En Viaje (1881-1882) by Miguel Cané - HTML preview

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(BYRON, Ch. II. III.)

¡Eternamente bello ese arco triunfal del suelo americano!

Parece que elmar hubiera sido atraído a aquella ensenada por un canto irresistible yque, al besar el pie de esas montañas cubiertas de bosques, al reflejaren sus aguas los árboles del trópico y los elegantes contornos de loscerros, cuyas almas dibujan sobre un cielo profundo y puro, líneas deuna delicadeza exquisita, el mismo océano hubiera sonreído desarmado,perdiendo su ceño adusto, para caer adormecido en el seno de la armoníaque lo rodeaba. Jamás se contempla sin emoción ese cuadro, y no seconcibe cómo los hombres que viven constantemente con ese espectáculo alfrente, no tengan el espíritu modelado para expresar en altas ideastodas las cosas grandes del cielo y de la tierra. Tal así, la naturalezahelénica, con sus montañas armoniosas y serenas, como la marcha de unastro, su cielo azul y transparente, las aguas generosas de sus golfos,que revelan los secretos todos de su seno, arrojó en el alma de losgriegos ese sentimiento inefable del ideal, esa concepción sin igual dela belleza, que respira en las estrofas de sus poetas y se estremece enlas líneas de sus mármoles esculpidos. Pero el suelo de la Grecia estáenvuelto, como en un manto cariñoso, por una atmósfera templada y sana,que excita las fuerzas físicas y da actividad al cerebro. Sobre lascostas que baña la bahía de Río de Janeiro, el sol cae a plomo en capasde fuego, el aire corre abrasado, los despojos de una vegetaciónlujuriosa fermentan sin reposo y la savia de la vida se empobrece en elorganismo animal.

Así, bajad del barco que se mece en las aguas de la bahía; habéis vistoen la tierra los cocoteros y las palmeras, los bananos y los dátiles,toda esa flora característica de los trópicos, que hace entrar por losojos la sensación de un mundo nuevo; creéis encontrar en la ciudad unaatmósfera de flores y perfumes, algo como lo que se siente alaproximarse a Tucumán, por entre bosques de laureles y naranjales, o alpisar el suelo de la bendecida isla de Tahití... Y bien, ¡quedáossiempre en el puerto!

¡Saciad vuestras miradas con ese cuadroincomparable y no bajéis a perder la ilusión en la aglomeración confusade casas raquíticas, calles estrechas y sucias, olores nauseabundos yatmósfera de plomo!... Pronto, cruzad el lago, trepad los cerros y aPetrópolis. Si no, a Tijuca. Petrópolis es más grandiosa y los cuadrosque se desenvuelven en la magnífica ascención no tienen igual en laSuiza o en los Pirineos. Pero prefiero aquel punto perdido en el declivede dos montañas que se recuestan perezosamente una en brazos de la otra,prefiero Tijuca con su silencio delicioso, sus brisas frescas, suscascadas cantando entre los árboles y aquellos rápidos golpes de vistaque de pronto surgen entre la solución de los cerros, en los que pasarápidamente, como en un diorama gigantesco, la bahía entera con susondas de un azul intenso, la cadena caprichosa de la ribera izquierda,las islas verdes y elegantes, la ciudad entera, bellísima desde laaltura. No llega allí ruido humano, y esa calma callada hace que elcorazón busque instintivamente algo que allí falta: el espíritusimpático que goce a la par nuestra, la voz que acaricie el oído con sutimbre delicado, la cabeza querida que busque en nuestro seno un refugiocontra la melancolía íntima de la soledad...

¡Proa al Norte, proa al Norte!

Una que otra, bella noche de luna a la altura de los trópicos. El martranquilo arrastra con pereza sus olas pequeñas y numerosas; loshorizontes se ensanchan bajo un cielo sereno. La soledad por todaspartes y un silencio grande y solemne, que interrumpe sólo la eternahélice o el fatigado respirar de la máquina. A proa, cantan losmarineros; a popa, aislados, algunos hombres que piensan, sufren yrecuerdan, hablando con la noche, fijos los ojos en el espacio abierto,y siguiendo sin conciencia el arco maravilloso de un meteoro deincomparable brillo que, a lo lejos, parece sumergirse en las calladasaguas del Océano. Abajo, en el comedor, el rechinar de un piano agrio ydestemplado, la sonora y brutal carcajada de un jugador de órdago, elruido de botellas que se destapan, la vocería insípida de un juego deprendas.

Sobre el puente, el joven oficial de guardia, inmóvil,recostado sobre la baranda, meciéndose en los infinitos sueños delmarino y reposando en la calma segura de los vientos dormidos.

Depronto, cuatro pipas encendidas como hogueras, aparecen seguidas de suspropietarios. Hablan todos a la vez: cueros, lanas, géneros o aceites...El encanto está roto; en vano la luna los baña cariñosa, los envuelve ensu encaje, como pidiéndoles decoro ante la simple majestad de subelleza. Hay que dar un adiós al fantaseo solitario e ir a hundirse enla infame prisión del camarote...

He aquí las costas de África, Goroa, con su vulgar aspecto europeo;Dakar, con sus arenales de un brillo insoportable, sus palmasraquíticas, su aire de miseria y tristeza infinita, sus negrillos en suspiraguas primitivas o nadando alrededor del buque como cetáceos. Lafalange de a bordo se aumenta; todos esos «pioneers» del África vienenquebrantados, macilentos, exhaustos. Las mujeres transparentes,deshechas, y aun las más jóvenes, con el sello de la muerte prematura.Así subió en 1874

aquella dulce y triste criatura, aquella hermana decaridad de 20

años, que volvía a Francia después de haber cumplido sutiempo en los hospitales del Senegal. Silenciosa y tímida, quiso marcharsola al pisar la cubierta; sus fuerzas flaquearon, vaciló y todas lasseñoras que a bordo se encontraban, corrieron a sostenerla. Todos losdías era conducida al puente, para respirar y absorber el airevivificante del Océano: los niños la rodeaban, se echaban a sus pies ypermanecían quietecitos, mientras ella les hablaba con voz débil como unsoplo e impregnada de ese eco íntimo y profundo que anuncia ya laliberación. ¡Jamás mujer alguna me ha inspirado un sentimiento máscomplejo que esa joven desgraciada; mezcla de lástima, respeto, cariño,irritación por los que la lanzaron a esa vía de dolor, indignacióncontra ese destino miserable! Parecía confundida por los cuidados que leprodigaban; hablaba, con los ojos húmedos, de los seres queridos que ibaa volver a ver, si Dios lo permitía... A la caída de una tarde serena seabrió ante nuestras miradas ávidas el bello cuadro de la Gironde,rodeado de encantos por las sensaciones de la llegada. La alegríareinaba a bordo; se cambiaban apretones de manos, había sonrisas hastapara los indiferentes. Cuando salvamos la barra y aparecieron lasrisueñas riberas de Paulliac, con sus castillos bañados por el últimorayo de sol, sus viñedos trepando alegres colinas... la hermana decaridad llevaba sus dos manos al pecho, oprimía la cruz y levantando losojos al cielo, rendía la vida en una suprema y muda oración... Cuando lanoticia, que corrió a bordo apagando todos los ruidos y extinguiendotodas las alegrías, llegó a mis oídos, sentí el corazón oprimido, y misojos cayeron sobre estas palabras de un libro de Dickens, que, por unacoincidencia admirable, acababa de leer en ese mismo instante: «No essobre el suelo donde concluye la justicia del cielo. Pensad en lo que esla tierra, comparada al mundo hacia el cual esa alma angelical acaba deremontar su vuelo prematuro, y decidme, si os fuere posible, por elardor de un voto solemne, pronunciado sobre ese cadáver, llamarlo denuevo a la vida, decidme si alguno de vosotros se atrevería a hacerlooír»...

¡Salud al Tajo mezzo-cuale! ¡Qué orillas encantadas! Es unaperspectiva como la de esos juguetes de Nuremberg, con sus campos verdesy cultivados, sus casillas caprichosas en las cimas y los millares demolinos de viento que, agitando sus brazos ingenuos, dan movimiento yvida al paisaje. He ahí la torre de Belén, que saludo por quinta vez.¿Cómo es posible filigranar la piedra a la par del oro y la plata? ¿Dedónde sacaban los algarbes el ideal de esa arquitectura esbelta,transparente, impalpable?

Hemos perdido el secreto; el espíritu modernova a la utilidad y la obra maestra es hoy el cubo macizo y pesado deRegent's Street o de la Avenida de la Opera. Un albañil árabe ideaba yconstruía un corredor de la Alhambra o del Generalife, con sus pilaresinvisibles, sus arcos calados; todos los ingenieros de Francia se reúnenen concurso, y el triunfador, el representante del arte moderno,construye el teatro de la Opera, esto es, ¡un aerolito pesado, informe,dorado en todas las costuras!

El ancla cae; una lancha se aproxima, dentro de la cual hay dos o treshombres éticos y sórdidos; se les alargan unos papeles en la punta deuna tenaza. Apruebo la tenaza, que garantiza la salud de a bordo,probablemente comprometida con el contacto de aquellos caballeros.Estamos en cuarentena. Los viajeros flamantes se irritan y blasfeman;los veteranos nos limitamos a citarles el caso de aquel barco de velasalido de San Francisco de California con patente limpia y llegado aLisboa, habiendo doblado el Cabo Hornos y después de nueve meses denavegación, sin hacer una sola escala y que fue puesto gravemente encuarentena, a causa de haber arribado en mala estación. Porque esnecesario saber que en Lisboa la cuarentena se impone durante losprimeros nueve meses del año y se abre el puerto en los últimos tres,haya o no epidemias en los puntos de donde vinieron los buques quearriban a esa rada hospitalaria.

Esta suspensión de hostilidades tienepor objeto sacar a licitación la empresa del lazareto, fuente principalde las rentas de Portugal. ¿Estamos?

Bajan veinte personas; cada una pagará en el lazareto dos pesos fuertesdiarios, es decir, todas, en diez días, dos mil francos. Venimos a bordomás de 300 pasajeros, que descenderíamos todos si no hubiese cuarentena,pasaríamos medio día y una noche en Lisboa, gastando cada uno, términomedio, en hotel, teatro, carruaje, compras, etc., 15 pesos fuertes;total, unos 20.000 francos, aproximadamente, de los que cinco o seisentrarían por derechos, impuestos, alcabalas, patentes y demás, en lasarcas fiscales. Economía portuguesa.

¡Qué rápida y curiosa decadencia la de Portugal! La naturaleza parecehaber designado a Lisboa para ser la puerta de todo el comercio europeocon la América. Su suelo es admirablemente fértil y sus productosbuscados por el mundo entero. En los grandes días, tuvo el solconstantemente sobre sus posesiones.

Sus hazañas en Asia fueron útiles ala Inglaterra. Vasco dobló el cabo para los ingleses, y los esfuerzospara colonizar las costas africanas tuvieron igual resultado. Laindependencia del Brasil fue el golpe de gracia, y en el día... ¡nadielee a Camöens!

El golfo de Vizcaya nos ha recibido bien y la Gironde agita sus flancos,cruje, vuela, para echar su ancla frente a Pauillac antes de anochecer.A lo lejos, entre las márgenes del río que empiezan a borrarse envueltasen la sombra, vemos venir dos lanchas a vapor. Desde hace dos horas, lamitad de los pasajeros están con su saco en la mano y cubiertos con elsombrero alto, al que un mes de licencia ha hecho recuperar la formacircular y que, al volver al servicio, deja en la frente aquella rayacruel, rojiza, que el famoso capitán Cutler, de Dombey and Son,ostentaba eternamente. Una lancha, es la de la agencia.

Pero, ¿la otra?Para nosotros, oh, infelices, que hemos hecho un telegrama a Lisboa,pidiéndola, a fin de proporcionarnos dos placeres inefables; primero,evitar ir con todos ustedes, sus baúles enormes, sus loros, sus pipas,etc., y segundo, para pisar tierra veinte horas antes que el común delos mortales. El patrón del vaporcito lanza un nombre; respondo, reúnolos compañeros, me acerco a algunas señoras para ofrecerles un sitio enmi nave, que rehúsan pesarosas; un apretón de manos a algunos oficialesde la Gironde que han hecho grata la travesía, y en viaje.

Es un sensualismo animal, si se quiere, pero no vivo en las alturasetéreas de la inmaterialidad y aquella cama ancha, vasta, las sábanas deun hilo suave y fresco, el silencio de las calles, el suelo inmóvil, medan una sensación delicada. Al abrir los ojos a la mañana, entra misecretario. Conoce Burdeos al revés y al derecho; ha visto el teatro,los Quinquonces, ha trepado a las torres, ha bajado a las criptas yvisitado las momias, ha estado en la aduana y sabe qué función se da esanoche en todos los teatros. Y entretanto, ¡yo dormía! El no lo concibe,pero yo sí. A la tarde, le anuncio que me quedaré a reposar un par dedías en Burdeos y una nube cubre su cara juvenil. Tiene la obsesión deParís; le parece que lo van a sacar de donde está, que va a llegartarde, que es mentira, un sueño de convención, ajustado entre losnombres para dar vuelta la cabeza a media humanidad...

Así, ¡qué brilloen aquellos ojos, cuando le propongo que se vaya a París esa mismanoche, con algunos compañeros, y que me espere allí! Titubea un momento;yendo de noche, no verá las campiñas de la Turena, Angulema, Poitiers,Blois, ¡pero París!

¡Y vibrante, ardoroso como un pájaro a quien dan lalibertad, se embarca con el alma rebosando llena de himnos!

CAPITULO II

En París.

En viaje para París.—De Bolivia a Río de Janeiro en mula.—

LaTurena.—En París.—El Louvre y el Luxemburgo.—

Cómo debe visitarseun museo.—La Cámara de Diputados: Gambetta.—El Senado: Simon yPelletán.—El 14 de Julio en París.—La revista militar: M.Grévy.—Las plazas y las calles por la noche.—La Marsellesa.—

Lasesión anual del Instituto.—M. Renán.

A mi vez, pero con toda tranquilidad, tomo el tren una linda mañana, yempezamos a correr por aquellos campos admirables.

Los viajerosamericanos conocemos ya la Francia, París y una que otra gran ciudad dellitoral. La vida de la campiña nos es completamente desconocida. Es unode los inconvenientes del ferrocarril, cuya rapidez y comodidad hadestruido para siempre el carácter pintoresco de las travesías. Mi padreviajó todo el Mediodía de la Francia y la Italia entera en una pequeñacalesa, proveyéndose de caballos en las postas. Sólo de esa manera sehace conocimiento íntimo con el país que se recorre, se pueden estudiarsus costumbres y encontrar curiosidades a cada paso. Pero entre losextremos, el romanticismo no puedo llegar nunca a preferir una mula a un express. Uno de mis tíos, el coronel don Antonio Cané, después de lamuerte del general Lavalle, en Jujuy, acompañó el cuerpo de su generalhasta la frontera de Bolivia, junto con los Ramos Mexía, Madero, Frías,etc. Quedó enfermo en uno de los pueblos fronterizos, y cuando suscompañeros se dispersaron, unos para tomar servicio en el ejércitoboliviano, otros en dirección a Chile o Montevideo, él tomó una mula yse dirigió al Brasil, que atravesó de oeste a este, llegando a Río deJaneiro después de seis u ocho meses, habiendo recorrido no menos de 600leguas. Más tarde, su cuñado don Florencio Varela, le interrogaba sincesar, deplorando que la educación y los gustos del viajero no lehubieran permitido anotar sus impresiones. Cané había realizado eseviaje estupendo, deteniéndose en todos los puntos en que encontrababuena acogida... y buenas mozas. Pasado el capricho, volvía a montar sumula, y así, de etapa en etapa, fue a parar a las costas del Atlántico.Admiro, pero prefiero la línea de Orleans,

sobre

la

que

volamos

en

estemomento,

desenvolviéndose a ambos lados del camino los campos luminososde la Turena, admirablemente cultivados y revelando, en su solo aspecto,el secreto de la prosperidad extraordinaria de la Francia. Los canalesde irrigación, caprichosos y alegres como arroyos naturales, se sucedensin interrupción. De pronto caemos a un valle profundo, que serpea entredos elevadas colinas cubiertas de bosques; por entre los árboles,aparece en la altura un castillo feudal, de toscas piedras grises, cuyavetustez característica contrasta con la blancura del humilde hameau que duerme a su sombra; las perspectivas cambian constantemente, y losnombres que van llegando al oído, Angulema, Bois, Amboise,Chatellerault, Poitiers, etc., hacen revivir los cuadros soberbios de lavieja historia de Francia...

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Ya las aldeas y villorrios aumentan a cada instante, se aglomeran yprecipitan, con sus calles estrechas y limpias, sus casas de ladrilloquemado, sus techos de pizarra y teja. Los caminos carreteros sonanchos, y el pavimento duro y compacto, resuena al paso de la pesadacarreta, tirada por el majestuoso percherón, que arrastra sin esfuerzocuatro grandes piedras de construcción, con sus números rojizos. Luego,túneles, puentes, viaductos, calles anchas, aereadas, multitud deobreros, movimiento y vida. Estamos en París.

A mediodía, una visita a los viejos amigos queridos, que esperan dulce ypacientemente y que, para recibiros, toman la sonrisa de la Joconda, seenvuelven en los tules luminosos de la Concepción, o despojándose de susropas, ostentan las carnes deslumbrantes de Rubens. Al Louvre, alLuxemburgo; un día el mármol, otro el color, un día a la Grecia, otro alRenacimiento, otro a nuestro siglo soberbio. Pero lentamente, misamigos; no como un condenado, que empieza con la «Balsa de la Medusa»

yacaba con los «Monjes» de Lesueur y sale del Museo con la retinafatigada, sin saber a punto fijo si el Españoleto pintaba Vírgenes;Murillo, batallas; Rafael, paisajes, o Miguel Ángel, pastorales. Dulce,suavemente; ¿te gusta un cuadro? Nadie te apura; gozarás másconfundiendo voluptuosamente tus ojos en sus líneas y color, que en lafrenética y bulliciosa carrera que te impone el guía de una sala a otra.El catálogo en la mano, pero cerrado; camina lentamente por el centro delos salones: de pronto una cara angélica te sonríe. La miras despacio;tiene cabellos de oro y cuyo perfume parece sentirse; los ojos, clarosy profundos, dejan ver en el fondo los latidos tranquilos de una almaarmoniosa. Si te retiene, quédate; piensa en el autor, en el estado desu espíritu cuando pintó esa figura celeste, en el ideal flotante de suépoca, y luego, vuelve los ojos a lo íntimo de tu propio ser, anima losrecuerdos tímidos que al amparo de una vaga semejanza asoman suscabecitas y temiendo ser importunos, no se yerguen por entero. Luego,olvídate del cuadro, del arte, y mientras la mirada se paseainconsciente por la tela, cruza los mares, remonta el tiempo, da riendasuelta a la fantasía, sueña con la riqueza, la gloria o el poder, sienteen tus labios la vibración del último beso, habla con fantasmas. Sóloasí puede producir la pintura la sensación profunda de la música; sóloasí, las líneas esculturales, ondeando en la gradación inimitable de lasformas humanas, en el esbozo de un cuello de mujer, en las curvaspurísimas, y entre los griegos castas, del seno; en los hombroscontorneados de una virgen de mármol o en el vigor armónico de un efebo;sólo así, da la piedra el placer del ritmo y la melodía. Naturalmente,la materialidad de la causa limita el campo; una cabeza del Ticiano, unabacanal de Rubens, un interior de Rembrandt, un monje de Zurbarán, daránuna serie de impresiones definidas, vinculadas al asunto de la tela. Heahí por qué el mármol y el lienzo son inferiores a la música, que abrehorizontes

infinitos,

dibuja

catedrales

medioevales,

envuelve en nubesde blanca luz sideral, lleva en sus ondas invisibles mujeres de unabelleza soñada, os convierte en héroes, trae lágrimas a los ojos,pensamientos serenos al cerebro, recorre, en fin, la gama entera einfinita de la imaginación...

A las dos de la tarde, a la Cámara o al Senado. En la primera presideGambetta, con su eterno espíritu chispeante, levantando un debate de losbajos fondos del fastidio como una palabra que trae sonrisas hasta a loslabios legitimistas. Un ruido infernal, una democracia viva ypalpitante, un movimiento extraordinario; en la tribuna, elocuencia demala ley, verbosa y vacía unas veces, metódica y abrumadora otras. Heahí que la trepa una nueva edición de los ministros de guerraargentinos, de antes de la expedición al Río Negro; oigámosle: «La razónpor la cual no ha sido posible batir hasta ahora a Alboumena, essimplemente la falta de caballos. El árabe, veloz, ligero, sin losútiles que la vida civilizada hace indispensables al soldado francés,vuela sobre las llanuras,

mientras

el

pesado

jinete

europeo

lo

persigueinútilmente». Conozco, conozco el refrán. He aquí un comunista melenudoque acaba de despeñarse desde la cúspide de la extrema izquierda paratomar la tribuna por asalto, donde gesticula y vocifera pidiendo laabolición del presupuesto de cultos. Las izquierdas aplauden; el centroescribe, lee, conversa, se pasea, perfectamente indiferente; la derechaatruena el aire con interrupciones. Un hombre delgado reemplaza alfanático y lo

sucede

con

la

misma

intemperancia,

intransigencia,procacidad vulgar: es el obispo de Angers. Las izquierdas ríen acarcajadas, el centro sonríe, la derecha protesta, aplaude con frenesí.Gambetta lee tranquilamente, de tiempo en tiempo, sin apartar los ojosdel libro, estira la mano y busca a tanteo la campanilla y la hacevibrar: « Silence, Messieurs, s'il vous plait! »—repiten cuatroujieres, con voz desde soprano hasta bajo subterráneo. Nadie hace caso;el ruido aumenta, se hace tormenta, luego el caos. El orador se detieney la ausencia de su letanía llama a la vida real a Gambetta, que levantala cabeza, ve las olas alborotadas, destroza una regla contra la mesa,da un campanilleo de cinco minutos, adopta un aire furibundo, se pone depie y grita: « Mais c'est intolérable! Veuillez écouter, Messieurs! »Luego, toma el anteojo de teatro, recorre las tribunas pobladas deseñoras, hace sus saludos con la mano, recibe veinte cartas, habla concuarenta diputados que suben a su asiento para apretarle la mano; ymientras lee, mira, habla, escribe o bosteza, agita sin reposo laincansable regla contra la mesa, y repite, de rato en rato, como parasatisfacción de conciencia, su eterno « Veuillez écouter, Messieurs! »,que los ujieres, como un eco, propagan por los cuatro ámbitos delsemicírculo.

Entretanto, abajo se desenvuelven escenas de un cómico acabado; elintransigente Raspail da de tiempo en tiempo un grito y Gambetta loinvita a acercarse a la tribuna a fin de poder ser oído en susinterrupciones sin sacrificio de su garganta.

Baudry-d'Asson, un nulo dela derecha, cuyo faldón izquierdo está en manos del obispo de Angers,lanza improperios a cada instante, a pesar de los reiterados tirones desu mentor; a despecho

del

orador,

se

traban

diálogos

particularesinsoportables; los ministros, en los bancos centrales, conversan

conanimación,

mientras

son

vehemente

y

personalmente interpelados en latribuna, y sobre toda aquella vocería, movimiento, exasperaciones,risas, gritos y denuestos, las tribunas silenciosas, graves, inmóvilesen su perfecto decoro.

En el Senado, el ideal de Sarmiento. Desde las altas tribunas, la Cámaraparece un campo de nieve. Cabezas blancas por todas partes. Preside LeónSay, con su insoportable voz de tiple, gangosa y nasal. Ancianos queentran apoyándose en sus bastones y cuyos nombres vuelan por la barra.Son las viejas ilustraciones de la Francia, en las letras, en las artes,en la industria, en la ciencia y en la política. Bulliciosos también losviejecitos; los años no les pueden hacer olvidar que son franceses. Laregla y la campanilla del presidente están en continuo movimiento. Elespectador tiene gana de exclamar: « Fi donc, Messieurs; a votre âge! »Nadie escucha al orador, hasta que la orden del día llama a la discusiónde la ley de imprenta, en revisión de la Cámara de Diputados. Por unartículo se impone a los funcionarios públicos la acusación de calumnia.Julio Simon se dirige a la tribuna; distinguidísima figura de anciano,cara inteligente, voz débil y una habilidad parlamentaria portentosa.Protesta contra el espíritu del artículo; a su juicio, los funcionariostienen el derecho de ser calumniados; su única acción, la única defensaa que deben acudir, es su conducta, irreprochable, sin sombras. Encuestiones de prensa quiere la libertad hasta la licencia. Se le oye conatención y respeto; pero los republicanos de la situación creen que elpropósito del adversario de Gambetta es destruir la bondad de la ley,llevando las concesiones hasta los últimos límites y haciéndola odiosa alas clases conservadoras. Simon está en pleno triunfo; hace pocos días,con motivo de la ley de educación, ha conseguido introducir por asaltoel nombre de Dios en la cola de un artículo.

Por el momento, desenvuelveuna lógica de hierro, y ocupando audazmente el terreno de suscontrarios, hace flamear con más vigor su propio estandarte. La derechaaplaude y vota con él. Un hombre de fisonomía adusta, entrecano, vozfuerte, sucede en la tribuna al eminente filósofo. Es Pelletán, elriguroso contendor del imperio, el compañero de Simon en el CuerpoLegislativo, el autor de aquellos panfletos candescentes de Laprofesión de fe del siglo XIX, el Mundo marcha, etc. No habla,pontifica; no arguye, declama. Se agita como sobre un trípode y suspalabras se arrastran o retumban con acentos proféticos. Destruye, noobstante, la sofística de Simon, y sin injuriarlo por su intención, hacever el caos que sobrevendría a la prensa sin ningún género de moderador.El voto le da el triunfo.

Luego, la sesión se arrastra, levántome y tomo mi sombrero paratrasladarme al Palacio Borbón. En el Senado encuentro siempre vacía latribuna diplomática; en la Cámara tengo que llegar temprano, paraobtener un buen sitio. Es que aquí, Gambetta por sí solo, es unespectáculo, y todos los extranjeros de distinción que llegan a París,obtienen tarjetas de sus ministros respectivos, se instalan en latribuna diplomática y se hacen insoportables por sus preguntas eninglés, alemán, turco, italiano o griego, sobre quién es el que habla,si Gambetta hablará, cuál es Paul de Cassagnac, cuál Clemenceau, dóndeestá Ferry, por qué se ríen, cuál es la derecha, etc., etc.

Estaba en París el 14 de julio y presencié la fiesta nacional.

Larevista militar en Longchamps fue pequeña: 15.000 hombres a lo sumo.

He ahí los altos dignatarios del Estado. El aspecto de M.

Grévy me traea la memoria un pensamiento de La Bruyère, que él sin duda ha meditado:«Los franceses aman la seriedad en sus príncipes». Aquel rostro es depiedra; las facciones tienen una inmovilidad de ídolo, los ojos noexpresan nada y miran siempre a lo lejos, los labios no tienen color niexpresión. Movimientos de una cultura glacial, de una rigidezautomática, aunque sin afectación. Es el tipo de la severa seriedadrepublicana, como Luis XIV lo fue de la pomposa seriedad monárquica. Eldirector Posadas decía en 1814: «No conseguiremos vivir tranquilamente yen orden mientras seamos gobernados por personas con quienes nosfamiliaricemos». Es una verdad profunda que puede aplicarse a todos lospueblos; el poder requiere formas exteriores, graves, serenas, y el quelo ejerce debo rodearse, no ya de la majestad deslumbradora de una cortereal, pero sí de cierto decoro que imponga a las masas. M. Grévy, nosólo es querido y respetado hoy por todos los republicanos franceses,sino que los partidos extremos, hasta las irascibles duquesas del viejorégimen, tienen por él alta consideración.

Gambetta, casi obeso, rubicundo, entrecano, lo acompaña, así como LeónSay y los ministros. Todos los anteojos se clavan en el grupo, pero laprimera mirada es para Gambetta. El prestigio del poder atrae y fascina.¡Qué fuertes son los hombres que consiguen sobreponerse a esa atmósferade embriaguez en que viene envuelta la popularidad!...

Llega la noche; la circulación de carruajes se ha prohibido en lasarterias principales. Por calles traviesas me hago conducir hasta laaltura del Arco de Triunfo, echo pie a tierra, enciendo un buencigarro, trabajo por la moral pública ocultando mi reloj para evitartentaciones a los patriotas extranjeros y heme al pie del monumento,teniendo por delante la Avenida de los Campos Elíseos, con su bellísimaondulación, literalmente cuajada de gente e iluminada a giorno pormillares de picos de gas y haces de luz eléctrica. Me pongo en marchaentre el tumulto. Del lado del bosque, el cielo está cubierto demiriadas de luces de colores, cohetes, bombas que estallan en lasalturas y caen en lluvias chispeantes, violetas, rojizas, azules,blancas, anaranjadas. Al frente, en el extremo, sobre la multitud queculebrea en la Avenida, la plaza de la Concordia parece un incendio. Ami lado, por

delante,

hacia

atrás,

el

grupo

constante,

eternamentereproducido, aquel grupo admirable de Gautier en su monografía del bourgeois parisiense, el padre, empeñoso y lleno de empuje, remolcandoa su legítima con un brazo, mientras del otro pende el heredero cuyospies tocan en el suela de tarde en tarde. La mamá arrastra otro como unafragata a un bote. Se extasían, abren la boca, riñen a los muchachos,alejan con ceño adusto al marchand de coco, al de pain d'épices, quepasa

su

mercancía

por

las

narices

infantiles

tentándolasdesesperadamente. Un movimiento se hace al frente; un cordón de obreros,blusa azul, casquette sobre la oreja, se ha formado de lado a lado dela Avenida. Avanzan en columna cerrada cantando en coro la Marsellesa.Algunos llevan banderas nacionales en la gorra o en la mano. Chocan conun grupo de soldados, éstos, más circunspectos, pero cantando laMarsellesa.

Una colisión es inevitable; espero ver trompadas, bastonazosy coups de savate. Por el contrario, fraternizan, se abrazan, Vive laRépublique! y vuelta a la Marsellesa. Más adelante, un grupo deobreros, blusa blanca, del brazo, dos a dos, cantas la Marsellesa ypasan sin fraternizar junto a los de blusa azul.

Algunos ómnibus ycarruajes desembocan por las calles laterales; el cochero, que no traebandera, es interpelado, saludado con los epítetos de mauvais citoyen,de réac, etc. Me detengo con fruición debajo de un árbol, porqueespero que aquel cochero va a ser triturado, lo que será para mi unespectáculo de incomparable dulzura, una venganza ligera contra toda laespecie infame de los cocheros de París. Pero aquél es un engueuleur de primera fuerza. Habla al pueblo con acento vinoso, dice mil gracejosinsolentes, en el argot más puro del voyou más canalla, y porfin... canta la Marsellesa. La muchedumbre se hace más compacta a cadamomento y empiezo a respirar con dificultad.

Llegamos a la plaza de laConcordia: el cuadro es maravilloso.

Al frente, la rue Royale,deslumbrando y bañada por las ondas de un poderoso foco de luz eléctricaque irradia desde la esquina de la Magdalena. A la derecha, los jardinesde las Tullerías, claros como en medio del día, con sus juegos de agua ylas estatuas con animación vital bajo el reflejo. Un muchacho se meacerca: Pour un sou, Monsieur, la Marseillaise, avec des nouveauxcouplets.

Compro el papel, leo la primer copla de circunstancias y loarrojo con asco. Más tarde, otro y otro. Todos tienen versos obscenos. Achetez le Boulevardier, vingt centimes! Compro el Boulevardier; lasaventuras de ces dames de Mabille y del Bosque, con sus nombres yapellidos, sus calles y números, sobre todo, los actos y gestos de laBarronne d'Ange... ¡Indigno, innoble! Entro un instante en el jardín;¡imposible caminar!

Regreso, y, paso a paso, consigo tomar la línea delos boulevares.

La misma animación, el mismo gentío, con más bullicio,porque los cafés han extendido sus mesas hasta el medio de la calle.

LaMarsellesa atruena el aire. ¡Adiós, mi pasión por ese canto de guerrapalpitante de entusiasmo, símbolo de la más profunda sacudida del rebañohumano! ¡Me persigue, me aturde, me penetra, me desespera! Tomo laprimer calle lateral y marcho durante diez minutos con rapidez. El ruidose va alejando, la calma vuelve, hay un calor sofocante, pero respirolibremente bajo el silencio. Dejo pasar una hora, porque me seríaimposible dormir: ¡mi cuarto da sobre el bulevar! Al fin me decido yvuelvo al bullicio: las 12 de la noche han sonado y no queda ya en lasanchas veredas, desde el bulevar Montmartre hasta la plaza de la Opera,sino uno que otro grupo de retardatarios, y aquellas sombras lívidas,flacas y míseras, que corren a lo largo del muro y os detienen con lafalsa sonrisa que inspira una piedad profunda... Todo ha pasado, elpueblo se ha divertido y M. Prud'homme, calándose el gorro de noche,dice a su esposa: Madame Prud'homme, on a beau dire: nous sommes dansla décadence. Sous Sa Majesté Louis-Philippe!

Otro aspecto de ese mundo infinito de París, en el que se confundentodas las grandezas y miserias de la vida, desde las alturasintelectuales que los hombres veneran, hasta los ínfimos fondos decorrupción cuyos miasmas se esparcen por la superficie entera de latierra, es la sesión anual del Instituto para la distribución depremios. Renán, no sólo debe presidir, lo que es ya un atractivoinmenso, sino que pronunciará el discurso sobre el premio Monthyon,destinado a recompensar la virtud.

El pequeño semicírculo está rebosando de gente; pero la concurrencia noes selecta. Falta el atractivo picante de una recepción; sólo se ven lasfamilias de aquellos que la Academia ha sido bastante indiscreta paradesignar a la opinión como los futuros laureados. Pero reina en aquelrecinto un aire tal de serenidad, se respira una atmósfera intelectualtan suave y tranquila, que es necesario hacer un esfuerzo parapersuadirse de que se está en pleno París y en la sala de sesiones delcuerpo que agita al mundo con sus ideas y progresos. Los ujieres sonpolíticos,

afables,

hablan

gramaticalmente,

como

corresponde a cerebrosacadémicos, y cuando el extranjero les pregunta el nombre de alguno delos inmortales cuya fisonomía le ha llamado la atención, responden consuma familiaridad, como si se tratara de un amigo íntimo; Mais c'estSimon, Monsieur!—Pardon;

et

celui-là?—Ah!

celui-là,

c'est

Labiche:drôle de tête, hein?

A las dos en punto de la tarde, las bancas se llenan y los miembros delInstituto llegan con trabajo a sus asientos, invadidos por las señoras,que obstruyen los pasadizos con sus colas y crinolinas. M. Renán ocupala presidencia, teniendo a su derecha a M. Gaston Boissier, y a suizquierda a M. Camille Doucet, uno que agitará poco la posteridad. Lostres ostentan la clásica casaca de palmas verdes, que les da ciertoaspecto de loros, aquella casaca tan anhelada por de Vigny, que el díade su recepción, encontrando en los corredores de la Academia aSpontini, con palmas hasta en la franja del pantalón, se echó en susbrazos exclamando: Ah! mon cher Spontini, l'uniforme est dans lanature!

Dejemos pasar un largo y correcto discurso de M. Doncet, que el ancianolee en voz tan baja, que es penoso alcanzarla. Un gran movimiento sehace, el silencio se restablece y una voz fuerte, ligeramente áspera,empieza así: «Hay un día en el año, señores, en que la virtud esrecompensada». Es M. Renán quien habla.