En Viaje (1881-1882) by Miguel Cané - HTML preview

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Descendíamos de la sabana hacia la tierra caliente; he ahí Agua Larga.Una mirada al pasar, y adelante. A ambos lados del camino, entre laespesa vegetación que cubre la falda de la montaña, y allá en el fondodel profundo valle hacia el que bajamos en cigzac, empieza a oírse esasinfonía peculiar de la región tórrida, a la que nuestros oídos sehabían deshabituado en la altura. Eran los grillos, las chicharras, ¡quésé yo de los nombres que llevan las estridentes tribus que cantan al solentre el tupido follaje de la tierra cálida! Los abrigos se hacíanpesados, y—¡fenómeno curioso del que se me había advertido!—los oídoscomenzaban a zumbarme ligeramente.

Parece que es efecto del rápidocambio de temperatura, pero pasa pronto.

A poco se nos agregó un hermano del poeta Pombo, librero de Bogotá, amateur botánico, que saludaba por su nombre, como antiguos conocidos,a los yuyos del camino. Iba a Chimbe, no sé a qué. Costábale trabajoseguirnos, porque nuestras mulitas devoraban la ruta. Con su paso igualy parejo, bajaban, subían, avanzando siempre con una rapidez que measombraba. No las economizábamos, porque, más previsor que a la venida,había hecho preparar, como el compañero, bestias de repuesto en Villeta.La sola idea de pasar ligero por aquel horno me alegraba el alma.

¡Hola!, he ahí a Chimbe, donde nos calafatearon el almuerzo famoso de lavenida; ahí está el árbol a cuyo pie, tendido, con la rienda de mi mulacansada en la mano, se me apareció la Providencia bajo la forma de unindio montado en un alazán, y allá en el fondo de su eterno embudo,Villeta, la dulce al dejarla.

Hace rato que nos ha dejado Pombo; miramosel reloj. Son apenas las 11; hemos marchado más rápidamente que elcorreo.

Nos detenemos un instante en un caserío, donde mi compañerotiene relación, y parlamentamos hasta conseguir un almuerzo que nosevita detenernos en Villeta. ¡Qué apetito aquél! La buena sopa de papasy el duro trozo de carne salada desaparecieron en el acto. ¡Quién noshubiera dado, más tarde, esa fourchette en Nueva York o en París, parahacer honor a Delmónico o Bignon, o a los renombrados chefs de Mde.B... o de Mde. S...! Y de nuevo en camino. Poco antes de llegar aVilleta, nos detenemos en algo que debía ser casa de Piquillo, porqueallí cambiamos de bestias... Me he olvidado de dos personajesimportantes que nos seguían o pretendían seguirnos en nuestra marchavertiginosa; nuestros sirvientes, montados como tales. El mío, un rubio,tuerto, sabanero, como lo indicaba su tipo, especie de letrero para lagente del camino, de la que me informaba más tarde sobre su destino,pues acabó por perdérseme; mi sirviente, repito, montaba una mulitabaja, escueta, regañona, canalla, ¡y el sabanero no llevaba espuelas!

Elespectáculo de aquel taloneo angustioso e incesante me hacía mal, porqueme recordaba las peripecias de la venida, y me veía, no bajo un prismahalagador, muy de helmuth y de poncho de guanaco, blasfemando contrami bestia rehacia.

Resolvimos dejarlos atrás y seguimos la marcha, cruzando Villeta comouna tromba. Me habían dado un excelente caballo, habituado a la montaña,y el compañero montaba una mula escogida. Cada vez que divisábamos uncamino medianamente plano, galopábamos hasta que la subida sofocaba a labestia o el descenso nos advertía que no estaba lejano el momento derompernos la nuca.

¡Qué cuesta aquélla para salir del valle profundo de Villeta ytransponer la montaña que lo rodea! Parece imposible conseguirlo sinalas; el camino es malísimo, poco más o menos como el nuestro de Mendozaa Uspallata, en los Andes argentinos; pero, en cambio, el lujo salvajede la vegetación reposa la vista, y los hilos de agua que desciendenentre flores y follaje, alegran el paisaje. El diferente andar de losanimales nos había

hecho

separar

unos

cincuenta

metros

del

compañero,cuando éste me alcanzó rápidamente y dándome la voz de alarma, me mostróun denso nubarrón que avanzaba cubriendo el cielo, pocos momentos antessereno y deslumbrador como una placa reflectora. No tuvimos tiempo másque para desprender la inmensa capa de cautchut que arrollada llevábamosa la grupa y envolvernos en ella, levantando el capuchón. La lluvia sedescolgó, una de esas lluvias torrenciales de los trópicos que dan unaidea de lo que debió ser el formidable cataclismo que inundó el mundoprimitivo.

Avanzábamos siempre, las bestias con la cabeza entre laspiernas, y nosotros, silenciosos, inclinados sobre la cruz, enceguecidospor el agua que nos batía el rostro como por bandas, y mecidos, más queaturdidos, por el chocar de la lluvia contra los árboles. No eran gotas,era un caudal seguido y espeso; las piedras del camino, lavadas ypulidas, se hacían resbalosas y las bestias marchaban con una prudenciainfinita. El diluvio duró un cuarto de hora; de pronto, el sol brilló denuevo, los árboles sacudieron las últimas perlas suspendidas en sucabellera, el azul del cielo apareció más intonso, y el coro de losinsectos entonó da capo su eterna sinfonía....

Eran las tres y cuarto de la tarde cuando llegamos a la plaza deGuaduas, que aún aguarda la estatua de la Pola[26], la más noble entrelas hijas del valle. En media jornada habíamos hecho el camino en que yoempleara dos a la venida; verdad que habíamos andado como «chasques» yque la gente a quien comunicábamos la hora de nuestra salida deManzanos, no podía creernos. Mi compañero me propuso llevar a cabo lahazaña de ponernos en un día desde la sabana en Honda, lo que haríanuestro viaje legendario. Acepté por pura botaratería, porque no sólo meera igual sino preferible, llegar al Magdalena un día después, paratomar inmediatamente el vapor, evitándome así una noche en Bodegas deBogotá, noche que se me presentaba bajo un aspecto poco risueño.

Pero en el momento de resolverlo, alcanzamos una numerosa caravana que,en orden de uno por fila, caminaba lenta y pausadamente bajo aquel solde fuego que impulsaba a acelerar la marcha. Eran los señores Cuervo, deuno de los que he hablado ya, que iban a tomar el vapor, acompañados devarios amigos. Pensaban pasar la noche en Guadua. Además, al llegar albonito Hotel del Valle, del único que tenía buenos recuerdos de todoslos de la ruta, vi en la puerta a las señoritas Tanco que también iban aEuropa. Ante la perspectiva de una buena noche en agradable compañía,renuncié a mi inútil y quijotesco propósito de llegar a Honda en elmismo día. Mi compañero, que iba a reunirse con su familia, insistió ysiguió viaje. Después supe que había tenido que hacer noche en una chozapróxima al Magdalena, pues la oscuridad lo había obligado a detenerse.

Entretanto, pasó el día, llegó la tarde y mi rubio tuerto, mi sabanero,portador de mi maleta más importante, no aparecía.

Cuando a la mañanasiguiente, todo el mundo en pie, después de una noche de reposo, sepreparaba para montar a caballo, comprobé con una cólera indecible quemi tuerto maldecido brillaba aún por su ausencia. Resolví continuar elviaje, porque retroceder era inútil, y además de indagar en el camino sime había precedido, hacer jugar el telégrafo, una vez llegado a Honda.

Mientras marchábamos por los duros despeñaderos, no podía menos deadmirar la resolución y la voluntad de aquellas tres criaturasdelicadas, habituadas a todas las comodidades de la vida, que iban a milado sonrientes y conversadoras, bajo un sol de fuego, al insoportablemovimiento de la mula. El señor Tanco sonreía y me recordaba que en sujuventud salir a la costa era una cuestión mucho más grave que hoy. Envez del vapor que íbamos a encontrar en Honda, había que meterse bajo eltoldo de paja de un champan, toldo de media vara de alto, que sólopermitía la posición horizontal. Los negros bogas corrían sobre él,medio desnudos, soeces, salvajes en sus costumbres... ¡y esa vida, sobretodo cuando se trataba de subir el río, duraba, meses enteros!

Cada cuarto de hora me detenía en la puerta de ranchos extendidos sobreel camino y comenzaba mi eterna cantilena:

«¿Ha visto pasar un mozorubio sobre una mula baya?» En una de esas tentativas, una buena mujerme contestó que en la tarde del día anterior había pasado un sabanero,tuerto, con la mula cansada.

No

cabía

duda,

era

el

mío.

Pero,

para

mayortranquilidad (tenía todo mi dinero y papeles en la maleta que llevaba misirviente, lo que creo explicará mi inquietud), resolví adelantarme soloy piqué mi caballo. El sol caía a plomo, y próximos ya al valle delMagdalena, el calor se hacía insoportable. A pesar de sus excelentescondiciones, mi caballo empezaba a fatigarse y me detuve un cuarto dehora bajo un árbol. Allí vi pasar un entierro de las campiñascolombianas, cuyo recuerdo aún me hace mal. El muerto, descubierto, conla cara al sol, era llevado sobre una tabla, a hombros de cuatro indios.En Bogotá había visto ya entierros de niños en iguales condiciones,cuadro que deja una impresión negra y persistente...

Pero ya que estoydescansando bajo este árbol de grata sombra, voy a contar a ustedes unode los recuerdos de los Andes argentinos, que cierta correlación deideas me trae a la memoria.

Es la historia famosa de don Salvador, elcorreo. Si es algo larga, cúlpese a la marcha lenta en la montaña que datiempo para narrar.

Viajaba en la Cordillera; hacía tres días que estaba separado de losúltimos vestigios de la civilización, y, montado en mi mula, de pasoigual y firme, atenta al peligro, ajena a la fatiga, avanzaba entre lasgargantas de los Andes argentinos, ya trepando un cerro en cuya cumbrerugían los vientos de los páramos, ya siguiendo lentamente el cauce secode un río que esperaba el deshielo para convertirse en torrente. Lasenda era única e inerrable; la brújula, consultada con frecuencia pormera curiosidad, me hacía ver las caprichosas direcciones del camino.Tan pronto la bestia marchaba al norte tan pronto al sur, y casi nuncaal oeste que era el objetivo. Avanzábamos derivando. Como, al levantarel campamento antes de llegar el alba, mi mula era la primera que estabalista, tomaba siempre la delantera, mientras el guía y el mozo de manoarreglaban los cargueros. Así marchaba hasta la mitad del día, solo,perdido en mis pensamientos y dejando a veces escapar exclamaciones desorpresa ante un cuadro cuya salvaje grandeza me hacía detener a mipesar. Era un cerro desnudo y esbelto, brillando al sol como una placade metal bruñido; una garganta, estrecha y sombría como una profundaherida de estileto en el corazón de la montaña; una cascada cayendo degolpe de una altura enorme, sin gracia y sin majestad, con unabrutalidad feroz; un río corriendo silencioso y libre a cien metros bajomis pies, en el seno de un cauce inmenso, de orillas torturadas por eltorrente pasado, o por fin, un valle muerto y helado, sin una planta,sin un arbusto, sin un eco. Cuando el calor se hacía insoportable, medetenía a la sombra de un peñasco saliente que nos abrigaba amenazando,y esperaba allí a los peones. Una hora después sentía a lo lejos elrumor del cencerro de las bestias de carga, que no tardaban en apareceren la cumbre vecina que yo mismo venía de cruzar, detenía allí unmomento su paso cansado, levantaban la cabeza al viento y volvían aemprender la marcha resignadas.

En un instante el almuerzo estabapronto; salían a luz el charqui y los fiambres, el buen vino de Mendoza,el mate hacía los honores de postres, y luego de pasadas las fuerteshoras de sol, emprendíamos nuevamente la marcha de la tarde. Los guíashablaban poco; de tiempo en tiempo una observación sobre tal mula que seiba haciendo vieja, o una consulta para arreglar los sobornos de uncarguero. A veces un canto plañidero y monótono, una triste vidalita,pero en general, un silencio completo.

Una tarde, el sol acababa de desaparecer detrás de una cumbre, y a pesarde que la noche estaba lejos, las sombras caían rápidamente sobre elvalle profundo en que marchaba. No había hasta entonces encontrado unsolo viajero viniendo de Chile, y, como estaba completamente separado dela vida activa de los hombres, deseaba saber las cosas que habíanocurrido en el mundo

durante

mi

secuestro

voluntario.

Así,

con

vivasatisfacción vi aparecer en la cumbre de un cerro un tanto alejado delpunto en que me encontraba, un hombre que me pareció cubierto de unaarmadura de oro y jinete en un caballo resplandeciente. Yo lo mirabadesde la oscuridad, que a cada instante se hacía más densa, y élrecibía, en ese momento de reposo en la altura, los rayos vivos del solque lo iluminaban, dándole la apariencia que producía esa viva ilusión amis ojos.

Aceleré cuanto pude el paso de mi cabalgadura, asombrado deaquella transgresión de nuestro contrato, en la esperanza de unirmecuanto antes al viajero que debía darme las noticias tan deseadas. Peroel cerro estaba lejos y él lo descendía lentamente al paso mesurado dela mula prudente que afianzaba su pie con firmeza para reconocer lasolidez de la senda. Los que viajan en las montañas tienen siempre unsentimiento de gratitud a la mula, cuyo esfuerzo y vigilanciacontribuyen, en su vanidad, al respeto y cariño por la vida del hombreque conducen. No podría la mula contestarles, como el marinero deShakespeare: None than I love more than myself? [27].

Había llegado al término de mi jornada de aquel día y al punto que miguía había designado para pasar la noche, pues de común acuerdo habíamosresuelto evitar las detestables casuchas llenas de insectos que a largasdistancias figuran como posadas en la Cordillera. De todas maneras, comoel camino era único, mi hombre de Chile tenía forzosamente que pasar porél. Primero llegaron mis guías, descargaron las bestias, las aseguraronbien y con las tablas de un cajón de comestibles, al que diéramos finesa tarde, hicieron un buen fuego. Nos preparábamos a cenar, yo un tantoretirado de los peones, que nunca pudieron vencer su humildad y cenarjunto conmigo, a pesar de mi invitación, cuando desembocó por un recodomi caballero de la ardiente armadura. Los arrieros se levantaroninmediatamente y saludando al recién venido por el nombre de donSalvador, salieron

a

su

encuentro.

Nada

de

transportes;

se

dieronsencillamente la mano, a la manera gaucha, casi sin oprimirla,contentándose con un contacto fugitivo. Por las miradas de don Salvador,comprendí que el guía hacía mi presentación y narraba las circunstanciaspor las cuales había sido él mi acompañante principal. A mi vez, yoestudiaba un poco al don Salvador que acababa de echar pie a tierra,aunque conversando aún en la mano las riendas de su mula, pequeña,fuerte, de un color casi negro y vuelta ya a la vulgaridad de suespecie, después de los pasajeros resplandores de la cumbre. Era donSalvador un hombre alto, delgado, con toda la barba canosa yrepresentando unos cincuenta años, lo que servía de base para calcularlediez o quince más. Tenía los ojos grandes y claros; su traje era el queusa generalmente el arriero de los Andes, un fuerte poncho, botas, unpañuelo al cuello y otro cubriendo la cabeza y parte del rostro, y sobreél un sombrero de paja.

Se acercó a mí, me saludó descubriéndose, me dio todas las noticias queconocía, y me dijo que era correo entre Mendoza y Santa Rosa de losAndes. Siempre me han inspirado una simpatía profunda esos hombresvalerosos cuyas filas clarea cada rudo invierno de la Cordillera. Sussueldos son mezquinos, y hasta ahora han sido acusados de una solainfidelidad, llevando generalmente serios valores en sus valijas.Durante los largos meses que la Cordillera está cerrada por las nieves,emprenden su viaje a pie; algunos, después de quince días de luchastenaces, llegan a su destino, extenuados, sin voz, hechos pedazos ydesnudos. Se han abierto camino a fuerza de perseverancia, desplegandoese valor solitario contra los elementos, que es el timbre más alto delhombre, evitando los ventisqueros, guareciéndose tras una roca contra laavalancha que cae rugiendo, pasando a veces la noche bajo una mortaja denieve.

Otros quedan sepultados en las cumbres lívidas y al primerdeshielo, sus compañeros entierran piadosamente los restos de aquel queles muestra cómo acaba la triste ruta de la vida.

Don Salvador era uno de esos hombres; su voz, ligeramente ronca,revelaba que había pasado más de una noche terrible entre los hielos. Loinvité a cenar y a pasar la noche con nosotros, puesto que su jornadahabía concluido también. Al alba nos separaríamos y yo le daría cartaspara mi tierra. Aceptó gustoso, desensilló su mula, que unió a lasnuestras, puso las valijas en un punto seguro, junto al cual tendió sucama, y en seguida se acercó al fogón y sentado en una piedra empezó acharlar, siguiendo atentamente los progresos del fuego.

Entretanto, mi lecho de campaña había sido también preparado; después decenar me tendí en el vestido, como tenía por costumbre, y encendiendo unbuen cigarro, placer inefable en la Cordillera como en todos los sitiossalvajes donde las delicadezas de la civilización adquieren un méritoextraordinario, dejé vagar la mirada por los cielos y el alma por elinmenso mundo moral, más grande aún que esa bóveda que me cubría.

Pocasnoches de mi vida recuerdo más serenas y más bellas. Era un portento decalma; no corría el menor viento y el silencio solemne sólo seinterrumpía a momentos por uno de esos ruidos misteriosos y lejanos dela montaña, que el eco suave reviste del acento de una queja apagada. Apocos metros corría con imperceptible rumor un hilo de agua. Lasestrellas tenían una claridad inmensa, y el ojo se detenía extasiadoante su rápido y fugitivo fulgor. Los recuerdos venían y el sueño sealejaba...

El guía se me acercó y me dijo: ¿No puede dormir, señor?—

No, pero no losiento. La noche está muy linda.—¿Por qué no toma un mate y hace hablara don Salvador? Es un viejo que conoce medio mundo y sabe más queLicurgo. Ha andado por Chile, Bolivia y el Perú, y conoce palmo a palmoel terreno donde a estas horas han de estar peleando los ejércitos.

Me picó la curiosidad; me incorporé en la cama y dije en voz alta:—«DonSalvador, si no tiene mucho sueño, ¿quiere acercarse un poco? Tomaremosun mate y charlaremos».—Don Salvador se levantó inmediatamente, hizorodar la piedra en que se sentaba hasta cerca de mí, y sonriendo sesentó nuevamente.

—¡Figúrese, Don Salvador, que hace tres días largos que ando entre loscerros, solo y sin desplegar los labios, porque los otros se quedansiempre atrás.

—Nosotros estamos acostumbrados, señor. Pero una vez, hace ya muchosaños, yo también, en un viaje largo, me fastidié de andar solo, encontréun compañero (¡que más valiera no lo hubiese encontrado!), y me puso enun caso del que no me he de olvidar nunca.

—¿Era un bandido?

—No, señor; pero, si tiene paciencia, le contaré cómo fue aquello, paraque después usted lo cuente, aunque no se lo crean.

Pero le juro que escierto, y si no, pregúntelo en el Perú, adonde dicen los amigos queusted va.

Fue entonces cuando don Salvador me narró la curiosa aventura, que a mivez puse por escrito apenas me fue posible, en mi estilo llano y simple,no atreviéndome a imitar el lenguaje especial y pintoresco con que elnarrador lo adornó.

Don Salvador era de San Juan; en su juventud, como peón, había recorridocasi todo el territorio de la República conduciendo mulas de un punto aotro, a las órdenes de un capataz. Fue así como se encontró en Salta,donde entró a servir a un arriero viejo y conocido. Allí se quedóalgunos años, y luego, siempre en su oficio, pasó al Perú, se hizo unpequeño capital que bien pronto el juego disipó; obligado a volver altrabajo, tomó la profesión de chasqui o propio, para la que lo hacíaidóneo su fuerza infatigable para andar a caballo, o más propiamente, enmula. Pero ese oficio, en una tierra donde el indio marcha másrápidamente que la bestia y puede pasar por sitios donde aquélla no searriesga, no era por cierto muy lucrativo. No es mi objeto narrar lasperipecias de la vida de don Salvador, cómo del interior del Perú pasó ala costa, como se hizo más tarde minero en Copiapó, pasando luego denuevo a la República Argentina y ocupando por fin el honroso puesto decorreo que desempeñaba hacía diez años.

Fue en uno de esos viajes como chasqui cuando le ocurrió el caso a queél se refería. Estaba en la provincia de Cuzco y volvía de un pequeñolugar, al norte, cerca de la raya de Junín, que se llama Inchacate. Elcamino es generalmente desigual hasta llegar a la vieja capital de losIncas, pero no ofrece dificultades de ningún género. Es una sendaseguida y angosta, que trepa los cerros, se hunde en los valles y costealos montes altos. Hay pocos ríos y torrentes que atravesar. El clima esdulce y la naturaleza pródiga en esas regiones predilectas de la viejaraza.

Una mañana, al romper el día, D. Salvador, que había hecho noche entreSanta Ana y Chinche, después de haber dejado a su izquierda una pequeñapoblación llamada Buenos Aires, cerca de Chancamayo, la que, según medecía, le había hecho acordarse de los porteños; una mañana, pues, sepuso nuevamente en camino, con el espíritu alegre, la mula descansada ycaliente el estómago con un trago de aguardiente. D. Salvador silbaba,cantaba vidalitas, pero se aburría, porque D. Salvador era hombre socialy le gustaba en extremo echar su párrafo. A eso de las 8 de la mañana,le pareció distinguir bastante lejos, como a una legua larga, a unviajero que, montado como él en una mula, trepaba una cuesta. Aunque eldesconocido marchaba a paso vivo y le llevaba bastante delantera, D.Salvador no desesperó de alcanzarlo, y con tal objeto, empezó a apurarsu mulita. De tiempo en tiempo el viajero desaparecía a sus ojos, parareaparecer más tarde, según lo desigual del camino, sin que D. Salvadorganase sensiblemente terreno.

Así marchó hasta la parada del mediodía, que no dudaba haría también suhombre, pues sólo un loco podía seguir viaje bajo aquel sol abrasador. Aeso de las tres se puso de nuevo en camino, y fuese que el desconocidohubiese prolongado más su regreso o que su mula empezase a fatigarse, elhecho fue que, poco después de las cinco, al caer a un valle, vio alviajero como a unas dos cuadras delante de él. D. Salvador ahuecó lavoz, hizo bocina con sus manos y empezó a gritar lo más fuerte que pudo:«¡Párese, amigo!». El amigo seguía impertérrito su marcha, pero ladistancia que los separaba disminuía rápidamente. D. Salvador gritaba,silbaba, producía todos los ruidos imaginables sin éxito ninguno. Eraimposible que aquel hombre, por más sordo que fuese, no hubiera oído eltumulto que se hacía a su espalda. D. Salvador comenzó a enojarse, ydejando de gritar, consideró al altivo viajero con atención.

Montaba una mulita baya, pobremente ensillada, a lo que podía ver, y quemarchaba con su paso monótono, llevando la cabeza casi entre laspiernas. El jinete, que D. Salvador sólo distinguía de espaldas, era unhombre sumamente alto y erguido; llevaba un pesado poncho azul oscuroque le cubría todo el cuerpo y que descendía hasta más abajo de lasrodillas. La cabeza, además de un sombrero de fieltro y de anchas alascaídas, estaba cubierta por un pañuelo colorado. Unas grandes botascompletaban el traje.

D. Salvador consiguió alcanzarlo, porque la mulita baya había aflojadoconsiderablemente el paso. Cuando estuvo cerca de él, vio que traía lacara casi completamente cubierta con el pañuelo, como quien buscaocultarse. Aunque a D. Salvador le pareció que el que así viajaba nodebía andar en cosas buenas, como estaba caliente por su ronqueraadquirida inútilmente, al pasar a su lado, le dijo: «Buenas tardes le déDios. ¿Sabe que había sido sordo?». El viajero no contestó una palabra.«Cuando un cristiano habla, se le contesta», añadió don Salvador, sinobtener respuesta alguna. Un momento titubeó entre armarla, como éldecía, o seguir tranquilamente su viaje. Su buen sentido triunfó, ylanzando, de paso, al viajero su flecha en un sarcasmo, picó su mula ysiguió adelante. Al caer la noche llegó a Huiro, un pueblito miserable,y se detuvo en una posada muy pobre que había a la entrada, tenida porun lindo indio viejo.

Después que desensilló la mula, se sentó en la puerta con el indio y sepusieron a charlar, cuando apareció, como a una cuadra, el viajerosilencioso.

—Ahí viene D. Juan en la baya—dijo el indio viejo.

—¿Y quién es ese D. Juan?—preguntó D. Salvador con una curiosidadmezclada de ironía.

—D. Juan Amachi, mi compadre, un indio viejo de Paucartambo. Allí tienesu familia y siempre que va al norte, pasa la noche en casa.

—¿Y qué tal hombre es?

—Excelente y servicial con todo el mundo.

D. Salvador se mascó el bigote y puso una cara altanera, porque D. Juanllegaba en ese momento. Su mula, fatigada, se detuvo a la puerta, y elindio posadero salió a recibirlo.

Llegado junto al viajero, le habló, lo tocó y dándose vuelta, dijosencillamente a D. Salvador:

—¡Pobre D. Juan, viene difunto!

Más tarde, en el Perú, pude verificar la exactitud de la narración de D.Salvador. Hasta no ha mucho, se encontraban en los caminos del interioralgunas mulas llevando la fúnebre carga.

La huella es única, la mulamarcha a su voluntad, no había otro medio de transporte, y el indio, quedurante la monarquía incásica vivía y moría en el mismo pedazo de suelo,como el siervo feudal, encargaba siempre, por la tradición, de su raza,que en caso de muerte, lo confiasen a su mula fiel, que lo llevaría areposar entre los suyos.

D. Salvador ensilló de nuevo su mula y se puso en marcha sin demora.Desde entonces, jamás hace esfuerzos por alcanzar a los viajeros que lepreceden en las rutas de la tierra.

CAPITULO XVIII

Aguas abajo.—Colón

El álbum de Consuelo.—Una ruda jornada.—Los patitos delsabanero.—El

"Confianza".—La

bajada

del

Magdalena.—Otra

vez

loscuadros

soberbios.—Los

caimanes.—Las tardes.—La música en lanoche.—En Barranquilla.—Cambio

de

itinerario.—La

Ville

deParís.—La travesía.—Colón.—Un puerto franco.—

Bar-rooms yhoteles.—Un día ingrato.—Aspectos por la noche.—El juego al airelibre.—Bacanal.—Resolución.

Me detuve un instante a almorzar en Consuelo, volví a ver el famosocuarto en que habíamos pasado la noche a la venida, con los Mounsey y lanumerosa y heterogénea compañía de que hablé. En el mismo sitio, la mesaa cuyo pie habían atado el gallo del panameño en su clavo invariable, laalpargata no menos renombrada, instrumento de suplicio de grillos ychicharras. ¡Oh vanidad humana, idéntica en la cumbre de los desiertoscerros de América como en lo alto de los campanarios de Italia!

EnConsuelo se me presentó... ¡un álbum! para que consignase un recuerdo opor lo menos dejase mi nombre. Había composiciones de seis páginas.¡Para lo que cuesta a un colombiano hacer versos una vez que tiene lapluma en la mano!

No era aquello por cierto un manual de trozosselectos, y en más de un ditirambo a la Montaña, o al Magdalena, laortografía se cubría el rostro en su abandono, cuando no era el sentidocomún... Pero el dueño de Consuelo no se fija en esas pequeñeces;tiene su álbum y eso le basta.

El trayecto entre Consuelo y Bodegas me fue tan duro como los peoresmomentos de la subida. El calor era sofocante, y el sol, brillandoinsoportable, me recordaba la exclamación de aquel pobre oficialprisionero que hacía tres días marchaba amarrado a una mula y que en unmomento desesperado miró al sol y dijo con un acento indefinible:¡Parece que lo espabilan!

Algo le hacía, de seguro, la mano oculta quealimentaba las lámparas de los cielos, porque, a medida que me alejabade él, puesto que descendía, redoblaba su fuerza penetrante. No esposible formarse idea de esos calores sin haberlos sufrido; las rocasparecen inflamadas, la tierra enrojecida calienta el aire que abrasa lacara, irrita los ojos, turba el cerebro. Se siente una sed desesperadaque nada aplaca, y se avanza, se avanza viendo el Magdalena a los pies,casi al alcance de la mano, alejarse indefinidamente entre las vueltas yrevueltas del camino. Mi cabalgadura no podía más, la rapidez de lamarcha y la atmósfera sofocante la habían agotado. Por fin, a las tresde la tarde, deshecho, llegué a una de las casuchas de Bodegas, me dejécaer, abandonando la bestia a su destino y pedí agua, más agua.

Lapulpera me obligó a tomar panela, que me pareció, por primera y últimavez, una bebida deliciosa. Frente a mí, con la cara roja como unaamapola, con los ojos alzados, estaba una inglesa, algo como una nodrizao sirvienta de alguna familia inglesa de Bogotá; trabó en el actoconversación conmigo, y aunque yo, fastidiado, irritado en ese instante,no le contestaba una palabra, encontró medio de contarme que había hechosola todo el camino de Bogotá a Bodegas porque, como los peones que laacompañaban lo causaban más aprensión que confianza, les daba plata paraque se fueran a beber chicha o guarapo en todas las botillerías de laruta, sistema cuyo resultado fue que quedasen tendidos en el camino.

Un tanto reposado, pasé a la orilla del río para ver qué vapores había;¿sabéis cual fue mi primer encuentro? Mi tuerto sabanero, sentadomelancólicamente en una piedra, con mi maleta terciada a la espalda, alrayo del sol y entregado a la plácida tarea de hacer patitos en el aguacon guijarros que elegía cuidadosamente.

¡Oh, santa paciencia! Tú haces trepar a los hombres la áspera ruta de lavida, tú apartas el obstáculo, tú acercas el éxito, tú sostienes en lalucha y haces fecunda la victoria, tú consuelas en la caída... ¡y túsalvas la vida a los tuertos sabaneros que hacen patitos a orillas delos ríos caudalosos!

¿Qué decir a aquel desgraciado que me contaba cómo, a media noche y conla mula casi en hombros, pues ni aún cabestrear quería, había llegado aBodegas? La vista de mi maleta, abierta por mi descuido y de la que nofaltaba ni un papel ni un peso, me predispuso, por otra parte, a laclemencia.

Sólo a la tarde llegaron la familia Tanco y los señores Cuervo.

Lasniñas no habían podido resistir aquel sol de fuego y se habían refugiadovarias horas bajo un árbol. ¡Con qué desaliento profundo se dejaroncaer de la mula! ¡Cuántas impresiones gratas les debía la Europa paraindemnizarlas de esas horas de martirio!

Además, el dulce nido no estabaallá, tras los mares, entre el estruendo de París, sino a la espalda, enla tendida sabana, al pie del Monserrat.

El Confianza, el más rápido de los vapores del Magdalena, partía a lamañana siguiente. Esa misma tarde nos instalamos todos a bordo. Éramosveinte o treinta pasajeros, la mayor parte conocidos, gente fina, culta,que prometía un viaje delicioso.

Bajar el Magdalena es una bendición en comparación a la subida; eldescenso, sobre todo en el Confianza y con la cantidad de agua que teníael río, no dura más que cuatro días, mientras yo había empleado quince odiez y seis a la venida. Esa misma rapidez de la marcha establece unacorriente de aire cuya frescura suaviza los rigores de aquellatemperatura de hoguera.

Los bogas, que vuelven a Barranquilla, sucuartel general, están alegres, redoblan la actividad y la leña seembarca en un instante.

Si bien aguas abajo las consecuencias de unavaradura son más graves que a la subida, no temíamos tal aventura en esemomento, porque la creciente era extraordinaria. Además, y para colmo decontento, como sólo dos noches pasaríamos amarrados a la orilla, losmosquitos no tendrían sino la última para entrar en campaña. Y al findel río, no nos esperaba ya la mula, sino un cómodo transatlántico y másallá... ¡la Europa!

Vamos, la situación era llevadera.

Así, las caras estaban alegres en la mañana siguiente, cuando, soltandolos cables, el vapor se puso en movimiento. Sólo unos ojos, llenos delágrimas, seguían la marcha oblicua de una pequeña canoa que acababa desepararse del Confianza y en la que iba un hombre joven, con el corazónno más sereno que aquel que asomaba a los llorosos ojos y se difundía enla última mirada...

No repetiré la narración del viaje, tan diferente, sin embargo, delprimero. ¡Cómo bajábamos aquellos chorros temidos, Perico, Mezuno,Guarinó, que tantas dificultades presentaron a la subida! El Confianzase deslizaba como una exhalación por la rápida pendiente; la ruedaapenas batía las aguas y volábamos sobre ellas; mientras allá arriba, enla casucha del timonel, seis manos robustas mantenían la dirección delbarco. Un aire fresco y grato nos batía el rostro, y el espíritu, ligerobajo el ayuno (la comida es la misma), se entregaba con delicia a gozarde aquellos cuadros estupendos del Magdalena, que a la venida habíaentrevisto bajo el prisma ingrato de los sufrimientos físicos.

¡De nuevo ante mis ojos el incomparable espectáculo de los bosquesvírgenes, con sus árboles inmaculados de la herida del hacha, susflotantes cabelleras de bejucos, sus lianas mecedoras, llevando el ritmode la sinfonía profunda de la selva, perfumando sus fibras con la saviade la tierra generosa o aspirando la fresca humedad en el vaso de uncactus que vive en la altura, guardando como un tesoro en su seno elrocío fecundo de las noches tropicales!

De nuevo los enhiestos cocoteros, lisos en su tronco coronado por ladiadema de apiñados frutos; el banano, cuyas ramas ceden al grave pesodel racimo; el frondoso caracolí, cubriendo con su ramaje dilatado, elmundo anónimo que crece a sus pies, se ampara de él y duerme tranquilo asu sombra, como las humildes aldeas bajo la guarda del castillo feudalque clava la garra de sus cimientos en la roca y resiste inmutable alempujo de los hombres y al embate del huracán!

De nuevo, por fin, las pintadas aves que cubren los cielos, tendiendo enel espacio sin nubes sus rojas alas fulgurantes bajo el sol, o agitandoel prismático penacho con que la naturaleza las dotó. Y de rama en rama,con sus caras de ingenua malicia, sus pequeños ojos brillantes ycuriosos, suspendidos de la cola mientras devoran, aun en la fuga, elsabroso y amarillo mango que la mano tenaz no suelta, millares de micos,monos, macacos, titís, que desaparecen en las profundidades del bosque,para mostrarse de nuevo en el primer clareo de la espesura.

Duermen los caimanes a lo largo de la playa, sobre las blancas arenasdoradas por el sol, tendidos, las fauces abiertas, inmutables comoaquellos que ahora quince mil años reinaban, seres divinos, sobre lacrédula imaginación de los egipcios. Son el reflejo vivo del arteprimitivo del pueblo del Nilo; ¡he ahí la inmovilidad de las cariátides,el aplomo bestial de la esfinge, la línea grosera del cuerpo, la escamasaliente y áspera de la piel, la garra tendida, fija, cimiento del gravepeso que soporta, el ojo entrecerrado como si el alma que palpita dentrode la inmunda mole, estuviera embargada por la visión del más allá! Nome explico ese constante fenómeno de mi espíritu; pero un buitre, conlas alas abiertas, cerniéndose sobre el pico de un peñasco, hacesiempre surgir en mi memoria el mito soberbio de Prometeo, como uncaimán durmiendo en las arenas rehace para mí el mundo faraónico...

Cae la tarde; la cumbre del firmamento empieza a oscurecerse, mientraslas nubes errantes que se han inclinado al horizonte, franjan sucontorno en el iris rosado del adiós del día, cubren el disco solar ensu descenso majestuoso y quedan impregnadas de su reflejo soberanocuando, concluida su tarea, se hunde tras la línea de la tierra que losojos alcanzan, para ser fiel a la eterna cita de los que en el otrohemisferio lo esperan como al alto dispensador de la vida. Nada, nada sesobrepone a esa sensación poderosa a que el cuerpo cede en la dulcequietud de la tarde y que el espíritu sigue anhelante, porque le abrelas regiones indefinibles de la fantasía, donde la personalidad seagiganta en el sueño de todas las grandezas y en la concepción dedestinos maravillosos superiores a toda realidad.

¡Suaves y bellísimas tardes! ¡La selva contigua, inmensa arpa eólicacuyas cuerdas bate el viento con ternura, arrancando esa melodíaprofunda e indecisa, con sus notas ásperas de lucha y sus murientescadencias de amor, que se levanta ante el oído del alma como una nubearmoniosa; la selva íntima se extiendo a nuestro lado, mientras todos, abordo, desde el que deja la patria atrás o marcha hacia ella, hasta elboga que vive en la indiferencia suprema de la bestia que gime en elbosque, todos caen bajo la influencia invencible de la hora solemne enque las agrias cuitas del día callan, para dar paso al cortejo celestede los recuerdos!

No olvidaré nunca la primera noche que pasamos, amarrado el buque a lacosta. Aún no habíamos llegado a la región del Magdalena, donde, bajo uncalor insoportable, los mosquitos hacen su temida aparición. Una frescabrisa, en la que creíamos sentir ya tenuamente las emanaciones delOcéano, corría sobre las aguas del río, rozando su superficie, quejugueteaba bajo el blanco clarear de la luna. La suave corriente sinrumor arrastraba enormes troncos de árboles, que avanzaban en silencio,mecidos por el imperceptible oleaje, atravesaban rápidamente la fajaluminosa, sobre la placa del río e iban a perderse de nuevo en laoscuridad, viajeros errantes que nos precedían en la ruta.

Nos habíamosreunido sobre la tolda; hablábamos todos en voz baja, coma sitemiéramos romper el prisma delicioso tras el que veíamos la naturalezay las cosas al espíritu. Así, uno de nosotros, casi murmurándola, recitóla melodía de Fallon a la Luna, que en ese instante se levantaba bajo uncielo de incomparable pureza. Jamás los versos del dulce poeta fueron aherir corazones más abiertos e indefensos contra el encanto de lapoesía. Al concluir, ni una palabra de comentario, sino el tímidoestremecimiento de un acorde musical, y pronto, a dos voces delicadas,imperceptibles en su exquisita dulzura, los recuerdos de la patria queatrás quedaba, en un bambuco que también traía para mi alma la nota dela errante música de mis pampas argentinas. Y otro, y diez más, y lasmelodías de los grandes maestros más cariñosos al oído, y por fin, elvagar poético de una mano de artista sobre las tristes cuerdas de unaguitarra, que responden a la caricia acariciando... Y la noche avanzaba,el silencio del bosque se hacía más profundo, las estrellas palidecían,sin que nos diésemos cuenta del rápido correr de las horas... ¿Dónde,dónde encontrar en esta vida sin reposo, ni aun en las cumbres del artehumano, algo que iguale la impresión soberana de la naturaleza, en losinstantes en que se entreabre y deja, como la Diana griega, caer susvelos a sus pies y se muestra en toda su belleza?...

Empleamos sólo cuatro días entre Honda y Barranquilla; en los dosúltimos, el calor se hizo sumamente intenso, aunque no como a la subida,porque la rapidez misma de la marcha avivaba la corriente de aire quevenía fresca aún de su contacto con el mar.

¡Con qué indecible placer, al llegar a la costa, regalé magnánimamente auno de los muchachos de a bordo mi petate, mi almohada y mi mosquitero!Pero en la misma lona encerada en que había hecho envolver mi traje deviaje de la montaña, conservo religiosamente el suaza, la ruana y loszamarros que me acompañaron en la dura travesía. No olvidaré la cara deun joven diplomático que vino a verme en Viena, habiendo sido nombradoen Bogotá, y a quien mostraba esos pertrechos indispensables en losAndes colombianos. Clavaba su lorgnon en los zamarros, sobre todo,como si tuviera delante una momia frescamente salida de su hipogea. Selos puso y no podía dar un paso; trabajo me costó hacerle comprender suutilidad, una vez a caballo. Oui mais vous êtes américain! , mecontestaba, tal vez con razón, en el fondo.

Era mi proyecto tomar en Barranquilla un vapor español del marqués deCampo, pasar a la Habana y de allí a Nueva York.

Pero lo avanzado de laestación, que me auguraba días terribles en Cuba y el deseo de visitarel istmo de Panamá, me hicieron desistir. Además, habiendo llegado a latarde, supe que a la mañana siguiente salía el transatlántico francés LaVille de Paris, de Salgar para Colón y resolví embarcarme en él. Medespedí de los compañeros a quienes más tarde encontraría en Europa, yheme en viaje para Salgar, acompañado del excelente cónsul argentino enBarranquilla, señor Conn. Pronto estuvimos en Salgar, y a poco a bordo,llegando precisamente en el momento en que desembarcaba un nuevo obispopara Cartagena. Saludé respetuosamente al prelado, que venía del fondodel Asia, como a un colega en peregrinación, y en breve el barco,bastante malo por cierto, surcaba las aguas del mar Caribe, siguiendo elderrotero tantas veces cruzado por las naves españolas en los tiempos enque las costas del Pacífico despoblaban a España, atrayendo a sus hijoscon el imán del oro.

Pocos pasajeros a bordo, signo constante de buena comida. No puedoocultar la viva satisfacción con que me senté delante del blanco mantel,cubierto de los mil hors-d'œuvre que nadie toma, pero que laculinaria francesa califica con razón de aperitivos plásticos.

Comerciantes en viaje para Guayaquil y Costa Rica, commis-voyageurs, ysobre todo, empleados para los trabajos del Canal de Panamá: he ahí elmundo de a bordo. Tres o cuatro francesas, unidas morganáticamente asubinspectores e ingenieros de séptima clase, que iban al Istmo a tentarbravamente la fortuna, porque sabían que probablemente sólo encontraríanla muerte.

Miraba a esas mujeres alegres, cantando todo el día,apasionadas en el baccará de la noche, con un sentimiento de realcompasión simpática. No iban al infierno de Panamá, arrastrados por lased del oro, porque, si sus amantes hubieran tenido dinero, no habríanpor cierto dejado la Francia; no ignoraban los peligros que corrían,porque M. Blanchet, el ingeniero en jefe del canal, acababa de morir.Las guiaba el cariño por sus hombres, que a veces las trataban con unarudeza que tal vez explique el afecto que inspiraban a esas pobrescriaturas. Más de una ha de dormir hoy el sueño eterno en el pobladocementerio de la compañía del canal; pero ¡bah!, entre morir a losveinticinco años en el delirio de la fiebre, o sobre un colchón dehospital a los cuarenta, ¿qué es preferible?...

Empleamos treinta y seis horas entre Salgar y Colón, pero cuandollegamos, era ya tan entrada la noche, que nos vimos obligados a esperara la mañana siguiente para el desembarco.

En efecto, al otro día, poco después de las diez, pisé la tierra delIstmo, o para ser más exacto, el barro del Istmo.

¿Os habéis alguna vez forjado la idea de lo que debieron ser aquellasciudades de Levante en el siglo XVI, donde se aglomeraba el comercio dedos mundos? ¿Os figuráis el aspecto de los bajos barrios de Shanghai enel día? Algo confuso, las razas de los cuatro vientos aglomeradas,multitud de idiomas que se entrechocan en sus términos más soeces, losvicios de oriente codeando a los de occidente y asombrándose tal vez desu analogía, la vida brutal del que quiere indemnizarse en diez días dellargo secuestro de la travesía, las innobles mujeres, únicas capaces desonreír a los hombres que allí vienen a caer de todos los rumbos, comoen un profundo égout... He ahí la impresión que me hizo Colón.

Los americanos y los ingleses designan este punto en sus cartas y obrasgeográficas con el nombre de Aspinwall, como si el vulgar yanqui queconstruyó la línea férrea a través del Istmo, fuera capaz de oscurecerel nombre del ilustre genovés y tuviera más título a la gloria póstuma.

Colón es un hacinamiento de casas sin orden ni plan; su simple aspectoacusa su naturaleza de ciudad transitoria, plantada allí por unanecesidad geográfica, pero sin porvenir propio de ningún género. Elclima es mortífero para el europeo, que escapa difícilmente a lasfiebres palúdicas formadas por las emanaciones continuas que un sol defuego hace brotar de las aguas estancadas en todo el trayecto de Colón aPanamá. La villa se formó durante la construcción del camino de hierroque atraviesa el Istmo; los yanquis derramaron el oro en grande, pero,como los franceses de hoy, poblaron también los cementerios. Al primergolpe de vista se ve la intención de sus habitantes, el deseo de lucrorápido, flotar ante los ojos. Toda esa gente vive allí en la condena dela necesidad, sin apego al suelo, detenida, en su mayor parte por elhábito que embota y es capaz de ligar al hombre hasta con la prisión.

Colón, como Panamá, son puertos francos, a la manera de Hamburgo oTrieste. Por allí pasa el inmenso comercio de tránsito que se dirige alas costas occidentales de Colombia: al Perú, al Ecuador, a Chile, aCalifornia y a numerosas islas del Pacífico. Por allí pasan también losretornos, los minerales de Chile y California, los azúcares, guanos ysalitres del Perú, las taguas del Ecuador, los escasos productoscolombianos que encuentran salida por Buenaventura. De uno y otro ladodel Istmo hay una selva de mástiles; los buques, apiñados, se estrechan,se chocan; sus tripulaciones venidas de los cuatro ángulos del mundo, semiran con antagonismo en el primer momento, las cuchillas de a bordorelucen con frecuencia y por fin se amalgaman en la baja e inmunda vidacolectiva.

Mi impresión, al descender a tierra, solo, sin conocer a nadie, en mediode aquella atmósfera pestilencial, fue la más desagradable que hesentido en todos mis viajes. A los diez minutos tuve el ímpetu devolverme a bordo, instalarme de nuevo en mi cabina y seguir a los pocosdías viaje para Europa.

Reaccioné recordando el deber de estudiar decerca el Canal de Panamá para informar a quien correspondía, y seguíadelante.

Una sola calle habitable; a cada dos pasos, un bar-roomamericano, los mostradores de estaño, las llaves de cerveza, botellas,vasos de toda forma, manojos de canutos pajizos y la lista interminablede las bebidas heladas inventadas por los yanquis. Todas esas casas,cuajadas de marineros ebrios, soeces, tambaleándose. Aquí, un hotel;entro y a los pocos instantes salgo a la calle asfixiado.

Adelante; he ahí el mejor de Colón. Entro en el bar-room que ocupa todala sala baja; hay dos billares donde juegan marineros en mangas decamisa y mascando tabaco. Me dirijo al mulatillo de cara canalla queestá fabricando un whysky-coktail y le pregunto con quién me entiendopara obtener cuarto. El infame zambo, sin quitarse el pucho de la jeta,me contesta, en inglés, a pesar de ser panameño, que arriba está ladueña y que con ella me entenderé. Fue en vano buscarla: una negravieja, inmunda, casi desnuda, que me parecía esperar ansiosa la nochepara enorquetársele al palo de escoba, tuvo compasión de mí y me llevó aun cuarto... ¡Qué cuarto aquél! La única ventana daba a un pantanopestífero; la cerré. La cama tenía esas sábanas crudas, frías, húmedas,que dan un asco supremo. A los cinco minutos de entrar

sentía

ya

unapicazón,

un

malestar

nervioso

insoportables... Vamos, coraje. Tu l'asvoulu, Georges Dandín!