El Superhombre y Otras Novedades by Juan Valera - HTML preview

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Disgustos, rabietas, lágrimas yfurores sin fin, por consiguiente. El monstruo, además, se desacredita yse hace odioso a cuantos seres existen. Así es que exclama lleno deangustia:

...............devoro

un

ultraje

perpetuo

de

los

mundos

y un eterno desprecio de los cielos.

¿Qué resolución adopta el monstruo para salir de tan abominableconflicto?

La más tremenda de las resoluciones. Con el pico de su cabezade águila, que es agudo y recio, perfora el cráneo del hipopótamo y seconsuela sorbiéndole los sesos.

Por dicha, aunque no entrevemos bien si merced a tan feroz resolución oindependientemente de ella, el conflicto pasa, las cosas toman mejorcariz, los tiempos se acercan, la esperanza luce y el poeta escribe suflamante apocalipsis y nos anuncia su Buena Nueva en no corta serie deanimados cuadros. Según él, la miseria que nos rodea es la noche

que precede a las grandes claridades.

El idilio enorme, la huelga universal y constante no tardará en llegar.El poeta conjura y evoca y convida a los seres todos para que acudan ala fiesta y contribuyan a su lucimiento.

Por convidado me doy yo también, pero recelo mucho que los preparativosde la fiesta han de ser enredosos y difíciles. La fiesta tardará, pues,en realizarse, y como ya estoy harto viejo, no podré asistir a ella apesar del convite. Me contento con el programa. Le hallo interesante yameno. Pero francamente, yo le hallaría mucho mejor si el Sr. D. EduardoMarquina, en quien reconozco y aplaudo muy altas prendas de poeta,emplease menos el acicate y mucho más el freno al dirigir a su Pegaso, ysólo llevase a las ancas cuando cabalga en él a su propia Musa, legítimay castiza, y no a la aventurera venida de tierras extrañas y cuyoprurito de llamar la atención la induce a vestirse a menudo convestiduras un poco extravagantes y con exótico amaneramiento. No estaráde sobra tampoco que el Sr. D. Eduardo Marquina cuide con mayordetención y esmero del aseo y aliño de su Musa cuando la saque a relucirnuevamente.

DON CRISTÓBAL DE MOURA

PRIMER MARQUÉS DE CASTEL-RODRIGO

I

El libro cuyo título nos sirve de epígrafe, no puede menos de llamarpoderosamente la atención por varios motivos. Es un trabajo históricollevado a cabo con esmerado tino y con la más infatigable diligenciapara allegar y compulsar documentos, poner en claro muchos puntosobscuros y darnos idea exacta y justa de los sucesos más importantes enla historia de nuestra Península desde la conquista de Granada hasta eldía de hoy.

Realzan el mérito del libro los pocos años de su autor, que no hacumplido aún los veinticuatro de su edad, y que se ha empeñado enrealizar una empresa llena de grandes dificultades, en mi sentirinsuperables algunas de ellas.

Una narración histórica, lo mismo que un poema y lo mismo que unanovela, puede considerarse como obra de arte, con unidad de acción en suconjunto y donde todos los casos que se cuentan y todos los personajesque figuran aparecen en segundo o tercer término y como esfumados paraque el héroe principal o protagonista no se confunda ni se pierda yatraiga y fije las miradas y persista en el pensamiento de los lectores.Tal debiera ser la vida artísticamente escrita de todo personajecélebre. Tales son las que escribió Plutarco en la edad antigua, y lasque entre nosotros ha escrito recientemente Quintana.

Esta condición, con todo, era imposible de cumplir, dado el asuntoelegido por el joven historiador D. Alfonso Danvila, y dado el personajeo el héroe cuyos actos se propuso historiar y ha historiado.

D. Cristóbal de Moura, hidalgo portugués, que a la edad de catorce añosentró en calidad de menino al servicio de la princesa doña Juana,conquista la estimación, la confianza y el afecto de aquella egregiaseñora, la sigue desde Portugal a Castilla, desempeña por su mandado muydifíciles comisiones y muestra en todo rara discreción y singulardestreza y tino. El prudente rey Don Felipe II reconoce entonces lacapacidad y el valer del servidor de su hermana y se aprovecha de tanaltas condiciones, empleando a aquel hidalgo portugués en los asuntosmás arduos. Hábil y dichoso D. Cristóbal de Moura, los desempeña a gustoy satisfacción del soberano, y es delicado, fino e inteligenteinstrumento de sus artes políticas y de su prudencia cautelosa.

En el mayor acontecimiento de nuestra historia, en la realización, pordesgracia harto poco duradera, de la más alta aspiración patriótica delos españoles, D. Cristóbal de Moura interviene con pasmosa y felizeficacia. Más que a la pericia militar del gran duque de Alba, y más queal formidable ejército que conducía, se debe acaso a la buena maña ysutil diplomacia de don Cristóbal la unión de Portugal y de Castilla, ysobre todo, que esta unión se lograse con poca violencia, sangre yestrago, haciéndose así apta para contraponerse al poder disolvente delos malos gobiernos ulteriores, adormecer y calmar la enemistadinveterada entre castellanos y portugueses, y conseguir que al menosdurase sesenta años la unión de ambas naciones, a pesar de nuestrarápida y lastimosa decadencia.

La acción de D. Cristóbal de Moura es evidentísima en todo esto y suevidencia se manifiesta con perfecta claridad merced al detenido relatoque hace el Sr. Danvila, ilustrándole con gran copia de documentos, nopocos de ellos desconocidos e inéditos hasta ahora y sacados de losarchivos.

D. Cristóbal de Moura no pasa, sin embargo, de ser mero instrumento desuperiores voluntades humanas; su figura se hunde y se anega, digámosloasí, en el torrente impetuoso de los grandes sucesos, y su personalidadqueda obscurecida y eclipsada por las de aquellos príncipes y señoresque intervienen en los sucesos, que los dirigen o los determinan, ycuyos caracteres, talentos, virtudes y vicios, despiertan más nuestracuriosidad y llaman hacia ellos nuestro pensamiento con mil veces mayoratractivo. La princesa doña Juana y el rey prudente Don Felipe seinterponen casi de continuo y nos encubren o no nos dejan ver a D.Cristóbal. Hasta los personajes de tan corto valer moral e intelectual,como el rey cardenal D. Enrique y como D. Antonio, Prior de Crato,descuellan por el pedestal en que están colocados, y por la posiciónsocial que ocupan, y tapan también a D. Cristóbal de Moura.

No digo yo lo que antecede en son de censura contra el libro del Sr.Danvila.

No acierto yo a concebir cómo el libro hubiera podidoescribirse de otra manera; cómo su autor hubiera podido relegar asegundo término al rey Don Sebastián y la catástrofe de Alcazalquivir;la caída de una nación tan heroica, casi en el momento de su maravillosaexpansión y de su mayor auge. No era dable que el autor reprimiese sudeseo de pintarnos detenidamente sin dejar indicados con vaguedad en elfondo a tantos y tantos importantes personajes, a fin de que aparecieseen primer término, sin apartarse de nuestra vista y como centro yprincipal objeto de todo, D. Cristóbal de Moura, a quien, sin embargo,es menester confesar que se debió más que a nadie el buen éxito de launión de Portugal y de Castilla y que esta unión fuese menos violenta ymucho más durable de lo que hubiera podido temerse y de lo que, sinduda, Felipe II temía.

El Sr. Danvila escribe sobre una de las épocas en que es más difícilpara el historiador la imparcialidad previa, o sea escribir para contary no para probar.

La primera alabanza que debemos dar al Sr. Danvila, esporque consigue sobreponerse a todo prejuicio y retratar a lospersonajes, y narrar sus actos tales como fueron, dejando a los lectoresque juzguen, califiquen y fallen.

A menudo, no obstante, por muchos y muy preciosos datos que unhistoriador acumule y ordene, los lectores, aunque sean muy entendidos,no logran formar juicio y dictar sentencia. Contrario al del novelistaes el método que el historiador sigue. El novelista imagina a su antojoa los personajes de su novela, tontos o discretos, malvados obonachones, débiles o briosos, y luego por ineludible dialéctica losmueve a que lo digan y lo hagan todo en consonancia con lo presupuesto.En cambio el historiador ni crea a sus personajes, ni posee una llavemágica para penetrar en su corazón, para escudriñar los aposentos de sucerebro, y para descubrir y mostrarnos sus intenciones, sus sentimientosy sus propósitos. Todo esto tiene que inferirse de lo que cada personajedice y hace: inducción, en mi sentir, muy sujeta a engaños, por donde seha dudado y se ha disputado siempre no poco sobre el valer moral eintelectual de muy célebres figuras históricas.

Sobre D. Cristóbal de Moura no hay, no puede haber duda ni disputa.Hábil y fiel servidor, cumple bien con los mandatos de su amo, y su artede cortesano perfecto y de negociador discretísimo, y su flexibilidad ysu paciencia se revelan en todas sus acciones y singularmenteresplandecen en el arte con que conlleva y sufre el poco apacible humordel rey D. Felipe y conserva y acrecienta la confianza que le hainspirado. Pero, como ya hemos dicho, en el extenso cuadro trazado porel Sr. Danvila, D. Cristóbal queda, y no puede menos de quedar, relegadoa segundo y a veces a tercero o cuarto término. El cuadro encierra casitoda la historia de España y de Portugal desde 1538 hasta 1613. Ante lasfiguras sobresalientes y conspicuas de D. Juan III, la reina doñaCatalina, la princesa doña Juana, el mismo emperador Carlos V, el duquede Alba, el rey D. Sebastián, Isabel de Valois, el príncipe D. Carlos, yen fin, el propio rey don Felipe, el discreto hidalgo portugués no puedemenos de resultar obscurecido. En bastantes capítulos del libro apenasse le nombra: a veces se presume pero no se asegura que sale a laescena. Quien está siempre en ella presente y activo es el rey D.Felipe.

El libro del Sr. Danvila viene a corroborar una vez más el concepto queyo tengo de este rey, contra el cual, durante su vida y después de sumuerte, se han lanzado las más duras acusaciones y las más apasionadasinjurias, sin que yo acierte a conceder que fuese menos benigno, máshipócrita o más desalmado entre multitud de otros monarcas, príncipes ymagnates del Renacimiento.

Felipe II era la propia bondad, la dulzura yla mansedumbre personificadas, sinceramente religioso y amante de supatria y modelo de reyes paternales, si le comparamos con Juan II dePortugal, apellidado el príncipe perfecto, con Luis XI de Francia, conCatalina de Médicis y sus hijos Carlos IX y Enrique III, con EnriqueVIII e Isabel de Inglaterra y con no pocos otros que pudieran citarse,sin excluir acaso a su padre el César.

Yo presumo que la rara y excepcional perversidad que a Felipe II seatribuye toma origen y fundamento en las prendas de su carácter y enlos actos de su vida que más le ensalzan e ilustran: en la guerra sintregua que hizo al protestantismo, pugnando para que no se rompiese elalto principio que informaba, dirigía y daba unidad a la civilizacióneuropea. Si para lograr este fin se valió de la Inquisición, quemóherejes e hizo no pocas otras atrocidades e insolencias, muy mal hechoestuvo; pero ¿dónde fueron entonces los príncipes y los gobiernos másclementes y humanos? Ni en calidad ni en cantidad pueden compararse lasvíctimas sacrificadas por Felipe II a las que sin Inquisición sesacrificaron en Alemania, en Francia o en Inglaterra. No fue menester,por ejemplo, de la Inquisición de España para el suplicio de Vanini, deBruno, de Miguel Servet, de Tomás Moro y de María Estuardo. Sihiciésemos la exacta estadística de todos los herejes quemados vivos enEspaña, acaso sería menor su número que sólo el de las brujas y brujosque en Alemania fueron quemados.

Demos gracias a Dios de que ya no sequema vivo a nadie por tales motivos y de que cualquiera puede ser yaimpunemente hereje y hasta brujo; pero no acusemos a los españoles delsiglo XVI ni a su monarca don Felipe II, de más fanáticos y crueles quea la demás gente de su época.

Como cierto y aun como evidente pongo yo lo antedicho. Donde empiezanmis dudas, a pesar o a causa de la circunstanciada y minuciosa relacióndel Sr. Danvila, es en la idea que debo formar del talento político queel rey D. Felipe mostró en los tratos, negociaciones, intrigas, rodeostortuosos, lentitud y cautela con que vino al cabo a apoderarse dePortugal y a someter la completa extensión de nuestra Península bajo sudominio. Tantas idas y venidas, tantos embajadores o emisariosdiferentes, ya simultáneos, ya sucesivos, frailes, santos, grandes deEspaña y jurisconsultos, que ya se movían de acuerdo, comunicándose susimpresiones, ya se recataban unos de otros por orden del mismo rey, yase entendían directamente con éste, ya unos con un secretario y otroscon otro, porque el rey recelaba de todos, todo esto, me pregunto yo:¿era indispensable, para apoderarse de Portugal sin gran violencia y sinofender demasiado a los portugueses? ¿Se debió entonces a la raracircunspección del rey la tan deseada unión ibérica o se debió a que laocasión era propicia: a que estaba de Dios, como vulgar, sabia ycristianamente se dice?

¿No experimenta el lector cierto cansancio, a pesar de lo bien escritoque está el libro y de las curiosas y bien ordenadas noticias que nos dade personas y de cosas, al internarse por aquel laberinto de enmarañadosrodeos por donde el rey D. Felipe persigue sus fines? Seduce a muchosportugueses con promesas y compra a otros con dinero para impedir laguerra y la efusión de sangre, y sin embargo, no logra anular al Priorde Crato ni apoderarse de él, ni evitar que se rebele, y necesitasofocar la rebelión con dura mano y tremendo castigo, sin que lleguen aevitarse los abominables desafueros de un ejército invasor casi siempremal pagado y famélico en España y en aquel siglo, aunque le mandasencaudillos de tanta autoridad y energía como el duque de Alba y Sancho deAvila.

Yo nada afirmo. Me limito a dudar. Y de lo que dudo es de si en estossucesos conviene celebrar a Felipe II por circunspecto, prudente yladino, o si hay más razón para calificarle de vacilante, indeciso yenrevesado en los medios y hasta de pesado y de engorroso, si se mepermite lo familiar y bajo del vocablo.

II

Cada cual ve las cosas a su manera. La historia enseña poquísimo. Nuncaes bastante la semejanza de accidentes en dos grandes sucesos para hacervalederas y legítimas las comparaciones. Atrevámonos, con todo, acomparar, a pesar de lo inseguro. Humillado Portugal, vencido en Africapor los marroquíes, muerta allí la flor de su heroica nobleza y de susvalientes soldados, poco podía resistir a la ambición de un monarca que,para hacer valer su derecho hereditario, era señor de vastísimos reinosy provincias y estaba al frente de la nación española, preponderanteentonces en Europa. Si hemos de prestar, pues, al rey Don Felipe eltestimonio de nuestra admiración porque se anexionó a Portugal,digámoslo así, valiéndonos del verbo que hoy está en moda, ¿qué pasmo,qué asombro, no debe inspirarnos, el rey Víctor Manuel con su Cavour ycon su Garibaldi, cuando, después de tomar el Milanesado por mano defranceses y por mano de alemanes el Véneto, príncipe poco antesderrotado y multado por Austria, se atreve a derribar y derriba variostronos, sin excluir el temporal del Papa, se apodera de Nápoles y deSicilia y funda la unidad de Italia, aspiración secular jamás cumplidadesde los tiempos del rey bárbaro Teodorico?

Aunque la comparación se me rechace, negando la paridad de lascircunstancias y alegando el muy diverso carácter de las épocas, todavíainclina un poco el ánimo a tener por algo problemática la habilidad delrey Don Felipe. Su circunspección pecaba de minuciosa. Tal vezdificultaba sus empresas la abundancia de medios que empleaba paradarles cima. Algunos de estos medios eran inútiles: otroscontraproducentes o perjudiciales. Sirva de ejemplo la misión, embajada,o como quiera llamarse, de fray Hernando del Castillo al desdichado reycardenal D. Enrique. ¿A qué podía conducir sino a mortificar el amorpropio, a ofender y agriar al pobre monarca portugués el desvergonzadosermón de aquel buen fraile para persuadirle de que no debía contraermatrimonio? Buena y santa es la libertad cristiana, pero no debeconfundirse con la insolente grosería. E insolente y grosero anduvo elfraile, predicando al rey durante dos horas lo pecaminoso y escandalosoque sería su casamiento, lo inútil porque era incapaz de consumarle, ylo peligroso porque bien podría la señora reina dar al trono herederoscuya legitimidad hubiera de negarse.

Como D. Cristóbal de Moura se opuso, aunque en balde, al impolíticosermón de fray Hernando del Castillo, bien se puede afirmar que en dichaocasión, así como en algunas otras, venció en prudencia a su augustoamo.

Es singular, a mi ver, la patente superioridad del pueblo, en la épocadel mayor valer de España, sobre los príncipes que dirigieron susdestinos, salvo los Reyes Católicos. Bien supieron éstos con mano dehierro dominar la anarquía, aunar las fuerzas de la nación y dirigirlasy ordenarlas todas a su mayor engrandecimiento. En aquella labor seemplean sirviéndoles, varones eminentísimos en las artes de la paz y dela guerra: grandes capitanes, aventureros audaces, navegantes ymisioneros, astutos hombres de Estado, sabios jurisconsultos y teólogos;y, por último, para que la elegante brillantez corriese parejas con elencumbramiento político, gloriosos y fecundos poetas e inspiradosartistas.

El fermento de decadencia y corrupción, antes que en el pueblo, aparecióen la dinastía. En la dinastía casi desde el principio se advierte. Lalocura, poetizada y llamada de amor en la reina Doña Juana, se diríaque como afección nerviosa, más o menos latente, se transmite porherencia a casi todos los individuos de la familia, hasta que semanifiesta por último con todo el carácter de notoria imbecilidad en elrey Don Carlos II. Por muy simpáticos, heroicos o virtuosos que seanalgunos personajes, siempre se trasluce en ellos algo, y a veces mucho,de insano y desequilibrado. El príncipe Don Carlos y el rey donSebastián se parecen en esto, como buenos primos hermanos. La mismaprincesa, madre de Don Sebastián, tiene no poco de extraño y demisterioso. Hermosa y apasionada mujer hubo de ser sin duda cuandoinspiró amor tan ardiente al príncipe su marido, que a separarse deella prefirió la muerte. Contra el parecer de los médicos, murió elpríncipe en los brazos de Doña Juana. Y sin embargo, esta señora era tanaustera y esquiva, que no consentía que le vieran ni el rostro. Tapadole tenía cuando daba audiencia como gobernadora del reino, hallándoseausente su hermano Don Felipe II. A veces como dudase alguien de quehablaba con ella, se descubría con rapidez, preguntaba si era laprincesa Doña Juana, y no bien contestaban que sí, volvía a taparse.

Tal vez el que tuvo menos rarezas entre todos los príncipes de aquellafamilia, el más juicioso y razonable, el que más amó a su patria y elque procuró su grandeza con mayor tenacidad, consecuencia y estudio fueel rey Don Felipe.

Ya que no por el rápido vuelo de la inteligencia ypor la pronta energía de la voluntad, Felipe II es digno de aplauso porla constante solicitud con que mira al bien de su pueblo. Lejos decreerle yo hipócrita, le creo convencido con perfecta buena fe de queera el representante de Dios sobre la tierra y de que el nuevo pueblo deDios era el de España. Considerándose Don Felipe encargado de cumplir lamisión civilizadora de este pueblo, fue el campeón de la Iglesiacatólica, y bajo sus auspicios, desplegando hasta mayor generosidad quecon España con los países sometidos, ya el mismo monarca, ya susvasallos imitándole, protegieron las ciencias y las artes, erigieronmonumentos, fundaron templos, palacios y establecimientos piadosos yfavorecieron, en vez de reprimir, todo progreso, toda mejora material ytoda teoría o sistema científico o filosófico que no se opusiese aldogma revelado, oposición entonces harto menos frecuente que en el día.Porque en el día el mismo empeño con que muchos se valen de la cienciacomo de arma para combatir la fe, vuelve sobrado recelosos a los que sonde la fe defensores y se diría que centuplican sus catorce artículos.

Ello es lo cierto que con aplicación y estudio sería fácil demostrar queen el siglo XVI apenas hubo audacia científica o filosófica, condenadaen otras naciones, que a pesar de la Inquisición no hallase acogidaentre nosotros: sistemas de Copérnico y de Galileo, transformación delas especies, generación espontánea, seres racionales distintos de laprole de Adán y de los ángeles, y en suma, cuanto a un escritor opensador se le ocurriese soñar, probar o dar por demostrado, como notranscendiera a judaizante, morisco, luterano o calvinista.

La ulteriordecadencia intelectual de España no nace, pues, de la compresión delpensamiento por los inquisidores. Otras causas tuvo. Su investigación esardua y prolija.

Incurriendo nosotros en la misma falta, que si no censuramos, reparamosen el libro del Sr. Danvila, vamos hablando de todo en estos artículos ya D.

Cristóbal de Moura nos le dejamos olvidado. Volvamos a él yrecordémosle.

Después de su campaña diplomática en Portugal, D. Cristóbal, colmado dehonores y mercedes, llega a la cumbre del crédito y del valimiento cercade su soberano. Para sostenerse en tan envidiada posición, no levalieron sólo su discreción y rara aptitud en los negocios, sino tambiénsu celo, su decidida lealtad y su profunda y sincera devoción alpríncipe a quien servía. Nunca dieron mayor razón de sí ni brillarontanto estas prendas como durante la última, lenta y penosa enfermedaddel mencionado rey, a quien asistió D.

Cristóbal, desvelado y solícito,hasta el instante de su muerte. Menester fue, sin duda, que D. Cristóbaltuviese salud de bronce, voluntad firme y extraordinario vigor de alma yde cuerpo para resistir la fatiga, dominar el asco y no amilanarse anteel horror de la espantosa escena que presenció y en que tomó partedurante cincuenta y tres días. En la estancia modesta, al lado delpresbiterio, y desde donde pueden verse el altar mayor y el magníficotemplo del Escorial, su austero fundador, atendido y cuidado por D.Cristóbal, pasó los referidos cincuenta y tres días en martirio tancruel, que apenas parecía posible que pudieran resistirle fuerzashumanas. La entereza pasmosa con que sufrió el rey sus males y la nuncaturbada y serena majestad que conservó en medio de ellos, exceden a lacapacidad de la más acendrada virtud estoica. El mismo Job quedaeclipsado por el rey Don Felipe. Jamás hubo de exclamar éste, como elpiadoso varón de Hus: perezca el día en que nací y la noche en que sedijo: concebido ha sido un hombre. El rey, sin embargo, padeció tanto omás que el patriarca de Oriente. Su fe y su esperanza le sostuvieron.Bien puede asegurarse que el rey creyó que tanto tormento fue prueba yno castigo: no anticipado infierno o purgatorio, sino crisol candentedel oro de sus virtudes. No se me ocurre que al rey le remordiese laconciencia pensando en los que había hecho morir por razón de Estado, encumplimiento de un deber y para bien de la religión, de la patria y delhumano linaje. Ni menos le remordería la conciencia por haber excitadocon sus consejos y amonestaciones a la matanza de la noche de SanBartolomé, ni por haberse holgado de ella extremadamente, escribiendo ala reina Catalina: ¡bien ha mostrado Vuestra Majestad lo que tenía ensu cristiano pecho! Sólo se explica la serena majestad del rey en aquelduro y largo trance por el claro convencimiento que de su dignidadtenía, sin que pudiera menoscabarla ningún dolor ni ninguna miseria, ypor su conformidad perfecta con la voluntad de Dios, conformidad que encierto modo endiosa el alma de quien la adquiere, convirtiendo las másacerbas penas y la más lastimosa humillación en deleite y en gloria.

Todo el cuerpo del rey, donde la hinchazón de los tumores no ledeformaba, era sólo huesos y piel cubierta de llagas. Los tumores sevaciaban por varias abiertas bocas que arrojaban pus hediondo. Elmuladar de Job había sido más limpio que el lecho inmundo del señorabsoluto del mayor imperio que hasta entonces había habido sobre latierra. Con la húmeda podredumbre de las úlceras, se pegaba a lassábanas el cuerpo del rey. Asquerosos insectos parásitos devoraban envida su carne, y corrían bullendo por toda ella. Hedor insufriblellenaba aquel recinto. Cirios encendidos patentizaban su lobreguez y sutristeza. Le santificaban las más preciadas reliquias que para consuelodel rey se habían traído. Y el ataúd abierto, que aguardaba para recibiral rey, estaba allí junto a su cama para que el rey le contemplase.

Tremendos son los pormenores de aquella lenta agonía, relatados por elSr.

Danvila, así como por Cabrera de Córdoba y por otros historiadores.Baste aquí lo expuesto en resumen.

D. Cristóbal de Moura, hasta que el rey exhaló su último suspiro, gozóde su plena confianza. En su poder estaba la llave del escritorio dondese guardaban los más íntimos y secretos papeles. Lamenta el Sr. Danvilaque D. Cristóbal quemase muchos por orden del monarca. Yo, harto menoscurioso, en vez de lamentarlo, me alegro de ello. ¿Para qué queremossaber más de lo que ya se sabe?

El concepto que de Felipe II podemos formar, entiendo yo que por muchosotros papeles que se hubiesen conservado y que descubriésemos yestudiásemos, no cambiaría en lo más mínimo. Sus admiradores exageran endemasía sus talentos y su aptitud política. Y en demasía también susenemigos ponderan sus maldades. No pocas de ellas, cuando no absueltas,aparecen atenuadas por los sentimientos e ideas de aquella edad en quela razón de Estado propendía a justificarlo todo. Porque siendo la moralharto menos dulce que hoy y menor el respeto a la individualidad humana,los llamados a dirigir los pueblos se creían realmente señores de vidasy haciendas. El fin, más que hoy, justificaba entonces los medios. En elpensamiento de los hombres de aquella edad el éxito lo justificaba todo.Menester era, pongamos por caso, de la pasión patriótica de Góngoracuando cantó la Invencible Armada, para que llamase a Isabel deInglaterra

Reina

no,

sino

loba

libidinosa y fiera.

Los que escribían en prosa, sin prevención y con la franqueza delsigilo, no condenaban a Isabel por loba, sino que la admiraban como granreina. D. Juan de Silva, en una carta política dirigida a D. Cristóbalde Moura, habla así de aquella digna rival de Felipe II: «Los cuarenta ydos años que la reina de Inglaterra ha gastado en servicio del mundo,serán en su género la cosa más notable que se halle escrita, porque noteniendo más ayuda que la de nuestros pecados, y la de su consejo, hasalido con hacerse amar y temer en su reino más que todos suspredecesores. Ha ayudado como le ha placido y convenido a los enemigosde Francia y España, reinando en la mar como en la isla, cortandocuantas cabezas le podían dar estorbo, y la de otra reina entre ellas,paseando con sus navíos el mundo a la redonda y bailando y danzando comosi no hubiera tenido que hacer.

En todo este elogio, no hay la menor censura sobre la moral de lareina, sino profunda admiración al buen éxito de sus empresas: envidiacasi, no porque Felipe II hubiera sido más cruel y más tirano, sinoporque fue menos hábil.

La vida de D. Cristóbal de Moura, y por consiguiente, el libro del Sr.Danvila, se extienden aun algunos años por el reinado de Felipe III.

No se me alcanza bien por qué el Sr. Danvila se inclina a mostrar a D.Cristóbal harto caído y desatendido por el nuevo monarca. Natural eraque hubiese entonces turnos pacíficos, como los hay ahora, aunquedurando muchísimo más cada vuelta. Natural era también que el nuevo reytuviese nuevo privado, pero nunca con mayor exaltación y reconocimientode méritos que D. Cristóbal cayó nadie de la privanza. Los favoresregios vinieron sobre él en aumento de su estado y de su casa. DonCristóbal fue, por último, el primer virrey que Portugal tuvo, adespecho y con envidia de príncipes y de grandes señores que hubieranquerido serlo. En todo lo cual, si supo don Cristóbal desplegar las másraras dotes de talento y de carácter para sostener su crédito y suimportancia, no debe negarse tampoco que Felipe III y su valido el duquede Lerma fueron consecuentes y estuvieron acertados.

Prolijo sería exponer aquí en compendio los actos de D. Cristóbal en elvirreinato y los demás sucesos de su vida hasta que llegó a su término,y con ella el libro del Sr. Danvila.

Libro es este de grandísimo interés, rico en noticias curiosas y ennuevos datos y de muy envidiable lucimiento, no ya sólo para quienempieza a escribir de historia y es muy joven, sino para el más curtidoy avezado en este linaje de estudios.

No tiene la falta, sino la sobra, en moda hoy; moda de la que pareceimposible prescindir para componer una mera biografía. Por eso sueleponerse en la portada de esta clase de libros, aunque el Sr. Danvila nolo ponga, como aditamento al nombre del héroe y completando el título,ora y su tiempo, ora y su siglo, aunque ni el tiempo ni el sigloquedase muy descabalado o muy inexplicado si el héroe mentalmente sesuprimiera.

De todos modos, el libro del Sr. Danvila, calificado como se quiera elgénero a que pertenece, es desde luego muy importante trabajo, y ciertay brillante promesa además de otros sazonados frutos que el ingenio y lalaboriosidad del autor han de producir en adelante.

EL ESPECTÁCULO MAS NACIONAL

I

Mi

querido

amigo

y

tocayo

el

conde

de

las

Navas,

ha

publicadorecientemente con el mismo título que damos a estos artículos, un libro,tan ameno como erudito, sobre la historia del toreo.

En más de seiscientas páginas que el libro contiene, entiendo yo queestá dicho cuanto en pro y en contra de la tauromaquia puede decirse, yque está contado por estilo muy elegante y ligero cuanto al ejerciciodel mencionado arte se refiere, desde sus orígenes, que van a perderseen la noche de los tiempos, hasta el día de hoy, en que siguefloreciente y en auge, sin que necesite ni pida regeneración, comootras artes, cosas y personas.

Casi imposible, al menos para mí, que me considero incapaz de tamañaempresa, sería exponer aquí en resumen, con claridad y orden, lo másimportante y sustancial del libro mencionado. Baste afirmar que el señorconde ha apurado la materia y ha logrado componer una verdaderaenciclopedia taurina. Nada se le queda por investigar, aclarar, contar ydiscutir sobre las corridas de toros, desde que empezaron en España, talvez antes de la fundación de Cádiz y de la venida de Hércules fenicio,que erigió sus columnas, no sé si en Calpe, o en Avila, o en amboscerros.

No hay personaje histórico que haya toreado de quien no nos hable elseñor conde. Hasta Francisco Pizarro, conquistador del Perú, y hasta elmuy glorioso emperador Carlos V, resultan toreros.

Las fiestas reales, en que con mayor o menor lucimiento se han lidiadotoros para solemnizar algún suceso fausto y aumentar el regocijopúblico, están mencionadas en el libro del señor conde conescrupulosidad y con prueba de documentes fehacientes, desde las quehubo en el año de 1144 en León para celebrar las bodas de doña Urraca,hija del rey Alfonso VII, hasta las que hubo en Sevilla en 1877 paraobsequiar al rey D. Alfonso XII.

Demostrado con toda evidencia deja el señor conde que el espectáculo másnacional en España es el de las corridas de toros. Demuestra además congracia, discreción y abundante copia de razones que las tales corridasno son feroces, ni inmorales, ni merecedoras de la censura acerba que nopocos sujetos autorizados y varios escritores de nota han lanzado contraellas en épocas distintas. Los que más se han señalado y extremado en elsiglo presente por su reprobación de los toros han sido el ilustre donGaspar Melchor de Jovellanos y el ingenioso poeta y marino don JoséVargas Ponce, y recientemente D. Luis Vidart y el marqués de San Carlos.Contra todos ellos combate valerosamente el conde de las Navas, y logra,en mi sentir, completa victoria.

Como quiera que sea, así los partidarios como los enemigos de lascorridas de toros, no podrán menos de deleitarse y de instruirse con lalectura del libro de que aquí damos cuenta. Toda persona de buen gusto yaficionada a saber, si no se convence leyendo este libro, se divertiráde seguro y adquirirá multitud de curiosas y peregrinas noticias, sinsentir nunca cansancio ni hastío. Esta es la mayor alabanza que podemosdar y que damos con sinceridad y satisfacción a la flamante obra delconde de las Navas, muy conocido y celebrado ya en la repúblicaliteraria, así por otros trabajos de erudición como por sus cuentos ynovelas.

Otra alabanza, no obstante, merece también el libro del señor conde, queyo consignaría aquí aunque no quisiera, ya que la calidad envidiableque en el libro alabo me sirve de fundamento para cuanto voy a decir, yaun para mucho que yo diría y que me callo, receloso de fatigar a loslectores.

El libro del señor conde de las Navas es muy sugestivo. ¿Quién, alleerle o después de haberle leído, no siente invencible deseo de hacerexamen de conciencia sobre el punto capital que el libro trata, dedeclarar con franqueza si condena o aplaude las corridas de toros y deexponer los argumentos en que se apoya su reprobación o su aplauso?

Dejándome yo arrebatar por el antedicho deseo, voy a consignar aquí miopinión, aunque nadie me la pida, interviniendo en la disputa, conindependiente juicio y sin previa inclinación de ningún lado.

¿Las corridas de toros pecan gravemente contra la filantropía o dígasecontra el afecto y el respeto que todo ser humano debe inspirarnos? Tales la primera cuestión. La respuesta es clara, pero no puede darse sindistingos. Sin distingos no cabe duda que se debe condenar una fiesta enla que para divertirnos exponen su vida unos cuantos prójimos nuestros.Pero cuando se considera que hay otra multitud de fiestas en que lasvidas de nuestros prójimos se exponen más aún, no podemos menos deconsiderar inocentes, o si se quiere poco nocentes las corridas detoros. No aventura menos que el torero el domador de leones o de tigres,que entra en la jaula en que ellos están, los fascina con su mirada ylos doma y amedrenta a latigazos.

El acróbata que en lo más alto del circo, salta de un trapecio a otrotrapecio, queda pendiente de un pie sin otro asidero, y vence aunmayores dificultades y arrostra mayores peligros, a mi ver arriesga lavida, más aún que el que se lanza a la arena del circo, sereno, ágil yfiado en su arte, a luchar con el toro más bravo. Y todavía es menosfilantrópico el arte del titiritero que el del lidiador de toros, si sepiensa en la educación con que cada cual es menester que se prepare.

Lagimnasia del torero es sana: no tuerce ni violenta la naturaleza. Bastacon que los pies sean ligeros, el cuerpo flexible, la vista perspicaz ydiestro y robusto el brazo. En ninguna de estas condiciones se requierenada que raye en lo anormal o en lo monstruoso: que exponga al queprocura adquirirlas a la dislocación o a la rotura de los órganos yaparatos de su cuerpo, a fuerza de querer darles empleo contrario al quenaturalmente tienen. Los descoyuntados, los que se tuercen y doblan demanera insólita, los que alzan con los dientes enormes pesos y hacenotras habilidades por el mismo estilo, aunque nos maravillen, repugnanpor lo antinatural del ejercicio y más aún por la perversa preparaciónque el ejercicio presupone, y en la cual es probable que hayan sucumbidono pocos antes de llegar a ser maestros y de poder lucirse.

El pugilato o riña a puñadas entre dos o más hombres es espectáculo muyfrecuente aun en Inglaterra y en los Estados Unidos, y del que muchogustan ingleses y angloamericanos. En estas riñas los espectadores seapasionan por uno de los dos combatientes, juegan y apuestan dinero. Nohay para qué ponderar cuanto menos humanas son estas riñas que lascorridas de toros. En las corridas, de cada cien veces, una a lo más,saldrá un hombre herido o muerto, pero en el combate a puñetazos no seconcibe que queden nunca ilesos los campeones, uno de ellos al menossaldrá con las narices rotas, con un ojo destrozado o hinchado, o contales contusiones en el pecho que le lastimen las entrañas y le haganvomitar sangre o le causen la muerte. Dignas de la epopeya son talesluchas, pero no se puede negar que son brutales y harto impropias de lacivilizada y filantrópica edad en que vivimos. Bien están en la Iliada los juegos que celebra Aquiles en honor de Patroclo y la lucha del hijode Panopes con el gentil Eurialo, a quien sus amigos retiran de la arenavencido, arrastrando

el

mísero

los

pies,

y

de

la

boca

sangre arrojando turbia. Sobre el hombro

la cabeza caída, y delirante.

No muy inferior belleza épica tiene el canto del poeta ruso Lermontoff,donde se refiere la lucha, en presencia de Ivan el Terrible, del jovenmercader que mata a puñadas al guardia favorito del Czar. Pero todoesto, que es agradable y bello y no disuena contado en una narración detiempos antiguos, o de pueblos semibárbaros, es abominable e impío en elsiglo presente. En su comparación, la más sangrienta corrida de toros esmenos cruel, y menos peligrosa para el hombre que muchos juegos yejercicios, como la caza de leones, osos y tigres y hasta como lasmismas carreras de caballos, donde tal vez los jockeys están másexpuestos que los toreros y pueden reventarse o romperse la nuca.

En otro concepto, en el que podemos llamar ortopédico, lejos de sercensurable el ejercicio del toreo, es más digno de recomendación quecasi todos los otros ejercicios varoniles, porque no deforma el cuerpo odesarrolla algunas de sus partes a expensas de otras, como la danza, quesuele enflaquecer los brazos y desenvolver demasiado las piernas, sinoque propende a robustecer por igual todo el cuerpo humano, prestándolevigor, ligereza y gallardía.

En

un

buen

torero

es

casi

indispensable

condición

cierta

proporcionadaharmonía de los miembros, cierta vigorosa y elegante esbeltez, mientrasque un jockey, por ejemplo, puede ser feo como un mico, patizambo, ygiboso y hasta conviene que sea ruin y desmedrado a fin de que no pesemucho.

La hermosura varonil del torero puede y debe ejercer influencia benéficaen el ánimo de la muchedumbre, en quien un inveterado espiritualismoascético y después otras varias causas han hecho que se descuiden pordemás en España el esmero y cuidado del cuerpo. Nuestra clase media leatiende y le ejercita poco.

Todavía es de maravillar cómo los individuosque a ella pertenecen no están más enclenques y decaídos, mereciendo elapodo de D. Pereciendo o de D.

Líquido con que suele motejarlos la bajaplebe. El gallardo tipo del torero debe estimularlos con emulación. Bienlo da a entender el poeta cuando dice en elogio del insigne PedroRomero:

Das a las tiernas damas mil cuidados,

y envidia a sus amantes.

Vale, por último, la tauromaquia para conservar ciertos usos ycostumbres muy útiles que sin tauromaquia acaso se hubieran ya perdido.Agradecidos debemos estar al arte de Pepe-Hillo y de Montes, aunque nosea más que porque contribuye a que sigan poniéndose mantilla lasmujeres. El sombrerete y otras modas de París lo invaden todo, y nada, ami ver es más contrario a la regeneración que tanto anhelamos hoy.

Las tales modas, singularmente en nuestra pobre e inferior clase media,ejercen el más funesto y deletéreo influjo. A un empleado, pongamos porcaso, que tiene tres o cuatro mil pesetas de sueldo anual, y es padredichoso de dos o tres niñas, que gastan sombrerete y otros primoresparisinos, ¿qué le queda para pagar la comida y el alquiler de la casasi han de ir las niñas medianamente emperegiladas? Y es todo ello másdigno de notar y más lastimoso, si se atiende a que los tales perejilescuestan en España doble o triple que en otras tierras. Porque aquítenemos que pagarlo doble o triple a fin de proteger la industria o laproducción nacional.

Bien podemos decir, aunque sea entre paréntesis, y por vía de desahogo,que restando de lo que pagamos por ciertos artículos, el exceso que sepaga para proteger la industria nacional, tal vez resulte que con esteexceso, salga la tal industria, más asalariada por el Estado, quecualquiera otra función u oficio público, y que, con lo que nos cuesta,pudiéramos sostener todos los empleados que hay en Madrid, y dar supaga íntegra a los generales, aunque pasen de setecientos.

Creo, pues, que convendría volver a las mantillas y abandonar lossombreretes y demás primores parisinos. Yo gusto del lujo. ¿Quién nogusta del lujo como no sea un asceta o un esparciata? Pero el lujo nodebe ser a expensas de la alimentación. La cocina nacional, que sin dudahubo de estar floreciente y adelantada en el siglo XV, como loatestiguan D. Enrique de Villena y Ruperto de Nola, ha venido a caer enespantosa decadencia en el siglo XVII por el beaterio, penitente ydevoto, y en el día por la afición y prurito de gastarlo todo en trapostranspirenaicos. Con razón exclamaba un elocuentísimo y famoso oradorespañol, no sin suspirar y verter lágrimas: ¡yo no como, yo me alimento!Nuestra cocina... esa sí que está degenerada. Y así por lo pocoapetitosos que son los platos, como por lo mucho que hay que gastar enel lujoso aparato exterior, es lo cierto que suele comerse poco y mal,por donde la anemia y la cacoquimia son las enfermedades más comunes deahora. La esplendidez y el regalo sibaríticos de los toreros,manteniendo y haciendo florecer colmados, figones y tiendas de andalucesy de montañeses, pone ya y seguirá poniendo a este mal oportuno reparo ycastizo remedio.

Por todas las razones que dejo expuestas me atrevo yo a decir que lascorridas de toros sobre ser filantrópicas, son patrióticas yregeneradoras, y que, por lo tanto, deben ser aprobadas y hastacelebradas y fomentadas.

Veamos ahora si las condena y si justamente las anatematiza la piedadque debe inspirarnos todo ser viviente, sensible al dolor, aunque no searacional como nosotros. Pero este asunto es tan vasto que requiereartículo aparte, aunque discurramos sobre él y tratemos de dilucidarlecon rapidez compendiosa.

II

¿Qué opinión tendrá de las corridas de toros la Sociedad protectora delos animales, sociedad existente hoy en todos los países civilizados? Latal opinión de seguro ha de ser muy mala; ¿pero será lógico elrazonamiento en que se funde? Me parece que no, y procuraré demostrarlo.

Rechacemos la doctrina de Gómez Pereira y de Descartes, quienes acasointentaban disculpar con ella la voracidad y la crueldad de los hombres,que sin chispa de compasión comen vacas, carneros, cerdos, perdices yotros muchos seres animados, vivíparos y ovíparos. No incurriré yotampoco en el contrario parecer, atribuyendo a los animales almasemejante a la nuestra, lo cual huele a herejía, o suponiendo, y esto espeor, que trasmigran las almas humanas, y se cuelan, viven y funcionanen diversa clase de bichos.

Lo discreto, a mi ver, es colocarnos en un justo medio. Sin meternos enhonduras, sin investigar qué es espíritu y qué es materia, cosas ambasen lo sustancial igualmente desconocidas, no queremos ni podemos negarcierta dosis de entendimiento y bastante sensibilidad a los brutos queharto saben dónde y cómo les duele y se quejan y lo deploran a su modo.El dolor en ellos ha de asemejarse no poco al dolor en nosotros, pordonde es justo que los compadezcamos y que si no les tenemos compasiónse nos acuse de dureza de entrañas.

No poco he leído yo en El ente dilucidado del padre Fuente la Peña, yen El gobierno general, moral y político hallado en las fieras, etc. ,del reverendo padre Valdecebro, sobre las virtudes e inteligencias delos brutos, y más he leído aún en autores novísimos, sabios y poetas,entre los que se distinguen el doctor Jonatas Franklin y el novelistaMery por las habilidades, honradez y talento que atribuye a un elefanteen su novela El paraíso terrestre.

Sin ponderar tanto las prendas casi personales de no pocas aves ycuadrúpedos, menester es confesar que el elefante es pudoroso y muyaficionado a la música; el perro fiel; paciente el buey, agradecido elleón y muy listos algunos monos. No recuerdo yo dónde he leído, pero síque he leído, de un mono que jugaba muy bien al ajedrez y que casisiempre ganaba. En suma, los animales no son máquinas, sino que tienenalma, aunque no sea inmortal, sino perecedera, y piensan y discurren, ysobre todo sienten y padecen, que es lo que importa afirmar aquí. Almatarlos, pues, para comérnoslos, no procedemos con ellos amable ygenerosamente. La Sociedad protectora de los animales, para ser lógicaen su conducta, debía tratar de que fuese herbívoro el linaje humano.

Los indios, mil veces más compasivos que nosotros en este particular,dicen que se abstienen de comer carne, sin que haya bula entre ellos quelos habilite para comerla. Muy celebrados son su piedad y su afecto atodo ser viviente. Del rey Usinar cuenta la leyenda que vino una palomaa pedirle amparo contra el gavilán que la perseguía. El rey quisoampararla y amonestó al gavilán para que no la devorase. Contestó elgavilán que la naturaleza había dispuesto que él se alimentase de carney había creado las palomas para que los gavilanes las devoraran. Sóloconsintió el gavilán en perdonar a la paloma la vida, si el rey le dabade su propia carne cantidad igual en peso al peso de la paloma. Aceptóel rey el convenio y empezó a cortar pedazos de su carne y a ponerlos enuna balanza, en uno de cuyos platillos estaba ya la paloma. Pero por másque el rey se despedazaba, nunca igualaba el peso del ave. El gavilán yla paloma eran nada menos que Indra y Agni, poderosísimos dioses, quehabían querido demostrar y habían demostrado la inmensa piedad del rey ytal vez lo inútil e inconducente de su sacrificio, ya que por leynatural e ineludible en este bajo mundo nos devoramos unos a otros, y lamuerte en unos es en otros principio y causa de vida.

Yo me alegraría de que el sacrificio del rey Usinar hubiera tenido mejorresultado, pero como no le tuvo, los hombres siguen siendo peor que losgavilanes y se comen sin escrúpulo cuanto de vivo cogen por delante yles parece suculento y apetitoso.

El mundo está convertido por nuestra gula en una carnicería. ¡Y de quémedios tan traidores no nos valemos para matar a los que nos comemosdespués! ¿Hay nada más abominable que atraer con reclamo a las aves paraque acudan movidas por el amor, y en vez del amor hallen la muerte?

No quiero describir aquí con todos sus pormenores la infame matanza delcerdo, como yo la he presenciado en mi lugar siendo niño todavía: aquelrío de sangre brotando con ímpetu de la herida garganta y cayendo en unlebrillo, donde una robusta moza le agitaba para que no se cuajase; lamás gentil zagala se entretenía en menear el rabo al cerdo para que sedesangrase mejor, y el cerdo daba roncos, lastimeros y desgarradoresgruñidos. ¿No sería posible valerse del cloroformo o de otro eficazanestésico para ejecutar tan cruenta operación sin que la víctimapadeciese? ¡Quién sabe! Acaso el dolor penetre en los átomos de lamateria y los haga sabrosos, así como el dolor cuando penetra en elespíritu le purifica, le acendra y le presta bondad, hermosura ymerecimientos que nunca sin el dolor alcanzaría. No deberíamos entoncesdecir como Epícteto: ¡oh dolor! nunca confesaré que eres un mal; sino ¡oh dolor! tú eres un bien y el crisol de las mayores excelencias yvirtudes.

Cada cual dirá lo que se le antoje. Lo que todos tendrán que decir, sindiscrepancia, es que dar muerte en buena lid y en ancho circo a seis osiete toros bravos es mucho menos cruel que matar a una perdizatrayéndola con reclamo o que matar a un cerdo o a un pollo.

Se me objetará que esto último no se hace por diversión, sino pornecesidad o por casi necesidad de alimentarnos.

Concedámoslo. ¿Pero no nos divertimos más cruelmente que con los toroscon otros animales? ¿Las riñas de gallos son menos feroces que latauromaquia? ¿En algunos países de Oriente no se deleitan los ociosos enechar a pelear, en cierta mesita redonda que sirve de circo, a dosescarabajos de muy belicosa condición que por allí se crían?

Una de las declamaciones más hipócritamente sentimentales que se hacencontra las corridas de toros estriba en ponderar lo útil que es el toropara la agricultura y su mansedumbre y sufrimientos en el trabajo; perolos declamadores hipócritas olvidan o aparentan olvidar el métodonefando de que el hombre tiránico se vale para infundir en el toro latan decantada mansedumbre convirtiéndole en buey. Esta es una de las másabominables maldades que comete el hombre, no sólo con los toros, sinocon otros muchos seres sensibles.

¿A quién debe detestar más la Sociedad protectora de los animales, a untorero de Córdoba, de Ronda o de Sevilla que mata al torocaballerescamente, Cara a cara y con razón,

como Sancho Ortiz a Bustos Tavera, o a cualquiera de esos pícarosfranceses, que pasan los Pirineos para ejercer en España sustraicioneras habilidades, y vienen pitando con son más medroso que el dela flauta de Pan, y estremeciendo de miedo a toda criatura masculina?¿Cómo la referida Sociedad protectora nada dice contra estos asesinos delo que está por venir y se desata en injurias contra el torero que mataen buena lid y a un individuo solo?

Recuerdo que allá en mi niñez y en mi lugar y casa, había una sirvientallamada Frasquita. Era natural de Torbiscón o de Cártama, porque de estono estoy muy seguro, aunque por dicha importa poco. Frasquita era linday graciosa, aunque pasaba ya de treinta años y había tenido mildesilusiones y pesares. Un criado gallego había hecho con ella el papelde Jason, dejándola el pérfido en abandono y trasponiendo no sé si aMontevideo o a Buenos Aires.

No imitó Frasquita a Medea: no mató a sushijos, sino los crió con esmero y cariño. Yo sospecho, sin embargo, queella, también como la hija de Minos, Indomitos in corde gerens Ariadna furores, concibió desmedido aborrecimiento, no a un individuo solo, sino a todoel género masculino. Ora sea por esto, ora sea por la rara disposiciónque ella tenía, lo cierto es que Frasquita hacía prodigios en el vastocorral que teníamos en casa poblado de pollos.

Aunque poco cuidada, Frasquita tenía la más bien formada mano que puedeimaginarse. Sus dedos fusiformes darían envidia a la más empingorotadaPrincesa. Y de estos dedos, el índice y el del medio de su ominosadiestra eran como truculentos alicates, que penetraban por una pequeñaincisión y arrancaban a los volátiles lo que no es decible, con rapidezinaudita. Los volátiles engordaban luego que era un contento y yo mecomplacía en comerlos; pero el espectáculo previo, causa de la gordura,me afligía bastante. Todavía al pensar en aquello, suelo exclamar con elpoeta: Labitur ex oculis nunc quoque gutta meis.

Dígaseme ahora con sinceridad si aquellos dos dedos de Frasquita no eranmás fieros y traidoramente destructores que todos los rejones,banderillas, garrochas y espadas que contra los toros se esgrimen.

Pero algo hay aún, mil veces más abominable y tremendo: el método deque, según he oído contar, se vale el hombre para producir el hígadogordo de ganso.

¿Cabe mayor infamia que la de crear artificialmente unaenfermedad para deleitarnos luego comiéndonos el resultado? El poetaMarcial aseguraba ya que en su tiempo se hacía crecer tanto el hígadoque venía a ser tan grande como el ganso todo.

Adspice, quam tumeat magno jecur ansere

majus,

Miratus, dices: hoc, rogo, crevit ubi?

¿Qué diabluras, qué perradas, qué judiadas no se harán con el ganso,para que el hígado le crezca con tan estupenda hipertrofia? Losfranceses tienen alguna disculpa, ya que puede decirse que al tratar asía los gansos, se vengan de ellos, porque graznando, dieron la voz dealarma e impidieron a los galos que se apoderasen del Capitolio: perolos romanos, a quienes los gansos salvaron, no tuvieron perdón de Dios,cuando mucho antes que los franceses martirizaron a los gansos parahacer el jecur anseris, que hoy llamamos foie gras. Delicioso manjares por cierto, pero yo declaro que todo el que se regala comiéndole sinescrúpulo de conciencia, no tiene derecho para maldecir de las corridasde toros. Y yo sé de buena tinta que los señores marqués de San Carlos yD. Luis Vidart gustaban del foie gras y le comían a menudo.

La atroz conducta del hombre con los animales, lejos de ser un atraso,puede y debe considerarse como un progreso, si nos apoyamos en lasentencia de Don Hermógenes, de que todo es relativo. Quiero yosignificar con esto, que no hay crueldad ni horror de cuantos el hombrehace con seres animados irracionales que no haya hecho o haga con sussemejantes cuando no tiene animales silvestres o domésticos de quévalerse. En todo país, como por ejemplo, en la América precolombina,salvo el Perú, cuando no había bestias de carga, el hombre convertía enbestia de carga al hombre. Y cuando la caza no daba suficiente provisiónde carne, y no había carneros, bueyes y cerdos que matar, el hombre muycandorosamente, ya con el pretexto de sacrificar a sus ídolos, ya sinpretexto alguno, solía adoptar la mala costumbre de matar a otroshombres y de comérselos luego.

Comparado, pues, con las corridas de toros todo cuanto hemos dicho aescape y desordenadamente sobre la ferocidad humana, así en la edadantigua como en la moderna, lícito es inferir y afirmar que las talescorridas distan mucho de ser un signo de barbarie en el pueblo que secomplace en ellas, y que hay sobrada hipocresía, o por lo menos afán demostrar un sentimiento refinado en censurarlas y condenarlasresueltamente.

Prescindamos, no obstante, de comparaciones. No digamos, como D.Hermógenes, que todo es relativo. Y sin exageración veamos lo que sedebe sentir, pensar y afirmar de las corridas de toros, no en otrosiglo, sino en el nuestro, y no en remotos países, sino en la culta ycristiana Europa, de que forma parte nuestra España.

Tal vez hay mucho de chiste y de broma en cuanto se alega en favor delas corridas de toros en el precioso libro del señor conde de lasNavas. Tal vez en el bellísimo prólogo del mencionado libro, escrito porD. Luis Carmena y Millán, cuya autoridad en tauromaquia es indiscutibley casi infalible, se trasluzca también algo de burla y de ironía. Yomismo me he dejado dominar del buen humor y he desechado mi naturalseriedad al escribir estos artículos.

Tratado

seriamente

el

asunto,

alguna

razón,

aunque

no

por

completo,tendremos que dar al doctor Morgades, obispo de Barcelona, y a laasociación que en aquella ciudad se está formando para oponerse a lascorridas de toros.

Yo me limitaré a decir, aunque se me tilde de poco patriótico, queprefiero el toreo portugués al castellano. Los infelices caballos, quese van pisando las tripas, y que todavía en las ansias de la muerte,andan por el circo a fuerza de palos, que un rudo ganapán va sacudiendosobre sus costillas, será el espectáculo más nacional de todos, peroes espectáculo feo, villano, horrible y repugnante por todo extremo. Sieste martirio de los pobres jamelgos pudiera evitarse, acaso no habríaque decir mucho contra las corridas de toros. Y si adoptásemos el toreoportugués, nada habría que decir sino grandes alabanzas, por ser unejercicio ecuestre en que el caballero y el caballo igualmente selucen.

«EL EXTRAÑO»

ÚLTIMA MODA DE PARÍS

Sin pecar de jactancioso, me parece que puedo creer y decir que España,desde fines del siglo XV, y tal vez durante todo el siglo XVI, fue laprimera nación del mundo. Y no sólo lo fue por su material predominio,descubrimientos, conquistas y extensión territorial de su imperio, elmayor que ha habido nunca, sino por la excelencia en las artes de la pazy de la guerra, de los ilustres varones que entonces produjo.

Nuestra decadencia fue rápida. Los autores que han procurado explicarsus causas no me satisfacen. Lejos de mí la soberbia presunción dequerer enmendarles la plana. Lo único que me atreveré a indicar, no yacomo causa única, sino como una de las causas de nuestra decadencia enel pensamiento, fue el habernos aislado, o bien por engreídos o bien porrecelosos, de que nos inficionasen las herejías, contra las cualescombatió España gallardamente, procurando conservar o reanudar el lazounificante de la civilización europea y el soberano espíritu que hastaentonces la había informado.

Muy decaídos ya, vinimos a dar en el extremo contrario. Nos creímosatrasadísimos y entendimos, hasta cierto punto con razón, que para salirdel atraso era menester alcanzar e imitar a las naciones que se noshabían adelantado.

Largo sería, y más difícil que largo, explicar aquí cómo deben ser estaimitación y este alcance. Lo único que yo diré es que en lo científico,el imitar y el alcanzar se comprenden, porque en lo científico cabe yhay progreso; pero en lo puramente literario y artístico no se progresanada. El progreso no trae escultor que valga más que Fidias, ni líricomejor que Píndaro, ni trágico mejor que Sófocles, ni orador máselocuente que Demóstenes, ni poeta más inspirado y elegante queVirgilio.

Considero, pues, absurda alucinación la de creer que las artes deldibujo y de la palabra, cuyo fin es crear la belleza, vayanperfeccionándose y mejorándose con el tiempo. Antes bien, me inclino amaravillarme más por lo mismo que son menos reflexivos y artificiosos, ymás inspirados y espontáneos, de los himnos de Rig Weda que de las odasde Víctor Hugo, y del Prometeo de Esquilo que de Hernani o de Lucrecia Borgia.

Traigo a cuento todo lo que va dicho, con ocasión de las Academias delSr. D.

Carlos Reyles, notable escritor uruguayo. Academia viene a serequivalente de novela corta, y se funda este título en uno de lossignificados que da nuestro Diccionario a la palabra academia, y quees como sigue: figura desnuda diseñada por el modelo vivo.

En una extensa carta literaria que dirigí hará tres o cuatro meses a ElCorreo de España, en Buenos Aires, discurrí muy por extenso sobre laprimera academia del Sr. Reyles, titulada Primitivo.

El mérito indisputable de este señor y la novedad exótica de su arte deescribir novelas me mueven a discurrir también por extenso sobre susegunda academia, titulada El Extraño, y a juzgar, por variasrazones muy interesante, este estudio.

Ya se entiende que si yo no creyera en el valer literario del Sr.Reyles, nada bueno ni malo diría acerca de sus obras. Si las censuro espor creer que el autor vale, aunque anda harto extraviado.

Su extravío proviene de la ya mencionada enfermedad epidémica, nacidadel menosprecio con que miramos a nuestra nación o a nuestra raza, yque se nota, por fortuna, más que en España, entre los escritoreshispanoamericanos.

Consiste la enfermedad en cierto candoroso ydesaforado entusiasmo por la última moda de París en literatura, como sien literatura estuviesen bien las modas y como si en literatura se fueseprogresando siempre, como se progresa en cirugía o en química y mecánicaaplicadas a la industria.

Sin duda que, en mi sentir, nadie ha escrito hasta ahora una más hermosanovela que el Don Quijote, aunque yo no niego que podrá un díaescribir alguien otra mejor novela; pero esta mejor novela no lo seráporque se haya progresado, sino porque Dios o la Naturaleza, laProvidencia o el Acaso, hará que nazca, en Rusia, en Suecia, en Francia,o quién sabe dónde, un novelista más ingenioso, más profundo y más amenoque Miguel de Cervantes.

De todos modos, la mejor novela que hoy se escriba, no lo será porque sefunde en una estética recién descubierta, y porque se ajuste adeterminados procedimientos a la última moda de París, sino que será lamejor novela por la propia, libre y tan poderosa como juiciosainspiración de quien con entendimiento tan sano como grande acierte aescribirla.

Yo no entiendo de música e ignoro lo que podrá ocurrir en lo futuro conrelación a la música; pero sobre literatura, aunque también entiendo yopoco, entiendo lo bastante para estar segurísimo de que no es dable encierto sentido la literatura del porvenir. Se cae de su peso que laliteratura, reflejo de creencias, doctrinas, costumbres y leyes,aspiraciones, temores y esperanzas de cada época, varía tan a menudocomo varían todas estas cosas en el seno de la sociedad humana. En estesentido, la literatura del siglo XVIII, con relación a la del sigloXVII; fue literatura del porvenir, y la del siglo XIX lo fue conrelación a la del siglo XVIII, y la del siglo XX lo será con relación ala de nuestro siglo; pero no es esta perogrullada lo que quiereexpresarse cuando se habla hoy de literatura del porvenir. Lo que quiereexpresarse es la aparición de escritos tan profundos y sutiles que losde Homero, Dante, Virgilio, Ariosto, Shakespeare, todos nuestros grandesdramáticos y los dramáticos griegos, en suma, cuanto hay de conocidohasta ahora y puesto en letra de molde, sea fruslería insubstancial,superficial y epidérmica, que de tal la califica el Sr.

Reyles,comparado con lo que ya se va escribiendo y con lo que se escribirá enadelante, si Dios no lo remedia, ajustándose a los patrones, cánones ymoldes que vienen de París, ora inventados, ora aceptados y autorizadosallí, aunque vengan de Alemania, de Rusia o de Suecia.

Todavía hay en este nuevo arte literario que el Sr. Reyles sigue, algoque me choca más que la supuesta superioridad de las obras, por virtudde progresivo desarrollo. Lo que me choca más es el propósito de que lasnovelas, cuentos, academias o como quieran llamarse, no se han deescribir para deleitar y pasar agradablemente el tiempo con su lectura,sino para mortificar, aterrar y compungir a los lectores, como con unapesadilla tenaz y espantosa.

Y si esto fuese para hacernos aborrecer el mundo y todas sus pasiones,alborotos, pompas y vanidades, el caso tendría explicación, salvo queyo, en vez de llamar novelas a los libros que así se escribiesen, losllamaría obras ascéticas, materia predicable, homilias o libros de moralsevera y adusta, como Los gritos del infierno, los Casos raros devicios y virtudes, las Agonías del tránsito de la muerte y los Estragos de la lujuria.

Por desgracia, esta literatura a la moda no puede ser así, porque paraella la moral, si la tiene, no se funda en ninguna religión, ni enninguna metafísica, y el vicio y la virtud vienen a ser productos tannaturales y tan inevitables como el vitriolo y el azúcar.

Tampoco me conformo con los tipos o personajes que surgen de talesdoctrinas, que las profesan, y que así ellos como el autor que los hacreado, entienden que son refinadísimos, exquisitos, aristocráticos deuna flamante y peregrina aristocracia, y en todo superiores a losrastreros, vulgares y timoratos burgueses.

La segunda academia del Sr. Reyles saca a la palestra y pone en accióna uno de esos disparatados seres sublimes, llamado Julio Guzmán. Elautor, en mi opinión, aspira a que admiremos a su héroe; pero sólo lograque nos parezca insufrible, degollante y apestoso. Es cómica, sin que elautor lo quiera, la pretensión de hallar inauditas novedades en losrefinamientos y quintas esencias con que la moderna cultura prestahechizos supremos a la lascivia.

Yo entiendo, y todo el mundo entenderá lo mismo, si bien lo recapacita,que en el vicio mencionado, así como en todos los demás, no ha habido elmenor progreso desde las edades patriarcales. Lot y sus hijas, Dina y elpríncipe de Siquén, los habitantes de Pentápolis, la señora de Putifar ylos caballeritos dandíes y gomosos, que vivían en Bactra, en Ur o enMenfis, sabían cuanto hoy pueden saber en punto a voluptuosidades todaslas ninfas de París y sus mantenedores y parroquianos. Cuando unorecuerda a Oala y a Oliba de Ezequiel, la Nana de Zola es una palomasin hiel, es una inmaculada cordera. Y

cuando uno trae a la memoria loslinimentos, pomadas, aromas, afeites, mudas, untos y frotaciones, conque durante un año iban adobando a las más lindas muchachas antes depresentarlas al rey Asuero, todos los refinamientos, primores, adornos yzahumerios de que puedan valerse las más alambicadas ninfas de París,son la propia ordinariez y la más vulgar cursilonería.

Las

artes

cosméticas

e

indumentarias

y

todas

las

demás

invenciones,trapacerías y mañas, provocantes y fomentadoras del erotismo, habíanllegado a la perfección hace más de tres mil años y desde entonces nadahan adelantado. El más curtido y experimentado en amor de todos losmozalbetes que viven en París, no podría describir con mayor exactitudque el divino Homero los medios de seducción de que se vale una mujerpara engañar, enloquecer y adormecer a su marido o a su amante. Dígasemesi Juno no estaba bien industriada en todo ello, cuando para encender endeseos frenéticos el corazón de Júpiter, se puso el cinturón de Venus ysubió a la cumbre del Gárgaro. Onfale hizo hilar a Hércules; Dalilacortó a Sansón los cabellos y Elena suscitó una guerra espantosa queduró diez años. A ver si estas señoras, y muchas otras de que estánllenas las historias sagradas y profanas, no sabían dónde les apretabael zapato, en cuanto se refiere al arte cuyas reglas fundamentales pusoOvidio en verso.

Pero volvamos a Julio Guzmán el extraño, y pongamos término a lasdivagaciones.