Entre Naranjos by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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Cuando su madre no le obligaba por las noches a visitar la casa de algún pudiente, al que convenía tener contento, leía; no ya como en Valencialos libros que le prestaba el canónigo, sino obras que comprabasiguiendo las indicaciones de los periódicos; volúmenes que respetaba sumadre con la santa veneración que la inspiraba el papel cosido yencuadernado, sólo comparable al desprecio que sentía por losperiódicos, dedicados casi todos ellos a insultar las cosas santas yfavorecer los instintos de la pillería.

Aquellos años de lectura al azar y sin los escrúpulos y temores deestudiante, abatían sordamente muchas de sus firmes creencias; rompíanla horma que los amigos de la madre habían metido en su pensamiento; lehacían soñar con una vida grande, de la que no tenían ni noticias losque le rodeaban.

Las novelas francesas le trasladaban a aquel París que obscurecía elMadrid apenas conocido en su época del doctorado; los relatos de amoresdespertaban en su cuerpo de joven y virtuoso, sin otros deslices que losvulgares desahogos de la crápula estudiantil, un ardor de aventuras y decomplicadas pasiones en el que latía algo del intenso fuego que habíaconsumido a su padre.

Vivía en el mundo ideal de sus lecturas, rozándose con mujereselegantes, perfumadas, espirituales, de cierto arte en el refinamientode sus vicios.

Las hortelanas tostadas por el sol que enloquecían a su padre comobrutal afrodisíaco, causábanle la misma repugnancia que si fuesenmujeres de otra raza; seres de una casta inferior. Las señoritas de laciudad, parecíanle campesinas disfrazadas, con los mismos instintos deegoísmo y economía de sus padres, conociendo el precio a que se vendíala naranja, sabiendo el número de hanegadas con que contaba cadaaspirante a su cariño, ajustando el amor a la riqueza y creyendo que lahonradez consistía en ser implacable con todo el que no se amoldaba a suvida tradicional y mezquina.

Por esto le causaba hondo tedio su existencia monótona y gris, separadapor ancho foso de aquella otra vida puramente imaginativa que leenvolvía como un perfume exótico y excitante, surgiendo de entre laspáginas de los libros.

Algún día se vería libre, levantaría las alas; y esta liberación habíade realizarse cuando le eligiesen diputado. Deseaba su mayoría de edad,como el príncipe heredero ansía el momento de ser coronado rey.

Desde niño le habían acostumbrado a esperar este suceso que dividiría suvida en dos, presentándole nuevos caminos para marchar rectamente a lagloria y la riqueza.

—Cuando mi niño sea diputado—le decía la madre en sus raros arrebatosde expansión cariñosa—como es tan guapo, se lo disputarán las chicas yse casará con una millonaria.

Y esperando con impaciencia esta edad, iba transcurriendo la vida deRafael, sin alteración alguna; una existencia de aspirante, seguro de sudestino, que aguarda el paso del tiempo para entrar en la vida. Era comolos niños nobles de otros siglos, que, agraciados en la cuna por elmonarca con un título de coronel, aguardaban jugando al trompo la horade ir a ponerse al frente de su regimiento. Había nacido diputado y losería; ahora esperaba entre bastidores.

Su viaje a Italia, en la peregrinación papal, fue lo único que alteró lamonotonía de su existencia. Guiado por el canónigo, visitó más iglesiasque museos: teatros sólo vio dos, aprovechándose de la flojedad que lasperipecias del viaje causaban en el carácter austero de su guía. Pasabanindiferentes ante las famosas obras artísticas de los templos y sedetenían a venerar cualquier reliquia acreditada por absurdos milagros.Pero aún así pudo ver Rafael confusamente y como de pasada, un mundodistinto al de su país, donde fatalmente debía arrastrarse suexistencia. Sintió el roce de la misma vida de placer y pasión queabsorbía en los libros como vino embriagador; y aunque de lejos, admiróen Milán la dorada y aventurera bohemia de los cantantes; en Roma, elesplendor de una aristocracia señorial y artista en perpetua rivalidadcon la de París y Londres, y en Florencia, la elegancia inglesa emigradaen busca del sol, paseando sus canotiers de paja, las cabelleras deoro de las misses y sus parloteos de pájaro por los jardines dondemeditaba el sombrío poeta y relataba Bocaccio sus alegres cuentos paraalejar el miedo a la peste.

Aquel viaje, rápido como una visión cinematográfica, dejando en Rafaeluna confusa maraña de nombres, edificios, cuadros y ciudades, sirviópara dar a sus pensamientos más amplitud y ligereza, para hacer mayoraún el foso que le aislaba dentro de su vida vulgar.

Sentía la nostalgia de lo extraordinario, de lo original; le agitaba elansia de aventuras de la juventud, y dueño de un distrito heredero de unseñorío casi feudal, leía con el respeto supersticioso de un patán, elnombre de un escritor, de un pintor cualquiera; «gente perdida que notiene sobre qué caerse muerta», según declaraba su madre, pero que élenvidiaba en secreto, imaginándose una existencia llena de placeres yaventuras.

¡Cuánto hubiera dado por ser un bohemio como los que encontraba en loslibros de Mürger, formando regocijada banda; paseando la alegría devivir y el fiero amor al arte por ese mundo burgués, agitado por lacalentura del dinero y las manías de clases!

¡Talento para escribircosas hermosas, versos con alas como los pájaros, un cuartito bajo lastejas, allá en el barrio Latino; una Mimi pobre pero sentimental, que leamase hablando entre dos besos de cosas elevadas y no del precio de lanaranja como aquellas señoritas que le seguían con ojos tiernos; y acambio de esto daría la futura diputación y todos los huertos de suherencia, que aunque gravados por el padre con hipotecas y trampas,todavía le proporcionaban una renta deshonrosa para sus ensueños debohemio!

El continuo contacto con estas fantasías le hacía intolerable su vida dejefe obligado a intervenir en los asuntos de sus partidarios, y a riesgode enfadar a su madre, huía del casino, buscando la soledad del campo.Allí se desarrollaba con más soltura su imaginación, poblando de seresfantásticos el camino y las arboledas, conversando muchas veces en vozalta con las heroínas de unos amores ideales, arreglados conforme alpatrón de la última novela leída.

Una tarde, al finalizar el verano, subía Rafael la pequeña montaña deSan Salvador, inmediata a la ciudad. Le gustaba contemplar desde aquellaaltura el inmenso señorío de la familia. Toda la gente que habitaba larica llanura—según decía don Andrés describiendo la grandeza delpartido—llevaba el apellido de Brull como un hierro de ganadería.

Rafael, siguiendo el camino pedregoso de rápidos zigzags, recordaba lasmontañas de Asís que había visitado con su amigo el canónigo, granadmirador del santo de la Umbría. Era un paisaje ascético. Los peñascosazulados o rojos asomando sus cabezas a los lados del camino; pinos ycipreses saliendo de sus hendiduras, extendiendo sobre la yerma tierrasus raíces tortuosas y negras como enormes serpientes; a trechos,blancas pilastras con tejadillo, y en el centro, ocupando un hueco,azulejos con los sufrimientos de Jesús en la calle de Amargura. Loscipreses agitaban su puntiagudo gorro verde como queriendo espantar lasblancas mariposas que zumbaban sobre los romeros y las ortigas; lospinos extendían arriba su quitasol, proyectando manchas de sombra sobreel camino ardiente, en el cual, la tierra endurecida por el sol, crujíabajo los pies.

Al llegar Rafael a la plazoleta de la ermita, descansó de la ascensión,tendiéndose en el banco de mampostería que formaba una gran media lunaante el santuario.

Reinaba allí el silencio de las alturas. Los ruidos de abajo, todos losrumores de vida y labor incesante de la inmensa llanura, llegabanarrollados y aplastados por el viento, cual el susurro de un lejanooleaje. Entre la apretada fila de chumberas que se extendía detrás delbanco, revoloteaban los insectos, brillando al sol como botones de oro,llenando el profundo silencio con su zumbido. Unas gallinas—las delermitaño—

picoteaban en un extremo de la plazoleta, cloqueando ymoviendo rudamente sus plumas.

Rafael se abismaba en la contemplación del hermoso panorama. Con razónle llamaban paraíso sus antiguos dueños, aquellos moros cuyos abuelos,salidos de los mágicos jardines de Bagdad y acostumbrados a losesplendores de Las mil y una noches, se extasiaron sin embargo al verpor primera vez la tierra valenciana.

En el inmenso valle, los naranjales como un oleaje aterciopelado; lascercas y vallados de vegetación menos obscura, cortando la tierracarmesí en geométricas formas; los grupos de palmeras agitando sussurtidores de plumas, como chorros de hojas que quisieran tocar el cielocayendo después con lánguido desmayo; villas azules y de color de rosa,entre macizos de jardinería; blancas alquerías casi ocultas tras elverde bullón de un bosquecillo; las altas chimeneas de las máquinas deriego, amarillentas como cirios con la punta chamuscada; Alcira, con suscasas apiñadas en la isla y desbordándose en la orilla opuesta, todaella de un color mate de hueso, acribillada de ventanitas, como roídapor una viruela de negros agujeros. Más allá, Carcagente, la ciudadrival envuelta en el cinturón de sus frondosos huertos; por la parte delmar, las montañas angulosas, esquinadas, con aristas que de lejossemejan los fantásticos castillos imaginados por Doré, y en el extremoopuesto los pueblos de la Ribera alta, flotando en los lagos deesmeralda de sus huertos, las lejanas montañas de un tono violeta, y elsol que comenzaba a descender como un erizo de oro, resbalando entre lasgasas formadas por la evaporación del incesante riego.

Rafael, incorporándose, veía por detrás de la ermita toda la Riberabaja; la extensión de arrozales bajo la inundación artificial; ricasciudades, Sueca y Cullera, asomando su blanco caserío sobre aquellasfecundas lagunas que recordaban los paisajes de la India; más allá laAlbufera, el inmenso lago como una faja de estaño hirviendo bajo el sol;Valencia cual un lejano soplo de polvo, marcándose a ras del suelo sobrela sierra azul y esfumada; y en el fondo, sirviendo de límite a estaapoteosis de luz y color, el Mediterráneo; el golfo azul y temblón,guardado por el cabo de San Antonio y las montañas de Sagunto y Almenaraque cortaban el horizonte con sus negras gibas como enormes cetáceos.

Mirando Rafael en una hondonada las torres del ruinoso convento de laMurta, casi ocultas entre los pinares, evocaba la tragedia de lareconquista; lamentaba la suerte de aquellos guerreros agricultorescuyos blancos alquiceles aún parecían flotar entre los naranjos, losmágicos árboles de los paraísos de Asia.

Era un cariño atávico. La herencia mora que llevaba en su caráctermelancólico y soñador, le hacía lamentar—contrariando sus creenciasreligiosas—la triste suerte de los creadores de aquel edén.

Se imaginaba los pequeños reinos de los walís feudatarios; señoríossemejantes al de su familia, sólo que en vez de estar cimentados en lainfluencia y el proceso, se sostenían con la lanza de aquellos jinetesque así labraban la tierra como caracoleaban en juntas y encuentros conuna elegancia jamás igualada por caballero alguno. Veía la corte deValencia con sus poéticos jardines de Ruzafa, donde los poetas cantabanversos melancólicos a la decadencia del moro valenciano, escuchados porlas hermosas, ocultas tras los altos rosales. Y después sobrevenía lacatástrofe. Llegaban como torrente de hierro los hombres rudos de lasáridas montañas de Aragón, empujados al llano por el hambre; losalmogávares desnudos, horribles y fieros, como salvajes; gente inculta,belicosa e implacable, que se diferenciaba del sarraceno no lavándosenunca. Varones cristianos arrastrados a la guerra por sus trampas; losmíseros terrenos de su señorío empeñados en manos del israelita; y conellos un tropel de jinetes con cascos alados y cimeras espantables dedragón; aventureros que hablaban diversas lenguas, soldados errantes enbusca de la rapiña y el saqueo bajo la cruz; «lo peor de cada casa», queapoderándose del inmenso jardín, se instalaban en los palacios, y seconvertían en condes y marqueses para guardar con sus espadas al reyaragonés aquella tierra privilegiada que los vencidos seguiríanfecundando con su sudor.

«¡Valencia, Valencia, Valencia! Tus muros son ruinas; tus jardinescementerios, tus hijos esclavos del cristiano»... gemía el poetacubriéndose los ojos con el alquicel. Y

como banda de fantasmas,encorvados sobre sus caballos pequeños, nerviosos, finos, que parecíanvolar con las patas rectas, arrojando humo por las narices, Rafael veíapasar al pueblo valenciano, a los moros, vencidos y debilitados por laabundancia del suelo, huyendo al través de los jardines, empujados porlos invasores brutales e incultos para ir a sumirse en la eterna nochede la barbarie africana.

Y siguiendo con la imaginación la fuga sin término de los primerosvalencianos que dejaban olvidada y perdida una civilización cuyosúltimos vestigios resucitan hoy en las universidades de Fez, Rafaelsentía el mismo disgusto que si se tratara de una desgracia de sufamilia o su partido.

Mientras en aquella soledad evocaba las cosas muertas, la vida lerodeaba con su agitación. En el tejado de la ermita revoloteaba una nubede gorriones; en la falda de la montaña pastaba un rebaño de ovejas derojizos vellones, las cuales, al encontrar entre los peñascos algunabrizna de hierba, se llamaban con melancólico balido.

Rafael oyó voces de mujeres que subían por el camino, y tendido comoestaba vio aparecer sobre el borde del banco e ir remontándose poco apoco dos sombrillas; una de seda roja, brillante, con primorososbordados como la cúpula de afiligranada mezquita, la otra de percalrameado, modesta y respetuosamente rezagada.

Dos mujeres entraron en la plazoleta, y al incorporarse Rafael,quitándose el sombrero, la más alta, que parecía la señora, contestó conuna leve inclinación de cabeza, y se dirigió al otro extremo,volviéndole la espalda para contemplar el paisaje.

La otra se sentó a alguna distancia de Rafael, respirando penosamentecon la fatiga de la ascensión.

¿Quiénes eran aquellas mujeres?... Rafael conocía toda la ciudad y jamáslas había visto.

La que estaba cerca de él, era indudablemente una servidora de la otra;la doncella, la acompañante. Vestía de negro, con cierta graciasencilla, como una de esas soubrettes francesas que él había visto enlas novelas ilustradas.

Pero el origen campesino, la rudeza nativa, se revelaba en las manoscortas, con las uñas anchas y aplastadas, y el dorso afeado con ligerasmanchas amarillas; en los pies gruesos y pesados, a pesar de mostrarsecubiertos por unas elegantes botinas que delataban con su finura haberpertenecido antes a la señora. Era bonita, con la frescura de lajuventud. Tenía unos ojos grises, grandes, crédulos, de cordero sencilloy retozón: el pelo lacio, de un rubio blanquecino, colgaba en desmayadasmechas sobre la cara tostada y rojiza, sembrada de pecas. Manejaba contorpeza la cerrada sombrilla, y de vez en cuando miraba con ansiedad ladoble cadena de oro que descendía del cuello a la cintura, como sitemiese la desaparición de un regalo largamente solicitado.

Rafael dejó de examinarla para fijarse en su señora. Su vista recorríaaquella nuca rematada por la apretada cabellera rubia, como una cimerade oro; el cuello blanco, redondo, carnoso; la espalda amplia y esbelta,oculta, bajo una blusa de seda azul, adelgazando sus líneas rápidamenteen el talle y ensanchándose después, para marcar el contorno de lascaderas bajo la falda gris ajustada en armónicos pliegues como los pañosde una estatua, y por cuyo borde asomaban los sólidos tacones de unoszapatos ingleses, encerrando el pie pequeño, ágil y fuerte.

La señora llamó a su doncella. Su voz sonora, pastosa, vibrante, lanzóunas palabras de las que apenas pudo Rafael alcanzar las principalessílabas. El rumoroso silencio de la altura pareció plegarlas yconfundirlas; pero el joven estaba seguro de que no había hablado enespañol. Era sin duda una extranjera...

Mostraba admiración y entusiasmo ante el panorama; hablaba rápidamentea su doméstica, señalándole las principales poblaciones que desde allíveía, citándolas por sus nombres, que era lo único que llegabaclaramente a los oídos de Rafael. ¿Quién era aquella mujer nunca vistaque hablaba en idioma extranjero y conocía el país? Tal vez la esposa dealgún exportador francés o inglés de los que se establecían en la ciudadpara la compra de la naranja. Y obligado por el aislamiento y lavulgaridad de su vida a una dolorosa continencia, devoraba con sus ojoslos contornos de aquella mujer, el dorso soberbio, opulento y eleganteque parecía desafiarla con su indiferencia.

Vio Rafael cómo cautelosamente salía de su casa el ermitaño, un rústicoque vivía de las personas que visitaban aquellas alturas. Atraído por elaspecto de la desconocida señora se presentaba a saludarla ofreciéndolaagua de la cisterna y descubrir en su honor la milagrosa virgen.

Volviose la señora para contestar al ermitaño, y entonces pudocontemplarla Rafael con toda tranquilidad. Era alta, muy alta, tal veztenía su misma estatura, pero amortiguada por curvas que delataban larobustez unida a la elegancia. El pecho opulento y firme y sobre él unacabeza que causó honda impresión en Rafael. Le parecía ver a través deuna nube—del cálido vapor de la emoción—los ojos verdes, grandes,luminosos, la nariz graciosa, de alillas palpitantes y rosadas, y aquelcabello rubio que caía sobre la tez blanca, con transparencias de nácar,surcada de venas débilmente azules. Era un perfil de hermosura moderna,graciosa y picante. Rafael creía encontrar en aquellos rasgos la huellade innumerables artistas. La había visto antes. ¿Dónde?... no lo sabía.Tal vez en los periódicos ilustrados, en los álbums de bellezasartísticas; era posible que en las cajas de fósforos que reproducen lasbeldades de moda. Lo cierto era que ante aquel rostro visto por primeravez, sentía en su memoria la misma impresión que al encontrar una caraamiga tras larga ausencia.

El ermitaño, excitado por la esperanza de la propina, llevábalas haciala ermita, a cuya puerta se asomaban curiosas su mujer y su hija,deslumbradas por los enormes brillantes que centelleaban en las orejasde la desconocida.

—Entre usted, señoreta—decía el rústico.—Le enseñaré la Virgen¿sabe usted? la Virgen del Lluch, la legítima, la que vino ella soladesde Mallorca hasta aquí. Allá en Palma creen tener la verdadera, ¿peroqué han de decir ellos? Les hace rabiar la idea de que Nuestra Señoraprefiere a Alcira, y aquí la tenemos, probando que es la verdadera conlos portentosos milagros que realiza.

Abría la puerta de la pequeña iglesia fresca y sombría como una bodega,mostrando en el fondo, metida en un altar barroco de oro apagado, lapequeña imagen con el manto hueco y la cara negra.

El buen hombre, recitaba a toda prisa, como quien la sabe de memoria, lahistoria de la imagen. Era la Virgen del Lluch, la patrona de Mallorca.Un ermitaño vino huyendo de allá, no se sabía por qué: tal vez poralguna sarracina de las de aquella época de guerras y atropellos, y parasalvar a la Virgen de profanaciones, se la trajo a Alcira, edificandoaquel santuario. Llegaron después los de Mallorca para restituirla a suisla, pero como la celestial señora les había tomado ley a Alcira y asus habitantes, volvió volando sobre el mar sin mojarse los pies, y losbaleares, para ocultar este suceso, labraron una imagen igual. Todo eracierto, y como prueba allí estaba el primer ermitaño enterrado al piedel altar, y allí la Virgen con su carita negra a consecuencia del sol yla humedad del mar que la ennegrecieron en su milagroso viaje.

La señora escuchaba al buen hombre sonriendo ligeramente; su doncellaaguzaba el oído con el miedo de perder alguna palabra de un idiomacomprendido a medias, y sus ojazos de campesina crédula, iban de laimagen al narrador, expresando admiración por tan portentoso milagro.Rafael las había seguido dentro de la ermita, y se aproximaba a ladesconocida que afectaba no verle.

—Esta es una tradición—se atrevió a decir cuando el rústico acabó surelato.—Ya comprenderá usted, señora, que aquí nadie acepta talescosas.

—Así lo creo—contestó gravemente la hermosa desconocida.

Traición o no, Don Rafael—gruñó el ermitaño con descontento—así locontaba mi abuelo y todos los de su época, y así lo cree la gente.Cuando tanto se ha dicho, por algo será.

En la mancha de sol que proyectaba el hueco de la puerta sobre lasbaldosas, se marcó la sombra de una mujer.

Era una hortelana pobremente vestida. Parecía joven, pero su cara páliday flácida como de papel marcando los salientes y cavidades de su cráneo,los ojos hundidos y mates y las mechas de cabello sucio que se escapabanpor bajo el anudado pañuelo, dábanla aspecto de enfermedad y miseria.Caminaba descalza, con los zapatos en la mano, balanceándosepenosamente, con las piernas abiertas, como si experimentara inmensodolor al poner las plantas en el suelo.

El ermitaño la conocía mucho, y mientras la infeliz, jadeante por laascensión, y el dolor de sus pies desnudos, se dejaba caer en unbanquillo, contaba él su historia en pocas palabras a la señora y aRafael.

Estaba muy enferma; una dolencia de la matriz que acababa con ellarápidamente.

No creía en los médicos que, según ella, «la engañaban conpalabras»; además repugnaba a su pudor de buena mujer, cristianamenteeducada, prestarse a vergonzosas exhibiciones de los órganos enfermos.Conocía el único remedio: la Virgen del Lluch acabaría por curarla. Ytodas las semanas, descalza, con los zapatos en la mano, subía la penosacuesta, ella que en su huerto apenas podía moverse de la silla ynecesitaba que el marido la arrease para cuidar la casa.

El ermitaño se aproximó a la enferma, tomando una pieza de cobre quellevaba en la mano. Quería unos gozos como siempre, ¿eh?

—¡ Visanteta, uns gochos! —gritó el rústico asomando a la puerta.

Y entró en la iglesia su hija, una mocetona morenota y sucia, con ojosafricanos: una beldad rústica que parecía escapada de un aduar.

Se acomodó en un banco, volviendo la espalda a la virgen con el gesto demal humor del que se ve obligado a hacer todos los días la misma cosa, ycon una voz bronca, desgarrada, furiosa, que hacía temblar las paredesdel santuario, comenzó una melopea lenta, cantando la historia de laimagen y sus portentosos milagros.

La enferma, arrodillada ante el altar sin soltar los zapatos, mostrandopor entre las faldas las plantas de los pies amoratadas y sangrientaspor los arañazos de las piedras, repetía el estribillo al final de cadaestrofa, implorando la protección de la Virgen.

Su voz sonaba débil, triste, como un vagido de niño enfermo. Tenía losmacilentos ojos fijos en la imagen con una expresión dolorosa desúplica, y se cubrían de lágrimas mientras la voz sonaba cada vez mástrémula y lejana.

La hermosa desconocida mostraba cierta emoción ante el espectáculo. Ladoncella arrodillándose y siguiendo con movimientos de cabeza elsonsonete del canto, rezaba en un idioma que al fin conoció Rafael; eraitaliano. La señora miraba a la enferma con ojos de conmiseración.

—¡Qué gran cosa es la fe!—murmuró con suspirante voz.

—Sí, señora; una cosa hermosa.

Y Rafael hubiera añadido alguna frase retórica y brillante de lasmuchas que había leído en los autores sanos, sobre las grandezas de lafe; pero en vano rebuscó en su memoria; no había nada: aquella mujerturbaba profundamente su timidez de solitario.

Terminaron los gozos. Con la última estrofa desapareció la cerrilcantante, y la enferma se incorporó trabajosamente, poniéndose en pietras varias tentativas dolorosas.

El ermitaño se acercó a ella con la obsequiosidad de un tendero queensalza los géneros del establecimiento.—¿Iba aquello mejor? ¿Probabala visita a la Virgen?...

La pobre enferma, cada vez más pálida,revelando con una mueca de dolor las terribles punzadas que sufría ensus entrañas, no se atrevía a contestar por miedo a ofender a lamilagrosa señora. «¡No sabía!... Sí... realmente debía estar mejor...¡Pero aquella subida!... Esta promesa no había dado tan buen resultadocomo las anteriores, pero tenía fe: la Virgen sería buena para ella y lacuraría».

A la salida de la iglesia, mientras revelaba su esperanza con palabrasentrecortadas, fue tanto el dolor, que casi se tendió en el suelo. Elermitaño la colocó en su silla y corrió después a la cisterna paratraerla un vaso de agua.

La doncella italiana, con los ojos desmesuradamente abiertos por elsusto, quedó ante la pobre mujer consolándola con palabras sueltas quele arrancaba la lástima

«¡Povera! ¡poverina!... ¡coraggio!» Y lahortelana, en medio de su desfallecimiento, abría los ojos para mirar ala extranjera, no comprendiendo las palabras, pero adivinando suternura.

La señora salió a la plazoleta. Parecía hondamente impresionada poraquel dolor.

Rafael la seguía fingiéndose distraído, algo avergonzadode su insistencia, y deseando al mismo tiempo una oportunidad parareanudar la conversación.

Respiró con amplitud la señora al verse en aquel espacio abierto,inmenso, donde la vista se perdía en el azul del horizonte.

—¡Dios mío!—dijo como si hablase con ella misma.—¡Qué tristeza y quéalegría al mismo tiempo! Esto es muy hermoso. ¡Pero esa mujer!... ¡esapobre mujer!

—Hace ya años que la veo así,—dijo Rafael, fingiendo conocerla mucho,a pesar de que hasta entonces rara vez se había fijado en la pobrehortelana.—Todos los de su clase son gente muy especial. Desprecían alos médicos, no les atienden, y se matan con estas bárbaras devociones,de las que esperan la salud.

—¡Quién sabe si lo suyo es lo mejor! El mal es invencible, y la cienciapuede contra él tanto como la fe. A veces, menos aún... ¡Y pensar quereímos y gozamos mientras el mal pasa por nuestro lado rozándonos sinser visto!...

A esto no supo Rafael qué contestar. ¿Pero qué mujer era aquella? ¡Quémodo de expresarse, caballeros! Acostumbrado el pobre muchacho a lasvulgaridades y soseces de las amigas de su madre, y bajo la impresión deaquel encuentro que tan profundamente le turbaba, creía estar enpresencia de un sabio con faldas, un filósofo venido de allá lejos, dealguna sombría cervecería alemana, para turbarle bajo el disfraz de labelleza.

La desconocida quedó en silencio, con los ojos fijos en el horizonte. Ensu boca, grande, de labios sensuales y carnosos, por entre los cualesasomaba la dentadura espléndida y luminosa, parecía apuntar una sonrisaacariciando el paisaje.

—¡Qué hermoso es esto!—dijo sin volverse hacia su acompañante.—

¡Cómodeseaba volver a verlo!

Por fin llegaba la ocasión para hacer la ansiada pregunta: ella misma sela ofrecía.

—¿Es usted de aquí?—preguntó con voz trémula, temiendo que sucuriosidad fuese repelida por el desprecio.

—Sí, señor—se limitó a contestar la señora.

—Pues es particular. Nunca la he visto a usted...

—Nada tiene de extraño. Llegué ayer.

—¡Ya decía yo!... Conozco a todas las personas de la ciudad. Me llamoRafael Brull, y soy hijo de don Ramón, que fue muchas veces alcalde deAlcira.

Ya lo había soltado. El pobre muchacho sentía la comezón de revelar sunombre, de decir quién era, de hacer sonar aquel apellido famoso en eldistrito, para que su personalidad adquiriera realce ante ladesconocida. Influida ella por el ejemplo, tal vez dijese quién era.Pero la hermosa señora se limitó a acoger su declaración con un ¡ah!

defría extrañeza, que no revelaba siquiera si su nombre le era conocido.Pero al mismo tiempo, le envolvió en una rápida mirada investigadora yburlona que parecía decir:

—Este muchacho tiene buena presencia, pero debe ser tonto.

Rafael enrojeció, adivinando que había cometido una simpleza al revelarsu nombre sin que nadie se lo preguntara, con la misma prosopopeya quesi estuviera en presencia de un rústico del distrito.

Se hizo un silencio penoso. Rafael quería salir de esta situación, lemolestaba ver a aquella mujer glacial, indiferente; tratándole concortesía desdeñosa, sosteniendo con gran corrección las distancias paraevitar la familiaridad. Pero puesto ya en la pendiente, se atrevió aseguir preguntando:

—¿Y piensa usted permanecer mucho tiempo en Alcira?...

Rafael creyó que se hundía el suelo bajo sus pies. Una nueva mirada deaquellos ojos verdes: pero esta vez fría, amenazadora, algo así como unrelámpago lívido, reflejándose en el hielo.

—No sé...—contestó con una lentitud que parecía subrayar sudesdén.—Yo acostumbro a abandonar los sitios cuando me fastidio enellos.

Y tras una nueva pausa, miró a Rafael de frente, para saludarle con unfrío movimiento de cabeza.

—Buenas tardes, caballero.

Rafael quedó anonadado. Vio cómo se dirigió a la portalada del santuariollamando a la doncella. Cada uno de sus pasos, cada balanceo de lasarrogantes caderas, parecía levantar un obstáculo entre ella y Rafael.La vio cómo inclinándose cariñosamente sobre la hortelana enferma, abríaun pequeño saco de raso que le presentaba su doncella; y rebuscandoentre brillantes baratijas y bordados pañuelos sacaba la mano llena,brillando la plata entre sus dedos. La vació sobre el delantal de laasombrada campesina, dio algo también al ermitaño, que no manifestabamenos sobresalto, y abriendo la sombrilla roja emprendió la marchaseguida por la doncella.

Al pasar frente a Rafael, contestó al sombrerazo de éste con unainclinación elegante, casi sin mirarle, y comenzó a bajar la pedregosapendiente de la montaña.

La seguía el joven con la mirada, al través de los pinos y los cipreses,viendo empequeñecerse aquel cuerpo soberbio de mujer fuerte y sana.

En torno de él parecía flotar aún su perfume, como si al alejarse ledejara envuelto en el ambiente de superioridad, de exótica elegancia queemanaba de su persona.

Vio Rafael aproximarse al ermitaño, ganoso de comunicar su admiración.

¡Quina señora! decía poniendo los ojos en blanco para expresar suentusiasmo.

Le había dado un duro, una rodaja blanca de las que hacía muchos años,por culpa de la poca fe, no subían a aquellas alturas. Y allí estaba Visanteta, la pobre enferma, sentada en la puerta de la ermita mirandofijamente su delantal, como hipnotizada por el brillo del puñado deplata; duros, pesetas dobles y sencillas, monedas de cincuenta céntimos;todo el contenido del bolso; hasta un botón de oro que debía ser dealgún guante.

Rafael participaba del asombro. ¿Pero quién era aquella mujer?

¿Yo qué sé? —contestaba el rústico. Y guiándose por las palabrasincomprensibles de la doncella, añadía con gran convicción:— Seráalguna fransesa... Una fransesa rica.

Volvió Rafael a seguir con la vista las dos sombrillas que descendían lapendiente como insectos de colores. Disminuían rápidamente. Ya no era lagrande más que un punto rojo: ya se perdía abajo en la llanura entre lasverdes masas de los primeros huertos... ya había desaparecido.

Y al quedar solo, completamente solo, Rafael sufrió una gran explosiónde ira. Le parecía odioso aquel lugar donde tan tímido y tan torpe sehabía mostrado. Le molestaba ver aún allí el relampagueo de aquellamirada fría, repeliéndole, evitando la aproximación. Le avergonzaba elrecuerdo de sus estúpidas preguntas.

Y sin contestar al saludo del ermitaño y su familia, se lanzó monteabajo con la esperanza de volver a encontrarla, no sabía dónde. Rodabanlas rojas piedras bajo sus pies. El heredero de don Ramón, esperanza deldistrito, iba furioso; agitaba sus manos con nervioso temblor, como siquisiera abofetearse. Y con acento agresivo, como si hablase con su yo que abandonando la envoltura del cuerpo caminase delante de él, gritaba:

—¡Imbécil!... ¡estúpido!... ¡¡Provinciano!!

IV

Doña Bernarda no llegó a sospechar el motivo por el cual su hijo selevantó al día siguiente pálido y ojeroso como quien ha pasado una malanoche. Tampoco sus amigos políticos adivinaron por la tarde la razón porla que Rafael, haciendo buen tiempo, fuese a encerrarse en la atmósferadensa del Casino.

Los más bulliciosos correligionarios le rodearon para hablar una vez másde la gran noticia que hacía una semana traía revuelto al partido. Ibana ser disueltas las Cortes; los diarios no hablaban de otra cosa. Dentrode dos o tres meses, antes de finalizar el año, nuevas elecciones, y conellas el triunfo ruidoso y unánime de la candidatura de Rafael.

Don Andrés y los más graves de sus adeptos, andaban preocupadosrecordando fechas y haciendo cuentas con los dedos, como cortesanos queforman sus cálculos en vísperas de la declaración de mayor edad delpríncipe.

El íntimo amigo y lugarteniente de la casa de Brull, era el másenterado. Si las elecciones se verificaban en la fecha indicada por losperiódicos, a Rafael le faltarían unos cuantos meses, cinco o seis,para cumplir los veinticinco años. Pero él había escrito a Madridconsultando a los personajes del partido; el ministro de la Gobernaciónse mostraba conforme, había precedentes, y aunque a Rafael le faltaseel requisito de la edad, el distrito sería para él. Ya no enviarían deMadrid más cuneros.

Se acabaron los señorones desconocidos. Y toda lagrey brullesca, se preparaba para la lucha con el entusiasmo ruidosodel que sabe que el triunfo está asegurado de antemano.

Todas estas manifestaciones dejaban frío a Rafael. El, que tanto habíadeseado la llegada de las elecciones para verse libre, allá en Madrid,permanecía insensible aquella tarde como si se tratara de la suerte deotro.

Miraba con impaciencia la mesa de tresillo donde don Andrés con otrostres prohombres jugaba su diaria partida, y esperaba el momento en queviniera cual de costumbre a sentarse junto a él, para que lecontemplasen en sus funciones de Regente, cobijando bajo su autoridad ysabiduría de maestro al príncipe heredero.

Bien mediada la tarde, cuando el salón del casino estaba menosconcurrido, la atmósfera más despejada, y las bolas de marfil quietassobre el paño verde, don Andrés dio por terminada la partida,aproximándose a su discípulo, rodeado como siempre por los partidariosmás pegajosos y aduladores.

Rafael fingía escucharles mientras preparaba mentalmente la pregunta quedesde el día anterior deseaba hacer a don Andrés.

Por fin se decidió:

—Usted que conoce a todo el mundo. ¿Quién es una señora muy guapa queparece extranjera y que encontré ayer en la montañita de San Salvador?

Comenzó a reír el viejo, echando atrás la silla para que su vientreestremecido por la ruidosa carcajada, no chocase con el borde de lamesa.

—¿También tú la has visto?—dijo entre los estertores de su risa.—Puesseñor, ¡que ciudad esta! Llegó anteayer, y todos la han visto ya, y nohablan de otra cosa. Tú eres el único que faltaba a preguntarme... ¡Jo!¡jo! ¡jo! ¡Pero qué ciudad esta!

Después, extinguida su risa, que asombraba a Rafael, continuó mástranquilo:

—Pues esa señora extranjera, como tú dices, es de aquí, y ha nacido enla misma calle que tú. ¿No conoces a doña Pepa, la del médico, como lallaman; una señora pequeña que tiene un huerto junto al río y vive enuna casa azul que se inunda siempre que sube el Júcar? Era dueña de lacasa que tenéis un poco más arriba de la vuestra, y se la vendió a tupadre; la única compra que hizo don Ramón, ¿no te acuerdas?

Sí, creía conocerla. Poniendo en tensión su memoria salía de los másremotos rincones una señora vieja, arrugada, con la espalda algo curva,y una cara de simpleza y bondad. La veía con el rosario al puño, lasilla de tijera al brazo y la mantilla sobre los ojos, como cuandopasaba por frente a su puerta saludando a su madre, la cual decía conaire protector:—Esa doña Pepa es muy buena; un alma de Dios... La únicapersona decente de su familia.

—Sí; sé quien es; la conozco,—dijo Rafael.

—Pues esa señora extranjera—continuó don Andrés—es sobrina de doñaPepa. La hija de su hermano el médico, una muchacha que hasta ahora haido por el mundo cantando óperas. Tú no te acordarás del doctor Moreno,que tanto dio que hablar en sus tiempos...

¡Vaya si se acordaba! No necesitó poner en tortura su memoria. Aquelnombre aún se conservaba fresco entre los recuerdos de la niñez.Representaba muchas noches de sueño alterado por el miedo; de súbitasalarmas en las cuales ocultaba bajo las sábanas la cabeza temblorosa; deamenazas, cuando negándose a dormir porque le acostaban temprano, sumadre le decía con voz imperiosa:

—Si no callas y duermes, llamaré al doctor Moreno.

¡Terrible y sombrío personaje! Rafael recordaba como si las hubieravisto al entrar en el casino, aquellas barbas enormes, negras y rizosas;los ojos grandes y ardientes, mirando siempre con exaltación, y elcuerpo alto, con una grandeza que aún parecía mayor al joven Brull,evocándola desde los recuerdos de su infancia. Tal vez era una buenapersona; así lo creía Rafael cuando pensaba en aquel lejano período desu vida; pero aún tenía presente el susto que experimentó siendo niño,al encontrar en una calleja al terrible doctor, que le miró con sus ojosde brasa acariciándole las mejillas bondadosamente, con una mano que alarrapiezo le pareció de fuego. Huyó despavorido, como huían casi todoslos chicuelos cuando les acariciaba el doctor.

¡Qué horrible fama la suya! Los curas de la población hablaban de él conterribles aspavientos. Era un impío, un excomulgado. Nadie sabíaciertamente qué alta autoridad había lanzado sobre él la excomunión;pero era indudable que estaba fuera del gremio de las personas decentesy cristianas. Bastaba para esto saber que todo el granero de su casa lotenía lleno de libros misteriosos, en idiomas extranjeros, todosconteniendo horribles doctrinas contra las sanas creencias en Dios y enla autoridad de sus representantes. Era defensor de un tal Darwin, quesostenía que el hombre es pariente del mono, lo que regocijaba a laindignada doña Bernarda, haciéndola repetir todos los chistes que acosta de esta locura soltaban sus amigos los curas los domingos en elpúlpito. Y lo peor era que con tales brujerías, no había enfermedad quese resistiera al doctor Moreno. Hacía prodigios en los arrabales, entrela tosca gente de los huertos que le adoraba con tanto afecto comotemor.

Devolvía la salud a los que habían declarado incurables losviejos médicos de larga levita y bastón con puño de oro, venerablessabios, más creyentes en Dios que en la ciencia, según decía en suelogio la madre de Rafael. Aquel exaltado se valía de nuevosmedicamentos, de sistemas originales, aprendidos en las revistas ylibracos que recibía de muy lejos. A los enemigos les desconcertaba ensu murmuración la manía del doctor por curar gratuitamente a los pobres,añadiendo muchas veces una limosna; e indignábales la testarudez con quese negaba otras muchas a asistir a las personas acaudaladas y de sanosprincipios que habían tenido que solicitar el permiso de su confesorpara ponerse en tales manos.

—¡Pillo! ¡Hereje!... ¡Descamisado!...—exclamaba doña Bernarda.

Pero lo decía en voz muy baja y con cierto miedo, pues aquellos tiemposeran malos para la casa de Brull. Rafael recordaba que su padremostrábase por entonces más sombrío que nunca, y apenas salía del patio.

A no ser por el respeto que inspiraban sus garras vellosas y elentrecejo tempestuoso, se lo hubieran comido. Mandaban los otros...todos menos la casa de Brull.

La monarquía se la había llevado la mala trampa; legislaban en Madridlos hombres de la revolución de Septiembre. Los industrialillos de laciudad, rebeldes siempre a la soberanía de don Ramón, tenían fusiles enlas manos, formaban una milicia, y eran capaces de plantar un balazo alos que antes les habían tenido bajo el pie. Se daban en las callesvivas a la República, faltaba poco para que se encendieran cirios antela estampa de Castelar; y entre este torbellino de discursos,aclamaciones, Marsellesa a todas horas y percalina tricolor,destacábase el fanático médico, predicando en las plazas, hablando enlas eras de los pueblos vecinos, explicando los Derechos del Hombre enlas veladas nocturnas del casino republicano de la ciudad; entusiastahasta el lirismo, repetía con diversas palabras las mismas odasoratorias del tribuno portentoso que en aquella época corría España deuna punta a otra, haciendo comulgar al pueblo en la democracia al sonde sus estrofas, que sacaban de la tumba todas las grandezas de lahistoria.

La madre de Rafael, cerrando puertas y balcones, miraba irritada alcielo cada vez que la masa popular, a la vuelta de un meeting, pasabapor su calle con banderas al frente, para detenerse un poco más allá,ante la vivienda del doctor, al que aclamaba con entusiasmo.—«¿Hastacuándo iba a consentir Dios que las personas honradas sufriesen?» Yaunque nadie la insultaba ni la pedía un alfiler, hablaba de lanecesidad de trasladarse a otro punto. Aquellas gentes pedían laRepública, eran de la Repartidora, como ella decía; al paso quemarchaban las cosas, no tardarían en triunfar, y entonces vendría elsaqueo de la casa; tal vez el degüello de ella y su hijo.

—¡Déjalos, mujer!—decía el caído cacique con burlona sonrisa—No sontan malos como crees. Que sigan cantando su Marsellesa y dando vivas,ya que con tan poco se contentan. Este tiempo, otro traerá. Loscarlistas se encargarán de hacer triunfar a los nuestros.

Para el padre de Rafael, el doctor era un buen hombre. «Un excelentechico, al que los libros habían trastornado». Le conocía mucho; habíanido juntos a la escuela, y jamás quiso unirse al coro de maldicionescontra Moreno. Lo único que pareció molestarle, fue que a raíz de laproclamación de la República, los entusiastas del doctor quisieranenviarle diputado a la Constituyente del 73. ¡Diputado aquel loco,cuando él, el amigo y agente de tantos ministros moderados, no habíaosado nunca pensar en el cargo por el respeto casi supersticioso que leinspiraba! ¡Aquello era el fin del mundo!...

Pero el doctor se opuso a tales deseos. Si iba a Madrid, ¿qué sería deltriste rebaño que encontraba en él salud y protección? Además, él era unsedentario. Se sentía ligado a aquella vida de estudio y soledad, en laque cumplía sus gustos sin obstáculo alguno. Sus convicciones learrastraban a mezclarse entre la masa, a hablar en los lugares públicos,provocando tempestades de entusiasmo; pero se negaba a tomar parte enlas organizaciones de partido, y después de una reunión pública, pasabadías y días encerrado en casa entre sus libros y revistas, sin máscompañía que la de su hermana, dócil devota que le adoraba, aunquelamentando su irreligiosidad, y la de su hija, una niña rubia que Rafaelrecordaba apenas, pues la antipatía que inspiraba el padre a lasprincipales familias, obligaba a la pequeña a un forzoso aislamiento.

El doctor tenía una pasión: la música. Todos admiraban su habilidad.¿Qué no sabría aquel hombre? Según doña Bernarda y sus amigas, aqueltalento portentoso era adquirido con malas artes, fruto de suimpiedad. Pero esto no impedía que por las noches, cuando hacía sonar elvioloncello, acompañado por ciertos amigotes de Valencia que venían apasar con él algunos días,—todos gente greñuda y estrambótica, quehablaban un lenguaje raro y nombraban a un tal Beethoven con tantaunción como si fuese San Bernardo, el patrón de Alcira,—la gente seagolpase en la calle, siseando para que caminasen más quedo los quepoco a poco se aproximaban, y abríanse cautelosamente balcones yventanas ante los prodigios del endemoniado doctor.

—Sí, don Andrés—dijo Rafael;—recuerdo perfectamente al doctor Moreno.

El miedo que le había inspirado en la niñez, y las diabólicas melodíasque por la noche llegaban hasta su camita, estaban aún frescos en sumemoria.

—Pues bien—continuó el viejo;—esa señora es la hija del doctor. ¡Quéhombre aquel! ¡Cómo nos hacía rabiar a tu padre y a mí en el 73! Ahoraque todo aquello está tan lejos, te digo que era un buen sujeto. Algosorbido de sesos por la lectura, como Don Quijote; chifladocompletamente por la música. Tenía cosas graciosísimas. Se casó con unahortelana muy guapa, pero pobre. Decía que el casamiento era...

paraperpetuar la especie: éstas eran sus palabras; para echar al mundo gentefuerte y sana. Por esto lo de menos era preocuparse de la posición de laesposa, sino de su caudal de salud. Así se buscó él aquella Teresa,fuerte como un castillo y fresca como una manzana. Pero de poco le valióa la pobre. Tuvo la niña, y a consecuencia del parto murió a los pocosdías, sin que sirvieran de nada los estudios y los desesperadosesfuerzos del marido. No llegaron a vivir juntos un año.

Los compañeros de Rafael escuchaban con tanta atención como éste. Lesagitaba la malsana curiosidad de las pequeñas poblaciones donde elahondar de la vida ajena es el más vivo de los placeres.

—Y ahora viene lo bueno—continuó don Andrés,—El loco del doctor teníados santos: Castelar y Beethoven, cuyos retratos figuraban en todas lashabitaciones de su casa, hasta en el granero. Ese Beethoven (por si nolo sabéis), es un italiano o inglés, no lo sé cierto, de esos que sesacan la música de la cabeza para que la toquen en los teatros o sediviertan a solas los locos como Moreno. Al tener una hija, anduvopreocupado con el nombre que había de ponerla. Quería llamarla Emiliapara hacer así un homenaje a su ídolo Castelar; pero le gustaba másLeonora, (¡fijáos bien!

no digo Leonor), Leonora, que según nos dijo él,era el título de la única función escrita por Beethoven, una ópera queleía él a ratos perdidos, como yo leo el periódico.

El recuerdo delextranjero pudo más, y envió a su hermana a la iglesia con unas cuantasvecinas pobres a bautizar la niña, con el encargo de que le pusieran pornombre Leonora. Figuráos qué contestaría el cura después de buscar envano en el santoral. Yo estaba entonces en las oficinas del ayuntamientoy tuve que intervenir. Era antes de la Revolución; mandaba GonzálezBravo; los buenos tiempos; por poco que alzase el gallo un enemigo delorden y las sanas creencias, iba en cuerda camino de Fernando Póo. Y sinembargo, ¡floja zambra armó aquel hombre! se plantó en la iglesia, dondeno había entrado nunca, empeñado en que bautizasen a la pequeña a sugusto.

Después quiso llevársela sin bautizar, diciendo que le tenía sincuidado este requisito y que sólo lo cumplía por dar gusto a su hermana.En la disputa llamaba con gran retintín a los curas y acólitos reunidosen la sacristía, cuadrilla de bramantes...

—Les llamaría brahamantes—interrumpió Rafael.

—Sí, eso es: y también bonzos; así, por chunga; de esto me acuerdobien. Por fin, dejó que el cura la bautizase con el nombre de Leonor.Pero como si nada. Al marcharse le dijo al párroco:—«Será Leonora porrazones que le placen al padre y que no comprendería usted aunque yo selas explicase». ¡Qué tremolina aquella! Tuvimos que intervenir tu padrey yo para amansar a los buenos curas: querían formarle un proceso porsacrilegio, ultrajes a la religión y qué se yo cuántas cosas más. Nosdio lástima. ¡Ay, hijo mío! en aquel tiempo una causa así era más decuidado que hacer una muerte.

—¿Y cómo ha seguido llamándose?—preguntó un amigo de Rafael.

—Leonora, como quería su padre. Esa muchacha salió idéntica al doctor;tan chiflada como él: su mismo carácter. No la he visto aún; dicen quees muy guapa; se parecerá a su madre, que era una rubia, la más buenamoza de estos contornos. Cuando el doctor vistió a su mujer de señora,no era gran cosa como finura, pero nos dejó asombrados a todos...

—Y Moreno ¿qué se hizo?—preguntó otro.—¿Es verdad, como se dijo haceaños, que se había pegado un tiro?

—Sobre eso se cuentan muchas cosas; tal vez sea todo mentira. ¡Quiénsabe! ¡se marchó tan lejos!... Cuando al caer la República volvió eltiempo de las personas decentes, el pobre Moreno se puso peor aún queal morir su Teresa. Vivía encerrado en su casa. Tu padre era respetadomás que nunca; mandábamos que era un gusto. Don Antonio, desde Madrid,daba orden a los gobernadores de que abriesen la mano, dejándonos encompleta libertad para barrer lo que quedaba de la revolución, y los queantes aclamaban al doctor, huían de él para que nosotros no lestomásemos entre ojos. Alguna tarde salía a pasear por las afueras; ibaal huerto de su hermana, junto al río, llevando siempre al lado aLeonora, que ya tenía unos once años. En ella concentraba todo suafecto... ¡Pobre doctor! Ya estaban lejos aquellos tiempos en que todasu banda de amigotes se agarraba a tiros con la tropa en las calles deAlcira, dando vivas a la Federal... Su soledad y la tristeza de laderrota, le hicieron entregarse más que nunca a la música. Sólo teníauna alegría en medio de la desesperación que le causaba el fracaso desus perversas ideas. Leonora amaba la música tanto como él.

Aprendíarápidamente sus lecciones; acompañaba al piano el violoncello del papá,y así se pasaban los días toca que toca, revolviendo todo el inmensomontón de solfas que guardaban en el granero, junto con los librosmalditos. Además, la pequeña mostraba cada día una voz más hermosa ysonora. «Será una artista, una gran artista», decía el padreentusiasmado. Y cuando algún arrendatario de sus tierras o uno de susprotegidos entraba en la casa y permanecía embobado ante la chicuela,que cantaba como un ángel, decía el doctor con entusiasmo: «¿Qué osparece la señorita?... Algún día estarán orgullosos en Alcira de quehaya nacido aquí».

Se detuvo don Andrés para coordinar sus recuerdos y añadió tras largapausa:

—La verdad es que no puedo deciros más. En aquella época, como yamandábamos, apenas si me trataba con el doctor. Le perdimos de vista; nole hacíamos caso. La musiquilla oída al pasar frente a su casa, era loúnico que nos le traía a la memoria.

Supimos un día, por su hermana doñaPepa, que se había ido con la niña, lejos, muy lejos, a aquella ciudaddonde estuviste tú, Rafael: a Milán, que, según me han contado, es elmercado de todos los que cantan. Quería que su Leonora fuese una grantiple. Ya no le vimos más. ¡Pobre hombre!... La cosa debió marchar bien.Cada año escribía a su hermana para que vendiese un campo, y en unoscuantos voló toda la fortunita que el doctor había heredado de suspadres. La pobre doña Pepa, siempre tan buena, hasta vendió la casa queera de los dos hermanos, para enviarle el último dinero y se trasladó alhuerto, desde donde viene con un sol horrible a misa y a las Cuarentahoras.

Después... después ya no he sabido nada cierto. ¡Dicen tantasmentiras! Unos, que el pobre Moreno se pegó un tiro al verse abandonadopor su hija, que ya cantaba en los teatros; otros que murió en unhospital solo como un perro. Lo único cierto es que murió el infeliz yque su hija se ha dado la gran vida por esos mundos. Se ha divertido lamaldita. ¡Qué modo de correrla!... Hasta cuentan que se ha acostado conreyes. Y de dinero no digamos. ¡Qué modo de ganarlo y de tirarlo, hijosmíos! Esto quien lo sabe es el barbero Cupido. Como se cree artistaporque toca la guitarra, y además, figura entre los de la cáscara amargay le tenía gran simpatía al padre, es el único de la ciudad que haseguido leyendo en los papeles todas las idas y venidas de esa mujer.Dice que no canta con su apellido. Gasta otro nombre más sonoro y raro,un apellido extranjero. Como es tan métomeentodo ese Cupido y en subarbería se saben las cosas al minuto, ayer mismo estuvo en la alqueríade doña Pepa a saludar a la eminente artista, como él dice. Cuenta queno acaba. Maletas por todos los rincones, mundos que pueden contener unacasa; de trajes de seda... ¡la mar!; sombreros, no sé cuantos; estuchessobre todas las mesas con diamantes que quitan la vista; y todavía lamaldita encargó a Cupido que avisara al jefe de estación para que envíe,así que llegue, lo que falta por venir; el equipaje gordo, un sinnúmerode bultos que llegan de muy lejos, del otro rincón del mundo, y cuestanun capital por su traslado... ¡Y, eche usted!... ¡Claro! ¡Para lo que lecuesta de ganar!

Guiñaba los ojos maliciosamente y reía como un fauno viejo, dándole conel codo a Rafael, que le escuchaba absorto.

—¿Pero se queda aquí?—preguntó el joven.—¿Acostumbrada a correr elmundo, le gusta este rincón?

—Nada se sabe de eso—contestó don Andrés;—ni el mismo Cupido pudoaveriguarlo. Estará hasta que se canse. Y para aburrirse menos se hatraído la casa encima como el caracol.

—Pues es fácil que se aburra pronto—dijo un amigo de Rafael.—¡Si creeque aquí la van a admirar y mimar como en el extranjero!... ¡La hija deldoctor Moreno! ¡del médico descamisado, como le llama mi padre! ¿Hanvisto ustedes qué personajes?... Y

luego, ¡con una historia! Anoche sehablaba de su llegada en todas las casas decentes y no hubo señor que noprometiese abstenerse de todo trato con ella. Si cree que Alcira es comoesas tierras donde se baila el can can y no hay vergüenza, se llevachasco.

Don Andrés se reía con una expresión de perro viejo.

—Sí; ¡hijos míos! se lleva chasco. Aquí hay mucha moral, y sobre todo,mucho miedo al escándalo. Seremos tan pecadores como en otra parte, perono queremos que nadie se entere. Me temo que esa Leonora se pase la vidasin más sociedad que la de su tía, que es tonta, y la de una criadafranchuta que dicen ha traído... Aunque ella ya se lo recela. ¿Sabéis loque le dijo ayer a Cupido? Que venía aquí únicamente por el deseo devivir sola, de no ver gente, y cuando el barbero le habló del señorío deAlcira, hizo un gesto burlón como si se tratara de gente despreciable depoco más o menos.

Esto es lo que más se comentaba anoche por lasseñoras. ¡Ya se ve: acostumbrada a ser la querida de grandespersonajes!...

Por la arrugada frente de don Andrés pareció pasar una idea provocandosu risa.

—¿Sabes lo que pienso, Rafael? Que tú que eres joven y guapo, y hasestado en aquellos países, podías dedicarte a conquistarla, aunque sólofuera por bajarle un poco los humos y demostrar que aquí también haypersonas. Dicen que es muy guapa y ¡qué demonio! la cosa no serádifícil. ¡Cuando sepa quién eres!...

Dijo esto el viejo con la certidumbre de la adulación, convencido de queel prestigio de su príncipe era tal, que forzosamente había de turbara toda mujer. Pero a Rafael, estas palabras, después de la escena de latarde anterior, le parecían una crueldad.

Don Andrés se puso serio de repente, como si ante sus ojos pasase unapavorosa visión y añadió con tono respetuoso:

—Pero no: fuera bromas. No hagas caso de lo que digo. Tu madre sufriríaun gran disgusto.

El nombre de doña Bernarda, representación de la temible virtud, al caeren medio de la conversación puso serios a todos los del corro.

—Lo que más extraño—dijo Rafael que deseaba desviar laconversación—es que todos se acuerden ahora de la hija del doctor. Hanpasado años y más años, sin que nadie pronunciase su nombre.

—Estas son cosas de aquí—contestó el viejo.—Los de vuestra edad no lahabíais visto, y vuestros padres, que conocieron al doctor y a su hija,han tenido siempre buen cuidado de no sacar a conversación a esa mujer,que, como dice tu madre es la deshonra de Alcira. De vez en cuando sesabía algo; una noticia que Cupido pescaba en los periódicos y propagabapor ahí; una revelación de la tonta doña Pepa, que contaba a loscuriosos las glorias de su sobrina en el extranjero; muchas mentirasque se inventaban no se sabe dónde ni por quien. Todo esto quedabaoculto como el fuego bajo la ceniza. Si a esa muchacha no se le hubieraocurrido volver a Alcira... nada.

Pero ha venido, y de pronto todoshablan de ella, y resulta que saben o creen saber su vida, desembuchandolas noticias de muchos años. ¿Queréis creerme, hijos míos? Yo la heconsiderado siempre una pájara de cuenta, pero aquí se miente mucho...mucho; se le levanta un mal testimonio al mismo verbo divino; y no serátanto como dicen...

¡Si fuese uno a hacer caso! ¿No era el pobre donRamón el más grande hombre de esta tierra? ¿Y qué cosas no decían deél?...

Ya no se habló más de la hija del doctor Moreno. Rafael sabía cuantodeseaba.

Aquella mujer había nacido a corta distancia de donde él nació;sus infancias habían transcurrido casi juntas y, sin embargo, en elprimer encuentro de su vida, se habían sentido separados por la frialdadde lo desconocido.

Esta separación sería cada vez mayor. Ella se burlaba de la ciudad,vivía fuera de su influencia, en pleno campo, despreciándola, y laciudad no iría a ella.

¿Cómo aproximarse?... Rafael estuvo tentado aquella misma tarde,paseando sin rumbo por las calles de buscar en su tienda al barberoCupido. El alegre bohemio era el único de Alcira que entraba en su casa.Pero lo detuvo el miedo a su lengua murmuradora.

A su respetabilidad de hombre de partido le repugnaba entrar en aquellabarbería empapelada con láminas de El Motín y presidida por elretrato de Pí y Margall. ¿Cómo justificaría su presencia allí, dondejamás había entrado? ¿Cómo explicar a Cupido su interés por aquellamujer, sin exponerse a que en la misma noche lo supiera toda la ciudad?

Pasó por dos veces frente a los rayados cristales de la barbería, sinatreverse a poner la mano en el picaporte, y acabó por salir al campo,siguiendo la orilla del río, lentamente, con la vista fija en aquellaalquería azul, que nunca había llamado su atención, y ahora le parecíala más hermosa del dilatado paraíso de naranjos.

Por entre la arboleda veía el balcón de la casa y con él una mujerdesdoblando ropas brillantes, de finos colores; faldas que sacudía paraborrar los pliegues de la opresión en las maletas.

Era la doncella italiana; aquella Beppa de pelo rojizo que había vistoen la tarde anterior, acompañando a su señora.

Creyó que la muchacha le miraba, que le reconocía por entre el follaje,a pesar de la distancia, y sintiendo un repentino miedo de chiquillo quese ve sorprendido en plena travesura, volvió la espalda y se alejórápidamente hacia la ciudad, experimentando después cierta satisfacción,como si hubiera adelantado algo en el conocimiento de Leonora, sólo conllegar a las inmediaciones de la casa azul.

V

Las primeras lluvias del invierno caían con insistencia sobre lacomarca. El cielo gris, cargado de nubes, parecía tocar la copa de losárboles. La tierra rojiza de los campos obscurecíase bajo el continuochaparrón; los caminos hondos y tortuosos, entre las tapias y setos delos huertos, convertíanse en barrancos; paralizábase la vida laboriosadel cultivo y los pobres naranjos, tristes y llorosos, encogíanse bajoel diluvio, como protestando de aquel cambio brusco en el país del sol.

El río crecía. Las aguas rojas y gelatinosas, como arcilla líquida,chocaban contra las pilastras de los puentes, hirviendo como montonesremovidos de hojas secas. Los habitantes de las casas inmediatas alJúcar seguían con mirada ansiosa el curso del río y plantaban en laorilla cañas y palos para convencerse de la subida de su nivel.

¿Munta?... —preguntaban los que vivían en el interior.

Sí que munta—contestaban los ribereños.

El agua subía con lentitud, amenazando a la ciudad que audazmente habíaechado raíces en medio de su curso.

Pero a pesar del peligro, los vecinos no iban más allá de una alarmadacuriosidad.

Nadie sentía miedo ni abandonaba su casa para pasar lospuentes, buscando un refugio en tierra firme. ¿Para qué? Aquellainundación sería como todas. Era inevitable de vez en cuando la cóleradel río: hasta había que agradecerla, pues constituía diversióninesperada; una agradable paralización de trabajo. La confianza morunadaba tranquilidad a la gente. Lo mismo había hecho en tiempo de suspadres, de sus abuelos y tatarabuelos, y nunca se llevó la población:algunas casas la vez que más. ¿Y había de sobrevenir ahora lacatástrofe?... El río era el amigo de Alcira: se guardaban el afecto deun matrimonio que, entre besos y bofetadas, llevase seis o siete siglosde vida común. Además, para la gente menuda, estaba allí el padre SanBernardo, tan poderoso como Dios en todo lo que tocase a Alcira, y únicocapaz de domar aquel monstruo que desarrollaba sus ondulantes anillos deolas rojizas.

Llovía día y noche, y sin embargo, la ciudad, por su animación, parecíaestar de fiesta. Los muchachos, emancipados de la escuela por el maltiempo, iban a los puentes a arrojar ramas para apreciar la velocidad dela corriente, o descendían por las callejuelas vecinas al río paracolocar señales, aguardando que la lámina de agua, ensanchándose,llegase hasta ellas.

La gente de los cafés se deslizaba por las calles al abrigo de losgrandes aleros, cuyas canales rotas vomitaban chorros como brazos, ydespués de mirar al río, bajo el débil abrigo de sus paraguas, volvíanmuy ufanos, parándose en todas las casas, para dar su opinión sobre lacrecida.

Era una de pareceres, discusiones ardorosas y diversas profecías, queagitaban la ciudad de un extremo a otro, con el calor y la vehemencia dela sangre meridional. Se disputaba, se enfriaban amistades, por si enmedia hora el río había subido cuatro dedos o uno solo; y faltaba pocopara venir a las manos por si esta riada era más importante que laanterior.

Y mientras tanto el cielo, llorando incesantemente por sus innumerablesojos; el río hinchándose de rugiente cólera, lamiendo con sus lenguasrojas la entrada de las calles bajas, asomábase a los huertos de lasorillas y penetraba por entre los naranjos, después de abrir agujeros enlos setos y en las tapias.

La única preocupación era si llovería al mismo tiempo en las montañas deCuenca.

Si bajaba agua de allá, la inundación sería cosa seria. Y loscuriosos hacían esfuerzos al anochecer por adivinar el color de lasaguas, temiendo verlas negruzcas, señal cierta de que venían de la otraprovincia.

Cerca de dos días duraba aquel diluvio. Cerró la noche y en laobscuridad sonaba lúgubre el mugido del río. Sobre su negra superficiereflejábanse, como inquietos pescados de fuego, las luces de las casasribereñas y los farolillos de los curiosos que examinaban las orillas.

En las calles bajas, el agua, al extenderse, se colaba por debajo de laspuertas. Las mujeres y los chicos refugiábanse en los graneros, y loshombres, arremangados de piernas, chapoteaban en el líquido fangoso,poniendo en salvo los aperos de labranza, o tirando de algún borriquilloque retrocedía asustado, metiéndose cada vez más en el agua.

Toda aquella gente de los arrabales, al verse en las tinieblas de lanoche, con la casa inundada, perdió la calma burlona de que había hechoalarde durante el día. La dominaba el pavor de lo sobrenatural y buscabacon infantil ansiedad una protección, un poder fuerte que atajase elpeligro. Tal vez esta riada era la definitiva. ¿Quién sabe si seríanellos los destinados a perecer con las últimas ruinas de la ciudad?...Las mujeres gritaban asustadas al ver las míseras callejuelasconvertidas en acequias.

¡El pare San Bernat!... ¡Que traguen al pare San Bernat!

Los hombres se miraban con inquietud. Nadie podía arreglar aquello comoel glorioso patrón. Ya era hora de buscarle, cual otras veces, para quehiciese el milagro.

Había que ir al ayuntamiento: obligar a los señores de viso, gente algodescreída, a que sacasen el santo para consuelo de los pobres.

En un momento se formó un verdadero ejército. Salían de las lóbregascallejuelas, chapoteando en el agua como ranas, vociferando su grito deguerra: ¡San Bernat! ¡San Bernat! Los hombres, remangados de piernas ybrazos, o desnudos, sin otra concesión al pudor que la faja, esa prendaque jamás se despega de la piel del labriego; las mujeres con las faldasa la cabeza, hundiendo en el barro sus tostadas y enjutas piernas debestias de trabajo; todos mojados de cabeza a pies, con las ropasmustias y colgantes adheridas a la carne. Al frente del inmenso grupo,iban unos mocetones con hachas de viento, cuyas llamas se enroscabancrepitantes bajo la lluvia, paseando sus reflejos de incendio sobre lavociferante multitud.

¡San Bernat! ¡San Bernat! ... ¡Viva el pare San Bernat!

Pasaban por las calles con el estrépito y la violencia de un puebloamotinado, bajo el continuo gotear del cielo y los chorros de losaleros. Abríanse puertas y ventanas, uniéndose nuevas voces a ladelirante aclamación, y en cada bocacalle, un grupo de gente engrosabala negra avalancha.

Iban todos al ayuntamiento, furiosos y amenazantes como si solicitaranalgo que podían negarles, y entre la muchedumbre veíanse escopetas,viejos trabucos y antiguas pistolas de arzón enormes como arcabuces.Parecía que iban a matar al río.

El alcalde, con todos los del ayuntamiento, aguardaba a la puerta de lacasa de la ciudad. Habían llegado corriendo, seguidos de alguaciles ygente de la ronda, para hacer frente al motín.

¿Qué voleu? —preguntaba el alcalde a la muchedumbre.

¡Qué había de querer! El único remedio, la salvación; llevar al santoomnipotente a la orilla del río para que le metiera miedo con supresencia; lo que venían haciendo siglos y siglos sus ascendientes,gracias a lo cual aún existía la ciudad.

Algunos vecinos que eran mal mirados por la gente del campo, a causa desu incredulidad, sonreían. ¿No sería mejor desalojar las casas cercanasal río? Una tempestad de protestas seguía a esta proposición. ¡Fuera!¡Querían que saliese el santo! ¡Que hiciera el milagro, como siempre!