En el Fondo del Abismo by Georges Ohnet - HTML preview

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1899

EN EL FONDO DEL ABISMO

PRIMERA PARTE

I

En el comedor de los Extranjeros del Club Automóvil, los convidadosestaban acabando de comer. Eran las diez de la noche y los jefes decomedor servían el café. Los mozos se habían retirado y en el salóncontiguo estaban preparadas las cajas de cigarros para los fumadores.Había allí doce comensales, seis hombres y seis mujeres, además delanfitrión, Cipriano Marenval, célebre industrial que había hecho unainmensa fortuna fabricando y vendiendo una fécula alimenticia que llevasu nombre. En torno de la mesa, adornada de flores extrañas y chispeantede cristales y de argentería, las mujeres de dudosa moral y los amablesvividores convocados por Marenval estaban agrupados en un desorden tanfamiliar como explicable, dada la excelencia de los manjares y lacalidad de los vinos, y escuchaban á un joven alto y rubio que, á pesarde las frecuentes interrupciones de que era objeto, seguía hablando contranquilidad imperturbable:

—¡No! no creo en la infalibilidad humana; ni siquiera en la de los quetienen la profesión de dictar sentencias y que pueden por consecuenciaatribuirse una experiencia particular. ¡No! no creo que en el momento enque un ciudadano como ustedes y como yo se sienta en el banco de maderade la tribuna del jurado se vea súbitamente iluminado por revelacionessuperiores que le otorguen la ciencia infusa. ¡No! no creo que unoshonrados padres de familia, ni siquiera los solteros, en cuanto seendosan una toga, con ó sin armiño, no sean ya susceptibles de engañarseni de dictar sentencias discutibles. En resumen, reclamo el derecho decreer en la ceguera de nuestros compatriotas en general y de los juecesen particular y siento, en principio, la posibilidad del errorjudicial!…

La concurrencia prorrumpió en voces tumultuosas, se elevó un conciertode imprecaciones y algunas de aquellas señoras empezaron á golpear losvasos con la hoja de los cuchillos. Los amigos del orador trataron unavez más de imponerle silencio con sus risotadas.

—¡Maugirón, nos estás aburriendo!

—¡Una cena de multa, Maugirón!

—¡Se escurre como un macarrón, este tipo!

—¡Qué cursi es eso! ¡Pues no se ocupa de la magistratura!…

—¡Oye! Pide una plaza de fiscal…

—¡Sois todos unos idiotas! exclamo Maugirón aprovechando un momento decalma.

—¡Qué grosero! dijo Marieta de Fontenoy. Oíd, debíamos marcharnos ydejarle solo.

—Marenval, ¿por qué nos invitas á comer con personas que tienenconversaciones serias á los postres?

preguntó la linda Lucía Pithiviers.

—Mira, ahí tienes á Tragomer, dijo Lorenza Margillier á Maugirón, queescuchaba impasible todos esos apóstrofes. Ahí tienes un guapo muchachoque no es fastidioso en la mesa. Solamente ha hablado para decir cosasagradables. Tengo un capricho por él, y si él quiere te planto, paraenseñarte á hacer conferencias.

—¡Digo, digo! exclamó Maugirón; ahí tienes un buen negocio, Tragomer, yyo también. Lorenza me quiere dejar por ti… No vaciles, amigo mío,tómala. No desperdicies tanta dicha, ni aun al precio de midesesperación. Pero, ante todo, dinos qué opinas sobre los erroresjudiciales.

—¡Oh! basta… ¡Pues no vuelve á empezar! ¡Esta chiflado! ¡Al ateneo!

¡Hacedle tragar la servilleta!

Todas estas interrupciones surgían de un coro de carcajadas, mientras,el convidado á quien se había dirigido Maugirón permanecía silencioso éimpasible. Era el tal un hombre como de treinta años, alto, fornido, decabeza cuadrada, color tostado, negros y rizosos cabellos y magníficosojos azules. Su boca se dibujaba grave bajo un oscuro bigote y subarbilla afeitada ofrecía todos los caracteres de la firmeza, casi de laobstinación. Su ancha frente limitada por las cejas, era blanca, surcadapor admirables sinuosidades en las que se revelaban las facultades dereflexión y de imaginación. Al verle de pronto serio y un poco sombrío,la animación de los convidados se enfrió súbitamente. El viejo Chambol,amigo inseparable de Marenval, interrogó con una especie de inquietud aljoven, cuya gravedad contrastaba tan fuertemente con la alegría deaquella comida.

—¡Eh! señor de Tragomer, ¿qué le pasa á usted? ¿Es que ese charlatán deMaugirón le ha impresionado con sus paradojas? ¿Ó es que la declaraciónde nuestra gentil Lorenza le parece á V. un cataclismo social?

Muysilencioso está usted y muy triste para ser un hombre á quien se hanpuesto debajo de la nariz las más hermosas muestras de una bodega sinrival y ante los ojos los más bonitos hombros de París.

Tragomer levantó la frente y una sonrisa iluminó su semblante.

—Lorenza es encantadora, pero si aceptase su proposición, no meperdonaría el haberla hecho dejar á Maugirón y éste me guardaría rencorpor habérsela quitado. No arriesgaré, pues, esta doble pérdida. Si mehabéis visto un momento pensativo es que reflexionaba sobre lo que acabade decir nuestro amigo y que bajo los excesos de elocuencia á que se haentregado creo que hay un fondo de verdad…

—¡Ah! exclamó triunfalmente Maugirón. ¿Lo veis? Tragomer, noble bretóncuya sinceridad está fuera de duda, puesto que no quiere engañarme conmi… amiga que se le ofrece sin ambages, comparte conmigo la opiniónque yo he tenido el honor de desarrollar ante esta honradaconcurrencia… Habla, Tragomer; tú debes tener argumentos para estosmogigatos que me chillaban hace un momento y ahora te escuchan con laboca abierta porque tomas esos aires tenebrosos que les hacen esperarrevelaciones sensacionales. ¡Anda, amigo mío, rompe los diques de tuelocuencia, convéncelos, aplástalos, á Marenval sobre todo, que haestado innoble conmigo, interrumpiéndome continuamente, como siestuviese yo elogiando alguna falsificación de su fécula, que es, dichosea de paso, la más sospechosa porquería que se ha fabricado nunca enlos dos hemisferios!

—¡Adiós! ya se disparó… exclamó Marenval con desesperación. ¿Quiéndetiene ese molino de palabras?

—¡Cállate! gritó el coro de convidados.

—¡Tragomer! ¡Tragomer!

Y los cuchillos golpeaban los vasos en cadencia, con un ruidoensordecedor. El joven Maugirón hizo un signo con la mano para reclamarsilencio y con voz aflautada dijo:

—El señor vizconde Cristián de Tragomer tiene la palabra sobre el errorjudicial y sus fatales consecuencias.

En seguida se volvió á sentar y un silencio profundo se produjo, como sitodos los concurrentes sospechasen que Cristián tenía revelacionesimportantes que hacer.

—No ignoráis, dijo entonces Tragomer, que partí hace dos años para unviaje al rededor del mundo que me ha tenido alejado de París y de misamigos hasta el otoño último. Durante esos veinticuatro meses herecorrido numerosos y variados países y paseado por ellos miaburrimiento y mi tristeza. Tenía serias razones para dejar la Francia.Una gran pena había alterado mi vida. Un suceso misterioso, todavíainexplicable para mí, había producido la prisión, el procesamiento y lacondena de mi compañero de la juventud, de Jacobo de Freneuse…

—¡Sí! nos acordamos de aquel deplorable asunto, dijo Chambol, y auncreo que Marenval era algo pariente ó aliado de la familia de Freneuse yque este pobre amigo estuvo muy afectado por el escándalo horrible queprodujo el proceso.

—No es divertido, ciertamente, dijo Marieta de

Fontenoy, para un hombre como Marenval, que es la corrección y laelegancia mismas, el ver á uno de sus parientes en el banquillo de losacusados.

Marenval dirigió á la hermosa muchacha una sonrisa de agradecimiento y,tomando una actitud solemne, declaró:

—Aquello me podía hacer un daño inmenso ante el mundo, en el queacababa de entrar y al que había conquistado, me atrevo á decirlo, porel lujo de mi casa, por la esplendidez de mis fiestas y por misescogidas relaciones. No hacía falta más para hundirme por completo. Yoera ya un industrial enriquecido en los artículos alimenticios, variedadsocial difícil de imponer en los círculos y de implantar en la buenasociedad, y tenía que pasar de repente á la situación de pariente de uncondenado á muerte… ¡La cosa no era halagüeña!

—Bien puedes decir, amigo mío, afirmó Lorenza Margillier, que para serun snob

, tuviste una entrada que no fué ordinaria…

—Yo no soy un

snob

, dijo vivamente y en tono de protesta Marenval.Solamente, me gusta la distinción en todo. Toda mi vida ha transcurridoen el trato de gente nauseabunda y ya estoy harto. ¡No quiero ya ver másque personas correctas!

—¡Te dejarías azotar por tutear á un duque!

—Tienes razón, Marenval; debemos fijar siempre nuestra vista en lasalturas.

—¡Y buscar á los que nos desprecian!

—En todo caso, corrí gran riesgo de ser despreciado á causa de esemaldito asunto! replicó Marenval con aire ofendido. Así, podéis creerque la cosa me hizo brotar canas…

—¿Dónde las tienes?

—¿Te las tiñes?

—¡Para no exponerlas á enrojecer!

—Pero, eso sí, cumplí mi deber con la familia de Freneuse, pues me puseá la disposición de la madre del desgraciado y culpable Jacobo.

—¿Culpable? interrumpió bruscamente Tragomer. ¿Está usted seguro?

Á esta pregunta, tan directamente formulada, se produjo un efecto deestupor.

—He participado, por desgracia, de la convicción de los magistrados,del jurado y de la opinión pública, dijo Marenval, pues, en realidad,era imposible dudar. El mismo acusado, en medio de sus protestas, de suexasperación, no encontró ni un argumento, ni un hecho que citar en sudefensa. Ni una declaración le fué favorable, y en cambio hubo en contrasuya veinte de las más abrumadoras. ¡Oh! Se puede decir que todocontribuyó á perderle, su misma imprudencia, su conducta anterior, todo,en fin. Me duele en el alma hablar así, pero me obliga á ello elconvencimiento. No creo, no puedo creer en la inocencia de esedesgraciado, á menos de ser un insensato. Es imposible dudar que mató ásu querida, la encantadora Lea Peralli.

—¿Para robarla? añadió irónicamente Tragomer.

—Él mismo había empeñado, el día anterior, en el Monte de Piedad, todaslas alhajas de la víctima.

—Entonces, ¿por qué matarla, pues que ella misma le había dado todocuanto tenía?

—Las papeletas valían, lo menos veinte mil francos… Jacobo debía unasuma igual á la caja del círculo. La deuda fué pagada en el momentopreciso, las papeletas fueron presentadas el mismo día y las alhajasdesempeñadas… Lea Peralli vivía aún en ese momento; murió aquellamisma noche… ¡Ah! Ese maldito asunto está muy presento en miespíritu.

—Sí, todo lo que acaba usted de contar es exacto, repuso Tragomer; elpobre Jacobo desempeñó las joyas, pero negó siempre haber vendido laspapeletas. Pretendía que el verdadero asesino las había robado ydesempeñado las alhajas antes de que el crimen fuese conocido. Puesbien, si Jacobo no hubiera cometido el crimen por el cual fué condenado,¿qué diríais?

Esta vez el bello Cristián no pudo dudar de que se había apoderado de suauditorio. Todos se callaron y sus ojos fijos en él con apasionadoardor, sus actitudes violentadas por una intensa curiosidad, indicabanel interés que había sabido excitar en todos los espíritus.

—¿Y entonces? preguntó, por fin, Marieta.

—Entonces, dijo lentamente Tragomer, creo que se ha cometido en esteasunto un error judicial y que nuestro amigo Maugirón hablaba hace unmomento con mucha razón.

—Yo he conocido mucho á Lea Peralli, dijo Lorenza Margillier. Era unamuchacha muy agradable y que cantaba deliciosamente.

Los demás perdieron la paciencia y, no pudiendo contentarse con tanpoco, exclamaron:

—¡La historia! ¡La historia! ¡En esto hay una historia!

—Sí, por cierto, respondió tranquilamente Tragomer; pero no esperéisque os la cuente.

—¿Por qué no?

—Porque sé que tengo que habérmelas con las diez lenguas mejor cortadasde París, y no quiero que mi secreto…

—¿Hay un secreto?

—Que mi secreto corra mañana por las calles, por los salones y por losperiódicos.

—¡Oh!

Aquello fué un grito de reprobacción general y el mismo Maugirónabandonó el partido de Cristián y se pasó al enemigo, gritando másfuerte que todos.

—¡Abajo Tragomer! ¡Fuera Tragomer!

Pero el noble bretón les miraba con sus hermosos y tranquilos ojos, yescuchaba impasible sus maldiciones, el codo sobre la mesa y la barbaapoyada en la mano. Dejó que se exhalase el descontento general y dijocon voz sosegada:

—Si el señor Marenval quiere escucharme, voy á contarle lo que sé.

—¿Y por qué á él y no á nosotros?

—Porque él está unido á la familia de Freneuse y porque, como él decíahace un instante, esos sucesos le han hecho sufrir grandemente. Es,pues, equitativo darle hoy ocasión de sacar algún provecho…

—¿Y cómo?

—Eso es lo que me propongo explicarle dentro de un momento…

—¡Muy bien! ¡Nos pone en la puerta, por añadidura!

—Maugirón, te perdono; has encontrado la horma de tu zapato. Tragomeres todavía más fastidioso que tú.

—¡Como! ¿No dejáis quedarse ni á Chambol, el indispensable Chambol?

—Son las once, dijo Tragomer, y la ópera reclama á Chambol: hoy hacen Coppelia

. Si no va por allí, ¿qué dirán las bailarinas?

—¿Veis, amigos? Nos esforzamos por ser buenos y no se nos hacequedar…

—¡No! Marenval; excusas insistir para que nos quedemos…

—¡Es inútil que nos supliques; somos inflexibles Nos vamos, Marenval,nos vamos.

—Entonces, no hagáis el tonto, dijo Marenval con solemnidad. Lascircunstancias, como veis, son graves.

Dejadme amablemente con Tragomer.Y en recompensa…

—¡Ah! ¡ah! Un regalo! exclamaron las damas.

—¡Bueno! sí, un regalo, dijo Marenval. Mañana, en todo el día,recibiréis un recuerdo mío.

Las mujeres batieron palmas. La generosidad de Cipriano era conocida: elrecuerdo sería de valor.

Maugirón entonó, con la música de la marcha delProfeta:

—¡Marenval! ¡Honor á Marenval!

Y todos entonaron en coro el himno solemne hasta que el héroe de aquelhomenaje les interrumpió diciendo:

—¡Silencio! Vais á hacer venir los comisarios del círculo. Sedrazonables y marchaos con orden. Un beso y buenas noches.

Todas aquellas bonitas caras se aproximaron á los labios glotones deMarenval y se rozaron con su rudo bigote. Se cruzaron unos cuantosapretones de manos y la alegre cuadrilla pasó al salón inmediato paravestirse. Marenval cerró la puerta, y una vez solo con Tragomer, sesentó de nuevo, encendió un cigarro y dijo al joven:

—Ahora, podemos hablar.

—Bien sabe usted, querido amigo, los lazos de cariño que me unían desdela niñez á Jacobo de Freneuse.

Hemos sido compañeros de colegio yservido juntos en el regimiento. Nuestra existencia ha sido, por decirloasí, común. He participado de todas sus locuras juveniles. No hemos sidociertamente muy moderados en nuestros placeres y con frecuencia hemosdado lugar á críticas, pero estábamos llenos de ardor y de fuerza ymerecíamos un poco de indulgencia.

—Usted sí, amigo mío, usted, que siempre ha conservado, aun en losexcesos, una corrección perfecta; pero Jacobo…

—Sí, bien sé; Jacobo pasaba los límites y no sabía detenerse á tiempo.Era un exagerado y así en los goces como en las penas iba hasta elúltimo extremo… Le he visto llorar arrepentido en los brazos de sumadre, como un niño, después de alguna calaverada gorda, lo que no leimpedía repetirla el día siguiente. Lo peor del caso era que la fortunade su familia no permitía las prodigalidades á que él se entregaba, porlo que, disipada la herencia de su padre, mi desgraciado amigo tuvo queestar á cargo de su madre y de su hermana.

—¡Ah! querido amigo, ahí es donde yo dejé de comprenderle y me hicesevero para él. Mientras no hizo más que derrochar su capital, le juzguéimprudente, sabiendo que era incapaz de bastarse á sí mismo, pero no levituperé. Cada cual tiene derecho de hacer lo que quiere de su dinero.Uno atesora y otro malgasta; cuestión de gusto. Pero imponer sacrificiosá los parientes, estar á cargo de dos pobres señoras para ir después ácorrerla con mujeres perdidas, creo que merece todas las severidades.

—No es usted el único que piensa de ese modo; todos los consejos que ledí entonces estuvieron conformes con los principios que usted sustentamuy justamente. Pero Jacobo, arrebatado por la fuerza de las pasiones,no tuvo en cuenta mis advertencias. Me respondía que á mi me era fácilla moral, porque la basaba sobre cien mil libras de renta; que los ricostenían gran facilidad en predicar la virtud á los que están sin uncéntimo y que, ciertamente, si él pudiera no contraer deudas, sería elhombre más feliz del mundo. Y las contraía, lo sé por experiencia. Si lehubiera dejado hacer, hubiera dado al traste con mi caja, pero, aunquele quería tiernamente, tuve que calmar su afición desmedida á pedirmeprestado, porque vi que muy pronto me pondría en apuro, sin salir deellos él mismo. Por otra parte, la señora de Freneuse me suplicó que nofomentase con mi dinero los desórdenes de Jacobo. La pobre señora creíaque se detiene un caballo desbocado tirándole de las riendas, como sitoda presión y toda resistencia no sirviesen, por el contrario, paraexasperar su locura.

—¿No existió en aquel momento un proyecto de enlace entre la señoritade Freneuse y usted?

Tragomer palideció y su cara tomó una expresión dura y dolorosa. Susojos se hundieron bajo las cejas y su color azul se ensombreció como unlago sobre el cual pasa una negra nube. Bajó la voz y dijo:

—Me recuerda usted uno de los momentos más dolorosos de mi vida. Sí, yoamaba y amo aún á María de Freneuse. Iba á casarme con ella cuandoocurrió la catástrofe… Parece que estoy viendo á la madre de Jacobocuando llegó á mi casa una mañana, medio loca de dolor y de espanto, sedejó caer en un sofá, pues no podía tenerse en pie, y me dijosollozando: acaban de prender á Jacobo… en casa… hace unmomento…

—¿Se acababa de descubrir la muerte de Lea Peralli?

—Sí, se acababa de encontrar en el cuarto de Lea una mujer muerta de untiro de revólver y con la cara enteramente desfigurada por la herida…

—¡Una mujer! repitió Marenval, muy extrañado de la forma de la frase ydel tono en que Tragomer la había dicho. ¿Acaso duda usted que la muertafuese Lea Peralli?

—Lo dudo.

—Pero, amigo mío, replicó Marenval con viveza, ¿por qué no ha dichousted eso más pronto? ¿Al cabo de un año viene usted á aventurar unaopinión tan extraordinaria? ¿Quién le ha impedido á usted hablar en elmomento del proceso?

—En aquella época no tenía las mismas razones que hoy para dudar.

—Pero, ¿cuáles son esas razones? ¡Diablo! ¡Me hace usted saltar con susangre fría! Cuenta usted cosas que le hacen á uno caerse de espaldas,con el tono de un caballero que está leyendo los carteles de losteatros…

¿Por qué cree usted que Jacobo de Freneuse no ha matado áLea Peralli?

—Pues, sencillamente, porque Lea Peralli está viva.

Esta vez Marenval se quedó aturdido. Abrió la boca, pero no acertó áarticular ningún sonido; sus ojos se abrieron desmesuradamente y toda suemoción se tradujo en un movimiento de cabeza y un chasquido de manos,aplicadas con fuerza al borde de la mesa. Pero Tragomer no le dió tiempopara reponerse y añadió en seguida:

—Lea Peralli está viva. La he encontrado en San Francisco, hace tresmeses, y justamente porque tuve el convencimiento de que la teníadelante, di por terminado mi viaje y he vuelto á Francia.

El entusiasmo que este relato produjo en Marenval fué más fuerte que suescepticismo. Se levantó, dió la vuelta al comedor y dijo con vozentrecortada:

—¡Increíble! ¡Asombroso! Este Tragomer… Ahora comprendo por qué hahecho marcharse á los demás…

¡Vaya un escándalo que hubieran armado!¡Este sí que es asunto!

Cristián, con mucha calma, le dejaba agitarse y hacer exclamaciones deasombro y esperaba que su interlocutor volviese á él, atraído por suviolenta curiosidad. No le miraba; su vista parecía seguir una visiónlejana mientras una triste sonrisa se dibujaba en sus labios. Después deun instante de silencio, dijo lentamente:

—Cuando pienso que Jacobo está rodeado de bandidos, encerrado en unpresidio por un crimen que no ha cometido, se apodera de mí una profundatristeza. No hay destino más espantoso que el de un desgraciado que oyeafirmar violentamente su culpabilidad, que oye probarla, á quien searroja en un calabozo y se pone en incomunicación, y que al oirseinsultar en el despacho del juez de instrucción y en el banquillo, sufreen público la agonía moral y física del más atroz martirio y repite álos demás y á si mismo hasta volverse loco:

¡Soy inocente! Sus protestasson acogidas con voces y sarcasmos. Los jueces se dicen: ¡qué monstruo!Los jurados piensan: ¡vaya un malvado endurecido! Los periodistas hacená su costa frases ingeniosas y el público entero se deja llevar porellos. He aquí un hombre cuya suerte está decidida sin apelaciónposible. La sociedad, por medio de sus jueces, le ha puesto el estigmade asesino y es preciso que lo sea para siempre.

No tratéis de discutir;la ley está ahí y detrás de ella los jueces, que nunca se engañan, pues,como se ha dicho aquí hace un momento, el error judicial no existe, esuna impostura inventada por los periodistas. Si de vez en cuando serehabilita algún condenado, cuya inocencia ha logrado salir á luz, casisiempre después de muerto el víctima, ha sido que una facción poderosaha logrado arrancar á la justicia infalible la confesión de su error. Yaun entonces se retracta de mala gana. Si, por una gran casualidad, elsentenciado vive todavía, la fuerza pública, en vez de darlesolemnemente todo género de excusas, en vez de reparar el daño moral ymaterial que ha sufrido aquel hombre, confiándole un puesto honroso ylucrativo, le declara á regañadientes que está libre y le pone en lacalle diciéndole, poco más ó menos: "Anda, buen mozo, y que no te dejespescar otra vez…" ¡Oh, justicia! ¡Hermosa justicia! ¡Bien pagada, muycondecorada y grandemente honrada justicia! ¡Yo te admiro!

Al decir esto Cristián prorrumpió en una carcajada. Ya no era el frío ytranquilo Tragomer, del que se burlaban amablemente las muchachas porencontrarle demasiado reservado. La sangre asomaba á su tez y sus ojosbrillaban. Se volvió hacia Marenval, que no acertaba á decir palabra, ycontinuó:

—Hace dos años que Jacobo está agonizando bajo el peso abrumador de unacondena no merecida. Su madre está en duelo y su hermana, desesperada,quiere hacerse religiosa. Y todo porque un bribón desconocido hacometido un crimen y con extremada habilidad ha sabido atribuírselo áese infeliz, quien por su parte no parece sino que lo había preparadotodo de antemano, á fuerza de desorden, de imprudencia y de locura, paraque se le supusiese culpable y para que le fuese imposible probar que nolo era.

Marenval empezaba á estar inquieto. Los comentarios de Cristián sobre lapretendida infalibilidad de los jueces habían enfriado su entusiasmo.Encontraba que el interés del relato había languidecido y con todo elrigor de un crítico que reclama un corte en el diálogo, dijo:

—Nos estamos extraviando, Tragomer: volvamos á Lea Peralli. Me ha dichousted que la encontró. Pero, dónde, en qué circunstancias… Eso es loque yo quiero saber. Ahí está el nudo de la intriga. Dejemos lo demáspara otra ocasión y hábleme usted de Lea Peralli. Estaba usted en SanFrancisco y se encontró con ella. ¿Dónde? ¿Cómo?

—De un modo tan sencillo como inesperado. Había yo llegado el díaanterior con Raleigh-Stirling, el famoso

sportman

escocés, que sededica á la pesca del salmón y al que había encontrado en el lago saladocapturando monstruos. Se vino conmigo, dispuesto á seguir su pesca enSacramento, y yo me entretuve en cazar en el Canadá, donde maté algunosbisontes. Hacía, pues, algunas semanas que ambos vivíamos en el desiertoy fué para nosotros un cambio agradable el encontrarnos en medio de laanimación civilizada de una ciudad, entre compañeros amables.Precisamente, el banquero más rico de la ciudad, Sam Poetor, erapariente de mi compañero de camino, y en cuanto supo nuestra llegada,nos envió á buscar en su coche, hizo recoger nuestros equipajes en elhotel y de grado ó por fuerza nos instaló en su casa. Era el tal unsolterón de cincuenta años, y rico como lo son los de aquel país, vivíacomo un príncipe sin privarse de ningún placer. El primer día, despuésde una comida excelente, nos dijo: "Esta noche hay ópera: se cantaOtello, por Jenny Hawkins, que hace de Desdémona, y el gran tenoritaliano Novelli, en el personaje del moro. Iremos, si queréis, á oirlosen mi palco. Si os aburrís, volveremos á casa ó nos iremos al círculoCaliforniense; como queráis." Á las diez entrábamos en el proscenio dePector y nos encontramos un público entusiasmado con los cantantes, querealmente tenían talento, pero que estaban secundados por detestablesartistas que convertían la representación, fuera de las escenas de losprotagonistas, en un verdadero escándalo musical. Jenny Hawkins noestaba en escena ni apareció hasta el final del acto. Al verla,experimenté la impresión muy clara de conocer á la mujer que acababa depresentarse ante mí. Era una morena de facciones acentuadas, ojosatrevidos y aventajada estatura. Se adelantó hacia el proscenio y empezóá cantar. En el mismo instante, como si la memoria me acudieserepentinamente, me di cuenta del parecido que me había chocado. JennyHawkins era el vivo retrato de Lea Peralli, pero una Lea tan morena comorubia era la otra, más alta y más gruesa. La impresión que experimentéfué sumamente penosa. Me volví á mirar hacia el público para no veraquel fantasma que allá, en el fin del mundo, venía á recordarmeprecisamente las dolorosas circunstancias que me habían hechoexpatriarme. Pero si no la veía, oía su voz, que cantaba la hermosamelodía de la plegaria. Con mucha frecuencia había oído cantar á Leacuando iba á su casa con Jacobo, pero no reconocía su voz. Era la mismay no lo era, así como la cara de Jenny era la de Lea y sin embargo sediferenciaba de ella en ciertos detalles. Y después, ¿cómo había de seraquella cantante Lea Peralli, que había muerto en la calle Marbeuf dosaños antes y cuya muerte expiaba Jacobo en la Numea?

¡Locura! ¡Ilusión!Encuentro fortuito que no podía tener ninguna consecuencia. Sensaciónque duraría el espacio de una velada y que se desvanecería en cuantocayese el telón. ¡Ay! La terrible realidad que aquel parecido evocaba enmí se grabaría en mi alma más irrevocable que nunca. Pensaba yo todoesto mientras oía cantar á la artista y, sin embargo, la emoción quehabía sentido al verla aparecer en escena había sido tan viva, que quisecomprobarla por un nuevo examen. Me volví y miré á aquella mujer.

Estabaarrodillada en un reclinatorio, con la hermosa cabeza apoyada en lasmanos cruzadas y con los ojos fijos en el cielo como para implorarle. Meestremecí. Por segunda vez y con mucho mayor intensidad que la primera,tuve la sensación de que Lea Peralli estaba delante de mí. Una noche, enque Jacobo la había maltratado, después de una de sus violentas yfrecuentes querellas, la vi arrodillarse así delante del sillón en quesu amante estaba recostado. En aquel momento me parecía verla con loscodos en los brazos del sillón y la mejilla apoyada en las manoscruzadas, dirigiendo á Jacobo una sonrisa tierna y suplicante. Era lamisma fisonomía, la misma actitud, la misma mirada, la misma sonrisa.¿Era posible que existiera tal semejanza, no ya tan sólo física, sinomoral? Aquella prueba afirmó mi creencia más de lo que yo deseaba y unaturbación extraordinaria se apoderó de mí. Me incliné hacia el banqueroy le pregunté:

—¿Conoce usted á esta Jenny Hawkins?

—Ciertamente. Es la tercera vez que viene á cantar en San Francisco ysiempre ha tenido mucho éxito.

—¿Ha hablado usted con ella?

—Más de diez veces. He cenado con ella cuando era querida de mi amigoJohn-Lewis Day, el gran tratante en oro del Sacramento. Es una muchachamuy amable.

—¿Qué edad cree usted que tendrá?

—Podrá tener, acaso, unos veinticinco años. Parece de más edad en lacalle que en la escena, porque allí no está pintada, y además laexistencia de artista en expedición aja mucho la belleza de una mujer.Es muy agradable. En este momento no tiene á nadie; si le gusta á usted,le presentaré.

El pensamiento de encontrarme en presencia de aquella mujer hizo latirviolentamente mi corazón y debí palidecer, porque Pector se echó á reiry me dijo:

—¡Diablo! ¿Tan impresionable es usted, querido? ¿Ó es que está ustedbajo el imperio de la abstinencia? La verdad es que la hospitalidad delas indias de los lagos no es muy halagüeña, ¿verdad?

La bulliciosa alegría del americano me dió tiempo para reponerme ycontinué mi interrogatorio.

—Jenny Hawkins ¿habla el inglés sin acento extranjero?

—Le habla con mucha pureza, pero usted sabe que en América, como enFrancia, tenemos diversas pronunciaciones, según las provincias. No mesorprendería que Jenny fuese canadiense. Hay un ligero matiz francés ensu manera de acentuar ciertas palabras.

—Habla asombrosamente el italiano…

—¡Oh! Ha tenido forzosamente que aprenderlo en interés de su carrera.Todas las compañías que pasan por aquí cantan en italiano ó enalemán…

—¿Es de carácter alegre?

—No; mas bien melancólico.

—¿Y el cabello que enseña en su papel es suyo ó es una peluca? ¿Esrealmente morena?

—¡Qué cosas tiene usted! ¿Qué puede importar eso? ¿No lo gustan á ustedlas mujeres si no son de un color determinado? Con los tintes no sepuede hoy saber si una cabellera es natural. ¿Quiere usted saber miopinión? Pues creo que Jenny es naturalmente morena, pero que debehaberse pintado de rubio en otro tiempo…

—¡Rubia! exclamó muy turbado. ¡Tiene un ligero acento francés y se hateñido de rubio!

—¡Vamos! querido, ya verá usted cómo todo le sale á pedir de boca: Jenny resultará, de fijo, una verdadera morena y una falsa americana…

Pero baja el telón. Vamos al escenario, si usted quiere; hablaremos con la

prima donna

y la invitaremos á cenar.

—Otro detalle, dije. ¿Cuánto tiempo hace que Jenny viene á América?

—Seguramente, hace tres años.

—¡Tres años! ¿Y con el nombre de Hawkins?—¡Claro está!

Todas mis combinaciones caían por tierra ante aquella afirmación de quela cantante era conocida en san Francisco hacía tres años y con elnombre que llevaba actualmente, ¿Cómo podía haber sido Lea Peralli enParís y Jenny Hawkins en América, al mismo tiempo? Lea había pasado unaño entero ante mí, hacía dos solamente, en aquel cuarto de la calleMarbeuf donde una mañana se la encontró muerta. Esa doble presencia erainadmisible. La identidad de la americana estaba establecida conclaridad y, sin embargo, era la viva imagen de la desgraciada cuyamuerte expiaba Jacobo. Una fuerza más poderosa que el razonamiento, quela verosimilitud y que la cordura me oprimía el pensamiento y me repetíaá pesar de todo: "Es Lea Peralli".

Salimos del palco y atravesamos el pasillo del vasto teatro. Con unallave que sacó del bolsillo abrió Pector la puerta de comunicación ypasamos desde la luz de las lámparas eléctricas á las tinieblas de losbastidores.

Seguí á mi guía, que evolucionaba entre los trastos, losaccesorios y las decoraciones con la seguridad de un antiguo abonado.Todo el mundo le saludaba al pasar y el director de la compañía seprecipitó ante él como si fuese un soberano. Pregunté el porqué áRaleigh-Stirling y me respondió flemáticamente que su pariente era unode los cuatro propietarios del teatro que ponían aquella magnífica salaá disposición de los empresarios, casi de balde, á fin de que ni susconciudadanos ni ellos mismos careciesen de placeres artísticos. Desdeaquel momento nos conducía el empresario en persona. Subimos un piso,seguimos el corredor de los cuartos de los artistas y nos detuvimos anteuna puerta á la que nuestro guía llamó discretamente, diciendo:

—¿Se puede, mi querida miss Hawkins?

—¿Quién está con usted? preguntó desde el interior una voz que no erala de la cantante.

—El señor Pector y dos amigos suyos.

—Que pasen.

La puerta se abrió y la doncella nos recibió en un saloncillo queprecedía al cuarto de vestirse de Jenny. Por la puerta entreabiertavenía hasta nosotros una viva luz, un olor de agua de tocador y unsusurro de palabras.

De pronto se oyó una vocalización; era que lacantante ensayaba, sin cuidarse de nuestra presencia, mientras cambiabade traje.

La doncella entró á reunirse con su señora y nosotros nos quedamos solosen el saloncillo. Pector y Raleigh se sentaron al lado de la chimenea,mientras yo, invenciblemente atraído por aquella puerta entreabierta,avanzaba á pasos ligeros, la cabeza inclinada, aprestando el oído yescuchando los más vagos rumores. Me apoyé en la pared de modo que eraposible verme desde dentro por la rendija de la puerta. De pronto oícerca de mí una exclamación comprimida y esta palabra dicha en francés yen voz baja:

"¡Cuidado!" y en seguida mi nombre "¡Tragomer!"

En el momento se cerró la puerta y todo quedó en silencio. Sin embargo,yo no había soñado; esta vez estaba seguro de haber oído, y la palabra"cuidado" precediendo á mi nombre había sido pronunciada por una vozmasculina. Todo este asunto se presentaba en tales condiciones demisterio que se apoderó de mí una impaciencia febril y sin cuidarme delo que pudieran pensar mis compañeros, di un paso para abrir aquellapuerta que de modo tan singular acababa de cerrarse y penetrar en elcuarto tocador, cuando la puerta se abrió y dió paso á Jenny Hawkins.

La artista se adelantó sonriente y con mirada segura. Sus ojos sefijaron en mí antes que en los demás y no vi que se turbaran. Sus labiosexpresaban un gracioso descuido y me hizo un signo amistoso con lacabeza, con esa acogida fácil que caracteriza á los artistas,acostumbrados á recibir los homenajes de los desconocidos, comopríncipes en medio de la multitud. Pector salió á su encuentro y nospresentó, á su primo y á mí. Al oir mi nombre la cantante inclinó lacabeza con un ligero matiz de extrañeza y de interés, y dijo alegrementeá Pector:

—¡Ah! Un noble francés… ¡En América! Es raro… ¿El señor hablainglés?

—Sí, señora, dije sin esperar más; lo hablo bastante mal paraexpresarme, pero bastante bien para adivinar á usted.

De propósito recalqué la palabra "adivinar", pero la cantante no pareciócomprender el alcance amenazador que había yo dado á mi respuesta.Sonrió y me ofreció la mano diciendo:

—Tengo mucho gusto, caballero, en conocer á usted.

Debo confesar que en aquel minuto decisivo no había en Jenny Hawkins másque muy poca cosa de Lea Peralli. Como en esos retratos borrados por eltiempo en los que no se distingue más que las facciones debilitadas delmodelo, el parecido se atenuaba y la muerta desaparecía empujada por laviva. En vano buscaba ya los detalles que hubieran podido recordarme áLea Peralli. La actitud de la mujer que tenía delante no era la mismaque la de la infeliz asesinada. La sencilla alegría, el aire risueño ylas actitudes infantiles que caracterizaban á la italiana, estabanreemplazadas en la inglesa por la fría altivez, la grave seguridad y lafirme actitud de una artista segura del público y de sí misma.

—No puedo reteneros mucho tiempo conmigo, á pesar del placer que enello tendría, dijo Jenny; tengo que bajar á escena para el último acto.¿Cómo han encontrado ustedes á Novelli? ¡Qué bien ha cantado! ¡Es ungran artista!

—Su éxito no puede compararse más que con el de usted, dije, pero yoatribuyo en él al compositor más parte que la generalidad.

—Sí, respondió Jenny inclinando ligeramente la cabeza. Este papel no esel mejor de mi repertorio. Si viene usted á oirme la

Traviata

, legustaré más.

—No lo creo, dije con atrevimiento. Me sería muy penoso ver á ustedmorir en escena.

La cantante levantó la cabeza, fijó su mirada en la mía y dijo:

—¿Por qué?

—Porque esa muerte me traería punzantes recuerdos.

Jenny se echó á reír.

—¡Ah! Es usted impresionable y sentimental, como buen francés… ¿Quétiene de común la música de Verdi con esas impresiones pasadas?

—Se lo explicaré á usted, si así lo desea…

—No tengo tiempo, y es lástima.

—Pues bien, amiga mía, dijo Pector; ¿quiere usted cenar con nosotrosesta noche, después de la ópera?

—Lo agradezco mucho, pero estoy muy cansada y necesito cuidarme la voz.

—Entonces, pregunté, ¿me permite usted verla en su casa mañana?

—Con mucho gusto. Vivo en el hotel de los Extranjeros, plaza de laVilla. Después de las cuatro, si á usted le parece. Tomaremos una tazade té y hablaremos.

Me incliné sin responder, y Jenny nos estrechó la mano á mis compañerosy á mí, nos acompañó hasta el corredor y volvió á su cuarto, cuya puertacerró cuidadosamente.

Fuera ya de la presencia de aquella mujer, recobré la facultad deanalizar, de discutir y de comprender. Si no hubiera oído pronunciar minombre por aquella voz masculina que salía del cuarto tocador, acasohubiese renunciado á establecer entre Lea Peralli y la cantante unarelación que se hacía más vaga á medida que yo precisaba misobservaciones. Pero había oído aquellas palabras. ¿Quién era aquelhombre que me conocía y que advertía á Jenny que tuviese cuidado cuandoyo apareciese?

La identidad de las dos mujeres, debilitada por las diferencias deaspecto y de expresión que había observado, así como por lasimposibilidades materiales de tiempo, de condición y de nacionalidad quese deducían de las noticias de Pector, se encontraba restablecida por laintervención de aquel desconocido que, evidentemente, me señalaba áJenny como peligroso. Á este pensamiento acudían á mí todas misangustias y me sentía poseído por una viva curiosidad. Poco me importabaya la cantante; lo que yo deseaba era saber quién era su compañero,aquel francés que me conocía y cuya presencia debía, por sí sola,aclarar la situación.

Llegados al palco, Pector me dijo:

—¿Nos quedamos?

—La verdad es, respondí, que me duele un poco la cabeza. Hace seismeses que no asisto á fiestas semejantes y todas las notas de lapartitura me bullen en el cerebro. Creo que me vendría bien tomar elaire.

—Entonces despediré el coche y volveremos á pie.

Á poco tiempo salimos á la calle y nos pusimos á pasear por los inmensosbarrios de la ciudad, fumándonos un exquisito cigarro. La casualidad nosllevó á la plaza en que está erigido el monumental edificio delAyuntamiento.

—¿Dónde está el hotel de los Extranjeros? pregunté.

—Enfrente de nosotros; esa gran fachada iluminada. No es una casa dediez y siete pisos como las de Nueva York; aquí tenemos sitio abundantepara edificar. ¿Quiere usted entrar? Hay un magnífico restaurant

Pector servía á maravilla mis designios con su manía americana de pasearpor los sitios públicos y de entrar en todos los cafés á tomar unemparedado y un

cocktail

. Acababa yo de formar el proyecto de esperará Jenny delante del hotel para sorprenderla con su compañero. Unpresentimiento me decía que habría de volver con él y que allí, en unsegundo, podría yo saber el secreto de aquella mujer. Porque, no eraposible dudar; Jenny tenía un secreto. Seguí á mis compañeros alinterior del hotel, me senté con ellos á una mesa llena de esosrefrescos que abrasan el cuerpo, y pasado un rato llamé al mozo.

—¿Á qué hora acaba el teatro?

—Á eso de las doce.

—Gracias.

Pector me preguntó riendo:

—¿Cómo es eso? ¿Quiere usted acechar á Jenny Hawkins?

Parecía que el americano había leído en mi pensamiento.

—En verdad, respondí, me gustaría ver cómo es en la calle después dehaberla visto en la escena. Las mujeres pierden de tal modo cuando dejanel traje y la pintura… Así, si no vale la pena, suprimo mañana mivisita.

—Créame usted; vale la pena.

—¡Qué diablo! Voy á verlo.

—Vaya usted, pues. Aquí le esperamos.

Salí precipitadamente, aprovechando aquella libertad de acciónconquistada con tanta suerte y que tanto deseaba. Ya no me faltaba másque obtener de la casualidad el favor de encontrar al paso á lacantante. El portero, á quien di un dollar, se encargó de darmenoticias.

—Milord, esa señora baja del coche en el zaguán, atraviesa elvestíbulo, sube por esa escalera y se mete en su habitación, que está enel primer piso… No tardará en llegar…

Salí á la acera y me levanté el cuello del gabán. Hacía frío aquellanoche, aunque estábamos en abril, y, fumando y paseando, me decidí áesperar. El piafar de los caballos y el ruido de las ruedas, meadvirtieron á los pocos momentos que llegaba la diva. El portero seadelantó para ayudarla á bajar, se abrió la portezuela, y Jenny,cubierta de pieles, descendió ligera, enseñando una pierna admirable.Miró al rededor, me echó una mirada sin conocerme, pues escondí la caraen el cuello del gabán y arrojé una gran bocanada de humo, ydirigiéndose á una persona que estaba en el interior del coche, dijo enfrancés:

—Vamos, amigo mío.

Cuando el interpelado se disponía á bajar, me dirigí hacia él. En aquelmomento me creí seguro de poseer la clave del misterio, pero el hombre,que sacó un poco la cabeza, me vió y se volvió á meter vivamente en elcarruaje. No le oí más que esta palabra dicha en un tono breve y como deadvertencia:

—¡Jenny!

Aquella voz era la misma que había oído en el teatro. La cantante,alarmada, se aproximó á la portezuela, se inclinó hacia el interior ydijo, volviéndose hacia el cochero:

—Plaza del…

Giró sobre sus talones, entró como un relámpago en el vestíbulo ydesapareció. El coche dió la vuelta y partió rápidamente sin que mefuese posible ver al que le ocupaba. El portero se aproximó y me dijo.

—Hermosa mujer, milord. El caballero no ha subido esta noche conella… Si milord quiere escribirla, yo puedo entregar la carta.

Dí otro dollar á aquel complaciente criado y volví á entrar en la saladonde Pector y Raleigh estaban saboreando sus licores nacionales.

—Y bien ¿qué hay? preguntó el banquero.

—Decididamente tenía usted razón. Vendré mañana.

Nos fuimos á dormir, pero la mañana siguiente, á la hora del desayuno,entró Pector en el comedor con una carta en la mano.

—Mi querido vizconde, me dijo, no tiene usted suerte en sus aventurasgalantes. El director de la Ópera acaba de avisarme que la compañíaitaliana no hace función esta noche. La Hawkins cogió anoche frío y nopuede cantar; pero como debe estar pasado mañana en Chicago, se va ahoramismo en el rápido. Adiós cita. Aquí tiene usted una carta que le hantraído y en la que Jenny se excusa, sin duda.

Abrí el sobre y en un cuadrado de bristol en una de cuyas esquinas seveía la cifra J.H., rodeada por el lema

Never more

, leí estas líneas:

"Siento infinito privarme de su visita que me hubiera causado granplacer, pero los artistas no son siempre dueños de su voluntad. Partopara Chicago y Nueva York, donde permaneceré algunas semanas. Si losazares del viaje le llevan á usted por allí, celebraré que me concedauna compensación. Un amistoso apretón do manos. Jenny Hawkins".

Me quedé pensativo. Mis dos compañeros se burlaron de lo que ellosllamaban mi sentimentalismo, pues no podían sospechar las gravespreocupaciones y los punzantes cuidados que me producía aquella bruscapartida. Después de los incidentes que se produjeron al ponerme enpresencia de la cantante, su indisposición, fingida sin duda, y suempeño en huir de mí eran una confirmación de mis sospechas, casi unaconfesión.

Reflexioné profundamente sobre aquella situación. Si Lea Peralli, por unencadenamiento de circunstancias inexplicables para mí, vivía, mientrasJacobo de Freneuse sufría una condena por haberla matado, era evidenteque este misterio encubría una monstruosa iniquidad. Adopté, pues, laresolución irrevocable de esclarecer y reparar el mal causado á miinfeliz amigo. Pero no era en América, vasto continente por el que JennyHawkins andaba errante, donde yo podía seguir una pista, proceder á unaaveriguación y tratar de restablecer la verdad. Allí estaba solo, sinapoyo ni recursos, completamente desarmado. El crimen se había cometidoen Francia; en Francia, pues, convenía intentar la revisión del proceso,y la precaución más elemental que era preciso adoptar era evitar todocontacto con Jenny y con su compañero desconocido.

Convenía dejarlesreponerse do su alarma y hacerles tomar confianza á fin de sorprenderlesmejor cuando llegase el momento. Era, pues, preciso, ante todo, que nooyesen hablar más de mí.

Tomada esta resolución, me atuve absolutamente á ella. Atravesé laAmérica, me embarqué en Nueva Orleans y he llegado á París hace tressemanas. Durante este tiempo me he ocupado en reanudar mis relaciones,un tanto enfriadas por una ausencia de diez y ocho meses, y en buscaruna ocasión de romper las hostilidades. Esa ocasión ha llegado estanoche. Á usted, amigo Marenval, á quien he contado mi aventura, lepregunto; con la gran fortuna que usted posee, con su afición á lascosas que no son comunes, con el atrevimiento que muestra al contrariar,cuando le parece oportuno, las ideas corrientes, ¿quiere usted colaborarconmigo para rehabilitar á un inocente y confundir á un culpable? Laempresa no tendrá nada de vulgar y, desde luego, no está al alcance decualquiera. Además, Jacobo es pariente de usted y si logramos nuestroobjeto será para usted un verdadero triunfo, una página asombrosa en lahistoria de este tiempo, que se distingue por su escepticismo y sufutilidad. Al terminar el siglo XIX, cuando nadie cree ya en nada, nopuede menos de hacer brillante efecto un justiciero, un enderezador deentuertos.

Marenval escuchó el relato de Tragomer con una atención apasionada,palpitando por sus episodios y estremeciéndose por sus peripecias.Pasado algún tiempo confesó que nunca se había sentido tan poseído y queuna voz secreta le había murmurado al oído: ¡Marenval, ahí tienes unasunto asombroso, en el que puedes ser el héroe!… Cuando Cristiánterminó, Marenval recobró el uso de la palabra y estalló como unacaldera cuyas válvulas han estado demasiado comprimidas.

—Pues bien, Tragomer, no siento el empleo de esta velada. ¡Oh! Acabausted de infundirme calor, amigo mío! ¡Qué historia! Ha tenido usted ungran acierto en contármela, porque, en efecto, soy el hombre que ustednecesita. Conmigo no se juega. Conozco los negocios y los hombres, ytambién las mujeres… ¡Oh!

amigo Tragomer… ¡Cómo ha debido ustedquemarse la sangre durante la travesía dando vueltas á toda estaaventura! Pero desde este momento, vamos á poner en juego todos losresortes y el asunto va á marchar…

Cristián interrumpió á su impetuoso compañero.

—Sobre todo, prudencia. Ni una palabra inoportuna. Usted no sospechatodas las dificultades en que podemos tropezar.

—¡Cómo! ¿Dificultades? Todo el mundo nos va á ayudar, la justicia, lospoderes públicos, el jefe del gobierno… En cuanto tengamos pruebasserias del error cometido, todos se apresurarán á repararlo. Lo únicodelicado que tiene el asunto es las averiguaciones.

—Todo es delicado, dijo Tragomer. No cuente usted con el concurso de lajusticia; su primer pensamiento será desconfiar y el segundo resistir ánuestros esfuerzos. Para nadie es agradable confesar que se haequivocado y menos para la justicia, que, por profesión, no admite quepueda estar sujeta á error. Bien sabe usted cuánto tiempo, cuántotrabajo, cuánta voluntad y cuánta influencia han sido menester paralograr las escasas rehabilitaciones que ha consentido la magistratura,arrancadas casi todas por la política. No venda usted, pues, la piel deloso, puesto que aún no le hemos matado. Contamos con buenos elementos,la inmensa fortuna de usted, sus grandes relaciones, su tenacidad y suinteligencia. Y si usted me lo permite, añadiré mi valor y mi voluntad.

—Sí, por cierto, querido Cristián, exclamó Marenval estrechando lasmanos del joven. Entre los dos realizaremos nuestro fin. Yo serésilencioso y circunspecto, lo prometo. No tendrá usted que llamarme alorden.

—Está bien. Óigame aún durante un minuto. Tengo que dar á usted algunosdatos complementarios. En primer lugar Jenny no está ya en América, sinoen Inglaterra.

—¡En Inglaterra! ¿Está cantando?

—Está en Londres, en el

Princess-Theâtre.

Lo he leído estos días enlos periódicos. Además, la casualidad me ha servido mejor que yo podíaesperar y me ha proporcionado datos preciosos sobre el hombre misteriosoque acompañaba á la cantante en San Francisco.

—¿Le conoce usted?

—Creo conocerle. La otra noche estaba yo jugando al

bridge

con unosamigos, en el círculo, cuando, en la mesa inmediata, uno de losjugadores derribó la pantalla de su bujía al encender un cigarro y laprendió fuego. El que jugaba con él dijo entonces vivamente:

¡Cuidado! yyo me estremecí al oir esa palabra, pues reconocí la entonación y elacento del que la pronunció en el cuarto de Jenny Hawkins. Me volvíprontamente y miré al que acababa de hablar. Él me vió volverme ytambién me miró. Nuestras miradas se cruzaron, investigadoras, y en lasuya leí claramente este pensamiento: este hombre me ha reconocido.Fingió una sonrisa y dijo alegremente:

—No quememos el material, ¿verdad Tragomer?

—Y ese hombre, ese socio del círculo, que trataba á usted tanfamiliarmente… ¿quién era?

Tragomer se puso sombrío; la animación de su semblante dejó plaza á unaintensa palidez y dijo, bajando la cabeza:

—Era el conde Juan de Sorege, el amigo intimo, el compañero de locurasde Jacobo de Freneuse cuando éste era libre y dichoso…

Marenval expresó el más completo asombro; su fisonomía tomó un aspectode desolación.

—He aquí, dijo, el último nombre que yo esperaba. Todo resulta oscuro é inexplicable. ¿Cómo sospechar que Juan de Sorege ha cometido el crimen?

¿Para qué? ¿Con qué pretexto? Si á alguien es imposible acusar es á él.

Estamos detenidos en los primeros pasos.

—No se desanime usted tan pronto, replicó gravemente Cristián. Nada esimposible ni inverosímil.

Tropezamos con la personalidad de Sorege y consu cualidad de amigo de Jacobo. No comprendemos qué interés ha podidotener en perder á ese inocente, pero no dude usted que daremos con losmóviles que le impulsaron. Porque es él, ¿entiende usted?, es él quienestaba en San Francisco, él el culpable. Me costará trabajo probarlo,pero lo probaré de un modo irrefutable. Para establecer la culpabilidadde un acusado hacen falta presunciones numerosas y evidentes, y aquí nosólo tenemos que perseguir á un criminal, sino rehabilitar un inocente.Es, pues, preciso tener tres veces más certidumbre que en un asuntoordinario y eso es, precisamente, lo que debe animarnos. Cuanto másdifícil es la misión que uno se impone, más brillante es el éxito. ¿Estáusted pronto á ayudarme?

—Sí y á pesar de todo, dijo Marenval con energía.

El bretón miró á su compañero con firmeza.

—Está bien; es usted el hombre que yo esperaba. Venceremos.

Miró el reloj y añadió:

—Es la una de la madrugada; bastante hemos hablado por hoy. ¿Nuestropacto de alianza está firmado?

—Empeño mi palabra. Si hay que hacer gastos, yo me encargo de ellos. Sise presentan peligros…

—Son de mi cuenta…

—Poco á poco, protestó Marenval. No me ha comprendido usted. Lospeligros á medias. Quiero arriesgarlo todo con usted, como un hermano.

—¡Muy bien! Así será.

Se estrecharon la mano y entraron en el círculo por una puerta interior.

II

Hay en París casas que inspiran tristeza y otras que infunden alegría.En las fachadas se lee la desdicha ó la felicidad como en la fisonomíade los seres vivos. Existen casas que atraen y casas que repelen: en lasunas parece que los habitantes deben estar colmados por todos losfavores del cielo; en las otras podría creerse que han de caer todos losmales de la humanidad sobre los que allí se alberguen.

Entre todas esas casas silenciosas y negras, hechas para el duelo, latristeza y la mala suerte, ninguna más lúgubre que la situada en lacalle de

Petits-Champs,

número 47 duplicado, ante la cual se detuvomuy temprano, el primer día de Pascua de Navidad, el coche de CiprianoMarenval. El visitante dijo con aire de importancia al cochero:

—Pedro, pasee usted el caballo, al paso, durante un cuarto de hora;tiene mucho calor… Yo estaré aquí un rato y hay una corriente de aireatroz en esta calle.

Marenval se subió el cuello de su gabán de pieles, alzó los ojos haciala puerta que se abría delante de él y, ya mal humorado sin más quehaber mirado aquel pasaje poco atrayente, entró resueltamente en elpatio. En el fondo había un edificio de aspecto monacal, fachadaennegrecida por el tiempo y ventanas cubiertas con persianas, como ojoscerrados, y al que se subía por una escalera de cuatros escalonesverdosos á causa de las lluvias. Marenval llamó y un timbre resonó en lacasa turbando el silencio con un ruido sacrílego. Al cabo de un momentoel visitante vió á través de los vidrios un viejo que se dirigía á abrirla puerta. El criado, agradablemente sorprendido, quitó á Marenval elgabán y le dijo con tierna familiaridad:

—Sí, Señor, las señoras están en casa y se van á alegrar mucho de veral señor, después de tanto tiempo…

—Están tan tristes, amigo Giraud, tan tristes, que es difícil ponerseal mismo diapasón que ellas… Por muy afligido que uno esté, temeofender su dolor al tratar de consolarlas.

—Sí, señor, es verdad, dijo el criado bajando la cabeza; no tienenconsuelo.

—¿Y cómo están de salud?

—Están bien, señor; no se puede decir que están mal… ¡Ah! si suespíritu estuviese lo mismo… ¡Pero no lo está! no, no lo está.

—En fin, Giraud, no hay que desesperar. ¿Quién sabe? Todo puedecambiar.

—¡Oh! no, señor; no hay esperanza alguna… Pero, con su permiso, siel señor quiere servirse entrar, iré á anunciarle á las señoras.

Marenval entró en un vasto salón un poco sombrío y espléndidamenteamueblado con una sillería antigua de tapicería. En las paredes se veíanalgunos cuadros notables, restos de una buena colección dispersada porventas sucesivas. En los ángulos había unas vitrinas vacías. Todo allíatestiguaba un lujo bruscamente desaparecido y del que sólo quedaba elnoble orden de una habitación en otro tiempo suntuosa.

Era fácil ver que los habitantes de la casa no estaban habitualmente enaquella pieza aparatosa, pues no se veían allí los objetos familiares ádos mujeres inteligentes y activas. Todo en aquel salón era correcto,frío, lúgubre. Se abrió una puerta y el criado se presentó de nuevo.

—Si el señor quiere tomarse la molestia de seguirme, la señora le ruegaque tenga la bondad de subir á su habitación.

Marenval subió por una escalera de piedra con barandilla de hierroforjado y al llegar al primer piso, donde comenzaba una oscura galería,encontró una joven de alta estatura y vestida de negro, que seadelantaba á recibirle. Giraud desapareció sin ruido y Marenval seencontró, algo cortado, frente á la señorita de Freneuse que le alargóla mano sonriendo tristemente. Pero ¡qué desgarradora melancolía en laexpresión de aquel hermoso semblante! Sus ojos negros, dulces yprofundos, mortificados por las lágrimas, presentaban un círculoazulado, y su frente admirable, coronada de cabellos rubios ondulados yrecogidos sin coquetería, daba á aquella altiva fisonomía un aire deincomparable nobleza.

Marenval miró un instante á su hermosa pariente, movió tristemente lacabeza y dijo en tono afectuoso:

—Y bien, María, ¿sigue usted tan poco razonable?

—Siempre tan desgraciada, señor de Marenval.

—¿Y su madre de usted?

—Va usted á verla.

La joven introdujo á Cipriano en una pequeña pieza, especie de santuarioen el que la señora de Freneuse había reunido todo lo que le recordaba ásu hijo, retratos, libros, dibujos, que representaban allí al que lainfeliz mujer no había dejado de llorar, á pesar de sus faltas. Selevantó de una butaca baja mostrando una fisonomía pálida bajo suscabellos blancos y, dulce y resignada, dió las gracias á Marenval por suvisita, si no dichosa por ver alterada la soledad de su existencia,agradecida por un paso que denotaba un recuerdo afectuoso.

Marenval se sentó y dirigió la vista hacia un magnífico retrato querepresentaba un elegante joven de cara franca y alegre. Una amargasonrisa plegó los labios de la señora de Freneuse. La pobre madre dejóal visitante contemplar un rato el lienzo y dijo con voz ahogada y casisin timbre:

—Ahí tiene usted lo que él era. ¿Cómo estará ahora? ¿Qué habrán hechode él? Hace dos años ha sido imposible conseguir que se deje hacer unafotografía, que estábamos dispuestas á pagar muy cara… No ha queridoque pudiésemos verle con el pelo rapado, la barba afeitada y con eltraje de penado.

—¿Tienen ustedes noticias suyas?

—Las recibimos con regularidad.

—¿En qué situación se encuentra?

—Materialmente, no puede quejarse… Es joven y fuerte… Y, después,parece que no lo tratan mal. Hace poco le han hecho entrar en laoficina, donde parece que presta buenos servicios. Su existencia es asímenos miserable… Pero, moralmente…

—¿Sigue afirmando su inocencia?

Á esta pregunta, el pálido semblante de la señora de Freneuse se iluminópor una llama pasajera, sus ojos brillaron, y exclamó, con voz en la quese notaba aún cierto vigor:

—Hasta morir declarará que no ha cometido ese crimen atroz, que no hapodido cometerle. Mi hija y yo,—

¿entiende usted, Marenval?—nocesaremos de afirmarlo así. Ha habido en contra de Jacobo un conjunto decircunstancias abrumadoras que han podido engañar á los hombres hastahacerles juzgarle sinceramente, pero nosotras, su madre y su hermana,repetiremos con él hasta el último suspiro que es inocente.

Marenval miró á las dos mujeres con expresión de asentimiento y dijo,levantando la cabeza:

—Es absolutamente mi opinión.

Á estas palabras, que Marenval decía por primera vez delante de aquellamadre desolada, la señora de Freneuse se irguió, se puso encarnada ydijo con repentina vivacidad:

—Marenval ¿qué significa esto? Jamás ha estado usted tan afirmativo…Hay más; yo acusaba á usted de no participar de nuestra ardienteconvicción.

Ha parecido usted siempre más humillado que asombrado por lo ocurrido y,de pronto, toma usted una actitud diferente… Ya lo oyes, María, no esel mismo; ha cambiado por completo. ¡Oh! ¡Dios mío! ¿Será que ha tenidousted alguna buena noticia? ¿Acaso, después de haber desesperado,podríamos…?

—¡Poco apoco! interrumpió Marenval, un poco desconcertado al ver aquelfurioso ataque y creyendo haber dicho demasiado. Usted era injusta alacusarme de no tener fe en la inocencia de Jacobo. Bien sabe usted quele he defendido con la energía de un hombre á quien el mundo englobabamalignamente en la catástrofe ocurrida. Sí, en aquellos momentos vi entoda su desnudez la canallada de los hombres. Todo lo que la envidia, labajeza y la maldad pueden inventar para manchar una personalidadhonrada, se intentó entonces contra mí. He padecido con esta desdichatanto como ustedes mismos, pues durante más de un año todo el mundo, enParís, me ha llamado solamente "el primo de Freneuse". Hasta sé dealgunas almas caritativas á quienes no faltaba nada para insinuar que yotambién merecía ir á presidio. Y todo ¿por qué? Porque soy rico, porqueme divierto, porque tengo un hermoso hotel, un buen monte, magníficoscaballos y un proscenio en la Ópera… La verdad es que todo esto esmás que suficiente para echar un hombre á galeras… ¡Tengo amigos quequerrían verme en ellas! ¿Puede usted pensar lo que estas buenaspersonas habían dicho de mí en el momento de la desgracia? En aquellahora peligrosa no le he parecido á usted heroico, querida prima;confieso que en parte ha tenido usted razón. Hubiera podido mostrarmemás caballeresco y colocarme más resueltamente al lado de usted, perohay que tomar las personas como son. Yo soy un poco nuevo en el mundo enque vivo; no hace aún diez años que salí de las pastas alimenticias y,¡qué diablo! no se me tiene en la misma consideración que á unMontmorency. Los hombres son iguales ante la ley, pero no ante el mundo,y así me lo han hecho ver. Esto explicará á usted muchas cosas que leparecerían oscuras. No temo ahora confesarlo, porque tengo la concienciade ser tan adicto á ustedes, que habrán de perdonarme fácilmente un díamis debilidades aparentes.

La señora de Freneuse escuchó con aire sombrío las explicaciones deMarenval. Temía que aquella afirmación de la inocencia de Jacobo, quetanto le había conmovido, no tuviese otro objeto que servir á lostardíos escrúpulos de su pariente, pero las últimas palabraspronunciadas por éste parecían inspirarse en esa convicción y la pobremujer se sintió de nuevo presa de la mayor ansiedad.

—¿Ha venido usted solamente para hacerme esa profesión de fe, queagradezco? dijo la pobre madre. Doy á usted las gracias por su afectuosaactitud. Las simpatías son preciosas, por lo mismo que son raras.Agradeceré á usted con toda mi alma, Marenval, que no nos abandone.

—¡Abandonar á ustedes! exclamó el excomerciante. ¿Me creen ustedescapaz de ello? Yo les probaré que soy fiel y valiente y que…

Un gesto de la señorita de Freneuse le detuvo en aquel movimiento deexpansión. Más tranquila que su madre, la joven, desde el principio dela entrevista, había estudiado la actitud de su pariente y había vistotodo lo que tenía de embarazosa y violenta. Entre las seguridades delMarenval presente y las reticencias del Marenval pasado había taldesacuerdo, que eran necesarias muchas palabras para ponerlas enarmonía. Un orador mucho más elocuente que Marenval hubiera fracasado ental empresa. Pero, por fortuna, la madre y la hija no habían retenido decuanto había dicho sino el calor de su discurso y se habían sentidopenetradas de una alegría secreta al recobrar un rayo de esperanza. Laseñorita de Freneuse resumió en dos palabras la situación:

—Mi querido primo, usted no creía antes en la inocencia de mi hermano yahora, por una razón que no conozco, cree en ella.

Marenval dirigió á las dos mujeres una mirada de entusiasmo y dijo conuna expresión que les arrancó las lágrimas:

—¡Es verdad! Ahora creo que Jacobo es inocente. Pero no basta creerlo;hay que probarlo. Está muy bien que nosotros, en familia, nos consolemoscon buenas palabras, pero no olvidemos que el fin único de nuestrosesfuerzos debe ser una rehabilitación ruidosa. ¿Han pensado ustedes enintentarla?

La señora de Freneuse bajó la cabeza con desanimación.

—¿Cómo podemos pensar en ello? La más horrible desgracia del mundo essentirse impotente, no ya para demostrar la realidad de un hecho en elque una cree como en Dios, sino para discutir, siquiera, su posibilidad.Estamos hace dos años anonadadas bajo el peso abrumador de la condena. Yme atrevo á confesar á usted, Marenval, que para no dudar de lainocencia de mi hijo he tenido que apartar la vista de las acusacionesdirigidas contra él, pues, examinadas una por una, son de tal maneragraves, terribles, probadas, que hubiera tenido que negar la evidencia yeso era para mí un terrible suplicio. He tenido, pues, que refugiarme enuna especie de negación fanática, que excluye todo razonamiento, todaclaridad, y que es tan sólo el grito de mi corazón de madre. No creo enel crimen de Jacobo porque Jacobo es mi hijo y un hijo mío no ha podidocometerle. Á todos los argumentos, á todas las pruebas he respondidosiempre, desde el fondo de mi conciencia: ¡Es mi hijo! ¡Es inocente!Pero, amigo mío, si tuviera que demostrar su inocencia,

¿qué hacer?¿Dónde encontrar la fuerza de inteligencia suficiente para anular laspruebas acumuladas?

¿Cómo convencer á los jueces? El mismo abogado deJacobo, ese admirable señor Duranty que defendió á mi pobre hijo con tanapasionada elocuencia, me decía, después de la vista: ¡Yo no sé! Cuandole oigo gritar que no es culpable, creo. Cuando estudio la causa, dudo.

—¡Oh! sí, querida prima. Las pruebas acumuladas contra él erandecisivas. Yo mismo fuí cegado por ellas, puedo confesarlo puesto queestamos hablando con toda franqueza. He creído durante mucho tiempo queel pobre Jacobo, enloquecido, arrebatado por la necesidad de dinero,pudo, en un momento de irresponsabilidad… Sí, he admitido que pudoser criminal. Pero desde ayer he cambiado por completo y soy tanardiente partidario de la inocencia de ese muchacho como antes estabadispuesto á creer en su culpa.

—¿Y por qué desde ayer? preguntó la señorita de Freneuse. ¿Por qué esamodificación de su espíritu?

¿Quién la ha causado? ¿Ha sabido ustedalgún hecho que ilumine la situación con una luz nueva? Mi madre nos hadeclarado sus esfallecimientos, pero yo no he participado de ellos,sépalo usted. Cuando todo el mundo abandonaba á mi desgraciado hermano,yo, en toda conciencia, he permanecido fiel á su causa. He buscado ybusco aún el medio de explicar este misterio impenetrable. Puede usted,pues, hablar; me encontrará preparada á escucharle y á comprenderle.

Marenval miró á la joven con enternecimiento.

—Sí, ya sé, María, que usted no ha transigido y ha desterrado de sucorazón á todos los que no hicieron causa común con usted en aquellasterribles circunstancias. Anoche hablé con un hombre que amaba á ustedtiernamente y al que usted alejó sin piedad…

La fisonomía de la señorita de Freneuse se puso sombría. La joven seirguió mostrando su alta estatura. Sus labios se estremecieron, pero nopronunciaron ni una palabra. Todo, en su actitud, demostraba un dolorosodesdén.

—Se trata de Cristián Tragomer… Añadió Marenval.

Pero se calló, al ver que aquel nombre producía un efecto taninesperado.

—Me figuraba que quería usted referirse al señor de Tragomer, dijofríamente María. Pues bien, querido primo; si quiere usted complacerme,no me hable jamás de él. Mi madre y yo le hemos borrado de nuestrorecuerdo como él nos borró de su corazón. En la hora en que teníamosnecesidad de todos nuestros amigos, él dió el ejemplo de la deserción, ysu abandono, lo confieso, fué el que más nos afectó en aquellos tristesmomentos. Era mi prometido; se avergonzó de mí; ya no le conozco.

—Tragomer ama á usted todavía.

—Me alegro, dijo María con firmeza. Eso le hará sufrir…

Se pasó la mano por la frente, se volvió hacia su madre, que escuchabaen silencio, y dijo arrodillándose en un taburete cerca de ella:

—Perdón, mamá. He distraído al señor Marenval de una conversación cuyofin espera usted con impaciencia, para hablar de cosas miserables. Novolverá á suceder.

—Querida niña, dijo Marenval con bondad; tendremos ocasión de vernoscon frecuencia, pues vamos á emprender una campaña que puede ser larga.No violentemos nada, ni en lo que se refiere á las cosas ni en lorelativo á las personas. Día vendrá en que se aclaren muchos puntos y seexpliquen muchas actitudes. En este momento no quiere usted que le hablede Tragomer; más adelante, quién sabe si me pedirá que se le traiga.Cuando usted sepa lo que ha hecho y lo que está dispuesto á hacer en suservicio, acaso sea más indulgente. En todo caso, debe usted saber queél es la causa de que esté yo aquí. Yo no pensaba intentar nada enbeneficio del desgraciado Jacobo, lo confieso humildemente, pero esediablo de Cristián me ha sublevado con unas noticias tan inesperadas,que no he podido permanecer indiferente…

—Pero, en nombre del cielo, ¿qué ha descubierto? dijo la señora deFreneuse con tal expresión de angustia que su hija la abrazó paracalmarla.

Marenval movió la cabeza con aire de importancia.

—Mi querida prima, no me pregunte usted nada, porque no podría hablar.El éxito, que es posible, se obtendrá solamente al precio de unadiscreción absoluta. Una palabra imprudente lo comprometería todo.Esperemos. Nunca ha habido probabilidades más favorables, pero tieneusted que consentir en marchar á ciegas por la ruta que vamos áemprender.

—¡Oh! ¡Dios mío! Si la salvación tiene ese precio, consiento en todaslas pruebas que quiera usted imponerme. Desde hace dos años vivo en unatumba; gracias á usted, penetra en ella un débil rayo de luz.

¡Benditosea usted por el bien que me hace!

—Si bien no debo hablar de nuestras nuevas esperanzas, querida prima,hay, sin embargo, cosas sobre las cuales necesito datos. En interés detodos, pido á usted, pues, que me responda sin reticencias.

—Pregunte usted. Mi memoria se ha debilitado, pero lo que yo norecuerde podrá precisarlo mi hija.

—Entre los amigos de Jacobo, había uno más intimo, más querido que losdemás y que se había criado con él; el conde Juan de Sorege.

La señora de Freneuse respondió vivamente:

—Sí, Juan de Sorege… Era un excelente muchacho, de muy buenafamilia. Quise mucho á su madre, que murió siendo Juan muy joven…Éste creció con Jacobo y los dos muchachos no se separaban durante sujuventud… Fué menester que contrajeran relaciones nuevas, las quetanto daño han hecho á mi hijo, para separarlos…

—¿No figuraba el conde de Sorege entre sus malas compañías?

—Al contrario, hizo todo lo posible por separarle de ellas, yprecisamente por no alternar con ciertas personas, se apartó de mi hijo,con gran disgusto mío, pues su influencia no podía menos de serlefavorable.

—De modo que considera usted á Sorege como un buen amigo de Jacobo…

—Como el mejor que pudiera tener.

—¿Era rico ese joven?

—No; y precisamente por eso se alejó de mi hijo, pues no quiso contraerdeudas para asociarse á sus gastos… ¡Ese fué el principio deldesastre!

—Perdóneme usted si insisto, pero es de toda necesidad. ¿Cuando Jacoboconoció á esa desgraciada mujer que le condujo á la locura… á esa LeaPeralli, estaba todavía Sorege en buena amistad con él?

—Seguramente. Hasta hubo escenas entre Sorege y Jacobo á propósito deesa mujer. El conde hizo todo lo del mundo por decidirle á romper conella. Llegó á escribirle que su amada le engañaba y á ofrecerle el mediode sorprenderla.

—¿Y esa carta existe?

—La entregué á la justicia y debe figurar en la causa. La encontrónuestro criado en el cuarto de Jacobo… Á

consecuencia de esto, seprodujo un violento altercado entre mi hijo y su amigo… Estuvieron ápunto de batirse… Pero amigos comunes arreglaron el asunto.

—¿No ha manifestado nunca Jacobo sentimientos de rencor ó de hostilidadhacia su antiguo amigo, después del acontecimiento?

—No, que yo sepa. Pero si yo no he tenido nunca más que confianza ysimpatías hacia el señor de Sorege, debo reconocer que no todo el mundopensaba como yo en mi casa.

—¿Quién le era desfavorable?

—Mi hija, primeramente, á quien siempre desagradó Sorege, y despuésnuestro criado Giraud, que nunca le pudo tragar.

—¡Ah! ¿María encontraba sospechoso al amigo de su hermano?

—No me hagan ustedes decir lo que no pienso, replicó vivamente laseñorita de Freneuse. De ningún modo querría dañar en vuestro conceptoal conde de Sorege. Tiene un carácter que no me agrada; no hay más.

—¿Y qué carácter es el que usted le atribuye?

—Se mostraba altanero y burlón, y á mí me cuesta trabajo soportar esemodo de ser. Calculaba fríamente y no obraba jamás á la ligera. Era unhombre práctico ante todo. Lo contrario del pobre Jacobo que noreflexionaba jamás y se metía en las dificultades sin saber cómo saldríade ellas. Yo reprendía el aturdimiento del uno, pero lamentaba laprevisión del otro. Encontraba exceso en los dos y si mi hermano meparecía loco, Sorege me resultaba demasiado hábil.

—¿Hábil hasta la astucia?

—No lo sé, querido primo; lo que he dicho no es más que una impresión.Nunca he sabido cómo se conducía el señor de Sorege en la vida sino porlo que contaba mi hermano, y éste no podía hablar con libertad delantede mí. Mi impresión, pues, no se ha confirmado por hecho alguno, pero seha fijado muy clara en mi mente y ha permanecido en ella.

Marenval miró á la señora de Freneuse y dijo:

—Ese juicio no se puede considerar como desfavorable en los tiempos quecorren. Un individuo demasiado hábil tiene condiciones excepcionales,hoy en día, para lograrlo todo. Pero María juzga al señor de Soregedesde un punto de vista especial, como hombre de mundo y no como hombrede negocios. Eso es lo que hace su censura perfectamente comprensible.En resumen, para la señora de Freneuse, Sorege es un hombre honrado alque ha sentido ver alejarse de su hijo; para María, Sorege es un mozofrío y calculador, decidido á hacerse sacar las castañas del fuego y quéno vacila en herir un poco al vecino al hacer su negocio.

—¿Pero por qué esas preguntas? dijo la señora de Freneuse.

—Se nos ha dicho que seríamos interrogadas, mamá, dijo la jovensonriendo, pero no que se nos explicaría nada. Tengamos paciencia.