En el Fondo del Abismo by Georges Ohnet - HTML preview

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La anciana hizo un gesto de resignación.

—Ya estamos acostumbradas…

Marenval se levantó

—Querida prima, dijo en el tono más afectuoso; dejo á usted, perovolveré á verla muy pronto. Nuestras conferencias serán frecuentes, loque espero que no les será desagradable. Estoy impaciente por aclarar áustedes la situación, pero antes es preciso que me la aclare á mi mismo.Al bajar, si ustedes lo permiten, voy á hablar con el buen Giraud.

Marenval estrechó la mano de la anciana y María acompañó á su aliado porvarias piezas desamuebladas y tristes hasta llegar al vestíbulo. Una vezallí, dijo á Marenval dirigiéndole una límpida mirada:

—Suceda lo que quiera, gracias por el consuelo que nos ha traído usted.No olvidaré nunca que ha sido usted el primero que ha participado denuestra convicción en cuanto á la inocencia de mi pobre hermano.

Marenval movió la cabeza.

—No es usted justa, mi hermosa prima, porque el primero que haparticipado de esa convicción no se llama Marenval, sino Tragomer.

María frunció las cejas, hizo un nuevo ademán afectuoso y, sin añadir niuna palabra, volvió á entrar en las habitaciones.

Giraud presentó á Marenval su gabán de pieles.

—Un instante, amigo mío, dijo el antiguo fabricante de pastas; tengoque decir á usted dos palabras antes de marcharme. ¿Dónde hablaremos sinque se nos moleste?

—Si el señor quiere entrar en el recibimiento, no habrá riesgo de quenadie entre… ¡No! Jamás viene nadie… Marieta está en la cocina yla doncella arriba, en el cuarto de costura. Estoy á las órdenes delseñor… ¡Ah! aquí el servicio de la puerta es una ganga… ¡Esto esuna tumba! ¡Una verdadera tumba!

Marenval se apoyó en la chimenea para no sentarse dejando en pie alviejo criado de cabello blanco. El comerciante enriquecido tenía esosrasgos de delicadeza y se mostraba siempre dulce con los humildes.

—Giraud, dijo; tengo que hablar á usted de su señorito y de los amigosde éste… Hay cosas que los padres no saben nunca y que son siempreconocidas de los servidores… He preguntado á las señoras y quieroahora interrogar á usted. Respóndame, pues, con toda franqueza y sinomitir nada.

—El señor puede estar tranquilo; contaré cuanto sepa. No tengo nada quetemer ni que perder. Cualquier daño que pudiera hacérseme no sería mayorque el que sufrí el día en que prendieron á mi pobre señorito.

Unmuchacho que se encaramaba en mis rodillas cuando era pequeño y al queiba á buscar al colegio todos los domingos cuando estaba estudiando.¡Ah! señor, cuántas infamias hay en el mundo… No son las personashonradas las mejor tratadas.

—¡Entonces, está usted también convencido de la inocencia de Jacobo?

—¿Convencido, señor? Eso es poco. Pondría mi cabeza en un tajo á queno tuvo nada que ver en todo aquel asunto. No había más que verle en elprimer momento cuando vino á buscarle aquel salvaje de comisario, parasaber que no había hecho nada y que no sabía siquiera de qué se trataba.Si yo no hubiera reprimido mi primer movimiento, entre Miguel, elcochero, y yo, hubiéramos metido en la cueva, como un paquete, al talcomisario y le hubiéramos guardado allí hasta que el señorito se hubierapuesto en salvo. Una vez libre, él hubiera sabido demostrar que no habíamatado á aquella mujer… ¡Él, señor, él, matar una mujer! ¡Un jovenque se hubiera arrojado al agua para salvar un perro de la muerte! ¡Hasevisto estupidez semejante!

Matar á aquella mujer… ¿Para qué, si laamaba? ¿Para robarla? ¡Buena idea! El pobre muchacho le había dadocuanto tenía. ¡Oh! Ella estaba muy celosa de él. Una tarde, en que vinoá hablarle, estaba como loca de pena. Se estuvo en el vestíbulo, sentadaal lado de la ventana y llorando como una Magdalena. Me ofreció todo loque yo quisiera, su portamonedas, una sortija con un brillante, para quela dejase subir al cuarto del señorito Jacobo. Por más que le decía:"Pero, señora, si el señorito no está en casa… ¿Qué adelantará ustedcon ver su cuarto? Podría usted encontrar á su madre ó á su hermana y,ya ve usted, ¡qué escándalo!

¡No piense usted en tal cosa!", ella merespondía sollozando? "¡Oh! ¡Preferiría matarme!" Yo estoy convencido deque se suicidó… Cuando se lo conté al juez de instrucción, éste seencogió de hombros. Esos señores de la justicia no son muy amables.Parece que su idea era otra, pues cuando yo volvía á la carga y queríaexplicar las razones en que me fundaba, me interrumpió secamenteindicándome que, según él, estaba divagando. Yo no divagaba, sinembargo, señor, y así como llevo de vida sesenta y cinco años sin haberhecho mal á nadie, el señorito Jacobo no ha matado á esa mujer. ¡No! Nola ha matado.

Marenval escuchó atentamente al criado. Había conservado la paciencianecesaria en su antigua profesión para no violentar al cliente. Sabíamuy bien que después dé los intentos y de las vacilaciones, los negociosse deciden, y esperaba un detalle imprevisto, una circunstancia nueva enel relato apasionado de Giraud. Nada de lo que acababa de oir teníanovedad y se decidió á abordar el asunto que más le interesabadilucidar.

—¿Qué influencia cree usted que han podido tener en la conducta de Jacobo los amigos que le rodeaban?

—¡Oh! señor, eso es muy difícil juzgarlo. El señorito estaba encondiciones muy especiales. Vivía en casa de su madre, viuda, y tenía encasa una señorita joven. No podía, por tanto, recibir aquí mucha gentey, exceptuando el señor Tragomer y el señor de Sorege, no conocíamos ásus amigos. Á los demás los veía en el círculo, en el teatro, en lascarreras, en sociedad. Bien sabe usted que él iba á todas partes, quetodo el mundo le invitaba y que él no se hacía rogar cuando se tratabade reír y de divertirse. Era muy vehemente,

¡Oh! Demasiado… y todaesa locura que le ha perdido, era heredada de su padre. ¡El difuntoseñor de Freneuse era terrible! Usted le ha conocido en sus últimosaños. ¡Ah! señor, se puede decir que la pobre señora no ha tenidograndes atractivos en la vida. Si la señorita María, que es una santa,no la hubiera compensado con su dulzura y su amabilidad, la señorahubiera sido una verdadera mártir.

Marenval volvió suavemente al asunto que le preocupaba.

—No le pregunto á usted nada sobre el señor Tragomer; éste no tienenada oculto para mi y me parece enteramente recomendable. Pero quisierasaber la opinión de usted acerca del señor de Sorege.

Giraud vaciló un instante; pero había prometido decir lo que pensaba ycumplió su palabra:

—Con el respeto debido, señor, diré á usted que ese es un canalla.

—¿En qué se funda usted para tratarle tan duramente? preguntó Marenval,algo extrañado por aquella vehemencia.

—En nada, señor. Nunca le he visto cometer una acción reprensible nidecir cosa mala; pero eso no impide que le tenga por un canalla.

—Pero, en fin, Giraud, ¿por qué es usted tan severo con ese joven que,según usted mismo confiesa, no ha hecho nada que justifique ese juicio?

—Es un instinto, señor, y eso no se discute. Hay en la calle de al ladoun estanco al que yo iba todos los días, desde hace diez años, á comprarmi paquete de rapé. Nunca pude acostumbrarme á la cara de aquelestanquero, y siempre que intentaba darme la mano, retiraba yo la mía.Sin embargo, todo el mundo le estimaba y estaba muy bien visto en elbarrio. Pues bien, señor, hace tres meses, el tal se ha fugado con losfondos del gobierno y los del propietario del estanco y se handescubierto horrores. En el barrio fué general el asombro al ver que unhombre, al parecer, tan honrado era un despreciable tunante. El señor mecreerá, si quiere; pero es la verdad que con el señor de Sorege mesucede lo mismo que con el estanquero. Se ha mostrado siempre bieneducado, hasta afable conmigo, pero había en su cara un no sé qué que merepelía y que me hace decir sin vacilar: ese hombre es un canalla y severá el día menos pensado.

—¿Venía aquí á menudo?

—Sí, señor, venía mucho al principio; y hasta llegué yo á sospecharque pensaba en casarse con la señorita María. Pero su asiduidad no tardóen cambiar de forma y cesó ante el señor de Tragomer. La verdad es queel tal Sorege veía desaparecer rápidamente la fortuna de la casa, puesestaba demasiado al corriente de las locuras de su amigo y acaso lasfomentaba lo suficiente para saber á qué atenerse respecto al dote de laseñorita. Estaba seguro de que el hijo de la casa dejaría en la calle ásu familia. Creo en la inocencia del señorito Jacobo, pero no estoyciego y sé todas sus acciones reprensibles. Todas esas dilapidaciones,todos esos extravíos le han sido bien echados en cara el día de ladesgracia. Sus hechos anteriores han pesado duramente sobre él cuando hatenido que justificarse. El tal Sorege sabía bien que las señoras daríanhasta el último céntimo por no comprometer su nombre en asuntossospechosos, y como el señorito Jacobo era presa de una banda degranujas, su suerte era fácil de adivinar. ¡Ay! señor, el pobre no tuvotiempo de arruinar á la familia; el destino se encargó de poner coto ásu conducta. Estoy seguro, sin embargo, de que las señoras preferiríanestar reducidas á pedir limosna á ver al señorito donde está.

—Eso no admite duda, Giraud. Pero, volviendo á Sorege, ¿sus relacionescon Jacobo eran menos asiduas en los últimos tiempos?

—En casa, sí, pero fuera, ¿quién lo sabe? Para mí, señor, el conde deSorege, con su aparente buena conducta, ha sido el genio malo delseñorito. Él le ha creado las dificultades y los apuros; él le ha dadolos peores consejos; gozaba viéndole hundirse. ¿Por qué? No lo sé; perotenía una razón para desear la pérdida y la ruina de su amigo. Unatarde, cuando los negocios del señorito Jacobo iban peor, el señor deSorege estaba con él en su cuarto y yo bajé para prepararles el té.Cuando volví á entrar, estaban tan acalorados que no se fijaron en mí, yademás el señorito no ocultaba nunca lo que hacía, pues no era unsolapado como el otro. Entonces oí á mi señor que decía con animación:"Sí, esta existencia es ya imposible… Me iré ó me saltaré la tapa delos sesos…" ¡Si hubiera usted visto entonces la cara del Sorege! Suslabios se plegaron para desaprobar, pero sus ojos brillaban de júbilo.¡Y su amigo le decía que estaba en el último extremo!

¡Oh! Ese día ví elodio que se albergaba en aquel corazón. ¿Por qué odiaba á mi señorito?¿Qué le había hecho su amigo Jacobo? Era tan ligero, tan imprudente, tanloco, que podía muy bien ofender á un amigo sin querer y sin saberlo.Mucho hubiera deseado oir el resto de la conversación pero esperaron queme marchara para seguir hablando. El señorito Jacobo se paseaba agitadocomo un tigre mientras yo colocaba el té sobre la mesa; estaba pálido ycon los puños crispados. Algo muy serio debía sucederle aquel día,porque el señorito Jacobo tomaba habitualmente las cosas á juego y erapreciso mucho para hacerle salir de su descuido. Al cerrar yo la puerta,el señor Sorege reanudó la conversación y dijo: "Estas loco, pobremuchacho. ¡Tienes ya á Lea y te vas á meter…" Tuve que cerrar yrenunciar á oir el resto. Aquella vez, señor, la única en mi vida, tuvedeseo de escuchar á la puerta, aunque no sea este un procedimientoconveniente para un criado que se estima; pero mis costumbres dediscreción pudieron más y me fuí sin saber lo que acaso hubiera sido taninteresante que supiese. Porque se trataba de esa Lea, que ha perdido alseñorito Jacobo, que estaba loca por él. Si no entendí mal, en aquelmomento lo que el señor Sorege quería decir era que su amigo se habíametido en una nueva intriga con otra mujer. Pero, ¡Dios mío!

¿No teníabastante con la italiana, esa perdida, que derretía el dinero comomanteca y había convertido al señorito Jacobo en jugador paraaprovecharse de las ganancias y dejarle á él los apuros de las pérdidas?¡Ah!

señor, ¡qué mala mujer! ¡Si se supiera lo que una mujer así puededañar á un pobre muchacho débil y vanidoso! Bien lo hemos aprendido, pornuestra desgracia…

—¿Cuál fué la actitud del señor de Sorege en el momento de lacatástrofe?

—Muy buena, señor, muy buena.

—¿Cómo así?

—Ese señor, que no parecía muy alterado, vino en el primer momento áponerse á las órdenes de la señora.

Estaba tranquilo y frío y su actitudindicaba la preparación. Nada era en él natural; parecía un actor… Nosé si me hago comprender bien…

—Perfectamente.

—El señor Tragomer, en cambio, estaba como loco y no acertaba ápronunciar palabra. El Señor Maugirón lloraba á lágrima viva. Todoshabían perdido la cabeza menos el señor de Sorege que conservaba toda lasuya. Me pidió las llaves y estuvo largo rato registrando los cajonesdel señorito. Pero el comisario de policía había registrado ya y nohabía nada que encontrar. Todo su empeño era hallar una fotografía.

Mepidió noticias: una gran tarjeta, que estaba en el cajón de los cigarrosy que yo había debido ver. Le dije que sabía dónde estaba; el señoritola había puesto el día anterior en su saco de viaje. No bien lo hubooído, se arrojó sobre ella, así, literalmente, y ris… ras… la hizoveinte pedazos en un segundo sin que yo pudiese impedirlo… Tampocopensé en ello… ¡Una fotografía de mujer! La cosa no eraextraordinaria ni preciosa, sobre todo en el momento de la catástrofe.Después he pensado en aquella prisa del señor de Sorege para destruir elretrato y esto me ha preocupado, pero no he podido comprender qué motivotuvo para obrar así.

Después de todo, acaso lo hiciese en interés delseñorito Jacobo; acaso también fuese en su propio interés.

Después delas pruebas de simpatía que Sorege dió en el primer momento á la señora,se fué separando poco á poco de la casa. No le acuso por ello; ha hecholo que los demás. En la causa, declaró con mucho calor en favor delseñorito Jacobo y según he sabido, pues no siempre pude estar presente,trató de probar su inocencia y de atenuar su responsabilidad. En fin,todo el mundo aprobó su conducta y la señora le dió las gracias. ¡Buenprovecho le haga! Desde entonces no le he vuelto á ver. Mi pobre cabezase ha debilitado mucho con la soledad y con la pena, lo que,seguramente, me habrá hecho olvidar muchos detalles. Pero loabsolutamente cierto es que el señor de Sorege no era un amigo sincerodel señorito Jacobo, al que envidiaba y que el día en que le vió perdidoaparentó querer salvarle porque estaba seguro de no lograrlo.

El viejo se calló. Sus manos temblaban de emoción y sus mejillas estabansurcadas por gruesas lágrimas.

Marenval, en tanto, reflexionabaprofundamente. Por fin el criado, viendo que su interlocutor no le hacíamás preguntas, se atrevió á formular una á su vez.

—Si el señor me permitiera preguntarle por qué razón vuelve sobre esetriste pasado. Seguramente no es por curiosidad ni por el placer deremover esos malos recuerdos. ¿Acaso espera el señor un cambio en lasituación?

Marenval salió de su meditación, miró al criado con un interés que nuncale había manifestado y dijo, poniéndole una mano en el hombro:

—No se sabe lo que puede ocurrir, amigo Giraud. En este mundo no haynada definitivo más que la muerte, y Jacobo está vivo y aun creo que enbuena salud.

—¡Era tan joven y tan vigoroso! Pero la pena… el arrepentimiento…

¡Eso destruye! Además, el clima…

—No es malo, Giraud; no tiene nada de malo. En cuanto á los informesque he venido á tomar; eran indispensables. Se trata del matrimonio delseñor de Sorege.

—¡Casarse! Oiga usted, señor; no soy más que un pobre hombre y el señorde Sorege es un conde, tiene fortuna, relaciones, todo. Pues bien, si yotuviera una hija, preferiría que se quedase para vestir imágenes ácasarla con él.

Marenval se echó á reír.

—Tranquilícese usted. Creo que el negocio ha fracasado. Gracias por susconfidencias, Giraud; creo que me serán útiles.

Se puso el gabán de pieles, hizo un signo amistoso al criado yacompañado por él salió al patio, se dirigió á su coche y dió orden deconducirle á casa del señor Tragomer. Eran las cuatro. El coche rodabaal trote cadencioso del caballo, y Marenval, arrebujado en un rincón,reflexionaba sobre los datos contradictorios que acababa de oir acercadel personaje que le interesaba.

Por una parte la señora de Freneuse tenía á Sorege por un perfectocaballero que había ejercido saludable influencia sobre su hijo. Porotra, María declaraba que el amigo de su hermano le había desagradadosiempre y que le creía más hábil que leal. En fin, lo que era más gravey verdaderamente interesante, la opinión del criado de confianza. Éstehabía estado en condiciones de ver y de juzgar. Si es cierto que no haygrande hombre para su ayuda de cámara, con más razón no hay fingimientoposible para el criado que todo lo ve y lo oye.

Forzosamente Giraud había observado á su señor y á los amigos de suseñor. Todos habían pasado por el tamiz de sus observaciones diarias ysu convicción era por fuerza la más justificada. Por otra parte, en loque contaba acerca de las relaciones de Sorege y de Jacobo había muchosdetalles verosímiles. ¡Qué rayos de luz esclarecían la conducta de aquelhombre, dado lo que sospechaba Marenval! No era posible comprender aún,pero las grandes líneas del asunto empezaban ya á dibujarse.

Á no dudar, Sorege había intervenido en el negocio. ¿Cómo? ¿Á quétítulo? Este era el punto oscuro ó, mejor dicho, este era el asuntomismo. En lo ocurrido dos años antes había habido circunstanciasdifíciles de explicar, aun cuando nadie ponía en duda la personalidad deLea. Ahora todo era incomprensible. Marenval recordaba algunas protestasde Jacobo, que nadie había tenido en cuenta.

Cuando Jacobo fué preso, estaba en el Havre y nunca pudo explicarclaramente qué había ido á hacer allí.

Nadie había comprendido tampocopor qué se detuvo veinticuatro horas en vez de tomar el vapor y salirpara América. ¿Qué esperaba? La acusación decía: un cómplice. Pero¿cuál? Había sido imposible encontrar ninguno. ¿Sería Sorege? Marenvalse lo preguntaba y no encontraba una respuesta aceptable. Si Soregehabía sido cómplice ¿quién era la mujer muerta en la calle de Marbeuf?Porque no había que perder de vista que, en realidad, se había cometidoun crimen y que si Lea Peralli vivía, otra había sido asesinada en sulugar.

Entonces, ¿quién era esa otra y quién el matador? Aquí el problema sepresentaba sin solución. Si, en rigor, se veía el interés que Jacobopudo tener en matar á Lea, no era posible comprender por qué habíaasesinado á otra mujer. El buen Cipriano no había nunca brillado por suinventiva y por muy lealmente que se rompía la cabeza buscando la clavedel enigma, no podía encontrarla. Adivinaba que había un misterio entodo esto, pero no se sentía con fuerzas para descubrirle.

En este instante un capricho del pensamiento le hizo ver lasdificultades con que iba á tropezar voluntariamente y las molestias quele iban á resultar. ¡Qué! Á su edad, cuando tenía todo lo necesario paraser dichoso, una inmensa fortuna, buena salud, una sociedad agradable,amigos afectuosos y cuantas mujeres pudiera desear, pensaba meterse enel laberinto de una rehabilitación muy problemática, porque un audaz lehabía hecho ver que podría representar en este asunto un buen papel…¿No era el mejor de todos vivir lo más agradablemente posible, apartandode sí toda complicación? Su existencia era dichosa,

¿convenía hacerlainsoportable por continuas alarmas y sacudidas? ¿No era mejor dejarsellevar blandamente por la corriente del río, en vez de remar con furiapara abordar á orillas sembradas de peligros?

¡Ah! Durante aquellos momentos en que dejó hablar á su razón de hombrede mundo, Marenval se vió muy perplejo y pudo echar sobre su destino deperfecta claridad. Vió todo lo que arriesgaba y, para gloria suya, sedecidió por el peligro, cuando no tenía más que pronunciar una palabrapara asegurar su tranquilidad. Un hermoso movimiento de su ánimo pudomás que todo. La madre y la hermana de Jacobo, irremediablementedesoladas, y aquel desgraciado joven sufriendo á miles de leguas unultraje y una vergüenza inmerecidos, se evocaron en su ánimo con fuerzairresistible.

Después de todo y pensándolo bien, sus amigos del círculo, sus camaradasde la vida de fiesta, las bellas jóvenes de la aristocracia, que notenían para él sino miradas indiferentes, las muchachas que le tuteabany le trataban como á un abuelo generoso, pero sin deferencia alguna, leinteresaban muy poco. Todos los que componían su público, por cuyaadmiración trabajaba con tanto ardor desde que se retiró de losnegocios, se agruparon en su mente como en un cuadro, y le pareció quetodos aquellos árbitros del éxito y del renombre dirigían hacia él susmiradas como para preguntar:

"¿Á que se decidirá? ¿Adoptará la causa de los oprimidos ó sacrificarála inocencia á su ociosidad?

¿Podremos incluírle entre laspersonalidades que llaman la atención en cuanto se presentan encualquier parte, ó seguiremos mirándole por encima del hombro, como á unadvenedizo? ¿Será, en fin, un héroe ó un hombre vulgar?"

Á esta conclusión, Marenval dió un salto en los almohadones do suberlina. Su cara se puso roja, apretó los puños y dijo en voz alta, comorespondiendo á todos aquellos personajes que, burlones ó benévolos, leacechaban para juzgarle en última instancia:

"¡Se han burlado de mí, me han desdeñado; pues bien, ya verán de lo quees capaz Marenval! ¡Aunque supiera que en el fondo de este asunto estabael mismo diablo, iré á ese fondo y le pondré en claro, como si fuera unacuenta de mercancías."

El coche se detuvo en este momento y Marenval pensó: "Ya no es tiempo deretroceder; me he empeñado á mí mismo mi palabra. Vamos á ver qué piensaTragomer de las noticias que le traigo." Descendió de la berlina y entróen la casa.

III

El aliado de Marenval, por su parte, no había permanecido ocioso. Encuanto volvió de su viaje al rededor del mundo se ocupó en los cuidadosde su nueva instalación. Un hombre rico, bien emparentado y miembro delos principales círculos, no puede instalarse como un extranjero queviene á pasar seis meses en París.

Tuvo, pues, que buscar una casa,disponerla á su gusto, amueblarla, comprar caballos y ajustarservidumbre.

Durante unas semanas Tragomer vivió como en campaña,ocupándose de esos menesteres, comiendo en el círculo y viendo tan sóloá sus parientes y á algunos amigos íntimos. La comida en que habíaencontrado á Marenval era la primera de ese género á que asistía. Lehabía llevado Maugirón y Tragomer no sospechaba las consecuencias queiba á tener aquella fiesta á la que concurría sin propósito alguno.

Pero el noble bretón, reflexivo, tranquilo y tenaz, desde el momento enque cerró su convenio con Marenval no tuvo más que un pensamiento:conseguir lo que se habían propuesto. Desde el día siguiente se puso encampaña. Hacía dos años que tenía casi olvidado á Sorege, pues suintimidad con él cesó naturalmente en cuanto la condena de Freneuse hizodesaparecer el lazo que les unía. Había visto al conde muy afectado, enapariencia, por la desgracia del amigo común y le había oído deplorarlas locuras que le habían conducido á tal catástrofe y defenderle congeneroso ardor contra las censuras de los indiferentes. Poco tiempodespués emprendió su viaje y no sabía qué había sido de Sorege.

Cuando se encontraban en el círculo, se saludaban y cada uno se iba porsu lado. Entre aquellos dos hombres que durante años habían vividojuntos y que se tuteaban, existía una frialdad glacial y parecía quehasta les costaba trabajo saludarse, como si se odiaran. Tragomer, sinembargo, no experimentaba sentimientos hostiles hacia Sorege. Aun en eltiempo en que eran camaradas, no le había querido. La naturaleza francay viva del uno no concordaba bien con el temperamento frío y calculadordel otro. Sorege había sido siempre reservado con Tragomer y cuando éstese lo hacía observar á su amigo común, Jacobo respondía:

"Déjale. Hay que tomar á Juan como es; no conseguiremos cambiarle. Es undiplomático; jamás dice lo que piensa."

Precisamente la certidumbre de que Sorege no hablaba nunca con franquezaera lo que alejaba de él á Tragomer, el cual decía con frecuencia áFreneuse cuando éste le acusaba de su alejamiento:

—¡Qué quieres! ¡No lo puedo remediar! No me gusta nada ese joven.

Cuando estoy al lado suyo me parece que tiene puesta una careta.

—Entonces, es un gran compañero para ir al baile de la Ópera, replicabaalegremente Jacobo que, con su carácter turbulento, no tenía tiempo deestudiar á sus compañeros de locuras.

Fuera de esto, no se podía menos de hacer justicia á Sorege, y Tragomerno podía negar que el amigo de Jacobo era un hombre perfectamenteeducado, instruído, elegante y de cara agradable, muy valiente, segúnhabía probado en diversas ocasiones, y de excelente consejo cuando se leconsultaba un asunto difícil.

Frisaba en los treinta años, era deestatura mediana, cabello castaño, barba cortada en punta y algo clara,bigote retorcido y ojos muy cubiertos con los párpados, lo que daba á sufisonomía un aspecto de firmeza. Cuando estaba callado y su miradavelada se deslizaba imperceptible á través de las pestañas, eraimposible adivinar lo que pensaba.

Tragomer le encontró tal como le había dejado, con el mismo aspecto fríoy seguro y el mismo modo de hablar preciso y reservado, y trató debuscar quién le diese noticias acerca de su hombre, sin despertar lacuriosidad ni provocar una indiscreción. Para ello le pareció que elindicado era Maugirón, una de esas gacetillas parisienses que se metenen todas partes, que todo lo conocen y que adivinan lo que no saben.

Era Maugirón un amigo de la infancia, con el que no había para quégastar cumplimientos, y Tragomer, seguro de una acogida entusiasta, sepuso en camino á eso de las once y media y desde su casa, calle deRembrandt, bajó á pie hasta el

boulevard

Malesherbes, donde, casiesquina á la plaza de la Magdalena, vivía Maugirón. Este joven vividortenía como principio invariable el almorzar siempre en casa.

"Si queréis, decía, conservar el estómago, aun haciendo los máscontinuos excesos en el comer, almorzad en casa todas la mañanas:almorzaréis medianamente, pero eso os salvará."

Aunque resuelto á no infringir nunca esta regla, Maugirón no llevaba sucordura hasta imponerse la obligación de almorzar solo, y como todos susamigos estaban seguros de encontrarle en casa á las doce, rara vezcallaba su campanilla y casi todos los días alguna voz de hombre ó demujer decía alegremente:

"Maugirón, un cubierto; vengo á almorzar medianamente contigo."

Entonces el sabio higienista hacía subir de la cueva los mejores vinosy, así como por casualidad, tenía siempre delicados y suculentos platosque ofrecer á su convidado ó convidada. Esto era lo que él llamabaconservarse el estómago.

Aquella mañana había gran fiesta, como dijo Marieta de Fontenoy cuandoal entrar con Lorenza Margillier vió á Tragomer que estaba fumando uncigarrillo en el cuarto de Maugirón.

—¿Dónde está el dueño de la casa? dijo Lorenza echando descuidadamenteel sombrero en un sofá y besando amablemente á Tragomer.

—Está poniéndose guapo. Y bien, Marieta, ¿no me dice usted nada?

Observo que su amiga de usted ha estado conmigo mucho más expansiva…

—Mi amiga es de la casa y debe hacer los honores. Por lo demás, miquerido Cristián, si no hace falta más que un beso para contentar áusted, no ha de quedar por tan poco. Y echó los brazos al cuello delbretón. En seguida dijo, volviéndose con ligereza:

—¡Qué hambre da esta carne de hombre!

—Entonces, queridas amigas, á la mesa, exclamó Maugirón levantando unacortina. Los huevos revueltos con trufas acaban de aparecer; no leshagamos esperar. Ya nos diremos cumplimientos mientras comemos.

Pasaron al comedor, en el que se revelaba el lujo bien entendido delhombre que sabe vivir, por los brillantes accesorios de fino cristal,hermosa porcelana y rica argentería.

—Buenos días, cielito mío, dijo Lorenza. ¿Has dormido bien después dela agitación de anoche? ¡Cuidado que te pusistes chispo, maridito,después de comer!

—¿Yo? dijo Maugirón, yo estaba fresco como una lechuga. El que estabaun poco… tocado era Tragomer.

¡Qué cosas nos contó, ese monstruo!

—Si, hablemos de lo que nos contó… Hizo sus confidencias á Marenval.Á nosotros nos puso en la puerta.

—Peor para él. Nosotras acabamos de pasar la noche en la

Olimpia

.Aquello es delicioso. La Rustigieri canta con los pies y baila con lagarganta. ¡Y viva Italia! ¡Lo que nos reímos!…

—Me gustó más la Loïe Fuller.

—¡Oh! no; hace daño á la vista.

Se produjo un momento de silencio mientras los convidados probaban un château Iquem

que Maugirón les había recomendado y que parecía obtenerlos sufragios de todos. Tragomer, que ordinariamente no bebía más queagua, dijo al dueño de la casa:

—En efecto, tu vinillo es bastante bueno… Oye, ayer encontré á Sorege y me pareció muy serio. ¿Le ha ocurrido alguna desgracia?

—La peor de todas, amigo mío. ¡Se casa! Hubo una exclamación general.

—¡Oh! Es muy cursi burlarse del matrimonio… Maugirón, tu degeneras.

—El matrimonio, dijo Marieta, es una institución que se debe conservarcomo oro en paño. Primero, porque sin él habría una cantidad enorme desolteros. Después, porque los nobles arruinados no sabrían cómoreponerse. Y por fin, porque las señoritas norteamericanas, perderíanaquí un importante mercado…

—¡Esta Marieta es asombrosa! ¿Por qué no escribes en la

Vida

Parisiense

?

—Por no oscurecer á los redactores.

—¡De modo que Sorege se casa? continuó Tragomer, que no quería que seextraviase la conversación.

—Eso se dice por ahí, hace algún tiempo.

—¿Y con quién?

—Con una de esas americanas que preocupan á Marieta, no sin razón. Conmiss Lydia Harvey, de Minneapolis. El padre es un gran ganadero que hahecho una inmensa fortuna y sus hijos siguen el negocio.

—Pero Sam Harvey vive en París. Es el que ha hecho edificar ese hermosohotel en la avenida del Bosque de Boloña.

—Bien puede pagarlo. Los periódicos norteamericanos hablan de sufortuna como de una de las más importantes del país.

—¿Qué tal es la muchacha?

—Pequeña, flaca, morenucha. Hay en ella sangre mejicana. Se dice que sumadre era una mestiza con la que Harvey se casó después de tener conella cuatro hijos. Se ha quedado en Minneapolis. La hija es unaexcéntrica que dará mucho que hacer al frío Sorege.

—¿Cuándo se ha decidido ese matrimonio?

—¡Oh! Hace mucho tiempo que se entablaron las negociaciones, que hansido eternas. Hace más de seis meses que Juan está rondando á esamorenilla, pero parece difícil de atrapar. Ha sido preciso el viaje áAmérica para poner las cosas en su punto.

—¿Qué viaje á América?

—Harvey llevó á Sorege á sus propiedades el verano último. Le dijo: Venga usted á ver mis bueyes; y Juan tomó el vapor con la muchacha.

—¡El viaje á Citerea, vamos!

Tragomer no llevó más adelante sus investigaciones. Sabía ya lo másimportante; el hecho capital estaba probado. En el momento en que creyóreconocer la voz de Sorege en el cuarto de Jenny Hawkins, en SanFrancisco, el conde estaba en América, lo que hacía verosímil supresencia en el teatro y afirmaba con fuerza todas las consecuencias quede ella se deducían. Sus sospechas no eran ya queméricas, sino que sefundaban en un hecho real. Sorege estaba en América, luego no habíacoartada posible. No importaba que América fuese muy grande; paraTragomer, bastaba que Sorege hubiese atravesado el Océano, para que supresencia en San Francisco fuese indiscutible. No había otro francés quehubiese podido pronunciar su nombre en tales circunstancias.

Pero aquí se detenían las deducciones de Cristián. De que Sorege hubierapasado por San Francisco en la misma época que él y de que estuviera enel cuarto de Jenny no se deducía que fuese un criminal. Y, sin embargo,si Jenny Hawkins era Lea Peralli… Al llegar á este punto, Tragomer seencontraba ante un oscuro abismo que en vano intentaba sondar. Adivinabala profundidad de la sima y los horrores que ocultaba, pero no podíaromper las tinieblas de que estaba llena.

Entonces pensó que su empeño era cuestión de tiempo. "No puedopretender," se decía, "resolver de golpe un problema tan arduo y tancomplicado y que han estudiado ya de buena fe jueces competentes ysabios, sin encontrar la solución. Si Sorege es culpable, si escómplice, si solamente conoce la verdad y la encubre tan infamemente, esque tiene un grave interés en hacerlo así, y siendo tan dueño de simismo y hábil y calculador por excelencia, ha debido tomar todas lasprecauciones para ponerse á salvo de una sorpresa.

Pero él ha estado enAmérica, ha pasado por San Francisco y atribuía gran importancia á noser visto por mí y más, acaso, á no ser visto en compañía de JennyHawkins. Esa mujer es, pues, quien tiene la clave del secreto." Losconvidados interrumpieron estas meditaciones.

—¡Qué! El matrimonio de Sorege te infunde esa melancolía… Estáshecho un simple.

—Querido Cristián, no hemos querido causarte pena.

—¿Tanto quieres á Sorege?

—Pues no es un muchacho muy simpático.

—¡Es guapo!

—Pero tan frío…

Tragomer preguntó:

—¿Le habéis conocido queridas?

—¡Oh! No es hombre de amar á una de nosotras, dijo Lorenza. Ha debidobuscar relaciones discretas y económicas. Me ha hecho siempre el efectode un zorro consumado.

—¡Como que las mujeres de la buena sociedad no cuestan tan caras comonosotras! exclamó Marieta.

Pregunta á Maugirón cuánto ha pagado en casade Doucet y en casa de Worth cuando le honraba con sus favores lahermosa señora de…

—¡Nada de nombres propios! interrumpió Maugirón.

—¡Bah! como si no lo supiera todo París… Por mucho que te ocultabas,mi pobre amigo, no engañabas á nadie y menos al marido. Tú mismo me hasconfesado, tú, tú mismo, que esa señora te saqueaba de tal modo, que tehabías arreglado conmigo para hacer economías.

—¡Á tu salud, Lorenza! Tú eres una mujercita que no compromete…

—¡Oye, grosero!

—Desde el punto de vista del dinero, se entiende, porque en cuanto alcorazón…

Se levantaron de la mesa y pasaron al salón, donde Tragomer, viendo queeran las dos de la tarde, se despidió á fin de volver á su casa áesperar á Marenval. Se habían dado cita para cambiar noticias después desus respectivas averiguaciones. Tragomer estaba acabando de vestirsepara ir á comer al círculo, cuando Marenval, que salía de casa de laseñora de Freneuse, llegó á la calle de Rembrandt. El industrial teníaun aire grave y casi solemne.

—Ha sido usted exacto, dijo Cristián. ¿La voluntad no ha flaqueadodesde ayer? ¿Esta usted decidido á marchar adelante?

—¡Más que nunca! Lo que he oído en casa de la señorita de Freneuse noes para desanimarme. La paciencia y el valor de esas dos mujeres, amigomío, son admirables. ¡Ellas tampoco dudan! ¡Ah! ¡Qué alegría les hacausado mi intervención! Se puede decir que han sido tan cruelmenteabandonadas por todo el mundo…

Tragomer hizo un ademán de protesta.

—¡Oh! No lo digo por usted, amigo mío, dijo en tono bondadoso Marenval,sino por mí mismo. Sé que usted ha sido alejado por la señorita deFreneuse, mientras que yo me alejé voluntariamente y no estuvo nada bienlo que hice. Un caballero hubiera obrado de otro modo, pero yo no era enese caso un caballero, sino un millonario mal desvastado aún de sucomercio y que temía perder sus nuevas relaciones. Me arrepiento de miconducta y quiero repararla… ¡Por vida de!… y lo lograré, graciasal concurso de usted.

Después veremos si alguien se atreve ávituperarme.

Cristián escuchaba á Marenval con visible impaciencia deseando hacerleuna pregunta.

—¿Ha hablado de mí la señorita de Freneuse?

—Sí.

—¿En qué términos?

—Escuche usted, Tragomer; no estamos aquí para decirnos cumplimientos,¿verdad? Pues bien, María es severa para con usted. He aquí lo que harespondido textualmente cuando yo les aseguré el afecto y la adhesión deusted: "Nos ha abandonado á mi madre y á mí; yo le he borrado de mirecuerdo como él nos borró de su corazón."

Cristián bajó la cabeza con tristeza.

Acaso tiene derecho para tratarme tan duramente, dijo, pero le faltaindulgencia. En el paroxismo del dolor, se negó á ver hasta á los quequerían permanecer fieles y facilitó así el abandono. Á su lado nohubiera yo sido tan débil; su deseo de resistir á la mala fortuna mehubiera dado energía. Nos hubiéramos animado mutuamente. Pero su penaaltanera juzgó en definitiva á los que no se declararon abiertamente enfavor de su hermano. Yo no tuve ese hermoso desprecio del qué dirán, loconfieso humildemente, pero si María quiere reflexionar, comprenderácuántas circunstancias atenuantes militan en mi favor.

—Su madre defiende á usted y lo disculpa… ¡Es horroroso! Esa pobremujer confiesa, ella misma, que aun estando convencida de la inocenciade su hijo, se ve en la imposibilidad de probarla. ¿Cómo, entonces, noperdonar á los extraños un poco de vacilación, sobre todo cuando seofrecen á reparar su falta?

Cristián movió dolorosamente la cabeza y cambió de conversación.

—¿De modo que en la casa nadie ha cambiado de convicción?

—Están más firmes que nunca. Solamente que no saben nada acerca denuestro hombre, ó saben tan poco que no vale la pena de hablar de ello.Impresiones morales, nada más. Lo que equivale á decir que vuelvo devacío.

Yo tengo más noticias. He sabido que Sorege se va á casar con miss Lydia Harvey y que ha estado en América.

—He aquí por qué desapareció durante seis meses. ¡Miren el disimulado!¿Y se casa con la chica de Harvey? ¡Bonita fortuna! El padre no se dejaahorcar, ciertamente, por veinte millones de dollars. Pero tiene, lomenos, seis hijos y los varones son siempre mejorados en América. Sinembargo, es un buen capital.

Pero ¿cómo concilia usted los proyectosmatrimoniales de ese mozo y sus relaciones can Jenny Hawkins?

—No los concilio; pongo en presencia los hechos para estudiarlos. Unasrelaciones con Jenny Hawkins no excluyen un proyecto de boda con MissHarvey; al contrario. Si la querida ambiciona el dinero, debe animar áSorege á casarse con una mujer rica. Además, el matrimonio sería unmedio de ocultar lo que puedan tener de peligrosas las relaciones deSorege con la cantante, y es muy admisible que Jenny favorezca eseproyecto, sobre todo si quiere conservar su amante. Por fin, si Soregetiene el proyecto de expatriarse y marcharse á vivir en Nueva York, paradefenderse contra toda investigación, esa boda se explicaráperfectamente.

—Todo eso es razonable, dijo Marenval. Lo indispensable sería saberexactamente quién es esa Jenny Hawkins.

—Solamente Sorege podría decírnoslo y él se guardará bien de hacerlo. Áno ser que…

—¿Y bien?…

—Á no ser que nos lo diga Jacobo de Freneuse.

Marenval hizo oir una especie de silbido que le servía habitualmentepara expresar sus dudas.

—Sí, pero, vaya usted á buscarle. ¡Está lejos!

—¡Bah! dijo Tragomer; veinte días de travesía en un barco que anderegularmente.

Marenval hizo un movimiento de asombro.

—¡Qué! ¿Piensa usted ir á la Nueva Caledonia?

El bretón miró tranquilamente á Cipriano.

—¿Por qué no, si fuera preciso?

El antiguo comerciante dirigió una mirada de terror á su asociado ypensó: "¡Dios mío, en qué berenjenal me he metido! Este hombre esterrible y no retrocederá por nada. Habla de ir á la Numea como de tomarel tren para Marsella. Se planta en los antípodas con una facilidadincreíble… Pero ¿y yo, Marenval, retirado de los negocios para gozarde la vida? ¿Estoy loco?"

Cristián no le dejó tiempo de concluir.

—Esta sería una magnífica ocasión para usted de mostrarse un verdadero sportman

, ocultando así hábilmente detrás de ese viaje de placer lasgraves causas de nuestra expedición. Vea usted, amigo Marenval, cómo losVanderbilt vienen continuamente á Francia desde América y cómo GoronBennett se encuentra con más frecuencia en Niza que en Newport. No leaconsejaré á usted que compre una isla en la embocadura del San Lorenzocomo ha hecho su rival. Creo que le bastará anunciar en el círculo, conaire de indiferencia, que va usted á hacer conmigo una expedición áAlaska, por ejemplo. ¡Vería usted el efecto! Los periódicos seapoderarían de la noticia y estaría usted en evidencia durante ocho díaspor lo menos. Desde ese momento formaría usted parte del gran estadomayor de los

sportmen

para quienes no existe la distancia, que mandanen el mar y que son, en suma, los verdaderos príncipes en esta época dela clase media, ¿Acaso le desagradaría á usted todo esto? ¿No tendríausted, siendo fuerte y vigoroso, el valor de arriesgar una partidasemejante?

Marenval, un poco asustado, pasó por muchos sentimientos contradictoriosdurante la exposición de Tragomer. Por el pronto, lo repugnaba la ideade una larga permanencia en un barco. La inconstancia de los vientos yla agitación de las olas le inspiraban un prudente terror. Se estremecíapensando que tendría que acostarse en un estrecho camarote contra cuyapared se estrellarían sin tregua las olas amenazando destruírla. ¿Cómodormir con tales emociones? Por otra parte estimulaba su orgullo la ideade entrar en el rango de los grandes señores modernos que dominan todaslas dificultades materiales por la fuerza del dinero. Después de todo¿no podía él intentar lo que otros realizaban? ¿Tan aventurado sería elimitar su ejemplo? Acaso sus terrores eran iguales á los de los que enotro tiempo hacían testamento antes de montar en el tren. El progreso,pensaba, lo ha simplificado y facilitado todo.

Los viajes por mar eranpartidas de placer reservadas solamente á los millonarios célebres porsu lujo y su

confort

. No sería mucho lo que tendrían que sufrir en susfrecuentes travesías, pues, ciertamente, no gastarían tanto dinero enprocurarse molestias. El nombre de esos millonarios, no cabía dudarlo,estaba en todas las bocas y el

sport

mas costoso, el más raro y el másbrillante era el

yachting

. ¿Por qué no había él de figurar entre losdiez ó doce soberanos de la mar? ¿No tenía los medios?

Nadie sabía lorico que él era, y esta vez no se podría dudar de su fortuna viéndolealternar con los más grandes y tirar el dinero á manos llenas.

El temor, sin embargo, se volvió á apoderar de él. Nunca había navegadomás que para ir del Havre á Trouville y de Calais á Douvres, y aun enestas cortas travesías había tenido tiempo para sentirse malísimo.

Sinembargo, en la fiebre del momento no se acordaba de aquellas molestias.Pero la adquisición de un navío, su organización, el ajuste de latripulación y del capitán, ¡qué dificultades tan insuperables para él!Pensó vagamente que todo eso era más que difícil, imposible de realizary sintió un alivio delicioso.

Entonces miró á Tragomer tratando de reír.

—Pero, querido amigo, usted no conoce obstáculos. Para navegar hacefalta un barco, y éste no se construye tan de prisa…

—¡Bah! dijo el bretón, se encuentran alquilados todos los que sequiera. Los puertos de Levante están llenos de yates magníficos queestán á la disposición de los aficionados. Si su decisión de usted esfirme, encontrará en quince días un yate bien acondicionado, con unatripulación escogida y un buen capitán. Es una industria inglesa. Sealquilan los yates como las casas de campo y hasta se encuentra dondeelegir.

—¡Ah! dijo Marenval estremeciéndose. ¿Tan fácil es?

—Todo es fácil con dinero. En el orden material casi no hay límites.Solamente se encuentran en el orden moral. Hay todavía conciencias queno se compran, lealtades que no tienen precio y virtudes que desafíantoda subasta; digámoslo en honor de la humanidad. Para todo lo demás,golpee usted de cierto modo su bolsillo y tendrá cuanto le plazca. Perono se ponga usted en camino tan pronto, querido amigo; tenemos todavíamucho que hacer aquí, aun admitiendo que alguna vez necesitemosemprender ese viaje.

Por el pronto, quiero ver á Sorege y hablar con él.

—¡Qué! ¿Va usted á descubrir nuestras baterías?

—Están ya descubiertas, no lo dude usted. Conviene pues que tengamos laventaja de saber cómo se defiende nuestro hombre. Obraré con prudencia,esté usted tranquilo. Pero es necesario que trate de ver su juego.

—¿Y yo, qué debo hacer?

—Usted debía tratar de saber quién es Jenny Hawkins, de dónde viene,qué hace. Y acaso fuera también conveniente que hablase con algúnmagistrado de rango elevado de la posibilidad de un error judicial.¿Conoce usted al fiscal del Supremo?

—No, pero uno de los sobrinos de Chambol, Pedro de Vesín, es fiscal.Vesín es un muchacho muy distinguido y puede darnos un buen consejo. Lehe conocido niño y me quiere mucho. Iré á verle.

—Es lo mejor.

Marenval tuvo un momento de vacilación y luego preguntó:

—¿Está usted satisfecho de mí?

—Asombrado, sencillamente. No lo hubiera creído capaz de tal denuedo.Yo había pensado: Marenval ha entrado en campaña en seguida porque tieneun alma generosa. Ante la idea de que un desgraciado sufre injustamentese ha exaltado, pero eso no durará. Á las primeras dificultadesretrocederá y me dejará continuar solo mi camino. Porque soy testarudo yestoy decidido á salirme solo con mi empeño. No admito que una empresacomenzada se quede sin terminar, á menos que no se demuestre que esimposible. Pero usted no sólo no ha retrocedido sino que acepta todaslas dificultades con la calma de un hombre resuelto.

Su valor de ustedes extraordinario.

Marenval bajó la cabeza.

—No me coloque usted tan alto en su estimación. Debo confesarle que, enel fondo, he dudado más de una vez. No he nacido temerario y solamente áfuerza de voluntad me pondré á la altura de las circunstancias. Si hayriesgos que correr, no se asombre usted de verme temblar un poco; minaturaleza tiene que manifestarse.

Pero espero que llegaré á dominarlapor el razonamiento. Usted lo ha dicho muy bien hace un instante: undesgraciado sufre injustamente y si no hago cuanto pueda por salvarlo,no tendré ni una hora de tranquilidad en la vida. Me alegro de haberconfiado á usted mis debilidades, porque así me ayudará usted, si espreciso, á vencerlas y, Dios mediante, no nos quedaremos en el camino.

Tragomer no respondió; estaba sinceramente conmovido y pensaba: "He aquíuno de los hombres más animosos que he conocido. Tiene conciencia de sertímido y aun así sigue adelante". No quiso decir á Marenval lo quepensaba, temiendo asustarle si le hacía comprender hasta qué punto lejuzgaba digno de estima.

—Pues bien, querido amigo, dijo ofreciéndole la mano; esta noche en elpequeño círculo, si no tiene usted nada que hacer. Hacemos nuestro planpara mañana.

—Convenido. Pero le veo á usted vestido para salir; ¿quiere usted quele lleve á alguna parte?

—Bueno; á la Magdalena.

Salieron, muy contentos el uno del otro. Marenval porque se veía crecerá sus propios ojos. Tragomer, porque tenía esperanza de rehabilitarseante la señorita de Freneuse.

Sorege estaba en el círculo cuando Tragomer, á eso de las siete, entróen el salón. El conde, apoyado en la chimenea, hablaba con un grupo desocios y mostraba en la conversación aquella fisonomía firme y fría queocultaba tan bien sus impresiones. Mientras hablaba sus ojos permanecíanmedio cerrados sin que nada pudiese denunciar su pensamiento íntimo;cara de diplomático precavido y astuto, que también podía ser detraidor. Tragomer no se aproximó al grupo y Sorege no hizo ni unmovimiento para ir hacia su antiguo amigo.

Tragomer cogió de la mesa un periódico ilustrado pero no tuvo tiempo devolver dos páginas. Maugirón le tocó en el hombro.

—¿Vas á comer?

—Sí, contigo, si quieres.

—Con mil amores. Tengo una mesa con Frecourt.

—Me alegro. Tengo, precisamente, que pedirle unas noticias.

Frecourt, al que llamaban "Semifusa" era uno de los aficionados á lamúsica más eruditos de París.

Conocía todas las partituras, todas lasescuelas y todos los cantantes desde hacía treinta años.

Hablabaenternecido del comienzo de la Patti y contaba los primeros pasos deYvette Guilbert en el Diván Japonés

. Su eclecticismo era absoluto yhablaba con el mismo entusiasmo de Paulus, el notable cancionero, que deReszké, el gran tenor dramático. Á este propósito decía: "Hay,evidentemente, una jerarquía de géneros, pero cada uno de ellos esnotable en grado igual."

Cantaba también con voz de falsete, capaz de rasgar los oídos mejordispuestos, y era la broma obligada entre sus amigos hacerle cantardespués de comer. Era buen muchacho y vivía con una bailarina de laÓpera, con la que tenía dos hijos.

El jefe de comedor se presentó á anunciar que la comida estaba dispuestay todos se dirigieron á la mesa.

Había siempre en el círculo una concurrencia media de cuarenta ócincuenta personas que iban á comer; muchos militares retirados,solteros que por casualidad no estaban invitados y transeuntes comoTragomer.

Disponían de una gran mesa de veinticinco cubiertos y de otrasmás pequeñas en los rincones y en el salón inmediato.

—Apreciable Frecourt, vas á hacernos el favor de hablarnos de todomenos de tu sempiterna música.

Maugirón lanzó ese ultimátum á su amigo en cuanto se sentaron á comer.

—Sí, querido, ya sé que no eres melómano. ¿Quieres que hable de cocina,de estrategia, de pintura, de política?

—No hables, lo prefiero.

—Aunque rabies, espera un poco… Canción de Silvain, los Dragones de Villars, acto segundo, escena…, dijo Frecourt riendo.

—¡Vaya! Ya se desató.

—Déjale, dijo Tragomer. Yo encuentro su música muy digestiva. En Texas,los jefes indios hacen que les canten canciones durante las comidas.

—¿Oyes, Frecourt? Los salvajes.

—¡Oh! Desde que existe la civilización, la música es el accesorioobligado de los festines.

—¿Á que vas á pedir

tziganes

?

—Mira el cuadro de las bodas de Caná. Allí ves músicos que rascan lascuerdas en trajes suntuosos mientras los convidados vacían las ánforasen las que el agua se ha convertido en vino. Aquellos son los tziganes

de ese tiempo.

—¿Se iban ya entonces con ellos las princesas?

—Es muy probable. Alain Chartier fué besado en los labios por una reinay no era más que poeta…

—¡Digo! Si hubiera sido músico…

—Sí, dijo Tragomer; pero las bacantes mataron á Orfeo.

—Estaban borrachas… Y, además, ¿quién sabe? Acaso Orfeo no quisotocar lo que ellas le pedían.

Maugirón se puso á tararear, con aire malicioso.

—¡Ah! Maugirón, aquí te cojo, exclamó Frecourt; ahora eres tú el quecanta. Una multa; que traigan champagne…

—¡Qué herejías dicen estos músicos! ¡Champagne! Yo que tú pidolimonada. Vais á probar un Château Lafite

como no se bebe en ningunaparte. Yo se lo he proporcionado al círculo, porque habéis de saber queel encargado de los vinos no sabe de eso ni jota.

La comida continuaba y en todas las mesas subía poco á poco el tono delas conversaciones. Era la hora benéfica en que los estómagos contentosreparten por todo el ser una especie de beatitud. Maugirón estababenévolo y no se burlaba de Frecourt. El mismo Sorege, sentado en lamesa grande, bastante lejos de los dos amigos, sonreía, menos enigmáticoque de costumbre. Se estaba sirviendo el plato de pastelería y Tragomer,que estaba silencioso, se volvió hacia Frecourt y le dijo en tonoindiferente:

—Usted, que conoce á todos los cantantes del universo, ¿quién es Jenny Hawkins?

—¿Jenny Hawkins, la que hace expediciones al extranjero con Novelli?

Pues es, sencillamente, Juana Baud.

Al oir esto, Tragomer no pudo contener un movimiento.

—¡Juana Baud! Es un nombre francés.

—Lo mas francés del mundo. Juana Baud ha cantado operetas enVariedades. No estaba entonces en candelero, la pobre muchacha. Hizo elpapel de una de las acompañantes de la princesa de Mantua, en Périchole

. Era bonita y bien formada y su voz prometía; pero erapreciso estudiar y la tal Juana se divertía demasiado para ocuparse enel solfeo. Sin embargo, yo predije su porvenir.

—Pero, interrumpió Tragomer, ¿llevaba entonces su nombre?

—Se hacia llamar Juana Baudier. ¡Oh! Usted, Tragomer, no ha podidoconocerla; entonces no se ocupaba usted de teatro. Además esa muchachaera en aquella época completamente ignorada.

—¿Qué edad puede tener?

—Unos treinta años.

—¿Qué señas tenía?

—Era morena, de facciones regulares, magníficos ojos negros y boca algogrande con unos dientes como perlas. Una mañana desapareció y no se havuelto á oir hablar de ella sino con el nombre de Jenny Hawkins, quesuena infinitamente mejor que Juana Baud ó Baudier. Los ingleses lacreen compatriota y eso les halaga.

—¿Cuánto tiempo hace que se marchó?

—Debe hacer unos tres años. Pero si esto interesa á usted, hay unapersona que le enterará exactamente:

—¿Quién?

—El agente de teatros Juan Campistrón; es el que recluta las compañíasy conoce todo el personal, hasta el que no trata con él.

—¿Dónde vive ese agente?

—¿Campistrón? Calle de Lauery, 17. Pero todo el mundo lo conoce.

—¡Estás loco! exclamó Maugirón; tú lo conoces porque vives entre todaesa gentuza, pero ¿cómo quieres que Tragomer sepa de tu agente degorgoritos?

—Puede conocerlo por haberle visto en el círculo. Vino con frecuenciacuando se trató aquí de organizar un espectáculo como si hubiéramosquerido hacer competencia á los Menus-Plaisirs

. El tal Campistrón hacede todo, desde el primer papel de una tragedia heroica hasta el tiradorde carabina que rompe huevos sobre la cabeza de su hijo, como GuillermoTell; ó el exhibidor de perros sabios, ó el que rompe cadenas… Es untipo asombroso. En provincias ha cantado de tenor de fuerza.

—¡Nos estás aburriendo con tu cómico de la legua! interrumpiófuriosamente Maugirón… No sé cómo te sufre Tragomer.

—Nada de eso; me interesa, por el contrario, dijo amablemente Tragomer.

Tú no entiendes de nada, Maugirón, en cuanto te sacan de catar vinos.

Oye lo que decimos mientras te bebes tu Lafite… ¿De modo, Frecourt, que usted ha conocido á esa Juana Baud?

—Sí, amigo mío, la conocí en el Conservatorio en la clase de Achard.Tenía una preciosa voz de mezzo-soprano

, pero vivía en una continua

juerga

, y eso es malísimo para los órganos vocales. Llegaba siempre al faubourg Poissonnière

en una preciosa berlina tirada por un caballo deciento cincuenta luises… Y era de ver la cara que ponía AmbrosioThomas… ¡Decadencia y corrupción! decía levantando los brazos alcielo. Nuestra buena pieza no obtuvo el premio y tuvo que contentarsecon un accésit; y por cierto que armó un tumulto en la sala á causa desu traje y de las perlas que llevaba en las orejas. En aquella época lamantenía Salveneuse, que pegó de palos en el

boulevard

á ArmandoValentín por haber escrito una crónica feroz contra su amiga. Juana Baudabandonó el arte durante cinco ó seis años y corrió en grande con losjóvenes más á la moda… Después, un día apareció en Variedades, dondeenseñó, en una Revista, el más bonito par de piernas y el seno mássólido que se habían visto hacía mucho tiempo.

—Pero dí, Tragomer, ¿es verdad que te divierte este cronicón debastidores?

—Claro que sí. Fumo, descanso, y estoy bien.

—Yo le encuentro antediluviano con su Juana Baud y su Salveneuse, alque me parece estar viendo con su perro, sus patillas teñidas y supantalón ancho. Creo que estoy oyendo historias de mi abuelo… Apuestoá que nos va á hablar ahora de Valentino y de Markowski.

Tragomer se echó á reír.

—¡Vamos! joven viejo, un poco de indulgencia para los viejosjóvenes… Siga usted, Frecourt, estoy suspenso de sus labios.

—¡Ah! querido amigo; si le divierten á usted las historias de aqueltiempo, las sé más asombrosas.

—No, dijo vivamente el barón; sigamos con Juana Baud; el asunto estáempezado; acabémosle.

—¿Pero qué te importa la tal Juana Baud? dijo en tono do enfado Maugirón. ¡Es inaudito lo simple que estás esta noche!

—No comprendes, Maugirón, contestó gravemente Tragomer. Algún día tedaré explicaciones y te quedarás asombrado.

—En ese caso, viejo Frecourt, sigue con tu historia, puesto que pareceque es palpitante.

Y Maugirón se puso á fumar con aire de mal humor. Sirvieron el cafémientras que varios socios salían ya del comedor y la intimidad dellugar se hacía mus grande. Frecourt aventuró un codo sobre la mesa yprosiguió:

—Si Juana hubiera sabido vivir, hubiera llegado á hacer fortuna. Tuvoun hotel en la calle de la Faisanderie

y un tren suntuoso. De entoncesdatan sus relaciones con Woreseff y también su pasión por Sabina Leduc.

—¡Anda con Dios! No le faltaba nada á tu Juana Baud. ¡Me repugna esaclase de mujeres!

—No es á tí solo. Probablemente Woreseff era también de tu opinión,porque abandonó repentinamente á Juana, la cual vivió durante un año delos restos de su lujo. Después, acosada de cerca por sus acreedores, seeclipsó para reaparecer en el extranjero con el nombre de JennyHawkins… El hotel fué vendido y no se oyó hablar de ella, si no esalguna vez en los periódicos. Jamás ha vuelto á París, como si guardaserencor á la gran ciudad de su desilusión.

Al acabar el relato de Frecourt, todos se levantaron y se dirigieronhacia los salones. Sorege, extendido en un sillón, parecía digerir lacomida con una satisfacción completa.

Tragomer dejó á sus compañeros, se aproximó al joven y tocándole en elhombro por encima del alto respaldo del sillón, le dijo:

—Buenas noches, Juan, ¿estás bueno?

Sorege abrió los ojos y lanzó á Tragomer una rápida mirada; en seguidasus pupilas velaron de nuevo los misterios de su pensamiento. Una vagasonrisa se dibujó en sus delgados labios y con voz tranquila respondió:

—¡Calla! Tragomer, ¿estabas ahí? ¿Por qué no has comido en la mesagrande con nosotros?

—Maugirón me guardaba un puesto en su mesa. Por cierto que he sabidouna noticia importante para ti. Me han dicho que te casas.

Un ligero estremecimiento agitó la boca de Sorege, que continuósonriendo.

—¡Ah! ¿Habéis hablado de ese proyecto?

—¡Proyecto! Pero ¿no es seguro?

—¿Lo es algo en el mundo?

—¿Y es una americana tu elegida?

—Sí, una persona encantadora, miss Harvey… ¿La conoces?

—No tengo ese honor, pero cuento con que querrás presentarme á ella.

—Con mucho gusto, aunque eres un compañero peligroso con tu musculaturay tu aspecto de vigor… Estos primitivos de América tienen un cultopor la fuerza…

Tragomer observaba á Sorege con todas sus facultades; escuchaba lasentonaciones de su voz y espiaba los movimientos de su cara. Nadaacusaba agitación en el conde, excepto un pequeño temblor de la boca,que podía ser nervioso. Entonces Tragomer, cubriendo con una mirada á suinterlocutor, dijo recalcando las palabras hasta darles un tonoamenazador:

—Dime; ¿has conocido á miss Harvey durante tu viaje á América? Soregeno levantó los ojos, siguió cerrado é impasible, pero se levantólentamente, cogió un cigarrillo y le encendió en la chimenea, como siquisiera tomarse tiempo para reflexionar. En seguida respondió:

—No, la conocí antes. Su padre fué quien me llevó á América.

Tragomer se quedó desilusionado. Esperaba que Sorege, bruscamenteatacado, tendría miedo, perdería la cabeza y negaría el viaje, óaparecería, al menos, turbado por aquella pregunta inesperada. Pero suadversario no perdía la cabeza tan fácilmente y jamás se asustaba.Cristián tuvo muy pronto la prueba.

Sorege abrió los ojos por completo,mostró su mirada azul de una claridad poco tranquilizadora y se echófrancamente á reír.

—¿Y tú, te has divertido en tu viaje? No parecía que te divertías muchoen San Francisco, en el magnífico palco en que oías Otello…

Entonces fué Tragomer el que perdió pie. No sólo no se ocultaba Soregesino que salía al encuentro de las explicaciones.

—¿Me viste, acaso?

—¡Diablo! No había medio de no verte. Viniste á bloquearme en el cuartode una cantante cuando yo tenía más necesidad de conservar el incógnito.