El Tesoro Misterioso by William Le Queux - HTML preview

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—Exponerme a la situación es peor para mí que la muerte—decía en sucarta.—

¿Qué podría significar eso?

La señora Percival adivinó por la expresión de mi semblante la gravedadde aquella carta, y, poniéndose rápidamente de pie, acercose a mí,colocó su mano con cariño sobre mi hombro, y me preguntó:

—¿Qué sucede, señor Greenwood, no puedo saberlo?

En contestación le di la carta. La leyó velozmente, y después dejóescapar un grito de espanto, comprendiendo que la hija de Burton Blairhabía huido del hogar. Era evidente que ella le temía a Dawson,habiéndose dejado dominar por la creencia aterradora de que su secreto,sea lo que fuere, se haría público ahora, y había huido, según parece,por no volver a encontrarse frente a frente conmigo. ¿Pero por qué?

¿Dequé naturaleza podría ser su secreto para que tanto la avergonzara y laobligara a esconderse?

La señora Percival hizo llamar a Crump, el cochero, que había llevado enel bróugham a su joven ama hasta la estación de Euston, y lointerrogó.

—La señorita Mabel ordenó el cupé, señora, unos momentos antes de lasonce—

contestó el hombre, saludando.—Llevó su valija de cocodrilo,pero, anoche despachó por Carter Patterson un gran baúl lleno de ropausada, así le dijo la señorita a su doncella. Yo la llevé a Euston, allíbajó y entró en la boletería. Me hizo esperar como cinco minutos,apareciendo después con un mozo de cordel que tomó su valija, y luegoella me entregó la carta dirigida al señor Greenwood para que se ladiera a usted, ordenándome que me retirara. Entonces me volví a casa,señora.

—No hay duda, ha partido para el Norte—observé cuando Crump se retiróy la puerta se cerró detrás de él.—Casi parece que su huida hubiesesido premeditada.

Anoche mandó su equipaje.

Pensaba en ese momento en el arrogante y atrevido caballerizo, en eseimpudente joven Hales, y cavilaba si sus renovadas amenazas no habríanconseguido que ella accediera a tener otra entrevista con él. Si eso eraasí, entonces el peligro era terriblemente extraordinario.

—La debemos encontrar—dijo con toda resolución la señoraPercival.—¡Ah!—

suspiró,—no sé, realmente, lo que irá a suceder,porque la casa está ahora en poder de este hombre odioso y de su hija, yél es un tipo de lo más grosero y mal educado. Se dirige a lossirvientes con toda familiaridad, exactamente como si fuesen susiguales; ¡y hace un momento que cumplimentó a una de las mucamas por subuena presencia!

Esto es terrible, señor Greenwood, terrible—exclamó laviuda, inmensamente chocada.—¡Es la exhibición más vergonzosa de sumala educación! Yo no puedo permanecer más tiempo aquí, ciertamente,ahora que Mabel ha creído conveniente abandonar la casa sin siquieraconsultarme. Esta tarde vino lady Rainham, pero yo tuve que aparentarque no estaba. ¿Qué puedo decirles a las gentes en estas circunstanciastan angustiosas?

Comprendí cuán escandalizada estaba la estimable compañera de Mabel,porque era una viuda sumamente estricta, cuya misma existencia dependíade la etiqueta rigurosa y de las tradiciones de su honorable familia.Cordial y afable con sus iguales, era, sin embargo, muy fría einflexible con sus inferiores teniendo el hábito de mirarlos a través desus anteojos cuadrados de arcos de oro, y examinarlos como si hubiesensido extraños seres de diferente carne y sangre. Era esta últimaidiosincrasia lo que siempre molestaba a Mabel, la cual profesaba esacreencia, tan femenina, de que uno debe ser bondadoso con los inferioresy sólo frío y duro con los enemigos. Sin embargo, bajo el ala protectoray la altiva tutoría de la señora Percival, Mabel había penetrado en elmejor y más elegante círculo social, cuyas puertas están siempreabiertas para la hija del millonario, y había dejado bien sentada sureputación como una de las debutantes más encantadoras de su season.

¡Cómo ha cambiado la sociedad en estos últimos diez años! En laactualidad, la llave de oro es el ábrete sésamo de las puertas de lasangre más azul de Inglaterra.

Ya no existen los viejos círculos exclusivistas, o, si hay algunos, hanquedado obscurecidos y no tienen importancia. Las damas asisten a lossalones-conciertos y se jactan de concurrir a los clubs nocturnos. Lascomidas en los restaurants, que antes eran consideradas como un motivode rebajamiento, son hoy un gran atractivo. Hace una generación que unadama de alta alcurnia objetaba razonablemente diciendo que no sabía allado de quién podía sentarse; pero, en la actualidad, como sucedía en elteatro antes de la época de Garrick, la fama poco honorable de una partede los concurrentes constituye un incentivo. Cuanto más flagrante es elescándalo respecto a alguna «impropiedad» bien dorada, mayor es elaliciente de comer en su compañía, y, si es posible, a su lado. ¡Tal eshoy la tendencia y el modo de ser de la sociedad de Londres!

Por espacio de un cuarto de hora, mientras Reginaldo estaba ocupado conlos Dawson, père et fille, permanecí en consulta con la viuda,tratando de ver si conseguía algún indicio sobre el paradero de Mabel.La señora Percival pensaba que, más pronto de lo que creíamos, nos haríasaber dónde estaba oculta; pero yo, conociendo tan bien la firmeza de sucarácter, no participaba de su opinión. Su carta era la de una mujer quehabía tomado una resolución y estaba dispuesta a sostenerla, costara loque costara.

Temía enfrentarse conmigo, y por esa razón, no hay duda,ocultaría su resistencia. En casa de Cottus tenía a su nombre cuentaseparada, así es que por falta de fondos no se vería obligada a revelarsu actual paradero.

Ford, el secretario del muerto, hombre joven, como de treinta años,alto, atlético, completamente afeitado, asomó la cabeza, pero como nosencontrara conversando, se retiró en el acto. La señora Percival ya lohabía interrogado, pero ignoraba completamente para dónde había partidoMabel.

El tal Dawson había usurpado en la casa la posición de Ford, y esteúltimo, lleno de resentimiento, estaba en constante acecho de sus actosy movimientos y dominado de los mayores recelos, como todos loestábamos.

Reginaldo vino por fin a reunirse conmigo, y entró exclamando: «Estehombre es un tipo de lo más original que puede darse, por no decir otracosa. ¡Conque a mí me ha invitado a tomar whisky con soda... en la casade Blair! Considera la huida de Mabel como una broma, habla de ella entono de chanza, asegurando que pronto estará de vuelta, pues no puedepermanecer mucho tiempo ausente, y que él la hará volver en el momentoque lo quiera o que necesite su presencia aquí. En una palabra, hablaese tipo como si Mabel fuera de cera en sus manos, y él pudiera hacer loque le plazca con ella.»

—Financieramente la puede arruinar, eso es cierto—observésuspirando.—Pero lee esto, viejo—y le di la extraña carta de Mabel.

—¡Buen Dios!—tartamudeó cuando la hubo leído,—tiene un terror mortala esta gente, no puede dudarse. Para escapar de ellos y de ti, hahuido... a Liverpool, para luego embarcarse con rumbo a América, quizá.Recuerda que en su niñez ha viajado mucho, y, por lo tanto, conoce lasrutas.

—La debemos encontrar, Reginaldo—declaré decisivamente.

—Pero lo peor es que ha resuelto dar este paso por escapar de ti—mecontestó.—

Parece que tiene alguna razón poderosa para proceder así.

—Razón que sólo ella conoce—observé con melancolía.—Es, ciertamente,un contratiempo que Mabel haya desaparecido, por su propia voluntad, deesta manera, justamente cuando habíamos conseguido conocer con exactitudel secreto del Cardenal, origen de la fortuna de Blair. Recuerda todo loque tenemos en juego y arriesgamos. No conocemos quiénes son nuestrosamigos o nuestros enemigos.

Tenemos que ir los dos a Italia y descubrirel punto indicado en ese registro cifrado, porque, si no lo hacemos,otros se anticiparán, y puede ser que lleguemos demasiado tarde.

Convino conmigo en que, perteneciéndome el secreto por haberme sidolegado, debía dar inmediatamente los pasos necesarios para hacer valermis derechos. No pudimos dejar de comprender que Dawson, como socio deBlair y partícipe de su enorme riqueza, debía conocer muy bien elsecreto y haber dado ya los pasos convenientes para ocultarme a mí, sulegítimo dueño, la verdad. Había que tenerlo muy en cuenta, pues era unhombre siniestro, poseedor de la astucia más insidiosa y del ingenio másdiabólico en el arte de los subterfugios. Los informes recogidos entodas partes sobre él, demostraban que éste era su carácter. Poseía esamanera tranquila y fría del hombre que ha vivido a fuerza de aguzar suingenio, y en este asunto parecía que su ingeniosidad, aguzada aún máspor su vida aventurera, iba a tener que enfrentarse y luchar con la mía.

La inesperada resolución y repentina desaparición de Mabel eran deenloquecer, y el misterio de su carta, inescrutable. Si, en realidad,temía que pudiera ser revelado algún hecho vergonzoso y desagradable,debía haber tenido suficiente confianza en mí y haberme hecho suconfidente. Yo la amaba, aun cuando jamás le había declarado mi pasión;por consiguiente, ignorando la realidad, ella me había tratado comoamigo sincero, según había sido mi deseo. Sin embargo, ¿por qué no habíabuscado mi ayuda? ¡Las mujeres son seres tan extraños, después detodo!—reflexionaba yo.—¡Tal vez amaba a ese rústico hombre!

Pasó una semana ansiosa, febril, y Mabel no daba señales de vida. Unanoche dejé a Reginaldo en el Devonshire, a eso de las once y media, y meencaminé a través de las calles húmedas y nebulosas de Londres hasta quellegué adonde el bullicio del tráfico cesaba, los coches arrastrábanselentamente y sólo pasaban de cuando en cuando, y las húmedas y fangosascalzadas y aceras quedaron a disposición del policía y del pobre ytembloroso vagabundo sin hogar.

En medio de la densa neblina anduve embargado en profunda meditación, ycada vez más y más preocupado por aquel notable encadenamiento decircunstancias que hora por hora parecía enredarse más.

Había caminado siempre adelante, sin parar ni ocuparme en qué direcciónme llevaban mis pies, pasando a lo largo de Knightsbridge, orillando elParque y los jardines de Kensington, y cruzaba en ese momento la esquinadel camino de Earl's Court, cuando una feliz circunstancia me despertóde mi profundo sueño, y por la primera vez tuve conocimiento de que eraseguido. Sí, sentía distintamente pasos detrás de mí, que se apresurabancuando yo me apresuraba, y aflojaban cuando yo aflojaba. Crucé elcamino, y delante de la elevada y larga muralla del Holland Park, meparé y di vuelta.

Mi perseguidor avanzó unos pocos pasos, pero se detuvo súbitamente, ysólo pude distinguir, a la luz del débil farol que penetraba a través dela neblina londinense, una figura alta y descompuesta por la nieblaenceguecedora.

Sin embargo, no fue bastante densa para impedirme encontrar mi camino,porque conocía muy bien esa parte de Londres. No era muy agradable,ciertamente, verse seguido con tanta persistencia a semejante hora.Sospeché que algún vagabundo o ladrón que había pasado junto a mí, habíanotado mi distracción y olvido de lo que me rodeaba, y se había vueltopara seguirme con mala intención.

Seguí de nuevo adelante, sin retroceder, pero apenas lo hice, sentí lospasos ligeros y suaves, como un eco de los míos, que furtivamenteresonaban detrás de mí. Había oído contar curiosas historias sobrelocos que rondan de noche las calles de Londres y siguen, sin objeto, alos transeúntes, siendo ésta una de las diferentes clases de insanidadbien conocida por los alienistas.

De nuevo crucé el camino, pasé a través de la plaza Edwarde, volviendoasí sobre mis pasos, y tomé en dirección a la calle High, pero elmisterioso individuo me seguía con igual persistencia. Confieso queexperimenté cierta inquietud, viéndome en medio de esa espesa neblina,que en esa parte habíase puesto tan densa hasta el grado de obscurecercompletamente los faroles.

De pronto, al dar vuelta a la esquina para penetrar en los jardines deLexham, en un punto donde la neblina había cubierto todo con su negromanto, sentí que alguien me asaltaba repentinamente, y, al mismo tiempo,una aguda sensación penetrante detrás del hombro derecho.

El ataque fue tan recio, que lancé un grito, dándome vuelta en el actopara enfrentarme con mi asaltante, pero tan ágil había sido éste, queantes que pudiera hacerlo, me esquivó el cuerpo y huyó.

Oí sus pasos al retroceder corriendo por el camino de Earl's Court, yentonces grité llamando a la policía. Pero nadie me respondió. El dolorde mi hombro se hacía a cada momento más incómodo y mortificante. Eldesconocido me había herido con un cuchillo, y la sangre brotaba, porquela sentía, húmeda y pegajosa, caer sobre mi mano.

Volví a gritar: ¡Policía, policía! hasta que, por fin, oí una voz que merespondió en medio de la neblina y me encaminé en su dirección. Despuésde algunos otros gritos descubrí al vigilante y le referí mi extrañaaventura.

Acercó a mi espalda su linterna sorda y exclamó:

—¡Es indudable, señor; le han dado una puñalada! ¿Qué clase de hombreera?

—No lo pude ver bien ninguna vez—fue mi torpe contestación.—Semantuvo siempre a buena distancia, y únicamente se aproximó en un puntodemasiado obscuro para poder distinguir sus facciones.

—No he visto a nadie, a excepción de un clérigo que encontré hace unmomento por el camino de Earl's Court; por lo menos, si no era clérigo,vi que llevaba un sombrero de anchas alas parecido a los que éstos usan.Pero no pude verle la cara.

—¡Un clérigo!—exclamé tartamudeando.—¿Cree usted que podrá haber sidoalgún sacerdote católico?—porque mis pensamientos se habían concentradoen ese instante en fray Antonio, que era, evidentemente, el guardián delsecreto del Cardenal.

—¡Ah! no puedo afirmarlo. No pude ver sus facciones. Sólo noté susombrero.

—Me siento muy débil—le dije, al apoderarse de mí un fuertedesvanecimiento y languidez.—Desearía que me trajera un coche. Pienseque lo mejor que puedo hacer es irme directamente a mi casa, que está enla calle Great Russell.

—Es un viaje muy largo. ¿No sería más conveniente que fuera primero alHospital West London?—indicó el vigilante.

—No—repliqué decidido.—Quiero irme a casa y llamar a mi médico.

Luego, me senté en el umbral de una puerta que quedaba al terminar losjardines de Lexham y esperé la llegada del vehículo, pues el vigilantehabía ido al camino Old Brompton en busca de un hanson.

—¿Había sido atacado por algún maniático homicida que me había seguidotodo el trayecto andado, o difícilmente había escapado de ser víctima deun infame asesinato?

Tales eran mis cavilaciones mientras permanecíaallí sentado aguardando. La última suposición era, para mí,decididamente, la más factible. Existía una razón poderosa para que sedeseara mi muerte. Blair me había legado el gran secreto y yo acababa deconseguir descifrar el enigma que encerraban las cartas.

Este hecho debía haber llegado, probablemente, a conocimiento denuestros enemigos; de ahí este cobarde atentado contra mi vida.

Sin embargo, semejante contingencia era aterradora, porque, si realmenteera sabido que había descifrado el registro, entonces nuestros enemigosdarían, ciertamente, todos los pasos necesarios en Italia para impedirque descubriéramos el secreto que yacía en ese punto de las orillas deltortuoso, agreste y desierto río Serchio.

Al fin llegó el hanson, y, deslizando una buena propina en la mano delpolicía, entré en aquél y partimos, lentamente, a través de la niebla,casi al paso, tal era la dificultad de poder marchar. Había colocadosobre el lado derecho de la espalda mi bufanda de seda, para restañar lasangre que manaba de mi herida.

Tan pronto casi como penetré en el hanson sentí fuertes vahídos y unaextraña sensación de entorpecimiento que me subía por las piernas. Almismo tiempo se apoderó de mí una curiosa repugnancia, y, aun cuandofelizmente pude detener el derrame de sangre, lo que tendía a demostrarque la herida no era, después de todo, tan seria, mis manos empezaron aencogerse de una manera extraña, a la vez que mis carrillos se vieronatacados de un dolor peculiar, muy semejante al que se sufre cuandoempieza un ataque de neuralgia.

Me sentía terriblemente enfermo y sin fuerzas. El cochero, que habíasido informado de mi herida por el vigilante, abrió la puertecita de lacubierta para preguntarme cómo estaba, pero yo apenas pude articularunas pocas palabras. Si la herida era sólo superficial, ciertamente elefecto que producía en mí era extraño.

De las muchas luces nebulosas que vi en la esquina de Hyde Park, tengoun recuerdo claro; pero después de eso mis sentidos parecieron quedaratontados por la neblina y por el dolor que sufría, y no recuerdo nadamás de lo que sucedió, hasta que de nuevo abrí penosamente los ojos y meencontré en mi cama, brillando a través de la ventana la hermosa luz deldía, y vi a mi lado a Reginaldo y a nuestro antiguo amigo Tomás Walker,cirujano de la calle Reina Ana, de pie, observándome con profundagravedad, que en aquel momento me pareció humorística.

Sin embargo, debo confesar que había muy poca gracia en la situación.

XXIII

QUE ES EN MUCHOS CONCEPTOS ASOMBROSO

Walker estaba confundido, verdaderamente confundido. Mientras habíaestado yo inconsciente, él me había curado la herida, después de haberlaexaminado, supongo, e inyectado varios antisépticos. Había mandadollamar también, para consultar, a sir Carlos Hoare, el muy distinguidocirujano del Hospital de Charing Cross, y ambos habían estadograndemente confundidos en presencia de mis síntomas.

Cuando, una hora después, me sentí suficientemente fuerte para poderhablar, Walker me tomó la muñeca y me preguntó lo que me había sucedido.

Después que le hube explicado, todo lo mejor que pude, me dijo:

—Lo único que puedo decirle, mi querido amigo, es que ha estado tancerca de la muerte como ninguna otra persona que yo haya asistido. Hasido el suyo un caso de los más expuestos que pueden darse. CuandoSeton me llamó la primera vez y lo vi, creí que todo había terminado. Suherida es bien pequeña, más bien dicho, superficial, y, sin embargo, suestado de decaimiento y postración ha sido de los más extraordinarios;además, hay ciertos síntomas tan misteriosos, que a sir Carlos y a mínos han llenado de confusión.

—¿Qué arma ha usado ese hombre? No ha sido un puñal común, ciertamente.Ha sido, no hay duda, una daga de hoja larga y delgada, un estilete, muyprobablemente.

He encontrado en la parte exterior de la herida, sobre latela de su sobretodo, algo así como grasa, o, más bien dicho, gorduraanimal. Voy a hacer analizar un poco, ¿y sabe lo que espero encontrar enella?

—No; ¿qué?

—Veneno—fue su contestación.—Sir Carlos está conforme con misuposición de que usted ha sido herido con uno de esos pequeños yantiguos puñales con hojas perforadas, que tanto se usaron en Italiadurante el siglo XV.

—¡En Italia!—grité, despertando en mí al solo nombre de ese país lasospecha de que el atentado debía haber sido cometido por Dawson o porsu íntimo amigo, el monje de Lucca.

—Sí; sir Carlos, que, como probablemente usted lo sabe, posee una grancolección de armas antiguas, me ha dicho que en la Florencia medioevalacostumbraban impregnar la gordura animal con algún veneno muy poderosoy luego frotaban con esa mezcla la hoja perforada. Al herir a la víctimay retirar después el arma de la herida, quedaba en su seno una parte dela materia grasa envenenada, la cual producía un resultado fatal.

—Pero

usted,

ciertamente,

no

anticipa

que

estoy

envenenado—

exclamétartamudeando.

—Está envenenado, no hay duda. Su herida no corresponde a su prolongadainsensibilidad ni tampoco a esas extrañas y lívidas manchas que tiene enel cuerpo. ¡Mire el revés de sus manos!

Hice lo que me decía y me quedé horrorizado de encontrar en las dos unasmanchas pequeñas, obscuras, color cobre, que se extendían también porlas muñecas y los brazos.

—No se alarme mucho, Greenwood—rió el amable y buen doctor;—ya heconseguido dar vuelta a la peligrosa curva, y todavía no le ha llegadoel tiempo de morirse. La escapada ha sido casi un milagro, porque elarma era de lo más mortífero que pueda imaginarse; pero, felizmente,llevaba usted puesto un grueso sobretodo, además de otras piezas de ropapesadas, todas las cuales le chuparon la mayor parte de la sustanciavenenosa antes de que pudiese penetrar a la carne. Y le aseguro que hasido una suerte para usted, porque, si este ataque hubiese tenido lugaren verano, cuando las ropas son ligeras, no habría habido la menoresperanza de salvación.

—Pero ¿quién ha sido el autor de este atentado?—exclamé, enloquecido,con mis ojos clavados en esas feas manchas que cubrían mi piel, pruebaevidente de que dentro de mi naturaleza se había introducido un venenoterrible.

—Alguien que le tendrá un odio implacable, me imagino—rió elcirujano, que era mi amigo desde hacía varios años y que tenía porcostumbre asistir algunas veces a las partidas de caza con losFitzwilliams.—Pero, vamos, viejo compañero, alégrese; uno o dos díastendrá que pasar con leche y caldo, dejar curarse la herida y permanecermuy tranquilo. Ya verá cómo pronto vuelve a recuperar su salud.

—Todo eso está muy bueno—respondí impacientemente,—pero yo tenía unmundo de cosas que hacer, y algunos asuntos privados que atender.

—Tendrá que dejarlos descansar por un día o dos, ciertamente.

—Sí—insistió Reginaldo;—debes estar tranquilo, Gilberto. Estoydemasiado contento de que no haya sido tan grave como al principiocreímos. Cuando el cochero te trajo a casa y Glave corrió a buscar aWalker, yo me imaginé que morirías antes de que llegase. No sentíapalpitar tu corazón, y estabas completamente helado.

—¡No adivino quién puede ser el infame que me ha herido!—grité.—¡PorJacob!

que si lo pillo, me parece que allí mismo le retuerzo su preciosocuello.

—¿Con qué fin te incomodas, cuando pronto vas a mejorar?—preguntóReginaldo filosóficamente.

Pero yo permanecí callado, reflexionando en la opinión de sir CarlosHoare, de que la daga empleada para el crimen frustrado, había sido unavieja arma florentina, envenenada. Este mismo hecho me hacía sospecharque el cobarde atentado llevado contra mi persona, había sido obra demis enemigos.

Nosotros, por cierto, no le dijimos nada a Walker sobre nuestra curiosainvestigación, porque considerábamos en ese momento que el asunto eraestrictamente confidencial. El hablaba de mi herida de un modo jocoso,declarando que muy pronto recuperaría mi salud, si es que tenía un pocode paciencia.

Después que se retiró, poco antes de mediodía, Reginaldo se sentó allado de mi cama, y gravemente nos pusimos a discutir la situación. Lasdos cuestiones más apremiantes en ese momento eran, primero, descubrirel paradero de mi bien amada, y, segundo, ir a Italia a investigar elsecreto del Cardenal.

Los días iban transcurriendo pesados, largos y cansados, días sombríosde principios de primavera, durante los cuales me revolvía en la cama,impaciente, desesperado e impotente. Ansiaba poderme levantar y actuarcon actividad, pero Walker me lo prohibía. En cambio me traía libros ydiarios, y ordenaba tranquilidad y absoluto descanso.

Aunque Reginaldo y yo teníamos siempre nuestro pequeño pabellón de cazaen Helpstone, después de la muerte de Blair no habíamos ido ni una solavez. Además, aquella estación había sido de extraordinario movimiento enel comercio de encajes, y Reginaldo parecía más esclavo que nunca de sucasa de negocio.

Por consiguiente, permanecía solo la mayor parte del día, teniendo aGlave para que cuidase y supliese mis necesidades. De cuando en cuandovenían a verme algunos amigos, conversando y fumando un rato conmigo.

Así pasó el mes de marzo, siendo mi convalecencia mucho más lenta de loque Walker había pensado al principio. En el análisis se habíadescubierto un dañosísimo veneno irritante mezclado con la grasa, yparece que mi naturaleza había absorbido más de lo que en un principiose creyó, de aquí mi tardío restablecimiento.

La señora Percival, que, debido a nuestro insistente consejo, todavíaresidía en la mansión de la plaza Grosvenor, me visitaba algunas veces,trayéndome frutas y flores de los invernáculos de Mayvill, pero nadasabía sobre Mabel. Esta última había desaparecido tan completamente comosi la tierra se hubiera abierto y tragádola.

Deseaba con ansia abandonarla casa de Blair, ahora que estaba ocupada por los usurpadores, peronosotros la habíamos llenado de halagos, con el fin de que permaneciesey pudiese moderar algo los actos de Dawson y su hija. A Ford le habíancausado tanta exasperación las maneras de aquel hombre, que, al quintodía del nuevo régimen, había protestado, lo cual dio por resultado queDawson, tranquilamente, colocara dentro de un sobre el importe de un añode sueldo, y en el acto lo dispensara de sus servicios para en adelante,cosa que había tenido intención de hacer desde un principio, no hayduda.

Sin embargo, el exsecretario privado nos ayudaba, y en ese momentoestaba empeñado en hacer toda clase de averiguaciones para cerciorarsedónde estaba su joven ama.

—La casa está completamente al revés, todo en ella estátrastornado—declaró un día la señora Percival, mientras mevisitaba.—Los sirvientes se hallan rebelados, y la pobre Noble, el amade llaves, pasa, le aseguro, por momentos terribles. Carter y ochosirvientes más le han notificado ayer que se retiran de la casa. Estetal Dawson es el tipo más acabado de la mala educación y pésimosmodales; sin embargo, le he alcanzado a oír que le decía a su hija, hacedos días, que estaba pensando seriamente en manifestarse a favor de lareforma y entrar en el Parlamento. ¡Ah! ¿qué diría la pobre Mabel sisupiese semejante cosa? La hija, Dolly, como él la llama, esa muchachavulgar, se ha establecido en el boudoir de Mabel, y está por hacerlerenovar la decoración, pues quiere que sea de color amarillo, para quevenga bien a su tez, según creo. Dado lo que dice el señor Leighton,parece que la fortuna del pobre señor Blair debe pasar enteramente a sermanejada por este individuo.

—¡Es una vergüenza, una abominable vergüenza!—gritéencolerizado.—Sabemos que este hombre es un aventurero, y, sin embargo,somos completamente impotentes para poder proceder—añadí con amargura.

—¡Pobre Mabel!—suspiró la viuda, que realmente era muy apegada aella.—Sabe, señor Greenwood—dijo, con un inesperado tono deconfianza,—que más de una vez, después de la muerte de su padre, hepensado que ella está en posesión de la verdad; que conoce la razón deeste extraño lazo de amistad que unía al señor Blair con este hombre sinconciencia, a quien tanto poder sobre ella y su fortuna le ha sidootorgado.

Muchas confesiones reservadas me ha hecho, y creo que, siahora quisiera manifestarnos la realidad, podríamos vernos libres deeste demonio. ¿Por qué no lo hace... para salvarse?

—Porque actualmente le teme—contestó en voz dura, desesperado.—Poseecierto secreto que la hace vivir en constante terror. Ese es el motivo,creo yo, de su súbita desaparición y del abandono de su propio hogar. Hadejado a ese hombre en posesión completa e incontestable de todo.

No había olvidado la arrogancia y la confianza en sí mismo, de que habíahecho gala esa noche que por primera vez fue a vernos.

—Pero, señor Greenwood, ¿tendrá usted, ahora, la bondad de disculparmepor lo que voy a decirle?—preguntó la señora Percival, después de unabreve pausa y mirándome fijamente a la cara.—Tal vez no tenga derechode mezclarme de este modo en sus asuntos más íntimos, pero confío queusted me perdonará cuando reflexione que si me atrevo a hacerlo, es porella, por esa pobre niña.

—¡Y bien!—exclamé, algo sorprendido de su inesperado cambio.Generalmente era en extremo altiva y fría, crítica terrible que tenía enla punta de los dedos los nombres de las primas, tías y sobrinos de todoel mundo.

—La verdad es ésta—prosiguió.—Usted podría inducirla a que nosmanifestase la realidad, tal es mi creencia, porque es la única personaque tiene alguna influencia sobre ella ahora que su padre no existe, y,permítame que se lo diga, tengo razones para saber que ella siente porusted una estimación muy grande.

—Sí—observé, no pudiendo contener un suspiro,—somos amigos... buenosamigos.

—Más que eso—declaró la señora Percival.—Mabel lo ama a usted.

—¡Me ama!—grité, dando un salto y sosteniéndome sobre un codo.—No,pienso que debe estar usted en error. Ella me considera más bien como unhermano que como un amante, y ha aprendido, según creo, desde el primerdía que nos conocimos en tan románticas condiciones, a mirarme como unaespecie de protector.—No—añadí, moviendo la cabeza,—existen ciertosobstáculos que deben impedirle poder amarme, la diferencia de nuestrasedades, de posición y todo lo demás.

—¡Ah! está usted completamente equivocado—exclamó la viuda, con todafranqueza.—Su padre le dejó a usted su secreto, según tuve ocasión desaber, para que sacase todo el mayor provecho posible, como él lo habíahecho, y porque adivinaba la dirección que iba tomando el camino deMabel.

—¿Cómo sabe usted esto, señora Percival?—la pregunté, medio inclinadoa dudar de ella.

—Porque el señor Blair, antes de hacer su testamento, se confió en mí yme preguntó con franqueza si alguna vez su hija me había hablado deusted de alguna manera significativa que me hubiese hecho sospecharalgo. Le confesé la verdad de lo que al respecto sabía, exactamentecomo acabo de referírselo a usted. Mabel lo ama...

Lo ama tiernamente.

—Entonces le debo a usted en gran parte el que el pobre Blair me hayalegado su secreto—observé, añadiendo algunas palabras de agradecimientoy embargándome luego en profunda meditación sobre lo que acababa derevelarme.

—No hice más que cumplir con mi deber para con ambos ustedes—fue surespuesta.—Ella lo ama, como ya se lo he dicho, y, por lo tanto, estoyconvencida de que con poca persuasión usted podría conseguir que nosdijese la verdad respecto a Dawson. Ella ha huido, es cierto, pero máspor temor de lo que pueda usted pensar de ella cuando su secreto sedivulgue, que por horror a este hombre. Recuerde—

añadió,—que Mabel loama apasionadamente, como muchas veces me lo ha confesado, pero poralguna razón extraordinaria, que permanece siendo un misterio, ella seesfuerza en reprimir su cariño. Teme, creo yo, que de su parte sólo hayaamistad, que sea usted un soltero decidido, demasiado recalcitrante,para que pueda abrigar por ella ningún pensamiento de cariño.

—¡Oh, señora Percival!—exclamé, dominado por un súbito estallido depasión—le aseguro... le confieso que siempre he amado a Mabel... queahora la amo tierna, apasionadamente, con todo ese vehemente ardor queun hombre sólo siente una vez en su vida. Ella me ha juzgado mal. Hesido yo el culpable, porque he estado ciego, he procedido neciamente yjamás he leído el secreto de su corazón.

—Entonces es preciso que ella sepa esto inmediatamente—contestó llenade simpatía la respetable señora.—Debemos, cueste lo que cueste,encontrarla, y decirle todo. Sí, hay que tener una reunión, y ella, porsu parte, debe confesarle a usted sus sentimientos. Sé muy bien cuánprofundamente lo ama—añadió,—sé cuánto lo admira y cómo, en la soledadde su habitación, ha llorado muchas veces amarga y largamente, porquecreía que era usted indiferente y ciego a la ardiente pasión de sunoble, sincero e inocente corazón.

—¿Pero cómo era posible hacer eso ahora? El paradero de mi bien amadaera un misterio para todos nosotros, nadie lo conocía. Habíadesaparecido completamente, con el objeto de eludir la terriblerevelación que tanto horror le causaba y que ella temía ver divulgada deun momento a otro.

Mientras yo seguía débil e imposibilitado, Ford y Reginaldo en los díassubsiguientes se ocuparon con toda actividad de sus investigaciones,pero todo fue en vano. Apelé a Leighton, el abogado, y le pedí suopinión, pero lo único que se le ocurrió fue insertar avisos; sinembargo, ambos estuvimos conformes en que ese medio no era convenienteni adaptable para ella.

Aun cuando pueda parecer extraña, Dorotea Dawson, o Dolly, como lallamaba su padre, la joven de cara morena, manifestaba también la másviva ansiedad por Mabel.

Su madre había sido italiana, y ella hablaba elinglés con un leve acento extranjero, como que había vivido siempre enItalia, según decía. Vino a visitarme una vez, para expresarme susentimiento por mi enfermedad. Su aparente aspecto vulgar se debíaúnicamente a su nacionalidad mixta, y aun cuando era una joven muyastuta, que poseía toda la sutil perspicacia del italiano, Reginaldohabía descubierto que era una compañera viva y entretenida.

Sin embargo, todos mis pensamientos estaban concentrados en un dulceamor perdido, y en ese arrogante y vulgar individuo que, con susamenazas y desprecios, la tenía sometida a su irresistible y ocultopoder.

¿Por qué había huido aterrorizada de mí? ¿Por qué se había cometido esecobarde e ingenioso atentado contra mi vida?

Había resuelto el secreto del enigma cifrado sólo para hundirme másprofundamente todavía en un hondo abismo de dudas, desesperación ymisterio, pues lo que me reservaba el libro cerrado del porvenir era,como lo verán ustedes, enloquecedor y pasmoso.

Cuando la luz se hizo, resultó la realidad de una manera terrible, durae incontestable, pero, sin embargo, fue tan asombrosa y extraña, que lafe en ella vaciló y la duda pareció ocupar su lugar.

XXIV

TERRIBLE REVELACIÓN

Transcurrieron

varias

semanas

tristes

y

pesadas

antes

que

me

sintiesesuficientemente mejorado para salir, y al fin, acompañado por Reginaldo,hice mi primer paseo en coche.

Estábamos a mediados de abril, el tiempo era todavía bastante frío, y elbrillante mundo londinense no había vuelto aún de pasar el invierno enMonte Carlo, Cairo o Roma.

Cada año la sociedad se convierte en golondrina, volando hacia el Sud enel primer día frío de otoño, para volver más tarde a la ciudad, y cada season de Londres parece más prolongada que la anterior.

Por Piccadilly nos encaminamos a la esquina de Hyde Park, y luego, dandovueltas a Constitution Hill, tomamos por la Pall Mall. Una vez aquí,apoderose de mí el vehemente deseo de descansar un rato y gozar del airede St. James Park; por lo tanto bajamos del coche, pagamos el pasaje alconductor, y apoyado en el brazo de Reginaldo, lentamente emprendimosla marcha por las enarenadas sendas del paseo hasta que encontramos unasiento conveniente.

El esplendor y la belleza de St. James Park, aun en un día de abril,constituyen siempre un goce para los verdaderos londinenses. Muchasveces me he asombrado de ver qué poca gente aprovecha de sus ventajas.Los maravillosos árboles, el delicioso lago con su sábana de aguaplateada, todos los encantos y bellezas de los paisajes ruralesingleses, y luego esa sensación que se experimenta al darse cuenta deque lo rodean los grandes palacios, departamentos y oficinas delgobierno de nuestro gran imperio; o, en otras palabras, ese silencio deque se goza en su seno entremezclado con la vida exterior febril ytumultuosa, hacen que el parque de St. James sea uno de los másencantadores retiros de Inglaterra.

Reginaldo y yo nos repetimos varias veces esto mismo, y después, bajo ladeliciosa influencia de aquel medio ambiente, llegó el momento de lasreflexiones y reminiscencias, hasta que por último se sucedieron esosgrandes silencios que se producen entre los amigos, y que son losmejores símbolos de su completa armonía de sentimiento e ideas.

Mientras permanecíamos sentados meditando, advertí que estábamosjustamente en el punto por donde es más seguro ver pasar, a esa hora, alas figuras políticas más prominentes del día, ya para sus diferentesoficinas, o ya en camino al parlamento, donde iba a abrirse la sesión.En rápida sucesión pasaron hacia la puerta Storey un ministro delgabinete, dos pares del partido liberal, un conservador y unsubsecretario.

Reginaldo, que tanto interés tomaba en la política, y a menudo habíaocupado un asiento en la galería de las cámaras, me mostraba lospolíticos que iban pasando; pero mis pensamientos estaban en otra parte,habían volado hacia donde se hallaba mi amor perdido. Ahora que laseñora Percival me había revelado cuáles eran los verdaderossentimientos de Mabel, comprendía qué necio había sido en tratar defingir indiferencia hacia ella, aparentando todo lo contrario de lo queen realidad existía en mi corazón. Había sido un gran tonto, y lo estabapagando cruelmente.

Durante las semanas que había estado confinado en mi dormitorio, habíaconseguido hacerme de un buen número de libros, y descubierto ciertoshechos y datos concernientes al difunto cardenal que en cambio de sulibertad había tenido que revelar su secreto.

Andrea Sannini, según parece, era natural de Perugia, llegó a arzobispode Bolonia, y luego se le otorgó el capelo cardenalicio. Pío IX, dequien era gran favorito, lo designó para varias misiones delicadas antediferentes potencias, y como demostró en su calidad de diplomáticoposeer una notable penetración y viveza, el Papa lo hizo tesorerogeneral, como también director de los museos y galerías de famauniversal del Vaticano. Fue una de las figuras más distinguidas ypoderosas del Colegio de cardenales, según parece, y con motivo de laentrada de las tropas italianas en la Ciudad eterna el año 1870,adquirió una extraordinaria prominencia por la parte que tomó en ella. Ala muerte de Pío IX, ocho años después, se creyó que sería designadocomo su sucesor, pero la elección recayó en su colega, el cardenalPecci, que pasó a ser el Papa León XIII.

Estaba preocupado en todos estos datos que había conseguido después demuchísimo trabajo y pesada lectura, cuando Reginaldo exclamó de pronto,en voz baja:

—¡Mira, allí viene la hija de Dawson acompañada por un hombre!

Miré rápidamente en la dirección indicada y vi, cruzando el puente queatraviesa el lago y aproximándose hacia donde nosotros estábamos, unafigura de mujer bien vestida, con una chaqueta elegante de pieles y unapreciosa cofia, y a su lado un hombre alto y delgado, de traje negro.

Dolly Dawson caminaba tranquilamente, conversando y riendo, mientras élde cuando en cuando se inclinaba a su oído y le hacía algunasobservaciones. Al levantar la cabeza y extender la mirada a través dellago, vi asomar sobre su sobretodo un cuello clerical y un pedacito detela púrpura. Aquel hombre era evidentemente algún canónigo u otradignidad de la iglesia católica.

Sería como de unos cincuenta y cinco años, de cabellos grises, bienafeitado y llevaba puesto un sombrero de copa de una forma algoeclesiástica; era en conjunto un hombre de aspecto más bien agradable, apesar de sus delgados labios sensitivos y de su cara de una palidezascética.

En el acto se me ocurrió que debían haberse reunido clandestinamente yandaban por allí para evitar que en la calle los pudieran reconocer. Elsacerdote parecía tratarla con estudiada cortesía, y noté sus ligerasgesticulaciones al hablar, lo cual me hizo creer que era extranjero.

Le transmití mi pensamiento a Reginaldo, y éste me contestó:

—Hay que vigilarlos, viejo. No nos deben ver aquí. Desearía que sedirigiesen por el lado contrario.

Los seguimos con la vista durante un momento, temerosos de que, habiendocruzado el puente, se dieran vuelta hacia donde nosotros estábamos, perofelizmente no lo hicieron, pues tomaron a la derecha costeando la orilladel lago.

—Si ese sacerdote es italiano, entonces debe haber venido expresamentede Italia para entrevistarse con ella—observé.—Porque desde el momentoque había hablado con fray Antonio, parecía existir una curiosa conexiónentre el secreto del cardenal fallecido y la iglesia de Roma.

—Es preciso averigüemos y sepamos lo que hay de verdad—observóReginaldo.—

Pero tú no debes permanecer más tiempo aquí. Se estáponiendo demasiado frío para ti—añadió, poniéndose de pie de unsalto.—Mientras tú te vuelves a casa, yo los seguiré.

—No—le dije.—Caminaré un poco contigo. Estoy interesado en estejuego,—y levantándome también, introduje mi brazo en el suyo y emprendíla marcha apoyado en mi bastón.

Caminaban muy juntos, embargados en una animada conversación. Por lasrápidas gesticulaciones del sacerdote, la manera cómo sacudía, primero,sus dedos apretados, y luego alzaba su mano abierta y tocaba suantebrazo izquierdo, podría haber afirmado que estaba hablando de algúnsecreto, cuyo poseedor había desaparecido. Si uno conoce bien elitaliano, puede seguir hasta cierto punto el tema de la conversación porlos gestos, pues cada uno de éstos tiene su significado particular.

Andando con la mayor rapidez que me fue posible, conseguimos poco a pocoacercarnos, porque habían acortado el paso e iban con relativa lentitud.El sacerdote llevaba la palabra y hablaba con vehemencia, como tratandode persuadir a la hija del contramaestre del «Annie Curtis», para queprocediese en el sentido que le indicaba.

Ella parecía pensativa, silenciosa e indecisa. Una vez se encogió dehombros, y se retiró de él, dándose vuelta como en actitud de desafío,pero en el acto el astuto sacerdote fue todo sonrisas y disculpas.Hablaban, no había duda, en italiano, para que así los transeúntes nopudieran entender su conversación. Noté que sus ropas eran de cortemarcadamente extranjero y que sus zapatos eran bajos, aun cuando leshabía quitado las brillantes hebillas de acero.

En el momento que aparecieron cruzando el puente, ella venía riéndosealegremente de alguna observación de su compañero, pero ahora toda sualegría parecía haber desaparecido por completo y haberse dado cuentadel verdadero objeto de la misión de aquel extranjero. La senda quehabían seguido conducía a la Horse Guard's Parade, y comprendiendo unmomento después que mi debilidad no me permitiría caminar más, me viobligado a volverme hacia las gradas de la columna de York, dejando soloa Reginaldo para que observase todo cuanto pudiese.

Volví a casa completamente exhausto y helado, pues, a pesar de haberllevado puesto mi gran sobretodo de lana, que usaba para los paseos encoche cuando estaba en Helpstone, no había podido evitar que se colarael viento frío y cortante. Permanecí dos horas completas sentado juntoal fuego para reparar lo perdido, hasta que al fin volvió mi amigo.

—Los he seguido por todas partes—explicó, dejándose caer en un sillónque había enfrente de mí.—Es evidente que él la ha amenazado, y ella letiene miedo. Cuando llegaron a Horse Guard's Parade, doblaron otra vezpor Birdcage Walk y luego cruzaron el parque Green. Después la haacompañado en coche a una de las tiendas de Fuller en la calle Regent.Parece que el sacerdote tiene un terror pánico a ser conocido, y antesde abandonar el parque Green, levantó el cuello de su sobretodo, paraocultar ese pedacito de púrpura que asomaba.

—¿Has descubierto su nombre?

—Lo seguí hasta el Saboya, que es donde para. Allí ha registrado sunombre como monsignore Galli, de Rimini.

Nuestras informaciones al respecto acababan aquí. Bastaban, sin embargo,para demostrar que el sacerdote estaba en Londres con un propósito fijo,probablemente para persuadir a la hija de el Ceco de que le dieraciertos informes que deseaba conocer vehementemente, y que tenía laintención de obtener por medio de ciertos datos importantes que poseía.

Pasaron varios días lluviosos y sombríos, y Bloomsbury presentaba suaspecto más melancólico. No había podido descubrir la menor huella de miamor desaparecido, ni conseguir ningún otro dato de monsignore, elsacerdote de blancos cabellos. Parece que éste había abandonado elSaboya a la tarde siguiente, retornando, no hay duda, al Continente,pero ignorábamos si había tenido o no éxito en su misión.

Dolly Dawson, con quien Reginaldo había entablado una especie deagradable amistad, más con el propósito de poderla observar e interrogarque por otra cosa, vino a vernos para informarse de mi salud y saber sihabíamos conseguido alguna noticia sobre el paradero de Mabel. Supadre—nos dijo,—habíase ausentado por varios días de Londres, y ellaiba a partir para Brighton, a visitar una tía.

¿Sería posible que Dawson, habiendo tenido conocimiento de mi buenresultado en la solución del enigma cifrado, hubiera partido para Italiacon el fin de salvar el secreto del cardenal y arrebatárnoslo? Hora porhora anhelaba recuperar todas mis fuerzas para poder partir hacia elsitio señalado a orillas del Serchio, pero me encontraba detenido dentrode aquellas estrechas habitaciones por mi terrible debilidad.

Pasaron cuatro largas y espantosas semanas de martirio, hasta que llegómediados de mayo, y pude tener suficientes fuerzas para salir solo acaminar y dar unos cortos paseos por la calle Oxford y sus alrededores.El testamento de Burton Blair había sido ya aprobado, y Leighton nosmanifestó, en las varias veces que nos visitó, el descuido, eindiferencia con que el tal Dawson manejaba los bienes.

Que el aventurero estaba en comunicación secreta con Mabel lo probaba elhecho de que ciertos cheques firmados por ella habían pasado por susmanos para ir al Banco; sin embargo, aun cuando parezca muy extraño,aparentaba completa ignorancia al respecto y declaraba no saber dónde seencontraba.

Dawson estaba ya de vuelta en la mansión de la plaza Grosvenor, cuandoun día, a eso de las doce, Glave hizo pasar a mi presencia a Carter.

Conocí por su semblante la agitación que lo dominaba, y apenas entró,después de saludarme respetuosamente, exclamó:

—¡He conseguido descubrir la dirección de la señorita Mabel, señor!Desde que ella abandonó la casa no he perdido de vista las cartasenviadas al correo, como el señor Ford me había indicado que lo hiciera;pero el señor Dawson no le ha escrito nunca hasta esta mañana, que porcasualidad, creo yo, envió una carta al correo dirigida a ella, entre unnúmero de otras que entregó al mensajero. Está en Mill House, ChurchEnstone, cerca de Chipping Norton.

Lleno de alegría, di un salto y me puse en pie; le agradecí la noticia,ordené a Glave que le diera de beber y partí de Londres para Owfordshirepor el tren de la una y media.

Antes de las cinco hallé a Mill House, casa sombría y anticuada, quequedaba detrás de un alto seto de bojes que había en la calle de laaldea en Church Enstone, sobre el camino real de Aylesburg a Stratford.Delante de la casa se extendía un pequeño prado, alegre y brillante consus canteras de tulipanes y fragantes narcisos.

Una criada de burdo lenguaje me abrió la puerta e hízome pasar a unapieza baja, pequeña y anticuada, donde sorprendí a mi amada sentada enuna gran silla de brazos, en actitud triste, leyendo.

—¡Señor Greenwood!—tartamudeó, levantándose rápidamente, pálida y sinaliento—¡usted! ¡usted aquí!

—Sí—contesté, cuando la sirvienta hubo cerrado la puerta y quedamossolos.—¡Al fin la he encontrado, Mabel... al fin!—Y, avanzando, tométiernamente sus dos manecitas entre las mías. Después, dominado por eléxtasis de aquel momento de placer, la miré de fijo a los ojos,exclamando:—Ha tratado de huir de mí, pero hoy la he vuelto aencontrar. He venido, Mabel, a confesarle con franqueza, a decirle...

adecirle, mi queridísima Mabel, que... que la amo!

—¡Que me ama!—gritó, espantada, dando un salto atrás, y apartándome desu lado con sus dos blancas y pequeñas manos.—¡No! ¡No!—gimió.—Ustedno debe... no puede amarme. ¡Es imposible!

—¿Por qué?—le pregunté rápidamente.—La he amado desde aquella primeranoche que nos conocimos. Ciertamente que usted debe haber descubiertohace mucho tiempo el secreto de mi corazón.

—Sí—tartamudeó,—lo he conocido. Pero ¡ay! ¡es demasiado tarde...demasiado tarde!

—¿Demasiado tarde?—exclamé.—¿Por qué?

Quedó callada. Su semblante cubriose de una repentina palidez mortal yhasta sus labios se pusieron blancos: luego la vi temblar de pies acabeza.

Repetí mi pregunta gravemente, con mis ojos fijos en ella.

—Porque—contestó al fin lentamente, en una voz trémula y tan baja, queapenas pude oír las fatales palabras que pronunció—¡porque ya estoycasada!

—¡Casada!—exclamé tartamudeando y quedándome rígido.—¡Y su esposo!¿Cómo se llama?

—¿No adivina usted?—me preguntó.—¿No lo sospecha? El hombre que ya hatenido oportunidad de conocer: Herberto Hales.

Sus ojos estaban bajos como avergonzados, mientras su barba finadescansaba abatida sobre su pecho jadeante.

XXV

EL NOMBRE SAGRADO

¿Qué podía yo decir? ¿Qué habrían dicho ustedes?

Me quedé silencioso. No supe qué palabras emitir. ¡Ese jovencaballerizo, ese bribón, hijo del respetable y anciano marino que pasabalas tardes de sus plácidos días sentado a la puerta de su casa de lasEncrucijadas, era, en efecto, el esposo de la hija del millonario!Parecía completamente increíble, sin embargo, al recordar aquella escenade media noche en el parque de Mayvill; en el acto reconocí cuánimpotente y desamparada se hallaba en las manos de ese vulgar yarrogante gañán, de ese infame campesino, que, en un momento de locofrenesí, había cometido aquel desesperado y furioso atentado contra lavida de Mabel.

Reconocí también que hacía mucho tiempo que el amor, si es que existióalguna vez, había desaparecido entre ellos, y que la única idea quedominaba en el pensamiento de ese hombre, era sacar provecho de su unióncon ella, abusar y explotarla vilmente, como tantas mujeres ricas y deelevada posición son en este mismo momento víctimas de igualesinfortunios en Inglaterra. Como un relámpago acudió a mi mente elrecuerdo de su negativa de perseguir y castigar a este hombre infamepor el cobarde atentado contra su vida, y la razón se manifestó entoncesclara y concluyente.

¡Era su esposa!

El solo pensamiento me produjo un espasmo de celos, dolor y odio, porquela amaba con toda la pasión sincera y honrada de que es capaz un hombrede bien. Desde que la señora Percival me había revelado la realidad,sólo había vivido para ella, pensando en volverla a encontrar ydeclararle francamente mi amor.

—¿Es esto cierto?—le pregunté al fin en una voz cuya aspereza no pudereprimir.

Tomé su mano fría e inerte entre las mías y contemplé suhermosa cabeza caída.

—¡Ay de mí! desgraciadamente lo es—fue su débil contestación.—Es miesposo; por consiguiente, todo amor entre nosotros estáexcluido—añadió.—Ha sido usted siempre mi amigo, señor Greenwood, peroahora que me ha obligado a confesarle la realidad, nuestra amistad haterminado.

—¿Y su esposo está aquí con usted?

—Ha estado—respondió,—pero se ha ido.

—Supongo que abandonó usted Londres secretamente para reunirse a él,¿no es así?—observé con amargura y acritud.

—Porque me lo pidió. Deseaba verme.

—¿Para obtener dinero a fuerza de amenazas, como intentó hacerlo esanoche memorable en Mayvill?

La pálida y abatida niña movió afirmativamente la cabeza.

—He venido a vivir en esta casa, pero pagando—explicó.—Isabel Wood,una antigua condiscípula, vive aquí con su madre. Las dos creen que hehecho un casamiento secreto, contrariando a los míos, para lo cual hetenido que fugarme del hogar, y en estos dos últimos años han sidoextraordinariamente bondadosas conmigo.

—¡Entonces hace dos años que está usted casada!—exclamé lleno desorpresa y confusión, verdaderamente asombrado de ver la manera cómohabía sido engañado.

—Sí, hace casi dos años. Nos casamos en Wymondham, en el condado deNorfolk.

—Cuénteme toda la historia, Mabel—la insté, después de una pausaprolongada, esforzándome por conservar una fingida calma exterior, queno coincidía ciertamente con mis sentimientos más íntimos y profundos.

Su pecho se levantaba y bajaba jadeante debajo de sus encajes ychiffons, sus grandes ojos maravillosos brillaban llenos de lágrimas.Durante largos cinco minutos permaneció dominada por la emoción y sinpoder articular una palabra. Al fin, en una voz baja, enronquecida,dijo:

—No sé lo que pensará usted de mí, señor Greenwood. Estoy avergonzadade mí misma, y de la manera cómo lo he engañado. Mi única disculpa puedeconcentrarse en estas dos palabras: era imperativo. Me casé obligada poruna terrible cadena de circunstancias, que usted sólo comprenderá cuandola luz se haga, cuando conozca toda la verdad.—Y volvió a quedarcallada.

—¿Pero no me la dirá usted ahora?—insistí.—Como su mejor amigo, comoel hombre que la ha amado sinceramente, creo que tengo derecho aconocerla.

Movió la cabeza con amarga tristeza, y, mirándome a través de suslágrimas, respondió brevemente:

—Ya se la he dicho. Estoy casada. Sólo puedo pedirle perdón por haberloengañado y manifestarle que me he visto obligada a hacerlo.

—¿Quiere usted decir que se ha visto precisada a casarse con él?¿obligada por quién?

—Por él—tartamudeó.—Hace dos años que una mañana salí sola de Londresy me reuní con él en Wymondham, donde previamente había estado parandopor espacio de quince días, mientras mi padre estaba pescando. Herbertome recibió en la estación, y nos casamos secretamente, actuando comopadrinos dos hombres desconocidos, elegidos a la ventura. Después decelebrada la ceremonia, nos separamos. Me saqué el anillo y volvimea casa. Esa noche dábamos una comida, y entre los comensales estabausted, lord Newborough y lady Rainham; después concurrimos al Haymarket.¿No lo recuerda? Cuando estábamos sentados en el palco, me preguntó porqué me encontraba tan triste y pensativa, y yo me disculpé diciéndoleque tenía un fuerte dolor de cabeza. ¡Ah! ¡si hubiera usted sabido!

—Recuerdo esa noche perfectamente—le dije, compadeciéndola.—¿Fueaquélla entonces la noche de su casamiento? Pero ¿cómo la obligó a quese casara con él? Las razones que lo impulsaron, son demasiado claras,por cierto. Quería sacar ventaja, no hay duda, ya fuera por el hecho deque usted no podría consentir que se supiera que era la esposa de unhombre vulgar, de un cuidador de caballos, o ya porque tenía laintención de entrar en posesión de su dinero a la muerte de su padre.Ciertamente que no es el suyo el primer casamiento de esta clase que seha celebrado—añadí, con un sentimiento de espanto y confusión.

En el mismo momento en que mis esperanzas habían llegado al más altogrado y parecían próximas a ver realizados sus ensueños, debido a ladeclaración de la señora Percival, había caído el golpe terrible sobreellas, y comprendí en el acto que era imposible todo amor entrenosotros. Mabel, la mujer a quien había amado con tanta pasión yternura, era la esposa de un rústico campesino bruto que con susamenazas la martirizaba hasta la locura, y que, como ya lo habíademostrado, no vacilaría ante nada con el fin de conseguir susdespreciables fines.

El estado de mi ánimo y sentimientos era indescriptible. No tengopalabras para poder dar una idea adecuada de las emociones encontradasque destrozaban mi corazón, ni cómo lo torturaban cruelmente. Hasta esemomento había estado bajo mi protección, pero, ahora que ya sabía queera la esposa de otro, no tenía derecho para ejercer contralor sobre susactos, no tenía derecho para admirarla, ni tampoco lo tenía para amarla.

¡Ah! si alguna vez se ha sentido un hombre desesperado, abatido ydesengañado; si ha comprendido cuán inútil y sin objeto ha sido su vidatriste y solitaria, ese hombre he sido yo.

Intenté persuadirla de que me contara cómo ese rústico campesino lahabía obligado a que se casara con él, pero las palabras se anudaron enmi garganta y la emoción me ahogó. Las lágrimas debieron agolparse enmis ojos, supongo, porque con un impulso de súbita simpatía, unaexplosión de ternura femenina que vibraba tan fuertemente dentro de sunoble ser, colocó su mano cariñosamente sobre mi hombro y dijo, en unavoz tranquila, serena y baja:

—No podemos revocar lo pasado, ¿para qué entonces pensar en ello?Proceda como le pedí en mi carta que lo hiciera. Perdóneme y olvide.Déjeme con mis penas. Ahora sé que me ha amado, pero es...

No pudo terminar la frase, porque se bañó en lágrimas.

—Sé lo que quiere usted decir—le dije confundido.—Demasiado tarde...sí, demasiado tarde. Nuestras dos existencias han sido destruidas por minecedad...

porque le oculté lo que como hombre sincero y honrado debíahabérselo dicho hace ya mucho tiempo.

—No, no, Gilberto—gritó, llamándome por mi nombre por la primeravez,—no digo eso. La culpa no es suya, sino mía... mía—y se cubrió lacara con las manos y sollozó fuerte y melancólicamente.

—¿Dónde está su marido... o más bien dicho, ese hombre que intentómatarla?—le pregunté fieramente pocos minutos después.

—En algún punto del Norte, según creo.

—¿Y cuándo estuvo aquí con usted?

—Hace una semana que vino y permaneció un par de horas.

—¡Pero no es posible que siga abusando de usted de este modo! ¡Si nopuedo seguir siendo su amante, puedo, sin embargo, ser siempre sucampeón, Mabel!—grité lleno de decisión.—En adelante tendrá quearreglárselas conmigo.

—¡Ah, no!—tartamudeó, volviéndose hacia mí con recelo y temor.—Nodebe usted hacer nada. De otra manera podría él...

—¿Qué podría él hacer?

Quedó callada, contemplando por la abierta ventana, sin objeto niinterés, los anchos prados que se extendían delante de su vista,nebulosos y silenciosos en medio de la obscuridad del crepúsculo.

—¡Puede—dijo en voz baja y cortada,—puede decir al mundo la verdad!

—¿Qué verdad?

—La que él sabe... por medio de la cual me obligó a ser su esposa,—yse llevó la mano al pecho, como para detener los terribles latidos de sutierno corazón.

Intenté persuadirla de que me revelara el secreto, que confiara en mísus cuitas, dado que era su más fiel y sincero amigo, pero se negó.

—No—exclamó en voz cortada,—no me lo pregunte, Gilberto, ahora quepuedo permitirme llamarle así, pues de todos los hombres es a usted alque no puedo decírselo. A mí sólo me resta callar... y sufrir.

Su cara estaba pálida, muy pálida, y por la expresión de ella conocíque su resolución era irrevocable.

A pesar de la confianza y estimación que me tenía, comprendí que nohabría poder en el mundo que la indujera a revelarme esa terribleverdad.

—Pero usted sabe la razón que tuvo su padre para designar a su amigoDawson administrador de su fortuna—le dije.—Tenía confianza en que conuna palabra suya se conseguiría hacerle retirarse del puesto que hoyocupa. No es posible que aparente usted ignorar el misterioso motivo quetuvo su padre para proceder así.

—Ya se lo he dicho. Mi pobre padre también procedió bajo presión. Elseñor Leighton lo sabe también.

—¿Y conoce usted la razón?

Movió la cabeza afirmativamente.

—¿Entonces puede usted contrarrestar los planes de ese hombre?

—Sí, podría—contestó lentamente,—si me atreviera a hacerlo.

—¿Qué teme?

—Temo lo que mi padre temía—respondió.

—¿Y qué era eso?

—Que cumpliera cierta amenaza que muchas veces había hecho a mi padre,y más tarde a mí. El día que abandoné mi hogar me amenazó también...desafiándome a que pronunciara una sola palabra.