Escenas Montañesas by José María de Pereda - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

—Es que, como usté decía….

—Lo que yo decía, ó iba á decir, es que el ir á un baile no es motivopara que usted deje de saludar en la calle.

—¡Jesús!; ¿qué se diría!

—¿Cómo que «qué se diría»?

—Pues es claro…. ¡Tratarse usté con

costuderas

!

—Lo dice usted con un retintín….

—No por cierto, hijo; pero es la verdad.

—Pues no hay tal cosa. Yo saludo á todo el mundo en la calle, conmuchísimo gusto … y sobre todo á usted.

—Muchas gracias; pero….

—¿Pero qué?…

—Que no le creo á usté, vamos; que usté es muy truhán … y que no mefío de usté, en plata.

—¡Hola!; ¿esas tenemos? ¿Y por qué me teme usted?… De fijo que noserá por seductor.

—No por cierto. Es que entre usté y otros como usté, se cuenta lo quees y lo que no es.

—Me hace usted poco favor, Teresa.

—Lo siento, pero yo digo siempre la verdad. Cuando usté pasó el domingojunto á nosotras, íbamos hablando de eso una amiga y yo.

—¿La que iba á la derecha de usted?

—¿Por qué se fija usté en esa?

—Porque me hace mucha gracia: es una rubia saladísima.

—¿Le gusta á usté la

Bigornia

?

—¿Qué es eso de la bigornia?

—¡Otra!; pues esa chica, que la llaman así.

—¿Y por qué la llaman así?

—Porque es hija de un calderero.

—¡Ave María Purísima!

—¿Y tampoco sabe usté cómo llaman á la que iba á mi izquierda?

—No, hija mía.

—Pues ¿en qué mundo vive usté, cristiano?

—Eso le probará á usted cuan injusta fué conmigo antes, al sospecharde mi sinceridad.

—Pero ¿quién no conoce aquí á la

Faisanuca

?

—Yo no la conozco por ese nombre…. ¿Y por qué se le han dado?

—Porque su madre vende alubias en la plaza.

—¡Qué atrocidad!

—¡Otra!…; y al tenor de esos, todas tenemos mote…. ¿Pero ahora sedesayuna usté?

—Le aseguro á usted que sí. ¿Y quién se entretiene en bautizarlas deese modo?

—Pues en la

enseñanza

, cuando somos chiquillas…, ó en los bailesdespués, nunca falta alguno que, por reirse un rato de nosotras, nosponga un mote; y como lo malo corre mucho….

—¡Vaya una barbaridad! ¿Y ustedes entre sí, se llaman por esos nombres?

—¡Quiá!… Pero lo sabemos; y como no la deshonran á una….

—Es claro…. Pero volvamos á la rubia.

—Parece que la tiene usté entre las cejas.

—Como me ha dicho usted que iban hablando de mí….

—¿Yo he dicho eso?

—Por lo menos una cosa muy parecida.

—Lo que yo dije es que íbamos hablando de lo mucho que se alabanalgunos hombres de cosas que no les han pasado.

—Eso sí que no iría conmigo.

—No por cierto; pero iba con algunos que usté conoce muy bien.

—Podrá ser así…. ¿Y sabe usted, Teresa, que de algún tiempo á estaparte anda muy entonada la rubia?

—¡Lo ve usté!

—Lo digo sin ánimo de injuriar á esa muchacha.

—Es que así se dicen todas las cosas, y luego … el diablo lasenreda…. En cuanto una se pone un día un poco vestida…. Hija, ¡quélenguas!… Ya se ve, ustedes están acostumbrados á oir que una señoragasta el oro y el moro para salir á la calle medio decente; y comonosotras no tenemos rentas, en cuanto nos ven algo majas, ¡es claro!, enseguida, que se lo regalan á una…. ¡Como no regalen!… Ni la rubia niyo tenemos otras rentas que la peseta que ganamos á coser en las casasadonde nos llaman, y la jícara de chocolate, por la mañana y por latarde, que nos dan además, como usté sabe. Pero conocemos nuestraobligación, y con dos varas de tul y seis de percalina hacemos un trajeque los que no lo entienden piensan que vale un dineral….

Lo mismo quelo que ahora llevo puesto…; pues cuatro veranos tiene, y Dios sabe loque tirará todavía si no se van del mundo el agua, el jabón y lasplanchas…. ¡Vaya!

—Si yo estoy en eso mismo, hija mía.

—Es claro, esa muchacha es de suyo vistosa y arrogante; después, tieneunas manos divinas para cortar y coser, y hace un vestido de baileaunque sea de unas enaguas….

—Si no digo yo lo contrario….

—Y al verla en la calle compuesta, como ella tiene aquel semblante yaquel cuerpo…, ¡uf!, lo que menos se figura la gente que lo ha ganadode mala manera. Pues mire usté, para que se vea lo que son las cosas,todavía, después de vestirse con la peseta que gana la infeliz, le quedapara que fume su padre….

¡Pero ya se ve!…, es una pobrecostudera…, ¡y allá va eso! Pues si fuera yo á decir todo lo quesé….

¡Cuántos vestidos de moaré se pasean por esas calles que no sehan pagado, y cuántos se han pagado sin el dinero del marido de las quelos llevan!… Pero esas son señoras y tienen bula para todo…. Lomismo que lo demás…. ¡Cuántos cuerpecitos que á ustedes les mareanestán hechos por estas manos!… Pero más vale callar.

—Es usted cruel, Teresa; lo que he dicho de la rubia fué … por deciralgo. Desde hace dos ó tres días, cuando pasa á las doce por la plazaVieja, la veo más compuesta que de costumbre….

—Eso es decir que usté se pone allí para verla pasar todos los días.

—No diré que por ella; pero por ella y por usted y por otras por elestilo, quizá, quizá.

—Y ¿qué saca usté de eso?

—Recrear la vista. ¡Como son ustedes tantas y tan bonitas!… Porcierto que me ha chocado ver cómo se las arreglan ustedes de manera quepasan siempre por la Plaza, sea cualquiera la procedencia que traigan.

—Pues eso quiere decir que por todas partes se va á Roma, y que cuandouna deja la costura al medio día, de la hora que le queda para comeraprovecha la mitad para ver gente y tomar un poco el aire.

—Y ¡qué bonita era aquella amiga que la detuvo á usted esta mañana enla esquina del Puente!…; pero no es tan elegante como usted.

—¿Una morena? Aquélla no es amiga; es

costudera de sastre

.

—¡Ah, ya!… Como la vi hablar con usted….

—Me estaba dando un recado. Y no es porque yo tenga á menos ser amigade algunas de esas

, sino que como las que cosemos en blanco en lascasas tenemos sociedad aparte…. Y no crea usté que nos faltaría motivopara darnos tono con ellas, porque ahí están las modistas que parece quenos honran cuando nos saludan en la calle.

—¡Vea usted qué demonio!

—Y ahora que me acuerdo, ¿qué le decía usté esta mañana á aquel otroseñor de patillas, cuando nosotras pasábamos, que nos miraban tanto?

—¿Luego me vió usted?

—Yo veo todo lo quiero.

—¡Ah, pícara!; me servirá de gobierno. Pues decía á mi amigo queestaban ustedes mucho más bonitas cuando salían á la calle en pelo, tanprimorosamente peinadas, y con aquellos pañolitos al cuello, como el queusted tiene puesto ahora, que con la mantilla y el chal que les comen lomejor de la figura.

—¡Otra!…; ¡mira qué reparón!

—Ya se ve que sí.

—Pues no llevan todas mantilla.

—Y usted es una de esas excepciones; y para que nunca caiga en elpecado de ponérsela, se lo advierto.

—¿Y qué habría en ello de malo?

—Que con la mantilla dejaría usted de ser un tipo lindísimo y de puraraza santanderina, para confundirse con la vulgaridad de las señoritasmás ó menos cursis.

—Yo tengo amigas que llevan el velo muy bien.

—Es que el velo no le va bien á nadie, por que, sin cubrir unacaballera fea, obscurece una bonita, y exige un chal que oculta lasformas….

—¡Qué enterado está usté de esas cosas, ave María!

—Soy artista, Teresa.

—¿Y qué tiene que ver lo uno con lo otro?

—¡Friolera! Estudio la belleza dondequiera que la encuentro.

—Lo que usté estudia son picardías.

—Eso no es exacto, ni siquiera una razón en favor de los velos.

—Si á mí no me gustan tampoco; pero la moda…. ¿Qué está usté mirandocon tanto empeño por las vidrieras?

—¿Por qué se ha puesto usted tan colorada?

—¿Yo? ¡Jesús!… Puede que sea usté capaz de creer que es por ese chicoque está en el portal de enfrente.

—Eso se llama curarse en sana salud.

—Es que pudiera usté creer cualquiera otra cosa; y como es un chico queme carga…. Y eso que es muy buen mozo.

—Usted no me dice la verdad…. Yo conozco bien á ese chico y sé que nola esperaría á usted todos los días á estas horas si no tuviera grandesesperanzas por lo menos….

—¿Habrá sido capaz, el muy tunante, de decirle á usté lo que no es?

—Mi palabra de honor que no he hablado con él de este asunto.

—Es que como se ha visto tanto de eso….

Pues mire usté, porque no se crea otra cosa, ese chico no deja degustarme pero está perdiendo el tiempo.

—No comprendo….

—Hace un año que bailó conmigo en la

Natar y Flor

. Desde entonces yono sé cómo él averigua en dónde coso; pero lo cierto es que todas lastardes me le encuentro, como ahora, al dejar la labor…, sobre todo enivierno, que salimos de noche…, y esto es precisamente lo que mecarga.

—¿El que la acompañe á usted de noche?

—No, señor: el que tenga á menos acompañarme de día.

—Entonces, ¿qué hace ahí enfrente?

—Esperarme; pero al llegar conmigo á la esquina me da una disculpacualquiera y se larga…. Y cuando coso en el Muelle, ó en alguna calledel centro, me espera en el mismo portal: allí estamos un rato hablando,y luego … cada uno por su lado. Como usté comprenderá, esto no halaganada á una mujer…. Por eso me gustan más los de mi parigual.

—¿Y quiénes son esos?

—Pues los chicos del comercio. Con éstos se entiende una bien; y simañana ú otro día…, vamos…, ¿está usté? Quiere decirse que allá nosandamos, y de pobre á pobre va…. Pero de estos señoritos entran pocosen libra…. Y, ¡ay de la infeliz á quien le toca uno!…; ¡québelenes, hija!; primero con él, y después con su familia que la persigueá una como si una le hubiera ido á buscar…. Vea usté…. Y es claro:ellos empiezan por pasar el rato; y como suele suceder que una es tontay se los cree, á lo mejor se encuentra con que no puede arrepentirseya…. Por eso le digo á usté que ese chico pierde el tiempo.

—Yo creo ahora todo lo contrario; porque acaba usted de decirme que áveces se los cree á pesar de todo.

—Es que yo he escarmentado en cabeza ajena…. Mire usté que tengo unaamiga, ¡ay, la infeliz las lágrimas que ella ha llorado, las palizas quela ha dado su padre y la estimación que ha perdido por un pícaro de esosque la engañó!… No, hijo, no: pobre nací, y no quiero ser señora ácosta de tantos trabajos.

—Muy bien pensado. Pero, entretanto, usted no despide á su adorador.

—Hasta ahora no me compromete; quiere decirse que el día en que estovaya á suceder, ya será distinto.

—¡Ya!

—Y eso que nosotras nos hemos propuesto no hacer caso de ningún aristecrata

; pero vienen los bailes, y, como usté sabe, van áellos…; porque lo que es en este particular, en nuestros bailes estántodos los hombres que van á los de las señoras…, y muchos más. Pues,señor, la bailan á una, la hablan tan finos…, y una ¿qué ha de hacer?Pues es claro.

—Total, que el mocito que está en el portal de enfrente no perderá eltiempo.

—Parece que va usté á medias con él.

—Ojalá, Teresita…; aunque en semejante negocio me sería muy difícildar participación á nadie.

—¿Por qué?

—Porque es usted demasiado bonita.

—¿Me va usté á hacer el amor?

—Como usted me corresponda, sí.

—¿Y si se lo digo á la rubia?

—No tengo el gusto de conocerla más que de vista.

—De todos modos, no me gusta usté.

—Gracias por la franqueza.

—Tiene usté mala opinión de las mujeres.

—Si todas me tratan como usted, no me faltan motivos.

—Ya me hizo usté romper una

abuja

….

—No importa, yo la regalaré á usted un paquete.

—Es que á este paso no acabo la camisa en ocho días.

—Mejor: así la veré á usted más veces.

—Y le saldrá á usté muy cara la obra.

—Á ese precio vaya usted haciéndome camisas.

—Pues ya que no regatea usté el tiempo, voy á robarle hoy un cuarto dehora.

—¿Para charlar?…; aunque sea medio día.

—No, señor, para ir á una tienda que está junto á la calle Alta, ácomprar … cuatro cuartos de orejones

, que me gustan mucho.

—(¡Llévete el mismo Satanás, grosera!)

—Como los trae de Castilla por mayor la tendera, que es amiga mía, damuchos más por cuatro cuartos que en las otras tiendas…. ¿No le gustaná usté?

—¡No!

—¡Jesús, pues vaya una rareza!… Hágame el favor de dar esa tira queestá debajo de usté, para amarrar la labor…. Muchas gracias…. ¡Peroqué mala cara se le ha puesto á usté de repente!

—Es que … tengo un flemón.

—¿Y no le dolía á usté antes?

—No tanto como ahora.

—Pues

chumpe

usté un higo paso, que es muy bueno para los flemones.

—Muchas gracias.

—Conque hasta mañana, que voy á por los orejones.

—¡Vaya usted con Dios!

* * * * *

Escribir un libro de costumbres montañesas y no dedicar algunas páginasá la costurera, sería quitar á Santander uno de los rasgos máscaracterísticos de su fisonomía. Tan notorio, tan visible es entre supoblación este

ramo

, que el sexo débil de ella puede, hechas lasexclusiones de rigor, dividirse por partes iguales en mujeres-costurerasy mujeres que no lo son. Pero hablar de las costumbres de las primerastiene tres perendengues para un hombre que, como yo, no las conoce bien,porque equivocarse en el menor de los detalles tendría tres bemoles. Enplata, lector: la costurera me infunde cierto respetillo, y no quieroechar sobre mi conciencia el compromiso de hacer su retrato.

Y supuesto que el estilo es el hombre, y por ende, la mujer, entératedel diálogo anterior, que es histórico; ve lo que de él puedes sacar enlimpio, y allá te las arregles después, si Teresilla se cree agraviada(en lo que no sería justa) con tus deducciones. Por mi parte, estoy ácubierto de sus iras con decirle, en un lance apurado:

Tu es auctor

.

LA NOCHE DE NAVIDAD

I

Está apagando el sol el último de sus resplandores, y corre un gris

detodos los demonios. Á la desnuda campiña parece que se la ve tiritar defrío; las chimeneas de la barriada lanzan á borbotones el humo que selleva rápido el helado norte, dejando en cambio algunos copos de nieve.Pía sobresaltada la miruella, guareciéndose en el desnudo bardal, ó citacariñosa á su pareja desde la copa de un manzano; óyese, triste ymonótono, de vez en cuando, el

¡tuba!, ¡tuba!

del labrador que llamasu ganado; tal cual sonido de almadreñas sobre los morrillos de unacalleja…; y paren ustedes de escuchar, porque ningún otro ruido indicaque vive aquella mustia y pálida naturaleza.

En el ancho soportal de una de las casas que adornan este lóbregopaisaje, y sobre una pila de junco seco, están dos chicuelos tumbadospanza abajo y mirándose cara á cara, apoyadas éstas en las respectivasmanos de cada uno.

Han pasado la tarde retozando sobre el mullido lugar en que descansanahora, y por eso, aunque mal vestidos, les basta para vencer el frío queapenas sienten, soplarse las uñas de vez en cuando.

De los dos muchachos, el uno es de la casa y el otro de la inmediata.

De repente exclama el primero, en la misma postura y dándose con lostalones desnudos en las asentaderas:

—Yo voy á comer

torrejas

… ¡anda!

—Y yo tamién—contesta el otro con idéntica mímica.

—Pero las mías tendrán miel.

—Y las mías azúcara, que es mejor.

—Pues en mi casa hay guisao de carne y pan de trigo pa con ello….

—Y mi padre trijo ayer dos

basallones

… ¡más grandes!…

—Mi madre está en la villa ascar manteca, pan de álaga y azúcara…, ymi padre trijo esta meodía dos jarraos de vino blanco, ¡más güeno! Ytoos los güevos de la semana están guardaos pa hoy…, má e quince, asíde gordos…. Ello, vamos á gastar en esta noche-güena veintisieterialis que están agorraos.

—¡Miá qué cencia! Mi padre trijo de porte cuatro duros y dimpués dospesetas, y too lo vamos á escachizar esta noche…. ¿Me guardas una tejáde guisao y te doy un piazo de basallón?

—¡No te untes!… Y tú no tienes un hermano estudiante que venga estatarde de vacantes, y yo sí.

—Pero tengo un novillo muy majo y una vaca jeda que da seis cuartillosde leche…. ¡Tenemos pa esta noche más de ello!…

—¡Ay Dios! ¿Quiés ver ahora mesmo dos pucheraos de leche? Verás,verás….

Y salta el rapazuelo, y en pos de él el otro, desde la pila al portal, yllegan á la cocina mirando con cautela en derredor, por si el tíoJeromo, padre del primero, anda por las inmediaciones.

Como ya va anocheciendo, el chico de la casa toma un tizón del hogar,sopla en él varias veces, y al resplandor de la vacilante llama queproduce, se acercan á un arcón ahumado que está bajo el más ahumadovasar; alzan la tapadera, y aparecen en el fondo, entre montones deharina, salvado y medio pernil de tocino, dos pucheros grandes llenos deleche.

El de la casa mira á su amigo con cierto aire de triunfo, y entrambosclavan los ávidos ojos en los pucheros, y entrambos alargan la diestrahacia ellos, y entrambos remojan el índice en la leche, aunque endistinto cacharro.

Con igual uniformidad de movimientos retiran los brazos del arcón,míranse cara á cara y se chupan los respectivos dedos.

—¡Güena está la leche!—dice el de casa.

—¡Mejor está la nata!—repone su camarada.

—¿Te la comiste?

—¡Corcía!…; ¡toa la apandé con el deo!

En aquel instante recuerda con susto el primero que su padre arma elgran escándalo cada vez que falta la nata á su ración diaria de leche, yque sus costillas conservan más de un testimonio de tan borrascosossucesos, impresos por los dedos paternales. Por eso, temiendo una nuevafelpa, y para manifestar su inocencia, echa el tizón al fuego y las dosmanos á la calzonada de su amigo, y comienza á gritar con el mayordesconsuelo:

—¡Padre!, ¡padre!

Pero el goloso prisionero, que ya se da por muerto, tira uno deretortijón á cada mano de su carcelero, y toma pipa por el corralafuera, relamiéndose de gusto.

Tío Jeromo, que en la socarreña, detrás de la casa, encambaba un rodal,acude á los gritos, y creyendo una patraña lo del robo de la nata,presume que su hijo se la ha chupado, y le arrima candela entre lasnalgas y un par de soplamocos que hacen al chicuelo sorberse lospropios.

Grita el rapaz y amenaza el padre, y entre los gritos y las amenazas,óyese la voz de la tía Simona, desde el portal:

—¡Ah, malañu pa vusotros nunca ni nó!… ¡Que siempre vos he dealcontrar asina!

—¡Ay, madruca de mi alma!—exclama el muchacho corriendo á agarrarsedel refajo de la buena mujer.

—¿Por qué lloras, hijo? ¿Quién te ha pegao?

—¡Mujuééé…. Me pegó … jun … ú … ú … padreeéé!!

—Y todavía has de llevar más—murmura éste retirándose á la cuadra áarreglar el ganado.—¡Yo te enseñaré á golosear la nata!

—Yo no la comí, ¡ea!, que la comió Toñu el de la Zancuda…; ¡júmmaaá!

—Y pué que sea verdá, angelucu; que ese es un lambistón que se pierdede vista…. Vamos, toma unas castañas y no llores más…. Tu padretamién tiene la mano bien ligera…. ¿Ha venío el estudiante?

—No, siñora….

—Dios quiera que no me lo coma un lobo en dá qué calleja…. ¿Y óndeestá tu hermana?

—Fué á la juenti.

—Á esa pingonaza la voy yo á andar con las costillas…. No, pues; nome gusta á mí que á estas horas se me ande á la temperie de Dios, queese hijo condenao de la Lambiona tiene un aquel … que malañu pa élnunca ni nó.

Y murmurando así la tía Simona, deja las almadreñas á la puerta delestragal; cuelga la saya de bayeta con que se cubría los hombros delmango de un arado que asoma por una viga del piso del desván; entra enla cocina, siempre seguida del chico, con la cesta que traía tapada conla saya; déjala junto al hogar; añade á la lumbre algunos escajos;enciende el candil, y va sacando de la cesta morcilla y media demanteca, un puchero con miel de abejas y dos cuartos de canela; todo locual coloca sobre el poyo y al alcance de su mano para dar principio ála preparación de la cena de Navidad, operación en que la ayuda bienpronto su hija que entra con dos

escalas

de agua y protestando que «noha hablao con alma nacía, y que lo jura por aquellas que son cruces…,y que mal rayo la parta si junta boca con mentira».

Poco después viene el tío Jeromo, que toma asiento cerca de la lumbrepara auxiliar á la familia en la operación; pues la gente de campo deeste país, sobria por necesidad y por hábito, goza tanto con elespectáculo de la cena de Navidad como saboreándola con el paladar.

El chirrido de la manteca en la sartén, el cortar las torrejas, elquebrar los huevos, el batirlos, el remojar en ellos el pan, el derramarel azúcar sobre las torrejas que salen calentitas de la sartén, elverter la leche ó la miel sobre ellas, etc., etc., y el considerar quetodo ello, más el jarro de vino que está guardado como una reliquia, hade ser engullido y saboreado por los pobres labriegos que lo contemplan,les produce unas emociones tan gratas que…; en fin, no hay más que verlos semblantes de la familia del tío Jeromo, olvidado ya el suceso de lanata.

¡Qué expansión!; ¡qué felicidad se refleja en ellos! La tía Simona, conel mango de la sartén en una mano y con una cuchara de palo en la otra yacurrucada en el santo suelo, se cree más alta que el emperador de laChina, y en más difícil é importante cargo que el de un embajador de pazentre dos grandes pueblos que se están rompiendo el alma.

¡Lástima que no haya llegado el estudiante para solemnizar debidamentetoda la Noche-Buena!

Porque ésta tiene en la aldea varias peripecias.

Después del placer de preparar la cena y del de tragarla, falta el de lallegada de los marzantes

, por los cuales ha preguntado ya muchas vecesel vapuleado chicuelo, á quien, la verdad sea dicha, preocupan todavíamás que la tardanza de su hermano. Y es porque el infeliz no los ha oídonunca, ni en la Noche-Buena, ni en la de Año Nuevo, ni en la de losSantos Reyes, pues se ha dormido siempre antes de que lleguen al portal;así es que cree en los marzantes como en el otro mundo, por lo que lecuentan.

II

No vaya á creerse que el tío Jeromo, porque tiene un hijo estudiante, eshombre rico tomada la palabra en absoluto; el marido de la tía Simonatiene, para labrador, un pasar

, como él dice. Pero en la familia hayuna capellanía que ningún varón ha querido, y el tío Jeromo sacrificó debuena gana algunas haciendas para ayudar á costear la carrera á su hijomayor y asegurarle la pitanza, ordenándole á título de aquélla, cuyasrentas, por sí solas, no alcanzaban á tanto. Eso sí, y bien claro se losolfeó á su hijo:—«Si llegas á gastar los cuartos que me valieron lastierras sin cantar misa, Dios te la depare buena, porque, lo que es yo,te abro en canal.»

Contribuyó mucho á que el chico entrara en el Seminario, el consejo delmayorazgo de la Casona. Este sujeto había estudiado un poco de latín ensus mocedades, y era tan pedante, que sólo por tener alguno con quienlucir su sapiencia, insistió con tío Jeromo un día y otro día hasta quelogró decidirle á que su hijo aprendiera

latinidades

. Y tan obcecadoes el mayorazgo en su saber, y tal es su pedantería que, ingresado ya elprimogénito del tío Jeromo en el Seminario, varias veces ha queridorenunciar á las vacaciones por no hallarse cara á cara con el vecino,que le asedia con latinajos

arrevesaos

, como dice el estudiante.

Huyendo, pues, de encontrarle en alguna calleja ó sentado en el bancodel portal de su padre, como suele estar todos los días, el seminaristaha salido tarde de su celda con el objeto de entrar de noche en elpueblo; y esto es lo que explica su tardanza, que ya va metiendo encuidado á la tía Simona.

Pero lo que ésta no sabía, ni sospechar pudo el mismo estudiante, fuéque, habiéndose éste sentido con sed y decidido á echar

medio ensangría

en la taberna del lugar, que halló al paso, huyendo de lamáxima de su padre de que «el agua cría ranas», lo primero con quetropezó, antes que con el tabernero, fué el mayorazgo, el cual, alguiparle, le enjaretó un «

amice, ¿quo modo vales?

» que quitó alestudiante hasta la sed.

—¡Cóncholes con el hombre!—murmuró el interpelado, recogiendo otravez el lío de ropa ó sea el balandrán y dos camisas sucias, que habíapuesto sobre un banco al entrar en la taberna.

¿Unde venis? ¿Quórsum tendis?

—¡Jeringa, digo yo!; que traigo andadas cuatro leguas á pie, y no estoypa solfeos de esa clase. Queden ustedes con Dios.

—Aguárdate hombre. ¡Que siempre has de ser arisco!

—Y usté preguntón. Y es que el mejor día le echo una

zurriascá

delatín que no se la sacude en todo el año…. Porque yo también…. Puessi le entro á teología, veremos ónde usté se me queda.

Parce miqui, incipiens sa-cerdo.

—Cuidado con la lengua, le digo, que aunque parece que no entiendo, yasé traducir…. ¡Y si se me hincha la paciencia!…

—Eres un pobre hombre y no tienes nada del

virum fortem

…. No corrastanto, ¡caramba! ¡Tras de que deseo acompañarte hasta tu casa!…

De poco sirvió al mayorazgo esta reprensión. El seminarista apretó elpaso, renegando de su mala estrella; dejó á medio camino al importuno, yno paró hasta la cocina de su padre, donde se presenta con el humor másperro del mundo.

—¡Cóncholes, qué hombre!—exclama por todo saludo al hallarse entre lafamilia.

—Pero ¿qué te pasa?—dice el tío Jeromo.

—¡Qué me ha de pasar? Ese fantasioso de mayorazgo…, ¡siempre con sulatín!

—¿Y qué cuidao te da á ti? ¿No has estudiao tres años ya? ¿Por qué nole contestas?

—Porque no soy tan jaque como él…. Y luego él ha estudiado por otroarte. El mío no trae todas esas andróminas que él sabe…. ¡Cóncholes!,como quisiera entrarme á piscología

… ¡sé más de ello!

—¿Y cuándo cantas misa?—añade la tía Simona cayéndosele la baba ymientras contemplan de hito en hito al estudiante sus doshermanos.—Mira que el lugar está perdío…. El señor cura es tanviejo….

—Y que no sabe una palabra, madre. ¡Si fuéramos nusotros! ¡Cóncholes,cuánto aprendemos! Verán que sermones echo los días señalados….

III

Como quiera que no sea el objeto principal de este artículo retratar alhijo mayor del tío Jeromo, hago caso omiso de todo el diálogo promovidopor su despecho contra el mayorazgo, y vamos á seguir con nuestro asuntocomenzado, asistiendo á la cena de esta honrada familia en la noche deNavidad.

Después que el estudiante retira del fuego el puchero del guisado paraque el calor de la lumbre le seque á él el lodo de los pantalones, ycuando su hermana ha recogido con gran esmero el balandrán y lascamisas, toma aquél el jarro de la leche, ya que el papel del azúcar letiene su padre, y se dispone á auxiliar á su madre y á su hermana en lapreparación de las tostadas, amenizando el trabajo con el relato de susproezas y aventuras de estudiante.

Cuando cada manjar «le puede comer un ángel» de bien sazonado que está,como dice la tía Simona, y todos ellos quedan cuidadosamente arrimados ála lumbre para que se conserven en buena temperatura, precédese á otraoperación no menos solemne que la cena misma: poner la mesa perezosa

.

Esta mesa se reduce á un tablero rectangular sujeto á una pared de lacocina por un eje colocado en uno de los extremos; el opuesto se aseguraá la misma pared por medio de una tarabilla. Suelta ésta, baja la mesacomo el rastrillo de una fortaleza, y se fija en la posición horizontalpor medio de un pie, ó tentemozo que pende del mismo tablero.

La perezosa no se usa en las aldeas más que en el día del santopatrono, en la noche de Navidad en la de Año Nuevo y en la de Reyes, ócuando en la casa hay boda.

Por eso no debemos extrañarnos del estrépito que se arma en la cocinadel tío Jeromo al hacerse esta operación.—«¡Que no se tecaiga!—¡Ayúdame por esta banda!—¡Quita ese banco!—¡Apaña esacuchara!—

¡Allá va!—¡Que está torcía!—¡Calza de allá!—¡Fuera esapata!» Poco menos alboroto y mayores precauciones que si se botara alagua un navío de tres puentes.

Puesta la mesa y sobre ella los manjares, y echada la bendición por elestudiante, dejaremos á la familia cenar con toda libertad: esoperación, salvas algunas leves diferencias de forma en los cubiertos yde fuerza de masticación, que todos hacemos lo mismo. Además, nuestrapresencia tal vez impidiera al buen Jeromo sorber la salsa que queda enla cazuela del guisado, y á su mujer pasar el dedo por la tartera de lastostadas para rebañar el azúcar, y al seminarista apurar «hasta verte,Jesús mío», el vaso de vino blanco.

Volvamos á la misma cocina una hora más tarde.

Todos están más locuaces que antes, y hasta el viejo labrador hadesarrugado su habitual entrecejo. El rapazuelo ronca tendido sobre unbanco, y el estudiante habla en latín y asegura que si entonces pillaraal mayorazgo, ¡ira de Dios!… La tía Simona canta por lo bajo:

«Esta noche es Noche-Buena y mañana Navidad; está la Virgen de parto y á las doce parirá.»

Su hija se dispone á hacerle el dúo, cuando se oye en el corral un corode relinchos y un ruido sobre los morrillos, como si avanzaran veintecaballos.

—¡Ahí están los ladrones!—diría en tal caso un ciudadano alarmado.

Pues, no señor, son los

marzantes

, es decir, dos docenas de mocetonesdel lugar que andan recorriéndole de casa en casa. El ruido sobre losmorrillos y los relinchos los producen las almadreñas y los pulmones delos mozos.

Este acontecimiento hace en los personajes de la cocina un efectoagradabilísimo; callan todos como estatuas y se disponen á escuchar.

—Vaya,

señor don

Jeromo—dice una voz en falsete para disfrazar laverdadera, desde el portal:—á ver esas costillas que se están curandoen el

varal

; esos ricos huevos de la gallina pinta que cacareaba en elcorral, por, por, por, poner, por, ¡poner!…

¡Que sí!… ¡Vaya, quesí!…

El coro contesta con relinchos á esta primera tirada de

algarabía

,que así se llama técnicamente la introducción de los marzantes, y vuelveá continuar la voz pidiendo

«morcillas en blanco, ó aunque sea ennegro», y otras cosas por el estilo, hasta que concluye diciendo:

—¿Qué quiere usted?; ¿que cantemos ó que recemos?

—Que recen—dice Jeromo.

—¡Que canten, cóncholes!—replica el estudiante,—que á mí me gustanmucho las marzas…. ¡Ea, á cantar!—añade luego, abriendo unarendijilla, nada más, de la ventana.

Esta orden es acogida afuera con otro coro de relinchos, y al puntocomienzan á cantar los marzantes, en un tono triste y siempre igual, unlarguísimo romance que empieza:

«En Belén está la Virgen que en un pesebre parió; parió un niño como un oro relumbrante como un sol….»

y concluye:

«Á los de esta casa Dios les dé victoria, en la tierra gracia y en el cielo gloria.»

Esta copleja tiene esta otra variante que los marzantes suelen usarcuando no se les da nada, ó cuando se les engaña con morcillas llenas deceniza:

«Á los de esta casa sólo les deseo que sarna perruna les cubra los huesos.»

Los pesados lances á que esta jaculatoria suele dar lugar, y los nadaligeros que se suscitan siempre al fin de la velada cuando van los mozos

á comer las marzas

á la taberna, ya encontrándose con los marzantes deotro barrio, ó ya provocando á algún vecino, es sin duda la causa de quedisfrace la voz el que pide y de que guarden asimismo el incógnito todossus compañeros.

Pero en casa de Jeromo no se engaña á nadie, y la tía Simona alargamedia morcilla de manteca á los marzantes; y éstos, después de echar laprimera copla, se marchan relinchando de placer.

La familia tira los últimos golpes á la cena, agótanse los jarros devino, y el chicuelo despierta preguntando por los marzantes. Cuando sabeque se han marchado, alborota la cocina á berridos, dale su padre un parde guantadas, interpónense el seminarista y su madre, apágase la lumbre,oscila la luz del candil, dormita la moza, maya perezoso el gato,cáesele la pipa más de una vez de la boca al tío Jeromo, habla torpesobre los fenómenos de la luz el seminarista; y cuando los relinchos delos marzantes se escuchan lejanos, hacia el fin de la barriada, desfilaal paso tardo y vacilante la familia del tío Jeromo á buscar en elreposo del lecho el fin de tan risueña y placentera velada.

La tía Simona sale la última; y mientras se lamenta de haber dejado derezar el rosario por causa del jaleo, y jura que al día siguiente ha derezar dos, guarda en el arcón que ya conocemos los despojos del pan, delazúcar y de la manteca, para que en el primer día de Pascua pueda lafamilia, «manipulándoselo bien», recordar, con algo más que la memoria,la noche de Navidad.

LA LEVA

I

Enfrente de la habitación en que escribo estas líneas hay un casucho demiserable aspecto. Este casucho tiene tres pisos. El primero se adivinapor tres angostísimas ventanas abiertas á la calle. Nunca he podidoconocer los seres que viven en él. El segundo tiene un desmanteladobalcón que se extiende por todo el ancho de la fachada. El tercero lecomponen dos buhardillones independientes entre sí. En el de mi derechavive, digo mal, vivía hace pocos días, un matrimonio, joven aún, conalgunos hijos de corta edad. El marido era bizco, de escasa talla,cetrino, de ruda y alborotada cabellera; gastaba ordinariamente unaelástica verde remendada y unos pantalones pardos, rígidos, indomablesya por los remiendos y la mugre. Llamábanle de mote el

Tuerto

. Lamujer no es bizca como su marido, ni morena; pero tiene los cabellos tancerdosos como él, y una rubicundez en la cara, entre bermellón ychocolate, que no hay quien la resista. Gasta saya de bayeta anaranjada,jubón de estameña parda y pañuelo blanco á la cabeza. Los chiquillos notienen fisonomía propia, pues como no se lavan, según es el tizne conque primero se ensucian, así es la cara conque yo los veo. En cuanto átraje, tampoco se le conozco determinado, pues en verano andan en cuerosvivos, ó se disputan una desgarrada camisa que á cada hora cambia deposeedor. En invierno se las arreglan, de un modo análogo, con las ropasde desperdicio del padre, con un refajo de la madre, ó con la manta dela cama.

El Tuerto era pescador, su mujer es sardinera, y los niños … viven demilagro.

En la otra buhardilla habita solo otro marinero, sesentón, de complexiónhercúlea, y un tanto encorvado por los años y las borrascas del mar. Usaun gorro colorado en la cabeza y un vestido casi igual al de su vecinoel Tuerto. Tiene las greñas, las patillas y las cejas canas. No sé decierto cómo tiene la cara, porque es hombre que la da raras veces, y nohe podido vérsela á mi gusto. Se llama de nombre tío Miguel; peroresponde á todo el mundo por el mote de

Tremontorio

, corruptela de

promontorio

, mote que le dieron en su juventud por su giganteacorpulencia y por su vigor para tirar del remo contra corrientes ycelliscas. Á la edad que cuenta, lleva hechas dos campañas de rey

; esdecir, le ha tocado la suerte de servir en barco de guerra, dos veces ácuatro años cada una. La última campaña la hizo en la

Ferrolana

, y conesta fragata dió la vuelta al mundo, con el cual viaje acabó deconquistar el prestigio que le iban dando entre sus compañeros susmuchos conocimientos como marinero, su valor, su buen corazón … y susférreos puños. Se conserva soltero, porque entre su lancha, sus campañasy sus redes, que teje con mucho primor, nunca le quedó un cuarto de horalibre para buscar una compañera.

Por último, en el cuarto segundo habita un matrimonio contemporáneo deltío Miguel; y si no tan robustos como éste, los dos cónyuges esta aúnmás desaliñados que él, y tan canos, tan curtidos y arrugados. De estematrimonio nació el Tuerto de la buhardilla, quien al lado de su padreaprendió á tirar del remo, á aparejar sereña, á ser, en fin, un buenpescador. El padre del Tuerto, tío Bolina

llamado, porque siempre alandar se ladeó de la derecha, sigue, á pesar de sus años, bregando conla mar, como el tío Tremontorio; y no por afición á ella, como diría muyserio un poeta del riñón de Castilla ó de la Mancha, acostumbrado ámandar las maniobras y á conjurar tormentas des de un escenario, ó enel estanque del Retiro, sino porque viven de lo que pescan, y sólopescan para vivir exponiendo la vida cien veces al año en el indómitomar de Cantabria, sobre una frágil lancha.

Dados estos pormenores, debo decir al lector, por si se ha sorprendidoal verme tan enterado de ellos, que ni yo los he buscado ni lospersonajes descritos han venido á traérmelos: ellos, solitos, se hancolado por la puerta de mi balcón, de la manera más sencilla.

La aludida casa está separada de la en que escribo, por la calle, que noes muy ancha; y mis vecinos, lo mismo en invierno que en verano, saldantodas sus cuentas y ventilan los asuntos más graves, de balcón á balcón.

Por ejemplo:

Se acerca un día la hora de comer. En la buhardilla del Tuerto se oyengritos y porrazos de su mujer, y lloros y disculpas de los chiquillosque los reciben.

No se ve la escena, porque lo impide el humo de la cocina que sale áborbotones por el balconcillo, conductor único que para él hay en lacasa.

La mujer del tío Bolina está clavando unas

rabas

de pulpo en la paredde su balcón, para que se oreen. Su nuera aparece en el suyo, másdesaliñada que nunca, con la cara roja como un pimiento seco y con lacrin suelta, en medio de una espesísima nube de humo, ¡apariciónverdaderamente infernal!; saca medio cuerpo fuera de la balaustrada, ycon voz ronca y destemplada, grita, mirando al piso segundo:

—¡Tía!…

Debo advertir que este es el tratamiento que se da, entre la gente delpueblo de este país, por los yernos y nueras, á las suegras.

La vieja del segundo piso, sin dejar de clavar las rabas, al conocer lavoz de su nuera, contesta de muy mala gana:

—¿Qué se te pudre?

—¿Tiene un grano de sal pa freir unas

bogas

?

—No tengo sal.

—Salú es lo que no había de tener usté—refunfuña la mujer del Tuerto.

—Vergüenza es lo que á tí te falta—gruñe, al oirlo, la vieja.—Ysábete que tengo sal, pero que no te la quiero dar.

—Ya me lo figuro, porque siempre fué usté lo mismo.

—Por eso te he quitao el hambre más de cuatro veces, ¡ingratona,desalmada!

—Lo que usté me está quitando todos los días es el crédito,¡chismosona, mas que chismosa!; y si no fuera por dar al diablo quereir, ya la había arrastrao por las escaleras abajo.

—Capaz serás de hacerlo, ¡bribonaza!; que la que no quiere á sushijos, mal puede respetar las canas de los viejos.

—¿Que no quiero yo á mis hijos!…; ¿que no los quiero!—ruge la de labuhardilla, puesta en jarras y echando llamas por los ojos.—¿Quién serácapaz de hacerlo bueno?

—Yo—replica con mucha calma la vieja;—yo que los he recogido muchasveces en mi casa, porque tú los dejas desnudos y abandonaos en la callecuando te vas á hacer de las tuyas de taberna en taberna

…¡borrachona!

—¡Impostora…, bruja!—grita al oir estas palabras, descompuesta yfebril, la mujer del Tuerto.—¿Yo borracha! ¿Cuántas veces me halevantado usté del suelo, desolladura? Y aunque fuera verdá, á mi costalo sería: á denguno le importa lo que yo hago en mi casa.

—Me importa á mí, que veo lo que suda el mi hijo pa ganar un peazo depan que tú vendes por una botella de aguardiente, en lugar de partirlecon tus hijos. Por eso los probes angelucos no tienen cama en quedormir, ni lumbre con que calentarse, ni camisa que poner; por eso notienes tú un grano de sal y me la vienes á pedir á mí…. Cómpralo,¡viciosona!… Pero vienes tú de mala casta para que seas buena.

—Mi casta es mejor que la de usté, por todos cuatro costaos. Y yo enmi casa me estaba. Él fué á buscarme.

—Nunca él hubiera ido…; bien se lo dije yo:—«¡Mira que esa es callealtera

y no puede ser buena!»