En Viaje (1881-1882) by Miguel Cané - HTML preview

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El placer de los viajes es un don divino: requiere en sus adeptos unconjunto de condiciones que no se encuentran en cada boca-calle, y deahí que el criterio común o la platitud burguesa no alcanzan acomprender que pueda haber en los viajes y en las emigraciones gocealguno; sólo ven en la traslación de un punto a otro la interrupción dela vida diaria y rutinera, las incomodidades materiales; tienen queencontrarse con cosas desconocidas y eso los irrita, los incomoda,porque tienen el intelecto perezoso y acostumbrado ya a su trabajomecánico y conocido.

Pero los pocos que saben apreciar y comprender lo que significan losviajes, viven de una doble vida, pues les basta cerrar un instante losojos, evocar un paisaje contemplado, y éste revive con una intensidad devida, con un vigor de colorido, con una precisión de los detalles queparece transportarnos al momento mismo en que lo contemplamos por vezprimera y borrar así la noción del tiempo transcurrido desde entonces.

La vida es tan fugaz, que no es posible repetir las impresiones; másbien dicho, que no conviene repetirlas. En la existencia del viajero, elrecuerdo de una localidad determinada, reviste el colorido que letrasmite la edad y el criterio del observador: si, con el correr deltiempo, regresa y quiere hacer revivir in natura la impresión deantaño, sólo cosechará desilusiones, porque pasan los años, se modificael criterio y las cosas cambian. Mejor es no volver a ver: conservar lailusión del recuerdo, que fue una realidad. Así se vive doblemente.

El señor Cané parece tener pocas simpatías por esa vida, quizá porque laencuentra contemplativa, y considera que restringe la acción y la lucha.¡Error! ¡El viajero, cuyo temperamento lo lleve a la lucha, se serviráde sus viajes para combatir en su puesto, y lo hará quizá con mejorcriterio, con armas de mejor precisión que el que jamás abandonó sutertulia sempiterna!

Es lástima que el autor de En Viaje no tenga el «fuego sagrado» delviajero, porque habría podido llegar al máximum de intensidad en laobservación y en la descripción de sus viajes.

No puedo resistir al placer de transcribir algunos párrafos, verdaderaexcepción en el tono general del libro, y en los que describe a Fort-de-France, en la Martinica:

«Las fantasías más atrevidas de Goya, las audacias coloristas de Fortunyo de Díaz, no podrían dar idea de aquel curiosísimo cuadro. El jovenpintor venezolano que iba conmigo, se cubría con frecuencia los ojos yme sostenía que no podría recuperar por mucho tiempo la percepción deirapporti, esto es, de las medias tintas y las gradaciones insensiblesde la luz, por el deslumbramiento de aquella brutal crudeza. Había en laplaza unas 500 negras, casi todas jóvenes, vestidas con trajes de percalde los colores más chillones, rojos, rosados, blancos.

Todas escotadas ycon los robustos brazos al aire; los talles fijados debajo del áxila yoprimiendo el saliente pecho, recordaban el aspecto de las merveilleuses del Directorio. La cabeza cubierta con un pañuelo deseda, cuyas dos puntas, traídas sobre la frente, formaban como dospequeños cuernos.

Esos pañuelos eran precisamente los que herían losojos; todos eran de diversos colores, pero predominando siempre aquelrojo lacre, ardiente, más intenso aún que ese llamado en Europa lavadel Vesubio; luego, un amarillo rugiente, un violeta tornasolado, ¡quése yo! En las orejas, unas gruesas arracadas de oro, en forma de tubosde órgano, que caen hasta la mitad de la mejilla. Los vestidos de largacola y cortos por delante, dejando ver los pies... siempre desnudos.Puedo asegurar que, a pesar de la distancia que separa ese tipo denuestro ideal estético, no podía menos de detenerme por momentos acontemplar la elegancia nativa, el andar gracioso y salvaje de lasnegras martiniqueñas.

»Pero cuando esas condiciones sobresalen realmente, es cuando se las ve,despojadas de sus lujos y cubiertas con el corto y sucio traje deltrabajo, balancearse sobre la tabla que une al buque con la tierra, bajoel peso de la enorme canasta de carbón que traen en la cabeza... Al piedel buque y sobre la ribera, hormigueaba una muchedumbre confusa ynegra, iluminada por las ondas del fanal eléctrico. Eran mujeres quetraían carbón a bordo, trepando sobre una plancha inclinada las quevenían cargadas, mientras las que habían depositado su carga descendíanpor otra tabla contigua, haciendo el efecto de esas interminables filasde hormigas que se cruzan en silencio. Pero aquí todas cantaban el mismocanto plañidero, áspero, de melodía entrecortada. En tierra, sentadosobre un trozo de carbón, un negro viejo, sobre cuyo rostro en éxtasiscaía un rayo de luz, movía la cabeza con un deleite indecible, mientrasbatía con ambas manos, y de una manera vertiginosa, el parche de untambor

que

oprimía

entre

las

piernas,

colocadas

horizontalmente. Era unredoble permanente, monótono, idéntico, a cuyo compás se trabajaba.Aquel hombre, retorciéndose de placer, insensible al cansancio, mepareció loco»...

Y termina el señor Cané su descripción de Fort-de-France con estaslíneas en que trasmite la impresión que le causó un bamboula:

«...Me será difícil olvidar el cuadro característico de aquel montóninforme de negros cubiertos de carbón, harapientos, sudorosos, bailandocon un entusiasmo febril bajo los rayos de la luz eléctrica. El tamborha cambiado ligeramente el ritmo, y bajo él, los presentes que no bailanentonan una melopea lasciva. Las mujeres se colocan frente a los hombresy cada pareja empieza a hacer contorsiones lúbricas, movimientosondeantes, en los que la cabeza queda inmóvil, mientras las caderas,casi dislocadas, culebrean sin cesar. La música y la propia imaginaciónlas embriaga; el negro del tambor se agita como bajo un paroxismo másintenso aún, y las mujeres, enloquecidas, pierden todo pudor. Cadaoscilación es una invitación a la sensualidad, que aparece allí bajo laforma más brutal que he visto en mi vida; se acercan al compañero, seestrechan, se refriegan contra él, y el negro, como los animalesenardecidos, levanta la cabeza al aire y echándola en la espalda,muestra su doble fila de dientes blancos y agudos. No hay cansancio;parece increíble que esas mujeres lleven diez horas de un rudo trabajo.La bamboula las ha transfigurado. Gritan, gruñen, se estremecen, y pormomentos se cree que esas fieras van a tomarse a mordiscos. Es labacanal más bestial que es posible idear, porque falta aquel elementoque purificaba hasta las más inmundas orgías de las fiestas griegas: labelleza...

*

* *

El libro del señor Cané, es, en apariencia, una sencilla relación deviaje. Dedica sucesivamente seis capítulos a la travesía de Buenos Airesa Burdeos, a su estadía en París y en Londres, y a la navegación desdeSaint-Nazaire a La Guayra. Entonces, en un capítulo—cuya demasiadabrevedad se deplora—habla de Venezuela, pero más de su pasado que de supresente.

En seguida, en seis nutridos y chispeantes capítulos, describe supintoresco viaje de Caracas a Bogotá; su paso por el mar Caribe; elviaje en el río Magdalena, y las últimas jornadas hasta llegar a lacapital de Colombia. A esta simpática república presta preferentísimaatención el autor: no sólo se ocupa de su historia, describe a sucapital, sino que pinta a la sociedad bogotana, sin olvidar—como lo hadicho M. Groussac—el obligado párrafo sobre el Tequendama. Detiénese elautor en estudiar la vida intelectual colombiana en el capítulo, en miconcepto, más interesante de su libro, y sobre el cual volveré másadelante. El regreso le da tema para varios capítulos en que se ocupa deColón, el canal de Panamá, y sobre todo de Nueva York. Y

aquí vuelve denuevo la clásica descripción del Niágara.

Tal es en esqueleto el libro de Cané. Prescindo de los primeroscapítulos, a pesar de que insistiré sobre el de París, porque si bien sulectura es fácil, las aventuras a bordo del Ville de Brest no ofrecenextraordinario interés. Poco tema da el autor sobre Venezuela: más biendicho, deja al lector con su curiosidad integra, sobreexcitada, pero nosatisfecha. Sus pinceladas son vagas; parece como si quisiera concluirpronto, como si tuviera entre manos brasas ardientes. ¿Por qué?

En cambio, sus pinturas de Bogotá, de la sociedad y de los literatoscolombianos, es realmente seductora: nos hace penetrar en un recintohasta ahora casi desconocido por la generalidad, especie de gyneceo original causado por el relativo aislamiento de la vida de Colombia. Nome cansaré de ponderar esta parte del libro de Cané. Pocas lecturas másfructíferas, pocas más agradables; ejerce sobre el lector algo como unafascinación.

Hay ahí una mezcla sapientísima del utile cum dulci.

Por lo demás, el libro entero está salpicado de juicios atrevidos, deobservaciones profundas. La superficialidad aparente es rebuscada: elautor, sin quererlo, se olvida con frecuencia de que se ha prometidoser tan sólo un jovial a la vez que quejumbroso compañero de viaje. Alcorrer de la pluma, ha emitido juicios de una precisión y exactitudadmirables. Otras veces ha lanzado ideas que van contra la corrientegeneral. El lector no se detiene mucho en los capítulos sobre París yLondres, cuando en la rápida lectura encuentra tal o cual opinión sobreFrancia o Inglaterra. Pero poco a poco comprende que hay allí intenciónpreconcebida, y cuando llega a los capítulos

sobre

Colombia,

seencuentra

insensiblemente

engolfado en un análisis sutil de aquellaconstitución, que, según el dicho de Castelar, «ha realizado todos losmilagros del individualismo moderno». Entonces se refriega los ojos,vuelve a leer, y con asombro halla que el autor critica—y critica confuerza—el régimen federal de gobierno. Y no es la única página en queel libro ejerce una influencia sugestiva, forzando a meditar. Haypárrafos, al tratar del canal de Panamá y de los Estados Unidos, quehacen abrir tamaños ojos de asombro.

Pero sobre algunas cuestiones tuvo ya el autor un cambio de cartas conel señor Pedro S. Lamas, como puede verse en la Revue Sud-Americaine.No volveré, pues, sobre ello, siquiera por el vulgarísimo precepto de non bis in ídem.

Imposible me sería analizar con detención todas y cada una de las partesde este libro. Y ya que he dicho con franqueza cuál es la opinión quesobre él he formado, séame permitido ocuparme de algunos de losvariadísimos tópicos que han merecido la atención del autor.

*

* *

Corto es el capítulo que dedica a su estadía en París el señor Cané. Yes lástima. En esas breves páginas, hay dos o tres cuadrosverdaderamente de mano maestra. Pero el autor ha sido demasiado parco:su pluma apenas se detiene: la Cámara, el Senado, la Academia: he ahí loúnico que ha merecido su particular atención.

Los párrafos dedicados a las Cámaras son bellísimos: los retratos deGambetta, de Julio Simon y de Pelletán, perfectamente hechos.

Es, en efecto, en sumo grado interesante, asistir a los debates de lasCámaras francesas. Cuando aún estudiaba el que esto escribe en París(1879-1880), acostumbraba asistir con la regularidad que le eraposible, a las discusiones parlamentarias.

Entonces era necesario ir expresamente por ferrocarril hasta Versailles,donde aún funcionaba el Poder Legislativo.

Gracias a la nunca desmentida amabilidad del señor Balcarce, nuestrodigno Ministro en París, conseguía con frecuencia entradas para latribuna diplomática, donde, entonces como hoy, era necesario—sonpalabras del doctor Cané—«llegar temprano para obtener un buen sitio».

La sala de sesiones de la Cámara de Diputados era realmente espléndida.Hace parte del gran palacio de Luis XIV y es cuadrilonga. El presidenteestaba enfrente de la tribuna diplomática, en un pupitre elevado,teniendo a la misma altura, pero a su espalda, de un lado a variosescribientes, de otro a varios ordenanzas. Una escalera conducía a suasiento. Más abajo, la celebrada tribuna parlamentaria, a la que se subepor dos escaleras laterales. Detrás de ésta, y a ambos lados, una seriede secretarios escribiendo o consultando libros o papeles, sea pararecordar al presidente qué es lo que se hizo en tal circunstancia, o losantecedentes del asunto, o cualquier dato necesario.

Al pie de la tribuna parlamentaria estaba el cuerpo de taquígrafos.Entre ellos y el resto de la sala existía un espacio por donde circulabaun mundo de diputados, ujieres, ordenanzas, etcétera.

En seguida, formando un anfiteatro en semicírculo, están los asientos delos diputados, con pequeñas calles de trecho en trecho. Cada diputadotiene un sillón rojo y en el respaldo del sillón que se encuentraadelante hay una mesita saliente para colocar la carpeta en la que llevasus papeles, apuntes, etcétera.

La derecha, entonces, como hoy, era minoría; el centro y la izquierda,la gran mayoría.

Frente al cuerpo de taquígrafos encontrábanse los asientos ministerialesy para los subsecretarios de Estado.

Las fracciones parlamentarias, perfectamente organizadas, tienen susespadas como sus soldados en lugares adecuados, los unos más cerca, losotros más alejados del medio. El primero con quien tropezaba al entrarpor la puerta de la derecha era... M.

Paul de Cassagnac. El primero conquien se encontraba uno al entrar por la puerta de la izquierda era elgran orador M.

Clemenceau. El duelista de la derecha: M. de Cassagnac;el de la izquierda: M. Perrin.

La tribuna de la prensa estaba debajo de la del cuerpo diplomático. Enla misma fila están las destinadas a la presidencia de la República, alos presidentes de la Cámara y Senado, a los miembros del Parlamento,etc: todos los dignatarios tienen su tribuna especial. Más arribaestaban las llamadas galerías, donde es admitido el público, siempre quepresente sus tarjetas especiales.

Las sesiones son tumultuosísimas. Se camina, se habla, se grita, segesticula, se ríe, se golpea, se vocifera, mientras habla el orador,

alunísono.

En

presencia

de

semejante

mar

desencadenado, se comprende queel orador no sólo debe tener talento sino sangre fría, golpe de vista yaudacia a toda prueba.

La mímica le es indispensable, y la voz tiene queser tonante y poderosa para dominar aquella vociferación infernal. Tieneque apostrofar con viveza, que conmover, que hacerse escuchar.

He

asistido

a

sesiones

agitadísimas,

a

la

del

incidenteCassagnac-Goblet, a la de la interpelación Brame, y a la de lainterpelación Lockroy, que tanto conmovió a París en mayo del 79. Tiempohace de esto, pero mis recuerdos son tan frescos que podrían describiraquellos debates como si recién los presenciara.

He oído, o más bien dicho: visto, oradores que no pudieron hacerseescuchar y que bajaron de la tribuna entre los silbidos de loscontrarios y las protestas de los amigos; otros, como el bonapartistaBrame, en su fogosa interpelación contra el Ministro del Interior, M.Lepère, dominaban el tumulto; M. Lepère en la tribuna, estuvo un cuartode hora sin poder imponer silencio, en medio de una desordenadavociferación de la derecha, y de los aplausos y aprobación de laizquierda, hasta que, haciendo un esfuerzo poderoso, gritando como unenergúmeno, acalló momentáneamente el tumulto, para apostrofar a laderecha, diciendo: «vociferad, gritad, puesto que las interpelaciones noson para vosotros sino pretexto de ruidos y exclamaciones.

No bajaré dela tribuna hasta la que os calléis!...»

¡Qué tumulto espantoso! Presidía M. Senard, el viejo atleta del foro ydel parlamento francés, pero tan viejo ya que su voz débil y

susmovimientos

penosos

eran

impotentes:

agitaba

continuamente una enormecampana (pues no es aquello una campanilla) de plata con una mano, y conla otra golpeaba la mesa con una regla. Los ujieres, con gritosestentóreos de «un poco de silencio, señores— s'il vous plait, dusilence», no lograban tampoco dominar la agitación. La derechavociferaba y hacía un ruido ensordecedor con los pies; la izquierdapedía a gritos:

«la

censura,

la

censura».

Fue

preciso

amonestarseriamente a un imperialista, el barón Dufour, para que se restablecieseel silencio...

Concluye el ministro su discurso, y salta (materialmente: salta) sobrela tribuna el interpelante; vuelve a contestar el ministro, y torna denuevo el interpelante... ¡qué vida la de un ministro con semejantesparlamentos! El día entero lo pasa en esas batallas parlamentarias...supongo que el verdadero ministro es el subsecretario.

Gambetta, el tan llorado y popular tribuno, presidía cuando M.

deCassagnac desafió en plena Cámara a M. Goblet, subsecretario de Estado.Estaba yo presente ese día. ¡Qué escándalo mayúsculo! Pero Gambettadominó el tumulto, hizo bajar de la tribuna a Cassagnac, lo censuró, ycalmó la agitación.

He oído varias veces a M. Clemenceau, el gran orador radical.

Le oídefendiendo a Blanqui, el condenado comunista, que había sido electodiputado por Burdeos. Es uno de los oradores que mejor habla y que poseedotes más notables. Como uno de los contrarios (hay que advertir que laizquierda estaba en ese caso en contra de la extrema izquierda) legritara: «¡Basta!», él contestó sin inmutarse: «Mi querido colega,cuando vos nos fastidiáis, os oímos con paciencia. Nadie es juez ensaber si he concluido,

salvo

yo

mismo»,

y

después

de

este

apóstrofetranquilo, continuó su discurso...! Esa interpelación dio origen a unarespuesta sumamente enérgica por parte de M. Le Royer, entonces Ministrode Justicia.

La organización administrativa es además admirable. Las Cámaras sereúnen diariamente de 2 a 6½, y el cuerpo de taquígrafos da losoriginales de la traducción estenográfica a las 8 p. m. A las 12 p. m.se reparten las pruebas de la impresión y a las 6 de la mañana siguiente«todo París» puede leer íntegra la sesión de la tarde anterior en el Journal Officiel. Y todo esto sin contratos especiales, sin que cuesteun solo céntimo más, sin que las Cámaras voten remuneraciones especialesal cuerpo de taquígrafos y sin ninguna de esas demostraciones ridículaspara aquellos que están habituados a la vida europea. Recuérdese lo quepasó en 1877 entre nosotros, cuando se debatió la «cuestión Corrientes»: La Tribuna publicó las sesiones al día siguiente, y todos creyeron queera un... milagro.

Con el régimen parlamentario francés, la tarea es pesadísima para losdiputados (no tanto para los senadores), pero insostenible para losoradores. Y los ministros, que tienen que despachar los asuntos deministerios centralizados, que atender a lo que pasa en la Franciaentera, que proyectar reformas, que estudiar leyes, que contestarinterpelaciones, que preparar y corregir discursos: ¿cómo pueden hacertodo esto? A un hombre sólo le es materialmente imposible, y añádase aeso que tiene la obligación de dar reuniones periódicas, bailesoficiales, etc. ¡Qué vida! Se comprende que sería ella imposible sin unanumerosa legión de consejeros de Estado, de subsecretarios, desecretarios, de directores, etc., que no cambian con los ministros, sinoque están adscriptos a los ministerios. ¡Qué diferencia con nuestro modode ser! Entre nosotros, por regla general, los ministros están solos,pues los empleados, en vez de ser cooperadores de confianza, son merosescribientes, salvo, bien entendido, honrosas excepciones. Cuando sereflexiona sobre la existencia que lleva un ministro en países deaquella vida parlamentaria, parece difícil explicarse cómo puedenatender, despachar, contestar todo; y al mismo tiempo pensar y realizargrandes cosas.

*

* *

En el libro que motiva estas páginas, el autor, según lo declara, haprocurado contar, y contar ligeramente, «sin bagajes pesados». Estepropósito, probablemente, ha hecho que no profundice nada de lo queobserva, sino que se contente con rozar la superficie.

Uno de los rasgos más característicos de Colombia, es su poderosaliteratura. La raza colombiana es raza de literatos, de sabios, deprofundos conocedores del idioma: allí la literatura es un cultoverdadero, y no se sacrifican en su altar sino producciones castizas,pulidas, perfectas casi. El señor Cané, a pesar de su malhadadopropósito de «marchar con paso igual y suelto», y de su afectado desdénpor los estudios serios y concienzudos, llegando hasta decir: «Que nada,resiste en el día a la perseverante consulta de las enciclopedias», noha podido resistir, sin embargo, al deseo o a la necesidad de ocuparsede la faz literaria de Colombia. Condensa en 24 páginas un capítulo quemodestamente Titula: «La Inteligencia», y en el cual, protestando que noes tal su intención, el autor trata de perfilar a los primerosliteratos colombianos contemporáneos, en párrafos de redacción suelta, a la diable, para usar su propia expresión.

Habla de la facilidad peligrosa del numen poético en los colombianos; seocupa de don Diego Pombo, de Gutiérrez, González, de Diego Fallon, deJosé M. Marroquín, de Ricardo Carrasquilla, de José M. Samper, de MiguelA. Caro, y por último, de Rufino Cuervo. Tal es el contenido de esecapítulo, interesantísimo, sin duda, pero incompleto y demasiado a vuelo de pájaro. Leí con avidez esa parte del libro: creí encontrarmucho nuevo: los recuerdos de un hombre que ha estado en contacto con laflor y nata de los literatos de aquella nación privilegiada; laspicantes observaciones que presagiaba el sostenido prurito deescepticismo y cierta sal andaluza que campea con galana finura enmuchos pasajes de este libro.

Mi curiosidad, sin embargo, no fue del todo satisfecha. La NuevaRevista había publicado ya (1881) un interesante artículo de D. JoséCaicedo Rojas, sobre la poesía épica americana y sobre todocolombiana[1]; un importante y cruditísimo (1882) estudio de D. SalvadorCamacho Roldán, sobre la poesía colombiana, a propósito de GregorioGutiérrez González[2]; y finalmente (1883) un notable juicio de D.Adriano Páez, sobre José David Guarin[3]. En esos artículos se entrevéla riquísima y fecunda vida intelectual de aquel pueblo; pasan ante losojos atónitos

del

lector

centenares

de

poetas,

literatos,

historiadores,críticos, etc.; se descubre una producción asombrosa, una plétoraverdadera de diarios, periódicos, folletos y libros.

Y el que está algo al cabo de las letras en Colombia, aunque resida enBuenos Aires, conoce su numerosísima prensa, sus periódicos, susrevistas, sus escuelas literarias; la lucha entre conservadores yliberales, entre los grupos respectivamente encabezados por el Repertorio Colombiano y La Patria. Y por poco numerosas que sean lasrelaciones que se cultiven con gente bogotana, a poco el bufete se llenacon El Pasatiempo, El Papel Periódico Ilustrado, etc.

Nada de eso se encuentra en el libro de Cané. Él, periodista, haolvidado a la prensa. Y eso que la prensa de Colombia es especial,distinta bajo todos conceptos de la nuestra.

Pero se busca en vano el rastro de Julio Arboleda, de José E.

Caro, deMadiedo, de Lázaro María Pérez, de... en una palabra, de todos los quesobreviven de la exuberante generación de 1844

y 1846: Restrepo, ytantos otros. Y si esa época parece ya muy echada en olvido, queda la de1855 a 1858, en que tanto florecieron las letras colombianas: de esaépoca datan José Joaquín Ortiz, Camacho Roldán, Ancizar, Ricardo Silva,Salgar, Vergara y tantos otros...! Verdad es que el señor Cané declaraque «no es su propósito hacer un resumen de la historia literaria deColombia». Bien está; pero cuando se dedica un capítulo a la inteligencia de un país, preciso es presentarla bajo todas sus faces,mostrar su filiación, recordar sus más ilustres representantes...

El autor de En viaje añade, sin embargo, a renglón seguido: «si heconsignado algunos nombres, si me he detenido en el de algunas de laspersonalidades más notables en la actualidad, es porque, habiendo tenidola suerte de tratarlas, entran en mi cuadro de recuerdos». Valga comoexcusa, pero es lástima, y grande, que no se haya decidido a examinarcon mayor detención tema tan rico como interesante.

En ese capítulo falta, pues, una exposición metódica, no digo de lahistoria literaria de Colombia, sino del estado actual de la literaturaen aquel país; ni se mencionan nombres como los de Borda, Arrieta,Isaacs, Obeso y tantos otros descollantes; nada sobre la Academia, sustrabajos, y, sobre todo, ese inexplicable silencio acerca del periodismobogotano!

Quizá haya tenido el Sr. Cané alguna razón para incurrir en esasomisiones: sea, pero confieso que no alcanzo cuál puede ser.

Lo deplorotanto más cuanto que por las páginas escritas, se deduce con qué humour—para emplear esa intraducible locución—se habría ocupado detoda aquella literatura. Hay, pues, que contentarse con los rápidosbocetos que nos traza.

Pero el Sr. Cané, con esa redacción a la diable—como él mismo lacalifica—se deja arrastrar de su predilección: acaba de decirnos quesólo se ocupa de las personalidades «que ha tenido la suerte de tratar»,y sin embargo, su entusiasmo lo lleva a dedicar gran parte del capítuloa Gutiérrez González, poeta notabilísimo, es cierto, pero que murió enMedellín, el 6 de julio de 1872...

Se ocupa largamente de Rafael Pombo, el famoso autor del canto de Edda, que dio la vuelta a América, y que mereció entre la avalancha decontestaciones, una hermosísima de Carlos Guido y Spano, «Pombo—segúnel Sr. Cané—es feo, atrozmente feo. Una cabecita pequeña, boca gruesa,bigote y perilla rubia, ojos saltones y miopes, tras unas enormesgafas... Feo, muy feo.

Él lo sabe y le importa un pito». Refiere elautor una aventura de la Sra. Eduarda Mansilla de García con Pombo, y afe que lo hace con chiste y oportunidad.

Dice el Sr. Cané que Rafael Pombo, a pesar de las reiteradas instanciasde sus amigos y de ventajosas propuestas de editores, nunca ha queridopublicar sus versos coleccionados. Y hace con este motivo unaobservación que, por cierto, ha de causar alguna extrañeza entrenosotros, porque la costumbre que se observa es diametralmente opuesta.He aquí esa curiosa observación:

«Cuántas reputaciones poéticas hamuerto la manía del volumen, y cuántos arrepentimientos para el porvenirse crean los jóvenes que, cediendo a una vanidad pueril, se apresuran acoleccionar prematuramente las primeras e insípidas florecencias delespíritu, ensayos en prosa o verso...»

Pero el Sr. Cané es, a la verdad, un espíritu observador. Véase si no elsiguiente chispeante retrato de Diego Fallon, cuyos cantos A las ruinasde Suesca y A la luna son de tan extraordinario mérito. «Figuraos unacabeza correcta, con dos grandes ojos negros, deux trous qui lui vontjusqû'à l'âme, pelo negro, largo, echado hacia atrás; nariz y labiosfinos; un rostro de aquellos tantas veces reproducidos por el pincel deVan Dyck; un cuerpo delgado, siempre en movimiento, saltando sobre lasilla en sus rápidos momentos de descanso. Oídlo, porque es difícilhablar con él, y bien tonto es el que lo pretende, cuando tiene laincomparable suerte de ver desenvolverse en la charla del poeta el másmaravilloso kaleidoscopio que los ojos de la inteligencia puedancontemplar... hasta que el reloj da la hora y el visionario, el poeta,el inimitable colorista, baja de un salto de la nube dorada donde estabaa punto de creerse rey, y toma lastimosamente su Ollendorff para ir adar su clase de inglés, en la Universidad, en tres o cuatro colegios yqué se yo dónde más...»

El que eso ha escrito no es sólo un estilista, un Vanderbilt del idioma,es más aún; es un humorista, legítimo discípulo de Sterne, lectorasiduo quizá del Tristam Shandy. Esa fácil ironía, ese buen humorinagotable, esa fuerza superior de sarcasmo, por momentos alegre,sonriente, burlón, en una palabra «esa rapidez de impresiones y esoscontrastes siempre nuevos, son el secreto del humorista».

Y cuando pinta a Rufino Cuervo, el sapientísimo autor de las Apuntaciones

críticas

sobre

el

lenguaje

bogotano,

«trabajando contranquilidad, sin interrumpirse sino para despachar un cajón decerveza...»,—porque Cuervo no es ni más ni menos que cervecero. «Yomismo he embotellado y tapado, me decía Rufino» agrega el señor Cané...

Hablando de Carlos Holguín, dice que «...y esto sea dicho aquí entrenosotros, Holguín fue uno de los cachacos más queridos de Bogotá, quele ha conservado siempre el viejo cariño». Ahora bien, ¿quiere saberselo que es un cachaco? El autor se encarga de explicarlo, y lo hace conexquisita claridad. «El cachaco es el calavera de buen tono, decidor,con entusiasmo comunicativo, capaz de hacer bailar a diez esfingesegipcias, organizador de cuadrillas de a caballo en la plaza, el díanacional, dispuesto a hacer trepar su caballo a un balcón para alcanzaruna sonrisa; jugador de altura, dejando hasta el último peso en una mesade juego, a propósito de una rifa; pronto a tomarse a tiros con el quele busque, bravo hasta la temeridad...» Y aplíquese esa retrato alrespetable señor Holguín!

De don José María Samper, trae un rápido boceto: «ha escrito, dice, 6 u8 tomos de historia, 3 o 4 de versos, 10 o 12 de novelas, otros tantosde viajes, de discursos, estudios políticos, memorias, polémicas... quésé yo!... Naturalmente en esa mole de libros sería inútil buscar elpulimento del artista, la corrección de líneas y de tonos. Es un ríoamericano que corre tumultuoso, arrastrando troncos, detritus, arenas ypeñascos...».

En fin, largo sería seguir al autor en estos retratos, género literarioen que evidentemente descuella. Me he detenido en este punto, porqueparece que ahí se revela una nueva faz del talento del señor Cané. Tieneel don de daguerreotipar a una personalidad en pocas líneas, presenta laluz, la sombra, el claro oscuro que iluminan el retrato, poniendo derelieve su lado serio y su lado cómico. Busca siempre el efecto delcontraste. Y esto es lo que me mueve a decir que tiene tendencias a serun verdadero humorista.

¿Qué es efectivamente el humour? Un crítico célebre lo ha definidomagistralmente. Es, dice, el ímpetu de un espíritu dotado de la aptitudmás exquisita para sentir, comprender y explicar todo; es el movimientolibre, irregular y audaz de un pensamiento siempre dispuesto, que amaesas trampas tan temidas de los retóricos; las digresiones, y que seabandona con gracia a ellas cuando por casualidad encuentra un misteriodel corazón para aclararlo, una contradicción de nuestra naturaleza paraestudiarla, una verdad despreciada para enaltecerla: un pensamiento alcual atrae lo desconocido por un secreto magnetismo, y que, bajoapariencias ligeras, penetra en las más oscuras sinuosidades del mundomoral, da a todo lo que inventa, a todo lo que reproduce, el coloridodel capricho, y crea por el poder de la fantasía, una imagen móvil de larealidad, más móvil aún.

Ahora bien; léase con atención el último libro del señor Cané y seencontrará confirmada la exactitud de esa pintura en muchos y repetidospasajes. Y casi me atrevería a asegurar que es justamente en los pasajesen que el autor se ha abandonado con más naturalidad a esa tendencia,que el lector con más justicia se complace.

Edmundo De Amicis, en algunos de sus libros afortunados, ha hablado dela página magistral, la página clásica, la página estupenda que todoescritor debe tener conciencia de haber escrito o poder escribir, parapoder así llegar a la posteridad. Una de esas páginas, por ejemplo, esla que se refiere a la «riña de gallos» en el libro sobre España. Enaquellas 5 o 6 páginas, dice un crítico, se hallan reunidas, amalgamadashasta la cuarta potencia, todas las cualidades de De Amicis: la sutilezadel observador, el vigor del colorido, la elegancia del estilista, y,junto con todo esto, aquella variedad, abundancia y riquezaarchimillonaria

del

idioma,

por

lo

cual

es

verdaderamente descollante.

¿Pueden aplicarse estas palabras de Barrili al señor Cané? ¿El autor de En viaje ha condensado ya todas sus cualidades, ha dado su nota másalta? En cada libro que escribe el señor Cané, se revela una fazdistinta de su espíritu: esto hace difícil en extremo la tarea delcrítico severo, fácil a lo sumo la del benévolo, pues en justicia haytanto que alabar!

Por eso, una crítica justa—a pesar de que el señor Cané ha dicho quees la «que más difícilmente se perdona, como los palos que más sesienten son los que caen donde duele»—en este caso, puede con lealimparcialidad tributar cumplido elogio al escritor que se ha revelado humorista de buena ley, confirmando su vieja reputación de estilistabrillante.

*

* *

Y es lástima grande que con tan brillantes cualidades, no sea el señorCané más que un dilettante en las letras. Se nota que aquel autor nosiente en sí la vocación del escritor; escribe como un pis aller.Dotado como pocos para ello, jamás ha considerado a las letras sino comoun accesorio, y en el fondo se me ocurre que es el hombre másdesprovisto de vanidad literaria. Las letras son para él queridaspasajeras, que se toman y se dejan rehuyendo compromisos, y a las que nose pide sino el placer del momento, sin la preocupación del mañana. Sutemperamento, sus más vehementes inclinaciones, lo llevan a la vidapolítica, a la acción; es hombre de parlamento, orador nato, a quien elejercicio del poder,

sea

en

ministerios

o

a

la

cabeza

de

cualquieradministración, parece producir una satisfacción que degenera en dulceembriaguez. Es un literato que desdeña las letras, y a quien lapolítica, como Minotauro implacable, ha devorado sin remedio. Escribiráaún de vez en cuando, quizá, pero lo hará con la sonrisa de escepticismoen los labios, y como calaverada de gran señor.

La política es la gran culpable en la vida americana: fascina a lostalentos jóvenes, los seduce y los esteriliza para la producciónintelectual serena y elevada; los embriaga con la acción

efímera,

losgasta

y

los

deja

desencantados,

imposibilitándolos para volver al cultode las letras, y esclavizados por la fascinación de la vida pública.Sacrifican así, esos espíritus escogidos, una gloria seria y permanente,por una gloria inconsistente y del momento.

Cané principió por dejarse seducir por el diarismo político y derrochóun espléndido talento en escribir artículos de combate que,deslumbradores fuegos de artificio, vivieron lo que viven las rosas, elespacio de unas horas. ¿Quién se acuerda hoy de ellos?

Su propio autorlos ha olvidado quizá, y con razón, porque son producciones condenadasde antemano a muerte prematura.

Pero, si bien se explica que un hombre de ese temple sacrifique lasletras por la política, no se comprende cómo sacrifica la vida públicaactiva por la tranquilidad del ocio diplomático. Puede que eltemperamento un tanto epicúreo del autor de En Viaje algo hayainfluido en este súbito cambio de frente; pero renunciar a la vidaparlamentaria, a la prensa política, al gobierno activo, para refugiarseen un retiro diplomático, cuando se encontraba en plena juventud, sinhaber llegado siquiera a la mitad de la vida, lleno de vigor, deaspiraciones, de sangre bullidora...! Misterio! La vida diplomáticatiene, es cierto, nobilísima esfera de acción, pero para un hombre deesas condiciones se asemeja a un suicidio moral. Porque si las funcionesdiplomáticas permiten disponer de ocios, es preciso llenarlos, y si nose les llena con la labor literaria, un temperamento demasiado activocorre peligro de emplearlos en apurar hasta las heces el cáliz deCapua,—y ese cáliz es fatal.

Me hace acordar el señor Cané a la figura tan simpática y tan análoga deaquel brillantísimo espíritu francés que se llamó Prevost-Paradol;también fue un escritor que pudo haber fácilmente traspuesto las másaltas cumbres: dotes, preparación, ambición, todo poseía. El éxito lesonrió siempre... Pero abandonó las letras por la política, y cambió lalucha activa por el reposo diplomático. Aquel bello talento seesterilizó por completo.

Se me viene a la memoria un incidente verdaderamente gráfico en la vidade Prevost-Paradol. Un día, un amigo le decía: «¿Por qué no escribeusted la historia de las ideas parlamentarias? Hay ahí un librointeresante y digno de tentar su talento. Y él respondió: Qué feliz esusted de creer todavía en los libros, en las frases, y de encariñarsecon todos esos juguetes inútiles que sirven de pasatiempo a losdesocupados!... Y añadió: Sólo el poder es verdadero. Conducir a loshombres, dirigir sus destinos, llevarlos a la grandeza por caminos queno se les indica, preparar los acontecimientos, dominar a los hechos,forzar a la fortuna a obedecer, he ahí el objetivo que es preciso tenery que sólo alcanzan las voluntades fuertes y las inteligenciaselevadas!»

Se me figura que el diplomático Cané más de una vez pensará conmelancolía en esas palabras. Si es cierto que el epicureísmo le hahecho desertar de la lucha ardiente, se ha vengado de tal cobardía moralahogándolo en ese fastidio que eternamente pone de manifiesto el autorde En viaje. Aún es tiempo, sin embargo, de que reaccione; y si la vozaislada de un extraño pudiera servir de suficiente profecía, que no laconsidere como viniendo de una Casandra de aldea, sino que trate de nojustificar aquel verso famoso:

L'armure qu'il portait n'allait pas a sa taille.

Elle était bonne au plus pour un jour de bataille

Et ce jour-là fut court comme une nuit d'été.

Ernesto Quesada.

Mayo de 1884.

EN VIAJE

(1881-1882)

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Al pueblo colombiano, en estos momentos de amargura, dedica lareedición de este libro, como homenaje de respeto y cariño

MIGUEL CANÉ.

Diciembre de 1903.

DOS PALABRAS

Las páginas de este libro han sido escritas a medida que he idorecorriendo los países a que se refieren. No tengo por lo tanto lapretensión de presentar una obra rigurosamente sujeta a un plan deunidad, sino una sucesión de cuadros tomados en el momento de reflejarseen mi espíritu por la impresión.

Habiéndome el gobierno de mi país hechoel honor de nombrarme su representante cerca de los de Colombia yVenezuela, pensé que una simple narración de mi viaje ofrecería algúninterés a los lectores americanos, más al cabo generalmente de lo quesucede en cualquier rincón de Europa, que de los acontecimientos que sedesenvuelven en las capitales de la América española. Puedo hoy asegurarque las molestias y sufrimientos del viaje han sido compensados conusura por los admirables panoramas que me ha sido dado contemplar, asícomo por los puros goces intelectuales que he encontrado en el seno desociedades cultas e ilustradas, a las que el aislamiento material a quelas condena la naturaleza del suelo que habitan, las impulsa a aplicartoda su actividad al levantamiento del espíritu.

He procurado contar y contar ligeramente; pienso que un libro de viajesdebe marchar con paso igual y suelto, sin bagajes pesados, con buenhumor para contrarrestar las inevitables molestias de la travesía, concultura, porque se trata de hablar de aquéllos que nos dieronhospitalidad, y, sobre todo, sin más luz fija, sin más guía que laverdad. Cuando la pintura exacta de ciertas cosas me ha sido imposiblepor altísimas consideraciones que tocan a la delicadeza, he preferidoomitir los hechos antes que arreglarlos a las exigencias de misituación. Rara vez se me ha ofrecido ese caso; por el contrario, hasido con vivo placer cómo he llenado estas páginas que me recordaránsiempre una época que por tantos motivos ha determinado una transicióndefinitiva de mi vida.

En esta reedición, única que se ha hecho desde la publicación de Enviaje, en 1883, se ha suprimido bastante en los primeros capítulos, delos que sólo se han conservado algunos contornos trazados al pasar, que,como los de Gambetta, Gladstone y Renán, pueden interesar aún. El autorno ha agregado una sola palabra a su primera redacción. El lectorpodrá ver así si el tiempo ha sancionado o corregido los juicios que loshombres y las cosas de aquel tiempo y en aquella parte de Américasugirieron al autor.

Diciembre, 1903.

INTRODUCCIÓN

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Creo poder asegurar que el número total de argentinos que han llegado ala ciudad de Bogotá desde el siglo XVI hasta la fecha, no excederá dediez, inclusive el personal de la legación que iba por primera vez en1881 a saludar al pueblo en cuyo seno se desenvolvió la acción deBolívar. Ese aislamiento terrible, consecuencia de las dificultades decomunicación y causa principal, tal vez, de los tristes días por que hapasado la América española antes de su organización definitiva, no hasido tenido en cuenta por la Europa al formular sobre nuestrodesgraciado continente el juicio severo que aún no ha cesado de pesarsobre nosotros. Nos ha faltado la solidaridad, la gravitación recíproca,que une a los pueblos europeos en una responsabilidad colectiva, que losmantiene en un diapasón político casi uniforme, y que alienta y sostienede una manera indirecta, en los momentos de prueba, al que flaquea en laruta.

Las leyes históricas que presiden la formación de las sociedades,se han desenvuelto en todo su rigor en nuestras vastas comarcas. Elesfuerzo del grupo intelectual se ha estrellado estérilmente durantelargos años contra la masa bárbara, representando el número y la fuerza.La anarquía, esa cáscara amarga que envuelve la semilla fecunda de lalibertad, ha reinado de una manera uniforme en toda la América y porprocedimientos análogos en cada uno de los pueblos que la componen,porque las causas originarias eran las mismas. Para algunos paísesamericanos, esos años sombríos son hoy un mal sueño, una pesadilla queno volverá, porque ha desaparecido el estado enfermizo que la producía.¿Qué extranjero podrá creer, al encontrarse en el seno de la cultaBuenos Aires, en medio de la actividad febril del comercio y de todoslos halagos del arte, que en 1820 los caudillos semibárbaros ataban suspotros en las rejas de la plaza de Mayo, o que en 1840 nuestras madreseran vilmente insultadas al salir de las iglesias? Si el camino materialque hemos hecho es enorme, nuestra marcha moral es inaudita. A mis ojos,el progreso en las ideas de la sociedad argentina es uno de losfenómenos intelectuales más curiosos de nuestro siglo. Y al hablar delas ideas argentinas, me refiero a las de toda la América, aunque elfenómeno, por causas que responden a la situación geográfica, a lanaturaleza del suelo y a la poderosa corriente de emigración europea, nopresenta en ninguna parte el grado de intensidad que en el Plata.

Los americanos del Norte recibieron por herencia un mundo moral hecho detodas piezas: el más perfecto que la inteligencia humana haya creado. Enreligión, el libre examen; en política, el parlamentarismo; enorganización municipal, la comuna; en legislación, el habeas corpus yel jurado; en ciencias, en industria, en comercio... el genio inglés. Enel Sur, la herencia fatal para cuyo repudio hemos necesitado mediosiglo, fue la teología de Felipe II, con sus aplicaciones temporales, lapolítica de Carlos V y aquel curioso sistema comercial que, dejandoinerte el fecundo suelo americano, trajo la decadencia de la España, esedescenso sin ejemplo que puede encerrarse en dos nombres: de Pavía alTrocadero. Así, cuando en 1810 la América se levantaba, no ya tan sólocontra la dominación española, sino contra el absurdo, contra lainmovilidad cadavérica impuesta por un régimen cuya primer víctima fuela madre patria misma, se encontró sin tradiciones, sin esa conciencialatente de las cosas de gobierno que fueron el lote feliz de los pueblosque la habían precedido en la ruta de la emancipación. De los americanosdel Norte hemos hablado ya; hicieron una revolución «inglesa», fundadosen el derecho inglés. Por menos de las vejaciones sufridas, Carlos Imurió en el cadalso y Guillermo III subió al trono en 1688. Loshabitantes de los Países Bajos, al emprender su revolución gigantescacontra la España absolutista y claustral, al trazar en la historia delmundo la página que honra más tal vez a la especie humana, teníanprecedentes, se apoyaban en tradiciones, en la «Joyeuse Entrée», en lasviejas cartas de Borgoña. La Francia, en 89 tenía mil años de existencianacional, y si bien destruyó un régimen político absurdo, conservaba loscimientos del organismo social—93 fue un momento de fiebre;—vuelta lacalma, la libertad conquistada se apoyó en el orden tradicional.

Nosotros, ¿qué sabíamos? Difícil es hoy al espíritu darse cuenta de lasituación intelectual de una sociedad sudamericana hasta principios denuestro siglo. No teníamos la tradición monárquica, que implica por lomenos un ideal, un respeto, algo arriba de la controversia minadora dela vida real. Jamás un rey de España pisó el suelo de la América paramostrar en su persona el símbolo, la forma encarnada del derecho divino.¡Virreyes ridículos, ávidos, sin valor a veces para ponerse al frente depueblos entusiastas por la dinastía, acabaron de borrar en la concienciaamericana el último vestigio de la veneración por el personaje fabulosoque reinaba más allá de los mares desconocidos, que pedía siempre oro yque negaba hasta la libertad del trabajo!

No sabíamos nada, ni cómo se gobierna un pueblo, ni cómo se organiza lalibertad; más aún, la masa popular concebía la libertad como una vueltaal estado natural, como la cesación del impuesto, la abolición de lacultura intelectual, el campo abierto a la satisfacción de todos losapetitos, sin más límites que la fuerza del que marcha al lado, esto es,del antagonista.

La revolución americana fue hecha por el grupo de hombres que habíanconseguido levantarse sobre el nivel de profunda ignorancia de suscompatriotas. Las masas los siguieron para destruir, y en el impulsorecibido pasaron todos los límites. Al día siguiente de la revolución,nada quedó en pie y los hombres de pensamiento que habían procedido a laacción, fueron quedando tendidos a lo largo del camino, impotentes paradetener el huracán que habían desencadenado en su generoso impulso.Entonces aparecieron el gobierno primitivo, la fuerza, el prestigio, laaudacia, reivindicando todos los derechos.

¿Formas, tradiciones,respetos humanos? La lanza de Quiroga, la influencia del comandante decampaña, la astucia gaucha de Rosas. Y así, con simples diferencias deestilo e intensidad, del Plata al Caribe. Recibimos un mundo nuevo,bárbaro, despoblado,

sin

el

menor

síntoma

de

organización

racional[4]:¡mírese la América de hoy, cuéntense los centenares de millares deextranjeros que viven felices en su suelo, nuestra industria, laexplotación de nuestras riquezas, el refinamiento de nuestros gustos,las formas definitivas de nuestro organismo político, y dígasenos quépedazo del mundo ha hecho una evolución semejante en medio siglo!

¿Quiere esto decir que todo está hecho? ¡Ah! no.

Comenzamos. Pero lasconquistas alcanzadas no son de carácter transitorio, porque determinanmodos humanos, cuya excelencia, aprobada por la razón y sustentada porel bienestar común, tiende a hacerlos perpetuos.

El primer escollo ha sido para nosotros, no ya la forma de gobierno, quefue fatalmente determinada por la historia y las ideas predominantes dela revolución, sino la naturaleza del gobierno republicano, suaplicación práctica. La absurda concepción de la libertad en losprimeros tiempos originó la constitución de gobiernos débiles, sinmedios legales para defenderse contra las explosiones de pueblos sineducación política, habituados a ver la autoridad bajo el prismaexclusivo del gendarme. Esa debilidad produjo la anarquía, hasta que lareacción contra ideas falsas y disolventes, ayudada por el cansancio delas eternas luchas intestinas, trajo por consecuencia inmediata losgobiernos fuertes, esto es, las dictaduras. Y así han vivido la mayorparte de los pueblos americanos, de la dictadura a la anarquía, de laagitación incesante al marasmo sombrío. Es hoy tan sólo, cuando empiezaa incrustarse en la conciencia popular la concepción exacta delgobierno, que se dota a los poderes organizados de todos los medios dehacer imposible la anarquía, conservando en manos del pueblo lasgarantías necesarias para alejar todo temor de dictadura. En esesentido, la América ha dado ya pasos definitivos en una víainmejorable, abandonando tanto el viejo gusto por los prestigiospersonales, como

por

las

utopías

generosas

pero

efímeras

de

unaorganización política basada en teorías seductoras al espíritu, pero encompleta oposición con las exigencias positivas de la naturaleza humana.Sólo así podremos salvarnos y asegurar el progreso en el orden político.Soñar con la implantación de una edad de oro desconocida en la historia,consagrar en las instituciones el ideal de los poetas y de los filósofospublicistas de la escuela de Clarke, que escribía en su gabinete unaconstitución para un pueblo que no conocía, es simplemente pretendersubstraernos a la ley que determina la acción constante de nuestroorganismo moral, idéntico en Europa y en América.

Reformar, lentamente,evitar las sacudidas de las innovaciones bruscas e impremeditadasconservar todo lo que no sea incompatible con las exigencias delespíritu moderno; he ahí el único programa posible para, los americanos.

Puede hoy decirse con razón que el triste empleo de intendente definanzas, en las viejas monarquías, se ha convertido en el primer cargodel gobierno en nuestras jóvenes sociedades. El estudio de lasnecesidades del comercio, la solicitud previsora que ayuda al desarrollode la industria, la economía y la pureza administrativas, son hoy lasfuentes vivas de la política de un país. «Hacedme buena política y yo osharé buenas finanzas», decía el barón Louis a Napoleón. En el mundoactual, una inversión de la frase debiera constituir el verdaderocatecismo gubernamental.

En cuanto a la situación de la América en el momento en que escriboestas líneas, puede decirse en general que, salvo algunos países como laRepública Argentina y Méjico, que marchan abiertamente en la vía delprogreso, está pasando por una crisis seria, cuyas consecuencias tendránindiscutible influencia sobre sus destinos. Una guerra deplorable, porun lado, cuyo término no se entrevó aún, ha llevado la desolación a lascostas del Pacífico hasta el Ecuador. La patria de Olmedo es hoy elteatro de

una

de esas

interminables

guerras

civiles

cuya

responsabilidadsolidaria arroja el espíritu europeo sobre la América entera.

La guerra del Pacífico fue el primero de los graves errores cometidospor Chile en los últimos cuatro años. No es este el momento, ni entra enmi propósito estudiar las causas que la originaron ni establecer lasresponsabilidades respectivas; pero no cabe duda que la influenciairresistible de Chile, la lenta invasión de su comercio y de suindustria a lo largo de las costas del Océano, desde Antofagasta aPanamá, se habría ejercido de una manera fatal, dando por resultado laprosperidad chilena, más seguramente que por la victoria alcanzada. En1879 el que estas líneas escribe visitó los países que habían iniciadoya la larga contienda. Recorriendo mis apuntes de esa época, algunos delos que han sido publicados, veo que los acontecimientos han justificadomis previsiones, cuando auguraba la victoria de Chile y no veía másmedio de poner término a la lucha que la interposición amistosa de lospaíses que se encontraban en situación de ser oídos por losbeligerantes.

Chile, por la gravedad de sus exigencias, perdió dos ocasionesadmirables de arribar a la paz: después de la toma de Arica y después dela ocupación de Lima. La victoria no había podido ser más completa;Bolivia, en el hecho, se había retirado de la lucha, y el Perú estabaexánime a sus pies, desquiciado, sin formas orgánicas, sin gobierno. Ladesmembración exigida, el vilipendio de un vasallaje disfrazado, la duraactitud del vencedor, hicieron imposible la formación de un gobiernocapaz de

aceptar

tales

imposiciones.

Actitudes

semejantes

traenobligaciones gravísimas; se necesita, para hacerlas fecundas, unarapidez de acción y una cantidad de elementos de que Chile no podíadisponer. Después de Chorrillos, era necesario marchar, sobre Arequipa,ocupar firmemente el Perú entero, esto es, proceder a la prusiana. Chilese ha estrellado contra esa imposibilidad material; sólo es dueño de latierra que pisan sus soldados, pero sus soldados no son numerosos y encada encuentro, aunque la victoria le quede fiel, sus filas clarean y noes ya posible reemplazar las bajas. Si se piensa que Chile no tieneinmigración que trabaje, mientras sus hijos se baten, se comprenderá lapenosa situación de la agricultura y de la minería, los dos principalesramos de la industria chilena.

Luego, la creación de un elementomilitar, cuyos males están aún sin conocerse por Chile, eldesenvolvimiento de una inmensa burocracia por las necesidades de laocupación, los gastos enormes que ésta importa, la corrupción, que esuna consecuencia fatal de tales situaciones, el decaimiento delcomercio, son razones más que suficientes para preocupar a los chilenosque aman a su país y miran al porvenir.

Chile, inspirado por un orgullo nacional mal entendido, ha dificultadola acción de los gobiernos que en nombre de sentimientos de humanidad yalta política hubieran deseado ofrecer sus buenos oficios para prepararuna solución. Fue un error cuyas consecuencias sufre en este momento.

En cuanto al Perú, su situación es tan deplorable, que no se concibe quela prolongación de la lucha pueda empeorarla. Rara vez se ha visto en lahistoria la desaparición más completa de un país, en sus formasostensibles. Pero esta larga y terrible crisis ha puesto de manifiestola profunda debilidad de su organización y los vicios que la minaban.Cuando la paz se haga, y algún día se hará, el Perú saldrá lentamente desu tumba, pensando en hacer vida nueva, en la paz, en el orden y eltrabajo. Maldecirá los raudales de oro del guano y el salitre, y sólo seocupará de cultivar su suelo admirable. La lección ha sido sangrienta;pero la vida de los pueblos no es de un día, y pronto las amargas horaspasadas aparecerán a los peruanos como el punto de partida de una épocade prosperidad.

En las páginas que van a leerse, dedicadas en su mayor parte a Colombiay Venezuela, se verá cuál es la situación de ambos países. He sidorelativamente parco en mi apreciación de la actualidad de Venezuela,porque se encuentra en un momento de plena evolución. El hombre que hoyla gobierna, el general Guzmán Blanco, representa sin duda un régimen alque los argentinos

tenemos

el

derecho

histórico

de

negar

nuestrassimpatías. Pero sería una torpeza confundirlo con los vulgaresdictadores que han ensangrentado el suelo de la América. El progresomaterial de Venezuela bajo su gobierno es indiscutible, y la paz, que hasabido conservar en un país donde la guerra hasta ahora diez años era elestado normal, le será contada como uno de sus mejores títulos por eljuicio de la posteridad. Pero, lo repito, no es este el momento deformular una

opinión

sobre

Venezuela;

ensaya

sus

nuevas

instituciones,tantea la adaptación de nuevas industrias a su suelo maravilloso ypasarán algunos años antes que su reciente organización tome caracteresdefinitivos.

Los países americanos situados sobre el Atlántico han sentido más rápidae intensamente la acción de la Europa, fuente indudable de todoprogreso, y han conseguido emanciparse más pronto de la rémoracolonial. Es con legítimo orgullo cómo un argentino puede hablar hoy desu país, porque no hay espectáculo que levante y consuele más el corazónde un hombre, que el de un pueblo laborioso, inteligente y ávido dedesenvolvimiento, marchando con firmeza, al amparo del orden y de lalibertad, en el camino de sus grandes destinos. El ejemplo de prudenciaadmirable que en sus relaciones internacionales ha dado la RepúblicaArgentina, no será infecundo para la América. Con tradiciones guerreras,con un pueblo habituado a la lucha constante, para el que los combates,como para los viejos germanos, tienen atractivos irresistibles,sosteniendo causas consagradas por un derecho palmario, hemos sabidoacallar los enérgicos ímpetus del patriotismo entusiasta, paraencerrarnos y perseverar en una política correcta y prudente que al fin,honorablemente, nos ha dada la más grande de las victorias que puedealcanzar un pueblo americano: la paz.

Erigido el principio de arbitraje en invariable línea de conducta,resolvimos por ese medio las cuestiones que había suscitado la guerracon el Paraguay, a la que tan bárbaramente se nos provocó en 1865. Mástarde, la larga controversia de límites con Chile fue resuelta por unatransacción directa que, no sólo satisfizo el honor de ambas naciones,sino que aseguró al comercio universal la libre navegación y laneutralidad del Estrecho de Magallanes. Sólo tenemos pendiente en el díade la fijación definitiva de nuestras fronteras con el Brasil.

Endocumentos que han visto la luz pública, el gobierno argentino hapropuesto ya al gabinete de San Cristóbal la adopción del arbitraje. Seapor este medio, sea por transacción directa, hay el derecho de esperarque la cuestión será resuelta sin necesidad de apelar a la guerra, cuyosresultados serían fatales seguramente a aquel de los dos pueblos cuyaobstinación la haga imprescindible.

La era de las discordias civiles se ha cerrado también en el sueloargentino, porque las causas que la producían han cesado, con laorganización definitiva de la nación. Desde los extremos de la Patagoniaa los límites con Bolivia, desde los márgenes del Plata al pie de losAndes, no se oye hoy sino el ruido alentador de la industria humana, nose ven sino movimientos de tierra, colocación de rieles, canalizaciones,instalaciones de máquinas, cambios diorámicos de suelos vírgenes encampos labrados. Las ciudades se transforman ante los ojos de suspropios hijos que miran absortos el fenómeno; las rentas públicas seduplican; el oro europeo acude a raudales, para convertirse en obras deprogreso; el crédito se extiende y se afirma; la emigración aumenta.Tenemos motivos de pura satisfacción, pero al mismo tiempo gravesresponsabilidades. Es necesario conservar la paz interna a todo trance yhacer una verdad constante de nuestras instituciones; en una palabra:seguir la ruta en que marchamos.

Si hay algún país americano en estos momentos cuya situación requieracalma,

prudencia

sabia,

en

una

palabra,

es

indudablemente el Brasil;gobernado por un príncipe que ha sabido conquistar el cariño de sussúbditos y el respeto del mundo, tiene elementos en su seno paraconjurar los graves peligros que lo amenazan. Su situación financiera noes tranquilizadora; el aumento de los gastos sin una progresión análogaen los ingresos, los empréstitos sucesivos en vista de la adquisición deelementos de guerra y las deficiencias dolorosamente comprobadas en elsistema administrativo: he ahí las causas principales de una crisis queno tardará en tomar proporciones alarmantes. Por otro lado, prontodesaparecerá—y para siempre—de la constitución brasileña la tristesombra de la esclavitud.

Sea

falta

de

previsión

en

el

gobierno,

seaenceguecimiento sistemático de los propietarios rurales, el hecho esque, si bien esa liberación será un honor para el Brasil, su industriava a pasar por un momento angustioso cuando sea necesario acudir altrabajo libre para reemplazar al trabajo esclavo. La aparición de lacuestión de salarios, de las huelgas, la escasez de brazos por lainsignificante inmigración, la difícil vigilancia policial sobre elmillón y medio de negros que de la noche a la mañana van a recuperar sulibertad, muchos de ellos lleno el corazón de odios, todas lasdificultados de un cambio radical van a constituir una crisis económicaformidable.

Por otro lado, la situación política amenaza perturbaciones, el espíritudemocrático gana camino cada día, así como los síntomas de segregaciónen un porvenir no lejano. Falta homogeneidad en ese vasto y despobladoterritorio; las aspiraciones de los tres grupos del Norte, Centro y Sur,no siguen rutas paralelas. Una agitación sorda trabaja las provinciasdel Imperio, y la dinastía, personificada en absoluto en el Emperadordignísimo que rige los destinos de este pueblo, corre grandes riesgos dedesaparecer el día, que Dios aleje, de la muerte de Don Pedro II.Pueden fácilmente adivinarse el resultado y las consecuencias para elBrasil, si su mala estrella lo lleva en las actuales circunstancias asuscitar una guerra americana. Hay, indudablemente, un partido que ladesea, sea guiado por sentimientos de un egoísmo antipatriótico, sea enla esperanza de romper el nudo de dificultades por el sistema deAlejandro. Bueno es no olvidar que el instrumento indispensable para esaoperación es, ante todo, la espada del héroe macedonio.

El Brasil, lo repito, puede conjurar sus peligros con una políticainternacional franca y pacífica, con reformas radicales en su sistemafinanciero, y con una aplicación más práctica y verdadera del régimenparlamentario. De él, exclusivamente de él, depende vivir en paz contodos los pueblos de América, que aplaudirían sus progresos, pero queopondrían una muralla de acero a lodo acto inspirado por ambición deengrandecimiento territorial.

El Uruguay no ha salido aún de la época difícil; el militarismo imperaallí y el elemento inteligente ha sido diezmado en el esfuerzo generosopor implantar la libertad. Los destinos de ese pedazo de tierramaravillosamente dotado, constituyen hoy uno de los problemas más gravesde la América. Antigua provincia del virreinato del Río de la Plata, elpueblo oriental tiene la misma sangre, las mismas tradiciones, el mismoidioma, que el que a su lado marcha al progreso a pasos de gigante. Lasleyes históricas de atracción parecen dibujar una solución mirada conojos simpáticos a ambas márgenes del inmenso estuario común, pero queningún gobierno argentino provocará por medios violentos. El día que losorientales pidan, por la voz de un congreso, volver a ocupar su puestoen el seno de la gran familia, serán recibidos con los brazos abiertos yocuparán un sitio de honor en la marcha del progreso, como lo ocuparonsiempre en las batallas donde corrió mezclada su sangre con laargentina. Entretanto, el que atribuya al gabinete de Buenos Airespropósitos anexionistas, se engaña por completo.

En primer lugar,nuestro sistema federal no permite sino incorporaciones de Estadosfederativos, y en segundo término, la política argentina tiene por baseinmutable el respeto a la voluntad popular. Jamás, por la violencia, seaumentará en un palmo el territorio argentino.

Amo mi buena tierra americana sobre todas las regiones de la tierra. ¿Esporque en ella se extienden los campos de mi patria, de la que mi almavive cerca, aunque de lejos mi cerebro se consuma por ella en el anheloardiente de servirla? ¿Es porque en la colectividad moral de los hombresque la habitan, veo brillar la altura del carácter, la abnegación de lavida, la lealtad y el honor? No lo sé; pero en mis momentos de dudaamarga, cuando mis faros simpáticos se oscurecen, cuando la corrupciónyanqui me subleva el corazón o la demagogia de media calle me enluta elespíritu en París, reposo en una confianza serena y me dejo adormecerpor la suave visión del porvenir de la América del Sur; ¡paréceme queallí brillará de nuevo el genio latino rejuvenecido, el que recogió laherencia del arte en Grecia, del gobierno en Roma, del que tantas cosasgrandes ha hecho en el mundo, que ha fatigado la historia!

Si es una ilusión, perseveremos en ella y hagámonos dignos de que nosvisite con frecuencia; sólo pensando en cosas grandes se prepara el almaa ejecutarlas. Que un americano descienda a lo más íntimo de su ser,donde palpita un átomo del alma de su pueblo, que la consulte, y luegode comprobadas sus pulsaciones vigorosas, se atreva a negar que estápronto a todas las evoluciones que puedan llevar a la cumbre. Loshombres no son nada, las ideas lo son todo. Las rencillas locales sonínfimas miserias que enferman y esterilizan el espíritu de aquel que deellas se ocupa; hay algo más arriba, es el porvenir, es la suerte denuestros hijos, es el honor de nuestra raza. Al trabajo, pues; el tiempovuela y a su amparo las transformaciones se operan como si la mano deDios las produjera.

Septiembre, 1883.

CAPITULO I

De Buenos Aires a Burdeos.

De nuevo en el mar.—La bahía de Río de Janeiro.—La rada y laciudad.—Tijuca.—Las costas de África.—La hermana de caridad.—ElTajo.—La cuarentena en el Gironde.—

Burdeos.

Once more upon the waters; Yet once more!

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