El Tesoro Misterioso by William Le Queux - HTML preview

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Ansiaba febrilmente volverme a Londres, pero no podía hacerlo hasta noterminar por completo mis investigaciones. Pasó una semana entera, yCarlini, con su hijo político como auxiliar en el asunto, joven decabellos negros y de la clase baja, estableció vigilancia, día y noche,sobre la casa del número 8, pero fue inútil. Paolo Melandrini noapareció a reclamar la carta llegada de Inglaterra, que lo estabaesperando.

Una noche, Carlini me trajo la carta para que la viera, pues habíaconseguido que la vieja sirvienta se la diera, mediante un prudentesoborno de veinte francos. En mi pieza pusimos a calentar una pava, conel vapor despegamos el sobre y sacamos la hoja de papel que habíadentro.

Era de Blair. Estaba escrita en inglés, fechada dieciocho días atrás enLondres, plaza Grosvenor, y decía lo siguiente:

«Me veré con usted, si en efecto lo desea. Llevaré los papeles yconfiaré a usted la misión de emplear personas que sepan guardarsilencio. Dirija su contestación a la dirección siguiente: Señor JuanMarshall.—Birmingham.— B. B. »

El misterio aumentaba. ¿Por qué Blair deseaba emplear personas quesupieran guardar silencio? ¿De qué índole era el trabajo que necesitabatanto secreto?

Evidentemente, Blair tomaba todas las precauciones posibles para recibirlas cartas del italiano, indicándole que se las dirigiese, bajodiferentes nombres, a los hoteles adonde iba por una noche, y allí lasreclamaba.

Mabel habíame hablado a menudo de las frecuentes ausencias de su padre,ausencias que duraban algunas veces una, dos y hasta tres semanas, y enque no se sabía su destino ni dejaba su dirección. Ahora habían quedadoaclarados sus extraños viajes errantes.

Consumido por la mayor ansiedad, esperé día tras día, pasando horasenteras tratando de descifrar el enigma enloquecedor de la carta dejuego que tenía en mi poder, hasta que, en la mañana del 6 de marzo, enpresencia de que Carlini no tenía éxito en Florencia, me fui con él a lavieja ciudad de Lucca, adonde llegamos por la vía de Pistoya, a las dosde la tarde.

En el hotel Universo me dieron, para alojarme, ese inmenso dormitoriocon esas maravillosas pinturas al fresco, que fue ocupado por Ruskindurante tanto tiempo, y antes que el Ave María resonara a través de lascolinas y planicies, me separé de Babbo y encamineme, como turista, a lamagnífica iglesia medioeval, cuya obscuridad sólo la atenuaban las velasque ardían en los altares laterales y delante de la imagen de NuestraSeñora.

Cuando entré, estaban en el momento de las vísperas, y el silencio demuerte que reinaba en el inmenso interior del templo, era sólointerrumpido por el murmullo bajo del reverente sacerdote.

Había una docena de personas en la iglesia, todas mujeres, salvo uno—unhombre que, de pie detrás de una de las columnas circulares, esperabaallí, pacientemente, mientras las demás estaban de rodillas.

Diose vuelta rápidamente luego que oyó resonar sobre el mármol mis pasosligeros, y entonces pude verlo cara a cara.

Contuve la respiración, y luego quedé como clavado en el sitio,completamente azorado y pálido.

El misterio era enormemente más profundo de lo que yo me habíaimaginado. La realidad que se me presentaba ahora, era como para atontary hacer vacilar.

VIII

EN EL QUE SE HABLA LA VERDAD

La hermosa iglesia antigua, con sus pesados dorados, sus altaresrelucientes y sus magníficas pinturas al fresco, estaba tan entinieblas, que, al principio, recién entrado de la calle, no pudedistinguir nada bien, pero así que mis ojos se fueron acostumbrando a lasombría luz, vi, a unas pocas yardas de donde yo estaba, un rostro queme era familiar, una cara que me hizo quedar con la respiración ensuspenso y me llenó de inquietud.

De pie allí, detrás de esas pocas mujeres arrodilladas, con la débil luzoscilante de las velas de los altares iluminando suficientemente surostro, estaba aquel hombre con su cabeza inclinada reverentemente, y,sin embargo, sus obscuros ojos como cuentas parecían lanzar miradasescudriñadoras a todos lados.

Por sus facciones, facciones duras, más bien siniestras, y su barbacanosa y enmarañada que conocía por haberla visto una vez en Inglaterra,comprendí que ese era el hombre con quien Burton Blair debía habercelebrado la entrevista secreta; pero, contrario a lo que yo esperaba,me hallé que vestía el tosco hábito carmesí y el grueso cordón del monjecapuchino, presentando una figura triste y silenciosa en su actitud depie y con los brazos cruzados, mientras el sacerdote, en su espléndidavestidura, murmuraba las oraciones.

En medio de aquella silenciosa semiobscuridad sentí caer sobre mishombros un frío helado, sepulcral. El suave perfume del incienso parecíaaumentar, con ese ambiente de increíble magnificencia, de melancólicasoledad encantada, de opulencia extrañamente desproporcionada con lapobreza y suciedad que reinaba en la plaza exterior. Más allá de dondeestaba el silencioso monje, cuyos penetrantes ojos misteriosos estabanfijos en mí de una manera tan inquisitiva, se veían lejanos puntosobscuros, atravesados de trecho en trecho por rayos de lucesmulticolores que penetraban por alguna gran ventana, y mucho más allácolgaba del alto y abovedado techo la roja luz tenue de la lámpara delsantuario.

Las columnas, junto de una de las cuales estaba yo de pie, se elevabanhasta arriba, apiñadas como altos árboles del bosque, dando pruebas delpaciente trabajo de toda una generación de hombres; todas ellas talladasen la piedra viva, infinitamente durables, a pesar de la delicadeza dela obra, y transmitidas a nosotros a través de lejanos siglos deexistencia.

El monje, ese hombre cuya cara barbuda había visto en Inglaterra unavez, se había arrodillado, y estaba murmurando sus oraciones y pasandolas cuentas del enorme rosario que colgaba de su cintura.

Una mujer vestida de negro, con la cabeza cubierta con la santuzza negra que usan las mujeres de Lucca, había entrado sin hacer ruido, yestaba arrodillada a unos pocos pasos de mí. Oprimía contra su pecho auna miserable criatura de pocos meses, en cuya carita arrugada la muerteya había impreso su marca. Rezaba con fervor por ella, mientras loscirios iban gastándose gradualmente, los pobres cirios que estadesgraciada mujer había colocado delante de la humilde imagen de SanAntonio.

El contraste entre la prodigiosa opulencia del templo y losharapos de la pobre suplicante; entre la persistente durabilidad deaquellos miles de santos con vestiduras de oro, y la fragilidad de esepequeño ser sin esperanza, era cruel y aplastador.

La mujer seguía arrodillada, repitiendo en vano y obstinadamente susoraciones. Me miró, con sus ojos llenos de aflicción, adivinando lacompasión que había despertado en mí; luego volvió su mirada hacia elcapuchino, hacia ese hombre de cara dura y barba canosa que poseía laclave del secreto de Burton Blair.

Yo permanecía de pie detrás de la pesada columna, inclinadoreverentemente, pero alerta. La pobre mujer, después de una rápidamirada por todo aquel esplendor que la rodeaba, volvió, con mayoransiedad que antes, sus ojos hacia mí... sí, hacia mí, que era unextranjero desconocido. Y pensé: ¿le escucharán sus plegarias esasmagníficas imágenes divinas? ¡Ah! no lo sabía.

Yo, en su lugar, habría preferido llevar a la pobre criatura a uno deesos nichos que hay en los caminos, donde reina soberana la Virgen delos Contadini. Las madonnas y santos de Ghirlandago, Civitali y DellaQuérica, que moran en esa espléndida iglesia antigua, parecen seresceremoniosos, insensibilizados por la pompa secular. Por extraño queparezca, yo no podía creer que se ocuparían de esa pobre mujer, o de suhijo deforme y moribundo.

Las vísperas terminaron. Las figuras obscuras que habían estado enoración, se levantaron, atravesaron el piso de mármol hasta la puerta ydesaparecieron, mientras las luces eran rápidamente apagadas. La mujer,con su hijo agonizante, quedó perdida en medio de las tinieblas.

Deseando que el capuchino pasase por junto a mí, con el objeto depoderlo ver mejor, me dejé estar en la iglesia. ¿Le hablaría, opermanecería silencioso y haría que Babbo lo vigilase?

Se aproximó lentamente hacia mí, con sus grandes manos metidas en susanchas mangas de su hábito carmesí, vestidura que sólo una vez cada diezaños la renuevan los de su orden, y que usan constantemente, estén enpie o en cama.

Me había parado delante de la antigua tumba de Santa Tita, la patrona deLucca, a la cual menciona el Dante en su Infierno. En la pequeñacapilla ardía una sola luz en una gran lámpara antigua de oro, puestaallí por los orgullosos hijos de la ciudad tres siglos atrás, cuandotemieron la invasión de la peste negra. Al darme vuelta, vi que, auncuando me observaba atentamente, parecía estar esperando todavía alhombre que

¡ay! ya no existía.

Ahora que con mejor luz podía ver bien sus facciones, no vacilé enconfirmar mi anterior sospecha: era el mismo hombre que un año anteshabía conocido en la mesa de Burton Blair, en su mansión de la plazaGrosvenor.

Recordaba muy bien la ocasión. Era en junio, en el período álgido de la season londinense, y Blair me había invitado, en compañía de variosamigos solteros, a comer en su casa y después a ir al teatro Imperio. Elhombre que había encontrado vestido de religioso, con sandalias usadas,se había presentado entonces de una manera muy diferente, como unverdadero hombre de mundo, en situación próspera, con un hermosodiamante en la pechera de su camisa y en traje de comida, de corteespecialmente elegante. Burton nos lo había presentado como el señorSalvi, el renombrado ingeniero, y se había sentado en la mesa enfrentede mí, conversando en excelente inglés con todos.

Me impresionó como un hombre que había viajado mucho, especialmente porel Extremo Oriente, y, por ciertos conceptos que emitió, saqué laconclusión de que, como Burton Blair, había pasado varios años en elmar, y que era un amigo de los antiguos tiempos, anteriores al gransecreto que tan provechoso le había sido. Los demás convidados erantodos conocidos y de mi relación; dos de ellos financistas de la City,cuyos nombres eran bien familiares entre los habitués del StockExchange; el tercero, heredero de un condado, del cual ya está enposesión, y el cuarto, sir Carlos Webb, un elegante joven, de tipomoderno, perteneciente al Cuerpo de Guardias.

Después de gozar con la exquisita comida que se nos sirvió, preparadapor el famoso chef francés de Burton Blair, partimos en coche alteatro Imperio, y después de pasar un par de horas en el Grosvenor Club,concluimos la noche en el de Bachelors (solteros), del cual era miembrosir Carlos.

Mientras estaba allí parado en la penumbra silenciosa de la majestuosaiglesia, mirando aquella obscura figura misteriosa que se paseabapacientemente a lo largo de la nave, esperando al que no vendría nuncamás, recordé lo que en esa lejana noche, había despertado en mí unextraño sentimiento de disgusto contra él. En breves palabras referiréel incidente.

Después de salir del Imperio, nos paramos en la plaza Leicester parasubir a los coches que habíamos tomado, cuando oí al italiano que ledecía a Blair en su idioma:

«No me gusta ese amigo vuestro, ese que sellama Greenwood. Es demasiado curioso e inquisitivo.» Mi amigo se rió aloír esto, y le contestó: «Ah, caro mío, no lo conocéis. Es mi mejoramigo.» El italiano replicó gruñendo: «Me ha estado haciendo preguntasde importancia toda la noche, y le he tenido que mentir.» De nuevo Blairse rió, murmurando: «No es la primera vez que habéis tenido que cometerese pecado.»

«No, replicó el otro en voz baja, con la intención de queyo no lo oyera, pero, si me presentáis a vuestros amigos, tened cuidadode que no sean tan astutos o tan inquisitivos como este Greenwood. Podráser un buen sujeto, pero, aun cuando lo sea, no debe conocer,ciertamente, nuestro secreto. ¡Si lo llegase a saber, eso puedesignificar la ruina para nosotros, recordad!»

Y luego, antes de que Blair pudiera contestarle, subió a un hansom queen ese mismo momento habíase aproximado y detenido junto de la acera.

Desde entonces había alimentado una manifiesta antipatía contra esehombre que me había sido presentado con el nombre de Salvi, no porque yomire con recelo y prevención a todo extranjero, como lo hacen algunosingleses que participan tan neciamente de ese prejuicio insular, sinoporque se había esforzado en prevenir a Blair contra mí. Sin embargo, alcabo de una semana el incidente habíase borrado de mi memoria y no mehabía vuelto a acordar más de él, hasta que este inesperado y extrañoencuentro lo había renovado.

¿Sería posible que este monje, de cara bronceada por el sol, fuera elmismo hombre que tenía alquilado ese pequeño departamento en Florencia,y cuyas apariciones eran tan misteriosas y subrepticias? Tal vez sí,porque todo ese secreto de que rodeaba su domicilio, podía atribuirse alhecho de que a un capuchino no le es permitido poseer casa alguna fuerade su convento.

Esas visitas a Florencia, de tarde en tarde, era probable que lashiciera cuando lo mandaban a recorrer la campiña para recoger lasdonaciones y limosnas de los contadini, que se destinan para lospobres de la ciudad.

En toda la provincia de Toscana, ya sea en la choza del pobre, ya en elpalacio de un príncipe, el paciente, humilde y caritativo frailecapuchino es bien acogido; en la casa de todo contadino está siemprepreparado para él un pedazo de pan y una botella de vino, y en lasvillas y palacios de los ricos encuentran siempre un lugar en la sala delos sirvientes. Sería imposible calcular cuántos italianos pobres sesalvan anualmente de perecer de hambre por la sopa y el pan que todoslos días reciben en la puerta de todo monasterio capuchino. Basta decirque esta orden de hábito carmesí y de casquete negro es la más grande ysincera amiga que tiene la clase más necesitada y pobre.

Indudablemente, Babbo Carlini me debía estar esperando afuera, sentadoen las gradas de la iglesia. ¿Reconocería en este monje, reflexionabayo, la descripción que había conseguido de Paolo Melandrini, eldesconocido que debía ocupar el puesto de secretario y consejero deMabel Blair?

Las últimas personas que habían quedado rezando en la antigua capilladel Santísimo Sacramento, se habían ido, resonando sus pisadas sobre lasbaldosas hasta que hubieron desaparecido, y yo me encontré solo con lafigura silenciosa y casi extática del hombre a cuyo lado, un año antes,había estado de pie en el Grand Circle del teatro Imperio, mirando ycriticando una danza.

¿Me dirigiría a él y le recordaría nuestro conocimiento? Su abiertamanifestación contra mí me hacía vacilar. Era evidente que habíaabrigado dudas sobre mi persona aquella noche de la comida en la plazaGrosvenor; por lo tanto, en las actuales circunstancias sus sospechasaumentarían, no había duda. ¿Lo encararía audazmente y de este modo ledemostraría mi intrepidez, como también le haría saber que estaba altanto de sus subterfugios? ¿O me retiraría y vigilaría sus movimientos?

Decidí al fin hacer lo primero, por dos razones. En primer lugar, porquetenía confianza de que me hubiera reconocido como amigo de Burton; y ensegundo lugar, porque, teniendo que habérselas con un hombre de esaclase, es siempre más ventajoso y da mejor resultado proceder de unamanera franca y declarar el conocimiento de las cosas, que ocultarcuidadosamente hechos como los que yo sabía. Si le establecíavigilancia, sus sospechas serían mayores, mientras si procedíaabiertamente, podía conseguir desarmarlo.

Girando sobre mis talones, me dirigí directamente adonde se había paradoa esperar pacientemente la llegada de Blair, según parecía.

—Perdone, signore—exclamé en italiano,—pero creo, si no estoy en unerror, que nos hemos conocido... en Londres, hace un año... ¿no esverdad?

—¡Ah!—replicó, dulcificando su cara con una sonrisa al tenderme sumano grande y endurecida,—he estado cavilando todo este tiempo, señorGreenwood, si me reconocería en este traje. Me alegro mucho, muy mucho,de poder renovar nuestra relación.

Y dio mayor énfasis a sus palabras, significativas o fingidas, con unfuerte y estrecho apretón de manos.

Le expresé la sorpresa que me causaba encontrar al hombre de mundo yviajero, convertido en un monje morador de un claustro, a lo querespetuosamente me respondió en voz baja, pues estábamos dentro de unrecinto sagrado:

—Después le diré a usted todo. No es tan notable ni sorprendente comosin duda le parece a usted. Le aseguro, en mi condición de capuchino,que mi vida tranquila y meditativa es mucho más preferible que la delhombre de mundo que, como usted, se ve obligado a llevar la existenciafebricitante de la época moderna, en que se aprecia como meritorio alafortunado sin conciencia ni escrúpulos y se consideran el más grandepecado las desgracias de la vida de uno cuando llegan a descubrirse.

—Sí, comprendo bien lo que usted me dice—repliqué, sorprendido sinembargo de su afirmación y cavilando si, después de todo, no estaríatratando simplemente de engañarme.—La vida del claustro debe ser deinfinita calma y dulzura. Pero si no me equivoco—añadí,—está ustedaquí en espera de nuestro común amigo, Burton Blair, con quien teníaconcertada una entrevista.

Levantó ligeramente sus negras cejas, y podría haber jurado que mispalabras lo sobresaltaron; pero, sin embargo, ocultó con el mayorcuidado la sorpresa que le causaron, y me respondió en un tono natural ytranquilo:

—Así es. Estoy aquí para verlo.

—Entonces, siento tenerle que decir que no lo volverá a ver nuncamás—le dije en voz baja y con toda gravedad.

—¿Por qué?—tartamudeó, abriendo desmesuradamente sus negros ojosllenos de estupor.

—Porque—contesté,—porque el pobre Burton Blair ha muerto... y susecreto ha sido robado.

—¡Qué!—gritó, con una mirada de terror y una voz tan fuerte, que suexclamación repercutió bajo el alto y abovedado techo.—¡Blair muerto...y el secreto robado!

¡Dios! ¡es imposible... imposible!

IX

LA CASA DEL SILENCIO

El efecto de mis palabras sobre el corpulento capuchino, cuya figuraparecía casi gigantesca, debido al grosor de su poco artístico hábito,fue tan curioso como inesperado.

El anuncio de la muerte de Blair pareció dejarlo totalmente enervado.Parecía que había estado allí esperando, en cumplimiento al compromisohecho, completamente ignorante del fin prematuro cabido en suerte alhombre con quien lo había ligado tan íntima y secreta amistad.

—Cuénteme... cuénteme cómo ha sido—tartamudeó en italiano,—y su metalde voz era casi un murmullo, como si hubiese temido que algún curiosopudiera estar escondido en aquella soledad tenebrosa.

En pocas palabras le expliqué lo sucedido, y él me escuchó en silencio.Luego que hube terminado, murmuró algo, se persignó, y, como nosdespertaron los pasos que se aproximaban del sacristán, salimos afuera ynos dirigimos hacia la ancha plaza, que ya estaba envuelta en unasemiobscuridad.

El viejo Carlini, que estaba sentado en un banco acabando de fumar uncigarro, nos vio en el acto que aparecimos, y yo noté que abrió los ojosllenos de asombro, pero, fuera de eso, no manifestó sospecha ni hizo elmenor movimiento.

¡Poverino! ¡Poverino! —repetía el monje al caminar lentamentecosteando las viejas murallas de la en un tiempo orgullosaciudad.—¡Pensar que nuestro pobre amigo Burton ha muerto tanrepentinamente... y sin decir una palabra!

—No exactamente una palabra—le dije:—Antes de morir dio variasinstrucciones y dejó algunos encargos, entre los cuales está el haberpuesto a su hija Mabel bajo mi cuidado.

—Ah, la pequeña Mabel—suspiró.—Ya hace ciertamente diez años desdeque la vi en Manchester. Era entonces una criatura como de once años,alta, de cabellos negros, bonita, muy parecida a su madre... ¡pobremujer!

—¿Conoció usted a su madre?—le pregunté con cierta sorpresa.

Movió afirmativamente la cabeza, pero se negó a dar mayores informes.

Cuando nos encaminábamos hacia el Ponto Santa María, la puerta de laciudad, donde los empleados de uniforme del dazio estaban sin hacernada pero listos para cobrar el impuesto sobre todo artículo de consumo,aun cuando fuese bien insignificante, que entrara por allí, se volvió depronto a mí y me inquirió:

—¿Cómo ha sabido que yo tenía combinada una cita para esta noche connuestro amigo?

—Por la carta que le escribió usted, y que se encontró en su valijadespués de su muerte—respondí con franqueza.

Lanzó un gruñido de evidente satisfacción. Yo supuse, en verdad, quedebía estar receloso de que Burton antes de morir me hubiera dado aconocer algunos detalles de su vida. Recordé en ese momento el curiosoenigma cifrado que se encerraba en la carta de juego, pero no hice lamenor alusión sobre ello.

—¡Ah! ¡ya veo!—exclamó al punto.

Pero si esa pequeña bolsita, o lo que fuera, que siempre llevabaconsigo, oculta entre sus ropas o suspendida alrededor de su cuello, seha perdido, ¿no significa que ha habido en esto una tragedia, es decir,un robo y un asesinato?

—Hay marcadas sospechas—contesté,—aun cuando, según los médicos, hamuerto debido a causas puramente naturales.

—¡Ah! ¡no creo!—exclamó el monje, cerrando los puños fieramente. Unode ellos ha conseguido al fin robar esa bolsita que él guardó siemprecon tanto cuidado, y estoy convencido de que se ha cometido el asesinatopara ocultar el robo.

—¿Uno de cuáles?—pregunté ansiosamente.

—Uno de sus enemigos.

—¿Pero sabía usted lo que contenía esa bolsita?

—Jamás me lo quiso decir—fue la respuesta del capuchino, mirándome delleno a la cara.—Sólo me dijo que su secreto estaba encerrado dentro deella... y tengo motivos para creer que así era.

—¿Pero usted conocía su secreto?—le interrogué, con los ojos fijos enél.

Noté por el cambio que se produjo en su semblante, moreno, cuánto lohabía alarmado mi pregunta.

Ya no podía negar completamente su ignorancia, pero, no había duda,estaba buscando algún medio de engañarme.

—Sólo sé lo que me explicó de suyo—respondió.—Y no fue mucho, porque,como usted lo sabe, era un hombre muy reticente. Me refirió, hace muchotiempo, sin embargo, las circunstancias un tanto románticas en que loconoció a usted, qué buen amigo fue con él antes que la suerte lesonriera, y cómo usted y su amigo (he olvidado su nombre) pusieron aMabel en el colegio en Bournemouth, arrancándola de esa vida de fatiga ycaminatas errantes que Burton había emprendido.

—Pero ¿por qué andaba vagando de esa manera por los caminos?—lepregunté.—

Para mí ha sido siempre un enigma.

—Y para mí también. Creo que se ocupaba en buscar la clave del secretoque llevaba consigo, el secreto que le ha legado a usted, según me hadicho.

—¿No le recordó a usted nada más?—inquirí, recordando que este hombredebía haber sido amigo antiguo de Blair, por las observaciones que habíahecho sobre Mabel, cuando era niña.

—Nada más. Su secreto le perteneció siempre, y no lo reveló a nadie,pues temía ser traicionado.

—Pero ahora que está en otras manos, ¿qué es lo que ustedpresupone?—le dije, caminando siempre a su lado, porque ya habíamossalido de la ciudad e íbamos por ese ancho camino sucio que conduce alpuente Mariano y continúa ascendiendo hacia las montañas, en unaextensión de quince millas, hasta ese frondoso y bastante alegre puntode verano, bien conocido de todos los italianos y algunos ingleses, quese llama los Baños de Lucca.

—Por lo que supe en Londres cuando tuvimos ocasión deconocernos—contestó mi compañero, muy gravemente,—presupongo que elsecreto del pobre Blair ha sido robado de una manera muy ingeniosa, yque la persona en cuyo poder está ahora, sabrá sacar buen provecho deél.

—¿En perjuicio de su hija Mabel?

—Ciertamente. Ella deberá ser la principal víctima, la que tenga másque perder—

contestó, con una especie de suspiro.

—¡Ah, si él hubiera confiado a alguien sus asuntos, podría, conociendola verdad, combatir esa astuta conspiración! Pero parece que todos, comoen efecto sucede, estamos en la más completa obscuridad. ¡Aun susabogados nada saben!

—¡Y usted, a quién el secreto ha sido legado, lo haperdido!—añadió.—Sí, señor, la situación es, ciertamente, muy crítica.

—En este asunto señor Salvi—le dije,—como amigos del pobre Blair,debemos esforzarnos en hacer todo lo que podamos para descubrir ycastigar a sus enemigos.

Dígame, por lo tanto ¿conoce usted el origen dela vasta fortuna de nuestro desgraciado amigo?

—Aquí no soy el señor Salvi—fue la réplica tranquila del monje.—Meconocen como fray Antonio de Arezzó, o, más breve, fray Antonio. Elnombre de Salvi me lo dio el pobre Blair, que no quiso introducir entresus amigos mundanos a un monje capuchino. En cuanto al origen de sufortuna, creo que conozco la verdad.

—Entonces ¡dígamela, dígamela!—grité lleno de ansiedad.—Puede ser quenos dé el hilo para saber quiénes son esas personas que han conspiradocon tanto éxito contra él.

De nuevo el monje volvió hacia mí sus penetrantes ojos obscuros, esosojos que en las tenues tinieblas de San Frediano parecían tan llenos defuego y también de misterio.

—No—contestó, en un tono duro y decisivo.—No tengo permiso para decirnada. El ha muerto, dejemos descansar su memoria.

—¿Pero por qué?—inquirí.—En estas circunstancias de graves sospechas,y en que el secreto, que por derecho me pertenece, ha sido robado, esdeber de usted seguramente explicar lo que sabe, con el fin de quepodamos obtener un hilo que nos guíe. Recuerde también que el porvenirde su hija depende del descubrimiento de la verdad.

—No puedo decirle nada—repitió.—Mis labios están sellados por muchoque lo sienta.

—¿Por qué?

—Por un juramento que hice hace años, antes de entrar en la orden decapuchinos—

respondió. Luego, después de una pausa, añadió, con unsuspiro:—Todo es muy extraño... mucho más extraño de lo que ningúnhombre ha soñado, tal vez... pero no puedo decirle nada, señorGreenwood, absolutamente nada.

Me quedé silencioso. Sus palabras habían sido demasiado mortificantes yenigmáticas, como también decepcionantes. Todavía no había podido sabersi en realidad era mi enemigo o amigo.

En ciertos momentos parecía sencillo, franco y sincero, como lo sontodos los de su orden religiosa; pero en otros parecía haber dentro deél esa notable astucia, hábil diplomacia y penetrante doble vista deljesuita.

El hecho mismo de que Burton Blair, habiéndome ocultado su amistad—sies que existía amistad—con este vigoroso monje, de cara bronceada yarrugada, me hacía abrigar contra él una especie de vaga desconfianza.Y, sin embargo, cuando recordaba el tono de la carta que le habíaescrito a Blair, ¿cómo podía dudar de que su amistad, aun cuandosecreta, no fuese real y sincera? No obstante, volvían a mi memoriaaquellas palabras que le había alcanzado a oír en la plaza Leicester,las cuales renovaban en mí las dudas y cavilaciones.

Caminaba

al

lado

de

este

hombre,

sin

preocuparme

adonde

nos

dirigíamos.Estábamos ya en medio de la campiña. La inmovilidad de todo, el silencioque reinaba y el brillo luminoso de los últimos tintes de aquella puestade sol de invierno, comunicaban cierta melancolía a los grises montestoscanos cubiertos de olivos. Esa tranquilidad, ese sosiego inmenso quese expandía sobre todo, esa inalterable calma de la atmósfera, esasluces inmóviles y esas grandes sombras, producían en uno la impresiónde una pausa en el movimiento vertiginoso de siglos, de una esperaintensa, de un momento de reflexión, o más bien quizá, una mirada demelancolía hacia el lejano pasado, cuando los astros, seres humanos,razas y religiones no existían.

Delante de nosotros, al dar vuelta una curva del camino, vi elevarse enalto sobre la ladera de una colina, medio oculto por los verdes y grisesárboles, un enorme y blanco monasterio antiguo.

Era el Convento de los Capuchinos, su hogar, me dijo fray Antonio.

Me paré un momento, y contemplé el blanco edificio, casi sin ventanas,quemado por el calor y los rayos solares de trescientos veranos,levantándose como un baluarte—como en un tiempo lo fue—contra el fondode los purpúreos Apeninos.

Escuché el sonido de la vieja campana queemitía sus llamamientos con la misma nota antigua, con la misma vozvieja de los siglos pasados. Fue entonces, en ese momento, cuando elencanto de Lucca y sus hermosos alrededores se grabaron en mi espíritu.Sentí, por la primera vez, que brotaba de todas partes una atmósfera desoledad y separación del resto del mundo; un ambiente de misterio,esencia viviente de lo que es aquel lugar, fácil de destruir ¡ay! peroque todas las cosas la exhalan aún porque están impregnadas de él:ciertamente, es el alma agonizante de la en un tiempo brillante Toscana.

Y allí, a mi lado, aplastando todos mis pensamientos, como la sombra deuna esfinge gigante se expande y alarga sobre las arenas del desierto,estaba de pie ese corpulento monje, de tez bronceada, pies descalzos,hábito de un carmesí desteñido, su cintura ajustada por un cordel decáñamo, y con un semblante de misterio, mientras dentro de su corazón seencerraba el gran secreto que había sido legado a mí y que ocultaba elorigen de la fortuna de Burton.

—¡El pobre Blair ha muerto!—repetía incesantemente, como si todavíahubiera dudado de que su amigo no existía ya y le fuera imposiblecreerlo. Sin embargo, yo tardaba en convencerme de su sinceridad, porquebien podía estarme engañando, después de todo.

Como me invitara, lo acompañé a subir el tortuoso y escarpado caminohasta que llegamos a la pesada puerta del monasterio, a la cual llamó.Resonó un fuerte y solemne campanazo, y unos segundos después se abrióla pequeña ventana de reja, apareciendo detrás la cara del hermanoportero, de blanca barba, que nos hizo entrar en el acto.

Me condujo a lo largo del silencioso claustro, en medio del cual habíaun maravilloso pozo medioeval de hierro forjado, y después porinterminables corredores de piedra, cada uno alumbrado por una solalámpara de kerosene, lo que hacía parecer más sombría y melancólica lacasa.

De la capilla, que estaba en el extremo del gran edificio, llegaba elmurmullo del canto que en voz baja entonaban los monjes; pero más alláreinaba el silencio de una tumba. Figuras obscuras y espectrales pasabansin hacer ruido por junto de nosotros y parecían desaparecer era laobscuridad; la puerta del refectorio estaba abierta, y a la luz opacaque proyectaban dos o tres lámparas, pude distinguir magníficasesculturas, espléndidas pinturas al fresco y las dos largas filas debancos de roble, ennegrecidos por el tiempo, en que se sientan a comerlos hermanos capuchinos.

De pronto mi guía se paró delante de una puerta, la que abrió con sullave, y me encontré dentro de una diminuta y desnuda celda, sinalfombra, cuyo mobiliario se componía de una cama de ruedas, una silla,una mesa-escritorio y un estante de libros bien provisto. En la paredhabía un gran crucifijo de madera, delante del cual se persignó alentrar.

—Esta es mi casa—explicó en inglés.—No muy lujosa, es cierto, pero nola cambiaría por ningún palacio del mundo. Aquí todos somos hermanos, yel superior es nuestro padre que provee a todas nuestras necesidadeshumanas, incluyendo el rapé que consumimos. Aquí no hay celos, no hayrivalidades, no hay calumnias ni disputas.

Todos somos iguales, todosestamos perfectamente contentos, porque todos hemos aprendido esadificilísima lección de amor fraternal.

Y acercó la única silla que había para que me sentara, pues estabasudoroso y cansado después de esa larga caminata y escarpada ascensióndesde la ciudad al convento.

—Es una vida muy dura, ciertamente—observé.

—Al principio, sí. Tiene uno que ser fuerte de mente y de cuerpo, parapoder pasar con éxito el período de prueba—respondió.

Pero después la vida del capuchino es indudablemente una de las másdeliciosas de la tierra, unidos como estamos para hacer el bien yejercer la caridad en nombre de San Antonio. Pero—añadió, con unasonrisa,—yo no lo he traído aquí, señor, para tratar de convertirlo desu fe protestante a la nuestra. Le pedí que me acompañara, porque me hacomunicado usted un hecho que encierra un profundo y notable misterio.Me ha puesto en conocimiento de la muerte de Burton Blair, el hombre quefue mi amigo, y que por propio interés debía venir a verme esta noche enSan Frediano. Existían razones particulares, las razones más poderosasque un hombre puede tener, para que hubiera cumplido su promesa yhubiese acudido a la cita. Pero no lo ha hecho. ¡Sus enemigos se lo hanimpedido, y le han robado su secreto!

Mientras hablaba, anduvo buscando algo en un cajoncito de la pequeñamesa-escritorio, y por fin sacó un objeto, añadiendo con profundasolemnidad:

—Usted conocía a Blair íntimamente, más íntimamente que yo, tal vez, enestos últimos años. Conocía a sus enemigos como también a sus amigos.Dígame, ¿ha tenido oportunidad de ver alguna vez el original de cada unode estos hombres?

Y me puso ante los ojos dos retratos.

Uno de ellos me era completamente desconocido, pero el otro lo reconocíen el acto.

—Este es mi viejo amigo Reginaldo Seton—exclamé,—que también eraamigo de Blair.

—No—declaró el monje, en un tono duro y significativo,—no su amigo,señor... su más terrible enemigo.

X

EL HOMBRE DE LOS SECRETOS

—No comprendo lo que quiere usted decir—le dije,—resentido de ver laacusación que hacía a mi más íntimo amigo.—Seton ha sido mejor amigoque yo para con el pobre Blair.

Fray Antonio se sonrió de un modo extraño y misterioso, como sólo elsutil italiano puede hacerlo. Pareció compadecerse de mi ignorancia, ytuvo deseos de burlarse de mi fe en la sinceridad de Seton.

—Yo sé—rió;—yo sé casi tanto como usted por una parte, mientras quepor la otra mis conocimientos se extienden algo más allá que los suyos.Todo lo que puedo decirle, es que he observado, y, por lo tanto, hesacado mis conclusiones.

—¿De que Seton no era su amigo?

—Sí, de que Seton no era su amigo—repitió lenta y muy claramente.

—Pero por cierto que usted no le hace una acusacióndirecta—exclamé.—

Seguramente, usted no cree que él es el responsablede esta tragedia, si es que ha habido una tragedia en esta muerte, ¿no?

—Yo no formulo una acusación directa—fue su ambigua respuesta.

El tiempo revelará la verdad, no hay duda.

Ansiaba poderle preguntar abiertamente si algunas veces no se hacíapasar con el nombre de Paolo Melandrini; sin embargo, temía hacerlo, porrecelo de despertar sus indebidas sospechas.

—El tiempo será el único que podrá revelar que Reginaldo Seton fue unode los mejores amigos del muerto—dije pensativamente.

—Al parecer, sí—fue la dudosa contestación del capuchino.

—¿Un enemigo tan mortal como el Ceco?—le interrogué, mirándole a lacara mientras tanto.

—¡El Ceco!—tartamudeó, lleno de sorpresa por mi audazpregunta.—¿Quién le ha hablado de él? ¿Qué sabe usted respecto a esehombre?

El monje se había olvidado evidentemente de lo que le había escrito enla carta a Blair.

—Sé que está en Londres—repliqué, tomando por guía sus propiaspalabras.

La niña le acompaña—añadí,—a pesar de serme completamente desconocidala identidad de la persona a que me refería.

—¿Y bien?—preguntome.

—Y si están en Londres, no es seguramente con buenas intenciones.

—¡Ah!—exclamó.—¿Blair le ha dicho a usted algo... le ha manifestadosus recelos?

—Ahora, al último, se había apoderado de él el temor de que loasesinaran secretamente el día menos pensado—contesté.—Sin dudaalguna, le temía al Ceco.

—Y ciertamente que tenía razón de temerle—exclamó fray Antonio, consus obscuros ojos brillantes, vueltos hacia los míos en medio de lasemiobscuridad.—El Ceco no es un individuo fácil de manejar.

—Pero ¿con qué fin ha ido a Londres?—le pregunté.—¿Acaso ha ido conmalas intenciones?

—El corpulento monje se encogió de hombros, y respondió:

—Dick Dawson no ha sido nunca hombre de muy buen genio. Evidentementealgo debe haber descubierto, y ha jurado vengarse.

Sus observaciones me habían dado a conocer un dato importantísimo: queel hombre conocido en Italia con el sobrenombre de «el ciego», era uninglés llamado Dick Dawson, un aventurero, muy probablemente.

—¿Entonces, sospecha usted que haya sido cómplice en el robo delsecreto?—le indiqué.

—Como la pequeña bolsita de gamuza ha desaparecido, me inclino a pensarque debe haber pasado a sus manos.

—¿Y la niña?

—Dolly, su hija, lo ayudará en todo, eso es seguro. Es tan astuta comosu padre, y posee una notable habilidad femenina; es una jovenpeligrosa, por no decir otra cosa.

Yo previne a Blair de que tuvieracuidado de los dos—añadió,—recordando de pronto, según parece, sucarta.—Pero me alegro que haya usted reconocido a uno de estos dosindividuos cuyas fotografías le he mostrado. Ha dicho usted que se llamaSeton,

¿no es así? Bien entonces, si es su amigo, le aconsejo que estésiempre alerta. ¿Está usted seguro de que no ha visto jamás a este otrohombre? ¿qué no conoce a este amigo de Seton?—me interrogó muyencarecidamente.

Tomé en mi mano el retrato y me acerqué adonde estaba la opaca lámparade kerosene. Lo examiné muy atentamente y me fijé en todos sus detalles.Era un hombre de cara larga, calvo, barba entera, cuello muy alto,levita negra y un elegante moño de corbata. El adorno que tenía sobre lapechera de su camisa, era un tanto peculiar, pues parecía una pequeñacruz de alguna orden extranjera de caballería, y producía más bien unefecto delicado y novedoso. Los ojos eran los de un hombre astuto, vivoy penetrante, mientras las mejillas hundidas daban a su rostro unaspecto notable y ligeramente macilento.

Era una fisonomía que, según mis recuerdos, no la había visto nunca,pero, sin embargo, sus peculiaridades eran tales, que en el acto segrabó indeleblemente en mi memoria.

Le manifesté que me era imposible saber quién era, a lo cual replicó él,insistiendo:

—Cuando regrese, vigile los movimientos de su titulado amigo Seton, yentonces puede ser que tenga oportunidad de conocer a su amigo, cuyoretrato le he mostrado.

Una vez que esto suceda, escríbame, y déjemelo ami cargo.

Guardó de nuevo la fotografía en el cajoncito de su mesa, pero, alhacerlo, mis ojos alcanzaron a distinguir dentro una carta de juego, elsiete de bastos, con algunas letras escritas en ella de la misma manerao muy similares a las que había en la carta que yo tenía guardada en mibolsillo. Le hice alusión, pero se sonrió simplemente y cerró en el actoel cajón.

Sin embargo, el hecho de encontrarse el enigma cifrado en su poder, eraciertamente algo más que extraño.

—¿Suele usted ausentarse de su casa?—le pregunté al fin, recordandocómo lo había conocido en la mesa de Blair, con motivo de la comida ensu casa de la plaza Grosvenor, pero no muy satisfecho del descubrimientode la carta con las curiosas inscripciones enigmáticas.

—Rara vez... muy rara vez—respondió.—Es sumamente difícil conseguirpermiso, y cuando se obtiene, es con el fin único de visitar a lafamilia.

Si hay algún monasterio cerca del lugar adonde nos trasladamos, debemospedir que se nos conceda una cama en él, antes que permanecer en unacasa particular. Las reglas le parecen duras—añadió sonriendo;—pero leaseguro que para nosotros no lo son, ni sufrimos absolutamente nada.Todas ellas son benéficas para la felicidad y el bienestar del hombre.

De nuevo traté de hacer recaer la conversación en lo que me interesaba,esforzándome en conseguir algunos datos sobre el secreto misterioso delmuerto, que estaba convencido de que le era conocido. Pero fue inútil.No quería decirme nada.

Todo lo que me manifestó fue que la razón de esa entrevista que debíahaber tenido lugar esa noche en Lucca, era muy poderosa, y que si elmillonario no hubiera muerto, indudablemente habría acudido a ella.

—Tenía por costumbre verse conmigo de tiempo en tiempo, ya en laiglesia de San Frediano, o en otros puntos de Lucca, como también enPescia o Pistoya—añadió el monje.—De cuando en cuando, variábamos elsitio de reunión.

—Y esto explica, por cierto, sus misteriosas ausencias—observé yo,recordando que sus movimientos habían sido con frecuencia muy errantes,de modo que hasta Mabel había ignorado su dirección. Se suponíageneralmente que había partido a Escocia o al norte de Inglaterra; puesnadie se imaginó nunca que sus repentinos viajes fueran tan lejanos, yque se encontrara, cuando menos se pensaba, en la Italia central.

Los informes del monje demostraban también que Blair había tenido algúnmotivo muy poderoso para celebrar estas secretas entrevistas. FrayAntonio, su amigo ignorado, había sido indudablemente el más íntimo y demayor confianza.

—¿Por qué razón nos había ocultado a todos, hasta a la misma Mabel,esta extraña y misteriosa amistad?

Miré fijamente la severa cara del monje italiano, tostada por el sol, ytraté de penetrar el misterio escrito en ella, pero fue en vano. No hayhombre en el mundo que sepa guardar tan bien un secreto como elsacerdote confesor, o el humilde fraile, cuya morada es su pobre celda.

—¿Y cuál es su intención, después de lo que ha sucedido con el pobreBlair?—le pregunté al fin.

—Mi intención, como la suya, es descubrir la verdad—replicó.—Será unacosa difícil, no hay duda, pero tengo confianza de que al fintriunfaremos, y que usted recuperará el secreto perdido.

—Pero ¿no podrán utilizarlo mientras tanto los enemigos deBlair?—interrogué.

—¡Ah! eso no podremos impedirlo, por cierto—contestó frayAntonio.—Nosotros debemos preocuparnos del porvenir, y dejar que elpresente se cuide solo. Usted, en Londres, hará todo lo que sea posiblepara descubrir si Blair fue víctima de una infamia y quiénes fueron losautores de ella, mientras yo, aquí en Italia, trataré de saber si haexistido, fuera del robo del secreto, algún otro móvil.

—Pero si la bolsita de gamuza hubiera sido robada, ¿no cree usted queBlair la habría extrañado? Estuvo completamente consciente durantevarias horas antes de morir.

—Se podía haber olvidado de ella. La memoria de los hombres decae amenudo en las últimas horas que preceden a la muerte.

La noche había extendido su negro manto antes que la campana con su granbadajo de madera, la misma que servía para despertar a los monjes a lasdos de la mañana, hora en que se levantan a orar, resonase a lo largodel claustro, como recordándome que debía retirarme de aquellasilenciosa morada, donde era un extraño.

Fray Antonio se levantó, encendió una gran linterna vieja de bronce, yme guió a través de los solitarios y tranquilos corredores, de lapequeña plaza y de la ladera de la colina hasta el camino real, que enmedio de la obscuridad resaltaba blanco y recto.

Luego, después de haberme encaminado, tomó mi mano entre sus grandespalmas ásperas y encallecidas, debido al duro trabajo en su pedazo dejardín, y me dijo:

—Confíe en mí, que yo haré todo lo que me sea posible. Yo conocía alpobre Blair; sí, lo conocía mejor que usted, señor Greenwood. Tambiénconocía algo de su notable secreto, sé cuan extraño es lo sucedido, yqué misteriosas son todas las circunstancias.

Mientras usted vuelve aLondres y prosigue sus investigaciones, yo trabajaré aquí, haciendo lasmías. Voy a hacerle una indicación, sin embargo, y es la siguiente: sillega a conocer a Dick Dawson, haga amistad con él y con Dolly. Son unapareja extraña, el padre y la hija, pero la amistad con ambos puedeserle de provecho.

—¡Qué!—exclamé.—¿Amistad con el hombre que ha confesado usted que esuno de los más crueles enemigos que tuvo Blair?

—¿Y por qué no? ¿No es un rasgo de diplomacia ser bien recibido en elcampo enemigo? Recuerde que es usted el que más arriesga en este asunto,pues en él se juega el secreto que le ha sido legado—¡el secreto de losmillones de Burton Blair!

—Y tengo la intención de recuperarlo—declaré con firmeza.

—Yo espero que lo conseguirá, señor—exclamó en una voz que me parecióllena de doble significado.—Espero que lo conseguirá—replicó de nuevo.

Despidiéndose luego con un Adio, e buona fortuna, fray Antonio, elhombre de los secretos, se dio vuelta y se alejó, dejándome parado en elobscuro camino real.

No había avanzado unas cincuenta yardas, cuando de en medio de la sombrade algunos arbustos que había a un lado, apareció una pequeña figuranegra, y por la voz que me saludó, conocí que era el viejo Babbo, aquien no esperaba, pues había creído que se hubiera cansado deaguardarme. Pero comprendí que nos había seguido y que al vernos entraren el monasterio, se había puesto a esperar mi vuelta con todapaciencia.

—¿Ha descubierto el señor lo que deseaba?—me preguntó el viejoitaliano, prontamente.

—Algo, no todo—fue mi réplica.—¿Ha visto a ese monje con quien heestado?

—Sí. Mientras usted estaba en el convento, yo he hecho algunasaveriguaciones, y he sabido que el capuchino más popular de todo Lucca,es fray Antonio, y que sus actos de caridad son bien conocidos. Es élquien anda mendigando de puerta en puerta, por toda la ciudad, paraconseguir los céntimos y las liras que hacen que los pobres tengandiariamente su ropa y pan. Es fama que era muy rico, y que al entrar enel convento de los capuchinos donó a la orden sus riquezas. También sesabe que tiene un amigo que quiere mucho, un inglés conocido por lagente de la ciudad, con el sobrenombre de el Ceco, porque tiene un ojocasi perdido.

—¡El Ceco!—grité.—¿Qué ha descubierto respecto de éste?

—La dueña de una pequeña quesería que hay junto de la puerta por dondesalimos de la ciudad, es muy comunicativa. Como todas las de su clase,parece que admira grandemente a nuestro amigo el capuchino. Me hahablado de las frecuentes visitas de este inglés tuerto, que ha resididotanto tiempo en Italia, que puede casi pasar por italiano. Parece que elCeco, tiene la costumbre de parar en la vieja posada de la Croce diMalta, viniendo acompañado algunas veces de su hija, una joven muylinda.

—¿De dónde suelen venir?

—¡Oh! todavía no he podido averiguar eso—contestó Babbo.—Sin embargo,parece que las constantes visitas de el Ceco al monasterio capuchino,han despertado el interés público. La gente dice que ahora fray Antoniono es tan activo como antes para buscar dinero para los pobres, puesestá demasiado ocupado con su amigo inglés.

—¿Y la niña?

—Debe ser de una belleza notable, porque tiene fama hasta en Lucca, quees una ciudad de niñas bonitas—contestó el viejo, haciendo unamueca.—Habla el toscano perfectamente, y puede hacerse pasar confacilidad por italiana, así dicen. Su espalda no es tiesa como la deesos otros ingleses que uno ve en la vía Tornabuoni, si el señor meperdona la crítica—añadió disculpándose.

Estos informes que probaban que Dick Dawson, contra quien el monje habíapuesto en guardia a Burton Blair, era en efecto el amigo del capuchino,hacían que la situación fuera más enigmática y complicada.

Reconocí que en esas frecuentes visitas y conferencias debía habersetramado el complot secreto contra mi pobre amigo, conspiración que habíasido llevada a cabo con éxito, según parecía.

La joven Dolly nunca había ido al monasterio, pero era evidente quehabía estado en Lucca, como cómplice de la trama para obtener el valiososecreto de Burton Blair, el secreto que hoy me pertenecía por la ley.

En vista de esto, resolvimos hacer algunas averiguaciones en la Croce diMalta, esa antigua y vieja posada situada en una estrecha calle lateral,peculiarmente italiana, y que prefiere que se la designe aún con elnombre de albergo, en vez del moderno de hotel.

Dick Dawson, conocido como el Ceco, se encontraba indudablemente enLondres, pero contando con la ayuda y connivencia del ingenioso y astutohombre de los secretos, que tan hábilmente había tratado de entablarconmigo una falsa amistad.

—¿Sería, en efecto, este hombre, que bajo el pobrísimo hábito dereligioso encubría sus malos actos, responsable de la muerte deldesgraciado Blair y de la misteriosa desaparición de ese pequeño yextraño objeto, que era su más preciado tesoro?

No sé por qué, tenía el convencimiento de que esta sospecha era unarealidad.

XI

EN EL QUE SE EXPLICA EL PELIGRO DE MABEL BLAIR

De las averiguaciones que a la mañana siguiente hizo el viejo Babbo enla Cruz de Malta, resultó evidente que el señor Ricardo Dawson, fuesequien fuese, venía a Lucca constantemente, y siempre con el fin devisitar y consultar al popular monje capuchino.

Algunas veces el inglés tuerto que hablaba el italiano tan bien, iba almonasterio y permanecía allí varias horas, y otras fray Antonio venía ala posada y se encerraba con el huésped en el mayor secreto.

El «ceco», así llamado por su ojo defectuoso, aparentemente era unhombre de recursos, porque sus propinas a los mozos y mucamas eransiempre generosas, y cuando estaban allí hospedados, tanto él como suhija, ordenaban lo mejor que podía procurarse. Venían de Florencia,pensaba el padrone, pero de esto no estaba seguro.

Las cartas ytelegramas que solía recibir, pidiéndole que les reservara habitaciones,llegaban fechadas en diferentes ciudades de Francia o Italia, lo cualparecía demostrar que constantemente viajaban.

Estos fueron todos los informes que pudimos obtener. La identidad delmisterioso Paolo Melandrini permanecía aún sin descubrirse. El principalobjeto que me había traído a Italia no había sido llenado, pero, sinembargo, estaba satisfecho de haber descubierto al fin a dos de los másíntimos y a la vez secretos amigos del pobre Blair.

Pero ¿por qué este misterio? Cuando recordaba cuán estrecha había sidonuestra amistad, me quedaba sorprendido, y hasta un poco disgustado, dever que me había ocultado la existencia de estos dos hombres. Por muchoque sintiera tener que pensar mal de un amigo muerto, no podía evitarque me asaltara la sospecha de que su relación con estos individuosformaba parte de su secreto, y que este último era algo deshonroso.

Poco después de mediodía, guardé mis cosas dentro de mi valija, eimpelido por un poderoso deseo de regresar para poder defender losintereses de Mabel Blair, abandoné Lucca, partiendo para Londres. Babbome acompañó hasta Pisa, donde cambiamos de trenes; él para retornar aFlorencia y yo para tomar el coche-dormitorio del expreso que corre deRoma a Calais.

Mientras estaba parado en la plataforma de la estación de Pisa, el viejoharapiento, que hacía más de media hora que se había puesto pensativo,exclamó de pronto:

—Se me ha ocurrido una idea extraña, señor. Usted recordará que supe enla vía San Cristófano que el señor Malandrini usaba anteojos con arcosde oro. ¿No será, acaso probable, que los use en Florencia para ocultarel defecto que tiene en la vista?

—¡Yo también creo lo mismo!—respondí.—¡Me parece que ha adivinado!Pero, por otro lado, ni su sirvienta ni sus vecinos sospechan que seaextranjero.

—Habla muy bien el italiano—convino el viejo,—pero dicen que tiene unleve acento.

—Vuelva en el acto a la vía San Cristófano—le dije, excitado por suúltima teoría—

y haga mayores averiguaciones sobre la vista y losanteojos de este misterioso individuo. La anciana que está al cargo desus habitaciones lo ha de haber visto sin anteojos, no hay duda, y lepodrá decir lo que hay de verdad.

—Sí, señor—me contestó. Y luego yo le di escrita mi dirección enLondres, adonde debía despacharme un telegrama, si sus sospechas seconfirmaban.

Diez minutos después, el ruidoso expreso de Calais a Roma, el limitadotren compuesto de tres vagones-cama, coche-restaurant y coche deequipajes, entraba en la gran estación abovedada, y, despidiéndome delridículo viejo Babbo, subía al tren y me era señalado mi compartimientohasta Calais.

Describir el largo y tedioso viaje de vuelta del Mediterráneo al Canal,oyendo siempre el crujido de las ruedas, y con la misma monotonía,interrumpida únicamente por el anuncio de que la comida estaba servida,es inútil. Todos aquellos que lean esta extraña historia del secreto deun hombre, que hayan viajado de ida y vuelta por ese camino de hierroque va a Roma, saben bien qué molesto y pesado se hace cuando uno setransforma en constante viajero entre Inglaterra e Italia.

Basta decir que treinta y seis horas después de haber subido al expresoen Pisa, atravesaba la plataforma de la estación Charing Cross, entrabaen un hansom y partía para la calle Great Russell. Reginaldo no habíavuelto aún de su negocio, pero, sobre mi mesa, entre una cantidad decartas, encontré un telegrama de Babbo, en italiano, que decía:

«Melandrini tiene echado a perder el ojo izquierdo. Es el mismo hombre;no hay duda ninguna sobre eso.— Carlini

El individuo que estaba destinado a ser el secretario y consejero deMabel Blair, era el enemigo más terrible de su difunto padre, el inglés,Dick Dawson.

Permanecí de pie mirando el telegrama, completamente azorado.

La