Espasmo by Federico De Roberto - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.
index-1_1.jpg

BIBLIOTECA DE «LA NACION»

FEDERICO DI ROBERTO

———

E S PA S M O

BUENOS AIRES

1909

INDICE

———

I.—El hecho

II.—Las primeras indagaciones

III.—Los recuerdos de Roberto Vérod

IV.—Historia de una alma

V.—Duelo

VI.—La investigación

VII.—La confesión

VIII.—La carta

IX.—Espasmo

Para hacer conocer la literatura romántica italiana, en sus elementosmás modernos y en sus tendencias más recientes, difícilmente podríamoshaber encontrado algo más a propósito que un autor como Federico diRoberto y un libro como Espasmo.

Federico di Roberto tendrá ahora treinta y seis años. Es siciliano, comoVerga, el autor de Cavalleria rusticana, con el cual su talentoliterario presenta algún parecido. Como Verga, también es un realista,de un realismo que ostenta el color luminoso de la isla nativa. Susnovelas son de una gran intensidad

dramática—aun

cuando

conservan

ensus

lineamientos una elegancia impecable,—algo de aristocrático en laconcepción y en la forma, que se revela en todas sus páginas y quecaracterizan al joven escritor de una manera feliz. Con Arabeseos eHistorias breves inició brillantemente su carrera literaria, en la que,a pesar de estar en sus comienzos, ha logrado éxitos de resonancia con I Viceré y con este Espasmo que hoy ofrecemos a los lectoresargentinos, y cuya traducción directa del idioma en que fue escritomereció de nuestra parte especial cuidado.

En el drama que se desarrolla en este libro intervienen pasionesintensas y opuestas. Su ambiente es una ciudad de Suiza; el drama sedesarrolla entre refugiados nihilistas, y es la lucha ardiente del deberimpuesto por la fe política contra una pasión violenta y arrebatadora.Sobre tal contraste, que da lugar a escenas emocionantes y en que semueven personajes intensamente humanos, se funda el argumento de estanovela, acerca de la cual no diremos nada más para no malograr laconmoción honda y sincera que ella produce en el ánimo del lector.

Como se podrá notar fácilmente, Federico di Roberto representa en lamoderna literatura de Italia una nota nueva para nosotros,diferenciándose

completamente

de

D'Annunzio,

Fogazzaro y D'Amicis, queson los novelistas italianos más conocidos en el exterior. Y, al leer Espasmo, estamos seguros de que los lectores de buen gusto nos tendránen cuenta el haberles hecho conocer un vigoroso talento que encarna,puede decirse, la nueva forma de la literatura romántica italiana enesta época.

E S PA S M O

I

EL HECHO

Todos los que pasaron el otoño de 1894 en las orillas del lago deGinebra, recuerdan sin duda todavía el trágico suceso de Ouchy, queprodujo tanta impresión y proporcionó tan abundante alimento a lacuriosidad, no sólo de las colonias de gente en vacaciones esparcidas entodas las estaciones del lago, sino también del gran públicocosmopolita, al que los diarios lo refirieron.

El 5 de octubre, pocos minutos antes de mediodía, el estampido de unarma de fuego y gritos confusos salidos de la villa Cyclamens, situadaen mitad del camino de Lausana a Ouchy, interrumpieron violentamente lahabitual tranquilidad del lugar y atrajeron a los vecinos y transeúntes.La villa Cyclamens estaba alquilada a una señora milanesa, la Condesad'Arda, que la ocupaba todos los años, de junio a noviembre. La amistadde la Condesa con el Príncipe Alejo Zakunine, revolucionario ruso quehabía sido condenado primero en su país, expulsado en seguida de todoslos Estados de Europa y refugiado últimamente en el territorio de laConfederación, era conocida desde tiempo atrás.

Los dos amantes se encontraban en la villa el día de la tragedia; y losgritos, del mismo Príncipe Zakunine, junto con la detonación del arma,hicieron acudir a los sirvientes despavoridos, a cuyos ojos apareció untremendo espectáculo: la Condesa yacía exánime al pie de la cama, lasien derecha perforada por un proyectil, y un revólver cerca de su mano.Y

por más que la vista de la muerte, de la muerte repentina y violenta,sea tal que ninguna otra la aventaje en horror, la presencia de esecadáver no era, sin embargo, lo que producía una emoción más fuerte,sino el aspecto del sobreviviente.

Semejante a una pálida azalea cruzadapor rayas rojas, el frío rostro de la infeliz, manchado parcialmente desangre, tenía el color de la cera, pero nada en él revelaba lascontracciones de la agonía: por el contrario, una serena confianza yalgo como una sonrisa todavía viviente le animaban; Levemente apartadoslos violáceos labios, detrás de los cuales asomaba apenas la perladalínea de los dientes; abiertos los párpados, las pupilas vueltas haciael cielo, la muerta parecía estar en éxtasis, como si aún no hubieseabandonado la existencia del todo, deseosa de poder atestiguar que fuerade la vida humana, en el silencio y en la sombra, había por fin halladoel bienestar y la alegría. Lívido, desencajadas las facciones, loscabellos en desorden sobre la frente empapada en sudor glacial, loca lamirada, temblorosos los labios, las manos, todo el cuerpo, como sifuera presa de la fiebre, el Príncipe Alejo infundía pavor. Después dehaber pedido auxilio con voz ronca y a gritos, se había arrodilladojunto al cadáver y lo abrazaba, ensangrentándose todo, y de su convulsaboca no salían más que dos palabras breves y monótonas:

—¡Se acabó!... ¡Se acabó!...

En aquellas palabras, en el desgarrado acento con que las repetía, habíaun desconsuelo, una amargura, una desesperación tan grande, que lamuerta no parecía ya merecer tanta compasión como el vivo, como aquelhombre inconsolable, abrumado por el dolor, que parecía, él también,próximo a perder el aliento. Y a ratos, cuando sus manos se cansaban deacariciar las manos, los cabellos, las ropas de la muerta, se lasllevaba al cuello con ademán violento, cual si quisiera estrangularse:entonces los criados, todas las personas que habían acudido, trataban deconsolarle, de arrancarle a ese espectáculo cruel; pero él, con ímpetusalvaje, rechazaba a todos lejos de sí, extendía los brazos, se paraba,y después de recorrer con paso inseguro, cual si estuviera ebrio, elcuarto mortuorio, volvía a desplomarse junto al cadáver.

La villa estaba abierta para todos; nadie pensaba en impedirles suacceso. De la cercana Casa de Salud había acudido prontamente el doctorBérard, quien sólo había podido comprobar la muerte instantánea. Lanoticia se iba propagando rápidamente entre la colonia de extranjeros, ylos curiosos afluían a la villa, en especial los que conocían a laCondesa y al Príncipe; pero ninguno podía obtener noticias de loacontecido, a no ser de los sirvientes. Zakunine parecía sordo y ciego,no reconocía a las personas que se le acercaban, que intentabanestrecharle la mano, ni oía las palabras de pésame, las frases dedolorida simpatía que le dirigían.

Tampoco las respuestas de los criados arrojaban mucha luz sobre elsuceso. Refiriéndose solamente a las circunstancias exteriores de lacatástrofe, contaban todos que el Príncipe había vuelto a la villa dosdías antes, después de una ausencia de algunas semanas; que la señora sehabía levantado esa mañana más temprano que de costumbre y habíapermanecido como una hora en el terrado, mientras su compañero trabajabaen el escritorio, con una dama que había llegado como a las nueve; queantes del almuerzo la Condesa había enviado a la ciudad, con unosencargos, a Julia, la doncella italiana que tenía desde hacía largotiempo; que, cuando ya iba el almuerzo a ser servido, el disparo habíahecho estremecer a todos: que del segundo piso, donde estaban lashabitaciones de los patrones, se había lanzado el Príncipe al piso bajocomo un loco, pidiendo que se llamara a un médico, y que todos habíansubido precipitadamente al cuarto de la Condesa, donde la extranjera,después de intentar en vano socorrer a aquélla, había tratado,igualmente en vano, consolar al desesperado Príncipe.

En medio de la confusión pocos habían notado la presencia de laextranjera. Era ésta una joven de veinte años apenas; cabellos de unrubio azafranado, cortos, peinados como los de un hombre; ojos claros ymirada fría; estatura más bien pequeña: estaba vestida de negro de piesa cabeza. Se mantenía derecha e inmóvil en el ángulo de una ventana, losbrazos cruzados, la cabeza inclinada, y casi no se daba cuenta de lacuriosidad que su presencia comenzaba a excitar.

En el círculo que formaban los más curiosos de los presentes, estaba laBaronesa de Börne, dama austriaca, gruesa y de baja estatura, la únicade su sexo que había acudido a la villa, y que miraba fijamente a laextranjera, abrumando al mismo tiempo con sus preguntas a los criados,quienes no sabiendo qué contestar se mezclaban en los grupos a comentarlo ocurrido.

—¡Pobre

mujer!...

¡Pobre

amiga!...—exclamaba

la

Baronesa.—Pero ¿porqué?... ¿Cómo ha podido?... ¿Y no ha escrito nada? ¿No han encontradoalgo dejado por ella?... Tiene que haber algo... buscando... ¿Murió enel instante?... Sufría, es cierto; ¡pero no tanto que no pudieraresistir!... Era fuerte, una mujer muy fuerte, a pesar de su cuerpecitotenue y delicado...

Los dolores morales...

Y en voz más baja, dirigiendo la palabra a un joven inglés de bigotescolorados, ojos azules y frente calva, le insinuó:

—¿Cree usted que fuera feliz?

El interrogado respondió con un ademán ambiguo, que tanto podíasignificar asentimiento como duda o ignorancia.

—¡Y ese pobre Príncipe!...—continuó la Baronesa, siempre mirando porlo bajo, continuamente, a la extranjera.—Es un dolor verle sufrirasí... Sería necesario que alguien le persuadiera de que sealejara...—Y estas palabras iban encaminadas directamente a la jovendesconocida; pero como ésta no contestara, la Baronesa propuso:—¿Porqué no ponen por lo menos el cadáver sobre la cama?

Hablaba desde el grupo formado en torno del cadáver, y, al ver que loscircunstantes, aprobaban sus observaciones, pidió y obtuvo que ladejaran pasar. Entonces se acercó al Príncipe, que estaba en ese momentoapoyado contra la cama, los brazos colgando, contraídas las manos y losextraviados ojos todavía vueltos hacia la muerta.

—No podemos dejarla así... deseamos ponerla sobre la cama...

¿Quiereusted?

Pero él no contestó, ni pareció siquiera haber oído, y al ponerle laBaronesa una mano en el hombro, tembló como sacudido por una corrientemagnética: su mirada extraviada, perdida, desconsolada expresaba unaangustia tan pavorosa, que la locuaz señora se encontró por un momentocon que le faltaban las palabras.

—¡Qué desgracia!... ¡Qué dolor!...—dijo turbada.—¡Pero hay, sinembargo, que tener fuerza suficiente para resignarse al destino!...Doctor—agregó, volviéndose hacia Bérard, que se acercaba en ese momentoal Príncipe.—Desearíamos retirar de allí el cadáver... ¡Me figuro aratos que la pobrecilla sufre en el suelo!... Y a toda esta gente, ¿nose la podría pedir que se alejara?

—Sí... cierto...—contestó el doctor vacilante y sin saber quéhacer.—Pero antes de resolver nada, hay que esperar la llegada de losmagistrados...

—¿Se les ha avisado?

—Aquí llegan.

Efectivamente, el murmullo de las voces acababa de extinguirse en lasala contigua, y en ese instante entraba el juez de paz del circuitoLausana, el comisario de policía, un médico y dos gendarmes.

Lo primero que hizo el juez fue ordenar que se alejara a los indiscretosdel cuarto mortuorio y de la sala, y cumplida esta orden, los gendarmesse colocaron en la puerta que comunicaba aquella sala con el otrosaloncito, para impedir que la gente volviera. Sólo quedaron con elcadáver, la extranjera, el doctor Bérard, y su colega de la policía, aquien explicaba la inutilidad de toda curación y la rapidez de lamuerte; la Baronesa de Börne, que sin que nadie se lo pidiera, informabade lo sucedido al juez; éste, el Príncipe y el comisario.

—¿A qué se atribuye su funesta resolución? ¿No había algo que lahiciese prever?—preguntó el juez; y la Baronesa, no obstante serincapaz de callarse, por esa vez se limitó a encogerse de hombros ymirar al Príncipe, para significar que éste era el único que podíacontestar.

Zakunine se pasó una mano por la frente, como si se despertara de unprofundo sueño, y dijo:

—Sí, había que preverlo... Yo he debido preverlo...

—¿Sufría mucho?

—¡Sufría tanto... tanto!...—respondió el Príncipe, con una entonaciónde tristeza tan profunda, que el mismo magistrado se sintió conmovido.

—¿Estaba enferma?—preguntó el juez al doctor, después de un brevesilencio.

—Sí: de una afección del pecho.

—¿Sabía lo que tenía?

—Sin duda. No era posible ocultarle nada. Era tan inteligente yvalerosa, que las mentiras compasivas eran inútiles con ella.

—¿No se podía tener esperanzas de salvarla?

—Su enfermedad era de aquellas sobre el desenlace de las cuales no cabeengaño, pero que mediante un régimen apropiado permiten vivir aún largosaños.

—¿Entonces no es la enfermedad lo único que la ha impulsado a matarse?

—No es lo único—repitió como un eco el Príncipe Alejo.

Muy curiosa, casi cómica, era durante aquel triste interrogatorio laactitud de la Baronesa de Börne, la cual, ya que no podía hablarapretaba los labios, movía los ojos, sacudía la cabeza, inclinaba todoel cuerpo, como si sucesivamente repitiera las preguntas del juez yconfirmara las respuestas del médico y del Príncipe, para hacer ver queella había previsto las unas y las otras, y advertir por señas quetambién ella tenía una observación que hacer. Y de vez en cuandointerrumpía:

—¡Eso es!... ¡Asimismo!... ¡Exactamente!... Y teniendo los sentimientosreligiosos que tenía...

—¿Cuáles eran?—preguntó el juez.

—Pocas mujeres he conocido de una fe tan sólida y ardiente—

contestó eldoctor.

—¿Es cierto?...—interrumpió otra vez la Baronesa.—¡Parece increíblelo grande que era su fervor! Yo tengo motivos para saberlo. No daba unpaseo sin que su término no fuera una iglesia. Sus excursionespreferidas eran en el distrito de Echallens, a Bretigny, a Assens, aVillars-le-Terroir, a causa de las iglesias católicas que encontraba porallí.

Los domingos y fiestas pasaba largas horas aquí, en San Luis,arrodillada hasta que le faltaban las fuerzas... Y esa era laobservación que yo quería hacer a usted: que es por demás increíblecómo, con tanta fe, ha podido hacer lo que ha hecho.

El Príncipe no hablaba. El temblor nervioso que al principio le sacudíaiba calmándose; la convulsa, violenta, pavorosa expresión de su rostrolívido y de sus ojos enrojecidos se iba transformando: pálido, agotado,sin fuerzas, parecía él también próximo a caer.

—¿Estaba sola cuando se mató?

—Sola.

—¿Habló usted con ella esta mañana?

—Sí; habló con ella.

—¿Estaba triste?

—Mortalmente.

—Podríamos ver si ha dejado algo escrito.

La Baronesa dio una palmada y exclamó:

—¡Eso es lo que yo he dicho desde el principio!

El comisario, a una señal del juez, se puso a buscar.

Pocos muebles había en el cuarto de la muerta. La cama, un ropero conespejo, una cómoda, un pequeño escritorio colocado contra la ventana, enplena luz, y en un ángulo una mesita de trabajo, era todo lo que formabael menaje. Sobre el escritorio había dos pilas de libros ingleses concubiertas blancas; una caja de papel de cartas; una bombonera antigua, yun saco de viaje.

En la mesita de trabajo y en el velador había máslibros. El comisario los registraba uno por uno, abría los cajones delos muebles, ninguno de los cuales estaba cerrado con llave, y despuésde echar una ojeada a los objetos de elegancia femenina de que estabanllenos, los volvía a cerrar. En el escritorio estaba lacorrespondencia de la difunta, en cajas de cartón bastante viejas y unacartera llena de valores italianos y franceses así como algunos miles depesos en monedas de oro y plata. En el fondo de la gaveta de la derechaencontró el comisario un estuche en forma de libro forrado en terciopelonegro, y cerrado con una minúscula llave: ya iba a abrirlo, cuando elPríncipe dio un paso hacia él, diciendo:

—Ese es un libro de memorias... el diario de su vida...

Por el tono en que hacía esa indicación, por la actitud de toda supersona, parecía que quisiera defender contra las miradas indiscretas elpensamiento íntimo de su pobre amiga; pero la Baronesa de Börne exclamó,aproximándose al juez, que ya había tomado de las manos del comisario ellibro extraído por éste de su negra caja:

—¡Allí precisamente se puede encontrar algo!...

También la cubierta del libro era negra, con broches de plata, como unlibro mortuorio y su sola vista expresaba la tristeza y el dolor quedebían haber amargado la vida de aquella desventurada. El juez recorriórápidamente las tapas: la letra era más bien grande, delgada, pocoacentuada, elegante y de una nitidez admirable. Casi las tres cuartaspartes del libro estaban escritas. El juez consagró su mayor atención alas últimas páginas; pero después de haber leído, dejó caer la cabeza y:

—No se entiende—dijo—no es una confesión...

Mientras tanto, el comisario continuaba sus investigaciones en unapequeña habitación contigua al cuarto de vestirse, donde otro ropero,el lavatorio y los baúles ocupaban todo el lugar disponible. Perotampoco allí encontró ninguna carta. Entonces volvió al dormitorio, loatravesó, y entró en la sala: allí el registro fue aún más breve oinútil, pues aparte del diván y los sillones, sólo había una mesa llenade menudos objetos de uso, y luego el piano, sobre el cual se veía uncuaderno con composiciones de Pessard. Ya el comisario volvía sobre suspropios pasos, cuando un ruido de voces, exclamaciones de angustia lehicieron regresar; los gendarmes, obedientes a las órdenes que habíanrecibido, impedían la entrada a una mujer vestida de obscuro, quellevaba en la cabeza el velo negro de la gente del pueblo lombardo.

—¡Ah, señor! ¡Ah, señor!...—exclamaba la mujer, juntando las manos, elflaco rostro surcado por ardientes lágrimas.—

¡Quiero verla!... ¡Verlauna vez más!... ¡Mi patrona... mi buena patrona! ¡Ah, señor, verla!...

Era Julia, que en ese momento volvía de la ciudad. Bajita y delgada,algo entrada en años, parecía anonadada por la angustia.

—Dejadla pasar—ordenó el magistrado, a quien la Baronesa explicabaque, sirvienta de la Condesa durante muchos años, esa mujer había gozadode toda su confianza.

Y cuando entró, sollozante y lacrimosa, juntas las manos, y se adelantóhacia el cadáver, el mismo estremecimiento nervioso de antes volvió asacudir el cuerpo del Príncipe; en su rostro volvieron a leerse aqueldesfallecimiento de terror, aquel pavoroso dolor, como si la vista deuna persona cara a la muerta, su presencia allí, hicieran recrudecer sutormento. Ya no miraba al cadáver sino a la desconsolada mujer, yparecía querer acercársela, juntarse con ella, como para unir losdolores de ambos, para hablarla de la muerta, para oírla hablar de ella.Todos, hombres de justicia, médicos, hasta la misma Baronesa se sentíanimpresionados por la ansiosa actitud de aquel desdichado: sólo laextranjera permanecía inmóvil y rígida, impasible y casi sin mirar anadie.

—¡Lo decía y lo ha hecho!... ¡Ha hecho lo que decía!...—

gemía la mujerjunto al cadáver.—Deseaba la muerte, la llamaba... ¡Ah, pobrecilla!...¡Ah, señores!... Y me mandó afuera, me mandó... para estar libre...¡para que no se lo leyese en la cara! ¡Ah, si hubiera estado junto aella!... ¡Cuántas veces, pobrecita, cuántas veces, rogó a Dios que lahiciera morir!... ¡Y

se ha matado!...—repetía con voz aún más afligida,como si hasta ese momento hubiera podido dudar y esperar, y de repenterecibiera la confirmación indudable de semejante desgracia. ¡Se hamatado!... ¡Está muerta! ¡Señor! ¡Señor!...

La Baronesa se pasó la mano por los ojos, suspiró y atrajo hacia supecho a la criada.

—¡Basta, basta, pobre mujer!... ¡No hay más remedio que conformarse!...¡Cálmese usted!.... ¡Basta!... Lo mejor es que diga usted a estosseñores, a la justicia, ¿adonde la mandó, a usted? ¿A qué la mandó?

—A la ciudad, a pagar unas cuentas... a comprar cosas... Yo no sémás... Parecía, cuando se levantó de la cama, como si quisiera irconmigo... después cambió de opinión, y me mandó...

—¿La dio a usted alguna carta? ¿Sabe usted si escribió alguna carta,anoche o esta mañana?

—Anoche no: esta mañana. Esta mañana escribió una carta.

—¿A quién estaba dirigida?

—A sor Ana.

—¿Quién es sor Ana?—preguntó el magistrado, que había dejadopacientemente a la verbosa señora formular el interrogatorio.

—Sor Ana Brighton, su antigua maestra inglesa.

—¿Dónde está?

—No sé. En el sobre estaba el nombre del lugar, un nombre extranjero.

—¿Usted tampoco sabe esa dirección?—preguntó el juez, volviéndosehacia el Príncipe Alejo.

—La ignoro, pero...

Su ansiedad parecía ir calmándose. Ya iba a decir algo, cuando se volvióa oír en el fondo de la sala a los agentes de policía que impedían laentrada a alguien. Pero esa vez la inesperada persona no se lamentaba,no lloraba; con voz vibrante, irritada y casi imperiosa, decía:

—¡Déjenme pasar!... ¡necesito entrar, les digo!...

Al mismo tiempo que el comisario iba a ver quién era, Bérard y laBaronesa de Börne se acercaban a la puerta.

—¡Vérod!—exclamó la Baronesa al ver a un joven alto, corpulento, decabellos negros y bigote rubio, que decidido a forzar la consigna, entróa prisa cuando los guardias, a una seña de su superior, se hicieron a unlado. Pero después de haber realizado su intento y avanzar rápidamentelos primeros pasos, el recién venido pareció de pronto titubear,vacilante: la irritación que le encendía el rostro fue cediendo ante laconfusión y la angustia. Al llegar al umbral y ver al cadáver se llevóuna mano al corazón, se recostó contra el marco de la puerta,intensamente pálido, a punto casi de desmayarse.

—¡Nuestra pobre amiga!—exclamó otra vez la Baronesa, tendiéndole ladiestra, cual si quisiera confortarle, infundirle valor.—¡Quién lohabría dicho!... ¿No parece un sueño?...

¡Pobre, pobre amiga!... Matarseasí...

Pero el joven se repuso, y avanzando un paso más dijo con fuerte voz:

—No.

Un movimiento de inquietud y estupor pasó por entre los presentes.

—¿Qué dice usted?—preguntó el juez, acercándose a Vérod y mirándolefijamente en los ojos.

—Digo que esta señora no se ha matado. Digo que ha sido asesinada.

Su voz resonaba de manera extraña, parecía que hablara en un lugarvacío, tan glacial era el silencio que reinaba en torno suyo, tansuspensos y sorprendidos se encontraban los ánimos de todos lospresentes. El Príncipe Alejo, erguido, inmóvil, alta la frente, mirabatambién fijamente a su inesperado acusador.

—¿Cómo puede usted asegurarlo?—preguntó aún el juez.

—Lo sé.

—¿Cuáles son las pruebas que tiene usted?

—Ninguna prueba material. Todas las certidumbres morales.

—¿Quién cree usted que la ha muerto?

El joven extendió el brazo, señaló con el índice al Príncipe y laextranjera, y dijo:

Todos los presentes volvieron las atónitas miradas hacia los acusados.

En el primer momento la fisonomía del Príncipe Zakunine habíapermanecido sin expresión; parecía que éste no hubiera oído, o que nohubiera comprendido; pero, poco a poco, una amarga e irónica contracciónde los labios, un encogimiento de las cejas sobre los ojos de prontohundidos y casi risueños, animados por una risa casi dolorosa, revelaronla sensación de estupor, de incredulidad y en cierto modo de diversión,que tan inopinado cargo despertaba en su ánimo. En cuanto a ladesconocida, seguía con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando alacusador, sin que su rostro de estatua despertara desdén ni estupor.

Antes de decir nada contra alguien—repuso el juez en tono deamonestación—es preciso estar cierto de lo que se dice.

—Si no estuviera cierto no habría hablado.

—¿Qué interés puede haber armado el brazo de estas personas?

El joven rompió a hablar con una violencia que en vano trataba decontener.

—La maldad del alma de uno y otro, el placer salvaje de hacer mal, dedestruir una vida, de derramar sangre. La voluptuosidad de poner fin conla muerte al largo martirio que han infligido a esa infeliz.

La voz le temblaba, sus manos también estaban trémulas, sus ojos estabanpreñados de lágrimas. Pero a la emoción que aquellas palabras habíanproducido en los circunstantes, sucedió de improviso otro sentimiento deverdadero pavor, cuando el Príncipe, acercándose a su acusador, elpuño tendido, las facciones contraídas, clavó en él una mirada dura,rencorosa, y le apostrofó así:

—¡Loco! ¿Qué dices?

Los dos hombres se miraron cara a cara. Aceros afilados y agudos, acerosque despedían centellas eran las miradas de ambos. Parecían querer uno yotro penetrar con ellas hasta el alma.

El juez y el comisario se vieron obligados a interponerse.

—¡Diga usted de dónde viene su certidumbre!—intimó el primero.

—¡De todo, de todo! De los sentimientos de esta criatura, que yoconocía y apreciaba; de la cristiana resignación, de la angélica bondadde su alma. De la conducta de estos dos, de sus instintos sanguinarios,de su complicidad en el mal a que viven consagrados. Nadie que la hayaconocido creerá nunca que sea ella misma quien se ha dado muerte.

Pregúntenlo a quien quieran, pregúntenlo a todos...

diganustedes—agregó dirigiéndose a los criados, que se miraban azorados:deseaba provocar en el acto el testimonio de los presentes—diganustedes que la conocieron, que poseyeron su afecto, si es posible, si escreíble...

El juez le interrumpió, clavando otra vez en su rostro una miradaescrutadora:

—Esta mujer ha dicho lo contrario: ha declarado que su patrona haintentado otras veces matarse; que esta mañana la alejó deliberadamentey que hoy no ha hecho más que poner en práctica un propósito antiguo yfirme.

—¿Usted cree eso?—exclamó el joven desconcertado—¿usted ha dicho eso?

La mujer no contestó. Miraba en torno suyo, extraviada, como ausente;parecía no comprender ni ver.

—¿De quién era esta arma?—la preguntó el magistrado.

—Suya.

—¿Podía alguien tomarla? ¿Dónde la tenía?

—Encerrada, escondida.

—¿Ve usted—dijo otra vez el juez, volviéndose hacia el joven—que nadaconfirma sus acusaciones? ¿Insiste usted en ellas?

El magistrado hablaba con gravedad, casi en tono de desdeñoso reprochepor la ligereza de que el joven daba pruebas.

Pero éste, después de unmomento de silencio durante el cual se pasó una mano por la frente ylanzó en su derredor una mirada de duda, contempló una vez más el cuerpoexánime que yacía en el suelo, las formas rígidas de la muerta, elrostro más blanco aún que al principio, sobre el cual las manchas desangre iban perdiendo

su

color

purpúreo

al

secarse,

la

boca

todavíaentreabierta, los ojos fijos, ya no en éxtasis, sino tremendos; yentonces, extendiendo el brazo, repitió con voz sorda y agitada:

—Atestiguo que esta mujer ha sido asesinada. Pido que se me deje hablarcon el juez de instrucción.

II

LAS PRIMERAS INDAGACIONES

Francisco Ferpierre, juez de instrucción adscripto al tribunal cantonalde Lausana, era muy joven: todavía no tenía cuarenta años. Una culturalegal solidísima, mucha ciencia de la vida y del corazón humano, unanatural aptitud para la observación, que en el ejercicio de su profesiónse había convertido en genial clarovidencia y casi en prescienciainerrable, eran circunstancias reunidas para hacer de él una de lasmejores autoridades de la magistratura helvética. Y, sin embargo, suprimera vocación había sido otra.

Amante de las letras, había comenzado a cultivarlas, descuidando porellas en un principio, los estudios legales como inútiles e ingratos, yllegando hasta a alimentar una especie de rencor hacia su familia, quelo exhortaba a seguirlos. Escribiendo versos de amor y prosa de novelas,ejercitando la divina y creadora facultad de la imaginación, era comopensaba conquistarse la gloria, desdeñoso y para nada necesitado decompensaciones más reales. La muerte de su padre, sostén de la numerosafamilia, le despertó de su sueño. Comprendió entonces que su deber erasustituir a su padre y de la noche a la mañana dijo adiós a la fantasíay a la fábula, para dirigir su actividad por un camino más positivo.Sus primeros trabajos no le habían sido inútiles del todo: el hábito dela investigación contraído al reflexionar sobre argumentos ficticios, lohabían hecho hábil para desentrañar los misterios con que lucha lajusticia. Había comenzado a estudiar la vida en los libros, y gracias aellos podía comprender sin gran trabajo, cómo era en realidad.

La profesión política y la judicial son sin duda las que mejor y con masrapidez permiten conocer a los hombres; pero hay casos en que el hombrepolítico es presa de alguna de las mismas pasiones que presume poderjuzgar en los otros, mientras que el magistrado, indiferente, sereno,extraño a los intereses que ve agitarse en torno suyo, está más quecualquier otro en situación de leer en el libro del corazón. YFerpierre, después de haber dado libre desahogo en los artísticostrabajos, de su primera juventud a sus pasiones vivaces, habíacomprendido a tiempo todo cuanto hay de exagerado, de falso y malsano enuna concepción demasiado amplia y poética de la existencia, y como sussentimientos habían llegado a ser más austeros, más severos eran porconsiguiente sus juicios. El antiguo fondo moral de la raza helvética,la seriedad y la tristeza acumuladas en el corazón de la raza por efectode la contemplación de los gigantescos Alpes; la rigidez casi ingrata deaquel protestantismo que excluyera de Ginebra durante un tiempo lamúsica por ser un arte demasiado voluptuoso, se despertaron en éldespués de los primeros ardores, y a la ligereza algo intencional deljoven poeta, sucedió la rectitud inflexible del hombre maduro.

Ferpierre se sentía, por lo tanto, animado de una secreta desconfianzacontra los personajes del drama de Ouchy, que le fue narrado por el juezde paz en la villa Cyclamens, adonde había acudido al primerllamamiento. La muerta le inspiraba mucha lástima, cierto, pero siresultaba cierto que ella misma había querido abandonar la vida, tanmerecedora sería del reproche como de la compasión. Además, los vínculosque la habían ligado con el Príncipe Zakunine estaban fuera de la ley, ysu amistad con Vérod estaba contaminada también. Sin haber todavía vistoal acusador, con sólo oír su nombre, creía el magistrado reconocer en éla Roberto Vérod, el escritor ginebrino que vivía desde muchos años antesen París y de allí esparcía por el mundo sus libros llenos de amargasenseñanzas.

De modo que, si no se engañaba, ese personaje debía serleconocido íntimamente: Vérod había entrado quince años antes en laUniversidad de Ginebra, cuando Ferpierre seguía el penúltimo curso deleyes, y un círculo de estudiantes les había contado a ambos en elnúmero de sus socios durante dos años.

Pero ¿por qué veía el joven en lamuerte de la Condesa un asesinato y se empeñaba en vengarlo, sino porquehabía sido rival del Príncipe, es decir, amante de la difunta? Laactitud de soberbio desafío de la extranjera, la certidumbre de quetambién ella debía estar afiliada al nihilismo, había predispuesto en sucontra al juez de paz; pero toda la severidad de Ferpierre se acumulabasobre la cabeza del Príncipe.

Desde largo tiempo atrás conocía su reputación. Sabía que, dueño de unode los primeros nombres y de una de las más cuantiosas fortunas de supaís, había sido desterrado por complicidad en una conspiración contrala vida de un general.

Sabía que, desterrado, había continuadoconspirando con mayor empeño, que había llegado a ser uno de los mástemibles directores del partido revolucionario europeo, que una condenade muerte pendía sobre su cabeza. Y sabía también que, no obstante queen apariencia la obra política del rebelde absorbía toda su actividad,todavía disponía de tiempo para llevar una existencia llena de aventurasgalantes, pasando de un amor a otro, recompensando con el dolor delabandono y la traición a las desventuradas incapaces de resistir a susseducciones. ¡Y por ese rebelde sanguinario, por ese indigno don Juan,se había dejado seducir la Condesa d'Arda!... Pero, en fin, ¿habría laCondesa querido morir, para no presenciar la ruina de sus sueños de amorfiel, o había sido asesinada por el Príncipe y la nihilista?

Ferpierre, desconcertado y confuso ante aquel misterio, discutía estas yotras cuestiones con el juez de paz en la villa, la misma tarde de lacatástrofe, después de haber ordenado la traslación del cadáver a lasala de autopsias, y el embargo de todos los papeles que se encontraronen la villa Cyclamens. En la suposición de que el amor o el caprichodel Príncipe por la Condesa hubiera concluido, ¿bastaban el desagrado,el fastidio, o si se quiere, la desinteligencia, el desacuerdo paraexplicar el homicidio, si acaso se había cometido un homicidio? La razónaducida por el acusador y referida a Ferpierre por el juez de paz, esdecir, la maldad de los nihilistas, carecía de valor mientras no seencontrara acompañada de un móvil más particular y eficaz. Destruir unavida por el solo placer de destruirla, no era propio de nihilistas,sino de locos. Se necesitaba, pues, que los asesinos hubieran sidoimpulsados por una pasión o por cualquier interés. Quizás si lasmaldades que la Condesa veía urdir al Príncipe, las conspiraciones enque sabía estaba mezclado, la sangre que, según oía decir, se derramabapor obra suya, había aterrado a la pobre mujer, y deseosa de impedir queperseverara en su labor tremenda, podía haber sorprendido alguno de sussecretos, o un secreto que, no fuera suyo: ¿habría entonces, la rígidadisciplina de la secta misteriosa, armado el brazo de aquel hombre y desu cómplice?

El juez de paz atribuía a esta suposición algún fundamento;pero a Ferpierre le parecía, si no del todo inadmisible, por lo menospoco probable.

Más admisible era que, si existía un delito, se tratara de un delito deamor. ¿No habría el Príncipe muerto por celos a la Condesa, enamoradonuevamente de ella después de haberla dejado de amar? ¿Y de quién podíahaber estado celoso, sino de ese Vérod que se mostraba tan afligido dela muerte de la Condesa, y asumía, sin que nadie se lo pidiera, el papelde acusador y de vengador? ¿O no sería más bien la extranjera quienhabía cometido el crimen, celosa del amor que tenía por la italiana elhombre que ella amaba?... El delito, quien quiera que fuese el culpable,cualquiera que fuese el móvil, no podía tampoco haberse consumado sinque entre el asesino y la víctima hubiera habido una lucha, aun cuandohubiera sido muy breve; pero ni en el cuarto mortuorio ni en la personade la muerta se hallaba el menor vestigio de esa lucha. De la posicióndel arma, la empuñadura hacia fuera, y el cañón apuntando al cadáver,deducían, los doctores que si la Condesa se había matado, debía habersehecho el tiro estando parada: de ese modo el revólver, al caer al suelo,se había dado vuelta. Y aunque no parecía muy natural que la infeliz,contrariamente a lo que hacen todos los suicidas, hubiera escogido esaposición para ultimarse, la circunstancia de ser suyo el revólver yhaberlo tenido oculto, excluía la suposición de que un asesino hubierapodido servirse de él. Además, el revólver estaba mal cerrado y en lacaída se le había salido una cápsula cosa que se explicaba perfectamentede parte de una mujer poco práctica en el manejo de las armas, de unasuicida cuyas manos debían temblar por otras razones; pero que en unasesino sería inexplicable.

Mas para detenerse sobre una hipótesis cualquiera, era necesario todavíaesperar el resultado de la autopsia; y mientras tanto, Ferpierre, quehabía establecido en el comedor de la villa su gabinete para lanecesaria averiguación en el lugar del suceso, ordenó que hicieranentrar a Vérod.

Cuando el joven se presentó a Ferpierre, éste vio en la palidez de surostro, en la angustia de su mirada, en la turbación de su actitud, laconfirmación evidente de que Vérod debía haber estado vinculado con ladifunta por un sentimiento a la par muy fuerte y muy delicado, y en elinstante, reconoció en él, sin la menor vacilación, al estudiante delcurso de letras, por más largo que fuera ya el tiempo transcurrido desdela época en que ambos eran condiscípulos. Y al verlo recordó también lafrecuencia con que lo había encontrado en el círculo universitarioginebrino, durante dos años seguidos, y recordó igualmente que entreellos no había mediado una sola palabra de simpatía. La índole triste deVérod se había revelado desde aquellos días lejanos, en las discusionesjuveniles con los camaradas: ninguno de los sentimientos a que Ferpierrehabía obedecido sucesivamente, ni los entusiasmos poéticos, ni el severodeber parecían inteligibles a esa alma cerrada. ¿Se acordaría él tambiénde aquellas antiguas relaciones? ¿Había pedido ver al juez instructorpor qué sabía quién era? ¿Iba a darse a conocer?

—Usted ha querido hablarme—dijo Ferpierre mientras se dirigíamentalmente estas preguntas y ponía en orden en la mesa los papeles,secuestrados en la habitación de la muerta y del Príncipe;—aquí metiene usted. Y ante todo ¿su nombre, su edad?

—Roberto Vérod, treinta y cuatro años.

—¿Es usted Vérod, el escritor?

—Sí.

—¿Nacido en Ginebra, domiciliado en París?

—Sí.

O el joven no le reconocía, o no quería decirle que le reconocía.

—Bueno. ¿Cuáles son las pruebas que quiere usted comunicarme?

No solamente Vérod no estaba ya seguro de sí mismo, como al principio,sino que de acusador parecía haberse convertido de improviso en acusado,tan grande fue su confusión al oír la pregunta que el juez le hacía.Guardó silencio por un momento, trató de decir cualquier cosa, y luego,arrepentido y más vacilante que nunca, se acercó al juez y le tendió lamano.

—¡Si usted supiera, señor—le dijo con voz insegura y sumisa,—quétumulto de sentimientos agita mi corazón, cuánto miedo tengo de hablar,cuánto necesito confiarme a su indulgencia, a su discreción, paradecirle lo que tengo que decirle!

Con tanta delicadeza y sinceridad formuló su invocación, que Ferpierrese sintió conmovido. Pero todavía no quiso provocarlo a que se hicierareconocer, esperando ver si él mismo aludía a las relaciones que loshabían unido en otros tiempos. Soltó los papeles y estrechando la manoque el joven le tendía con tanta ansiedad como si quisiera, agarrarse aél, contestó:

—Con eso no haría más que cumplir con mi deber; pero hagamos algomejor: olvidemos nuestras respectivas condiciones y confíese usted no almagistrado, sino al hombre.

—¡Gracias, señor! ¡Mucho le agradezco sus bondadosas palabras!... Almagistrado no tendría, efectivamente, mucho que decir, ni conseguiríaprobablemente comunicarle, faltándome las pruebas materiales, miconvicción moral...

—¿Y al hombre?

—Al hombre... al hombre le preguntaré: ¿cree usted que quien hasoportado una vida siempre tenebrosa, huya de ella cuando ve que por finresplandece la luz? ¿que quien ha sufrido con resignación, en silencio,puede exasperarse, rebelarse contra una esperanza imprevista?

El juez le escuchaba con la cabeza inclinada, sin mirarlo, y de prontono contestó.

Pero alzando luego la vista y fijándola en Vérod, se puso a su vez ainterrogarle:

—¿Tenía usted mucha intimidad con la difunta?

El joven no respondió. Lentamente los ojos se le llenaron de lágrimas.

—No debo, no, decirlo...—murmuró con voz ahogada.—A nadie revelaré unsecreto que no es mío... que no es del todo mío... Y hasta creo, mireusted, que a ella la lastimaría, que ella me prohíbe decirlo.

—¿La amaba usted?

—Sí.

Sus lágrimas se habían detenido, su mirada expresaba el orgullo y laalegría, una altiva felicidad.

—Sí; con un amor que puede ser confesado, alta la frente, delante decualquiera. ¿Por qué lo habría de negar?

—¿Y ella le amaba a usted?

—¡Sí!... Y el mundo no sabe, jamás sabrá, lo que fue nuestro amor. Elmundo es triste, y a poco andar la vida lo amarga todo.

Pero nada, ni unacto, ni una palabra, ni un pensamiento contaminó una sola vez esesentimiento que nos hacía vivir.

—¿De modo que al Príncipe no le faltaría razón de estar celoso?

A la expresión de soberbio gozo que animaba el rostro de Vérod, sucedióun amarga contracción de desdén.

—¿Celoso?... ¡Para estar celoso habría debido amarla! ¿Y si la hubieraamado fielmente, a ella sola, me habría ella amado a mí?

Ferpierre se quedó estupefacto ante la manifestación de semejante idea.O conservaba un mal recuerdo de las verdades brutales e ingratas de queVérod había sido apóstol desde joven, o el pesimista, el escéptico sehabía convertido.

—Pero entonces ¿en qué estado se encontraban las relaciones delPríncipe con la Condesa?—siguió preguntando mientras tanto.—¡No cabeduda de que hubo un tiempo en que se amaron!

—Usted sabe, señor, que este nombre, el nombre de amor, se da a tantascosas diversas: a nuestras ilusiones, a nuestros caprichos, a nuestracodicia... Si; ella le amó, con un amor que fue ilusión y engaño. Le amóporque creyó ser amada por él, ¡por él, que solamente sabe odiar!

—¿Cómo fue, entonces, que no llegaron a separarse?

—Por la parte de él sí: él quiso separarse. Se lo dijo, le echó en cara,como un reproche, su fidelidad, y varias veces la abandonó.

Pero ella noquiso reconocer que se había engañado, o lo reconocía únicamente en suinterior, y, pensando que los engaños se pagan, que hay que sufrir lasconsecuencias del error, aceptó el martirio.

—¿Podría usted precisar en qué consistió ese mal trato?

—¿Quién podría referirlo punto por punto? Todos sus actos, todas suspalabras envolvían una ofensa, un agravio.

—¿Cómo lo sabía usted? ¿Quién se lo dijo?

—¡No ella, señor! ¡Nunca oí de sus labios una queja contra esehombre!... Yo lo supe, lo oí personalmente... Había conocido al hombreen París, muchos años atrás, antes de que estuviera con ella, y sabía loque valía. En esto no estaba solo, pues todo el mundo sabe lo mismo queyo a su respecto.

—¿Se encontró usted con él alguna vez después de haber conocido a laCondesa?

—Nunca. El año pasado ya parecía haberla abandonado para siempre, yahora, después de su vuelta, no lo he visto sino de lejos, una o dosveces.

—¿Qué sabe usted respecto a lo que ella pensaba de su actividadpolítica?

—Que eso no fue uno de los dolores menos crueles de la infeliz.

—¿Ignoraba ella, cuando lo encontró por primera vez, los fines queperseguía?

—No sé... no creo... Pero si acaso supo que lo habían desterrado de supatria y condenado a muerte, buena y sensible como era, debió temblar decompasión por él. Y si él la dijo que su sed de sangre no era otra cosaque amor a la libertad y a la justicia, caridad hacia los oprimidos ysueños de perfección, el alma de la desventurada, ignorante del mal,debió seguramente inflamarse de entusiasmo y admiración.

—¿Cree usted que el desengaño le haya sobrevenido muy pronto?

—¡Muy pronto... y demasiado tarde! ¡Sí!

—¿Cuándo la conoció usted?

—El año pasado.

—¿Dónde?

—Aquí, en el Beau Séjour.

—¿Todavía no había alquilado la villa?

—Sí, pero pasó algunas semanas en el hotel.

—¿Dónde vivía en invierno?

—En Niza.

—¿Entonces el año pasado ya no estaban juntos?

—No.

—Y ahora, ¿hacía poco tiempo que él había vuelto a unírsele?

—En estos últimos meses.

—Esa mujer, esa joven, ¿podría usted decirme quién es?

—Una compatriota y correligionaria suya.

—¿Conoce usted la naturaleza de sus relaciones?

—No, pero no es difícil adivinarla.

—¿Sería ella también su querida?

—¿Se asombraría usted de ello? ¿No sabe usted que estos vengadores dela oprimida humanidad aman el placer, lo buscan, tienen mucho gusto enasociarse al deber?

La manera de expresarse del joven era más y más amarga cuando hablaba deaquellos que en su concepto debían haber deseado la muerte de lacriatura adorada por él.

—De modo que, supongamos, que esa joven sea querida del Príncipe.¿Habrá, por celos, asesinado a la Condesa? ¿Pero, de quién podía haberestado celosa? No de la Condesa, a mi parecer, porque ésta no amaba yaal Príncipe sino a usted. ¡Ni tampoco ciertamente del Príncipe, que noamaba ya a la Condesa, sino a ella!... ¿Y él mismo, siendo esta lacondición de las cosas, qué motivo habría tenido para cometer esedelito?... Por otra parte, usted ha invocado el testimonio de la criadapara confirmar su acusación. ¿Cómo se explica usted que esta mujer,apenas viera el cadáver, dijera que su patrona, al matarse, había puestoen práctica un antiguo propósito?

—¿Eso no le prueba a usted—exclamó el joven, sin contestardirectamente a la pregunta, si no formulando el a su vez una nuevainterrogación,—eso no le prueba a usted en qué abismos de desesperaciónhabía caído? ¿No es cierto que para que, inspirada y sostenida siemprepor una fe como la suya llegara a hablar de darse la muerte, la vidadebía habérsele hecho odiosa o intolerable?... Sí, hubo un momento enque deseó morir.

Yo mismo oí de su boca la tremenda palabra. Pero esofue un momento, y no ahora... ¿Debo decir a usted cuál era la esperanzaque después nos mantenía a ambos... el sueño divino de una felicidad?...

Ahogado repentinamente por los sollozos, le fue imposible proseguir. Yel juez, a cada momento más impresionado al ver que la fisonomía moraldel joven era muy distinta de la que él le había atribuido guiándose desus propios recuerdos y de la reputación que aquél tenía, examinabamentalmente la eficacia de la prueba moral que por fin precisaba elacusador.

Si era cierto lo que decía, si la muerta le había amado, la acusaciónparecía ya menos improbable. Que el sentimiento del más allá hubieradebido impedir matarse a aquella mujer, era cosa que Ferpierre creíahasta cierto punto; pero que un sentimiento más humano, enteramentehumano, hubiera podido disuadirla de su funesto propósito, no le parecíaimprobable. La calidad de los motivos a que el hombre obedece es muydiversa, y en la jerarquía de los sentimientos la fe tiene el puesto másalto; pero, en la práctica, sus virtudes no están en relación con elgrado que ocupan en esa escala ideal, y con mucha frecuencia pueden más,no solamente las pasiones inferiores, sino hasta los ínfimos instintos.Contra los dolores insoportables, contra la necesidad de inquietud yreposo, el sentimiento religioso que prohíbe la muerte voluntaria puedeser ineficaz; el amor, la esperanza de satisfacer una pasiónesencialmente vital, reconcilian más prontamente con la vida.

—Pero ¿qué valía aquella presunción? ¿Cómo servirse de ella parainculpar a dos personas?

—Usted comprenderá—repuso el magistrado cuando vio calmarse laangustia de Vérod,—la necesidad que me obliga a hacerle ciertaspreguntas que le serán dolorosas. Me parece haber comprendido bien elsentimiento en fuerza del cual la Condesa, a juicio de usted, habríapermanecido con un hombre con quien ya nada la ligaba. Quería aceptar,casi sufrir, ¿no es cierto? como un castigo merecido, hasta el último,las consecuencias de su error...

Pero si eso le había sido posible antesde conocer a usted, ¿cómo no recuperó su libertad el día que otraesperanza la sonrió?

—Sí, ¿por qué no la recuperó?—replicó Vérod, como hablando consigomismo.

—¿Usted no sospechó el motivo?

—Ella misma me lo dijo.

—¿Y fue?...

—Que ya no se creía, no se sentía libre... El compromiso que habíacontraído un día al aceptar la vida común con ese hombre, era para ellaun compromiso sagrado... No quería pasar de un hombre a otro... Ni yotampoco la quería de esa manera...

¿Era creíble el escrúpulo que manifestaba Vérod? Un hombre enamorado quese siente amado ¿conoce obstáculos por el cumplimiento de sus anhelos?Cierto es que en las almas capaces de abrigar ideas generosas yescrúpulos delicados, tienen éstos y aquéllas mucha fuerza,principalmente en los comienzos de la pasión, y de las mismasdeclaraciones del joven resultaba que su amor estaba en la baseinicial. Después, se presentaba tan distinto de lo que debía ser segúnsu reputación, hablaba con un acento tan profundamente triste, había ensu voz un temblor tan vecino del llanto, que Ferpierre no quisosospechar de su sinceridad.

—Pero entonces—replicó,—si esa señora le amaba a usted y no se creíalibre; si por una parte quería y por otra no podía romper un vínculo yamortificante para ella; si el nuevo amor en que se concentraba su solarazón de continuar viviendo le estaba vedado por escrúpulos morales,¿ese mismo argumento que usted aduce para reforzar su acusación, no sevuelve en contra de ésta?

La esperanza que habría debido sostener a esamujer ¿no se habría convertido más bien, en un nuevo y último motivo dedesesperación?

—¿Cómo?... ¿Por qué?...—balbuceó Vérod, aturdido.

—Digo que, queriéndole a usted esa señora y no pudiendo amarle sino acosta del respeto que se tenía a sí misma, no encontró en el amor queusted la tenía el consuelo que usted dice.

Por el contrario, ese fue sudolor extremo, la razón definida que tuvo para abandonar la vida.

Como si el joven no hubiera comprendido al principio, o le parecierahaber comprendido mal, miraba a su interlocutor con ojos despavoridos, yen toda su actitud, en sus labios entreabiertos, en su respiración brevey precipitada, en el tembloroso ademán con que alzaba el brazo y seoprimía el pecho con la mano, se veía como si de repente hubiera sentidoel corazón atravesado por un dolor agudísimo.

—¿Yo?... ¿Yo?... ¿Dice usted que por causa mía?... ¿Yo la he muerto?...¡Oh!

Y, ocultando la cara entre las manos, sofocó un grito de dolorsobrehumano.

Ferpierre se vio obligado a guardar silencio, no tanto por discrecióncomo porque sintió una insólita turbación. Había ido allí a instruir unproceso y mientras tanto asistía a un drama. El espectáculo de laspasiones le era habitual, pero la casualidad lo ponía en ese momento enpresencia de una alma con la que lo unían los recuerdos de la juventuddespertados de improviso. El hombre que estaba allí con él no erasolamente el antiguo compañero con quien en otros tiempos había tenidofrecuentes conversaciones, era también uno de los más claros ingenios desu época. La naturaleza de este ingenio no le había inspirado simpatía,y aunque no hubiera descubierto, como acababa de descubrir, cuán poco seasemejaba el hombre al escritor, esa misma rivalidad intelectual quemediaba entre ambos lo turbaba, lo substraía de su ordinariaindiferencia, de la necesaria serenidad. Y ante aquel dolor se sentíaconmovido, cuando precisamente tenía necesidad de toda la lucidez de suespíritu para estudiar la acusación.

Pero, una vez que el joven estaba abrumado por la sospecha de haber sidoél mismo la causa involuntaria del suicidio de la Condesa, eranecesario, no solamente hacerle creer que esa sospecha no erainverosímil, sino también dejar que lo atormentase como unremordimiento. Sin embargo, el juez, en su fuero interno, no queríaatribuirle aún demasiado valor. Faltando como faltaban las pruebasmateriales, no era posible formarse una opinión sino sobre merasinducciones, y entre la afirmación de Vérod, de que la Condesa no habíapodido darse la muerte cuando la luz de un nuevo afecto iluminaba sutenebrosa vida, y la sospecha contraria, de que la misma imposibilidadde obedecer a este sentimiento la hubiese revelado la incurable desdichade su propia existencia ¿cuál de las dos merecía más crédito?

Avezado al ejercicio de su facultad de análisis en casos muy dudosos yobscuros, el juez no se había sentido aún confuso; pero, sin embargo, envez de discutir entre sí las varias hipótesis, hacía todo lo posible pordistraerse, por impedir que una de éstas, contra su voluntad, echararaíces y le estorbara la exacta percepción de la verdad. Sabía Ferpierreque la vegetación de las ideas es mucho más rápida que la de ciertasplantas que en breve tiempo extienden en torno suyo un bosque de ramasfrondosas, y que la opinión, por más que su vida parezca depender de lavoluntad, y cesar bajo la influencia de la opinión contraria, es sinembargo tenacísima y a veces resiste a los mayores esfuerzos.

Así, Vérod, que parecía tan confuso y anonadado, se alzó bien pronto alimpulso de una viva reacción.

—¡No!...—dijo bruscamente, alzando la cabeza y sacudiéndola con ademánde protesta.—¡No!... ¡No es posible!...

¡Eso no puede ser!...

Si hubiera muerto por mí, ¿no me lo habría dicho, no me habría dejadouna palabra, la palabra de su dolor, un saludo, un adiós?... Ayer hablécon ella, y nada, nada podía hacerme sospechar que tuviera la idea de lamuerte, ¡al contrario!...

¡No!—repitió con voz que se iba haciendo másfirme a medida que su convencimiento iba reforzándose:—¡No! ¡Ella no seha matado! ¡Ha sido asesinada!

¡Usted no lo cree porque no sabe, porque no la ha conocido!...

Ustedtiene necesidad de tocar con las manos para creer; pero yo estoy segurode que aquí se ha cometido hoy un infame delito. Y

me comprometoconfundir a los asesinos, a vengar a la muerta.

Deber de usted es nocreer nada por ahora; de averiguar, de ayudarme a buscar las pruebas quehacen falta. ¡Ellas existen, y yo las encontraré!

—¡Tanto mejor!—contestó Ferpierre—¡y puede usted estar cierto de quetambién yo las buscaré, de que las busco!...

Y antes de dejarse persuadir por la fuerza de aquella fe, despidió aVérod y dio orden de que hicieran entrar a la joven desconocida.

—¿Su nombre?—le preguntó.

—Alejandra Paskovina Natzichet.

—¿Nacida en?...

—Cracovia.

—¿Cuántos años?

—Veintidós.

—¿Qué profesión?

—Estudiante de medicina.

—¿Domicilio?

—Zurich.

La joven contestaba con voz breve y tono seco casi sin oír laspreguntas.

—¿Cómo se encuentra usted en esta casa?

—Vine a hablar con Alejo Zakunine.

—¿A hablarle de qué?

—De cosas que no interesan a la justicia.

—¡O que la interesan mucho!

La joven no contestó.

—¿Es usted su correligionaria?

—Sí.

—¿Vino usted a hablarle de asuntos políticos?

Nuevo silencio.

El juez aguardó un momento la respuesta, y en seguida continuólentamente:

—Advierto a usted que las reticencias podrían perjudicarla.

La nihilista manifestó su indiferencia encogiéndose de hombrosdesdeñosamente.

—¿A quién acusa usted? ¿A mí, o a Alejo Petrovich, o a ambos?

—¡Me parece que usted quiere invertir los papeles! A usted le tocacontestar. ¿No es usted otra cosa que correligionaria del Príncipe?

—No comprendo.

—¿Es usted también su querida?

La joven miró a su interpelante con ojos inflamados, casi con expresiónde ira, pero no dijo una palabra.

—¿Tampoco a esto quiere usted contestar? Voy a hacerle otra pregunta:¿Dónde estaba usted en el momento de la muerte de la Condesa?

—En el escritorio del Príncipe.

—Y él ¿dónde estaba?

—Conmigo.

—¿Conocía usted a la muerta?

—Nunca hablé con ella.

—¿Hoy la vio usted?

—No.

—¿Sabía usted que hacía años que vivía con su amigo, que le amaba, quese amaban?

Al prolongar el juez esta pregunta, en la cual hacía especial hincapié afin de leer en el ánimo de la nihilista, no quitaba los ojos de los deésta. Pero la joven contestó, impasible:

—Sí.

—¿Sabía usted que estaban celosos el uno del otro?

—No.

—¿Tenía usted conocimiento de que, después de haberse amado, estuvieranpor largo tiempo en desacuerdo?

—No.

—¿Qué hizo usted cuando oyó la detonación?

—Acudí.

Esta respuesta llamó la atención de Ferpierre. Si era verdad que elPríncipe y ella habían estado juntos, ¿por qué no contestaba:«Acudimos»?

—¿Sola?—le preguntó.

—Con él.

—¿Y estaba muerta?

—Expiraba.

—¿Por qué se habrá matado?

—No lo sé.

—¿Qué dijo el Príncipe?

—Lloró.

—¿Cuántas veces ha venido usted a esta casa?

—Dos o tres veces.

—¿No desagradaban a la difunta esas visitas de usted?

—No sé.

—¿Conoce usted a Vérod?

—No sé quién será.

—La persona que denuncia el asesinato.

—No lo conozco.

El juez cesó de interrogarla.

—La ignorancia de usted es demasiado grande. Ya procuraremos ayudarla austed a acordarse. Mientras tanto, permanecerá usted a disposición dela justicia.

La joven se marchó, alta la frente, impasible como había estado

durantetodo

el

interrogatorio,

y

Ferpierre,

contemplándola mientras se alejaba,reflexionaba que por ese lado nada sabría.

Ya había tenido ocasión de conocer a más de una de esas eslavas de almamisteriosa, de esas jóvenes que en la flor de la edad, tras de estudiosmás que severos, persiguen con férreo corazón un trágico ideal, y porél, para asegurar su triunfo, no solamente sabían desafiar y vencer todaclase de resistencias y obstáculos, sino también sacrificar la vida. Laobscuridad que rodeaba el suceso, en vez de disiparse, ibacondensándose; el juez sentía impaciencia por hallarse cara a cara conaquel que debía ser seguramente el principal actor.

Cuando el Príncipe entró en la habitación, el magistrado observóatentamente su persona. Era sin duda uno de los hombres más hermosos queFerpierre había visto en su vida: alto, robusto, ágil, las mejillasencuadradas en una barba rubia y sedosa, los cabellos castaños algoenrarecidos junto a la frente, con lo que ésta parecía más ancha; elcutis blanco, algo pálido y como macerado, cual sucede en losdescendientes de las razas más selectas; los ojos azules, la miradaprofunda bajo el puro arco de las cejas; la nariz aguileña, el ademánnervioso, los vestidos elegantes, todo el porte verdaderamenteprincipal.

Al verlo, cualquiera habría reconocido en él al gran señor y al hombregalante, nadie al revolucionario. Su semblante, primero descompuesto porla desesperación en presencia del cadáver de la amiga, después por laira causada por la acusación de Vérod, se había calmado y llevaba elsello de una profunda tristeza.

—¿Usted es el Príncipe Alejo Petrovich Zakunine? ¿Dónde nació usted?

—En Cernigov, en 1855.

—¿Ha sido usted condenado alguna vez?

—Fui condenado, por conspiración; a relegación en Siberia; después hesido graciado y expulsado de Rusia.

—¿No ha sufrido usted una condena más grave?

—Todos los sucesivos castigos que se han dictado contra mí se hanconfundido en la pena capital, por alta traición y regicidio.

—Ya ha oído usted de qué le acusa Vérod.

A estas palabras, la sangre enrojeció el rostro del Príncipe, y sus ojosvolvieron a brillar.

—¿Qué contesta usted?

Zakunine se oprimió la frente con las dos manos, como queriendo reprimirsu cólera, y luego dijo:

—Es cierto...

¿Confesaba? ¿Se declaraba culpable? ¿Reconocía haberla asesinado? Eljuez casi dudó de haber oído bien, tan inverosímil le parecía que aquelhombre se contradijera de un momento a otro; pero su duda fue de cortaduración, pues el Príncipe precisó así su pensamiento:

—Es cierto... Yo la he muerto... Por mí ha muerto.

Hablaba lentamente, inmóvil, con voz tan sorda, que el juez le oíaapenas.

—¿Ha sido muerta por usted, por su mano?

—¿Qué importa? Yo soy responsable...

—¡Importa muchísimo, por el contrario, y creo que no necesitoexplicarle a usted la diferencia!... ¿Usted confiesa haberla empujadoal suicidio, no haberla muerto materialmente?

¿Cómo, por qué la empujóusted al suicidio?

—Porque yo era indigno de ella. Porque la ofendí.

—¿No la amaba usted ya?

—No la amaba.

—¿Y sin embargo la llora usted?

Efectivamente, en su voz había lágrimas. Y como dejara sin respuesta lapregunta del juez, éste repuso:

—¿Quería usted abandonarla?

—La abandoné.

—¿Por qué volvió usted a su lado? ¿La amaba usted todavía algo? ¿Latenía usted lástima?

—¡Tanta!

—¿Ella le amó a usted mucho?

—Como yo la amé un tiempo.

—¿Fueron felices?

Los ojos del Príncipe se enrojecieron.

—¿Todavía le amaba a usted?

Por toda respuesta el Príncipe movió la cabeza lentamente, condesesperación.

—¿Le dio a usted motivos de celos?

A esta nueva pregunta contestó con un gesto dudoso.

—¿Sabía usted, sí o no, que alimentaba un nuevo afecto?

—Lo suponía.

—¿La reprochó usted alguna vez su amistad por Vérod?

Al oír el Príncipe este nombre, frunció el entrecejo y se estremecióotra vez.

—No—contestó con voz sorda.

—¿Qué puede impulsar a Vérod a acusarle a usted?

—No sé.

—¿El dolor? ¿Los celos?

—Seguramente.

—¿Cuánto tiempo tenían las relaciones de usted con la Condesa?

—Cinco años.

—¿Era libre cuando la conoció usted?

—Sí, libre. Viuda.

—¿Dónde la encontró usted?

—En Aberdeen, en Escocia.

—¿Cuántos años tenía?

—Veintinueve.

—¿Ahora o entonces?

—Ahora.

—¿Nunca pensaron, ni siquiera en los primeros tiempos, en unirselegalmente en matrimonio?

—Yo desconozco esa ley.

—¿Ella no sufría con una situación que para sus sentimientos cristianosdebía ser inmoral y punible?

—Había contraído el compromiso ante su Dios.

—Viviendo con ella, durmiendo bajo el mismo techo, conociéndolaíntimamente, es imposible que no haya visto usted prepararse lacatástrofe.

—Yo no vivía ya con ella. Venía a verla de vez en cuando.

—Entonces, ¿dónde tiene usted su domicilio?

—En Zurich.

—¿Cuándo llegó usted?

—Anteayer.

—¿Nada le hizo a usted sospechar su desesperado propósito?

—Noté que sufría más que de costumbre.

—¿Alguna vez le propuso a usted separarse?

—Nunca.

—¿Qué pensaba de las ideas políticas de usted, de sus actos?

—La idea de la reivindicación humana la entusiasmaba, los actos larepugnaban.

—¿Quiso alguna vez impedir a usted que cometiera esos actos? ¿Intentódisuadirle de sus trabajos?

—Muchas veces.

—¿De qué modo?

—Diciéndome que en el amor, no en el odio, está el remedio.

—¿La ponía usted al corriente en sus secretos políticos?

—En un tiempo.

—¿Y ahora no? ¿Trató ella alguna vez de sorprenderlos?

—¡Oh! ¡Nunca!

—¿Qué relaciones existen entre usted y Alejandra Natzichet?

—Pensamos del mismo modo.

—¿Trabajan juntos en la propaganda?

—Sí.

—¿Tenía la difunta motivos de estar celosa de esa joven?

—Ninguno.

—¿No está usted vinculado con ella por otra cosa que un ideal común? Nomienta usted: así sabremos la verdad.

—Afirmo que nada más nos liga.

Su acento parecía sincero.

—¿No podía ser que, sin que usted lo supiera, la joven le amara y esohaya hecho que esté secretamente celosa de la Condesa?

El interrogado tardó un instante en contestar.

—No—dijo por último.

—¿Dónde estaba usted cuando oyó el disparo?

—En mi cuarto.

—¿En su cuarto de dormir?

—En el escritorio.

—¿A qué hora precisa ocurrió el suicidio?

—A las once y tres cuartos.

—¿Qué hizo usted al oír el tiro?

—Acudí.

—¿Su compañera acudió después?—preguntó el juez, tratando de dar a suvoz un tono de cansancio y casi de fastidio para ocultar la importanciade la pregunta.

—Acudió conmigo.

Ambos, en el primer momento, habían contestado en singular, cuando lonatural era que hubieran dicho: «Acudimos.» Ferpierre concedía ciertaimportancia a este hecho, del que le parecía poder deducir que no habíanestado los dos juntos, como lo aseveraban. Pero ¿cuál de los dos seencontraba con la Condesa?

¿Quién mentía? ¿Sobre quién recaían lassospechas?

—¿Usted recuerda cuándo compró el arma la difunta?

—La ganó en una rifa, hace tiempo.

—¿Y las cápsulas?

—Las compró después, queriendo ejercitarse en el tiro.

—Entonces, resumiendo: ¿la Condesa se ha dado la muerte por causa delos dolores que usted le ha ocasionado; porque, desposada con usted sinceremonia ritual, no podía soportar su abandono? Pero, ¿y si amaba aotro?... Usted ha confesado que sospechaba su nuevo amor... ¿Por quéhabía de matarse si amaba a otro? ¿De quién podían venir los obstáculose impedimentos para su nueva felicidad?

—De ella misma.

—¿Qué quiere usted decir?

—Sus sentimientos sobre el deber, el respeto, la honradez eranelevadísimos.

—Si usted sospechaba que quería matarse, ¿cómo no le quitó esa arma?

—No lo sospeché.

—¡Su doncella ha dicho, por el contrario, que lo que ha pasado era deprever!

—Ella gozaba de su confianza; yo no.

—¡Es creíble, puesto que usted era la causa de sus penas!...

¿Peronunca le previno a usted la criada? ¿Nunca le dijo que tuviera cuidado?

—No.

—Ahora vamos a oír lo que ella dice.