Escenas Montañesas by José María de Pereda - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

Escenas Montañesas

OBRAS COMPLETAS

DE

D. JOSÉ M. DE PEREDA

DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

TOMO V

ESCENAS MONTAÑESAS

MADRID

1919

ADVERTENCIA

Ha llegado el momento de realizar el propósito anunciado en la que seestampa en el tomo I de esta colección de mis

OBRAS;

y le realizoincluyendo en el presente volumen los cuadros

Un marino, Los bailescampestres

y

El fin de una raza,

desglosados, con este objeto, dellibro rotulado

ESBOZOS Y RASGUÑOS,

en el cual aparecerán, en cambio yen su día

, Las visitas y ¡Cómo se miente!,

que hasta ahora han formadoparte de las

ESCENAS MONTAÑESAS.

Por lo que toca á

La primeradeclaración

y

Los pastorcillos,

si algún lector tiene el mal gusto deechar de menos estos capítulos en cualquiera de los dos libros, entiendaque he resuelto darles eterna sepultura en el fondo de mis cartapacios,y ¡ojalá pudiera también borrarlos de la memoria de cuantos los hanconocido en las anteriores ediciones de las ESCENAS!

Con este trastrueque, merced al cual ganan algo indudablemente ambasobras en unidad de pensamiento y en entonación de colorido, se haceindispensable la supresión del prólogo de mi insigne padrino literario,Trueba, el cual prólogo es un análisis de las

ESCENAS,

cuadro porcuadro, y en el orden mismo en que se publicaron en la primera edición;y suprimido este prólogo, claro es que debe suprimirse también el mío,que le precede en la edición de Santander y no contiene otro interéspara los lectores que el engarce de unos párrafos de Menéndez y Pelayo,en los cuales se ventila á la ligera una cuestión de arte que el mismoilustre escritor trata con la extensión debida en el estudio que va alfrente del tomo I de estas

OBRAS.

Y con esto, y con añadir que todos los cuadros de este libro que nolleven su fecha al pie, ó alguna advertencia que indique lo contrario,son de la edición de 1864, queda advertido cuanto tenía que advertir alpúblico en este lugar su muy atento y obligado amigo

,

J.M. DE PEREDA.

Septiembre de 1885.

SANTANDER

(ANTAÑO Y OGAÑO)

I

Las plantas del Norte se marchitan con el sol de los trópicos.

La esclavizada raza de Mahoma se asfixia bajo el peso de la libertadeuropea.

El sencillo aldeano de nuestros campos, tan risueño y expansivo entrelos suyos, enmudece y se apena en medio del bullicio de la ciudad.

Todo lo cual no nos priva de ensalzar las ventajas que tienen los Cármenes

de Granada sobre las estepas de Rusia, ni de empeñarnos enque usen tirillas y fraque las kabilas de Anghera, y en que dejen sustardas yuntas por las veloces locomotoras nuestros patriarcalescampesinos….

Pero sí me autoriza un tanto para reirme de esas largas disertacionesencaminadas á demostrar que los nietos de Caín no supieron lo que erafelicidad hasta que vinieron los fósforos al mundo, ó, mejor dicho, losfosforeros, ó como si dijéramos, los hombres de ogaño.

Y me río muy descuidado de la desdeñosa compasión con que hoy se mira álos tiempos de nuestros padres, porque éstos, en los suyos, también sereían de los de nuestros abuelos, que, asimismo, se rieron de los de susantepasados; del mismo modo que nuestros hijos se reirán mañana denosotros; porque, como es público y notorio, las generaciones, desdeAdán, se vienen riendo las unas de las otras.

Quién hasta hoy se haya reído con más razón, es lo que aún no se hapodido averiguar y es probable que no se averigüe hasta que ría elúltimo; pero que cada generación cree tener más derechos que ningunaotra para reirse de todas las demás, es evidente.

He dicho que el hombre se ríe de cuanto le ha antecedido en el mundo; yhe dicho mal: también se ríe de lo que le sigue mientras le quedanmandíbulas que batir.

Resultado: que el hombre no halla bueno y tolerable sino aquello en queél toma parte, ó en que la toman los de su lechigada. Mientras es actoren los sucesos del siglo en que nace, todo va bien; pero desde elmomento en que, gastado el eje de su vida, se constituye en meroespectador, nada es de su agrado.—Abrid la historia de las pasadassociedades; leed al filósofo crítico más reverendo, y le veréis mientrasse jacta de haber dado ensanche al patrimonio ruin de la inteligenciaque heredó de sus mayores, lamentarse de los locos extravíos de la desus hijos.

Y cuando á los nuestros entreguemos mañana el imperio del mundo,palparemos más evidente esta verdad.

Una vez apoderados ellos del cetro,veréis lo que tarda nuestra generación, entonces caduca é impotente, enllamarlos dementes y desatentados; casi tan poco como en que ellos nosmiren con lástima, y, alumbrados por el sol de la electricidad, se ríaná nuestras encanecidas barbas de los resoplidos del vapor de nuestraslocomotoras.

Y esto ¿qué significa?

Que la humanidad siempre es la misma bajo los distintos disfraces conque se va presentando en cada siglo.

Y si el lector al llegar aquí, y en uso de su derecho, me pregunta á quéconducen las anteriores perogrullescas reflexiones, le diré que ellasson lo único que saqué en limpio de mi última sesión con mi buen amigodon Pelegrín.

Don Pelegrín Tarín es un señor fechado aún más allá de la última decenadel siglo XVIII, uno de esos hombres cuyo conocimiento se hace en elcafé con motivo de una jugada á las damas, ó la duda de una fecha, ó elrelato de un episodio de la guerra de la Independencia; un señor chapadoy claveteado á la antigua, y en cuyo ropaje y fachada se puede estudiarla historia civil y política de su tiempo, del mismo modo que sobre unmurallón cubierto de grietas y de musgo se estudia el carácter de laépoca en que se construyó … y no sé cuántas cosas más, según es fama.

La verdad es, sin que importe el cómo, que don Pelegrín se hizo amigomío, y que raro es el día en que no me echa un párrafo de historiaantigua, apenas entro en el café, su morada habitual desde las tres dela tarde hasta las ocho de la noche, y me siento en mi rincónpreferido… Y ahora recuerdo que la coincidencia de buscar los dos elángulo más apartado, á la vez que el sofá más mullido del café, dióorigen á nuestro conocimiento.

Comenzó el buen señor por aburrirme muchas veces, hablándome de laguerra del francés

, como él dice, y del Duque de Wellington. Hablábametambién á cada paso de la política del Rey y de los puntales del Tesoro,del pingüe resultado de los

gremios

… y qué sé yo de cuántas cosasmás; y haciendo sus aplicaciones á las modernas doctrinas y al presentesistema administrativo, sacaba las consecuencias que le daba la gana,porque yo á todo atendía menos á contradecirle. Pero comenzó un día áhablarme del Santander de sus tiempos y de las costumbres de sujuventud, y sin darme cuenta de lo que me sucedía, halléme con que meiba interesando el viejo don Pelegrín. ¿Y cómo no interesarme si es lamejor crónica del pueblo, la única tal vez que nos queda? Desde entoncesestreché más mi trato con él, y di en agobiarle á preguntas. Pero elbendito señor, sea efecto de sus años ó de su carácter vehemente, tienela costumbre de comentar todo lo que dice y de meterse á filosofar y áhacer digresiones sobre la cosa más trivial; de suerte que nunca pudeobtener un cuadro exacto y bien detallado del Santander de antaño, talcomo yo le quería para dársele á mis lectores, seguro de que me leagradecerían como una curiosidad. Lo más acabado que salió de sudescriptivo-crítico ingenio, es lo que ustedes van á leer (si tantahonra quieren dispensarme).

Malo ó bueno, ello es de la propiedad de don Pelegrín, y en él declinomi responsabilidad….

II

Después de un vago preámbulo, exclamó así el buen señor:

—Mire usted, amigo mío: yo no estoy literalmente reñido con esabatahola infernal, con ese movimiento que forma hoy la base de lasociedad en que ustedes viven, no señor: comprendo perfectamente todo loque vale y el caudal inmenso de ilustración que representa; pero esto nopuede satisfacer las humildes ambiciones de un hombre de mis años.Desengáñese usted, yo no puedo menos de recordar con entusiasmo aquellascostumbres rancias, tan ridiculizadas por los modernos reformistas:ellas me nutrieron, entre ellas crecí y á ellas debo lo poco que valgo yel fundamento de esta familia que hoy me rodea, y, aunque montada á lamoderna, respeta mis manías

, como ustedes dicen, y me permite vivircincuenta años más atrás que ella. No tengo inconveniente en decirlo:mis vigilias, mis anhelos, todos mis afanes materiales han sido y aunson para mis hijos; pero lo demás…. ¡Ah!; lo demás, incluso el traje,como usted está viendo, todo lo rindo en honor de aquellos felicestiempos de mi juventud.

Dicho lo cual sin resollar y con visible emoción, don Pelegrín, como decostumbre, disertó sobre la sencillez de las costumbres de sus tiempos,afanándose por convencerme de que eran mucho más recomendables que lasnuestras, con la cual intención, asegurándome que la historia de loshombres de entonces, socialmente considerados, era,

plus minusve

, unamisma en cada categoría, trazóme de la suya lo que

ad pedem literae

voy á copiar:

—Á los diez y siete años—dijo—había terminado yo la escuela; sabíalas cuentas hasta la de cuartos-reales

, y tenía una forma de letraque, como decía mi maestro, se escapaba del papel. Á los diez y ochoentré con los Padres Escolapios á estudiar latín; á los veintitrés eratodo un filósofo apto para emprender cualquier carrera literaria.

Mi señor padre (que Dios haya), fundándose en que ya había en la familiaun fraile, un guardia y un empleado en las Covachuelas de Madrid, seempeñó en que yo fuese jurisconsulto, por lo cual había escrito áSalamanca, un año antes de terminar yo la filosofía, en demanda dehospedaje y de recua que me condujese, en retorno de una de susexpediciones semestrales de garbanzos, juntamente con los otros dosestudiantes que, según se murmuraba por el pueblo, debían marchartambién con igual destino que yo….

¡Me parece que fué ayer cuando, porprimera vez en mi vida, salí á correr el mundo!…

En el mesón del

Monje

, que estaba al principio de la calle de SanFrancisco, monté sobre un macho cargado de azúcar y campeche; después dehaber recibido la bendición de mi señor padre que me contemplaba consereno rostro, aunque con el alma acongojada por la idea de separarse demí. También estaban allí los padres de mis dos compañeros de expedición,los amigos de todos ellos y los curiosos que nos habían visto confesarel día antes; medio pueblo, amigo mío, nos rodeaba en el mesón; mediopueblo que nos siguió hasta el Cristo de Becedo, que estaba en el lugarque después ocupó el Peso público, y últimamente esa gran casa quellaman también del Peso. Allí rezamos un

Credo

, postrados todos dehinojos; eché algunos cuartos en el cepillo del santuario, volví ámontar sobre el macho, y con un «buen viaje» de todos y una mirada de miseñor padre que hizo brotar las lágrimas de mis ojos, partimos mis dosamigos y yo para Salamanca, adonde llegamos sanos y salvos, después demil divertidos episodios, que tal vez le cuente en otra ocasión, á losdiez y nueve días, ocho horas y catorce minutos.

—¿Es posible—dije interrumpiendo á don Pelegrín—que sólo tresestudiantes salieran de Santander en un año?

—Y era mucho salir—me contestó en tono enfático.—Repare usted queestaba carilla la carrera de letrado.

Solamente el arriero costaba alpie de quince duros aunque era de su obligación mantenernos á su costadurante el viaje; y la estancia anual en Salamanca no nos bajaba á cadauno, con ropa limpia y derechos de Universidad, de mil quinientos á dosmil reales.

—¡Cáspita!—exclamé yo muy serio, acordándome de lo que había gastadoen los tres días del último carnaval de mi vida de estudiante.—¡Ahí eraun grano de anís!… Pero no sabía yo, don Pelegrín, que fuese ustedabogado.

—Y no lo soy, ¡ca!…; porque verá usted lo que pasó. En las primerasvacaciones que me dieron, y en recompensa de la buena censura que obtuvedel sinodal en el examen, me permitió mi señor padre que hiciese unviaje de recreo adonde más me acomodase y por todo el tiempo que mepareciese prudente.

Entonces estaba muy de moda entre los jóvenespudientes de aquí, irse á San Juan de Luz y á Bilbao, con motivo de unoscélebres partidos de pelota que había á cada paso entre vascongados ybayoneses.

Yo elegí el último punto por la comodidad con que entonces sehacía el viaje; pues había un paquete

quincenal entre aquel puerto yéste; un quechemarín que se ponía junto á la botica del doctorCuesta….

¿Se admira usted? Es que entonces ni existía la plaza de laVerdura, ni en su existencia se pensaba, porque llegaba la marea muycerca del Arco de la Reina. Pues, señor, tomé pasaje en el quechemarín,cuyo capitán era conocido de mi padre; y en la confianza de quetardaríamos día y medio en llegar, como era costumbre del barco, segúndecían, y por eso se llamaba el Rápido

, hicímonos á la mar. Pero dióen soplar un vientecillo del Nordeste apenas montamos el cabo Quejo, quenos echó sobre Llanes cuando pensábamos alcanzar á Portugalete. Allí searmó un zipizape del Noroeste con tal cerrazón y tales celliscas, que alcuarto día amanecimos mar adentro y sin ver una pizca de tierra. Elcapitán, según entonces nos confesó, nunca había navegado más que por lacosta de Vizcaya, ni conocía la altura en que nos hallábamos, ni, lo queera peor, el modo de averiguarlo: así fué que, encomendándonos á Dios,pusimos la popa al viento, trincamos el timón, y á los siete días detormenta nos colamos de noche en un boquete que al capitán se le antojóSantoña; mas al preguntar, cuando amaneció, al patrón de un patache queteníamos al costado, en dónde nos hallábamos, supimos que en Castropol.Para abreviar, amigo mío: á los diez y siete días de nuestra salida deSantander volvimos á fondear en las Atarazanas, después de habernosequivocado en todos los puertos de la costa, y sin poder tropezar con elque íbamos buscando. Á mi familia, que en todo ese tiempo no tuvonoticias mías, figúrese usted que entrañas se le habrían puesto: por loque hace á mi padre, juró que en su vida me volvería á separar de sulado, y así sucedió.—Ahora comprenderá usted por qué abandoné lacarrera.

Veinticinco años había cumplido cuando entré en una de las pocas casasde comercio que había en Santander, con ánimo de instruirme en el ramopara poder bandearme después por mi cuenta. ¡Qué vida aquélla, cuandiferente de la de ustedes … y qué placentera, sin embargo! Y eso queno teníamos bailes de campo en el verano, ni fondas en el Sardinero, nitrenes de recreo, como ahora. No hablemos de los días de labor, porqueen éstos se daba por muy contento el que de nosotros sacaba permiso paraayudar una misa en Consolación ó para cantar un responso con los Padresde San Francisco; pero llegaba el domingo, ¡válgame Dios!, y ya no noscabía en el pueblo tan pronto como se acababa el Rosario de la OrdenTercera, durante el que (Dios me lo perdone) nunca faltaba un ratoncitoque soltar entre los devotos, ó alguna divisa que poner en la coleta dealgún currutaco. ¿Ve usted esas casas primeras de la Cuesta delHospital? Pues en su lugar había un prado que cogía parte de la plaza deSan Francisco. Allí jugábamos al

jito

, y á la

catona

, hasta sudarla gota de medio adarme; también jugábamos á las guerrillas

y al

rodrigón

, juegos muy en uso entonces que los había traído un salmistade Cervatos, emigrado por cierto pique que tuvo con un prebendado deaquella Colegial. Otras veces nos íbamos á echar cometas al Molino deViento, ó á chichonar grilleras á los prados de Viñas, según lasestaciones del año, ó á saltar las huertas de San José, que á todohacíamos, como jóvenes que éramos…. Yo, sobre todo, con este genio tanfrancote y acomodado que Dios me dió, gozaba con todo mi corazón. Teníados amigos en la calle de San Francisco que parecían nacidos para mí. Eluno tocaba el pífano y el otro el rabel, entrambos de afición; pero ¡quétocar!… Yo también era aficionadillo á la música, y punteaba en laguitarra un baile estirio y dos minuetes. Pues, señor, nos poníamos lostres al anochecer de los domingos del verano, después de nuestra partidade

jito

, á la puerta del balcón, y dale que le das á los instrumentos,llegábamos á reunir en la calle una romería. Personas de todas edades ycondiciones, cuanta gente volvía de pasear ó de la novena, se plantabaal pie del balcón hasta que nosotros nos retirábamos…. Y vea usted,qué demonio: en cuanto llegó á hacerse de moda en aquella calle lareunión del pueblo, nos prohibió tocar el señor Corregidor.

Yo no séqué se corría entonces por la ciudad sobre francmasonería. La guerra delfrancés había dejado á las gentes muy recelosas y asombradizas, y lanota de

afrancesado

todavía quitaba el sueño á más de cuatroespañoles. Lo cierto es que por entonces comenzaron á gastar loselegantes el

pequé

sobre el

sortut

, y las madamitas la

escofieta

con sus

airones

de á media vara; también se introdujeron en la mesa lasopa á la ubada

, el principio de

pulpitón

y el postre de

compota

,que de allí data el que ustedes usan…; en fin, que las señas eranfatales; que se temía una logia á cada vuelta de esquina, y que creímosmuy natural la prohibición del señor Corregidor, que temblaba, como élnos dijo, toda reunión que pasara de tres individuos.

III

—Pues, señor, volviendo al asunto, y en la imposibilidad de referirpunto por punto toda la historia de mi juventud, porque no acabaríamoshoy, le diré á usted que á los cinco años de mi práctica de comerciante,habiendo conocido perfectamente el manejo de los negocios y á una jovenvecina de mi principal, monté de cuenta propia un establecimiento degéneros de refino, y me casé el día mismo en que cumplía treinta y unaños; cosa que me costó mis trabajillos, porque los once meses deSalamanca me habían procurado una reputación de calavera de todos losdemonios.—Casado ya, mi vida tomó un giro enteramente diverso del dehasta entonces. Desde luego fuí nombrado síndico del gremio dezapateros, procurador municipal de dos pueblos agregados á esteayuntamiento, vocal perpetuo de una junta de parroquia, tesorero de laMilicia Cristiana y asesor jurado de una comisión calificadora para losdelitos de sospecha de traición á la causa del Rey. Con todos estoscargos me puse en roce con las personas más importantes de la ciudad yme dieron entrada en palacio

, que era todo mi anhelo ya mucho tiempohacía, porque Su Ilustrísima era hombre de gran eco entre las gentonasde Madrid, y lo que por su conducto se averiguaba en Santander, no habíaque preguntar si era el Evangelio. Tenía Su Ilustrísima tertulia diariade ocho á nueve de la noche, y la formábamos un médico muy famoso porsus chistes, que hablaba latín

como agua

; el P. Prior de SanFrancisco, hombre sentencioso y de gran consejo; un abogado del Rey,caballero de Carlos III; mi humildísima persona, y un Intendente derentas, hombre de bien, si los había, temeroso de Dios como ninguno,servicial y placentero que no había más que pedir…. Por cierto quemurió años después en Cádiz, de una disentería cuando el sitio delfrancés. Éstas eran las personas constantes alrededor de Su Ilustrísima;además había otras muchas que alternaban cuando les parecía oportuno.—

Para que usted se forme una idea del carácter del bendito señorIntendente, voy á referirle un suceso digno, por otra parte, de que seimprimiese en letras de oro.

Presentóse una noche en la tertulia algo más tarde de lo acostumbrado ycon aire de hondo disgusto en su fisonomía. Tratamos de averiguar lacausa, y después de mil ruegos, hasta del señor Obispo que le queríamucho, pudimos arrancarle estas palabras:—«Señores, tenemos comediantesen la ciudad»; palabras que hicieron en la tertulia una impresióndesagradabilísima, porque faltaban diez y siete días para la cuaresma, yel pueblo, con la guerra y con las ideas locas que se iban apoderando dela gente, más que comedias necesitaba sermones. Pues, señor, tratóseseriamente sobre el particular, y se autorizó al fin al Intendente paraque él lo arreglara á su antojo. Y, efectivamente, al otro día sepresentó al director de la compañía, que ya había arrendado una bodegaen la calle de las Naranjas, diciéndole que era preciso que á todotrance saliese de Santander.—El pobre hombre se quedó hecho unaestatua al oir la proposición.—

«Señor, le dijo, mire V.S. que vengodesde más allá de Becerrilejo; que traigo ocho de familia y cuatrocaballerías para ellos y para los equipajes; que he pagado adelantado elalquiler de la bodega, y he gastado mucho en colocar la tramoya que V.S.está viendo. Si me marcho sin dar media docena de funciones, me pierdopara toda la vida.—¿Cuánto pueden valerle á usted las seis funciones?,le preguntó el Intendente.—Yo cuento, señor, con que no baje dequinientos reales después de pagar la bodega, las luces y los dostamborileros que han de tocar durante los intermedios.—Pues ahí vanmil, contestó el bendito señor, dándole un cartucho de monedas que yallevaba preparado al efecto; pero es preciso que ahora mismo desalojeusted el local, y sin perder un solo minuto salga con su gente deSantander.» El comediante vió el cielo abierto, hizo lo que deseaba elIntendente, y, sin salir éste de la bodega, se desarmó la tramoya, secargaron las caballerías, montaron los comediantes … y nadie volvió áacordarse de ellos. ¿Pero usted cree que cuando el Intendente, lleno dejúbilo, entró por la noche en la tertulia, hallábamos medio de hacerletomar la parte que nos correspondía de los mil reales? ¡Que si quieres!Fué preciso que Su Ilustrísima se lo suplicara con mucho empeño.—«Hehecho una obra buena, decía; ¿qué mejor aplicación he podido dar á esaparte del caudal que el Señor me ha confiado?…» Le digo á usted queera todo un bendito de Dios el señor Intendente.

Reíme de veras con el sucedido de los comediantes.

—¿Es posible—dije á don Pelegrín—que tal idea se tuviese entreustedes del teatro?; ¿que así le tomasen como foco de desmoralización?

—¿Y qué le diré yo á usted?—me contestó:—entre nosotros no faltabaquien dijera, como ustedes hoy, que era, más que escuela de vicios,cátedra de moralidad; pero, sin embargo, yo opinaba mejor (y cuidado queno soy fanático) con el padre Prior que decía, cuando de ello lehablaban: «Podrán los devotos del teatro asistir á él como á una cátedrade virtudes; pero lo cierto es que en ninguna parte se predica más moraly más clara que en el púlpito, y si se pusiera la entrada á dos cuartos,tal vez ni los monaguillos nos escucharan.» De todos modos, el pueblo noechaba en falta esos pasatiempos: ¿á qué empeñarnos en dárselos cuando,por lo menos, le habían de crear una nueva necesidad?

—Según ese sistema—repuse,—aún estaríamos como el indio Caupolicán.Sepa usted, don Pelegrín, que es un deber para el nombre adoptar todoaquello que puede dar ensanche á su inteligencia. Los progresosmateriales….

—Ya pareció el peine—me interrumpió con cierto despecho;—¡como sihasta que ustedes vinieron al mundo no supiera el hombre lo que eradignidad!

—No se ofenda usted, don Pelegrín, y óigame con calma. En todos tiemposy en todas épocas ha habido hombres ilustres: no hago al talento ni á ladignidad patrimonio de nuestros días; pero ¿á que en los suyos echabanesos mismos hombres muchas cosas de menos?; ¿á que hallaban un vacío enla sociedad, como si adivinaran algo de la gran revolución que muypronto iba á operarse en las costumbres? Usted mismo….

—¡Qué vacío ni qué calabaza!—exclamó mi viejo amigo, verdaderamentesulfurado, y con unos ademanes que no me dejaban duda de que habíacometido una torpeza en tocarle este resorte, precisamente cuandonecesitaba é iba yo á saber grandes cosas de la tertulia de SuIlustrísima.—

Lástima—continuó—me causan ustedes cuando les oigohablar de esa manera. Ustedes, ustedes son, por el contrario, los quedesean siempre

algo

, y este algo es precisamente lo que nosotrosteníamos de sobra: la paz del espíritu. Ustedes tienen la sensibilidadencallecida, expuesta al roce de todos los sucesos del siglo en suatropellada marcha; el alma rendida de vagar por un espacio enmarañado yde atmósfera pestilente, y las ideas revolviéndose en una órbitainsegura y desequilibrada, que no les permite encariñarse con un objetosin que otro nuevo venga á borrar su huella.

Nosotros, merced á lo que hoy se llama ignorancia, teníamos lasafecciones más limitadas, y con la sensibilidad casi virgen, nospreocupaba el suceso más común en la vida de ustedes; nuestras ilusioneseran pequeñas, es cierto, pero fuertes, y, sobre todo, consoladoras.Nosotros, por lo mismo que ambicionábamos poco, nos satisfacíamos alinstante; pero ustedes, cuya ambición no conoce límites, no sesatisfarán jamás. Yo, únicamente, que he pasado por las dos épocas,comprendo cuánta verdad encierra lo que le estoy diciendo: para queusted lo comprendiera del mismo modo, sería preciso que tocase y palpaseaquello cuyo recuerdo le merece tan desdeñosa compasión; es decir, quejunto á este Santander de cuarenta mil almas, con su ferrocarril, consus monumentales muelles, con su ostentoso caserío, con sus cafés,casinos, paseos, salones, periódicos, fondas y bazares de modas,surgiese de pronto la vieja colonia de pescadores, con sus diez milhabitantes y seis casas de comercio provistas de Castilla por medio derecuas, ó de

carros de violín

; la vieja Santander sin muelles, sinteatro, sin paseos, sin otro periódico propio ó extraño que la Gaceta

del Gobierno, recibida cada tres días. Era preciso que usted pudieseapreciar vivos estos dos cuadros para que no dudase sobre cuál de elloscernía más el tedio sus negras alas, y que generación vivía mástranquila y más risueña, si la que se cubre con el oropel de la modernasabiduría, ó la cobijada bajo los harapos de nuestra vieja ignorancia.Seguro estoy de que no serían mis contemporáneos los que en estaexposición presentasen más arrugas en el alma. Por lo demás, amigo mío,pobres teníamos y pobres tienen ustedes; ricos avaros existían junto áellos, y ricos insaciables existen. Es verdad que á nuestros pobresenvilecían los mismos privilegios que hacían odiosos á los ricos; peroustedes, quemando con la luz que han dado á los primeros lasprerrogativas de los segundos y dejando las fortunas como estaban, hanhecho pobres orgullosos, y ricos que á ciencia y conciencia son sordos ála voz del infortunio, y ciegos al aspecto de la miseria…. ¡Luces,ilustración!…; todo estaría bien si á su claridad hallase pan elhambriento y abrigo el que tirita de frío; pero, desgraciadamente, latan decantada luz sólo sirve para hacer más patentes la miseria y laopulencia, y más insoportable para el pobre este eterno contraste….

Siesto es una preocupación mía, que lo diga la historia política y socialde Europa de algunos años á esta parte. El mismo tiempo hace que ledijeron al hombre desheredado de la fortuna: «no tienes oro, pero tienesderechos que conquistar, que al fin te valdrán oro»; y desde entonces seestá rompiendo el bautismo en las calles, detrás de las barricadas, paraque se los arrebate el mismo que le provoca á la lucha; para no dejar dever, ni por un solo instante en la sociedad, junto á uno que se muere dehambre, otro que revienta de harto. ¿Qué es esto, amigo mío? Pues todoello ya lo teníamos nosotros sin tanta música ni tanto cacareo dedignidad y de derechos; y aun teníamos más, porque con la mismadesigualdad de fortunas, había buena fe en los de arriba y resignaciónen los de abajo. Resultado: que había paz en los pueblos, alegría en loshogares, y grandes virtudes en el corazón. Ahora, si estas menudenciasno valen nada para ustedes, la cuestión cambia de aspecto; y si eldestino del hombre sobre la tierra es otro que hacer risueño y apacibleel grupo de una familia cobijada al calor del hogar doméstico, confiesosin repugnancia que nuestras patriarcales costumbres fueron un borrónque manchó á la humanidad en los tiempos del llamado obscurantismo.

Aquí don Pelegrín se limpió los labios con su pañuelo, arregló la capasobre las rodillas, sacó la caja de rapé y tomó un polvo con marcialdesenfado. En vano le llamé al orden y le rogué que continuasehablándome de la tertulia de Su Ilustrísima: le había tocado su cuerdamás sensible, y, como siempre, se engolfó entre sus rancias memorias: nohallé medio de dirigirle una pregunta sin obtener por respuestaparrafadas como la anterior. En vista de ello, supuse una ocupaciónurgente, despedíme de él y salí del café, haciendo que me reía de suslucubraciones, ó, lo que es lo mismo, comentando la sesión en términosiguales ó parecidos á los que han servido de introducción á estebosquejo.

EL RAQUERO

I

Antes que la moderna civilización en forma de locomotora asomara lasnarices á la puerta de esta capital; cuando el alípedo genio de laplaza, acostumbrado á vivir, como la péndola de un reló, entre dospuntos fijos, perdía el tino sacándole de una carreta de bueyes ó de labodega de un buque mercante; cuando su enlace con las artes y laindustria le parecía una utopía, y un sueño el poder que algunos leatribuían de llevar la vida, el movimiento y la riqueza á un páramodesierto y miserable; cuando, desconociendo los tesoros que germinabanbajo su estéril caduceo, los cotizaba con dinero encima, sin reparar quesutiles zahories los atisbaban desde extrañas naciones, y que más tardelos habían de explotar con tan pingüe resultado, que con sus residuoshabía de enriquecerse él; cuando miraba con incrédula sonrisa arrojarpedruscos al fondo de la bahía; cuando, en fin, la aglomeración de estospedruscos aún no había llegado á la superficie, ni él advertido que setrataba de improvisar un pueblo grande, bello y rico, el Muelle de lasNaos, ó como decía y sigue diciendo el vulgo, el Muelle Anaos

, era unaregión de la que se hablaba en el centro de Santander como de FernandoPóo ó del Cabo de Hornos.

Confinado á un extremo de la población y sin objeto ya para las faenasdiarias del comercio, era el basurero, digámoslo así, del Muelle nuevo yel cementerio de sus despojos.

Muchos de mis lectores se acordarán, como yo me acuerdo, de su negro ydesigual pavimento, de sus edificios que se reducían á cuatro ó cincofraguas mezquinas y algunas desvencijadas barracas que servían dedepósitos de alquitrán y brea; de sus montones de escombros, anclotes,mástiles, maderas de todas especies y jarcia vieja; y, por último, delos seres que respiraban constantemente su atmósfera pegajosa ydenegrida siempre con el humo de las carenas.

De nada de esto se habrán olvidado, porque el Muelle de las Naos, efectode su libérrimo gobierno, ha sido siempre, para los hijos de Santander,el teatro de sus proezas infantiles. Allí se corría

la cátedra; allíse verificaban nuestros desafíos á

trompada suelta

; allí nosfamiliarizábamos con los peligros de la mar; allí se desgarrabannuestros vestidos; allí quedaba nuestra roñosa moneda, después dejugarla al

palmo

ó á la

rayuela

; allí, en una palabra, nosentregábamos de lleno á las exigencias de la edad, pues el bastón delpolizonte nunca pasó de la esquina de la Pescadería; y no sé, en verdad,si porque los vigilantes juzgaban el territorio hecho una balsa deaceite, ó porque, á fuer de prudentes, huían de él. Esta razón es la másprobable; y no porque nosotros fuéramos tan bravos que osáramos prenderá la justicia: es que sobre ésta y sobre nosotros mismos, medioaclimatados ya á aquella temperatura, estaba el verdadero señor delterritorio haciendo siempre de las suyas; el que intervenía en todosnuestros juegos como socio industrial

; el que pagaba, si perdía, conel crédito que nadie le prestaba, pero que, por de pronto, ganaba cuantojugábamos; el que con sólo un silbido hacía surgir detrás de cada montónde escombros media docena de los suyos, dispuestos á emprenderla con elmismo Goliat; el que era tan indispensable al Muelle de las Naos comolas ranas á los pantanos, como á las ruinas las lagartijas; EL RAQUERO,en fin. Éste era el terror de los guindillas, el aluvión de nuestrasfiestas, la rana de aquellos pantanos, la lagartija de aquellosescombros; el original del retrato que con permiso de ustedes, voy áintentar con mejor ánimo que colorido.

La palabra

raquero

viene del verbo

raquear

; y éste, á su vez, aunquecon enérgica protesta de mi tipo, del latino rapio, is

, que significa

tomar lo ajeno contra la voluntad de su dueño.

Yo soy de la opinión del raquero: su destino, como escobón debarrendero, es apropiarse cuanto no tenga dueño conocido: si alguna vezse extralimita hasta lo dudoso, ó se apropia lo del vecino, razoneshabrá que le disculpen; y sobre todo, una golondrina no hace verano.

El raquero de pura raza nace, precisamente, en la calle Alta ó en la dela Mar. Su vida es tan escasa de interés como la de cualquier otro ser,hasta que sabe correr como una ardilla: entonces deja el materno hogarpor el Muelle de las Naos, y el nombre de pila por el gráfico mote conque le confirman sus compañeros; mote que, fundado en algún hechoculminante de su vida, tiene que adoptar á puñetazos, si á lógicosargumentos se resisten. Lo mismo hicieron sus padres y los vecinos desus padres. En aquellos barrios todos son paganos, á juzgar por lossantos de sus nombres.

II

Cafetera

, para servir á ustedes, era el de mi personaje.

Cafetera

, en el diccionario callealtero, es sinónimo de borrachera,una de las cuales tomó aquél, cuando apenas sabía andar, á caballo sobreuna pipa de aguardiente, de cuyas entrañas extrajo el líquido con unapaja.

Cafetera nació en la calle Alta, del legítimo matrimonio del tío Magano

y de la tía

Carpa

, pescador el uno y sardinera la otra. Yaustedes ven que, para raquero, no podía tener más blasonada ejecutoria.

Su infancia rodó tranquila por todos los escalones, portales y basurerosde la vecindad.

No hay contusión, descalabro ni tizne que su cuerpo no conocieraprácticamente; pero jamás en él hicieron mella el sarampión, laalfombrilla, la grippe, la escarlata ni cuantas plagas afligen á laculta infantil humanidad. Solamente la sarna y las viruelas pudieronvencer aquel pellejo: con la primera perdió la mitad de los cabellos;con las segundas ganó los innúmeros relieves de su cara.

Pero así y todo, le querían en su casa; tanto, que no había cumplidocuatro años cuando la tía Carpa le metió, de medio cuerpo abajo, en unapernera de los calzones viejos de su padre, dádiva que, añadida á unacamisa que, también de desecho, le regaló su padrino el tío Rebenque

,llegó á formar un traje de lo más vistoso, y á ser la envidia de suspequeños camaradas, condenados á arrastrar su desnuda piel por lossuelos, mientras su industria no les proporcionase más lujosavestimenta.

Siete años contaría, cuando su madre, conociendo por la chispa de que yase hizo mención y por otras proezas análogas, que era apto para lasfatigas del mundo, comenzó á darle los tres mendrugos diarios de panenvueltos en soplamocos y puntapiés. Cafetera, que no era lerdo,comprendió al punto hasta dónde alcanzaba su privanza y lo que podíaesperar de sus dioses lares; y como, por otra parte, sus libérrimosinstintos se le habían revelado diferentes veces hablando con suscompañeros sobre la vida raqueril, se decidió por el

arte

en el cualhizo su estreno pocos meses después del último mendrugo, que le aplastóla nariz para nunca más enderezársele.

Era un día en que el tío Magano andaba á la mar, y la tía Carpa á venderun carpancho de sardinas.

Cafetera estaba solo en casa, sentado sobre un arcón viejo, único mueblede ella, no contando el catre matrimonial, rascándose la cabeza comoaquel que acaricia una idea de gran transcendencia, y murmurando algunaspalabras, no todas evangélicas, las más de un colorido asaz rabioso.Después de un largo rato así invertido, alzóse de su asiento, corrió latapadera del mismo y sacó media basallona y

un arenque, provisioneshechas por su madre para toda la semana y que él dividió en dos partesiguales.

Comióse la primera, y guardó la segunda en el pecho de sucamisa de bayeta verde. En seguida dió un par de chupadas á una puntaque halló pegada á la testera del catre, mientras se amarraba con unaescota los enciclopédicos calzones á la cintura; ocultó sus greñas bajola cúspide de un gorro catalán; y, por último, lanzóse calle abajo enbusca de aventuras, osado el continente, alegre la mirada, y tan llenode júbilo como pudiera estarlo, en un caso muy parecido, el famosomanchego, si bien, á la inversa de éste, no se le daba una higa porquela posteridad recordase ó no que ya el rubicundo Apolo extendía susdorados cabellos por la faz de la anchurosa tierra, cuando él, perdiendode vista su casa, comenzó á respirar los corrompidos aires de laDársena.

Llegado al gran teatro de sus futuras operaciones, su primer cuidado fuébuscar á la gente de su calaña, á fin de orientarse mejor.

No tardaron en aparecérsele media docena de raqueros que, por únicabienvenida, le sacudieron tal descarga de coquetazos y de

piñas

, queel pobre quedó tendido en el suelo, aunque sin extrañarse de semejanteacogida, como no se extraña un novel académico, al ingresar en el senode la corporación, del consabido elocuentísimo discurso que le dedicanlos veteranos.

Pasada la cachetina y solo Cafetera, limpió con el gorro sus lágrimas decoraje, y con la flema de un inglés recién llegado comenzó á reconocerel terreno que pisaba.

Aburrido de pasear el Muelle en todas direcciones sin fruto alguno,encendió en un tizón de una carena una colilla que halló al paso, y sesentó á mirar cómo trabajaban los calafates.

Cuando notó que éstos le habían vuelto la espalda y que la estopa y lasherramientas andaban al alcance de sus manos, virgen de toda noción defueros de pertenencia, creyó lo más natural del mundo trasladar alinsondable pecho de su camisa algunas libras de cáñamo y un escoplo;hecho lo cual, por consejo de su prudencia levantóse con sigilo é hizorumbo al polo opuesto.

Pensando estaba en lo que haría con el hallazgo, cuando topó con lamisma gente que poco antes le había zurrado la badana: no hay necesidadde decir que el novel raquero, á la vista del enemigo, se preparó ávirar en redondo; pero no le sirvió la maniobra. El jefe de los otros,pillastre de patente, con más asomos de bozo que de vergüenza y que sellamaba

Pipa

, sacando por algunos hilos que se escapaban de la camisadel primero la madeja que ocultaba, cortóle sus vuelos, y echando lazarpa al bulto, dijo, guiñando el ojo á los suyos:

—Arría en banda, Cafetera.

Éste, viéndose abordado de tal manera, aunque sin esperanza desalvación, trató de defenderse á mordiscos y patadas.

—¿Por qué tengo de arriar?—gimió, apretando los dientes.

—¡Arría, te digo!

—¡Que no me sale, vamos!

—¡Atízale, Pipa!—le decían los otros.

Pero Pipa estaba por seguir, antes de la violencia, los trámitespacíficos.

—¿Quién te dió esa estopa?

—Lo he trincao—contestó Cafetera con acento sublime.

¡Mágica palabra! Con ella dió el neófito, sin sospecharlo, una idea desu capacidad futura. Aquella cabeza chata, crespa y enmarañada, se habíaengrandecido á los ojos de la patulea con la aureola del genio; el chicoprometía mucho. Pipa, que no se parecía en nada á las eminencias denuestra esclarecida sociedad, lejos de sofocar aquella nacienteinteligencia, soltó la presa que tenía agarrada y se dispuso, después demirar á los suyos, á prestarle toda la influencia de su posición.

—Sígueme—le dijo con ademán solemne.

—¿Aónde?

—Á pulir la estopa. ¿Tienes más?

—¡Tengo un escoplo, de mistó!

—¡Aprieta!… ¡Viva Cafetera!—exclamó el jefe, echando á correr hacia San Felipe.

—¡Viva!—contestaron los demás, siguiéndole y llevándose en medio alprotegido.

Por un callejón que entonces era intransitable por lo pendiente, y hoyes inaccesible porque forma ángulo recto con la bóveda celeste, echaronnuestros personajes á paso de carga, y no se detuvieron hasta llegar áuna pequeña barraca, incrustada entre un murallón de San Felipe y otrodel Cristo de la Catedral, en cuyo estrecho recinto se veían amontonadosdiversidad de objetos, clasificados con la mayor escrupulosidad, y todosde la especie de los que ya Pipa había recibido de manos del neófito.

Allí, desde tiempo inmemorial, afluían los raqueriles productos de todoel pueblo, que, aunque singularmente valían cortísimas cantidades,llegaron, según es fama, á formar, en cuerpo colectivo, un decentecapital al humilde mercader que, ocultando su mustia fisonomía bajo unagorra de pieles, y detrás de unas gafas como dos ruedas de polea, teníafuerza de voluntad ó codicia bastante para luchar de sol á sol con tannotabilísima parroquia.

Clasificando estaba unas chapas de cobre, cuando asomó Pipa la cabezadentro de la tienda.

—¿Qué traes tú, pillete?—le interrogó, mirándole por encima de lasgafas.

—Esto—contestó lacónicamente Pipa, depositando el género sobre unamesa.

El mercader de estopas y de cobre lo miró un instante como paraevaluarlo, y sacó del bolsillo, con mano torpe y perezosa, media pesetaque dió al raquero.

—¿No echa más usted?—dijo éste contemplando la moneda.

—Nada más.

—¡Ay, qué contra!… ¡Pues si el escoplo solo vale medio chulé!

—¿Sí?—gruñó el comprador;—¡pues descuídate y verás si te llevo al Capitán del puerto, tunante!

Pipa comprendió que más valía callar que comparecer ante tan encopetadopersonaje. Así es que tomó la moneda, enseñó la lengua al de las gafas… y, á ser tan buen negociante como raquero, hubiera podidocomprender, á la sola consideración del contrato que acababa de hacer,que, sabiendo comprar, hasta la estopa, bien exprimida, arroja productosde oro. Pero ni el nene había soñado jamás con la piedra filosofal, nireparaba en los rendimientos de sus empresas cuando maldito el capitalarriesgaba en ellas. Por eso salió muy ufano á la calle, reunió á lossuyos, contólos uno á uno, miró á Cafetera con un poquillo de ternura, ycon otra seña muy expresiva los arrastró á todos á la taberna deenfrente, en la que entró gritando:

—¡Seis tazas de café y seis copas de anisao!

Cuando los granujas trasegaron á sus estómagos, en dos sorbos, laspócimas infames que les sirvió el tabernero, pagó Pipa el gasto con lamedia peseta, más un cuarto que sacó de un pliegue de su mugrientogorro, y salieron todos á la calle. En ella formaron círculo, y elcapitán, después de escupir contra la cara del más inmediato, echó manoá Cafetera y así le habló:

—Ya sabes, nene, dónde se compra cuanto se apanda. Mucho ojo y muchavela. En un apuro, cuenta con nosotros. Raquear, á barredera, y mejor elcobre que el chicote. Si ves que andan las chapas

, al vuelo … yaprieta á correr. Si hay

cané

, orza y arría la mayor…; y avisacuando haya trigo, que ya sabes cómo se gasta.

Calló Pipa, miró á Cafetera que le escuchaba muy serio, y arrimándole unpuntapié por la popa,—¡Á

vivir!—le dijo.—Y se disolvió el corro,marchándose cada quisque por donde quiso.

III

Bien enterado Cafetera de los azares y estatutos de su nueva profesión,no quiso lanzarse á ella sin prevenirse antes contra las eventualidades.Al efecto, logró colocarse en uno de los botes del servicio público.

Era de su incumbencia achicar el agua; componer estrovos; buscar fletesy cuidar de la embarcación cuando el botero no estaba presente; todo locual le producía un ochavo de café para el desayuno, una propina decuatro ó seis cuartos por cada flete si éste valía la pena, lecho sobreel panel y una copa de caña de vez en cuando, amén, de algún chicotazoque el patrón le sacudía siempre que lo juzgaba oportuno.

Fuera del tiempo que esto le llevaba, consagraba el día al ejercicio desu industria.

Ésta, en toda su esfera legal, le hacía legítimo dueño de cuanto cobre,estopa, hierro y madera de desperdicio hallara á sus alcances, ya sobrela superficie del Muelle, ó revuelto entre el fango de la Dársena. Perocomo el Muelle y la Dársena no tienen un límite determinado para laindustria raqueril, solía tomar como prolongación del primero lacubierta de algún buque atracado, llevándose á buena cuenta, si elvigilante se descuidaba, tal cual

menudencia

, como escotas, poleas,etcétera, etc.

Con la propia sencilla buena fe, desde el centro de la Dársena seextendía hasta los contornos; y si se forraba algún casco, nunca lefaltaba una chapita ó clavo de cobre que ocultar en su remendadaespuerta.

Tal era la parte menos legal de su industria, que, en el poco tiempo quela ejerció, expuso su individual independencia á mil y un riesgosapuradillos.

Por lo demás, lo pasaba en grande.

No se pegaba de trompadas con los suyos más de tres veces al día; sumadre no lograba echarle la vista encima arriba de una por semana, ypara eso había de cogerle durmiendo; de modo que sus siniestros demuelas, orejas y cabellos, por temporal materno, aunque pocos y buenos,aún le prometían pellejo sano para muchos años.

Alguna vez, entre otras, hacía sus correrías hasta el interior delpueblo, porque al raquero también le gusta el contacto de lacivilización, por si algo se le pega; pero como ésta suele andar muyprecavida, y, por otra parte, sus raqueables materias no son del mayoraprecio en la oficina del comprador de hierro viejo, Cafeterafrecuentaba poco este trato, y casi siempre tenía que huir de él á uñade … raquero, acosado por las estantiguas del municipio.

También se le ocurrió, como hijo que era de matriculado y marisco porlos cuatro vientos, solicitar, á ejemplo de muchos de sus compañeros, unpuesto y quiñón correspondiente en una lancha pescadora; pero esto leocuparía demasiado. Tendría que esperarla todas las noches, limpiarla yvigilarla todo el año y

desenmallar

sardina en el verano.

Precisamente su resistencia á este empleo era lo que más provocaba laira de la tía Carpa, que proyectaba sacar un buen pescador de su hijo, áquien,

velis nolis

, había ya matriculado, y, por ende, sujetado á lasordenanzas de la Comandancia de Marina.

Semejante idea preocupaba mucho á Cafetera, quien, como todos los de sulaya, no concebía que ningún tribunal del reino alcanzase hasta elMuelle de las Naos con su vara, al paso que no podía recordar sentado ycon paciencia la cara del Capitán del puerto.

La cárcel pública es para ellos un bulto más en la población pero losrebenques y los chicotes de á bordo, ¡ira de Dios!, cosas son que leshacen temblar y no de frío. Hubiérale á él dejado libre de todapersecución el cabo de mar, y á fe que en poco tiempo, burlando lavigilancia de lo terrestre, se embarba

, como él decía, de raqueo; yhasta comprado hubiera el almacén de hierro viejo, máximun de lasfortunas, según se creía en el Muelle de las Naos. Pero como no sucedíaasí, los meses corrían y hasta los años, y Cafetera, lejos de llegar ácapitalista, perdió los últimos pingajos de su vestido, ganando encambio muchas nociones de baraja y no pocos títulos de borracho sobre elque ya tenía bien merecido.

Entonces comenzó á mirar con desaliento la mezquindad de la Dársena, yla penuria de su explotación legal.

Sucedíale algo de lo que al jugadorque, acostumbrado á poner grandes cantidades á una carta, mira conaversión el corto salario que en la sociedad le proporciona el ejerciciode su profesión.

En fuerza de meditar sobre su situación concluyó por tirar su cesto á lamar; y sin otras armas que su ligereza de manos y de pies, se lanzó á losublime del arte.

De todo había en su nueva esfera de acción, especialmente de zozobras éinquietudes, dándoselas, y no flojas, la mala

traducción

que susobras hallaban en el almacén de marras, único punto adonde él se atrevíaá llevarlas, porque en la población del centro seguro estaba él de queno pasaban.

Todo, sin embargo, iba hallando colocación detrás de los montones deestopa del almacén, aunque á muy bajo precio por ser género de

malaventa

; pero no pudo haberla para el objeto de la última campaña deCafetera.

Esto traía volado al raquero, que no sabía cómo deshacerse de él; puesni regalarle quería, ni tirarle al mar, sin indemnizarse de los peligrosque corrió al trincarle en la cámara de popa de un buque de gran porte.

El obstáculo que oponía á su compra el comerciante, era, aunque no se lodecía al raquero, el nombre del buque y el de su armador, diestramenteesculpidos en la parte más integrante del aparato; nombres que no podíanborrarse sin exponer la estructura de éste, ni darse al público singrave riesgo de los haberes y libertad del mercader.

Largos días pasó Cafetera meditando sobre el asunto; y ya casi olvidadode él estaba una mañana en que había

libado

bastante, sentado sobre unguardacantón, fumando una colilla, á caza de fletes para el bote y enespera de sus amigos para jugar al cané.

Mucha gente había pasado sin contestar al «¿quiere un bote?» con que elraquero interpelaba á todo el mundo, cuando apareció en escena un señorque, según dijo el pillastre, traía cara de flete

.

—Usté, ¿quiere un bote pa dir á bordo?—le dijo, como tenía porcostumbre, así que le tuvo á su lado.

El señor, contra las presunciones del granuja, pasó de largo, echándoleá la cara una bocanada de humo de su grueso cigarro.

Cafetera lo tragó con ansiedad, y retirando de los labios su colilla, sefué detrás del puro.

—¿Me da la punta usté?

Chocó al interrogado la desvergüenza del raquero. Miróle muydetenidamente, y

—¿Quién eres tú, chicuelo?—le preguntó.

—Yo soy … Cafetera.

—¿De dónde eres?

—De la calle Alta.

—Y tu padre, ¿cómo se llama?

—El tío Magano.

—Pero ¿cuál es tu nombre de pila?

—¿De qué pila, usté?

—De la de bautismo, animal.

—Otra, ¿qué sé yo?… ¿Me da la punta!

—¿Conque tú fumas, eh?

—¡Ay, qué contra!…; ¿quiere ver como las

tapo

?

Y diciendo y haciendo, tragó dos chupadas de su colilla, arrojandodespués el humo por boca y narices con la abundancia y facilidad de unachimenea de vapor. El señor desconocido le miraba cada vez con mayorcuriosidad.

—Y ¿á qué te dedicas tú?

—Á cuidar el bote del tío Bandiate.

—¿Y nada más?

—También soy raquero.

—¡Hola, hola! ¿Y qué tal el oficio?

—¡Quiá, señor; si no sale para café!… ¿Me da dos cuartos?

—Veremos si los mereces…. Dime antes lo que raqueas.

—¡Como no raquee! ¡Si andan más listos á bordo!…

—Pero alguna vez ya se descuidarán.

—Quiá, no señor. Ayer trinquemos, entre Pipa, Michero y yo, como treslibras de cobre; y pa eso, de poco nos guipan.

—¿En dónde lo trincasteis?—insistió el señor con más interés quenunca, dando dos cuartos al raquero.

—Pos en esa freata que están aforrando en el paredón—contestó Cafeteracon la mayor sencillez, guardándose los cuartos en el faldón de lacamisa y escupiendo por el colmillo.

Para evitar tiempo, papel y paciencia, diremos que en fuerza de acosary prometer el uno, acabó el otro por ir largando trapo, hasta que delúltimo remiendo de los calzones sacó un magnífico cronómetro debolsillo, alhaja que, sin conocerla, le había dado tanto que discurrir.

Á su vista, el buen señor quedóse haciendo cruces y bendiciendo á laProvidencia en sus adentros.

Después de prometer á Cafetera la compra como éste decía, del estrumento

, mandóle que le siguiera para entregarle el dinero, lo cualhizo al punto lleno de júbilo el incauto raquero, sin sospechar lo quele había de suceder, cosa que le hubiera sido muy fácil al ser tandiestro conocedor de los atributos de un comisario de policía como de laverdasca de un cabo de mar.

Grande fué la sorpresa del pilluelo cuando, siempre al lado del presuntocomprador, llegaron á detenerse en la Capitanía del puerto.

Allí fueron los sobresaltos y congojas; tanto que, á no estar muy listoel grave señor de las borlas, se queda sin su presa, que ya andaba entrazas de escurrir el bulto.

Entregado éste y el cronómetro á la autoridad, declaró Cafetera, llamóseá Pipa y á Michero, cantaron todos de plano, y fueron al puntoconducidos á la cárcel, de donde después de algunos meses de reclusión,salieron … á tirar del

Bombo

de la Carraca.

Allí estuvieron tres años agarrados á la maroma, hasta que, satisfechossus jueces y la vindicta pública, los mandaron de retorno á su país conalgunos vicios de más y mucha vergüenza de menos.

Su primer pensamiento al pisar el patrio suelo, fué para el Muelle delas Naos; pero no fué poca su sorpresa cuando, en él colocados;comenzaron á examinarle en todas direcciones.

La escollera de Maliaño, la estación del ferrocarril, el nuevo empedradoy otras reformas hechas precisamente mientras duró la condena de lospilluelos, era lo que ellos no podían comprender; mas lo que extraviósus razones hasta el extremo de llegar al espanto, fué la aparición, porla Peña del Cuervo, de un monstruo silbando y arrojando nubes y fuegopor la cabeza. No atreviéndose á pronunciar una sola palabra, miráronselos tres sobrecogidos cuando notaron que el monstruo se acercaba á pasode gigante. Entonces perdieron la brújula; gritó Pipa «¡aguanta!» y sedieron á correr pensando que el mundo se acababa.

Después acá, aunque con la llegada de los trenes, á medida que la hanvisto repetirse, van familiarizándose bastante los raqueros, no ha sidohasta el punto de que éstos permanezcan tranquilos en el Muelle de lasNaos. Por el contrario, empujados y oprimidos por el potente movimientoque la población ha tomado allí en los últimos años, van abandonando elterritorio: ya tiene el raquero cien Argos que le contemplan, y no puedepasearse erguido como antes, señor de aquella ínsula remota.

Para concluir, y en pro de este tipo tan popular en Santander, haré unaligera observación: de vástagos tan carcomidos y tortuosos son muyfrecuentes aquí robustos y fructíferos troncos. La historia de estepuerto abunda en páginas brillantes debidas á la honradez, pericia yheroísmo de nuestros marineros, muchos de los cuales han recorrido en suinfancia un sendero tan expuesto y espinoso como el del tipo que acabode bosquejar. Nuestro comercio tiene pruebas repetidas de lo que digo; yá fe, á fe, que no pecó de pródigo con los venerables harapos de tanvalientes marinos, al extender los anchos pliegues de su rico manto.

LA ROBLA

De maldita de Dios la cosa sirvieran los contratos de compraventa, si altiempo de consumarlos no llevaran más requisitos que el mutuo conveniode los contratantes y el ante mí

del tabelión más competente deljuzgado.

Y cuidado, señores legistas, con atribuirme la pretensión de poner enduda la legalidad de las fórmulas que sobre el particular se venganusando desde la fecha de las Pandectas.

¡Líbreme de ello Dios! Voy separándome del centro

civilizado

donde laley se halla en toda su pomposidad, y estoy refiriéndome á los incultosmoradores del campo, entre los cuales, sin dejar de acatarse el vigentecódigo en todo lo que vale, aún se rinde culto reverente á la tradición,la cual constituye para ellos un derecho tan sagrado como el que más sefunde en cuantas leyes se vengan haciendo desde la fabla de don Alonsoel Sabio.

Desengáñese la previsora jurisprudencia: sin un requisito que les seapeculiar, estos paisanos no dan por terminado ningún negocio, aunquepara cumplir con la ley le amortajen en más testimonios y sellos que hayen un archivo de hipotecas. Pasar un objeto de las manos de Juan á lasde Pedro sin cierta solemnidad

sui géneris,

valdría tanto como para laconciencia de un cristiano viejo un buen creyente sin bautizar, símil enque, sin duda alguna se fundaron los

académicos

de mi lugar parallamar á dicha ceremonia

mojar el asunto

.

No vale en el día de mañana, para disfrutar pacíficamente la posesión delo comprado, restregar los hocicos del vendedor con la reselladaescritura de legítima pertenencia, que si ante la ley le asegura en laposesión, no es suficiente, sin embargo, para librar al poseedor de unlitigio cada semana, en el que, por lo menos, pierda la paciencia, aménde algunos dinerillos que suelen irse en pos, por vía de procuración,asesoramiento y demás adminículos de que es costumbre proveer á todoaquel que tiene la mala humorada de pesar sus derechos en la prudentebalanza de Astrea. No hay, pues, título de propiedad que valga, si faltala fe de

bautismo

, el