El Tesoro Misterioso by William Le Queux - HTML preview

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BIBLIOTECA DE «LA NACION»

GUILLERMO LE QUEUX

———

EL

TESORO MISTERIOSO

BUENOS AIRES

1909

INDICE

I. —El desconocido de Manchester

II. —Donde aparecen ciertos hechos misteriosos

III. —En el que se refiere una historia extraña

IV. —En el que se cruza por un terreno peligroso

V. —En el cual el misterio aumenta considerablemente

VI. —En el que figuran tres aes mayúsculas

VII. —El misterioso extranjero

VIII. —En el que se habla la verdad

IX. —La casa del silencio

X. —El hombre de los secretos

XI. —En el que se explica el peligro de Mabel Blair

XII. —El señor Ricardo Dawson

XIII. —Se revela el secreto de Burton Blair

XIV. —La opinión de un perito

XV. —Ciertas cosas que descubrimos en Mayvill

XVI. —En el que se confirman dos hechos curiosos

XVII. —Que se refiere puramente a un desconocido

XVIII. —Las encrucijadas de Owston

XIX. —En el que se encuentra un rastro

XX. —La lectura del registro

XXI. —Peor que la muerte.

XXII. —El misterio de una aventura nocturna

XXIII. —Que es en muchos conceptos asombroso

XXIV. —Terrible revelación

XXV. —El nombre sagrado

XXVI. —Frente a frente

XXVII. —Las instrucciones de su Eminencia

XXVIII. —Descripción de un descubrimiento asombroso

XXIX. —En el que se refiere una historia extraña

XXX. —El móvil y la moral

Conclusión

DEL AUTOR AL LECTOR

En estos tiempos modernos, de agitada precipitación y grandescombinaciones, cuando el origen de familia no tiene valor alguno, lasfortunas se hacen en un día, y las reputaciones se pierden en una hora,los secretos de los hombres son, algunas veces, muy extraños. Uno deéstos es el que revelo en este libro; uno que será, aseguroanticipadamente, enigmático y sorprendente para el lector.

El misterio ha sido tomado de la vida diaria, y hasta hoy la verdadconcerniente a él ha sido considerada estrictamente confidencial por laspersonas mencionadas aquí, aun cuando ahora me han permitido que hagapúblicas estas notables circunstancias.

William Le Queux

EL TESORO MISTERIOSO

I

EL DESCONOCIDO DE MANCHESTER

—¡Muerto! ¡Y se ha llevado su secreto a la tumba!

—¡Jamás!

—Pero se lo ha llevado. ¡Mira! Tiene la quijada caída. ¡No ves elcambio, hombre!

—¡Entonces, ha cumplido su amenaza, después de todo!

—¡La

ha

cumplido!

Hemos

sido

unos

tontos,

Reginaldo...

¡verdaderamentetontos!—murmuré.

—Así parece. Confieso que yo esperaba confiadamente que nos diría laverdad cuando comprendiese que le había llegado el fin.

—¡Ah! tú no lo conocías como yo—observé con amargura.—Tenía unavoluntad de hierro y un nervio de acero.

—Combinados con una constitución de caballo, porque, si no, haría muchotiempo que se hubiera muerto. Pero hemos sido engañados...completamente engañados por un moribundo. Nos ha desafiado, y hasta elúltimo momento se ha burlado de nosotros.

—Blair no era un tonto. Sabía lo que el conocimiento de esa verdadsignificaba para nosotros: una enorme fortuna. Lo que ha hecho,sencillamente, es guardar su secreto.

—Y dejarnos sin un centavo. Aunque hemos perdido miles, Gilberto, nopuedo menos de admirar su tenaz determinación. Recuerdo que ha tenidoque atravesar por momentos aciagos, y ha sido un buen amigo, pero muybueno, con nosotros; por lo tanto, creo que no debemos abusar de él, auncuando nos cause mucho sentimiento el hecho de que no nos haya dejado susecreto.

—¡Ah, si esos labios blancos pudiesen hablar! Una sola palabra, y losdos seríamos hombres ricos—exclamé con pena, contemplando la carapálida del muerto, con sus ojos cerrados y su barba afeitada, que yacíasobre la almohada.

—Desde un principio su intención fue ocultar su secreto—observó,cruzando los brazos, mi amigo Reginaldo Seton, que estaba de pie al otrolado de la cama.—No a todos los hombres les es dado hacer undescubrimiento como el suyo. Años ocupó para resolver el problema,cualquiera que fuese; pero no podemos dudar, ni por un momento, queconsiguió su objeto.

—Y el beneficio que sacó fue de más de un millón de librasesterlinas—agregué yo.

—Más bien dos, calculando por lo bajo. Recuerda que, cuando por primeravez lo conocimos, pasaba las mayores estrecheces de dinero... ¿y ahora?En la semana pasada solamente, regaló veinte mil libras al fondo delHospital. Y todo esto lo debe a haber podido resolver el enigma que hacetiempo nosotros nos esforzamos por descubrir. No, Gilberto, no haprocedido bien con nosotros. Debes acordarte que fuimos nosotros quienesle ayudamos, lo enderezamos, y, en fin, hicimos todo lo que pudimos porél, y en vez de revelarnos la clave del secreto que descubrió, y locolocó entre los hombres más ricos de Londres, se ha negado a hacerlo, apesar de que sabía que iba a morir. Le prestamos dinero cuando susituación era precaria, le costeamos la educación de Mabel cuando él notenía con qué pagarla y...

—Y él nos pagó hasta el último centavo... con intereses—leinterrumpí.—Vamos; dejémonos de discutir aquí su proceder. El secretose ha perdido para siempre: eso basta.—Y cubrí con la sábana la caradel pobre muerto; el semblante de Burton Blair, el hombre que, durantelos últimos cinco años, había sido uno de los misterios de Londres.

Una vida extraña y aventurera, una carrera más notable quizá que muchasde esas que forjan los novelistas, se había cortado repentinamente,mientras el secreto del origen de su enorme fortuna (secreto que amboshabíamos anhelado compartir durante los últimos cinco años, porque encierto grado tenemos justos títulos para participar de sus ventajas)había desaparecido junto con él para nunca más volver.

La pieza en que estábamos era un pequeño dormitorio, bien amueblado,del Queen's Hotel, de Manchester. La ventana daba sobre la obscurafachada del Hospital, y el ruido y bullicio del tráfico de Piccadillyascendían hasta la habitación del muerto. Su historia era ciertamenteuna de las más extrañas que hombre alguno haya referido. Su misterio,como lo veremos, era verdaderamente pasmoso.

La luz de aquella tarde triste de febrero desaparecía con rapidez, y aldarnos vuelta lentamente para bajar e informar al gerente delestablecimiento del fin desgraciado que había tenido un pasajero, notéque en un rincón estaba la maleta del muerto, y las llaves colocadas ensus cerraduras.

—Mejor es que tomemos posesión de ellas—observé, cerrando la maleta yponiendo en mi bolsillo el pequeño manojo de llaves.—Sus albaceas lasnecesitarán.

Luego, cerramos la puerta, y dirigiéndonos a la oficina, comunicamos ladesagradable noticia de la muerte ocurrida en el hotel.

El gerente estaba preparado, sin embargo, pues, media hora antes, elmédico le había manifestado que el desconocido no tenía remedio. Desdeel principio su enfermedad había sido un caso sin esperanza.

He aquí, en breves palabras, lo que había sucedido: Burton Blair sehabía despedido de su hija Mabel, partiendo en la mañana del díaanterior de su mansión de la plaza Grosvenor, para ir a tomar el expresode las diez y media que de Euston salía para Manchester, donde tenía quearreglar algunos negocios particulares, según había dicho. Antes que eltren llegara a Crewe, se sintió mal repentinamente, y uno de lossirvientes

del

coche-restaurant

lo

encontró

desmayado

en

uno

de

loscompartimientos de primera.

Le dieron brandy y algunas otras bebidas reconfortantes, que le hicieronrevivir lo bastante para llegar hasta Manchester, donde le ayudaron abajar del tren en London Road, y dos mozos de cordel lo subieron despuésa un cab y lo acompañaron al hotel.

Una vez allí, al acostarlo, volvió a caer en un estado de completodesvanecimiento.

Se llamó a un médico, pero no pudo emitir ningúndiagnóstico sobre la enfermedad, contentándose con decir que el pacientetenía gravemente afectado el corazón, y que, en vista de eso, eldesenlace sería fatal y rápido.

A las dos de la mañana del día siguiente, Blair, que no había dado sunombre ni había manifestado quién era, a la gente del hotel, pidió quetelegrafiaran a Seton y a mí, lo que dio por resultado que ambos, llenosde ansiedad y de sorpresa, nos pusiéramos en viaje para Manchester,adonde llegamos una hora antes del desenlace final, encontrándonos conque nuestro amigo estaba en un estado desesperante.

Al entrar en la pieza nos encontramos con el médico, un tal doctorGlenn, hombre joven y más bien agradable, que estaba asistiéndolo. Blairse hallaba en ese momento completamente consciente, y escuchó la opiniónmédica sin alterarse.

En verdad, parecía que acogía con gusto la muerte en vez de temerla,pues cuando oyó que se encontraba en tan crítica situación, una débilsonrisa se dibujó en su pálida cara arrugada, y observó:

—Todos tenemos que morir; así, pues, lo mismo da que sea hoy quemañana.—

Luego, volviéndose a mí, añadió:—Ha sido mucha bondad enusted, Gilberto, venir expresamente a despedirse—y alargó su delgadamano fría, buscó la mía y la estrechó fuertemente, mientras sus ojos seclavaban en mí con esa extraña mirada fija que sólo aparece en los ojosde un hombre cuando se encuentra al borde de la tumba.

—Es el deber de un amigo, Burton—respondí con profundasolemnidad.—Pero todavía puede tener esperanza; los médicos seequivocan a menudo. ¿No tiene usted, acaso, una espléndida constitución?

—Desde que era muy chico no recuerdo haber estado casi un solo díaenfermo—

contestó el millonario en voz baja y débil;—pero este ataqueme ha vencido completamente.

Tratamos de cerciorarnos con exactitud de cómo se había enfermado, peroni Reginaldo ni el doctor pudieron sacar nada en claro.

—Perdí el conocimiento de pronto, y no recuerdo nada más—fue todo loque el moribundo dijo.—Pero—añadió, volviéndose otra vez a mí,—noavisen a Mabel hasta que todo haya terminado. ¡Pobre criatura! Mi únicapena al irme de este mundo, es tener que dejarla. Ustedes dos fueron enlos años pasados sumamente buenos con ella;

¿no es verdad que ahora nola abandonarán?—imploró, hablando lentamente y con grandísimadificultad, mientras sus ojos brillaban llenos de lágrimas.

—Ciertamente que no, viejo amigo—contesté yo.—Viéndose sola,necesitará de alguien que la aconseje y se ocupe de sus intereses.

—Los pillos de los abogados se encargarán de eso—exclamó con unaextraña dureza en su voz, como si no hubiera tenido estimación algunapor sus abogados.—

No, quiero que usted vele por ella, que se cuide deque ningún hombre la haga su esposa por amor a su dinero, ¿me comprende?Docenas de individuos andan en este momento detrás de ella, lo sé, peropreferiría antes verla muerta que casada con uno de ellos. Debe casarsepor amor... sí, por amor, ¿me oye? Prométame, Gilberto, que laprotegerá, que velará por su suerte, ¿quiere?

Reteniendo todavía su mano entre las mías, le prometí cumplir lo que mepedía.

Estas fueron las últimas palabras que pronunció. Sus pálidos labios secontrajeron de nuevo, pero no brotó de ellos ningún sonido. Sus ojosvidriosos estaban fijos en mí con una mirada terrible y dura, como sihubiera estado esforzándose por decirme algo.

Tal vez me estaba revelando el gran secreto, el secreto de cómo habíaresuelto el misterio de hacer fortuna y de poseer más de un millón delibras esterlinas, o tal vez me hablaba de Mabel. Pero nosotros nopudimos saber lo que fue. Su lengua se negaba a articular una palabramás; el silencio de la muerte habíase apoderado de él.

Así desapareció de este mundo, y así fue cómo yo me encontré ligado auna promesa que tenía la intención de cumplir, aun cuando él no noshabía revelado su secreto, como nosotros confiadamente lo habíamosesperado. Cuando nos mandó llamar, habíamos creído que, dándose cuentade su estado agonizante, lo hacía para darnos a conocer ese misteriosomedio que nos haría más ricos de lo que jamás habíamos soñado. Pero eneste caso el desengaño había sido cruelísimo. Durante cinco años, loconfieso, habíamos esperado confiados en que algún día repartiría connosotros parte de su fortuna en compensación de los servicios que lehabíamos hecho en lo pasado.

Sin embargo, parecía ahora que fríamentehabía despreciado la deuda de gratitud que tenía para con nosotros, y almismo tiempo me había impuesto a mí una obligación no muy fácil decumplir: la tutela de Mabel, su única hija.

II

DONDE APARECEN CIERTOS HECHOS MISTERIOSOS

Debo

declarar

que,

teniendo

en

cuenta

todas

las

misteriosas

y

curiosascircunstancias de lo pasado, la situación, para mí, estaba muy lejos deser satisfactoria.

Al encaminarnos juntos aquella noche fría por la calle Marketdiscutiendo el asunto, porque habíamos preferido salir a quedarnos en elsalón del hotel, a Reginaldo se le vino a la imaginación la idea de quetal vez entre los objetos pertenecientes al muerto estuviese el secretoescrito y sellado.

Pero en este caso, salvo que estuviera dirigido a nosotros, seríaabierto por las personas que el moribundo había designado con elcalificativo de «los pillos de los abogados,» y, según todas lasprobabilidades, ellos sabrían sacarle para sí todo el provecho posible.

Sus abogados eran, como nosotros lo sabíamos, los señores Leighton,Brown & Leighton, firma eminentemente honorable de Bedford Row; por lotanto, les dirigimos un telegrama desde la oficina central,informándolos de la muerte repentina de su cliente, y pidiéndoles queuno de ellos viniera en el acto a Manchester, para que estuviesepresente en las indagaciones que se iban a efectuar, por haber declaradoel doctor Glenn que serían necesarias. Como el muerto había manifestadoel deseo de que, por entonces, Mabel ignorase la realidad, no leavisamos el trágico y doloroso suceso.

La curiosidad nos hizo volver pronto al hotel y subir a la habitacióndel muerto, para examinar el contenido de su maleta y pequeña valija,pero, fuera de sus ropas, un libro de cheques y unas diez librasesterlinas en oro, no encontramos nada. Sin embargo, no creo estarequivocado al afirmar que ambos habíamos tenido la esperanza deencontrar la clave del notable secreto que de una manera desconocidahabía conseguido, aun cuando no era creíble que un objeto tan valioso lohubiera tenido en su equipaje.

En el bolsillo de una pequeña cartera de apuntes, que formaba parte delo que había en la maleta, descubrí varias cartas, todas las cualesexaminé y vi que no eran de importancia, salvo una, sucia y mal escritaen incorrecto italiano, que contenía algunas frases que despertaron micuriosidad.

Verdaderamente, tan extraño era el tenor en que estaba escrita esacarta, que, con aprobación de Reginaldo, resolví guardarla y haceralgunas averiguaciones.

Muchas cosas y hechos secretos habían rodeado la vida de Burton Blair,los cuales durante años nos habían intrigado, y en consecuencia,estábamos dispuestos, si era posible, a aclarar el extraño misterio quelo había envuelto en vida, a pesar de haberse llevado a la tumba elsecreto de su enorme fortuna.

Nosotros éramos los únicos en el mundo que conocíamos la existencia delsecreto, pero ignorábamos la clave necesaria para poder abrir esa fuentede inagotables riquezas. Para todos era un misterio indescifrable elmedio de que se había valido para hacer esa enorme fortuna, y hasta suhija Mabel no lo conocía.

En la City y en sociedad creían algunos que poseía grandes sumasinvertidas en minas, y que era un feliz especulador en acciones,mientras otros declaraban que era dueño, por lo menos, del terreno, o,mejor dicho, de toda la planta urbana de dos grandes ciudades de losEstados Unidos, afirmando algunos, con más aplomo, que el origen de sufortuna provenía de concesiones que había conseguido del Gobiernootomano.

Todos, sin embargo, se equivocaban en sus suposiciones. Burton Blair noposeía un acre de tierra, no tenía un solo chelín invertido en compañíaalguna, no se interesaba, ni estaba comprometido en concesiones deningún Gobierno o empresas industriales.

No. El origen de la granfortuna que en el espacio de cinco años lo había puesto en condicionesde comprar, decorar y amueblar de una manera regia, una de las másespléndidas mansiones de la plaza Grosvenor, mantener tres de los máscostosos Panhards (los automóviles eran su pasión favorita), y poseeresa magnífica morada antigua de tipo jacobiano, conocida con el nombrede Mayvill Court, en Herefordshire, era completamente desconocido paratodo el mundo y procedía de donde nadie sospechaba siquiera. Susmillones eran ciertamente muy misteriosos.

—Me asombraría de que se sacara algo en claro de las averiguaciones quese van a hacer—exclamó Reginaldo, algunas horas mástarde.—Indudablemente sus abogados tampoco saben nada.

—Puede ser que haya dejado algunos papeles que revelen laverdad—contesté.—

Los hombres que en vida son silenciosos y reservados,a menudo suelen confiar sus secretos al papel.

—No creo que Burton lo haya hecho.

—Recuerda que puede haberlo hecho en beneficio de Mabel.

—¡Ah! ¡por Job!—murmuró mi amigo,—no había pensado en eso. Si deseabaque fuera para ella, debe haber dejado su secreto en manos de algunapersona en quien confiara implícitamente. Sin embargo, él confiaba ennosotros... hasta cierto punto.

Somos los únicos que tenemos algúnconocimiento verdadero del estado de sus asuntos.—Y mi amigo Reginaldo,rubio, de piernas largas y seis pies de alto, el tipo perfecto delinglés muscular y flexible, aun cuando estaba dedicado al comercio defrivolidades y monadas femeninas, se calló lanzando un sordo gruñido dedisgusto, y encendió cuidadosamente un nuevo cigarro.

Pasamos una noche triste vagando por las principales calles deManchester, sintiendo que con la muerte de Burton Blair habíamos perdidoun amigo sincero; pero, cuando a la mañana siguiente nos encontramos enel hall del Queen's Hotel con Herberto Leighton, el abogado, y tuvimosuna larga consulta con él, el misterio que rodeaba al muerto, aumentóconsiderablemente.

—Ustedes dos conocían muy bien a mi difunto cliente—observó elabogado, después de algunos preliminares.—¿Saben si existe algunapersona a quien pudiera ser de provecho su muerte repentina?

—Esa es una pregunta extraña—dije yo.—¿Por qué?

—Es que tengo motivos para creer—explicó con cierta vacilación aquelhombre moreno y de facciones afiladas,—que ha sido víctima de unainfamia.

—¡De una infamia!—exclamé atónito.—Usted no cree seguramente que hasido asesinado, ¿no es verdad? Eso no puede ser, estimado amigo. Seenfermó en el tren, y ha muerto aquí en nuestra presencia.

El abogado, cuya fisonomía había tomado un aspecto más grave aún, seencogió de hombros sencillamente, y dijo:

—Debemos, por cierto, aguardar el resultado de la investigación, perotengo la creencia, por ciertos informes que poseo, de que Burton Blairno ha fallecido de muerte natural.

Aquella misma noche, el «coroner» (médico de policía) efectuó suinvestigación en una pieza privada del hotel, y, en conformidad con laopinión de los dos médicos que habían comprobado la defunción y hecho laautopsia en la mañana de ese mismo día, declaró que la muerte se debíaúnicamente a causas naturales. Se descubrió que Burton Blair habíapadecido de debilidad natural al corazón, y que el desenlace fatal habíasido acelerado por el movimiento del tren.

No había absolutamente nada que pudiera inducir a sospechar que sehubiese cometido un crimen; por lo tanto, el jurado pronunció elveredicto, de acuerdo con la prueba pericial, de que la muerte eradebida a causas naturales, y concedió permiso para trasladar el cadávera Londres, donde debía ser sepultado.

Una hora después de terminada la investigación llamé aparte al señorLeighton, y le dije:

—Como usted sabe, desde hace varios años he sido uno de los íntimosamigos de Blair, y, naturalmente, estoy muy interesado en saber quérazones ha tenido usted para sospechar que se ha cometido una infamia.

—Mis sospechas eran bien fundadas—fue su contestación, algoenigmática.

—¿En qué se fundaban?

—En el hecho de que mi cliente fue amenazado, y que, a pesar de nohaberlo comunicado a nadie más que a mí y reírse de las precauciones queyo le indiqué, vivía constantemente temeroso de ser asesinado.

—¡Extraño!—exclamé.—¡Muy extraño!

Nada le dije de esa notable carta que había encontrado en el equipajedel muerto. Si lo que él decía era verdaderamente cierto, entonces en lamuerte de Burton Blair se encerraba un secreto de los másextraordinarios, reflejo fiel del de su extraña, romántica y misteriosavida; secreto que era inescrutable, pero absolutamente sin igual.

Pienso que será necesario explicar las curiosas circunstancias que nospusieron en contacto con Burton Blair, y describir los hechosmisteriosos que se produjeron después que hicimos relación. Es tannotable esta historia desde el principio hasta el fin, que muchos de losque la lean se sentirán inclinados a dudar de mi veracidad. A éstos,antes de empezar, les indicaré que pueden hacer averiguaciones enLondres, en ese pequeño mundo de aventureros, especuladores,prestamistas y perdedores de dinero, conocido con el nombre de la City,donde estoy seguro que no tendrán dificultad alguna en obtener aún másdetalles interesantes sobre el hombre de los misteriosos millones a queen parte se refiere esta narración.

Y, ciertamente, los hechos fieles concernientes a él se verá que forman,no vacilo en decirlo, uno de los más notables romances de la vidamoderna.

III

EN EL QUE SE REFIERE UNA HISTORIA EXTRAÑA

Con el fin de explicar la verdad sencilla y llanamente, debo, en primerlugar, decir que yo, Gilberto Greenwood, era un hombre de escasosrecursos, a quien una tía, ascética y de la iglesia bautista, peroposeedora de una pequeña fortuna, le había dejado una renta vitalicia;mientras mi amigo Reginaldo Seton, a quien conocía desde niño, cuandojuntos habíamos estado en Charterhouse, era hijo de Jorge Seton, dueñode un negocio de encajes de la calle Cannon y concejal de laMunicipalidad de Londres, el que murió dejando a Reginaldo deveinticinco años, con una pesada carga de deudas y un negocio anticuadoy noble, pero que iba decayendo rápidamente. Sin embargo, como Reginaldose había formado en una fábrica de Nottingham, conociendo el comercio deencajes, continuó valientemente los pasos de su padre, y, debido a sudedicación al negocio, consiguió desenvolverse lo bastante bien paraevitar presentarse en quiebra ante los tribunales, y pudo asegurarseuna renta anual de algunos cientos de libras.

Ambos éramos solteros, y compartíamos las confortables habitaciones quehabíamos tomado en la manzana de casas, divididas en pisos,recientemente construidas en la calle Great Russell; y como éramosaficionados a la caza de zorros, el único deporte que podíamosconcedernos como goce, también alquilábamos juntos una casa anticuada ybarata, en una aldea rural, conocida con el nombre de Helpstone, aochenta millas de Londres, situada en la posesión de los Fitzwilliams.Allí solíamos ir todos los inviernos a pasar generalmente dos días de lasemana.

Como ninguno de nosotros disponía de muchos recursos, teníamos, comopuede imaginarse, que hacer bastantes economías, porque la caza dezorros es una distracción costosa para un hombre pobre.

Sin embargo, poseíamos afortunadamente un par de buenos caballos cadauno, y apretando un poquito en una cosa y otro poquito en otra, podíamosdarnos el goce de esas excitantes carreras a través del campo, en lascuales la sangre se pone en movimiento y bulle de agitación a la vez querejuvenece a todos los que toman parte en ellas.

Reginaldo veíase obligado algunas veces a quedarse en la ciudad por lasexigencias de su negocio; de modo que frecuentemente residía solo en lavieja casa revestida de verde hiedra, teniendo a mi lado a Glave, misirviente, para que me atendiera.

Era una tarde de enero, terriblemente fría; Reginaldo estaba ausente enLondres, y yo, que había pasado todo el día cazando, volvía a caballocompletamente desfallecido. El encuentro de la partida esa mañana habíasido en Kat's Cabin, Huntingdonshire, y después de dos buenas carrerasme hallé más allá de Stilton, a dieciocho millas de mi casa.

Sin embargo, el rastro había sido excelente, y habíamos gozado de undeporte muy bueno. Una vez que terminó la cacería, tomé un buen trago demi frasco y partí a través del campo, en medio de la obscuridad queempezaba a tender su manto.

Felizmente pude vadear el río a la altura del molino Water Newton, loque me economizó la larga vuelta por Wansford, y cuando me encontré auna milla de casa, dejé que mi caballo marchara al paso, como siempre lohacía, para que pudiera tranquilizarse antes de llegar a su caballeriza.Ya las sombras de la tarde iban convirtiéndose en profunda obscuridad, yel fuerte viento me cortaba las carnes como cuchillo al pasar lasencrucijadas que hay a media milla de la aldea de Helpstone, cuando derepente surgió de junto del alto seto de acebos la figura de un hombrecorpulento, y una voz profunda exclamó:

—Disculpe, señor, pero soy un forastero en estos lugares, y tengo a mihija desmayada. ¿Hay por aquí cerca alguna casa?

Entonces, al acercarme, vi arrinconada contra un montón de piedras, a unlado del camino, la delgada figura débil de una niña como de dieciséisaños, envuelta en una capa gruesa y de color obscuro, mientras, a la luzde los últimos destellos del día, distinguí que el individuo que mehablaba era un hombre de aspecto tosco, barba negra, lenguaje bastantecorrecto y como de unos cuarenta y cinco años, más o menos, vestido conun traje usado de sarga azul y un gorro con visera, que le daba ciertoaire de marino. Su cara era curtida y con algunas cicatrices, mientrassus anchas y enérgicas quijadas demostraban fuerza de carácter y tenazdeterminación.

—¿Se ha enfermado su hija?—le pregunté cuando la hube examinado bien.

—Hemos caminado mucho hoy, y creo que está rendida. Hace como mediahora que sintió un desvanecimiento, y al sentarse perdió el conocimientoy quedó insensible.

—No debe permanecer aquí—observé cuando me hube dado cuenta de que elpadre y la hija eran unos vagabundos.—Es tan grande el frío, que sehelará completamente.

Mi casa está un poco más allá. Voy en el acto yvolveré con una persona que ayude a llevarla.

El hombre empezó a agradecerme, pero yo espoleé mi caballo, y prontoestuve en el patio de la cuadra. Llamé a Glave y le ordené que meacompañara al sitio donde habían quedado mis dos caminantes.

Un cuarto de hora después colocábamos a la pobre niña desmayada sobre uncanapé en mi confortable y abrigado gabinete; le hacíamos beber a lafuerza un poco de brandy, y al fin abría sus ojos, llenos de asombro,mirando con infantil temor lo que la rodeaba, que era para ellacompletamente desconocido.

Su mirada se encontró con la mía, entonces vi que su rostro era de unabelleza extraordinaria, de ese tipo moreno medio trágico, y que sus ojosresaltaban más brillantes por la palidez mortal de su cara.

Las facciones eran bien modeladas, hermosas y finas en todas sus líneas,y cuando se dirigió a su padre, para preguntarle qué había sucedido,noté que no era una simple criatura hija de los caminos, sino, alcontrario, una niña sumamente inteligente, bien amanerada y de buenaeducación.

Su padre, en pocas palabras, le explicó nuestro inesperado encuentro ymi hospitalidad; entonces ella me sonrió dulcemente y pronunció algunaspalabras de agradecimiento.

—Debe haber sido el intenso frío, me parece—añadió.—Me sentí depronto entumecida, mi cabeza empezó a girar y no pude tenerme en pie.Pero realmente es mucha bondad en usted. Cuánto siento hayamos tenidoque molestarle de esta manera.

Le aseguré que mi único deseo era verla completamente restablecida, y,mientras hablaba, no pude dejar de reconocer que su belleza era notable.Aun cuando muy niña, pues su figura no había acabado de desarrollarsecompletamente, su cara era, sin embargo, una de las más perfectas que hevisto.

Desde el primer momento que mis ojos la vieron, me parecióindescriptiblemente encantadora. Era evidente que se encontraba sinfuerzas, como lo demostraba el modo penoso e inquieto con que se movíaen el canapé. Su pobre falda negra y sus gruesas botas estaban llenas debarro y gastadas por las caminatas, y comprendí, por la manera cómodespejó su frente y echó abajo la desordenada masa de sus cabellos, quele dolía la cabeza.

Glave, que no se hallaba de muy buen humor por la presencia de esos dosvagabundos desconocidos, entró y me anunció que la comida estabaservida; pero ella, firmemente, aun cuando con dulzura y gracia, rehusómi invitación a comer, diciendo que, si yo se lo permitía, prefería másbien quedarse allí delante del fuego media hora más.

En vista de esto, le envié un plato de sopa caliente por la ancianaseñora Axford, nuestra cocinera, mientras su padre, después de lavarselas manos y arreglarse un poco, me acompañó al comedor.

Parecía medio muerto de hambre, y al principio se mostró taciturno yreservado; pero luego, cuando hubo apreciado lo bastante mi carácter, medijo que se llamaba Burton Blair, que hacía diez años que había perdidoa su esposa, durante su ausencia en el extranjero, y que la pequeñaMabel era su única hija. Como su aspecto lo demostraba, la mayor partede su vida la había pasado en el mar, y tenía su certificado de capitánde buque menor, pero últimamente había residido en tierra.

—Hace ya tres años que estoy aquí—continuó,—y puedo asegurarle quehan sido bastante duros. ¡Pobre Mabel! Es un verdadero tesoro, como loera su pobre y querida madre. Hace tres años que padece hambres y penas,y, sin embargo, jamás se ha quejado. Ya conoce mi carácter, sabe quecuando Burton Blair resuelve hacer una cosa

¡por Job! la hace—y apretófuertemente sus enérgicas quijadas, mientras en sus ojos se reflejó unamirada de decisión y persistencia tenaz, la más terrible que he visto enun hombre.

—Pero ¿por qué razón, señor Blair, ha abandonado usted el mar paraperecer de necesidad en la tierra?—le pregunté, pues la curiosidadhabíase despertado en mí.

—Porque... porque tengo una razón... una razón muy poderosa—fue sucontestación vacilante.—Usted me ve esta noche sin hogar y hambriento(rió amargamente Burton Blair), pero tal vez mañana podré ser unmillonario.

Y su cara asumió una misteriosa expresión, inescrutable como la de unaesfinge, que me dejó penosamente confundido.

Muchas y muchas veces desde entonces he recordado esas extrañas palabrasproféticas que pronunció sentado en mi mesa, cuando no era más que unpobre vagabundo de los caminos, muerto de frío, hambriento, sucio, malvestido y exhausto, pero que abrigaba la firme creencia, por absurdo queparezca, de que antes de mucho tiempo poseería millones.

Recuerdo bien cómo me sonreí al oír su vaga afirmación. Todo hombre quedesciende mucho en la escala social, se aferra a la débil creencia deque su suerte cambiará, y que, debido a algún capricho de la fortuna,volverá sonriente a subir a su antiguo nivel. La esperanza jamás mueredentro del pecho del hombre arruinado.

Valiéndome de ciertas preguntas prudentes, traté de conseguir mayoresinformes sobre la esperanza que abrigaba de llegar a tener fortuna,pero no quiso decirme nada, absolutamente nada.

Después que comió bien, aceptó un cigarro, tomó su café con brandy, yfumó con la tranquilidad del hombre satisfecho, que no tiene un solopensamiento que lo aflija ni ninguna preocupación en el mundo, o, mejordicho, como un hombre que sabe exactamente lo que el destino le tienereservado.

Así, desde el principio, Burton Blair fue un misterio. Cuando volvimosadonde estaba Mabel, la encontramos durmiendo tranquilamente, postradapor la fatiga.

Entonces persuadí a su padre de que se quedara en mi casaaquella noche, con el fin de que la pobre niña pudiese descansar, y,como consintiera, nos volvimos al comedor, donde nos sentamos a fumar ypermanecimos varias horas conversando.

Me refirió la historia de sus crueles años pasados en el mar, lasextrañas aventuras que le habían sucedido en países salvajes, cómoescapó de una muerte segura en las manos de una tribu de nativos enCamarones, y cómo, por espacio de tres años, había sido capitán de unvapor de río en el Congo, representando en esas regiones el papel de un pioneer de la civilización.

Sus conmovedoras aventuras las relataba tranquila y naturalmente, sinfanfarronadas ni demostraciones de alarde, y su manera sencilla yverdadera me demostró que era uno de esos hombres que aman la vida deaventuras por sus vicisitudes y peligros.

—Y ahora ando detrás de los molinetes de Inglaterra—añadióriendo.—Usted debe pensar, no hay duda, que todo esto es muy extraño;pero, hablándole con sinceridad, señor Greenwood, le diré que me ocupoactivamente en una investigación muy curiosa, cuyo feliz resultado mehará algún día poseedor de una fortuna que ni en mis sueños másextravagantes me forjé jamás. ¡Vea!—exclamó de pronto, con una miradade extraña fiereza en sus grandes ojos obscuros, al desabotonarserápidamente su saco azul y sacar de debajo de él un pedazo cuadrado ychato de gamuza muy usada y manchada, dentro de la cual parecía que seencerraba algún precioso documento u otro objeto de valor.—¡Mire! Misecreto está aquí. Algún día descubriré la clave; puede ser mañana,pasado, o tal vez en el año próximo, pero al fin se producirá.

¿Cuándo?eso es absolutamente indiferente y sin valor. El resultado será elmismo. Mis años de continuo viaje e investigación se verán premiados,seré rico, y el mundo quedará maravillado.—Y, riéndose satisfecho, casitriunfante, volvió a guardar en su pecho, con todo cuidado, su preciosotesoro; luego se puso de pie y quedó parado dando la espalda al fuego,en la actitud de un hombre que confía completamente en lo que estáescrito en el libro del destino.

Aquella escena de media noche, con todos sus románticos y extrañosdetalles, aquel episodio de lo pasado, cuando el fatigado caminante y suhija habían sido mis huéspedes por vez primera, y todos sus recuerdosacudieron a mi memoria la tarde fría y brillante en que descendí de uncoche, al siguiente día de la investigación verificada en Manchester,delante de la gran mansión blanca de la plaza Grosvenor, y supe porCarter, el solemne sirviente, que la señorita Mabel estaba en casa.

Aquella

espléndida

morada,

con

sus

exquisitas

decoraciones,

mobiliarioverdaderamente de estilo Luis XIV, sus valiosas pinturas y magníficosejemplares de esculturas del siglo diecisiete, morada de una personapara quien no significaban nada todo ese lujo y todo ese gasto, eraseguramente un testimonio suficiente de que el pobre y mal traídovagabundo que había pronunciado esas misteriosas palabras en mi pequeñocomedor cinco años antes, no había sido un charlatán o un neciofanfarrón.

El secreto encerrado dentro de esa sucia bolsita de gamuza, cualquieraque hubiese sido, le había producido más de un millón de librasesterlinas, y seguía siempre produciendo enormes sumas, hasta que lamuerte había venido a poner fin repentinamente a su explotación. Elmisterio de todo aquello no tenía solución; el enigma era completo eindescifrable.

Estas y otras reflexiones cruzaron por mi mente al subir detrás dellacayo la ancha escalera de mármol y ser introducido en el gran salónoro y blanco, cuyas paredes estaban tapizadas por entrepaños de sedacolor rosa pálido, mientras sus cuatro grandes ventanas tenían vistasobre la plaza.

Todas esas pinturas inapreciables, esos hermosos muebles, gabinetes eincomparables bric-a-brac, habían sido comprados con el producto delmisterioso secreto; de ese secreto que en el corto espacio de cinco añoshabía transformado en millonario al vagabundo extenuado y sin hogar.

Contemplando distraídamente la melancólica plaza con sus árboles sinhojas, quedeme parado sin saber cómo haría para comunicar de la mejormanera posible la triste nueva de que era portador, cuando oí a miespalda un suave «frou-frou» de una falda de seda, y, dándome vueltaprontamente, me encontré delante de la hija del muerto, cuyo aspecto eraahora, a la edad de veintitrés años, mucho más dulce, bello, gracioso yfemenino, que cuando por vez primera nos habíamos conocido, tiempo ha,de una manera extraña y en medio de un camino.

Su negro traje, su figura temblorosa y sus pálidas mejillas, humedecidaspor las lágrimas, me indicaron que esta joven, por quien tenía quevelar, conocía ya la penosa y triste realidad. Se paró delante de mí,resaltando aún más su hermosa y trágica presencia, con su pequeña yblanca mano nerviosamente apoyada en el respaldo de una de las doradassillas del salón, como buscando sostén en medio de su dolor.

—¡Lo sé!—exclamó con voz cortada, cosa desconocida en ella, y sus ojosfijos en mí.—Sé para qué ha venido a verme, señor Greenwood. Hace unahora que lo he sabido por el señor Leighton, que ha estado aquí. ¡Ah, mipobre padre querido!—

suspiró, y las palabras se anudaban en su gargantaal correrle las lágrimas.—¿Para qué iría a Manchester? Sus enemigos hantriunfado, como yo lo temía desde hace tiempo.

Sin embargo, él nopensaba mal de nadie, ni creía en la perversidad de ningún hombre, puestenía un corazón muy generoso. Siempre se negó a escuchar misadvertencias, y se reía de todas mis aprensiones. Pero ¡ay! la terriblerealidad es ya un hecho. ¡Mi pobre padre!—tartamudeó, con su bellorostro blanco hasta los labios.—¡Está muerto... y su secreto hadesaparecido!

IV

EN EL QUE SE CRUZA POR UN TERRENO PELIGROSO

—¿Sospecha usted, Mabel, que su papá ha sido víctima de una malaacción?—le pregunté a la pálida y enervada joven que estaba de piedelante de mí.

—Sí, lo sospecho—fue su contestación clara y sin vacilación.—Ustedconoce su historia, señor Greenwood; usted sabe que él llevaba a todaspartes un objeto guardado en una bolsita de gamuza, objeto que era sumás precioso tesoro. El señor Leighton me ha dicho que se ha perdido.

—Desgraciadamente es así—repliqué.—Los tres la hemos buscado entresus ropas y demás equipaje; hemos hecho averiguaciones e interrogado alsirviente del coche-restaurant que lo encontró sin conocimiento en eltren, a los mozos de cordel que lo llevaron hasta el hotel, y, en fin, atodo aquel que podía saber algo, pero no ha sido posible encontrar elmenor rastro del objeto buscado.

—Porque ha sido robado deliberadamente—observó.

—Entonces usted abriga la creencia de que ha sido asesinado paraocultar el robo.

Movió la cabeza afirmativamente, con su cara siempre pálida y rígida.

—Pero recuerde, Mabel, que no existe prueba alguna de que se hayacometido un crimen. Ambos médicos, dos de los mejores de Manchester, handeclarado que la muerte se ha producido debido a causas enteramentenaturales.

—A mí no me importa nada de lo que ellos digan. La bolsita que mi pobrepadre cosió con sus propias manos, que durante todos estos años pasadosguardó tan cuidadosamente, y que por algún motivo extraño no quisodepositarla en ningún banco o en una segura caja de hierro, hadesaparecido. Sus enemigos se han posesionado de ella, como yo tenía lacerteza de que lo harían.

—Recuerde que él me mostró esa bolsita de gamuza, la primera noche quenos conocimos—le dije.—Me declaró entonces que lo que en ella seencerraba le daría fortuna... y ciertamente que ha sido así—añadí,paseando la mirada por el magnífico salón.

—Le

dio

riquezas,

pero

no

felicidad,