Entre Naranjos by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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VICENTE BLASCO IBÁÑEZ

ENTRE NARANJOS

—NOVELA—

15.000

F. Sempere y C.a, Editores

CALLE DE ISABEL LA CATÓLICA, 5

VALENCIA

1904

PRIMERA PARTE

I, II, III, IV, V, VI

SEGUNDA PARTE

I, II, III, IV, V, VI, VII

TERCERA PARTE

I, II, III

PRIMERA PARTE

———

I

—Los amigos te esperan en el casino. Sólo te han visto un momento estamañana: querrán oírte; que les cuentes algo de Madrid.

Y doña Bernarda fijaba en el joven diputado una mirada profunda yescudriñadora de madre severa que recordaba a Rafael sus inquietudes dela niñez.

—¿Vas directamente al Casino?...—añadió.—Ahora mismo irá Andrés.

Saludó Rafael a su madre y a don Andrés, que aún quedaban a la mesasaboreando el café, y salió del comedor.

Al verse en la ancha escalera de mármol rojo, envuelto en el silencio deaquel caserón vetusto y señorial, experimentó el bienestar voluptuosodel que entra en un baño tras un penoso viaje.

Después de su llegada, del ruidoso recibimiento en la estación, de losvítores y música hasta ensordecer, apretones de manos aquí, empellonesallá, y una continua presión de más de mil cuerpos que se arremolinabanen las calles de Alcira para verle de cerca, era el primer momento enque se contemplaba solo, dueño de sí mismo, pudiendo andar o detenerse avoluntad, sin precisión de sonreír automáticamente y de acoger concariñosas demostraciones a gentes cuyas caras apenas reconocía.

¿Qué bien respiraba descendiendo por la silenciosa escalera, resonantecon el eco de sus pasos! ¡Qué grande y hermoso le parecía el patio consus cajones pintados de verde, en los que crecían los plátanos de anchasy lustrosas hojas! Allí habían pasado los mejores años de su niñez. Loschicuelos que entonces le espiaban desde el gran portalón, esperando unaoportunidad para jugar con el hijo del poderoso don Ramón Brull, eranlos mismos que dos horas antes marchaban agitando sus fuertes brazos dehortelanos, desde la estación a la casa, dando vivas al diputado, alilustre hijo de Alcira.

Este contraste entre el pasado y el presente halagaba su amor propio,aunque allá en el fondo del pensamiento le escarabajease la sospecha deque en la preparación del recibimiento habían entrado por mucho lasambiciones de su madre y la fidelidad de don Andrés con todos los amigosunidos a la grandeza de los Brull, caciques y señores del distrito.

Dominado por los recuerdos, al verse de nuevo en su casa, después dealgunos meses de estancia en Madrid, permaneció un buen rato inmóvil enel patio, mirando los balcones del primer piso, las ventanas de losgraneros—de las que tantas veces se había retirado de niño, advertidopor los gritos de su madre;—y al final, como un velo azul y luminoso,un pedazo de cielo empapado de ese sol que madura como cosecha de orolos racimos de inflamadas naranjas.

Le parecía ver aún a su padre, el imponente y grave don Ramón, paseandopor el patio, con las manos atrás, contestando con pocas y reposadaspalabras las consultas de los partidarios que le seguían en susevoluciones con mirada de idolatras. ¡Si hubiera podido resucitaraquella mañana, para ver a su hijo aclamado por toda la ciudad!...

Un ligero rumor semejante al aleteo de dos moscas turbaba el profundosilencio de la casa. El diputado miró al único balcón que estabaentreabierto. Su madre y don Andrés hablaban en el comedor: se ocuparíande él como siempre. Y cual si temiera ser llamado, perdiendo en uninstante el bienestar de la soledad, abandonó el patio, saliendo a lacalle.

Las dos de la tarde. Casi hacía calor, aunque era el mes de Marzo.Rafael, habituado al viento frío de Madrid y a las lluvias de invierno,aspiraba con placer la tibia brisa que esparcía el perfume de loshuertos por las estrechas callejuelas de la ciudad vieja.

Años antes había estado en Italia con motivo de una peregrinacióncatólica: su madre le había confiado a la tutela de un canónigo deValencia, que no quiso volver a España sin visitar a don Carlos, yRafael recordaba las callejuelas de Venecia, al pasar por las calles dela vieja Alcira, profundas como pozos, sombrías, estrechas, oprimidaspor las altas casas, con toda la economía de una ciudad que, edificadasobre una isla, sube sus viviendas conforme aumenta el vecindario y sólodeja a la circulación el terreno preciso.

Las calles estaban solitarias. Se habían ido a los campos los que horasantes las llenaban en ruidosa manifestación. Los desocupados seencerraban en los cafés, frente a los cuales pasaba apresuradamente eldiputado, recibiendo al través de las ventanas el vaho ardiente en quezumbaban choques de fichas y bolas de marfil, y las animadas discusionesde los parroquianos.

Rafael llegó al puente del Arrabal, una de las dos salidas de la viejaciudad edificada sobre la isla. El Júcar peinaba sus aguas fangosas yrojizas en los machones del puente. Unas cuantas canoas balanceábanseamarradas a las casas de la orilla. Rafael reconoció entre ellas labarca que en otro tiempo le servía para sus solitarias excursiones porel río, y que, olvidada por su dueño, iba soltando la blanca capa depintura.

Después se fijó en el puente; en su puerta ojival, resto de las antiguasfortificaciones; en los pretiles de piedra amarillenta y roída como sipor las noches vinieran a devorarla todas las ratas del río, y en losdos casilicios que guardaban unas imágenes mutiladas y cubiertas depolvo.

Eran el patrono de Alcira y sus santas hermanas; el adorado SanBernardo, el príncipe Hamete, hijo del rey moro de Carlet, atraído alcristianismo por la mística poesía del culto, ostentando en su frentedestrozada el clavo del martirio.

Los recuerdos de su niñez, vigilada por una madre de devoción crédula eintransigente, despertaban en Rafael al pasar ante la imagen. Aquellaestatua desfigurada y vulgar era el penate de la población, y la cándidaleyenda de la enemistad y la lucha entre San Vicente y San Bernardo,inventada por la religiosidad popular, venía a su memoria.

El elocuente fraile llegaba a Alcira en una de sus correrías depredicador y se detenía en el puente, ante la casa de un veterinario,pidiendo que le herrasen su borriquilla. Al marcharse le exigía elherrador el precio de su trabajo, e indignado San Vicente por sucostumbre de vivir a costa de los fieles, miraba al Júcar exclamando:

Algún día dirán: así estaba Alsira.

No mentres Bernat estiga,—contestaba desde su pedestal la imagen deSan Bernardo.

Y, efectivamente; allí estaba aún la estatua del santo como centinelaeterno, vigilando el Júcar para oponerse a la maldición del rencorosoSan Vicente. Es verdad que el río crecía y se desbordaba todos los años,llegando hasta los mismos pies de San Bernat, faltando poco paraarrastrarle en su corriente; es verdad también que cada cinco o seisaños derribaba casas, asolaba campos, ahogaba personas y cometía otrasespantables fechorías, obedeciendo la maldición del patrón de Valencia;pero el de Alcira podía más, y buena prueba era que la ciudad seguíafirme y en pie, salvo los consiguientes desperfectos y peligros cadavez que llovía mucho y bajaban las aguas de Cuenca.

Rafael, sonriendo al poderoso santo como a un amigo de su niñez, pasó elpuente y entró en el Arrabal, la ciudad nueva, anchurosa ydespejada—como si las apretadas casas de la isla, cansadas de laopresión, hubiesen pasado en tropel a la ribera opuesta, esparciéndosecon el alborozo y el desorden de colegiales en libertad.

El diputado se detuvo en la entrada de la calle donde estaba el Casino.Hasta él llegaba el rumor de la concurrencia, mayor que otros días, conmotivo de su llegada.

¿Qué iba a hacer allí? Hablar de los asuntos deldistrito, de la cosecha de la naranja o de las riñas de gallos,describirles cómo era el jefe del gobierno y el carácter de cadaministro. Pensó con cierta inquietud en don Andrés, aquel Mentor que porrecomendación de su madre, si se despegaba de él alguna vez, era paraseguirle de lejos... Pero, ¡bah!, que le esperasen en el Casino. Tiempole quedaba en toda la tarde para abismarse en aquel salón lleno de humo,donde todos al verle se abalanzarían a él mareándole con sus preguntas yconfidencias.

Y embriagado cada vez más por la luz meridional y aquellos perfumesprimaverales en pleno invierno, torció por una callejuela, dirigiéndoseal campo.

Al salir del antiguo barrio de la Judería y verse en plena campiña,respiró con amplitud, como si quisiera encerrar en sus pulmones toda lavida, la frescura y los colores de su tierra.

Los huertos de naranjos extendían sus rectas filas de copas verdes yredondas en ambas riberas del río; brillaba el sol en las barnizadashojas: sonaban como zumbidos de lejanos insectos los engranajes de lasmáquinas del riego, la humedad de las acequias, unida a las tenuesnubecillas de las chimeneas de los motores, formaba en el espacio unaneblina sutilísima que transparentaba la dorada luz de la tarde conreflejos de nácar.

A un lado alzábase la colina de San Salvador con su ermita en la cumbre,rodeada de pinos, cipreses y chumberas. El tosco monumento de la piedadpopular parecía hablarle como un amigo indiscreto, revelando el motivoque le hacía abandonar a los partidarios y desobedecer a su madre.

Era algo más que la belleza del campo lo que le atraía fuera de laciudad. Cuando los rayos del sol naciente le despertaron por la mañanaen el vagón, lo primero que vio, antes de abrir los ojos, fue unhuerto de naranjos, la orilla del Júcar y una casa pintada de azul, lamisma que asomaba ahora, a lo lejos, entre las redondas copas defollaje, allá en la ribera del río.

¡Cuántas veces la había visto en los últimos meses con los ojos de laimaginación!...

Muchas tardes en el Congreso, oyendo al jefe que desde el banco azulcontestaba con voz incisiva a los cargos de las oposiciones, su cerebro,como abrumado por el incesante martilleo de palabras, comenzaba adormirse. Ante sus ojos entornados desarrollábase una neblina parda,como si espesara la penumbra húmeda de bodega en que está siempre elsalón de sesiones; y sobre este telón destacábanse como visióncinematográfica las filas de naranjos, la casa azul con sus ventanasabiertas, y por una de ellas salía un chorro de notas, una voz velada ydulcísima cantando lieders y romanzas que servía de acompañamiento alos duros y sonoros párrafos del jefe del gobierno. De repente, Rafaeldespertaba con los aplausos y el barullo. Había llegado el momento devotar, y el diputado, viendo todavía los últimos contornos de la casaazul que se desvanecían, preguntaba a su vecino de banco:

—¿Qué, votamos? ¿Sí o no?

La misma visión se le presentaba por las noches en el teatro Real, allídonde la música sólo servía para hacerle recordar la voz del huertoextendiéndose por entre los naranjos como un hilo de oro, y en lascomidas con los compañeros de comisión, cuando con el veguero en loslabios y retozándoles la alegría voluptuosa de una digestión feliz, ibantodos a acabar la noche en alguna casa de confianza donde no corrierapeligro su dignidad de representantes del país.

Ahora volvía a ver con intensa emoción aquella casa y marchaba haciaella, no sin vacilaciones; con cierto temor que no podía explicarse yque agitaba su diafragma, oprimiéndole los pulmones.

Pasaban los hortelanos junto al diputado, cediéndole el borde delcamino, y él contestaba distraídamente a su saludo.

Todos ellos se encargarían de contar dónde le habían visto. No tardaríasu madre en saberlo. Por la noche tempestad en el comedor de su casa. YRafael, siempre caminando hacia la casa azul, pensaba con amargura en susituación. ¿A qué iba allá?

¿Por qué empeñarse en complicar su vida condificultades que no podía vencer?

Recordaba las dos o tres escenascortas, pero violentas, que meses antes había tenido con su madre. Elfuror autoritario de aquella señora tan devota y rígida de costumbres,al enterarse de que su hijo visitaba la casa azul y era amigo de unaextranjera a la que no trataban las personas decentes de la ciudad y dela que sólo hablaban bien los hombres en el Casino cuando se veíanlibres de la protesta de sus familias.

Fueron escenas borrascosísimas. Por aquellos días le iban a elegirdiputado. ¿Es que quería deshonrar el nombre de la familiacomprometiendo su porvenir político? ¿Para eso había arrastrado su padreuna vida de luchas, de servicios al partido, realizados muchas vecesescopeta en mano? ¿Una perdida podía comprometer la casa de los Brull,arruinada por treinta años de política y de elecciones para los señoresde Madrid, ahora que su representante iba a tocar el resultado de tantosacrificio consiguiendo la diputación y tal vez el medio de salvar lasantiguas fincas, abrumadas por el peso de embargos e hipotecas?...

Rafael, anonadado por aquella madre enérgica que era el alma delpartido, prometió no volver más a la casa azul, no ver a la perdida,como la llamaba doña Bernarda, con una entonación que hacía silbar lapalabra.

Pero de entonces databa el convencimiento de su debilidad. A pesar de supromesa, volvió. Iba por caminos extraviados, dando grandes rodeos,ocultándose como cuando de niño marchaba con los camaradas a comer frutaen los huertos. El encuentro con una labradora; con un chicuelo o con unmendigo, le hacía temblar, a él, cuyo nombre repetía todo el distrito, yque de un momento a otro iba a conseguir la investidura popular, eleterno ensueño de su padre. Y al presentarse en la casa azul tenía quefingir que llegaba por un acto libre de su voluntad, sin miedo alguno.Así, sin que lo supiera su madre, siguió viendo a aquella mujer hasta lavíspera de su salida para Madrid.

Al llegar Rafael a este punto de sus recuerdos, preguntábase quéesperanza le movía a desobedecer a su madre, arrostrando su temibleindignación.

En aquella casa sólo había encontrado una amistad franca ydespreocupada, un compañerismo algo irónico, como de persona obligadapor la soledad a escoger entre los inferiores el camarada menosrepulsivo. ¡Ay! cómo veía aún las risas escépticas y frías con que eranacogidas sus palabras, que él creía de ardorosa pasión. ¡Qué carcajadaaquella, insolente y brutal como un latigazo, el día en que se atrevió adecir que estaba enamorado!

—Nada de romanticismo, ¿eh, Rafaelito?... Si quiere usted que sigamosamigos, sea con la condición de que me trate como a un hombre. Camaradasy nada más.

Y mirándole con sus ojos verdes, luminosos, diabólicos, se sentaba alpiano y comenzaba uno de aquellos cantos ideales, como si quisiera conla magia del arte levantar una barrera entre los dos.

Otro día estaba nerviosa; la molestaban las miradas de Rafael, suspalabras de amorosa adoración, y le decía con brutal franqueza.

—No se canse usted. Yo ya no puedo amar: conozco mucho a los hombres,pero si alguno me hiciese volver al amor, no sería usted, Rafaelito.

Y él allí; insensible a los arañazos y desprecios de aquel terribleamigo con faldas; indiferente ante los conflictos que la ciega pasiónpodía provocar en su casa.

Quería librarse del deseo y no podía. Para arrancarse de tal atracciónpensaba en el pasado de aquella mujer: se decía que a pesar de subelleza, de su aire aristocrático, de la cultura con que le deslumbrabaa él, pobre provinciano, no era más que una aventurera que había corridomedio mundo, pasando de unos a otros brazos. Resultaba una gran cosa elconseguirla; hacerla su amante; sentirse en el contacto carnal camaradade príncipes y célebres artistas; pero ya que era imposible, ¿a quéinsistir comprometiéndose y quebrantando la tranquilidad de su casa?

Para olvidarla rebuscaba el recuerdo de palabras y actitudes, queriendoconvertirlas en defectos. Saboreaba el goce del deber cumplido, cuandotras esta gimnasia de su voluntad pensaba en ella sin sentir el deseo deposeerla, una satisfacción de eunuco que contempla frío e indiferente,como pedazos de carne muerta, las desnudas bellezas tendidas a sus pies.

Al principio de su vida en Madrid se creyó curado. Su nueva existencia,las continuas y pequeñas satisfacciones del amor propio, el saludo delos ujieres del Congreso, la admiración de los que venían de allá y lepedían una papeleta para las tribunas; el verse tratado como compañeropor aquellos señores, de muchos de los cuales hablaba su padre con elmismo respeto que si fuesen semidioses; el oírse llamar señoría, él, aquien Alcira entera tuteaba con afectuosa familiaridad, y rozarse en losbancos de la mayoría conservadora con un batallón de duques, condes ymarqueses, jóvenes que eran diputados como complemento de la distinciónque da una querida guapa y un buen caballo de carreras, todo esto leembriagaba, le aturdía, haciéndole olvidar, creyéndose completamentecurado.

Pero al familiarizarse con su nueva vida, al perder el encanto de lanovedad estos halagos del amor propio, volvían los tenaces recuerdos aemerger en su memoria. Y

por la noche, cuando el sueño aflojaba suvoluntad en dolorosa tensión, la casa azul, los ojos verdes y diabólicosde su dueña, y la boca fresca, grande y carnosa con su sonrisa irónicaque parecía temblar entre los dientes blancos y luminosos, eran elcentro inevitable de todos sus ensueños.

¿Para qué resistir más? Podía pensar en ella cuanto quisiera; esto no losabría su madre. Y se entregó a unos amores de imaginación, en loscuales la distancia hermoseaba aún más a aquella mujer.

Sintió el deseo vehemente de volver a su ciudad. La ausencia y ladistancia parecían allanar los obstáculos. Su madre no era tan temiblecomo él creía. ¡Quién sabe si al volver allá,—ahora que él mismo secreía cambiado por su nueva vida,—le sería fácil continuar aquellasrelaciones y preparada ella por el aislamiento y la soledad le recibiríamejor!

Las Cortes iban a cerrarse, y obedeciendo las continuas indicaciones delos partidarios y de doña Bernarda que le pedían que hiciese algo—fuese lo que fuese—

algo beneficioso para la ciudad, unatarde, a primera hora, cuando en el salón de sesiones no estaban más queel presidente, los maceros y unos cuantos periodistas dormidos en latribuna, se levantó con el almuerzo subido a la garganta por la emoción,para pedir al ministro de Fomento más actividad en el expediente de lasobras de defensa de Alcira contra las invasiones del río; un mamotretoque contaba unos sesenta años de vida y aún estaba en la niñez.

Después de esto ya podía volver con la aureola de diputado práctico,«celoso defensor de nuestros intereses materiales», como le titulaba elsemanario de la localidad, órgano del partido. Y aquella mañana, albajar del tren, entre los apretones de la muchedumbre, el diputado,sordo a la Marcha Real y a los vivas, se levantaba sobre las puntas delos pies, buscando ver a lo lejos, entre las banderas, la casa azul consus masas de naranjos.

Al llegar a ella por la tarde la emoción erizaba su epidermis y oprimíasu estómago.

Pensó por última vez en su madre, amante de su prestigio ytemerosa de las murmuraciones de los enemigos; en aquellos demagogosque por la mañana se asomaban a la puerta de los cafés burlándose de lamanifestación; pero todos sus escrúpulos se desvanecieron al ver lacerca de altas adelfas y punzantes espinos, las dos pilastras azules enque se apoyaba la puerta de verdes barrotes, y empujando esta entró enel huerto.

Los naranjos extendíanse en filas, formando calles de roja tierra,anchas y rectas como las de una ciudad moderna tirada a cordel, en laque las casas fuesen cúpulas de un verde obscuro y lustroso. A amboslados de la avenida que conducía a la casa, extendían y entrelazaban losaltos rosales sus espinosas ramas. Comenzaban a brotar en ellas losprimeros botones anunciando la primavera.

Entre el rumor de la brisa agitando los árboles y el parloteo de losgorriones que saltaban en torno de los troncos, Rafael percibió unamúsica lejana, el sonido de un piano apenas rozado con los dedos, y unavoz velada, tímida, como si cantase para si misma.

Era ella. Rafael conocía la música; un lieder de Schubert, el favoritode aquella época; un maestro que «aún tenía lo mejor por descolgar»,según decía la artista en el argot aprendido de los grandes músicos,aludiendo a que sólo se habían popularizado las obras más vulgares delmelancólico compositor.

El joven avanzaba lentamente, con miedo, como si temiera que el ruido desus pasos cortase aquella melodía que parecía mecer amorosamente elhuerto, dormido bajo la luz de oro de la tarde.

Llegó a la plazoleta, frente a la casa, y vio de nuevo sus palmerasrumorosas, los bancos de mampostería con asiento y respaldo de floreadosazulejos. Allí había reído ella muchas veces escuchándole.

La puerta estaba cerrada. Al través de un balcón entreabierto veíase unpedazo de seda azul ligeramente curvado: la espalda de una mujer.

Los pasos de Rafael hicieron ladrar a un perro en el fondo del huerto;huyeron cacareando las gallinas que picoteaban en un extremo de laplazoleta y cesó la música, oyéndose el arrastrar de una silla, como sialguien se pusiera en pie.

Apareció en el balcón una amplia bata de color celeste. Lo único que vioRafael fueron los ojos, el relámpago verde que pareció llenar de luztodo el hueco del balcón.

¡Beppa! ¡Beppina! —gritó una voz firme, sonora y caliente desoprano.— Apri la porta.

E inclinando su cabeza rubia obscura, cargada de gruesas trenzas, comoun casco de oro antiguo, dijo sonriendo con confianza amistosa yburlona:

—Bien venido, Rafaelito. No sé por qué, le esperaba esta tarde. Ya noshemos enterado de sus triunfos: hasta este desierto llegaron la música ylos vivas. Mi enhorabuena, señor diputado. Pase adelante su señoría.

II

Desde Valencia hasta Játiva, en toda la inmensa extensión cubierta dearrozales y naranjos que la gente valenciana encierra bajo el vagotítulo de la Ribera, no había quien ignorase el nombre de Brull y lafuerza política que significaba.

Cual si no se hubiera realizado la unidad nacional, y el país siguieradividido en taifas o waliatos como cuando existía un rey moro en Carlet,otro en Denia y otro en Játiva, el régimen de elecciones mantenía unaespecie de señorío inviolable en cada distrito, y al recorrer en elgobierno de la provincia el mapa político, siempre que se fijaban enAlcira, decían lo mismo.

—Ahí estamos seguros. Contamos con Brull.

Era una dinastía que venía reinando treinta años sobre el distrito, cadavez con mayor fuerza.

El fundador de la casa soberana había sido el abuelo de Rafael, elladino don Jaime, que había amasado la fortuna de la familia concincuenta años de lenta explotación de la ignorancia y la miseria.Comenzó de escribiente en el ayuntamiento; después había sido secretariodel juzgado municipal, pasante del notario y ayudante en el Registro dela propiedad. No quedó empleo menudo de los que ponen en contacto a laley con el pobre que él no monopolizase, y de este modo, vendiendo lajusticia como favor y valiéndose de la arbitrariedad o la astucia paradominar al rebelde, fue haciendo camino y apropiándose pedazos de aquelsuelo riquísimo que adoraba con ansias de avaro.

Charlatán solemne que a cada momento hablaba del artículo tantos de laley aplicable al caso, los pobres hortelanos tenían tanta fe en susabiduría como miedo a su mala intención, y acudían a solicitar suconsejo en todos los conflictos, pagándole como a un abogado.

Cuando hizo una pequeña fortuna, continuó en las modestas funciones paraconservar en su persona ese respeto supersticioso que infunde a loslabriegos todo el que está en buenas relaciones con la ley, pero en vezde ser un pedigüeño, solicitante eterno del ochavo de los pobres, sededicó a sacarles de apuros, prestándoles dinero con la garantía de lasfuturas cosechas.

Dar dinero a préstamo le parecía una mezquindad. Las angustias de loslabradores eran cuando moría el caballo y había que comprar otro. Poresto don Jaime se dedicó a vender a los hortelanos bestias de labor máso menos defectuosas que le proporcionaban unos gitanos de Valencia y queél colocaba con tantos elogios cual si se tratase del caballo del Cid.Nada de venta a plazos. Dinero al contado; los caballos no eran deél—según afirmaba con la mano puesta en el pecho—y sus dueños queríancobrarlos en seguida. Lo único que podía hacer, obedeciendo a su grancorazón, débil ante la miseria, era buscar dinero para la compra,pidiéndolo a cualquier amigo.

Caía en la trampa el infeliz labriego impulsado por la necesidad y sellevaba el caballo después de firmar con toda clase de garantías yresponsabilidades el préstamo de una cantidad que no había visto, puesel don Jaime, representante de un ser oculto que facilitaba el dinero,la entregaba al mismo don Jaime, representante del dueño del caballo.Total: que el rústico adquiría una bestia sin regateo por el duplo de suvalor, habiendo además tomado a préstamo una cantidad con crecidointerés. En cada negocio de estos, don Jaime doblaba el capital. Despuésvenían inevitablemente los apuros de la víctima; los interesesamontonándose; las nuevas concesiones, más ruinosas todavía, paraamansar a don Jaime y que diese un mes de respiro.

Todos los miércoles, día de mercado en Alcira y de gran aglomeración dehortelanos, la calle donde vivía don Jaime era un jubileo. Sepresentaban a pedir prórrogas entregando algunas pesetas como donativogracioso que no influía en la rebaja del débito; solicitaban otros unpréstamo humildemente, con timidez, como si vinieran a robar alavariento rábula; y lo extraño del caso era que, según notaban losvecinos, toda aquella gente después de dejar allí cuanto tenía, marchabacontenta, con rostro de satisfacción, como si acabara de librarse de unpeligro.

Esta era la principal habilidad de don Jaime. La usura sabíapresentarla como un favor; hablaba siempre en nombre de los otros, delos ocultos dueños del dinero y los caballos, hombres sin entrañas quele apretaban a él haciéndole responsable de las faltas de losdeudores. Aquellos disgustos los merecía por tener buen corazón, pormeterse a hacer favores, y tal convicción sabía infundir a sus víctimasel demonio del hombre, que cuando llegaba el embargo y la apropiacióndel campo o de la casita, aún decían con resignación muchos de losdespojados:

—El no tiene la culpa. ¿Qué había de hacer el pobre si le obligaban?Son los otros; los otros que se chupan la sangre del pobre.

Y de este modo, tranquilamente, el pobre don Jaime adquiría un campoaquí, luego otro más allá, después un tercero que unía a los dos, y a lavuelta de pocos años formaban un hermoso huerto de naranjos, adquiridocon más trampas y malas artes que dinero efectivo. Así iba agrandandosus propiedades, y siempre risueño, las gafas sobre la frente y elestómago cada vez más voluminoso, se le veía entre sus víctimas,tuteándolas con fraternal cariño, dándolas palmaditas en la espaldacuando llegaban con nuevas peticiones y jurando que le haría morir en lacalle como un perro aquella manía de hacer favores.

Así fue prosperando, sin que las burlas de la gente de la ciudad lehicieran perder la confianza de aquel rebaño de rústicos que le temíancomo a la Ley y creían en él como en la Providencia.

Un préstamo a un mayorazgo derrochador le hizo dueño del caserónseñorial que desde entonces pasó a ser de la familia Brull. Comenzó afrecuentar el trato de los grandes propietarios de la ciudad, que aunquedespreciándole, le abrieron un hueco entre ellos con esa instintivasolidaridad de la masonería del dinero. Para adquirir mayores respetos,se hizo devoto de San Bernardo, pagó fiestas de iglesia y estuvo siempreal lado del alcalde, fuese quien fuese. Para él no hubo ya en Alciraotras personas, que las que al llegar la cosecha recogían miles deduros; los demás eran la canalla.

Por entonces, emancipado de los bajos oficios que había desempeñado ydejando los negocios de usura en manos de los que antes le servían deintermediarios, comenzó a preocuparse del casamiento de su hijo Ramón.Era su único heredero, una mala cabeza que alteraba con sus genialidadesel bienestar tranquilo que rodeaba al viejo Brull descansando de susrapiñas.

El padre sentía una satisfacción animal al verle grande, fuerte,atrevido e insolente, haciéndose respetar en cafés y casinos, más aúnpor sus puños que por la especial inmunidad que da el dinero en laspequeñas poblaciones. ¡Cualquiera se atrevería a burlarse del viejousurero teniendo a su lado tal hijo!

Quería ser militar, pero su padre se indignaba cada vez que el muchachohacía referencia a lo que llamaba su vocación. ¿Para eso había trabajadoél haciéndose rico?

Recordaba la época en que, pobre escribiente, teníaque halagar a sus superiores y escuchar sus reprimendas humildementecon el espinazo doblado. No quería que a su único hijo lo llevasen deaquí para allá como una máquina.

—¡Mucho dorado!—exclamaba con el desprecio del que no se sienteatraído por las exterioridades,—¡mucho galón, pero al fin un esclavo!

Quería a su hijo libre y poderoso, continuando la conquista de laciudad, completando la grandeza de la familia iniciada por él,apoderándose de las personas, como él se había apoderado del dinero.

Sería abogado; la carrera de los hombres que gobiernan. Era un vehementedeseo de antiguo rábula; ver a su vástago entrando con la frente alta enel vedado de la ley donde él se había introducido siemprecautelosamente, expuesto en muchas ocasiones a salir arrastrado con unacadena al pie.

Ramón pasó algunos años en Valencia, sin que pudiera saltar más allá delos prolegómenos del Derecho, por la maldita razón de que las claseseran por la mañana y él tenía que acostarse al amanecer, hora en que seapagan los reverberos que enfocaban su luz sobre la mesa verde. Ademástenía en su cuarto de la casa de huéspedes una magnífica escopeta,regalo de su padre, y la nostalgia de los huertos le hacía pasar muchastardes en el tiro del palomo, donde era más conocido que en laUniversidad.

Aquel hermoso ejemplar de belleza varonil, grande, musculoso, bronceado,con unos ojos imperiosos, endurecidos por pobladas cejas, había sidocreado para la acción, para la actividad; era incapaz de enfocar suinteligencia en el estudio.

El viejo Brull, que por avaricia y por prudencia, tenía a su hijo amedia ración—

como él decía—sólo le enviaba el dinero justo para vivir;pero víctima a su vez de aquellas malas artes con las que otro tiempoexplotaba a los labriegos, había de hacer frecuentes viajes a Valencia,buscando arreglo con ciertos usureros que hacían préstamos, al hijo entales condiciones, que la insolvencia podía conducirle a la cárcel.

Hasta Alcira llegaba el rumor de otras hazañas del príncipe, como lellamaba don Jaime al ver la despreocupación con que gastaba el dinero.En las tertulias de familias amigas se hablaba con escándalo de lascalaveradas de Ramón; de una riña por cuestión de juego a la salida deun casino; de un padre y un hermano, gente ordinaria, de blusa, quejuraban matarle si no se casaba con cierta muchacha a la que acompañabade día al taller y de noche al baile.

El viejo Brull no quiso tolerar por más tiempo las calaveradas de suhijo y le hizo abandonar los estudios. No sería abogado: al fin no eranecesario un título para ser personaje. Además, se sentía achacoso; leera difícil vigilar en persona los trabajos de sus huertos, y necesitabala ayuda de aquel hijo que parecía nacido para imponer su autoridad acuantos le rodeaban.

Hacía tiempo que había fijado su atención en la hija de un amigo suyo.En la casa se notaba la falta de una mujer. Su esposa había muerto pocodespués de retirarse él de los negocios, y el viejo Brull se indignabaante el descuido y falta de interés de las criadas. Casaría a su Ramóncon Bernarda, una muchacha fea, malhumorada, cetrina y enjuta de carnes,que heredaría de sus padres tres hermosos huertos. Además, llamaba laatención por lo hacendosa y económica, con una parsimonia en sus gastosque rayaba en tacañería.

Ramón obedeció a su padre. Educado en los prejuicios de la riquezarural, creía que una persona decente no podía oponerse a la unión conuna hembra fea y arisca, siempre que tuviese fortuna.

El suegro y la nuera se entendían perfectamente. Enternecíase el viejoviendo a aquella mujer seria y de pocas palabras indignarse por el másleve despilfarro de las criadas, gritar a los colonos cuando notaba elmenor descuido en los huertos y discutir y pelearse con los compradoresde naranja por un céntimo de más o menos en la arroba. Aquella nuevahija era el consuelo de su vejez.

Mientras tanto el príncipe cazaba por la mañana en los montescercanos, y se pasaba la tarde en el café; pero ya no le satisfacía elaplauso de los que se agrupaban en torno de la mesa de billar, nivisitaba la partida del piso superior. Buscaba la tertulia de laspersonas serias, era amigo del alcalde y hablaba de la necesidad de quetodas las personas pudientes estuviesen unidas para meter en un puño ala pillería.

—Ya le pica la ambición—decía el viejo alegremente a sunuera.—Déjale, mujer; él se abrirá paso... Así le quiero ver.

Comenzó por entrar en el ayuntamiento y pronto adquirió notoriedad. Lamenor objeción en el consistorio era para él una ofensa personal;terminaba las discusiones en la calle con amenazas y golpes; su mayorgloria era que los enemigos se dijeran:

—Cuidado con Ramón... Mirad que ese es muy bruto.

Y junto con su acometividad, mostraba para captarse amigos, unaesplendidez que era el tormento de su padre. Hacía favores, mantenía atodos los que por su repulsión al trabajo y su mala cabeza erantemibles; daba dinero a los que servían de heraldos de su naciente famaen tabernas y cafés.

Su ascensión fue rápida. Los viejos que le protegían y guiaban, sevieron postergados. Al poco tiempo fue alcalde; su influencia,encontrando estrecha la ciudad, se esparció por todo el distrito yencontró firmes apoyos en la capital de la provincia. Libraba delservicio militar a mozos sanos y fuertes; cubría las trampas de losayuntamientos que le eran adictos, aunque merecieran ir a presidio;lograba que la guardia civil no persiguiera con mucho encono a los roders que, por un escopetazo certero en tiempo de elecciones, ibanfugitivos por los montes; y en todo el contorno nadie se movía sin lavoluntad de don Ramón, al que los suyos llamaban con respeto el quefe.

Su padre murió viéndole en el apogeo de su gloria. Aquella mala cabezarealizaba su sueño: la conquista de la ciudad, el dominio de los hombrescompletando el acaparamiento del dinero. Y también antes de morir vioperpetuada la dinastía de los Brull con el nacimiento de su nietoRafael, producto de los encuentros conyugales instintivos e insípidos deun matrimonio al que sólo unía la costumbre y el deseo de dominación.

El viejo Brull murió como un santo. Salió de la vida ayudado por todoslos últimos sacramentos; no quedó clérigo en la ciudad que no empujaseen alma camino del cielo, con nubes de incensario en los solemnesfunerales, y aunque los pillos, los rebeldes a la influencia del hijorecordaban aquellos días de mercado en los cuales el rebaño de loshuertos venía a dejarse esquilar en su despacho de rábula, toda la gentesensata que tenía que perder, lloró la muerte del hombre digno ylaborioso que, salido de la nada, había sabido crearse una fortuna consu trabajo.

En el padre de Rafael aún quedaba mucho de aquel estudiantón que tantohabía dado que hablar. Sus gustos de libertino rústico le hacíanperseguir a las hortelanas, a las muchachuelas que empapelaban lanaranja en los almacenes de exportación. Pero tales devaneos quedaban enel secreto; el miedo al quefe ahogaba la murmuración y como ademáscostaban poco dinero, doña Bernarda no se daba por enterada.

No amaba a su marido: tenía el egoísmo de la señora campesina queconsidera cumplidos todos sus deberes con ser fiel al esposo y ahorrardinero.

Por una anomalía notable, ella, tan avara, tan guardadora, capaz depalabrotas de plazuela cuando había que defender el dinero de la casa,disputando con jornaleros o con los compradores de la cosecha eratolerante con los despilfarros del esposo para mantener su soberaníasobre el distrito.

Cada elección abría una brecha en la fortuna de la casa. Don Ramónrecibía el encargo de sacar triunfante a tal señor desconocido, queapenas si pasaba un par de días en el distrito. Era la voluntad de losque gobernaban allá en Madrid. Había que quedar bien, y en todos lospueblos volteaban corderos enteros sobre las hogueras; corrían a espitarota los toneles de las tabernas; se distribuían puñados de pesetasentre los más reacios o se perdonaban deudas, todo por cuenta de donRamón; y su mujer, que vestía hábito para gastar menos y guisaba lacomida con tal estrechez que apenas si dejaban algo para los criados,era la más espléndida al llegar la lucha, y poseída de fiebre belicosa,ayudaba a su marido a echar la casa por la ventana.

Era esto un cálculo de su avaricia. El dinero esparcido locamente, eraun préstamo que cobraría con creces en un día determinado. Y acariciabacon sus ojos penetrantes al pequeñín moreno e inquieto que tenía sobresus rodillas, viendo en él al privilegiado que recogería el resultado detodos los sacrificios de la familia.

Se había refugiado en la devoción como un oasis fresco y agradable enmedio de su vida monótona y vulgar, y experimentaba una sensación deorgullo cuando algún sacerdote amigo la decía a la puerta de la iglesia:

—Cuide usted mucho de don Ramón. Gracias a él la ola de la demagogia sedetiene ante el templo y los malos principios no triunfan en eldistrito. El es quien tiene en un puño a los impíos.

Y cuando tras una declaración como esta que halagaba su amor propio,dándole cierta tranquilidad para después de la muerte, pasaba por lascalles de Alcira con su hábito modesto y su mantilla, no muy limpia,saludada con afecto por los vecinos más importantes, le perdonaba a suRamón todos los devaneos de que tenía noticia y daba por bien empleadoslos sacrificios de fortuna.

¡Si no fuera por ellos, qué ocurriría en el distrito!... Triunfarían losdescamisados, aquellos menestrales que leían los papeles de Valencia ypredicaban la igualdad. Tal vez se repartirían los huertos y querríanque el producto de las cosechas, inmensa pila de miles de duros quedejaban ingleses y franceses, fuese para todos. Pero para evitar talcataclismo, allí estaba su Ramón, el azote de los malos, el campeón dela buena causa, que la sacaba adelante dirigiendo las eleccionesescopeta en mano, y así como sabía enviar a presidio a los que lemolestaban con su rebeldía, lograba conservar en la calle a los que convarias muertes en su historia, se prestaban a servir al gobiernosostenedor del orden y de los buenos principios.

Bajaba la fortuna de la casa de Brull, pero aumentaba su prestigio. Lastalegas recogidas por el viejo a costa de tantas picardías, sedesparramaban por el distrito sin que bastasen a reemplazar su huecoalgunas distracciones de fondos municipales. Don Ramón contemplabaimpávido aquel derroche, satisfecho de que hablasen de su generosidadtanto como de su poder.

Todo el distrito miraba como una bandera sagrada aquel corpachónbronceado, musculoso, que arbolaba en su parte superior unos enormesmostachos en los cuales comenzaban a brillar muchas canas.

—Don Ramón: debía usted quitarse esos bigotes—le decían los curasamigos con acento de cariñoso reproche.—Parece usted el propio VíctorManuel, el carcelero del Papa.

Pero aunque don Ramón era un ferviente católico (que casi nunca iba amisa) y odiaba a los impíos verdugos del Santo Padre, sonreíaacariciándose los mostachos, muy satisfecho en el fondo de tener algunasemejanza con un rey.

El patio de la casa era el solio de su soberanía. Sus partidarios leencontraban paseando de un extremo a otro, por entre los verdes cajonesde los plátanos, con las manos cruzadas en la espalda anchurosa, fuertey algo encorvada por la edad: una espalda majestuosa, capaz de sostenera todos sus amigos.

Allí administraba justicia, decidía la suerte de las familias, arreglabala vida de los pueblos; todo con pocas y enérgicas palabras, como un reymoro de los que en aquella misma tierra gobernaban siglos antes a sussúbditos a cielo descubierto. En los días de mercado se llenaba elpatio. Deteníanse los carros ante la puerta, todas las rejas de la calletenían cabalgaduras atadas a sus hierros, y dentro de la casa sonaba elzumbido de la rústica aglomeración.

Don Ramón les escuchaba a todos, gravo, cejijunto, con la cabezainclinada, teniendo a su lado al pequeño Rafael, apoyándose en él con unademán copiado de los cromos, donde él había visto a ciertos reyesacariciando al príncipe heredero.

Las tardes de sesión en el Ayuntamiento, el cacique no podía abandonarsu patio. En la casa municipal no se movía una silla sin su permiso,pero le gustaba permanecer invisible como Dios, haciendo sentir suvoluntad oculta.

Toda la tarde se pasaba en un continuo ir y venir de concejales desde lacasa del pueblo al patio de don Ramón.

Los escasos enemigos que tenía en el municipio, gente de oficio—comodecía doña Bernarda—devoradora de papeles contrarios al rey y lareligión, atacaban al cacique, censuraban sus actos, y todo el rebaño dedon Ramón se estremecía de cólera e impotencia. ¡Había que contestar! Aver: uno que fuese a consultar al quefe.

Y salía un regidor corriendo como un galgo, y al llegar a la casaseñorial echando los bofes, sonreía y suspiraba con satisfacción viendoque el quefe estaba allí, paseando como siempre por su patio,dispuesto a sacarles del apuro como inagotable Providencia. «Fulanohabía dicho esto y lo otro». Deteníase en sus paseos don Ramón, meditabaun rato y acababa diciendo con fosca voz de oráculo; «Bueno; puescontestadle aquello y lo de más allá». El partidario salía desbocadocomo un caballo de carreras; todos sus compañeros se agrupaban ansiosospara conocer la sabia opinión y se establecía un pugilato entre ellos,queriendo cada uno ser el encargado de anonadar al enemigo con lassantas palabras, hablando todos a la vez como pájaros que de repente venla luz y rompen a cantar desaforadamente.

Si el enemigo replicaba, otra vez la estupefacción y el silencio; nuevacorrida en busca de la consulta, y así transcurrían las sesiones congran regocijo del barbero Cupido—la peor lengua de la ciudad—elcual, siempre que se reunía el municipio, decía a los parroquianos:

—Hoy es día de fiesta: corrida de concejales en pelo.

Cuando las exigencias del partido le hacían abandonar la ciudad, era suesposa, la enérgica doña Bernarda, la que atendía las consultas, dandorespuestas, en concepto del partido, tan acertadas y sabias como las del quefe.

Esta colaboración en el sostenimiento de la autoridad de la familia eralo único que unía a los esposos. Aquella mujer, falta de ternura, quejamás había experimentado la menor emoción en su roce conyugal y seprestaba al amor con la pasividad de una fiera amansada y fría,enrojecía de emoción cada vez que el jefe admitía como buenas sus ideas.¡Si ella dirigiera el partido!... Ya se lo decía muchas veces donAndrés, el amigo íntimo de su esposo, uno de esos hombres que nacen paraser segundos en todas partes, y fiel a la familia hasta el sacrificio,formaba con los dos esposos la santa trinidad de la religión de losBrull esparcida por todo el distrito.

Allí donde don Ramón no podía ir, se presentaba don Andrés, como sifuese la propia persona del jefe. En los pueblos le respetaban comovicario supremo de aquel dios que tronaba en el patio de los plátanos, ylos que no se atrevían a aproximarse a éste con sus súplicas, buscaban aaquel solterón de carácter alegre y familiar que siempre tenía unasonrisa en su cara tostada cubierta de arrugas y un cuento bajo subigote recio tostado por el cigarro.

No tenía parientes y pasaba casi todo el día en la casa de Brull. Eracomo un mueble que interceptaba el paso en las habitaciones, yacostumbrados todos a él, resultaba indispensable para la familia. DonRamón le había conocido en su juventud de modesto empleado en elayuntamiento, y le enganchó bajo su bandera, haciéndole al poco tiemposu jefe de estado mayor. Según él, no había en el mundo persona de másmala intención y con más memoria para recordar nombres y caras. Brullera el caudillo que dirigía las batallas; el otro ordenaba losmovimientos y remataba a los enemigos cuando estaban divididos ydeshechos. Don Ramón era dado a arreglarlo todo con la violencia, y a lamenor contrariedad hablaba de echar mano a la escopeta.

De seguir susimpulsos, la gente de acción del partido hubiera hecho cada día unamuerte. Don Andrés hablaba con seráfica sonrisa de enredarle las patas al alcalde o al elector influyente que se mostraba rebelde y arrojaba unchaparrón de papel sellado sobre el distrito, promoviendo procesoscomplicados que no terminaban nunca.

Despachaba la correspondencia del jefe; tomaba parte en los juegos deRafael, acompañándole a pasear por los huertos y cerca de Bernarda,desempeñaba las funciones de consejero de confianza.

Aquella mujer arisca y severa, únicamente se mostraba expansiva yconfiada con don Andrés. Cuando esté la llamaba su ama o la señoramaestra, no podía evitar un movimiento de satisfacción, y con él selamentaba de los devaneos del marido. Era un afecto semejante al de lasantiguas damas por el escudero de confianza. El entusiasmo por la gloriade la casa les unía con tal familiaridad, que los enemigos murmuraban,creyendo que doña Bernarda, despechada por las infidelidades delcónyuge, se entregaba al lugarteniente. Y don Andrés que sonreía condesprecio cuando le acusaban de aprovechar la influencia del jefe enpequeños negocios, indignábase si la maledicencia se cebaba en suamistad con la señora.

Lo que más íntimamente unía a las tres personas era el afecto porRafael, aquel pequeño que había de ilustrar el apellido de Brull,realizando las ilusiones del abuelo y el padre.

Era un muchacho tranquilo y melancólico, cuya dulzura parecía molestar ala rígida doña Bernarda. Siempre pegado a sus faldas. Al levantar losojos, encontraba fija en ella la mirada del pequeño.

—Anda a jugar al patio—decía la madre.

Y el pequeño salía inmediatamente triste y resignado, como obedeciendouna orden penosa.

Don Andrés era el único que le alegraba con sus cuentos y sus paseos porlos huertos, cogiendo flores para él, fabricándole flautas de caña. Elfue quien se encargó de acompañarle a la escuela y de hacerse lenguas desu afición al estudio.

Si era serio y melancólico, es porque iba para sabio, y en el casino delpartido les decía a los correligionarios:

Ya veréis lo que es bueno, así que Rafaelito sea hombre. Ese va a ser unCánovas.

Y ante aquella reunión de gente tosca, pasaba como un relámpago lavisión de un Brull jefe del gobierno, llenando la primera plana de losperiódicos con discursos de seis columnas y al final Se continuará; ytodos ellos nadando en dinero y gobernando a su capricho España, comoahora manejaban el distrito.

Jamás príncipe heredero creció entre el respeto y la adulación que elpequeño Brull.

En la escuela los muchachos le miraban como un sersuperior que por bondad descendía a educarse entre ellos. Una plana biengarrapateada; una lección repetida de corrido, bastaban para que elmaestro, que era del partido para cobrar el sueldo sin grandes retrasos,dijera con tono profético.

—Siga usted tan aplicado, señor de Brull. Usted está destinado agrandes cosas.

Y en las tertulias a que asistía su madre, le bastaba recitar unafabulita o lanzar alguna pedantería de niño aplicado que deseaintroducir en la conversación algo de sus lecciones, para queinmediatamente se abalanzasen a él las señoras cubriéndole de besos:

—¡Pero cuánto sabe este niño!... ¡Qué listo es!

Y alguna vieja añadía sentenciosamente:

—Bernarda, cuida del chico; que no estudie tanto. Eso es malo. ¡Miraqué amarillento está!...

Terminó sus estudios superiores con los padres escolapios, siendo elprotagonista de los repartos de premios; el primer papel en todas lascomedias organizadas en el teatrito de los frailes. El semanario delpartido dedicaba un artículo todos los años a los sobresalientes ypremios de honor del «aprovechado hijo de nuestro distinguido jefe donRamón Brull esperanza de la patria que ya merece el título de futuralumbrera».

Cuando Rafael volvía a casa con el pecho cargado de medallas y losdiplomas bajo el brazo, escoltado por su madre y media docena de señorasque habían asistido a la ceremonia, besaba a su padre la vellosa ynervuda mano. Aquella garra le acariciaba la cabeza e instintivamente sehundía en el bolsillo del chaleco por la costumbre de agradecer delmismo modo todas las acciones gratas.

—Muy bien—murmuraba la bronca voz.—Así me gusta... Toma un duro.

Y hasta el año siguiente, rara vez se veía el muchacho acariciado por supadre. En ciertas ocasiones, jugando en el patio, había sorprendido lamirada del imponente señor fija en él, como si quisiera adivinar elporvenir.

Don Andrés se encargó de su instalación en Valencia al comenzar losestudios en la Universidad. Se cumpliría el deseo del abuelo abortado enel padre.

—¡Este sí que será abogado!—decía doña Bernarda poseída del mismoafán que el viejo por aquel título que era el ennoblecimiento de lafamilia.

Y temiendo que la corrupción de la ciudad despertase en el hijo lasmismas aficiones del padre, enviaba con frecuencia a don Andrés a lacapital y escribía cartas y más cartas a los amigos de Valencia y enespecial a un canónigo de su confianza, para que no perdiese de vista almuchacho.

Pero Rafael era juicioso; un modelo de jóvenes serios según decía a sumadre el buen canónigo. Los sobresalientes y premios del colegio deAlcira continuaban en Valencia, y además, don Ramón y su esposa seenteraban por los periódicos de los triunfos alcanzados por su hijo enla «Juventud jurídico escolar», una reunión nocturna en un aula de laUniversidad, donde los futuros abogados se soltaban a hablar discutiendotemas tan originales como si la «Revolución Francesa había sido buena omala», o «el socialismo, comparado con el cristianismo».

Algunos muchachos terribles, que habían de entrar en casa antes de lasdiez, so pena de arrostrar la indignación de los padres, se declarabanrabiosos socialistas y asustaban a los bedeles, maldiciendo la propiedadsin perjuicio de proponerse—tan pronto como terminasen lacarrera—conseguir una notaría o un registro. Pero Rafael, siempremesurado y correcto no era de estos; figuraba en la derecha de la doctaasamblea, y en todas las cuestiones sostenía el criterio sano, pensando con santo Tomás y otros sabios que le señalaba el canónigo encargadode su dirección.

Estos triunfos no tardaban en ser propalados por el semanario delpartido, que para aumentar la gloria del jefe y que los enemigos no letachasen de parcialidad, comenzaba siempre: «Según leemos en la prensade la capital»...

—¡Qué muchacho!—decían a doña Bernarda los curas de lapoblación.—¡Qué pico de oro! Ya lo verá usted, será otro Manterola.

Y la devota señora, cuando Rafael por fiestas o vacaciones volvía acasa, cada vez más alto, con modales que a ella se le antojaban laquinta esencia de la distinción y vistiendo con arreglo al últimofigurín, se decía con una satisfacción de madre fea:

—Será un real mozo. Todas las chicas ricas de la ciudad le desearán. Nohabrá más que escoger.

Doña Bernarda sentíase orgullosa al contemplar a su Rafael, alto, lasmanos finas y fuertes, los ojos grandes, aguileña la nariz, la barbarizada y cierta gracia ondulante y perezosa en su cuerpo que le daba elaspecto de uno de esos jóvenes árabes de blanco alquicel y ricasbabuchas que forman la aristocracia indígena en las colonias de Africa.

Cada vez que volvía a su casa el estudiante, era recibido por su padrecon la misma caricia muda. El duro había sido reemplazado por billetesde Banco, pero la garra poderosa que se posaba sobre su cabeza,acariciábale cada vez con mayor flojedad; pesaba menos.

Rafael, por sus ausencias, notaba mejor que los demás el estado de supadre. Estaba enfermo, muy enfermo. Erguido como siempre, grave,imponente, hablando apenas; pero adelgazaba, se hundían los fieros ojos,sólo quedaba de él el macizo esqueleto, marcábanse en aquel cuello, queantes parecía la cerviz de un toro, los tendones y arterias entre lapiel colgante y flácida, y los arrogantes mostachos, cada vez másblancos, caían con desmayo como una bandera rota.

Al estudiante le sorprendió el gesto de ira, la mirada fiera empañadapor lágrimas de despecho con que acogió la madre sus temores:

—Que se muera cuanto antes... ¡Para lo que hace!... Que el señor nosproteja llevándoselo pronto.

Rafael calló, no queriendo ahondar en el drama conyugal que sedesarrollaba junto a él, oculto y silencioso.

Aquel sombrío vividor de insaciables apetitos, entregado a una crápulaobscura y misteriosa, atravesaba el último torbellino de sustempestuosos deseos. La virilidad, al sentir la cercanía de la vejez,antes de declararse vencida, ardía en él con más fuerza, y el poderosojefe se abrasaba en el postrer destello de su animalidad exuberante. Erauna puesta de sol que incendiaba su vida.

Siempre grave y con gesto sombrío, corría el distrito como un sátiroloco, sin más guía que el deseo; sus encuentros brutales, sus abusos deautoridad, llegaban como un eco doloroso a la casa señorial, donde suamigo don Andrés intentaba en vano consolar a la esposa.

—¡Pero ese hombre!—rugía iracunda doña Bernarda.—Ese hombre nos va aperder; no mira que compromete el porvenir de su hijo.

Era un apetito loco que, en su furia, se abalanzaba sobre la frutaverde, sin sazonar.

Caían anonadadas y temblorosas ante su ardor senil,en las frondosidades de los huertos, en los almacenes de naranja, o alanochecer, al borde de un camino, las vírgenes apenas salidas de laniñez, casi calvas, con el pelo untado de aceite, el pecho liso y losmiembros enjutos, tristes, con una delgadez de muchacho, bajo las suciasfaldas de la miseria. Por la noche salía de casa pretextando necesidadesdel partido y le veían entrar en los arrabales buscando jornaleras deformas desbaratadas por la maternidad, a cuyos maridos enviaba conantelación a trabajar en sus huertos.

Compraba a docenas zapatos demujer; pagaba en las tiendas pañuelos y refajos que al día siguienteeran ostentados en las afueras de la ciudad. Los más entusiastascorreligionarios, sin perder el tradicional respeto, hablaban sonriendode sus debilidades, y señalaban un sinnúmero de arrapiezos del arrabalmorenotes, fuertes y ceñudos, como si fueran una reproducción del quefe. Por la noche, cuando don Ramón, rendido por la lucha con elinsaciable demonio que le arañaba las entrañas, roncaba dolorosamentecon un estertor que silbaba en sus pulmones y un reguero de baba en lostristes bigotes, doña Bernarda, incorporada en la cama, los flacosbrazos sobre el pecho, le miraba ceñuda, con unos ojos que parecíanapuñalarle y rogaba mentalmente:

—¡Señor! ¡Dios mío! ¡Que se muera pronto este hombre! ¡Que acabe tantoasco!

Y el Dios de doña Bernarda debió oírla, pues su marido marchabarápidamente hacia la muerte, pero como un convencido, sin retroceder nisentir miedo, impulsado por aquella llama que le consumía; sinpreocuparse de la pérdida de sus fuerzas y de la tos que sonaba como untrueno lejano, arrastrándose pavorosamente por las cavernas de su pecho.

—Cuídese usted, don Ramón,—decían los curas amigos, únicos que osabanaludir a los desórdenes de su vida.—Va usted haciéndose viejo y a suedad, vivir como un joven, es llamar a la muerte.

Sonreía el cacique, orgulloso en el fondo de que los hombres conocieransus hazañas, y volvía a sumirse en su rabiosa hidropesía, sintiendo quecada trago de placer le quemaba con nuevos deseos.

Aún acarició a su hijo el día que le vio entrar en el patio, escoltadopor don Andrés, con el título de abogado. Le regaló su escopeta, unaverdadera joya, admirada por todo el distrito, y un magnífico caballo. Ycomo si sólo esperase ver cumplido el deseo del viejo Brull, que él nosupo realizar, a los pocos días lanzó su última tos, sonaronquejumbrosamente todas las campanas de la ciudad, salió con una orlanegra de a palmo el semanario del partido, y de todo el distrito llególa gente como en procesión, para ver si el cadáver del poderoso donRamón Brull, que sabía detener o acelerar el curso de la justicia en latierra, se pudría lo mismo que los despojos de los demás hombres.

III

Cuando doña Bernarda se vio sola y dueña absoluta de su casa, no pudoocultar su satisfacción.

Ahora se vería de lo que era capaz una mujer.

Contaba con el consejo y experiencia de don Andrés, más unido a ella quenunca y con la figura de Rafael, el joven abogado sostenedor del nombrede los Brull.

El prestigio de la familia seguía inalterable. Don Andrés, que con lamuerte de su patrón había adquirido en la casa una autoridad de segundopadre, se encargaba de mantener las relaciones con las autoridades de lacapital y los señorones de Madrid. En la casa, se atendían lo mismo laspeticiones: encontraban igual acogida los partidarios fieles y se hacíanidénticos favores, sin que desmayara la influencia en los lugares quedon Andrés llamaba «las esferas de la administración pública».

Llegó una elección de diputados, y como siempre, Doña Bernarda sacótriunfante al individuo que le designaron desde Madrid. Don Ramón habíadejado la máquina ajustada y montada perfectamente; sólo faltaba elengrase para que siguiera marchando, y allí estaba su viuda, siempreactiva, apenas notaba el más leve chirrido en los engranajes.

En el gobierno de la provincia se hablaba del distrito con la mismaseguridad que en otros tiempos.

—Es nuestro. El hijo de Brull tiene igual fuerza que su padre.

La verdad era que a Rafael no le interesaba mucho el partido. Mirábalocomo una de las fincas de la familia cuya legítima posesión nadie lepodía disputar, y se limitaba a obedecer a su madre:—«Ve con don Andrésa Riola. Nuestros amigos se alegrarán de verte». Y emprendía el viajepara sufrir el tormento de una paella interminable, en la cual lospartidarios le acongojaban con su regocijo alborotado y los obsequiosofrecidos entre los rústicos dedos.—«Convendría que dejases descansaral caballo unos días. En vez de pasear ve por las tardes al casino. Loscorreligionarios se quejan porque no te ven». Y abandonando aquellospaseos que eran su único placer, se hundía en un ambiente denso, cargadode gritos y humo, donde había de contestar a los más ilustrados delpartido que, llenando de ceniza los platillos del café, querían saberquién hablaba mejor, Castelar o Cánovas, y en caso de una guerra entreFrancia y Alemania, cuál de las dos naciones vencería; asuntos queprovocaban disputas y enfriaban amistades.

La única relación entablada voluntariamente con el partido era cuandocogía la pluma y fabricaba para el semanario algún artículo sobre «ElDerecho y la Moral», o

«La Libertad y la Fe», resabios de estudianteaprovechado y laborioso; largas tiradas de lugares comunes confragmentos de lecciones de Metafísica, que nadie entendía y excitabanpor lo mismo la admiración de los correligionarios, los cuales decían aDon Andrés guiñando los ojos:

—¡Qué plumita! ¿eh? Cualquiera discute con él... ¡Qué profundo! ...