El Teatro por Dentro - Autores, Comediantes, Escenas de la Vida de Bastidores, Etcétera by Eduardo Zamacois - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.
index-1_1.png

Eduardo Zamacois

EL TEATRO

POR DENTRO

AUTORES, COMEDIANTES, ESCENAS DE LA VIDA DE

BASTIDORES, ETC.

BARCELONA

BUENOS AIRES

Casa Editorial Maucci

Maucci Hermanos

Mallorca 166

Cuyo, 1059 al 1065

1911

Es propiedad de la Casa Editorial

Maucci de Barcelona.

Compuesto en máquina TYPOGRAPH.—Barcelona.

Capítulos:

LA FORMACIÓN DE LA COMPAÑÍA

LOS BAÚLES MAGOS

A PROPÓSITO DE ELEONORA DUSE

RAQUEL, LA TRÁGICA

ANTE LA BATERÍA

LOS NOVELISTAS EN EL TEATRO

EL DOLOR DE ESTRENAR

LOS OLVIDADOS

ALBERTO GLATIGNY

LA FARÁNDULA PASA...

VIRGINIA DÉJAZET

DE LA FARÁNDULA

CARTAS DE MUJERES

LA CAMARGO

LAFONTAINE

EL PÚBLICO

CÓMO ESTUDIAN LOS ACTORES

LA MONTANSIER

OCTAVIO MIRBEAU

VICTORIANO SARDOU

PABLO HERVIEU

ALFREDO CAPUS

EDMUNDO ROSTAND

index-3_1.png

LA FORMACIÓN DE LA COMPAÑÍA

Para que una compañía de las llamadas «de verso» merezca francamente ysin limitaciones el calificativo de «buena», no basta que sean notablestodos los artistas que la componen; importa también que entre unos yotros haya cierta proporción ó equilibrio, pues de ello inmediatamentese derivará una belleza nueva: belleza de síntesis, belleza de conjunto.

Parece que la formación de una compañía es tarea fácil, sobre todocuando el empresario es persona inteligente y propicia á no regatear alnegocio aquellos gastos que éste reclame. Nada, sin embargo, másdifícil, más ingrave y quebradizo, más sujeto á imprevistas mudanzas.

El que la «campaña teatral» haya de celebrarse en Madrid, es detalle quefavorece y allana eficazmente las dificultades con que el director óempresario ha de luchar. Los artistas prefieren una contrata modesta enMadrid, á marcharse á provincias, donde las temporadas generalmente soncortas, con un buen sueldo. Ellos, gobernados como están por el puerilsentimiento de la vanidad, adoran los elogios de la Prensa cortesana, yen los pequeños rincones provincianos la Fama no hace vibrar nunca sustrompetas gloriosas. En Madrid, además, tienen «su casa», su familia,hostil casi siempre al molesto ambular de la farándula, y lo que pierdenen sueldos, lo ahorran en viajes y en fondas...

La circunstancia de que la contrata sea para Madrid, es, porconsiguiente, lo único que positivamente favorece los intereses delempresario. Todo lo demás, á pesar del dinero y de los probables honoresque va ofreciendo, le es inhospitalario y adverso, como la playa de unpaís enemigo.

La persona encargada de organizar una compañía, debe hacer con losartistas algo de lo que las partes de una orquesta realizan para ponersede acuerdo ó al unísono. El director, verbi gracia, coge un diapasón, ygolpeándolo contra una mesa que le sirve de caja sonora, levanta unanota limpia, clara, rotunda..., á la que inmediatamente se ajustan losdiversos elementos orquestales, desde la flauta plañidera al violónroncador y enfático. Así el empresario, para la organización de sucompañía, necesitará elegir una actriz ó actor «tipo», que encarnará ungrado, X, de perfección artística, y con arreglo á este modelo deberáluego buscar los otros elementos, procurando celosamente que ninguno deellos le sea muy superior, ni tampoco excesivamente inferior, sino quetodos se hallen «á tono», ó, lo que es lo mismo, que ocupenaproximadamente el mismo nivel, porque nada perjudica tanto al «reparto»y dichoso éxito de una obra teatral, como esas absurdas compañíasextranjeras que suelen visitarnos, y en las cuales vemos frecuentementeagrupados, alrededor de un artista de mérito deslumbrante y magnífico,diez ó doce tipos, borrosos anodinos, insoportablemente vulgares. Con locual, y como justo castigo á cuanto rompe estúpidamente la inexorableley de las proporciones, la figura capital, lejos de ser engrandecida ymejorada, pierde, por efecto de la sombra que sobre ella proyectan losdemás, mucho de su orgulloso relieve y prestigio.

Amén de este equilibrio espiritual, un director inteligente debepreocuparse de buscar, entre las diversas partes de su compañía, ciertaarmonía física. Claro es que en la realidad, ó sea en aquella verdaderavida de la cual el artificioso microcosmos teatral sólo es trivialremedo ó mezquino trasunto, no siempre los hombres más altos son losmás fuertes y temidos, ni hay ley fisiológica ninguna que se oponga áque de un cabeza de familia raquítico y aislado se derive una prolevigorosa y lucida. Pero en la ficción escénica, los acontecimientos ylas imágenes se encadenan de muy distinto modo, y así el espectador,bien sea por hábito ó por predisposición caprichosa de sus sentidos, nocomprende que un «barba» débil y pequeñuco pueda ser padre de una«primera actriz», robusta y alta, ni menos reducirla con sus amenazas ásumisión y obediencia; ni tampoco que el «segundo galán» aventaje al«primero» en estatura y gallardía, ya que su misma cualidad de «segundo»implica cierta noción de inferioridad ó dependencia. ¿Qué queréis? Acasosean estos

resabios

del

Teatro

romántico,

en

donde

el

protagonista,siempre noble, jarifo y apercibido á la pelea, derrotaba fácilmente ásus rivales; pero los hechos son así, y no hay para qué rebelarse contrael vigor todopoderoso de la costumbre.

Quedamos, pues, que si la «primera actriz» es elegante y gallarda, la«segunda» deberá serle inferior, aunque no con exceso, ya que lo másseguro es que el corazón veleidoso del protagonista vacile entre ambas,y necesario será justificar estos momentos de indecisión sentimental.Por razones análogas, el segundo galán deberá aproximarse bastante, encualidades físicas y morales al primero; y el «barba» guardará ciertaarmonía—aire familiar ó de parentesco—con la «característica», y lasotras figuras secundarias ó de relleno irán escalonándose de mayor ámenor, pero sin brusquedades y suavemente, de modo que el conjunto noofrezca suturas lamentables ni altibajos violentos.

Finalmente, en la nómina ó coste de una compañía, influye mucho, amén deque la contrata sea ó no para Madrid como antes dije, el que losartistas vayan solos ó sean matrimonio, hermanos, etc. Actoresacostumbrados á cobrar, por ejemplo, treinta pesetas diarias, y cuyasesposas disfrutan habitualmente de un sueldo igual, por el lógico deseode no separarse de ellas, se avendrían á contratarse por un haber muyinferior. Detalles son estos de gran importancia, y que un empresario órepresentante de teatros no debe echar en olvido.

Además de este prudente equilibrio y semejanza de unos artistas conrelación á otros, el director de la compañía necesita tener muy biendeterminada la clase de literatura que sus comediantes han de cultivar,de tal suerte, que las comedias encajen en la arquitectura ó complexiónmaterial y moral de sus intérpretes y parezcan como confeccionadas á sugusto y medida; pues actores conocemos que no saben moverse dentro delos moldes pulidos y ricos en policromias interiores de la comediamoderna, y que en los dramas románticos y violentos, por el contrario,saben llegar á las notas más agudas de la emoción; y otros, en cambio,fríos, correctísimos, incapaces de un verdadero gesto trágico.

Terminados todos estos perfiles, acoplados y unidos todos estos cabossueltos, el empresario puede poner manos activas á su obra, en laseguridad de que su labor no será baldía. Los que creen á los actoresgente díscola, interesada y de manejo difícil, se equivocan. El rasgocaracterístico del comediante es la vanidad: este sentimiento constituyesu acicate mejor, y en ocasiones, su mejor rendaje. Así, quien sepasujetarles por esta su gran debilidad, podrá gobernarles á su capricho ysin esfuerzo.

LOS BAÚLES MAGOS

En París, como en Madrid, al llegar este mes, los teatros sufren esacrisis económica que nuestros comediantes llaman «la cuesta de Enero»,pues siempre las festividades pascuales trajeron consigo gastosimprudentes que desequilibraron el «haber» de las familias; con ladiferencia que allí dicho malestar es menos intenso, por lo mismo que lapoblación flotante es muy considerable y se renueva mucho.

Los contratos que actores y empresarios firmaron á fines del pasadoSeptiembre, terminan ahora, con las primeras claridades del día quedesvanece en la imaginación infantil el encanto brujo de la Noche deReyes. Momentos son estos de grave inquietud y trasiego para losservidores de la farándula: en las terrases de los cafés cosmopolitasdel Boulevard, como en los aireados

«mentideros» de la calle deSevilla, por la tarde, y de la Puerta del Sol, á última hora de lanoche, las buenas y las malas noticias revuelan como bandada de pájarossobre bancal de trigo, las discusiones de los descontentos arrecian, ylas ofertas de empresarios

fantásticos

llueven

que

es

bendición

paradesvanecerse horas después como por ensalmo diabólico.

Hay que asegurarel trabajo durante los meses que aún faltan hasta el 30 de Mayo, día queseñala, con la llegada del verano, la clausura de los principalesteatros cortesanos y la completa renovación de las compañías. Por ahorasólo se trata de cambiar ligeramente el personal de cada coliseo, para«refrescar» un poco el cartel y así atraer mejor la atención ingrata delpúblico. Los comediantes que se hallan á disgusto en Madrid, buscan enprovincias compromisos ventajosos; y otros, por el contrario, quepasaron en ciudades de segundo y tercer orden la primera mitad delinvierno, regresan á la corte con propósitos de éxito y de lucro.

Este vaivén febricitante dura poco, que ni los empresarios puedendescuidar sus negocios, ni los representantes diligentes desaprovechanla ocasión de robustecer sus compañías con la adquisición de los buenosartistas que hallan desocupados. Las

«bajas» habidas en los teatrosprovincianos, acuden á cubrirlas los comediantes residentes en Madrid yviceversa; es un cambio rapidísimo de intereses, un flujo y reflujopintoresco y alegre, con alegría zumbadora de enjambre, que recorre todala nación de un extremo á otro.

Ya los mejores teatros quedaron tomados, ya las compañías principalessalieron... Y en los «mentideros» madrileños sólo quedan

los maloscomediantes,

los

fracasados;

ó

los

inadaptables, los ariscos, losorgullosos, que no aceptaron las proposiciones que recibieron porjuzgarlas despreciables y hasta ofensivas á sus merecimientos.

Ellos son los que forman después esos negocios efímeros que en el argot de bastidores se denominan «bolos», y que puede durar ocho días,dos, uno... Para esto sus organizadores buscan una actriz ó actor decierto prestigio, cuyo nombre presta autoridad al cartel, y el resto dela compañía se improvisa de cualquier modo, utilizando indistintamenteartistas de verso y de zarzuela. La víspera del viaje la compañía sereúne á ensayar, y para facilitar el trabajo se eligen obras de las quefiguran en el repertorio de todas las compañías: La Dolores, JuanJosé, Marina, Los sobrinos del capitán Grant... El montaje exactode las mismas es lo de menos; lo importante es que los artistas seconozcan y se acoplen bien, para que el conjunto no padezca mucho. Así,el ensayo se limita generalmente á repetir las escenas más difíciles,las culminantes: todo lo demás queda encomendado á su inspiración, alartificio embaucador de las decoraciones y de la batería.

Y llega la noche, esa noche impregnada de extraña melancolía en que lospobres comediantes, al volver del ensayo con los párpados cargados desueño, se aplican á sacar de su equipaje los trajes que han de necesitarpara el éxodo que emprenderán al siguiente día.

Muchas, muchísimas veces, he asistido á esta operación llena deevocaciones tristes. ¡Ah, los buenos, los aventureros, los sufridosbaúles magos!... Arcas de hechicería donde se dieron cita armas de todasclases, pelucas de todos colores, trajes de vivos matices pertenecientesá épocas separadas en la historia universal por siglos; y en cuyoscostados hay etiquetas con el nombre de ciudades distanciadas entre sípor millares de leguas.

¡Baúles magos! Al abriros el comediante á quienacompañasteis en su peregrinación por el mundo, recibe como un perfumede cosas idas, de luces extintas, de aplausos perdidos en la frialdadinfinita de lo olvidado. Y el artista suspira. Sobre todo las mujeres.¡Pobres actrices!... Uno tras otro van apareciendo el traje con querepresentaron La niña boba, las tocas monjiles de

«Doña Inés», larubia peluca de «María Antonieta», la falda corta y las medias blancasde «la Dolores...»; y cada objeto despierta en ellas los recuerdos,punzadores como espinas, de cien noches triunfales. Ya está el hatillohecho; ya nada falta; ahora, á dormir, que la noche va muy de vencida yhay que madrugar.

Y á la mañana siguiente todos se reúnen en la estación: ellas locuaces ynerviosas, ellos simpáticos, con sus semblantes afeitados y sussombreros blandos de fieltro; y todos alegres, por efecto de lacostumbre que tienen de fingir.

—¿Vámonos?

—Vámonos.

Suenan un silbido y una campana. El tren se pone en movimiento. Allá vala farándula, imagen de la vida...

A PROPÓSITO DE ELEONORA DUSE

Cuenta Ceferino Palencia que hace bastante tiempo, hallándose él enBuenos Aires con su compañía, fué á visitarle á su cuarto del teatro uncaballero de nacionalidad italiana, verdadero hombre de mundo,inteligente, elegante y buen mozo.

Representaba cuarenta años. Aquelseñor, que había viajado mucho y trataba personalmente á todas lasactrices y actores célebres de Europa, prodigó á María Tubau las másfervorosas alabanzas.

—Conozco—prosiguió,—varias comediantas que la aventajan en lainterpretación de ciertos papeles, pero dudo que ninguna la iguale en lariqueza de sus aptitudes, ni en la asombrosa variedad y extensión de surepertorio.

No sabiendo cómo corresponder á tantas lisonjas, Ceferino Palencia dióseá encomiar exaltadamente la labor de las artistas italianas: en teatro,como en pintura, como en ciencias, Italia sería siempre la más gloriosade las naciones latinas. Y concluyó:

—Para mí, una de las mejores, por no decir la mejor de las trágicascontemporáneas, es Eleonora Duse. ¡Qué voz, qué fuerza emotiva, quéagilidad de expresión tiene!... ¿No opina usted lo mismo?

El interpelado, que había palidecido hasta la lividez, repuso con ungesto ambiguo. Palencia, aunque sorprendido por aquella frialdad queatribuyó á un exceso de modestia patriótica, continuó elogiando el arteextraordinario de la Duse. A cada momento, y á guisa de ilustracionesinterpoladas en el curso de su apasionada jaculatoria, preguntaba:

—¿La ha visto usted en La dama de las camelias? ¿La ha visto usted en Fedora?... ¿Y en Lucrecia Borgia?... ¿Y en María Estuardo?...

Según Ceferino Palencia hablaba, el semblante del caballero italiano ibanublándose; endurecía sus facciones el fuego de un rencor violento yrecóndito; temblaban sus labios. De pronto, perdiendo el dominio de simismo, gritó imperativo:

—¡Señor Palencia!... Yo le ruego, yo le suplico... que no hable jamásde Eleonora Duse delante de mí.

Estaba rojo, sus manos se crispaban coléricas, su respiración seconvirtió en jadeo fragoroso. Después, recobrándose prestamente en unatransición de voz y de ademán que sus compatriotas Novelli y Zacconihubiesen admirado, agregó:

—Perdone usted mi incorrección: no he podido contenerme...

El solonombre de esa mujer funesta me vuelve loco... Ha de saber usted que yosoy el marido de Eleonora Duse...

El cronista ignora la historia íntima de la insigne actriz italiana,pero no duda de su intensidad. Pasiones de fragua y fieros dolores debende haber asolado á esa pobre alma, á la vez dulce y sombría. Laexistencia de este infierno interior se transparenta en los recursosinsuperables de su arte, en el abismo negro de sus ojos, cargados con laenorme tristeza de haber visto pasar la dicha, en la nerviosa elocuenciade sus manos lívidas, en todas las actitudes de su cuerpo raquítico,delgado, desprovisto de atractivos sensuales, y sin embargo, tanimponente en los arrebatos homicidas de la tragedia, y tan envolvente,tan adorable, tan refinadamente femenino, en las horas azules de lacaricia. La gran artista, rival de Sara, sufrió mucho, porque toda suvida fué de amor, y ese padecer acerbo informa su arte y lo fecunda.Para desesperarse, como para reír, no necesita Eleonora Duse recurrir ála vulgaridad de los gestos aprendidos: con asomarse á su propio corazónhabrá hecho bastante. Yo la he visto llorar, lectora; ¿la viste tútambién?... Y si tuviste esa fortuna, ¿no es cierto que en ella elllanto, más que una ficción, parece un recuerdo?

Acerca de todo esto, un excelso poeta, Gabriel D'Annunzio, podríareferirnos una historia bien triste.

En estos días ha corrido por París la noticia absurda y grotesca de queEleonora Duse, que desde hace mucho tiempo vive retirada en Florencia,se casaba con un opulento modisto de la Ciudad-Sol.

Indignada la ilustre actriz, escribe al director de una revistafrancesa:

«Vivo muy alejada de todo y no doy motivos á la prensa para que se ocupede mí. Hoy leo la ridícula noticia, lanzada por la Agencia Stéfani, demi matrimonio. ¿Quién ha podido inventar eso? He telegrafiado á M. Worthlo siguiente: «Espero de su caballerosidad que desmienta tal noticia, selo suplico. Yo con mi silencio no debo autorizar ese «se dice»calumnioso y contrario á la línea de conducta de toda mi vida.»

Este telegrama es, sencillamente, el retrato de un alma.

Eleonora Duse,cansada, envejecida, fatigada de sufrir esa inquietud imprecisa y sinnombre que tortura á los artistas y que raras veces halla término yreposo, porque más que amor, es deseo de amar, empieza á aborrecer lapopularidad. Para ella, como para otras muchas histrionisas célebres, elolvido es bálsamo precioso; la que así sobre los escenarios de lafarándula, como en el gran teatro de la vida, fué siempre protagonistaenvidiada, ahora solicita un puesto obscuro de comparsa. ¡Por piedad! Unpoco de silencio, un poco de reposo; que no se hable de ella, que losperiódicos no repitan su nombre más, que cuando vaya por la calle nadievuelva la cabeza para mirarla: la exclamación admirativa: «Ahí va laDuse...» que antes llenaba sus oídos de orgullo, ogaño la asusta y lahiere, y es para su pobre alma desilusionada, un azote.

Vivir, sí, pero vivir en paz, alejada de sí misma, cual si asistiese aldesenlace sereno de su propia historia; vivir en la sombra, en elolvido, que tiene la serenidad augusta de la muerte...

¿Se comprende ahora el asco con que Eleonora Duse habrá recibido lanoticia estúpida de su matrimonio?...

RAQUEL, LA TRÁGICA

En un salón de la Comedia Francesa y guardado respetuosamente entre loscristales de una vieja vitrina, hay un zapatito, un zapatito blanco, detacón muy levantado y punta muy fina, que perteneció á Raquel. Y elcronista, que conocía la doliente historia de la gran trágica, sepreguntaba atónito:

«¿Cómo bajo esos pies tan pequeños, tan frágiles, tan lindos, más hechospara holgar entre pieles que para correr descalzos sobre el polvo ó lanieve de los caminos, ha podido pasar media Europa?...»

Porque Raquel (Elisa Félix era su verdadero nombre) fué hija de bohemiosy hasta los diez años ella y sus hermanos siguieron á sus padres portodas las carreteras de Alemania y de Suiza.

Sucia, desgreñada, curtidapor los vientos y el sol, desnuda de pie y pierna, el cuerpecitoraquítico y asexual vestido de andrajos, la pobre niña durmió al raso,donde la noche la sorprendía; y fué de villorrio en villorrio pidiendolimosna, apurando todas las hieles de desdén que tiene para los mendigosla caridad pública; y en las calles de Lyón bailó, al son de lapandereta que golpeaba su padre, sobre la tragedia de sus piececitosensangrentados...

Desde Lyón, la familia, andando siempre, se trasladó á París.

Allí laniña también bailó por las calles y cantaba esas tonadillas alegres,canciones de bohemia que parecen flotar sobre los caminos como unperfume rústico y que los nómadas aprenden nadie sabe dónde. Su voz decontralto y las graciosas muecas y arrumacos de su rostro atraían á lagente.

Entre estos curiosos, acertó á detenerse una tarde M. Choron, profesorde canto y fundador de la Real Institución de Música Religiosa. La vozde la niña mendiga le interesó: era extensa y dulce, y había en ella unardor extraño. Choron llamó á la futura histrionisa con un gesto.

—¿Qué edad tienes?—la preguntó.

—Once años.

—¿Quieres que yo te enseñe á cantar?

—Sí, señor; ¡ya lo creo!...

Su respuesta fué rápida, terminante; en su cara cobreña, los grandesojos artistas brillaron de ambición. La diosa Fortuna acababa de pasarjunto á Raquel, y Raquel la siguió...

Meses después, Elisa Félix dejaba la escuela de canto para concurrir ála clase libre de declamación que explicaba Saint-Aulaire, comediantemeritísimo, frío, correcto, cuya técnica había de dejar en el espíritude su discípula huella perdurable y excelente. En aquella época, Raquelno pensaba dedicarse á la tragedia; prefería la comedia; sus días dehambre no habían podido secar la vena caudalosa de su buen humor. Eraindócil, endiablada, aventurera y alegre como un muchacho.

Suscompañeras la llamaban Pierrot, y ella misma firmó con este pseudónimomuchas cartas íntimas que Mlle. Valentina Thomson ha publicado mástarde.

La primera entrevista de Raquel con el gran actor Samson, que luegohabía de dirigirla y favorecerla eficazmente, merece relatarse.

Pequeña, desmirriada, sin otro encanto que el prestigio de sus ojosmagníficos, la pobre niña acababa de cumplir quince años y representabadoce apenas. Inconsolable, su madre repetía:

—¡Qué desgracia! M. Samson, cuando te vea, dirá que todavía eres muyjoven.

Entonces, con objeto de dar á su hija mayor plasticidad yrepresentación, la astuta mujer endosó á Raquel varios trajes, unosencima de otros: ya que no podía ser alta, sería ancha.

Raquel, bajo sudisfraz, reía á carcajadas: aquella truhanería, de verdadera bohemia, lahacía feliz. De este modo, las dos mujeres se presentaron en casa de M.Samson, que las esperaba. Al ver á Raquel, el célebre actor tuvo unaruda explosión de sinceridad.

—Imposible, señorita—dijo,—¿por qué vamos á perder el tiempo? Ustedno sirve para el teatro; está usted demasiado gorda... usted ya nocrece...

Hija y madre se miraban consternadas. ¿Qué hacer?... Al fin, la madre,reconociéndose autora única de aquel descalabro, confesó su superchería.

—Todo esto—balbuceaba,—M. Samson... todo esto... ¿sabe usted?... estrapo.

El comediante se echó á reír.

—Pues hágame usted el favor de desnudar á esta señorita—

repuso,—ysabré á qué atenerme.

Raquel ingresó en el Conservatorio en 1836, y al año siguiente apareciócomo primera actriz sobre el escenario del Teatro Gimnasio, y en undrama histórico de escaso mérito, titulado La vandeana. Nerviosa,vehemente, dotada de impetuosidades sobrehumanas, poseedora de una vozcapaz de repetir todos los alaridos dantescos de la tragedia, con ellaresucitaron las heroínas sangrantes y solemnes de Corneille y de Racine: Cinna, Safonisbe, Andrómaca, Ifigenia... Pero siempre, ádespecho de tantos triunfos, persistía en ella el recuerdo romántico de La vandeana, su primer drama, con el que salió de la obscuridad y que,según la frase feliz de Julio Janin, fué para Raquel « La Marsellesa desus días de hambre...»

La mendiga que bailaba al son de la pandereta bohemia en las calles deLyón y de París, murió agasajada, envidiada, rica; la que anduvodescalza y alegre por tantos caminos, marchó rápidamente por el de lagloria. Tenía, al finar su vida, treinta y ocho años. ¿Qué actriz, enmenos tiempo, habrá subido más alto?

ANTE LA BATERÍA

El famoso actor Edmundo Got habla en sus Memorias del desdichadoestreno de La mariposa, obra de Victoriano Sardou, á quien yo conocíseptuagenario y con un rostro burlón y astuto, de vieja histrionisa, yque tenía en la época á que Got se refiere un semblante reflexivo ydulce, de institutriz.

La mariposa, como se dice en la pintoresca jerga de bastidores, «sehundió».

«El primer acto—cuenta Got,—obtuvo muchos aplausos; pero los otros dosfueron silbados y pateados, especialmente el segundo. El peso de labatalla lo llevábamos Agustina y yo.

Agustina, que no consigue acoplarsedel todo al repertorio moderno, empezó á vacilar, como de costumbre, yacabó por perder la cabeza. Me quedé solo y vencido... ó casi vencido.No obstante, continué luchando valerosamente...»

Estas palabras, que atestiguan la noble abnegación del célebrecomediante francés, no deben sorprendernos, porque ese heroísmo, que hallenado la historia del teatro de anécdotas conmovedoras, es una flor dehidalguía que brota muy fácilmente en el impresionable y generosocorazón de los siervos de Téspis. Precisa conocer la vida efusiva,febril, toda emoción y toda sobresalto, de telón adentro, para medir elcariño fraternal, la amistad desinteresada y llena de sacrificios, queliga al autor y á sus intérpretes ante las luces de la batería una nochede estreno.

Hasta entonces, durante el lento devanar de los ensayos, el dramaturgofué una especie de pequeño dictador, sin cuyo consentimiento ybeneplácito ninguna iniciativa prevaleció: los actores le pedían laentonación verdadera de las frases difíciles, el pintor escenógrafo leexpuso sus bocetos, las actrices le consultaron el color de sus pelucasy de sus trajes, el guarda-muebles aceptó sus órdenes, sin su aprobaciónel director de escena no hubiese hecho nada... Y en este vaivén dediscusiones minúsculas,

de

reprensiones,

de

enmiendas,

de

consejos,seguidos muchas veces á regañadientes y sólo por el imperio de ladisciplina, ¡cuántas vanidades chafadas, cuántos pequeños orgulloshervidos, cuántos ocultos rencores surgieron aquí y allá, como espinas,porque el dramaturgo, á pesar de su amabilidad, de la cortés blanduraque ponía en sus réplicas y de su vigilante empeño en no disgustar ánadie, no pudo, sin embargo, complacer á todos!... Esa mismaimpresionabilidad ardiente que caracteriza á los sacerdotes de lafarándula les hace susceptibles y vidriosos: ayer fué la primera actrizla que se irritó secretamente contra el autor, porque éste, al enseñarleella el sombrero

con

que

pensaba

«vestir»

la

obra,

no

demostróentusiasmarse mucho; hoy es el galán quien se disgusta, porque eldramaturgo, en el ensayo, le corrigió un ademán con demasiada viveza;mañana, en fin, serán la característica, ó la dama joven, ó el actorcómico, los que se creerán ofendidos por el desdichado autor, quepreocupado con las multiplicadas peripecias de su obra, al marcharse delteatro no les saludará con bastante afecto...

Semejante á una gran ráfaga de aire, la noche del estreno tiene lavirtud de barrer todas estas pequeñas impurezas. Nadie, mejor que loscomediantes, sabe cuánto arriesga un autor en esas horas, de las queacaso dependen, no sólo su porvenir personal, sino también el éxito dela temporada y los intereses de la comunidad.

Hay, pues, que defenderle,porque aquel hombre es como la bandera en quien van vinculados elprestigio y la gloria y el dinero de todos. Entonces, frente á labatería, cara á cara con el público, el dulce y temible enemigo de losartistas, las pequeñas antipatías se olvidan: hay que vencer, aunqueluego, ya en la intimidad y pasado el peligro, los rencores y los celosretoñen.

Así, no hubo comediante famoso que alguna noche de quebranto yborrasca, cuando la muchedumbre comenzaba á manifestar con bastoneos ymurmullos su disgusto hacia la obra, no sintiese el deseo heroico dehacer algo genial, extraordinario, para contener la catástrofe.

Hay muchos actores que, como aquella Agustina de que habla Edmundo Got,se empavorecen y desconciertan ante la hostilidad del público; pero, encambio, otros, los más esclarecidos, gustan de luchar con él brazo ábrazo y de fascinarle con su gesto hasta vencerle y obligarle á juntarlas manos para aplaudir. Acerca de todo esto, don José Echegaray podríareferirnos muchos y muy curiosos lances, especialmente si recordase elestreno de La escalinata de un trono, drama que la trágica MaríaGuerrero, bella, soberbia, irresistible, defendió como una leona.

Pero tan hermoso espíritu de solidaridad y sacrificio sólo late perenneen las relaciones de los actores para con el autor. Entre sí, loscomediantes, separados por el deseo de brillar, celosos unos de otros,se destrozan fieramente en una lucha taimada y sin cuartel: susrivalidades personales rebasan los límites de los bastidores y lesacompañan sobre el escenario, y allí se recrudecen. Ante la salasilenciosa y palpitante, tan fácil al aplauso como á la protesta, losartistas se despedazan, noblemente unas veces, recurriendo otras átriquiñuelas de mala ley. Los hombres olvidan su galantería, las mujeressu misericordia. Si el galán puede «pisarle» una frase ó «robarle unefecto» á la primera actriz, lo hace, y viceversa. Se acabaron lossexos; nadie tiene piedad de nadie; la sed de gloria lo envenena todo.El encono llega al extremo de que el actor cómico, por ejemplo, diga unchiste que no estaba en su papel, ó deja caer una silla ó haga algohilarante y grotesco, sin otro propósito que el de distraer al públicopara que no aplauda á otro actor que «se había preparado» un mutismagistral...

¿Diremos por esto que los comediantes son peores que los demás hombres?

No. ¿Por qué?

¿Acaso todos nosotros, abogados, médicos, ingenieros, comerciantes, enel gran teatro humano, no hacemos lo mismo?

LOS NOVELISTAS EN EL TEATRO

La figura enorme de Balzac, que á pesar de hallarse en la ubérrima ygloriosa plenitud de su labor, necesitaba escribir diecisiete ydieciocho horas diarias para pagar sus deudas, es prueba concluyente deque raras veces el libro produce lo necesario para vivir holgadamente.Los novelistas, sin embargo, sienten cierto aristocrático desdén haciala literatura dramática, á su juicio sobradamente artificiosa ymercantil.

Cuentan que Honorato de Balzac y Alejandro Dumas se encontraron unatarde en la puerta de la Comedia Francesa.

Dumas acababa de entregar elmanuscrito de La señorita de Belle-Isle.

—Cuando me sienta cansado—dijo orgullosamente Balzac,—

escribiré parael teatro.

A lo que Alejandro Dumas repuso, irónico:

—Le aconsejo á usted empezar cuanto antes, querido amigo.

El autor de Antony tenía razón. El teatro, á pesar de esos moldesinquebrantables de tiempo y de espacio en que necesariamente ha dedesarrollarse, no es inferior á la novela: es... «otra cosa»; y elradical antagonismo de ambos géneros, si divorciados esencialmente, másseparados aún en cuanto concierne á su complexión y arquitectura, impidefijar entre ellos puntos discretos de comparación.

Lo que sí reconozco son las grandes dificultades de la novela, losmilagros de penetración filosófica y de arte indispensables paraescribir una obra-tipo: una Madame Bobary, por ejemplo.

La novela esnarración de acontecimientos, descripción de figuras y de escenarios,examen científico, y al mismo tiempo bello y ameno, de caracteres. A undramaturgo le basta con escribir al margen de su original la siguienteacotación: «Salón elegante.—Es de noche.—Fulana y Zutana aparecen porla izquierda y en trajes de baile...» No necesita añadir más; el restoqueda encomendado á la diligencia de los comediantes y del director deescena. Pero el novelista tiene que decirlo todo, y de manera que susexplicaciones, sin pecar de aburridas, sean lo bastante minuciosas paradar al lector la emoción exacta del ambiente ó lugar donde lospersonajes van á moverse.

Alternativamente psicólogo y pintor, suinspiración irá del sujeto al objeto, y viceversa, ora alambicando lagerminación y crecimiento de nuestra vida sentimental, ora estudiandolas impresiones que el mundo exterior determina en los individuos, y lasreacciones amables ó perversas que en éstos produce, según su educacióny temperamento. Paisajes, costumbres, caracteres, modos de hablar,antecedentes étnicos, nada cae fuera del vastísimo campo de acción de lanovela: género admirable, amasijo exquisito de ciencia y de arte, dondecampean, junto á las trascendentes afirmaciones de la sociología y de lamedicina, las frivolidades de las nueve musas; obra suprema, en fin,ordenada á reflejar dentro de una inquebrantable unidad todos loscolores y todos los rumores, y todos los perfumes y todas lascomplejidades, sin guarismos, de la vida. Novelar es bucear, inquirir.Una buena novela es un laboratorio. Hablan los personajes, y el autordebe decirnos por qué hablan así, ó lo que es igual, cuáles sean sussentimientos; y remontándose, habrá luego de explicarnos también por quésienten de aquel modo y no de otro diferente, lo que inmediatamente leobligará á internarse por las selvas obscuras de la herencia.

Por lo mismo, la inspiración del novelista es eminentemente analítica;su labor capital, faena de clasificación y desmonte.

Esta cualidad, fertilísima, omnímoda y preexcelente dentro del libro, setransforma en enemiga tenaz, á veces invencible, del novelista, cuandoéste, sin verdadera vocación, y atraído sólo por las ganancias pingüesque suele reportar el teatro á sus mantenedores, trata de encerrar lasfrondosidades de su fantasía dentro de los prietos moldes de la comedia.La transición es demasiado brusca; su costumbre de avizorarpacientemente en las almas para desmenuzar los móviles de cadasentimiento ó pasión, les vuelve prolijos; sus personajes, obligados ádecir todo lo

que

en

el

libro

los

novelistas,

aun

los

más

impersonales,acostumbran á explicar por su cuenta al lector,

«hablan demasiado»; lasescenas van devanándose con lentitud desesperante; los actos «pesan».

La única razón, por tanto, de que sean contados los grandes novelistasque hayan obtenido en el teatro verdaderos triunfos, es una razón detemperamento; porque rarísimas veces suele unirse al vigor analítico quedesciende á las causas de todo fenómeno, esa visión sintética queúnicamente aprecia los efectos, y que si alguna vez examina su origen,siempre lo hace de soslayo y como al descuido. El teatro es síntesis,refundición, abreviatura: algo que para interesar, para vivir, necesitatener toda la rapidez palpitante de la vida; la intensidad, superficialy compendiosa, del gesto; la pintoresca movilidad de una cintacinematográfica.

¿Un ejemplo?

«La casa de la dicha», de Jacinto Benavente.

Seguramente los que aplaudieron las magnificencias de pensamiento y deforma que resplandecen en «Rosas de otoño»,

«La princesa Bebé», y «Lanoche del sábado», no recuerdan ese dramita que representado dura mediahora apenas, y es, no obstante su brevedad, una de sus creaciones másafortunadas y memorables del extraordinario dramaturgo. «La casa de ladicha» tiene una simplicidad ibseniana. Todo en ella es perfectamentevulgar: los tipos, el diálogo, el asunto. «Federico», el protagonista,es un padre modelo y un esposo ejemplar, consagrado á la felicidad delos suyos; su amabilidad, su buena conducta, la dulzura de su carácter,le han granjeado las simpatías del vecindario. Inopinadamente aparece uninspector que, de orden judicial, va á prenderle por falsificador. Laesposa, que ignora la vida secreta de su marido, grita: «¿Qué has hecho,Federico, qué has hecho?...» El responde: «¡Mujer, calla por Dios!Vamos...» El matrimonio sale escoltado por los agentes; la niña, viendoque se llevan á sus padres, llora desoladamente. Una vecina exclama:«¡Pobre hija! ¿Qué será de ella? Si se pensara en los hijos, no se haríanada malo». A lo que la portera responde con esta frase, que resumetoda la filosofía sencilla y enorme del drama: «¡Quién sabe! Tambiénpor ellos se hacen muchas cosas.»

Hoy... ayer... siempre, á cada momento, leemos en la Prensa diarianoticias parecidas: «Anoche, el inspector señor Z. detuvo en sudomicilio á X., reclamado por este Juzgado, por delito defalsificación...» Efectivamente, son incontables las veces que en elgran teatro amargo de la realidad se ha representado «La casa de ladicha». De aquí su fuerza, su terrible fuerza de lance humano y vivido;vigor que no proviene de la originalidad de los caracteres, ni de lanovedad desusada del argumento, ni de las brillanteces artificiosas delestilo, sino del hecho mismo; porque en el teatro, donde un ademán, óuna inflexión de voz, ó un timbre que suena, pueden tener más elocuenciaque una frase, la retórica es lo de menos. De aquí que el méritoliterario (no artístico) de muchas obras teatrales modernas sea bienexiguo.

Pero los novelistas ignoran esa sencillez preciosa del arte teatral;acostumbrados á explicarlo todo, tipos y paisajes, no comprenden que,ante las luces de la batería, se pueda responder con una mirada á unlargo discurso, ni que un suspiro de amor y una ventana abierta para darpaso á un rayo de luna, basten á servir de desenlace á una comedia; deaquí su frondosidad barroca, sus vaguedades y esa pesadez de detallesque el público no perdona. Añádase á lo expuesto el desdén que sientenhacia el teatro, y que Honorato de Balzac no disimulaba, y secomprenderán sus frecuentes fracasos.

Al teatro hay que ir «por amor», por vocación respetuosa, no porbastardo prurito de lucro y granjería. Hay que querer, con cariñofetiquista, esa vida, bella y ridícula á la vez, de la farándula; hayque sentir la majestad de los escenarios, la religión de sus pobresparedes de trapo, de sus bambalinas, de sus cielos de gasa, de susárboles pintados, de sus montañas y de sus bosques druídicos, fabricadoscon madera y cartón, de «sus multitudes» que rugen, obedeciendo á unaseñal, entre la obscuridad de los bastidores; y hay que amar también áese tipo extraño, compuesto de docilidad y de orgullo, de fatuidad y desencillez, indomable á ratos y á ratos también manejable y candorosocomo un niño, que se llama actor.

Únicamente así podremos comprender la grandeza del teatro y la majestad,majestad de altar, de esos telones que unos hombres vulgares levantantodas las noches ante el misterio de la vida.

EL DOLOR DE ESTRENAR

Un público heteróclito se agolpa impaciente bajo la gran claridad blancairradiada por los tres arcos voltáicos que alumbran la fachada delteatro: los automóviles se acercan trompeteando; uno tras otro; loslandós se detienen al borde de la acera, y de ellos desciendendiligentes mujeres hermosas cubiertas de pieles y de encajes, con lamagnificencia de sus cabellos y la nieve de sus gargantas desnudas,aljofaradas de piedras preciosas; mantones plebeyos, capas, boinas,gabanes elegantes y relucientes sombreros de copa, se acercan ó separan,siguiendo esos extraños calofríos que rizan el lomo temblequeante de lasmultitudes, y al cabo desaparecen por las puertas del teatro; puertasvoraces, contraídas en una especie de succión insaciable.

Un joven, modestamente vestido, atraviesa resuelto aquel enjambre demujeres y de hombres, á los que mira con una expresión compleja derespeto y desdén. Va pensando: «Algún día, muy pronto quizás, vendréis áoírme...» Desaparece por una puertecilla lateral. Un empleado que paseapor allí metido en un largo gabán de paño azul, el aire aburrido, lasmanos á la espalda, le detiene:

—¿Qué desea usted?...

El interpelado responde aplomadamente:

—Ver al señor X... Conozco el camino.

Y sigue adelante, pisando recio, y dueño de sí mismo. Su entereza lesalva; parece «de la casa». El portero le saluda amablemente. ¡Menosmal! El intruso recorre un largo pasillo, empuja una mampara, tuerce ála izquierda, baja dos peldaños, sube después una escalerilla estrecha.Ya está «entre bastidores».

Aquel segundo corredor parece una calle, ylo es, en efecto; una calle del grande y amable mundo de la farándula: áambos lados del

pasillo

hay

puertas

numeradas,

éstas

cerradas,

aquellasabiertas. Un individuo, con fiebre de impaciencia en los ojos, va de unaá otra precipitadamente, diciendo:

—¡Señorita A..., señorita B..., señorita C..., que se va á empezar!

Los cuartos se abren con estrépito, é invaden el corredor murmullosarpegiantes de conversaciones y de risas, y frufruteos de faldas.Aparecen las actrices sobresaltadas, los rostros embadurnados,prendiéndose aún los últimos alfileres, y luego, gallardas en medio desu inquietud, se dirigen hacia el escenario.

Pasa un actor, rígido,aparatoso, con una enorme nariz ciranesca y un bigote postizo. El reciénllegado le interroga:

—¿Tiene usted la bondad de decirme: el señor X...?

El comediante, sin detenerse, mira á su interlocutor de arriba abajo;adivina en él á un autor incipiente; su gesto es despectivo.

—Al fondo, en el saloncillo...—responde.

Y se va.

El visitante encuentra al señor X... discreteando amenamente con variosautores: allí están, sentados y formando semicírculo, D. Pedro y donLuis, dramaturgos de altísima y merecida reputación; el señor N...,crítico literario muy estimable; el señor O..., sainetero excelente,Pontífice Máximo de la Risa, y otros escritores de menor historia ycuantía. De pie, y apoyados familiarmente sobre el respaldo de lossillones, algunos comediantes, vestidos ya para salir á escena, escuchanla conversación y celebran sus donaires.

Al aparecer el intruso, todas las miradas refluyen hacia él, y por cadauno de aquellos semblantes burlones y mundanos de

«gente de teatro»,pasa el mismo pensamiento, la misma expresión de sorpresa irónica: «¡Unautor novel!» Siente el mozo en las mejillas el choque, casi hostil, detantos ojos curiosos, mas no se desconcierta, y confiado, sereno, conesa serenidad risueña que distingue á los fuertes de voluntad, avanzahacia el grupo:

—¿El señor X...?

—Servidor de usted.

Se levanta despacio, disimulando un gesto de mal humor, y sale alencuentro del visitante.

—Yo soy H... Usted habrá recibido una carta que le anunciaba unavisita...

—¡Ah, sí!...

Los dos hombres se dan la mano.

—Pues aquí tiene usted mi comedia. Tres actos. Usted la leerá,

¿no eseso?...

—Sí, sí, señor... ¿por qué no?... Advierto á usted que tengo en ensayomuchas obras. Sin embargo...

—¿Cuándo quiere usted que vuelva por aquí?

—De hoy en un mes.

—Perfectamente. Servidor de usted.

—Beso á usted la mano.

Y transcurre aquel mes y el siguiente, y el señor X... no lee la comediade H..., tales y tantas son las preocupaciones que le agobian. Pero laespera no debilita las energías del joven autor; al contrario, seguro devencer, busca recomendaciones, insiste, suplica, porfía, amenaza, yluego, diplomáticamente, se amansa y vuelve á rogar. ¡Cuánta paciencia,cuántos paseos inútiles, cuántas antesalas humillantes le cuesta elpequeñísimo honor de ser leído!

—¿El señor director?

—Acaba de marcharse.

—¡Demonio! ¿A qué hora podré verle?

—Hoy, imposible. Venga usted mañana.

Y al día siguiente:

—¿Está?

—Sí; pero muy ocupado. Pásese usted por aquí más tarde.

Y después:

—¿El señor?...

—Se ha ido enfermo.

—¡Cómo ha de ser! Volveré mañana.

Y la persecución continúa sañuda, implacable, hasta que el señor X...,vencido, obsesionado, lee la comedia.

—Sí—dice,—la obra está bien; pero si quiere usted verla representadaen mi teatro, ha de modificarla mucho.

H..., sin vacilar, responde:

—Cuanto sea preciso.

¿Y cómo no, si ve la victoria inmediata, resplandeciente, detrás delestreno?... Lleno de inmensa fe en sí mismo, pone manos diligentes á sulabor: pule, corrige, burila, aligera unas escenas, alarga otras,justifica ciertas situaciones, interpola en el papel de la primeraactriz varias frases un tanto platerescas y enfáticas, pero queseguramente han de ser aplaudidas..., y con todo ello, ya «bien peinado»y puesto en limpio, vuelve al despacho del señor director.

—Aquí tiene usted mi comedia; ó, mejor dicho, «nuestra comedia».

—Muy bien; la leeré otra vez.

—Y suponiendo que le guste á usted mucho, ¿cuándo podrá representarse?

—La temporada próxima.

¡Un año perdido, ó dos... ó acaso tres!... Bueno, á la juventud, para laque toda la vida es porvenir, el tiempo no le importa.

Estos odiosos trances por que han pasado cuantos escritores llegaron alteatro antes de haber conquistado en el libro ó en la Prensa un nombrerespetable, constituyen los prolegómenos—

nada más que losprolegómenos—de lo que propiamente podría llamarse «el dolor deestrenar»; Gólgota durísimo, Calvario de ingratitud, al que ningúnautor, ni aun los privilegiados, puede estar nunca completamente segurode haber subido.

Aquella alegría indescriptible, tan vehemente y aguda, que llegaba á serdolorosa, con que el dramaturgo novel veía acercarse la noche de suprimer estreno, es algo precioso que va amortiguándose, por gradosinsensibles y fatales, en el curso soporífero, interminable, de losensayos. Todos los días, desde las dos hasta las cinco ó las seis de latarde, el autor asiste á esa labor lenta, tenaz, puramente mecánica, delos comediantes, que, poco á poco, van asimilándose sus papeles. Desdeel primer

«ensayo de mesa», hasta que la obra, mal aprendida aún, «bajaá la concha», ¡cuántas horas monótonas, cuántas repeticiones, cuántostanteos baldíos, cuántas energías apagadas en el martirio, sin gritos nigestos, de la paciencia!...

Al principio, el autor experimenta un placer inefable «en oírse».

«Todo eso, tan bonito y «que suena» tan bien—piensa,—lo he escritoyo...»

Cuanto el apuntador va diciendo, lo repiten los actores, lo que equivaleá dos representaciones simultáneas y paralelas. Pero el gozo narcisianode escucharse se reproduce tantas veces, que llega á emborronarse; lospensamientos, á fuerza de resobados, se deslustran y vulgarizan; lasfrases pierden su frescura, su elasticidad jugosa; las escenas de másalta tensión dramática, pierden su calor. Lo que fué inspiración, ahoraes rutina; las figuras se desdibujan, el interés se apaga..., y al pobreautor, desconcertado, incapaz de recobrar la tensión nerviosa en que sehallaba al escribir su obra, le parece que nada de aquello que oyedecir, es suyo.

Añádanse á esto las perplejidades torturantes que en el ánimo deldramaturgo incipiente van sembrando las pequeñas exigencias de losactores y los consejos, impertinentes casi siempre de los amigos. En unentreacto del ensayo, la primera actriz le llama con cierto misterio.

—¿Quiere usted explicarme—murmura,—cómo debo «decir»

esta frase?...Yo la he estudiado mucho y «no la siento».

Añade algunas observaciones:

—¿Ve usted?... Si la grito, desentona; si la digo con ironía,también...; si la digo riendo, ¡peor!...

Efectivamente; la primera actriz parece tener razón. Además, haconfesado que aquella frase «no la siente», y no sintiéndola,

¿cómo va árepetirla bien?... El autor trata entonces de sustituir algunaspalabras; pero esto, así, de sopetón, tampoco es posible; mejor serácambiarlo todo.

—¡No pase usted apuros—exclama;—mañana la traeré á usted una frasenueva!

Lo peor es que la característica también le pide otra frase para adornarun mutis que, bien aderezado, puede ser de gran lucimiento para ella; yque el galán afirma que tal ó cual escena es empachosamente larga, yconviene á todo trance aligerarla; y que el actor cómico se lamenta deque su papel es corto, y hay en él pocos chistes... Batiéndose enretirada, el autor infeliz promete á todos lo mismo:

—Yo lo pensaré, yo lo estudiaré... Desde luego, lo que usted indica meparece muy bien. Lo importante es que usted, dentro de su papel, seencuentre á gusto...

Pero su suplicio no termina aquí. Al salir del ensayo, su mejor amigo letraba por un brazo.

—Tu obra—dice,—es muy hermosa; pero, á mi juicio, está malconstruída. Yo, en lugar de tres actos, hubiera escrito cuatro, máscortos; y casi todo lo que ahora es segundo acto, pasaría á serprimero...

El autor defiende su obra, insiste el otro, discuten acaloradamente y nollegan á un acuerdo. El amigo concluye, con énfasis profético:

—Hijo mío, haz lo que quieras; mi opinión leal, ya la sabes; yo creoque caminas á un desastre. ¡Ahora, tú allá!...

Y cuando se marcha el dramaturgo, desorientado, piensa que su pobrecomedia, en efecto, debe de ser muy poca cosa cuando nadie, ni laprimera actriz, ni el galán, ni la característica, ni el actor cómico,ni el amigo que ha presenciado los ensayos, acaban de encontrarlacompletamente bien.

Un autor primerizo se halla en el teatro, según la frase vulgar,

«comogallina en corral ajeno». La misma timidez que informa sus gestos ypalabras, desautorizándole, eriza su camino de pequeños obstáculos. Susincertidumbres, su miedo al fracaso, le hacen accesible á lasobservaciones de todo el mundo. Así, el apuntador, el electricista, elmaestro carpintero, el individuo encargado de mover el telón, animadosde los mejores deseos, también le aconsejan, aumentando con ello laselva de sus terribles inquietudes.

Y, al fin, llega la noche del estreno; noche dramática, cruel,desgarradora; noche injusta, en la que el éxito es para todos, y elfracaso para el autor únicamente.

Pero no; no seamos pesimistas y coloquémonos en un término medioprudente: supongamos que la obra ha gustado bastante.

¿Y después?

Nada ó casi nada. Los periódicos hablan sumariamente de la nuevacomedia, el nombre del dramaturgo vive unas cuantas horas la vidafebril, inapresable, de la actualidad, y el público que lee aquel nombrepor primera vez, lo olvida en seguida. Una noche, sólo una noche, habastado para destrozar y convertir en liviano recuerdo los esfuerzos,las amarguras y las zozobras de tantos años. La obra subsiste en elcartel quince, veinte días...; luego cae en olvido. Su autor, que áfuerza de verla ensayar casi la odia, ni siquiera tiene el consuelo deir á verla: no puede, se aburriría; todos sabemos que Alfredo de Mussetse durmió profundamente y hasta llegó á roncar, en un palco de laComedia Francesa, durante la representación de «Un capricho», sucomedia mejor...

Tal es, lectores, la escena de ese calvario durísimo, de ese triunfoinane y filante, de esa victoria aniquiladora y cruel como una derrota,por la que suspiran tantos autores y en la que sólo hay la desilusión deun gran dolor: «el dolor de estrenar...»

LOS OLVIDADOS

ALBERTO GLATIGNY

El espíritu errabundo, lleno de lozanos verdores, de Alfredo de Musset,flotaba sobre Francia, y la estrella del divino Hugo incendiaba el cielodel arte con resplandores inmortales; era como un florecimientoesplendoroso de juventud, el mocerío, deslumbrado por los magos dellirismo, sufría la sed exquisita de los amores caballerescos, de losviajes arriscados, de las aventuras extremadas y peregrinas.

Alberto Glatigny era hijo de un carpintero. A los quince años tropezó enla bohardilla de la casa paterna un volumen, roído de polillas y mediodeshecho, de las «Obras completas» de Ronsard, y aquel libro, cuyosversos se acostumbró á recitar en voz alta, fué para su alma tempranauna revelación. Dos años después el futuro poeta huía de su pueblo parair á establecerse en Pont-Audemer, donde, mientras se dedicaba áaprender el oficio de tipógrafo, escribió un drama en tres actos. Unacompañía de comediantes vagabundos pasó por allí, y Glatigny, cautivadopor aquel vivir errante, se unió á ellos: su alma debió de experimentarentonces una emoción análoga á la que produce la música en las tardes delluvia; la misma sensación de melancolía y de silencio que con vigoresrembranescos retrata Rusiñol en su inolvidable cuento «La alegría quepasa».

Aquella existencia nómada enajenó su alma. «A esos enamorados de laluna—dice,—á esos perseguidores de una estrella, les he amado con todomi corazón, y al buscarles por los incontables caminos de la vida, leshallé siempre. Yo he oído la alegre canción que vibra en ellos, y osjuro que es una alegre canción de amor y de esperanza, como aquella cuyoeco mortecino susurrea entre los labios entreabiertos y risueños de losniños dormidos».

Pocas historias conozco tan accidentadas ni tan dolorosas como la deAlberto Glatigny, quien en poco más de quince años ejercitó lasprofesiones de apuntador, comediante, autor dramático, improvisador ypoeta.

Tras una dilatada excursión por provincias, Glatigny, siguiendo laopinión de varios amigos que le querían bien y el duro consejo de lospúblicos que le habían silbado, resolvióse á cambiar el teatro por lapoesía, y marchó á la conquista de París.

Iba solo, hambriento, sinrecomendaciones ni otro equipaje que un manuscrito guardado en elbolsillo interior de su larga levita gris. En París conoció á Teodoro deBanville, su maestro predilecto; á Baudelaire, Leconte de Lisle, CátuloMendés, Bataille, Monselet y demás contertulios del cafetín de

«LosMártires», y figuró entre los fundadores del grupo El ParnasoContemporáneo, que tantos nombres había de legar á la posteridad.

Durante aquella época, Glatigny, que acababa de publicar

«Los PámpanosLocos», su primer libro de versos, luchaba desesperadamente con lamiseria. «Cierta noche—escribe Mendés,—en pleno invierno, bajo lasfrías estrellas, después de haber cenado una zanahoria cogida en elcampo, no tuvo otro abrigo que un extraño traje de teatro, fabricado conperiódicos viejos, manchados de vivos colores...

Cansado de tanta miseria, el desgraciado poeta volvió al teatro,oficiando, simultáneamente, de comediante y de autor, y en Nancy estrenó«La sombra de Callot», y en el Casino de Vichy la linda comedia «Hacialos sauces», que el público, no siempre avisado, rechazó injustamente.Más tarde regresó á París, donde publicó el libro «Flechas de oro», queobtuvo gran éxito, y se batió con Alberto Wolf, que había censurado sinmiramientos la obra de Banville. El desafío fué á pistola. Al oír pasarcerca de su cabeza la primera bala, Glatigny se volvió hacia suspadrinos, diciendo con resignación exquisitamente cómica: «Está vistoque han de silbarme en todas partes...»

Pero la poesía produjo siempre poco, y Glatigny, que había vivido unacorta temporada en el Concierto del Alcázar improvisando versos, tuvoque volver á su antigua vida nómada.

Entonces compuso sus comedias «Losdos ciegos» y «El bosque», que más tarde había de representarse en elteatro Odeón; y poco después, hallándose en Córcega, publicó un libroautobiográfico, esmaltado de graciosos paisajes de alma, que titulaba«El primer día del año de un vagabundo», y le valió de Víctor Hugo unbillete de cien francos y una carta que empezaba así:

«Su libro me ha recreado y conmovido. Usted, dulce y querido poeta, nosmueve á sonreír con lo mismo que le hizo sangrar, y tiene usted el arteamable y doloroso de extraer de sus propios sufrimientos un placer paranosotros...»

A los treinta y dos años Alberto Glatigny regresó al lado de su familia,pero ya la enfermedad de riñones que había de matarle le tenía cogido.Allí, en Lillebonne, su pueblo natal, le esperaba, con el amor de lasanta Emma Gavien, la única dicha que el destino le reservaba comoqueriendo poner, á su triste vida un ocaso de mayo. Para el pobrepoeta, feo y seco, en quien las mujeres jamás detuvieron una mirada,aquel amor fué, al mismo tiempo que una gran alegría, una regeneración.Odió la bohemia, sintió la afición al hogar y una saludable reacciónordenadora invadió su alma, ganosa de gustar en la quietud de su retirolos placeres que no halló en los caminos y en el acogimiento frío ybanal de las habitaciones alquiladas.