nadiepodía acusarla por eso, nadie podía distraerla de aquella obra.Conocedora de las vías secretas del corazón, sabía cuáles son laspalabras que mitigan y curan, las palabras suaves como un ungüento. Y elhombre con quien se había unido necesitaba su socorro: ¿no perseguía,por medios sangrientos, un propósito inalcanzable? ¿No empujaba a lasalmas tímidas, con la eficacia de su desesperado ejemplo, a una luchatremenda?

Al lado de ese hombre lleno de odios, para quien la vida no tenía valor,que sembraba de cadáveres su camino, junto aquel hombre estaba supuesto. Nada de nuevo tenía para ella el ideal de justicia y de paz ennombre del cual ese hombre se alzaba en armas: ella debía tambiéndefender aquellos sagrados dones de la tierra, librar la belleza de lasideas del contagio cruento, convertir a los fanáticos, consolar a losdesesperados. Así venía a ser la razón junto al sofisma, la humanidadjunto a la soberbia, el amor junto al odio; era la corrección del mal;su vista era el consuelo del mundo...

El joven miró en su derredor y no supo dónde se encontraba.

Tuvonecesidad de pasarse una mano por los ojos para darse cuenta de que sehallaba en el camino de Belmont. Y se dejó caer sobre el parapeto delcamino, exclamando:

—¡Alma! ¡Alma! ¡Alma!...

Su desesperación palpitaba sordamente bajo la fe que despertaba en suinterior esta invocación. No quería ni podía resignarse a la monstruosarealidad, y un ímpetu violento de iracundo desdén le sublevaba. Turbiasimágenes, crueles ideáis le obscurecían la mirada y le hacían apretarlos puños; palabras de desesperación salían de sus labios:

—¡Nada existe en el mundo!... ¡Todo es mentira!... ¡El mal, eso es todolo que existe!...

Si la recompensa del amor es el odio, si la vida infeliz y débil deaquella criatura de amor a la cual se debían prodigar los más solícitosy tiernos cuidados había sido destruida precisamente por quien conocíala benignidad de su corazón, nada había en el mundo, nada más que elmal...

Pero Roberto Vérod reprimía estas palabras. Desde el día en que la vistade todas las bellezas aunadas en aquella devota de Dios le habíanapaciguado y convertido, un juez y un custodio velaban en su interior,lo defendían contra las ideas tristes, contra los propósitos indignos,contra las imágenes impuras. En todos los actos de la vida, en todas lasdisposiciones de la mente, había querido ser digno de ella, y esa obrade preservación le había sido fácil hasta aquel día. Si la duda lo habíamordido alguna vez, el espectáculo de la maldad se le había aparecidocon demasiada crudeza, sólo con pensar que aquella criatura de amorexistía, sentía retemplarse su fe.

¡Y había muerto! ¡Muerto! Delante de los ojos la tenía, tendida en elsuelo, inmóvil, helada, con esa monstruosa mancha de sangre en la pálidasien, y una ansia mortal lo sofocaba, porque quería creer que la muerteno la había destruido enteramente; quería creer que su alma milagrosavivía aún, velaba sobre él, le repetía sus palabras de fe y perdón; perono podía, porque si la voz suave que todavía le hablaba al oído lepersuadía de que sí, la ultrahumana vida de aquella alma no bastaba aconsolar su existencia: sus ojos mortales tenían necesidad de ver; susoídos mortales tenían necesidad de oír, sus manos necesitaban estrecharaquellas otras manos, tocar el ruedo de aquella falda, ¡y esa necesidadiba a quedar satisfecha para siempre! ¿Perdonar a los asesinos? ¡Sudeber era vengarla!

La última luz del crepúsculo agonizaba, pero ya el alba lunar aclarabael oriente. Reinaba una calma divina. Y en esa divina paz, en elsilencio augusto, Roberto Vérod se oprimía la cabeza con las manos paratratar de apaciguar la tempestad que lo conmovía. Su razón vacilaba antela idea de no haber sabido inspirar al juez su propia certidumbre. ¿Porqué no había estado más convincente? Ya que la casualidad había queridoque el juez fuera uno de sus antiguos compañeros, ¿por qué no se lehabía dado a conocer, cómo no había sabido persuadirlo de su sinceridad?No era únicamente la discreción lo que le había impedido recordar aljuez sus antiguas relaciones, sino también el miedo, pues sabía que eradistinto de él, rígido y severo.

¿Había el juez visto con mayor lucidez?¿Se había él engañado?

¿Habría, en realidad, querido morir?...

Y Vérod tornaba mentalmente a lo pasado, recordaba el angustioso estuporque se había apoderado de él cuando descubrió el mal secreto queagobiaba a aquella pobre alma.

Salvaba a otros, pero mientras tanto ellamisma estaba perdida.

Las palabras que había pronunciado un día volvíana la memoria de Vérod. Se hablaba de un desesperado que se había quitadola vida, y los más condenaban al suicida; pero ella había expresado unsentimiento de que los creyentes no son capaces: no era cierto, decía,que la renuncia a la existencia acarreara una condena inevitable: no eracierto que la fe condenase en todos los casos la muerte voluntaria. Laconciencia debía avaluar libremente los motivos de esa como de todas lasotras acciones humanas, y aceptar las consecuencias del albedrío, y siel engaño, el miedo, la vileza merecían ser condenados y castigados,había otras razones que debían inspirar mayor clemencia en los juicios.

Para que concibiera y expresara esas ideas ¿no era necesario que ellamisma se encontrara reducida al extremo de tener que pensar en lamuerte? ¡Y cuán grande era la compasión que había invadido su corazón alver que los hechos correspondían a los argumentos más de lo que sehubiera creído!

Pero ella no podía haber pensado en la muerte para huir del dolor. Eldolor es la misma ley de la vida, solía decir, y lejos de huir de él, loque se necesitaba era hacer consistir el deber y el gozo en soportarlocon serenidad. Lo que había querido era substraerse al mal. Lo habíaafrontado para destruirlo; había descendido hasta allí por cumplir unaobra de redención. La fuerza del amor le había parecido suficientementegrande para triunfar de manera inerrable. Pasando por sobre las leyeshumanas y hasta ¡mayor prueba! por sobre las divinas, había esperadohacerlas aceptar al hombre que las negaba y combatía todas. Ella mismahabía caído en el error por evitar que continuase consumándolo, parahacer que creyera en algo bueno.

Y de ese soberbio sueño se habíadespertado impotente, lastimada, envilecida ella también. Su amor habíasido despreciado, sus ruegos desoídos, su fe ofendida; la obra dedestrucción había continuado más activa que antes, y ella, que habíaquerido impedirla, se consideraba su cómplice. Entonces habíareconocido, demasiado tarde, que el camino en que avanzaba debía tenerfatalmente una sola salida: persuadida de que su engaño no merecíaperdón, había pensado en la muerte.

En ese momento se hallaba, en quelas consecuencias del engaño fatal le parecían más graves, en que elúltimo destello de su esperanza se había apagado ya, cuando RobertoVérod la había encontrado, y así como éste había visto en ella susalvación, ella también se había sentido revivir. Ciego, ella habíavisto por él; dolorida, él la había socorrido. Aquella mutua salvaciónhabía permanecido ignorada de entrambos durante muchos días.

Ninguno delos dos, al sentirse renacer por obra del otro, había creído posible,sin embargo, que semejante milagro se hubiese realizado por su propiavirtud. En los primeros tiempos, él se había contentado concontemplarla, había vivido con su luz, sin imaginar un gozo mayor, ycuando por fin llegó a concebir y vislumbrar otro, huyó de ella.

Dirigiendo en torno la mirada, haciéndola vagar por el círculo demontañas, todas grises con la luz de la luna, recordaba en ese momentola mañana de su fuga, un amanecer lívido y frío, el lago plomizoflagelado por el viento, erizado de las olas opacas.

Huía sin la menorvacilación. La esperanza, la certidumbre de volverla a ver le sonreían.¿Cuándo, dónde? No lo sabía. Pero la vería. Y la llevaba en el alma. Nohabía llorado porque tenía el alma llena de ella. En la orilla, al veraparecer la barca gris sobre las aguas grises, había sentido oprimírseleel corazón. Mientras había podido ver las playas de Ouchy, de lasalturas de Lausana, sus ojos no se habían desprendido de ellas.

Y del viaje no recordaba más que algunas rápidas escenas. La víspera dela fuga, había pasado toda la noche escribiendo. Sabía que no podíaenviarle más que una palabra de saludo, pero había escrito toda lanoche. A bordo un sueño penoso, una grave pesadilla lo había abrumado.Oía incesantemente el fragor de las olas que se estrellaban contra elfuerte casco de la embarcación, y sentía su propia fatigosa respiración:veía huir las orillas, e ignoraba dónde estaba, adonde iba.

Había ido a Italia, a contemplar los bellos paisajes, el sol claro, elcielo bellísimo, que la había hecho a ella tal cual era. Había estado enMilán, con el objeto de ver su casa natal, una casa alta y severa comouna torre, situada en una calle lejana y silenciosa, enfrente de unapequeña iglesia embellecida por muchísimas flores. Había visitado lapequeña ciudad de provincia en cuyo colegio había pasado suadolescencia, y después había ido a Brianza, el país de las rosas, dondehabía transcurrido parte de su juventud,

donde

estaban

sepultados

lossuyos.

Felices

divagaciones habían ocupado su mente; pensando en losjuveniles años de su amada, en las ingenuas esperanzas que la habíansonreído, en la alborada radiosa de aquella vida benéfica, había lloradolágrimas gratas. Pero en otra parte lo esperaba el llanto tempestuoso.

Después de una larga peregrinación, al final de la bella estación, pasópor Niza como acostumbraba siempre al dirigirse a París. En Niza habíaperdido a su hermana, la única compañera de su huérfana juventud, ydelante del sepulcro de aquel ser querido, iba siempre a meditar sobrelos terribles enigmas de la vida y de la muerte. Aquel año se acercabaa la tumba menos seguro de sí mismo, lleno de nuevas ideas que tenía queconfiar a aquella cara memoria, ansioso de las inspiraciones que allírecogía. De aquella hermosa muerta le había hablado un día que laacompañaba a Chillón; le había dicho cuán tierno había sido su cariño,qué parte tan grande de su ser estaba encerrada en aquella tumba, y ellale había pedido que siguiera hablandola de la muerta, y varias veceshabía repetido su ruego, había querido conocer los detalles de la vidade la joven, ver sus retratos, y con palabras cuyo secreto sólo ellaposeía, había expresado la íntima dulzura del amor fraternal.

Dirigíase apresuradamente al sepulcro con el vivo afán de confundir enun solo pensamiento las imágenes tutelares de la muerta y de la ausente,cuando sus ojos sintieron un deslumbramiento: en el muro funerario,junto a los esqueletos de las guirnaldas votivas que habían idoreuniéndose allí una tras otra, una gran corona alba lucía como unaaureola. No era de flores, sino de blanca tela o hilos de plata; unamano hábil había plegado el raso blanco, los encajes blancos, los tulesblancos, figurando con ellos níveos pétalos y hojas espumosas.

Su confusión ante ese espectáculo duró un segundo, durante el cual,pensando que nadie más que él en el mundo había amado a la muerta, elestupor, la ignorancia del afecto de donde venía aquella ofrenda, lodejaron perplejo y ansioso. Pero luego comprendió con la velocidad de unrelámpago. Sólo un ser, aquel ser de amor podía haber ido a colgar allíesa corona: y las lágrimas comenzaron a inundar su rostro,incontenibles.

Benefactora secreta, consoladora compasiva, sedenunciaba en la inspiración de amor que la había guiado hasta aquellalápida; en el

pensamiento

amoroso

que

la

había

hecho

tejer

aquellaguirnalda. Los huesos de la muerta habían debido temblar cuando lacompasiva mano colocaba la blanca ofrenda.

Y él, temblando también,lloraba de gozo secreto, de gratitud desbordante, de tímida esperanza.

Así, él vivía en la memoria, en el corazón de aquel ser adorado. En losmomentos en que se preguntaba qué recuerdos habrían quedado de supersona a la ausente, cuando dudaba de que pensara en él ni un instante,la encontraba partícipe de su religión del sepulcro. Y al fijar lamirada, obscurecida por las lágrimas en la luminosa corona, le parecíaque por un nuevo prodigio su hermana muerta expresara los sentimientosque lo invadían; así como al través del espacio y del tiempo elpensamiento de la ausente llegaba hasta él, al través de la vida el almade la difunta hablaba, repetía el consejo que sus oídos habían escuchadootra vez. «Ama y vive; creé y vive; espera y vive.»

Uniendo con la imaginación en el mismo cuadro a las dos bellas imágenes,las veía cogidas de las manos, y salirle al encuentro radiantes. Laausente había sacado del sepulcro a la muerta, los dos fantasmas vivíanla misma vida sobrehumana, intangible. Pero al través de la admiraciónque sentía, de ese éxtasis consolador, y de su fe tan reconfortante, unsentimiento de secreta angustia le oprimía el corazón al pensar quejamás palabra alguna habría podido expresar a aquella de las doscriaturas que vivía aún, el ímpetu de devoción hacia su persona, lanecesidad de inclinarse ante ella que lo dominaban.

Tomar, de rodillas,su manó, besar esa mano que había tejido la virginal corona, eso era loúnico que podía hacer. ¿Pero le bastaría con eso? ¿No lo ahogarían, enel momento dado, todas las ideas que se agitaban en su mente? ¿Y a lainspiración de amor puro que la había conducido a aquella tumba iba acontestar con la confesión de un amor exigente, de un amor agresivo? ¿Noera verdad que ya en ese momento la quería para sí, toda para sí, desdeque sabía que era suya en la fraternidad de ultratumba? ¿De manera quehabía sido inútil la fuga? ¿Qué habría debido hacer, entonces?...

El recuerdo de aquellos momentos de gran ansiedad lo hizo ponerse enpie: se volvió en dirección al lago, echó a andar, extendiendo el brazocomo en busca de un sostén, cual si estuviera ebrio. La dulzura delrecuerdo lo embriagaba, sí, lo substraía a la tristeza presente. Pero laensangrentada imagen reapareció y el corazón se le oprimió de nuevo. Elinicuo destino destruía así a las únicas criaturas dignas de vivir, yasí perdía él, una después de otra, a sus hermanas.

—¡Hermana!... ¡Hermana!...

Tal había sido para él. Las dos únicas cosas gratas a su corazón eranesas: el cariño de hermana, el nombre de hermana.

Todos sus otros amoreshabían sido pérfidos y venenosos, no le habían dejado ni un solo buenrecuerdo: desdén y nada más que desdén le inspiraban todos ellos: desdéncontra las pérfidas, desdén contra sí mismo. En un tiempo se habíavanagloriado de aquellos amoríos, se había ensoberbecido con ellos comosi cada uno hubiera sido una verdadera fortuna. Pero, concebidos en elmal, esos amores llevaban en sí el germen de la destrucción; ninguno deellos había dejado de hacerle sentir su podredumbre, todos le habíanenfermado el alma; pero aquello no era más que su castigo merecido.

Y cuando no quería incurrir más en el error; cuando sentía resurgirdentro de sí la necesidad, por largo tiempo insatisfecha, de una íntimacomunión; cuando no podía ya vivir solo, volvía a encontrar, en ella, ala hermana. Ir en su busca, decirle de viva voz el gozo que leproporcionaba, había sido su primer impulso; pero no había queridoobedecerlo. La exaltación de su alma era todavía tan violenta, y para susoledad era un consuelo tan grande el pensar continuamente en ella, quequiso y pudo esperar. Celoso de sí mismo, casi temeroso de empequeñecersu propio sentimiento investigando sus pormenores, había vivido en unafelicidad secreta cuyo origen casi olvidaba. Como al despertarse de unsueño agradable, como sucede cuando latentes e ignotas energías excitany multiplican los sentidos de la vida, en todas las cosas encontrabanuevas virtudes.

Por fin, un día la escribió. Tratándose de tan sensible criatura y de supropio sentimiento secreto, las expresiones verbales, demasiado vivaces,no convenían. Y al escribirle contuvo el ímpetu de las pasiones, callósus esperanzas, moderó su gozo, expresó únicamente su gratitud.

Ella le contestó. Le hablaba de su difunta hermana. ¿Qué otros recuerdoshabrían podido en ningún momento reproducir en su memoria las palabrasfraternales?

«Ciertamente, he conocido a su hermana y su memoria me es grata. Cuandousted me habló de ella, cuando me dijo usted cuáles eran las preciosasy raras dotes de su persona y de su corazón, comprendí que en ella seencarnaba la aspiración de mi juventud, que esa era la hermana que jamáshe podido consolarme de no encontrar a mi lado en las horas de alegríacomo en las de tristeza. Cuando usted me refirió el desastre de sumuerte, me pareció como si yo misma hubiera perdido ese tesoro de bondady hermosura. Y al saber que estaba enterrada en la ciudad donde paso unaparte de mi vida, formé el propósito de ir a rezar delante de su tumba.Ahora, he cumplido con júbilo el compromiso que había contraído conmigomisma, y me siento feliz al saber que esta idea mía le haya sido a ustedtan agradable...»

¡Y también ella estaba muerta!

El día había muerto, la alegría había muerto. La luna extendía por sobreel paisaje una luz mortuoria, de tumba; las paredes blanqueadas parecíanlápidas sepulcrales; el silencio y la inmovilidad de la muerte estabanen el agua, en la tierra, en el cielo, en todo. Eran ya dos lassepulturas delante de las cuales iría a arrodillarse, o en las cuales sumano iría a depositar coronas. Pero ella no había sido aún enterrada. Elcadáver ensangrentado había estado todo el día en la mesa de lasautopsias, entre las manos de los anatomistas, y a esa hora seencontraba en la iglesia.

Vérod volvió a mirar en torno suyo para reconocer el paraje en queestaba y encaminarse al templo: se hallaba en el camino de Lucerna. Conpaso ya más firme, echó a andar, por la ruta de Jurigoz. En la mismacasa de oraciones donde se habían reunido las primeras veces, iban atener la postrera reunión.

Lejos de ella, su mirada y su pensamiento se habían vuelto hacia elCielo en su busca. Después de la primera carta había intentadoescribirla una vez más, pero las palabras se habían mantenido rebeldes.Y su vida había sido una continua ansiedad.

Por todas partes la buscaba.Delante de todas las cosas bellas creía verla. A veces sentía un vuelcoen el corazón, al ver en la calle alguna persona que tenía con ella unalejana semejanza.

Pero cuando pasaban estas ilusiones su dolor seagravaba. El terror de sus noches eran los sueños, durante los cualescreía haberla perdido ya, jamás volver a verla. Uno de esos sueños serepetía frecuentemente: estaba en su presencia, sentía el corazónpalpitarle, las manos le temblaban, y no podía pronunciar una palabra, yella, después de haber esperado en vano sus palabras, se alejaba, sedesvanecía, dejándole inmóvil, petrificado.

Esa angustiosa incapacidad para todo, lo dominaba aun despierto, leimpedía correr a buscarla. Cuando fue a Niza y no la encontró allí,sintió casi un alivio. Y al verla otra vez en Ouchy, al principio delverano, tembló. Con el tiempo y la distancia creía haberse substraído ala influencia de su gracia; pero su presencia renovó el prodigio: laangustia y el miedo, y todos los sentimientos indignos cedieron deimproviso cuando se encontró a su lado. ¿Podía acaso ocultarle que vivíade su favor?... Y además, antes de que hablara, ella lo habíacomprendido. No se mostró ofendida de su confesión de amor, ni habíadudado de la existencia de éste. Los falsos pudores, las hipocresías delsentimiento le eran desconocidos.

«¿Me creerá usted, así como yo le creo?» le había preguntado.

Estaban enla montaña, en el bosque de Comte: más allá de las pendientes frondosasse dibujaban límpidos y tersos el lago, los montes, los paisajes, en laluz deslumbrante. Y deslumbrantes de verdad eran sus palabras: «Laverdad es como la luz, no se esconde. El recuerdo de usted me haacompañado por todas partes; la esperanza de volverle a ver me sonreía.Yo sabía que esta hora llegaría. Pero hay otras verdades en la vida. Yasí como lo que le he dicho es realmente cierto, también lo es, y converdad moral, que el amor de usted y el mío no son durables.

El amortiene que recibir satisfacción. En la plena felicidad muere, perodespués de haber vivido. Conservarle la vida de miedo de que muera, escomo matarse porque se tiene que morir.

Pero la vida del amor depende deuna condición: la observancia de las leyes. Piense usted en su difuntahermana. ¿Qué habría deseado usted para ella, si hubiera vivido? Quehubiera amado a un hombre que la amara. Usted no habría investigadodemasiado minuciosamente el pasado de aquel hombre, no se habríainquietado de sus primeras y menos dignas pasiones. Eso está en lasleyes naturales, que quieren que los hombres sean más ansiosos de ladicha, más impacientes. Aquel hombre habría desdeñado su pasado y habríatemblado de gozo y orgullo al estrechar contra su corazón a la virgen.Los dos se habrían unido para siempre, pero no se habrían contentado conun tácito compromiso, habrían solicitado la sanción social y la divina,porque la ley moral quiere que el amor sea el fundamento de la familia:así no muere, o tal vez se transforma. Nosotros nos hemos conocidodemasiado tarde. Yo no niego que se pueda amar más de una vez,principalmente de parte de los hombres.

Para nosotras, mujeres, elexperimento es demasiado arriesgado.

Y, en general, mientras más seprueba, menos se cree.

Demasiado tiempo he vivido fuera de las leyespara que todavía pueda esperar volver a ellas. Usted no quiere creerahora esto, y su duda es sincera; pero más tarde lo creerá, consinceridad igual.

No me hago peor de lo que soy; pero si los demás notienen la conciencia de mi decadencia, yo la tengo, indestructible.

Estesentimiento disputaría la vida a la fe. Ante la tumba de la hermana deusted, cuando usted se hallaba lejos, cuando no sabía lo que sucederíaentre nosotros, pensé en unirme a usted con un sentimiento fraternal.Ahora veo que aun esto nos está prohibido.

Usted debe avergonzarse demí. Si la compasión no fuera más fuerte, usted no conseguiría dominar latentación de cambiar la naturaleza de los vínculos que nos unen, ovenciéndola, sufriría usted demasiado en consecuencia. Todas estas cosasestán fuera de las leyes, todas están destinadas naturalmente a perecery hacer daño...»

Todavía no muy cierto de que se encontraba delante de una conciencia tansegura, había tratado él de refutar aquella luminosa demostración; peroella había tendido la mano hacia los montes lejanos:

«¿Ve usted aquellas montañas? Unas partes están iluminadas, otraspermanecen en la sombra. Pero como el sol sigue su carrera, llega elmomento en que éstas se iluminan y las otras se velan. La verdad es entodo como la luz: no va sin la compañía de la sombra. Si en este momentocree usted que algunas sombras misteriosas y propicias le permitenesperar, aguarde usted a que avance el tiempo y entonces la luz crudale hará ver su engaño...»

Pero él no la había dejado terminar:

«Y yo voy a decir otras verdades que usted no sabe o no quiere saber.Usted, que se juzga así; usted, que tiene una mirada tan clarovidente,¿no sabe que por su rectitud, por su sinceridad, por su humildad, es unacriatura selecta, digna de reverencia? ¿No sabe usted que la vida locontamina todo? ¿Hay algo en el mundo que esté exento de errores? ¿Ysiendo así, cree usted que la diferencia entre los errores breves y losmayores importa mucho? Lo que importa es alimentar el ideal del bien.Aquel que una vez se ha desviado y después entra en el buen camino, ¿noes más digno de premio que el que siempre siguió la vía recta?

Hubo untiempo en que yo pensaba que ésta fuera la injusticia de la fe cristianay usted misma me ha hecho volver a mis creencias.

Si usted ha errado,las intenciones que la condujeron al error la hacen más merecedora deperdón que a cualquier otro. Usted que se siento indigna del perdón loha esperado, lo espera...»

«No aquí» fue su respuesta. Y lloró. ¡Ella no!

El tiempo había pasado sin disipar esas sombras: él no la decía que suamor lo había convertido en otro hombre, en un hombre capaz de otrascosas: ese orgullo la habría desagradado, tal presunción la habríalastimado. Sin decirle nada más, había ido viviendo en su puro encanto.La certidumbre de ser amado por ella le colmaba de una alegría tanlímpida, que en su ser no quedaba ninguna otra energía para ningún otroobjeto. La esperanza florecía en la sombra, ocultamente. Las palabras nola expresaban porque ella no lo necesitaba: debía, por el contrario,permanecer sigilosamente guardada. Su vitalidad era tan frágil, que nohabría resistido al menor choque. Entregada a sí misma, se sosteníanaturalmente, poco a poco; se alimentaba de todo y era el alimento detodo...

Roberto Vérod se detuvo de pronto, estremeciéndose.

Estaba delante de San Luis. Las ventanas de la iglesia, iluminadas porla luz interior, se dibujaban en las paredes: las lámparas velaban.

Vérod se desplomó junto a la verja.

¡La víspera había oído su voz! ¡La víspera le había abierto su corazón!¡La víspera ella había permitido que le besara la mano!

Y después... ¡muerta, asesinada! ¡Y el juez no creía en el delito! ¿Y élestaba vivo?

IV

HISTORIA DE UNA ALMA

La incertidumbre del juez Ferpierre acerca del drama de Ouchy iba enaumento. Los resultados de la autopsia no arrojaban luz alguna: elexamen de la herida redonda, ennegrecida por el humo del arma,demostraba que el tiro debía haber sido disparado de un distancia decerca de medio metro, y si esto confirmaba la hipótesis del suicidio, noexcluía la del asesinato, que el homicida habría podido tirar de cerca.Tampoco las lesiones internas, el camino seguido por el proyectil, queiba por una línea inclinada de abajo arriba, permitían formarse unaopinión precisa. En la persona de la muerta, ningún rastro de laviolencia: ni en las manos, ni en las muñecas, ni en el cuello.

Faltando, por consiguente, las pruebas reales que pudieran confirmar unade las dos suposiciones, Ferpierre esperaba encontrar alguna pruebamoral en el libro de memorias secuestrado con otros papeles en eldomicilio de la difunta. Y la misma noche de la autopsia lo dejó con lafiebre de la curiosidad suscitada en él por el misterio.

Las primeras páginas no tenían fecha, pero se referían evidentemente ala adolescencia de la Condesa. Comenzaban con las impresiones de la niñaal salir del colegio, con las manifestaciones del júbilo que la habíaembargado al volver a ver su casa, al encontrarse de nuevo con su padre.Sin embargo, no se olvidaba del tiempo que había pasado lejos; laspáginas donde expresaba la dulzura de su nueva vida estaban todavíallenas de los recuerdos de la antigua.

«A esta hora están mis compañeras en el jardín. Sor Ana se pasea entorno de la fuente, leyendo en ese libro que jamás termina, cuidando lapobrecilla a sus hijitas. Las inseparables se pierden, la una del brazode la otra, por entre los tilos; Rosa Blanca se queda sola con suspensamientos; las locas corren, gritan, juegan. ¿Quién se acordará de mícomo yo me acuerdo de ellas?»

El sentimiento predominante era su adoración por su padre.

«He llegado a saber que papá me ha tenido en el colegio porque creía nopoder atender suficientemente, por ser hombre, a mi educación y a misdistracciones. Y ahora, siempre nos entendemos, en todas las cosas: éldice que soy demasiado seria, cuando ve que estamos de acuerdo en lasideas graves, y yo por mi parte digo que él es demasiado bueno cuandoparticipa de mis pensamientos fútiles o simplemente locos. La verdad esmás sencilla, y mañana se la voy a decir ¿cómo no lo he pensado antes?Soy su hija; ¿por qué asombrarse de que me parezca a él?

»¡Me gusta tanto tomar su brazo cuando salimos! Pero, naturalmente,mucho mejor es cuando él torna el mío. Entonces me siento casi orgullosade que mi papacito, un hombre tan fuerte y grande, se apoye en mí; meparece que le sirvo de algo; pero después me entra un terrible miedo deno servir en realidad para nada...

»Es necesario que yo diga a papá una cosa que noto desde hace días. Estátemeroso de que yo me aburra al verme sola en esta enorme casa: se le veel empeño que tiene en distraerme, en proporcionarme placeres ydiversiones. Hoy ha reprendido a Juan, porque tardó en ir al teatro, ycuando llegó ya no encontró ni un palco disponible: se ha enojado porqueno puede llevarme a esta función, no porque quiera ir él, Julia me hadicho que cuando estaba solo nunca iba al teatro. ¡Pobre papacito,cuánto me duele que se sacrifique por mí! Antes iba todas las noches alclub: ahora ya no va más. ¡He tenido que rogarle tanto para que noabandone demasiado a sus amigos por mí!...

»He dicho mal: papá no hace sacrificios por mí, como yo tampoco los hagopor él. Dar gusto a las personas a quienes se quiere es el mayor placer.Pero yo quisiera persuadirlo de que está en error al temer que mefastidie. Yo no me he fastidiado nunca. Paola Leroni repetía siempreestas palabras:—¡Hija mía, qué fastidio tan grande!—A todas nosllamaba hijas, aunque fuéramos mayores que ella, y se aburría siempre detodo. Sus parientes tardaban en sacarla del colegio, pero ella no sequejaba:—¡Hija mía, qué fastidio tan grande!—Se fastidiaba jugando,estudiando, paseando, trabajando, si salía a la calle, si se quedaba sinsalir: no se sabía qué hacer para curarla de su aburrimiento. Debíasufrir de alguna enfermedad la pobrecilla.

Probablemente papá me cree amí también enferma...»

En seguida hablaba de sus males físicos, de la inquietud de su padre porsu salud: la habilidad de éste para curar a los enfermos era mayor quela de una hermana de caridad.

«Casi deseo sufrir alguna indisposición para verle asentado a micabecera, para oírle narrar las historias con que me distrae, para verleir de aquí para allá en el cuarto, preparar la medicinas, acercar lamesita a mi cama, quitar a Julia todas las cosas de las manos y hacerloél mismo todo, ¡mejor que sor Ana!...

»¡Oh, no! ¡Pobre papacito mío, no quiero estar más en la cama; quierosentirme siempre bien y tener buen semblante, y hacer mucho ruido en lacasa, para que tú te tranquilices, para que no te aflijas tanto por micausa! ¡El otro día, mientras los doctores me examinaban, lo vi en elespejo: no se imaginaba que yo lo miraba, y se apretaba una mano con laotra e inclinaba la cabeza hacia nosotros, respirando fatigosamente,como si la persona que esperaba la sentencia del médico, fuera élmismo!...

»A veces me parece, cuando me duele la cabeza, o estoy resfriada, o nocomo algo porque me desagrada, que mi papacito tuviera mis dolencias ysintiera mis náuseas: si toso, me parece que a él también le duele elpecho; si siento frío, que él también lo siente. ¡Qué bueno es quererseasí!»

Era tan alta y su papá todavía tan joven, que quizás los creíanhermanos, y ese error de la gente le causaba inmenso placer. Además ensu opinión el error no era tan grande como parecía:

«¿Podría un hermano hacer más por mí? El hermano de Virginia no la damás que disgustos a ella y a toda la familia. Los hombres, aun cuandoson buenos, no comprenden tantas cosas, las cosas que no se piden;mientras que mi papacito...»

Y también de este hecho encontraba una explicación:

«Como quiso tanto a mi pobre mamá, tomó todos sus gustos, sus hábitos,su modo de pensar y de sentir. Y todo el cariño que ella me tenía cuandoyo estaba en pañales, lo heredó él, y lo supo conservar, y ahora me loda. ¡Qué desgracia tan grande, la muerte de mi mamá! Siempre hablamos deella, siempre la tenemos presente: ¡Si yo pudiera verla un día! Perocuando papá se lamenta de no ser suficiente para atenderme, no tienerazón, yo doy gracias al Señor de haberme dado un padre como el mío, queme quiere tanto, que satisface hasta mis menores deseos.»

También ella temía no bastar al contento de su padre, y no era tanto porsí misma como por él que pensaba que si hubiera tenido una hermana,entre las dos habrían conseguido mejor hacerlo feliz. Las familias muynumerosas y unidas le daban envidia.

«Cuando se está entre tantos, cada uno dice algo, cada uno piensa algo,los caracteres diversos obran los unos sobre los otros y se modifican,mientras que, una persona sola, ¿puede ser a la vez seria y alegre,puede pensar en todo, preverlo y hacerlo todo?

Cuando me siento mal,siento con más fuerza la falta que me hace una hermana que contentase apapá, que le distrajera de sus preocupaciones y cuidados... A él mismose lo he dicho; y él dice que está contento conmigo sola, no quisieradividir el cariño que me tiene. No, papacito mío, en tal caso el cariñono se dividiría: se sumaría...»

Pero por más que el cariño hacia su padre la dominara, sentía que en sucorazón había un puesto para un afecto distinto.

Confesaba estesentimiento por primera vez, al hablar de la vergüenza que le causaba laidea de que su padre pudiese leer aquel diario:

«Papá no sabe que por la noche, antes de acostarme, me pongo de vez encuando a escribir en este libro. Anoche, a las once, cuando él me creíaen la cama, cayó una fuerte lluvia; supo que estaba despierta, y vino apreguntarme si me sentía mal.

Fácilmente lo tranquilicé, pero le dijeque estaba tan buena; que me había quedado levantada para poder escribiren este libro.

Hago mal en ocultárselo. A veces formo el propósito deconfiarme a él, de hacerle leer lo que escribo. ¿No es lo mismo que ledigo de palabra todos los días? Pero, no sé: tengo vergüenza y miedo.Hay momentos en que hasta me parece que hago mal con escribir estasmemorias. Camila Sesgondi me hizo venir la primera vez, en el colegio,esta idea de escribir nuestra vida, pero nunca empezamos. Todas lasnoches, al dar gracias al Señor por el día que había pasado confelicidad, yo pensaba en las cosas que habían sucedido, en lo que habíadicho, en lo que había pensado; pero en cuanto a escribir no sabía porqué parte comenzar; pues todos los días eran iguales. Entonces esperé ahallarme en casa; y por fin comencé. Ahora me arrepiento, porque no meatrevo a confiar esto a papá, y además hay veces, como ahora, en que meparece inútil escribir estas cosas: no siempre las cosas que se piensannecesitan ser escritas; y otras, no sé escribirlas o no lo puedo... ¿Porqué habrá ciertas cosas que no se pueden escribir, ni siquiera decir?¡Pero si yo tuviera una hermana! ¡A ella se lo diría todo, estoysegura!...»

Un día, por último, no pudiendo guardar por más tiempo ese secreto consu padre, le había revelado que escribía su diario.

Para fortificar lamemoria solía copiar las poesías que más la agradaban: versos de Patri,de Aleardi, de Manzoni, de Shelley, de Byron, y ese día, recitando elpapa una poesía de Víctor Hugo, copiada de un periódico, no la recordóbien y fue a buscar su libro.

«Dije a papá que copio bellas poesías y escribo mis impresiones. Estabaresuelta a decirle todo, pero esperaba que no manifestara deseos deleerlo. Cuando me preguntó: ¿Me dejas ver? le di el libro, pero creoque me ruboricé mucho. Leyó algunas líneas, de dos o tres páginassolamente, luego cerró el libro y me abrazó estrechamente, besándome enla frente, él también con los ojos enrojecidos. Entonces me sentí muyvaliente, casi me arrepentí de haber tenido miedo antes, y le rogué quelo leyera todo; pero él no quiso.

»Tuve que leerlo yo, y así la vergüenza se me ha disipado, y ahora mesiento como librada de un gran peso, y contenta, contenta.»

La primera vez que nombraba al Conde Luis d'Arda lo hacía al hablar depoesía y de arte, y ese nombre volvía después con más frecuencia,siempre con motivo de libros y cosas literarias.

Íntimo amigo de supadre, compañero de su juventud, el Conde era una de las rarísimaspersonas que frecuentaban la casa Abizzoni. La jovencita emitía a surespecto juicios muy favorables.