Escenas Montañesas by José María de Pereda - HTML preview

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fiat

del tabernero más próximo, LA ROBLA[1],para decirlo de una vez.

El origen de esta ceremonia no consta en las crónicas montañesas, porquese pierde en la antigüedad de la afición de los montañeses al acre mostoriojano[2].

Su definición precisa tampoco es fácil sin que se me olvide algún rasgográfico de ella; por lo cual juzgo de rigor que nos traslademosadondequiera que se

eche

una…, y allá nos vamos.

Raro es el colono montañés que al poco tiempo de establecido no posea,como producto de sus aparcerías,

una pareja apta para las labores delcampo, algún novillo

uncidero

, es decir, capaz de ser uncido, ócualquiera otra res vacuna; pero en absoluta propiedad y sin que elarrendador de sus haciendas tenga que intervenir en su venta, cambio óemparejamiento; casos en los cuales el colono, por lo que le va en ello,pone los cinco sentidos y emplea la mayor solemnidad posible. Tras ellava siempre la robla.

Luego vamos á una feria.

El lugar de ella queda á elección del lector, pues, gracias á Dios,abundan aquí como los helechos. Abran ustedes un calendario, y dondetopen con su santo, cátense una feria. En este dichoso país, el día queno es de fiesta tiene mercado; de los restantes del año, los unos marcanferia, y los otros romería.

Elegido el punto más cercano, tuvo que ser, por precisión, un pequeñobosque de cajigas ó de castaños, verde, fresco, frondosísimo, bello comoes la naturaleza aquí hasta en su menor detalle.

Estamos ya bajo el tupido follaje…. Cierra, lector, los ojos por unmomento. ¿No te crees transportado, en una serena noche de verano, á laorilla de una inmensa charca, y jurarías que sus ranas, en númeroinfinito, cantan todas á la vez? Es el sello de nuestras ferias yromerías: el sonido de las tarrañuelas

de cien y cien bailadores

á loalto

, al compás de las panderetas que tañen las mejores mozas dellugar.

Sigamos.—Sin reparar en el corro de bolos en que acababan de gritarcincuenta bocas á la vez

¡eseeé!

al hacer un

emboque

uno dé losjugadores; abriéndonos paso á través de la batería formada por lospellejos de vino, barriles y cacharros que sobre un carro, debajo y álos lados de él, á la sombra de un castaño, son la delicia de losbebedores; echándonos por la derecha para no turbar el sueño pacífico delos jamelgos de un cura y un señor de aldea, que están amarrados al

cabezón

del mismo carro, quizá por casualidad, quizá porque losjinetes tomaron este norte como de mejor atractivo para cuando vayaanocheciendo; guardando el cuerpo del fogoso trotón de ese jándalo, queatraviesa la feria llevando á las ancas la parienta más joven éinmediata que encontró en su pueblo cuando volvió de Andalucía, y cuyochal de amarillo crespón, no menos que su vestido blanco de empinadosvolantes, forman extraño contraste con su reluciente y pasmadafisonomía; sin responder á las voces de las importunas fruteras, de los

agualojeros

, rosquilleros y otros análogos industriales que nosasedian al paso; sin fijarnos, en fin, en ese maremágnum alegre yestimulante que el cuadro presenta á primera vista, salgamos á aquellabraña donde hay un grupo de ocho personas y una pareja de novillosuncidos. Allí va á haber robla.

El que está apoyado sobre sus engalanadas cabezas, hombre que tiene lasuya algo más sucia, calzones de

manga corta

, con un tirante sólo,chaqueta al hombro y sombrero de copa alta, más que medianamenteapabullado, es el dueño de la pareja, y conocido y honrado en su pueblopor el nombre de Antón Perales.

El otro, más joven y de mejor traza que éste, que pasea alrededor de losnovillos examinándolos con gran atención, es el comprador: llámanleOgenio Berezo, y es de las inmediaciones. De los que forman el círculo,los cuatro son meros curiosos que, á título de conocidos de losprimeros, se han aproximado al olor de la robla. La mujer, que come unamanzana y tras de cada bocado que le tira se rasca la cabeza por debajode la

muselina

, es la costilla de Antón Perales. El otro personaje,más viejo que todos los demás, y que observa el cuadro, taciturno yreflexivo, es convecino del comprador: llámase tío Juan de la Llosa, yasiste, á la sazón, en calidad de perito. Sus títulos al efecto están entoda regla. Es público y notorio que en más de cien sangrías que llevahechas en el pueblo á los animales de sus vecinos, á la oreja, alpelo

y al rabo, que es la más difícil, no se le ha desgraciado una solares. Para poner una bizma, ó sea un emplasto de trementina y polvos desuelda, no hay otro que se le iguale. Distingue á la legua un cólico deun

empanderamiento

, y en las cojeras no confunde el

zapatazo

con el

babón

; y si no ha curado un solo caso de

solenguaño,

es porque laenfermedad es mortífera, mas no por haber dejado de echar á tiempo, «porla boca abajo»

del paciente animal, con el auxilio conductor de unateja, el agua de jabón, aceite y vino blanco bien caliente. Por algodice él que, si le hubieran

desaminao, albitre

podía ser; y es laverdad. En cuanto á las condiciones externas del ganado, ahora le veránustedes.

El comprador ha dejado de rondar la pareja, crúzase de brazos y exclamade repente:

—Pues, señor, ¿á qué hemos de decir una cosa por otra? La pareja megusta. ¿Qué le parece á usté, tío Juan?

Éste guarda en un bolsillo del chaleco la punta que mascaba rato hacía,da dos pasos al frente, cárgase á la izquierda sobre el garrote, pone ladiestra en jarras, cruza las piernas y reflexiona un instante.Entretanto el vendedor se sonríe con cierta malicia, su mujer menudealos mordiscos á la manzana, y murmura algunas palabras hacia los otrospersonajes que emiten su dictamen á media voz.

—Apaséalos—dice en tono grave el perito.

Antón Perales hace caminar sus novillos un corto trecho, al son de lasalegres campanillas que les adornan el pescuezo.

—Ahora, hacia abajo …—añade el primero.—¡Oooó, joois!—canturria,luego que el vendedor le ha complacido, para indicarle que pare ya.

—Lo que toca al particular—dice la mujer, á quien no le cabe ya lalengua en la boca,—no tienen tacha.

Tocante á eso, no es porque seanmíos; pero, como dijo el otro…. Vamos, que son dos perlas.

—Como que los he criao yo en casa—repone su marido;—y éste que sellama Galán

, es hijo de la

Leona

, y este otro,

Cachorro

, de la

Gallarda

, dos vacas que, mejorando lo presente, son dos soles.

—Justo, que las vendimos el mes pasao al sobrino del Regioso, conperdón de ustedes, que por aquel pique que tuvo por la cuñá delMostrenco, que ya con este mote le han de enterrar, por el lindero delprao que le tocó á resultas del

cobicillo

que encontraron debajo deljergón de su tío, que en santa gloria esté…, y ahí está el mi hombreque no me dejará mentir, que á la verdá que anduvo como una estorneja deacá para allá, ahora que la botica, después que el señor cura, luego quela unción, porque el enfermo daba el ¡ay! que partía el alma, sin quehubiera en aquella casa un mal nacido á quien volver los ojos…, y nose lo tome Dios en cuenta á la que tanto fachendea hoy gracias á loscinco carros de tierra que apañó…. Pues resulta de que….

Á la buena mujer se le va la burra entre tanta maraña, mientras el tíoJuan no quita los ojos de la pareja. El comprador mira al perito como siquisiera leer en su fisonomía la opinión que va formando; el vendedoratusa el pelo á los novillos, y los intrusos los ponderan cuanto les espermitido, con objeto, evidentemente, de contribuir á que se cierre eltrato y no se pierda la robla.

Después que el perito y el comprador han visto que los animales seplantan

bien al caminar, que no se aprietan, que no

zambean

delcuarto trasero, que son bien encornados y que igualan perfectamente enalzada y color, el primero les mira la boca, les palpa bien los

brazuelos

y las nalgas para ver si están

despicados

de algún remo, yles examina escupulosamente las astas por si son estoposas, las pezuñaspor si blandean

, y los ojos por si tienen

nube

ó

glarimeo

.

Hecho este examen, el tío Juan, sin perder un solo rasgo de su gravedad,dice en tono solemne:

—Caballeros, la pareja…, lo que toca á la pareja, no tiene pero. Sondos rollos de cuatro años, sanos como dos corales.

—Pos á mí—añade el comprador,—lo que toca al particular, también megusta la planta y el aquel de la pareja…. Conque si el señor trae ganade vender, diga, si á mano viene, en lo que estima su hacienda, que yo ácomprar he venío.

—Al respetive de eso mesmo—replica el vendedor,—no me quedo yo atrás;que hoy por ti y mañana por mí…, y, como dijo el otro, mortales noshizo Dios…. Vamos al decir, que si tú traes ganas de comprar, noreñiremos.

—Cabales, que ni al mi hombre ni á mí nos ha perseguido nunca lajusticia por embusteros; y cuando vemos que se trata con gente deformalidá y de requilorios….

—Esa es la verdá; y vamos, Antón, á estimar la pareja, como el otro quedice, con equidá.

—Pos la pareja, Ogenio, por ser para ti…, la pareja; que, como hadicho el señor, no tiene pero; la pareja, y que no vea la cara de Diossi te engaño; la pareja vale treinta doblones[3] como dos cuartos.

—Tú no quieres vender, Antón—contesta con cierto desdén el atildado Ogenio.

—Ogenio—replica Antón,—tú me ofendes.

—Que te digo que no quieres vender.

—¡Que mal rayo me parta si he venío á otra cosa á la feria! Y sábeteque por ese dinero ya no tendría en casa los novillos hace una semana,si los hubiera querido vender…; pero hoy por ser pa ti….

—Pos yo no doy por ellos más que veinticinco doblones.

—Tú no quieres comprar, Ogenio.

—Á eso vine á la feria, Antón…; y si no, que diga tío Juan si mepongo en lo justo.

—Lo que toca á mí—dice el aludido, que durante la escena referida seocupaba en hacer rayitas en el polvo con el palo,—lo que toca á mí, nome gusta meterme en la hacienda del vecino, que cada uno puede estimarlaen aquello que, pongo por caso, le acomoda.

—De manera es—replica el comprador,—que aunque usté diga uno, ó dos,ó medio; ó que la pareja vale tanto ó cuanto, ó que por aquí ó que porallá, no ha de ser medida la palabra de usté.

—Eso es—añade Antón;-que como dijo el otro, ná se pierde con oir áéste y al de más allá.

—Andando—gruñe su mujer, clavando los dientes en la quintamanzana,—que todos somos hijos de Dios, y más ven cuatro ojos que dos.

—Es de razón—exclaman á coro los demás circunstantes.

—Pues, caballeros—concluye el perito con cierto tonillo deautoridad;—creo que se pueden dar veintisiete doblones por la pareja.

—Ya lo oyes, Antón…; y yo no dejo mal á ningún amigo.

—Por dicho de eso, yo tampoco, Ogenio; y si das los veintiocho, tuya esla pareja.

Grandes murmullos en el grupo; anímase el tío Juan, y exclama,imponiendo silencio á los circunstantes:

—Ni los veintisiete ni los veintiocho, que han de ser los veintisiete ymedio, y se pagará la robla además.

—Corriente—dice Ogenio.

—Pues buen provecho te hagan—añade Antón, entregando la ahijada alprimero, como símbolo del dominio que le transmite….

El pequeño circuló se agita con gran ruido; todos se felicitanrecíprocamente, todos hablan á la vez, y entre todas las voces sedestaca la de la exdueña de los novillos que charla más que nadie ydesbarra como nunca.

Autorizado competente uno de los testigos del ajuste, marcha á buscar alpunto más inmediato dos azumbres de vino tinto para

mojar el trato

, esdecir, para

hechar la robla

; y mientras vuelve, el comprador se sientaen el suelo, saca un pesado bulto del bolsillo interior de su chaqueta,y comienza á desliarle capa á capa, como si fuera una cebolla. Así vansaliendo, sucesivamente, un pañuelo de percal aplomado, un viejo pañalde una camisa y una bula, dentro de la cual aparecen, como núcleo detodo el envoltorio, un montón de napoleones y algunas monedas de orocuidadosamente guardadas entre los amarillentos repliegues de una hojade un catecismo.

Con grandísimas dificultades cuenta los veintisiete doblones y medio, ósean 1.650 reales, y se los entrega al vendedor, quien, en el acto, ycon no menores amarguras, los cuenta también; y envueltos en la bula, yla bula en la muselina de la mujer de Antón Perales, desaparecen en losprofundos abismos de la faltriquera que debajo del refajo lleva ésta[4].

El que fué por el vino vuelve con un enorme jarro lleno de él en unamano, y con una taza de barro blanca en la otra. Desátanse, á su vista,más y más las lenguas del corrillo; sonríense todas las fisonomías, y elrústico Ganimedes, apoyándose en la

yugata

de la pareja, comienza áescanciar el vino con gran pulso y mucha solemnidad.

El tío Juan, para quien es la primera taza, levantándola en alto,brinda:

—Por la salud de los presentes, que se disfrute muchos años la pareja,y que en el cielo nos veamos.

—Amén—contesta á coro la reunión.

La taza sigue pasando luego de mano en mano y de boca en boca, hasta quese agotan las dos azumbres de rioja.

Pero Antón Perales no quiere ser menos que su contrinca, y paga otrosocho cuartillos que se beben con la misma solemnidad que los anteriores,con el mismo ceremonial, pero con mayor locuacidad de parte de losbebedores y con peor pulso de la del escanciador.

Entretanto la tarde va acabándose, y el ganado y la gente que llenabanla feria se retiran poco á poco.

Ya no se oyen las tarrañuelas, ni los panderos, ni un solo grito en elcorro de bolos. Los taberneros recogen sus baterías, y embridan susjamelgos los curas, los jándalos y los señores de aldea; y perdiéndose,por grados, desde el lugar de la feria, por la campiña adelante en todasdirecciones, se oye el sonido de las campanillas del ganado que sealeja. Nuestros conocidos, detrás de los novillos, llevan, como quiendice, la llave de la feria, cierran la marcha … y bien lo necesitan.Tal andan todos ellos, que no les basta entero el ancho del camino parano darse de calabazadas unos con otros. Aquello ya no es hablar: es unaalgarabía incomprensible é insoportable. La mujer de Perales, sobretodo, desafina como una cotorra; cuenta lo suyo, lo de los vecinos yhasta lo que no sabe. Su marido se empeña en que relampaguea, y está elcielo sin una sola nube; antójasele que los troncos de los árboles sonladrones y lleva á su costilla agarrada fuertemente por la saya para queno la roben el dinero. Tío Juan, el perito, canturria, con voz atipladay temblorosa, aires de sus mocedades, y, recordando galantes aventuras,enamora á la disimulada á la mujer de Antón. Ogenio palpa con torpe manolas monedas que le quedan en el bolsillo, y contando por los dedos de laotra, sostiene y jura que ha dado dinero de más á Perales.—Los cuatrointrusos dan la razón á todo el mundo, pero trocando los asuntos. ÁPerales le aseguran que Ogenio le engañó, dándole dinero de menos; áéste, que está, en efecto, relampagueando y que al fin tronará; á lapobre mujer, que realmente ha sido muy atravesá

y muy revoltosa, y quesi pellizca al tío Juan, hace muy bien, porque ella se entiende…. Peroal oir esto, su marido, aunque no es celoso, ni mucho menos, dainstintivamente un tirón á la saya que lleva agarrada entre sus dedos;y como su dueña no está para grandes pruebas de equilibrio, viene alsuelo como un fardo. En el mismo instante Ogenio toca en el bolsillo áAntón para advertirle que quiere ventilar la duda que le preocupa, yéste, siempre soñando con los ladrones, sobrecógese de horror, dase pormuerto, quiere huir, tropieza con su mujer y cae sobre ella; apresúraseel otro á levantarle, pierde el equilibrio y da de hocicos sobre los doscaídos; acuden, al estrépito, los demás personajes; creen que aquello esuna lucha, enmaráñanse para separarlos, empújanse los unos á los otros,y al cabo y al fin caen todos amontonados sobre la desdichada mujer quegrita y se lamenta medio sofocada por tan enorme peso. Estrújanse yaráñanse todos buscando un punto de apoyo para salir de aquel enredo; ypoco á poco, y con grandes fatigas, van levantándose uno á uno; yrenqueando y vacilando, se vuelven á poner en marcha, y llegan á unpunto en que se bifurca la carretera. Allí deben separarse el tío Juan,Ogenio y dos de los intrusos. Pero da la casualidad (y estascasualidades abundan en la Montaña más que las ferias, que los mercadosy que las romerías), da la casualidad, repito, que en el punto deempalme de los dos caminos hay una taberna; y como tío Juan de la Llosaes hombre que no queda mal con sus amigos por un par de azumbres más ómenos, invita á sus camaradas á beber, para demostrarles que «si

aquello

ha sido guerra, que nunca haya paz».

Inútil es decir que el convite se acepta y se agradece.

Pero los bebedores se han metido en la taberna y han atado la pareja áun poste del portal, indicios todos de que sólo Dios sabe á que horaconcluirá aquello y bajo qué techo dormirán nuestros conocidos la roblade los novillos.

Además, la noche ha cerrado ya; me comprometí, lector, á acompañarte áuna feria para que supieras con un ejemplo práctico lo que es una robla:he cumplido mi palabra como me ha sido posible, y creería abusar de tuamabilidad obligándote á pasar la noche al raso. Retirémonos, pues…, yhasta la vista.

FOOTNOTES:

[Footnote 1: De

robra:

escritura ó papel autorizado para la seguridadde las compras y ventas ó de cualquier otra cosa.

DIC.ACAD.—Refiriéndose á este cuadro, escribía años ha el eminente literatodon Juan Eugenio Hartzenbusch: «También allí (en la provincia de Cuenca)se usaba, aunque más en pequeño, echar la robra

en términos parecidosá los de la Montaña, pero dicen

robra

, y robra significa una firma,una escritura, cualquier documento.»]

[Footnote 2: Mi erudito amigo y paisano don E. Pedraja Samaniego, dijoen El Averiguador de Cantabria

, respondiendo á una pregunta hecha enel mismo acerca de la antigüedad de esta costumbre por mí descrita:

«Robla.

—La costumbre de convidar el comprador ó el vendedor, despuésde consumado el contrato, á los que han intervenido en él, es tanantigua, que ya se halla mencionada con la palabra Alvoroc

(hoyalboroque) en el título 25 de las

Cortes de León celebradas el año de1020

.»—El M.° Berganza, en el tomo I de sus

Antigüedades de España

,pág. 311, dice: «En el año 1025, Zite Morielez vendió al Monasterio deCárdena una viña por sesenta sueldos de plata y cinco que se gastaron enel

Alvoroc

.» El mismo, en el catálogo de palabras antiguas que trae alfin del tomo II, define así la palabra alvoroc: «robra

que confirma lacompra».

(

Notas del A. en 1876.

)]

[Footnote 3: El doblón, en la Montaña, es una moneda imaginaria,equivalente á 60 reales.]

[Footnote 4: Quizás me objete algún montañés

resabido

que no es usual,ni tal vez tolerado, recibir el vendedor en la misma feria el importe delo vendido. No disputaremos sobre el caso, siempre que él me conceda queen los pormenores del pago no he puesto yo uno solo que no seaverosímil.]

«Á LAS INDIAS»

«Á las Indias van los hombres, á las Indias por ganar: las Indias aquí las tienen si quisieran trabajar.»

(Canc. pop. de la Montaña.)

I

Madre, este carraclán está mal hecho.

—¡Jesús, qué condenao de chiquillo!… ¡Si le está, que ni pintao!

—¡Tisana, que me aprieta por todas partes, y los faldones se me subenal pescuezo cada vez que me voy á quitar el sombrero!

—Di que eres un mocoso presumido, y no me rompas la cabeza.

—Diga usté que no sabe coser por lo fino…, ni esta tarascona de mihermana…. ¿Lo ve?… Lo mismo coge la aguja que las

trentes

.¡Tisana, qué camisa me está cosiendo!… ¡Á ver si das más cortas esaspuntadas!…

—¡El demonio del renacuajo!… ¿Cuándo soñaste tú en gastar levita?

¡Después que me llevo mes y medio sin pegar el ojo por servirle á él!…

Madre, yo no coso más.

Y la censurada costurera, que es una mocetona como un castaño, arroja alsuelo la camisa que estaba cosiendo, y vuelve las espaldas con resueltoademán al escrupuloso elegante, rapaz de trece años, listo como unaardilla y tan flaco como el mango de una paleta.

Su madre, mujer de cuarenta años, aunque las arrugas del rostro y lacurva de sus espaldas la hacen representar sesenta, después de comersemedia cuarta de hilo para hacerle punta y que pase por el ojo de laaguja que apenas se ve entre sus callosos dedos, pone en orden á lasusceptible costurera, se acerca al muchacho, le hace girar tres vecessobre sí mismo, le estira con fuerza la levita que lleva puesta ydespués de contemplar un instante su obra, vuelve á sentarse, exclamandocon acento de profunda convicción:

—Que la pinte mejor un sastre.

Pero antes de ir más lejos, y para mejor inteligencia de los lectores,es justo que, como diría el inédito poeta don Pánfilo, expliquemos lasituación.

Que nuestros personajes son montañeses, debe haberse deducido del estilodel diálogo anterior; y si éste no lo ha demostrado bastante, constedesde ahora que lo son en efecto.—El lugar de la escena puede el lectorcolocarle en el punto de esta provincia que más le conviniere, si biensu parte oriental es preferible por ser en ella más frecuentes que enlas demás, cuadros semejantes al que voy á describir.—El escenario esaquí el ancho soportal, ó tejavana de una casa pobre de aldea.—Ésta,como todas ó la mayor parte de las de su categoría, tiene en la humildefachada del portal tres huecos: la puerta principal en el centro; la dela cuadra á la izquierda, y á la derecha la ventana de la cocina.Sentadas en el alto batiente de la primera, cosen las dos mujeres; lasegunda está entreabierta, porque acaba de entrar por ella á arreglar elganado el bueno de tío Nardo; jefe de la familia, ó esposo y padrerespectivamente de los personajes de nuestro diálogo. Por lo que hace ála ventana, aunque no la necesitamos para nada, diré, á fuer de verídicohistoriador, que está cerrada, pues su destino, más que dar luz á lacocina, es dejar que salga el humo de ella cuando hay fuego en el hogar,el cual está ahora tan frío como la borona que en él se coció por lamañana para todo el día…; y dicho se está con esto que la escena espor la tarde: conste también, sin que este dato sea, como parecerá áprimera vista, una minuciosidad inútil, que corre el mes de septiembre.Ahora sólo nos resta consignar que el pequeñuelo interlocutor, aldirigir tan graves cargos á su madre y á su hermana, llegaba al portal,vestido con levita, pantalón y chaleco de mahón gris; agarrotado sucuello entre los revueltos y atropellados pliegues de una enorme corbatade percal con grandes cuadros rojos; medio oculta su diminuta éinteligente cabeza bajo las anchas alas de un sombrero de paja con cintaverde, y calzado, por último, con gruesos zapatos de Novales. El polvoque los cubre, el arrebatado color de la cara del muchachuelo y elgarrote que éste trae en una mano, prueban bien á las claras que acabade hacer una larga caminata. En cuanto á las razones que tiene paraquejarse de las tijeras de su madre y de la aguja de su hermana, nodejan de parecer fundadas, si se mira su vestido con alguna atención,pero también es cierto que las pobres mujeres nunca las vieron másgordas, y que el intolerante rapaz se mete por primera vez bajo aquellosfaldones que le estorban.

También debe constar que á pesar de lo quedijo al presentarse en escena, hay en su fisonomía algo de risueño yplacentero que denota una satisfacción interior; su viaje debe habertenido un éxito feliz…. Mas para saber lo que hay sobre esto y otrascosas que nos proponemos referir, volvamos á tomar el asunto donde ledejamos para hacer esta digresión.

Mientras la madre pronunciaba las palabras que dejamos escritas, hechoel examen de la levita de su hijo, éste se sentó en el poyo del portal,entre las dos puertas; y limpiándose luego con el pañuelo del bolsilloel polvo de sus zapatos, replicó vivamente:

—Eso lo dice usted aquí porque no hay comparanza; pero si me viera allado de don Damián como yo acabo de verme…. ¡Tisana, qué levita!…;¡aquéllas sí que son costuras!… Ni siquiera se conocen…. ¡Y quécorte!

Da gloria de Dios el verla. Y no estos costurones … ¡más malasentaos!

—Pero, condenao, ¿cómo quieres tú comparar aquel paño tan fino con estemahón de á tres reales?

—¡Qué mahón ni que ocho cuartos! En las manos consiste toa lacencia…. Si me hubiera hecho la ropa un sastre de Santander, como yoquería…. Lo mismo que el chaleco … y los calzones: por un lado mesobra media fanega, y por otro no me puedo revolver adentro…. ¡Y estoszapatos!… Yo no sé en qué consiste que cuanto más tocino les doy, máspeor se ponen. ¡Qué zapatos los de don Damián, tisana! Relumbran como elsol de mediodía.

—Pero, hijo mío, ¿no ves que don Damián es un señor muy rico?…

—También tú te vestirás así el día de mañana, ¿verdá, madre?

—¡Anda, anda!; ya te estás relambiendo con los vestidos que te he deregalar…. ¡Como no pongas otros!…

—Ni falta que me hacen, para que lo sepas; probe nací, y con saya deestameña y tirando de la azada me han de querer….

—Calla, tonta, que lo dije por oirte: ¡miá tú qué me importará á mí eldía de mañana vestirte como una señora prencipal!… ¿eh, madre?

Á la buena mujer, mientras sus dos hijos comenzaban á contender en esteterreno, se le iban enrojeciendo los ojos, fenómeno que, en idénticascircunstancias, había observado de algunos días á aquella parte el tíoNardo con no poca sorpresa; y sabiendo por la experiencia que si nocombatía la emoción á tiempo no podría disimularla, dió al diálogo otrogiro diverso, preguntando al muchacho:

—¿Te dió la carta don Damián?

El interrogado que por otra parte, parecía estar deseando que se lehiciera semejante pregunta, llevó la diestra al bolsillo interior de sulevita; después á uno de los del chaleco; ocultó entre sus dedos unamoneda, y sonriendo con expresión de triunfo, exclamó, alzandoprogresivamente la voz:

—Aquí está la carta … y aquí esto…; ¿lo ven bien? Esto … ¿quédirán que es esto?… ¡Tisana!, que no lo aciertan…. Pues esto es …¡media onza!…

—¡Media onza!…

—¡Media onza!

—¡Media onza!—añadió el tío Nardo asomando la cabeza por la puerta dela cuadra;—¡media onza!—

repitió mientras descubría el tronco;—¡mediaonza!—exclamó, en fin, trasladándose de un brinco junto al grupo queformaba su familia admirando la moneda que Andrés (y ya es hora de decircomo se llamaba el rapaz) mostraba como una reliquia.

—¡Media onza, sí!—recalcaba este último girando en todasdirecciones;—¡media onza más maja que el sol!… Aquí está; don Damiánme la dió para mí solo…. ¡Viva don Damián!

Después que hubo pasado la moneda de mano en mano por todas las delgrupo, y que todas las personas que le componían la hubieron mirado yremirado y hecho sonar contra las piedras, Andrés se volvió á apoderarde ella, y reclamando la atención de toda su familia, desdobló la cartaque también le dió don Damián, y leyó en ella, con mucha seguridad,aunque con bien poco sentido gramatical, lo que sigue:

«Señor don Frutos Mascabado y Caracolillo.

»Habana.

»Mi querido amigo y antiguo compañero: El dador de ésta lo será, Dios mediante, el joven Andrés de la Peña, que saldrá de Santander, al primer tiempo, en la fragata Panchita

con rumbo á esa ciudad, en la cual se propone probar fortuna. Al efecto, me tomo la libertad de suplicar á usted le auxilie en todo lo que esté de su parte, tratando por de pronto de proporcionarle acomodo conveniente á sus circunstancias. Dicho Andrés es muchacho listo y de buena conducta, tiene excelente pluma y sabe de cuentas hasta la de

compañías

inclusive.

»Contando con la buena amistad de usted, me atrevo á anticiparle las gracias por lo que en obsequio de mi recomendado haga, que será, desde luego, uno de los buenos servicios entre los muchos que ya le debe su afectísimo amigo y seguro servidor

Q.S.M.B.

Damián de la Fuente

Después de esta carta, parécenos excusado decir á nuestros lectores loque significan la levita de Andrés y el inusitado movimiento de toda sufamilia alrededor de su equipaje.

II

Por regla general, á los niños, apenas dejan los juguetes, les acometeel afán, sobre todas sus otras aspiraciones, de hombrear, de tener muchafuerza y de levantar medio palmo sobre la talla. Pero cuando los niñosson de estas montañas, por un privilegio especial de su naturaleza, suúnico anhelo es la independencia con un

Don

y mucho dinero. Y, segúnellos, no hay más camino para conseguirlo que irse «á las Indias»….Los abismos del mar, los estragos de un clima ardiente, los azares deuna fortuna ilusoria, el abandono, la soledad en medio de un país tanremoto … nada les intimida; al contrario, todo estos obstáculos pareceque les excitan más y más el deseo de atropellarlos. ¿No es cierto queen América es de plata la moneda más pequeña de cuantas usualmentecirculan? Pues un montañés no necesita saber más que esto para lanzarseá esa tierra feliz; la vida que en la empresa arriesga le parece poco, yotras ciento jugara impávido, si otras ciento tuviera.

¿Hay quien lo duda? Ofrezca un pasaje gratis desde Santander á la Islade Cuba, ó una garantía de pago al plazo de un año, y verá losaspirantes que á él acuden. Y no se apure porque el pasaje no sea enprimera cámara: un montañés de pura raza atraviesa en el tope el Océano,si necesario fuese.

Díganle «á las Indias vamos», y con tan admirable fe se embarca en unacáscara de limón, como en un navío de tres puentes. Este heroísmo sueleir más allá aún. Un indiano de semejante barro ve transcurrir losmejores años de su juventud de desengaño en desengaño, y no desmaya. Nohay trabajo que le arredre, ni contrariedad que apague su fe: la fortunaestá sonriéndole detrás de sus desdichas, y la ve tan clara y tanpalpable entonces, como la vió de niño, cuando, soñando sus ricos dones,se columpiaba en las altas ramas del nogal que asombraba su paternachoza.

De lo cual se deduce que la honradez, la constancia y laboriosidad de unmontañés, son tan grandes como su ambición.

Nadie, en buena justicia, podrá quitar á esta noble raza un timbre quetanto la honra.

Nuestro Andresillo, pues, vástago legítimo de ella, no bien supo hablar,ya dijo á su madre que él sería indiano. Creció en edad, y la idea deirse á América fué el tema de todas sus ilusiones; y tanto y tantoinsistió en su proyecto, que su familia comenzó á deliberar sobre él muyseriamente.

Un día fueron tío Nardo y su mujer á consultarlo con don Damián,indiano muy rico de aquellas inmediaciones, y de quien ya hemos oídohablar. Don Damián había hecho, es cierto, un gran caudal: esto es loque veía toda la población de la comarca y lo que excitaba más y más enlos jóvenes el deseo de emigrar; pero en lo que se fijaban muy pocos, sies que alguno pensó en ello, era en que don Damián se hizo rico á costade veinte años de un trabajo constante; que en todo ese tiempo no dejóun sólo día, una sola hora, de ser hombre de bien, ni de cumplir, porconsiguiente, con todos los deberes que se le imponían en lasdificilísimas circunstancias por que atravesó. Además, don Damián habíaido á América muy bien recomendado y con una educación bastante másesmerada que la que llevan ordinariamente á aquellas envidiadas regioneslos pobres montañeses. Todas estas circunstancias que obraron como baseprincipal de la riqueza de don Damián, le obligaban á exponérselas ácuantos iban á pedirle cartas de recomendación para la Habana, y áconsultarle sobre la conveniencia de salir á probar fortuna. Cuandosemejantes consideraciones no bastaban á desencantar á los ilusos, dabala carta que se le pedía, y á las veces su firma garantizando el pagodel pasaje desde Santander á la Habana.

Los padres de Andrés oyeron del generoso indiano las reflexiones másprudentes y los más sanos consejos, cuando á pedírselos fueron en vistade las reiteradas insinuaciones de aquél. En obsequio á la verdad, lamujer del tío Nardo no necesitaba de tantas ni tan buenas razones paraoponerse á los proyectos de su hijo: era su madre, y con los ojos de suamor veía á través de los mares nubes y tempestades que obscurecían lasrisueñas ilusiones del ofuscado niño; pero el tío Nardo, menos aprensivoque ella y más confiado en sus buenos deseos, apoyaba ciegamente áAndrés; y entre el padre y el hijo, si no convencían, dominaban á lapobre mujer, que, por otra parte, respetaba mucho las corazonadas

, yjamás se oponía á lo que pudiera ser

permisión del Señor.

El párrocodel lugar le había dicho en muchas ocasiones que Dios hablaba, á veces,por boca de los niños; y por si á Andrés le había inspirado el cielo suproyecto, se decidió á respetarle en cuanto le pareciese deber hacerloasí.

Sobreponiéndose, pues, á las reflexiones del indiano la fuerza devoluntad de Andresillo y la buena fe de su padre, el primero prometió suprotección al segundo; y desde aquel día no se pensó más en la casitaque conocemos que en arreglar el viaje lo más pronto posible.

Los preparativos al efecto eran bien sencillos: sacar el pasaporte yhacer el equipaje.

Éste se componía:

De tres camisas de estopilla;

Un vestido completo de mahón, de día de fiesta;

Otro ídem íd. íd., para diario;

Una colchoneta y una manta, y

Un arca de pino, pintada de almagre, para guardar, durante el viaje, laropa que Andrés no llevase puesta.

Del pago del pasaje se encargó don Damián hasta que Andrés supieraganarlo.

El producto de la única vaca que tenía el tío Nardo, vendida de prisa yal desbarate, dió justamente para los gastos de equipo del futuroindiano y para el pequeño fondo de reserva que debía llevar consigo,fondo que se aumentó con medio duro que el señor cura le regaló el mismodía que le confesó; con seis reales del maestro que le dió últimamentelecciones especiales de escritura y cuentas, y con la media onza de quetiene noticia el lector. Y no se arruinó completamente la pobre familiapara «echar de casa» á Andrés, gracias al generoso anticipo del indiano;de otro modo, hubiera vendido gustosa hasta la cama y el hogar. Losejemplos de esta especie abundan, desgraciadamente, en la Montaña.

El día en que presentamos la escena á nuestros lectores era el últimoque Andrés debía pasar bajo el techo paterno: le había destinado ádespedidas, y ya tuvimos el gusto de ver el resultado que le dió la dedon Damián; día que, dicho sea

inter nos

, había costado muchaslágrimas á la pobre madre, á escondidas de su familia, pues no podíaresignarse con calma á ver aquel pedazo de sus entrañas arrojado tanjoven á merced de la suerte, y tan lejos de su protección.

Pero las horas volaban, y era preciso decidirse. Cuando Andrés acabó deleer la carta, su único amparo al dejar su patria, y á vueltas dealgunos halagüeños comentarios que se hicieron sobre aquélla, la pobremujer, á quien ahogaba el llanto, mandó entrar en casa á su hijo paraque su hermana le limpiara la ropa que llevaba puesta y se la guardara,mientras ella daba las últimas puntadas á una camisa.

Andrés, entonando un aire del país, obedeció, saltando de un brincosobre el umbral de la puerta; pero su madre, al ver aquella expansivajovialidad en momentos tan supremos, fijos en él sus turbios ojosmientras atravesaba el angosto pasadizo, abandonó insensiblemente laaguja, y dos arroyos de lágrimas corrieron por sus tostadas mejillas.

—¡Pobre hijo del alma!—murmuró con voz trémula y apagada.

Tío Nardo, más optimista, por no decir menos cariñoso que su mujer, nocomprendiendo aquel trance tan angustioso, hacía los mayores esfuerzospor atraerla á su terreno.

—Yo no sé, Nisca—le dijo cuando estuvieron solos,—qué demonches demosca te ha picao de un tiempo acá, que no haces más que gimotear. Puesal muchacho no soy yo quien le echa de casa, que allá nos anduvimos alefeuto de embarcarle…; y por Dios que no lo afeaste nunca bastante, nite opusiste de veras.

—Y ¿qué había de hacer yo? Tampoco hoy me opongo, aunque cuanto más seacerca la hora de despedirme de él…. ¡Pobre hijo mío!… Dícenme quepuede hacerse rico…; ¡y nosotros somos tan pobres! ¡Ofrecen tan pocopara un hombre estos cuatro terrones que el Señor nos ha dado!… ¡Ay,si Él quisiera favorecerle!…

—Pues ¿qué ha de hacer, tocha? ¡No, que no!…; ahí tienes á don Damián….

—¡Siempre habéis de salirme con don Damián!

—Y con muchísima razón. ¿Qué mejor ejemplo? Un señor que vino al pueblocargado de talegas; que á todos sus parientes ha puesto hechos unosseñores; que no bien sabe que hay un vecino necesitao, ya está élsocorriéndole; que alza él solo casi todas las cargas del lugar; quecorta todos los pleitos para que no se coma la Justicia la razón delque la tiene y el haber de la otra parte, y que no quiere por tantobeneficio más que la bendición de los hombres de bien. ¿Qué mássatisfacción para nosotros que ver á nuestro hijo en el día de mañanabendecido como don Damián?

—¡Ay, Nardo!; en primer lugar, don Damián fué siempre muy honrado….

—No viene Andrés de casta de pícaros.

—Después, Dios le ayudó para que hiciera suerte.

—Y ¿por qué no ha de ayudar á Andrés?

—Don Damián fué un señor desde sus principios, y cuando salió de aquíllevaba muchos estudios y sabía tratar con personas decentes…; y habíaheredado la levita, que esto vale mucho para bandearse fuera de losbardales del lugar.

—¡Bah, bah!…; ríete de cuentos, Nisca, que todos los hombres nacimosde la tierra y tenemos cinco dedos en cada mano.

—Valiera más, Nardo, que en lugar de fijarnos en ejemplos como el deese buen señor para echar de casa á nuestros hijos, volviéramos los ojosá otros más desgraciados. ¡Cuántas lágrimas se ahorrarían así!… Sin irmás lejos, ahí está nuestra vecina que no halla consuelo hace un mes,llorando al hijo de su alma que se le murió en un hospital al pocotiempo de llegar á la Habana.

—Sí; pero ese muchacho….

—Era tan sano y tan robusto como Andrés, y como él era joven y llevababuenas recomendaciones.

También las llevó el del tío Pedro, y muriópobre y desamparado en lo más lejos de aquellas tierras….

Biencolocado estaba el sobrino del señor alcalde, y malas compañías lellevaron á perecer en una cárcel; y Dios parece que lo dispuso así,porque cuentan que si sale de ella hubiera sido para ir á peor paraje.Veinte años bregó con la fortuna su primo Antón, y, por no morirse dehambre, anda hoy de triste marinero ganando un pedazo de pan por esosmares de Dios. Bien cerca de tu casa tienes al pobre hijo de Pedro Gómezesperando á que se le acabe la poca salud que trajo de las Indias alcabo de quince años de buscarse en ellas la fortuna, para que Dios lelleve á descansar á su lado; pues ya, pobre y enfermo, ni vale paraapoyo de su familia, ni para el pueblo, ni para sí mismo, que es lopeor…; y bien reniega de la hora en que salió de su casa….

—¡Anda, anda!…; ¡echa por esa boca desventuras y lástimas! ¿Por quéno te acuerdas del hijo del Manco y de el del alguacil, que dicen quegastan coche en la Habana y que están tan ricos que no saben lo quetienen?

—¡Mal año para ellos, que dejan morir de miseria á sus familias que searruinaron por embarcarlos, y ni siquiera se acuerdan de la tierra enque vieron el sol! … mucho quiero á ese pobre hijo que se va á ir porese mundo; pero antes que verle mañana sin religión, olvidado de sufamilia y de su tierra (Dios me perdone si en ello le ofendo), quisierala noticia de que se había muerto.

—Vaya, Nisca, que hoy te da el naipe para sermones de ánimas….

Todavía me has de hacer ver el asunto por el lado triste.

—¡Dichoso de ti, Nardo, que no le has visto ya!

—No seas tonta, que yo no puedo ver esas cosas como tú las ves….

Porque este lugar haya sido poco afortunado para los indianos….

—Calcula tú cómo andarán los demás … cuando en este rincón solo haytanta lástima. ¡Ay, Nardo!; aunque yo no lo tocara con mis manos ni loviera con mis ojos, los consejos de don Damián, con la experiencia quetiene, serían de sobra para que yo llorara al echar, sola por el mundo,á esa pobre criatura.

La salida de Andrés interrumpió este diálogo. Traía puesto su traje decamino, nuevo también, pero de corte más humilde que el que se habíaquitado para que su hermana se le guardase.

Tía Nisca se enjugó apresuradamente los ojos al ver á su hijo, y plegócon esmero sobre sus rodillas la camisa que había concluído.

Toda aquella tarde se invirtió en arreglar el equipaje de Andrés, y alanochecer se rezó el rosario con más devoción que nunca, pidiendo todosá la Virgen, con esa fe profunda y consoladora de un corazón cristiano,amparo para el que se iba, y, para los que se quedaban, resignación yvida hasta volver á verle.

III

Ahora, si el lector lo consiente, que sí lo consentirá, pues no lecuesta dinero ni cosa que lo valga, vamos á trasladarnos con la escena áotra parte.

Estamos en el magnífico Muelle de Santander.

Como de ordinario, multitud de carros, bultos de mercancías, básculas,corredores, dependientes, comerciantes, marineros, pescadores, vagos ycuriosos forasteros, en el más agitado y bullicioso desorden, le hacenintransitable desde la Ribera al café Suizo. Fijémonos un momento eneste último punto, como el más despejado. Frente á la puerta pasan trespersonas que nos son muy conocidas, y siguen, sin detenerse un segundoante las vidrieras del establecimiento para ver sus espejos y divanes,hacia la punta del Muelle.

Estos personajes son Andrés, su padre y sumadre. El primero en medio de los otros dos, metidas las manos en losbolsillos de sus anchos pantalones, tiradas hacia la espalda las solapasde la levita consabida, y el hongo muy calado sobre el cogote. El tíoNardo á la derecha, con su vestido nuevo de paño pardo, y su mujer alotro lado, con muselina blanca á la cabeza, la saya morada de losdomingos colgada al hombro, y terciado en el brazo opuesto un granparaguas envuelto en funda de percal rayado. Los tres caminan sindecirse una palabra: tío Nardo con las más visibles muestras deindiferencia; su mujer abismada como siempre en su pena, y mirando altravés de sus lágrimas el barco fatal que espera á su hijo, meciéndosesobre las aguas á una milla del Muelle. En cuanto á Andrés, á juzgar porsu resuelto continente y por su sonrisa desdeñosa, puede asegurarse queacaricia la ilusión de construir por su cuenta, á su vuelta de América,un barrio tan elegante y monumental como el que va recorriendo.

Tres días hace que llegaron del pueblo. Despachados los papeles y demásdiligencias indispensables á todo pasajero, sólo se pensó ya encomplacer á Andrés y en proporcionarle cuantas distracciones estuvieranal alcance de sus recursos. Tuvo éste á su disposición dos días y cercade veinte duros. De modo que á la hora en que le volvemos á encontrar,no cuenta un solo deseo que no haya visto satisfecho; es decir, se habebido, vaso á vaso, más de media cántara de agua de limón «fría como lanieve»; ha comido, de seis en seis, más de un ciento de merengues; haconvidado á cuantos paisanos y conocidos hallaba al paso; ha compradouna

sinfonía

en una tienda de alemanes, y ha oído una misa mayor en laCatedral. Total de gastos, con hospedaje y alimentos de las trespersonas en el

Cuartelillo

, cinco napoleones. Nada, pues, le quedabaya que ver, como él decía, cuando le avisaron que era precisoembarcarse, porque estaba la fragata lista para darse á la vela.

Esta noticia, que no le sorprendió lo más mínimo, acabó de anonadar á sumadre y sacó, por un instante, de su habitual atolondramiento á tíoNardo.

Sigámosles ahora por el Muelle. En la última rampa se embarcan en unbote que se dirige en seguida á la fragata que aún no ha contempladoAndrés más que de lejos, sin que por ello la haya perdido de vista unsolo día desde su llegada á Santander; por consiguiente, no ha podidoformarse todavía una idea exacta de lo que ella es.

Á medida que se aproximaban los tres al buque, éste va desarrollando ásus ojos sus gigantescas proporciones; su negra mole parece que surgedel agua, y tía Nisca, aunque jamás se forja ilusiones ni las toma encuenta para nada, lo cree como el Evangelio. Y cree más: para ella,aquel volumen enorme tiene una fisonomía, fisonomía satánica, imponente,que la mira siempre y con un gesto terrible que hiela la sangre en susvenas. Los gritos de adentro y el sinnúmero de caras que asoman sobre laborda mirando á los del bote que llega, le parecen el alma diabólica ymultiforme de aquel monstruoso cuerpo en cuyos antros va á desaparecerquizá para siempre, el hijo de su amor. El atezado rostro de tía Niscase vuelve lívido.

Andrés, por el contrario, se entusiasma más y más según que se acerca ála fragata. La magnitud de su casco, la elevación de sus palos, ellaberinto de su jarcia, todo le enamora y hasta le enorgullece. ¿Quévale la pobre choza de su aldea junto á aquel flotante palacio que va áhabitar durante mes y medio?

En cuanto á tío Nardo, si hemos de ser justos, desde que pudo apreciarla magnitud real y efectiva del barco hasta que llegó á su costado, nopensó más que en calcular cómo no se iría á pique un cuerpo tan pesado,siendo el cuerpo tan

duro

y tan

blando

el elemento que le sostenía;cuestión que trató con sus vecinos más de una vez, á su vuelta á laaldea.

Otro cuadro más raro tienen que contemplar nuestros tres conocidos alllegar sobre cubierta: montones de jarcia, cajas de provisiones, una resacabada de desollar, enormes jaulas conteniendo vacas, cerdos ycarneros, y otras menores con gallinas; grupos de marineros acá izandouna verga, allá bajando pesados bultos á la bodega; y por último,revueltos y deslizándose entre tanto obstáculo, más de un centenar demuchachuelos del corte de nuestro aspirante á indiano. Todo esto juntoproduce un ruido infernal. Tío Nardo se marea, su mujer solloza y Andrésobserva impávido.

De aquella turba de niños, algunos lloran, otros meditan tristementereclinados contra la borda, otros miran atónitos cuanto les rodea…,¡muy pocos ríen! Todos, como Andrés, van á América buscando la fortuna;todos van, como él, poco más que á merced de la casualidad…. Seamosexactos: muchos de ellos no llevan ni siquiera una carta como la de donDamián.

De todos los que acompañan á Andrés, acaso no encuentre uno solo lo queva buscando; quizá todos ellos contemplen por la última vez de su vidala tierra sobre que han nacido.

Tía Nisca logra ver el sitio que se destina á su hijo en la fragata.

Sobre la carga que ésta lleva en sus bodegas, se han tendido unas tablasde pino; entre estas tablas y la cubierta, espacio mucho más bajo que latalla de un hombre, se han colocado en fila tantas colchonetas como sonlos pasajeros: una de ellas es la de Andrés. Este departamento es el quese conoce con el nombre de

sollado

. La pobre madre se estremece al verla mezquindad del sitio destinado al reposo de su hijo. Aquello esinsano, no tiene bastante ventilación…; ¡si Andrés se pusieraenfermo!…

No corre, vuela en busca del capitán…. Quiere gratificarle…, comprarun poco de comodidad para aquella inocente criatura. Se palpa losbolsillos, rebusca los de su marido; pero sólo puede reunir … ¡medioduro! ¡Y

el capitán es un señor tan elegante! ¿Con qué cara le ha deofrecer ella diez reales? Pero nota, en su defecto, que tiene la miradamuy noble. Se decide á hablarle, y entre lágrimas y sollozos,

—Señor—le dice,—el hijo mío que va á la Habana es Andrés, aquelmuchacho tan guapo y tan listo que está mirando hacia acá. Créame usted,señor: no va en primera cámara porque ni aun vendiendo la camisahubiéramos podido reunir tanto dinero si habíamos de dejarle algo alpobre muchacho por lo que pudiera sucederle fuera de su casa. Le juro áusted que es la pura verdad lo que le digo. Pero yo no sabía que elsitio donde tenía que ir era tan angosto, que si no, ¡ay, Dios mío! …mire usted señor, somos unos pobres; pero si al mi Andrés le atendieranalgo por el camino…. No es esto decir que yo desconfíe de usted,

¡aveMaría Purísima! Usted es hombre honrado, y no hay más que mirarle para… voy al decir, que…. ¡Hijo mió de mi alma!…; yo no sé ya lo quedigo ni lo que he de hacer porque lo pase más á gusto.

Las lágrimas ahogan á la pobre mujer, y el dolor perturba su razón.

El capitán, respetándole en todo lo que vale, promete á la afligidamadre un sitio en primera cámara para su hijo en cuanto se hagan á lamar y trata de consolarla con cariñosas aunque breves palabras.

Esta misma táctica ha seguido siempre con todas las madres de lospasajeros que han ido á su cuidado, porque es de advertir que todasellas han solicitado para sus hijos lo mismo que la tía Nisca paraAndrés.

Convengamos en que, en la imposibilidad de complacerlas, es muyrecomendable esta manera de engañarlas á todas.

Tía Nisca vuelve más animada adonde está su hijo, á quien refiere entrebendiciones, la buena acogida que le dispensó el capitán. Después,abrazándole estrechamente, le recomienda de nuevo mucha devoción alescapulario bendito de la Virgen del Carmen que lleva sobre su pecho;que sea bueno y sumiso; que huya de las malas compañías; que piensesiempre en su pobre choza y en su patria…, en fin, cuanto es denecesidad que recomiende una madre cariñosa á un hijo querido en elinstante supremo de una larga ó tal vez eterna separación.

Pero el sonido metálico y vibrante del molinete se oye: comienzan álevar anclas, y es preciso separarse.

La desdichada madre siente que hasta la voz le falta para decir elúltimo «adiós». Andrés comprende por primera vez lo que es perder devista su hogar y su patria, y lanzarse niño y solo á los desiertos delmundo, y también por primera vez llora, y acaso se arrepiente de suempresa; tío Nardo mira hacia el Muelle y procura no hablar para que nose vean las lágrimas que al cabo vierte, ni descubra su voz la pena quehay en su pecho; y deseando abreviar aquella escena por afligir menos ásu hijo, estréchale en silencio entre sus brazos, coge por otrobruscamente á su mujer y desciende con ella al bote, imponiéndose ladura penitencia de no mirar á la fragata hasta que llegue al Muelle.

Cuando en él desembarcan, tía Nisca se deja caer en el umbral de laprimera puerta que hallan al paso. Con los codos sobre sus rodillas, lacabeza entre las manos, los ojos fijos en la fragata y la cara inundadaen llanto, espera inmóvil, como una estatua del dolor, á que el buquedesaparezca. Tío Nardo de pie á su lado, pero algo más tranquilo,respeta la situación de su mujer y no se atreve á separarla de allí.

Transcurre media hora.

La fragata despliega al viento su blanco velamen; hunde la proa en lasaguas, como si dirigiera un galante saludo de despedida al puerto, y,deslizando rápidamente su quilla, desaparece en breve detrás de SanMartín.

Al perderla de vista no cayó la pobre aldeana exánime sobre las losasdel Muelle, porque Dios ha dado á estas criaturas una fuerza y una fetan grandes como sus infortunios….

IV

Aquella misma tarde, á la caída del sol, atravesaban tío Nardo y sumujer la extensa sierra que conduce á su lugar. Mustios iban los dos ycabizbajos, el uno en pos del otro. Pensaban en Andrés. Pero tía Nisca,de imaginación más activa que su marido, examinaba interiormente elcuadro de sus pesares, ¡y no le faltaban causas con que justificar todala amargura de los dolores que sentía! Por eso no pudo menos de dirigirun duro apóstrofe á la tierra que pisaba, viéndola poblada de ásperosescajos, y cuya aparente esterilidad alejaba de ella á sus hijos parabuscar en país remoto lo que la madre patria no podía darles. ¡Cargoinjusto, por cierto, y que, perpetuamente en boca de tantos ignorantes,sostiene en esta provincia la plaga de emigración que la despuebla!…

Pero antes que de la pluma se me escapen ciertas reflexiones, máspropias del periodista que del pintor, volvamos á nuestros personajes,aunque no sea más que para despedirnos de ellos.

Es ya inútil: pasada la sierra, han desaparecido por una extrecha ylarga calleja formada por dos frondosas seturas, verde y pintorescotoldo cuyas paredes no pueden atravesar los débiles rayos del sol que vaá ocultarse: tampoco se columbra un alma en la campiña; y sólo turba elsilencio de aquella soledad la voz de una mujer que, desde el fondo dela calleja, canta á grito pelado:

«Á las Indias van los hombres, á las Indias por ganar: las Indias aquí las tienen si quisieran trabajar.»

Esta mujer ha debido de encontrar, yendo á la fuente, á tía Nisca y á sumarido. Quizás al verlos caminar silenciosa y tristemente hacia su casa,ha recordado esa estrofa que, por otra parte viene como de molde paradar fin á este cuadro, porque precisamente es la síntesis de él.

LA COSTURERA

(PINTADA POR SÍ MISMA)

—Qué linda está usted hoy, Teresa!

—¡Vaya!

—Es la pura verdad. Ese pañolito de crespón rojo junto á ese cuello tanblanco….

—¡Dale!

—Ese pelo, tan negro como los ojos….

—¡Otra!

—Y luego, una cinturita como la de usted, entre los pliegues de unafalda tan graciosa. ¡Vaya una indiana bonita!

—¡Jesús!

—Es que me gusta mucho el color de lila…, cae muy bien sobre unzapatito de charol tan mono como el de usted…. ¡Ay qué pie tanchiquitín!… ¡Si le sacara un poco más!…

—¡Hija, qué hombre!

—Yo quisiera tener una fotografía de usted en esa postura, peromirándome á mí.

—¡Vaya un gusto!

—Ya se ve que sí.

—Pues también yo tengo fotografías, sépalo usted.

—¡Hola!

—Y hecha por

Pica-Groom

.

—¿En la postura que yo digo?

—¡Quiá!; no, señor. Estoy de baile, como iba el domingo cuando usté nosencontró junto á la fábrica del gas.

—Por cierto que no quiso usted mirarme. ¡Como iba usted tanentretenida!…

—¡Si éramos ocho ó nueve!

—¡Pero qué nueve, Teresa! Parecían ustedes un coro de Musas.

—Usté siempre poniendo motes á todo el mundo.

—Es que entre aquellos árboles, y subiendo la cuesta…, ni más nimenos que la del monte Helicona….

—¿Ónde está eso?

—¿Helicona?… Un poco más allá de Torrelavega. El que no me gustó fuéaquel Apolo que las acompañaba á ustedes.

—Si no se llama Polo…. Es un chico del comercio.

-Lo supongo. Quiero decir que iba algo cursi. ¡Y ustedes iban tanvaporosas, tan bonitas!

—¡Otra! Si íbamos al baile de Miranda, como todos los domingos.

—Ya oí el organillo.

—Y aquél que nos acompañaba era uno de los que dan el baile…. Y comonos había regalado billetes para todos los de verano en la huerta, y, siá mano viene, nos convida también á los de ivierno, de salón….

—Ya sé que son chicos muy galantes esos empresarios y sus amigos: ellospagan para que ustedes bailen todo el año gratis.

—Cabal. Y tan buenas somos nosotras como las señoritas que hacen lomismo.

—Ya se ve que sí.

—Me parece que

La Nata y Flor

y

El Órgano

, no tienen nada queenvidiar á ningún baile.

—Sobre todo en caras bonitas y cuerpos de sal y pimienta.