En Viaje (1881-1882) by Miguel Cané - HTML preview

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En peores me he visto y sabe el cielo si enpeores no me veré aún. Almorcemos. Paso sobre el menú por decoro. ¿Yahora?

Son las 12 del día, ¿qué hacer? El distinguido señor Céspedes,cónsul argentino en Colón, que está allí labrando su fortuna con unheroísmo incomparable, se encuentra, por mi desgracia, en cama. ¿Quéhacer? ¿Visitar la ciudad? Veinte minutos y c'est fait. Barro y casasde madera; nada. Ponerme a leer... ¿en mi cuarto? ¡Prefiero la muerte! Yaquí me tienen ustedes, tal como lo oyen, instalado en una mesa delbar-room de mi hotel, con un cocktail pro forma, por delante,estudiando, durante seis horas consecutivas, a los marineros que jugabanal billar y a los numerosos parroquianos del mostrador. Uno de ellos, uncapitán mercante yanqui, entró a la una, ligeramente punteado y seabsorbió medio vaso de una bebida que tenía que rodear los bordes deazúcar quemada para evitar el contacto de los labios. Durante cuatrohoras, el yanqui entró regularmente cada veinte minutos y se ingurgitóuna dosis de idénticas proporciones. Bajo el insoportable calor del díay en la lucha con los vapores internos que estaban a punto de hacerleestallar, los ojos del yanqui saltaban rojos... A las cuatro de la tardocayó ebrio, muerto; dos marineros lo arrastraron a un rincón y allíquedó.

En una de las esquinas de la pieza, ocupando a lo sumo un espacio demetro y medio cuadrado, un joven suizo había instalado su vidriera y sumesita de relojero. Lo tenía frente a mí; durante media hora frotó conuna gamuza un resorte de reloj; luego dejó caer la cabeza entre lasmanos, y cuando al final del día lo observé (¡no había llegado un solocliente!) vi correr dos grandes lágrimas por sus mejillas. Más de unavez tuve el impulso de ir a conversar con el pobre relojero; pero a mivez, estaba tan nervioso e irascible, que acabé por fastidiarme hastadel infeliz que tenía delante.

Los que no han viajado o los que sólo lo han hecho en los grandescentros europeos, no pueden darse cuenta exacta de una situación deánimo como aquella en que me encontraba. El espíritu se forma la quimerade que es imposible salir de ella, que ese martirio se va a prolongarindefinidamente. A cada instante, y para cobrar valor, es necesarioechar mano a la cartera (nunca la he cuidado como allí), decirse que haymedios para partir en cualquier momento, que los vapores esperan, y enfin, que, si uno se encuentra en ese centro, es por un acto libro ypremeditado de la voluntad.

Por fin vino la noche, y cuando la recuerdo, declaro que siento una vivasatisfacción por haber contemplado ese cuadro único y característico. Hedicho ya que Colón se compone casi en su totalidad de una sola calle,pero he olvidado mencionar que a lo largo de la misma corre una especiede recoba para proteger las entradas contra las lluvias frecuentes. Mepaseaba bajo ella al caer las primeras sombras y me llamó la atenciónque delante de cada hotel, de cada bar-room, de cada puerta, unindividuo sacaba una pequeña mesa de tijera, se instalaba ante ella,encendía un farol, arreglaba en un semicírculo artístico algunas docenasde pesos fuertes en plata, y comenzaba a batir con estruendo un enormecuerno provisto de dados. De los buques amarrados a la orilla, una vezque dieron las siete, empezó

a

salir

una

nube

de

marineros

y

oficiales,contramaestres, etc., que pronto obstruyeron la vía, formando gruposcompactos delante de cada mesa. Como si un soplo hubiera animado elbarro y formado con él cuerpos de mujeres, brotaron del suelo en uninstante centenares de negras, mulatas, cuarteronas lívidas, descalzasen su mayor parte, ebrias, inmundas, que a su vez, atraídas por lafascinación del juego, se agolpaban alrededor de las mesas, rechinabanlos dientes cuando perdían y saltaban a los marineros tambaleantes,pidiéndoles, en un idioma que no era inglés ni francés, ni español, ninada conocido, una de esas monedas de a real que los americanos llaman a dime.

Los bar-rooms estaban llenos; no se oía más que la voz ronca y guturalde los negros de Jamaica, la eterna blasfemia del marinero inglés y elhablar soez de algunos gaditanos. Salían y en la primera mesa arrojabanuna moneda, luego otra y, una vez exhaustos, la emprendían con elvecino, las navajas relucían y sólo con esfuerzo era posible separarlos.Uno rodaba en el barro, dos o tres mujeres ebrias bailaban al son de unórgano en el que un italiano con cara de mártir, tocaba un cancándesenfrenado.

Un calor sofocante y una atmósfera insoportable, como elruido, las maldiciones, el sarcasmo, la eterna pelea con el banquero queiba más aprisa a medida que veía a sus parroquianos más en punto... y yoreclinado en mi pilar, preguntándome qué hacía entre aquel mundo,verdadero sabat moderno y tanteándome para persuadirme que no soñaba.He ahí Colón; una licencia, una libertad absoluta para todos los viciosy las degradaciones humanas. El que paga un pequeño impuesto tiene elderecho de establecer su tapete al aire libre, ¡y qué tapete! Laexplotación, el robo más escandaloso al marinero ignorante como unabestia y que, bajo los vapores del aguardiente, se deja despojar delpremio de un año de labor, jugando su vida en las tormentas.

¡Esasmujeres, sobre todo, esas mujeres, asquerosas arpías, negras yangulosas, esparciendo a su alrededor la mezcla de su olor ingénito y deun pacholí que hace dar vuelta al estómago!...

Pouah!...

Llegado a mi cuarto, sofocándome, sin poderme desnudar por asco a lacama, me senté en un sillón y me llamé a cuentas.

Había resuelto pasardiez días en el Istmo y ese mismo día había casi retenido mi pasaje enel City of Para, que salía para Nueva York en el término indicado. Allímismo, con toda solemnidad, me impuse el juramento de dejar Colón,renunciando a Panamá, al canal, al mundo entero, en el primer barco quezarpase, sin importarme para dónde. Cómo pasé esa noche, ¿a qué decirlo?Al alba estaba en pie, me ponía en campaña y sabía que dos días despuéspartía para Nueva York el vapor Alene, de la compañía Atlas. Tomé en elacto mi billete e hice transportar a bordo mi equipaje, felicitándome detener el tiempo suficiente para ir a una de las próximas estaciones delcanal y poder apreciar por mis ojos la marcha de las obras y el porvenirde la empresa. Pagué mi cuenta al infame mulatillo, y cuando me encontréa bordo, en un vapor pequeño e incómodo, creí que entraba solemnementeen el paraíso.

CAPITULO XIX

El Canal de Panamá.

Corinto, Suez y Panamá.—Las viejas rutas.—Importancia geográficade Panamá.—Resultados económicos del canal.—Dificultades de suejecución.—La mortalidad.—

El

clima.—Europeos,

chinos

ynativos.—Fuerzas

mecánicas.—¿Se

hará

el

Canal?—La

oposiciónnorteamericana.—M.

Blaine.—¿Qué

representa?—El tratadoClayton-Bulwer.—La cuestión de la

garantía.—Opinión

deColombia.—La

doctrina

Monroe.—Qué significa en laactualidad.—Las ideas de la Europa.—Cuál debe ser la políticasudamericana.—

Eficacia de las garantías.—La garantía colectiva dela América.—Nuestro interés.—Conclusión.—El principal comerciode Panamá.—Los plátanos.—Cifra enorme.—El porvenir.

Una simple mirada a la carta geográfica de la tierra ha hecho nacer enel espíritu de los hombres la idea de corregir ciertos caprichos de lanaturaleza en el momento de la formación geológica del mundo. Los Istmosde Corinto, de Suez y de Panamá, han sido sucesivamente, en el tiempo yen el espacio, objeto de preocupación para todos aquellos que buscabanlos medios de aumentar el bienestar de la raza humana. Los griegos, consus ideas religiosas que los impulsaban a la personificación de todoslos elementos, consideraban un sacrilegio el solo intento de modificarlos aspectos del mundo conocido, y Esquilo atribuye el desastre deJerjes a la venganza divina, por la altiva manera con que el monarcapersa trató al Helesponto. Los romanos, poco navegadores, ni aun fijaronsu mirada en el Istmo de Suez, porque sus legiones estaban habituadas arecorrer la tierra entera con su paso marcial.

Ha sido necesario el portentoso desenvolvimiento comercial del mundo deOccidente, para que el sueño de abrir rutas marítimas nuevas yeconómicas se convirtiese en realidad. La vieja vía terrestre queconducía al Oriente, fue abandonada cuando Vasco de Gama dobló el Cabode las Tempestades, y a su vez el itinerario del ilustre portuguéscedió el paso al que trazó el ingenio moderno tan admirablementepersonificado en el «Gran Francés», como se ha llamado a M. de Lesseps.Lo que impone respeto en la obra de este hombre, no es la concepción dela idea, que corría hacía ya muchos años en el campo intelectual. Es laperseverancia para habituar el espíritu público a encarar una empresa detal magnitud con serenidad, con las vistas positivas de un negocio fácily rápido; es la tenacidad de su lucha contra Inglaterra, que cree ver enella comprometidos sus intereses. ¡La experiencia de Suez se ha embotadocontra la implacable resistencia británica, y dentro de diez años seleerá con indecible asombra el libro que acaba de publicarse, en el quelos hombres más notables de Inglaterra declaran un peligro para suindependencia la perforación del túnel de la Mancha! ¡Tal así, vemos hoyel artículo sarcástico del Times, burlándose de Stephenson quepretendía recorrer con su locomotora una distancia de veinte millas porhora!

El Istmo de Panamá es uno de esos puntos geográficos que, comoConstantinopla, están llamados a una importancia de todos los tiempos.Punto céntrico de dos continentes, paso obligado para el comercio deEuropa con cinco o seis naciones americanas, natural es que haya llamadola atención del gran perforador. Los americanos, construyendo elferrocarril que lo atraviesa y estableciendo las tarifas más leoninasque se conocen en la tierra[28], creyeron innecesaria la excavación delcanal, que, dignos hijos de los ingleses, nunca miraron con buenos ojos.La perseverancia de Lesseps triunfó una vez más, y la nueva ruta recibiósu trazo elemental[29].

¿Cuál será el resultado económico del Canal de Panamá?

Desde luego, laaproximación, por la baratura del transporte, de todas las tierras quebaña el Pacífico, desde el Estrecho de Behring hasta Chile mismo, conlos grandes centros europeos. La ruta de Magallanes será abandonada porla misma e idéntica causa que se abandonó la de Vasco de Gama, y laimportancia comercial de ese estrecho que ha estado a punto de encenderla guerra en el extremo Sur de la América, habrá desaparecido porcompleto.

Aun en el día, el comercio entero del Perú y el movimiento de pasajeros,se hace por Panamá, a pesar de las incomodidades y retardos deltrasbordo y la enormidad del flete del ferrocarril istmeño. Los chilenosmismos suelen preferir esa vía, que les evita los rudos mares del Sur yel cansancio de esa navegación monótona, mientras la ruta del nortepresenta mares tranquilos y las frecuentes escalas que aligeran lapesadez del viaje. Una vez abierto el canal, raro será, pues, el buqueque vaya a buscar el Estrecho de Magallanes para entrar en el Pacífico.Para los chilenos, y tal vez para los peruanos, sólo un camino lucharácon ventaja contra la vía de Panamá; será el ferrocarril que una aBuenos Aires con Chile. Esa será la ruta obligada de la mayor parte delos americanos del Pacífico, en tránsito para Europa, porque será máscorta, más rápida y más agradable.

Ahora bien, ¿se hará el canal, con el presupuesto sancionado y en eltiempo indicado en el programa de M. de Lesseps? Avanzo con profundaconvicción mi opinión negativa. No se trata aquí, y M. de Lessepsempieza a comprenderlo ya, de una obra como la de Suez. Falta elKhedive, faltan los centenares de miles de fellahs, que morían en latarea, como sus antepasados de ahora cuarenta siglos en la construcciónde las pirámides que quedan fijas sobre las arenas, como monumentos deesas insensatas hecatombes humanas.

El pasajero que hoy cruza el Canal de Suez, bostezando ante el monótonopaisaje de arenas y palos de telégrafo, no piensa nunca—y hace bien,porque no hay motivo para agitarse la sangre en un sentimentalismoretrospectivo—en los cadáveres que quedaron tendidos a lo largo de esosáridos malecones. Eran fellahs, esclavos sin voz ni derecho, y nadiehabló de ellos.

Pero en Panamá no hay khedives ni fellahs y las condiciones generales desalubridad son aún inferiores a las de Suez. Basta conocer el nombre dealgunos puntos del trayecto del Istmo, nombres que vienen de laconquista, como el de «Mata cristianos», para darse cuenta del amenoclima de esas localidades. No resiste el europeo a ese sol abrasador queinflama el cráneo, no puede luchar contra la emanación que exhala latierra removida, tierra húmeda, pantanosa, lacustre.

¿Cuántos han muertohasta hoy de los que fueron contratados, desde el comienzo de laempresa? No busquéis en las estadísticas oficiales, que ocultan esascosas, sin duda para no turbar la digestión de los accionistas europeos.Buscadlos en las cruces de los cementerios, en las fosas comunesrepletas, y formaos una idea del número de bajas en ese pequeño ejércitode trabajadores, recordando que muchos ingenieros, con el principal a lacabeza, gente toda cuya higiene personal les servía de preservativo, hansido de los primeros en caer bajo las fiebres del Istmo.

Se ha detenido ya la corriente de europeos, y un momento se ha pensadoen los chinos. Pero, como éstos son más hábiles que fuertes, y como, apesar de chinos, son mortales, creo que se ha desistido de ese proyecto.Hay además una razón económica, en todas esas grandes empresas: eldinero de los peones, en sus tres cuartas partes, reingresa en la caja,por conducto de las cantinas numerosas y provisiones de todo género quese establecen sobre el terreno. Los chinos no consumen nada, lo que nolos hace por cierto muy simpáticos a la empresa.

Por fin, se ha echado mano de los nativos, eso es, de los que, estandohabituados al clima, podrían resistirlo, y se ha contratado un grannúmero de panameños, samarios, cartageneros, costarriquenses, buscandoreclutas hasta en las Antillas próximas. Pero toda esa gente sinnecesidades, habituada a vivir un día con un plátano, no es ni fuerte,ni laboriosa, ni se somete a la disciplina militar indispensable encompañías de esa magnitud.

Falto de hombres, M. de Lesseps apeló a la industria y contrató laconstrucción en Estados Unidos de enormes máquinas de excavación, cuyosdientes de hierro debían reemplazar el brazo humano. Es necesario vertrabajar esos monstruos para

saber

hasta

dónde

puede

llegar la

potenciamecánica. El ingeniero constructor del motor fijo que daba movimiento alas infinitas poleas de la Exposición Universal de Filadelfia, decíaque, si tuviera un punto fuera del mundo para colocar su máquina,sacaría a la Tierra de su órbita.

Tenía razón, como la tenía Arquimedes.

Pero no hay máquina que pueda luchar contra las lluvias torrenciales queen Panamá se suceden casi sin interrupción durante nueve meses del año.Abierto un foso, en cualquier punto de la línea, cavado hasta tres ycuatro metros de profundidad, viene un aguacero, lo colma y derrumbadentro la tierra laboriosamente extraída un momento antes.

Es inútil pensar en agotarlo, porque cinco minutos después estará denuevo lleno. Viene el sol al día siguiente, abrasador, inflamado, seremueve el barro para continuar los trabajos, y los miasmas deletéreosinfeccionan la atmósfera.

¿Se hará el canal? Sin duda alguna, porque no es una obra imposible ylos recursos con que hoy cuenta la industria humana son inagotables.Pero, en vista de las dificultades que he apuntado y que me es permitidocreer no se tuvieran en vista al plantear los lineamientos generales dela obra, me es lícito pensar, de acuerdo con todas las personas que hanvisitado los trabajos, observando imparcialmente, que el canal no estaráabierto al comercio universal antes de 10 años y después de haberconsumido algo más del doble de la suma presupuesta (seiscientosmillones de francos).

No veo sino a M. de Lesseps capaz de llevar a cabo la empresa que tandignamente coronará su vida. ¡Quiera el cielo prolongar los días delilustre anciano para su gloria propia y para el beneficio del mundoentero!

Son conocidas las dificultades suscitadas por los Estados Unidos a laempresa del Canal de Panamá, los ardientes debates a que esta cuestióndio origen en el Congreso de Wáshington y la idea, un momentoacariciada, de proteger con todo el poder de la gran nación, el proyectorival de practicar el canal interoceánico a través de Nicaragua. Laentereza y tenacidad de M. de Lesseps triunfaron una vez más contra elnuevo inconveniente; pero los Estados Unidos, lejos de declararsevencidos, reanimaron la cuestión bajo la forma diplomática, tocando elpapel primordial en el memorable debate que en el momento de escribirestas líneas aun no se ha agotado, a M. Blaine, cuyo rápido paso por elGobierno de la Unión ha marcado una huella tan profunda, y cuyareputación, después de la caída, ha sido desgarrada tan sin piedad porsus adversarios. Para éstos, M. Blaine no ha sido sino un políticoaventurero e impuro, que ha pretendido variar la corriente de vidainternacional que durante un siglo había conducido sin tropiezo la navede la Unión. Los asuntos del Pacífico; el engaño inexcusable de unpueblo en agonía que tiende sus brazos desesperados a una promesa falaz;los misterios de la Peruvian Guano Company; la palinodia vergonzosa delos señores Trescott y Blaine en Santiago de Chile, han suministrado noescasos elementos de acusación contra el primer ministro del presidenteGarfield. Paréceme, sin embargo, que si un extranjero imparcial estudiaun poco el pueblo americano actual, encontrará que es muy posible que eljuicio del momento sobre M. Blaine no sea corroborado por la opiniónpública dentro de diez años. Es innegable que hay hoy en Estados Unidosuna corriente de poderosa reacción contra la política de aislamiento,que ha sido la base del sistema americano y tal vez de su prosperidad.Sueños y ambiciones patrióticas de un lado, vistas profundas sobre elporvenir, del otro, y en el centro, la ponderación, siempre grave, deintereses mezquinos, de lucro rápido y fácil, han determinado lainiciación de la propaganda de que M. Blaine se hizo eco en el Gobierno.Una nación compacta de más de cincuenta millones de almas, con elementosde riqueza, ingenio, cultura, iguales por lo menos a las primerasnaciones de Europa, no puede ni debe, dicen, permanecer indiferente a lapolítica europea.

Por de pronto, los asuntos todos de la América deben ser de su exclusivoresorte, ejerciendo la legítima hegemonía a que su importancia le daderecho. Desde el Cabo de Hornos a los límites del Canadá no debeexistir otra influencia que la de los Estados Unidos, ni escucharse otravoz que la que se levante en Wáshington.

Tal es la idea fundamental, que pronto dará vida y servirá de lábaro aun partido, a cuyo frente no dudo ver aún a M. Blaine, a pesar delestruendo de su caída. Y tal es la influencia que ejerce sobre elespíritu colectivo, que a ella se debe el último recrudecimiento de ladoctrina de Monroe, que en estos momentos sostiene M. Frelinghysen conigual perseverancia que su antecesor. El debate iniciado entre lordGrenwille y M. Blaine se continúa en el día, sin que se vea hasta ahoraprobabilidades de que ninguna de las dos partes ceda.

No historiaré el tratado Clayton-Bulwer, conocido por todos los que enestas cuestiones se interesan; recordaré solamente que fue unatransacción, un modus vivendi mejor dicho, que permitiese extenderselas influencias inglesa y americana en las Antillas y las costas deCentro América, de una manera paralela que no diese lugar a conflictos.

Pero, si los americanos encontraban cómodo el tratado cuando se tratabade factorías insignificantes o islotes diminutos, no juzgaron lo mismorespecto al futuro Canal de Panamá y denunciaron listamente el tratado,reclamando la garantía exclusiva de la libre navegación y neutralidaddel Istmo, para sí mismos. Los ingleses, como es natural, rechazaron ladenuncia y propusieron, en vez de esa garantía exclusiva, la de todaslas potencias de Europa, en unión con los Estados Unidos. Tal es lacuestión; volúmenes de notas se han cambiado, sin que aun se vea un pasopositivo.

Entretanto, ¿cuál es la opinión de Colombia, que al fin y al cabo,teniendo la soberanía territorial y la jurisdicción directa, parécemeque puede reclamar algún derecho a ser oída? Desde luego, es buenorecordar que Colombia ha tenido más de una vez que interponerreclamaciones serias contra los avances de los Estados Unidos en lascostas atlánticas del Istmo. A veces ha necesitado gritar muy fuertepara ser oída en Europa, y sólo así, los americanos han largado la presade que perentoriamente, con el derecho del león, se habían apoderado,saltando sobre el tratado Clayton-Bulwer mismo. Pero un ministrocolombiano, de paso para Europa, pues ni aun en Wáshington estabaacreditado, tuvo la ocurrencia de firmar con el Gabinete americano, unprotocolo, por el cual Colombia declaraba satisfacerse y preferir lagarantía exclusiva de los Estados Unidos. Esa convención fuesolemnemente desaprobada en Bogotá; pero Colombia, comprendiendo, a mijuicio bien, sus conveniencias, tira son épingle du jeu, y dejó frentea frente a la Inglaterra y a la Unión, manifestando, por lo demás,merced a la voz de su prensa y a la palabra de sus oradores en elCongreso, sus simpatías indudables por la garantía unida, propuesta porla Inglaterra.

En el fondo, la doctrina Monroe no es sino una opinión, un desideratum, el anhelo de un pueblo, que formula así sus interesesgenerales. Pero de ahí a convertir esa opinión en un principio dederecho público, hay distancia y mucha. Además de que los principios dederecho, no sólo en nuestro siglo, sino en todos los tiempos, haninfluido muy débilmente en la solución de las cuestiones de hecho, losamericanos ni aun pueden pretender que la doctrina Monroe sea admitidapor el consenso universal.

Lejos de eso; desde el presidente que le diosu nombre hasta el actual, ninguno la ha formulado con sus variantes enel tiempo, sin que la Inglaterra, y en muchos casos la Europa, hayadejado de protestar. ¡El pobre Monroe ha hecho muchas veces el papel dellobo! ¡el lobo! de la fábula; pero, como los americanos jamás mostraronla garra, ni cuando la expedición de Méjico, ni cuando el bombardeo deValparaíso, en el que las balas españolas pasaban casi sobre buques quellevaban la bandera estrellada, nadie cree ya en eso espantajo.

La Inglaterra contesta que, teniendo indiscutibles intereses en elPacífico, y siendo el Canal de Panamá una ruta para la India, es naturalque quiera tomar parte en la garantía. Entonces reclamo mi partetambién, contestan los Estados Unidos, en la garantía del canal de Suez.La Inglaterra sonríe... e insiste.

Es seguro que la intención de M. Blaine, al convocar el Congresoamericano, que debía reunirse en Wáshington en noviembre de 1882, con elpretexto de buscar medios para evitar la guerra entre las nacionesamericanas ( sic), era simplemente echar sobre el tapete la cuestión dela garantía del Istmo, y tal vez, ante la perseverancia de laInglaterra, que no cede, proponer, en lugar de su garantía exclusiva, lade todos los Estados

que

componen

ambas

Américas.

¿Qué

actitudaconsejaba a éstas la inteligencia clara de sus intereses?

¿Qué habríadicho la Europa a semejante proposición?

Vamos por partes. Noto que salgo por un momento del tono general de estelibro de impresiones, en el que sólo he querido consignar lo que hevisto y sentido en países casi desconocidos para nosotros. Pero como lacuestión en primer lugar, refiriéndose a Colombia, entra en mi cuadro, ytoca por otra parte, no ya a un interés del momento, sino a la marchaconstante de la política americana, no creo inoportuno consignar aquílas ideas que un estudio detenido me permite considerar como las mássanas y convenientes para todos.

«América para los americanos»; he ahí la fórmula precisa y clara deMonroe. Si por ella se entiende que la Europa debe renunciar parasiempre a todo predominio político en las regiones que se emanciparon delas coronas británica, española y portuguesa, respetando eternamente, nosólo la fe de los tratados públicos, sino también la voluntad librementemanifestada de los pueblos americanos; si ese alcance de la doctrina,estamos perfectamente de acuerdo, y ningún hombre nacido en nuestromundo dejará de repetir con igual convicción que Monroe: America forthe americans. Pero... ¿se trata de eso?

¿Piensa hoy seriamente algúngobierno europeo en reivindicar sus viejos títulos coloniales; pasa porla imaginación de algún estadista español, por más visionario que sea,la reconstrucción de los antiguos virreinatos y capitanías generales dela América?

¿Puede la Gran Bretaña acariciar la idea de volver a atraer las coloniasemancipadas en 1776? Portugal, un pigmeo, ¿absorbe al Brasil, gigante asu lado? Seamos sinceros y prácticos reposando en la convicción de queno sólo la independencia americana es un hecho y un derecho, sino quenadie tiene la idea de atentar contra las cosas consumadas. España sereorganiza y aún tiene mucho que hacer para recuperar una sombra de suimportancia en el siglo XVI. La Francia, desgarrada, fijos sus ojos enel Rhin, mantiene a duras penas sus posesiones del África... y susmismos límites europeos. La Inglaterra mira crecer con zozobra la India,desenvolverse el Canadá, y avanzar sordamente la democracia, queconsidera una amenaza de disolución. La Alemania se forma, endurece suscimientos, trata de homogeneizarse mientras el Austria, perdido su viejoprestigio europeo, comprende, bajo la experiencia de la desgracia, quela verdadera ruta de su grandeza es hacia Oriente, a la cabecera del«hombre enfermo». ¡El Portugal!... Seamos serios, lo repito; nadieatenta contra la independencia de América, y para los más desatinadosaventureros o ilusos está vivo aún el recuerdo de Maximiliano, que pagócon su vida una concepción absurda y un negocio indigno, ignorado de suespíritu caballeroso. Puede la América inflamarse en una guerracontinental, comprometiendo graves intereses europeos como los que tantohan sufrido en la inacabable guerra del Pacífico; la Europa nodesprenderá un soldado de sus cuadros ni un buque de su reserva. Pasaronlos tiempos de la intervención anglofrancesa en el Plata o en Méjico, yla Europa podía, y esta vez con razón, variar la fórmula de Monroerepitiendo: Europe for the europeans!

¿Qué significado actual, real, positivo, tiene hoy, pues, la famosadoctrina? Simplemente éste: la influencia norteamericana en vez de lainfluencia europea, el comercio americano en vez del europeo, laindustria americana en vez de la de Europa. ¿Es ese un deseo legítimo?Indudablemente, pero es una simple aspiración nacional, egoísta en supatriotismo, exclusiva en su ambición, pero que no está revestida, comoantes dije, de los caracteres de un principio de justicia, de derechonatural, que sea capaz de imponerse a la América entera. Que dentro decinco años el desenvolvimiento pasmoso de la República Argentina, suindustria desbordante, los inagotables recursos de su suelo, inspiren anuestros hombres de Estado la resurrección de la doctrina Monroe enbeneficio del pueblo argentino, nada más natural. Pero ¿qué contestaránentonces las nacionalidades americanas que no hayan alcanzado su gradode progreso, más aún, que la geografía coloque fuera de la órbita deinfluencia argentina? Precisamente lo que debemos contestar hoy a losEstados Unidos franca y abiertamente, sea en la mesa de un Congresoamericano, sea por la discreta voz de las cancillerías, y eso no sólonosotros, sino todos los países desde Panamá a Buenos Aires: «Nodebemos, no queremos, no nos conviene romper con la Europa en beneficiode una teoría sin sentido político en el momento actual; de la Europanos vienen la vida intelectual y la vida material. Ella y sólo ellapuebla nuestros desiertos, compra y consume nuestros productos,reemplaza las deficiencias de nuestra industria, nos presta su dinero,su genio y su ciencia; es, en una palabra, el artífice de nuestroprogreso. En cambio, ¿qué recibimos de ustedes, señores? Lajurisprudencia institucional, que en medio de sus ventajas, nos trae lafuente de todos nuestros conflictos institucionales, porque imitamos sindiscernimiento, y el mal resultado, que allí se pierde bajo la imponenteponderación de la masa, nos desequilibra y nos arroja en sendasfunestas. ¿Respecto a industria? Maderas de pino y balas de algodón.Venid a comprar nuestras lanas y nuestros cueros; vendemos, a preciosmás bajos que la Europa, tejidos y artefactos; abridnos vuestrosmercados monetarios; ayudadnos a hacer ferrocarriles y canales;estableced, en una palabra, el intercambio comercial e intelectual quehoy mantenemos con el Viejo Mundo, desbancadlo, ¡qué diablos! bajo lasleyes que rigen la economía de las naciones, y entonces... ¡oh!entonces no tendríamos, ni ustedes ni nosotros, necesidad dedesgañitarnos gritando: America for the americans, sino que la fórmulasería un hecho indestructible por la fuerza misma de las cosas. Talesson las ideas que impone la más ligera observación de nuestro estadoactual; la más leve desviación sólo podría ser momentánea, y el retornoa la inicua Vía costará tal vez a nuestros hermanos de Méjico (vecinos,sin embargo), no pocos sacrificios.

Ahora bien, ¿cuál debe ser nuestra actitud sudamericana respecto a lacuestión de la garantía del Canal de Panamá? Se desprende claramente delas premisas anteriores: la preferencia indiscutible de la garantíacolectiva de la Europa y la América sobre la garantía exclusiva de laUnión. Debo declarar, sin merecer a mi juicio el reproche de escéptico,que fundo hoy poca importancia en esta cuestión de garantías, tratadosque se lleva el viento cuando hincha la vela de los intereses[30]. Y enese rumbo de positivismo marcha hoy el espíritu humano; los publicistasgritan, pero la Europa se encoge de hombros cuando Wolseley echa manodel Canal de Suez, y en obsequio de una operación militar interrumpe eltránsito, no a la bandera insurreccional de Arabí, sino al comerciouniversal. Echar mano y luego cambiar notas, he ahí toda la política.¿Es la buena, es la moral, es la justa? No lo sé, pero es la única queda resultados, y por lo tanto, todo hombre de Estado, gimiendo por ladepravación de las ideas, la seguirá siempre que ame a su patria, tengael corazón bien puesto y vea un poco claro.

Con todas las garantías de la tierra o con la suya propia, los EstadosUnidos, en el momento preciso, han de apoderarse del Canal de Panamá. Lodevolverán sin duda; sí, después de la paz y de mucho cambio de notas.

La importancia de la cuestión para los países sudamericanos radica, porconsiguiente, en rechazar indirectamente, por medio de su adhesión a lagarantía colectiva, toda solidaridad con la doctrina de Monroe, tal cualla entienden y la practican los americanos. No habría razón, nijusticia, ni sentido común, en seguir estúpidamente a los EstadosUnidos, que pretenden dictar una nueva bula de Alejandro VI, dividiendolos dos mundos en provecho propio. Nuestro porvenir está en Europa y conella debemos estrechar cada día nuestras relaciones, confundir, si esposible, nuestra vida con la suya, más aún, aspirar sus ideas de orden,de conservación, de pureza administrativa, que han de fecundar nuestrademocracia vigorosa...

Me he preguntado qué contestaría la Inglaterra si los Estados Unidos lepropusieran la substitución de su garantía exclusiva por la garantíacolectiva de todos los países de ambas Américas.

Se reiría simplemente;¿qué podríamos hacer nosotros en el caso probable de que a nuestroenorme aliado se le ocurriese hacer lo que se le diera la gana?

La verdadera política sudamericana, pues, en el caso de la convocacióndel Congreso proyectado por los Estados Unidos, o en toda ocasiónpropicia, es manifestar firmemente sus deseos de no apartarse de laEuropa, tratando al mismo tiempo de insinuarse en el concierto general,reclamando un modesto asiento en toda conferencia en que de interesesamericanos se trate. El conde de Cavour metió 15.000 hombres por unarendija en Crimea, y luego los maniobró tan bien, que hizo la unidaditaliana. Nuestros nacientes países no tienen hoy un propósito tan vitalque perseguir; pero los resultados de una aproximación general y lasventajas de marchar en la misma línea de las grandes naciones, tan sólosea una vez, pueden ser de incalculable importancia...

Pido ahora perdón por estas últimas páginas; pero, como el fin de lajornada se acerca y pronto vamos a separarnos, cuento con que seránleídas con aquella paciencia, llena de vagas esperanzas, con que se oyeel último párrafo de un fastidioso que tiene el sombrero en una mano yla otra en el picaporte.

Cuando me dirigí al Alene, que debía partir a la mañana siguiente,encontré un sinnúmero de hombres y mujeres descargando cerca decincuenta vagones que una locomotora acababa de dejar al costado delvapor, al que transbordaban el contenido. ¿Sabéis lo que era? ¡Plátanos!Jamás he visto una cantidad semejante de bananas. Millares, millones deracimos se apilaban en las vastas bodegas de tres vapores que cargabansimultáneamente. Ha tomado tal desenvolvimiento esa industria en elIstmo, que se han fundado compañías de vapores exclusivamentedestinadas al transporte de plátanos. Más tarde, en Nueva York, meexpliqué ese consumo extraordinario. Las calles están plagadas devendedores de frutas, y raro es el yanqui que al pasar no compra un parde bananas, que pela bravamente con los dientes y engulle sin disminuirsu paso gimnástico. Ha llegado hasta tal punto la cosa que ha sidonecesario un edicto de policía penando con una fuerte multa a los quearrojan cáscaras de banana en la calle, suministrando así ocasión a másde un desgraciado para romperse la crisma.

Ahora, ¿sabéis a cuánto ha ascendido el valor de la exportación deplátanos por el puerto de Colón en el año 1881?

A un millón doscientosmil pesos inertes, esto es, seis millones de francos o sea treintamillones de pesos moneda corriente (Buenos Aires). Doy la cifra envarios tipos monetarios para que su enormidad no se atribuya a unerror[31].

¿Os figuráis la pirámide de racimos de plátanos que se necesita, pagadosa ínfimo precio, para alcanzar esa suma? Y, sin embargo, uno de los másfuertes exportadores, el iniciador de la idea, cuenta doblar laexportación en dos años más, habituando a la banana a toda la regióncentral de los Estados Unidos que aun no ha mordido la blanda fruta. Esbueno advertir que el plátano de Panamá, que es el mejor del mundo, seda todo el año. Poro, como al principio las plantas existentes estabanlejos de bastar a las necesidades de la exportación, los propietarioshan contratado inmensos plantíos, y en el día no se ven sino bananerosrepletos de fruta a lo largo del ferrocarril de Colón a Panamá. Elplátano se embarca verde, empieza a dorarse a los cuatro o cinco días, yllega en completa sazón a Nueva York, donde pronto desaparece ante elformidable consumo.

Si, como se espera, los cincuenta millones de habitantes de los EstadosUnidos se habitúan a comer bananas en la proporción que hoy lo hacen losneoyorquinos y en general la gente del litoral, el porvenir de Panamáestá asegurado. Dejando a la savia tropical trepar gozosa a la palma ehinchar el dorado fruto, puede convertirse ese Estado en el más rico deColombia.

CAPITULO XX

En Nueva York.

El Alene.—El Turpial.—El práctico.—El puerto de NuevaYork.—Primera impresión.—Los reyes de Nueva York.—Lasmujeres.—Los

hombres.—El

prurito

aristocrático.—La Industria yel arte.—Un mundo "sui generis".—Mrs. X...—La prensa.—HoffmannHouse.—

Los teatros.—Los hoteles.—El lujo.—La calle.—

Tipos.—Lavida galante.—Una tumba.—Confesión.

Era el Alene un pequeño vapor construido en Glasgow, fuerte, sólido ymarinero. Encontré a su bordo algunas familias colombianas que sedirigían a Nueva York, así como numerosos americanos e inglesesprocedentes de California o de los puertos del Pacífico sudamericano.

Cruzamos a la vista de la isla de Cuba, enfrentamos las Bahamas y nosdetuvimos a tomar carbón en una de las islas Barbadas: tales fuerontodos los accidentes del viaje. Mi único entretenimiento a bordo eracuidar un turpial que traía una niña de Colombia. El ave melodiosa mepagaba sus atenciones con su silbo de una dulzura melancólica yprofunda. La garganta del turpial no posee esa virtuosité extraordinario del ruiseñor o del canario; la agilidad le esdesconocida. Pero su canto, igual y monótono, es como esos trozosdelicados de música que siempre despiertan sensaciones nuevas... Concluípor tomar verdadero cariño al turpial, lo que fue para mí una fuente deamargura.

Cuando fondeamos, un marinero a quien la jaula incomodaba paraalguna maniobra, la colocó impensadamente sobre la parte de la calderaque sobresalía en la cubierta. En el momento de bajar a tierra, la pobreniña, con la alegría expansiva de la llegada, vino corriendo, tomada demi mano a buscar el turpial...

El pobre animal agonizaba; medio asadopor el calor de la caldera, había tenido el instinto de refugiarsedentro del receptáculo del agua que todas las mañanas se le colocaba enla jaula. Desde dos médicos que venían a bordo, basta el últimopasajero, todos ideamos veinte remedios diferentes sin resultado. Elpobre pájaro murió un instante después. La niñita lloraba sin consuelo yno podía desprenderse del turpial, que tenía apretado contra el seno,como queriendo darle su vida... Yo me paseaba como un imbécil en elpuente, renegando contra mí mismo y mi estúpido sentimentalismo que mehacía pasar un mal rato por la muerte de un turpial, cuando anualmenteme absorbía un sinnúmero de aves, muertas para mi uso particular, con lamás perfecta tranquilidad de conciencia. Hago una salvedad, sin embargo,aunque no se refiere a una ave. Hace cerca de dos años que no comotortuga. He aquí por qué: una mañana, remontando el Magdalena, los bogashabían cogido una tortuga inmensa, cuya concha, a lo largo, no tendríamenos de medio metro. Por una casualidad había descendido a la cocina,cuando me encontré a uno de los ayudantes en vía de matar a la tortuga;pero aquel bárbaro, a fuerza de hacha y machete, trataba de separar elcuerpo de su cáscara sin pensar en matar previamente al pobre animal,cuya cabeza pendía y cuyos ojos se entrecerraban a cada golpe dehacha... ¡Se la quité de entre las manos, lo obligué a matarla en elacto, pero no he vuelto a probar tortuga!

En la mañana del octavo día, vimos, lejos aun, cinco o seis pequeñasvelas al norte y al oeste. Eran los prácticos, en sus pequeños y velocesyates, con los que se aventuran a veces hasta dos y trescientas millasde Nueva York, corriendo un verdadero steeple-chase en busca de navíosque conducir al puerto. Hay dos compañías rivales, felizmente, lo queexplica esa solicitud. En realidad, el puerto de Nueva York es tanconocido y está tan bien balizado, que los capitanes no necesitan delauxilio del piloto para entrar con seguridad. Pero, como en caso de uncontraste, siempre posible, las compañías de seguros no pagan si no sehan tomado todas las precauciones, el personaje se hace indispensable.Como el viento les era contrario, pasamos un buen rato observando lashabilísimas maniobras, las maravillosas bordadas que hacían para ganarterreno, aproximándose al vapor.

Por fin, uno de los yates, cuando surival estaba sólo a veinte brazas, logró coger una amarra que se le echópor babor; el otro viró de bordo en el acto, sin hacer la menorobservación y puso la proa a un punto negro que se divisaba en elhorizonte, algún buque sin duda que seguía nuestra ruta. Un hombre, contoda la barba, pero sin bigote, de levita y sombrero alto, grave ysolemne, apareció en la cubierta del yate, con un diario en la mano. Esel último número del New York Herald que han tomado antes de partir,para obsequiar al capitán. El que olvida ese requisito está seguro deser evitado por el capitán en el próximo viaje, por medio de una simplemaniobra, si el número de su yate (pintado en la vela), se ve entre loscandidatos probables.

La llegada del práctico es siempre un acontecimiento a bordo; parecetener un aire de ciudad, cierto aspecto de tierra que alegra elespíritu. Viene de entre los vivos, sabe lo que ha pasado en el mundo,es la encarnación de esa esperanza de la llegada que en los últimos díasse hace áspera y violenta... Estábamos todos apiñados en la escalera. Elpráctico saludó gravemente «¿Qué hay de nuevo?»—preguntó alguno.« Garibaldi is died». Así tuve la primer noticia de la muerte del héroede San Antonio. No sé qué me hizo más impresión, si la noticia en símisma o la manera cómo la recibí. En 1870, al subir a bordo el prácticoque debía introducirnos en el puerto de Southampton, nos dijo, al serinterrogado sobre las novedades: «Carlos Dickens ha muerto». A miregreso, en 1871, supe también por un práctico, en un puerto detránsito, la muerte de Alejandro Dumas. Estas curiosas coincidencias meimpresionaron de una manera inexplicable, y desde entonces miro a losprácticos como aves de mal agüero.

Ahora bien, ¿quién obtendría el New York Herald, después del capitán?Cuestión grave. El lobo se encerró en su cuarto, y creo que, no sóloleyó hasta los avisos el muy miserable, sino que corrigió hasta lasfaltas tipográficas. Cuando lo conseguimos, no encontramos nada capaz desatisfacer nuestra curiosidad. Parece mentira que las cosas humanasmarchen de una manera tan monótona, que haya tan pocos choques deferrocarriles, dada la extensión de líneas férreas y tan raros crímeneshorribles, dadas las condiciones de nuestra amable especie.

He ahí, por fin, el famoso puerto de Nueva York.

Indudablemente, esaensenada profunda, bordeada por colinas caprichosas, salpicadas demontes, chalets relucientes, aldeas y castillos modernos, presenta unaspecto encantador. Pero no, no es la bahía de Río de Janeiro, eseorgullo de la zona tropical, con su cielo de un azul intenso como susaguas, sus montañas, sus palmares y cocoteros, sus islas sonrientes. Noes tampoco la calma poética y serena del golfo de Nápoles, reflejo delalma de Virgilio, que se impregnó de ese cuadro de celeste tranquilidad.Pero, a la verdad, la bahía de Nueva York sorprende gratamente al quepisa el suelo de la gran nación americana con el espíritu dispuesto sóloa la contemplación del lado positivo de la vida humana, a losespectáculos estupendos de la industria, y no a las bellezasnaturales...

Todo nuevo, todo fresco y rozagante. Los techos y las paredes de loselegantes chalets relucen como si los limpiaran cada mañana. En lasconstrucciones de piedra, imitando lo antiguo, el tono gris oscuro de lapintura que pugna por ser vetusta, no consigue engañar la mirada, comolas artistas jóvenes que creen hacerse viejas en las tablasblanqueándose el cabello y conservando la lozanía del cutis, no alcanzaa producirnos la ilusión buscada... A lo lejos, en el confuso dibujo dela ciudad, algo inmenso que se extiende entre dos pilares colosales,casi perdidos en la bruma, es el puente de Brooklin. Pero el ojo ávidono descubre una torre de forma arcaica, un monumento, una columna, algoque hable del pasado... Es que ese pueblo ha confundido en una las tresedades históricas; no busquemos el arte en esas costas, sino lo que enellas, hay...

Pero, lo repito, la bahía es realmente bella. Mil vapores la cruzan entodas direcciones, ostentando sus formas poco esbeltas de palaciosflotantes que traen a mi memoria el triste recuerdo de la «América» y lacatástrofe en que sucumbió.

Los primeros elementos del juicio que formé de Nueva York, después deuna corta permanencia, al calificar la inmensa ciudad de «paraíso de lasmujeres y de los niños», fueron recogidos en la

mañana

de

mi

desembarco.Mandé

mi

equipaje

anticipadamente al hotel, es decir, lo entregué a unade esas agencias comodísimas que reemplazan en todo lo que es molesto laacción individual, y me eché a vagar por las calles.

Eran las 8 de lamañana de un espléndido día de julio. El sol iluminaba las anchasavenidas, y ya numerosos grupos de hombres fatigados buscaban reposo ala sombra de los árboles corpulentos que bordan las aceras y pueblan lossquares. Por todas partes, mujeres y niños, solos, tranquilos, con sucartera de colegiales a la espalda, rosados, rozagantes de vigor.Marchan con el paso firme de soberanos. Al llegar a una esquina, dondela afluencia del tráfico hace imposible el tránsito, se detienen y miransimplemente al policemán, que de pie en medio de la calle, con lagravedad de una estatua, vigila con ojo activo cuanto pasa a sualrededor. El policemán espera la reunión de cinco o seis criaturas,toma la más pequeñita sobre su brazo izquierdo, y rodeado de labulliciosa tribu, se lanza al piélago, levantando en la diestra elbastón, símbolo de la autoridad. Tranvías, carros, fiacres, carruajes delujo, todo vehículo se detiene en el acto y los niños atraviesantranquilos y sin peligro la calzada, guiados por el amor del pueblo,representado en ese momento por el correcto funcionario. Llegados a buenpuerto, el policemán deposita en tierra su graciosa carga, sonríe a susdiminutos clientes que se despiden de él como de un amigo y rehace elcamino andado al frente de una expedición análoga.

Más de una vez me he detenido por largo rato a contemplar ese cuadro. Esla única ciudad del mundo en que he visto esa vigilante tutela de laautoridad sobre los débiles y los enfermos.

¿Quién no recuerda lasangustias de las madres, teniendo a sus hijos convulsivamente de la manoy tratando de salvar estos torrentes de Oxford-Street, de la City, delos bulevares, de la plaza de la Opera o de la avenida de los CamposElíseos? A cada instante, los diarios de Londres, París o Viena,anuncian desgracias ocurridas a niños derribados por vehículos. En NuevaYork la infancia es sagrada. Para ella los parques dilatados, cubiertosde árboles, tapizados de césped, no de simple ornamentación, sino paraque el niño corra sobre él sin peligro, pruebe sus fuerzas y lasdesenvuelva. Para él un square en cada esquina, donde las niñeras seinstalan con el alegre escuadrón, armado de palos, picos y azadas, pararemover la arena, hacer fosos y murallas, cubrirse de tierra hasta losojos, moverse, agitarse, jugar, en una palabra, que es la vida de losniños, como el vuelo es la vida de los pájaros.

¡Cuántas veces, al atravesar Madison Square o los espacios sin fin delCentral-Park, al verme rodeado de innumerables criaturas rubias,rosadas, respirando a pleno pulmón ese aire vivificante, encarnizadas entodos los juegos infantiles conocidos, he pensado en nuestros hijos,metidos entre los cuatro muros de la casa, creciendo sin color, comoflores de invernáculo, sin más recurso que ir a sentarse sobre un tristebanco de plaza, para ser retado por el gendarme apenas su piececitotravieso pisa el césped amarillo y sediento! ¡Cuántas veces he envidiadoesa educación física, desenvuelta a favor de las garantías y seguridadque arraigan la conciencia del derecho y comunican la confianza en lapropia fuerza! Es ese, indudablemente, el principal secreto de lafabulosa prosperidad americana; el cuerpo se desarrolla en toda laintensidad de que es susceptible, el espíritu toma el aplomo yequilibrio característico de los yanquis, y cuando llegan a lavirilidad, hace luego largo tiempo que son hombres.

En cuanto a la mujer, no hay parte alguna del mundo en que sea másrespetada. Esas costumbres de independencia femenil, que nos asombran alos latinos y que en los últimos tiempos han empezado a ser fuente depreocupación para los mismos yanquis, han dado por resultado laconfianza tranquila que sostiene a las mujeres en todos los sitiospúblicos. La moral neoyorquina no es ni más severa ni menos lata que lade cualquier centro europeo; pero es un hecho, que cualquier extranjerohabrá podido observar, que, ni aun en las horas de la noche, en el senode las grandes corrientes de Broadway o de la calle 18 o de la TerceraAvenida, se notan esas solicitaciones repugnantes que hacen imposible alas familias el acceso a los bulevares de París o de ciertas calles deLondres. La tenue de las mujeres, aun en aquellas que un no sé quévago revela a ojos experimentados pertenecer al gremio tancaracterísticamente llamado en Francia de las horizontales, es siemprecorrecta y digna. La máscara caerá al pisar la puerta de calle; perotodo hombre puede pasearse con su mujer o sus hijas sin temor depresenciar escenas escandalosas.

Nada más brillante que los puntos de reunión en las calles de Nueva Yorka las horas de tono. La belleza de las mujeres asombra; las correctaslíneas británicas, templadas por una gracia indecible, la elegancia delos trajes, el aire suelto y fácil con que son llevados, hacen de laneoyorquina un tipo especial. Dicen los que han vivido mucho tiempo enel seno de esa sociedad, que la atracción invencible del exterior nadaes al lado de los encantos del espíritu y de la dulzura exquisita delcorazón. No lo sé, ave de paso, extranjero, he pasado más de una hora enla intersección de la Quinta Avenida y Broadway, con ese aire imbécilque tiene un huésped instalado en la puerta del hotel que habita,saciando mis ojos con el cuadro encantador que se renovaba sin cesar.

Nopuedo decir que los hombres me hayan seducido tan francamente; el tipogeneral es de una vulgaridad aplastadora.

Parece faltarles el pulimentofinal de la educación, las formas cultas que sólo se adquieren por unlargo comercio con ideas ajenas a la preocupación de la vida positiva.No critico ni exalto el modo de civilización yanqui; me limito a hacerconstar que, fuera de las mujeres, se puede recorrer la gran ciudad entodo sentido sin encontrar nada que despierte las ideas altas que elaspecto del arte suscita. Calles espaciosas, cómodas, muy bellasalgunas, como Broadway o la Tercera Avenida, parques suntuosos, iglesiasmonumentales, de todos los estilos conocidos, pero nuevecitas, en hoja,acabadas de salir de la caja, edificios soberbios, regulares, todos losprogresos de la edilidad moderna, teatros pequeños pero elegantes,ferrocarriles y tranvías en todas direcciones... pero jamás aquellasencrucijadas de París, de Viena y de las ciudades italianas, en las queun viejo balcón saliente detiene la mirada, o un mármol ennegrecido porel tiempo serena el espíritu con la armonía de sus líneas.

¿Puede haber nada más abominable que ese ferrocarril elevado que corresobre un puente tendido en todo el ancho de la calle, de tercer piso atercer piso? Debajo, un crepúsculo constante, la falda eterna del sol.¡Ay de los infelices que allí viven! ¡¡Pero se va más ligero!! Ningunapolicía europea permitiría el embarco de los pasajeros en el trenelevado de la manera que se hace; pero aquí cada uno se cuida a símismo, y si hay alguna desgracia, las compañías pagan. Transportedemocrático, símbolo perfecto de la igualdad, convencido. Entretanto, enla aristocrática Tercera Avenida no hay elevado, ni tranvías, y alCentral Park no entran los humildes fiacres que estamos habituados a veren el Bois de Boulogne. No critico la medida, pero hago constar la faltade lógica. Puedo asegurar que no hay pueblo sobre la tierra que apeguemás importancia a las preocupaciones humanas que radican en la vanidad.En eso, todas nuestras repúblicas se parecen, pero ninguna ultrapasa lade los buenos yanquis. El prurito de la aristocracia es curioso entreellos. No hablo del Sur, donde se conserva aún la tradición de laaristocracia de raza; me refiero al Norte, a ese mundo de financistas,industriales y comerciantes. Es curiosa la influencia que tiene entreellos un título nobiliario; en el centenario de Yorkstown los miembrosde la comisión francesa, casi todos titulados, eran objeto de un estudiodetenido para todo el mundo. Una cinta, una decoración, un botónmulticolor con que hacer florecer el ojal de la levita, es su sueñoconstante. Hay algo de ingenua puerilidad en eso. ¡Ay, mis amigos! ¡Siaristocracia quiere decir distinción, delicadeza, tacto exquisito,preparación intelectual para apreciar los tintes vagos en lasrelaciones de la vida, fuerza moral para elevarse sobre el utilitarismo,pasarán aún muchos siglos antes que la correcta huésped descienda sobreel suelo americano! Contentáos con el lote conquistado, con eseadmirable sentido práctico que os distingue entre los hombres;multiplicad los productos de Chicago y las balas de algodón; vividlibres y felices bajo el amparo de la Constitución que os rige; poblad,edificad, trazad rutas nuevas; pero no olvidéis nunca a aquel generalromano que amenazaba a los encargados de llevar una estatua de Fidias,de Atenas a Roma, con hacérsela rehacer si llegaban a destruirla.

Laconcepción de la vida, tal cual los americanos del Norte la comprenden,puede proporcionar quizá la mayor suma de bienestar material sobre latierra. Pero las naciones son como los hombres: para brillarincomparablemente en la historia, necesitan desgarrarse el seno en unagestación dolorosa; para crear el arte, es indispensable esa actividadintelectual, lírica, fantástica, reñida con la práctica, que trae lasfatales confusiones entre el sueño y la realidad, que determinan laguerra del Peloponeso, él torbellino italiano del siglo XVI o lamonstruosa sacudida del 89.

Rousseau no ha sido ni es posible en losEstados Unidos; ese pueblo seguirá a un hombre que le muestre el becerrode oro como la meta suprema; jamás el estilo, la teoría, el calor delsentimiento, el arte en sus formas más elevadas, estremecerán esa masaflemática, embotada por una educación tradicional.

Mi permanencia en Norte América fue muy corta; circunstancias especialesme hicieron abreviar el tiempo que pensé consagrar a la gran república.No me es, pues, posible hablar con detalle de un país que he visitadotan rápidamente. La impresión predominante es que uno se encuentra en unmundo nuevo, extraño, diferente a aquel en que estamos acostumbrados avivir. Juzgo que para un latino cuya vida ha pasado en el seno desociedades cultas y educadas, será difícil connaturalizarse con el modode ser yanqui, áspero y egoísta en sus formas. La preocupación deldinero predomina sobre todas; el público sabe casi diariamente, por lapublicidad de los periódicos, el estado de fortuna de un Vanderbilt o deun Stewart, lo que gastan en su mesa, la materia de que se componen losutensilios más insignificantes o característicos del hogar. Aquéllos quegimen sobre los abusos de la prensa en Sud América o en Francia, podríandifícilmente citarnos el ejemplo de los Estados Unidos.

No he vistojamás una injuria más sangrienta lanzada a la faz de una sociedadentera, que una caricatura que se me mostró. Hay un espléndido palacioen la Tercera Avenida, que es el Faubourg Saint-Germain de Nueva York,que fue construido por una famosa partera, cuya habilidad y discreciónle habían valido esa opulenta clientela. Las malas lenguas aseguran quelos procedimientos secretos de Missis X. han impedido de una maneranotable el aumento de la población neoyorquina. Muerta la dama, undiario de caricaturas publicó un dibujo representando la Tercera Avenidallena de niños, que corrían de un lado a otro jugueteando. Al pie, estaleyenda: «La Tercera Avenida, dos años después de la muerte de MissisX.». Paréceme que en cualquier otro país del mundo las costillas delcaricaturista no habrían quedado intactas.

Si en alguna parte el aforismo de Girardin sobre la impotencia de laprensa tiene aplicación, es en Norte América. Los diarios se tiran acentenares de millares y constituyen uno de los géneros de empresaindustrial que reportan más beneficio. Pero es el anuncio y lainformación lo que les da vida y no la opinión política. ¿Qué le importaa un yanqui lo que piensa un diario? Lo compra, lee los telegramas yluego los avisos.

La verdad es que en el día la prensa universal tiende a tomar esecarácter. El valor e importancia del Times consiste en su preocupaciónincesante de reflejar la opinión, con todas sus aberraciones y cambios,en vez de pretender dirigirla.

Uno de los establecimientos más característicamente yanquis que hevisto, es el opulento bar-room llamado Hoffmann House y situado frente aMadisson Square. Se me ha asegurado que su propietario pasó diez años enuna penitenciaría por haber dado muerte a un hombre en un momento decelos. Tiempo tuvo para madurar su idea, que en realidad le salióexcelente. Debe haber empleado sumas enormes en construir aquelloslujosísimos salones, cuyas paredes están tapizadas de obras maestras dela pintura moderna. Sólo «Las ninfas sorprendidas por faunos», deBouguereau, le ha costado diez mil dólares, y poco menos la

«Visión deFausto» y otras telas de un mérito igualmente excepcional. Estatuas,bustos, autómatas, todo lo que puede atraer la mirada humana. Salas delectura, de correspondencia, posta, telégrafo, y en un vestíbuloespecial, tres aparatos de ese maravilloso telégrafo automático que vadesenvolviendo constantemente la cinta de papel en que estánconsignadas, minuto por minuto, las noticias políticas, el movimientode la Bolsa, y la oscilación en el precio de los cereales, algodones,etc.

En el fondo del bar-room, un inmenso mostrador, cubierto de todo loque un buen gastrónomo puede apetecer para hacer un lunch delicado ysuculento. Entráis allí como en una plaza pública, leéis los diarios,los telegramas, escribís vuestra correspondencia, y si os sentís conapetito, elegís lo que se os antoje, que os es servido inmediatamentecon toda civilidad.

Todo, absolutamente gratuito. ¿Pero dónde está elnegocio, diréis? Simplemente en las bebidas. No es obligatorio pedirlas,ni son más caras que en otras partes. Pero es tal la cantidad de genteque se sucede sin cesar, que el pequeño beneficio de cada whiskycocktail o de cada vaso de cerveza, no sólo cubre los gastos de lasvituallas que se dan gratis, sino que al fin del día dejan una gananciaconsiderable. Preguntando a uno de los directores del establecimientocómo se explicaba que el bajo pueblo no hiciese irrupción y se instalasea almorzar, comer y cenar diariamente y de balde, me contestó que M.Hoffmann conocía mucho el corazón humano, que sabía que en los centroslujosos y brillantes sólo se encuentra cómoda la gente de las claseselevadas, aquella que, si pellizcaba, un sandwich, se cree moralmenteobligada a tomarse tres cocktails, sacrificio a que se resigna conbastante facilidad.

Estuve en dos o tres teatros. Son de estilo inglés, generalmentepequeños y bonitos. En uno de ellos vi la famosa opereta Patience,crítica acerba de la última plaga de la literatura inglesa, elestetismo; esto es, la lánguida aspiración al ideal, traducida enmaneras vaporosas, en posturas de virgen rosácea, en grupos de unhelenismo rococó. La música es trivial y agradable, pero como comedia,la pieza se arrastra de una manera matadora. El jefe de la escuelaestética viajaba entonces en los Estados Unidos, contratado por unempresario como un simple tenor y obligado a producir frases estéticasbien limadas, en sitios como Mount-Vernon, el Niágara, el Capitolio,etc. Su presencia en el suelo americano daba sabor de actualidad a lacrítica.

En otro teatro la eterna Mascotte, en inglés, arreglada, como hacenlos directores en Londres, al gusto británico. Aquí era al gusto yanqui.Los calembours, los coq-à-l'âne, se referían siempre a incidenteslocales. Naturalmente, Lorenzo XVII y Rocco se convierten en irlandesesen el último acto y hablan con el rudo acento de los hijos de la verdeErin, según la designación que ha prevalecido, como si la Inglaterrafuera amarilla y la Escocia violeta. Un gigante de seis pies que hacíael papel de Pippo, había tomado la cosa a lo serio, y en el balido delgracioso dúo creía oír el estentóreo aullar de un cuadrúpedoantidiluviano.

En farsas americanas, prefiero las dislocaciones y elbango de los minstrels a todas las imitaciones francesas.

Oí también una vez al célebre trágico Edwin Booth, de la familia delasesino de Lincoln; más tarde tuve ocasión de seguir susinterpretaciones de Shakespeare en Berlín, donde trabajaba con unacompañía que le daba la réplica en alemán. La analogía de idiomasevitaba aquel defecto deplorable que desgarraba los oídos de mi queridoRossi, cuando en Londres daba el Hamlet en italiano con una compañíainglesa. Encuentro a Booth inferior a Rossi y a Salvini en sus grandespapeles saquesperianos. Su cuerpo se presta admirablemente para el Hamlet, pero el estetismo lo preocupa demasiado, ¡y yo venía de ver«Patience»!

Viajeros latinos, no descendáis jamás en Nueva York en un hotel de losllamados de plan americano, esto es, en los que es obligatorio pagar lacomida junto con el departamento. Se está bien, los cuartos son cómodos,limpios; el agua sale, en todos los tonos de la temperatura, de unsinnúmero de bitoques; hay profusión de campanillas eléctricas... perola mesa es deplorable.

Salmón cocido y rosbeef crudo; he ahí el menú.Si queréis un cambio, tomad primero el rosbeef y luego el salmón, si esque no preferís principiar por la eterna compota que cierra la marcha yque hasta ahora no he podido averiguar si pertenece a la familia de lassopas o a la de los postres. En cambio, tenéis el restaurant Delmónico oel Brunswich que no le ceden en nada a Bignon, al London House de Niza oal Bristol de Londres.

Delmónico está lleno siempre y sus precios sonexorbitantes.

Quisieron los propietarios disminuirlos, pero la clientelayanqui declaró que el día que un cotelette valiera menos de un dólar, ouna botella de Mumm extra dry menos de diez fuertes, abandonarían lacasa. Obligados por la ley a sufrir la presencia de la gente de color enlos tranvías y paseos, no tienen más valla que oponer a la invasióndemocrática que el bolsillo. Y lo emplean largamente. Hay que hacerjusticia, y plena, a los yanquis a este respecto. No hay un punto de latierra más gastador, más generoso, más abierto. El oro rueda a rodos;para ellos, lo más caro de la Europa: sus vinos más exquisitos, susjoyas, sus brillantes, sus artistas más aplaudidos. El lujo es inaudito;en ninguna parte del mundo la impresión de la pobreza se siente con másintensidad. Pero un hombre de gusto, con la mirada habituada a lapercepción de las delicadezas europeas, nota al instante cierto tinteespecial: el sello del advenedizo, que no ha tenido tiempo de completaresa dificilísima educación del hombre de mundo de nuestro tiempo, capazde distinguir, al golpe de vista, un bronco japonés de uno chino, unSévres de un Saxe; una vieja tapicería de una moderna. Hay uninexplicable rococó aun en los centros mejor frecuentados. Un francésdel buen mundo, con treinta mil francos de renta, hace maravillas, a lasque un yanqui con doscientos mil no alcanzaría.

La calle, un museo de artes incoherentes. ¡Qué tipos maravillososexhibiéndose con una tranquilidad y un aplomo inconcebibles! ¡Quésombreros piramidales, vastos como necrópolis, unos invisibles, otrosizados a lo alto de un cráneo puntiagudo por un milagro de equilibrio!¡Qué corbatas! El pueblo que usa esas corbatas no producirá jamás uncolorista de genio. Debe haber un daltonismo hereditario en la masa.

Esimposible que vean el rojo con el mismo tinte que se nos ofrece. Elverde los seduce; es necesario haber vivido un año entre cotorras parahabituarse a aquellos plastrons imposibles.

En cambio, el grupo de los swell se viste con una elegancia sólo comparable a la alta claseinglesa. Los dandys de Broadway no les ceden en nada a los de Hyde ParkCorner... Pero de pronto pasa un pantalón al tobillo, a cuadros habana,con un jacquet invisible, a manera de cornisa, que os arroja en la másprofunda desolación. En general, los hombres parecen de viaje, camino dela estación, con cierto temor vago de perder el tren. Cada uno lleva loque ha comprado: un cacho de bananas, un conejo, un salmón, una canastade frutas, un cuadro o un baño de asiento. El beg your pardon es menoscomún aun que en Inglaterra. No piden ni dan cuartel; os pisan y empujancon la misma calma que sufren la recíproca. No se levantan para ceder suasiento a una señora, porque sostienen que una señora no debe entrar enun tranvía donde no hay asiento. Pero que un hombre insulte a una mujer,que un niño pida auxilio, y veréis toda esa indiferencia desaparecer enel acto. Poco político, si queréis, pero, una vez amigos podéis contarcon ellos como un inglés que os ha estrechado la mano.

¿Morales? Ni más ni menos que el común de los mortales. La vida galantede Nueva York no es por cierto lo que ofrece menos encantos en estetriste mundo donde ese culto tiene tantos adeptos. En general, lospaíses donde se bebe mucho champaña dejan bastante que desear desde elpunto de vista de la austeridad de costumbres. Ahora bien, en ningunaparte se bebe más champaña que en Norte América. La Francia entera,desde Cherbourgo a Mentón, y desde Bayona a Belfort, cubierta de viñas,no bastaría para el consumo de un año. Así, fuera, naturalmente, de losgrandes centros, nada más fantástico que las bebidas que allí seexpenden bajo el nombre de champaña.