En Viaje (1881-1882) by Miguel Cané - HTML preview

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los

dos

fallos

jugué,

Me

asentaron

los

chiquitos

Y me fallaron el rey.

¿Y esta discusión gráfica, después de que el enterrador se la lleva?:

.........Si

yo

he

podido

Agachármele

a

su

tres!

—¡No,

señor,

con

un

triunfito

De

los

míos

que

tenga

usted!

—¡O que usted vuelva sus bastos!

—¡O que no vuelva a oros él!...

—¡Es

puesta!—Le

doy

codillo!...

—¡Si era más grande!—Da Andrés.

Un paréntesis, ya que de tresillo he hablado. Es el juego favorito deBogotá; pero, a diferencia del Perú, sólo lo juegan los hombres. Sabidoes que en Lima, todas las noches hay, en una o en otra casa, la clásicapartida de Rocambole (tresillo), en que toman parte las señoras. En lostiempos de opulencia, durante la estación de baños en Chorrillos, se hallegado a jugar hasta... a chino la ficha. El contrato de un chino, portres o cuatro años, importaba 300 ó 400 pesos fuertes. El que perdía,generalmente hacendado, pasaba al día siguiente a la hacienda de suganador, el número de fichas-chinois que había perdido la víspera...

EnBogotá no se hila tan grueso... y en el Perú pasaron también esostiempos. Pero los bogotanos son famosos por su habilidad en el tresillo.Martín, Holguín, De Francisco... no tienen rivales.

Carlos Holguín,durante su permanencia en España, donde no son mancos, ha asombrado alos más fuertes espadas del Veloz...

No he podido menos de sonreír alencontrar, en el admirable estudio del señor Camacho Roldán, uno de loshombres más sabios y distinguidos de Colombia, sobre el poeta GutiérrezGonzález, este característico comentario a los versos sobre el tresilloque he transcrito en primer término:

«La exposición de la partida es tan clara y la explicación de los azaresque determinaron la pérdida de ella tan completa, que cualquieraficionado, sin ser un Miguel Ángel en ese arte divino, puede comprenderen el acto que se perdió de puesta en la que el pie, que indudablementetenía caballo y siete de copas, hizo las cuatro bazas, y el mano elfallo del rey, habiendo sido atravesado el hombre»[23].

¿No es un maestro el que habla?...

Esa facilidad de Gutiérrez González no se desmentía un solo momento. Undía, su amigo Vicente X., lo encuentra a media noche, inclinado sobre elcaño, expiando duramente las numerosas libaciones de una comida de dondesalía. El que ha pasado por ese trance, sabe que no es el más apropósito para entregarse a la improvisación poética... Sin darse cuentade lo que Gutiérrez González hacía, pero reconociéndolo, el amigo se leacerca y le pregunta naturalmente:

—¿Qué estás haciendo, Gregorio?

—Déjame, por Dios, Vicente,

¡Que

estoy

pasando

actualmente

Las penas del Purgatorio!

—contesta en el acto el incorregible poeta.

Rafael Pombo, a pesar de las reiteradas instancias de sus amigos y deventajosas propuestas de editores, nunca ha querido publicar sus versoscoleccionados. Tiene horror por la masa, y cree que pocos son los poetasque resisten a un análisis del conjunto de sus obras.

En cambio, Diego Fallon, acaba de publicar sus poesías en un volumen(Bogotá, 1882). ¿Sabéis cuántas son? ¡Dos! Un canto a

«Las ruinas deSuesca» y otro «A la luna». He ahí todo su bilan como composiciones dealiento.

Figuraos una cabeza correcta, con dos grandes ojos negros,

«deux trousqui lui vont jusqu'à l'âme», pelo negro, largo, echado hacia atrás,nariz y labios finos, un rostro de aquellos tantas veces reproducidospor el pincel de Van Dyck. Un cuerpo delgado, siempre en movimiento,saltando sobre la silla en sus rápidos momentos de descanso. Oídlo,porque es difícil hablar con él, y bien tonto es el que lo pretende,cuando tiene la incomparable suerte de ver desenvolverse en la charladel poeta el más maravilloso kaleidoscopio que los ojos de lainteligencia puedan contemplar. ¿De qué habla? De todo lo que hay en latierra y en los cielos, de todas esas cosas más de que Hamlet habla aHoracio y que sólo los poetas ven. ¡Qué lujo, qué prodigalidad! Yo no sécon qué ojos ese diablo de hombre mira los aspectos de la vida, pero elhecho es que jamás uno ha observado el lado curioso, la faz bella ogrotesca que él señala.

Aquello es una orgía intelectual, un torrente,una avalancha...

hasta que el reloj da una hora y el visionario, elpoeta, el inimitable colorista, baja de un salto de la nube dorada dondeestaba a punto de creerse rey, y toma lastimosamente su Ollendorff parair a dar su clase de inglés, en la Universidad, en tres o cuatrocolegios y qué se yo donde más. ¡Fallon es hijo de inglés y lo educaronen Inglaterra para ingeniero!

Ese calavera, ese despilfarrador de su savia latina, ha escrito en suvida, lo repito, dos composiciones. ¿Impotencia? Hablaría en verso undía entero. ¿Desidia? Necesita más actividad moral para una charla deuna hora que para un poema. No; una concepción altísima y respetuosa delarte, la idea de que el poeta debe cuidar su obra hasta llevarla algrado de perfección que es dado alcanzar al hombre. Fallon confiesa quehay cuarteta que le ha costado meses; quería encerrar en cuatro versosuna idea, y, o el ritmo la desfiguraba o el verso reventaba. Así, ¡quéjúbilos íntimos, qué francas y abiertas alegrías, cuando, al fin, alúltimo golpe de cincel, la estatua aparecía pura, tal como la soñó elmaestro!

Si hay un arte en el que la espontaneidad, la facilidad de la formaimporta un gravo peligro, es la poesía. Hay oídos musicales denacimiento, como hay retinas que ven más hondo que el ojo humano común.Estos privilegiados son portentos hasta los quince años, vulgaridadeshasta los veinticinco, cero después. La labor fácil les ha hecho perderel sentimiento de lo bello, de lo concluido, de lo verdadero yexpresivo. ¡Cuántas noches ha costado a Byron cierta estrofa que hoyvemos desenvolverse con una soltura y elegancia tal, que parece habernacido de una pieza, como la Minerva griega! ¡Un manuscrito de Goethe oSchiller impone un grave respeto: ¡qué esfuerzo, qué tenacidad en lalucha contra la forma rebelde que no expresa, que no quiere expresar elpensamiento! ¡Quién creería que el maestro típico de la espontaneidad,el cantor de Vauclusa, el divino Petrarca, que ha escrito más sonetosque estrellas tiene el cielo, labrase el verso como Gioberti elbronce![24]. ¿Y Musset y Hugo mismo? Y Manzoni y Leopardi... ¿y todo loque vale y todo lo que queda?... Hacía quince días que Béranger estabapreso, cuando un amigo que lo visitaba le preguntó cuántas cancioneshabía hecho en ese tiempo: «Aun no he concluido la primera; ¿creéis queuna canción se hace como un poema épico?»

La prosa vulgar se traga como el pan común; pero una «crème fouettée»,insípida... no. Detesto el mal verso, y me es una fatiga enorme lalectura de esos volúmenes rimados que no dejan preocupación niagitación; prefiero las dos composiciones de Fallon a la mayor parte delos gruesos tomos de versos que han hecho gemir las prensas de laAmérica Española y de la España misma...

¿Quién de entre nosotros no tiene perdida en la memoria la sensacióndeliciosa de una noche de luna, cuando, con el espíritu tranquilo, bajola plácida influencia de esas horas silenciosas, se sigue el rayo de luzentre los árboles, en los campos y en los cerros, poblándolo, como elhaz luminoso sobre la cuna de Betlhem bajo el místico pincel de Dürer,de visiones tenues y flotantes, de sueños y recuerdos?... ¿Cuál es aquelque, impotente para crear, no ha pedido al arte un reflejo, en el versoo en el color, encontrándolo a veces en la música, de esos diálogosíntimos entre el alma y las escenas de la noche, bajo la blanca luz dela luna? He ahí el motivo de mi predilección por la dulce poesía deFallon; nadie como él, hasta ahora, me ha hecho leer con mayor claridaddentro de mí mismo, dando forma y vida a las ideas y sensacionesconfusas que en otro tiempo, en los días de entusiasmo, la luna serenahacía brotar en mi alma... Oíd, quiero citar algunas estrofas. Reclinadla cabeza sobre el cómodo respaldo del sillón, allí, bajo el corredor,frente a los árboles que una brisa imperceptible mueve apenas, a favorde ese silencio profundo e íntimo de las noches en el campo, dejadvenir los recuerdos,

cantar

las

esperanzas...

Pero,

con

los

ojosentreabiertos bajo el párpado que la quietud adormece, mirad elcuadro...

Ya del Oriente en el confín profundo

La

luna

aparta

el

nebuloso

velo

Y leve sienta, en el dormido mundo,

Su casto pie con virginal recelo....

Absorta

allí

la

inmensidad

saluda,

Su faz humilde al cielo levantada

Y el hondo azul con elocuencia muda

Orbes sin fin ofrece a su mirada.

Un lucero, no más, lleva por guía;

Por

himno

funeral

silencio

santo;

Por

sólo

rumbo

la

región

vacía

Y la insondable soledad por manto.

De allí desciende tu callada lumbre

Y en argentinas gasas se despliega

De la nevada sierra por la cumbre

Y por los senos de la umbrosa vega.

Con sesgo rayo por la falda oscura

A

largos

trechos

el

follaje

tocas,

Y tu albo resplandor sobre la altura

En mármol torna las desnudas rocas.

Y yo en tu lumbre difundido ¡oh luna!

Vuelvo al través de solitarias breñas

A los lejanos valles, de en su cuna

De umbrosos bosques y encumbradas

peñas

El

lago

del

desierto

reverbera,

Adormecido,

nítido,

sereno,

Sus

montañas

pintando

la

ribera

Y el lujo de los cielos en su seno.

¡Oh! y éstas son tus mágicas regiones

Donde la humana voz jamás se escucha,

Laberintos

de

selvas

y

peñones

En que tu rayo con las sombras lucha.

Porque las sombras odian tu mirada;

Hijas del Caos, por el mundo errantes,

Náufragos restos de la antigüa Nada,

Que en el mar de la luz vagan flotantes.

A tu mirada suspendido el viento,

¡Ni árbol ni flor el desierto agita;

No hay en los seres voz ni movimiento;...

El corazón del mundo no palpita...

Se acerca el centinela de la muerte!

¡He aquí el silencio! Sólo en su presencia Su propia desnudez el alma advierte,

Su propia voz escucha la conciencia.

Y pienso aún y con pavor medito

Que del Silencio la insondable calma

De los sepulcros es tremendo grito

Que no oye el cuerpo y estremece el alma!

El que vistió de nieve la alta sierra,

De

oscuridad

las

selvas

seculares,

De hielo el polo, de verdor la tierra,

Y de fondo azul los cielos y los mares, Echó también sobre tu faz un velo,

Templando tu fulgor para que el hombre

Pueda los orbes numerar del cielo

Tiemble ante Dios y su poder le asombre.

Cruzo perdido el vasto firmamento,

A sumergirme torno entre mí mismo

Y se pierde otra vez mi pensamiento

De mi propia existencia en el abismo...

Delirios siento que mi mente aterran:

Los Andes, a lo lejos, enlutados,

Pienso que son las tumbas do se encierran

Las cenizas de mundos ya juzgados...

El

último

lucero

en

el

Levante

Asoma

y

triste

tu

partida

llora:

Cayó de tu diadema ese diamante

Y adornará la frente de la Aurora.

¡Oh, luna adiós! Quisiera en mi despecho, El vil lenguaje maldecir del hombre.

Que tantas emociones en su pecho

Deja que broten y les niega un nombre

Se agita mi alma, desesperada y gime,

Sintiéndose

en

la

carne

prisionera;

Recuerda al verte su misión sublime

Y el frágil polvo sacudir quisiera.

Mas si del polvo libre se lanzara,

Esta que siento, imagen de Dios mismo,

Para

tender

su

vuelo

no

bastara

Del firmamento el infinito abismo!

Porque esos astros, cuya luz desmaya,

Ante el brillo del alma, hija del cielo No son siquiera arenas de la playa,

Del mar que se abre a su futuro vuelo!...

No he podido rendir un homenaje más digno a las letras de Colombia, quela transcripción de esos versos de Diego Fallon.

Vencer las mayores dificultades del verso, sea en la forma, en latransposición o en la rima, derramar la gracia, el chiste, la finaironía en sus composiciones, es un juego para D. José M.

Marroquín. Hahecho una glosa rimada de los primeros libros de Tito Livio, que novacilo en considerar como uno de los trabajos más perfectos que en esegénero se hayan escrito en nuestro idioma. Castizo, correcto, parece quebuscara los trances más difíciles de la sintaxis, como para probar quelos tesoros del español son inagotables. ¡Qué galana facilidad y quéfacilidad de pincel! Sus versos quedan en la memoria, y siempre surecuerdo trae una sonrisa. Quién que haya leído El Cazador y laPerrilla, no verá siempre aquella perra enteca, flaca, que Era,

otrosí,

derrengada,

La

derribaba

un

resuello...

Puede

decirse

que

aquello

No era perra ni era nada.

D. Ricardo Cascarilla tiene también composiciones felicísimas de esegénero; sobre todo, a mi juicio, un curiosísimo diálogo con el Salto deTequendama, a quien presenta un literato español, de paso por Colombia.Siento no poder transcribirlo aquí; pero, si fuera a reproducir todo lobueno que ha producido la literatura colombiana contemporánea, no mebastaría por cierto un volumen.

José María Samper ha escrito seis u ocho tomos de historia, tres ocuatro de versos, diez o doce de novelas, otros tantos de viajes, dediscursos, estudios políticos, memorias, polémicas...

¡qué sé yo! Es unade esas facilidades que asombran por su incansable actividad. Jamás uninstante de reposo para el espíritu; cuando la pluma no está enmovimiento, lo está la lengua. Sale del Congreso, donde ha hablado treshoras, continúa la perorata en el Altozano hasta que cae la noche, yluego a casa, a escribir hasta el alba. Y eso todos los días, desde hacelargos años. Ha sido periodista en el Perú, ha viajado por toda laEuropa, ha producido más que un centenar de hombres... y aún es joven ylo alienta un vigor más intenso que nunca.

Naturalmente, en esa mole delibros sería inútil buscar el pulimento del artista, la corrección delíneas y de tomos. Es un río americano que corre tumultuoso, arrastrandotroncos, detritus, arenas y peñascos, pero también partículas de oro,como dice Marius Topin refiriéndose al viejo Dumas.

En Bogotá hay mucha afición por las veladas literarias, que allí llamanMosaicos, tal vez por la variedad de temas que se tratan. Los jóvenesbogotanos comparan un mosaico a un concierto clásico a puerta cerrada...y son capaces de montar a caballo y largarse a la hacienda al menoranuncio de un festival semejante. Pero ya he dicho que los jóvenes allíson unos escépticos empedernidos, que no creen en nada, ni aun en lasdulzuras de la rima con te. Por mi parte, no tuve el placer de asistir aninguna de esas reuniones; pero poco antes de mi llegada, el señorSoffia, ministro de Chile, que es un poeta distinguidísimo, habíainvitado a un mosaico, en un soneto esdrújulo de una dificultad defactura agobiadora. Al día siguiente, tenía cuarenta sonetos, con lasmismas rimas, aceptando la invitación. La lectura debía constituir elmosaico.

¡Samper mandó cuatro, disminuyendo una sílaba en cada uno!...

Puede Colombia a justo título estar orgullosa de dos hombres, jóvenesaún, pero cuya reputación de sabios y profundos literatos ha salvado losmares y extendídose en la península española. El primero es don MiguelAntonio Caro, hijo del inspirado poeta don José E. Caro, cuyas noblesestrofas En boca del último Inca son conocidas por todos losamericanos.

M. A. Caro es el autor de la soberbia traducción de Virgilio, en versoespañol, de una fidelidad aterradora; se siente frío al pensar en lalabor perseverante que ha sido necesaria para encerrar cada versolatino, de la rica lengua virgiliana, en el correspondiente español.Así, los que leen la traducción de Caro, encuentran en ella el mismosabor delicioso que se desprende de la lira del cisne de Mantua, lamisma fuerza y aquella suavidad exquisita e insuperable que ha hecho deVirgilio el príncipe de los poetas latinos. Ese trabajo ha sido yajuzgado por la crítica eminente de España, y el nombre de su autor sepronuncia hoy en la Academia Real con el mismo respeto que el de los másgrandes peninsulares.. .[25].

Las introducciones de Caro a la Historia General... de Piedrahita, alas Poesías de Bello, etc., son simplemente obras maestras, en las quese encuentra, a la par de una riqueza y galanura de lenguaje a queestamos poco habituados en nuestra América, la vasta y sólida erudiciónde un filólogo que no ignora uno sólo de los progresos de esa ciencianueva en el mundo moderno.

Los trabajos del señor Caro imponen respeto, y es precisamente en nombrede ese sentimiento, porque, después del elogio sincero y altísimo,quiero consignar la impresión ingrata que me han dejado algunas de suspáginas.

El señor Caro es en política, en religión y en literatura, el tipo másacabado del conservador, dando a esa palabra toda la extensión de que essusceptible. Nada tengo que ver con sus ideas sobre la marcha de lascosas en Colombia, ni con las respetabilísimas inspiraciones de suconciencia; pero cae bajo el dominio de la crítica su apasionamientoilimitado por las cosas que fueron la glorificación constante delpasado, del pasado español, contra todas las aspiraciones del presente,aun del presente español. Si la casualidad ha hecho que el cuerpo delseñor Caro ha venido a aumentar la falange humana en suelo colombiano,su espíritu ha nacido, se ha formado y vive en pleno Madrid del sigloXVI. Allí respira, allí se reconoce entre los suyos, allí se apasiona ydiscute. Hay hombres que se detienen en un momento de la historia y pornada pasan el límite marcado por su predilección, casi diría por sumonomanía. No leen ya, releen, como decía Royer Collard. En ellos esdisculpable esa obstinación apasionada; no conocen sino ese mundo, y portanto, no pueden compararlo al presente. Pero el señor Caro ha leídocuanto es posible leer en treinta años de vida intelectual; su altainteligencia ha entrado a fondo en la literatura moderna y pocos como élpodrían hablar con tal autoridad de lo que en materia de ciencias yletras se ha hecho en el mundo en los últimos cien años. Esa riñainconciliable con el presente, es, pues, un fenómeno curioso en unespíritu de esa altura, y nos sería lícito esperar que la influencia detales ideas se limitase al respeto de la forma y no alcanzase a obrarsobre la percepción de las cosas. ¡Qué acentos de indignación encuentraCaro para increpar

a

Quintana

su

grito

generoso,

humano,

cuando,reconociendo las crueldades de la conquista, quiere alejar de su patriala maldición de un mundo y echar la responsabilidad sobre la época! Unmonje fanático, apoderado de Valverde en la Corte de España, no habríahablado con mayor vehemencia y encono... Comprendo, y soy el primero enseguir al señor Caro en ese camino, que es tiempo de poner término a laestéril declamación contra la conquista, que ha dado alimento sin vigora la literatura americana durante veinticinco años. Pero eso de llegar ala santificación del pasado, comprendiendo la Inquisición y el régimencolonial, paréceme que es un prurito retrospectivo inconciliable con laluz natural de esa alta inteligencia...

Rufino Cuervo es el autor de ese libro tan popular hoy: Apuntacionescríticas sobre el lenguaje bogotano. Es otro sacerdote del pasado,aunque menos inflexible que el señor Caro, por el que profesa, conrazón, una admiración sin límites. La ciencia, los largos años deestudio que ese volumen de Cuervo revela, prueban que, también enAmérica, tenemos nuestros benedictinos infatigables. Todas laslocuciones vulgares, todas las alteraciones que el pueblo americano,bajo la influencia de las cosas y de su propia estructura intelectual,ha introducido en el español, son allí prolijamente estudiadas,corregidas y...

limpiadas. (¡Limpia y fija!) Actualmente, Cuervo seencuentra en París, metido en su nicho de cartujo, levantando, piedra apiedra, el monumento más vasto que en todos los tiempos se hayaemprendido para honor de la lengua de Castilla. Es un Diccionario deregímenes, filológico, etimológico... ¡Qué sé yo!

Aquello asusta;cuando Cuervo me mostraba, en Bogotá, las enormes pilas de paquetes,cada uno conteniendo centenares de hojas sueltas, cada una con lahistoria, la filiación y el rastro de una palabra en los autoresantiguos y modernos... sentía un vivo deseo de bendecir a la naturalezapor no haberme inculcado en el alma, al nacer, tendencias filológicas.«Ya están reunidos casi todos los ejemplos, me decía Cuervo; ahora faltalo menos, la redacción».

Redactar

cuatro,

o

diez,

o

sabe

Dios

cuántosvolúmenes de diccionarios... ¡lo menos! ¡Y cómo redacta Cuervo, con unasobriedad, una precisión y elegancia que obligan a cincelar la frase! Siuno de nosotros, después de tres horas de redacción suelta, incorrecta, à la diable, tira la pluma con disgusto, ¿qué sería, si se levantaraante nuestros ojos, como en una pesadilla, la columna de papel blancoque hay que llenar para concluir el Diccionario de Cuervo?... ¿Y sabéisdónde han sido concebidas, meditadas y escritas esas obras? En unacervecería. Rufino y Ángel Cuervo son hijos de un distinguido hombre deEstado, que fue presidente de Colombia.

Quedaron sin fortuna. ¿Quéharían? ¿Politiquear, chicanear en el foro, morirse de hambre declamandoen el jurado?... Pouah!

Fundaron una cervecería en Bogotá, sinrecursos, sin elementos, y lo peor, sin probabilidades de éxito, porquehabía que luchar con la chicha, predilecta del indio. «Yo mismo heembotellado y tapado», me decía Rufino. «En seis años, no he tenido undía de reposo, ni aun los domingos», me decía Ángel. En diez años,lograron la fortuna y la independencia... ¿Para qué? ¿Para gozar, paravivir en París, en el bulevar, perdiendo la vida, la savia intelectualen el café y en el boudoir? No; ¡simplemente para trabajar contranquilidad, sin interrumpirse sino para despachar un cajón de cerveza,para adquirir el derecho de perder el pelo y la vista sobre viejosinfolios cuyo aspecto da frío!...

Pero la obra de Rufino Cuervo será un timbre de honor para su patria ypara nuestra raza.

Repito que no es mi propósito (ni sería éste el sitio adecuado) parahacer un resumen de la historia literaria de Colombia. Si he consignadoalgunos nombres, si me he detenido en algunas de las personalidades másnotables en la actualidad, es porque, habiendo tenido la suerte detratarlas, entran en mi cuadro de recuerdos. De todas maneras basta conlo que he dicho para hacer comprender la altura intelectual en que seencuentra Colombia y justificar la reputación que tiene en la Américaentera. País de libertad, país de tolerancia, país ilustrado, tienefelizmente la iniciativa y la fuerza perseverante necesaria para vencerlas dificultades de su topografía y corregir las direcciones viciosasque su historia le ha impuesto.

CAPITULO XVII

El regreso

Simpatía de Colombia por la Argentina.—Sus causas.—

Rivalidades deargentinos y colombianos en el Perú.—

Carácter de los oficiales dela Independencia.—La conferencia de Guayaquil.—Bolívar y SanMartín.—Una hipótesis.—El

recuerdo

recíproco.—Analogías

entrecolombianos y argentinos.—Caracteres y tipos.—La partida.—EnManzanos.—Las mulas de Piquillo.—El almuerzo.—El tuertosabanero.—Una gran lluvia en los trópicos.—EnGuaduas.—Encuentros.—En busca de mi tuerto.—Unentierro.—Recuerdo

de

los

Andes.—

Viajando en la montaña.—Elviajero de la armadura de oro.—D. Salvador.—Su historia.—Sufamosa aventura.—

¡Pobre D. Juan!—Una costumbre quichua.

Mi permanencia en Colombia había concluido, debiendo pasar, pordisposición de mi gobierno, a ocupar una de las legaciones argentinas enEuropa. Fue entonces, en medio de la agitación que siempre producen lasnuevas perspectivas, los cambios radicales en el curso de la vida,cuando me di cuenta de mi cariño por el pueblo que tan abierta ygenerosa hospitalidad me había dado. Y no era por cierto el sentimientoexclusivo de mi gratitud personal: era algo más alto, era el afectoprofundo por aquella sociedad que hablaba de mi patria con unapredilección marcada sobre todas las naciones del continente y que habíaquerido honrar en mí al representante de la tierra argentina.

Es la primera vez que hago una referencia a mi posición oficial enColombia; pero quiero que, si algún argentino lee este libro, sepa queen Bogotá, desde los altos poderes públicos, hasta el pueblo mismo ensus ingenuas manifestaciones, no han cesado un momento de demostrarme suviva simpatía por nuestra patria, el contento generoso por sus progresosy el deseo de estrechar con ella relaciones íntimas y cordiales, enbeneficio del progreso y de la paz americanos.

Esa simpatía responde a varias causas. En primer lugar, los recuerdos dela lucha de la Independencia. Todos conocernos aquella rivalidadcaballerosa, que tenía por teatro la vieja Lima, entre los oficialescolombianos y los argentinos, entre los vencedores de Boyacá y losvencedores de Chacabuco.

Antagonismo de héroes, combates de cortesía,como habría dicho un heraldo de armas del siglo XV. Los colombianostenían por jefe a Bolívar, los argentinos a San Martín, y todoscomprendían que esas dos glorias no cabían en el continente. Loscolombianos traían marcadas en las heridas de la carne, y muchos en lasdel corazón, las huellas del largo batallar en las llanuras de Venezuelay en los Cerros granadinos, contra la fuerza, la arrogancia y el valorespañoles. Los argentinos recordaban la incomparable hazaña del paso delos Andes, cuando en las alturas donde mora el cóndor habían libradocombates inmortales. Unos y otros miraban al Perú como tierraconquistada, propia; unos y otros hacían resonar sus espuelas en elpavimento de la ciudad de los reyes con la altivez de triunfadores, ytal vez con la conciencia de la superioridad sobre los que acababan delibertar. ¡Y qué hombres! Sucre, Córdoba... de un lado; Lavalle,Necochea... del otro. ¡Nubes en presencia, cargadas de electricidad! Noestalló el rayo, pero el relámpago iluminó más de una vez los varonilesrostros.

Tanto los oficiales de Bolívar como los de San Martín, pertenecían a laclase más elevada de las sociedades de Colombia y del Río de la Plata.La altivez nativa se unía a la jactancia castellana del valor.Habituados a jugar la vida a cada instante, a los triunfos fáciles enamor, al amparo de su maravilloso prestigio en América, el antagonismono se concretaba a la reputación militar, sino que revestía sus formasmás irritantes en el estrado donde la limeña hacía brillar sus ojos trasel abanico de encaje. Allí, la voz de bronce de la disciplina tuvo quesonar más de una vez para impedir que el rápido cruzar de palabrasirónicas en el salón se convirtiese, en la calle, en el centellear delas espadas.

Antagonismo de cabezas ligeras y corazones calientes, como fueron todosesos oficiales de la guerra de la Independencia, aristocráticos hasta lamédula, desprendidos, generosos, con el sentimiento más que con la razónde la causa por que jugaban la vida, enardecidos por la lucha ysiguiendo la bandera de su jefe con la ciega obstinación de un oficialde Wallenstein en la guerra de treinta años. El largo alejamiento de lapatria, la tenaz persistencia de la lucha, la efímera ocupación delsuelo que reducía con frecuencia esa misma patria a los límites delcampamento y en los días de batalla a la tierra del combate, lainfluencia, por fin, de la vida militar prolongada, habían hecho de losoficiales argentinos y colombianos el prototipo de los hombres ligerosen el pensamiento y en la acción, brillantes en la despreocupación delporvenir, viviendo au jour le jour, sabiendo que con valor pagaban, yseguros de que el caudal no concluiría.

Al fin, uno cedió. ¿El más patriota, el más razonable? ¡Cuánto se hadicho sobre esa entrevista de Guayaquil, que algunos historiadores, paraquienes las cosas de la independencia están siempre al diapasón de latragedia, han querido cubrir con un velo misterioso y levantar al nivelde los grandes problemas históricos! Al norte del Ecuador, el acto deSan Martín no fue sino el acatamiento respetuoso del genio y del derechode su rival; al sur, la abnegación suprema de un gran corazón, lainspiración del patriotismo, en generoso sacrificio de sí mismo enobsequio de la causa americana. A mis ojos (y bien osado me encuentropara hablar de estas cosas, después de voces tan altas y autorizadas);no hubo sacrificio personal en el retiro del general San Martín. Todo escuestión de organización moral; Bolívar, retirándose a la vida privada,o San Martín, manteniendo a sangre y fuego su primacía en el Perú,habrían sido hechos tan fuera de la lógica, tan contrarios a su caráctercomo naturales fueron los papeles diversos que les tocaron en el drama.Bolívar...—se me ocurre suponer a Bolívar nacido en suelo argentino,miembro de la logia Lautaro (allí Alvear habría encontrado sumaestro)—vencedor en San Lorenzo, general transitorio del ejército delNorte, organizador, en fin, del ejército de los Andes. ¿Cuál habría sidosu actitud ante la situación interna del país bajo el directorio deRondeau? ¿Habría, como San Martín, desobedecido, cruzado la montaña, ydando la espalda a la anarquía, más aún, a la agonía de la patria nueva,ido a libertar al Perú? ¿ Habría, una vez vencedor en el Perú, cedido elpuesto a San Martín viniendo del norte, embarcádose, y llegado frente alas playas de su tierra, negádose a pisarlas, porque la guerra civil laasolaba, para ir a terminar en la vida de un bourgeois meditabundo, sucarrera de acción y de luz? Y allí, en la casita de los arrabales deBruselas, Bolívar, en 1830, cuando un pueblo golpeaba a su puerta,pidiéndole que se pusiera al frente de la insurrección contra un opresortan odiado como el español... ¿habría contestado a los belgas con laseca lógica de San Martín? A mi juicio, los rumbos de la historiaamericana habrían cambiado profundamente; el espíritu se pierde en laconjetura, pero el estudio de los caracteres de esos dos hombres permiteasegurar que su acción, en medios idénticos, habría sido diversa.Bolívar ansiaba algo más que la gloria militar, que lo era todo para SanMartín (me refiero a las ambiciones y no a los sentimientos patrióticosde los dos libertadores). Bolívar veía más alto y más lejos, pero SanMartín veía más recto. El uno había nacido para dominar, el otro paravencer. Bolívar tenía la tela de aquellos generales romanos que sehacían proclamar emperadores por las legiones que marchaban en el fondode la Germania o en las montañas de Hispania. San Martín era ungeneral del tiempo de la república; habría cavado gustoso la tierra...pero después de vencer. Para Bolívar la tarea empezaba después de labatalla; para San Martín concluía. En 1826 Bolívar pedía aún unacoalición americana contra el Brasil, más aún, la ofrecía... con tal quese le diera el mando

supremo.

San

Martín

quedaba

silencioso

en

Boulogne.Insaciable el uno, por temperamento, por vibración intelectual, por elcorrer violento de la sangre; frío, sereno, reposado el otro, por laglacial y predominante fuerza de la razón. Caudillo, tribuno, oracacique de barrio, ora diplomático de alto vuelo el primero; el segundo,soldado. ¿Soldado, con la religión del deber; el primero, bajo ladisciplina, soldado, según la idea moderna y exacta? No lo sé; pero, sí,soldado en su corte moral, en sus propósitos, en sus ambiciones, en elideal de su vida, trazada de antemano como la trayectoria de una bala decañón. ¿Qué tenía que hacer semejante hombre en el Perú, después de lavictoria? La independencia era un hecho ya y su consagración definitiva,Junín, Ayacucho, cuestión de días más.

¿Y luego? ¿Ser dictador del Perú,crear, por un movimiento de orgullo, ese absurdo de Bolivia, rotulándolocon su nombre, volver a Buenos Aires, hacerse dictador en el hecho,saltar una tarde por la ventana ante la conspiración que avanza, salvadopor su querida, para ir a pasar la noche bajo el arco de un puentemiserable y salir al alba con el rostro lívido y el traje maculado?...No, San Martín no era el hombre de ese corte.

Había concluido su misión.¿Lo invadió, además, el desencanto profundo de los que llegan a la meta,y allí, fría el alma, repiten el triste gemido del salmista? Tal vez...Pero el hecho es que era un hombre concluido. ¿Volver a su patria,hundirse en la estéril abnegación de Belgrano, deshojar uno a uno suslaureles, luchando, como el vencedor de Tucumán, contra oscuros gauchosque lo vencían... o verse, en un consejo militar, burlado por un Moldeso un Dorrego, petulantes, irritables y escépticos, bolívares pequeños,turbulentos e implacables por trepar al poder? No era ese su corte, lorepito, y eso, felizmente para su gloria.

Tengo, pues, para mí, que San Martín, al embarcarse en el Callao paraGuayaquil, y al sentarse en aquel sofá al lado de Bolívar, dominándolocon su alta talla, tenía ya resuelto en el fondo de su espíritu todo elproblema. No hubo misterio, no hubo la abnegación desgarradora que sedice; hablaron un cuarto de hora sobre el tema, una hora sobre símismos... y todo quedó arreglado. Un fisiólogo hubiera previsto elretiro de San Martín, como un astrónomo el regreso de tal o cual cometa,siguiendo ambos las leyes de la naturaleza, inmutables en los cieloscomo en el microcosmos humano...

Después de la partida de San Martín, el antagonismo entre colombianos yargentinos se acentuó más aún; la arrogancia recíproca dio origen a latriste página de Arequito, lo que no impidió más tarde las heroicidadesde los granadinos y de los hijos del Plata en los campos de Junín yAyacucho. Pero, cuando sonó la hora del regreso, para volver a lapatria, a morir, casi todos ellos, en las oscuras guerras civiles, salvolos elegidos que hallaron tumba gloriosa en Ituzaingó... ¡cómo setendieron y estrecharon esas manos varoniles encallecidas por la espaday cómo se humedecieron esos ojos iluminados siempre en la batalla!Trepando en la áspera senda de la gloria, llegaron simultáneamente a lacumbre, y allí, con la cara torva, se miraron como debieron hacerloJiménez de Quezada y Belalcázar, al encontrarse frente a frente en lasabana de Bogotá, partidos, el uno del norte y el otro del sur, despuésde largos meses de martirio... Más tarde, los colombianos contaban a sushijos el duro batallar de la Independencia, la figura de Necochea, delMurat argentino, abriéndose camino, con su sable entre el muroespañol... y a su vez, los argentinos, los pocos que vegetaban aún enlas largas y tristes veladas de la tiranía, narraban en voz baja lashazañas pasadas, cuando Córdoba avanzaba como un héroe legendario, a lavoz de «¡Paso de vencedores!» Y los dos pueblos que habían dado libertada la América y confundido su sangre en la batalla, dejaban a lageneración que los seguía, ese legado de cariño, de simpática respetoque hoy muestra Colombia para la Argentina y la Argentina para Colombia.

No nos volvimos a encontrar en las rutas de la historia. Harto que hacerteníamos con nosotros mismos, ocupados en sangrarnos hasta laextenuación, como si hubiéramos querido fecundar la tierra patria con eljugo de nuestras venas. Pasaron los años, y un día, día feliz para mí,me toca en suerte ir a decir a Colombia que el pueblo argentino no sehabía olvidado del pasado y que le tendía su mano, no ya para batallar,sino para avanzar unidos en la paz y en el progreso. Cómo fue recibidaesa palabra, no lo olvidaré nunca, como tampoco la sensación inefable,grave y profunda, que se siente cuando el destino nos llama, en uno deesos momentos, a representar a la patria en el extranjero.

¿En el extranjero?... Debía tener nuestro idioma otra palabra paradesignar los pueblos idénticos a nosotros. No puedo habituarme adesignar con la misma voz a un uruguayo o a un colombiano, que a unalemán o a un ruso. En el corte moral somos iguales, como en el tipofísico, en las maneras, en el calor de los cariños, en la rapidez delentusiasmo, y ¿lo diré?, en la ligereza con que nos formamos opiniónsobre las cosas y sobre los hombres. Concebimos bajo las mismas leyesintelectuales, como aspiramos a la fortuna con idéntico propósito, asícomo, con igual desenfado, la echamos por la ventana, una vezconseguida. Un bogotano, un cachaco exquisito, pobre como Adán, habíatenido la suerte de ser designado por el gobierno para conducir a Quitono sé qué piedra conmemorativa de la independencia. Como es natural,recibió de antemano su viático, suma bastante redonda. Cuando llegué,era tal su cariño por la República Argentina y tal su deseo demanifestármelo, ¡que supe estaba resuelto en emplear todo su viático endarme un baile! Me costó un triunfo disuadirlo por medio de un amigo. Esel mismo cachaco que decía, no sé en qué ocasión solemne en que había decelebrar algo grande: «¡Vamos a calaverear la república!»...

¿No osparece oír hablar a un compatriota?

Luego, la sociabilidad, las mujeres... ¡Idénticas, mis amigos!Caprichosas, dominantes, ocupando en la sociedad aquel puesto de laArgentina que asombraba al escritor brasileño Quintino Bocayuva y lehacía atribuir, en gran parte, nuestro desenvolvimiento. ¿Y la historia?Una noche, el doctor Núñez, a quien había pedido me explicase lafiliación de algunas aberraciones en la organización política deColombia, lo hacía de tal manera, que me obligó a preguntarle: ¿Perodónde ha aprendido usted tan a fondo la historia argentina? Las mismasluchas entre las ideas y las cosas, entre las teorías y los hechosfatales, nacidos del estado social; las mismas aspiraciones vagas delnúcleo inteligente, estrellándose contra la atonía de la masa, comoentre nosotros, contra el empuje semibárbaro del caudillaje. Agregad laidentidad de origen, la petulancia andaluza, que no perdió nada al pasarel mar, unida al vago fatalismo árabe que empuja al abandono, recordadque jamás argentinos y colombianos discutieron un palmo de tierra nicambiaron una nota agria por las mil fútiles causas que la diplomaciadesocupada inventa, y comprenderéis porqué vive vigorosa y creciente esasimpatía entre los dos pueblos, que nada puede cambiar y que llevaba ala acción será un día la garantía más firme, la única, de la anheladapaz del continente sudamericano.

Hay que partir; el carruaje espera a la puerta, y los buenos amigos quevan a acompañarme hasta el confín de la sabana, están listos. Rueda elcoche por las angostas calles, pasamos la plaza de San Victorino, y enlas últimas casas de la ciudad me vuelvo para darle la mirada de adiós.Siempre he dejado un sitio con la seguridad de volver... ¡pero Bogotá!

Las cinco horas que empleamos hasta llegar a Manzanos fueron para mítristes, a posar de la charla animada y espiritual de Roberto Suárez,Carlos Sáenz y Julio Mallarino, que me acompañaban. Una vez en la posadadonde debíamos pasar la noche, nos preocupamos de la forzosarestauración de dessous le nez, como dice Rabelais. Mallarino habíasostenido que en Manzanos había vino, lo que hacía inútil el trabajo dellevarlo desde Bogotá. Una vez en la mesa, supimos que no había más quecerveza de Cuervo (a quien respeto como filólogo, como sabio, como todo,menos como cervecero) y.... ¡Champaña! Pero,

¡qué Champaña, mis amigos!Suárez sostenía que era de la casa de Mallarino, y éste lo amenazaba conun juicio por difamación, olvidando que en Colombia no los hay. Al fin,nos tendimos en unas camas flacas como las vacas de Faraón, pobladas demagros insectos que bien pronto entraron en campaña. No pude dormir; alalba me levanté, hice ensillar tranquilamente mi mula; mi compañero deviaje, un simpático y respetable caballero establecido en Honda, hizootro tanto y antes de partir, entré en el cuarto de mis amigos paradarles el abrazo del estribo.

Dormían y respeté su sueño. Al bajar,encontré a Sáenz, con quien me indemnicé. Me arregló mis zamarros y unasespuelas oregonas de media vara que me había regalado él mismo, meenvuelvo bien en mi ruana, y apretando por última vez la mano a aquelamigo, que sabe el cielo si lo volveré a encontrar en los azares de lavida, nos pusimos en marcha. Eran las seis y media de la mañana.

Con decir que las bestias que llevábamos eran de Piquillo, he dicho sucalidad superior. Del mismo modo que M. André, en la Tour du Monde,como creo que ya he contado, entregó a la execración universal al que lealquiló mulas en Honda, a mi vez, impulsado por un sentimientohumanitario y cumpliendo un acto de justicia, recomiendo a todo el quehacia aquellos mundos se lance, emplear las mulas de Piquillo. Mulitasvalerosas, trepando la cuesta empinada con su pasito menudo peroincansable, nos hicieron el viaje delicioso. Marchar por la montaña enlas primeras horas de la mañana, sanos de cuerpo y espíritu, bienmontados y en medio de los cuadros de una naturaleza que va cambiandolentamente sus perspectivas, es una sensación de las más gratas queconozco.

Al llegar al Alto de Robles, nos detuvimos un instante y miré largo eintenso la tendida sabana rodeada de montes; y allá en el tendido fondo,entre las nubes de la mañana, el Monserrat, a cuyo pie duerme Bogotá...Y en marcha.