El Superhombre y Otras Novedades by Juan Valera - HTML preview

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París,

De cocineros Sorbona.

Realizado

todo

esto,

sobreviene

fatalmente

el

discurso

antes

indicado.Cuando aquí, discurrirá la dama, ni se teje con el primor que enFrancia, ni se hacen coches como los ingleses, ni se crían tan hermososcaballos, ni se confeccionan sombreretes y vestidos como en París, ni secondimentan siquiera los sabrosos guisos que deleitan mi paladar, esindudable que en otras tareas de mayor empeño y en otras produccionesmás altas no habremos de lucirnos. Me conviene, pues, desdeñar por quedeben tener poquísimo valor y ser muy latosas, como se dice ahora, lasnovelas, las poesías y hasta las filosofías de mi tierra. En virtud detal consideración, o la dama no tomará jamás un libro en sus blancas ylindas manos, o si despunta por lo literata o lo filósofa, traerátambién de París su pasto espiritual, como trae sus primores, adornos,elegancias y materiales regalos.

No se me tilde de delator. Yo no delataría ni acusaría a la dama, siella sola pecase. Cuál más, cuál menos, todos pecamos por el mismoestilo. Tire la primera piedra contra la culpada quien se considereinocente.

Profundas raíces tiene en nuestro suelo el árbol de nuestra antiquísimay castiza cultura. Las semillas exóticas, aunque sean alimenticias ygustosas, y la mala hierba también venida de fuera, no ahogan dichoárbol, ni cercándole y abrasándole le secan y le chupan el jugo todavía;pero ya empiezan a deteriorarle un poco. El galicismo de pensamientos vainvadiendo nuestras mentes más de lo que debiera. No repruebo yo enabsoluto la imitación; pero es menester que el recto juicio se adelantea desechar lo malo y a elegir lo bueno para que después se imite. Lolastimoso es que imitemos sin la mencionada previa selección, que todasimpleza o extravagancia transpirenaica nos seduzca, y que nos dejemosarrebatar por el entusiasmo sin que haya criterio razonable que nosrefrene.

Días ha que vive aislado quien escribe este artículo y sin prestaratención, por su vejez y sus enfermedades, a casi nada de lo que ocurrefuera de España, a las más flamantes doctrinas filosóficas, a ladirección que toma y sigue la mayoría de los espíritus y a la corrientede ideas y opiniones que informan la novísima literatura; pero lo vetodo, retratado como en fiel espejo, en las producciones literariasespañolas de ahora, sobre todo cuando presumen de contener o de serfilosofía. Siempre condeno yo o deploro este remedo, esta carencia oescasez de originalidad castiza; pero me parece difícil o imposible deevitar que así sea, y absuelvo al escritor o al pensador en quien notoesta falta. ¿Cómo no cometerla aceptando el concepto que de la filosofíageneralmente se forma hoy?

¿Y por qué digo se forma hoy, cuando debieradecir que se ha formado siempre? Ya desde muy antiguo sonaba en lasaulas cierto familiar proverbio que he de atreverme a citar aquí, porqueviene en apoyo de mi aserto, aunque se vale de palabras nada bonitas yade puro vulgares. El proverbio dice: La Gramática con babas y laFilosofía con barbas, lo cual significa que en el orden dialécticopodrá ser la filosofía el principio y el fundamento de todo saber; peroen el orden cronológico la filosofía es lo último que se aprende o puedeaprenderse: es el firme asiento, el trono solidísimo y seguro donde lareflexión pone o cree poner a la ciencia que experimentalmente y porlarga serie de observaciones y de análisis ha adquirido y ordenado.

Muéveme a decir esto la lectura de un libro reciente titulado Inducciones, debido al notable y cultivadísimo ingenio y al elocuenteentusiasmo del Sr. D.

Pompeyo Gener.

Mucho me complace coincidir con autor tan entendido en tener el mismoconcepto de la filosofía. Indiscutible es para mí que no se filosofabien sin previo conocimiento empírico de aquello sobre que se filosofa,y que cuando no filosofamos sobre algo, la filosofía tiene que ser vanay mero juego de palabras vacías de sentido. Ahora bien: como desde hacemucho tiempo, y sea por lo que sea, no nos hemos lucido los españoles enlas ciencias de observación y en el estudio de la naturaleza o deluniverso visible, bien se puede inferir que la corona de dichas cienciasy de dicho estudio, o sea la filosofía, o tiene que ser entre nosotrosanacrónica y fuera de moda, o hasta cierto punto tiene que serimportada, como el telégrafo eléctrico, la fotografía, el teléfono, elfonógrafo y no pocas otras invenciones sutiles y pasmosas.

No se extrañe, pues, que importemos en España filosofía como importamoslas invenciones mencionadas. Conviene, no obstante, hacer unadistinción. Tomemos para ejemplo cualquiera de los precitadosartificios: el teléfono, pongamos por caso. Su utilidad y su realidad sehallan tan probadas, que no hay medio de que nos engañemos. Podrá serque en la práctica seamos más torpes, lo hagamos mal y resulteninconvenientes; pero al fin y al cabo aprenderemos a telefonear. Yo creoque ya hemos aprendido, y que en España telefoneamos tan bien como encualquiera otro país del mundo. Pero la filosofía, y perdóneseme lorastrero y humilde de la expresión, es harina de otro costal: es asuntomil y mil veces más complicado y misterioso, y bien puede acontecer, ya mi ver acontece, que tomemos por verdad la mentira, por realidad elsueño y por razonamiento juicioso los mayores delirios.

Puede acontecer igualmente algo contrario a lo que acontece con losinventos de las ciencias naturales, que van todos de acuerdo y no seoponen unos a otros ni braman de verse juntos, como vulgarmente se dice.En las doctrinas filosóficas, si las tomamos de aquí y de allí, sinmucho criterio, y nos empeñamos en amalgamarlas, resulta o puederesultar una mezcla desatinada e informe, un conjunto de ideas que serechazan y se excluyen. Algo de esto entiendo yo que hay en el libro delseñor Don Pompeyo Gener, por más que me deleite leerle y aplauda elfervor propagandista y filantrópico que le ha dictado, y la elocuencia,el saber y el alto y claro entendimiento que en todas sus páginasresplandecen.

Antes de criticar este libro, mal o bien según mis fuerzas lo permitan,pero sin prevención adversa, debo y quiero hacer dos observaciones. Esla primera, que me valdré sólo de mi razón natural, colocando con muchorespeto las creencias, adquiridas por educación, tradición y revelación,en una a modo de arca santa, de donde tal vez necesite sacarlas mástarde, si yo mismo, imitando a Noe, no me introduzco y refugio tambiénen el arca para huir del diluvio de disparates que podrá salir de miestudio, como el famoso diluvio de las aguas salió de las rotas oabiertas cataratas del cielo.

Es la segunda observación, que aun suponiendo todo cuanto yo encuentreen el libro del Sr. Gener contradictorio y absurdo, no se amengua elvalor estético del libro ni se deshace el encanto que su lecturaproduce. No necesito yo creer que irritado Apolo por la ofensa hecha asu sacerdote, bajó furioso del Olimpo y mató a los aquivos a flechazos,ni que Ulises y Pirro se escondieron en el hueco vientre de un caballode madera, para deleitarme leyendo las hermosas epopeyas de Homero y deVirgilio.

Hechas tan convenientes observaciones, empezaré tratando de lo que en ellibro del señor Gener me parece más consolador y satisfactorio: laafirmación del progreso indefinido de nuestro linaje; el convencimientode que se vencerán y salvarán los obstáculos todos, y de que lahumanidad irá elevándose más cada día a las regiones serenas de la luz,del bien y de la belleza.

Recientemente, disipadas las dudas enojosas que solían atormentar sualma, el más enérgico, inspirado y elegante de nuestros líricos, DonGaspar Núñez de Arce, ha dado a la estampa un admirable poema, donde elreferido convencimiento se manifiesta y brilla en imágenes y símbolosmaravillosos, revestido con todas las galas y adornado con todos losdijes y primores de la poesía, y no por eso menos terminante ni menosclaro que si en prosa metódica y didáctica apareciese expuesto. Aunqueen la noche obscura, en el tortuoso y áspero camino y en la larga ycansada peregrinación, busquemos en balde reposo en las ruinas deltemplo, y pidamos inútilmente consolación y fe a los monjes difuntos,todavía una fe más radical y más íntima persiste en el ápice de lamente, surge del abismo del alma y no nos abandona. Todavía nos asisteDios, nos guía y nos conforta. Las ruinas no deben entristecernos niarredrarnos. No hay revolución ni cataclismo que baste a derribar eledificio erigido por esa nuestra fe superior e inmortal, ni que puedaconmover la base De

la

admirable

catedral

inmensa,

Como

el

espacio

transparente

y

clara,

Que

tiene

por

sostén

el

hondo

anhelo

De

las

conciencias,

la

piedad

por

ara

Y por nave la bóveda del cielo.

Impulsado por esa fe superior y por la esperanza que de ella nace,desecha el hombre temores y dudas, dice ¡Sursum corda! , prosigue convalentía su camino y logra al fin llegar a la cumbre, si no término,porque no le tiene su anhelo infinito, lugar excelso de descanso desdedonde percibe, bañado en la radiante luz de la verdad, el no soñadoobjeto de sus más altas aspiraciones.

Doctrina semejante por lo progresista a la que expone el poeta en susbellísimos versos, es la expuesta más ampliamente por el señor Gener enprosa llena de lirismo y en un libro o tratado cuyo título es Evangeliode la vida, no publicado aún por completo, pero del que su autor noscomunica por lo pronto el prefacio y algunos magníficos trozos comomuestra o anuncio.

Contra las afirmaciones en que conviene Gener con Núñez de Arce, nadatenemos que objetar; pero Gener complica dichas afirmaciones con nopocas otras de diverso carácter y procedencia, y éstas, o las negamos, oaplicando a su examen un circunspecto escepticismo, las ponemos encuarentena.

¿Quién ha de dudar ya de que el linaje humano progresa, apropiándose yacumulando la espléndida herencia de muchas generaciones, custodiando enlos libros cuanto ha averiguado y sabe y divulgándolo por medio de laimprenta, y valiéndose además de mil útiles o deleitables artificios conlos que se recrea, o de los que se aprovecha para hacer más cómoda, másamena y más grata la vida? En este punto capital todos estamos deacuerdo. Toquemos ahora aquellos otros puntos en que no puede menos dehaber discrepancia.

No hemos de discutir aquí el transformismo de Darwin. Aceptemos, como silo hubiésemos presenciado, como si hubiésemos sido testigos oculares desucesos tan felices, que, en determinado momento, de súbito o conlentitud, por evolución suave o como se quiera, el mono de cierta clasese transformó en antropoide o en antropisco, estúpido y alalo todavía, y que un poco más tarde, por procedimientos análogos, el antropisco o antropoide adquirió la palabra, se soltó a hablar y seconvirtió en hombre hecho y derecho. Humanado ya, bien podemos cifrartoda su ulterior historia en estos hermosos versos del ya mencionadopoeta:

Adán

caído

o

transformada

fiera

(¿Quién su origen conoce?) inventó el hacha, Derribó

el

árbol,

encendió

la

hoguera,

Arrancó

al

bosque

sazonados

frutos,

Hizo

la

choza,

desgarró

el

misterio,

Mató los monstruos y domó los brutos

Tras

prolongada

y

formidable

guerra,

Erigió

la

ciudad,

fundó

su

imperio,

Surcó la mar y dominó la tierra.

Y por último, ya que no debamos citar aquí más largo trozo de tanadmirable composición, el hombre, después de sorprender el rumbo de lasestrellas y de dar firmeza y duración a la palabra fugitiva,

Alas

resplandecientes

a

su

idea;

Valor al débil, libertad al siervo,

según expresa el poeta valiéndose de una atinada paráfrasis del famosoepitafio de Franklin, consiguió arrebatar

A

las

entrañas

de

la

nube

el

rayo

Y el cetro a la infecunda tiranía.

Todo esto está muy bien. ¿Quién no lo aprueba? ¿Quién no lo aplaude?

Loque yo no apruebo, lo que yo no aplaudo, aquello con que no me conformo,porque si llegase yo a ser de los favorecidos me daría muchísima lástimade los que no lo fuesen, y si no llegaba a ser de los favorecidos,tendría yo grandísima lástima de mí, lo cual casi es peor, es que se desdoble el género humano el día menos pensado, y elevándose unos a lacondición de superhombres, se conviertan los demás en sub-hombres yvuelvan a ser antropiscos, retrocediendo hasta el mono, o mereciendola calificación de superfluos con que el Sr. D. Pompeyo Gener ya losdesigna, calificación ominosa, anatema lanzado sobre ellos y que alsacrificio y a la desaparición los predestina.

Mi filantropía, mi piedad y la arraigada creencia de mi espíritu en unDios omnipotente y misericordioso, me llevan a repugnar en toda subrutal extensión y en sus crueles consecuencias eso que llaman la luchapor la vida. Ya se arreglarán las cosas de suerte que, por mucho que seaumente la población, quepamos todos con holgura en este planeta y nonos falten buenos bocados para alimentarnos, casas en que vivir y lindostrajes con que vestirnos, salir de paseo e ir a las tertulias, a losteatros y hasta a los toros, si este espectáculo no se suprime porbárbaro en las edades venideras. De poco o de nada valdría el progreso;el progreso sería espantoso sarcasmo si viniese a parar en ser sólo paraunos cuantos: para la glorificación y la bienaventuranza terrestre derazas privilegiadas, que necesitarían someter a las razas inferiores otal vez exterminarlas, no bien se multiplicasen demasiado y no cupiesenya sobre el haz de la tierra. Abominable, perversa y sin entrañas es latal doctrina, aunque la haya predicado Federico Nietzsche, apoyándose enideas y sentencias de aquel antiquísimo profeta del Irán, a quienllamaron los griegos Zoroastro. El Sr.

Gener adopta en parte la opiniónde Federico Nietzsche, y en parte la reprueba.

Vamos a ver si lo ponemos todo en claro.

Si en efecto llegase a aparecer el super-hombre, en lo que comoNietzsche cree a pies juntillas el Sr. Gener, todos cuantos noalcanzásemos la superhombría, según Nietzsche, que es pococaritativo, caeríamos en abyecta animalidad, seríamos como esclavosdel super-hombre, y nuestra raza se extinguiría al cabo por inútil opor nociva. Ocurriría con el hombre de ahora lo propio que, después dela aparición del tal hombre, ha ocurrido con el antropisco, de quienno se encuentran ya ni señales ni rastros, aunque los busquemos con uncandil o con la linterna de Diógenes. Más compasivo el Sr.

Gener, meparece o entreveo que se inclina a que el sub-hombre o el supérfluo se conserve y viva, bajo la tutela o protectorado del superhombre triunfante. Bien podrá éste echarse a cavilar y hasta repetir el antiguoproverbio: cuando las barbas de tu vecino vieres pelar, pon las tuyasen remojo. Las cosas no han de parar aquí: la evolución no puede darsepor terminada. El progreso es indefinido. Nadie columbra la meta o eltérmino: Amplius et volvens fatorum arcana movebo.

En pos del super-hombre, por evolución y selección surgirá de su senoel archisuper-hombre, el cual podrá tratar tan desapiadadamente al super hombre como éste al hombre haya tratado. Y así sucesivamente sinque se vea el fin de las mudanzas y de los ascensos, per omnia seculaseculorum.

Ora nos agrade o nos desagrade, ora nos tenga cuenta, ora no nos tengacuenta, si el super-hombre ha de venir, vendrá pese a quien pese.

Niconservadores ni retrógrados podrán impedirlo. Sobre este puntoNietzsche y Gener se hallan en perfecta consonancia. Veamos ahora en loque disienten y en lo que Gener, en mi opinión, con muchísimo juicio,enmienda a Nietzsche la plana. Digamos algo primero sobre este filósofo,el más original y el más estupendo que, según asegura Gener, haflorecido en la segunda mitad del siglo XIX. Era polaco de nación,súbdito alemán y profesor de Filología clásica, no nos importa saber enqué Universidad o Instituto. Sobrevino la guerra entre Alemania yFrancia, en la que Francia quedó vencida. Y Nietzsche entonces, encumplimiento de las leyes, se vio obligado a tomar las armas y a ir a laguerra. Antes de aquellos días Nietzsche apenas se había distinguido;pero, hallándose en el cerco de París, un casco de granada hirió yderribó su caballo, y Nietzsche mismo cayó por tierra maltrecho y conuna profunda conmoción cerebral. Afirman discípulos de Nietzsche queesta caída del maestro fue semejante en sus efectos a la que tuvo SanPablo en el camino de Damasco. Lo cierto es que al recobrarse de lacaída, Nietzsche se convirtió en otro hombre: apareció profeta, apóstoly, por último, loco.

Recuerdo yo, no haber leído, sino haber oído contar, en el aula delSeminario donde estudié Filosofía, sin averiguar más tarde en quéautoridad, documentos o testimonios se apoyaba la historia, que eldoctísimo Cornelio a Lápide fue en su niñez una criatura casi tonta oinsignificante por lo menos, pero que paseando un día por losalrededores de su lugar, tuvo la desgracia o la fortuna de encontrarseen medio de dos partidas o bandos de muchachos, que estabanapedreándose, y de recibir en la cabeza una tremenda pedrada. Este golpele trastornó y le modificó tan dichosamente el encéfalo, que, no biensanó de su grave y peligrosa herida, se convirtió en uno de los másagudos y sublimes sabios jesuitas que hubo en el siglo XVII: escribióluminosos comentarios del Pentateuco, y otras obras no menos útilesque forman juntas diez o doce tomos en folio; y, por último, murió enRoma en olor de santidad.

Sin duda a Nietzsche hubo de sucederle algoparecido. «Opinan algunos fisiólogos alemanes, dice Gener, que lacontusión que recibiera al caerse del caballo enfrente de la capital delmundo civilizado, fue, como la caída de San Pablo en el camino deDamasco, el origen de su inspiración y de su genio. Sea de ello lo quese quiera, lo cierto es que su visión filosófica especial del Universose le desarrolló tan sólo después de esta época.»

Si Nietzsche hubiera sido polaco puro, completamente ario, su visiónfilosófica del Universo, su sistema se ajustaría con exactitud al delSr.

Gener; pero el Sr. Gener sospecha que en el organismo o en la sangrede Nietzsche había no poco de mogol o de tártaro, producida tal vezdicha mezcla cuando invadieron el Oriente de Europa las hordas deGengis-Kan, de Timur o de otros fieros conquistadores turaníes. Laverdad es que en Nietzsche hay dos elementos o factores de su genio,procedentes ambos de atavismo: uno ario, y Gener acepta todo elproducto de este factor; otra turaní o mogol que mueve a Nietzsche aser despótico, cruel y sin entrañas.

Es menester que aparezca el super-hombre. Cuantos obstáculos seopongan a su aparición deben ser destruidos. Nada de piedad, nada deconmiseración.

Tales sentimientos son mera y vil flaqueza indigna delgrande hombre, del super-hombre en ciernes. Derríbense tronos yaltares, niéguense como absurdas todas las religiones reveladas, yanúlense o deróguense cuantas son las constituciones sociales ypolíticas, si sólo sobre las ruinas y escombros de todo ello ha defundar su imperio la superhumanidad futura. Nietzsche acepta el dolor,el padecimiento, la conquista, la tiranía más ruda, si por tales mediosse abre camino para el advenimiento del super-hombre. Nietzsche gustaen cierto modo de la libertad, pero detesta la igualdad y consideraridículo que los hombres pretendan ser iguales, ni siquiera ante laley, ni ante la justicia, ni en una vida futura y ultramundana en que nocree, ni ante un Dios cuya existencia niega. Y como niega también ladistinción entre lo bueno y lo malo, la moral que le parece unadisciplina sub-humana y atrasadísima, y el deber que en la moral sefunda, nadie acierta a comprender, y en este punto el Sr. Gener tienerazón que le sobra, por qué Nietzsche se somete con gusto a toda clasede padecimientos y de malos tratos con tal de que se consiga laaparición del super-hombre. ¿Qué le va ni qué le viene con dichaaparición, si él no ha de ser el super-humanado, si él no ha de pasarde un cualquiera, de un pobre diablo, de simple profesor, con poquísimodinero, con menos consideración y campanillas, y terminando al caboporque le encierren en un manicomio? Se comprende la abnegación delasceta que espera alcanzar la eterna bienaventuranza. ¿Pero qué esperaNietzsche para mostrarse y ser tan abnegado? El Sr. Gener y noNietzsche es quien está en lo firme. El super-hombre ha de venir detodos modos. No debemos, pues, atormentarnos, molestarnos, ni trabajarpara que venga. Según el Sr. Gener, debemos divertirnos, holgarnos,pasarlo lo mejor que se pueda en este mundo, y el super-hombre yavendrá sin que le traigamos nosotros.

Aceptando las opiniones en que Nietzsche y Gener concuerdan, Nietzschees ilógico, y es muy lógico Gener. Según asegura Nietzsche, Jehová hamuerto. Y

en cuanto a Gener, aunque a menudo se contradice y hasta llegaa mostrarnos al Padre Eterno, que se le aparece y le echa un largo ypomposo discurso, todavía este Padre Eterno es tan raro, que viene a sercomo si no fuera. ¿Y negado un Dios personal y providente, cuál será elfundamento de la moral, de la bondad y de la belleza absolutas, y hastade la verdad misma en lo que debiera tener de permanente e invariable?El Sr. Gener niega todo esto al negar a Dios. Y no soy yo quien saca laconsecuencia: el mismo señor Gener explícitamente la saca.

Lacontradicción está en que el Sr. Gener nos habla mucho del amor y semuestra fervorosamente enamorado. ¿Pero dónde está el objeto que detanto amor sea digno? A la verdad que no se descubre ni se comprende.

Toda criatura racional que cree en un Dios infinitamente bueno, sabio ytodopoderoso, sin duda le ama y debe amarle sobre las cosas todas. Y

porvirtud de este amor, que es caridad, ama también a los hombres, hechos aimagen y semejanza del Dios que ama. Sin ser por amor de Dios, sin estelazo supremo de comunión íntima, de hermandad y de unión amorosa de lascriaturas, ¿qué razón hay para que amemos a nadie? No digo yo queaborrezcamos; pero ¿por qué hemos de amar?

El Sr. Gener, sin embargo, por lo que ya se prevé que va a ser su Evangelio de la vida, nos anuncia el imperio del amor en el mundo,siguiendo y adoptando las ideas de algunos extraviados discípulos delentusiasta y seráfico Padre San Francisco de Asís.

Según éstos, ya interpretadas sus palabras con exactitud, yaheréticamente exageradas o torcidas, en el mundo de los espíritus hahabido, hay y habrá tres reinados: algo a modo de turno pacífico paralas tres personas de la Santísima Trinidad. Como la letra con sangreentra, el primero que reinó fue Jehová, Dios severísimo, vengador ytremendo, que destruye con un diluvio de agua a casi todo el linajehumano, que pisotea a los pueblos en su ira, que arrasa y quema ciudadesenteras con fuego del cielo, y que abre el seno de la tierra para que setrague a cuantos son rebeldes a su mandato. El segundo que reina esCristo, y con él la compasión y también el amor; pero un amor mezclado,con mortificaciones, penitencias, ayunos, lágrimas, vigilias y hastaazotes, de todo lo cual el Sr. Gener gusta poco o nada. Peroafortunadamente, y para que el Sr.

Gener quede complacido, el tercerreinado va pronto a empezar cuando menos nos percatemos de ello. Será elreinado del Espíritu Santo, o sea del amor puro, sin disciplinas ya,sin abstinencias, sin cilicios y sin duelos y quebrantos, sino tododeleite, holgorio e incesante gaudeamus.

El estilo del Sr. Gener, lleno de lirismo, aunque escribe en prosa,produce en el lector no pocas dudas. ¿Hasta qué punto quiere el Sr.Gener que mucho de lo que dice sea realidad o se limite a ser símbolo,alegoría, imagen o vana figura retórica? De todos modos, aun suponiendosímbolo y no realidad algo de lo que el Sr. Gener nos pinta en susmagníficos cuadros, todavía podemos y debemos nosotros escudriñar en elsímbolo la oculta realidad que en él se encierra. Ahora bien: si escierto, como el Sr. Gener afirma, haciendo hablar al mismo Padre Eterno,que éste no es providente y que la verdadera providencia es la delhombre, Nietzsche tiene razón, y no la tiene el Sr. Gener al aconsejaral hombre que se divierta y no se afane porque el super-hombre aparezca. ¿Cómo ha de aparecer, si nosotros que somos la providencia nole traemos?

El dios del Sr. Gener, dice en su largo discurso, que el bien y el malle son indiferentes; que él se limita a producir la vida, y que si creaflores, hermosura y salud, frutos sabrosos, palomas y tórtolasinocentes, mariposas y libélulas y lindos y pintados pajarillos quemelodiosamente trinan y gorjean, crea también tigres y hienas, arañasdeformes, ponzoñosos escorpiones, terremotos, huracanes y pestilencias yprolífica multitud de microbios, causa de las más asquerosas ymortíferas enfermedades. Tal es el Dios que habla con el Sr. Gener y quele declara que no es para nosotros ni salvador ni providente. Nuestraeficaz salvación y nuestra verdadera providencia está en nosotrosmismos. A nosotros nos incumbe, según asegura el Sr. Gener, por boca delPadre Eterno que imagina, convertir el veneno en bálsamo, el dolor enplacer, las espinas en rosas y los microbios patógenos en microbiosdeleitosos. Pero, si nos incumbe hacer todo esto, no está bien que noscrucemos de brazos y prescindamos de nuestra incumbencia. Nietzsche, poreste lado, tiene razón, y el señor Gener no la tiene; y, por último, sibien se mira, tampoco tiene razón el Sr. Gener en negar la providenciade Dios, ya que Dios, en virtud de un plan sapientísimo, se vale delhombre para vencer obstáculos, para destruir el mal o convertirle enbien, y para que nos mejoremos y perfeccionemos en lo posible.

Si no hay plan ninguno, no sé por dónde podrá afirmar el Sr. Gener quehay progreso,

mejora,

advenimiento

de

super-hombres

y

otras

futurasbienaventuranzas. Y si por dicha hay plan, y todo eso y más puedeafirmarse, el plan no es humano, sino divino. ¿Qué más alta providenciade Dios puede concebir el Sr. Gener? ¿Cómo imaginar que el plan eshumano? ¿Cómo el hombre que nace y muere y que vive tan corto tiemposobre la tierra ha de haber trazado ese plan? Concedamos que lecolumbra, que le descubre, pero no que le establece.

No decidiré yo que sea verdad o que sea mentira, pero sí que nuestroentendimiento no halla absurdo cierto plan a grandes rasgos concebido eimaginado, ya que no para que nos representemos en una serie de muchossiglos el desenvolvimiento y la historia del universo todo, para que nosrepresentemos al menos lo ocurrido en nuestro planeta desde el instanteen que empezó a girar en torno del sol hasta el día de hoy. A mi ver, esidea en extremo poética e ingeniosa la de que los átomos, impulsados porel prurito de vivir que los mueve, lleguen a producir la vida; y que,una vez la vida creada, se vaya hermoseando, completando yperfeccionando cada vez más. Pero ¿quién ha puesto en los átomos esainteligencia, que no tiene conciencia de que entiende, ese pruritoinfatigable e infalible que crea la vida y que después la mejora? Todoello se explica presumiendo al Dios que Nietzsche y Gener niegan, cuyavoluntad soberana y cuya suprema inteligencia lo preparan, lo gobiernany lo disponen todo. Sin él, jamás podrá concebir la mente humana, pormuchos siglos que emplee en la transformación, cómo podrá nacer lo másde lo menos, de lo que no se mueve lo que se mueve, de lo que no vive loque vive, de lo inconsciente lo consciente, y de lo que no entiende lainteligencia. Todo ello es más inexplicable, es más contrario a la razónque la más ridícula de todas las mitologías, que la más rudimental yprimitiva de todas las religiones. Y, por el contrario, no bienafirmamos la existencia de Dios, todo se aclara y todo en eltransformismo nos parece más hermoso y más conforme con la omnipotenciay la sabiduría de Dios que en cualquier otro sistema cosmogónico. Es másantropomórfico y, por lo tanto, menos divino, entender que Dios arreglael universo como el relojero arregla la máquina de un reloj, y que da,por ejemplo, alas a los pájaros para que vuelen, ojos a los que ven paraque vean, y a los que entienden entendimiento para que entiendan, queentender que Dios pone en la substancia, en la materia, en los átomos ocomo queramos llamarlos, un anhelo indefectible y un movimiento endirección segura, firme y sin posible extravío, por cuya virtud, elanhelo de vivir crea la vida, el de volar, las alas, y el de ver, losojos.

Repito que yo no afirmo ni niego la evolución y el transformismo. No medeclaro contrario ni partidario de Darwin. Me limito a afirmar queDarwin no invade los dominios de la metafísica ni de la religión,diferenciándose así de su infiel discípulo Haeckel, y más aún del Sr.Gener y de Nietzsche. Ya Monseñor Van Weddingen, en sus Elementosrazonados de la Religión, se expresa de esta suerte. «La fe y laciencia de acuerdo podrían aceptar un transformismo en el cual quedasena salvo la noción de la causa creadora y la del alma espiritual ylibre.» De aquí se infiere que hasta el católico más ortodoxo puede serdarwinista, apoyándose en textos y sentencias de San Agustín, de SantoTomás de Aquino y de otros Doctores y Padres de la Iglesia, según lodemuestra, o procura demostrarlo, el egregio poeta y filósofo italianoAntonio Fogazzaro en un reciente y muy interesante libro titulado Ascensiones humanas.

No se infiere, con todo, de la aceptación de la doctrina deltransformismo, la seguridad de que ha de aparecer el super-hombre eldía menos pensado. Lo más que podrá inferirse será la posibilidad algoremota de dicha aparición. Por lo pronto, el super-hombre no se vevenir. Al contrario, los adelantamientos morales y políticos, lamultitud de invenciones que hacen hoy más cómoda y más agradable la viday el inmenso cúmulo de estudios, ya experimentales y de observación, yateóricos y especulativos, que se custodian en los libros y que laimprenta divulga, hacen hoy más fácil que un hombre cualquieradescuelle, aunque diste muchísimo de ser super-hombre y aunque tengamenos valer moral e intelectual que los hombres de antaño.

Cuantas sublimidades puedan ocurrírsele hoy a un poeta que ha estudiadomucho, no son tan pasmosas, ni implican tan rara super-hombría como laque tuvo, pongamos por caso, allá en las primitivas edades, el inspiradoautor del libro de Job o el richí o poeta que compuso el himno delRig-veda, al Dios desconocido. Trajano y Marco Aurelio, a pesar de sergentiles, no hallan monarca que valga más que ellos en toda laprolongación de la historia.

En puro y fervoroso amor a Dios, a loshombres y a cuantas criaturas aparecen en el universo visible, serádifícil que nazca ya quien venza y supere a San Francisco de Asís. Y siKant, Schelling y Hegel nos parecen profundos filósofos, abarcándolo yexplicándolo todo, aún nos parece superior inteligencia la deAristóteles por lo mismo que tenía muchísimos menos medios deinformación. Y lo que se afirma aquí de los individuos, con más razónpuede afirmarse de grupos o colectividades organizadas. ¿Qué ciudadmoderna, sin excluir a Florencia y a París, crea una cultura filosófica,literaria y artística, tan original y con tan pocos precedentes yelementos exóticos, como la de Atenas en tiempo de Perícles? ¿Ni quénación, por último, por dominadora y fuerte que sea en el día, podrásoñar con gloria y poder que equivalgan a los de Roma, que no siendo másque una ciudad se enseñoreó de lo mejor del mundo, le dio leyes e idiomay fundó un Imperio que duró no pocos siglos? Y cuando ni en Atenas ni enRoma apareció el núcleo de los super-hombres, bien podemos esperar queno aparezca en el día ni en Inglaterra, ni en Francia, ni en Alemania,ni en Rusia, ni en los Estados Unidos. Conformémonos y contentémonostodos con ser esencialmente iguales, aunque, por circunstanciasmomentáneas (porque momentáneas deben de ser dada la secular amplitud dela historia), las mencionadas naciones prevalezcan hoy, se sobrepongan yhasta dominen a las otras.

En fin, allá veremos cómo explica todo esto el Sr. Gener y lo que másclaramente profetiza en su Evangelio de la vida, que aparecerá porcompleto en francés, y dentro de poco, y del que sólo conocemos el Prefacio y tres odas o ditirambos elocuentísimos a la Soledad, a suhermano el Silencio, y a la Noche, madre fecunda de ambos. Unidoamorosamente el señor Gener con la precitada Soledad, tendrá de ella oha tenido ya un hijo, que viene a ser sin duda el verbo de suEvangelio. El Silencio se le está criando, y, no bien esté criado, elSr. Gener se le echará a la multitud para desatontarla, removiéndolotodo.

Es tan curioso y tan poético cuanto el señor Gener anuncia, y lo anunciacon elocuencia tan avasalladora, que yo me siento hechizado y casiseducido, inclinándome a creer en el advenimiento del super-hombre yhasta a desearle, aunque me quede entre los sub-hombres y los superfluos; pero el último artículo del libro del Sr. Gener viene adesvanecer mi esperanza, a marchitar mi deseo y a derribar la fe en el super-hombre que empezaba ya a nacer en mi alma.

El último artículo del libro del Sr. Gener, que se titula Elhiper-positivismo, debiera titularse El hiper-negativismo, porque loniega todo, echando a rodar cuanto se sabe: todo fundamento de saber,todo criterio de verdad, toda afirmación de que exista algo. No secontenta el Sr. Gener con que sea todo espíritu, como quiere Berkeley;ni con que sea todo materia, como quieren Büchner y Moloschot; ni con lasubstancia única de Spinosa; ni con que el tiempo, el espacio y lainmensa cantidad de cosas que coexisten en el espacio y que se sucedenen el tiempo, sean más que formas de nuestro sentir y de nuestroentender, fantasmagorías sujetivas que no se sabe hasta qué puntoconcuerdan o no con la realidad que las produce. El Sr. Gener va máslejos y duda de que haya tal realidad exterior: casi la niega. Afirmaque hay representación, pero no asegura que haya representado. Su duda osu negación es más radical aún. No destruye sólo lo representado, sinotambién el teatro en que la representación aparece y al espectador quela contempla. El Sr. Gener va más allá de Schopenhauer, que sólo ve enel universo representación y voluntad.

El Sr. Gener halla que lavoluntad está de sobra, que no es más que apariencia.

Todo queda, pues,reducido a representación, al más completo nihilismo: a representaciónsin teatro, sin actores, sin espectadores y sin nada substancial y realque sea representado.

Si después de quemarse las cejas y de estudiar matemáticas, física,química, botánica, zoología, antropología y otra multitud deasignaturas, que el Sr. Gener ha estudiado de un modo sobresaliente,hemos de venir a parar en el extremo en que el Sr. Gener para, casi eslo mejor no abrir un libro ni aprender cosa alguna.

Todo esincognoscible. Ya no nos atrevemos a figurarnos lo conocido como unapequeña isla en medio de un Océano inexplorable e infinito que sólopueden atravesar la imaginación o la fe. La isla misma y hasta nosotroslos habitantes de la isla, caemos bajo el predicamento de loincognoscible: somos puros fenómenos; la substancia y la causa sonficciones, palabras sin sentido. No hay más que movimiento. Laelectricidad, la luz, la vida, la fuerza, el sentir y el pensar, todo esmovimiento, sin motor, sin objeto movido y sin lugar ni tiempo objetivosy reales, por donde y en el cual el objeto movido se mueva.

¿Qué nos queda que hacer en tan aflictiva situación? ¿Cómo nosconsolaremos después de haber perdido toda la realidad? Pues nosconsolaremos con la poesía, con la música y con las otras bellas artes.De un modo pasivo, nos limitaremos a ser público y nos deleitaremosasistiendo a la representación. Y de un modo activo, seremoscomediantes, poetas o compositores de música, y representaremos nuestrasóperas y nuestros dramas.

Tal es el punto final a que ha llegado el Sr.Gener después de todos sus estudios.

Lo malo, o al menos lo que yo no me explico todavía, es cómo ha degustarme la representación ni cómo he de componer algo para que serepresente cuando el Sr. Gener empieza por quitarme el sustantivo. Nonos queda verbo que no sea impersonal, sin agente y sin paciente. Vibra,ve, huele, anda, come, etc.; pero no sabemos quién come, quién ve, niquién vibra, ni qué es lo vibrado, ni lo comido, ni lo visto. Todo esincognoscible, y hasta podemos recelar que no exista. No sólo el super-hombre, sino igualmente cuantos hombres existen o han existidoy de quienes el Sr. Gener nos habla, arios y turaníes, polacos ymogoles, romanos y griegos, no pasan de ser una mera representación.Carece, pues, de fundamento y de verdad científica todo cuanto el Sr.Gener nos cuenta en los demás artículos de su libro sobre historia delas religiones, socialismo, etc. Todo se reduce a poesía, según el mismoSr. Gener paladinamente lo confiesa. Y ahora digo yo para terminar que,considerando su libro como poesía, es digno del mayor aprecio. Eselocuente en alto grado; ameno a veces, a veces sublime, y tan ricosiempre de doctrina, de atrevimientos, de ideas originales y de clara ybien ordenada exposición de las ideas de otros, que sugiere, despierta ysuscita en cualquier espíritu, aunque sea pobre e infecundo como el mío,tan grande tropel de pensamientos y tan enmarañada madeja deraciocinios, que si no fuese por miedo de fatigar a mis lectores, no meaquietaría yo con escribir este artículo, sino que escribiría unadocena, y aún se me quedaría mucho por decir. Pero no lo digamos yquédese en el tintero para no hacer interminable este escrito.

LA IRRESPONSABILIDAD DE LOS POETAS

SOBRE LAS «ODAS» DE D. EDUARDO MARQUINA

Mucho podrá decirse en pro y en contra de las Odas del Sr. D.

EduardoMarquina, pero no que son un libro insignificante. A mí me dan no pocoen que pensar, suscitando en mi espíritu ciertas contradiccionesfilosóficas o antinomias estético-morales, que no acierto a resolver yque voy a exponer aquí sin rodeos y con franqueza.

Con grande entusiasmo pondera Horacio, en su Epístola a los Pisones,la virtud docente de la poesía. Por ella se muestran los rectos caminosdel vivir, los oráculos dictan sus sentencias, se levantan los muros delas ciudades y se congrega en paz el linaje humano, sujetándose a leyessabias y justas. Pero este mismo Horacio, que da a la poesía tansingulares alabanzas, nos cita la rara afirmación de Demócritososteniendo que es menester ser loco para ser poeta, y que es expulsadode Helicon quien está en su cabal juicio.

Ajústeme usted tales medidas, digo yo ahora; y perdónese lo vulgar de lafrase. ¿Cómo compaginar que los poetas son la luz del mundo, nuestraguía y nuestro faro, y que son al mismo tiempo locos? Todo se entiendesi consideramos la tal locura como frenesí divino, como furor sagradoque el estro infunde, clavando su aguijón agudo en el pecho del vate.Este, poseído entonces del numen, llega a decir cosas de sentido muysuperior al vulgar, revela misterios y abre a nuestros espantados ojos,en la amplitud luminosa de un horizonte ideal, la sucesión ordenada yprescrita de los futuros casos.

Yo me conformaría y me aquietaría con esto si todos los poetas quepronostican, que enseñan o que amonestan estuviesen de acuerdo; pero,como no lo están por desgracia, me hunden en un mar de confusiones.

Asíes que exclamo allá en

mis

adentros: quizás

estén

locos,

verdaderamentelocos, y sean con su locura perjudiciales a la república. Por eso Platónlos desterró prudentemente de la suya, ya fuese por precaución, yafundado en el refrán que reza: el loco por la pena es cuerdo.

Hechas las anteriores reflexiones, todavía en vez de ver claro esteasunto le veo obscuro y contradictorio.

En el bello elogio que hace Enrique Heine de nuestro egregio compatriotael Rabi Jehuda ben Leví de Toledo, después de ponderar las altas dotesde aquella alma, llega a suponer que el mismo Dios al crearla, la besóprendado de su hermosura, y que el eco del beso divino resuena coninmortal resonancia en los versos del vate toledano. No es demaravillar, por lo tanto, suponiendo a Jehuda ben Leví tansobrenaturalmente favorecido y amado, que Heine le proclame rey delreino del pensamiento y rey, por la gracia de Dios, inviolable eirresponsable. A nadie sino a Dios tiene que dar cuenta. El pueblo, diceHeine, podrá matarnos, pero no puede juzgarnos nunca. De esta suertepone Heine la obra verdaderamente poética por cima de todo humanocriterio y proclama con su genial desenfado la irresponsabilidad de lospoetas. Veamos nosotros en qué sentido y hasta qué punto menosdesenfadadamente tal irresponsabilidad puede y debe ser entendida.

¿En qué consiste que a veces no nos enamore ni hechice lo que el poetaniega o afirma, ordena o prohíbe, encomia o censura, sino la maneraelegante, sincera y enérgica de afirmar o de negar y de expresar lacensura o el encomio?

Quintana y el duque de Frías, pongamos por caso, retratan a Felipe IIcon los más opuestos rasgos y colores y propenden a infundirnos lasideas y los sentimientos más contrarios sobre la religión y política delos españoles del siglo XVI y sobre las causas de la elevación y de ladecadencia de nuestro pueblo; pero nosotros nos deleitamos y nosentusiasmamos casi por igual con los versos del uno y del otro poeta,ora estemos de acuerdo con el duque, ora con Quintana, en juzgar alvencedor de San Quintín y de Lepanto, ora cortemos por camino que nosparezca más recto entre los dos extremos que ellos tocan.

¿Hemos de inferir de aquí la completa indiferencia de la doctrina queexpone la poesía, con tal de que la poesía sea verdadera y que ladoctrina se exponga con y por la gracia de Dios? Esto sería llevar hastasus últimos límites la negación de que los poetas enseñan, y declararsedecidido partidario del arte por el arte. Más aún se fortalece en miespíritu este modo de pensar, cuando examino las obras de poetas acasodemás valer y más radicalmente discrepantes. Sean estos poetas los tresitalianos contemporáneos, Manzoni, Leopardi y Carducci. ¿No es rarofenómeno que nos encante el himno sacro a La Pentecostés, lleno deprofunda fe católica y de la viva esperanza de que la religión de Cristoes la definitiva religión de nuestro linaje, informando y causando todosu progreso y mejora; que nos encante también la oda A las fuentes delClitumno, cuya inspiración es enteramente contraria, saludando conjúbilo el poeta a la humanidad que supone regenerada porque reniega decreencias que la envilecen y adopta algo a modo del gentilismo antiguo;y que nos encanten, por último, no ya las esperanzas católicas deManzoni, ni las esperanzas gentílicas de Carducci, sino la desesperaciónsublime y el pesimismo de Leopardi, que niega a Dios, o le llama conespantosa blasfemia feo poder que impera oculto para daño de todas lascriaturas?

Harto he cavilado yo y cavilo para explicar este fenómeno. Voy a ver siatino a exponer aquí en cifra el resultado de mis cavilaciones.

Sin duda, me digo, el fundamento mental de la poesía es como elfundamento mental de las matemáticas y de la dialéctica. Hay en el almahumana ciertos primeros principios, evidentes por sí, inconcusos eindemostrables, cierta idea en suma, cuyo desenvolvimiento constituye laley del pensar y la ciencia del cálculo. Y no es la tal idea puramentesugetiva, mera forma o condición de nuestro entendimiento, sino que porfe irresistible tenemos y damos por seguro que en la mente de cuantosseres superiores al hombre hay o pueda haber en otros mundos, y aun enla misma mente suprema, ha de residir la idea misma aunque másampliamente desarrollada, abarcándolo y penetrándolo todo y bañando ensu pura luz lo infinito y eterno.

La tal idea, por desgracia, aunque está en nosotros, sólo está limitaday como en germen, y no nos vale para ver bien lo que hay fuera denosotros, sino para discurrir sobre aquello que fuera de nosotrossuponemos que existe o sobre las ideales construcciones del pensamientopuro. De aquí que no afirmemos que esta cosa o aquella, que el Universotodo, que cuanto es o puede ser, sea como nosotros lo percibimos o loimaginamos; pero ya imaginado o percibido, o dígase dado el supuesto,todo se encadena, y compone un conjunto armónico de verdades dentro denuestro mundo ideal, si bien no se adecue tal vez ni responda conexactitud a la realidad del mundo que está fuera de nosotros, del quesabemos poquísimo y del que tal vez tenemos noticias equivocadas porministerio de los sentidos.

No responde el geómetra de que sea o no sea esfera, cubo o cilindro elsólido que le presentan, ni de que sea círculo o triángulo de esta claseo de aquella lo que en un papel le dibujan; de lo que responde es de laexactitud de sus teoremas y de la certidumbre de sus demostraciones,dado el supuesto. Ni respondo el algebrista de lo que valen en realidad,las letras del problema que ha de resolver, sino responde sólo de queel problema esté bien resuelto. Al que le aplique a la realidad, incumbeluego o ha incumbido antes determinar el valor de cada letra. Así,siendo la resolución del problema verdadera y siempre la misma, bienpuede en la práctica, descendiendo a la realidad de las cosas, tenermultitud de diferentes resultados.

¿Será la poesía, me pregunto yo, algo por el estilo: creación hermosa,verdadera y exacta en el mundo ideal en que ha sido creada, aunque en larealidad sea falso todo porque lo fue el supuesto o porque el supuestofue por lo menos incompleto?

A mi ver, entendiendo así la poesía, tienen explicación y disculpa nopocas cosas de las que se dicen en verso, las cuales, si en prosa sedijeran, parecerían absurdas o abominables y podrían llevar a su autoren una sociedad algo severa a la prisión o al manicomio.

La culpa de todo ello estriba, a lo que a mí se me alcanza, en que lapoesía, cuyo objeto es la manifestación de la belleza en una formasensible, sólo puede darse imitando lo real o lo que nosotros imaginamosreal, elemento en que cabe error o mentira. De aquí la ventaja que lamúsica, arte primogenia, lleva a la poesía, arte secundaria. La música,en la perfección de su pureza, crea lo bello, sin necesidad de imitarnada. Lo crea en el tiempo, por medio del sonido, sin enseñar niamonestar, pero sin inducirnos en error, ni equivocarse tampoco.

Toda la antedicha meditación, expuesta a escape para, no pecar deprolijo, ha valido para aquietar mi espíritu, después de leer las Odas de D. Eduardo Marquina, y para afirmar, sin escrúpulo de conciencia, queme parecen bien y que son obra de verdadero poeta. Para conceder, noobstante, a tal poeta la irresponsabilidad de que habla Heine, esmenester no tomar por lo serio, en la realidad práctica, la virtuddocente de su poesía. Los que tomaron por lo serio a Esquilo, en su Prometeo encadenado, supusieron que Júpiter se vengó de sus blasfemiasordenando a su águila que desde lo sumo del aire dejase caer una enormetortuga que llevaba entre las garras, sobre la venerable calva delglorioso dramaturgo, y le saltase los sesos. Tomemos, pues, menos por loserio las Odas de D. Eduardo Marquina para dejarle en paz con lospoderes celestiales y prevenir cualquier milagro que le perjudique.

Con tal limitación bien puede afirmarse que las Odas tienen algo amodo del Prometeo encadenado, de Esquilo, y algo también, sin que lasaceptemos como profecías, de las visiones de Ezequiel y del Apocalipsisdel Aguila de Patmos.

Aunque todos convenimos en que el estado de la sociedad y del mundo dejamucho que desear, y que el mal físico y el mal moral no escasean sobrela tierra, yo tengo por seguro que las cosas están en nuestra edad menosmal que en las anteriores edades. Yo no dudo del progreso. Lo que sucedees que el adelanto moral ha sido grande en las relaciones de unosindividuos con otros, mientras que apenas ha habido adelanto en la vidacolectiva, poco en el organismo social, ninguno en las relaciones deunos pueblos con otros pueblos.

En esto último ni asomo se ve degenerosidad ni de justicia. La fuerza prevalece sobre el derecho, lospoderosos humillan y tiranizan a los débiles y los grandes saquean,asesinan y devoran a los pequeños. De tamaña discordancia, de taldesequilibrio entre la moralidad social o colectiva y la que preside alas relaciones individuales, nacen, sin duda, la vehemencia con que lainiquidad se siente y se anatematiza y el anhelo fogoso de remediarlotodo, no con lentitud y con calma, sino con rápidos y violentostrastornos.

Ignoro, y no pretendo investigar aquí, de qué doctrinas filosóficas,religiosas o irreligiosas, sociales y políticas, expuestas en prosa porpensadores extranjeros, o de qué exaltadas composiciones poéticas,venidas de otros países, proceden el sentir y el pensar de don EduardoMarquina. Claro está que no tiene principio en él el impulso que lemueve. Claro está que hay una corriente de pensamiento en la que él seha lanzado y que le arrebata. Pero esto no le quita cierta originalidadni desvanece su carácter propio. Vate apocalíptico amenaza condestrucción y muerte, ruina e incendio, las instituciones, los altares ylos tronos y cuanto hoy descuella sobre la faz del mundo y mantiene elorden, más o menos digno de censura o más o menos capaz de lentamodificación y de enmienda, dentro del cual vivimos todos. Lo que vendrádespués de la pronosticada revolución radical se columbra confusamente omás bien se desentraña o se descubre a través de los símbolos y de lasimágenes colosales, y en las figuras alegóricas que va creando ymostrándonos el poeta.

A lo que parece, no han de quedar ni Papa, ni rey, ni obispos, nijueces, ni sacerdotes. Cada uno de nosotros será Papa, rey, juez, obispoy sacerdote de sí mismo. No sé de fijo si las grandes ciudades con suspalacios, monumentos y fortificaciones, deberán ser arrasadas, según elprograma; pero en lo que no cabe la menor duda es en que serán arrasadoslos templos. Yo deploro que San Pedro en Roma y las catedrales deBurgos, de Toledo y de Sevilla en España, tengan que convertirse enruinas para que no se rece en latín, que ya casi nadie entiende, y paraque en aquellos antiguos y obscuros santuarios penetre de lleno la luz yvenga a animarlos la vida. Los chivos, según afirma el poeta, brincaránsobre los derribados pilares y sobre las estatuas yacentes de losfundadores egregios; las cabras se encaramarán sobre los altares y enlos camarines y hornacinas, y las vacas mugirán y se tenderán a la largaen el coro y en otros lugares más venerandos. El nuevo templo estará enla cumbre de los montes; los pinos serán sus columnas y su cúpula elcielo.

A la nueva faz que tomarán todas las cosas ha de preceder ciertauniversal conflagración de amor, tan vagamente descrita, que no aciertoyo a interpretar lo pronosticado por el poeta, y si la conflagraciónserá en efecto amorosa y suave al destruir lo antiguo, o si lo destruirácon materiales incendios, estragos y muertes. Como quiera que ello sea,sobrevendrá después de la destrucción algo por el estilo de lo que losmilenarios fantaseaban. La humanidad será feliz y vivirá en deliciosaanarquía y en perpetua huelga. No habrá nueva Jauja ni nueva Jerusalénque baje del cielo, porque don Eduardo Marquina gusta más de lo rústicoque de lo urbano, y las fiestas y regocijos que pronostica y apercibepara nuestro regenerado linaje serán campestres: una candorosa bacanal,un idilio enorme.

A pesar del tema constante que presta unidad a las Odas, no puedenegarse que el poeta acierta a evitar la monotonía y que hay bastantevariedad en sus cuadros. La hermosura y la fertilidad de los camposestán bien sentidas y a menudo dichosamente expresadas. Viva y honda escasi siempre la percepción que el poeta tiene de lo grande y de lohermoso de la naturaleza, y no pocas veces sabe comunicarnos el propiosentimiento suyo con maestría y sobriedad vigorosa.

Aprobemos, pues, las Odas de D. Eduardo Marquina. El poeta esirresponsable, porque sus teorías se realizan, no en el mundo real, sinoen los espacios imaginarios y en un tiempo fantástico también. Misescrúpulos de conciencia renacen a pesar de todo. ¿No podrá ocurrir queel poeta haga daño sin querer, que sea contagioso su delirio y que lagente adopte su programa como realizable en la práctica? Las Odas eneste caso serían espantosamente revolucionarias, subversivas de todo elorden social vigente en el día.

Yo no quiero comprometerme dando a semejantes cosas una aprobación quenadie me ha pedido. Suspendo, por consiguiente, el dar mi aprobaciónhasta que demuestre en otro artículo que no hay el menor peligro enaprobar las Odas, porque la virtud purificante de la poesía convierteel rejalgar en triaca.

LA PURIFICACIÓN DE LA POESÍA

SOBRE LAS «ODAS» DE D. EDUARDO MARQUINA

En la poesía hay sin duda pasmosa virtud purificante. No quiero yoentenderla con todo, como he oído decir que la entendía Gœthe. Talmodo de entenderla es sobrado egoísta. El poeta, por ejemplo, sienteganas de suicidarse, y en vez de hacerlo y a fin de desechar tanperniciosas ganas escribe el Werther.

De esta manera, no sólo consiguesanar de la manía del suicidio, sino también que le aplaudan y seadmiren de su talento. Lo malo es que el libro con que el poeta hasanado y donde ha vertido el veneno que le atosigaba puede emponzoñar alos que sin precaución le tomen y lean y producir una abominableepidemia de suicidios. No estriba o no quiero yo que estribe en esto lavirtud purificante de la poesía. Su legítima y santa virtud purificantelo mismo ha de valer y vale para el poeta que para sus lectores.

En la epopeya y en el drama se concibe esto con toda claridad.

Tiranos,refinados traidores, monstruos de iniquidad podrán aparecer en el dramao en el poema épico, pero en el pecado llevarán la penitencia, y lareprobación universal será su castigo. Ha de entenderse además que loscrímenes y los horrores representados en una obra poética no deben tomarla apariencia o semejanza completa de los sucesos reales, como pretendehoy lo que llaman naturalismo. El deleite estético no se daríaentonces. Al contrario, tendríamos un grave disgusto. ¿Quién puededeleitarse al ver en realidad al alguien que se arroja por un balcóndesde un quinto piso y se hace una tortilla, o a gentes que se dan depuñaladas, que toman veneno o que se mueren de hambre, de miseria, detisis o de otras enfermedades contagiosas y feas?

Representado todo estomuy a lo vivo y sin la idealidad conveniente, es lo contrario del arte:no purifica la compasión y el terror, como quería Aristóteles.

Serácuadro más vivido, como se dice en el día, pero de arte perverso yvicioso.

El Laoconte ceñido y oprimido por las serpientes está mil vecesmás lejos de lo real que la figura de cera representando a Catón con lassangrientas manos metidas en el desgarrado vientre y arrancándose lasentrañas. Tal modo de conmover con la imitación exacta y brutal de lascosas reales dista mucho de ser el arte verdadero. Sólo los menos quemedianos artistas deben apelar a tal recurso. El refrán lo dice: a malCristo, mucha sangre.

En la poesía lírica, si bien se considera, acontece lo mismo que en laepopeya y el drama. Es cierto que todos los desatinos que el poeta diceo hace, que su irreligión, su inmoralidad, sus blasfemias y sus teoríasantisociales, aparecen por cuenta propia, sin que haya tirano, traidor odemagogo que las haga o que las diga; pero pronto se advierte, si seahonda un poquito, que el poeta rara vez deja de duplicarse antes deromper los diques y soltar el torrente de su inspiración apasionada; ydigo que se duplica, porque al mismo tiempo que conserva el juicio y laserenidad del ánimo para describirnos la pasión propia y los propiosextravíos, se pone él como modelo en quien los tales extravíos y la talpasión ejercen su deletéreo influjo, y acaso producen mil y mildesventuras.

Entendidos de este modo, los más audaces raptos líricos sonejemplares y moralizadores: pueden servir y sirven de escarmiento.

Carlos Baudelaire es, sin duda, uno de los más endiablados poetas que enestos últimos tiempos ha nacido de madre. En cuerpo y alma, y sin lamenor reserva, se entrega al demonio. Le reza muy devotas letanías y lepide favor y auxilio. Si el demonio se condujera generosa y decentementehaciendo dichoso a Baudelaire, Las flores del mal, que así se titulael tomo de sus versos, serían muy peligrosas, pues no habría de faltarquien quisiese entregarse también al demonio dándole culto paraconseguir las mismas o mayores ventajas.

Afortunadamente ocurre todo locontrario. Baudelaire es el autontimoroúmenos por excelencia, el rigorde las desdichas, el que se castiga y atormenta a sí propio como el máscruel de los fakires de la India. No bastándole ser él su verdugo, acudeal demonio y se vale de él para inspirador y colaborador de losrefinados y espeluznantes suplicios a que se condena y somete. ¿Quién,por lo tanto, ha de querer endiablarse como Baudelaire para ser tanhorriblemente desgraciado? Las flores del mal son, pues, muymoralizadoras: son un veneno, pero saludable veneno tomado comorevulsivo. En menor escala son revulsivos también los versosquejumbrosos de multitud de poetas contemporáneos que nos pintan elhorror de las dudas con que batallan y tratan de persuadirnos de que, acausa de estas dudas, son sus almas un infierno. Lo natural es que eltal infierno nos asuste y que para no tenerle nosotros procuremos creercuanto hay que creer, sin meternos en averiguaciones ni en honduras.Espronceda, en una de sus más populares composiciones, se nos presentaen una orgía bebiendo vino, acariciando a cierta dama a quien dirige másinsultos que piropos, y mostrándose desesperado, negándolo todo, sincreer y sin esperar nada sino la paz de los sepulcros; pero el poetanos indica en seguida la causa de tanto mal y nos deja turulatos. Suponeque tanto mal es castigo de Dios porque el alma ha intentado adquirir elconocimiento de las cosas divinas: verdad velada, arcano insondable enel que es insania el mero propósito de investigar y de descubrir algo.El remedio, en esta ocasión, casi nos parece peor que la enfermedad.¿Por qué ha de castigar Dios a quien anhele conocerle? ¿Por qué ha decoincidir el poeta con quien inventó en prosa esta célebre frase: lafunesta manía de pensar? ¿Por qué, desde el empleo de nuestras másnobles facultades en el estudio de la metafísica en general, ysingularmente de la teodicea, hemos de descender, con inevitabledescenso, a la borrachera y a los amores libidinosos, y todo ello sinregocijo, sino con furia, rechinar de dientes y maldiciones como deprecito?

Bien examinado todo, me consuelo yo y me aquieto creyendo disipadas miscontradicciones, y viendo en la poesía sincera, por absurda que lajuzgue el prosaico y rastrero sentido común, innegable y alta enseñanza,la cual estriba en la purificación, así de la compasión y del terrortrágicos, como de otras pasiones, errores y desvaríos.

Lo que importa para que la poesía sea buena y legítima es, porconsiguiente, la sinceridad: que todo se exprese con la naturalsencillez que no excluye, sino que requiere, la elegancia, y que nada sesienta, ni se piense, ni se diga con afectación para aterrar a losburgueses, para alcanzar la originalidad por la extravagancia, paraseguir la última moda de París o para imitar novedades germánicas, rusaso suecas. No hay peligro ni inconveniente en desatinar por cuentapropia. Me jacto de haberlo demostrado. El inconveniente y el peligroestán en la admiración cándida de los extranjeros y en remedar, acasodesmañadamente, lo que los extranjeros piensan o dicen.

Si no creyese yo que en las Odas de don Eduardo Marquina se revelanmuy envidiables prendas de poeta lírico, no hubiera disertado tanto conocasión de su lectura.

Cuanto hay en ellas de bueno procede del propio ser del poeta. Y cuantoen ellas puede censurarse nace de la escuela que sigue y del empeño desuperar y de extremar sus rarezas, tanto en el sentir y en el pensar,como en el estilo o modo de expresarse. Lo colosal y enorme de lasimágenes delata el prurito de aturdir y de sorprender, y produce, hastaen los más eminentes poetas, hasta en el mismo Víctor Hugo, unamaneramiento barroco. Cuando lo sublime corre sin freno, sueletropezar en lo ridículo y caer en la caricatura.

¿Qué no puede, sin embargo, el brioso ingenio nativo, aunque se lance yse despeñe por los más extraviados vericuetos? Barroca, caricaturescaes la oda titulada El monstruo. Pero, ¿quién no se divierte leyéndolay poniendo en duda si el poeta habla con toda seriedad o ríe o se recreacomponiendo una alegoría satírica llena de chiste?

El ser humano aparece como un monstruo de dos cabezas y de dos opuestosinstintos y propensiones. Una cabeza es como de hipopótamo, y no aspirasino a comer, a reposar, a revolcarse en el fango y a disfrutar otrasdelicias bestiales; pero, por cima de la cabeza de hipopótamo, hay otracabeza de águila en que duermen

los grandes pensamientos de los dioses.

La horrible situación para el monstruo procede de esta doble yantitética naturaleza. Lo que hay en él de hipopótamo no logra gozar consosiego de las cosas materiales, y lo que hay en él de águila pugna envano por levantar el vuelo y subir a las regiones etéreas. El águila yel hipopótamo se contraponen como fuerzas contrarias; y como se estorbany se perjudican, todo o casi todo lo hacen siempre mal o si se quieremenos bien de lo que pudieran hacerlo.